Los recuerdos hicieron llorar a Ichigo, como si regresara a ese día. Estuvo a punto de dejar la foto de Oota en la caja, pero se detuvo a medio camino. Sabía que él no era culpable de aquellos momentos tristes. Él había sido un chico bueno, y merecía mucho más que ser solo un recuerdo doloroso.

Dejó la foto a un lado. Tenía intenciones de colocarla en un cuadro, y ponerle algunas velas. Él lo agradecería, donde sea que estuviera.

Ella cerró la caja y la llevó al estante. Continuó revisando entre otras, hasta que se topó con una que decía "Mis juguetes". La idea le provocó cierta curiosidad y anhelo.

Al destapar, una nueva nube de polvo se levantó de los objetos, y la hizo toser. Notó que adentro habían hasta telarañas. No había tocado esa caja desde hacía años.

Sin ser demasiado escrupulosa, fue sacando todo de allí.

Habían varias muñecas pequeñas, de las que no podía recordar los nombres dados por ella misma en su infancia. Sus vestidos diminutos le resultaban tiernos, con sus colores, sus brillos, sus encajes. Las apartó del conjunto, y vio debajo el que siempre había sido su tesoro más preciado: la casa de muñecas, ¡Cuánta nostalgia!, Tenía muchos recuerdos lindos de ella.

Apenas era una niña pequeña cuando se la regalaron, en una vieja noche de Navidad. En ese entonces era muy inocente, y aún no conocía el dolor, el amor o la muerte. Cuando aquello, su único interés y conocimiento era para el juego.

La apartó también del conjunto. Pensó que sería un buen acompañamiento para el árbol de Navidad.

Le llevó par de horas terminar de organizar, y encontrar la caja de los adornos navideños, pero valió la pena. Con otros dos pasos de escoba, en el sótano ya no hubo ni rastro de polvo o telarañas.

Cerró la puerta, dejando el lugar abandonado en la oscuridad hasta la próxima vez que necesitara encontrar algo allí.

Llevó los objetos a la sala, los colocó sobre la mesa de centro, y se fue a dar una ducha.

La sensación del sudor espeso, mezclado con polvo le resultó incómoda, pero cuando hizo caer el agua sobre su cabello rubio, un nuevo frescor le recorrió la piel. El calor de los pensamientos se fue disipando, y sus lágrimas se disolvieron con la llovizna de la ducha. Mientras restregaba el champú contra el pelo, formando una maraña enjabonada, escuchó tocar el timbre.

— ¡Pasa! — gritó. Sabía que a esa hora, solo podía ser Aoi.

Terminó de ducharse. Vistió un abrigo tejido y un pantalón de mezclilla. Había que protegerse bien del frío. Al salir a la sala, vio a su amiga inclinada junto a la mesa de centro. Llevaba la foto de Ichigo y Oota en las manos, la observaba con atención.

— Hola, Aoi. — dijo, para llamar su atención.

La del cabello azul, como si hiciera algo indebido, dejó caer la foto de nuevo en su lugar. Con una sonrisa forzada, y un tono algo ahogado, la saludó.

Comentó sutilmente sobre aquello, diciendo que le llamaba la atención ver esa foto fuera de la caja.

— Quiero colocarle unas velitas. – explicó Ichigo. — Creo que es justo que lo recordemos.

Aoi afirmó con la cabeza. Se pasó una mano frente a los ojos, para evitar que las lágrimas que ya habían en sus pupilas, comenzaran a caer. La rubia sabía que su amiga también había sufrido con aquella pérdida, aunque desconocía un poco la razón.

Nunca había sentido que ellos fueran demasiado cercanos. ¡Es verdad!, Aoi le había regalado un chocolate de amistad, pero ella llamaba amigos a todos aquellos que fueran del círculo cercano de Ichigo, no era detalle relevante.

— En fin, vine a ayudarte a organizar el sótano. — dijo Aoi, con la intención de disipar el aire de melancolía que traía dentro.

— Ay, ya terminé. — contestó Ichigo, con una sonrisa apenada.

— Bueno, dime en qué te puedo ayudar.

— Has el almuerzo. Agarra lo que necesites del refrigerador.

La del cabello azul se apartó a la cocina, mientras su amiga comenzaba a preparar la mesa de centro para colocar el arbolito. Decidieron dejar abierta la puerta, para seguir conversando mientras trabajaban.

— Ichi, los chicos del club quieren hacer una fiesta de Navidad. – comentó Aoi, mientras abría una bolsa de arroz. – Querían pedirte permiso para hacerla aquí en tu casa.

— No veo problema. – contestó la joven.

Siempre le habían encantado los ambientes festivos, la música, el gentío, y sobre todo la comida. Llevaba años sin hacer una celebración en su casa, y Navidad era una fecha indicada. Era temporada de mazapanes, galletas de jengibre, chocolate y ensaladas de manzana.

Además, qué otra cosa podía hacer una chica por su amado club de música escolar.

— Debo confesarte que alguien viene con segundas intenciones, ¿Recuerdas a Naoto-kun? — preguntó la del cabello azul.

Ichigo colocó una manta blanca sobre la mesa de centro, para simular nieve.

– Sí, sé quién es. – murmuró. – Él siempre se porta muy lindo conmigo.

– Pues, él quiere pedirte que seas su novia.

La rubia se ruborizó. Dejó lo que estaba haciendo, y se paró en la cocina. Encontró a su amiga picando vegetales cerca del fregadero.

— ¿Hablas enserio?

Aoi asintió. Al ver las mejillas rojas de Ichigo, soltó una pequeña risa.

– ¿Qué piensas de eso?, ¿Aceptarás?

Aquella se quedó unos minutos reflexionando en silencio. Negó con la cabeza, y al notar el rostro desepcionado de Aoi, procedió a explicarse.

– No siento que pueda corresponderle sus sentimientos, al menos no por ahora. – dijo, mientras observaba de soslayo la mesa de centro, donde aún se hallaba la foto de Oota. — Tengo miedo de enamorarme de nuevo.

"Ichigo", murmuró su amiga. Al parecer, quiso decir algo, pero no se atrevió. La rubia continuó hablando.

— Cuando Oota enfermó, me dolió mucho. — su tono de voz comenzó a temblar. — Vi con mis propios ojos como se debilitaba, y todo lo que sufría. Incluso lo vi morir. He superado muchas cosas, pero cuando pienso en enamorarme, siento que también perderé a esa persona. No aguantaré algo así de nuevo.

– El caso de Oota fue muy raro, sería demasiada coincidencia que volviera a pasar. — agregó Aoi, en un intento fallido de optimismo.

– No lo entiendes, cada vez que mire a ese chico que quiero, sentiré como si regresara a ese hospital, y viera a Oota allí, sufriendo.

La del cabello azul apretó los puños y le dió la espalda. Esa respuesta llamó un poco la atención de Ichigo. Aoi no era una persona grosera, ni fácil de molestar. Quizás la conversación le había parecido demasiado incómoda. Trató de no hacerle demasiadas preguntas, y regresó a la sala, donde continuó preparando el árbol.

Tomó el pequeño abeto, lo colocó sobre la mesa, y comenzó a estirar sus ramas raquíticas. Primero añadió las luces, una guirnalda, luego varias esferas coloridas, por último, como si coronara su obra, una estrella dorada. Volteó a la puerta de la cocina, y vió que Aoi la miraba otra vez, con una expresión seria.

– ¿Necesitas algo? – interrogó Ichigo.

– ¿Te sientes bien?

La rubia permaneció unos momentos en silencio, intrigada por la pregunta. Era la más sencilla del mundo, pero creyó reconocer en ella una vieja manía de su amiga. Siempre que Aoi preguntaba "¿Te sientes bien?" significaba que algo andaba mal.

– Sí, supongo. — respondió la rubia. — ¿Y tú cómo estás?

– ¿A qué te refieres con 'supongo'? — interrogó Aoi, en un tono atacante.

A Ichigo le pareció notar un poco de rabia en aquellos ojos azules. No tenía ni idea de qué pasaba por la cabeza de su amiga, pero sin dudas, actuaba extraño.

– Pues, me siento bien, pero aún sigo pensando en nuestra conversación.

Aoi agitó la cabeza afirmativamente y se volvió a ir. Ichigo suspiró, dejando escapar la tensión que había acumulado dentro de sí.

Sabía que la última vez que había visto a la del cabello azul actuar de esa forma, había sido durante el período de las consultas.

La madre de Aoi era una experta psicóloga, y hacía tres años se había encargado de ayudar a su hija y a Ichigo en superar el impacto que les había dejado la muerte de Oota.

La rubia nunca entendió muy bien de dónde venía el "trauma" de Aoi. Era normal que se sintiera triste por la muerte de un compañero, pero ella ni siquiera había ido a verlo al hospital cuando estaba enfermo. No se cruzaron desde la tragedia en el festival de San Valentín, y tampoco recordó haberla visto el día del velorio.

Cuando mencionó esos detalles a la madre de Aoi, ella le contestó que su hija tenía sus propias razones para sentirse mal, y aún más razones para no haber estado presente durante los días previos al fallecimiento del chico. Sin embargo, ese tema no era algo que le tocara hablar, debía la propia Aoi conversar con Ichigo cuando estuviera lista.

Y esa expresión, "cuando estuviera lista", era otra de aquellas múltiples cosas que le intrigaban a Ichigo sobre su amiga, ¿Qué tenía ella para ocultar?, ¿Qué tan grave podía ser para no tener el valor de contarlo?, Nunca supo a qué se refería la psicóloga.

El período de consultas había sido complicado para ambas. Al principio, Ichigo despertaba en las noches con pesadillas. Recordaba aquellos ojos sin brillo de Oota, como si aún la miraran desde otro mundo. Luego desarrolló cierta obsesión con la idea de su propia muerte y la de personas de su círculo cercano. Le provocaba una ansiedad terrible que hacía que el corazón le quisiese escapar del cuerpo. Agarró la costumbre de dar demasiadas muestras de afecto a ciertas personas, con el pensamiento de que "sería la última vez que podría hacerlo".

La terapia fue larga, y tediosa. Le pareció que duró infinitos meses. Había contado por lo menos dos pares de equinoccios, y dos noches de brujas. Eran los únicos días en que la madre de Aoi no recibía a nadie en el consultorio.

Entre sus anécdotas de aquel período, recordó una Navidad en que la doctora Kiriya le regaló varios utensilios de cocina, con el objetivo de que se entretuviera cocinando, y calmara la ansiedad.

A la chica le sirvió de mucho aquello. Poco a poco, había perdido la obsesión con esos pensamientos, y había regresado a su vida normal. Eso sí, aún le costaba la idea de volver a enamorarse, y cuando recordaba esos días, sentía tristeza. Era normal, decía la doctora.

Quizás, fue en aquel período de crisis que comenzó a notar por primera vez las extrañas particularidades de Aoi.

Nunca coincidieron demasiado durante las consultas, pero después de cada una, siempre la veía con una expresión seria. Muchas veces hacía preguntas incompletas, interrogantes sin razón de ser. La más común era "¿Te sientes bien?".

Ignoraba un poco a Ichigo cuando la respuesta era afirmativa, de lo contrario, se salía de la compostura.

– ¿Qué te pasa? – preguntaba, abriendo los ojos.

– ¿Qué más puede pasar?, ¡Estoy cansada ya de esta pesadilla! – contestaba la rubia, con cierta molestia.

– Ya, pero... Eso nada más, ¿Verdad? – interrogaba Aoi, con voz pausada, sin pestañear ni un segundo.

– Eso nada más. – decía, con resignación.

Aveces le escuchaba dar un suspiro de alivio, y eso le molestaba un poco, ¿Qué cosa más grave esperaba Aoi que pasara?

Desde que abandonaron las consultas, pocas veces la había visto repetir ese patrón. Hoy lo había hecho de nuevo.

Tomó la casa de muñecas, y con un paño quitó el polvo del exterior. Pensó que podía ser una buena decoración que acompañara al arbolito. Al colocarla en la mesa de centro, tuvo cierta inseguridad. Debía mover el pequeño cerrojo, y abrirla, pero sabía que las cosas adentro estaban desordenadas. Con un poco de fuerza, abrió las puertas. Una avalancha de piezas pequeñas cayó sobre el mantel blanco, haciendo un estruendo.

Aoi se volvió a asomar por la puerta de la cocina. Cuando Ichigo la miró, se volvió a ocultar rápidamente. La chica dio un suspiro largo, y pensó que quizás nunca entendería del todo aquella peculiaridad de su amiga.

Ichigo vació todos los compartimentos de la casa. Contempló las calcomanías que simulaban un hermoso tapiz de rosas. Un pequeño agujero en el techo, reveló que ese era el lugar para colocar el candelabro. Removió las piezas hasta que lo encontró, y lo llevó a su lugar.

Había un montón de objetos diminutos, cucharillas, platos, vasos, jarrones, flores de plástico. Se encargó de ocupar un refrigerador mediano en la esquina de la cocinita, un horno, un lavaplatos y un fregadero. Con cuidado, colocó dentro del refrigerador, una colección de alimentos plásticos, pollo, queso, salchichas, y mermeladas, y encima la caja con los cubiertos. En el cuarto de noche acomodó dos camas con la cuna de la muñeca bebé. En el baño el lavamanos y la ducha. En la sala, una televisión con una mesa de centro y dos sofás.

Cuando ya tuvo todos los objetos en su lugar, contempló la totalidad de la casa de muñecas. Sintió un golpe de nostalgia, y de felicidad. Una felicidad tierna y pequeña como los objetos de la casita. Sentó a dos muñequitas en la sala, y a la bebé en la cuna.

Se levantó, y miró de lejos su obra. Le encantó el resultado.

Fue a la cocina a ver cómo le iba todo a Aoi. La del cabello azul estaba enfrescada en cocinar un arroz frito. Miró a Ichigo.

– ¿Te sientes bien?

¡Cómo detestaba ya esa pregunta!

– Sí, lo estoy. Terminé de decorar el árbol, ¿Qué tal vas con el almuerzo?

Su amiga sonrió. Bajó el arroz frito de la sartén, el cual despedía un delicioso olor a salsa de soja. La rubia tomó la cuchara de arroz, y sirvió para ambas.

Se sentaron juntas en la mesa del comedor.

– ¡Buen provecho! – dijeron al únisono.

Ichigo se llevó una cucharada de arroz frito a la boca. Masticó y sintió la dulce exquisitez de la cebolla frita, y un poco de ajo. Sonrió, le gustaba el sabor.

El interior del pecho le retumbó con un latido anormal del corazón. Ella se llevó una mano al centro. Continuó sintiendo un palpitar acelerado y fuerte. Su sonrisa desapareció.

– ¿Ichigo? – preguntó Aoi, intrigada.

Una punzada fuerte de dolor atravesó el corazón de la chica como una lanza. Dejó caer la cuchara, y se aferró a la camisa. Una mueca le marcaba el rostro, mostrando una desesperación terrible.

– ¡Ichigo! – gritó Aoi. Se acercó a ella, pero su amiga se levantó antes.

El dolor le provocó náuseas, y se apresuró a entrar al baño. Un camino tan corto, se le hizo largo. El suelo le temblaba, el paisaje se oscurecía, y la cabeza le daba vueltas como un torbellino. Jamás se había sentido así antes, ¿Qué pasaba?

Se tropezó con la alfombra, y cayó sobre las baldosas. Se dió un golpe algo fuerte en las rodillas y en la parte inferior de la mandíbula. Aoi se acercó a su lado.

– Ichigo, todo estará bien, te lo prometo. – dijo, con una voz temblorosa. – Buscaré ayuda, ¡Espérame!

Salió corriendo puerta hacia afuera. La rubia sintió una amalgama de emociones extrañas. El mundo parecía volverse más enorme. Experimentaba una opresión sobre las articulaciones, como si fueran apretadas por una fuerza externa. No pudo más con los mareos, y se dejó recostar en el suelo. La confusión en su cabeza se volvió sueño, y quedó dormida.

Durante la confusión del desmayo, sintió el regreso de Aoi, una puerta abriéndose, un grito, mucho movimiento, la voz de la doctora Kiriya, un llanto desconsolado, pero el sueño le impidió interpretar lo que sucedía.