Summary
En medio de la guerra, Sirius busca la manera de acercarse a Remus y enmendar los errores que se han cometido.
Still
And it's killing me that we could go to war like this.
But I'm standing here with you, just trying to be honest,
if honestly means telling you the truth
Well. I'm still in love with you.
La noche era oscura, apenas iluminada por la luna menguante y algunas estrellas esparcidas por el cielo. Sirius ya no se molesta en reconocerlas, ya no le importa quién carajo los mire desde el cielo.
La calle está desierta, como debería de estar hasta dentro de quince minutos. No hay viento, pero se siente demasiado frío, como si el miedo, la incertidumbre y la desconfianza se estuvieran volviendo tangibles a cada hora.
Sirius expulsó el humo de su cigarrillo antes de que un fuerte sonido de aparición hiciera eco en la calle. Tiró su cigarrillo y metió las manos a los bolsillos de su chaqueta, como si quisiera lucir casual, cualquier mago sabría que en realidad sostiene su varita.
—Canuto —saludó una voz suave desde el medio de la calle. Un hombre alto, castaño y de aspecto cansado le mostró las palmas de sus manos: desarmadas.
—No deberías andar apareciéndote por ahí, Lupin —bufó Sirius—. Y mucho menos desarmado.
—Mm, claro —respondió con voz neutra.
—Venga, Lunático, ¿por qué esa cara? —preguntó con una sonrisa ladina, como si no hubiera una maldita guerra mágica que amenaza con acabar con ellos.
—Voy a irme, Sirius —dijo en voz baja. Sirius lo miró fría y bruscamente—. Tengo que… debo irme.
—¿Te vas? —acusó con voz aguda—. ¿Ahora? ¿Justo cuando han amenazado a James y Lily? ¿Justo cuando más se necesitan magos en la orden? ¿Justo cuando…?
—No soy sólo un mago, Sirius —gruñó Remus. Compartieron una mirada dura, como si se estuvieran sosteniendo por las manos y midiendo su fuerza, ninguno daría su brazo a torcer—. Sabes eso.
—Lo que sé es que sigues mostrando la misma mierda —respondió entre dientes—. Y que ahora lo piensas usar para esconderte.
—¡No! ¡Jamás dije que me escondería, Black! ¡No me acuses de cobarde! —exclamó, conteniéndose evidentemente de gritar a todo pulmón.
Sirius revolvió su cabello y caminó para tomar distancia. Respiró hondo y volvió a mirarlo.
—Sólo quedamos tú y yo aquí, Remus —dijo bajito—. Peter está buscando información todo el rato, James se ha ido y Lily no tiene nada que hacer aquí. Sólo quedamos tú y yo, Remus —repitió con un deje de desesperación en su voz.
Remus bajó la mirada a sus zapatos, luego a la distancia que Sirius había tomado y que ahora los dividía, soltó un pesado suspiro y negó casi imperceptiblemente. Volvió a encontrar su mirada y negó con mayor énfasis.
—No, Sirius. Me iré —declaró contundente—. Así que estás solo.
Volvió a mirar la distancia entre ellos, frunció los labios con una sonrisa triste.
—Adiós, Sirius.
Dio media vuelta y desapareció.
Cuando la calle comenzó con los movimientos habituales, sin mortífagos, marcas tenebrosas o ataques de criaturas mágicas, Sirius tomó un periódico de "El Profeta" y desapareció de su lugar de guardia.
Sirius tampoco revisa las fechas de los calendarios, sólo lo hace en los periódicos, pero esta vez no lo hace, el título con la palabra clave "hombres lobo" capta su atención y hojea de inmediato hasta dar con la noticia.
"Reclutamiento de hombres lobo", "Manadas o civilizaciones de hombres lobo", "El que no debe ser nombrado es el nuevo defensor de las criaturas mágicas exiliadas por los magos", "Los hombres lobo ahora luchas en el lado oscuro", "Los hombres lobo que no toman partido", "Se encuentran cuerpos de hombres lobo a las afueras de la ciudad".
Carajo.
Entiende, ya entiende a qué se refería Remus. Pero carajo, no podía culparlo por creer que en realidad se largaría del país, debió decirle que iría a las jodidas manadas de lobo. Excepto que en estos días nadie dice realmente a dónde va, mucho menos si es orden de Dumbledore, mucho menos si se pertenece a la Orden, mucho menos si ya no se confía en nadie.
Algo frío escurre por la espalda de Sirius al imaginar que Remus ya no confía en él, pero algo verdaderamente helado toca sus huesos cuando se pregunta sí él mismo confía en Remus. Es decir, con las promesas que hace el que no debe ser nombrado a las criaturas marginadas, ¿qué le impide no unirse verdaderamente a las manadas de lobos? ¿Por qué continuar oculto y marginado cuando le ofrecen ser quien es libremente?
Hace tiempo bien podría haber dicho que sus amigos, que su pequeña familia era más que suficiente para que ninguno de ellos se tambaleara al lado oscuro, y jamás habría siquiera dudado de Remus, incluso se habría carcajeado, se hubiera acercado a su rostro para amenazar con arrastrarlo al infierno si se atrevía a pensar que él era malo por ser un hombre lobo, y después lo hubiera besado con furia, amenazandolo con perseguirlo por la eternidad.
Y ahora, temía que fuera cierto, y que lo que imaginaba como una familia se hubiera terminado.
No. No lo iba a permitir.
Sirius no le preguntó a Dumbledore si él había enviado a Remus con los lobos, principalmente porque no le diría nada, y tampoco porque se supone que Remus jamás estuvo con él esa noche. Tampoco le dijo a Dumbledore que comenzaría a visitar la casa de Remus, ni a acercarse a las locaciones conocidas por albergar lobos.
Sirius iba a cada una de esas colonias, con partes iguales de esperanza y terror de encontrar a Remus en alguna de ellas. Jamás lo encontró.
Hasta que llegó al este de Newport en Gales. Desde que sus pies tocaron la tierra húmeda y el olor de metal llegó a sus sentidos, supo que algo estaba mal. En cuanto se internó en el bosque, sus botas chocaron con un cuerpo muerto, era un hombre con cicatrices profundas en forma de garras sobre todo su pecho. Sirius se tragó el vómito que amenazaba con salir por su boca y barrió al grupo de personas que yacían esparcidas alrededor, todas heridas, tendidas sobre charcos de sangre, a medio transformar, como lobos y como hombres. Fue aterrador. Y ninguno de ellos era Remus.
Sirius desapareció tembloroso y apareció frente a la casa de los padres de Remus. Hizo todo lo posible por mantener la compostura mientras tocaba la puerta.
—¿Sirius? —preguntó Hope Lupin, sin abrir realmente la puerta. Sirius asintió y tragó, olvidando momentáneamente que había una guerra y que las personas ya no dejaban sus puertas abiertas de par en par para cualquier mago.
—Señora Lupin —saludó con falsa tranquilidad—. ¿Remus ha estado aquí?
Hope parpadeó y negó antes de poner una mano en su pecho.
—Él está bien —aseguró Sirius, sin saber realmente si eso era cierto—. Sólo discutí con él y quería arreglarlo, es todo. Se me ocurrió que habría venido contigo por algún consejo.
—Oh, cariño, estoy segura que sin importar la discusión, él siempre te recibirá —sonrió Hope, segura de que Sirius no podría haber roto el corazón de su hijo y por lo tanto se iban a volver a encontrar. Oh, Sirius lo dudaba tanto, tanto.
—Tienes razón, volveré a casa, tal vez él también quiera remediarlo.
No. Sirius no volvió a casa, dedicó mucho de su tiempo a buscar a Remus en manadas, batirse en duelo por su vida, proteger a James y despedir a los caídos. A finales del verano, cuando el viento comenzaba a deslizarse por sus mejillas, Sirius se decidió a esperar fuera de la casa de Remus.
Él tardó en aparecer alrededor de cuatro días. Estaba tan delgado y alto como siempre, pero sí tenía algunas canas y un montón de cicatrices que antes definitivamente no estaban. Sirius se puso de pie de un salto y le sonrió aliviado.
—Te he estado buscando —admitió sin borrar su sonrisa. Remus ni siquiera fingió que no estaba ignorándolo—. Remus, lo siento, yo no sabía que había todo un… no podría haber imaginado… tienes que entender…
—¿Yo tengo que entender? —interrumpió ofendido—. Vienes a mi casa después de estar persiguiéndome por todo el maldito país, poniendo en peligro tu vida y la mía, después de ir a preocupar a mi madre, después de acusarme de tonterías, ¿y quieres decirme qué es lo que tengo que entender yo? —exclamó en su clásico grito reprimido.
Sirius relamió sus labios y mostró sus palmas al aire: desarmado, en el sentido más literal de la palabra.
—Lo siento —repitió—. De verdad, de verdad, lo siento. No sabía qué hacer cuando entendí a qué te referías con que te irías, no me imaginé que tu…
—Cierra la boca y entra —bufó—. Harás que nos maten.
Sirius asintió y entró a la casa de Remus, esa que alguna vez también se sintió como su casa.
—Estuve reuniendo información, no me quedé más de una luna con ninguna manda —contó con voz rasposa, como si le doliera físicamente hablar de ello—. Después se corrió el rumor de que había un hombre entre los lobos, se decía que tal vez buscaba unirse, pero nadie lo creía, los más fuertes dijeron que buscaba a alguien, que apestaba a preocupación, como un perro ansioso.
Sirius ni siquiera se ofende.
—Supe que eras tú. Tu olor es inconfundible para mí —reveló con un encogimiento de hombros, como si su declaración no tuviera el poder de agitar las entrañas de Sirius—. Así que, cuando su olor se acercaba, me iba. No podía arriesgarme a que me vieras y todos esos lobos se fueran sobre tí. Habríamos muerto los dos.
—¿Entonces?
—Entonces fuiste con mi madre —gruñó—. Ella escribió, fue inevitable, me fui antes de que alguien notara que era más un hombre que una bestia. Le dije a Dumbledore todo lo que podría ser de utilidad y fui a buscarte para pedirte que me dejaras trabajar. Como no te encontré, volví a casa.
Sirius traga el nudo de su garganta y asiente sin saber muy bien a qué responde.
Remus se endereza su postura y pasa las manos por su cara, a Sirius le parece una buena señal de que no está herido.
—¿Qué quieres, Sirius? —preguntó finalmente, sacando el rostro de entre sus manos y luciendo cansado, herido, dolido y tan, tan lejano.
Sirius parpadeó y se encogió de hombros.
—Necesitaba saber que estabas bien, que estabas vivo, por eso te busqué. Nunca fue mi intención meterte en problemas o arruinar tu trabajo —explicó—. También quería disculparme.
—No es necesario —cortó de inmediato—. Para alguien como yo…
—¡Me importa una mierda que seas un hombre lobo! —gritó sin contenerse, abrumado por todas las emociones que se ha estado guardando desde que comenzó su búsqueda—. Fui tu amigo mucho antes de saberlo, y ya lo arruiné una vez, Remus, no quiero volver a perderte.
—Lo entiendo, son tiempos difíciles y…
—Yo hablaba de la escuela —interrumpió con brillantes lágrimas en los ojos—. ¿Recuerdas? Ya te defraudé una vez y me llevará toda la vida compensarte, pero ahora… esta vez, por favor, Remus, no quiero perderte de nuevo.
—Estamos bien, Sirius, tan bien como la guerra lo permite —aseguró en voz baja, rodando los ojos ante las negativas que Sirius murmuraba.
—¡Sabes de qué hablo! —exclamó entre dientes—. Tu y yo estábamos juntos antes de que todo esto nos explotara en la cara, antes de que todos comenzaran a morir.
—Sirius…
—¡Escúchame! ¡Sólo escúchame! —pidió con voz temblorosa, finalmente dejando que las lágrimas cayeran—. Lo que pasó, lo que hicimos en la escuela, lo que fuimos… Remus, yo nunca podría dejar de desearte o quererte. Eres la única persona que me conoce como la palma de su mano, eres la única que puede entenderme y… y yo entiendo si no me quieres a tu lado de la misma forma que yo te quiero, no me importa. Sólo no me saques de tu vida, por favor, no me alejes —susurró suplicando, poco faltaba para que cayera de rodillas.
Remus respiró profundo visiblemente, observó el espacio que los separaba y lo recorrió con dos pasos largos.
Puso sus frías manos sobre las mejillas de Sirius y limpió sus lágrimas con ternura y delicadeza.
—Te quiero y te deseo tanto como la primera vez que me atreví a contartelo —confesó bajito, causando que una nueva ola de lágrimas cayeran por el rostro de Sirius—. Pero no quiero que estés atado a una vida conmigo, Sirius, no creo que lo entiendas.
—Entiendo que allá afuera la gente se muere, que no vuelven a casa y nadie sabe porqué, cómo o cuándo —murmuró con voz llorosa—. No quiero eso para nosotros, Remus, no merecemos eso.
—La guerra es difícil.
—¡Pues la dejaremos afuera! —sugirió con una ola de sollozos desesperados—. Estando juntos… no hablaremos de ella, del trabajo que os dejaron o lo que sea. Rem… si yo no hubiera dudado de ti ese día en la calle, tal vez hasta me habrías contado, habría tenido la certeza de que estarías a salvo o…
—Shh, shh, entiendo, Sirius —asintió Remus, limpiando las nuevas lágrimas y estrechando a Sirius entre sus brazos—. Estamos bien, ¿de acuerdo?
Sirius negó.
—Lamento haberte hecho daño y… dudar de tí…
—Te perdono, Canuto, de verdad que sí, cálmate —pidió con una sonrisa minúscula—. Estamos bien, tú me quieres y yo te quiero. La guerra no nos hará daño, ¿de acuerdo? No mientras nos mantengamos juntos.
Sirius lloró un poco más, dudando que la declaración fuera cierta, pero es que a lo mejor Remus no entendía que él vio los cuerpos, que él tuvo que pelear por su vida más de una vez.
—Promete que me dirás a dónde irás cada vez que salgas.
—Te lo prometo, Sirius.
—Y no más secretos.
—No más secretos.
Y el beso que compartieron no hizo más que sellar la promesa que inevitablemente se rompería con el tiempo y con la guerra.
