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LIBRO TERCERO

.Decimotercer Acto - Completa e Incondicionalmente

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Hinata tomó la mano de Itachi mientras miraba la lluvia caer. Lo veía sonreír, como si algo muy pesado hubiese sido levantado de sus hombros y el horizonte estuviese lleno de oportunidades nuevas para ambos.

Se preguntó si alguna vez sus ojos lucieron así antes. Desde que era una niña había contemplado tanta oscuridad y soledad en ellos, que percibir algo de tranquilidad en su mirada la descolocó. ¿Cómo debía reaccionar ante las emociones que veía reflejarse en el rostro de ese hombre que era su esposo, pero al mismo tiempo, un extraño para ella?

Sabía que debió sentirse completa y feliz; finalmente había escuchado algo de su verdad, lo que él sentía por ella, sobre todo porque Itachi no solía mostrar sus sentimientos. Supuso que para él, hacer algo así era una muestra de debilidad y vulnerabilidad que no se podía permitir. ¿Cómo un shinobi del calibre de Itachi podía permitirse fallos u errores al momento de actuar? Aquello era descorazonador, pues creía que entre más guardaba en su interior, más era el dolor que cargaba por su cuenta.

Al verlo sonreír, al sentir su mano fuerte y tibia aferrándose a la suya, su propio pecho se comenzó a sentir pesado, su cabeza llena de dudas, su corazón angustiado. En cualquier otro momento de su vida si hubiese encontrado su mano así, se habría sentido segura, amada, a salvo de cualquier tristeza. No obstante precisamente en ese momento, experimentó lo opuesto en su corazón, formándose un nudo en su garganta.

Hinata había visto la condición en que se encontraban los órganos de Itachi, así como sus ductos de chakra. No sabía si estando tan débil pudiese mejorar su salud o si quiera resistir el próximo desgaste físico que tuviese en que su sistema circulatorio de chakra fuese puesto a prueba. ¿Cómo reaccionarían sus órganos al respecto? ¿Podría resistir algo así? ¿Hacía cuanto tiempo estaba sufriendo de esa manera en silencio?

Frunció el ceño con preocupación y apretó la mano de Itachi. El deseo de llorar la invadió. No lo haría, no quería que la viese así. Él ya tenía demasiado que sobrellevar para además tener que cargar con ella y sus miedos. Necesita ser fuerte si iba a poder apoyarlo, ser la persona que él necesitaba que cargara con todo ese dolor que llevaba dentro y que había visto durante la noche.

―¿Qué sucede? ―le preguntó de inmediato, sin voltear hacia ella pero con sus ojos mirando en su dirección.

―N-nada ―respondió suave e Itachi no insistió―. ¿Podemos volver a entrar? Nos estamos mojando y no llevamos demasiada ropa encima.

―Cierto, lo lamento.

Ambos volvieron en silencio a la cabaña. Hinata intentó calentar agua una vez Itachi terminó de prender el fuego y terminaron sentados en la mesa de centro bebiendo té.

Las palabras entre ellos no fluían, cada uno sumido en sus propios pensamientos. No era un silencio incómodo, más bien... parecía necesario. Muchas cosas habían sido dichas que requerían de su análisis y Hinata se preguntó mientras miraba a Itachi con los ojos perdidos en las llamas si lo que había dicho sobre amarla sería verdad. Comprendía que para alguien como él que parecía guardar tanto, abrirse así era difícil, por lo que no lo presionó ni quiso saber en qué pensaba. Le daría su espacio.

Pero más importante aún, en ese momento, ella necesitaba del suyo. Había tantas cosas en su cabeza revoloteando caóticamente que necesitaba ordenarlas.

―Iré a entrenar ―dijo poniéndose de pie―. Guardé la comida de anoche en la alhacena, por si tienes hambre Itachi-san ―le dijo dirigiéndose al futón en el suelo sobre el cual había dormido.

―Gracias ―le respondió sin mirar, ni tampoco preguntarle si deseaba compañía. Quizás comprendiera que deseaba estar a solas.

Debajo de la almohada se encontraba su desgastado portaherramientas con el símbolo de Iwagakure. Se agachó para recogerlo.

―¿Por qué entrenas, Hinata-san? ―le preguntó sin apartar la vista del fuego―. ¿Qué es lo que pretendes ganar siendo una kunoichi al servicio de Akatsuki?

Hinata se paró derecha y lo observó con las cejas fruncidas. Si bien no la estaba juzgando ni le decía que lo que hacía era negativo, había algo en la forma que se lo había preguntado que le causó la impresión de que no aprobaba de ello.

―Deseo un mundo en paz y sin guerras.

―¿Y la respuesta para eso es que tú seas una kunoichi?

―La organización debe encargarse de quienes buscan causar conflictos. Si soy débil, no podré ayudarlos.

―Los conflictos no terminan causando aún más conflictos ―suspiró pesado y Hinata notó que su mirada se volvía triste―. El tiempo me ha enseñado que hay muchas vías para intentar hacer que las personas se entiendan unas con las otras. Deberías agotarlas antes de desear pelear. Y sobre todo, no deberías ser un peón de la voluntad de los demás.

―¿Cómo solucionarías los conflictos en el mundo, Itachi-san? ―le preguntó sintiendo la presión en su pecho aumentar.

―Si estuvieras en un naufragio con diez personas que estimas, personas importantes para ti, tus estimados compañeros, y uno de ellos se enferma arriesgando enfermar a todos los demás ¿Qué harías? ―Hinata frunció el ceño ante la pregunta―. No pueden escapar del barco, la peste se expande. Yo podría enfermar, tú, Konan o cualquiera de los que al parecer te importan. La persona que se encuentra enferma morirá de cualquier manera y no puedes salvarla. ¿Qué harías? ¿Esperarías que muriera mientras todos los demás nos enfermamos? ¿Terminarías con su agonía con tus manos? ¿Cómo protegerías a todos los que no están enfermos? ¿Qué harías con la persona que amenaza la vida de todos los demás que amas, aunque esa persona sea yo?

―Buscaría una forma de salvarte.

―Moriría de cualquier modo. Te contagiaría si me cuidas. Contagiaría a tendríamos la misma suerte y moriríamos.

―Eso no lo sabría hasta que ocurriera. Yo me quedaría junto a ti, te cuidaría, te ayudaría a sanar. No te dejaría morir solo, aunque muriese contigo.

―¿Eso harías? ―los ojos de Itachi brillaron extraños.

―Sí ―asintió Hinata con cuidado―. No me rendiría nunca. No dejaría que alguien que amo muera sin poder hacer nada. Le diría al resto que se mantuviera aislado y yo cuidaría de ti hasta que sanaras o muriéramos, pero no te dejaría solo.

Itachi continuó observando el fuego sin moverse. Era claro para Hinata que se encontraba evaluando y sopesando su respuesta.

―Una vez alguien me hizo la misma pregunta. Mi respuesta fue diferente. Quizás si entrenas, te conviertas en una mejor shinobi que yo ―Itachi movió el rostro y sonrió en su dirección, haciendo que Hinata asintiera con algo de nerviosismo mientras amarraba el portaherramientas de Deidara alrededor de su cintura―. ¿Por qué tienes eso? ―le preguntó―. Lo vi ayer, pero no quise preguntar.

―Deidara-san me lo regaló en nuestra primera misión juntos. Está viejo y el cierre no funciona muy bien, pero es especial para mí.

―¿Por qué te regalaría algo así?

Hinata se detuvo un momento al escuchar la pregunta de Itachi. No esperaba que él tuviera interés en ese pequeño objeto. Sus dedos se aferraron un poco más al portaherramientas, como si al sostenerlo con fuerza le diese más confianza para responder.

―Deidara-san es mi amigo. Quizás... el único amigo que he tenido.

Itachi la observó sin interrumpirla, su mirada profunda y penetrante. Parecía estar analizando lo que ella decía, buscando entender la profundidad del vínculo que existía en esas simples palabras.

―No sabía que alguien en la organización pudiera ser tan cercano a ti.

Hinata tuvo deseos de preguntar más al respecto, pero creía que si permanecía más tiempo allí iba a decir algo de lo cual se terminaría arrepintiendo. Itachi dejó escapar un suspiro, su mirada perdida en el fuego una vez más, como si las llamas fueran el único lugar donde pudiera encontrar la respuesta que se estaba haciendo.

El nudo en su garganta se hizo más denso. Sabía exactamente lo que le estaba molestando. Por eso, caminó hasta la puerta y salió de la cabaña, dejando a Itachi atrás.

Lo que no podía imaginar era lo que le estaba molestando a Itachi.

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Hinata había estado inquietantemente callada mientras bebían té juntos. Itachi intentó observarla pero sus ojos parecían perdidos en sus propios pensamientos, por lo cual, la dejó en paz. Muchas cosas habían ocurrido las últimas horas y creyó que era normal que estuviese impresionada por todo.

Una vez se marchó de la cabaña para entrenar, no la siguió, adivinando que algo le sucedía y que necesitaba estar a solas. Itachi la observó alejarse, sin poder evitar que una ligera sombra de preocupación se dibujara en su rostro. Se habían dicho cosas durante la noche que ya no podían volver a ocultarse. Ella se había percatado de su estado de salud y ya no tendría cómo mentirle. La había besado hasta faltarle el aire y su relación ya nunca volvería a ser algo platónico como antes.

Él también se sentía extraño, con la necesidad de ordenar sus pensamientos, reagruparlos y empezar nuevamente a meditar sobre los pasos a seguir. No obstante, no tuvo tiempo para algo así. No habían pasado si quiera diez minutos cuando fue irrumpido en la tranquilidad de aquella cabaña por alguien que realmente no deseaba ver.

Ni si quiera se volteó cuando sintió un extraño chakra distorsionarse atrás de él. Sabía quién era la única persona que podía manipular el jutsu espacial de esa manera.

―Vaya, vaya, ¿Itachi Uchiha? ¿Triste? ―dijo con tono burlón, moviendo los brazos de forma dramática y ridícula mientras su cuerpo se materializaba sobre la mesa, lugar en donde procedió a sentarse―. ¿Es que acaso el frío y cruel Itachi-san es capaz de sentir algo más que indiferencia por la vida de alguien? ¿Cómo era que se llamaba esa linda chica? Ah, sí... Hinata-san, ¿verdad?

―Deja de comportarte así. No tienes que fingir conmigo ―dijo Itachi sin voltearse y con bastante calma en su voz, adivinando que Madara Uchiha lo intentaba provocar. ¿Con qué propósito lo estaba haciendo? Había dos personalidades que empleaba, la de Madara y la de ese sujeto llamado Tobi. Conocía ambas―. Sabes perfectamente quién es ella, te lo dije antes de que hiciéramos nuestro trato.

―Tu pequeña esposa comprada al clan Hyūga ―dijo riéndose y apuntando sus mejillas con ambos índices―. Y que nadie más sepa que sigue aquí contigo ha costado muchos esfuerzos de mi parte, que aún no me agradeces Itachi-san ―dijo con voz quejumbrosa―. La heredera de los Hyūga no ha sido fácil de esconder. Si supieran que aún vive mandarían personas a buscarla, ya que bueno, eres un criminal rango S. Ningún papi Hyūga orgulloso querría a su pequeña hijita en manos de unchico malo―Itachi apretó la mandíbula intentando no caer en su provocación. Debía ser racional y pensar por qué lo estaba provocando precisamente en ese momento―. Los doskekkai genkaide los que se enorgullece Konoha en manos enemigas. No es algo que se hubiesen tomado a la ligera.

―Lo sé ―respondió Itachi cortante.

Estaba intentando advertirle algo sobre Hinata. ¿Qué era? ¿Qué quería con ella ahora? ¿Acaso la había expuesto a ser un blanco para ese sujeto sólo por su cercanía? Debía escucharlo bien. Si estaba ahí era porque deseaba algo.

―Por eso... ―su voz se volvió grave, como la de un hombre mayor―. Te dije que tedeshicierasde ella antes de venir a Amegakure.

Efectivamente, ese hombre a quien había llamado Uchiha Madara le había dicho algo por el estilo antes de que se separaran esa noche en que ambos asesinaron al clan Uchiha.

Itachi lo había visto en el templo del Río Naka y sólo los Uchiha conocían de ese lugar. Además, contaba con el sharingan. Por ese motivo, había llegado a la conclusión de que estaba frente a un Uchiha que había abandonado la Aldea o que se había dado por muerto sin la recuperación de su cadáver, habiendo sobrevivido a la guerra. Después de considerarlo, el único nombre que aparecía en los registros de alguien que había abandonado la Aldea que tuviese el tipo de poder que mostraba el enmascarado era Uchiha Madara.

Itachi aún recordaba lo desamparado que se había sentido la primera vez que estuvo frente a ese sujeto con solo ocho años de edad. La diferencia entre sus poderes había sido abismal. Ahora, con casi veintiún años, no le temía.

―Pero, no escuchaste mi consejo. La trajiste hasta este lugar a sufrir y vivir en medio de la oscuridad, la lluvia y la desesperación ―el hombre permaneció sentado sobre la mesa, brazos cruzados, su mascara naranja cubriéndole el rostro―. Sigue siendo una monada, ¿no? Tu chica. Debe ser agradable dormir junto a ella, escucharla respirar tranquila, sentir su calor en medio de la noche ―Itachi respiró lento, intentando no enojarse, pero comprendiendo que lo atacaría por donde más débil era: Hinata―. Aunque ahora ya no estan pequeñacomo cuando la trajiste. Creo que...casi podría confundirse con unamujer―Itachi no respondió―. Incluso se ha vuelto alguien bastante útil para la Organización.

―Teníamos un trato.

―Lo sé, lo sé ―se encogió de hombros, aún sentado sobre la mesa―. Por eso estoy aquí.

―Rompiste ese trato.

―No fui yo, fue Pain ―se excusó subiendo los hombros―. Ya bastante trabajo ha costado que no deseen sacarle los ojos y venderlos. Nos hubiésemos ahorrado varios años de recolección de fondos. De cualquier forma, tampoco has cumplido con tu parte del trato, Itachi-san.

―El Kyūbi está siendo custodiado por Jiraiya-sama. No será sencillo capturarlo sin matarlo antes.

Comenzaba a comprender el motivo de que estuviese allí. Quería provocarlo mencionando a Hinata para que se decidiera a atacar a Konoha y le trajera el legado del Cuarto Hokage de una vez para proceder a la extracción de Kyūbi. Estaba tan desesperado por terminar de reunir los bijū que estaba amenazando indirectamente a Hinata para que él actuara y dejara de dilatar el asunto.

―Para un genio como tú, esa pelea debería ser sencilla ―insistió el enmascarado.

―Comprendo. Me pondré a trabajar en ello junto a Kisame, pero primero debo prepararme.

―¿Irás por provisiones a Sora-ku?

Itachi no respondió. No le iba a dar un itinerario de sus movimientos. Odiaba que estuviese allí porque seguramente Deidara se lo había comunicado.

―¿Algo más? ―le preguntó Itachi.

―El amor de una mujer es algo bastante fascinante ¿no? ―dijo el que se hacía llamar Madara―. Puede quebrar incluso a la persona más estoica.

Itachi volteó el rostro por sobre su hombro, observándolo con una frialdad que habría congelado a cualquiera. A pesar de eso, el chakra de ambos se mantenía tranquilo. Después de todo sólo eran dos shinobis intercambiando palabras provocadoras, tanteando el terreno como si jugasen shōgi.

―No puedo dejar de pensar en lo divertido que es verte atrapado entre lo que sabes debes hacer y tus propios sentimientos. Tal como esa vez cuando pensaste que podías esconder a tu pequeña esposita de mí cerca del templo Naka. ¿Piensas lo mismo ahora, Itachi-san? ―Itachi permaneció en silencio―. ¿De nuevo me vas a pedir que me aleje de ella con esos ojos fríos? ―ladeó un poco el rostro―. No eres tan diferente a mí después de todo, aunque te empeñes en pensar lo contrario

―¿Te estás burlando de mí? ―le preguntó Itachi lentamente, volteando por completo.

El sharingan en sus ojos brillaba en tonos rojizos. Madara no mostró ni una pizca de miedo, su postura relajada mientras se mantenía sentado sobre la mesa, con su máscara naranja cubriéndole el rostro como siempre. Estaba apelando a burlarse, mofarlo, ridiculizarlo y exponerlo por algún motivo. Tenía que mantener la calma si quería saber el por qué. No podía ser sólo el asunto del Kyūbi.

―¿Eso crees? ―le preguntó el enmascarado con gracia―. Sólo digo que es divertido verlo. Es como... ver a un gran y temible león intentando domesticar a una pequeña gatita, que en este momento está llorando a las orillas de la laguna ―Itachi no se movió, pero algo punzo dentro de él ante la rabia creciente que experimentaba. ¿Por qué había puesto sus ojos sobre Hinata?―. ¿Alguna vez imaginaste que ella iba a crecer y hacerte sentir así? Es bastante enternecedor ver a alguien tan frío como tú... haciéndose con el corazón de una niñita Hyūga, hija de aquellos que siempre gritaban a las cuatro esquinas de la Aldea que son los más poderosos de Konoha. Su heredera, su princesa, esclavizada a tu propio destino caótico que...

―Deja de hablar de ella ―lo interrumpió de forma amenazante con más dureza de la que usualmente empleaba―. Quieres algo. Y lo quieres lo suficiente como para intentar provocarme hablando de mi esposa.

―Estoy intentando enseñarte, Itachi-san ―dijo Madara después de mantenerse callado un momento―. Algunas lecciones no vienen en manuales ni te advierten sobre ellas hasta que ocurren. En el clan en que nacimos rodeado de tanta oscuridad y tragedia, nadie te explica sobre la forma en que funciona nuestro dojutsu y como va fortaleciéndose.

―No necesito lecciones tuyas sobre nuestro inexistente y patético clan.

―¿Crees que eres el primer hombre Uchiha que se enamora? ―ladeó levemente la cabeza mientras Itachi lo miraba gélidamente―. ¿Es horrible, no? La intensidad de nuestros propios sentimientos. Es lo que hace pulsar nuestro dojutsu con una fuerza que no podemos si quiera controlar. De seguro ya lo has notado antes. La forma en que quema tu cerebro.

El silencio se instaló entre ellos. Era como si Madara hubiese lanzado una bomba, esperando a ver cómo explotaría. Itachi recordaba la primera vez que su mundo se había visto teñido de rojo escarlata. Había sido también por culpa de Madara, cuando mató a su compañero de equipo frente a él en aquella misión para proteger al Daimyo del País del Fuego cuando sólo tenía ocho años de edad.

Desde entonces Itachi lo sabía. Había despertado ese poder ocular para matarlo. De una forma u otra. Aunque fuese a través de Sasuke. Su vida no estaría completa hasta que Madara muriese. Sólo no lo había intentado hasta ese momento porque creía que ambos se toleraban simplemente porque las circunstancias los había empujado a ello.

No obstante, estaba unido a ese hombre y su destino. Lo sentía. Haría todo lo posible por eliminar su existencia antes de morir.

―¿No te gustaría crear un mundo en donde ella sea feliz? ―le preguntó Madara subiendo levemente su mano, como si intentara alcanzar algo―. Me imagino que ya debe haber pasado por tu mente, hacerla caer en tu Tsukuyomi, darle una vida de felicidad absoluta junto a ti mientras duerme plácidamente, desprovista del sufrimiento, dolor, enfermedad y muerte de esta realidad infernal. Pensé que lo harías la noche que destruimos al clan ―Itachi permaneció en silencio―. ¿Por qué aún no lo has hecho? ¿Por qué no la sacas de su miseria y creas con tu sharingan un mundo donde ella pueda ser siempre inocente, hermosa y feliz?

―Porque no sería real.

Madara se quedó en silencio cuando escuchó su respuesta. Sus ojos parecieron volverse más peligrosos que antes mientras fijaba su mirada sobre Itachi. La forma en que su cuerpo se tensó había sido similar a la de un niño que descubre que no existe la hada de los dientes. Como si le hubiese quitado algo con esas palabras. El brillo de las llamas reflejó una sombra en su rostro, dándole una expresión bastante macabra, y aunque había estado intentando provocarlo, algo en las palabras de Itachi lo hizo detenerse; una chispa de duda se vio reflejado en su único ojo visible. La calma que contrastaba de Itachi en cambio hacía evidente que fuese cual fuese el propósito para provocarlo, estaba fallando.

―¿Real? ―repitió Madara, como si aquella palabra fuese demasiado amarga en su boca. Rápidamente soltó una carcajada―. ¿Prefieres esta realidad llena de miseria que una que puedas construir para ella? ¿A esta realidad te aferras, Itachi-san? ¿El mundo en el que ella vive ahora? ¿El dolor que soporta cada día por el destino que impusiste sobre ella? Ni si quiera es una kunoichi. Está llorando bajo la lluvia porque no puedes hacerla feliz. No en este mundo. No en este lugar. Esta realidad te ha fallado, a ti, a mí, a todos. ¿Por qué no construir una nueva?

Se acercó un paso más, su tono tornándose más grave como si intentara llegar al rincón más profundo de la mente de Itachi. El duelo entre sus voluntades había hecho que el corazón del menor entre esos dos hombres Uchiha latiese con más firmeza que antes.

Por supuesto que hubiese deseado ver a Hinata feliz. A su hermano crecer. A sus padres esperándolo en su casa. A Shisui sonriéndole. A su clan unido con la Aldea. Pero las decisiones de su vida, la forma en que se había entrelazado el destino y las acciones de todo el conjunto de personas que componían Konoha había resultado en algo muy distinto. La idea de solucionarlo todo como si tuviera un pincel mágico y pudiese escribirles una realidad distinta podría haber resultado tentadora para cualquiera, pero no para él.

Porque en dicha realidad, siempre sabría que sólo estaba soñando. Shisui, sus padres, su clan, todo sería parte de su imaginación. Porque ellos estaban muertos y no había forma de remediar algo así, porque la vida era algo precioso que debía cuidarse. Por ese motivo, él había deseado un mundo sin conflictos, porque la vida era demasiado valiosa para desperdiciarse.

¿Por qué darle a Sasuke y a Hinata un mundo en donde fuesen felices sin que tuviesen que hacer nada para que ello ocurriera? ¿Un mundo en donde no hubiese nada que aprender, nada por lo cual sufrir y luchar? Que nada de lo que viviesen fuera el resultado directo de su propia vida, sus acciones, sus decisiones.

En el mundo de Tsukuyoki él sería dios, jugando con los demás y su destino, dándoles todo lo que deseaban sin que tuvieran que pasar por ningún tipo de aprendizaje o crecimiento. ¿Qué tipo de persona haría algo así? ¿Qué tipo de persona haría algo tan cruel?

―Todo se siente real dentro del Tsukuyomi y en él, tú podrías ser capaz de crear cada uno de los eventos sensoriales que perciban quienes vivan en él ―subió ambas manos poniéndolas sobre los hombres de Itachi―. ¿Por qué no dárselo? ¿Por qué no darle a Hinata-san un mundo en donde sea feliz junto a ti? Podrían tener de vuelta todo lo que el destino les arrebató. Tú tienes el poder de hacerlo ―el corazón de Itachi latió fuerte, con fastidio―. Puedes ayudarme a crear un mundo donde no exista sufrimiento. Un lugar donde ella sea feliz, sin importar lo que haya pasado. Sin importar lo que tú hayas hecho, donde pueda serHinata Uchihasin sentir la vergüenza de nuestro nombre asociado al de ella, la matriarca del clan, la madre de tus hijos.

Lo que él quería era que creara un mundo donde no fuese un perdedor que había fracasado en todo lo que deseó en la vida y estaba planteándole sus propios fracasos para apelar a su emotividad. Eso era lo que escuchaba y no iba a dejar manipularse. Se lo había jurado antes a su padre, nunca sería el peón de nadie. Siempre actuaría por su propia voluntad, con sus propias decisiones.

Había fracasado intentando llevar sobre sus hombros el peso de toda la oscuridad del clan Uchiha y aquello había desencadenado el desenlace de su clan. No obstante, Itachi ya no era ese niño de doce años que Danzo Shimura había manipulado y convencido de actuar en beneficio de Konoha. Era un hombre, alguien que había aprendido de sus propios fallos y dolor. No iba a permitir que alguien más lo empleara a su antojo para crear la visión de mundo ideal que tenía en su cabeza.

―Aún puedes crear ese mundo con el que soñabas cuando eras un niño y...

―Creo que llegaste a la parte en que me dices qué es lo que quieres y dejas de hablar ―lo interrumpió Itachi.

―¿Estamos negociando una vez más? ―Madara se rio en voz baja―. ¿Qué quieres a cambio de seguir ayudarme a cumplir este sueño?

―Los ojos de Fugaku Uchiha.

Itachi no se movió y no hubo un flaqueo en su voz que le pudiese indicar a Madara que su petición no era algo serio. Sintió que el agarre sobre sus hombros se volvía levemente tenso bajo sus manos enguantadas que parecían hielo, en el mismo lugar que estaba tocando. Lo observó por un largo momento, sin decir nada más.

Si podía obtener los ojos de su padre, podía proteger a Sasuke, a Hinata, quizás a Konoha. Si tenía más tiempo podía hacer algo e intentar cumplir su sueño de crear un mundo sin conflictos, sin guerras, en donde las personas pudiesen entenderse. Podía acabar con todas las amenazas de Akatsuki y crear enesarealidad, y no en un genjutsu, un mundo de paz y armonía, en donde todas las personas que le importaban pudiesen vivir, crecer, aprender unos de otros.

Quizás, perdonarse.

Su padre le había dicho en sus últimos momentos lo arrepentido que estaba de haberle robado su futuro. Creía que habría estado más que orgulloso de que ahora Itachi se encargara de construir aquello que le robó con sus propios ojos.
Con esos ojos, podía encontrar la determinación de la que siempre habían hablado, no ser el peón de nadie, intentar actuar sólo por sus convicciones.
Con los ojos de su padre, quizás, pudiese seguir siendo Itachi Uchiha, un shinobi de Konohagakure.

―¿Ya comenzaste a perder la luz, Itachi-san? ―le preguntó Madara lentamente detrás de la máscara mientras retiraba sus manos de él.

―¿Quieres comprobar si así es?

Y aunque sus palabras eran una clara invitación al combate, nuevamente, sus chakras no tenían ese instinto asesino, la voluntad real de herirse que hubiese alterado la circulación de ésta.

―¿Por qué crees que te daría el sharingan deOjo-Malvado? ―le preguntó gravemente.

―Primero, porque son mi herencia. Me pertenecen. Y segundo, porque de lo contrario tomaré los ojos de alguien más ―respondió Itachi, su mirada completamente seria―. Y tengo la ligera impresión que intuyes lo peligroso que eso sería para ti.

Has sido muy descuidado, Madara―pensó Itachi.

Venía analizando a ese hombre desde que tenía ocho años. Había estudiado profundamente cómo había sido que Tenma intentó clavarle un kunai y lo traspasó, para que luego él se volteara y lo asesinara. También el mismo Itachi había realizado un acto similar y habría muerto junto con él de no ser porque el enmascarado Uchiha Madara había sentido que alguien se acercaba y susurrado un nombre mientras su máscara temblaba:Kakashi Hatake. Huyendo del lugar, desapareciendo en un espiral.

Su compañero de equipo había muerto para que pudiese ver la forma en que podía contrarrestar al hombre enmascarado. Había muerto para regalarle el sharingan que ahora brillaba en sus ojos en tonos rojizos.

Desde entonces, Itachi se había preparado en caso de que tuviese que luchar contra alguien que podía emplear técnicas espacio temporales tan avanzadas. Comprendía levemente la habilidad del sharingan frente a él, al punto que había creado una estrategia para matarlo si se volvían enemigos. No obstante, cuando decidió que el clan Uchiha debía ser eliminado para preservar la paz de la Aldea, decidió que en vez de luchar contra Madara, lo usuaría para conseguir sus propios propósitos. Pero incluso así, Madara se había dedicado a matar a los niños y las mujeres durante esa noche en vez de ir tras los instigadores del golpe de estado. Itachi se había encargado de ellos, uno por uno, y no les había dado una muerte pacífica y silenciosa. Esa noche había disfrutado asesinando a cada uno de los hombres que lo habían llevado hasta ese punto, a los que lo habían llamado traidor por tanto tiempo, a los que habían sido responsables de empujar a Shisui a su muerte.

Mientras viajaba con Hinata y Kisame por las cinco grandes naciones ninja muchas cosas empezaron a hacer sentido en su cabeza en el silencio de sus pensamientos. Pero, aún más, los últimos tres días. Todo hizo sentido y se conectó en su mente cuando la persona que encontró el antebrazo de Deidara, la parte que Kakashi Hatake hizo desaparecer de él hacia otro plano dimensional, fue precisamenteTobi.

Si Madara tenía acceso al mismo plano en que Kakashi Hatake había enviado el brazo de Deidara, significaba que podía tomar el mangekyo de Kakashi para pelear contra el enmascarado. Ambos tendrían acceso al mismo lugar. Ya no podría volver a desaparecer frente a él.

No obstante, ese era un plan bastante arriesgado, que hubiese requerido de más esfuerzos de los que su salud le permitían en ese momento. No era simplemente entrar a Konoha, golpear la puerta del hombre y quitarle el sharingan que Obito Uchiha le había entregado cuando murió.

¿Sería posible que Madara tuviese el otro ojo de Obito? Eso le parecía difícil, pero no imposible. Quizás hubiese encontrado su cadáver y aprovechado la ocasión para quitarle el ojo.

―¿De verdad crees que hay algo que puedas hacer que no haya considerado ya, Itachi? ―preguntó, ladeando ligeramente la cabeza, su tono burlón como si estuviese jugando con un niño que pensaba que estaba ganando.

―Subestimar mi capacidad es un error que ya antes otros cometieron ―dijo Itachi amenazadoramente.

―¿Y qué harás si no te los doy? ―preguntó finalmente Madara, como si estuviera esperando que el joven Uchiha decidiera su próximo movimiento.

―Haré lo que tenga que hacer ―respondió Itachi, sin titubear.

―Tienes una de las técnicas de genjutsu más poderosas que he visto ―dijo finalmente el hombre―. Y aún así deseas más. ¿Paraquéprecisamente? ―Itachi no respondió―. Aún si te diera los ojos de tu padre, eso no te salvará de lo que sabes ocurrirá.

―Si muero, puedes tomarlos de vuelta ―fue la fácil solución que Itachi le dio.

―¿Y si no eres tú quien muere primero? ―Itachi bajó levemente los párpados ante su pregunta―. ¿Crees que pensarías de esta manera si Hinata-san muriese antes que tú y tuvieses que vivir el resto de tus días sin ella? A veces las personas que amamos mueren.

―Ese tipo de pensamiento limita a las personas a pensar en extremos. En un mundo de ganadores y perdedores, amor y odio, felicidad y tristeza. El amor y la felicidad pueden transformarse en más sentimientos que el odio o la tristeza. Pueden transformarse en colaboración y comprensión. El fracaso puede ser una fuente de aprendizaje importante en la vida de un hombre. Yo no limitaría mi vida en dualidades.

―No hablaba detiprecisamente, Itachi-san. Sabes aquienme refiero. Seguramente incluso ya lo has visto por tu cuenta ―respiró lento para calmarse cuando escuchó aquello, nuevamente, Madara estaba refiriéndose a Hinata―. Sólo tú puedes salvarla o destruirla, tal como hiciste con el clan. De lo contrario, Akatsuki tomará esa decisión por ti.

―¿Es unaamenaza?

Madara soltó una pequeña risa, tocando su máscara naranja con los dedos. De seguro tenía muy claro cómo dichas palabras lo estaban fastidiando, e Itachi, incluso suprimiendo sus emociones, estaba teniendo problemas para dejar que un hombre así intentara provocarlo en su mayor debilidad.

―Deidara quiere que Hinata sea su pareja ―eso no era una novedad, pero escucharlo de su boca precisamente en ese segundo hizo que se le tensara el estómago―. ¿Cuánto crees que dure viva con alguien así cerca de ella? ¿Cuánto tiempo crees que pase para que su corazón se llene de odio en medio de la miseria que hay en Amegakure? ¿Qué sucederá cuando todas las personas que ella ama comiencen a morir a su alrededor?

―Si empleas a Akatsuki para que utilicen a Hinata sólo para llegar a mí, voy a matarte ―su sharingan comenzó a brillar en la tenue luz de la mañana, apareciendo su mangekyo―. A ti. A Deidara. A Pain. A Konan. A todos los que creen que pueden jugar con ella ―los hombros de Madara se relajaron al ver la reacción que había conseguido en Itachi―. Mataría uno por uno a todas las personas en Amegakure si algo le llegase a suceder. Y quizás ni si quiera eso me detendría. ¿Lo comprendes?

―Respeto eso. Haría lo mismo ―dijo Madara con calma―. Además, no eres el tipo de hombre que blufea. Si me lo estás advirtiendo, es porque tienes alguna carta bajo la mano que aún no he visto. Al menos, yo te estoy mostrando mi mano. ¿Por qué no me muestras la tuya?

―Necesito los ojos de mi padre si deseas al Kyūbi ―dijo Itachi―. Partiré tan pronto me los des.

―No me importa si lo traes o no ―le respondió Madara subiendo los hombros―. Puedo mandar a Pain y Konan por él. Pero cuando llegue el momento, tú me darás algo. Algo que sí deseo a cambio de los ojos de tu padre.

―¿Qué quieres? ―lo cuestionó Itachi.

―Quiero los ojos de Shisui Uchiha.

Sus labios se volvieron rígidos al escucharlo. Que el nombre de su mejor amigo, de su hermano, saliera de la boca de ese sujeto le hizo arder algo en el pecho.

―Shisui murió hace casi diez años ―dijo con un amargor que le quemaba el estómago.

―Sí, pero aún así, creo que tú me los vas a dar.

―No sé quién tiene sus ojos.

―Oh, claro que lo sabes. Siempre has sabido quien los tomó.

Con que Madara también sabía sobre la situación con Danzo. Aquello lo hacía pensar, ¿cuánto tiempo había estado manipulando y espiando la Aldea? ¿Cuantos de sus secretos sabría? ¿A qué punto estaba involucrado con la caída del clan? Pues si bien Itachi había bajado el telón, alguién más había orquestado aquella tragedia.

―Comprendo.

―Itachi. Si no los encuentras, tomaré los de tu hermanito menor ―sus chakra se descontroló mostrando en éste su intención de matarlo―. ¿Tenemos un trato?

Antes de que pudiese responder la puerta de la cabaña se abrió de par en par. Los ojos de Hinata estaban fijos en la figura del enmascarado, su byakugan activo, su mirada peligrosamente amenazante.

Itachi nunca había visto esa mirada en ella, pero tan pronto Madara lo hizo, desapareció frente a ambos en un espiral que succionó su cuerpo hacia el agujero de en medio de la máscara que portaba.

―¿Estás bien? ―le preguntó Hinata acercándose a Itachi, casi corriendo. Notaba la angustia en su mirada, sus ojos hinchado por haber estado llorando, las lágrimas secándose en sus mejillas―. ¿Te hizo algo?

―Sólo estaba conversando con él ―la miró con preocupación―. ¿Estabas llorando? ―Hinata miró a un costado, bajando el rostro―. Ya veo.

―E-ese hombre... ese hombre es el que estaba esa noche, en el acantilado junto a la cascada ―dijo con angustia en su voz. Podía escuchar que estaba asustada―. Es el que estaba cubierto en sangre y...

―Sí. Él... me ayudó esa noche a asesinar al clan ―los ojos de Hinata se abrieron en sorpresa―. Y luego me trajo a Amegakure. El plan que tiene para la mayoría de las Aldea, es similar a lo que ocurrió esa noche en Konoha.

Hinata se quedó en silencio sopesando las duras palabras que acababa de oír, sus ojos fijos en Itachi. Lucía asustada y comprendía el por qué de ello. Ese día había sido un gran trauma para ella que sólo contaba con ocho años. Cuando la dejó sola en ese lugar en que él y Shisui solían conversar,su lugar secreto, creyó que estaba a salvo hasta que volviese. Pero la imagen que se encontró cuando volvió por ella fue a Madara, sujetándola en el aire mientras ella gritaba intentando liberarse. Entonces le había ordenado que la soltara.

Él le había dicho que se deshiciera de Hinata antes de desaparecer. Ella lo había escuchado. Seguramente por años lo había creído culpable dela destrucción de Konohaque él le había narrado para mantenerla apaciguada.

―Su nombre es Madara Uchiha.

―¿Madara Uchiha...? ―repitió Hinata sin ser capaz de comprender lo que él decía―. ¿El fundador de Konoha? ―Itachi asintió con seriedad―. ¿Cómo es posible? Su cuerpo no es el de alguien así de viejo.

―¿A qué te refieres? ―Itachi frunció levemente las cejas intentando comprender.

―La mitad de su cuerpo es parecida a la de Zetsu. La otra mitad es la de un hombre joven. Su chakra también es extraño, como si tuviese dos fuentes distintas que alimentan su sistema circulatorio. Y bajo aquella máscara, hay un rostro retorcido en cicatrices en su lado izquierdo, mientras que el derecho es de un hombre que no luce mayor de treinta. Si Madara Uchiha estuviese vivo tendría casi cien años. No vi un hombre de esa edad bajo su máscara, Itachi-san.

―¿Cuántos sharingan viste que tenía?

―Dos.

No era solo Hinata la que sentía la gravedad de la situación. Él también lo hacía. Madara era un fantasma del pasado, un enemigo de Konoha que todos creían muerto luego de un combate contra Hashirama Senju en el Valle del Fin. Pero si seguía vivo y de acuerdo a Hinata no contaba con más de treinta años, ¿cómo había ocurrido eso? ¿Estarían realmente frente a Madara Uchiha o alguien que había tomado su nombre?

―Gracias ―le dijo Itachi―. No tengas miedo. No dejaré que él vuelva a acercarse a ti.

Acababa de comprender que ese sujeto no era Madara Uchiha.

Acababa de entender por qué había insistido en que no la llevase a Amegakure y por qué Akatsuki la estaba empleado para mandarla a misiones peligrosas: quería deshacerse de ella. Hinata podía ver lo que había bajo su máscara y revelar sus mentiras. Después de todo, Itachi sabía por experiencia propia que nada podía ocultarse realmente del Byakugan.

Pero también sabía que Hinata era una persona sin entrenamiento shinobi y así como estaba temblando ligeramente, su silencio y la molestia en sus ojos le decían más de lo que ella deseaba.

―Estás enojada ―era claro para él. Lo estaba intentando ocultar, pero su mirada se perdía frente a ella mientras que apretaba con fuerza los puños, tal como la noche en que le había golpeado el pecho―. ¿Por qué?

―No es nada ―le dijo negando.

―Puedes decírmelo ―Itachi se sentó frente a la mesa, estirando una mano hacia adelante como si la invitara a sentarse allí con él―. ¿Qué es lo que te está molestando desde esta mañana?

La joven estaba empapada y goteando, pero eso no pareció molestarle.

―¿Hinata-san?

―Sabías que tenías un problema grave de salud ―le dijo Hinata lentamente, sus ojos mostrándose impasibles―. Sabías que tu corazón y tus pulmones estaban fallando ―sus cejas se fruncieron, había incredulidad en ella, como si sus pensamientos sólo ahora se conectaran y no quisiera llegar a la conclusión a la que había llegado―. Y no ibas a decirme nada al respecto.

Itachi comprendió entonces por qué había estado callada desde que empleó su puño suave en él. Había estado tejiendo y conectando sus propios pensamientos para llegar a aquella conclusión. Bajó la mirada, sin desear decir nada, pero sabiendo que el asunto no se terminaría a menos que le respondiera.

―Sí ―y por más que quería justificarse, no lo hizo.

―¿Por qué? ―le preguntó con un atisbo de dolor reflejándose en sus ojos―. ¿Acaso me consideras tan inútil como para no entender algo así? ¿Me sigues viendo sólo como una niña a la que siempre le vas a mentir?

―¿De verdad quieres que responda eso? ―le preguntó sintiéndose ofendido. Él no la veía como una niña, eso era bastante claro. Si la viese como una niña no la hubiese besado la noche anterior y durante la mañana―. Sólo no deseaba hacerte sufrir innecesariamente.

Hinata respiró profundo apretando los puños. El detalle no pasó desapercibido para él.

―¿Cuál era el plan? ―Itachi subió la mirada y se encontró con sus ojos. Su rostro se mostraba imperturbable, casi herida―. ¿Cómo ibas a evitar que sufriera al ver tu salud empeorar cada vez más hasta que...?

―No ibas a verlo ―respondió interrumpiendo su pregunta―. No te haría pasar por eso ―suspiró, sintiendo que algo comenzaba a irritarlo de verdad―. El byakugan es un dojutsu tan poderoso ―dijo, rindiéndose―. ¿Qué quieres saber? ¿Por qué hablar de esto precisamente ahora?

―¿Qué planeas si lo que hicimos no tiene los resultados que esperas y tu salud empeora? ―le preguntó frunciendo el ceño con una mezcla de preocupación y angustia―. ¿Qué haremos?

Itachi permaneció en silencio. Tenía un respeto tan grande por su dojutsu que parecía ver a través de todo. Lo había hecho con trece años, y ahora, tres años después, seguía sorprendiéndolo. Sabía que mentirle era una pérdida de tiempo y quizás sólo empeoraría la situación y su clara molestia. Por mucho que le hubiese gustado decirle lo que quería escuchar, quizás, era mejor que se enterara de todo.

―En las últimas horas te he dicho cosas con las que planeaba irme a la tumba. Te he abierto mi corazón. Te dije lo que sentía por ti ―dejó escapar un suspiro cansado, bajando la mirada―. ¿Qué más quieres?

―¿Por qué no partes por decirme la verdad?

―¿Aquí? ¿Ahora? ―la cuestionó de vuelta y ella asintió―. ¿Qué quieres saber, Hinata-san?

―Sasuke ―escuchar el nombre de su hermano le hizo sentir los hombros tensos.

Itachi no era una persona que se irritara con facilidad y mucho menos que perdiera la paciencia, pero la manera en que había dicho el nombre de su hermano se le hizo como un reclamo que le aceleró levemente el pulso. Sentirse juzgado por la manera en que había hecho las cosas lo exponía a ver los propios fallos de su actuar.

―¿Qué hay con mi hermano menor? ―preguntó bordeando el límite de su paciencia.

―¿Fue también parte de aquellamisióntorturar a Sasuke todo este tiempo?

Sus palabras no pudieron golpearlo más fuerte ni si quiera si lo hubiese hecho a propósito. Algo le subió por la espalda, una mezcla entre culpa, molestia y dolor.

Nadie en el mundo sabía lo mucho que amaba a Sasuke. Su hermano había sido todo para él, y lo seguía siendo, desde el primer momento que con nerviosismo lo sostuvo entre sus brazos y le tocó la mejilla, asustado por el ruido que hacía. Siempre pensaba en él, cada día, cada vez que su pecho dolía. Que ella viese la crueldad en sus acciones lo avergonzó, lo hizo sentir nuevamente que ni si quiera era digno de verla a los ojos y estar en su presencia.

Pero sus actos eran la forma en que creía poder protegerlo, cuidarlo, amarlo. No deseaba ser juzgado por ella. No por ella.

―Torturarlo ―repitió lentamente―. Como ahora sientes que te torturo a ti. Eso es lo que realmente quieres decir.

―Eso no importa ―respondió Hinata―. Sólo quiero saber si fue parte deesa misiónde la que hablaste anoche hacer que tu propio hermano te odie.

Cuando pensaba en Sasuke, en el tiempo perdido, en todo lo que le hubiese gustado compartir con él, su pecho se apretaba. La noche en que sus padres murieron y lloró amargamente sin poder evitarlo mientras su hermano menor lo atacaba, pensó seriamente en llevárselo con él. Casi había abandonado todo su plan de hacer que lo odiara porque ese era el nivel de amor que sentía por Sasuke. En el mundo del clan Uchiha en donde todo era oscuridad, Sasuke había sido su esperanza de que el nombre de su familia pudiese algún día ser redimido.

—No —dijo finalmente, su voz baja, como si tuviera que decirlo de una vez, aunque cada palabra que había escuchado lo desgarrara por dentro—. No fue parte de la misión. Yo elegí hacerlo.

La lluvia comenzó a caer con más fuerza. Los ojos de Hinata lo analizaron con cuidado y él se sintió intranquilo al verse tan expuesto.

―Dijo que estuvo días en un genjutsu reviviendo la muerte de sus padres, mi muerte. Que luego lo intentaste matar nuevamente y le quebraste la mano ―le reclamó como si se hubiese estado guardando esas palabras por mucho tiempo―. Sasuke te odia pero quiere tener un motivo para no hacerlo. ¿Por qué no se lo has dado? ―Itachi no respondió―. Te odia, pero a quien intentó destruir fue a mí, no a ti. Me odia por... por amarte.

―Lamento que mis acciones te hayan perjudicado así ―dijo tomando una actitud cada vez más distante, guardando en su interior sus sentimientos, impidiendo que estos se reflejaran en su rostro―. Mi plan era que Sasuke me odiara, ya que lo quieres saber. Es algo que debemos solucionar él y yo ―suspiró, intentando ponerse de pie―. Volvamos a Amegakure.

―¿Por qué? ―le preguntó Hinata sin moverse, sosteniéndole el brazo para que no se parara.

―Porque debo pagar lo que le hice al clan Uchiha. Y sólo otro Uchiha puede juzgarme. Sasuke es esa persona ―Hinata frunció el ceño claramente herida por sus palabras―. Si yo muero él podrá obtener un poder superior con el cual podrá proteger la Aldea. A ti. Ese es mi deseo. Es el deseo que Shisui me encomendó antes de morir. Mi hermano será visto como un heroe de Konoha cuando finalmente mate al criminal rango S que asesinó a todo su clan. Y finalmente, los Uchiha podremos ser parte de la Aldea sin que se nos discrimine o se nos vea como los villanos que provocaron el ataque del Kyūbi. Quiero que Sasuke sea parte de la Aldea, un camarada más que todos respeten y estimen. No quiero que viva con la mismas emociones oscuras con las que tuvimos que vivir el resto de los Uchiha en ese lugar ―sus palabras salieron lentas, calculadas, meditando precisamente cómo sonarían―. Sin embargo, sé lo doloroso que es matar a una persona que amas y no quiero que mi hermano cargue con ese dolor el resto de su vida. Cuando llegue el momento de que pague por mis crímenes, no deseo que él titubee o sufra cuando me mate.

―¿Y qué hay conmigo? ―le preguntó con ojos llorosos y hombros caídos. Itachi sintió que todo en él dolía al verla así―. ¿Qué pasa conmigo después de que...?

―Sólo espero que respetes mi decisión cuando el momento llegue ―Hinata bajó el rostro aún más.

―Dijiste que me amabas...

―Lo hago.

―Entonces, ¿Por qué no puedes simplemente quedarte conmigo y... y olvidarte de Sasuke... de Konoha?

―Porque sigo siendo Itachi Uchiha.

Hinata quedó en silencio. Sus ojos que hasta entonces habían brillado por las lágrimas contenidas comenzaron a llorar quietamente. Dolía verla así. Estaba harto de esa imagen que se repetía constantemente para él. Saber que la lastimaba, que la hacía sufrir, que era imposible hacerla feliz, le hacía pensar que no tenía derecho de permanecer más tiempo cerca de ella.

Y aún así, no podía cambiarlo. La responsabilidad que tenía por ser uno de los últimos hombres de su clan estaba ahí. Él aún cargaba con toda esa oscuridad y tenía claro que debía pagar por lo que había hecho. No pretendía que Sasuke lo perdonara, no era lo que deseaba para él.

―Sigo siendo un shinobi de Konohagakure ―dijo sin acercarse a ella, aunque todo en él le instaba a acortar la distancia entre ellos y estrecharla contra su cuerpo, intentar calmarla, hacerla entender sus propias cargas y responsabilidades.

Entonces los ojos de Hinata brillaron con algo extraño, como si su dolor pasara a segundo plano. ¿Era enojo lo que veía? ¿Frustración?

Había una oscuridad creciendo en ella que reconocía muy bien porque él mismo sufría con el peso de cargar con ella.

―¿Qué ocurrió en la Aldea la noche que huimos? ―le preguntó con sus ojos fijos en él, esa mirada que tantas veces lo había hecho sucumbir, temblar, suspirar en admiración―. ¿Por qué te obligaron a asesinar a los miembros de tu clan?

―Nadie me obligó, Hinata-san. La forma en que lo dije anoche no fue la adecuada ―Itachi se volteó hacia ella, un tanto cabizbajo, buscando con su proximidad el entendimiento de lo que llevaba dentro de sí mismo guardado por tanto tiempo―. Es cierto que se me ordenó la misión, pero se me dio a elegir entre tomar dicha misión o no. Mi vida siempre ha estado llena de elecciones y éstas me han traído hasta este punto en mi vida ―los ojos de Hinata se suavizaron al ver como luchaba con lo que decía―. Elegí convertirme en un shinobi, a pesar de que odio el conflicto, combatir y sobre todo quitarle la vida a otro. Pensé que si lo hacía podía detener las guerras. Elegí casarme contigo y tomé el lugar de Sasuke pensando que así podría apaciguar el conflicto entre mi clan y la Aldea; si contaban con el apoyo de los Hyūga, entonces, estarían más tranquilos y así los que intentaban instigar a mi padre para hacerse con el puesto de Hokage quizás dejarían de susurrarle en el oído cómo estábamos siendo discriminados, que el resto de la Aldea eran nuestros enemigos en vez de nuestros aliados.

Itachi la miró con algo más de suavidad mientras sus hombros seguían cayendo, hundiéndose por todo ese peso que llevaba dentro de sí. Hinata tomó su mano, fuerte, intentando cargar con él dicho dolor de alguna manera mientras en silencio escuchaba la forma en que finalmente la verdad salía a luz.

―La noche en que nos casamos, elegí manchar las sábanas con sangre de mi pulgar para que nadie pudiese cuestionar nuestra alianza con el clan Hyūga ni intentar anularla. Te condené a vivir como mi esposa, aunque ni si quiera entendíamos qué era lo que se exigía de nosotros con ese compromiso. Era un niño, tenía doce años, estaba asustado, pensé que eso era lo único que podía hacer para... evitar que mi clan se alzara en rebelión contra la Aldea. No deseaba lastimarte, eras tan pequeña, tan inocente, tan frágil mientras temblabas bajo el peso de mi cuerpo. No debí haberte hecho nada esa noche, todos esperaban que no lo hiciera y así poder instigar a mi padre para quebrar nuestro matrimonio y devolverte, seguir adelante con elcoup d'etat.Pero si queríamos ganar tiempo, tenía que hacerlo. Shisui me explicó cómo... y yo no pude. No dejaba de temblar. Cuando manché las sabanas con mi pulgar, sentí que algo dentro de mí moría por condenarte a estar atada a mí a través de una mentira así. Fue como si te sacrificara por la paz de mi clan, de la Aldea... a una pequeña niña inocente―su voz se quebró ligeramente recordando esa noche que por tanto tiempo había evitado mirar en su vida, quizás era la que más lo avergonzaba―. Elegí ser un espía para el Hokage y darle información de mi propio clan, de sus planes, de sus secretos, traicionando completamente a mi familia y peor aún, a mi padre, exponiéndolo a la mirada de Danzo Shimura y ROOT. Yo elegí tomar la misión de asesinarlos cuando fue inminente que el clan se alzaría en rebelión, a pesar de que me dieron la opción de pararme junto a ellos, luchar, resistir y morir con el resto de mi Clan. Yo los traicioné, Hinata-san. Y elegí vestirme en esa repugnante capa negra con nubes rojas como una muestra de mi deshonra por traicionarlos.

Desde que era un niño Itachi creía que llorar era una muestra de debilidad, pero mientras contaba su verdad los ojos se le llenaron de lágrimas, de la misma forma que no pudo evitar llorar el día que su padre lo llevó a ver un campo de batalla cuando sólo tenía cuatro años de edad. Desde entonces cargaba ese dolor en silencio, soportándolo, sosteniendo la oscuridad del clan Uchiha que lo ahogaba y amenazaba con destruir todo en su interior.

¿Por qué tenía que llorar? No lo soportaba. Lo avergonzaba ser así de debil frente a los demás. Quería que ella se sintiera segura y protegida, ¿cómo iba a lograrlo quebrándose así?

―Yo decidí traerte conmigo, aunque pude dejarte en la cascada esa noche y esperar que alguien te encontrara y te llevara con tu familia. También decidí mentirle a mi hermano, destrozar la imagen que tenía de mí, hacer que me odiara. Y luego, también elegí abandonarte aquí, en Amegakure, creyendo que era la mejor opción que ambos teníamos en ese momento ―subió su mirada observándola llorar en silencio, sonriéndole con tristeza mientras también lloraba―. Yo elegí decirte que te amo en vez de callar y alejarme sin palabras. Sabiendo que no te merezco, sabiendo que tu odio hacia mí es completamente justificado.

Itachi cerró los ojos un momento, su corazón latiendo fuerte, porque sabía que seguramente ella vería lo que realmente era, desnudándose lentamente ante la luz de su propia verdad. Aunque la amaba, no podía ofrecerle la vida que ella merecía. Aunque la amaba, la había condenado a una vida llena de tristeza.

―Hinata, mi vida ha estado llena de elecciones. Nadie me ha obligado a nada. Al contrario, soy yo quien ha impuesto dichas decisiones en la vida de los demás, sin preguntarles, sin darles la oportunidad de elegir ―suspiró sintiendo que ni si quiera merecía que ella sostuviera su mano en ese momento―. En mi historia, yo fui quien construyó esta realidad y quien destruyó todo lo que amaba buscando un camino a la paz. No soy un héroe, no soy una víctima, ni tampoco la persona que seguramente crees. Sé que ves mi sufrimiento y lo asocias a alguien que no tuvo opciones para actuar como lo hizo, pero mi dolor viene de la mano de mis propias acciones y elecciones. Esta es mi realidad. Quizás me equivoqué muchas veces. Pude ser distinto con Sasuke, contigo, con mis padres... pero ya no puedo cambiarlo y nada de lo que diga puede borrar mis acciones por las cuales, merezco morir. Y la persona que debe matarme es Sasuke. Es el castigo que debe recaer en mí por lo que hice.

Hinata apretó aún más la mano de Itachi, sintiendo el peso de cada palabra que él decía, cada confesión que le entregaba como un pedazo de su alma rota, de esa verdad que le había ocultado por años. Itachi no podía imaginar lo que ella estaba pensando de él, lo que en su corazón se estaba formando o si esa oscuridad en ella seguiría creciendo por asociarse a él. Era lo que menos deseaba. No era responsabilidad de Hinata tener que cargar con el karma de su clan y el fracaso que había resultado de todas sus buenas intenciones al crecer.

En el silencio que siguió, Itachi esperó que ella dijera algo, pero se mantuvo quieta. Cada segundo que no emitió un juicio, una opinión o una palabra de reproche, un nudo más grande se formó en su garganta. Ella era su esposa, y ahora lo vería como la persona que era, alguien que seguramente sólo le había causado decepciones en su vida.

―Itachi-san ―dijo de pronto, buscando su mirada perdida sobre la madera de la mesa―. Nada de lo que has hecho cambia que te ame ―dijo con una determinación suave, confortante, comprensiva, como si intentara que sus palabras tocaran y arrullaran ese lugar en él que estaba doliendo―. No puedes hacer nada para borrar u olvidar lo que hiciste. Ni yo puedo decir algo que te consuele lo suficiente, aunque lo intente. S-solo... ya no tienes que cargar con proteger esa paz que deseas por ti mismo. Yo lo haré contigo. Estaré junto a ti cuando lo hagas, sea donde sea. Y si crees que debes morir, que Sasuke debe tomar tu vida... no te detendré.

―Hinata-san... ―Itachi la miró, sus ojos empapados de un dolor tan crudo, tan profundo, que sentía que no había forma de salir de él. Que ella no merecía tener que soportarlo con él―. Después de todo lo que he hecho, ¿por qué...? ¿Por qué me sigues amando?

―Porque al igual que tú, que has vivido tu vida tomando elecciones que te trajeron hasta acá... esta es mi elección. Porque amas tan intensamente que eres capaz de destrozarte a ti mismo por Konoha, por Sasuke... por mí. Porque veo en tus ojos todo lo que eres y todo lo que puedes llegar a ser. Porque creo en ti. Si tu sueño es un mundo sin conflictos y en paz, entonces... estaré contigo en ese camino. Dure el tiempo que dure, aunque el tiempo que nos quede juntos sea corto. Aunque decidas que Sasuke lo acabe abruptamente. Donde quiera que camines, iré junto a ti.

―¿De verdad eso es lo que quieres? ―Hinata asintió, sonriéndole con lágrimas en sus ojos. Itachi nunca pensó que hubiese alguien tan desinteresada en el mundo como ella, tan llena de bondad y calidez. Lo sobrecogía, lo hacía sentir tan indigno―. Vamos a caminar un sendero muy solitario y triste si esa es tu determinación. Uno en donde vamos a tener que cargar con el odio de muchas personas. Uno en donde tu corazón será puesto a prueba y la oscuridad nos rodeará. Y en donde finalizarás sin mí.

―Lo sé ―le susurró.

―¿Es lo que deseas? ―casi deseaba que le dijese que no. Que no lo deseaba. Que era mejor volver a la Aldea e intentar encontrar su propio camino allá, junto a su familia, los amigos que había dejado en la infancia―. ¿Sabes todo lo que estarás renunciando por quedarte conmigo?

―Sí. Esa es mi elección, Itachi-san ―la joven levantó su mano libre y acarició suavemente su mejilla, sus ojos opalinos mirándolo profundamente. Se daba cuenta, que no era él imponiendo sobre ella su destino. Era Hinata la que lo estaba escogiendo y ante eso, no creyó tener derecho a protestar―. Siempre te amaré, completa e incondicionalmente.

Quizás no todo estaba perdido. Quizás, después de todo, había una forma de redención para él. Un camino en donde ella no tuviese que sentir vergüenza de ser su esposa. Sintió que algo dentro de sí mismo se confortaba ante la idea de que no tuviese que enfrentarse al final de su historia solo.

―Entonces, caminaremos juntos lo que dure nuestras vidas ―dijo finalmente, su voz apenas un susurro, mientras le apretaba la mano con más fuerza.

Itachi observó a Hinata, sus mejillas pálidas por el frío, su cabello goteando por la lluvia, sus labios tembloroso. Todo lo que sentía se reflejaba en su mirada y le pareció que sólo con su presencia traía en él una calma que había buscado casi toda su vida.

― Caminaremos juntos lo que dure nuestras vidas... ―repitió Hinata acariciándole la mejilla con cuidado, como si ambos estuviesen diciendo una nueva promesa que sólo ellos podían escuchar, entender y cumplir.

Con un suspiro profundo se inclinó hacia ella acercando sus labios. Su pequeña mano seguía sobre su mejilla, confortándolo más allá de toda palabra. Sentía tanta calma pero a la vez su corazón latía rápido. ¿Se merecía a alguien como Hinata en su vida? No lo sabía, pero tampoco iba a seguir peleando contra ello. Ese dolor que cargaba consigo se desvanecía con su tacto, con su comprensión, esa calidez para contenerlo.

― Hinata-san... ―murmuró apenas más fuerte que un susurro justo antes de que ella encontrara sus labios con los suyos.