N/A: Mil disculpas por los dos días de retraso que tuve para subir el capítulo. Ha sido una semana a todo gas y me olvidé por completo de que cada domingo debo actualizar el fic.
Muchas gracias a mi elfa por leer el capítulo, nuevamente. De hecho, le gustó mucho toda la trama de relaciones que voy montando. Creo que, al menos comparado con Rebelión, estoy haciendo un buen trabajo desenvolviendo a los personajes. Sé que algunos muchachos como Tharvion han desaparecido, pero no se preocupen porque tendrán sus momentos.
Disfruten:
Capítulo 8:
Perspectiva: César
Las tres lunas de Mewni nos bañan al unísono con sus luces. La tierra, por su parte, ruge con cada paso que da nuestra legión. El primer río está lo bastante manso como para que nosotros, siendo dos mil dos, lo atravesemos a pie con los cuarenta kilos de equipamiento que llevamos cada uno. Más o menos a las dos y media de la madrugada, nos detenemos a pocos kilómetros del puente Jaggy debido a la llegada de otro ejército cuyo tamaño se compara al nuestro. Los demonios se acercan en falange, pero detienen su avance a último momento para reverenciar a su rey.
"Abbeas", murmuro entre tanto que me abro paso entre mis filas para quedar frente a él.
—Bueno, tengo que reconocer tus méritos —carcajea con soberbia—; convertiste el basurero de tu madre en un reino competente.
—Es una república —lo corrijo.
Él se echa a reír de nuevo. La tensión entre nuestros soldados es palpable; cualquier movimiento en falso desatará una batalla.
—¿Vinieron a impedir que pasemos el puente?
—Para nada —chasquea sus dedos y algo empieza a moverse entre la masa de demonios —. César, te propongo un intercambio…
Ese Mariscal de piel color ceniza y cabello turquesa sostiene a mi Willow del brazo. Ella está vestida con un vestido negro que se ajusta en su cintura, calzas que parecieran hechas de telarañas negras, y unos tacones del mismo color.
"¡Willow!", intento acercarme, pero las lanzas de los demonios apuntan hacia mí.
"¡Formación!", comanda Tancrede, pero los detengo con un gesto de mi mano.
—Aquí y ahora vamos a resolver esto, César. —Abbeas, cuya altura es igual a la mía, se acerca temerariamente hasta juntar nuestras frentes— Dame a Morgana y tendrás a tu prometida. ¿No es esa la razón por la que haces todo esto?
Permanezco firme, sin caer en su intento de dominarme, pero mi corazón tiembla al saber que Willow está aquí. Aún así, jamás entregaría a una persona con el fin de obtener a otra.
—Eres un degenerado —espeto—, y si crees que voy a intercambiar a mi gente como si fuera ganado, estás muy equivocado.
Permanecemos en silencio, sintiendo nuestras frentes en esa tensión, a un puñetazo de comenzar una batalla.
—Ya veo… —sonríe y se aparta como si nada hubiera pasado—... Entonces me quedaré con Willow y haré que sea mi reina consorte.
Las frías manos de Abbeas capturan las mejillas de mi amada y la fuerza a un beso en mi cara. Puedo escuchar el jadeo ahogado de Willow cuando Abbeas termina el beso con un hilo de saliva entre sus lenguas. Los celos se apoderan de mí, quisiera cercenar esa sonrisa con todo y su cabeza.
—¿Sabes lo que hizo tu prometido, querida? —Abbeas me ve con una sonrisa maliciosa.
Intento acercarme para callarlo, pero sus hombres de nuevo extienden sus lanzas.
—Morgana tenía una maldición que la subyugaba a mis designios —comienza a explicar para todo el público—; la única forma de perderla era que alguien invadiera su vientre. En otras palabras, el mismo hombre al que amas y que tanto lucha por ti, esta misma tarde se acostó con esa mujer que ves a unos metros de él.
Willow me ve con asombro y decepción. Morgana, por su lado, se acerca y pone una mano sobre mi hombro:
—¡César quiere lo mejor para su gente! —comienza a defenderme, para el dolor de Abbeas— Prefirió sacrificar sus emociones y robarme de ti antes que dejarte arrebatarle algo más.
—Tú solo eres una oportunista —por fin, el rey Lucitor comienza a perder los estribos—, que pudre todo lo que toca para su conveniencia. Yo te amaba, y tú solo te fuiste sin decir nada, sin dar una explicación. Cumpliste con nuestro sueño, pero sin mí.
—Simplemente no tenías valor para mí —le responde con toda la crueldad e indiferencia que guarda en su interior—. Tu padre también sabía que eras débil, por eso temía dejarte la corona. Un hombre incapaz de tomar acciones, que se conforma con lo seguro y no se impone, tan sólo me provoca repulsión. Ser tu novia era una excusa para tomar tus legiones, pero irónicamente no las necesité.
Las manos de Abbeas emiten fulgores rojizos por doquier. Mi legión extiende sus escudos, pero de nuevo les indico detenerse. Extiendo mi guantelete hacia él y respondo de la misma manera:
—Esta batalla no es contigo, Abbeas. Retírate y pospongamos esto para otro momento.
La tensión vuelve por unos instantes hasta que el rey desiste. Llevo la mirada hacia Willow y busco algo de piedad en ella, pero sé que rompí su corazón:
—Sé fuerte, Willow —algunas lágrimas escapan de mis ojos—, te prometo que encontraré la forma de llevarte a casa.
Abbeas se la lleva del brazo como a una muñeca y se pierde entre sus filas. Belias me sonríe y asiente: "Buena suerte luchando contra los Jaggy. Ojalá pudiera quedarme a ver la carnicería".
Contemplo cómo la legión demoníaca se retira por un lateral hacia el sur. Dejo salir un suspiro de angustia por saber que Willow está ahí, pero no puedo hacer nada por sacarla.
"Tranquilo…" Morgana acaricia mi mejilla. Me aparto de nuevo; no quiero más contactos así.
"¡Legión!", comando a todo pulmón, "¡hacia el puente!"
Perspectiva: Draig
Estamos cerca del amanecer cuando arribo a la aldea. Al aterrizar, cambio a mi forma mewmana (y verdadera) para entrar en la cabaña donde Astrid descansa. Su amiga Kaile está cambiando las compresas de su frente y papá se limita a permanecer sentado a su lado.
—Estoy en casa —murmuro con una sonrisa que esconde mi preocupación.
—Hijo, por fin —papá se levanta y palmea mi cabeza—. Antes de que la acompañes, necesito que hablemos afuera.
Asiento sin atreverme a cuestionarlo y vuelvo a salir.
—Hijo —cierra la puerta de madera tras de sí—, no he tocado césped, ¿qué viste en tu guardia?
—Una legión yendo hacia el oeste… unos seis mil hombres, César, un oficial y… ya sabes quién más.
—Esa maldita bruja —refunfuña—. César debe querer las minas del reino Jaggy. Si esto sigue así…
—Padre, ¿qué tal si él no es el emperador? —me atrevo a cuestionarlo—, porque piénsalo así: el rey Abbeas es quien más desea conquistar. Todo esto es culpa suya, y-
—No, hijo, no es culpa de Abbeas —me interrumpe—; lo que César quiere es unificar la superficie en un solo gobierno, y eso es exactamente lo que advierte la profecía.
Él palmea mis hombros con orgullo, aunque no puedo corresponderle:
—Tu magia es intensa, Draig. Desde que te tuve en brazos supe que serías el druida más poderoso.
Él se separa y procede a retirarse:
—Nuestra neutralidad debe acabar, hijo.
Esa última frase me deja ahí, inmóvil, viéndolo partir. Las enseñanzas del primer druida, Belicoso, nos dicen (con cierta ironía por su nombre) que jamás debemos ir a la guerra, sino preservar el orden natural del Mewni. Esa es la comitiva y el propósito de nuestras poderosas disciplinas mágicas y marciales.
—¿Qué estás haciendo ahí afuera, tonto? —Kaile me llama ansiosa—, ¡ven con tu mujer, que yo me tengo que ir!
"¡Disculpa!", balbuceo entre tanto que intercambiamos lugares. Entro con una sonrisa a la cabaña donde Astrid descansa y me siento junto a ella. Sostengo su mano con firmeza y remuevo sus cabellos rubios de su vista.
—Hola —me devuelve la sonrisa—. Tu hijo es muy demandante… ¿a quién habrá salido?
Dejo escapar una risa y beso sus labios:
—Hablaré con papá, quiero quedarme contigo hasta que des a luz.
—No, no —niega con nerviosismo—. Tu padre me mantiene al tanto de la situación con los Butterfly. Te necesitamos más que nunca, Draig.
Suspiro con resignación. Si tan sólo pudiera contarle cómo me siento al respecto.
—Ya pensé un nombre… —cambia de tema con otra sonrisa—: si es niña, Briana…
—¿Y si es varón?
—Pensé en ponerle el nombre de tu padre —carcajea con algo de dolor—, pero creo que sería mejor darle el tuyo.
—No lo sé, creo que sería confuso tener a dos "Draig" merodeando por ahí —río con ella y le robo otro beso—, ¿alguna otra idea?
—Es que me gusta tu nombre —insiste juguetona—... ¿Drago?
—"Drago"... —respondo a su sugerencia y la repaso una y otra vez por varios segundos—... ese nombre suena imponente, sí… mi hijo, Drago… "Drago Arcani".
—"Nuestro", querrás decir —hace una mueca de enfado—; no olvides quién lo está llevando en su vientre.
Nos reímos juntos y le hago compañía hasta el amanecer. Cuando siente dolor en su matriz, acaricio su vientre para calmarla. Consigo hacer que se quede dormida, y eventualmente yo también cedo al llamado de la naturaleza.
Perspectiva: Tancrede
El sol asoma tímidamente por nuestras espaldas. Una gran cantidad de guerreros nos esperan al otro lado del puente, con sus flechas de finos detalles y con esa infantería de brillantes armaduras que los cubren del pecho a los pies. Los Jaggy han sido erróneamente conocidos como "los mejores de la superficie", título que sólo se sustenta por su tecnología intimidante. El César nos ordena parar a unos cincuenta metros del puente. Su delgada figura se aleja temeraria, como si fuera a presentarse al enemigo. Un diluvio de flechas cubren el sol en cuanto su pie se posa a unos veinte metros de nosotros. Las flechas no llegan tan lejos como par darnos, pero logran impactar a nuestro jerarca. Sin embargo, cuando los últimos proyectiles terminan de encontrar su destino en el suelo, el guantelete alzado revela un campo de fuerza azulado que ha mantenido a su invocador intacto.
"¡Cohortes legionarias, a mi señal!", grito a la par que levanto el estandarte de la república. Somos siete cohortes y setecientos noventa arqueros auxiliares plantados aquí. Unos diez kilómetros detrás debería estar acampando la otra mitad de la legión, manejada por Gerard, que custodia nuestra retaguardia y el perímetro de la ciudadela.
"¡Primera cohorte, testudo!", comando, lo que provoca la formación de un gran y sólido bloque de escudos. Apunto a las cohortes menores haciendo el mismo gesto con el estandarte para que repliquen la formación. Mientras los otros seis testudos se forman, el nuestro avanza con cautela rumbo al puente. Con mi escudo en la espalda y mi espada en mi cinturón, ocupo mi lugar detrás de mis hombres levantando el estandarte para que los Jaggy puedan verlo. Nos toma diez minutos alcanzar los ladrillos del puente, no sin antes haber recibido dos lluvias de flechas.
—Únete a la formación —me ordena César—, que yo me quedaré aquí para recibir a las otras cohortes.
—Como ordene, señor —clavo el estandarte y desenfundo mi equipo—. Por usted, ¡hasta el final!
Me abro paso entre la formación que ya se está angostando por el modesto ancho del puente. Mi escudo se posa en el centro de la primera línea, donde pronto recibiremos las lanzas de la élite Jaggy. Las flechas zumban como insectos al caer sobre nosotros; de no ser por los escudos, estaríamos muertos hace tiempo. Empero, las puntas a veces logran traspasar la madera y encarnarse en nuestra gente, pero ellos siguen impertérritos pese a tan agudo dolor.
"¡Caballeros a las doce!", indico por cuanto alcanza mi volumen: "¡Prepárense para romper el testudo!"
Otra lluvia de flechas nos alcanza junto antes de romper la formación y comenzar el contacto.
«Imbéciles», río a mis adentros, «si hubieran reservado esa ráfaga unos instantes más, de seguro estaría muerto».
Las lanzas de los Jaggy son largas y afiladas. Sus armaduras parecen impenetrables, pero un militar con experiencia comprende que donde haya un cuello expuesto, hay una chance de vencer. Justo cuando las flechas iban a caer sobre nuestros cascos, una avalancha de setecientas noventa flechas incendiarias nos bendicen con su calor abrasador. Puedo jurar que oigo los gritos y alaridos de muchos arqueros al otro lado del puente, que tan cobardemente se resguardan de nuestras espadas.
"¡Ya vienen los otros testudos!", balbuceo antes de dar un espadazo arqueado al cuello de un lancero, "'¡sigan peleando! ¡Rompan esas malditas lanzas!"
Perspectiva: Morgana
Los arqueros recargan y vuelven a disparar contra el enemigo. Mi magia se siente densa, seguramente por la intensa carga emocional que me generó ese momento con César.
"¡Draconis Proinum!" Invoco una tormenta de cenizas que escapan de mis palmas. Éstas viajan como nubes hasta el otro lado del río y, cuando tengo visión de todas las levas enemigas, junto las palmas y descargo una llovizna de brasas. La arquería de los Jaggy está bien equipada con chalecos, muñequeras y tobilleras, por lo que aguantan a medias el dolor de estar siendo quemados. Sus flechas viajan una vez más, pero con menos precisión tras cada emisión.
«No es suficiente», me desafío a mí misma. Concentro la magia sobre mis pies y asciendo para otear el otro lado del río.
"¡Venificiis Vultus…!", concentro la energía en una esfera de tintes morados. Disparo una tras otra: explosiones entintadas en el color de mi hechizo oblitera soldados por docenas. La mayoría de formaciones corren sin separarse para dejar de ser impactados, pero los malditos arqueros no desisten de abandonar sus posiciones. Centro mis hechizos en el puente; tras el primer disparo, me percato de que la explosión afectó a la primera línea de nuestro lado y también malogró severamente la estructura. Chasqueo la lengua con frustración y vuelvo a hostigar a las reservas.
César, por su lado, camina entre los testudos hasta dar con el frente, justo en el centro de la primera línea.
"¡¿Pero qué hace este mocoso imbécil?!", grito en voz alta para mí.
Perspectiva: César
Jadeo por el esfuerzo cuando la primera lanza enemiga se clava en mí. Nuestros escudos son fuertes, pero esta maldita falange de lanceros es difícil de tocar.
—¡¿Señor?! —me llama un Tancrede magullado— ¡¿Qué hace aquí?! ¡Retroceda inmediatamente!
Consigo partir una lanza y casi me arrojo a matar, pero ese lancero retrocede y es sustituido por otro.
—¡No iré a ningún lado! —contesto entre gruñidos por aguantar esas lanzas clavándose en mi escudo.
Los arqueros Jaggy consiguen disparar otra ronda de flechas, que caen sobre nosotros y matan a unos cuantos en las últimas líneas. Percibo el miedo en mis legionarios, así que junto el aire en mis pulmones para gritar:
"¡No se rindan! ¡Lucharemos hasta qu-"
Perspectiva: Tancrede
La sangre de César me salpica. Una lanza logró atravesar su escudo con tanta gracia que le perforó la mejilla. Nuestro señor cae adolorido y a duras penas volvemos a reponer el frente.
"¡Derribaron al César!", grito iracundo. "¡Malditos perros incestuosos!"
Me arrojo contra un lancero y rebano su cuello. Mis hombres se inspiran por mi táctica y la imitan; en menos de un minuto matamos más de cien.
"¡Por César!", exclamo, y todas las cohortes rugen sedientas de más batalla. Siento un calor ardiente en mi pecho y éste se irriga por mis brazos y piernas. No entiendo por qué, pero siento que podría estar todo el día masacrando a estos desgraciados. Pasamos media hora para atravesar el puente, pero aquí estamos tras varias bajas. Los arqueros Jaggy, lejos de tomar la sabia decisión de disparar a nuestros rostros y pechos, continúan arrojando sus flechas a los testudos detrás nuestro, lo que resulta inútil dado que no pueden atravesar nuestra larga masa de escudos.
"¡Concéntrense en la infantería!", ordeno justo antes de que dos falanges nos ataquen por izquierda y derecha respectivamente.
Perspectiva: Gerard
Despierto entre las risas y el olor al almuerzo de los soldados en el campamento. El pequeño Seth duerme tembloroso en un saco al otro extremo de la tienda.
Me levanto para recoger la brisa un tanto cálida y el fervor de los soldados.
«Maldita sea», pienso, «me dormí…»
Hay algunas nubes un tanto oscuras, lo que me indica la clase de masacre que habrá ocurrido por la mañana.
"¡Señor!", un arquero mal vestido me alcanza un papiro; reconozco la letra de Morgana en el momento. "Es el informe de la ba-
"Lo sé", palmeo su espalda y lo empujo para que me deje leer tranquilo. Perdimos a novecientos hombres, pero el reino Jaggy perdió a dos mil quinientos. Es una gran victoria para nosotros, si consideramos que su ejército estaba mejor armado y era más numeroso que el nuestro. No obstante, veo que la mayor pérdida es de infantería y, por ende, sus posibilidades de aguantar un asedio son más bajas que nunca, dado que el castillo Jaggy está hecho para emitir flechas indefinidamente.
"¡Frota más fuerte, atontado!". Por mera casualidad escucho la discusión entre algunos legionarios que intentan prender una fogata.
"¡Traigan paja que sí esté seca, imbéciles!"
"Nada de eso", lo empuja otro soldado, "¡esto es porque frotas como una nena!"
Seth, que al parecer se levantó después de mí, camina hacia mí para tornarse rígido y hacer un saludo militar.
"Descanse, soldado", palmeo su cabeza escamosa con una tenue risa.
Los soldados continúan con su riña, pero entonces el joven septariano se introduce tímidamente entre la ronda de legionarios. Están a punto de echarlo a patadas, pero desisten ante mi vigilancia dominante. Sin ningún esfuerzo, Seth expulsa una pequeña llamarada con su aliento y enciende la fogata para que puedan cocinar sus almuerzos. Sonrío satisfecho al ver que los soldados lo levantan con vítores; monstruo o mewmano, parece solo se necesita lealtad para ser legionario.
Mi vejiga comienza a sentirse, indicando consigo que es hora de evacuar. Me pierdo tranquilamente en un bosque cercano, silbando la melodía que tanto le gustaba a Soupina. Desabrocho mi cinturón, levanto mi túnica y bajo el flexible short que usamos como ropa interior. Estoy casi un minuto descargando; percibo algo extraño a mi alrededor, como si me estuvieran observándome desde varias direcciones. «Algún leodragón, quizá», murmuro en mis entrañas.
…
Un peso ligero se sube a mis hombros; en cualquier otra situación podría defenderme, pero en este momento estoy tan expuesto que me dejo caer a un lado. Veo una silueta femenina, aunque está encapuchada con un shemagh, de forma que su facciones no se dejan ver. Ella extrae un puñal de su cinturón y lo precipita con todas sus fuerzas a mi rostro, pero la capturo con un solo brazo. Forcejeamos por unos instantes y diviso con más detenimiento su vestimenta: no lleva nada cubriendo su pecho más allá del shemagh, y viste unos pantalones blancos de algodón bastante ajustados.
"Druida", murmuro con cierta ira. Su cuerpo es muy delgado, por lo que zafar mi otro brazo de su agarre no me supone inconveniente. En cuestión de instantes, termina siendo ella la que está debajo. Descubro su rostro pálido: su cabello es corto y de un color verde oscuro:
—¡No! —intenta zafarse—, ¡espera!
—Sabía que Athair se entrometería en nuestros asuntos —acerco el cuchillo a su cuello—. Dame una sola razón para no acabar contigo y avisarle al César que tenemos un nuevo enemigo.
—¡S-sólo estoy buscando medicinas! —articula pese a que el cuchillo estruja sus cuerdas vocales.
Detengo mi amenaza de inmediato:
—¿Medicinas? —arqueo una ceja—, creía que los druidas eran expertos en plantas y animales.
—Mi amiga está embarazada y nada de lo que le doy funciona —explica entre lágrimas—, quería pedirles ayuda, pero el mentor dijo que no… lo siento, pero necesitaba hacerlo, mariscal.
Dejo salir un suspiro que refleja mi molestia. Tiro el cuchillo y la ayudo a levantarse.
—De acuerdo, dos cosas —me cruzo de brazos—: Primero y principal, nunca vuelvas a interrumpir a un hombre mientras hace sus necesidades.
Se sonroja y agacha la cabeza.
—Y segundo —extraigo el saco de ungüentos de mi cinturón—, esto es toda la medicina que tengo. Son para curar heridas, amiga… dudo que a la parturienta le sirvan.
La joven muchacha suspira y me empuja el saco, indicando que no quiere nada.
—Puedo conseguir un médico —le digo tras un instante de silencio.
—¿De verdad?
—Solo si prometes que no nos van a enterrar vivos con esa extraña magia druídica —carcajeo.
Asiente y sonríe, aunque se denota la gran vergüenza que hay en su corazón.
—Mi nombre es Gerard —ofrezco mi mano izquierda, que no se involucró en mi deposición—, soy el cónsul de la república; el cargo de mariscal ya no existe.
—K-Kaile —tartamudea y acepta mi saludo.
Le pido que se siente en un tronco caído y espere a mi regreso. Recojo un mapa de mi tienda y regreso al bosque con ella; habré tardado unos cinco minutos. Grata es mi sorpresa al ver que ella sigue ahí. Es bien conocido que los druidas son muy huraños con aquellos que no son de su credo, y que las mujeres son especialmente reacias a emparejarse con nadie que no sea un druida. Empero, esto me indica que sí necesita ayuda.
—Bien —acerco el mapa y un trozo de carbón—, ¿me puedes indicar adónde ir con el médico?
Perspectiva: Morgana
Tras cruzar el puente, contar las bajas y redactar el pergamino para Gerard, me dispongo a curar a César. La batalla continuó una vez pasamos el puente, pero nuestros legionarios lo tenían todo bajo control. Cuando la infantería Jaggy se retiró, la arquería también lo hizo. Estallé por los aires a muchos antes de descender a tierra.
—Quédate quieto —hago que César se siente frente a mí.
Acerco mi mano con un hechizo curativo a su mejilla, pero él ladea la mirada para no verme.
—¿Ahora qué te pasa? —pronuncio hastiada.
Estamos en silencio unos instantes y lo vuelvo a intentar.
—No… —me aparta, aún sin querer verme.
—¿Es por lo que hicimos anoche? —pregunto sin más—. No estabas tan huraño conmigo cuando compartimos tu cama, César.
—¡Cállate! —susurra todo ruborizado—, ¡te van a escuchar!
Dibujo una sonrisa traviesa en mis labios.
—Tranquilo, debes verlo como un sacrificio. Olvídalo, haz de cuenta que nada pasó.
Insisto en curar su herida. Logro detener la hemorragia, pero él se quita de nuevo:
—Quiero conservar la cicatriz.
—¿La… cicicatriz? —arrugo la nariz—. Como quieras…, pero arruinará ese rostro de angelito que tienes.
Él resopla y ofrece su lugar a otro soldado, cuyo brazo está perforado por tantas flechas que su escudo atajó. Le dedico una mirada pícara a César antes de seguir con mi trabajo.
—Esto es lo que merezco por desobedecer.
Hago una mueca de cansancio por su constante insistencia de recordar lo que hicimos, pero entonces agrega:
—Mi obediencia al Aquilifer me dio todo esto, y hoy rompí una de sus reglas: me arrojé a la batalla como un soldado más en lugar de quedarme dirigiendo.
Puedo ver su capa ondular mientras se aleja. Es tan extraño, pero a pesar de su edad tan joven, César consigue despertar demasiadas emociones en mí… y eso me preocupa.
Perspectiva: Willow
Me pasé toda la tarde llorando. No he podido quitarme el vestido; no sólo por mi sufrimiento, sino porque el calabozo en el que me arrojó Abbeas no tiene ningún lugar donde pueda cambiarme. Lo único que hay es un pozo que fungiría de baño y la casi imperceptible luz de una luciérnaga.
«César…» pienso en nuestro encuentro, en sus palabras y en lo cambiado que está. La acusación de Abbeas es lo que más me duele, porque mi prometido no fue capaz de desmentirlas, de decirme "¡está mintiendo!". Lo peor de todo es esa mujer, "Morgana"... con esa silueta esbelta, como si rogara por estancarse en esos veintes que ya habrá pasado hace tiempo. El solo hecho de pensar que alguien más tomó mi lugar en ese dulce momento, me inyecta de un cóctel intenso entre tristeza y odio. Para más inri, Abbeas me robó un beso tan sucio y apasionado; lo hizo con odio, me usó para generar dolor en César.
"¿Willow?" Una voz casi tan dulce como la de Soupina me llama. Abro los ojos con miedo al notar la luz que me revela cuando se abre la puerta de mi celda.
—¿Q-quién eres? —me seco las lágrimas al tallar mis ojos legañosos.
—Nos hemos visto un par de veces, cuando ayudabas a Dominetórix —la sirvienta de piel púrpura deja un balde a mi lado y con una franela empieza a limpiar mi rostro—. No entiendo cómo Abbeas puede ser tan cruel, si tú no hiciste nada malo.
Su tacto es el más gentil que ha sentido mi piel desde que estoy en el inframundo. Intento controlar mis emociones, pero las lágrimas siguen brotando.
—Perdón… —murmuro a la par que ella limpia la tierra de mis brazos.
—Tú no hiciste nada malo —contesta—. Ese Abbeas… después de lo que hizo con su propio padre, no es digno ni de pisar el inframundo.
Nicté deja la franela en el balde y aparta el cabello de mi rostro. Me aferro a ella para levantarme y caminar afuera del calabozo.
"¿Huele bien?", pregunta el mariscal Belias, que nos recibe (para mi horror) cuando abandonamos la mazmorra.
—Tranquila, es mi novio —me sonríe y enseria su rostro para él—. Estuvo en un calabozo todo el día, ¿tú qué crees?
Él chasquea la lengua y saca un frasco de cristal negro; me irriga ese perfume frutal por mis mejillas, cuello y muñecas.
—El rey Abbeas quiere cenar contigo —asevera.
Me llevan por el tétrico castillo del que llevo un año acostumbrada. Cuando llegamos a la puerta del comedor, Belias se acerca a mi oído y susurra:
"Por tu bien, no lo hagas enojar".
La puerta se abre y ellos se retiran. Abbeas está cabizbajo, sentado en la silla principal. Recuerdo ese beso que robó de mis labios y siento una mezcla de náuseas e intriga. Él asoma su mirada ojerosa y me sonríe tras hacerle una forzada reverencia:
—¿Me llamó, su majes-
—Willow, por favor —carcajea con extraña serenidad—, no necesitamos esa formalidad. Llevas todo un día sin comer, ¿no? De seguro tienes hambre…
Me siento a su lado, pero no puedo seguir fijándome en él cuando tengo semejante banquete frente a mí: los mejores cortes de cabracerdo asados con tanta sutileza que hasta la costra se ve jugosa. La ensalada es una recolección de verduras salteadas, tan bien hechas que el tenedor se desliza con gracia entre las piezas, como si fueran un solo alimento. Recojo mis cubiertos y comienzo a cortar el gran filete que está en mi plato.
—Insisto —me alcanza un cáliz hasta el tope de agua—, no hay necesidad de formalidades…
Lo miro extrañada por unos instantes, pero no puedo resistirme a su invitación; arrojo los cubiertos y comienzo a devorar mi plato con las manos, tan hambrienta como sedienta. Me chupo los dedos antes de recoger el cáliz y vaciarlo en segundos.
"Más agua, por favor", lo miro avergonzada.
Él asiente con morbo y vuelve a llenar el cáliz mientras que yo acabo con la carne y paso a zamparme la ensalada.
«Qué… asco… doy», me repito una y otra vez, pero simplemente no puedo parar. Al terminar mi plato, dejo salir un eructo y me reclino contra la silla.
—Perdón, señor, yo-
—Un eructo es lo mínimo que merezco —me alcanza un rollo de servilletas—. ¿Te gustó la comida?
Asiento con una sonrisa de saciedad y me limpio las manos y el rostro.
—Willow, ¿sabes lo que pasará si regresas con él?
Me quedo callada. La comida me había hecho olvidar por un momento de lo que pasó esta mañana.
—Morgana conseguirá sacarte del camino de una u otra forma, querida —asevera—. Así lo hizo con las brujas, su propia etnia: se alió con sus peores enemigos, las mató a todas y encima también traicionó a sus aliados y les robó su posesión más valiosa, el Manuscrito de los Druidas.
No estoy muy enterada de Historia, ese era César…
«César…», su nombre resuena en mi mente y hace que broten las lágrimas.
—No te preocupes —acaricia mi mejilla tras secarme una lágrima, pero lo aparto rápidamente—. Willow… yo no soy malvado, simplemente velo por mi gente y su estilo de vida. Sé que Soupina tenía otra forma de-
—Soupina se mezclaba con su gente y les daba de comer —lo interrumpo con una mirada desafiante—. Soupina ayudaba a todo el mundo sin distinción. Jamás amenazó a ningún rey ni secuestró a nadie.
—Tienes razón… —me ofrece una expresión de tristeza que se siente más falsa que otra cosa—, por mi culpa estás aquí. Pero dime, ¿acaso César es mejor? ¿Sabes la clase de cosas que tu novio ha hecho?
Aparto la mirada; él tiene razón, me han dicho tantas cosas de César y ya no sé qué creer.
—A estas horas ya debe haber conquistado el reino Jaggy —murmura con esos fríos dedos blancos entrecruzados.
—No, César no es capaz…
—Pero si ya conquistó a los Johansen —carcajea—. ¿Crees que él es como su madre? ¡Claro que no! César es todo un conquistador, un enfermo de poder. Quiere recuperarte, y Morgana está explotando sus emociones para que haga lo que ella quiera.
Me levanto y estoy a punto de irme, pero sé que no puedo hacerlo sin permiso. Me está diciendo demasiadas cosas y me siento saturada, no puedo más.
—Ve a dormir a tu antigua habitación, Willow. Estás libre. —Cuando lo reverencio y doy media vuelta, me detiene— Pero piensa en esto: nuestras parejas nos fueron infieles entre ellos. Mientras ella esté con él, no te dejará interponerte. Te matará, Willow. Quédate conmigo…
Suspiro y ladeo la cabeza:
—Necesito pensar… —vuelvo a reverenciar y encaro a retirarme—. Con su permiso, majestad.
