El hombre ahogó un gemido cuando el dolor atravesó de un lado a otro su cabeza, como si alguien hubiese disparado un arma en su sien. Pero tan rápido como se había manifestado, la dolencia se esfumó. Simplemente algo había cruzado por su mente para despertar en ella, los más tristes recuerdos que albergaba en su corazón.

— ¿Mewtwo?—dijo Fuji, pero no recibió respuesta.

Se encontraba en su casa, a miles de kilómetros de donde él creía, se encontraba el cuartel general del Equipo Rocket. Habían pasado años desde que había visto al pokémon por última vez, por lo que éste ya debía ser un adulto.

¿Por qué estaba tratando de comunicarse con él? Porque para el hombre, aquel dolor, tal cual un disparo, había sido casi un grito del pokémon con tal de establecer un contacto. Sin embargo, eso no ocurría desde hacía años, cuando la criatura era todavía un niño.

Sin duda, algo grave había sucedido con él, lo que le apretó el corazón, pues a pesar de intentar disuadir tal hilo de pensamiento, no podía evitar pensar en lo peor. Sumado a eso, para su desgracia, y en desconocimiento de la apariencia adulta del Mewtwo, sólo podía imaginar a su versión infantil, llorando, presa del miedo, gritando su nombre para que el humano fuera a su rescate.

Cerró los ojos un momento. La angustia había ya echado raíces en su corazón, para comenzar a estrangularlo con cada uno de los lúgubres pensamientos que hacían acto de presencia en su mente.

— Mewtwo...—llamó.

No podía ayudarlo ni mucho menos salvarlo. Sólo le quedaba recordar su cara regordeta, sus grandes y brillantes ojos violáceos, su infinita curiosidad y, por sobre todo, su dulce sonrisa, como hacía todos los días desde que lo vio por última vez.

Fuji no podía hacer otra cosa más que atesorar cada uno de los recuerdos que había compartido, antes de que Giovanni apareciera en sus vidas y los separara para siempre

El pokémon era sometido a pruebas de las más variadas índoles, aunque vez con vez se le permitía observar el exterior, lugar al que se internó con cada vez más profundidad. Pues, si bien, al principio sólo había llegado a la puerta del laboratorio, ahora conocía de cerca el muelle, las rocas, había tocado con cierto temor las aguas del océano, había rodado en el pasto y hasta se había abrazado a la bandera que resistía todavía en su lugar.

Conocía las inmediaciones del lugar en donde abrió los ojos la primera vez, siempre bajo la atenta mirada de algún científico, quien tomaba notas de su comportamiento sin que el pequeño le importara.

Cierto día, pidió por favor, casi suplicando, si podía dar un paseo por el bosque. Fuji, quien era el que aprobaba estas expediciones, luego de la insistencia del pokémon, decidió acompañarlo, argumentando que quedaban tan sólo unos cuantos días de la criatura en la isla y que, al menos, merecía conocerla un poco más. Mewtwo celebró esto con volteretas en el aire que causaron más de un estrago, por lo que el científico tuvo que detenerlo de inmediato y llevárselo para que sus colegas pudiesen trabajar tranquilos.

Al salir, el pequeño pretendió volar a toda velocidad a su destino, mas una indicación del hombre le obligó a mantenerse tranquilo y caminar a su lado. Después de todo, ya le había dicho y recalcado entre las tantas pruebas e instrucciones, que los pokémon debían acatar las órdenes de sus maestros.

Así comenzó un recorrido protagonizado por el sonido del viento entre las hojas y el baile de luces entre las ramas. Mewtwo miraba todo ello de forma sublime, como si de verdad se encontrara frente a fuerzas más allá de su infantil comprensión. Fuji en tanto, unos pasos tras él, sólo se mantenía calmo, tratando una y otra vez acallar los pensamientos que lo acechaban desde el momento en que sus ojos se cruzaron con los del pequeño por primera vez.

¿Por qué no podía no sentirse culpable cada vez que intentaba mantenerse firme ante él? ¿Por qué sentía que su corazón se aprisionaba en su pecho cuando veía su radiante sonrisa? ¿Por qué se odiaba y odiaba al niño cada vez que éste no parecía enfadarse por la frialdad de su comportamiento, en contraste con la forma afectuosa que el pokémon le demostraba siempre?

Lo miró otra vez recorrer los árboles, observando los musgos con sumo cuidado.

Mewtwo no encajaba en aquellas visiones bélicas que pretendían de él. No. Era sólo un niño con sed y hambre del mundo, inocente en su grado más puro, cuyo único propósito parecía ser aprender.

Un niño, nada más que un niño.

Fuji no podía creer que, en un par de días, el infante iba a abandonar la isla para avocarse por completo a la lucha.

Pero no, no podía pensar así. Él era un científico y le habían pagado por traer a la vida al pokémon más fuerte del mundo. Nada más. No podía encariñarse con él, no podía seguir pensando así, imaginándose a su pequeña Ai corriendo por los senderos de la isla, observando el musgo en las rocas, tocando y abrazándose a los árboles para conocerlos mejor, riéndose con las cosquillas que le provocaban las hojas de los arbustos en la cara.

No podía seguir viendo a su hija en Mewtwo. No podía comenzar a quererlo como a ella.

Pero...¡Cómo había sufrido con la muerte de su hija! ¡Cuánto había llorado por no verla ser libre y feliz! Y ahora Mewtwo, quien anhelaba lo mismo, quien era potencialmente libre, tenía un destino aún más cruel que la niña: lo matarían en vida. Lo obligarían a ser un soldado en contra de su voluntad, instándolo a acabar con aquello que tanto quería: el mundo.

De repente, el pokémon se volteó hacia el hombre y lo miró con intensidad, con el rostro completamente serio.

—Lo siento—dijo, fingiendo templanza. Mewtwo había logrado captar sus emociones —Esta vez, no volverá a suceder.

Tú piensas en alguien que se llama Ai, ¿cierto?—susurró sorprendiéndolo—.Yo también lo hago, pero no sé quién es—hizo una pausa y luego lo miró—. Eso me da mucha tristeza.

Se quedaron en silencio mientras una ráfaga de frío viento se interponía entre ambos. Mewtwo miró al piso, a los árboles y luego al humano otra vez, con el ceño ligeramente fruncido, demostrando que algo estaba preocupándole enormemente. Suspiró despacio y luego de un prolongado silencio, habló.

—Tú...¿tú quieres a Ai?

Como a nada en este mundo—, contestó el hombre de forma automática, sin rastro de su duda en sus palabras. Notó que la expresión del pokémon cambiaba, como si aquella primera preocupación creciera cada vez más.

Uh...y...tú...—dudaba—.Tú...¿ me quieres a mi?

Fuji no contestó. No sabía qué decir, porque simplemente, no entendía lo que estaba sintiendo. Se había dicho a sí mismo no encariñarse con él, pero se había conmovido con el recuerdo de su hija y el parecido que tenían ambos niños. Sus formas de ser, sus gestos, sus palabras. Había algo de ella en él y eso lo confundía.

Porque yo sí te quiero a ti—confesó—.No me gusta cuando estas triste, me duele... aquí—,y señaló su pecho—.No me gusta.

Entonces el científico se agachó y puso su mano sobre la del pokémon. —A mí también me duele aquí. Ai es la persona a la que más quiero en el mundo. Haría lo que fuera por tenerla aquí conmigo ahora, verla crecer y ser feliz. Pero no puedo—, bajó la mirada con tristeza, al tiempo en que los ojos del pokémon lo escrutaban, esperanzado en que el humano pudiese corresponder a su sentir. Quererlo como a ella —. Sin embargo... —continuó—, siento que no se ha ido del todo, se ha quedado conmigo, a través de ti...Mewtwo— lo miró. Los ojos amatista del clon estaban fijos en los suyos. No, ese no era su hija y, no obstante, a pesar de todo y contra todo uso de razón, debía reconocer que el pokémon había logrado conquistarlo sin siquiera esforzarse.

Fue entonces cuando, rápidamente se acercó a él y lo abrazó, sorprendiendo al pequeño, quien podía sentir la psiquis del humano envolverlo, abrirse a él y hacerle entender por fin, las emociones que se le dirigían.

Mewtwo...hazte fuerte. Lucha, crece, sigue luchando y hazte fuerte. No dejes que te quiten tu libertad, sé libre. Por favor, sé libre.

Sí—,asintió y apoyó su cabeza el torso del humano, sintiendo su calor —Voy a ser libre.

Se quedaron así por largos minutos. El hombre temblaba, mas el pokémon no sabía si era a causa del frío extremo o de la emoción, por lo que sólo atinó a rodearlo con sus pequeños brazos y reconfortarse en la suave alegría de sentirse querido por aquel humano al que había reconocido como padre. Sin embargo, cuando el hombre notó lo que sucedía, se alejo de él lentamente y le acarició la mejilla.

— Nadie debe saber lo que ha sucedido, ¿de acuerdo?

—¿Por qué no? ¿Hice algo mal?

No, Mewtwo, para nada, pero...—se puso de pie— Debo decirte algo. Por favor, pon atención. En un par de días tendrás que abandonar la isla.

—¿A dónde iremos?

No iremos. Sólo tú lo harás— dijo y el niño dio un respingo ante la sorpresa de esa declaración—. Ya te había explicado sobre el orden entre los humanos y los pokémon. Tú estás en este mundo para obedecer a un hombre en particular. Su nombre es Giovanni y te quiere para cumplir sus propósitos, los cuales debes obedecer. Vendrá por ti en unos días y comenzarás un largo entrenamiento hasta convertirte en el pokémon más poderoso del mundo.

¡Pero yo quiero quedarme contigo!—exclamó el pequeño poniéndose frente al hombre con decisión—.Yo quiero quedarme aquí contigo y aprender todo. No quiero irme, no quiero quedarme solo.

Lo lamento mucho Mewtwo— susurró con la cabeza gacha. —Debo admitir que lo que sucedió recién fue un error, un grave error. Tú DEBES irte y no puedo hacer nada al respecto.

No...—dijo mientras que desde sus ojos, las lágrimas comenzaban a nacer.

— Es por eso que te pido que te hagas fuerte, que luches en contra de este destino, que pelees con fuerza hasta alcanzar tu libertad. Porque yo soy demasiado débil y demasiado cobarde como para intervenir en él — se agachó otra vez—Lucha. Prométemelo— le secó una lágrima.

Lo prometo—dijo cuando finalmente rompió en llanto y se abalanzó al regazo del humano, quien lo acogió otra vez sin dudar, consciente de su error: lo quería.

Al día siguiente, Mewtwo se mantuvo cabizbajo, intrigando al resto de los científicos, mas al preguntarle sobre lo que le sucedía, el pokémon sólo negaba con la cabeza y se quedaba horas sentado en la puerta del laboratorio, viendo el vaivén de las olas, sin atreverse a caminar hacia el mar. Fuji en tanto, lo observaba de lejos, tan triste como el niño y a la vez, sintiéndose mortalmente culpable de su situación actual. Mewtwo había comprendido su destino y, como niño, sólo podía sentir miedo ante él.

Suspiró y entró a su oficina, justo en el momento en que uno de sus colegas se acercaba a la ventana e indicaba un punto en el cielo. Todos los demás se asomaron, hasta que lo que tanta atención les producía, poco a poco tomó la forma de un helicóptero.

—¡Ya han venido!— exclamó alguien— ¡Pero si iban a llegar en tres días más!

Fuji lo ignoró y salió, encontrándose con Mewtwo, quien se había puesto de pie y miraba también el vehículo volador.

—¿Es él?—preguntó con cierto temblor en su voz, mas el hombre no le contestó. Su corazón latía de una forma tal, que casi no podía escuchar nada a su alrededor. Sintió como la mano del pokémon intentaba tomar la suya y apretar sus dedos para no dejarlos ir, pero él, en un estado ciertamente heroico de conciencia, la apartó. No podía dejar que Giovanni viera el lazo afectivo que había formado con el pokémon, aunque ahora el temor de ver la realidad de perderlo ante sus ojos sin poder intervenir, por poco le hacía perder la razón. Mewtwo abandonaría la isla en unos minutos y jamás volvería a verlo. No podría gozar de su sonrisa al descubrir algo nuevo, no podría reírse internamente de sus colegas cuando el pokémon causaba ciertos problemas en el laboratorio debido a su inacabable curiosidad. No podría tenerlo entre sus brazos ya nunca más.

Sintió que la respiración se le hacía dificultosa mientras el helicóptero poco a poco se aproximaba a tierra, haciendo flamear las vestimentas de los hombres. La bandera que se había mantenido en el poste, demostró su valía al ser capaz de soportar el embate de las hélices del aparato. Fuji quiso tener también el mismo valor, mas cuando vio como los agentes de la organización comenzaban a bajar, hasta dar paso al mismísimo líder, su estómago se sintió pesado y sus piernas comenzaron a temblar con mayor fuerza. No quería separarse de él, lo necesitaba, tanto como a su hija.

De pronto, comenzó a sentir un terror aun más grande que el propio, algo que creció dentro de su cabeza y se esparció por todo su cuerpo. ¿Qué era ello? Fue entonces cuando cayó en cuenta y miró de reojo a Mewtwo. Estaba sintiendo su temor ante la fría mirada y la arrogante sonrisa de Giovanni, quien caminó de forma confiada, hundiendo con cada paso, los sueños y esperanzas de libertad del pokémon.

— ¿Realmente este es el pokémon creado de Mew?—preguntó sin siquiera reparar en el resto de los presentes. Miró al pequeño casi de forma despectiva, entreviendo su temor y aumentándolo sin piedad. Mewtwo dio un paso hacia atrás, respirando más rápido de lo que sus pulmones le permitían, aunque pronto chocó con el cuerpo de unos de los científicos, quien se había acercado para tomar la palabra que Fuji era incapaz de aceptar.

— La apariencia es sin duda distinta, pero ello se debe a la recombinación del material genético que lo hace aun más poderoso. No tenga duda en que está ante el pokémon más poderoso de todos.

— Eso espero— sonrió—. Por fin esta tierra podrá ser testigo del poder del ejército más temido, y este pokémon... ¡estará a la cabeza cumpliendo con mis órdenes!

Mewtwo abrió los ojos con terror. Fuji sabía que el pokémon podía captar los impulsos psíquicos y emocionales de Giovanni, por lo que tales pensamientos de grandeza implicaban imágenes que el pequeño se negaba a procesar. No, él no quería ser un soldado, pero ¿qué podría hacer?

—¿Qué sucede?— preguntó de pronto el líder— ¿Es que acaso han creado un pokémon que es incapaz de parar de temblar?¿ Acaso me están entregando un cobarde?

— No señor— se apresuró a contestar alguien —Solamente le hace falta un poco de disciplina. Como no contamos con pokémon de batalla en la isla, lamentablemente no pudimos darle un entrenamiento adecuado.

— Bueno— se rió el hombre—. Una vez llegado al cuartel general, recibirá el entrenamiento que le corresponde—, y lo miró de una forma sombría, como si ocultara lo más grandes horrores en sus oscuras pupilas—. Mañana vendrá un barco para llevarlos a sus respectivos hogares, así que les recomiendo comenzar a preparar sus maletas lo antes posible—, y sin más dilación, dio media vuelta y partió, levantando la mano para hacer una seña. Dos agentes se acercaron y tomaron a Mewtwo de ambos brazos, para guiarlo hacia el helicóptero.

Fuji de pronto se convirtió en eco de las sensaciones de Mewtwo. El terror recorría sus venas, al tiempo en que su corazón parecía detenerse y sus músculos convertirse en plomo.

Por favor, no...—susurró—.Yo no quiero ir con él...

El científico lo escuchaba claramente, sin poder evitar preguntarse porque Giovanni no parecía reaccionar.

Por favor, Fuji, detenlo...

Mewtwo respiraba cada vez más rápido. Sus pies se movían torpes en el piso.

—¡Quiero quedarme contigo!—gritó de pronto, zafándose de las manos de los agentes y levitando hacia el científico, quien se alejó con horror cuando sintió el contacto del pokémon con su cuerpo. Miró a Giovanni, quien lo escrutó de forme asesina, pero sólo bastó una señal de su mano para que los agentes se aproximaran y volvieran a tomar al pokémon.

¡No!—volvió a gritar éste, desesperado al ser separado del humano— ¡Yo quiero quedarme aquí!

Fuji intentó apartarse de él, mas la fuerza con la que el pokémon lo sujetaba era tal, que dos agentes del Equipo Rocket no parecían ser suficientes. La sonrisa de Giovanni se había borrado de golpe, clavándose sus ojos en las atemorizadas pupilas del científico.

—¡No quiero irme! ¡Por favor, no dejes que me lleven! ¡Quiero quedarme contigo, por favor!

Mewtwo...—balbuceó el hombre.

¡Por favor!—lloraba el pokémon. El resto de los científicos miraba la escena con una tensión tal, que casi carecían de respiración. Los matarían, matarían a Fuji y nadie en este planeta se enteraría.

Sin embargo, Giovanni volvió a hacer una señal y otro de sus agentes se acercó y sin piedad, inyectó una suerte de tranquilizante en el brazo del pokémon, el cual poco a poco cesó su movimiento hasta caer inconsciente.

Fuji vio cómo rápidamente le lanzaban una pokébola para capturarlo y así, llevarlo al helicóptero. Su rostro había expresado el más puro dolor antes de convertirse en un haz de luz roja; las lágrimas aún corrían por sus mejillas y el hombre fue incapaz de movimiento alguno.

Lo último que vio, fue como lo subían al aparato y la mirada asesina de Giovanni. Luego, como las hélices comenzaban a girar hasta que el vehículo comenzó a tomar altura. ¡Cuántos deseos tuvo de correr tras él, llegar hasta el pokémon y huir! ¿Adónde? ¿Cómo? Eran preguntas que carecían de significado para él, porque en ese momento, todos esos pensamientos perdían validez y realidad, ya que poco a poco, el helicóptero se alejó hasta convertirse en un pequeño punto negro que se perdió entre las esponjosas nubes que, tiempo atrás, habían fascinado los violáceos ojos del pokémon más poderoso del mundo.

El científico se mantuvo, como un mártir, en su lugar y ya sin importarle nada, dejó que las lágrimas contenidas cayeran a la tierra sin vergüenza y sin temor. Había perdido a aquel al que de algún modo, pudo considerar un hijo.

Miró por la ventana como los árboles se mecían con suavidad, sin evitar sentirse débil por los sucesos de su pasado, así que se dejó caer otra vez en su silla y se llevó las manos a la cabeza. Luego, tras mantenerse unos segundos con los ojos cerrados, miró ciertos objetos en su escritorio: dos marcos de fotografía.

El primero de ellos, era poseedor de la imagen de una mujer, una niña y él, quienes sonreían alegremente hacia la cámara, como si tuviesen toda la vida por delante. A su lado, descansaba otra fotografía, la de él mismo, mucho mayor, más cansado y agobiado, sosteniendo en sus piernas a un Mewtwo pequeño, con grandes ojos violáceos que miraba con atención hacia el lente de la cámara.

Los había perdido a ambos, había llorado por ambos, pero sólo uno convirtió sus noches en pesadillas. Pues, cada vez con una desesperación desbordante, Mewtwo clamaba por una ayuda que jamás llegó. Durante meses, Fuji podía escuchar el llanto del pokémon en su cabeza, pidiéndole por favor, que se presentara en el cuartel general para volver a la isla, como si esa acción fuese extremadamente fácil. Hasta largas horas de la noche, cuando a veces el sol asomaba en el horizonte, el hombre se quedaba en su cama, con los ojos abiertos y las lágrimas secas en sus mejillas, escuchando como el pokémon finalmente caía rendido ante el sueño, ahogado en su llanto y en su desdicha.

Sin embargo, pasado el tiempo de esta tortuosa rutina, el hombre fue testigo de cómo la voz de aquel niño sonriente fue cambiando. Ya no sólo pedía por ayuda. En sus susurros se agregaban palabras de odio, hacia Giovanni, hacia la humanidad, e incluso hacia el mismo Fuji, quien sólo había sido un cobarde incapaz de hacer algo para cuidar de él.

Y lo peor de todo era que el pokémon tenía toda la razón.

Ya pronto no pedía ayuda, sólo soñaba con venganza, sólo pensaba en destrucción. No había más que odio en sus palabras y eso era lo que más dolor le causaba al hombre: ver como aquel pequeño que le robó el corazón, se convertía en un ser oscuro, sin la pureza que lo había caracterizado. Su sonrisa había desaparecido, su curiosidad, sus deseos de aprender. Ahora sólo había rencor, furia y dolor.

Y fue así como, poco a poco las noches del hombre volvieron a la normalidad. Mewtwo dejó de proyectar sus pensamientos a él hasta desaparecer totalmente, dejando al científico con un vacío infinito en el corazón, al haber perdido al pequeño para siempre.

Y ahora, de la nada, volvía a escucharlo llamar su nombre, como si pasados los años, el hombre pudiese saltar las barreras del Equipo Rocket e ir a su rescate.

—Lucha—susurró—. Lucha, como me lo prometiste. Arrebátales tu libertad y vuela...Es lo único que ahora puedo hacer por ti— y dejó caer la cabeza entre sus arrugadas manos de anciano, mientras su cuerpo temblaba sin control.

Lucharé...lucharé por mi libertad. La haré mía, sin importar lo que tenga que hacer ni cuánto me tarde. Lucharé y acabaré con todos los que se me interpongan. Desearán nunca haberle dado vida al pokémon más poderoso del mundo...
Lucharé...porque te lo prometí...