La Revolución de Mestionora

SS3. El Caballero de Schutzaria.

Nada lo había preparado en realidad para cuidar de otra persona, en especial de una como la que tenía a su cargo.

Entre el interés y la conveniencia, convenció a su protegida de enseñarle el idioma de su mundo de sueños… uno al menos. Habría sido muy útil antes de darse cuenta a tiempo de que esa idiota estaba tendiéndole una trampa a Beezewants.

–¿Si sabes que no es tu obligación hacer esto? –le preguntó por enésima vez mientras comían juntos en su habitación/despacho, luego de trabajar en la papelería del Templo y la del castillo toda la semana.

–¿Si sabes que, si nadie hace nada, la situación no va a cambiar? –contra atacó ella, tomando su copa de agua para dar un sorbo y diciéndole algo distinto en su lugar–. Mañana es otro día, Ferdinand. No importa lo oscura que sea la noche, no hay noche que no termine, ni lluvia que no pare.

Sonaba como un proverbio o un dicho que en realidad no podía recordar, dándole la certeza de que eso era parte del sentido común del mundo de la señora Urano.

–Sigues siendo solo una niña. Terminarás vendida y usada si esa mosca fastidiosa se da cuenta de lo que haces.

¿Qué más podía hacer además de advertirle? Poco valía que hubiera vivido setenta, cien o quinientos años en ese otro mundo, en este tenía siete... Seis si mantenía en la mente el hecho de que la estaban haciendo pasar por alguien menor.

–Una niña, una doncella o lo que sea, lo que debe hacerse, debe hacerse. Tampoco me estoy arriesgando tanto como mis mariposas.

Mariposas. Ella intentó llamar "abejitas" a las grises que le estaban pasando información de un modo u otro, sin embargo, cuando le dijo que no existían las abejas más que en Klassenberg y alguna otra pequeña zona de otro ducado, optó por llamarlas mariposas sin mayor explicación.

–¡Dioses! Más vale que la campana no suene en nuestra contra.

Era un viejo dicho en el ditter de velocidad. Casi no había jugado ese en la Academia Real ya que se favorecía el ditter de robo de tesoros en las apuestas y para el final del año, en tanto el ditter de velocidad se utilizaba solo en algunas prácticas del curso de caballería.

–¿Irá a verificar que mis estudios sigan adelante como estaba planeado, Sumo Sacerdote?

Los platos de comida estaban siendo retirados, de modo que Fran y otro gris estaban dentro del campo antiescuchas.

–¡Por supuesto! Que ayudes en el trabajo de oficina no significa que podamos descuidar tu educación.

Y era cierto. La única forma de que sobreviviera y sus talentos y maná fueran aprovechados era convirtiéndola en noble. El Templo la dejaría demasiado indefensa y le impediría alcanzar su máximo potencial, potencial que estaba más que ansioso por atestiguar.

–Entiendo. Calculadora en la mañana y estudiante en la tarde. Por favor avise a Fran en qué momento estará visitando el orfanato para recibirlo como es debido.

Lo que se traducía como "dame tiempo a copiar tanto como pueda para que no pases demasiado tiempo conmigo y no levantemos sospechas". Era lo justo, después de todo, no siempre podía llevarla a su habitación oculta con la excusa de castigarla y llamarle la atención por su falta de sentido común.

Lo que quedaba del otoño y buena parte del invierno, Ferdinand no pudo dejar de sorprenderse por dos cosas. La facilidad que tenía su protegida para confiar en otros y la forma escandalosamente sencilla en qué conseguía la confianza de los demás. De no ser por esos dos factores, quizás habrían tardado mucho tiempo más en desterrar a Beezewants del Templo y del Jardín.

Lo que sí comprendía era que no debía dejar que ese pequeño gremlin con la apariencia de una pequeña Mestionora se alejara demasiado. Myneira no dejaba de mostrar una y otra vez lo eficiente y útil que podía ser para el ducado. Tampoco podía dejarla a sus anchas, esa criatura bien podría poner patas arriba todo Yurgensmith si se le permitía ejercer su extraño sentido de la justicia y su alocado sentido del desarrollo tecnológico.

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–Sumo Obispo, soy Fran –dijo la persona llamando a su puerta a primera hora de la mañana, momentos después de que hubiera terminado su desayuno.

–¡Adelante!

Los grises que le ayudaban ahora a llevar la documentación del Templo como la Voluntad Divina (comida), las Ofrendas a los Dioses (donaciones al templo así como pago de impuestos), Flores de los Dioses (renta y venta de hombres y mujeres para el dormitorio), Agua de los Dioses (Agua bendita, vinos y licores comprados y utilizados) y la Compasión de los Dioses (Pago a Azules por su trabajo en el Templo) no tardarían mucho en llegar. Myneira se las había ingeniado para convencerlos a todos de que debían darle un cuarto de campanada extra a él antes de comenzar a llegar a trabajar.

Resultó que ese cuarto de campanada no solo les ayudaba a relajarse antes del trabajo, sino que además los mantenía a todos enfocados, logrando que terminaran un poco antes de la hora de la comida. Una ventaja para ambos, ya que él podía tener algo de tiempo para sus investigaciones un día a la semana y ella seguía avanzando en sus lecciones.

–¿Qué sucede, Fran?

Fran, el asistente principal de Myneira en el Templo estaba encargado no solo de entrenar a los asistentes de la niña y ocuparse de los asuntos más importantes de la pequeña, también tenía la obligación de darle un informe diario de las actividades de la joven... Por eso era curioso tenerlo ahí ese día. Myneira se fue el día anterior a Haldenzen, llevando consigo a Jenny para que pudiera servirla.

–Llegaron dos notas para usted, Sumo Obispo. Una es de parte de los asociados de la hermana Myneira y la otra…

Ferdinand aceptó las misivas, agradeciendo a Fran y revisando el contenido de inmediato, tranquilo de que el señor Benno le facilitara el hacer negocios y encargos al visitar el templo con regularidad y preocupándose apenas leer el otro mensaje.

Sylvester, Archiduque de Ehrenfest y su hermano mayor, estaba buscando el modo de escapar de su oficina para colarse en el Templo, provocándole a Ferdinand el inicio de un dolor de cabeza.

Su hermano era el responsable de todo el ducado… pero le faltaba diligencia. Confiaba demasiado en sus asistentes que eran, en su mayoría, inútiles funcionarios corruptos dedicados a su propio enriquecimiento y a servir a esa perversa Chaocifer y primera esposa del Aub anterior… por no hablar de cuanto le gustaba a Sylvester fastidiarlo a él. Ferdinand insistía en pensar que se debía a la poca experiencia de su hermano, quien no tuvo la oportunidad de ser entrenado por su padre para llevar el Ducado. Por eso estaba ocultando a Myneira. Lo que menos necesitaba Sylvester en ese momento era la curiosidad por las novedades que esa chiquilla fuera de serie podía crear.

Por lo que Ferdinand sabía, Sylvester le tenía pánico a su hermana mayor, Georgine, debido a que ésta intentó envenenarlo cuando era todavía pequeño; llevaba una relación amistosa con su segunda hermana mayor, Constance, la primera dama de Freblentag… y con él… bueno, era como si Sylvester solo pudiera relajarse y bromear con él por alguna extraña razón que desconocía.

En ocasiones cómo aquella, el antiguo Comandante y actual Sumo Obispo se preguntaba donde había quedado el confiable hermano mayor que conoció cuando su padre decidió acogerlo y reconocerlo como propio.

Dos días después verificó con Benno la posibilidad de contratar al menos cinco músicos dispuestos a aprender a ejecutar el nuevo y enorme instrumento en el Templo. Sin importar cómo o cuánta propaganda se hiciera del novedoso instrumento, Ferdinand fue un noble y, cómo tal, estaba más que consciente de cuánto repelía el Templo a los nobles. Si bien encargó a las doncellas grises en el orfanato estar atentas a qué niños mostraban cualidades musicales y de coordinación para prepararlos como pianistas, un reciente aprendiz de Kuntzeal tardaría varios años en dominar este nuevo instrumento, en tanto músicos más experimentados como Rossina y él mismo deberían aprender mucho más rápido, lo cual significaría que tendrían maestros dispuestos a ir a las fincas y casas de los nobles que compraran un piano en menos tiempo. Esto repercutiría en la cantidad de pianos vendidos y esas ventas, a su vez, en la cantidad de monedas que Myneira podría invertir en diversos ámbitos. Estaba seguro de que sería necesario a futuro.

–Cómo bien sabe, Sumo Obispo –intervino el sirviente del comerciante cerca del final de la conversación–, la señorita Myneira ha hecho más que movilizar la cantidad de monedas pasando de mano en mano. Sus ideas han estado modificando incluso el modo en que se realizan algunos trabajos entre los artesanos que trabajan para ella. Es como la lluvia que barre la nieve y la miseria de un encarnizado invierno para traer las flores más brillantes que darán su vez los frutos más jugosos de de ello es que varios de los artesanos han solicitado hablar con la señorita Myneira a la brevedad.

'Greifechan, Fortsente, Flutrane, Coucoucaloura, Mestionora, Kuntzeal… comienzo a cuestionarme si sus recuerdos son un intento de los dioses por interferir en el jardín.' Pensó el joven al tiempo que asentía y miraba a sus invitados.

—Haré lo posible por apoyar entonces para estos encuentros, sin embargo, les ruego recuerden a los artesanos de la hermana Myneira que ella es todavía muy joven. Dejarla salir del Templo y corretear como una mera plebeya podría poner en riesgo su seguridad. Deberán aprender algunos modales para poder venir al Templo donde se les recibirá por el tiempo que requieran.

—Lo entendemos, Sumo Obispo —respondió Benno de nuevo—. De hecho, es por eso por lo que hemos tenido a bien traerle algunas tablillas respecto a las maneras nobles para que nos dé su opinión. Planeamos que cada taller donde la señorita Myneira haga encargos cuente con al menos una persona letrada que pueda instruir a los demás, sin embargo, contar con la ayuda de un noble para verificar que se les enseña lo suficiente, sería de gran ayuda.

—Comprendo. Seré Anhaltaung para ustedes.

La reunión terminó poco después con algunas correcciones que Mark se apresuró a anotar. Cuando Ferdinand preguntó por el aprendiz que a menudo hacía de recadero entre el Templo y la Ciudad baja, Benno le informó que el chico estaba teniendo algunos problemas en casa y por ello no estaban muy seguros de llevarlo para esa reunión en específico.

Ferdinand se tragó un suspiro. Ese chico era un socio y algo similar a un amigo para Myneira. Seguro la chica terminaba interviniendo… y arrastrándolo consigo para interferir, eso era seguro, sería mejor que se fuera haciendo a la idea.

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—¿Y dónde está tu pequeña Suma Sacerdotisa, Ferdinand?

Fran apenas y arrugó un poco el ceño sin dejar de servirle al "hermano Syl" un poco de vize en una copa. Ferdinand no dudó en apretar el puente de su nariz.

—¿No deberías estar ocupado preparándote para el verano? —respondió Ferdinand, sonriendo al ver a su hermano mirándolo con mala cara.

—Trabajo, trabajo, trabajo. ¡Tú y Karstedt no saben hacer nada más que no sea trabajo! Y hablando de Karstedt, ¿de verdad era necesario leerle la mente cómo una criminal a la hermanita de la nuera de Karstedt?

Esperaba que eso pasara en algún punto. Solo no tan pronto.

—Temo que sí. Heidemarie estaba muy preocupada de que su hermana hubiera presenciado actos indebidos cuando se enteró que la familia de acogida con quienes la dejó estaba esperando la visita de Entrinduge.

—No veo cómo podría ver algo inadecua…

—Viven en la parte sur. Solo tienen una recámara.

Sylvester se detuvo en ese momento, bajando el brazo con un movimiento rígido y mirándolo con los ojos demasiado abierto… igual que su boca.

—¡No es cierto!

—Si, lo es. Según tengo entendido, los plebeyos de la zona Sur no pueden permitirse más de una habitación para dormir que ocupa la familia completa. No tienen baños tampoco y la higiene es bastante dudosa, como podrás darte cuenta por el hedor si deambulas por ahí. ¡Fran!

El gris se paró a su lado entonces, haciendo una reverencia y luego dando más información respecto a la vivienda de Myne, permitiendo que Sylvester los viera cada vez más y más horrorizado.

—¡Es un milagro que siga viva!

—Lo es —admitió Ferdinand—. Comprenderás entonces porqué mi antigua erudita mostró tal preocupación. La niña no tendría idea de si había presenciado algo que no debería. Tengo entendido que el interrogatorio fue complicado por lo mismo. A pesar de guiar a Heidemarie sobre el procedimiento, hubo cosas que no estuvo muy segura de cómo preguntar.

Ferdinand dio un pequeño sorbo a su copa y se relajó. La mejor forma de mentir era con la verdad y la verdad era que Myneira tenía un sentido común excéntrico y retorcido porque su antiguo sentido común nipón no dejaba de chocar con el inculcado por los plebeyos, el de los comerciantes, el del Templo y el de los nobles. Ella misma se lo explicó en alguna ocasión durante el invierno para que comprendiera porque le costaba tanto trabajo saber cómo comportarse en ocasiones, o discernir lo que estaba bien de lo que no lo estaba.

—Vaya —suspiró Sylvester—. No sé qué haría si hubiera tenido que esconderte a ti en una casa plebeya… o a mis hijos. No sé si podría hacerlo.

Agitando un poco su copa, mirando cómo el líquido comenzaba a girar debido al movimiento, Ferdinand pensó con amargura que igual decidió esconderlo a él en el Templo. No tenía sentido quejarse ahora, al menos ya tenía algo de tiempo para sus propias aficiones, como las llamaba Myneira y, en definitiva, ya no necesitaba preocuparse por ser envenenado ahí.

—¿Cómo están Florencia y tus hijos?

Su hermano dio un largo trago a su copa, moviéndola en dirección de Fran para que la rellenaran, todo sin dejar de mirar a Ferdinand de una forma… incómoda.

—Supongo que tan bien cómo pueden estar. Florencia se ha estado distrayendo bastante con Charlotte. Está en la edad en la que solo quiere correr, tomar cosas y decir "No" a todo. Más que una bestia, pero menos que un humano.

—¿Y tu hijo?

Sylvester apretó la boca en una fina línea, encorvándose y sosteniendo su copa con ambas manos entre sus piernas disimuladas por un hábito falso. Su mirada amarga le hizo saber a Ferdinand que su hermano estaba sufriendo porque no tenía idea de cómo actuar.

El archiduque se tomó todo el contenido de su copa de un largo y sonoro trago antes de azotar la copa de plata en la mesa que tenían entre ellos, soltando el aire cómo si estuviera haciendo un enorme esfuerzo por mantener bien las cosas.

—Mi madre se está encargando de él. Es difícil no poder verlo crecer junto a su hermana…

—Su hermana nació para consolar a Florencia de que se llevaron a tu hijo, si mal no recuerdo.

Sylvester se aclaró la garganta, recargándose en el sillón y cruzándose de brazos en una actitud demasiado arrogante ahora. Un escudo para no mostrar cómo se estaba sintiendo.

—Sé que mi madre y tú no se llevan bien, Ferdinand, pero ella me educó a mí. Sabrá cómo educar a mi hijo para que sea mi heredero.

Quería quejarse. Quería señalarle que no debería confiar en esa viciosa mujer, contarle todas las pruebas que Glückität colocó en su camino a causa de esa misma madre a la que Sylvester tanto amaba y en la que tanto se apoyaba… pero sus palabras caerían en oídos sordos. Además, el niño no era problema de Ferdinand a menos que lo colocaran en el Templo y de verdad esperaba que no lo colocaran ahí. Una cosa era tratar con una niña con memorias de adulta y otra muy distinta era lidiar con un niño cuyos recuerdos correspondían a la poca experiencia que su edad le hubiera dado.

—Entiendo.

—Si —suspiró Sylvester estirando ambos brazos sobre el respaldo del sillón y reclinando su cabeza hasta dejarla descansando ahí mismo en una posición extraña—. Ojalá Florencia también pudiera entenderlo.

Era una fortuna que Myneira no estuviera ahí. Ferdinand estaba seguro de que ese pequeño gremlin no tardaría en saltarle a Sylvester a la yugular, darle un sermón tamaño Rihyarda, gritarle un par de consejos y luego… luego caería con fiebre un par de campanadas por el esfuerzo. A pesar de los jureves, su cuerpo todavía se estaba fortaleciendo y no parecía que fuera a lograrlo pronto.

—Entonces —murmuró Sylvester cómo si acabara de despertar luego de algunos latidos en completo silencio, enderezándose y dedicándole una de esas sonrisas que solo auguraban problemas—, ¿dónde metiste a tu pequeña Suma Sacerdotisa?

La rapidez con que su hermano se anteponía a la frustración y cambiaba de objetivo debía ser una retorcida bendición de Steifebriese… una retorcida y molesta bendición ni más ni menos.

—Es la hermana pequeña de Heidemarie. La conocerás en su bautizo.

—¡Oh! ¿Así que le leyeron la memoria para saber si había atestiguado las bendiciones de la alcoba y si era competente para apoyarte?

—¡Disparates! La niña ha mostrado ser más competente que muchos de los azules aquí dentro. Su capacidad para hacer cuentas sin una calculadora, por ejemplo, es algo que solo se esperaría de uno de los discípulos de la misma Greifechan.

Ferdinand devolvió su copa vacía a Fran para dejar de beber en ese momento, sintiendo un pequeño escalofrío y notando, para su desgracia, la mirada cargada de sorpresa, diversión y curiosidad en su hermano.

—¡Ojojoh! ¿Ferdinand alabando a alguien? Debe ser en serio muy buena con los números. ¿Y va a bautizarse cuando?

—A mediados del verano. Karstedt debería de poder avisarte, ya que Heidemarie y Eckhart van a adoptarla como su hija luego de su unión de las estrellas.

Sylvester cubrió su cara con ambas manos, tallándola en un gesto bastante curioso. Fran observó a Ferdinand un poco asustado y bastante perdido. Ferdinand le hizo señas para traer algunas de las galletas que Myneira le dejó reservadas en algunos frascos de las alacenas para asegurarse de que comiera algo de dulce en su ausencia.

El asistente gris estaba retirándose por uno de los pasillos del servicio cuando Sylvester soltó su rostro de forma dramática dejando salir un sonido extraño y molesto, luego de lo cual procedió a mirar a Ferdinand con un rostro suplicante y… bueno, era la misma mirada que solía poner cuando lo invitaba a jugar y él debía negarse para terminar con todos los interminables deberes extra que le ponía Verónica cuando recién llegó al castillo.

—¡No pueden estarla adoptando tan pronto! ¡¿Cómo se supone que disfruten de su matrimonio si tienen de inmediato a una niña que hay que bautizar apenas media temporada después?!

—Myneira dijo algo por el estilo, por eso Heidemarie le leyó la mente y la están bautizando a mediados del verano y no al día siguiente de atar sus estrellas.

Su hermano estaba más que sorprendido, recuperándose de inmediato para ponerse demasiado cómodo en el sillón, pensando sin dejar de mirar algún punto en el techo, a la derecha de Ferdinand.

—Es buena con los números, sabe que una pareja recién casada necesita algo de tiempo y su propio espacio apenas casarse y Ferdinand la alaba… podría ser una excelente ministra para Wilfried… y solo le lleva tres años… incluso podría ser una buena primera o segunda esposa y…

—Sylvester, lo que sea que estés tramando, te recomiendo que te detengas, justo AHORA.

—¿Qué? ¡¿Por qué?! ¿De pronto te sientes como el orgulloso padre de esa niña y no quieres separarte de ella?!

El rostro de Sylvester era más que odioso y burlón para ese momento. Ferdinand se sentía ahora bastante inclinado a no advertirle, pero viendo cómo Bonifatius estaba cada vez más y más apegado a la niña…

—Bonifatius quiere adoptarla.

—Espera, espera, espera… ¡¿Qué?!... bueno, entiendo eso, digo, nuestro tío siempre quiso una niña en su familia y… ¿No es eso ir demasiado lejos? ¡Es la hermana de tu erudita! ¡La niña podría jugar a ser su linda bisnieta y ya!

—La niña ha jugado TAN bien a ser la linda y adorable bisnieta, que Bonifatius está empecinado en adoptarla si Heidemarie y Eckhart no alcanzan sus expectativas cómo padres para ella... cosa que dudo que suceda con lo, irreflexivo que puede ser Bonifatius. Tampoco le gusta que esté aquí en el templo, sin embargo, Myneira ha sido muy…

—¿Myneira?... Así se llama entonces, ¿por qué me parece un nombre tan familiar? ¿dónde lo escuché?

—La nombraron en honor a la abuela de Heidemarie y ella. Bonifatius dijo algo de haber lamentado mucho la muerte de la mujer. Parece que fueron amigas de escuela ella y una de sus esposas.

Sylvester estaba frotando su barbilla sin dejar de asentir, subiendo uno de sus pies al sillón en una actitud demasiado relajada para cualquier noble, no se diga para el archiduque. Ferdinand solo soltó algo de aire sin decirle nada. Karstedt y Chaocifer bien podrían amonestarlo hasta dejarlo sin orejas en el castillo.

—Supongo que, si el tío Bonifatius la adopta, no me va a quedar más remedio que tratar de convencerlo de prepararla para casarse con Wilfried y ser uno de sus pilares. Así como tú, pero mejorado.

—¿Mejorado?

Una sonrisa divertida apareció en los labios de Ferdinand. De hecho, era irrisorio que ese gremlin fuera mejor que él en algo más que ganar aliados. Demasiado inestable en realidad.

—¡Claro que sí! Imagino que, al igual que tú conmigo, podrá dar consejos certeros y exterminar la mayor parte del trabajo de oficina en poco tiempo. A diferencia tuya, ella bien podría traer algunos cuantos herederos para la casa archiducal. ¿Es linda?

El ceño de Ferdinand se frunció. Se sentía incómodo por la pregunta. Estaba pensando en un modo mordaz de contestar cuando Fran llegó con una fuente llena de galletas y algo de té en un carrito de servicio, sirviendo de inmediato.

Sylvester miró los postres con curiosidad… demasiada curiosidad para el gusto de Ferdinand, quien procedió a explicar las galletas y hacer una demostración de veneno, dejando que Fran le sirviera una buena cantidad en el plato.

—¡Esto está buenísimo! Con razón llenaron tanto tu plato. ¿Siempre comen así de bien aquí?

No planeaba responder, para su desgracia, Sylvester miró a Fran y le hizo un ademán para que él le respondiera a su pregunta.

—La Suma Sacerdotisa ha sido bendecida por Coucoucaloura, milord. Ella ha creado estas galletas, al igual que la mayor parte de los platillos que se sirven actualmente en el orfanato. El Sumo Obispo come con ella a menudo.

Su hermano estaba más que sorprendido ahora, mirando de Fran a Ferdinand antes de reír de esa manera traviesa que tanto le preocupaba a Ferdinand, posando sus ojos de nuevo en Fran.

—¿Y dime, la Suma Sacerdotisa es linda?

Fran lo miró contrariado y Ferdinand no tuvo más opción que asentir. Disfrazado o no, Sylvester seguía siendo el archiduque y Fran un mero sacerdote gris. Estaba obligado a responderle a Sylvester.

—La Suma Sacerdotisa es algo más pequeña que los niños de su edad debido a su constitución frágil y enfermiza, sin embargo, los huérfanos muestran mucho respeto y admiración por ella. Su cabello ha sido bendecido por el Dios de la Oscuridad y sus ojos por la Diosa de la Luz, todo para enmarcar su fresca piel de porcelana y su alegre sonrisa, milord.

—¿Cómo la diosa de la sabiduría? —preguntó Sylvester.

—Se parece bastante a Mestionora —respondió Ferdinand de mala gana—, se parece demasiado.

Sylvester volvió a mirar a Fran, haciéndole un gesto para que ahondara más en su respuesta y Ferdinand asintió para darle permiso de hablar.

—La Suma Sacerdotisa encuentra más que atrayente la sala de lectura y los libros en general, milord. Ella… ama el conocimiento casi tanto como ama toda forma de vida. Los huérfanos se han estado esforzando en aprender letras y números para ganarse algunos elogios sinceros de parte de la Suma Sacerdotisa.

Sylvester se llevó otra galleta a la boca, masticando sin dejar de considerar las palabras de Fran. Ferdinand no sabía cómo sentirse o qué esperar. Su hermano, a pesar de tener un sentido noble bien arraigado podía ser bastante impulsivo e impredesible debido a su exceso de curiosidad y sus bastas bendiciones por parte de Willkürspab, el dios de los juegos y las bromas.

Al final su hermano se puso en pie, preguntándole si podría dar un vistazo al orfanato, a lo que Ferdinand se negó. Si quería entrar al orfanato y ver a los huérfanos debería de pensar en una buena explicación y esperar a que la Suma Sacerdotisa fuera bautizada y autorizara la visita, después de todo, ella era la directora del orfanato.

Para cuando Sylvester volvió al castillo, Ferdinand estaba tan exhausto, que se tomó una siesta de apenas una campanada luego de tomarse una de esas terribles pociones para obtener el descanso de una noche entera de sueño en una campanada, aun si significaba revivir algunos de sus peores traumas para despertar. Todavía necesitaba dar otro vistazo a esos diarios que su hermano y Karstedt acordaron dejar bajo su supervisión. Todavía no lograba entender todo el maldito código de Georgine a pesar de la ayuda de los sacerdotes que sirvieron cuando Beezewants era más joven y que ahora residían en la Soberanía.

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Myneira no dejó de meterse en todo tipo de problemas y situaciones problemáticas ni siquiera durante su viaje a Haldenzen.

La niña revivió un antiguo ritual que acabó temprano con el invierno en la región, llevándoles no solo una fuerte tormenta y una primavera temprana, sino que además provocó el resurgimiento de una rara planta fey llamada Blenryus que tenía años que no formaba parte de las bendiciones de Fortsentse en Ehrenfest. También se dedicó a molestarlo con canciones de lo más indecentes y llamó la atención de demasiados nobles durante su bautizo por el enorme desplante de bendiciones que lanzó. Menos mal que el hecho de que era omnielemental solo lo mencionó a Eckhart y Heidemarie.

Ferdinand no podía decidir que lo tenía más escandalizado, o si soportaría que la supuesta niña de siete recién bautizada decidiera fastidiarle la existencia con letras cada vez más sugerentes. Era una forma atroz de pervertir las bendiciones de Kuntzeal.

No mucho después del bautizo del gremlin, la curiosidad le ganó y decidió preguntarle cómo se veía ella en su vida anterior o a la sugerente canción que lo llevó a acortar el tiempo de estudios de Myneira y aumentar el tiempo que dedicaba a aprender sobre los dioses y los nobles eufemismos.

Myneira no dudó nada en describir su forma anterior, cómo se veía de joven… cómo se veía de vieja.

Quizás por esa razón soñó con ella, solo no con la versión que encajaba con la edad de Ferdinand. Una abuela tan mayor como Rihyarda, con una sonrisa suave no solo en sus labios, sino también en sus ojos, asomados por detrás de un par de monóculos elegantes, caminando con calma y comentando sobre cuanto estaban creciendo sus nietos con tanto orgullo, que cuando Ferdinand se despertó, no pudo evitar preguntarse si era debido a la cháchara interminable sobre lo increíbles que eran los huérfanos y lo fácil que estaban aprendiendo con todos los juegos que les estaba poniendo al alcance o a sus incesantes preguntas sobre agrandar su séquito del templo al tomar a una de las niñas en el orfanato apenas fuera bautizada. Delia, si mal no recordaba Ferdinand.

El otoño pasó al mismo ritmo que sus preocupaciones respecto a Verónica crecían. La mujer no toleraba que nadie destacara más que ella y no tenía idea de qué podría hacer contra su protegida.

¿La usaría en contra de él o intentaría acabar con ella cómo hizo con tantas otras jóvenes? ¿Sabría de las intenciones de Sylvester para atar las estrellas de Myneira a las de Wilfried?

Si lo estaba, era más que seguro que haría lo posible por acabar con la niña. Una princesa Leisegang era algo que no podría tolerar, de eso estaba seguro. No era de extrañar que estuviera fastidiado y más demandante de lo usual. Sabía cómo protegerse a sí mismo, confiaba en su propia resistencia al veneno y en sus estudios como erudito, pero… ¿Dónde quedaba Myneira en el gran esquema de las cosas? ¿Qué haría Bonifatius si la niña moría o era envenenada o debía vivir en el ostracismo en la sala de juegos de invierno?

Quizás por eso Myneira decidió casi enviarlo a saludar a la Pareja Suprema con otra canción, una mucho peor que las dos anteriores, provocando que se sintiera avergonzado y sucio… muy sucio, en especial durante la noche, cuando Ferdinand se sorprendió soñando con una mujer de lacios cabellos negros y almendrados ojos castaños escondidos detrás de un par de gruesos monóculos de algún material desconocido, quien lo llevaba por en medio de estantes llenos de libros sin dejar de sonreírle, hablándole de cada uno de ellos sin llegar a dar demasiadas explicaciones debido a su enorme emoción, besándolo con afecto en algún punto antes de que pudiera visualizarla sudando debajo de él con un sonrojo cruzando su rostro encantado de tener su espada dentro de su cáliz, recordándole un poco el rostro febril que Myneira le mostrara un año atrás, cuando Beezewants la drogó con la intención de obligarla a ofrendarle flores.

Esa mañana se levantó desorientado, sintiendo que su órgano de maná explotaría por su fuerte retumbar, preguntándose si debería castigarse a sí mismo, a ella, o a los dioses por el vívido e impuro sueño que le supuso tener que lanzar un washen para borrar todo rastro de nieve de su pijama y sus ropas de cama.

Por extraño que pareciera, se sintió más ligero ese día y los que siguieron, aun si no hubo más sueños de nieve y cabello negro.

El día que tan angustiado lo tenía no tardó en llegar. Myneira sería presentada en la sociedad durante su debut, adoptada por Bonifatius y dejada en la sala de juegos.

Al ser la de mayor rango entre los archinobles, tendría que cumplir con ciertas funciones que, Ferdinand estaba seguro, cumpliría sin mayor problema. De hecho, fue bueno para ambos hablar respecto a lo que se esperaba de ella la semana previa, aun si parecía emocionada e incómoda a la vez.

—¿Te queda alguna duda, Myneira? —preguntó Ferdinand la noche previa a dejarla volver a su casa en la Ciudad Baja, justo media campanada antes de que la niña abandonara el templo por dos días.

—No… si… ¿estás bien, Ferdinand?

Estaban en la habitación oculta de Myneira con la excusa de darle una revisión médica completa para asegurar que podía presentarse ante los nobles en tres días.

El recuerdo de la pequeña Mestionora dándole las gracias por ser su amigo se le pasó por la mente, con Grammarature cosquilleándole palabras que solo lo dejarían vulnerable frente a ella y a cualquier enemigo que pudiera tomar ventaja de la pequeña.

—Yo… solo haz las cosas cómo te he indicado. Evita al archiduque y a su madre tanto como puedas. Avísame si alguien te falta al respeto en la sala de juegos o si te hacen… bromas demasiado pesadas. Los Linkberg y yo podríamos ser tus únicos aliados en ese lugar, mejor que te prepares.

En realidad, quería hablarle de su propia experiencia, terrible y angustiante en la sala de juegos. Los intentos de asesinato que sufrió a manos de Verónica. Cómo su cuerpo fue usado por las asistentes de la mujer para burlarse de él y exponerlo tanto como les fue posible sin que su padre pudiera castigarlas por tocarlo sin llegar a teñirlo. El inmenso miedo que tenía a que Verónica la viera como una amenaza y decidiera acabar con ella por ser una princesa Leisegang… pero no podía decir nada, no podía cargarla con todo eso sin importar cuan sincera y confiable pareciera el día que le dijo que podía contarle todo lo que deseara.

Ella era una niña recién bautizada. Él era un adulto sin importancia alguna iniciando su otoño. Era obvio quien debía proteger a quien. Era obvio quien debía callar y servir de escudo para el otro.

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Notas de la Autora:

La imaginación puede hacer cosas super interesantes mientras uno sueña, en especial si ha sido sugestionada de algún modo, influyendo de inmediato al inconsciente y a los sueños. ¿Los sueños son entonces recuerdos perdidos? ¿o son el producto del estrés, las pláticas y un par de detalladas descripciones?

Espero que tengan un excelente domingo y un muchísimo mejor inicio de semana.