Mi culo perezoso debería haber estado escribiendo el siguiente capítulo de "La última navidad", pero surgió un problema.
Un adorable problema llamado Iris_Blanche con su trabajo "Drawings". Si no lo has leído, no sé qué haces leyéndome a mí. ¡Ve corriendo a su site en Ao3 y luego vuelve!
A pesar de que el trabajo pedía un segundo capítulo a gritos, nunca pensé que ella escuchase el ruego general de los lectores, pero hete aquí, que un año más tarde, ¡ella lo escribió! Así que, evidentemente, este trabajo está inspirado y dedicado a ella. La asombrosa Iris_Blanche.
A partir de ese momento, una idea empezó a dar vueltas por dentro de mi cabeza y no yo podía concentrarme en nada, salvo como desarrollarla, y aunque otros muchos escritores, también han escrito sobre el trágico evento que es el evento principal de mi trabajo, debo decir algo más:
Creo sinceramente, que la mejor versión que se ha escrito jamás sobre dicho evento, la escribió hace muchos, muchos años, la escritora Writergirl8 en el capítulo final de "Sleepless", publicado en fanfiction. Y es que mejorar la perfección es realmente imposible. Por ello, te repito lo de antes. Ve y lee su trabajo antes que cualquier otra cosa.
Yo por mi parte, intentaré que el Romione Trope festival no me distraiga demasiado para seguir escribiendo lo que tengo pendiente. Pero teniendo en cuenta quienes son los escritores que coordinan el evento… ¡no puedo prometer nada!
Lo siento.
El Retrato
Su cara era un tapiz de líneas de expresión, especialmente en sus ojos y las comisuras de sus labios, señales antiguas de risas y miradas entre cerradas llenas de palabras sin sonido. Pero la profundidad de sus arrugas no era comparable a la profundidad de su dolor mientras él reconocía cada rasgo.
Sus ojos trazaron las líneas de la imagen con anhelo. Como si nada fuese más hermoso en este mundo. Sus iris seguían siendo de ese profundo azul zafiro, pero ellos habían perdido su brillo y su ilusión. En su borde externo, el halo gris de la vejez trazaba un círculo familiar.
Su pelo seguía siendo rojo como el fuego, aunque en algunos puntos se había tornado de un rubio casi blanco y, contra toda probabilidad, no había ido retrocediendo hasta desaparecer como fue con su padre. Aun así, él no había podido dejar atrás ese tic nervioso de atusarse el pelo con las manos cuando él se sentía incomodo o nervioso.
Sin poderlo evitar, los dedos de su mano derecha, tocaron la superficie del dibujo, recorriéndolo en una caricia llena de amor. Si él cerrase los ojos, él podría localizar todas y cada una de las singularidades de su piel que años de exploración mutua dejaron en su memoria táctil. Cada peca, cada lunar, cada arruga que el paso de tiempo dejó. Sólo la rugosidad del óleo seco le recordaba que aquella no era la piel cuyo tacto él desesperadamente anhelaba. La piel tersa y suave, que el había recorrido en un millón de momentos. A veces tiernamente y otras veces… otras veces agresivamente, famélico de necesidad, consecuencia del deseo y la pasión desesperados y recíprocos.
Eran las mismas manos que, a pesar de las cicatrices que ellas habían recogido a lo largo del tiempo sumándose a las de sus antebrazos, y a las escasas manchas marrones con las que la edad le había obsequiado, jamás habían afectado al mosaico de pecas que las recorrían, ni a su firmeza, ni a la sensación de la magia que crepitaba en ellas cada vez que él la tocaba.
La misma firmeza que le hubiese permitido seguir trazando elegante trazos si el hubiese tenido el ánimo de haber seguido dibujando o pintando para ella. Firmeza, que la emoción y el dolor convirtieron en temblor cuando comenzó a recorrer, acariciando con la punta de sus dedos, la línea de la mejilla y los labios del dulce rostro de la jovencita en el retrato.
—Amor mío —él susurró, mientras lágrimas silenciosas, rebasaban sus párpados—. Te echo tantísimo de menos…
No fue el primer dibujo en el que él la retrató, pero sí fue el primero en el que ella fue consciente de que él la estaba pintando y también su primer retrato…
Hermione Jane Granger-Weasley, fue pintada, dibujada y retratada muchas veces a lo largo de su vida, especialmente cuando fue elegida Ministra de Magia con apenas 30 años. Pero ningún retrato era como aquel. Aquel era su retrato. Donde ella descubrió que el la amaba tanto como ella le amaba a él. Con la desesperación de la adolescencia. Una desesperación que se convirtió en pura necesidad con el paso de los años, hasta el punto, que llegó un momento que en el que era inútil hablar de tú o yo y de manera simple y natural, se convirtió en nosotros. Por eso aquel retrato era especial. Por eso, fue en aquel y en otro pequeño retrato al lado del primero sobre la chimenea y con la imagen inmóvil de un joven pelirrojo sonriendo con una irresistible sonrisa torcida, donde cada uno vertió la esencia del otro para cuando cualquiera de los dos faltase.
Pero Ron siempre supo la verdad.
La supo en su alma desde el día que la llevo en volandas hacia la casa de su hermano. Mientras él gritaba rogando socorro y suplicaba a Merlín o a cualquier poder superior, para que su alma pudiese poder aguantar en su pequeño cuerpo destrozado mientras él lograse encontrar ayuda en su hermano Bill y su cuñada Fleur.
Él no necesitaría de ningún reconocimiento médico en San Mungo cuando el ministerio insistió en que los tres tuvieron uno después de la guerra, ni cuando Hermione tuvo su primer aborto, ni cuando la gestación de Rose y Hugo fueron declaradas de altísimo riesgo, ni cuando con los años, Hermione se había estado sintiendo cada vez más cansada, incluso cuando ella se libró de la carga de trabajo que suponía su cargo, tras dimitir como Ministra de Magia para que una nueva generación de magos y brujas forjasen su propio camino.
No. Él nunca necesitó que nadie confirmase lo que su magia le gritaba a sus huesos.
Por eso él la había propuesto la magia de animación sobre sus retratos, tan pronto como estuvieron juntos después de la guerra y tan pronto como Ron tuvo el valor de decirle, que en su alma sabía que nunca habría nadie más después de ella, después de que él esperase a que ella terminase su último año es la escuela, y darla tiempo a que ella pudieses reflexionar y cambiar su decisión sobre estar juntos, aunque eso le partiese el corazón.
Ella nunca cambió de opinión sobre ellos dos, y el nunca le contó la toda verdad sobre su solicitud...
Ron siempre supo que sería ella la que le dejaría atrás primero.
El menudo cuerpo de Hermione, había sufrido y soportado una insana cantidad de magia oscura a los largo de sus pocos años. Demasiado para una sola vida.
La petrificación del basilisco, la exposición continuada a los dementores, la obscura maldición de Dolohov… Los cruciatus de Bellatrix junto a otras maldiciones y la paliza que la zorra de Voldemort la propinó en Malfoy Manor. Los dos intentos de atentado durante su mandato como ministra…
Del primero se pudo arrestar al asesino, del segundo, no.
Del segundo, no se puedo encontrar un resto lo suficientemente grande de identificar, tras que el Auror Weasley irrumpiese en la guarida de los conspiradores. Nadie volvió a atentar contra ella tras de aquello, por cierto.
…Y finalmente, la magia oscura más tenebrosa de todas:
El relicario.
A diferencia de Ron, la podrida alma de Voldemort escondida en el maligno objeto, había encontrado su vulnerabilidad en su cuerpo debilitado durante la cacería, afectándolo y corroyéndolo. Usando la magia negra que emanaba de él, como un parásito que consumiese su menudo cuerpo desde dentro.
Sí. El siempre supo que sería ella la que le dejaría atrás. Él lo sabía, así como él pensaba que en el fondo, su petición quizás era un acto de egoísmo, porque él era un hombre débil. Débil porque lo que él sabía con toda la certeza y por encima de cualquier otra verdad del universo o de la magia, era que él, nunca podría vivir sin ella.
Así que él lo hizo lo mejor que pudo.
La amó, la cuidó, la animó frente a la adversidad. La confrontó cuando pensó que ella estaba equivocada. Él proyectó y reforzó el amor por ella creando más amor aún en la amorosa crianza de sus hijos, en su renuncia al puesto de Auror después del nacimiento de Rose… y cada vez que la hizo el amor. Lo hizo como el hombre sediento de ella que él era.
De manera natural, él la entrego su propia vida envuelta en papel de regalo y con un lazo enorme, con el único objetivo de hacerla feliz. Y en los momentos de duda dolor y tribulación, en las innumerables disputas que sus dos tercos caracteres provocaron, él jamás dudó del amor entre los dos e hizo, del sexo más dulce, la forma de demostrárselo.
Sí, quizás él era un chico de pueblo y sí, quizás él tenía a sensibilidad de una cucharita de té. Pero nadie especificó nunca, el número cucharitas de té que Ron tenía en el corazón en su amor por Hermione.
Así que en los momentos finales, cuando toda esa maldad, cuando toda esa magia obscura vino a cobrarse el precio final, Ron estuvo con ella hasta el final.
Desaparecían y la acompañaba a dar largos paseos por las campiñas francesas que ella amaba. La acompañó a lo largo de los viajes que hicieron por Australia y Francia, para recordar los grande momentos de su vida en común. Una aventura que comenzó en plena niñez.
Sus amigos los envidiaban en secreto, a pesar del evidente desgaste, del envejecimiento prematuro que para los estándares de mago Ron presentaba con el paso del tiempo y cuyo autentica razón sólo unos pocos, con Fleur y Bill a la cabeza, sabían, Ron siempre se despreocupaba y comentaba feliz:
— ¿Cuánta gente, puede presumir de haber encontrado a su alma gemela en plena niñez? —Solía presumir, Ron, con la sonrisa cómplice de Hermione, que recordaba su propia frase presumida mucho más explícita:
« ¿Cuántas mujeres pueden presumir de tener su propio caballero de brillante armadura y escuchar los envidiosos susurros de "Zorra afortunada", al día siguiente de habértelo follado como dios manda, sólo por tu forma de caminar?»
…Y cuando las fuerzas de Hermione fallaron, Ron se sentaba en el sofá con la cabeza de Hermione en su regazo y la leía sus lecturas favoritas, hasta que se ella quedaba dormida y él la llevaba dulcemente a su cama con ella recogida en sus fuertes brazos. Una técnica que él había perfeccionado a lo largo de los años primero con la propia Hermione, y luego con Rose y Hugo, en donde jamás utilizó la magia, sino que siempre prefirió cargar entre sus brazos y al estilo nupcial, a las personas que él amaba. Algo que cuando era presenciado a escondidas por Hermione, había desencadenado noches de pasión y amor desenfrenado y miradas que decían más que cualquier poema elaborado.
Y así, cuando llegaron los momentos finales, Ron quiso que Hermione, sintiese todo el amor que ella merecía, y se empeñó en estuviesen presente las personas que la amaban. Incluso pasó su brazo por encima de los hombros de su yerno, Scorpius, con una sonrisa exagerada, provocando que Rose dejaba escapar algunas lágrimas y Hermione dibujase una dulce sonrisa, al tiempo que ella ponía los ojos en blancos en divertida e íntima burla.
En una imagen que Harry, Bill y Fleur consideraron dolorosamente familiar, Ron permaneció sentado a su lado en el borde de su cama sonriéndola, con sus ojos llenos del amor más puro mientras él sostenía su mano entre las suyas y la adoraba con su mirada, tal y como él había hecho hacia mucho tiempo en Shell Cottage. Fue la última de las incontables conversaciones sin palabras que ambos tuvieron desde que se conocieron en un tren escolar, hacía tantísimos años… hasta que Hermione susurró:
—Te amo tanto, Ronald, amor mío. Gracias por la vida que me diste —Para después, cerrar ella sus ojos por última vez.
Nadie conoce a Ron como Harry, salvo la propia Hermione y fuel él, el primero que se dio cuenta del significativo cambio en su mejor amigo.
Nadie pareció darse cuenta de que Hermione se había ido. Pensaron que ella se había quedado dormida por el agotamiento otra vez. Pero cuando Harry leyó los cambios sutiles en la cara de su hermano en todo menos en la sangre, Harry supo la verdad.
Harry, vio como un insondable dolor asesinó el brillo en los ojos de Ron. Como la sonrisa que él había mantenido a duras penas para ella, cayó un milímetro desde el ángulo de sus labios. Como su mano quedó blanca mientras apretaba desesperadamente la mano inerte de quien para él era lo mas sagrado y bueno de este mundo, en el irracional, instintivo y desesperado intento de mantenerla a su lado, y a Harry se le desgarró el corazón, cuando vio como la primera de las lágrimas que estarían por llegar, comenzaba a brillar en su párpado.
«Hermione se había ido.»
Fue justo después, que Ron se inclinó sobre el pacifico rostro de su esposa para susurrarle mientras deslizaba sus dedos, por su nívea mejilla:
—Lo único que siempre deseé para mí, era estar contigo, Mione y ahora, aún sigue el mismo deseo, amor. No me hagas esperar demasiado, amor mío —es lo único que Ron dice, antes de llevar la mano que aún tiene libre al bolsillo de su túnica y obtener un objeto plateado, que amorosamente él deposita entre las entrelazadas manos de Hermione que ya descansan sobre su pecho inmóvil y él inclinarse sobre ella para besarla dulcemente por última vez.
Harry sintió como una bola del tamaño de los pecados del mundo se atascaba en su garganta, cuando el silencio sólo fue roto por el desgarrador gemido de Fleur quien buscó enterrar su cara llena de lagrimas en el pecho de Bill, cuando su empatía veela fue arrasada por el dolor que irradiando de Ron, ella apenas había podido contener hasta entonces.
Fue un funeral sencillo y familiar. Sólo unos pocos allegados tenían permitido acudir a él. Ron se negó en redondo a convertir algo íntimo de la familia y de los amigos más cercanos, en un circo de paparazis, reporteros especialistas en el dolor ajeno, en una manifestación política o de culto a la persona.
El homenaje a la figura pública que fue La Ministra Grager-Weasley, se dio en el ministerio y el mayor monumento a su persona fue su legado. Pero allí, entre la quietud de las lápidas y el verde césped como último edredón, sólo estaban los que ella amó. Incluso el imposiblemente anciano Kreacher, estuvo aquí, sollozando en una pequeña sábana que usó como pañuelo. Pero Ron tampoco lo quiso de otra manera.
Cuando terminó el oficio y de la casa donde vivieron su infancia se marcharon con sus respectivas familias Rose y Hugo posteriormente al resto de invitados, mirando el viejo retrato de Hermione, sólo quedaron Harry y Ron.
Harry ha permanecido a su lado, respetando el silencio de Ron durante los días previos. Al dolor propio por la pérdida de su mejor amiga, se suma el dolor por la incapacidad de poder decir o hacer algo para ayudar a mitigar el dolor de su "hermano", aunque Harry sabe que no hay nada que él pueda hacer.
La naturaleza de la relación que tenían Ron y Hermione, supera con mucho a lo que cualquiera pueda decir del amor entre dos personas. Está incluso mucho más allá de lo que se suele conocer como almas gemelas. Es mucho más como si ambos hubiesen compartido el alma misma.
Harry no podía expresarlo con palabras, pero se maldijo, por no poder hacer nada. Por no ser capaz de ser para Ron, lo que Ron siempre fue para él…
—No hace falta que digas nada, compañero. Está bien así. Gracias —La voz de Ron interrumpe el soliloquio mental de Harry.
— ¿Qué…?
—Quiero decir, que dejes de culparte o atormentarte, Harry.
—Yo... no…
Harry volvió la cabeza para enfrentar a Ron, quien por un momento había dejado de mirar a la mujer del cuadro, pues inclinó levemente la cabeza y, con los ojos cerrados, negó con la misma mientras una triste sonrisa torcida, que no pudo ocultar el insondable dolor de su corazón, se dibujó en su pecosa cara.
— ¿Cómo sabes…?
—Sigues siendo un pésimo jugador de ajedrez, Harry y, además, está tu malsana naturaleza de héroe. Incluso ahora, ya estas pensando en que de alguna manera, esto es culpa tuya. ¡Y no lo es! —El profundo azul busca el verde con una intensidad que hace que el corazón de Harry se reconforte.
« ¿Cómo demonios lo hace? ¿Cómo demonios es capaz de, en medio del más insoportable dolor, ser capaz de olvidarse de sí mismo y volcarse con cualquiera menos él? ¡Por Merlín, Hermione! Tomaste al mejor mago de una generación y os disteis la vida el uno al otro literalmente. ¿Cómo imaginar siquiera, que él pueda rehacer su vida sin ti, amiga mía?» Se pregunta el jefe de aurores del ministerio.
—Los culpables ya no están, Harry —los ojos de Ron han vuelto al retrato—. Ya os ocupamos de ellos. ¿Recuerdas? Algunas de sus maldades nos siguen pasando factura, es cierto —su mirada se nubla al recordar—. Pero no puedes seguir culpándote compañero.
Harry se quedó un buen rato mirando el perfil de Ron, que pareció buscar algún movimiento en la mágica imagen que nunca llega. La sonrisa triste que compartió con él hace un instante ya desapareció, pero el dolor siguió ahí, asolando el generoso corazón del mejor esposo, padre, amigo… hermano, que cualquiera pudiese desear.
—Lo siento, Ron. Lo siento muchísimo.
Harry no es consciente de como su voz se entrecortó. Como las lágrimas rebeldes habían rebasado sus defensas y se deslizaron silenciosamente por sus propias mejillas. Pero sí fue capaz de vez las lagrimas gemelas que corrieron por el rostro pecoso justo antes de que Ron le abrazó con desesperación.
—Lo sé, Harry. Lo sé —él solloza al abrazarlo.
Su gemido ronco, estremeció el corazón del vencedor del Voldemort quien, a su vez devolvió el abrazo, estrechándolo sobre su mejor amigo cuando sintió sobre su hombro los sollozos desesperados del mago pelirrojo.
Es un abrazo que estuvo muy lejos de esos abrazos varoniles con un par de palmaditas en la espalda y la pose posterior de "hagamos como si nada de esto hubiese pasado" que habían compartido infinidad de veces. Por el contrario, fue el mismo tipo de abrazo que Harry presenció cuando después del batalla de Hogwarts, Ron se encontró con George.
—No sé lo que voy a hacer sin ella, Harry —él gime.
Harry no tuvo contestación para eso. El dolor por perder a una amiga no es siquiera comparable a lo que es perder a tu esposa. Así que él le respondió en silencio, estrechando su abrazo.
El momento pasó y los sollozos silenciosos de Ron fueron cediendo hasta que el viudo pelirrojo, hizo el amago de liberar a Harry, provocando que el moreno, diese un último apretón al corpachón de su mejo amigo, antes de dejarle ir.
Durante un instante, ambos se miraron a la cara y Harry, que siempre ha pensado que tenía un deuda impagable con los Weasley y especialmente con Ron, no pudo sino pensar, que si hubiese alguna forma de compensar esa deuda, era la de estar con él hasta que el menor de los hijos varones Weasley pudiese recomponerse a sí mismo. Pero para ello, Harry necesitaba saber que podía necesitar Ron.
Harry es un hombre de acción, lo ha sido siempre. No es de los que se quedan quietos esperando que otros hagan el trabajo. Harry no quiso ser solamente una presencia reconfortante. El quiso ayudar, quiso hacer algo, ¡lo que sea! Por la persona que le abrió las puertas de su casa y le dio una familia adoptiva. Por el desprendido niño pecoso que le dio todo, cuando él mismo apenas tenía mucho y quien, de alguna manera Harry lo entiende ahora, le dio el motivo correcto por el que luchar. Y para ello, Harry necesitaba conocer que había tras los ojos derrotados de su mejor amigo.
—Ron —él preguntó con delicadeza—. ¿Por qué insististe en que Hermione conservase el desiluminador?
—Ya no tengo necesidad de él, compañero —le respondió sin apartar sus ojos cerúleos del retrato—. Ya no tengo a nadie a quien volver, Harry.
Con su descarnada sinceridad, la misma que le causó mil y un problemas, Harry lo entendió.
Si él se lo pidiese, Ron volvería pelear contra Voldemort ahora mismo. Arriesgando su vida a cambio de la del propio Harry una vez más. Si Rose, Hugo, Ginny o cualquiera de su familia le necesitase, Ron sería un infierno pelirrojo defendiendo a los suyos una vez más. Pero a la hora de volver, siempre sería Hermione.
Aun así, todo ese conocimiento no impidió que Harry sintiese que le estaban arrancando una parte de su propio corazón cuando vio la certeza de su afirmación en los ojos de Ron y temió por su amigo.
—Ron… ¿Tú… no…?
—Te lo prometo Harry —Los ojos azules se clavaron en los de Harry—. No voy a hacer ninguna tontería. Además… —Sus ojos volvieron al retrato plenos de devoción—. Le prometía a ella que nunca más sería un cobarde y por si esa promesa no fuese suficiente, tengo el incentivo de que ella me hechizaría las pelotas si yo me presentase al otro lado de esa manera. No— Sus manos pecosas apretaron los hombros de Harry—. Esperaré a que llegue el momento, pero nadie puede impedirme que anhele el volver a encontrarme con ella otra vez, Harry. Tú lo sabes.
Y Harry asintió. Asintió porque sabía hasta lo más profundo de sus huesos, que no hay fuerza en el mundo que pueda tener a Ron y a Hermione demasiado tiempo separados, y en su corazón, Harry empezó a entender que debía empezar a prepararse para cuando llegase el momento de decir "hasta pronto" a su mejor amigo… en no mucho tiempo.
Y así pasaron las horas y con ellas los días y las semanas. Ron las compartió con su familia, con sus hermanos, sobrinos y nietos. No les negó ni su presencia ni su sonrisa, aunque esta nunca era completa ni sus ojos tenían la alegría de antaño.
En algunos momentos, le sorprendieron paseando por los jardines de la casa, igualando el paso de una persona de piernas más cortas. Hablando solo o buscando con los ojos, una presencia que sólo el percibía, aunque todos sabían de quien se trataba.
Lo único en lo que él fue inflexible, fue en su deseo de regresar cada noche a casa, para reencontrarse con su retrato.
Cada noche de cada día, Ron se sentaba en su viejo sillón frente a la chimenea buscando su rostro.
La mayoría de las ocasiones, la imagen de Hermione parecía inerte. En nada diferente a un cuadro muggle. En esos momentos, Ron se limitaba a contemplarla en silencio. A sentir que su amor por ella no flaqueaba ni un ápice, pese a su ausencia.
En otras ocasiones, la menos, el retrato se animaba y ella le devolvía una mirada brillante, llena de amor y esperanza. Entonces Ron la ponía al día de todas las cosas que ella se había perdido desde la última vez que su retrato cobró vida. Harry decía que aquellas ocasiones, eran los únicos momentos en el que la luz parecía volver a brillar en los ojos de su mejor amigo.
Ron siempre se despedía con un "Te amo", y una caricia en la mejilla de Hermione, y en esas contadas ocasiones en las que el retrato recuperaba el movimiento, la imagen del retrato parecía buscar y a anhelar su tacto, al tiempo que algunas lagrimas aparecían en sus ojos marrones…
Pero ella jamás le contestó.
Al principio, Ron le preguntaba porque ella no hablaba. Si de alguna manera, él la había ofendido, o si es que algo estaba mal en la magia que habían hecho sobre los retratos. De lo mucho que necesitaba oír su voz, de lo mucho que él la extrañaba. Pero entonces, ella negaba con su cabeza agitando violentamente sus rizos y los ojos de Hermione brillaban coquetos y juveniles, llenos de amor y cariño ¡Con tanta intensidad!, que cuando ella se llevaba su dedo a los labios en señal de silencio, él callaba, como si ambos hubiesen vuelto a la escuela y ella estuviese guardando un secreto formidable, que sólo ella sabía y sólo esperase el momento adecuado para decírselo. Así, las dudas de Ron se desvanecían.
Con las semanas, él aprendió a soportar su silencio, como siempre soportó todo por ella. Por puro amor. Con el tiempo, él le preguntaba— ¿Hablarás pronto amor mío? —para luego llevarse su propio dedo a sus labios imitando su gesto, mientras ella sonreía ¡tan brillantemente!, que pareciese que una pequeña estrella hubiese nacido el hogar de los Weasley-Granger.
Y así llegó esta noche. La noche en la que se cumplió un año más de su huida de Malfoy Manor.
La noche donde la posibilidad de perderla de una manera temprana, de toda una vida sin ella, se hizo espantosamente cercana.
Sus recuerdos desatados y su ausencia fueron esa noche un negro e insondable vacío. Esta noche, sentado en su viejo sillón frente a la chimenea, él pasó la noche entera frente a su retrato, velando y recordando cada detalle de ella. No sólo en lo físico, sino en todos los otros aspectos de aquella vida que compartieron y que ahora le parecía tan lejana y sin embargo tan fresca en su memoria.
Así le encontraron las primeras luces del amanecer. De pie, frente a su retrato y con sus dedos acariciando su imagen pese a sus cansados y rígidos huesos después de toda la vigilia.
—Amor mío —él susurró, mientras lágrimas silenciosas, rebasaban sus párpados—. Te echo tantísimo de menos. Hasta mañana, Mione. Te amo —Él se despidió de ella antes de girarse para abandonar la estancia e invocar el pequeño ramo de flores y los calcetines, preparándose para aparecerse en Shell Cottage y dar un breve paseo hasta a tumba de Dobby.
En un espectacular fulgor, el amanecer irrumpe en el salón a través de los grandes ventanales que ella insistió en tener pues ella amaba disfrutar de los salidas del Sol amaneceres. Tonos anaranjados se filtran a través de las cortinas iluminando la habitación con un aspecto mágico.
—Ron…
El vello de sus brazos y su nuca se erizan, temiendo ser víctima de que el deseo de su anhelante corazón le esté haciendo sufrir una alucinación. Sí. En contra todas sus esperanzas, ya hace mucho tiempo que él no ha escuchado esa voz, pero él la reconocería en cualquier parte. En la más horrible de las tormentas o rodeado de un infierno de fuego maldito.
Con una sonrisa que haría palidecer de envidia el brillo del Sol mismo, la imagen de Hermione tiene los ojos fijos en él y en ellos, hay una alegría, un candor y un amor tan profundos, que si Ronald Weasley tuviese que invocar un patronus en ese instante, el decreto del sigilo mágico se iría al carajo, porque este arrasaría con todos los dementores del Reino Unido con su fulgor.
—… Mi Ron.
Hermione se mueve entre los bordes del retrato, con tal anhelo en sus ojos que Ron piensa que ella estaría intentando romper sus límites y salir a reunirse con él. Ron cree que quizás sea una broma de sus cansados ojos, pero él juraría que ha habido un cambio en la imagen del retrato, y esta no se ve tanto como una pintura donde la trazada de los pinceles se adivina, sino como si él la estuviese viendo a través un cristal de agua y sus rasgos se hubiesen definido y envejecido un poco, de manera que él ya no estuviese viendo la pintura de la adolescente que él pintó en Hogwarts hacía una eternidad, sino la imagen real de la mujer joven con la que él se casó.
—Her… Mione..
Sus cansadas rodillas ceden y el viudo pelirrojo, cae sobre sus rodillas maravillado ante la imagen del amor que dejó ese profundo vacío en su corazón cuando ella se fue. Lágrimas silenciosas recorren las mejillas pecosas como el resultado del cóctel del dolor residente, el mencionado vacío y la felicidad por el reencuentro con su recuerdo.
La imagen del retrato tiene sus propias lágrimas, ella esperando en silencio a que Ron se recomponga y le haga la pregunta que ha estado en su corazón por casi un año.
—Hermione. ¿Porqué no me has hablado hasta ahora, amor mío?
—No podía, Ron – ella dice haciendo una cruz sobre su pecho imitando esa broma privada entre ellos sobre sus orígenes muggles—. Te juro por el amor que te tengo que no pude. Cuando volví a abrir los ojos, me sentí envuelta en una sensación increíblemente cálida, mi amor —Sus ojos se cierran, como si estuviese recordando el momento—. Rápidamente entendí que estaba sintiendo físicamente, si se puede decir así, el amor de todos los que quedéis atrás.
Ron no se da cuenta, pero si Harry o Ginny estuviesen ahí con él, su mejor amigo estaría poniendo los ojos en blanco y el pequeño incordio de su hermana pequeña, amagando con meterse los dedos en la boca para provocarse el vómito. Pero ambos, conmovidos en lo más profundo por volver a ver la devoción absoluta en la cara de Ron. Mirándola y oyéndola, como si nada más existiese en el mundo salvo ella. Como siempre fue.
—Podía sentir el amor de Harry y el de Ginny. El amor de Rose y de Hugo, el de nuestros nietos… ¡y el tuyo Ron!
Por un momento, el corazón el anciano pareció fibrilar cuando creyó reconocer el deseo crudo en los ojos de su esposa.
—Siempre supe que me amabas, Ron, pero sentir así la profundidad de tu amor fue algo completamente distinto. Podía sentirlo. ¡Sentirlo de verdad! Como algo físico. Fue como estar en el centro mismo del universo. Envuelta de un caleidoscopio de luz y color cálidos que acariciaban todos mis sentidos, apartando cualquier dolor o daño, pero al mismo tiempo salvaje y pleno de deseo por mí. Fue… abrumador, Ron.
El anciano, se encoje de hombros inocentemente, al tiempo que una involuntaria risa torcida profundiza las arrugas de sus ojos.
—Siempre fue así para mí, Hermione. Nunca supe amarte de otra manera. Eres mi primer y único amor. Mi esposa, sobre la verde tierra de Merlín y más allá —Provocando que la mirada de Hermione se vuelva más hambrienta y amorosa, todo a un tiempo.
—Fue entonces, aunque lo lamenté por nuestra familia y amigos, cuando entendí que no podríamos estas separados durante mucho tiempo, amor mío, y la expectativa de rencontrarme de nuevo contigo, me ilusionó. Me llenó de felicidad. Volveríamos a estar juntos. Volvería a tenerte, Ron —Hermione termina con sus ojos llenos de anhelo por él.
—Nunca me perdiste, Hermione. Nunca, ni siquiera entonces dejé de ser tuyo —la mano de Ron se alza, para acariciar dulcemente la cara risueña del retrato—. No tienes ni idea de lo mucho que anhelaba volver a estar contigo, Mione. Pero entonces, ¿Por qué podía verte, pero no escucharte? ¿Por qué me rogabas que no te preguntase?
La imagen de Hermione se pone súbitamente seria, haciéndose familiarmente similar para Ron. Es la cara que ella reservaba para los debates del Wizengamot, cuando alguna de las representaciones parecía ser especialmente obtusa a aceptar la realidad de los hechos. Pero Ron no se pierde que lágrimas silentes ruedan por sus mejillas.
—Al parecer, algunos de los poderes que existen al otro lado del velo, parecían no compartir la creencia de los otros, y creer que dos personas pudiesen amarse tanto y compartir una unión a través del alma como la que nosotros tenemos —A Ron se le calienta el corazón al ver como se forma una arruga en la frente de Hermione y ella usa ese tono marimandón, tan familiar, que ella solía utilizar con él o con Harry cuando estaba exasperada e incrédula de que no entendiesen algo que era evidente, como cuando ella empezó su (her) cruzada con P.E.D.D.O. Nadie puede falsificar esa forma de ser, esa vehemencia ante las cosas en las que ella cree. Por algún tipo de magia o milagro, Ron sabe que él tiene a Hermione ante él, a su mujer! A la persona verdadera que ella es, no el recuerdo de alguien conservado en un cuadro mágico, sino a su único y verdadero amor y no puede evitar sonreír, cuando él escucha lo que viene después .
—Ellos dudaban de que tu amor por mí fuese tan fuerte como para desafiar la separación que supone la muerte. Que nuestras almas estuviesen tan unidas, que fuese imposible separarnos por mucho tiempo. Así que se empeñaron en reclamar algún tipo de prueba de ese amor. A pesar de ese milagro que hiciste y del que nunca supimos. ¡Cómo si mi propia vida no hubiese sido prueba suficiente!
La cara de Ron es de absoluta confusión.
—Hermione, ¿A que milagro te refieres? Yo no recuerdo haber hecho nada particularmente especial.
La sonrisa que se dibuja en la Hermione del retrato es de absoluta ternura. Como si ella volviese a estar viendo ese chico desgarbado, con las extremidades demasiado largas y con una mancha en la nariz.
—¡Ay, Ron! ¡Mi dulce y amado, Ron! Tú no verías todo extraordinario que hiciste a través de los años, ni lo especial que eres, aunque ellos te mordiese el culo —dice ella elevando las cejas mientras usa una de las frases favoritas de Ron, cuando él se refería a los aspirantes a aurores a los que comenzaba a entrenar—. Nunca le distes especial valor a las cosas que hiciste. Veías lo extraordinario en lo que hacía cualquiera menos tú. Pero yo sí lo veía, a pesar de que esta se me pasó —Hermione puso los ojos en blanco, como no pudiendo creer que ella misma no se hubiese dado cuenta.— Y aunque dentro de mucho tiempo tendré una conversación adecuada con nuestra querida Fleur, lo cierto es que es por eso, por tu generosidad desinteresada, por tu amor más allá de cualquier limite, por tu humildad y por otras muchas cosas, que te amo con todo mi corazón.
Como siempre que él la oye decir que lo ama, a Ron se le olvida cualquier otro pensamiento en su cabeza. El hecho de oírla decir que ella le ha elegido a él de entre todos los demás, el hecho de que ella le confiese que su amor es para él, que siempre ha sido para él y sólo para él, es algo a lo que Ron nunca pudo acostumbrase y le seguía maravillado través de los años que compartieron juntos. El universo mismo se concentra en la imagen que tiene ante él y no hay nada mas fuera de los límites de la imagen de Hermione.
—Ellos me dieron a elegir continuar mi viaje al otro lado, u ocupar el lugar de mis recuerdos en el retrato y que guardase silencio. No podría decir nada de nosotros, ni de lo que hay más allá del velo. Nada de esta última prueba que te estaban haciendo pasar por mí. No podía darte esperanzas. Simplemente, yo tendría que esperar a que tu amor por mí no se diluyese con mi ausencia —es entonces, cuando esa sonrisa victoriosa de sabelotodo aparece en su hermoso rostro—. Pero ellos no te conocen como yo.
Él podría ser anciano, tener sus reflejos enlentecidos por la edad. Sus músculos y articulaciones podrían doler como el infierno como consecuencia de las viejas heridas de guerra y su viejo trabajo de auror, pero él seguía siendo Ron. Él seguía siendo un Weasley.
—¿Ellos te encadenaron? ¿Ellos te obligaron al permanecer el cuadro? —La simple idea de que el retrato que él había pintado tantos años atrás para ella, esa prueba de amor no confesado y donde él había vertido todas sus esperanzas de consuelo hasta su reencuentro final, para cuando ella hubiese fallecido, hubiese sido convertida en su prisión después de todo lo que ella había hecho por este miserable mundo, hizo que la magia crepitase alrededor suyo mientras la legendaria ira Weasley empezaba a reclamar su espacio y sus nudillos se tornaban blancos apretando la marquesina sobre la chimenea.
—Ellos no me obligaron a nada, amor mío —la cara de Hermione tenía esa mirada. La misma mirada que él terminó entendiendo, que era esa mezcla justa de secreto orgullo cuando él se erigía en su caballero de brillante armadura para protegerla de ofensas reales o imaginadas. Había algo de Don Quijote en su Ron, y ella le amaba cada minuto por ello—. Yo lo elegí.
—Ellos no tenían ningún derecho…
—Pero yo sí lo tenía, Ron —Ella le sonríe, mientras deposita su pequeña mano sobre el corazón.
—Después de los horrocruxes… Después de Malfoy Manor… —Ron agitó la cabeza intentando apartar la idea de que, en cierta forma, esa primera prueba amor pudiese tener inquietantes similitudes con el objeto por el que él estuvo a punto de perderla.
—Un horrocrux es una abominación, Ron. El fruto podrido de la maldad más absoluta… —ella le interrumpe anticipando sus pensamientos, tal y como había sido durante años, en una vida de amor y devoción mutuos—. Tú lo sabes bien amor mío: Una muerte para desgarrar el alma, y dos muertes más para preparar el recipiente. La de una joven virgen enamorada a la que se asesina para negarle ese amor y la de un niño al que se le niega una vida por vivir. Tres muertes para que un mago pueda acariciar la inmortalidad. —Su semblante, que ha ido tornándose serio según ella le recordaba, vuelve a cambiar, llenándose su mirada de calor y ternura—. En cambio, tu cuadro es la prueba y el conducto de un amor desinteresado y sincero. De un amor ilimitado e imperecedero. Cada pincelada, cada impresión que dejaste en él (it), era un verso de amor de tu alma. Al principio, torpe y atribulado… —Ella le sonríe con tanta dulzura, que Ron piensa que se va a convertir en una baba gigante—. Y con el paso de los años, cada vez más poderosa y definida, hasta llegar a ser la prueba de que ninguno de nosotros dos, hubiese podido vivir nunca sin el otro.
—No debiste haber accedido, Mione —Los zafiros brillan húmedos—. No tenías que haberte quedado atrapada aquí —el pelirrojo murmura, mientras sus dedos recorren el reborde la marco. Después de todos lo que has padecido, de todo lo que has hecho por el mundo, después de haber sido torturada y haber estado dispuesta a morir para proteger a Harry y la esperanza que él significaba...
—¡Aaah! pero yo quería, Ron. No solamente para demostrar a los incrédulos la fuerza del amor que compartimos, sino que yo lo elegí porque quería seguir estando contigo. No solamente más allá de la vida mortal, sino durante este breve periodo en el que estaríamos separados por el velo —La mirada de Hermione se brilla de amor mientras busca sus (his) cerúleos ojos—. Fue mi elección, Ron, y la elegiría mil veces por ti. Además —Los ojos color chocolate de Hermione, tienen un brillo travieso—. La recompensa era demasiado buena, amor mío.
La cabeza pelirroja, se inclina un poco hacia el lado, en una pregunta muda.
—Si tu amor no se desvanecía con el tiempo. Si mi deliberada falta de respuesta no convertía ese amor en dolor o desesperación, si el sacrificio de tu alma era capaz de mantener intacto el lazo que compartíamos a pesar de la separación, entonces… —la sonrisa de Hermione está iluminando radiante toda la estancia—. Los incrédulos se verían obligados a reconocer que ningún poder puede separarnos. Entonces, volveríamos a estar juntos. Ya, para toda la eternidad, amor mío.
—¿Era por eso los periodos de tiempo en los que no te movías. Formaban parte de esa cruel prueba que ellos te hicieron pasar?
Los ojos de Hermione son aún más dulces si caben. Su amor por ella incluso más allá de la muerte parece no tener fin. Él está preocupado por ella. Él está indignado por lo que las potencias infinitas le hicieron a ella. Centrado su corazón en ella, Ron ni siquiera puede considerar, que él fue el auténtico objetivo de la prueba de fe.
—No, Ron. Esos eran los momentos en los que yo trataba de convencerlos, de que la cruel prueba a la que te estaban sometiendo era inútil y estaba condenada al fracaso. Como dije antes. Ellos no te conocen como yo.
Mientras la escucha, Ron observa como, por un momento, se frunce el ceño de su bello rostro y sus ojos se ponen en blanco. Y Ron, sonríe sin poder evitarlo, cuando se la imagina a ella, pequeñita como un pisapapeles, agitando su pequeño dedo justiciero y poniendo en blanco sus preciosos ojos marrones señalando su colectiva estupidez, frente a potencias que podrían aplastar mundos con un chasquido de sus dedos…
La revelación golpea a Ron, como un tsunami.
—Pero entonces, ¿Por qué este hablando conmigo ahora?
Toda la cara de Hermione brilla de felicidad. Como la de una estrella que ha retenido su brillo para no lastimar a su amado y que ya no necesita contenerse nunca más.
—Después de la conversación que tuviste con Harry frente a mí, determinado a no rendirte al dolor. Cuando te vieron velando mi retrato toda la noche en el aniversario de Malfoy Manor dejándome solamente para ir a honrar a Dobby y tras todos esos pequeños momentos de amor amando a nuestros hijos, a nuestros nietos, a nuestros sobrinos, pero siempre volviendo a mi lado cada noche, ellos se rindieron, Ron. La prueba a terminado, mi amor –Las pupilas de Hermione brillan húmedos de emoción y felicidad incontenibles.
—¿Entonces…? —Un timbre de esperanza y necesidad resuena en la voz de Ron.
—Ahora, amor mío. Mi incansable caballero de brillante armadura —Los ojos de Hermione son un desastre de lagrimas de emoción, de un amor salvaje y crudo que los hacen brillar como el más fulgurante astro del firmamento—. ¡Ven!
La imagen de Hermione se mueve y del interior de su túnica, ella saca una familiar pieza de plateado latón engastado en un jade esmeralda.
—Di que es lo que más deseas, Ron —Las lágrimas ruedan libres en la imagen del retrato.
—¡Hermione! —La voz de Ron voz es pura premura y anhelo, mientras sus ojos zafiro brillan de anticipación.
Ella le sonríe y acciona el pulsador.
Una pequeña bola de luz azul aparece en el cuadro. Creciendo y creciendo hasta atravesar el lienzo y situarse estático frente a su pecho para, un instante después, filtrarse a través de él llenándolo de un confort y paz, un millón de veces superior al que él sintió en casa de Bill.
Ron cierra los ojos perdiéndose en esa sensación, la sensación que hacía mucho el sabía, que era la misma sensación que él siempre tenía cuando Hermione estaba cerca en los tiempos de la escuela. La misma sensación que siempre estuvo con él desde que Hermione le dijo que lo amaba por primera vez. La sensación que él llegó a comprender era la manifestación mágica y tangible de su amor por ella y el de ella por él.
Cuando abre los ojos, Ron sonríe. Él sonríe como no ha hecho desde que ella murió y sus ojos se funden con los de Hermione cuando sus miradas se encuentran desde los lados opuestos del velo, por última vez.
Scorpius Malfoy conoce a los Weasley de toda la vida.
Su apellido en los periódicos y en la red inalámbrica, es una constante que el recuerda desde que puede hacerlo. Él también recuerda la cara de su padre esculpida en piedra, cada vez que se él les mencionaba.
Con el tiempo, descubrió la importancia capital que ellos habían tenido en la pasada guerra mágica junto con la familia Potter. También descubrió el papel que la suya propia había tenido, lamentablemente.
Scorpius, podría haber vivido felizmente el resto de su vida ignorando ambas cosa, o actuar como si nada de aquello le implicase personalmente, pero surgió un incomodo detalle que se lo impidió, cuando el ingresó en la prestigiosa escuela Hogwarts de magia y hechicería.
Rose.
De alguna manera, pareció que ella tenía algo personal en contra de él, y teniendo en cuenta lo que Scorpius conocía de la relación entre ambas familias, el hubiese podido entenderlo. Pero resultó que el coincidió con Albus Potter. Compartió casa en Slytherin con él, y el descendiente Potter jamás fue tan combativo contra él.
Scorpius descubrió que ella estaba excepcionalmente dotada para el estudio y la magia. Rose Parecía dominar hechizos y pociones sin esfuerzo. Además, aparte de su brillante desempeño estudiantil, ella resultó ser una formidable jugadora de quidditch. Indudablemente estrenada en secreto durante años por su tía Ginevra, ex-jugadora de las Arpías de Holyhead. «Algo que debería ser ilegal, ¿No?» Y parecía tener un perverso placer en aplastar al equipo de Slytherin cada vez que jugaba contra Gryffindor. «Algo que debería ser ilegal también. ¿No?».
Con estupor, Scorpius descubrió también, que fuera de la animosidad personal que parecía tener contra él y el equipo de Slytherin, ella era absolutamente amable y cariñosa con cualquier otro estudiante, independientemente de la casa en la que estuviese.
Así que Scorpius hizo lo que todo Slytherin sensato e indiferente hubiese hecho: Ser mejor hechicero, más amable y más brillante que ella.
Scorpius nunca olvidaría la cara que se le quedó a Rose, cuando él la superó con una puntuación de un 112% en transformaciones, la asignatura favorita de Rose.
A Scorpius tampoco se le olvido la cara de Rose, cuando ella obtuvo un 150% de puntuación en el siguiente examen. Una sonrisa torcida petulante y una ceja elevada que de alguna manera, parecía estar directamente dirigida a él.
—¿¡Quién demonios saca un 150% sobre la nota del examen!? ¿Es una especie de enfermiza locura obsesiva o algo así? —le preguntó entonces a su mejor amigo, Albus. Cuando el vástago Potter sin levantar los ojos del pergamino sobre el que escribía furiosamente le respondió en un murmullo— "Cosas Weasley" —para seguir con su tarea sin entrar en más detalles, Scorpius quedó en el mayor de los desconciertos.
En definitiva: Rose era brillante, jodidamente buena jugadora, amable, cariñosa, obsesiva, competitiva prefecta perfecta, un perfecto grano en el culo…
…y él estaba perdidamente enamorado de ella.
Cuando Scorpius descubrió que ella le correspondía, él se sintió el tipo más afortunado del mundo y cuando poniendo esos increíbles ojos azules en modo gatito desvalido y hambriento, ella le pidió que conociese a su familia, en el más asustado también.
Al explicarle la situación a su padre, Draco apoyó su mano sobre el hombro de su hijo y negando brevemente con la cabeza le dijo:
—Con él tiempo sabrás toda la historia, Scorpius. Pero si la forma en la que Weasley gritó y luchó por su esposa la última vez que ellos estuvieron aquí, es la medida de lo protector que él es con su familia, me temo que no tendrás una oportunidad, hijo mío. Lo siento.
Las crípticas palabras de su padre, llevaron a que Scorpius descubriese los eventos de, hacía ya tanto tiempo, en Malfoy Manor y sintió náuseas por la actuación de la rama paterna de su familia. Scorpius se llegó a preguntar incluso, si no sería mejor cortar radicalmente toda relación con Rose y estrangular de raíz el amor que él sentía por ella y que a él se le antojaba imposible después de conocer esa parte de la historia entre las dos familias.
Pero Scorpius también supo una cosa. Si él hacía eso. Si él se negaba a enfrentar el sentimiento de su corazón y permitía que la vieja historia entre las dos familias se impusiese de nuevo, él no sería mejor que su propio padre. Un cobarde que nunca hizo lo correcto.
Sí. Él podría ser rechazado por Rose, cuando ella conociese toda la historia. Él incluso podría ser arrojado por la ventana de la residencia Weasley por su padre, apenas su pie, traspasase su umbral. Pero él caería de pie. Él no dejaría que el pasado fuese lo que se interpusiese entre él y Rose. Él la demostraría su amor por ella no teniendo miedo. Siendo él mismo, y no un Malfoy más.
Hoy, muchos años después de aquella primera vez que entró en la casa de la infancia de su esposa, mientras él está abrazándola con infinito amor y ella gime desconsolada con su roja cabeza refugiada en su pecho, con sus lágrimas humedeciendo su túnica mientras él acaricia de manera reconfortante su espalda, que tiembla entre sollozos, Scorpius empieza a entender realmente, la naturaleza del amor que existía entre sus suegros. Algo que él empezó a vislumbrar, desde el primer momento en que los vio juntos y cuando ante su propia presencia, el Sr. Ronald Weasley pasó su fuerte brazo tras la cintura de su esposa y él la acercó a él protectoramente.
Al tiempo que su amada Rose agita su cabeza en suave negación sobre su pecho, Scorpius empieza a intuir que ese tipo de amor, transciende más allá de cualquier límite.
Y así, mientras Scorpius observa los dos conocidos y viejos retratos sobre la chimenea, él comienza a entender en su corazón, las historias familiares que Rose le ha contando sobre sus padres. Incluso él ve con una nueva luz, los episodios a medio contar que a duras penas, ha obtenido de su padre acerca de como Ron y Hermione interaccionaban entre ellos en la escuela y, ante toda esa abrumadora revelación, Scorpius se da cuenta de que el ansia lo mismo para él y Rose.
Scorpius observa como el pequeño retrato del Señor Weasley se encuentra vacío y sin la familiar imagen pelirroja de su suegro. Pero cuando su ojos grises se dirigen al retrato de Hermione, las imágenes de Ron y Hermione están tomadas de la mano, sonriendo y saludando. Mirándose el uno al otro con tanto amor, que apenas pueden apartar la mirada el uno del otro, con sus sus caras brillado de pura felicidad, mientras que a los pies del retrato y sobre la repisa de la chimenea, descasa, como testigo mudo de su amor, el desiluminador.
En el corazón de Scorpius Malfoy, el legado póstumo de Ron Weasley, se abre camino. Scorpius pretende amar a Ron con el mismo amor, la misma entrega y la misma devoción, con la que Ron, amó a Hermione y quizás algún día, cuando le llegue su momento de pasar al otro lado, haya alguien como la expresiva Ginevra Potter, que sea capaz de decir, a pesar de las lágrimas que desciende por su pecoso rostro mientras su esposo la tiene tomada por la cintura:
—¿Qué coño significan todas esas malditas caras largas? Él está en donde pertenece. En donde siempre ha pertenecido… En Hermione.
Fin.
