Summary
Sirius y Remus se encuentran, se conocen y se enamoran en un viaje que tiene fecha de retorno a diferentes destinos.
San Francisco
Take me back, take me back to San Francisco
I know what we had would never last, but I can't let go of you
I might show up on your doorstep, soaking wet
Say I'm done running from the one that I want so bad
(Día 1 de 30)
Internet decía que era un campamento artístico si sólo ibas por diversión creativa, pero también ofrecían todo tipo de certificados que resultaban coloridos y atractivos para las universidades. A Remus lo convenció el hecho de que todo estaba planeado, desde los vuelos de salida y regreso hasta las actividades calendarizadas, el hospedaje era toda una odisea pero se cumplían los lugares requeridos para todos los participantes.
—Tengo que confesar que una parte de mi todavía esperaba estar en una cabaña o un bosque —se rió un muchacho en el umbral de la puerta del dormitorio—. Quizá me dejé llevar por la palabra campamento. Me llamo Sirius.
—Remus —sonrió el castaño—. Y, si no mal recuerdo, hay como cinco días donde haremos una excursión en algún bosque o parque.
—¡Oh! Tú sí leíste el extenso cronograma —suspiró Sirius—. ¿Cuál es tu actividad? ¿Qué te llamó?
—Pues, me gusta mucho la escritura, pero también la música, supongo que las actividades me llamarán cuando sea el momento —se encogió de hombros.
—Sin duda tienes dedos de pianista —asintió Sirius, sonriente y críptico—. Nos llevaremos muy bien, Remus.
—¿Sí? ¿Cuál es tu actividad?
—Pintura —respondió de inmediato—, si estoy de humor, la escultura y de vez en cuando la fotografía, pero es más bien un hobby post-traumático.
—Todo un artista —sonrió Remus, genuinamente cautivado por su compañero—. Tienes razón, nos llevaremos muy bien.
(Día 4 de 30)
—Entonces, ¿qué tal tu compañero de cuarto? —preguntó Diana, una chica que compartía su gusto por los escritos románticos.
—¿Sirius? Es bueno —rió—. Algo extravagante por lo que he visto, pero es un tipo talentoso.
—¡Remus! —bufó la muchacha—. Sabes que no hablo de eso.
—¿No?
—¡No! Tu compañero no es bueno, está buenísimo, no sé cómo no se han acostado.
—Por Dios, Diana, nosotros no…
—¡Oh, no comiences con eso! —resopló—. He visto cómo lo miras, ¡y él a tí! Es decir, míralo, seguro está imaginándote desnudo.
Son pasadas del mediodía, el edificio donde Remus mantiene su actividad de pequeños relatos románticos es iluminado hermosamente por el sol, pero todavía puede ver el edificio del frente, ese donde hay participantes frente a caballetes con lienzos, pinturas al costado y pinceles en mano. Ahí, casi frente a él, Sirius le muestra una sonrisa radiante cuando sus miradas se encuentran.
—Es amable, Diana.
—¡Pues claro! Dime, ¿la rudeza cuándo ha ayudado a meterse en los pantalones de alguien?
Remus volvió a mirar a la ventana, encontrando nuevamente la mirada de Sirius sobre él, igualmente acompañado de una sonrisa que mostraba sus dientes.
Más tarde, cuando el sol ya estaba a una hora de esconderse, Sirius encontró a Remus en la cafetería y lo invitó a ver el trabajo que había estado haciendo. Fue interesante cuando, en lugar de caminar hacia el edificio de artes plásticas, Sirius se dirigió a la habitación.
Entraron y, en lugar de encender el foco del techo, Sirius se acercó a la lámpara de su cama y sacó su cuaderno de dibujo. Remus se sentó en la cama a su lado, con las piernas y los hombros muy juntos. Sirius abrió el cuaderno en la última página trazada y exhibió un montón de garabatos desordenados, algunos eran runas, otros dibujos caricaturescos, varios eran simple simbología, muy pocos eran de gran tamaño y todos eran absolutamente hermosos, aunque Remus no entendiera el orden.
—Son muy buenos, Sirius, ¿en qué estabas pensando para hacerlos? —preguntó sin apartar la mirada de las líneas.
—En tí —admitió sin reparos. Remus parpadeó y lo observó confundido—. Y en que pudieras verlos.
Y sin más, se quitó la playera con un movimiento rápido, Remus apenas alcanzó a jadear antes de quedar sin palabras. ¡Los garabatos estaban dibujados sobre la piel de Sirius!
—Tu… —balbuceó Remus, incapaz de conectar sus ideas, cautivado por los dibujos y por toda la piel expuesta. Vaya que Diana tenía razón al decir que estaba buenísimo—. Prácticas el arte corporal.
—Pues sí —rió Sirius—. En realidad, también disfruto el lienzo, pero esperaba impresionarte con mi cuerpo y mis dibujos.
Remus parpadea, indeciso si mirar sus ojos clarísimos, los dibujos que bajan peligrosamente por su pecho y llegan un poco más abajo del ombligo, o la piel que no tiene ni una pincelada de pintura y es tan blanca, tan lisa, tan hermosa.
—Funcionó —asintió torpemente. Sirius soltó una pequeña risa que bien pudo haber terminado como un ladrido.
—Bien, porque voy a besarte ahora —advirtió antes de lanzarse a los labios de Remus y besarlos con brusquedad, firmeza y sintiéndose tan demandantes.
Diana no tenía que saber que si podían meterse en sus pantalones siendo algo rudo.
(Día 8 de 30)
—Harás que pierda la presentación de poesía —rió Remus, con intención de soltarse de Sirius, pero sin hacer ningún movimiento por alejarse.
Sirius masculló algo sobre su cuello, bellamente mordisqueado y besado por él mismo.
—¿Qué no tienes una escultura en piedra dentro de diez minutos? —insistió con una sonrisa, enterrando los dedos en el cabello de Sirius.
—Sí, y pensaba hacer tu bonita polla, ¿te importaría dejarme verla una vez más? —preguntó con voz ronca y falsamente inofensiva.
—No irás a hacer una escultura de mi, Sirius —se carcajeó Remus—. ¿Qué van a pensar de mí?
—Tienes razón, mejor haré una de la mía y te la daré como obsequio —resolvió sonriente, esa sonrisa sinverguenza que Remus adora y le hace cosas en la panza.
—Espero no encontrar ninguna polla con tu nombre en la inscripción cuando las presenten esta noche, Sirius.
(Día 14 de 30)
—Oye, Remus —llamó Sirius con voz baja—. Yo… quería preguntarte algo.
—Claro, puedes decirme lo que sea —sonrió Remus, intentando animar y tranquilizar al otro.
—Es que…
Dudó muchísimo, mordió su labios y tomó aire constantemente, evitó el contacto visual y retorció sus manos entre sí. Finalmente inhaló profundamente y exhaló con un suspiro, miró directamente a los ojos de Remus y le sonrió.
—Es que quiero pintarte —confesó finalmente—. Me refiero a… pintar sobre tu cuerpo y después pintar tu cuerpo sobre el lienzo.
Remus parpadeó con incredulidad y sonrió pequeñísimo.
—¿A mi? ¿Sobre mí? —murmuró con incredulidad.
—Sí —rió Sirius—. Llevo… unos cuantos días pensando en todo lo que podría hacer sobre tu piel y… Remus, creo que podría enfermar y morir si no hago algo al respecto.
Una carcajada limpia y sin burlas brotó de la garganta de Remus.
—Sé de qué hablas.
—¿Entonces?
—Bien, dejaré que me pintes donde quieras y como quieras —aceptó con una sonrisa.
Los ojos de Sirius se abrieron un poco más y mostró una sonrisa amplia, enorme y radiante. Se lanzó inmediatamente sobre sus labios mientras balbuceaba palabras que no tenían sentido para Remus.
—Te encantará —aseguró—. Me encargaré de que lo disfrutes y te encantará cada minuto.
—Sé que sí.
(Día 19 de 30)
A pesar de que Sirius habló de pintarlo, su trabajo final realmente no comenzaría de inmediato. Remus lo encontraba garabateando, trazando y sonriendo a su cuaderno, y cuando le preguntaba cómo iba su boceto Sirius sólo decía "tan impresionante como tu", y Remus se sonrojaba y terminaban enrollados, o sea retrasaban el trabajo.
Lo retrasaron tanto que la excursión al bosque llegó antes de siquiera pisar el salón de dibujo.
—Bueno, Remus, al parecer el destino quiere que te pinte en el bosque —suspiró Sirius—. Tendrás un espíritu salvaje.
—Como el de un lobo —rió él.
Tomaron lo necesario para la breve excursión y aunque se fueron en grupo, iban muy, muy cerca uno del otro.
Compartieron espacio para dormir y, como primera actividad, Sirius decidió que pintaría el cuerpo de Remus.
—Olvídate de nadar en el lago —se rió Sirius—. A menos que quieras que haga esto con una tinta más permanente, entonces supongo que volverás al trabajo luciendo artístico.
—Que sepas que no me gusta nadar en lagos, y que no iré a ningún trabajo, estaré de lleno en la universidad —informó con una sonrisa presumida.
Sirius resopló una rosa y terminó de esparcir el talco por su cuerpo. Compartieron una larga y profunda mirada antes de que Sirius se alejara para tomar sus herramientas.
—¿Es algo relacionado con tu escritura? Lo de tu universidad —preguntó con voz suave, lejana.
—Literatura Inglesa, pero ya debes saber que esa siempre es sólo el comienzo —rió—. Para volver al comienzo de las letras y esas cosas.
—Claro, eres indudablemente un hombre de letras —sonrió Sirius—. ¿Dónde está?
Y Sirius sostenía el pincel tan, tan cerca, hasta parecía ser una condición, "dime dónde está y comenzaré a pintarte". Remus se encogió de hombros para restarle importancia y tensión al tema.
—St. Andrews.
—¿En Escocia? —preguntó, aunque Remus está seguro de que su tono no había sido apropiado pra una pregunta.
—Mhm.
—Es… increíble —sonrió Sirius. Y entonces comenzó a pintar su cuerpo en absoluto silencio y concentración.
Remus no soltó ni un ruido, ni siquiera cuando Sirius realmente no lo estaba pintando.
Terminaron un poco después de la puesta de sol, Sirius lo admiró con una sonrisa brillante antes de observar sus ojos igualmente brillantes.
—Desearía que pudieras verte como yo te veo —confesó bajito, entre hipnotizado y embelesado.
Remus rió y se acercó unos pasos.
—¿Podría besarte sin arruinar esto?
—Siempre puedes.
Así, bajo la noche estrellada, en medio del bosque, rodeados por belleza natural y lo que se sentía como magia, compartieron el beso más superficial, casto y lleno de ternura.
(Día 20 de 30)
Son los primeros minutos de la madrugada cuando Sirius comienza a pintar sobre el lienzo. A diferencia de cuando pintaba su cuerpo, ahora Sirius no cierra la boca. Parlotea como loco sobre lo que sea, Remus hace sus mejores esfuerzos por no soltar carcajadas que arruinen la postura que Sirius le pidió.
—Te lo juro, Remus, pensé que esa chica me encerraría en el primer taller que se vaciara para seducirme —exclamó con exageración, sin soltar el pincel o la paleta.
—Diana no haría tal cosa, ella insistió en que tú querías seducirme a mí —resopló—. ¿Puedes imaginar tal escándalo?
—¡Ni pensarlo! —jadeó—. Mi madre moriría con la simple insinuación de que me he enrollado con un estudiante de Literatura. A menos que seas de la Realeza, claro.
Esta vez Remus soltó una pequeña risa.
—Qué tontería —masculló.
Sirius apartó la mirada del lienzo y lo observó con seriedad impropia de él.
—No. Eso es… Walburga Black me sacaría los ojos con sus propias uñas si es que hubiera llegado a insinuar algo como emparejarme con alguien sin… estatus o lo que sea que ella creía.
—Disculparás mi poco efectivo —intentó bromear.
Sirius soltó el pincel.
—Ella no se refería sólo al dinero, Remus, ella… si estuviera en sus manos, y claro que lo estaba, mi madre me hubiera comprometido con la hija de algún senador, político o persona con poder, realmente no le hubiera importado, siempre y cuando la mantuviera… con poder —el escalofrío que recorrió fue increíblemente evidente. Remus sintió la necesidad de abrazarlo, pero algo le hizo pensar que tal vez eso no era lo que Sirius quería—. Como sea, eso ya es historia.
Tomó el pincel, sonrió y continuó pintando mientras hablaba sin parar de los temas más ridículos, sin siquiera mencionar a su madre por error.
Ambos se van a dormir cuando el sol ya está bien arriba en el cielo.
(Día 21 de 30)
El cuadro de Sirius es simplemente divino, Remus no podría apartar la vista ni aunque quisiera. Es que Sirius dibujó líneas por todo cuerpo, desde su rostro, bajando por el cuello, coloreando el torso y envolviendo sus piernas; y había logrado capturar hasta la más mínima sombra de cada color y silueta.
—Parece que mi cara tiene cicatrices —señaló Remus, sin borrar la sonrisa de su rostro y maravillado de lo real que se ven.
—Es por tu espíritu lobuno, ¿recuerdas? —se burló Sirius. Después retomó la seriedad y lo miró dudoso—. ¿Te gusta?
—En realidad me fascina —admitió ruborizado—. Tienes mucho talento Sirius, me encantaría que todo el mundo pudiera verte.
Sirius desvió la mirada y agitó la mano en un ademán flojo.
—Quizá después. Mientras tanto, esta pieza es la estrella de mi colección personal. Lamento que jamás la veas en una galería, Remus.
El aludido soltó una carcajada y negó.
—No lo lamentes, sólo espero no quedarme en ningún ático.
—Jamás —aseguró Sirius.
Remus se vio acompañado por Sirius el resto del día, desde que abrió su cuaderno de escritura hasta que pudo leerle sus pensamientos muy cerca del oído, sobre su piel, cubierto de saliva y tan, tan perdido en la maravilla de Sirius.
No hay más opción que volverse carnales, pasionales y primitivos el resto del tiempo de la excursión, dejándose consumir como si fueran animales en una carrera por encontrar la libertad del placer.
(Día 26 de 30)
Cuando el final se vuelve algo real, inminente y cercano, Sirius es el primero en mencionarlo.
—No vas a volver a San Francisco, ¿verdad? —murmuró Sirius, guardando su ropa en la mochila con la que había llegado. Remus soltó sus cuadernos dentro de su maleta y suspiró.
—No, no lo creo —admitió con pesadumbre—. Al menos no…
—No —interrumpió inmediatamente, con ojos enormes y amenazantes—. No sugieras ni prometas cosas que no sabes si sucederán.
Remus permaneció en silencio y asintió solemne. Se armó de valor y preguntó: —Tú jamás volverás a Londres, ¿verdad?
Y, contraria a la sombría respuesta de Remus, Sirius lo miró alarmado, impresionado y casi que con terror.
—Tu acento te delata —aclaró con una sonrisa suave, un pobre intento por relajar el cuerpo ajeno—. He estudiado demasiado el lenguaje, y el tuyo prácticamente grita Londres en cada sílaba.
Sirius traga con fuerza, aprieta la mandíbula y finalmente niega contundente.
—Jamás —confirmó.
Remus asintió, dejó lo que sea que pensaba empacar y estrechó a Sirius en sus brazos porque, mierda, tal vez no se verían nunca más.
(Día 30 de 30)
Decir que Remus y Sirius no abandonaron la cama hasta después de que el sol estuviera casi por ocultarse, sería mentir. Habían estado uno al lado del otro desde el comienzo de la noche, hasta el amanecer, durante la tarde y nuevamente al anochecer. Compartieron los chistes más terribles, las ideas más locas, la inspiración más controversial y los planes más absurdos.
Decidieron vivir el último día como si no lo fuera.
Hasta que el último día comenzó a rozar las últimas horas y los últimos minutos.
—He de confesar, querido Remus, que invertí muchísimo para estar en este lugar —admitió con una sonrisa sinvergüenza—. Temo que tardaré en un rato en contactar contigo.
—¿Por qué no te escribo yo? —preguntó intrigado.
Entonces Sirius ahora sí parecía avergonzado.
—Bueno… Cuando llegué aquí, hablé con la buena y gentil señora Potter, una encantadora mujer que me dejó quedarme en su casa —contó con una sonrisa—, pero no querría molestarla demasiado. Así que, mientras consigo mi propio lugar, me considero un hombre sin residencia ni código postal.
Remus soltó una suave risa antes de asentir comprensivo.
—Entiendo, bueno, cuando lo consigas, esta será mi dirección —y extendió un trozo de papel con la dirección de su dormitorio en la universidad. Sirius lo guardó en el bolsillo de su pantalón y le sonrió brillante.
—Te escribiré —prometió.
—Lo sé —sonrió Remus—. Estoy seguro que también tendrás talento para escribir.
Sirius chocó sus hombros juguetón, observó el rostro de Remus y se lanzó por un último beso antes de tener que abordar el autobús que lo llevaría al centro de la ciudad.
Remus esperó por el autobús que lo llevaría al aeropuerto un total de veinte minutos sin Sirius. Fue inevitable sentirse triste y solo, tan solo.
Esperaba que Sirius escribiera pronto.
(12 años después)
Remus suspiró mientras observaba el edificio frente a él: Blacked Art Studio, observó la fotografía en su mano y volvió a suspirar. Ese es el sitio.
—Tú debes ser Remus —habló una voz a su espalda. Remus giró de inmediato y se congeló al encontrarse con un par de ojos grises, brillantes y tan familiares.
—Sí, Remus Lupin —asintió aturdido.
—Soy Regulus Black, hablé contigo ayer y el resto de las veces —resopló una risa y extendió su mano. Remus la estrechó y le sonrió intentando sacudirse el aturdimiento—. Entremos, ya debe haber gente adentro.
Remus caminó al lado de Regulus Black, un hombre apuesto, elegante y un par de años más joven que él.
—Agradezco que aceptaras la invitación, Remus —comentó Regulus, liderando la marcha por un pasillo que exhibía esculturas abstractas—. No fue complicado encontrarte, ¿sabes? Eres un profesor de gran renombre. Pero qué pesadilla intentar contactarte —rió.
—Sí, no suelo establecerme por mucho tiempo —admitió con una sonrisa—, suelen invitarme a conferencias fuera de mi ciudad natal y la verdad es que disfruto mucho viajar, conocer y trabajar mientras lo hago.
—Sin duda —admitió el joven, Regulus carraspeó y se detuvo—. Mi trabajo y el tuyo podrían tener eso en común.
—¿Sí? —preguntó dudoso—. ¿Llevas tu estudio de ciudad en ciudad?
Regulus soltó una suave carcajada y negó.
—Oh, no este lugar no me pertenece —negó divertido—. Lo mío no es encontrar el arte, no. Yo me dedico más bien a encontrar personas.
—Ah.
¿Qué se supone que dijera? ¿Acaso estaba en problemas? ¿Alguien lo quería secuestrar? ¿Algo peor?
Regulus, ajeno a la paranoia creciente de Remus, continuó hablando: —Este lugar le pertenece a mi hermano. Hay una gran historia de fondo, seguramente tú serías fantástico para escribirla, pero básicamente nos reencontramos hace algunos años, y fue inevitable notar que intentaba encontrarte. Pero imagina, para mí fue un lío, ¿qué esperanzas tendría mi hermano? Solo yo, por supuesto. Y aquí estamos.
Remus respiró un par de veces antes de animarse a decir algo.
—Debes disculparme, Regulus, pero no estoy muy seguro de qué estás hablando —admitió en voz baja, ahora temeroso de ser la persona equivocada.
Regulus se mostró confundido apenas un segundo antes de negar y retomar la caminata por un pasillo estrecho, repleto de pinturas de todo tipo. Remus perdió la capacidad de hablar, pensar y tragar cuando doblaron la esquina. Ahí, en el muro más grande, se exhiben tres retratos de Remus, con acuarela, acrílico y carbón, todas con su rostro de hace diez años.
—Ese eres tú —señaló Regulus, con un tono obvio y divertido—. Mi hermano tiene su casa cubierta por tu rostro, pero sólo tenía tu nombre y el conocimiento de haber compartido alguna clase de campamento contigo hace más de una década. Espera aquí, quizá mi hermano Sirius pueda dejar su clase unos minutos.
—¡Hermano! —exclamó la inconfundible voz del hombre que habita los sueños de Remus desde que su corazón late por él—. Llegaste antes, debiste decirme que traerías a alguien, no estoy vestido para recibir visitas.
Entonces Remus no puede perdérselo ni un minuto más.
Gira sobre sus pies y sonríe incluso antes de darse cuenta, la imagen de Sirius es tan maravillosa y brillante como lo recuerda. Tiene una playera sin mangas, con agujeros y manchada de pintura, él mismo está manchado de pintura, su rostro, las manos y sus dedos. Su cabello ahora está largo y está seguro que eso que se asoma por su pecho es realmente un tatuaje y no sólo el arte corporal que solía hacer.
—Remus —consiguió decir en un suspiro, atónito, sonriente y tan, tan hermoso—. Volviste.
Remus le sonrió y respondió: —Sí. Creí que tu carta podría haberse perdido en el correo.
Y la risa que sale de su boca, oh, Dios, Remus tiene la certeza inmediata de que no se irá de San Francisco esta vez.
