A/N: La idea principal de esta historia surge de un personaje particular que apareció en el 4x03 del programa; necesitaba incluirlo en algún relato, pero no se sentía natural hacerlo a mitad de temporada. En la línea temporal de la serie, el oneshot se ubica después de la última escena de la cuarta temporada.

Gracias por pasar, espero que disfruten la lectura.


Paternidad: del cuidado y otros afectos improvisados
Un one-shot inspirado en Slow Horses 4x03 y 4x06

"Ha salido bien", piensa Catherine. A River aún le queda un camino largo y tortuoso por el cual transitar; sin embargo, sabe que puede contar con ellos para acompañarle en esa ruta dolorosa; ella hará todo lo posible por ayudar al chico, y Jackson…

El pensamiento se interrumpe cuando su mirada se posa en él: está sentado en medio del sofá, con ambos brazos extendidos a lo largo del respaldo, en su mano el control de la tele. Sus piernas, estiradas sin ceremonia alguna, terminan en unos pies cubiertos por calcetines agujereados que acarician distraídamente la alfombra del salón, se ha adueñado del lugar y está claro que no tiene la menor intención de marcharse.

…Jackson también lo ayudará a su manera. Catherine no puede evitar que la pequeña sonrisa se forme en su rostro.

River se había despedido minutos atrás, después de compartir una modesta cena con ellos. Catherine sabía que sería un día difícil para él, que no debía atravesar por aquella situación totalmente solo; hay decisiones que, aunque necesarias, pesan como plomo en el corazón.

—Gracias por todo -le dice River conmovido, de pie bajo el marco de la puerta principal-. Por cuidar a mi abuelo, por la cena y por convencer a Lamb de unirse a esto.

—No tuve que convencerlo -responde Catherine con suavidad-. Solo le recordé que tomarías el día libre por lo de tu abuelo, le dije que vendrías a cenar, y él mismo decidió que llevarte a beber sería una buena idea-.

Ambos comparten una sonrisa cómplice.

—¡Lo hizo bien!

—¿No me digas? -Catherine arquea una ceja con una expresión divertida-.

—Bueno… sí. No me insultó, ni me hizo pagar por sus tragos. De hecho, solo se quedó allí sentado, sin decir nada -River se encoge de hombros, como si aún no pudiera creer el civilizado comportamiento de Lamb-.

Desde la cocina, Catherine ve a Jackson bostezar, y no puede evitar sentir amor por ese hombre tonto. Toma las dos tazas de té que había estado preparando y se acerca a él; sin embargo, Pinkel, con la agilidad y rapidez que lo caracterizan, le gana en su andar. Catherine, por instinto, se detiene en seco para no tropezar con el pequeño gato gris, que ahora se frota contra las piernas de Jackson en movimientos sinuosos y deliberados. Ella reconoce ese ritual felino; "así que tú también lo has elegido", piensa divertida, mientras contempla a Pinkel circular una y otra vez alrededor de las piernas de Jackson, dejando su invisible firma de afecto y pertenencia.

—¡Eh! ¿De dónde has salido? -Pregunta Jackson mientras levanta al felino del suelo y lo acomoda en su panza-.

Catherine se detiene frente al sofá para admirar aquella peculiar estampa: Jackson, el mismo hombre que demuestra afecto ahorrándose los insultos habituales, está completamente embelesado con aquel animal, acurrucándolo contra él, mientras le acaricia la cabeza con una ternura inesperada.

—¡¿Así que por fin te decidiste por robarte un gato ajeno?! -Le comenta con diversión-.

—¡No lo he robado! -Le responde con falsa indignación-, es Pinkel, el gato de mi vecina, lo cuido mientras ella está de viaje-.

Al verla de pie con las bebidas, Jackson se desliza a un lado del sofá, haciendo un pequeño espacio junto a él. Catherine deja las tazas en la mesa y toma asiento, segura de que Pinkel correrá hacia ella; pero el gato, ajeno a sus expectativas, se estira perezosamente boca arriba sobre Jackson, acomodándose justo donde el pecho encuentra la barriga. "Traidor", piensa ella, conteniendo una sonrisa.

—¡Claro, tenías que traerlo a casa! -Jackson la mira fijamente-. Podías simplemente ir al lugar de tu vecina a dejarle comida y agua.

—No todos resolvemos todo a distancia, Jackson -le responde mientras acaricia distraídamente el reposabrazos del sofá-.

Pinkel ronronea, y Catherine no puede evitar pensar en esa necesidad suya, casi obsesiva, de mantener cerca todo lo que le importa. La ansiedad de no saber, de no ver, le resulta insoportable. Lo había sentido con David Cartwright cuando escapó del edificio; así que, aunque resulte excesivo, prefiere pecar de sobreprotectora que vivir con la incertidumbre.

Quizás es su forma de mantener a raya el caos, su particular manera de enfrentar a un mundo que tiende a desmoronarse. Como en Slough House, donde siempre vigila de cerca a ese peculiar grupo al que, sin proponérselo, ha terminado queriendo, asegurándose de que ninguno se pierda definitivamente. La ironía se instala en su rostro mientras mira a Jackson, que ahora ocupa su sofá como si le perteneciera; ella sabe que por esa necesidad absurda que siente por él, lo ha dejado quedarse.

—Dime qué te hace esta mujer, Pinkel -Jackson le dice al gato, usando ese tono agudo aparentemente reservado para mascotas, mientras le acaricia la panza-. ¿No te deja tranquilo diciéndote que comas más saludable y bebas menos? ¿Te compra ropa y calzones sin que tú se lo pidas? ¿Te atormenta para que cuides a sus mininos inútiles?

Catherine cruza los brazos y lo mira con falsa seriedad.

—¡Solo intento que el gato no se muera en medio de su oficina! -Le respondió con ese tono maternal que, aunque Jackson jamás lo admitiría, secretamente ama. Ella alcanzó su taza y dio un sorbo al té-, y evitar que los mininos sucumban con él.

—No podemos hacer milagros, Catherine -respondió Jackson mientras rascaba la barbilla de Pinkel-. Esos mininos son lo suficientemente estúpidos por sí solos, en especial River. -Hizo una pausa y la miró de reojo-. No entiendo por qué, entre todos, es por el que sientes más debilidad.

Ella guardó silencio por un momento sin dejar de mirarlo; luego negó ligeramente mientras mostraba una pequeña sonrisa.

—¿No te recuerda a alguien? -Le preguntó mientras escondía parcialmente su rostro con la taza de té-.

Jackson la miró frunciendo el ceño.

—Créeme, no tiene comparación; sin dudas es el más idiota, no se cansa de fracasar.

—¿En serio? -Catherine levantó ambas cejas y le sostuvo la mirada, dejando que él mismo llegara a la conclusión-.

—¡No me jodas, eso sí que es un buen insulto! -Jackson soltó una risa ronca mientras se inclinaba con cuidado para alcanzar su taza, procurando no perturbar a Pinkel, que seguía plácidamente instalado sobre él-.

—Desafía las reglas si sabe que van en contra de lo correcto, está dispuesto a arriesgarlo todo por una misión, tiene iniciativa -Catherine hizo una pausa deliberada-, es leal; además, es insoportablemente terco cuando cree tener la razón.

Catherine no puede evitar sonreír mientras las palabras salen de su boca. Un silencio espeso se instala entre ellos. Sus miradas se encuentran y se sostienen; Jackson es consciente de que es inútil fingir, ella siempre ha podido ver a través de él, de su pretendida indiferencia. Puede engañar al mundo entero, hacer creer a todos que nada le importa, pero no a Catherine. Nunca a ella.

Por su parte, Catherine, ante esa vulnerabilidad tan poco común en él, siente ese amor familiar expandirse en su pecho; porque por mucho que él lo intente, por mucho que se esfuerce en aparentar lo contrario, en el fondo sigue siendo ese hombre con valores bien definidos que conoció hace tantos años.

—¡Es un idealista, y eso acabará con él! -Por fin responde sabiendo que todo lo que ella dijo es cierto, River y él se parecen más de lo que le gustaría admitir-.

En ese instante, con esa arrogancia tan felina, Pinkel decide que ya ha tenido suficiente contacto humano por hoy. Se despereza sobre el regazo de Jackson, arqueando su lomo y estirándose con elegante desdén, antes de abandonarlo para reclamar su espacio personal en un lugar junto a la ventana del salón.

—Creo que necesitamos más idealistas -dijo ella, observando cómo la luz que atravesaba el ventanal hacía brillar el pelaje de Pinkel-. Haciendo las cosas correctas cuando se necesitan.

—Joder, un idealista muerto o que nos haya metido a todos en una cagada monumental por hacer lo correcto, no le sirve a nadie, y River es un puto imán para ambas cosas -el tono de Jackson era punzante, pero había preocupación real bajo su sarcasmo-.

Catherine negó con la cabeza con una sonrisa resignada en sus labios, era imposible lograr que Jackson admitiera en voz alta lo buen agente que era River; en su lugar, le arrebató el control de la mano y comenzó a navegar por los canales. Él reajustó su posición, extendiendo el brazo detrás de ella, sobre el respaldo del sofá, creando ese espacio que Catherine ocupó naturalmente; hundiéndose ambos en el cómodo sofá.

—Shirley va a necesitar mucha ayuda -dijo Catherine después de un rato-.

—¿En serio, ahora es el turno de Shirley? -Respondió él cerrando los ojos y soltando un suspiro cansado. Necesito algo más fuerte que un té para hablar de ella. Shirley no es una minina, es un puto leopardo con rabia.

—¡Precisamente! -Agregó ella de inmediato-. Su tranquilidad me da miedo. Es como si estuviera acechando, esperando el momento para hacer trizas cualquier cosa que se mueva, sin importar el tamaño.

Jackson la observó en silencio, dejando que ese calor que ella le provocaba se extendiera en su cuerpo. Joder, cómo la había extrañado.

—Mierda, Cat, dame un respiro, ¿sí? -Pidió con una sonrisa que contradecía su protesta.

Pinkel está acostado en el marco de la ventana; desde su perspectiva, se ven a dos padres que habían encontrado su propia forma de cuidar, de estar presentes. Dos personas que se aman y que decidieron apartar aquella discusión pendiente desde hace meses, ignorando al elefante en medio de la habitación, porque sus descarriados hijos improvisados les necesitaban enteros, completos. Ahora están cansados y solo buscan la cercanía del otro, posponiendo el día en que deberán enfrentar su propia tragedia compartida; por ahora, este momento de paz es suficiente.