Todos los derechos reservados a Chryssiel ASMR, él creó a Dorian y a la aventurera, esto no es más que producto de mi imaginación y de las ganas de ser yo esa aventurera.
Ante el innegable sonido de un aullido lejano se detiene, aun cuando una voz en su cabeza y cada instinto de supervivencia objeta. Inhala tan profundo como sus pulmones se lo permiten, al tiempo que nota la briza del viento corriendo a su alrededor.
No puede evitar estremecerse, en primera, a causa del frío calmante que penetra en sus huesos y la hace sentir torpe. Y justo enseguida, de miedo, porque apenas se da cuenta de que el viento no sopla precisamente a su favor.
Murmura una maldición antes de retomar su avance. A medida que lo hace, que los viejos árboles a su alrededor desfilan a cada lado, y las viejas ramas y hojas secas crujen y se deshacen bajo sus pies, nota la dolida presencia de su daga. No es gran cosa, nada más que un puñal de apariencia sencilla, con una empuñadura tejida en cuero. Le ha salvado la vida en más de una ocasión y en más que una manera. Puede que no sea una prominente espada saturada de joyas, pero es útil y siente un apego inalterable. Desde que la obtuvo en un afortunado intercambio, aquella daga se había vuelto su compañera de viaje.
Una de sus manos se mueve hacia la empuñadura; a esas alturas resulta casi un milagro que el cuero en la empuñadura aún resista, con la cantidad de veces que toca aquel material, y, sin embargo, así es.
En algún momento, por alguna razón, siente la imperiosa necesidad de mirar más allá, y aunque lo hace, la penumbra que hay a su alrededor lo hace difícil, por no decir imposible.
Muerde nerviosamente una de las comisuras de sus labios, antes de mirar alrededor. Luego de un rato, suspira con pesadez cuando finalmente comprende que para avanzar con relativa seguridad, debe saber a dónde va, y para eso debe ver más allá de aquel bosque.
A medida que se acerca a uno de los árboles, vuelve a tocar la empuñadura de su daga, como buscando valor, justo un segundo antes de aferrarse a la pequeña bolsa que lleva cruzada al pecho; otro objeto que difícilmente se aparta de ella, y en el que lleva su libro, su tinta y su fiel, pluma. Objetos sin valor para casi todos, salvo para ella.
Un libro en el que derrama todos sus pensamientos e inquietudes, el único confidente de su curiosidad, de sus ansias por saber lo que nadie más quiere.
Por eso estoy aquí… piensa, antes de colocar la punta de su desgastado botín contra la áspera corteza del árbol. Pega un brinco mientras jala aire y se impulsa.
Le toma un segundo recordarse a sí misma que debería tener los ojos abiertos en esos momentos, pero a veces le resulta más cómodo hacer lo que hace; en especial, las cosas locas y arriesgadas, con los ojos cerrados, por qué de esa manera le impide al miedo dominarla. Prefiere aferrarse a la esperanza de que habrá algo en dónde sostenerse, o en dónde plantar el pie para seguir avanzando. Y lo hace.
Por supuesto, cada tanto cede a la curiosidad y al sentido común, y abre los ojos. Aunque sea solo para darse cuenta de dónde está.
Subir a un árbol a mitad de la noche, sin nadie que me sostenga. Listo.
Ironiza, mientras a su mente llega la imagen de una lista imaginaria, en la que una mano imaginaria, tacha el enunciado, como si en verdad aquella locura fuera un objetivo que ella hubiera pensado en realizar algún día, y no una locura impulsada por su curiosidad.
Trepa con rapidez, en gran parte motivada por el miedo, aunque sin darle tiempo a dominarla por completo. Y mientras lo hace, el aire fresco choca contra sus mejillas. Resulta ser una sensación placentera; llenarse los pulmones de aire fresco es revitalizante.
La siguiente ocasión, en la que abre los ojos, le nace en el rostro una sonrisa; en parte por orgullo al descubrirse en la cima de aquel árbol, y en parte complacida, porque ni en sus más nítidos sueños habría podido imaginar una vista como aquella.
El cielo, oscuro y azabache, salpicado de docenas o cientos de estrellas brillantes, con la luna medio oculta por algunos nubarrones grisáceos y más allá, a unas cuantas leguas de dónde estaba ella, se alzaba imponente el castillo del vampiro.
Rodeado de sus altas torres, con la luz de la luna chocando sobre sus muros. A veces, los aldeanos juraban que podían ver destellos de luz en algunas ventanas, como si aún hubiera moradores en su interior. Nadie se atrevía a ir a ese sitio, salvo por algún loco o desesperado que buscaba ya no volver. Y ella, por supuesto.
—Solo un par de leguas… —murmuró la joven para sí misma, mientras cerraba un ojo, como tratando de medir la distancia desde allí. —Solo un par de…
La palabra se perdió en medio de un jadeo, cuando de pronto algo tiró de ella hacia abajo. Por un momento pensó que había sido una mano, tal vez incluso la misma mano imaginaria que había invocado pocos minutos atrás, pero a medida que caía, comprendió que no era otra cosa más que la propia gravedad.
Muchas personas juraban que a menudo era más fácil subir que bajar y en esos momentos ella no pudo hacer más que aceptar el argumento.
Cayó como saco de harina desde lo alto del molino, chocando dolorosamente contra las ramas que antes le habían servido de soporte. Mientras una lluvia de esquirlas y hojas secas la cubrían y le impedían abrir los ojos.
Grito de dolor cuando sintió un ardor en una de sus piernas, antes de caer al suelo. Le dolía el cuerpo y hasta la conciencia, pero seguía viva. Se había golpeado la cabeza un par de veces, pero aún estaba consciente.
Haciendo acopio de la fuerza que le quedaba, se puso de pie. Ladrando un quejido entrecortado cuando el dolor en su pierna le hizo ver manchas oscuras. Apenas pudo sostenerse en pie y dar un par de pasos, antes de volver a caer. No tenía la pierna quebrada, esa debía ser una ventaja, pero era la única que tenía.
La herida que iba desde su rodilla hasta su muslo difícilmente le permitiría avanzar, sin mencionar la pérdida de sangre. Podía sentir el cálido líquido brotar, y aunque trataba de frenar aquello con sus manos, era evidente que la debilidad comenzaba a imponerse.
Gimoteó una última vez, mientras los aullidos de lobos y el ulular de los búhos la rodeaban. Escuchó el aleteo de un ave por encima de su cabeza antes de que aquellas manchas oscuras ganaran terreno en su visión hasta sumirla por completo en una impenetrable oscuridad.
En realidad no supo qué fue lo que la hizo despertar, quizá fue el ligero murmullo de tela contra el suelo, el reconfortante calor que la envolvió o el repentino silencio. Quizá fue una combinación de todo eso, o quizá el helado rastro de algo recorriendo su rostro.
Fuera lo que fuera, la hizo despertar abruptamente y en medio de un ahogado jadeo cuando lo vio. De haberse podido mover con naturalidad, ella sin duda habría saltado y tomado la daga, pero no pudo hacerlo ni lo uno ni lo otro. El dolor punzante en su pierna y en el cuerpo fue una de las razones, pero no la única. También estaba su voz, y las palabras que le dedicaba.
—Veo que por fin has despertado en el mundo de los vivos. — le dijo, guardando silencio por unos cuantos segundos antes de continuar hablando, más para sí mismo que para ella: – Bueno, de la mayoría de ellos.
Esas palabras fueron precisamente las que hicieron que el peso de su realidad le cayera encima. Ese no era un sueño, no era una imaginación, estaba allí, con un vampiro a pocos metros de dónde ella estaba.
¿En dónde estaba?
El sonido reprimido de una risa irónica fue lo que la obligó a mirarlo una vez más, justo cuando él dejaba a la vista sus manos, tan pálidas como el resto de él.
— Está todo bien, sé que está, tal vez no sea la primera imagen que esperas ver al despertar, pero te aseguro que estás en buenas manos. —
Por un segundo, pensó en dudarlo, parecía que el desconfiar de los extraños iba implícito en su sangre.
—Créeme, si hubiera querido hacerte algo, no habrías despertado. — Continúa, aparentemente indiferente al hecho de que ella permanecía en silencio. Sin embargo, había poco que ella pudiera decir. Él le quitó ese peso de encima al continuar: —Ahora… permíteme ayudarte.
Sus ojos se abrieron levemente, revelando su confusión casi con completa seguridad, un hecho que él pareció notar claramente, ya que replicó gentilmente.
—Sí, ayudarte, ¿por qué?… Si no lo recuerdas, estabas en el bosque desmayada. — Comentó, mientras paseaba sus ojos rojos por encima de ella, puntualizando discretamente sus palabras a medida que la veía. —Te encontré con varias heridas y… con una grave herida en tu pierna que ya comencé a cura, pero… justo cuando iba a revisar si tenías alguna otra herida, despertaste. — Explicó, clavando por un momento su mirada precisamente en su pierna, frunciendo ligeramente el ceño, como si la mera imagen de aquella herida le doliera más a él que a ella misma. —Ahora, con tu permiso, me gustaría revisar si tienes algo más que deba ser tratado. — repuso, volviendo a alzar las manos, en un gesto extrañamente humano en alguien que claramente no lo era.
Ella ni siquiera se dio cuenta del momento en que asintió, y para ser francos, tampoco pudo apartar la mirada de él. Solo sus palabras fueron capaces de quebrar aquella extraña burbuja de aturdimiento: —Gracias. — le dijo, antes de acercarse a ella y rozar con la punta de sus dedos (y sus uñas) por su mentón: – Por favor, mira a otro lado… — y lo hizo, tal y como él le había pedido, moviendo muy lentamente su cuello, consciente de que él roce frío que sentía, era él, un ser de fuerza considerablemente superior.— Muy bien— exclamo, retirando lentamente sus dedos de ese lado de su rostro, antes de volver a colocarla sobre el costado opuesto. — Y a este lado. — increíblemente y para alivio de la joven, ninguno de aquellos movimientos le causaron dolor, o más bien, no tanto como para hacerlo notar. —ahh, solo moretones —suspiró el vampiro, aparentemente complacido, apenas un par de segundos antes de continuar hablando: —… y un cuello… limpio.–
En aquel momento, de manera sutil, se apartó de él, con la suficiente lentitud y cuidado como para percibir el borde de una de sus uñas, contorneando su mentón. Fue un golpe de realidad que ella casi había olvidado.
Él era un vampiro. Los cuellos… la sangre, eso era lo que él bebía para sobrevivir.
Si acaso el noto aquel instante de desconfianza no dio señales, de hecho se limitó a continuar con su evaluación, primero con uno de sus brazos y después con el otro. A ella le habría encantado ocultar su incomodidad al moverse, pero resultó una tarea imposible.
Ella estaba acostumbrada a ocultar sus malestares, y lo hacía bien. Generalmente, las personas no notaban cuando ella estaba en apuros o desesperada, pero no él.
—¿Te duele?—le preguntó, con el ceño fruncido acercándose más a ella, al tiempo que inclinaba el rostro hacia un lado, como tratando de averiguar de dónde venía aquel dolor. —Tal vez tengas algo… sí, parece que tienes algunos pedazos de madera —respondió al cabo de un momento, echándose atrás en el momento, antes de quitarle importancia a lo que pasaba: – no es nada grave, ya los sacaremos. —
A ella no le pasó desapercibida la manera en la que hablaba, como si hubiera alguien más en aquel castillo.
—Entonces lo único grave es tu pierna —declaró el vampiro, clavando su intensa mirada carmesí en ella mientras una pequeña sonrisa ladina tiraba de las comisuras de sus labios, aparentemente disfrutando de la situación. —Y, bueno, que estás ardiendo en fiebre… permíteme. — dijo, pocos segundos antes de retroceder, y hacer un mohín con los labios, de manera que por un segundo pudo verse el borde puntiagudo de un colmillo.
—Mientras… te ayudo —murmuró como quien no quiere la cosa, mientras inclinaba un jarrón de metal y una diminuta cortina de agua caían hasta otro cuenco haciendo un sonido suave y relajante.
—Quiero preguntarte algo… ¿Qué hacías en el bosque?— En aquella ocasión, pese a que lo intentó, la joven no pudo reprimir el impulso de tragar un poco de salida. Pensó en apartar la mirada y fingir como él, que aquella pregunta jamás había Sido pronunciada, sin embargo, él pareció intuir que haría algo así, ya que continuo, con mucha más atención y una expresión en su rostro que dejaba claro que no toleraría otra cosa más que la verdad: —O más bien ¿Qué hacías en mi bosque?
Le tomó un gran esfuerzo no revelar ninguna señal de temor y, más aún, le tomó una barbaridad no comenzar a hablar sin parar.
—Me perdí, solo fue… una coincidencia —replicó la joven, ignorando imprudentemente la advertencia implícita del vampiro.
Se quedó callada, humedeciendo sus labios lentamente, como preparándose a responder las de sus preguntas, al tiempo que se estremecía al notar un par de gotas de agua fresca corriendo por su rostro, productos del paño húmedo que el vampiro había colocado sobre su frente.
En ese momento tuvo que morder su labio inferior antes de que una sonrisa brotara. Lo último que quería era que él pensara que se burlaba de él, aunque, quizá, si compartía sus pensamientos, él también se reiría.
Bastaría con que pusiera sus manos alrededor de mi rostro para enfriarlo…
Pensó, a medida que sentía el paño recorriendo sus mejillas, y aunque probablemente estuviera en lo cierto, otra parte dentro de ella agradecía que él no la tocara. No estaba segura de resistir el toque gélido y constante de aquella criatura sobre ella.
Usar aquel paño no era más que una cortesía, un gesto amable y considerado que enseguida generó más preguntas e ideas contradictorias.
Ese sería un tema interesante en mi investigación. ¿Los vampiros son realmente seres viciosos, sedientos de sangre, o podrían ser… buenos?
—Creo que sabes bien quién soy —dijo de pronto, arrancando a la joven de sus cavilaciones. Había escuchado la pregunta con toda claridad, y, aun así, un susurro bajo en su mente brotó desde algún rincón sombrío; sé que sabes lo que soy.
Aquella habría sido una respuesta mucho más honesta y cruda de parte del vampiro, pero de nuevo, se descubrió maravillada ante la civilizada y cortesía que le demostraba, carácter que pocos humanos revelaban entre sus congéneres.
—No es ninguna coincidencia que estuvieras ahí —insistió él, sin duda tratando de hacerla hablar, una táctica que probablemente esperaba funcionara. Probablemente, si ella fuera otra persona, lo habría hecho, ya fuera por miedo o por el innegable encanto del vampiro.
—Me perdí… —Insistió ella, conteniendo brevemente el aliento, evaluando cada pequeño gesto del vampiro, al tiempo que trataba de grabar cada uno de sus rasgos. —¿Quién eres?—preguntó en su lugar, ligeramente frustrada al notar que, pese a sus esfuerzos, no parecía capaz de descubrir nada acerca de él por medio de sus gestos.
Muchos decían que ese era su talento; era capaz de descifrar a las personas solo con una mirada; podía ver sus intenciones, incluso cuando sus palabras pregonaban algo completamente opuesto. Funcionaba con todos… salvó con él, al parecer.
—Cierto, no me he presentado, soy Dorian Gamaliel Rockwood —respondió el vampiro—, y aunque él lo había hecho de inmediato y sin titubeos, tan solo revelando una breve sorpresa, ella sí que reaccionó al escucharlo. Rockwood. De repente, el eco de docenas de voces de gente en el pueblo repitiendo una y otra vez los chismorreos.
Malvado, monstruoso, asesino. Maldito. Rockwood… Rockwood. Ella misma había creído un par de esos rumores al principio, sin embargo, ahora comenzaba a sentirse culpable y contrariada.
Vampiro, inmortal… fascinante. Esas eran las nuevas voces que rondaban su cabeza, o mejor dicho, su voz.
—Veo, que conoces muy bien ese apellido… — dijo el vampiro, mientras resoplaba y humedecía un poco más el paño y volvía a colocarlo sobre su piel.
—¿Qué dicen las historias? Cuéntame… —La invitó, otra vez, de una forma que no admitía distracciones. Ella abrió la boca para hablar y responder, pero él no lo permitió: —¿Hablan de… monstruos? ¿Hablan de… seres deformes?—
Resultaba difícil ignorar la burla en su voz, la ironía cruel con la que expresaba cada una de esas palabras, con el ceño fruncido y los ojos oscurecidos por momento.
Para cualquiera, probablemente eso sería algo aterrador. Se suponía que ella también estuviera asustada, o cuando menos inquieta, y, sin embargo, todo en lo que ella podía pensar era en la soledad oculta detrás de aquella máscara.
—Seres pálidos… —–Repuso, abriendo ampliamente la boca y revelando de manera involuntaria (o eso quería pensar), aquellos colmillos de los que él hablaba en esos momentos.
Contuvo la respiración cuando lo vio extender una de sus manos hacia ella, justo cuando la punta de sus uñas rasguñaba el aire a poca distancia de su rostro y cuello.
Irónicamente, cada una de sus preguntas, era un eco pregonado de las cosas que se decían en el pueblo. Sin duda, Dorian había prestado atención a esas palabras.
Dioses. ¿La risa burlona que había emitido mientras los mencionaba era realmente de burla, o tan solo una manera de lidiar con el dolor y la amargura?
—Dime, ¿parezco yo parte de esas leyendas?—No, absolutamente no. Verlo en realidad era casi una visión. Difícilmente podría pensar en él como un monstruo, más bien la palabra: Ángel. Rondaba por su mente al verlo. —¿Parezco parte de todas esas historias?–
Otra vez, no. Fue la primera vez que ella no pudo responder usando su voz, así que, se vio obligada a negar con la cabeza.
Vio su sonrisa y el orgullo al notar el efecto que causaba en ella. Verlo sonreír era un deleite, no era la primera vez que lo hacía; desde que ella había despertado, él ocasionalmente sonreía mientras hablaba, como si le divirtiera escucharse a sí mismo. Era una sonrisa hermosa.
Antes de esa noche ellos no se habían cruzado, difícilmente habrían podido olvidar un rostro como el de Doria y, aun así, esa sonrisa le parecía vagamente familiar, como si… ese no fuera su primer encuentro.
Sus propios labios reaccionaron a aquella sonrisa de una forma tan natural que casi la asustó. Quizá lo que se decía de los vampiros era cierto, quizá hipnotizaban a sus presas. Ese podría ser un tema más en su investigación…
Habría continuado enlistando todas las ideas que le cruzaban por la mente en esos momentos; cada una de sus curiosidades, pero entonces él volvió a hablar.
—Ahora, sé que conoces mi apellido; por qué… Parece que nos has estado… analizando desde hace mucho tiempo.
Y así como así, de un segundo a otro, el bullicio de dudas, curiosidades e ideas pararon. Todo lo que pudo ver fue su diario en manos de Dorian. Todo lo que pudo escuchar fue el sutil tamborileo de sus uñas sobre las desgastadas tapas de su diario. Le sostuvo la mirada, más por costumbre que por valentía.
—Encontré este pequeño libro entre tus pertenencias cuando te traía. — le dijo, antes de abrirlo y comenzar a pasar las páginas.
No hacía falta que el vampiro le dijera qué era lo que había en cada una de ellas. Nadie conocía mejor ese libro que ella misma. Sabía de qué figuras le hablaba, podía trazar las formas intrincadas de las runas y finalmente, tal como él lo había dicho, recordaba el apartado que hablaba de los vampiros.
No tenía mucha información en realidad, casi todo era información obtenida de los ancianos del pueblo y algunos cuentos de terror. Preguntas y pensamientos, que ella esperaba contestar algún día.
Inquietudes, que solo él podía responder, porque era a él, a quien quería investigar. Sabía que el dibujo que le había llamado la atención mientras hurgaba entre sus páginas era el escudo de los Rockwood.
Quería preguntarle si aquel emblema le pertenecía: la silueta ensombrecida de un castillo rodeado de torres, con tres estrellas coronando sus extremos, una sobre cada una de ellas. ¿Era ese su emblema? ¿O era el cuervo con la luna llena detrás oscureciendo su silueta, salvó por la mancha de sangre que coloreaba su pico y caía gota a gota sobre los pétalos de una rosa? ¿Cuál de esos dibujos era su emblema?
—Dime, ¿qué estabas haciendo? ¿Investigándolos? ¿O cazándolos?
Estaba comenzando a cansarse de ser sacada de sus pensamientos, aun cuando el causante fuera tan hipnótico como su voz.
En un momento dejó de ver su diario, no tenía caso sentirse avergonzada por nada, y, aun así, fue consciente del cambio en él. Si ella no hubiera estado tan pendiente de cada una de sus reacciones, lo habría pasado por alto. Afortunadamente, tenía por costumbre observar todo, en especial las cosas que le intrigaban, y él… él le intrigaba más que nada en el mundo.
Incluso ahora, que la miraba fijamente y sin atisbo alguno de esa sonrisa pícara. Debía sentir miedo, cualquier persona en su sano juicio lo tendría, en especial al ver sus ojos oscurecerse ligeramente, mientras se tensaba su mandíbula y su voz se enronquecía.
Tenía ante ella el rostro del depredador…
Sus manos y su cuerpo reaccionaron por instinto, moviéndose lentamente por encima de las mantas sobre las que se hallaba tendida. Quizá si mantenía la atención de Dorian fija en sus ojos, ella podría alcanzar su daga.
Cuando lo vio sonreír otra vez, sintió el impulso de imitar su gesto, pero se contuvo. Algo en esa sonrisa la hacía sentir incómoda, como si al sonreír en esa ocasión, él no era del todo genuino; la amenaza seguía allí, latente.
—Estás en un lugar seguro… — le recordó, concediéndole un instante que ella aprovechó para respirar una vez más y para alcanzar la empuñadura de su arma. Logró rozar con la punta de sus dedos el metal, justo cuando Dorian comenzó a hablar de nuevo: —Si no… te habría quitado la daga que tienes entre tu ropa… —Por un segundo, la mano de la joven quedó suspendida por encima de la empuñadura, sintiéndose como una niña atrapada con la mano dentro de un jarrón de dulces. Era evidente que Dorian la miraba, así que, decidió que era inútil pretender algo distinto, así que tomó su arma. Se aferró al cuero de la empuñadura con fuerza, volviendo a mirar a Dorian a medida que le hablaba: —La noté mientras te traía, y decidí dejarla, como una muestra de confianza entre tú y yo.
¿Lo haría? ¿De veras lograría confiar en él?
—Yo tendré mis armas… tú tienes las tuyas. Estamos a la par… o al menos, casi a la par. Yo tengo mis dos piernas en buen estado.
Y colmillos, y fuerza e inmortalidad… sí, seguro, estaban a la par…
Apretó los labios con fuerza, temiendo que aquellas palabras, aunque ciertas, escaparan de su boca. A veces podía ser… Una bocaza. En lugar de hablar y poner su vida en riesgo, se echó atrás, recargando su peso una vez más en el montón de almohadones a su espalda.
Chasqueó la lengua, notando la resequedad en sus labios. No pudo evitar cerrar los ojos, estaba agotada.
—Me preguntó… ¿En qué bando estamos tú y yo…? —ronroneó Dorian un segundo antes de sentir la frescura del paño húmedo contra su piel febril. Abrir los ojos para verlo, fue la cosa más difícil que tuvo que hacer hasta ese momento.
—¿Somos enemigos? ¿Soy solo un objeto de estudio para ti? ¿Me tienes rencor? ¿Le hice algo a algún familiar tuyo? ¿O algún amado? – Se le escapó una risita antes de negar con la cabeza.
No era rencor lo que sentía, era exactamente lo opuesto. Quería saber, saberlo todo. Por eso se había marchado de casa; lo que había sido de su familia y amigos era un misterio; uno que ella aún no quería descubrir.
Evito pensar en la respuesta de su última pregunta. No había nadie lo suficientemente importante para ella.
—Sea como sea, parece que en el momento en el que yo salga por esa puerta tú y yo volveremos a estar en bandos diferentes… — Sus ojos se dirigieron instintivamente hacia el punto en el que él señalaba, antes de volver a hablar: —Volveremos a ser, el cazador y la presa. Solo que, tal vez, nos turnaremos, ¿quién es quién? —Otra vez, no pudo evitar reír, tal idea era ridícula y, al mismo tiempo, casi un reto.
¿Podría hacerlo? ¿Convertirse en la sombra de un vampiro? Claro que podría, lo sería.
—Estarás bien, solo tienes que cuidar que no se infecte tu pierna. —replicó Dorian, abandonando su posición frente a ella. Mirando concentrado el montón de botellas, y cuencos que había a su alrededor: —Te dejaré algunos ungüentos y algunas pociones. Puedes llevarlas. No me debes nada.
Pudo sentir cómo sus cejas se arqueaban, al escucharlo hablar. Su boca se abrió medio desencajada, antes de comenzar a negar con la cabeza, pero se detuvo, cuando él la miró de nuevo.
—Lo sé, ¿quién lo diría? Un monstruo con buen corazón —río Dorian, con evidente sarcasmo, luciendo brevemente sorprendido: —.O, al menos, con buenas intenciones, porque no estoy seguro de si aún tengo corazón.
Lo dijo como si realmente lo dudara, y eso la confundió.
La fiebre debía estar causando estragos en su cabeza y en toda ella… pensó, cuando se descubrió apretando los puños, en un intento por reprimir el impulso de extenderlas y tratar de alcanzarlo. De repente, el hormigueo en sus manos volvió, pero esta vez no era porque estuviera buscando su daga.
—Hay algo en ti… — explicó Dorian, antes de alcanzar su rostro y sostenerlo con una suavidad increíble. —Algo en ti es diferente, puedo sentirlo. —En esa ocasión ni se inmutó cuando sintió el roce de sus uñas, no podía dejar de mirarlo, un hecho que él remarcó casi tan intrigado como ella misma: —Tu mirada… tu mirada no es de miedo, no hay terror en tus ojos… ¿Es curiosidad? ¡Tienes curiosidad… interés!–
¿En serio era tan obvia? Nota mental: Cuidar mis gestos, reacciones y palabras ante él.
—No sé si es la primera vez que te encuentras a uno de mi clase… de mi especie —se corrigió rápidamente, realizando un ademán con las manos, antes de seguir hablando: —A una de tus leyendas e investigaciones. Sin embargo, algo en ti me dice que esperabas que esto sucediera.
No lo esperaba… pero estaba feliz de que hubiera sucedido. Estaba viviendo algo insólito, alguien que nadie más que ella conociera había logrado nunca.
Pudo notar cómo sus labios se separaban y sus pensamientos agolparse en su boca, pero no brotó ni un sonido. ¡Tenía una oportunidad nunca antes vivida por nadie, y no podía hablar!
—Te diré algo —exclamó Dorian, al tiempo que comenzaba a moverse inquieto en el sitio donde estaba. Casi parecía un niño pequeño, emocionado por alguna razón; lo único que faltaba en él, era una sonrisa y que diera saltitos de emoción. —Las puertas de mi castillo estarán abiertas a ti, para cuando desees conversar, cuando desees tener una charla civilizada. Con un grito de emoción apenas reprimido, se incorporó tanto como la herida en su pierna se lo permitió. Sonriendo ampliamente antes de comenzar a asentir vigorosamente. Deteniéndose momentáneamente cuando descubrió un hervidero de pensamientos en su mente. Tantas preguntas…
Lo miró, incapaz de borrar la sonrisa de su rostro, al menos hasta que Dorian habló de nuevo, y al escucharlo, su sonrisa se tornó en una mueca cargada de fastidio. Estaba comenzando a odiar la palabra bestia, y más aún, que fuera el propio Dorian quien se refiriera a sí mismo de aquella manera. Él no había sido más que respetuoso, cuidadoso y amable, mucho más que cualquier otro humano que ella hubiera conocido.
—Solo preséntate con esta misma ropa ante la puerta y nada ni nadie te hará daño. Tienes mi palabra.
A esas alturas, era ella quien estaba a punto de saltar fuera de la cama y comenzar a dar saltitos de emoción ante aquella promesa. Era tal su emoción que ni siquiera le importó pensar en la penosa apariencia que debía tener en esos momentos.
Su estómago dio un vuelco cuando clavó sus ojos en Dorian. El vampiro le sonreía complacido.
—Tómate el tiempo que necesitas para recuperar fuerzas y curarte, luego podrás irte. Incluso puedes esperar que el sol esté en lo alto del cielo para irte. Creo que tus investigaciones hablan muy bien, de que sabes qué nos ocurre en el sol.
Podía irse, si ella fuera sensata y valorara aunque fuera mínimamente su vida, tomaría todas aquellas pociones y potajes y se marcharía, pero ella… ella valoraba más su propia curiosidad, así que fingió no haber escuchado aquel ofrecimiento, al menos hasta que lo considerara estrictamente necesario.
Compartir conocimientos de un vampiro. ¿Qué podía enseñarle ella él?
Discretamente, por debajo de la manta que la cubría, la joven pellizcó su propia piel, reprimiendo un quejido bajo al percibir dolor, al tiempo que sonreía para sus adentros cuando se convenció de que estaba despierta. Ni en sus más locos sueños se había imaginado en tener alguna clase de interacción y allí estaba ella.
—Te lo devuelvo. —dijo, al tiempo en que ofrecía su viejo diario, antes de tener que mirarlo de vuelta cuando también le fue ofrecido el paño de tela que el vampiro había estado usando. Era un obsequio que para cualquier otra persona habría sido simple, pero, para ella… para ambos era mucho más: — Tal vez acordarte el día de mañana, cuando una bestia te curó las heridas y no bebió nada de tu sangre.
Era más que eso, mucho más, y ambos lo sabían. En lo profundo de su ser. Su encuentro, era mucho más.
—Te van a llamar loca, – le aseguró—; y aunque a ella le habría encantado replicar, no pudo hacerlo, pues estaba segura de que él no se equivocaba. Lo que él no sabía, era que a ella, la llamaban loca casi desde el momento en que había llegado a la aldea—.
—sobre todo otros cazadores.
—No soy… —comenzó a decir, sorprendiéndose con su propia voz, pero él no la dejó terminar, tal solo le sonrió levemente y continuó hablando: —Nadie creerá que sobreviviste al encuentro con un vampiro y menos uno de apellido Rockwood—.
—¿Sabes?—dijo de pronto: —Habrías sido una pareja interesante para el baile anual. Está cerca —Se quedó en silencio, lanzando en su dirección una mirada evaluativa y fugaz. Esa no era la primera mirada que compartían, ni mucho menos, pero sí fue la primera que hizo que el estómago de la joven se llenara repentinamente de nudos: —Bueno, tal vez… con ese vestido no. — Replicó irónico, antes de señalar distraídamente en su dirección, como si hiciera falta, probar su punto: —Aún está manchado de sangre, de tu sangre. — Terminó, mientras fruncía los labios en un mohín inquietante.
Por unos cuantos segundos la embargó una ola de calor, y le tomó algunos más, comprender que era su sangre, la misma sangre que él había mencionado, y que se había agolpado en sus mejillas al escucharlo hablar. Y luego, sintió frío y cada uno de los vellos de su cuerpo se erizaron al escuchar la enronquecida risita que emitió.
—A decir verdad, tal vez estuviste muy de buenas esta noche, venía a mi cacería nocturna cuando te encontré. Tal vez si no hubiera sido así, no estaría yo hablando contigo. —
No estaba segura del objetivo de aquellas palabras, quizá pretendía remarcar su suerte. Y quizá estaba en lo cierto, pero también, la hacían pensar en el peligro latente en el que estaba en esos momentos. Si él la había encontrado antes de "Cazar", eso significaba que no había saciado su hambre.
Él le había asegurado que no le haría daño, pero ¿en verdad podría resistirse a sus instintos? ¿Por eso había podido ver sus colmillos tan fácilmente? ¿Se sentía tentado por el olor de su sangre?
—No te quitaste más tiempo, ya casi amanece, puedes irte cuando desees. — Alzó la mirada mientras lo seguía. Ya fuera por lo tétrico de sus pensamientos o el silencio que se había prolongado entre ellos, pero a ella le pareció que él parecía ansioso por irse, y al mismo tiempo, indeciso. Como si él también dudara de que aquel encuentro fuera real y, por lo tanto, quisiera prolongarlo.
—Nos veremos… o eso espero. — dijo finalmente, realizando una leve reverencia antes de dar media vuelta y abandonar la alcoba.
—&-
Lo que pasó después, fue una mezcla de emoción; por aquel encuentro increíble y dolor, por el dolor en su costado, e incluso el leve palpitar de su pierna.
Dorian había dicho que había comenzado a curar su pierna, pero lo que encontró no fue su piel abierta y sangrante, sino más bien un esmerado vendaje.
Solo los dioses sabían cuánta fuerza de voluntad debió tener su anfitrión a medida que curaba la herida.
Solo entonces la embargó una ola de recato y vergüenza al comprender que un hombre, vampiro o no, había visto más allá de sus talones.
Comenzó a reír, prácticamente como una loca, dejándose caer a la cama una vez más, gimoteando al percibir el dolor en su costado.
Desprenderse de su corsé y la parte superior de su vestido jamás le había parecido tan difícil. Limpió los cortes y abrasiones que las ramas habían causado, mordiendo con fuerza el paño húmedo que Dorian le había dado para evitar que sus quejidos revelaran su fragilidad.
Limpió cada herida con tanto cuidado como pudo, aunque al final, renunció a su empeño, tan solo pidiendo a los dioses que aquello fuera suficiente. Luego, se aferró a una de esas mantas suaves y se envolvió en ella, aún inquieta por mantener cierto decoro.
Vio el sol aclarando las sombras del bosque y el castillo, pero no hizo ningún intento por dejar aquella cama.
Por hoy… pensó, mientras sus ojos se iban cerrando… el vampiro y la aventurera dormirán.
