Capítulo 10: Reencuentro.

Entonces, conseguí un nuevo miembro para la banda. Deja que te cuente como fueron las cosas a partir de ahí…

Tuve que cambiar el punto de espera; dejé de lado el hermoso claro por los intranquilos alrededores de la cueva. Siendo una zona habitada por depredadores, asumí de inmediato que lo mejor sería tener al enanito bien vigilado. Por lo menos hasta que crezca lo suficiente para defenderse solo.

Ese osito era todo un personaje; juguetón, gracioso y bastante necesitado de cariño. No tardó mucho en empezar a agarrarme confianza. Hasta cierto era como tener un cachorrito, uno que inevitablemente crecería para doblarme la altura, pero un cachorrito sin demeritar.

Una de las mejores enseñanzas que el tata pudo concederme fue el cómo cuidar animales salvajes. Existe una «disque ley» que la mayoría obedece, una especie de sentido de manada por ponerle un nombre. En realidad es bastante sencillo, si compartes lo suficiente con uno de estos, te ganas su confianza y les demuestras cariño y respeto, acabará aceptándote como parte de su familia; y por ende, cuidándote de la misma manera que tú hiciste con ellos. Una mano lava la otra, mi amigo. Claro, una cosa es adoptar comadrejas, zorros y conejos, y otra muy distinta es tener a un futuro oso de tres metros. Pero tomé esto como un problema para el Gaucho del futuro. De momento, Bosko estaba en su forma de peluche lindo y abrazable.

Y hablando de peluches, no pasó mucho hasta que Fitts se enteró de mi nueva mascota. Para serte sincero, su reacción fue bastante más tranquila de lo que tenía pensado. Lo tomó mucho mejor de lo que había esperado, cosa que me alegró bastante.

—¡AAAAHH! ¡¿QUÉ HACE ESO AQUÍ?! —exclamó echando mano de su varita.

De inmediato me interpuse entre la horrorizada elfa y el durmiente osito.

—¡ESPERA! ¡No lo lastimes, solo es Bosko tomando su siesta!

—¡DIJISTE QUE ERA UN PERRO!

—Perros, osos, son casi lo mismo, Fitts.

—¡¿QUÉ CLASE DE LOGICA ES ESA?!

Sí, bueno… Tuve que hablarle un rato para convencerla, pero todo se solucionó al final del día. El hecho es que solo tuve a Bosko por un par de días, pero si algo le llegaba a pasar mataría a todos en Sharia y luego a mí mismo.

Para mi mala fortuna, no tendría mucho más tiempo para seguir jugando a la casita con el pequeñín. Y es que, a no más de un par de días de la inauguración del restaurante, algo se presentó; algo que, siendo sincero, ya venía esperando. Aunque supongo que no sería adecuado llamarlo «algo» sino «alguien».

Aquella tarde me encontré a mí mismo regresando de los bosques. Con el cansancio visible a flor de piel, me abrí paso hacia el interior del restaurante para encontrar el atisbo de mi camarada. Ahí estaba el desgraciado, sentado a la mesa revisando el manojo de cartas que habían arribado en la mañana. Este era un escenario normal para Braier, muchas de ellas solían ser postales de sus amigos, socios y familia; mas poco sabía de que ese montón no pertenecía solo a su persona.

—¿Tu vieja viene de visita y vamos a tener que comer pasto? —bromeé al acercarme.

El elfo no se rio. En su lugar, alzó la mirada para devolverme un atisbo un tanto confuso mientras alzaba uno de los sobres por encima de los demás.

—Hermano, ¿esperas correspondencia de alguien? —inquirió, su tono un poco más bajo de lo usual.

La pregunta me hizo arrugar el entrecejo.

—N-No… En realidad, nadie sabe que estoy aquí.

Recaí en sus ojos oscurecidos y el semblante fruncido que sugerían la sospecha de algo fuera de lugar. Braier no sabía muchas cosas de mí, pero había vivido y experimentado lo suficiente para saber reconocer los trapos sucios. Y un mensaje sin remitente, etiquetas, ni detalle adjunto, era una señal bastante evidente de ello. Las palabras «Valley Copper, alias Gaucho» yacía escrito con claridad en el dorso.

Comencé a sentir cierta inquietud a medida que admiraba el pedazo de papel frente a mí. Ponderé la posibilidad de no abrirlo, de romperlo en mil pedazos y dejar que sus misterios muriesen con él, pero la tentación y la curiosidad eran demasiado grandes para ello. Suspiré, dejando que mi pobre corazón se tranquilizase un poco antes de cortar el sobre por la parte de arriba. Una única petición yacía dibujada en mitad de la hoja, su tinta negra ya seca manchando el lienzo con un par de gotas.

«Tenemos que hablar. Ven a verme al centro mañana por la mañana.»

Sumido en el silencio, contemplé estas palabras por un tiempo innecesariamente largo.

—¿Y? ¿Quién es? —preguntó Braier.

—Se me ocurren un par de nombres… —suspiré—. Pero creo estar seguro de quién es. Va a ser un día muy largo.

—Voy a preparar tu mate.

Ahora, cualquiera diría que acatar este llamado no sería sino una locura. Si eres uno de los que piensan así, que sepas que estás en lo correcto, y aun así, tras un día y una noche, ahí estaba; caminando en silencio a través de las calles, con el atisbo bajo y el corazón inquieto. No en balde, sin embargo.

Me repetí la misma mentira una y otra vez para engañar al sentido común; me dije que quería llegar al fondo de todo, investigar con meticuloso cuidado el origen de la carta. Verdad no le faltaba a esta afirmación, pero había más que solo esto. Una parte que conocía muy bien, pero que no estaba dispuesto a aceptar.

El centro de Sharia se extendía alrededor de un ostentoso monolito de piedra, una plaza tranquila ahondada por personas de todo color, raza y tamaño; familias dando paseos, jóvenes en sus caminatas diarias, parejas que con sus demostraciones de afecto hasta parecían olvidar que estaban en público. Muchos ojos en la zona, y ninguno parecía vigilar nada. Esto no me tranquilizó.

Tomé asiento en una de las bancas. Me recliné sobre el espaldar, tratado de controlar la respiración mientras intentaba disimular la mirada introspectiva. ¿Que si estaba nervioso? Estaba a nada de salir corriendo, y la espera no ayudaba en nada. En mi cabeza, era como estar en el ojo de la tormenta, rodeado por un peligro invisible y a la vez tan evidente como el viento a mi alrededor.

La cabeza me empezó a jugar en contra. Logré mantener una postura estable en un intento por no alterar a mis acechantes. ¿Qué acechantes? Los mismos que moraban a mi alrededor; aquellos que me susurraban estrofas inentendibles al oído, aquellos que solo existían como sombras en el rabillo de mis ojos y que al voltear desaparecían sin dejar rastro. Aquellos que se burlaban, danzaban y se regodeaban en mi miedo.

Los escuchaba. Estaban ahí, no podía verlos pero sabía que estaban a mi alrededor; esperando, jugando conmigo como si fuese un juguete para los perros. El corazón me latía muy rápido. Una oleada de calor me golpeó mientras el sudor frío bajaba la piel de mi nuca y garganta. ¿Estaba perdido? ¿Así iba a acabar? ¿Me había saboteado a mí mismo, había llegado tan lejos para dejarme atrapar como un imbécil? O tal vez… ¿quería que me atraparan?

—Ahhh…

Me sobresalté en el sitio ante el suave sonar de un suspiro. De repente, los fantasmales entes que a mi alrededor moraban se desvanecieron; sus voces, su aura, su influencia, todo menos el efecto de pánico creciente en mi pecho que su sola idea había provocado. No importó cuando voltease, cuando buscase el escenario de pesadilla que acababa de experimentar, nada existía más allá de la figura sentada junto a mí.

Parpadeé incrédulo, ajustando mis ojos para reconocer sus facciones. Ahí estaba ella, la dama vestida de blanco que bajo una capucha y manto negro se escondía. Su cabello blanco y ojos rojos apuntaron hacia mí con una frialdad que poco a poco se transformó en una pequeña sonrisa. Esa mirada… esa maldita mirada me provocaba pavor y… otros sentimientos encontrados.

—Has crecido mucho… Pero sin duda eres tú —apuntó por lo bajo—. ¿Cómo has estado, querido hermano? ¿Cómo te han tratado las ventiscas del norte?

Tardé unos momentos en encontrar el valor y las palabras para hablar.

—Cassandra… Y sí… ¿De quién más se podía tratar sino?

—Me suena a que me has extrañado. Permíteme un momento.

Haciendo alarde de su destreza, el conejo blanco se arrancó el manto del cuerpo, lo dobló, y sin desubicar un solo cabello lo dejó a su lado como si acabara de ser lavado y planchado. Tras esto cruzó sus piernas y se dirigió a mí con su usual elegancia.

—Ahora.

—¿Hacia falta todo eso?

—No —se encogió de hombros—. Pero me gusta dar una buena primera impresión. Entonces, ¿por qué no me cuentas algo de ti? Un pajarito me contó que conseguiste un pequeño trabajo con el elfo ese.

El corazón me dio un vuelco cuando la escuché mencionar a Braier. No había malicia en su tono, en realidad, no había emociones ni pruebas de estar insinuando nada; de nuevo, la perfecta cara de póker de una mujer con la cabeza dada vuelta.

—Él no tiene nada que ver en esto…

De manera disimulada, acerqué una palma hasta mis dagas. El pulso me temblaba, similar a como lo hacía la primera vez que nos vimos. Sus ojos no se despegaron de los míos ni por un instante, pero de algún modo pudo intuir mi estado de alerta. Ante esto, y para mi sorpresa, decidió dar un paso atrás; resopló, alzando ambas manos en rendición.

—Tranquilo. No me interesa mancharme para nada. Y… estoy seguro de que a ti tampoco, querido hermano.

—¿Cómo sé que puedo confiar en eso?

De nueva cuenta, sus hombros se alzaron minimizando la amenaza.

—¿Crees que si quisiese hacerles algo no lo hubiese hecho ya? Soy una Vulture, una mujer de palabra. Yo no engaño, yo prometo y cumplo.

Titubeé, como es evidente. Confiar era una cosa que no se me estaba dando precisamente bien, pero aunque me cueste admitirlo, Cassandra había demostrado poder estar de mi lado cuando su cabecita lo creía necesario. Cuándo es que ella lo creía necesario era un tema aparte. Pero… sí, en realidad tenía razón. De haberlo querido no habría hecho falta orquestar toda esta reunión, formas de capturarme le faltaban después de todo. Ahí mismo está el problema entonces, ¿qué es lo que quería?

Bajé la guardia, cosa que alegró a la joven.

—Voy a morder, supongo…

—Muy bien.

—No tengo mucho que contarte, en realidad. Trato de pasar mi día a día en paz mientras busco la forma de… bueno… de hacer que Rufford deje de respirar.

—¿Te preparas para la guerra, soldad? Interesante —asintió con calma—. En mi caso, crucé la frontera hace algunos meses. Tuvimos un par de complicaciones, por lo cual no pude llegar antes de mitad de ciclo en Runoa. Entonces… decidí que sería buena idea adelantar algunas tareas y empezar los estudios el año entrante.

Capté la indirecta casi al instante.

—¿Nuestros hermanos?

—Exacto —tocó mi nariz con el dedo índice—. Los encontré… o algo así, en realidad.

Hubo una pequeña pausa tras su respuesta. Cassandra volteó a su alrededor, contemplando los alrededores antes de ponerse de pie. Frente a mí, su postura solemne resaltó el crecimiento que tuvo su cuerpo en estos últimos años. Seré sincero, no pude evitar mirar; soy humano, que me cuelguen.

—Sharia es una ciudad muy bonita. Vamos, demos un paseo mientras hablamos.

Tardé unos momentos en caer de nuevo a tierra, y cuando lo hice acabé encontrándome con la picara mirada de la joven, burlándose en silencio. Era como si me estuviese diciendo «Sí, sé lo que estás pensando, y no me molesta». Me gustó y me asustó a partes iguales.

—¿Qué remedio? Pero nada de peleas a mitad de calle esta vez.

—Oh, no eres divertido. No hay nada de malo en un poco de sana diversión.

«Sanas mis bolas.»

Decidí seguirle la corriente, pero no le perdí de vista ni por un instante. Nos movilizamos a través de las calles de Sharia, apreciando la vista de los alrededores y tomándonos nuestro tiempo de «calidad». Y con esto último quise decir que la loca se aferró a mi brazo e inclinó su cabeza sobre mi hombro en un gesto que no terminaba de ser agradable; muy por el contrario, me sentí como un rehén siendo escoltado. Las manos de Cassandra eran muy fuertes.

Desde fuera, por otro lado, la cosa debió parecer lo más normal del mundo. La gente pasaba junto a nosotros sin reparar un segundo en la escena, y hasta recibí algún que otro saludo juguetón por parte de conocidos de la zona. A esto, me limité a no más que sonreír y agitar la palma, de la misma forma que hizo la señorita junto a mí.

Y tras varios metros caminados y unos largos e incomodos momentos de silencio, la conversación se reanudó.

—Es una tierra muy acogedora, ¿no te parece? Bella, tranquila, perfecta para empezar una vida desde cero.

—Es intoxicante, pero tal vez lo sería más si hubiese venido por gusto —apunté con ironía.

—Los caminos de la vida nos llevan a destinos inciertos, querido hermano. Piénsalo así, de no haber empezado tu pequeña cruzada tal vez nunca hubieses pisado este sitio. ¿No podríamos llamar a eso algo bueno?

—Siento que romantizas un poco la situación, aunque empiezo a creer que esa es la norma contigo.

El repicar de su suave carcajada me heló la sangre. Pude entrever la sinceridad de esta, pero el tono con el cual la cacofonía emanaba de su garganta parecía más un «Yo te hago sufrir» que un reflejo de su humor.

—Me gusta hacerlo, es inevitable. Pero… preferiría dejar a un lado el romanticismo, aunque sea por un instante. Hay algo que necesito preguntarte.

Guardé silencio, minuciosamente buscando la razón más probable de esto. El hecho era que, en realidad, no la conocía tan bien como para poder ver a través suyo de la forma en que ella lo hacía conmigo. Para mí, cualquier cosa que saliese de su boca era un enigma, uno tras otro. Sin embargo, había algo que nos interesaba a ambos.

—Tiene que ver con los hijos de Rufford, ¿no?

Pude verlo en sus ojos, ese brillo desmedido que se apartó de mí mientras intentaba conservar la neutralidad en su rostro. Ante esto, cubrió su boca con una mano y cerró los parpados mientras hablaba. Di en el blanco, mas su oferta fue algo para lo que no estaba preparado.

—Un buen jugador es aquel que esconde sus cartas a plena vista, querido hermano. Tu mejor carta es la astucia, una que supera incluso a la mía. Es por eso que estoy interesada en ofrecerte… una alianza.

Arrugué el entrecejo.

—¿Una alianza? O sea… ¿con el tipo que se supone tienes que atrapar?

Cassandra afirmó con una sonrisa.

—¿Es tan difícil de creer? Pertenecemos a bandos opuestos, eso es innegable. Mas eso no quiere decir debemos estar ciegos a las necesidades del otro, muy por el contrario. Ambos tenemos algo que el otro quiere.

—No digo que no sea verdad, pero una cosa es querer algo de otra persona y otra muy distinta es confiar en ella.

—Por supuesto —replicó al instante—. Sin embargo, y aunque te cueste admitirlo, al acudir a mi llamado, ya estás demostrando cierto nivel de confianza. Así sea por interés, por miedo, o incluso por morbo… aquí estás. Y no pareces tener intenciones de cambiar eso.

No tenía manera de responder a eso. Me detuve a mitad de calle, dejando salir el aire de mis pulmones antes de continuar.

—¿Y tú? ¿Por qué confías en mí?

—No lo hago —esbozó, clara y firme—. El hecho es que esto sería una alianza irregular. Tengo muchas cosas que pueden serte útiles, cosa que me asegura tu lealtad hasta cierto punto. Un ejemplo podría ser la pequeña promesa que te hice. Considérala una prueba de mi fiabilidad.

«Chica astuta…»

—Es un muy buen planteamiento. Sin embargo he escuchado mucho «confiar» y muy poco de esta supuesta alianza… ¿Por qué no me dices qué tienes entre manos?

Tras unos breves instantes, Cassandra dio un paso al frente, imponiéndose ante mí con el pecho inflado y un semblantee tan estoico como seguro. Y entonces lo dijo, una combinación de palabras que, por segunda vez en un día, consiguió apagarme la cabeza.

—Quiero que vayas a buscar a nuestros hermanos.

Me quedé helado. Tuve que tomarme unos momentos para analizar la situación antes de asumir lo que en verdad estaba ocurriendo. Nada tenía sentido.

—Espera… ¿cómo?

La muchacha me sonrió.

—Supuse que esa sería tu reacción. Mira, mis informantes encontraron a tres de ellos apresados en el reino vecino. Según sus registros, fueron puestos a la venta como esclavos de segunda mano. Irónico, ¿no te parece?

—No tanto como el hecho de que me estés pidiendo esto a mí… Entenderás que si ya tenía mis dudas antes, ahora tenga una montaña de ellas.

—Un contexto es necesario para esta historia —aclaró—. Envié a un escuadrón para retirarlos hace un par de meses. Su única misión era pagar tarifa y traerlos hasta aquí. Cosa sencilla pensé; mi error, de hecho… Verás, hubo un pequeño «cambio de administración» en el consulado, un par de meses antes de que llegase aquí. Y como te podrás imaginar, esta gente estableció nuevas políticas en el gobierno. De haberlo sabido habría mandado a alguien con un poco más de… cerebro.

—Piensas que la cagaron.

—No lo pienso, estoy convencida de ello —replicó tranquila.

—¿Eran tan idiotas?

—Oh sí. Del tipo que alardea por haber ganado una partida de póker —sonrió guiñando el ojo—. Pero está bien. Ellos sabían a lo que se exponían y aun así fueron a comportarse como payasos. Mi problema es que ya no aceptarán de cualquiera mínimamente relacionado a nuestra familia… ¿Entiendes a dónde voy?

De nueva cuenta, mi semblante se arrugó en desapruebo.

—O sea, me quieres mandar a hacer tú trabajo, confiando en una promesa, arriesgando mi vida a cambio de… ¿qué, exactamente?

Como si aquello fuese a lo que quería llegar, la mirada de la muchacha se iluminó. Le vi entonces extender su mano hacia adelante, inclinándose un poco en señal de respeto antes de recitar:

—Mi cese al fuego oficial, cosa que ya tienes, y lo que sea que haga de esta alianza algo posible. Dentro de lo razonable, claro está.

Una carta en blanco; esa era su oferta. ¿Podía pedirle lo que sea, cualquier cosa que mi cabecita pudiese imaginar? No podía ser tan bueno. Todo sonaba demasiado bien, había demasiados agujeros en esta historia para formar una verdad. Se me erizaban los pelos de la nuca de solo pensarlo, la idea de acceder a algo como esto era… tentadora. Y por serlo, me vi incapaz de aceptarla.

—No lo sé —ladeé la cabeza—. ¿Qué pasa si decido no hacerlo?

Cassandra resopló.

—Lo que pasará es que acabaras yendo de todos modos, pero lo harás sin contar con el dinero para pagar la tarifa, sin mi información al respecto y… probablemente pidiendo ayuda a la princesa Asura.

Traté de suprimir la sorpresa cuando Ariel salió en la conversación, pero su ojo bien avispado pudo detectar la discordia en mi interior. Su mano se posó sobre mi hombro, sus dedos aferrándose como las garras de un depredador. Puede que lo haya imaginado, pero en ese instante sentí sus uñas clavándose en mi piel, rasgando mi carne para mantenerme a raya mientras hablaba.

—Siendo sincera, yo tampoco esperaba encontrarla aquí. Pero el tenerlos a ambos aquí me facilita muchas cosas, Filiu querido. Sería cuestión de enviar un comunicado a padre, una simple carta para que empezaran a llegar sus hombres… y los del príncipe.

—¡No! —la detuve.

De manera suave, su rostro se acercó al mío sin mostrar siquiera un atisbo de emoción. Sentó su respiración golpear contra mi rostro, su mirada fría clavándose en mí a sabiendas de que me tenía justo donde quería; arrinconado.

—Puedes tener lo que tú quieras, querido hermano… Solo tienes que darme el visto bueno, y tu lealtad.

Maldije a todo lo que conocía y desconocía. La trampa siempre había estado ahí, pero yo ni siquiera tenía por qué caer en ella. Ya me encontraba dentro, y ni siquiera lo sabía. ¿Qué más opción tenía entonces? Tocaba aceptar.

—¿Podemos volver momentos atrás donde no me caías como el culo?

—Es un placer tenerte se mi lado, querido hermano. No te preocupes, prometo que no te arrepentirás —me susurró con malicia.

—Muy tarde, ya estoy arrepentido —me froté el entrecejo.

Sus labios se curvaron en un gesto victorioso antes de dejarme ir.

—Bien, ya solucionado este problema pasemos a fijar los términos de nuestro contrato. ¿Qué es lo que más deseas?

—Primero, y como es obvio, quiero que me garantices la protección para la princesa Ariel y su campaña. Por el tiempo que dure esta alianza mafiosa que tenemos.

—Convenido —me sonrió de regreso.

—También, quiero mantener la pertenencia de nuestros hermanos. Me sentiré más cómodo si sé que no lo estoy mandando de cabeza al matadero.

—Pues que se queden contigo. No veo problema alguno en ello, es más, tal vez hasta te hubiese insistido en ello. ¿Pero no te parece que es una mala idea, querido hermano? No es fácil cuidar de una persona, ya ni que decir de tres.

—Ese será mi problema, no el tuyo —repliqué con seriedad.

Cassandra se encogió de hombros.

—Pues son tuyos entonces. ¿Eso es todo?

—No. Hay una cosa más que me gustaría —añadí, un tanto receloso de esto último—. Quiero que me enseñes a hacer magia.

Pude entrever como esta última petición le tomó por sorpresa. Llevó su dedo índice hasta sus labios, y su atisbo de perdió por leves instantes mientras lo consideraba.

—Supongo que no hay nada de malo en ello…

—Y quisiera que esto fuese un pago por adelantado, en la medida de lo posible. Me tomará un par de días prepararme para el viaje, por lo que podemos aprovecharlos.

—Es razonable. Todo convenido entonces.

Su mano me fue extendida. A simple vista, esto no era más que una formalidad, una manera de concretar lo ya impuesto. Pero se sintió demasiado mal; como vender mi alma por segunda vez. Ese apretón me trajo recuerdos de mi primer encuentro con Hitogami. De cierta manera, pactar con Cassandra no era muy distinto a hacerlo con él; ambos dispuestos a ayudarme, pero escondiendo sus propios motivos tras una fachada. Y tal cual pasó en esa ocasión, no me encontraba en condiciones de negarme.

Clavamos miradas por un tiempo mayor al que hubiese deseado. Está de más decir lo incomodo que me sentía. Solo quería que toda esta maldita escena terminase. Ella, por otro lado, aprovechó este acercamiento para inspeccionarme de arriba abajo una última vez antes de separarnos.

—Huh, creciste bastante desde la última vez. Bien, eso quiere decir que estás comiendo bien. Te dejaré solo para que converses lo dicho con tu amiga de ahí atrás, querido Fil.

Su mirada señaló a un punto tras de mí. Volteé, notando entonces la presencia de Fitts; ahora escondida dentro de un pequeño tumulto de personas. Cuánto tiempo llevaba ahí es un misterio, pero la expresión en su rostro me sugería que observó lo suficiente para empezar a sacar conclusiones.

—Sí… creo es para mejor.

—Estaré esperándote en el mismo lugar mañana a la misma hora. No faltes a tu primera lección, Filiu querido. El tiempo no le sobra a nadie, y menos a ti.

Es odioso cuando ven a través de ti, y esa mujer parecía ser experta en la materia. Ahí me quedé entonces, calladito como un idiota mientras ella desaparecía en la distancia; caminando tan tranquila como si estuviese saliendo del salón de belleza. Y como si se empujasen la una a la otra, cuando Cassandra se fue, llegó Fitts.

—Tengo que hablar con Ariel. Es muy importa… —apunté en voz baja.

La elfa lo pensó unos instantes. Estoy seguro de que estaba a punto de clavarme el NO más grande de mi vida, pero tal vez el desánimo en mi rostro le hizo reconsiderar. Vi sus orejas descender entre suspiros mientras esbozaba su cansancio.

—¿En qué andas metido ahora?

Fui llevado de nueva cuenta al consejo estudiantil. Esta vez, mi recibiendo fue un poco más cordial que la vez pasada; al menos no me ataron de pies y manos. Con Fitts apoyada frente a la puerta y el guardia idiota junto a la princesa, las miradas yacían todas sobre mí. Explicar todo el contexto me tomó un buen rato, pero esto no pareció importarles en lo más mínimo. Traté de apegarme a la verdad que impuse en mi primer visita, agregando solo los puntos más necesarios para la ocasión; o sea, todo lo que no me hiciese ver como un posible traidor.

Y una vez hube concluido mi resumen, la voz de Ariel repicó en la habitación.

—Neris… Sí, los cambios en el ducado fueron un tema muy sonado en los alrededores. Su ciudad-estado, sin embargo, es un sitio desconocido para muchos. Lo poco que se habla de ella son barbaridades, por lo que es difícil separar la realidad de la ficción.

—Justamente como Cassandra —refunfuñé—. ¿Qué tan probable es que esté diciendo la verdad? Al menos la parte de que ejecutaran a los hombres de Rufford.

—Eso, justamente, es muy probable. Si bien es sabido que el régimen prefiere resolver sus conflictos de manera diplomática, es irrefutable que no le tiembla la mano a la hora de ejecutar personas —se inclinó hacia adelante antes de concluir—. Responden al nombre de «La Coalición».

—No suena tan imponente.

—Porque no tratan de serlo. Son un grupo bástate sonado en el ámbito político, me presumo que solo buscan ganar adeptos.

Suspiré.

—Bueno… ¿Y qué hay sobre el acuerdo? Quiero decir, desde mi punto de vista suena como un plan demasiado rebuscado para tratarse de una trampa. No le hubiese costado nada atacarme ahí mismo.

—Yo me preocuparía más de lo que no puedes ver que de lo aparente, mi estimado —replicó con seriedad—. De lo que podemos estar seguros es de que esa mujer QUIERE que vayas a Neris.

—No hubiese estado de más que preguntases —señaló Luke con cierta molestia.

—¿Le hubieses creído aunque me dijese la verdad más evidente del mundo?

No recibí más que un gruñido del muchacho, y a decir verdad es mejor que cualquier otra cosa que pudiese decir.

—Entonces, ¿podemos por un momento dar por sentado que todo esto es plausible y cierto?

Ariel resopló, frotándose el entrecejo con evidente molestia.

—Estás considerando ir de todos modos, ¿verdad?

—Por supuesto que voy a ir, y teniendo en cuenta que pacté a favor tuyo, me supongo que vas a hacer todo lo posible por ayudarme.

—…

¿No? ¿Cómo amigos al menos?

La sala entera cayó en el silencio, segundos antes de que la voz de Fitts llegase desde atrás.

—N-No lo tomes a mal, Gaucho. Pero…

—Pero no tenías por qué velar por nuestra seguridad —añadió la princesa—. No me malentiendas, estoy muy agradecida de que lo hayas hecho. Eso no quita el hecho de que tus intenciones hayan sido en gran parte egoístas.

—¿Me están llamando interesado?

«Pues tienen razón, sí.»

—A ver —Ariel se levantó de su asiento—. No llevamos conociéndonos el tiempo suficiente para entablar una verdadera relación de confianza, pero ahí vas una vez más vienes a pedirme que ponga la mano en el fuego por ti. Y sí, comprendo que esto pueda sonar mal, pero la realidad es que el hecho de habernos ayudado no asegura que estaremos en posición de devolverte la deuda… al menos no de inmediato.

Te seré franco, ya me esperaba este tipo de respuesta, por lo que no consiguió afectarme. Asentí, llevando una mano al mentón mientras andaba por los alrededores. Había llegado la hora de hacer uso de la buena y confiable Viveza Argentina. Dicho esto, pensé mis palabras, respiré hondo y comencé:

—Tiene razón en muchos puntos, señorita Asura. Sí, tenía mis expectativas presentes a la hora de pactar, y sí, esto ES una idea estúpida que puede acabar en una muerte muy horrible…

—… y lenta —añadió la elfa.

—… y dolorosa —secundó el guardia.

—Ajá, gracias chicos… ES una idea estúpida, eso no se los voy a negar, sin embargo… no sería la primera vez que pongo a prueba una de ellas.

La confusión llenó en rostro de Ariel, quien alzó una ceja en señal de curiosidad y desconcierto. Ante esto le sonreí, alzando la frente con orgullo antes de continuar.

—No sería la primera, la segunda, ni la tercera vez en realidad. Ya hasta perdí la cuenta de las veces que he tomado decisiones de este estilo, y aquí estoy; vivo y en una pieza. Y es más que seguro no lo estaría si no hubiese hecho caso a esas ideas, mierda, posiblemente ni siquiera estaría vivo en este mismo instante.

—Ah… Y el punto de esto es…? —apuró Ariel.

—Que con grandes riesgos vienen grandes recompensas, y el éxito de esta misión nos conviene a todos en este cuarto —extendí los brazos para remarcar mi punto—. Incluso si lo de formar una alianza jamás ocurre, incluso si no vuelves a ver esta hermosa y cariñosa carita, les conviene que Rufford no encuentre a sus descendientes. Y el motivo de esto es muy sencillo, porque ahora mismo tiene los ojos posados sobre ellos y sobre MI persona… ¿y cuando no los tenga? ¿En quién fijaría su interés?

Poco a poco, la desconcierto abandonó el semblante de la señorita Asura. Es probable que ya hubiese considerado esta situación con anterioridad, pero ahora las piezas en la mesa de alineaban en una jugada riesgosa. Teníamos las de perder, estábamos siendo empujados fuera del tablero, pero había una forma de remontar la partida. El problema de esto era… bueno, lo que implicaba.

—Me parece que depositas demasiada confianza en esta mujer —apuntó con saña—. Es una Vulture, después de todo. Podría estar esperando el momento para atraparnos a todos juntos. ¿En verdad vale de algo su palabra?

—No puedo responder a eso, por un lado porque no lo sé, y por el otro porque… bueno, resulta que no hay suficiente confianza para que mi opinión valga de algo —le sonreí.

Por un momento, la fachada tras la cual se escondía flaqueó. Una pequeña carcajada escapó de sus labios, y un gesto lleno de pícara transformó su rostro. Su mirada brilló a la par que posaba el mentón sobre sus palmas, inclinándose un poco hacia adelante con cierto interés para nombrar al ganador de la segunda ronda.

—Bien, bien, bien… Mira nada más esa lengua de serpiente.

—Tuve bastante práctica, gracias.

Su veredicto no llegó de inmediato; se tomó unos instantes, considerando cada posibilidad antes de actuar. Volteó entonces con la mirada apuntando a sus allegados, quienes a su vez le esperaban con paciencia.

—Supongo que, si de todas formas estás dispuesto a ir, y una victoria para ti es indirectamente una para nosotros… Puedo acceder a darte una mano, Gaucho.

Al oír esto, pude respirar con un poco más de tranquilidad.

—¿Una alianza entonces?

—NO —denegó al instante—. Esa puerta continua cerrada, al menos de momento. Pero… si todo sale bien, puede que esté dispuesta a reabrir el debate. Por lo pronto… ¡Fitts!

El repentino llamado de su superior hizo que la elfa se sobresaltase.

—¿S-Si, su majestad?

—¿Podrías prestarme un par de semanas de tu tiempo? Quiero que acompañes a nuestro amigo hasta la ciudad-estado de Neris.

—¡¿Q-Qué?! —trató de suavizar el grito que venía desde el interior.

«¡VOY A VIVIR!» grité para mis adentros.

—Déjenme terminar —alzó una palma en señal de silencio—. Quiero que mantengas los ojos bien puestos en este montaraz y evites que haga algo estúpido. Pero, en dado caso que la situación empiece a complicarse, quiero que lo abandones cuanto antes y regreses aquí de inmediato.

«¡VOY A MORIR! Otra vez…»

—Su majestad, no es por ir en contra de su voluntad pero, ¿no cree que sería mejor enviar a Luke en mi lugar? Q-Quiero decir… Ya estoy demasiado complicada con las tareas, sin mencionar mis tutorías, y qué pasará si…

—Fitts —interrumpió ella—. Está bien, las implicaciones de lo que te estoy pidiéndote. Pero créeme cuando digo que no lo haría si no fuese estrictamente necesario. Por favor, ¿podrías cumplirme este favor?

—Y una cosa más —proclamó la monarca.

Está más que claro, a Fitts no le gustaba la idea en lo absoluto, pero no había forma de que no aceptase un mandato de Ariel y menos cuando se lo pedía con ojitos de cachorro de por medio. Volteó la mirada hacia mí, frunciendo el ceño en un gesto represivo antes de dejar salir un cansado:

—Sí, su majestad…

«Se va a cobrar esta, eso es seguro.»

Tras esto, Ariel volteó de nuevo hacia el subordinado a su derecha, gesticulando con un dedo para que este se acercase. Luke bajó la cabeza aproximando el oído a sus labios. Una reacción no tan agraciada apareció en su rostro; de sorpresa, la incredulidad más evidente posible. Vi entonces lo que podría llamarse una «conversación no verbal» entre esos dos; el atisbo sincero del muchacho contorsionándose en posible «¿En serio?», seguido por el de la princesa afirmando con un «Muy en serio» en forma de sonrisa.

Y tras esto suspiró. Dejó su puesto y abandonó el cuarto para volver a entrar minutos después, ahora portando un viejo saco amarronado entre sus manos. Estaba bastante arruinado, pude notar un par de remedos y desgastes a lo largo y ancho de su tela. Aun así, parecía bastante más caro de lo que podía pagar en ese momento.

—Póntela —me ordenó el idiota.

Busqué la aprobación de la princesa solo para confirmar, mas no dude un segundo en hacerlo. Se sentía bastante bien; cálida, liviana, elegante. El único inconveniente que pude notar fue el extraño olor que de esta desprendía. Asumí que el motivo de esto no sería otro que el paso del tiempo; todos hemos tenido alguna prenda usada por nuestros abuelos con un aroma similar.

—Es un viejo recuerdo —aclaró Ariel, suspirando con cierta nostalgia—. Pertenecía a alguien muy especial para mí que falleció en medio del deber. El solo verla me llena la cabeza de recuerdos.

El atisbo en sus ojos no me pareció del todo agradable, debo admitir. Intenté no sacar conclusiones apresuradas pero el cómo divagaba con la miraba perdida sobre mí, sumado a la forma en la cual se mordía el labio inferior, me dio a entender que había un subtexto que desconocía en todo esto. Y digamos que la repentina palidez en el rostro de Fitts no ayudó en lo absoluto.

—Recuerda lavarlo… cuando llegues a casa —me susurró Luke con cierto desapego.

«Está bien… Tratemos de ignorar lo evidente, y vamos para adelante.»