-¡Incorrecto!

El pequeño no pudo evitar temblar cuando la mujer de mediana edad, su instructora, golpeaba la mesa en la que estaba escribiendo. Volvió a alzar la voz, repitiéndole con tono duro la forma en la que debía escribir esos caracteres.

Él no se había equivocado, pero no lo había hecho perfecto.

Su boca hizo un mohín y retuvo las lágrimas en sus ojos mientras con pesar observaba como el pincel dejaba una marca en el lienzo tan temblorosa como él. Con temor, levantó la vista para observar cómo era analizado por aquella mujer.

-¡Incorrecto!- volvió a gritarle, él solo pudo encogerse sobre sí mismo mientras las lágrimas caían por sus mejillas.-¿Qué será de Li si el príncipe heredero no es capaz ni de escribir trazos firmes? Con su escritura debe mostrar firmeza y poder. ¡Manténgase recto, esa no es la postura de un futuro emperador!

Pero él no quería ser emperador.

Hizo lo que la instructora le dijo. No supo cuántas veces tuvo que escribir ese kanji hasta que la mujer estuvo satisfecha. No porque lo hubiese hecho perfecto, sino porque era aceptable.

Después de todo, él no hacía nunca nada perfecto.

Al terminar la clase, la mujer se despidió de él con una reverencia hasta el día siguiente. Se quedó ahí sentado, observando el carácter que había escrito. Sus manos aun temblaban y sus pequeños hombros se movían al ritmo de sus sollozos. Se encontraba terriblemente cansado, física y mentalmente.

Apretó sus pequeños puños, en un intento de retener esos temblores y que su estado mejorase. Con los surcos de las lágrimas en sus mejillas, se levantó de la mesa y salió de aquella habitación. Sus pasos, pequeños y cortos, le hacían avanzar por el jardín.

Su mente infantil ni siquiera entendía su posición o su responsabilidad. Incluso pensaba que todos los niños pasaban por eso. Como le hubiese gustado poder pasear por el campo, lejos de esas enormes paredes y de aquellas miradas inquisitivas.

Por culpa de estar distraído, sus pies se tropezaron y cayó al suelo, haciéndose daño en la rodilla y manchando su ropa. Su primer instinto no fue el de llorar, sino observar con pavor su ropa sucia. De nuevo le volverían a regañar. Sentado en el suelo empezó a sollozar.

-Oh, vamos, no ha sido para tanto.- escuchó tras de él. Reconoció de inmediato aquella voz y por alguna razón se calmó.

La mujer se agachó para levantarlo del suelo y sacudir el polvo de su ropa.

-Muchas gracias, concubina Ah-duo.- agradeció un poco entrecortado por su sollozo Zuigetsu a la consorte de su hermano mayor.

La mujer no pudo evitar enternecerse al verle hacer el típico gesto con del puño en su mano y la pequeña reverencia. Estando aún agachada a su altura, usó la tela de su manga de su kimono para limpiar todo rastro de lágrimas de la cara del pequeño príncipe. Zuigetsu cerró los ojos y un mohín se apoderó de sus labios ante el gesto.

-Así estás mejor.- le dijo con cariño mientras observaba al niño, quien aún intentaba contener sus lágrimas.-¿Te has hecho daño?

Zuigetsu asintió señalando su rodilla, pero ese no era el motivo de su llanto.

-Se enfadarán conmigo otra vez.- señaló con reparo su ropa, la cual se había manchado por la caída e incluso se había rasgado un poco.

Ah-duo le miró con compasión. Aquella vida no era la que había querido para él. Esa presión no era sana para un niño. Pero, aun así, le aliviaba saber que estaba sano y protegido.

-Vayamos con Suiren para que te cure esa herida.- dijo al ver cómo un poco de sangre se veía a través de su ropa.

Antes de que el niño pudiese empezar a andar, la mujer le levantó entre sus brazos y lo acomodó contra su pecho. Al tenerlo ahí, emprendió su paso hacia donde estaba su madre.

-Siempre me dicen que no ensucie mi ropa. Se enfadará.

No era a Suiren a quien temía el niño, la nodriza solía consentirle más de lo permitido. No obstante, sus instructores, ya fuesen de escritura, literatura, esgrima o cualquier otro ámbito, eran demasiado severos con él.

-Estoy segura de que Suiren se preocupará más por tu herida que por la ropa.

-¿De verdad lo cree?

-Estoy completamente segura. Cuando era tan pequeña como tú, solía hacerme muchas heridas así, pero siempre me curaba con cariño. La gente que te quiere se preocupará por ti y sanará tus heridas.

Ah-duo recordó de manera fugaz las veces que jugaba con su hermano de leche, Yang, y como jugando o trepando árboles se hacía heridas que su madre le curaba tras un pequeño regaño. Para disgusto de Suiren, su hija había sido siempre muy aventurera y enérgica.

Cuando un suspiro de relajación salió de los labios de Zuigetsu, la concubina sonrió. Atesorando ese momento. No había tenido muchas oportunidades de tener a su hijo en sus brazos, de abrazarlo ni de consolarlo. Tenerlo así, para ella estaba siendo un regalo. Le dolía estar lejos de él, pero egoístamente se alegraba de que el verdadero hermano del emperador fuese quien hubiese muerto y no su preciado hijo.

Por su parte, Zuigestu apoyó su mejilla en el pecho de la concubina mientras era transportado por ella. Aquel latido de corazón y ese aroma le embriagaba y le relajaba, al punto de adormilarle. Puede que fuese por la presión o la ansiedad que había sentido, pero que Ah-duo le llevase así le reconfortaba.

-Ya he vuelto.- dijo alzando la voz Ah-duo entrando por la puerta.

-¿Has olvidado algo?

Suiren apareció mientras se secaba las manos en el delantal que llevaba. Al verla con Zuigetsu en los brazos se acercó a ellos con premura.

-Me lo encontré cuando fui a ver a la emperatriz viuda. Se ha caído y se ha herido la pierna.

Fue una explicación corta, pero en esos instantes, Suiren ya había tomado al príncipe para sentarlo en una silla para curar su herida. Ah-duo sintió un pequeño pinchazo en el pecho cuando el pequeño fue retirado de sus brazos.

-Joven maestro, ¿se ha hecho daño en algún lugar más?- preguntó Suiren limpiando la herida con cuidado y mimo. El pequeño príncipe solo negó con la cabeza.

Zuigetsu estaba más tranquilo y sus ojos se detuvieron en una caja que había en la mesa cerca de él.

-¿Qué es eso?- preguntó señalando con el dedo.

-Oh.- pronunció Suiren mientras le acercaba la caja a su nieto.- Alguien ha traído esto para usted.

La concubina no dijo nada cuando Suiren la miró. Zuigetsu abrió la caja con cierta prisa y se sorprendió al encontrar un pequeño tigre chino en su interior.

Al verle abrazar a aquel tigre de juguete, Ah-duo sonrió con cariño. No podían decirle que era ella quien le regalaba muchos de sus juguetes. Cada cierto tiempo, mandaba o dejaba algún soldado de juguete, alguna peonza o cualquier juguete. Aunque sabía que Anshi, su supuesta madre, no quería que se encariñase mucho de nada y que había ordenado que le quitasen los juguetes con los que jugase demasiado.

Si hubiese tenido la oportunidad de criarlo como su hijo, le hubiese comprado todos los juguetes que hubiese querido, le había leído libros, habría jugado con él cada día y le dormiría entre sus brazos…

Su mirada se tornó triste, algo que su madre se dio cuenta y rápidamente puso su mano en su espalda para consolarla. El niño al que llamaban Zuigetsu se acercó a ellas con su nuevo juguete entre sus brazos.

-¿Qué comeremos hoy?

-Le he preparado Huo gou de carne y fideos.- le respondió con una expresión tranquila Suiren.

-¿Nos acompañará a comer?- Ah-duo sintió su corazón hincharse al verle esa sonrisa en la cara.

Ah-duo no pudo negarse, asintió y el niño la agarró de la mano para llevarla a la mesa del comedor con el tigre de juguete contra su pecho.

¿Cuántas ocasiones más tendría de poder comer con su hijo?

….

Un capítulo más cortito que el anterior.

Tengo ya escritos unos 11 capítulos más. Estoy bastante enganchada y por ahora se me están ocurriendo bastantes ideas. Algunos son más largos, otros más cortos como este y dos de ellos son spicy.

He pensado que seguramente este sea el último capítulo que suba aquí. No hay comentarios y los que son provienen de bots que me atosigan la bandeja de los mensajes privados. Así que si la cosa no mejora con los comentarios, no os preocupeis, seguiré subiendo los capítulos a Wattpad