Ordenar el sótano cada ocho de diciembre era una tarea desagradable, pero Ichigo hallaba en ella cierto deleite. Jamás toleraba estar demasiado tiempo sentada, o sin hacer nada. Era como si una comesón insoportable le obligara a moverse del lugar. Aveces calmaba sus ansias con un salto espontáneo a la calle, y cuatro vueltas corridas a la redonda. A eso, su gran amiga Aoi le llamaba ser un lebruno.

Encedió las luces, y las telarañas destacaron como miles de estambres colgantes del techo. Un velo de polvo cubría todos los objetos, cajas y estantes.

Mascarilla en rostro, guantes en manos, escoba en ristre, estaba lista para comenzar la batalla. Sacudió, barrió, y volvió a desempolvar.

Notó que las cajas llevaban escritas, con manchas antiguas de plumón, qué objeto se encontraba en cada una de ellas. Recordó que ella misma las había escrito por recomendación de Aoi, y así lograba evitarse no saber en dónde buscar cuando necesitaba algo.

Se enfrascó en la tarea de revisarlas una a una. En la primera encontró viejos utensilios de cocina, hechos de madera negra. Ver aquello le apretó un poco el pecho, esos objetos le recordaban a algo. Tomó una cuchara de arroz astillada, y notó una dedicatoria escrita con pluma, "Para Ichigo, de la Dra. Kiriya". La madre de Aoi se los había obsequiado en un momento de crisis.

Volvió a cerrar la caja, y la colocó en su lugar de la estantería. No le apetecía indagar más en esos recuerdos.

Continuó revisando en una segunda caja, con fotos de familia. El polvo se había colado dentro, dejando un espeso blanco sobre ellas. Tomó un puñado, y sintió el polvillo como una harina escurrirse por sus dedos. Comenzó a pasarlas de una en una. Aún reconocía las imágenes.

Su madre, sus amigas, sus maestros de la secundaria, pasaban por allí. Llegó a una del festival de San Valentín, 2014, y entonces los ojos se le llenaron de un poco de lágrimas. Allí estaba su yo de antes, su yo más joven, con una gran sonrisa en el rostro. Agarrada del brazo, se encadenaba a su antiguo compañero de clases, Oota Kakeru, de quien recordaba perfectamente cada detalle, sus ojos verdes como hojas de árbol, y su cabello castaño. A él no le gustaba estarse quieto, ambos eran iguales en ese sentido. Era un chico amable, y soñador. Cuando la veía corriendo por el área de Educación Física, comenzaba a gritarle ánimos, y en los recreos siempre compartían las meriendas.

Durante el San Valentín del 2012, él se acercó a ella, con un paso lento. Evitaba mirarla a los ojos, y gotas de sudor le pasaban por la frente. Al preguntarle qué pasaba, Oota le extendió un papel: "¿Quieres ser mi novia?" decía. Las mejillas de Ichigo se volvieron como fresas rojas, sonrió, y dijo que sí.

Él no pudo evitar dar un par de saltos como celebración de su victoria. No esperaba que ella lo aceptara.

Desde ese día, andaban inseparables por toda la escuela, siempre unidos del brazo. En ocasiones iban a comer o a pasear por el parque. Aún eran muy jóvenes para entender del amor, pero eran felices así, disfrutando de la compañía mutua. No necesitaban nada más.

Recordó de nuevo el San Valentín del 2014, aquel de la fotografía. Última fiesta donde estuvieron juntos. Con el corazón ahogado, quiso imaginar lo que habría hecho, si hubiera adivinado lo que pasaría.

Quizás, de tener la oportunidad de regresar al pasado y hablar con su yo de antes, hubiese dicho "¡Sé fuerte, Ichigo!, Aprovecha el tiempo que te queda con él", y aquella otra, toda inocente, preguntaría, "¿Él se irá?, ¿A dónde?". Con una voz temblorosa, respondería, "Se marchará de este mundo".

Volvió a repasar ese día, una típica mañana de 14 de febrero, solo chocolates, regalos, osos de peluche. Ambos se encontraron frente a la casa de Aoi, iban a recogerla para ir los tres al festival. Él parecía normal aún, tenía sus mismos ojos verdes y vivaces. La chica del cabello azul salió de su hogar, y los saludó. Traía dos chocolates con forma de corazón. Le ofreció uno a Ichigo y el otro a Oota. Él se echó para atrás, y miró a su novia de soslayo.

– Es un chocolate de amistad. – agregó Aoi, con una sonrisa incómoda.

– Sabes lo que dicen de que un chico acepte el chocolate de San Valentín de una chica. – dijo, mientras se rascaba la cabeza. – No quiero que Ichigo se sienta celosa.

La susodicha se rió. Aseguró que Aoi era de confianza, y lo instó a aceptar. Además, era solo un chocolate de amistad. Aún inseguro, él lo tomó.

– ¿Están listos para el festival? – preguntó la del cabello azul, alzando los brazos.

Ambos asintieron, y fueron de camino al lugar.

Habían demasiados detalles en su mente aún, los colores de las decoraciones, los cantos de las idols, el olor a chocolate y a galletas en el aire. Tras varias horas de concierto, el trío se apartó a un puesto de dulces.

– Entonces, chicos, ¡Este es nuestro primer San Valentín desde la graduación!, ¿No les emociona? – preguntó Ichigo, mientras esperaban en la fila.

Aoi asintió.

– ¿Qué harán ustedes?, ¿Irán a preparatoria?

– Yo sí, y Oota se irá a la capital. – agregó la rubia, con emoción.

El del pelo castaño se rascó la cabeza. Mostró una sonrisa modesta.

– Pues sí, por mis resultados en deporte el profesor me ha invitado a conocer a un entrenador. Si todo sale bien, me convertiré en un atleta de verdad.

– Estoy segura de que así será. – dijo Ichigo, tras darle un beso en la mejilla. Él se sonrojó.

Al llegar su turno en la fila, los tres se dieron cuenta de que ninguno había traído dinero. Incapaz de renunciar a un dulce, Ichigo salió corriendo a buscar alguien a quien pedirle prestado. Una Hoshimiya que se respetaba, jamás perdía la oportunidad de comer.

Estuvo más rato del que esperaba dando vueltas por los alrededores. Perdió a sus amigos de vista, pero no pensaba rendirse. Al final encontró a su madre, la señora Ringo.

Con el dinero en sus manos, la chica regresó de vuelta para buscar a sus compañeros. Notó que alrededor del puesto de dulces había un gran revuelo. Todos parecían estar mirando algo en círculo. Sin poder aguantar la curiosidad, ella apartó a la gente de su camino. Encontró a Oota arrojado en el suelo, y Aoi arrodillada a su lado.

– ¡Ichigo!, ¡Llama a la mamá de Oota!, ¡Yo estoy llamando a la ambulancia! – gritó.

A pesar del desconcierto, tomó el celular, y marcó el número. Mientras el teléfono daba pitidos pausados, ella continuaba mirando la escena frente de sí, y la mano comenzaba a temblarle, ¿Qué había pasado?

El chico se había puesto pálido. No reaccionaba a nada, ni a las voces, ni a los gritos, ni a los movimientos bruscos que le inflingían en el cuerpo. Ichigo veía los ojos de Aoi, repletos de lágrimas. Le parecía presenciar la escena de una tragedia.

Pudo avisar a la madre de Oota a través del teléfono. Luego se atrevió a acercarse al chico. Tomó su muñeca, y se dio cuenta, con alivio, de que aún habían latidos en ese cuerpo.

Llegó la ambulancia. Los doctores las apartaron, y a base de palmadas en la cara, lograron despertar al chico, pero él parecía en otra realidad. No contestaba las preguntas que le hacían. Miraba con cierto desconcierto el gentío que lo rodeaba. Se llevó una mano al pecho, y apretó la camisa.

– Debe dolerle el corazón. – supusieron los presentes.

A Oota se lo llevaron en la ambulancia. Ellas no pudieron acompañarlo. Ichigo pasó más tarde por el hospital.

Allí nadie sabía lo que tenía. Los doctores le habían hecho infinidad de exámenes: hemoglobina, presión, electrocardiograma... y todos hacían parecer que Oota estaba sano, sin ninguna clase de problema de salud. Sin embargo, aquello no cambiaba el estado del chico. Su piel palidecía conforme pasaban los días. Apenas se podía incorporar en la cama del dolor que llevaba en cada una de las articulaciones. En ciertas horas del día le daban dolores fuertes en el pecho que lo hacían dar gritos en medio del silencio del salón. Los doctores continuaban haciéndole pruebas: no había rastros de cáncer de ningún tipo, tampoco se trataba de la incidencia de algún virus o bacteria extraña. Simplemente, él se sentía mal y ya.

Ichigo lo visitaba todos los días, y le hacía compañía. Ella le llevaba comida o cambiaba las flores de su habitación. Cuando él tenía alguna crisis dolorosa, ella quedaba allí, sosteniendo su mano con firmeza.

Notaba que Oota agradecía mucho su compañía. Él sabía que permanecer todo el día al lado de una persona enferma era difícil, e Ichigo lo hacía sin que nadie se lo pidiera. Ella era ese tipo de persona que ayudaba a los demás y no le pesaba. Él estaba asustado y confundido por la situación. A veces pensaba que sus últimos días se acercaban y tenía ganas de llorar, pero evitaba hacerlo frente a Ichigo, sabía que ella era una esponja ante el sufrimiento ajeno. Por otro lado, ella trataba de permanecer cerca de él, aun cuando le costara. Sabía que Oota necesitaba compañía en esos momentos, una persona que lo hiciera pensar positivo.

Una mañana, Ichigo fue a llevar un pastel de fresa al hospital para compartirlo con el paciente. Ese día, él estaba aun más pálido. Sus ojos verdes parecían un par de hojas marchitas. Ella, con el corazón hundido dentro del cuerpo, se acercó y tomó su mano. Estaba fría.

– ¿Oota? – preguntó, con voz temblorosa.

Él volteó su cabeza a ella.

– Ichigo, gracias por llegar. – dijo, en voz baja. Mostró una pequeña sonrisa.

– ¿Qué pasa?

– Necesitaba verte, y darte las gracias, porque no me has dejado solo. – mencionó.

– Eso es lo de menos. Sé que harías lo mismo por mí. Vamos, te traje un pastel de fresas. – dijo Ichigo, con una sonrisa. – Te lo comes, porque necesitas volver a estar fuerte para volver al atletismo.

Oota asintió. Ichigo se volteó para buscar la caja que había dejado sobre la mesa. Sacó el pastel, y cortó una cuña. La echó sobre un plato, y cuando ya lo tuvo en la mano, escuchó un sonido alarmante. Era un pitido del cardiógrafo.

Se volteó, y pudo ver en la pantalla una línea roja sin latidos. El plato cayó de sus manos, haciendo un ruido horrible en el suelo, llenando el suelo de rastros de merengue con fragmentos de porcelana.

Se acercó a Oota, y vió que su rostro estaba mirando al vacío.

– ¿Oota?, ¡Oota! – gritó Ichigo.

Corrió fuera del salón y llamó a los doctores. Ellos la mandaron a salir. Hubo revuelo durante un gran rato que ella no fue capaz de contar.

Intentaron reanimarlo con el desfibrilador. Ichigo estaba afuera, sus ojos llenos de lágrimas delataban su miedo. El corazón latía con desesperación en su pecho. Seguía escuchando ese terrible pitido del cardiógrafo que no paraba. Rogaba en silencio por la vida del chico.

– ¡Lo estamos perdiendo! – escuchó gritar.

Ella se llevó las manos a la boca y se desplomó sobre una silla. Tenía aun más lágrimas en los ojos. No pudo evitar dar un pequeño grito.

Luego de un rato de sufrimiento interminable, los doctores salieron. El pitido siguió allí hasta que alguien desconectó al cardiógrafo del cadáver.