Capítulo 1: La Sombras en el Corazón
Connor West se despertó sobresaltado, jadeando en la penumbra de su habitación. Sus sueños, últimamente, habían estado plagados de imágenes confusas: calles vacías, sombras que se movían entre los árboles y la sensación de que alguien —o algo— lo observaba. Miró la hora en el reloj de su mesita de noche. Eran las 3:17 de la madrugada. Con el corazón acelerado, intentó tranquilizarse, diciéndose que solo era otro mal sueño, aunque, extrañamente, no podía recordar de qué se trataba. Se levantó y fue al baño, se mojó la cara y observó su reflejo en el espejo. Parecía distinto, ojeras oscuras y expresión agotada, como si su propio rostro reflejara algo que aún no entendía.
Al día siguiente, la rutina de siempre lo esperaba en la escuela, pero Connor sabía que "rutina" era un término demasiado optimista. Los otros estudiantes lo evitaban, y aquellos que no lo ignoraban se encargaban de hacerle la vida imposible. "Raro" era una palabra que escuchaba constantemente a sus espaldas, y las risas mal disimuladas lo perseguían en los pasillos. Hoy no fue la excepción.
Durante la clase de matemáticas, Connor intentó concentrarse en los números y despejar su mente, pero sentía las miradas de algunos de sus compañeros clavadas en su nuca. En el recreo, uno de los chicos, Jason, se acercó a él y empujó sus libros al suelo, provocando una risa generalizada. Connor solo se agachó para recogerlos en silencio, sin responder.
—¿Y qué? ¿Te quedarás callado otra vez? —provocó Jason con una sonrisa burlona—. Eres un bicho raro, West. Ni siquiera tienes el valor de defenderte.
Connor tragó saliva y miró hacia otro lado, buscando a su mejor amiga, Emma, quien siempre lo defendía, pero hoy no la veía por ningún lado.
Finalmente, el timbre de salida sonó, y Connor se sintió aliviado. Caminó rápido hacia la salida, buscando escapar de aquel lugar donde sentía que todo el mundo lo miraba con desprecio. En la puerta, vio a Emma esperándolo, con su sonrisa cálida y su mirada amable.
—¿Te hicieron algo hoy? —preguntó ella, notando el ligero temblor en sus manos.
Connor asintió, pero restó importancia al incidente, no queriendo que Emma se preocupara. Ella era su única amiga, su único apoyo en esa pesadilla diaria. Juntos, caminaron hacia la casa de Connor en silencio, y cuando llegaron, su madre los recibió con una sonrisa y un abrazo. Ella siempre parecía percibir cuando Connor necesitaba consuelo, y hoy no fue la excepción.
Esa noche, después de cenar con su familia, Connor volvió a su habitación, donde lo envolvía una sensación extraña de inquietud, como si hubiera algo en el aire que no podía ver pero que estaba allí, oculto en la oscuridad. Intentó estudiar, pero no podía concentrarse. Algo en él se sentía distinto, como si fuera solo un espectador de su propia vida.
El sueño llegó rápido, pero no fue un sueño reparador. Esta vez, en lugar de sombras, Connor veía rostros desconocidos en su mente, personas con expresiones aterradas, gritos que resonaban en el vacío. Se despertó sobresaltado otra vez, sin recordar completamente el sueño, pero con una sensación de pérdida y desasosiego que le calaba el alma.
Al día siguiente, escuchó un rumor en la escuela. Un compañero de otra clase no había regresado a su casa la noche anterior. Al principio, Connor pensó que era solo un chisme, pero pronto la noticia se esparció: un chico había desaparecido y nadie sabía dónde estaba. Connor sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Las imágenes de su sueño regresaron a su mente y, aunque intentó ignorarlo, una pregunta oscura se instaló en su cabeza.
¿Qué estaba ocurriendo en esa ciudad? Y, sobre todo, ¿qué papel jugaban esas noches sin recuerdo en su propia vida?
