Capítulo 13: Crueldad
Bolt alzó la vista, buscando al dueño de aquella estrepitosa voz. La laguna en la que los barcos habían caído se arremolinaba de forma amenazante, riscos rocosos evitando el paso seguro hacia el océano adyacente que les permitiría irse de ese lugar. De entre las rocas comenzaron a emerger enormes criaturas. Gigantes, fuertes, imponentes y aterradores, que observaban los barcos con ojos fijos. Algunos de ellos portaban garrotes, algunos otros, rocas enormes.
Desde la cima más elevada de esos riscos, un ave hizo presencia: un albatros. El ave, que era grande para su especie, mostraba un patrón y coloración peculiar en sus plumas, pues estas pintaban de tonos más azulados que blanco, y además parecían dibujar olas sobre el cuerpo de esta. Llevaba un collar, con un gran diente de tiburón como dije del mismo; y en una de sus alas sostenía con firmeza un tridente dorado. No había forma de confundirlo; era el rey del océano, aquel que mueve la tierra y sacude las olas.
–Poseidón…
–En todo mi largo tiempo –Comenzó la deidad– rara es la ocasión en la que me hacen enojar. Procuro seguir el flujo, andar con las olas… pero, perro, has cruzado la línea.
Su voz se volvió más firme y grave, y el can, sin necesidad de que Poseidón terminara, supo que estaban en problemas. Sutilmente comenzó a observar alrededor, tratando de pensar en un plan que pudiera sacarlos de ahí.
–He sido tan graciable, y, aun así, me faltas al respeto y osas herir a un hijo mío –El ave se inclinó sobre el risco, gruñendo mientras erizaba sus plumas–. Así es: el cíclope al que dejaste ciego es mío.
Bolt abrió los ojos con terror.
–No…
El albatros bramó con fuerza, sacudiendo el mar debajo de los barcos y haciéndolos tambalear.
–Me dejas sin opción, y también sin dudar, mortal. Tu manada de lobos ahora está nadando con el tiburón.
Había molestia, mucha, en las palabras del dios; mientras este seguía hablando, Bolt continuaba intentando pensar en alguna forma de librarse de este apuro. No se atrevía a gesticularle nada a Jack por temor a que Poseidón se molestase más y decidiera atacar. Si bien el can suponía que a eso iba con todo esto, no podía descartar que quizás pudiera haber alguna otra salida menos violenta. En especial porque no quería imaginarse lo que representaría enfrentarse a un dios con todo su ejército de monstruosos gigantes.
–Oh, te voy a hacer sangrar, te voy a ahogar en mi mar –Amenazó el ave–; pero antes de eso quiero que te quede bien claro algo, can. La crueldad es merced para con nosotros mismos.
Al término de esa oración, varios de los gigantes dieron pasos hacia adelante, aun sobre las rocas, gruñendo amenazadoramente. Era cuestión de tiempo, Bolt lo sabía, antes de que comenzaran a haber bajas. Su mejor oportunidad era seguir ganando tiempo, dejar a Poseidón hablar todo lo que quisiera mientras él seguía pensando una forma de salir de esa situación.
–Tú eres el peor tipo de "héroe", porque ni siquiera haces bien el bien –Gruñó el albatros, apuntándole con el tridente al barco del Bolt–. Un aqueo* que apesta a falso heroísmo, ¡cómo me enfada eso! Dices pelear para salvar vidas; pero no matas, no terminas el trabajo encomendado. Es decir, mírate, mira a tu alrededor: todo esto nos lo hubiéramos ahorrado si tan solo hubieses matado a mi hijo –El ave inclino la cabeza e hizo un tono sarcástico de piedad–. Pero noooo…
–¡Eres demasiado amable!, ¡tu piedad te va a costar!, va a ser la última grieta antes de que el hielo se rompa y caigas al mar. Veamos que hiciste, ¿quieres? –Bramó el albatros, inclinándose un poco más sobre el risco sobre el que estaba posado–. ¡Le revelas tu nombre, y luego lo dejas vivir!, ¿qué esperabas que sucediera, mortal? A diferencia de ti, yo tengo merced para dar. Y ahora, finalmente, es hora de despedirse y de morir… A menos, claro, que te disculpes, perro, por el daño y el dolor que le has causado a mi hijo.
Ahí estaba. Si había una oportunidad de cambiar la situación, era esa y no habría otra. Bolt se apresuró a mirar hacia la molesta deidad y explicarse con toda fuerza de voz.
–¡Poseidón, no queríamos causar daño! Solo lo herimos para desarmarlo –Ladró Bolt, procurando mantener un tono tranquilo, a pesar de que hubiera mucho temor a lo que les pudieran hacer si esto no resultaba–. No nos produjo placer el herirlo; tan solo queríamos escapar con vida de su cueva.
Bolt sostuvo la respiración mientras el albatros lo observaba en silencio. Unos momentos se volvieron eternos antes de que el ave abriera el pico de nuevo.
–La línea que separa la esperanza de la ingenuidad es sumamente delgada; casi invisible. Cierra tu corazón, mortal, el mundo es un lugar oscuro y la crueldad es merced para con uno mismo.
Bolt alzó la vista hacia el dios con temor a lo que estaba por suceder. Y una sola palabra fue suficiente.
"Mueran."
El océano cobró vida violentamente, sacudiendo el barco mientras los gigantes puestos sobre las rocas lanzaban enormes piedras hacia el agua, alborotándola aun más. Bolt, en un principio, no comprendió de que iba todo ese teatro, pues su barco no estaba recibiendo daño. Eso fue, hasta que escuchó los gritos desgarradores a todo su alrededor.
"¡Capitán! ¡Capitán!"
El can corrió hacia la borda de su nave, batallando por mantener el equilibrio con todo el zarandeo que las olas estaban provocando, pero no alcanzaba a ver nada. El agua y las rocas que lanzaban los gigantes no le permitían distinguir con claridad.
"¡Capitán, capitán!" se escuchaba en todas direcciones, aun si Bolt no alcanzaba a ver, los gritos atravesaban el ruido de las olas con mucha claridad. "¡Capitán, ayúdenos!"
–¡Basta! –Le gritó el can al dios –¡Para ya, por favor!
Pero este no escuchó. Las olas siguieron arremolinándose, las piedras cayendo en el agua, hasta que Bolt perdió el aliento. Y una vez que se hubieron detenido, que Poseidón le permitió al agua volver a su estado de tranquilidad e inacción, el pastor suizo pudo mirar a su alrededor.
Y no vio nada.
Por más que Bolt volteara en una u otra dirección, por más que corrió por toda la cubierta hasta darle la vuelta al barco, no vio nada. No quedaba nada. Cuando Bolt zarpó de regreso a casa, tenía una flotilla de 12 barcos, cada uno tripulado por 50 hombres. Unos cuantos habían muerto en la cueva del cíclope, pero ahora…
No había rastro de ninguno de los otros barcos. Solo quedaba uno, el de Bolt, y los 43 hombres que compartían nave con él.
–¿Qué… has hecho? –Murmuró el can horrorizado, mirando fijamente hacia el agua que se había tragado a sus compañeros como si nada.
Poseidón planeó desde lo alto del risco para posarse en una roca más cercana al barco restante, y lo siguiente que dijo le heló la sangre al can:
–Soy tu peor pesadilla; tu momento más oscuro –Gruñó–. Soy el monstruo que siempre ha yacido dentro de ti.
Bolt le sostuvo la mirada al dios, sin él mismo entender todo el remolino de emociones que estaba sintiendo. Pero supo que su momento había llegado cuando el albatros le apuntó con el tridente una vez más
–¿Algunas últimas palabras?
Bolt no perdió ni un segundo.
–Sí: ¡solo necesito abrir esta pequeña bolsa!
–¡¿Qué?!
Pero fue muy tarde. En un solo movimiento, el can desenfundó su espada y le cortó un agujero a la Bolsa de los Vientos, que propiamente comenzó a escupir lo que restaba de la tormenta que había sostenido en su interior, elevando bruscamente el barco sobreviviente hacia los aires. Lejos de los gigantes; lejos de Poseidón. Sin embargo, aunque le puso buena distancia entre la tripulación de Bolt y el dios enfadado, ya no era mucho lo que quedaba de aire dentro de la bolsa, así que poco después de alzarlos por los cielos, una vez que el viento dentro de la bolsa se hubo agotado, el barco comenzó a descender en picada bruscamente, estrellándose contra la costa de una isla—afortunadamente, en el agua de esta.
Derrotado, abrumado, y sorprendido de haber sobrevivido un enfrentamiento con un dios, Bolt miró hacia el mar. La Bolsa de los Vientos, con el corte transversal que le había hecho el can, descendió hasta caer sobre el agua, y comenzó a hundirse, su uso agotado. Jack, Peri, y los demás, miraban alrededor, algunos hacia la isla en la que habían aterrizado, otros hacia el océano. El can se acercó a la orilla del barco, observando atentamente. En el atardecer, en la niebla brumosa que comenzaba a cubrir la superficie del mar, una voz, grave e imponente, le susurró al can. La voz de Poseidón.
"Recuérdame."
*Los aqueos eran los griegos; es otra forma de referirse a ellos.
Y con esto terminamos la saga del océano del musical. La canción que le corresponde a este cap lleva por nombre "Ruthlessness", que se traduce literalmente al título del cap. Como dato curioso, esta es mi canción favorita de todo el musical.
Como siempre, un saludo y agradecimiento enorme a Ana Karen por seguir comentando.
Y sin más que decir, nos veremos a la próxima, con el inicio de la siguiente saga, después de semejante pérdida para nuestro protagonista. Hasta entonces.
