Senderos de fuego.

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Disclaimer: Bleach no me pertenece, bienvenidos a mi momento creativo.

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Capítulo catorce: La calma.

Los altos mandos había decidido que Kazui Kurosaki necesitaba ser entrenado en la sociedad de almas, sin discusión. Toushiro Hitsugaya tenía razones sobradas para desconfiar de las intenciones de la central 46; incluso luego de las modificaciones que había sufrido y los cambios que realizaron puertas adentro. No podía evitar sentir cierto recelo, porque a pesar de los motivos que esgrimían para fundamentar su orden -lógicos, claros y sin huecos-; algo en él le gritaba que debía haber una razón subyacente.

Después de todo, si bien Ichigo no era el mejor de ellos en el manejo y ocultamiento de su reiatsu; tenía una capacidad decente para hacerlo. En todo caso, podría haberse hecho en el mundo humano a través de Urahara Kisuke; o él mismo. Habían depositado la tarea sobre sus hombros, alegando que todo lo que sucedieran en la jurisdicción de su escuadra constituía su responsabilidad.

¿Era idóneo para la tarea? Sí, por supuesto: era un capitán ¿Quería llevarlo a cabo? No, diablos.

Ichigo había tenido sus dudas al enviarlo a la sociedad de almas. No era un viaje nuevo para él, Ichigo y su familia habían visitado el seireitei en múltiples ocasiones; y así lo habían hecho también los shinigamis afines a ellos. Él mismo incluido. Pero el entrenamiento de Kazui había sido una orden, y contrariarla no era inteligente por su parte. Saber que Toushiro dirigía el entrenamiento había logrado convencer al shinigami sustituto.

—¡Buenas, Toshiro! — Saludó Ichigo, mientras su hijo aterrizaba unos pasos delante de él.

Se irritó, — Es capitán Hitsugaya, y lo sabes; Kurosaki.

Ichigo le dio una sonrisa ladina e ignoró la corrección. Para su buena fortuna, Kazui había aprendido los buenos modales de Orihime en lugar de ceñirse a la bravuconería de su padre. Mientras el menor realizaba algunos estiramientos y curioseaba, Ichigo se acercó al capitán.

—¿Qué tal todo?

Toushiro se preguntó si debería relevarle el entramado de la reintegración del clan Shiba, o que actualmente su hermana menor dormía más en su casa que en la propia. Decidió guardarse esa información.

—Bien, aprovecharé la oportunidad para entrenar a otro recluta junto con tu hijo.

—¿Ah, sí? — Cuestionó. — No es porque sea mi hijo, pero Kazui es fuerte y ese es el principal motivo por el que está aquí.

Como si hubiera sido invocada, la muchacha pelirroja se acercó saludando a viva voz. Ichigo le dio un asentimiento educado luego de que ella se reportara con Toushiro y, un momento luego, corría hacia su amigo.

—Ichika Abarai, entonces.

Toushiro se masajeó las sienes, presentía un severo dolor de cabeza al final del día.

—Espero no arrepentirme de esto. — Confesó. — Cuidaré de tu hijo, Ichigo.

Si bien era una afirmación simple, ambos sabían que tenía un gran trasfondo. "Cuidaré que no le hagan daño"; "cuidaré que no lo enreden en situaciones complicadas"; y "cuidaré que vuelva a tí". Kurosaki apoyó la mano sobre el hombro del capitán y le dio un firme apretón.

—Confió en tí. Ahora, iré a ver a mi hermanita.

Toshiro asintió y antes de que él desapareciera contempló a los jóvenes frente a él, quienes conversaban alegremente y se reían a los gritos. Sería una semana muy larga.

Mientras Kazui conocía la definición de un infierno helado, Ichigo rastreó a su hermana hasta una pequeña casa en el primer distrito del Rukongai. En ella no sólo estaba Karin, sino también el matrimonio Abarai. Karin saltó a sus brazos como si fuera una niña pequeña y le dio un abrazo inmenso. El mayor correspondió el gesto, entendió que Karin realmente había necesitado su apoyo. Renji le palmeó la espalda y Rukia saltó para despeinar su cabello.

Y, por supuesto, conversaron largamente.

—Entonces, ¿cómo está Kazui?

—Con Toushiro, e Ichika; entrenando porque la central 46 decidió que mi hijo es demasiado poderoso para que lo haga yo.

Karin hizo una mueca. — Eras pésimo enseñando, hermano.

El pelirrojo soltó una risa fulminante. — Anda, sí. Ser fuerte es una cosa, ser capaz de enseñarle a otros lo que ni tú mismo aprendiste… eres un maestro nefasto, hombre.

—¡Te recuerdo que también está enseñándole a tu hija!

—Para facilitar el asunto a Kazui, no porque lo necesite.

Rukia calmó los ánimos antes de que los padres comenzarán a competir a través de sus hijos, siempre con un poco de orgullo en medio. Karin sonreía frente a ella, al otro lado de la mesa, y Rukia pensó divertirse un poco a su costa. No tenía esa oportunidad comúnmente.

—Oye, Karin. — La llamó.

La morena tenía tiempo suficiente tratando con la maquiavélica Kuchiki para saber que nada bueno podía de ella al juzgar su expresión sagaz. Se sentó quieta, y toda la atención recayó sobre ella.

—¿Ya le has dado la buena nueva a tu hermano?— Ella movió las cejas sugestivamente.

Renji, a su lado, puso una cara de circunstancia muy parecida a la de su esposa. Demonios, el teniente no la salvaría.

—¿Cuál buena nueva? — Ichigo preguntó, confuso y aún risueño.

Los mataría, se prometió.

Había pensado en comentarle a su hermano mayor privadamente y con tranquilidad sobre su relación amorosa, quizá incluso con Toushiro a su lado. En su mente, podría simplemente exponer sus sentimientos a sabiendas de que su hermano no era Matsumoto y -en realidad- no querría conocer ningún detalle al respecto. También deseaba comentar sobre la restauración del clan, y dejar entrever la posibilidad de comentarselo a su padre.

—¿Karin?— Ichigo insistió y la menor de ellos se volvió hacia él, quien miró a los presentes intentando adivinar qué sucedía. La morena suspiró, cansina.

—Ahora soy la tercera oficial del noveno escuadrón. — Comentó, pretendiendo una burbujeante felicidad que menguó con la expresión inquisitiva de su hermano. Bueno, lo había intentado. — Y ahora tienes un uh… cuñado, supongo.

Si tal afirmación se hubiera hecho años atrás, Ichigo hubiera tenido un arrebato y exigido que el susodicho se presentara ante él para juzgar sus intenciones. Pero eran adultos, Karin no sólo era una mujer sino que su hermano mayor conocía su buen juicio. La más intuitiva de los tres siempre había sido ella. Fue maduro al respecto, esperando decepcionar al matrimonio Abarai con su falta de reacción.

—¡Felicidades!, ¿cuándo lo conoceré?

Karin se sonrojó hasta las orejas y la sonrisa de Rukia se hizo incluso más grande. Renji, detrás, observaba la interacción con diversión.

—Ya lo conociste.

—Ah, alguien conocido entonces. — Declaró, dejando salir el aire en una exhalación tranquilizadora. — ¿Por eso estos dos están pasándolo tan bien? Bueno, que venga.

—No puede.— Respondió Renji. — Está ocupado.

Ichigo frunció el ceño, indignado. — ¿Y qué es más importante que venir y presentarse como es debido?

Rukia no aguantó, y antes de que Karin pudiera dar una respuesta adecuada, respondió: —Entrenar a tu hijo, por ejemplo.

La oficial esperaba que su hermano estuviera contento, pero el alivio que mostró se sintió casi insultante. Especialmente cuando expresó: —El muy hijo de puta incluso insistió en que lo llamara "capitán Hitsugaya".

Rukia se rió e Ichigo exclamó que necesitaba alcohol para digerir la noticia; y cuando quiso darse cuenta su casa estaba llena de shinigamis empinando el codo. Al menos, tuvo la previsión de indicarle a su hermano que su relación era algo privado que ni siquiera los invitados debían conocer. Su hermano respetó la decisión, pero no le gustaba en lo absoluto. A su modo de ver, no le debía explicaciones a nadie y Toushiro debería exhibirla con orgullo.

"Capitán Hitsugaya" una mierda, se rió. Ahora era "su hermanito".


La matriarca del clan Shiba creía que Karin debía tomar el apellido que siempre debió haber portado. Los motivos eran claros como el cielo diáfano sobre su cabeza: si restauraban el clan, ella debía reclamar su nombre desde el principio.

Kukaku dio una larga pitada a su pipa, era temprano por la mañana y para variar era la única despierta. Disfrutaba la quietud del amanecer, y su breve tiempo a solas con el mundo. Podía oír a su Ganju roncar tenuemente mientras el día iniciaba. Exhaló el humo del tabaco formando pequeños círculos con su boca, apreciando el rocío que aún se aferraba a la vegetación a sus pies.

Llevaba mucho tiempo reflexionando sobre los integrantes de la familia y su responsabilidad para con ellos. Amaba a Ganju, con todo su corazón y espíritu. Para amar a alguien en los términos en lo que ella lo hacía, se debía ser capaz de conocer a la persona íntegramente, con plena aceptación de sus defectos. Ganju era un hombre de buena moral, sentimientos nobles y mucha energía. Era, también, un alborotador indiscutido.

Sus buenos sentimientos y modos sencillos lo hacían leal, quizá en demasía. Asimismo, su forma directa de enfrentar los problemas lo convertía en un excelente compañero, pero no era un estratega: no podía adelantarse o preveer los movimientos del otro y -por lo tanto- no era un líder natural. Kukaku siempre supo que no podría depositar el liderazgo del clan Shiba en las trabajadoras manos de su hermano menor.

Ganju era demasiado amable e ingenuo para la tarea. Lo cierto era que tampoco lo había guiado hacia ese lugar, con la creencia de que el clan moriría con ella, pero los eventos de los últimos tiempos le habían esclarecido la perspectiva: su vida podía ser larga, pero no tenían el mañana asegurado.

Su hermano menor nunca sería capaz de tomar decisiones difíciles, no al menos aquellas que implicaran ensuciarse la consciencia o perjudicar a otros para conseguir el mejor resultado posible para su familia. Lo destruiría por dentro, y ella no podía cargar con eso. Suspiró pesadamente.

Por su parte, verse obligada a retirarse formalmente a los terrenos del Rukongai había sido un golpe terrible en su orgullo. Se repuso rápidamente, no tenía otra opción ya que su tío no estaba presente y Kaien no iba a volver de entre los muertos para auxiliarla. Tomó las riendas de la familia y reorganizó el clan lo mejor que pudo. En ese momento, Ganju era un adolescente revoltoso con suficiente consciencia para recordar la humillación que sufrieron pero no para cargar con las consecuencias. O tal vez lo sobreprotegió.

Su familia siempre había residido en el Rukongai, pero perder sus propiedades nobles dentro de la sociedad de almas constituía el repudio definitivo. Ya no era una elección: no podían volver a habitar allí porque no pertenecían a la nobleza. Pese a la falta de opciones, decidieron libremente permanecer en el Rukongai.

La matriarca abandonó un momento su pipa para hojear las carpetas que Karin había preparado con tanto esmero, le había tomado meses llegar a ello. Tenía un sentimiento agrio al fondo del estómago del cual no podía deshacerse. La shinigami se había puesto en el trabajo de rastrear a las cinco familias secundarias del clan Shiba, aquellas que no llevaban su nombre, así como aquellos escasos pero fieles siervos, quienes tras su deshonra se habían retirado con sus patrones al barrio oeste. No era necesario, Kukaku conocía perfectamente dónde y cómo estaban cada una de esas familias; dado que las asistía económicamente cuando lo necesitaban. No se había desentendido de sus responsabilidades para con ellos.

Se levantó de su sitio y deambuló por el extenso jardín delantero, descalza. Estaba inquieta y odiaba las decisiones que había tomado, se aferraban a ella como el rocío a sus pies.

Cuando se asentaron las cosas tras su degradación, no había querido ocuparse del asunto de las sucesión por motivos obvios: no había ningún clan por suceder. Kukaku siempre sintió que usurpaba un lugar: ella no era Isshin. Sin embargo, los clanes secundarios y afines buscaban en ella auxilio y protección "como su nueva matriarca".

Maldición, le había disgustado muchísimo ese sustantivo en aquel momento. Era un título que no había pedido y que no le correspondía: Kukaku había sido el último bastión. Era una Shiba, sí, pero la familia principal no era la suya: su familia constituía una rama secundaria de ésta. Sus tíos abuelos habían muerto años atrás, víctimas de una cruenta enfermedad, por lo que no vivieron lo suficiente para ver a su clan hacerse añicos. Con Kaien muerto, ella era la siguiente en la fila. Eso era todo, un día simplemente todos esperaron que ella los guiara.

Cada clan noble determinaba sus métodos de sucesión, en su mayoría, el título se heredaba. Por lo tanto, Ichigo debió ser quien estuviera a cargo. Pero era humano, no tenía ningún respeto por la autoridad, ni hablar de la nobleza, y no albergaba deseos de tomar ese cargo. También tenía demasiados escrúpulos para ello, al igual que su propio hermano menor.

Ganju realmente no querría volver a ser parte de "esos culos estirados". Sin poder controlarlo, los ojos decididos de Karin se le aparecieron en la mente de repente. No, su hermano no era el indicado.

La shinigami era una joven de buenos sentimientos, se dijo, pero estaría dispuesta a hacer sacrificios brutales para mantenerlos a flote. La muchacha ya había visto la guerra, y se hizo fuerte en consecuencia. Sufrió la discriminación y las burlas, de modo que se hizo valer por sí misma y contra quien fuera que intentara subyugarla. Contra sus mejores deseos, Kurosaki también había aprendido a moverse entre las constantes pujas de sus superiores, subalternos, y nobles que la querían como un trofeo para exhibir.

Era buena leyendo a la gente, y muy inteligente. Kukaku sabía que la única cualidad que requería para ser una buena líder la ejecutaba con prudencia: era astuta como el infierno y tenía una intuición afilada. La había visto salirse con la suya haciéndole creer al otro que darle lo que quería desde un principio era idea suya, salvo con aquellos a quienes apreciaba de verdad. Así fue como supo que aquella mocosa tenía los ojos puestos en el capitán más joven.

Kukaku giró sobre sus talones, meditando ¿Debería ocuparse de ello?

—Mi señora — Koganehiko la llamó — La señorita ha llegado.

No necesitaba aclaración, la única "señorita" -a secas- era Karin.

—Ahora voy.

La recibieron sus ojos negros con la misma determinación que recordaba, Kukaku le entregó las carpetas que había estado mirando antes, tras saludarla ufanamente.

—Vas en serio, entonces. Última oportunidad para echarte atrás. — Kukaku se sintió obligada a darle una última oportunidad de escapar de su nombre: — Has tenido tiempo para pensarlo ¿Entiendes lo que significa restaurar la familia principal?

—Me criaste tú, sabes que no soy de las que se echan atrás porque en primer lugar, no soy de las que se lanzan sin medir el terreno primero. — Puntualizó, revisando que todo estuviera debidamente firmado y separando las invitaciones.

A la pequeña morena le sorprendió la expresión contrariada en el rostro de su prima, y se sintió extremadamente consciente de lo que le había dicho: "me criaste tú". Karin apretó los labios, no había otra verdad sino que Kukaku había oficiado de hermana mayor, y de madre, para ella.

—¿Te pondrás sentimental? Es muy temprano para ello.

Como esperaba, Kukaku la golpeó.

—Más respeto, mocosa. Irás sola a verlos.

Asintió.

—No te ofendas, Kuk, pero… uh…

—¿Quieres la reinserción del clan? Mi reclamo, mis condiciones.

El clan Shiba seguía una línea sucesoria "natural", pero dos de los otros cuatro clanes nobles lo hacían por idoneidad. Karin no lo sabía, y aún era muy joven para plantearse siquiera reemplazar a su prima como cabeza del clan.

¿La estaba engañando? Sí, absolutamente. Pero cuando fuera mayor y más sabía ella lo entendería, al menos confiaba en ello. Ganju, oh… él no la perdonaría nunca por ello en el fondo. Se recordó a sí misma que el clan venía antes que la familia.

—¿Volverás por la noche?

—No, lo siento.

No dio motivos, ni excusas. Kukaku entrecerró los ojos, pero Karin sólo se encogió de hombros tras su escrutinio.

—Adiós.

—Ya, ya.

Primera parada: familia Satou.

La morena caminó a buen paso por las calles de Rukongai. La gente lentamente salía de su sueño y activaba la ciudad. Repasó su bonita yukata azul y se recordó a sí misma que debía inspirar confianza. Tocó las invitaciones que resguardaba en los pliegues de su ropa y se obligó a sí misma a lucir desenfadada.

La recibió una casa amplia de aspecto opulento, con laboriosas rejas de hierro labrado y un espléndido patio delantero. Se sintió desarreglada en contraste con la elegancia del lugar al que se presentaba ¿Tenía bien las direcciones? Gimió, estaba arrepentida de no haber aceptado el bonito haori que Toushiro le había sugerido esa mañana. No obstante, agradeció internamente que le hubiera obligado a llevar el cabello adornado.

"Si vas allí luciendo como una humilde muchacha, no te tratarán con la deferencia que se le exige para mujer noble. Las primeras impresiones importan", había dicho él, y había sido imposible ganar esa discusión. El mayor culminó colocando los delicados adornos en su cabello con mucho cuidado.

¿Por qué sabía Toushiro cómo peinarla? No preguntó, sólo lo asumió como un hecho irrebatible: el capitán de la décima escuadra hacía unos trenzados preciosos. Odiaba darle la razón, pero se lo agradecería luego.

Tocó el timbre y un hombre entrado en años salió a su encuentro.

—Buen día, jovencita ¿Cómo puedo ayudarla?

Lucía desconfiado, y no lo culpaba. Desde su perspectiva ella no era otra cosa sino una mujercita que había aparecido sin invitación a primera hora de la mañana. Nunca pudo haber sospechado que ese era el pequeño evento que más tarde relataría a su esposa con los ojos anegados en esperanza por el retorno del clan al que había servido toda su vida.

—Buen día. Soy Karin Kurosaki, tercera oficial del noveno escuadrón. Vengo de parte de Kukaku Shiba, la líder del clan ¿Podría tener unas palabras con el jefe de la familia Satou?

El sirviente le dio una disculpa sentida por lo que catologó como un "trato grosero" y la hizo pasar con asombrosa celeridad.

Karin pensaba que el exterior de la casa era opulento, pero su interior la dejó sin palabras: era absolutamente suntuoso. Joder, debió ponerse ese haori.

Le ofrecieron té y dulces, y pese a que no había desayunado Karin sólo dio breves tragos de la infusión. El jefe de la familia no debía estar despierto a su llegada, pues demoró más de lo educado en presentarse con ella. Era un adulto mayor, cuyo porte y lucidez no se vio afectado por los años. La recibió con respeto y un bien disimulado nerviosismo. Kukaku muy rara vez se ponía en contacto con ellos, y ciertamente para los pocos eventos que los requería prefería dejar sus órdenes en manos de Koganehiko y Shiroganehiko. La presencia de Karin allí tenía a todos en la casa con los nervios de punta.

—Seré breve, señor Satou. — Informó, y deslizó el sobre lacrado sobre la mesa ratona entre ellos. — En el concilio de fin de año nuestra líder solicitará la reintegración del clan Shiba a la nobleza, y para ello ha concertado una reunión previa con las cabezas de las familias secundarias. Este sobre contiene la información necesaria. Sin embargo, como su emisaria, estoy aquí para resolver cualquier duda prematura que tenga sobre el reclamo.

Entre líneas; ¿nos apoyará o continuará con la vida que ha construido aquí?

Makoto Satou, con sus muy largos años de vida, observó con detenimiento a la mujer frente a él. No era una belleza despampanante sino una muchacha de rasgos armónicos y objetivamente bonita, no obstante, tenía una presencia avasallante. Lucía joven, pero la apariencia rara vez significaba en relación a la edad de los shinigamis. Había escuchado sobre ella por parte de los sirvientes u otras familias, cuchicheaban sobre cómo el clan podía ir a parar a sus manos en algún momento.

Un clan que sólo existía de facto. Makoto Satou pensó en Kukaku, la actual líder, y casi la encontró sentada frente a él. La "señorita Karin" le recordaba a su joven maestra cuando era una muchachita de temperamento volátil y juveniles modos. La matriarca no había enviado a una emisaria, se dio cuenta con aplomo: Kukaku había enviado a la digna sucesora. Karin era exhibida como un tentador presagio.

Respiró profundamente. Su líder quería saber si podía contar con ellos y, a su vez, qué grado de aceptación podría tener esa jovencita de hombros menudos y aspecto feroz.

—Señorita Kurosaki, como siempre, la familia Satou está al servicio del clan Shiba. Asistiré a la reunión. — Enfatizó, azuzando su bigote canoso. — ¿Ha dicho que es usted una tercera oficial, no es así?

Karin se encontró luchando por su aprobación, pensó que quizá él no la consideraba digna de integrar la familia principal. Respondió de modo tal que Rukia se habría sentido orgullosa, y tras un conciso interrogatorio la shinigami siguió su camino hacia las siguientes cuatro casas. Todas ellas estaban llenas de shinigamis que servían en distintos escuadrones y que, ella misma, desconocía.

La última casa fue la de los Nakita, poco después de que el sol alcanzase su cénit. Como todas las anteriores, Karin deseó haberse vestido mejor para la ocasión. Fue Yumiko, la hermana menor de Tsume, quien la reconoció desde su lugar en el engawa. Se levantó como un resorte, avergonzada por su falta de decoro. Fue como una bocanada de aire fresco tras tantas horas encorsetada a la formalidad.

Por última vez ese día, la sentaron en un precioso rincón y le ofrecieron todo tipo de confituras. Karin sabía que si no había probado bocado en las primeras casas, tampoco debía hacerlo allí por algo que Rukia denominó "competencia entre las familias secundarias". La atendió una mujer de rostro severo y ojos cafés muy bonitos. Supo de inmediato que estaba frente a la madre de su antigua compañera.

Tras las presentaciones de rigor y las explicaciones que había repetido hasta el cansancio, la mujer le dio una afable sonrisa que rompió con todo el protocolo que había obedecido al dedillo esa mañana.

—Asistiré, muchas gracias por su arduo trabajo. Tsume habla mucho de usted.

Karin sintió que se le subía el color al rostro, avergonzada por el reconocimiento. Volvió a su casa de inmediato, pues había aprovechado su día libre para dar el paso inicial a la recuperación del título nobiliario. Le dolían los pies por las incómodas sandalias que llevaba puestas. Eran su mejor par, el mismo que usaba de vez en cuando para asistir a los festivales o fiestas. Eso no le impidió lanzarlas sin cuidado en su apuro por quitarlas de sus pies, por supuesto.

Al ingresar a su morada la sorprendió una bandeja de abundante comida cuidadosamente resguardada para ella. La nota que encontró debajo de un pequeño plato de tempura de calamar dejaba leer: "Sé que hiciste un buen trabajo. Ahora descansa." Se sentó a la mesa y envió un pequeño agradecimiento a su enredado concepto de Dios por la comida y a quien amorosamente la había preparado para ella.

Mientras disfrutaba bocado a bocado de su almuerzo no pudo evitar enternecerse por el gesto. Toushiro la había sacado de la cama, intentó vestirla, le hizo un té y la peinó antes de despedirla esa misma mañana.

—Ah, no me lo merezco. — Se reconoció a sí misma en silencio. — Dios, que bueno está esto.

Lavó los platos y ordenó su hogar, dándose cuenta de lo descolorido que era éste, a falta de una palabra que lo describiera mejor. Ah, el contraste. Miró las apaleadas sandalias al fondo de la habitación, decidió salir por la tarde en búsqueda de un par más cómodo.

Toushiro la despertó cuando se metió más tarde en su futón, bien entrada la madrugada.

—Buenas noches.

—Te has vuelto un descarado. — Lo acusó, aún aletargada. —No habíamos acordado vernos hoy.

—¿Me voy, entonces?

Pese a que acababa de calificarlo como descarado, él no intentó ni por un momento fingir contricción. Lo besó y, de buena gana, se acomodó contra su pecho. Ella no iba a ser quien dejara escapar la oportunidad de dormirse al resguardo de su calor.

—Corren los rumores por los pasillos. — Le susurró, aunque sólo estaban ellos dos. Karin gimió en reconocimiento. — Dicen que alguien visitó a todas las familias secundarias de los Shiba.

Hundió su rostro a su resguardo y luego soltó un largo suspiro. Toushiro la apretó en un abrazo que pretendía transmitirle seguridad y se acomodó mejor en el estrecho futón. Adormilada, Karin permitió que la moviera como a un niño pequeño para hacerse sitio. El futón les estaba quedando chico.

No habían acordado verse ese día y una idea arrasó con el sueño de la morena, la cual verbalizó de inmediato sin las inhibiciones de la vigilia:

—Creo que deberías dejar algunas de tus cosas aquí, al menos un uniforme limpio, para que no tengamos que salir apresuradamente para vestirnos en nuestras propias casas.

Toushiro no contestó de inmediato, lo que llamó la atención de su interlocutora, quien se apoyó sobre el futón para verle la cara.

—Oye, no te he pedido matrimonio, no me pongas esa cara. — Rogó, tras verle el semblante descompuesto.

Parecía que iba a vomitar.

—Anda, Toush, no tienes que traer nada si no quieres — Afirmó, moviendo los brazos enfáticamente. — ¿Te… te ofendí de algún modo remilgado o algo así?

—No, de ningún modo, burdo o remilgado. — La tranquilizó, dándose cuenta de que había interpretado su azoro como desagradado — No sueltes esas cosas sin previo aviso.

—Ya, entonces sólo digo "¡Voy a hacer un comentario inoportuno!" — Bromeó. — ¿No quieres vomitar?

—No.

—¿Entonces si puedo dejarte un uniforme? ¡Ah, y una insignia!

—Sí, puedes.

—Y quizá algunas otras cosas, como lazos para el cabello y mi jabón.

—Lo que necesites.

—Dios, que avergonzado estás.

—Cállate, Kurosaki.

—¿Ya no más "Preciosa Karin", entonces?

—¿Cuándo te he llamado "preciosa Karin"?

—Ahora mismo.

Toushiro aplacó sus bromas con un abrazo y la forzó a permanecer de ese modo hasta que dejó de reírse a su costa.

—Me tomaste por sorpresa, es todo. — Se excusó un momento luego, cuando la noche retomó la calma. — Puedes dejar tantas de tus cosas como necesites.

—De acuerdo, porque siendo sincera, tu casa es más bonita.

Toushiro sonrió y se acomodó para dormir, respirando el perfume del cabello de la joven entre sus brazos. Era agradable, el regocijo de la serenidad que podía encontrar al dormir junto a ella, con su olor y su tacto. Estaba al borde de caer dormido cuando la muchacha, en un tenue susurro, le dijo:

—Tenías razón con lo del haori esta mañana, recuérdame hacerte caso más seguido.

En respuesta le dio un ruido bajo, para hacerle saber que la había oído.

—Y gracias por la comida, estaba deliciosa.

No respondió, dado que no hacía falta. Le dio un suave beso sobre la coronilla y no oyó nada más.


Karin cumplía años el día que Kukaku llamó a las familias secundarias para la reunión pactada. Esperaba que le diera buena suerte, Ganju le cuchicheó. La morena se rió de ello, puesto que dudaba que su prima le diera tal poder a una simple fecha.

En su escuadrón la llenaron de felicitaciones tan pronto como atravesó su entrada. No obstante, su teniente la llevó un momento a solas antes de que siquiera pudiera llegar a su escritorio.

—¿Sucede algo malo Hisagi?

Él parecía la definición del nerviosismo, como si no se encontrara a gusto con su propia piel. Era tan serio que a Karin le daba un poco de incomodidad verlo tan inquieto. Parecía dudar sobre lo que fuera a decirle, y era un comportamiento muy extraño por parte de su sereno superior. Hisagi solía ser escueto, introvertido y confiable, no el manojo nervioso frente a ella.

—No soy entrometido, pero, uh… joder. — Estaba poniéndose rojo, se mortificó. —Sé que tienes algo con alguien. Pero parece que los rumores de la reinserción del clan Shiba corrieron y quiero prevenirte ¿De acuerdo?

La calma volvió a Karin tan pronto como se dio cuenta de que la incomodidad de su teniente no significaba necesariamente que algo malo estaba pasando. Se llevó una mano al pecho, intentando calmar su corazón agitado.

—¿Prevenirme de qué?

Hisagi apretó los labios.

—Hay tantos arreglos florales en tu oficina que no hay sitio para dejarte ni un recordatorio.

—Oh, bueno, eso no…

—Y el capitán Hitsugaya está ahí ahora mismo.

Cerró los ojos un momento, comprendiendo de inmediato lo que su amable teniente estaba intentando transmitirle sin tener que ser explícito y ponerla en evidencia. Alguien, había dicho. Shuhei tenía más que claro quién era él para ella, se dio cuenta. Asintió, circunspecta y avergonzada por verse descubierta de ese modo. Su superior se retiró tras apretar amistosamente su hombro.

Eso sí que merecía una advertencia. Cuando retornó a la sala principal Shuhei ya había dado ocupaciones a todos los shinigamis con oficinas aledañas en algún sitio relativamente lejano. Se recordó a sí misma darle más mérito al hombre.

Entró a su propio despacho como si fuera una invitada. Shuhei no había exagerado, no había espacio siquiera para depositar el papeleo que aún cargaba en sus manos. Hitsugaya volvió sus ojos verdes a ella, reflejaban una furia helada. Carecía de cualquier expresión y su presencia álgida, en medio de decenas de arreglos de flores, pudo resultarle cómica en otro momento.

—Feliz cumpleaños, oficial Kurosaki.

Las congratulaciones no cargaban ni un ápice de alegría.

—Gracias, capitán Hitsugaya.

Si bien mantenían una relación formal en cualquier ámbito que lo requiriese, no por ello dejaba de sonar extraño en su lengua pronunciar un título tan formal a alguien que le trenzaba el cabello. No se atrevió a moverse, se sentía súbitamente como un ratón bajo la vigilancia de su depredador natural. Toushiro apartó la vista de ella y dirigió su ira a los sofisticados arreglos florales. Bien podría haberlos congelado hasta marchitarse.

Se contuvo, por supuesto, recordándose que Karin era la agasajada y formalmente no tenía derecho a sentirse ofendido.

Joder, que ambos habían estado tranquilamente de acuerdo en ser reservados al respecto para no dar de qué hablar. Estaba tan enojado que temía que de abrir la boca ofendería irreversiblemente a la oficial con su tono agrio.

Le entregó silenciosamente el obsequio que sus oficiales y teniente habían insistido en que le llevara. Matsumoto incluso dijo en voz alta, para justificar su entrega, que era un gesto de buena voluntad para que Karin no creyese que se sentía agraviado por transferirse a otro escuadrón en medio de una puja por el ascenso.

Tomó una a una las dieciséis tarjetas que acompañaban los ramos. Dejó las anónimas en su sitio, le daban igual. Las leyó en silencio frente a su destinataria, nombres que Karin mayoritariamente no reconocería, se dio cuenta. Lanzó un largo suspiro. Él también había pasado por el desconocimiento, y aún lo vivía de vez en cuando. Ella no podría mantener ese lujo.

—Son todos de familias nobles, en mayor o menor grado. — Le informó. — Unas felicitaciones de cumpleaños, seis invitaciones directas.

Ella se quedó en silencio, sin estar segura de cómo actuar. Una parte suya estaba enojada, pues él no tenía motivos para molestarse y arruinarle el día. En segundo lugar, quería disculparse por hacerle pasar a él un mal momento aunque se tratase de una situación fuera de su control y, por lo tanto, sería una disculpa ridícula.

—Que tenga un feliz cumpleaños, oficial.

No se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento sino hasta que él se alejó.

¿Qué acababa de pasar?, se preguntó, mientras arrinconaba las flores para poder llegar a su escritorio y darse prisa con su labor.

Finalmente, Karin no había podido concurrir a la reunión de su propio clan. Lo irónico era que ese no había sido el pensamiento que la consumiera. Todo lo que podía sopesar era el peso simbólico de las dieciséis tarjetas que descansaban en un rincón de su escritorio. Estaba segura de que eran más que simples felicitaciones de desconocidos con apellidos rimbombantes.

¿Qué iba a hacer en esa situación? ¡Por supuesto que acudir con su amiga noble de confianza apenas pudo liberarse del trabajo! Sus obligaciones de tercer oficial habían demandado todo su tiempo, y la gente la había interrumpido con sus buenas intenciones sin parar. Como consecuencia de ello no sólo no había logrado asistir a la reunión, sino que había pasado todo el día de su cumpleaños trabajando hasta que el sol se ocultó.

Enfurruñada con la vida y tras recibir un hermoso regalo por parte de Rukia, lanzó las tarjetas sobre la mesa sin explicaciones. Ella las tomó, una tras otra, con un rostro inescrutable.

—¿Sólo seis? — Rukia frunció los labios, molesta. — ¿Quienes son los otros diez…?

—Tengo una pregunta. — Karin advirtió, masajeando su cuello en un vano intento de hacer desaparecer su agotamiento. — Sé que esto tiene que ver con los rumores que ya corren sobre el clan Shiba, pero, ¿querrías explicarme porqué Toushiro estaba tan furioso por esto?

Rukia abrió los ojos tanto que Karin se sorprendió de lo pequeño que el gesto hacía lucir su rostro. Bajó las tarjetas a la mesa y se sentó recta como una flecha.

—Porque si su relación fuera pública esto sería un enorme insulto para él.

—Son tipos nobles intentando crear buenas migas con una oficial que podría ser noble pronto.

Rukia negó con la cabeza y la corrigió, levantando un dedo: — Son hombres nobles intentando conseguir una esposa fuerte, bien posicionada, que inminentemente será noble.

La mayor separó las seis tarjetas y las acomodó una junto a la otra. Mientras lo hacía, sopesó los múltiples rumores que corrían no sólo entre los shinigamis sino también entre los nobles. Algunos de ellos eran de fuentes medianamente confiables, pero la capitana no estaba segura de cómo abordarlo. Para ese momento, había asumido que Kukaku ya habría ubicado a Karin en el complejo entramado de la nobleza espiritual.

—Tú eres la hermana de Ichigo Kurosaki, lo que es más que suficiente para que muchas almas llanas te observen como un trofeo. Eso lo sabes.

Karin leyó las tarjetas con detalle mientras la mayor hablaba.

—Has demostrado que tienes potencial por ti misma, y estás mucho mejor conectada de lo que te das cuenta. Para ti es normal estar en mi despacho sin previo aviso o invitación, ¿Cuántas personas piensas que pueden decir lo mismo?

—Entonces cada una de estas invitaciones "a cenar", es la forma remilgada de concertar matrimonios. — Se dio cuenta, con incredulidad.

—Estas tarjetas son literalmente señal de cortejo formal. Me has preguntado por qué el capitán Hitsugaya estaba molesto, y es por eso. — Rukia se cruzó de brazos, hastiada. — También probablemente porque la mayoría de éstas son de familias muy por debajo de las aspiraciones de una noble perteneciente a una familia principal.

—Te casaste con Renji— Señaló ella.

Rukia soltó una risita. — Un teniente casi cuenta como un noble en esta sociedad. Renji podría haberse casado con la hermana de cualquiera de estos tipos y se habrían regocijado por ello. Fuerza a cambio de un título.

—Ajá.

—Karin, espero que te gusten las flores porque vas a recibir muchas. — Advirtió, tragándose una risa. — Me imagino la cara del pobre capitán Hitsugaya.

Rukia le dio una breve clase de etiqueta, y la obligó a tomar nota sobre cómo debía declinar las invitaciones con educación pero sin dejar lugar a dudas sobre su negativa. Incluso le hizo practicar cómo hacerlo personalmente, si se daba el caso. Karin estaba aliviada y agradecida con la mujer, por lo que se tragó sus burlas sin ningún reproche. Aún debía vengarse por exhibirla con Ichigo, se recordó.

Mientras repasaba algunas de sus anotaciones bajo la atenta mirada de Kuchiki, preguntó: —¿A ti no te enviaban flores o algo así? ¿También tuviste que pasar por esto?

El rostro de Rukia se crispó, y lanzó un suspiro lleno de significado.

—Al principio no, dado que era una "don nadie" que de pronto fue adoptada por la decisión unilateral del jefe del clan Kuchiki. Mi hermano la pasó muy mal, el consejo no lo apoyó.

—Pero eres fuerte, y eso significa mucho para los clanes que producen shinigamis. — Argumentó.

—En ese momento no lo era, y el repudio de mi propio clan pesaba más. Me consideraban casi una mascota… y no tenía un asiento, por lo que no era una "candidata deseable", por así decirlo. — Explicó, intentando no rememorar la soledad de esos años — Con el tiempo, cuando mi adopción simplemente fue aceptada y mis superiores me respaldaron… lentamente comencé a recibir invitaciones. Ya que no tenía idea sobre cómo actuar, fui con mi hermano. Él se encargó de la correspondencia.

—¿Por qué es el líder?

—Oh, no. Este tipo de invitaciones suele responderlas el receptor.

Karin manifestó su confusión gestualmente, y la mayor aclaró: —Yo no lo sabía, pero el hecho de que mi hermano respondiera las misivas con un rechazo contundente significaba hacerles saber que no los consideraban ni remotamente dignos de mí. Oh, no recibí invitaciones por muchos, muchos años luego de ello.

—¿Hasta…?

—Que me hice teniente, y cuando la situación era algo… uh, compleja de manejar, simplemente hice formal mi relación con Renji y eso fue todo.

—¿Difícil de manejar? — El sonrojo de Rukia fue motivo más que suficiente para instarla a responder. —Ya, cuentame.

—No.

—Rukia, vamos, sé recíproca conmigo.

—Otro día.

—Le preguntaré a Renji.

—Anda.

—¡Vamos!

—No.

No logró sonsacarle una palabra al respecto, pero lo agendó interiormente para investigar sobre el tema más tarde. Al menos, pensó, ya sabía cómo debía redactar las cartas de rechazo y cuánto esperar para hacerlo.

Tras su encuentro con Rukia, la morena apareció directamente en la casa de su novio. Él disfrutaba de la noche en la galería que desembocaba a un patio interior. Karin se dejó caer a su lado sin mucha ceremonia. Él no tenía motivos para estar molesto con ella, se recordó a sí misma. Mantuvieron silencio un par de minutos, ambos buscando como encausar la conversación que necesitaban mantener. Hitsugaya finalmente se volvió hacia ella: su apariencia nerviosa le carcomía la conciencia.

—Te pido disculpas si esta mañana te agobié, no fue intencional. — Aclaró. Era primordial para él que entendiera sus buenos deseos. — No lidié con la situación de la mejor manera, lo lamento. Sinceramente, espero no haber arruinado tu día ¿Cómo fue la reunión?

—No asistí, no hubo tiempo. Hoy fue un día muy largo, sólo me apetece dormir — Declaró. — Además la líder es Kukaku y es más que capaz de resolver todo por su cuenta.

—¿Entonces no quieres mi obsequio?

Ella descansó su cabeza sobre el regazo masculino y le sonrió. "Tú eres mi regalo", pensó, pero se sentía demasiado empalagoso para decirlo en voz alta. En su lugar, respondió: — En un momento.

Deseaba profundamente poder quedarse allí, en su pequeña burbuja de felicidad, pero sabía que tenía que retornar al hogar Shiba para saber cómo había resultado todo. La reintegración del clan Shiba como noble era idea suya, y le cabía la responsabilidad de impulsarla.

— ¿Tú nunca recibiste ese tipo de invitaciones? Eres un capitán después de todo.

Él apoyó su peso contra la pared detrás de él y asintió. En resumen, Toushiro había recibido muchos ofrecimientos a lo largo de los años, que se multiplicaron luego de la guerra. Como su novia había expresado, él era un capitán y muchas familias nobles habían intentado que se vinculara con alguna de sus hijas. Incluso cuando había lucido tan joven como un preadolescente.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Y cómo es que nunca me di cuenta? Te hubiera fastidiado por ello, Matsumoto también, con seguridad.

Él se encogió de hombros. — No se acostumbra a enviar flores a los hombres, mucho menos regalos.

—¿Y cómo lo hacían?

—Cartas rubricadas.

La revelación hizo que Karin se sentara tan rápido que los reflejos del capitán casi la tumban de nuevo en su lugar. Ella se giró, indignada. —¡Por eso nunca abrías tu correspondencia! ¡Recibías montones en tu cumpleaños! ¡Cada año! ¡Y te enfurruñaste porque recibí apenas un puñado de tarjetas! ¡Qué descaro!

Él miró hacia un costado, ignorando la acusación.

Nunca dijo que había sido razonable.


Cambio de nombre y de resumen. Para variar, como escribo de a tirones y siempre me prometo -en vano- revisar y corregir pronto, el capítulo de hoy fue escrito hace meses y editado en los últimos dos días. Tengo el siguiente capítulo a medias, como siempre que me pongo a editar me dan ganas de continuar escribiendo... y bueno. Muchas gracias a quienes todavía leen esta historia, me cuesta muchísimo sentarme a escribir, e incluso más a editar y revisar. Siendo que he perdido la habilidad para redactar nada que no sea laboral, pero sigo aquí, intentándolo. Soy una ancianita en FF, Dios santo.