NOTA:
Listo aqui esta el otro capitulo, lo siento si me tarde un poco pero solo le estaba dado los ultimos toques, como siempre disfrutenlo y si encuentran errores o errores de narracion comentenlo. :)
Gon y Else lo siguieron, mientras Gon no podía evitar sentir curiosidad por las actividades extracurriculares que realizaban los estudiantes.
—Embajador, ¿qué tipo de clubes tienen aquí? —preguntó Gon, intrigado.
Los chicos escucharon atentos mientras seguían caminando.
—Bueno, a decir verdad, director Gon, no lo sé con certeza. Pero cuando yo estudié aquí había varios clubes. Recuerdo algunos como el de teatro, música, periodismo, debate, esgrima, artes, deportes y otros que ahora no vienen a mi memoria —respondió Hughes.
Gon y los chicos se mostraron aún más interesados al escuchar sobre los clubes, especialmente aquellos nombres que no les eran familiares.
—Oye, ¿oíste eso? ¿Qué será eso de esgrima? —preguntó Bill, claramente intrigado.
Aoba lo miró con igual curiosidad.
—No lo sé, pero suena extraño. Aunque puede que tengan clubes más interesantes que los nuestros. Al parecer también tienen uno de teatro. ¿Será diferente al nuestro? —respondió Aoba, reflexionando mientras ambos caminaban.
Pasaron frente a los edificios de ladrillo, donde algunos estudiantes estaban afuera observando al peculiar grupo que los acompañaba. Hughes se acercó a uno de los estudiantes que los miraba con interés. Else, Gon y los chicos prestaron atención.
El estudiante era un joven de cabello castaño oscuro, un poco largo, que casi le cubría los ojos de un color dorado brillante. Era solo un poco más alto que Jack.
—(Disculpa que te moleste, pero ¿puedo preguntarte si el club de esgrima todavía existe?) —preguntó Hughes, hablando en el idioma humano con amabilidad.
El chico, que había estado observándolos, volteó hacia Hughes.
—(Sí, está en aquel edificio) —respondió el joven, señalando con la mano.
Hughes le sonrió.
—(Gracias) —dijo, agradeciendo tranquilamente.
Cuando Hughes dio la vuelta para continuar, el chico lo detuvo.
—(Espere) —dijo rápidamente, llamando su atención.
Hughes se giró con curiosidad.
—(¿Qué pasa?) —preguntó calmadamente.
—(Ah, quería preguntar si podría hablar con uno de ellos) —dijo el joven, mirando al grupo con algo de esperanza.
Hughes sonrió un poco.
—(Claro) —respondió amablemente.
El chico pareció alegrarse, mostrando una gran sonrisa. Hughes miró al grupo, quienes no entendían la conversación, excepto María y Elias, que habían seguido todo.
—Quiere hablar con ustedes —explicó Hughes con una sonrisa.
El grupo se sorprendió al escuchar que otro humano estaba tan interesado en ellos. Hughes volvió a dirigir su mirada al joven.
—(¿Sabes hablar su idioma?) —preguntó Hughes.
El joven asintió, lo que hizo que Hughes sonriera.
—Bien, adelante —dijo volviendo hablar el idioma de las bestias, dándole permiso.
El chico se acercó con entusiasmo, sin mostrar miedo. Por el contrario, parecía emocionado, lo cual no pasó desapercibido para los demás.
Finalmente, se paró frente a Aoba, quien comenzó a sentirse nervioso al ser el foco de la atención.
"¿Qué querrá este chico?" pensó Aoba, intentando mantener la calma mientras el humano lo miraba con evidente emoción.
—Hola, soy Kai. Quería preguntarte… ¿tus alas son reales?
La pregunta, cargada de un ligero acento, dejó a todos sorprendidos, incluso a Aoba, que lo miró incrédulo. Kai notó las reacciones y, un poco apenado, se apresuró a aclarar:
—Ah, lo siento si es una pregunta obvia, pero es que nunca había visto bestias en mi vida, solo en algunos libros.
Aoba lo observó por un momento antes de relajarse.
—Sí, son reales —respondió, acompañando sus palabras con una pequeña sonrisa.
Kai reaccionó con una emoción evidente, sus ojos brillaron de entusiasmo. Esto hizo que Aoba retrocediera un poco, incómodo por el repentino acercamiento del humano. Los demás observaban con curiosidad la interacción, sin intervenir.
—¿Puedo tocar tus plumas? —preguntó Kai emocionado, sin dejar de mirar las alas de Aoba.
El ambiente quedó en silencio por un instante. Todos lo miraron, sorprendidos por su petición, pero nadie dijo nada. Aoba, nervioso, no sabía cómo responder.
"¿¡Qué le pasa a estos humanos!? ¿¡Están todos locos!?" pensó Aoba, incómodo por la inesperada solicitud. Finalmente, tras unos segundos de indecisión, accedió:
—Está bien… solo sé cuidadoso —dijo con evidente inquietud.
Kai sonrió alegremente y asintió con entusiasmo. Los demás miraban a Aoba como si no creyeran que había aceptado. Con algo de cautela, Aoba se inclinó para que Kai pudiera alcanzarlo.
Kai, con movimientos lentos, extendió su mano y tocó las plumas de Aoba. Su expresión reflejaba puro asombro mientras las acariciaba con cuidado.
"Creí que se sentiría raro, pero… es algo tranquilizador. Entonces, esto es lo que Tao sentía cuando hablaba de esto. Me pregunto qué lo provoca…" reflexionaba Aoba sin darse cuenta de que su postura había cambiado. Había cerrado los ojos y su plumaje se había esponjado ligeramente.
El sonido de la risa contenida de Bill lo sacó de sus pensamientos. Aoba abrió los ojos rápidamente, mirando primero a Kai, que aún estaba acariciándolo, y luego a Bill y Tao, quienes trataban de no reírse. El resto de los demás chicos sonreían con una mezcla de diversión y asombro.
Aoba se percató de su reflejo en una ventana cercana y, al notar cómo se veía, se apartó apresuradamente, tropezando y cayendo hacia atrás. En el proceso, una de sus plumas se desprendió y cayó al suelo.
Kai se mostró preocupado al verlo.
—Ah, lo siento… ¿te incomodé? —preguntó, genuinamente apenado, mientras recogía la pluma caída.
Aoba se reincorporó, tratando de calmarse mientras esbozaba una sonrisa nerviosa.
—N-n-no, solo me sorprendió… no hay problema —respondió mientras intentaba sonar tranquilo.
Kai extendió la pluma hacia él, disculpándose de nuevo.
—Se te cayó cuando te echaste para atrás. Toma… lo siento.
Aoba miró la pluma unos instantes antes de hablar.
—N-n-no hay problema. Puedes… quedártela. Se me caen algunas veces —dijo con nerviosismo.
La cara de Kai se iluminó de emoción ante esas palabras.
—¿De verdad? —preguntó, y al recibir un asentimiento de Aoba, sonrió ampliamente—. ¡Gracias!
Kai agradeció inclinándose profundamente hacia Aoba, quien lo miraba incrédulo.
—¡La cuidaré mucho! —añadió Kai con entusiasmo.
Aoba, aún nervioso, solo asintió. Kai, visiblemente contento, se dirigió hacia Hughes con la misma alegría.
—¡Gracias! —dijo también a Hughes, quien sonrió con calma.
—Sí, de nada —respondió Hughes con tranquilidad.
Kai empezó a alejarse, pero se detuvo de pronto y giró para mirar a Aoba nuevamente.
—No te pregunté tu nombre.
Aoba lo miró, algo más calmado esta vez, y respondió.
—Me llamo Aoba.
—Gracias, Aoba. ¡Adiós! —dijo Kai, despidiéndose alegremente antes de continuar su camino.
Los demás lo miraron alejarse con una mezcla de sorpresa y curiosidad, para luego dirigir sus miradas a Aoba, quien, al notar la atención de todos, no pudo evitar sentirse aún más nervioso.
—Bueno, continuemos nuestro camino —dijo Hughes sonriendo mientras comenzaba a andar nuevamente.
El grupo lo siguió, aunque Bill y Aoba se quedaron rezagados, acompañados por Tao. Tao miró a Aoba con cierta curiosidad y, en voz baja, preguntó:
—¿Sentiste lo mismo que yo?
Aoba le devolvió la mirada antes de responder:
—Sí, te mentiría si dijera que no. Sentí lo que describiste… No sé qué tengan los humanos, pero es interesante.
Bill, que escuchaba la conversación con atención, arqueó una ceja y los miró con intriga.
—Ahora siento mucha más curiosidad por lo que dicen de cómo se siente —comentó Bill, mirándolos con una sonrisa divertida.
Aoba se encogió de hombros, intentando restarle importancia.
—Bueno… realmente no es la gran cosa. Simplemente se siente tranquilizador, eso es todo —respondió con desdén, aunque algo en su tono delataba que lo pensaba más profundamente.
Bill continuó intrigado, pero no insistió. Al poco tiempo, llegaron al edificio al que Hughes los conducía. Este abrió las puertas dobles y entró primero, seguido por los demás. La estancia era amplia, con el suelo dividido entre madera y goma. No había muchos muebles, solo algunas sillas desperdigadas y unos pocos armarios pequeños. Las ventanas dejaban entrar luz natural, y al fondo se distinguían unas puertas de madera. Cerca de estas, varias fotografías colgaban de la pared junto a medallas que brillaban con un leve destello.
Sin embargo, lo que más llamó la atención del grupo fueron dos figuras vestidas con trajes blancos y máscaras protectoras, que se enfrentaban en un duelo con espadas. Las armas, aunque de aspecto imponente, parecían deportivas, con empuñaduras redondeadas que cubrían toda la mano. Los movimientos eran rápidos y calculados, avanzando y retrocediendo con precisión. De repente, uno de ellos tocó al otro con la punta de la espada, deteniendo el combate.
Ambos se giraron hacia los recién llegados. Uno pareció alarmarse, mientras el otro se quitaba la máscara, revelando un chico de piel aperlada un poco más oscura de cabello negro alborotado y ojos color café. Alzando su espada, observó al grupo con cautela, lo que provocó que algunos retrocedieran asustados. Hughes, sin embargo, se adelantó tranquilamente.
—(Tranquilo, solo vienen conmigo) —dijo Hughes con calma.
El joven bajó la espada al notar la insignia oficial de Hughes.
—(Ah, lo siento, señor. Creí que las bestias nos estaban invadiendo) —respondió el chico, ya más relajado.
—(No, solo vienen a ver el lugar. En un rato nos vamos, eso es todo) —dijo Hughes con una sonrisa.
El joven asintió, aunque su mirada seguía fija en el grupo. Hughes aprovechó para hacer una pregunta.
—(Oye, por cierto, ¿todavía tienen las fotos en la pared?) —inquirió, señalando el fondo del lugar.
El chico parpadeó, algo confundido, pero asintió.
—(Sí, están por allí, en esa pared.) —Señaló una de las paredes del club.
Hughes agradeció con un gesto y se giró hacia el grupo.
—Vengan, vamos a ver el lugar —dijo alegremente.
Aunque sus palabras pretendían tranquilizarlos, Else y algunos más todavía se sentían nerviosos, en especial por la mirada fija del chico con la espada. Else titubeó antes de responder.
—S-s-sí… —murmuró, temerosa.
Hughes, al notarlo, sonrió con paciencia.
—Tranquila, embajadora. Estas espadas no tienen filo; son para deporte. No hay de qué preocuparse, chicos.
Las palabras de Hughes parecieron aliviar algo la tensión, aunque el nerviosismo persistía. Finalmente, el grupo comenzó a avanzar hacia la pared que Hughes había señalado. Este, al llegar frente a las fotografías, mostró una expresión nostálgica.
—Ah… qué recuerdos —comentó con una sonrisa melancólica mientras miraba las imágenes en blanco y negro.
Else, intrigada, se acercó junto con Gon y los demás.
—¿Usted estuvo aquí? —preguntó Else con curiosidad.
Hughes asintió con orgullo.
—Sí, de hecho, mi equipo y yo ganamos estas medallas —respondió señalando las preseas colgadas en la pared.
La revelación sorprendió a todos, incluso a los chicos que practicaban en el club y ahora escuchaban con interés.
—¿Espere, entonces usted es uno de los que está en esa fotografías? —preguntó Else, buscando con la mirada.
Hughes asintió nuevamente, señalando una imagen en particular. En la foto, un joven vestido con traje blanco y la máscara levantada sobre la cabeza sonreía de rodillas junto a sus compañeros, mostrando orgullosamente sus medallas.
—Sí, este soy yo —confirmó Hughes, sonriente.
Todos lo miraron con una mezcla de curiosidad e incredulidad, asimilando que el hombre que los guiaba había tenido un pasado tan interesante, vieron las otras fotografías y podían verlo con el uniforme de la escuela con un sombrero que todos traían.
—Entonces, ¿sabe pelear con espada? —preguntó Gon, visiblemente sorprendido.
Hughes rio con tranquilidad, restándole importancia.
—Sí, pero solo como deporte. No es para tanto —respondió con modestia.
En ese momento, dos chicos se acercaron, reconociéndolo al instante. Uno de ellos, sin máscara, exclamó con emoción:
—¡Es usted, Tyler Hughes! ¡El ministro de asuntos exteriores... y también el que tiene el récord de más victorias! —su entusiasmo era evidente, aunque su acento al hablar el idioma de las bestias lo hacía ligeramente torpe.
El comentario del chico dejó a todos boquiabiertos, girándose hacia Hughes. Este, sin embargo, simplemente sonrió.
—Sí, soy yo —respondió con calma, como si fuese algo habitual.
Los ojos del chico brillaron de emoción, y ambos jóvenes se inclinaron respetuosamente.
—¡Es un honor conocerlo, señor! —dijeron al unísono, casi sin aliento.
La sonrisa de Hughes se amplió.
—Por lo que veo, nadie ha batido mi récord —comentó entre risas.
—¡No, señor! ¡Nadie ha podido superarlo! —dijo el otro chico, el que llevaba máscara, claramente emocionado.
Hughes, con una mezcla de orgullo y humor, asintió.
—Es bueno ver que se esfuerzan. Me gustaría que alguien lo lograra algún día —dijo con sinceridad.
El chico sin máscara, lleno de entusiasmo, dio un paso adelante.
—¡Señor, ¿podría enseñarnos un poco?! —preguntó, casi suplicando.
Hughes lo miró con una ceja levantada, pensativo.
—Bueno… quizá estoy un poco oxidado, pero puedo intentarlo —respondió con una sonrisa.
El chico pareció explotar de alegría. Ambos jóvenes, visiblemente emocionados, lo siguieron mientras Hughes se acercaba al centro de la sala. Antes de comenzar, les dirigió una pregunta.
—Por cierto, no he preguntado sus nombres.
—Me llamo Evan, señor —respondió el chico sin máscara, inclinándose levemente.
—Y yo soy Tobias —añadió su compañero, siguiendo el gesto.
Hughes asintió.
—Es un gusto conocerlos, Evan y Tobias. Bien, vamos —dijo mientras tomaba una de las espadas de práctica y se colocaba su máscara para protegerse, que colgaba de su cinturón.
Todos los presentes se apartaron hacia los bordes de la sala, dejando espacio para el enfrentamiento. Hughes adoptó una posición relajada, colocando una mano detrás de su espalda, mientras Evan se preparaba al frente.
—Veamos si aún me acuerdo —murmuró Hughes con tranquilidad.
A la señal de Tobias, el combate comenzó. Evan avanzó con determinación, pero Hughes, con un movimiento rápido y preciso, encontró una apertura en su defensa, tocándolo con la punta de la espada antes de que el joven pudiera reaccionar. El duelo terminó en cuestión de segundos.
El silencio se apoderó de la sala mientras todos, incluido Evan, lo miraban con incredulidad.
—Oh, parece que aún lo tengo —comentó Hughes, sonriendo con modestia mientras sobaba ligeramente su hombro —Aunque creo que ya no me muevo tan rápido como antes.
Else, sorprendida, pensó. "¿Más rápido? Pero si apenas lo vimos moverse…"
Hughes se volvió hacia Evan.
—¿Quieres intentarlo de nuevo? —preguntó con un tono divertido.
Evan asintió rápidamente, seguido por Tobias, y los duelos continuaron durante un rato. A pesar de sus esfuerzos, ambos jóvenes terminaron agotados en el suelo, mientras Hughes apenas mostraba signos de cansancio.
—Eso fue divertido. No recuerdo la última vez que usé una espada de esgrima —dijo Hughes animado.
—Sí, pero usted es increíble, señor —admitió Evan, jadeando.
Hughes sonrió.
—Ustedes también son buenos, solo les falta un poco de práctica —respondió mientras les tendía la mano para ayudarlos a levantarse.
—Gracias, señor. Fue un honor conocerlo —dijeron ambos, inclinándose respetuosamente una vez más, Hughes se quitó su máscara poniéndola en su cinto nuevamente.
—Tranquilos. Pero debo admitir que no me había divertido tanto en mucho tiempo —dijo Hughes con una sonrisa sincera antes de entregar la espada a Evan —Cuídense. Ahora debo irme.
—¡Sí, señor Hughes! ¡Hasta luego! —respondieron los chicos, despidiéndose con emoción.
Hughes regresó al grupo, que lo miraba aún incrédulo.
—Bien, continuemos —dijo con tranquilidad.
Else y Gon, incapaces de contener su curiosidad, se acercaron mientras avanzaban hacia unas puertas de madera
Hughes abrió las puertas y continuó guiando al grupo mientras recorrían el lugar. A medida que avanzaban por un pasillo con puertas a ambos lados, algunas de ellas con ventanas que permitían ver el interior, los chicos observaban curiosos. Al final del pasillo había dos puertas más, estas sin ventanas, que también captaron su atención. Mientras tanto, Else y Gon se acercaron a Hughes para conversar.
—Señor Hughes, ¿cuántas personas practican este deporte? —preguntó Gon, intrigado, mientras Else escuchaba con atención.
—No muchas. Solo hay cuatro escuelas que lo practican, y todas están en la capital de Edén, en Garden —respondió Hughes con calma.
Gon y Else intercambiaron miradas, ambos intrigados por la exclusividad del deporte, mientras seguían avanzando por el pasillo. Hughes señalaba las puertas a su paso, explicando su función.
—Aquí están los vestidores, las regaderas, el almacén de equipo y los muebles —indicó Hughes, apuntando cada puerta mientras los demás miraban con curiosidad.
—Bien, síganme. Les mostraré la sala de descanso —añadió Hughes con tranquilidad.
Gon y los chicos no podían evitar comparar el lugar con las instalaciones de su propia escuela. Gon, en particular, estaba impresionado.
"Ni en nuestra escuela tratamos así a los estudiantes. Esto es increíble…" pensó Gon mientras seguía a Hughes.
Al salir del pasillo, llegaron a una amplia habitación decorada con sillones y mesas. Una alfombra elegante cubría el suelo, mientras que en las paredes se veían algunos muebles bien colocados. Al fondo, una escalera que rodeaba la habitación conducía al segundo piso. Grandes ventanas con cortinas dejaban entrar la luz natural, iluminando el espacio. Desde el techo colgaba un candelabro apagado, que añadía un aire de sofisticación.
El asombro de Gon y los demás era evidente. Miraban alrededor con incredulidad ante el lujo del lugar.
—Esto es… increíble —murmuró Durham, reflejando el sentimiento del grupo.
—¿Les gusta? —preguntó Hughes con una sonrisa, claramente complacido con su reacción.
Todos lo miraron y asintieron, todavía impresionados por el esplendor del lugar.
Hughes sonrió mientras señalaba el interior del club.
—Bien, la mayoría de los clubes son así. Arriba se encuentra la oficina del presidente y una sala de reuniones, aunque varía de club en club —explicó con calma, mientras los demás asentían impresionados.
—Es increíble cómo tratan a sus estudiantes, embajador Hughes —comentó Else, sorprendida por los detalles del lugar.
Gon, a su lado asintió, mientras Hughes respondía.
—Sí, lo sé. Pero la mayoría de los padres de los estudiantes son familias adineradas, y algunos incluso son ministros. Como mencioné antes, el gobierno y las familias invierten mucho dinero aquí. Además, hay un cupo limitado y un examen de ingreso que no es nada fácil.
—¿Qué tan difícil es? —preguntó Jack, intrigado, mientras todos dirigían su atención a Hughes.
Hughes sonrió con cierto orgullo.
—Bueno, recuerdo que de los 50 que asistieron al examen de ingreso, solo 10 pasamos... y yo casi no lo logro —confesó, riendo con tranquilidad.
Los demás lo miraron incrédulos.
—Eso… suena muy difícil —admitió Jack, sin ocultar su sorpresa.
—Lo es, pero valió la pena. Vamos, hay más lugares por explorar —dijo Hughes, guiándolos para salir del club.
El grupo salió del club y comenzó a caminar nuevamente por el campus. Mientras avanzaban, pasaron frente al edificio universitario, donde podían ver a los estudiantes paseando. Algunos los observaban discretamente, mientras otros los seguían a cierta distancia. Hughes, Else y Gon mantenían una conversación sobre los detalles del lugar, pero Jack estaba perdido en sus pensamientos.
"¿Podré estudiar aquí algún día?" Se preguntaba mientras miraba de reojo a María, quien caminaba a su lado tomándolo de la mano. Sus pensamientos lo atormentaban. "¿Qué haré cuando ella regrese aquí? Después de terminar sus estudios, no tengo otra forma de comunicarme con ella más que a través de cartas... No lo había pensado."
Jack bajó la mirada al suelo, preocupado. Su mente estaba llena de incertidumbre. "Tal vez esa chica, Alice, tenga razón... No, no dejaré que me…"
De repente, sintió la mano de María en su rostro, sacándolo de sus pensamientos. La miró sorprendido.
—¿Estás bien? —preguntó María con preocupación, notando su expresión decaída.
Jack intentó sonreír para ocultar sus pensamientos.
—S-sí. Solo pensaba en lo increíble que es este lugar.
María sonrió, aliviada por su respuesta.
—Sí, lo es, y más porque nos darán la oportunidad de estudiar aquí a mí y mi hermano —respondió alegremente.
Jack sintió una punzada en el pecho al escucharla, pero se quedó en silencio. María lo observó un momento antes de acercarse a su oído, haciendo que él se sonrojara al notar las miradas curiosas de los estudiantes alrededor.
—Te amo —susurró María con dulzura.
Jack se quedó paralizado, su rostro ardiendo.
Jack sintió como si su corazón fuera a estallar. Su rostro se puso completamente rojo, y no supo qué responder.
—Y-y-y yo también... —dijo en voz baja, mirando el suelo con vergüenza.
María rió suavemente al ver su reacción y le apretó un poco más la mano.
—Quisiera abrazarte, pero no sé cómo reaccionaría los demas si nos viera —susurró nuevamente con una sonrisa.
El corazón de Jack latía con fuerza, como si quisiera salirse de su pecho.
Mientras tanto, Durham y los demás seguían comentando sobre el club que acababan de visitar.
—Entonces, eso era un club… Me sorprende que a los humanos les guste pelear con espadas —comentó Durham, todavía intrigado.
—Sí, fue increíble, aunque se veía peligroso —respondió Voss, algo emocionado.
Miguno los oía y también se les unió.
—Parece que a los humanos les gustan las cosas peligrosas... Lo ven como un deporte —añadió Miguno, reflexionando sobre el comportamiento humano.
Legoshi, quien escuchaba también, añadió.
—¿Creen que por eso Elias y María no nos tienen miedo?
Los demás lo miraron con curiosidad, y Legoshi se puso nervioso.
—Digo, solo que ellos no parecen temernos, a pesar de nuestras garras y dientes afilados... Es extraño que les agrademos tanto, al igual que a los demás que se nos han acercado.
Durham cruzó los brazos, pensativo.
—Tal vez tengas razón... Son un poco raros —respondió con seriedad.
Collot, por su parte, comentó algo inesperado.
—Yo solo quiero saber qué se siente cuando te tocan la cabeza —dijo repentinamente curioso.
Todos lo miraron, sorprendidos por su comentario, él se avergonzó al notar sus miradas.
—¿Qué? Solo tengo curiosidad. Todos reaccionan diferente cuando los humanos los tocan —se excusó, encogiéndose de hombros.
Miguno sonrió.
—Sí, tienes un poco de razón. Yo también siento curiosidad —añadió con intriga.
El grupo siguió conversando animadamente mientras caminaban. Finalmente, llegaron a un área donde vieron un gran edificio junto a varias construcciones en proceso. Hughes se detuvo y notó que el camino estaba bloqueado.
—Mmm... Parece que ya han comenzado las obras para construir nuevos salones. Lo siento, pero no podremos ver el gimnasio ni el auditorio —dijo Hughes, algo decepcionado, mientras miraba al grupo.
Todos asintieron, comprendiendo.
—Bueno, sigamos explorando el resto de la escuela —añadió Hughes con una sonrisa antes de retomar el recorrido.
Hughes los guió por la academia, mostrándoles los salones de la parte universitaria. Estos eran espacios amplios, con un diseño algo similar a los suyos, aunque mucho más grandes. Después los llevó a la cafetería, donde varios estudiantes los observaron, algunos con expresiones de susto, pero la mayoría con curiosidad. La cafetería tenía diferentes áreas para comer, con mesas grandes, un lavamanos y una segunda planta decorado con flores desde donde se veían más mesas. Aunque todos estaban impresionados por el lugar, no podían ignorar la sensación de que las miradas de los demás se clavaban en ellos.
Hughes giró para salir, y lo siguieron hasta los salones de preparatoria, que no eran tan diferentes de los universitarios. Finalmente, llegaron a los dormitorios. Frente a ellos se alzaban edificios altos y grandes, con fachadas de ladrillos. La entrada era más elegante que cualquier cosa que hubieran visto antes, adornada con arcos y pilares, y una puerta doble de madera que estaba abierta, invitándolos a pasar. A su alrededor, estudiantes charlaban en bancas cercanas, notando la presencia de los recién llegados. Sin embargo, ellos estaban absortos observando los dormitorios.
—Increíble, son más grandes que los de nuestra escuela —dijo Bill, mirando las ventanas que dejaban entrever el interior de los edificios.
—Sí, este es el dormitorio de mujeres. El de hombres está por allá —señaló Hughes hacia un edificio al fondo.
Todos miraban con curiosidad lo imponente que eran las instalaciones. Gon y Else exploraban con la mirada cada rincón cuando una voz conocida llamó su atención. Especialmente a Bill, quien se puso visiblemente nervioso.
—¡Bill, Bill, Bill! ¡Aquí arriba! —gritó una voz desde las alturas.
Apenas pudieron distinguir las palabras, pero todos reconocieron la voz. Al alzar la vista, vieron a Rose saludándolos desde una ventana en el tercer piso. Los demás estudiantes en el campus también notaron la escena, observando con interés. Rose desapareció rápidamente al interior del cuarto, pero su saludo dejó a Bill incómodo.
—Oye, Bill, creo que le caes bien a esa chica. Eres popular con ella —comentó Aoba en un tono burlón.
Bill frunció el ceño, molesto, mientras Tao reía bajo. Sin embargo, la risa de Tao se detuvo de golpe al notar que la chica del tranvía, aquella que había hecho preguntas, se acercaba. Esta vez pudo verla con claridad, su cabello negro caoba estaba recogido en una trenza que le dejaba una cola larga, sus ojos eran de un café claro. La chica lo miró directamente y sonrió. Tao, nervioso, desvió la mirada, lo que hizo que Bill notara la escena y sonriera burlón.
—¿Qué pasa? ¿No te estabas burlando de mí? —le dijo Bill, con un tono sarcástico, mientras observaba cómo la chica se acercaba cada vez más.
En ese momento, Rose salió de los dormitorios, con determinación. Bill la miró con una mezcla de nerviosismo y temor.
—¡Por fin te encuentro! —exclamó Rose, acercándose rápidamente a Bill. Se plantó frente a él con las manos en las caderas, sonriendo de oreja a oreja.
—¿No... se supone que tenías clases? —preguntó, tratando de mantener la calma.
—Ah, sí, pero ya terminé. A veces la prefecta puede ser muy estricta, pero bueno —respondió Rose, con una sonrisa despreocupada, antes de añadir con entusiasmo —Ahora vendrás conmigo.
Sin previo aviso, Rose tomó la mano de Bill, dejándolo atónito. Los demás, incluyendo Aoba, Tao, Legoshi y el resto, los miraron sorprendidos. Hughes no pudo contener una leve risa al ver la escena.
—¡¿Qué?! ¡¿Adónde planeas llevarme?! —exclamó Bill, alarmado.
"¡Definitivamente esta chica está loca! ¡Debo alejarme de ella!" pensó Bill desesperado, mientras Rose lo miraba con una sonrisa tranquila.
—Vamos, solo quiero hacerte unas preguntas. Iremos a la pequeña casa de mi padre —respondió Rose, todavía sonriente, mientras intentaba arrastrarlo consigo.
Todos miran incrédulos por lo que oían, en especial Else y Gon que temían por su seguridad.
Bill se quedó paralizado, sus pensamientos revoloteaban con paranoia. "¿Qué quiere de mí? ¡Tal vez me quiere comer o, peor!"
Antes de que Rose pudiera llevárselo, la chica del tranvía finalmente llegó hasta ellos, interrumpiéndolos.
—¡(Rose, déjalo! Lo estás haciendo sentir incómodo) —dijo Anny, dirigiéndose a Rose en el idioma humano con un tono firme.
Rose, sin embargo, la miró con el ceño fruncido antes de soltar una sonrisa burlona.
—(¿Ja? ¿Y qué quieres, Anny? Tú ni siquiera puedes hablar su idioma) —respondió Rose, hablando con tono altanero mientras reía.
—(¿Eso qué importa? Puede que no lo hable bien, pero claramente lo estás incomodando) —replicó Anny, irritada, apretando los labios.
Mientras tanto, Bill, Aoba y Tao miraban la escena con evidente confusión. Aunque no entendían ni una palabra de lo que decían, la tensión era tangible, quedaba claro que esas dos se conocían y estaban discutiendo. Hughes, que había estado observando desde la distancia, decidió intervenir.
—(Tranquilícense las dos, especialmente tú, Rose. Él no puede alejarse de nosotros, y tú tampoco puedes llevártelo si él no quiere) —dijo Hughes, con un tono autoritario pero calmado, intentando apaciguar la situación.
Rose frunció el ceño al escuchar a Hughes, pero pronto se giró hacia Bill, cambiando de actitud y sonriendo dulcemente.
—¿Vendrías conmigo? —preguntó, mirándolo directamente con un brillo juguetón en los ojos.
Bill se tensó, nervioso, y tras unos segundos de duda, finalmente tomó una decisión.
—N-n-no, no puedo. Tengo que quedarme con ellos —respondió, con la voz temblorosa.
Al ver cómo la expresión de Rose se desanimaba ligeramente, Bill sintió una punzada de culpa. Intentó suavizar la situación rascándose nerviosamente la parte trasera de la cabeza.
—Pero… si quieres, puedo responder tus preguntas… siempre y cuando no nos alejemos mucho —añadió, esforzándose por sonar amable.
Los ojos de Rose brillaron de emoción ante sus palabras.
—¡¿De verdad?! ¡Entonces sígueme! Vamos a esa banca de allá —dijo, señalando una banca vacía no muy lejos.
Bill asintió tímidamente, siguiendo a Rose mientras ella sonreía triunfante. Aoba, Tao y Anny observaban la escena con cierta incomodidad. Anny frunció el ceño, visiblemente molesta.
—(Siempre hace lo que quiere) —murmuró entre dientes, sin apartar la vista de Rose llevándose a Bill. Luego, suspiró y se giró hacia Hughes.
—(Lo siento si me peleé con ella. A veces es muy terca… además de ser mi compañera de cuarto) —dijo Anny, inclinándose ligeramente en señal de disculpa.
Hughes sonrió, levantando una mano para restarle importancia al asunto.
—(No hay problema) —respondió con calma.
Anny lo observó por un momento antes de darse cuenta de quién era.
—(Oh… usted es el ministro de asuntos exteriores. Lo siento por no haberlo reconocido, señor) —dijo con un tono tranquilo, aunque un poco avergonzada.
—(No te preocupes, casi nadie me reconoce en este uniforme. Están más acostumbrados a verme con el otro) —respondió Hughes, sonriendo con naturalidad.
Anny también sonrió, aunque parecía algo nerviosa. Luego, tras unos segundos de duda, levantó la mirada.
—(Ah… señor, ¿puedo hacerle una pregunta?) —dijo, con cierto titubeo.
—(Claro, dime) —respondió Hughes, curioso.
—(Bueno, verá… me preguntaba si podría… pedirle al chico de ahí… Tao… que si podría acariciarlo nuevamente) —preguntó Anny, cada vez más nerviosa y avergonzada por su propia petición.
Hughes no pudo evitar soltar una pequeña risa.
—(No hay problema) —dijo, asintiendo con una sonrisa.
Tao y Aoba miraban, claramente intrigados por la interacción. Hughes volteó hacia Tao, quien parecía cada vez más nervioso.
—Oye, ella me pregunta si podrías dejarla acariciarte nuevamente —dijo Hughes, con calma.
Tao sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su mente corría en círculos. "¡¿Qué le digo?! ¡Podría negarme como Bill, pero… me sentiría culpable si digo que no!" Finalmente, tras unos segundos de deliberación, asintió tímidamente.
—S-s-sí… —respondió, con voz temblorosa.
Al escuchar la respuesta, Anny sonrió ampliamente, agradecida. Se acercó a Tao con cautela, quien parecía cada vez más nervioso. Cuando levantó su mano para acariciarlo debajo de la barbilla, Tao automáticamente se inclinó hacia adelante y cerró los ojos, entregándose al momento.
Anny, sorprendida por su reacción, comenzó a acariciarlo con la otra mano, provocando que Tao empezara a ronronear, llamando la atención de todos los presentes en el campus. La escena rápidamente se convirtió en un espectáculo, con Tao incluso abrazándola y restregando su cabeza contra ella, buscando más caricias.
Anny reía alegremente por la reacción inesperada, mientras Aoba y el resto miraban atónitos. Incluso Bill, sentado en la banca con Rose, no pudo evitar voltear a mirar, sintiéndose igual de sorprendido que todos los demás.
Tao continuaba ronroneando, disfrutando del momento. "Ah, se siente bien. Quiero quedarme un rato más así…" pensaba mientras frotaba su cabeza contra la cara de Anny. Sin embargo, sus pensamientos se dividían: "¿Por qué hago esto? Aunque se siente bien... también siento algo más..."
Al abrir los ojos, Tao se encontró con la escena que lo rodeaba: Anny reía mientras lo seguía acariciando con sus manos, Aoba lo miraba sorprendido y visiblemente avergonzado, mientras que Hughes reía ligeramente en el fondo. Los demás, Gon, Else y varios más, lo observaban con caras de asombro. Fue entonces cuando Tao notó algo extraño. Todos parecían más altos, y el suelo estaba mucho más cerca de lo normal. Se dio cuenta de que estaba tirado en el piso, con Anny arrodillada frente a él, sosteniendo su cabeza entre sus manos.
La vergüenza lo golpeó como una avalancha. Su rostro se puso rojo de inmediato, y rápidamente se sentó apartándose de Anny. Ocultó su rostro entre sus piernas, cubriéndolo con las manos, deseando que la tierra lo tragara. Anny, divertida por la situación, simplemente lo observaba con una sonrisa.
De repente, Tao escuchó pasos acercándose. Miró de reojo y vio a un grupo de estudiantes que, desde los dormitorios, se habían acercado al lugar, rodeándolo con curiosidad. Algunos de ellos sonreían con entusiasmo, como si estuvieran viendo algo adorable. Esto solo aumentó la vergüenza de Tao, quien pensó desesperado. "¡Ahhhh, ahora qué hago! ¡Todos me están rodeando!"
Anny se inclinó hacia él, intentando calmarlo. Habló con un tono suave en su idioma limitado.
—Traenquilu —dijo, mientras ponía una mano sobre la cabeza de Tao y comenzaba a acariciarla.
Tao la miró con timidez, pero al encontrarse con su sonrisa reconfortante, sintió algo de alivio. Sin embargo, su tranquilidad duró poco, ya que al mirar a los otros estudiantes, notó que varios lo observaban con ojos que claramente querían imitar a Anny y acariciarlo también. Antes de que alguno pudiera dar el siguiente paso, una voz firme rompió la tensión.
—(¿Se puede saber qué hacen todos aquí reunidos?) —La voz autoritaria de la prefecta Ellenor congeló a todos en su lugar.
Anny se puso de pie de inmediato, recta como un soldado, mientras los estudiantes se apartaban para dejar paso a Ellenor. La prefecta caminó con calma, su expresión seria e inquisitiva, hasta llegar frente a Anny y Tao, quien seguía sentado en el suelo, petrificado por la intimidante presencia de Ellenor.
—(¿Qué está pasando?) —preguntó Ellenor con el ceño fruncido, mirando a Anny.
Anny, nerviosa, intentó responder.
—(N-n-nada, solo lo ayudaba a levantarse) —respondió, sonriendo nerviosamente mientras extendía una mano a Tao para que se levantara.
Tao miró la mano de Anny con duda, pero al notar su expresión alentadora, la tomó lentamente. Ella lo ayudó a ponerse de pie, mientras Ellenor continuaba observándolos con sus ojos penetrantes.
—(Bien) —respondió Ellenor, volviendo su atención hacia los demás estudiantes que seguían reunidos —(Retírense)
Los estudiantes obedecieron rápidamente, dispersándose mientras Ellenor los miraba severamente. Su mirada se detuvo en Hughes, quien tragó saliva visiblemente nervioso.
—Joven Tyler, espero que no estén causando alboroto —dijo Ellenor, fijando su mirada en él.
Hughes levantó una mano en un gesto conciliador.
—Claro que no, prefecta Ellenor. Solo… él se cayó, y ella lo estaba ayudando —respondió con una sonrisa nerviosa.
Ellenor lo observó en silencio por unos segundos que se sintieron eternos. Finalmente, asintió.
—Muy bien, joven Tyler. Solo asegúrese de que no haya más desorden.
Hughes asintió rápidamente, viendo cómo Ellenor se alejaba con paso firme. En su camino, pasó junto a Bill y Rose, quienes también la miraban con temor. Ellenor les dirigió una mirada fugaz, pero lo suficientemente intimidante como para enviar un escalofrío por sus espinas.
Cuando finalmente se fue, todos comenzaron a relajarse. Tao, aún rojo de vergüenza, miró a Anny, quien le dedicó una sonrisa tranquila. Aunque todavía estaba avergonzado, no pudo evitar sentir un pequeño alivio al ver que todos se habían retirado.
Bill observaba todo en silencio mientras su mente se perdía en lo ocurrido con Tao momentos antes. Se preguntaba qué podría haberle pasado para reaccionar de aquella manera, pero sus pensamientos se interrumpieron cuando sintió una mano en su hombro. Era Rose, que lo miraba con una sonrisa.
—Bien, ya que se fue la prefecta, podemos hablar —dijo Rose con tono alegre.
Bill, algo nervioso, la miró sin saber qué esperar. Finalmente, tomó aire y preguntó con más decisión:
—Dime, ¿qué es lo que quieres de mí?
Rose lo observó tranquilamente antes de responder, tomándose unos segundos que a Bill le parecieron eternos.
—Bueno, mmm... —Rose parecía reflexionar mientras lo miraba con intriga—. Verás, solo quería saber cómo son tus patrones.
Bill la miró con incredulidad, sintiendo que sus expectativas se desplomaban.
—¿Qué? ¿Entonces todo esto fue solo para eso? ¿Para ver mis patrones de rayas? ¡Si están a la vista! —dijo Bill, algo molesto por el alboroto que Rose había causado.
Rose no pareció inmutarse ante su tono. Mantuvo su calma habitual mientras explicaba:
—Bueno… no exactamente. Es que quiero saber cómo se ven tus patrones de cerca, ya que son naturales —respondió con una leve sonrisa.
Se puso de pie y continuó, mirándolo directamente.
—Verás, estudio patrones en la naturaleza. Es algo que quiero incluir en mi tesis en el futuro. No me interesa el negocio de armas de mi padre. En cambio, me encantaría diseñar mejores telas inspiradas en patrones naturales, ya sea para uniformes o ropa informal. Por eso me interesan tus patrones. No todos los días puedo ver a un tigre, y mucho menos uno cuya especie es tan desconocida como la tuya.
Bill se quedó atónito, procesando sus palabras.
—Entonces, ¿es por eso? ¿Quieres usarme como material de referencia y estudio? —respondió con seriedad.
Rose se encogió de hombros y lo miró igual de seria.
—Mmm, bueno... sí. Pero no lo digas como si te estuviera tratando como un objeto.
Bill cruzó los brazos y frunció el ceño.
—Vamos, es exactamente como me estás viendo —dijo con un dejo de molestia.
Rose suspiró y miró al suelo, ligeramente apenada.
—Bueno… hay otra razón, pero me da un poco de pena decirlo —admitió finalmente.
Bill suspiró, ya algo cansado de la situación.
—Dímelo, no puede ser peor que ser material de referencia —respondió con un leve toque de sarcasmo.
Rose levantó la vista con una pequeña sonrisa, aunque su rostro mostraba cierto rubor.
—Creo que tu patrón de pelaje es bonito y elegante —admitió con sinceridad.
Bill abrió los ojos sorprendido, sin poder creer lo que escuchaba.
—Ah… bueno… si lo dices de esa manera... no me molesta tanto —respondió, sintiendo un ligero calor en el rostro.
Rose sonrió al verlo ceder y continuó.
—También creo que te ves muy tierno, a pesar de ser grande y fuerte —añadió con tranquilidad.
Bill sintió un halago inesperado en esas palabras. A pesar de su naturaleza seria, no pudo evitar sentirse ligeramente avergonzado.
—Yo… —empezó a decir, pero se detuvo al sentir cómo sus pensamientos se nublaban—. ¿Qué me pasa? Nunca me había sentido así… —reflexionó, tratando de mantenerse firme—. No, concéntrate. Soy uno de los depredadores más grandes y fuertes. No puedo…
Sus pensamientos se interrumpieron de golpe cuando vio a Rose acercarse con una expresión curiosa.
—Oye, ¿puedo pedirte algo? —preguntó Rose, mirándolo de cerca y sonriendo.
Bill sintió un pequeño escalofrío y respondió, nervioso.
—S-sí… ¿qué es?
Rose lo miró con naturalidad.
—¿Me dejarías acariciarte? —preguntó Rose con serenidad.
Bill sintió que toda su confianza se hacía pequeña. Su imponente fachada de depredador se desmoronaba, dejando paso a una sensación extraña, casi cálida, que no sabía cómo manejar.
—B-b-b-b-bueno…S-s-sí, claro… —respondió con un tartamudeo y un sonrojo evidente.
Rose sonrió con entusiasmo.
—¡Bien! —exclamó, acercándose aún más.
Rose sonrió alegremente y, con suavidad, acercó sus manos. Bill cerró los ojos con fuerza, su pulso acelerado mientras pensaba. ¡Soy fuerte, soy un carnivoro, soy…! Pero el toque de las manos pequeñas de Rose lo tomó por sorpresa.
"Esto… no se siente tan mal…" pensó Bill mientras comenzaba a relajarse. Rose acariciaba su cabeza con cuidado, pasando sus manos por sus orejas.
—Tu pelaje es muy suave —dijo Rose con una sonrisa, disfrutando la textura.
Bill se permitió llevarse por la sensación, hasta que escuchó una voz conocida llamarlo.
—¡Bill! ¡Bill! —era Aoba.
Abrió los ojos rápidamente y vio primero a Rose, quien reía divertida, y luego a Aoba y a los demás observándolo. Notó que estaba prácticamente recostado en la banca, lo que lo hizo incorporarse de golpe, nervioso.
—¡No es lo que parece! —dijo Bill con torpeza, intentando recuperar su compostura mientras Rose reía suavemente a su lado.
Todos miraban a Bill con incredulidad. La escena había sido demasiado inesperada, incluso para los estándares del tigre, quien ahora solo deseaba que la tierra lo tragara de la vergüenza.
—¿Q-q-q-q-qué pasa? —preguntó Bill, intentando sonar serio, aunque su voz temblorosa lo delataba.
—Ya nos vamos. El embajador nos mostrará la biblioteca —respondió Aoba, aún procesando lo que acababa de presenciar. La imagen de Bill casi recostado en la banca, con los ojos cerrados y una sonrisa de satisfacción, era algo que ni él ni los demás podrían olvidar fácilmente.
—Ah, sí, ya voy —dijo Bill, levantándose rápidamente de la banca, con la esperanza de dejar atrás el incómodo momento. Sin embargo, Rose lo detuvo, tomándolo de la camisa antes de que pudiera escapar. Bill se giró, algo nervioso.
—Todavía no me muestras todas tus rayas en el pelaje —dijo Rose, mirándolo con expectativa.
Bill tragó saliva, buscando desesperadamente una salida.
—¿Qué tal si... te doy una foto? —respondió nervioso, tratando de evitar el tema.
Rose abrió los ojos con emoción, sonriendo ampliamente.
—¿¡De verdad!? —preguntó emocionada.
Bill asintió, aunque su nerviosismo seguía evidente.
—S-s-sí, pero será hasta que vuelva a casa —dijo, aún tartamudeando.
—y ¿Cómo me la enviaras? Pregunto Rose, Bill solo la miro sin saber que contestar.
Rose lo miró pensativa por unos segundos, hasta que su mirada se iluminó al encontrar una solución.
—¡Ah, ya sé! Dásela al embajador Hughes para que me la envíe —propuso, satisfecha con su idea.
Bill no tuvo más remedio que asentir, resignado.
—Está bien... —dijo con un tono bajo, solo deseando salir de la situación lo más rápido posible. Pero antes de que pudiera dar un paso, Rose lo detuvo nuevamente. Esta vez, lo miró con una expresión más suave.
—Gracias —dijo, dándole un rápido abrazo antes de despedirse.
—¡Adiós! —exclamó Rose mientras se dirigía hacia los dormitorios.
Bill la observó desaparecer de su vista con una mezcla de alivio y confusión. Aoba, que había presenciado todo, lo miró con curiosidad.
—¿Estás bien? —preguntó, arqueando una ceja.
—S-sí, vamos —respondió Bill, intentando sonar relajado, aunque su nerviosismo era evidente. Caminó rápidamente, tratando de olvidar lo sucedido.
Hughes, quien había estado observando desde el principio, no pudo evitar soltar una pequeña risa antes de tomar la iniciativa.
—Bien, continuemos —dijo, sonriendo mientras avanzaba.
El grupo lo siguió en silencio. Aoba caminaba al lado de Bill y Tao, quienes no decían una sola palabra y evitaban mirar a los demás. Aoba los observaba de reojo, pero decidió no comentar nada.
Al fondo, Legoshi conversaba animadamente con sus compañeros de cuarto, ajeno al incómodo ambiente entre los otros. Más atrás aún, Gouhin y Sakane observaban al grupo con calma, caminando en silencio
—Interesante... esto es muy interesante. De todas las reacciones que hemos visto, las de ellos son las más intensas —comentó Gouhin, con una mezcla de intriga y emoción mientras observaba a los demás. A su lado, Sakane escribía frenéticamente en una pequeña libreta, cuya mitad ya estaba llena de notas.
—Sí, esto es fascinante. Me gustaría saber más sobre ellos —añadió Sakane, absorta en sus apuntes. Alzando la vista hacia donde el grupo se dirigía junto a Hughes, lanzó una pregunta—. ¿Cree que en la biblioteca podamos encontrar algo de información? Pero... ¿nos dejarán revisar los libros?
Gouhin la miró mientras caminaba, llevándose una mano a la barbilla, pensativo.
—Tal vez, pero primero hay que preguntarle al embajador —respondió con calma.
El grupo continuó avanzando hasta llegar a un imponente edificio con grandes ventanales y una cúpula que coronaba su cima. La arquitectura seguía el estilo predominante del lugar, elegante y robusta. Al entrar, quedaron maravillados ante la inmensidad de la biblioteca: estanterías abarrotadas de libros cubrían casi toda la habitación, extendiéndose hasta un segundo piso. Desde allí se podía apreciar la cúpula por dentro, cuyas ventanas iluminaban un área de lectura adornada con cortinas estilizadas. Mesas equipadas con pequeñas lámparas llenaban el espacio, y algunos estudiantes leían en silencio o trabajaban concentrados en sus tareas.
Else, Gon y los demás quedaron boquiabiertos al ver la cantidad de libros. Hughes les indicó que hablaran en voz baja para no interrumpir a los demás.
—Esta es la biblioteca de la escuela. Aquí pueden encontrar casi de todo —explicó Hughes en un susurro.
—¿Podemos ver los libros? —preguntó Gon, también en voz baja, aunque lo suficientemente alto como para que todos en el grupo lo escucharan. Sakane y Gouhin esperaban con atención la respuesta.
—Claro, pero... no entenderán nada de lo que dicen. Están escritos en nuestro idioma. Aunque quizá Elias, María o yo podamos traducirles algunas cosas. Vamos —dijo Hughes con una sonrisa tranquila mientras avanzaba.
El grupo comenzó a seguirlo, pero Gouhin se acercó al embajador, deteniéndolo. Todos voltearon a mirar.
—Embajador, espere. Quiero preguntarle algo —dijo Gouhin con seriedad.
Hughes lo observó, comprendiendo que quería hablar en privado. Miró hacia Else y el resto.
—Continúe, embajadora. Geruft los guiará —dijo Hughes amablemente, haciendo un gesto con la mano para llamar a Geruft. Este entendió y se llevó al grupo entre las estanterías de libros, dejando a Sakane, Gouhin y Mei con Hughes.
—Bien, dime —respondió Hughes, sonriendo con calma.
Gouhin lo miró con firmeza, consciente de que Hughes seguía actuando, pero dispuesto a seguirle el juego.
—Verá, la doctora Sakane y yo quisiéramos saber si podríamos consultar algunos de sus libros de biología —preguntó Gouhin, cruzándose de brazos.
—Claro, síganme —respondió Hughes con la misma sonrisa.
Los llevó entre los libreros, caminando por pasillos iluminados por lámparas que colgaban estratégicamente. Aunque no podían leer los letreros escritos en un idioma desconocido, era evidente que indicaban las distintas secciones de la biblioteca. Tras avanzar por varios pasillos, Hughes se detuvo en una sección específica y los miró, señalando con un gesto los libros que buscaban.
Hughes se detuvo señalando una de las estanterías repletas.
—Aquí es. Mei, ¿puedes acompañarlos para que puedan leerlos? —dijo con tranquilidad, Mei asintio antes de darse la vuelta.
—Gracias —respondió Gouhin con una ligera sonrisa.
Hughes asintió y se marchó. Gouhin miró a Mei y luego a Sakane, quien observaba los libros con fascinación, pero también con indecisión.
—¿Cuál debería elegir? —preguntó Sakane, abrumada por la cantidad de títulos.
Gouhin se acercó para ayudarla, mirando los lomos de los libros con atención.
—Creo que deberíamos preguntarle a ella —sugirió, refiriéndose a Mei.
Sakane giró hacia Mei, quien les sonrió amablemente.
—¿Qué quieren leer? —preguntó Mei con calma.
—¿Crees que podrías ayudarnos a buscar un libro de biología humana? —dijo Sakane, un poco nerviosa.
—Claro, con gusto —respondió Mei, sonriendo mientras empezaba a buscar entre los estantes.
En otra parte de la biblioteca, Jack caminaba junto a María, fascinado por la inmensa colección de libros. Legoshi, Haru y los demás los seguían, Geruft se encontraba con Gon, Else y el resto, mientras ellos explorando las distintas secciones y leyendo los letreros que dividían el lugar.
—Oye, María, ¿qué dicen los letreros? —preguntó Jack, intrigado, moviendo la cola de emoción.
María notó su entusiasmo y dejó escapar una suave risa antes de señalar algunos.
—Mmm… veamos. Ese dice "Literatura Clásica", el otro "Física Antigua y Moderna", y el del fondo dice "Historia del Mundo" —explicó tranquilamente.
Jack miró la sección de "Historia del Mundo" con interés. Su curiosidad creció aún más al recordar el fragmento que Elias había leído en su dormitorio, aunque también sentía cierta aprensión.
—¿Podemos ver el de "Historia del Mundo"? Me interesa un poco saber cómo ven ustedes el mundo —dijo Jack, cauteloso pero intrigado.
María lo miró con algo de preocupación.
—¿Estás seguro? —preguntó, queriendo asegurarse de que Jack entendiera lo que podía encontrar ahí.
—Sí. Sé que no serán bonitas historias, pero me gustaría aprender más sobre ustedes —respondió Jack con determinación.
María asintió, aunque con cierta cautela.
—Está bien, pero si es mucho para ti, solo dímelo, ¿de acuerdo? —le dijo con una sonrisa comprensiva.
—Sí —respondió Jack alegremente.
Caminaron hasta la estantería, donde Jack observaba los libros con ojos curiosos. María tomó uno que le llamó la atención por su lomo grande y café, con letras escritas en un idioma que Jack no podía entender.
—Oh, nunca había oído hablar de este libro —comentó María mientras lo sacaba.
Jack se acercó, intrigado.
—¿Qué dice? —preguntó con curiosidad.
—Dice "Historia de la Humanidad" —respondió María, leyendo el título.
Cuando abrió el libro, la primera página llamó su atención.
—Esto es extraño… —murmuró, cerrándolo para mirar el lomo nuevamente con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa? —preguntó Jack, confundido por su reacción.
—El lomo dice "Historia de la Humanidad", pero la primera página dice "Historia de Edén" —explicó María, intrigada.
Jack y los demás miraron el libro con interés. María pasó la página y comenzó a leer lo suficientemente alto para que solo ellos escucharan.
—Hace mucho tiempo, los humanos no conocían a las bestias. No fue hasta su expansión territorial que los encontraron por primera vez. En aquel entonces, se creía que eran seres sobrenaturales debido a su forma humanoide; algunos incluso los veneraban como dioses. Pero la verdad es que los humanos conocieron a las bestias mucho antes de su evolución hacia lo que son ahora: animales con conciencia.
María continuó, mientras Jack y los demás la escuchaban con atención.
—El profesor Charles David, en el año 18XX, propuso en su teoría de la evolución que las bestias no eran muy distintas de los humanos, sugiriendo que compartían un ancestro común debido a sus similitudes. Durante años, se buscó el eslabón perdido hasta que fue descubierto bajo 20 capas de permafrost en una construcción en el año 18XX. El hallazgo confirmó la teoría de Charles, quien para entonces ya había fallecido debido a un problema médico grave.
María pasó la página, mostrando una imagen antigua y casi borrada de un esqueleto fosilizado junto con fotografías del profesor Charles. Jack y los demás observaban fascinados.
—Esto es increíble… —murmuró Jack, intrigado por la historia.
María asintió, continuando la lectura mientras el grupo permanecía atento, inmersos en las revelaciones del libro.
Durante el mismo año de su descubrimiento, el profesor Darwin Duncan teorizó sobre una posible extinción masiva provocada por un virus que infectó tanto a animales como a humanos, llevando a la muerte de la mayoría de las especies en la Tierra. Según esta teoría, solo sobrevivieron aquellos que lograron adaptarse al virus, el cual contenía material genético de diversas especies. Este fenómeno, conocido como "el eslabón perdido de Charles," se estudió inicialmente, pero debido a las limitaciones tecnológicas de la época, los análisis quedaron incompletos hasta el año 19XX. Sin embargo, la Guerra Carni-Herví destruyó gran parte de las pruebas, incluido el fósil, acabando con décadas de investigación.
Jack y los demás observaban las imágenes en el libro: un lobo con un rifle, vestido como soldado, enfrentándose a un canguro armado del otro bando. Las páginas ilustraban los eventos de aquel período, en el que la humanidad, debilitada y sin las ventajas evolutivas de los carnívoros o herbívoros, intentó reubicarse en zonas más seguras lejos de los centros urbanos ocupados. Algunos humanos confiaron en permanecer en sus territorios, pero pronto desaparecieron de los registros.
En el año 19XX, los carnívoros comenzaron a invadir los territorios humanos, desencadenando un conflicto que superaba las capacidades humanas. Poblaciones enteras fueron capturadas y quedaron a merced de sus captores. Los herbívoros, por su parte, tampoco fueron benevolentes: usaron a los humanos como esclavos, aprovechando su capacidad de adaptarse a climas extremos para explotarlos en labores arduas.
Jack sintió una mezcla de incomodidad y tristeza al escuchar sobre la crueldad de aquellos tiempos. Tocó suavemente el brazo de María, interrumpiéndola.
—Creo que con eso es suficiente —dijo Jack, visiblemente nervioso.
María lo miró y luego a los demás, quienes también parecían incómodos con el relato.
—Sí, claro —respondió con una sonrisa tranquila, cerrando el libro y devolviéndolo a su estante.
Cuando miró a Jack, notó su incomodidad. Sin decir nada más, lo abrazó suavemente, lo que lo tomó por sorpresa. Los demás, al percatarse, decidieron explorar otras estanterías, dándoles un momento de privacidad.
—Tranquilo, ya ha pasado mucho tiempo desde eso, y tampoco me molesta —dijo María en voz baja, sonriendo para calmarlo.
Jack asintió, aunque su rostro se enrojeció al instante.
—Sí, lo sé, pero todavía me cuesta creer todo lo que pasó. Además, no tenemos toda la historia completa porque muchas partes fueron omitidas —respondió mientras trataba de mantener la calma.
—Quizá su gobierno les oculta muchas cosas. Pero bueno, ¿no quieres ir a ver otra sección? —sugirió María, cambiando de tema con una sonrisa.
Jack asintió con entusiasmo, aliviado por el cambio de conversación.
—Sí, claro.
María se separó del abrazo y, con naturalidad, lo tomó de la mano para seguir explorando el lugar junto a los demás.
El tiempo pasó rápidamente, y al mirar por las ventanas se dieron cuenta de que ya era mediodía. Gouhin y Sakane estaban absortos mirando las ilustraciones de un libro de biología humana, mientras Mei les leía algunos fragmentos en voz baja, despertando su interés por la biologia humanidad.
—Mmmmh, interesante —comentó Gouhin mientras Mei leía en voz alta lo suficiente como para que lo oyeran los dos. A su lado, Sakane examinaba las ilustraciones del libro sobre anatomía humana. Aunque no podía leerlo, las imágenes eran lo suficientemente claras para que intuyera qué órgano cumplía cada función.
—Esto es increíble. Nunca en mi vida creí que podría estudiar más sobre ellos. Somos prácticamente iguales en casi todo, pero con leves diferencias —dijo Sakane con entusiasmo.
Gouhin la observó mientras asentía.
—Sí, lo estoy notando. Las diferencias son pocas, pero lo que más me sorprende es cómo su cerebro suprime sus instintos —respondió reflexivo, todavía procesando lo que había leído.
En ese momento, Hughes regresó y los encontró en medio de su lectura. Sakane estaba sentada en el suelo con el libro abierto, mientras Mei le leía a Gouhin. Todos levantaron la vista al verlo entrar.
—Mei, ¿podrías ir al teléfono de oficial y llamar al puerto de Ainthen para ver si la tormenta ya pasó? —ordenó Hughes con firmeza.
—Sí, señor —respondió Mei obediente. Cerró el libro, se lo entregó a Gouhin y salió rápidamente, dejándolos a solas con el embajador.
—Bien, es hora de irnos. ¿Encontraron todo lo que buscaban? —preguntó Hughes, esbozando una ligera sonrisa.
—Sí, embajador, pero me gustaría poder estudiar más de sus conocimientos —respondió Sakane mientras se levantaba y colocaba el libro en su estante.
—Ah, no se preocupe. En Ainthen también hay una biblioteca donde podrá leer todo lo que quiera —dijo Hughes con tranquilidad.
Sakane sonrió ampliamente.
—¡Bien! —exclamó, emocionada.
Hughes dirigió su atención a Gouhin.
—Es interesante. Encontré cosas que podrían servirme, pero… me gustaría hablar con usted en privado, embajador —dijo Gouhin con seriedad, devolviendo también el libro a su lugar y fijando su mirada en Hughes.
—Tal vez cuando volvamos a Ainthen —respondió Hughes, manteniendo su tono alegre.
—Bueno, vamos. Los demás nos están esperando —añadió Hughes de forma despreocupada.
Gouhin y Sakane asintieron, y el grupo comenzó a avanzar, saliendo de entre las filas de libros hasta reunirse con el resto. Una vez en el exterior, esperaron unos minutos hasta que Mei regresó.
—Señor, me informaron que la tormenta disminuyó y que el mar está más calmado —dijo Mei, informando de la situación.
—Bien —respondió Hughes con una sonrisa mientras miraba al grupo—. Ya podemos regresar al acorazado para continuar hacia nuestro destino original.
Else y Gon dejaron escapar un suspiro de alivio al escuchar la noticia, y los chicos también parecían más tranquilos. El grupo se preparó para partir, sintiendo que el siguiente paso en su viaje estaba finalmente al alcance.
Hughes avanzó con decisión, seguido por el grupo, mientras se dirigían a la salida de la academia. Las calles estaban relativamente tranquilas, aunque los transeúntes no podían evitar lanzar miradas curiosas hacia ellos. Ignoraron las miradas, manteniéndose enfocados en su camino hasta llegar al cuartel general. Una vez dentro, se dirigieron al área donde abordaron el primer tranvía que habían tomado. Ahí, esperándolos, se encontraba Klaus.
—Ah, ministro Hughes, ¿ya se va? —preguntó Klaus con su habitual calma al verlo entrar acompañado por el grupo.
—Sí, comandante. La tormenta ya ha amainado, así que es seguro volver —respondió Hughes con tranquilidad.
—Oh, ya veo. Yo aún tengo trabajo que hacer, debo revisar algunos proyectos en el muelle —comentó Klaus, sin apartar la mirada de sus documentos.
Else y Gon observaban la interacción con atención cuando las puertas del lugar se abrieron de repente. Entró Alice, con la misma expresión seria que llevaba antes en el comedor. Esta vez, portaba su gabardina con la formalidad que se esperaba de su rango.
—Ustedes otra vez —dijo Alice, con un tono seco, fijando la mirada especialmente en Legoshi y Mei. Su presencia parecía llenar el ambiente de tensión mientras avanzaba hasta donde estaban Klaus y Hughes.
—Mayor Alice, veo que ya está aquí —dijo Klaus sin sorpresa, manteniendo su tono tranquilo.
—Sí, pero no me gusta supervisar esos proyectos de ese loco —respondió Alice, seria, cruzando los brazos mientras miraba a Klaus.
Hughes y el grupo escuchaban intrigados, sin comprender del todo la conversación.
—¿Por qué dice eso, mayor? —preguntó Hughes, curioso.
Alice lo miró, al igual que Klaus, antes de responder:
—Porque la última vez casi le vuela la mano a uno de nuestros soldados con uno de sus prototipos. También estuvo a punto de destruir uno de los hangares. Por eso lo movimos a una instalación reforzada. No queremos que vuele la mitad de la base con sus experimentos —respondió Alice, su tono firme provocando un leve escalofrío en Else y los demás, que comenzaron a imaginar qué clase de cosas podrían estar creando.
—Sí, ministro, pero él es una de las mentes más brillantes que tenemos. Fue quien desarrolló la idea de esa arma antitanque —comentó Klaus con tranquilidad, como si aquello no fuera tan grave.
Alice lo miró con una ligera sonrisa irónica.
—¿Se refiere a esa cosa que parece más un camión que un arma? —bromeó Alice, aunque su semblante seguía siendo serio.
Hughes los miró con confusión, algo que ambos notaron.
—Ah, verá, ministro —explicó Klaus—. La mayor se refiere a un arma que, de hecho, tiene el tamaño de un camión. Al principio, pensamos que sería imposible montarla en algo o que solo era una pieza de artillería, pero a él tenía otros planes, se le ocurrió la idea de instalarla en un avión. Le dijimos que no se podría, que era demasiado grande y pesado, pero… lo logró de alguna manera.
Hughes y el resto quedaron impresionados por la explicación, aunque Else y los demás no podían evitar sentirse un poco miedo.
—Entonces, ya veo por qué es tan valioso —comentó Hughes, sorprendido.
—Sí, ministro. Pero así como tiene grandes logros, también acumula un sinfín de fracasos. He perdido la cuenta de las veces que uno de sus prototipos ha fallado —añadió Alice, visiblemente cansada.
El sonido del tranvía acercándose interrumpió la conversación. Todos lo abordaron y partieron, cruzando la ciudad y la segunda muralla hasta llegar al muelle. Al bajar en la estación, Hughes se volvió hacia Klaus y Alice.
—Bueno, comandante Klaus, mayor Alice, fue un gusto verlos —dijo Hughes, despidiéndose con una sonrisa.
—Claro que sí, ministro. Fue un placer tenerlo por aquí. Debería venir más seguido —respondió Klaus con entusiasmo.
—Sí, lo haré, aunque este trabajo no me deja mucho tiempo —comentó Hughes, sonriendo.
—Hasta luego, ministro —dijo Alice, con su característico tono frío. Hughes la miró por un momento.
—Vamos, Alice, no tienes que ser tan distante —dijo Hughes con tranquilidad. Ella simplemente lo miró sin responder.
—Bueno, será mejor que nos vayamos —dijo Hughes, despidiéndose por última vez mientras se volvía hacia el grupo—. Vamos, hay que ir al barco.
El grupo asintió y lo siguió. Caminaron por el puerto hasta llegar al muelle, donde un imponente acorazado los esperaba. Subieron al barco, observando cómo el muelle bullía de actividad. Mientras cruzaban la pasarela, Hughes se detuvo un momento, notando que Alice y Klaus los observaban desde abajo, la figura seria de Alice y Klaus sonriéndoles sin darle mucha importancia.
El capitán se aproximó con paso firme hacia Hughes, quien estaba de pie observando el movimiento en el puerto.
—Todo listo, ministro. Me comuniqué con el puerto, señor. La tormenta ya se disipó; ya podemos partir —informó el capitán con profesionalismo.
—Muy bien, capitán. Zarpemos lo antes posible —ordenó Hughes con calma, pero con un aire de determinación.
—Sí, señor —respondió el capitán, inclinando ligeramente la cabeza antes de girarse para dar órdenes a su tripulación.
Hughes se acercó a Else y al resto del grupo que acababa de abordar el barco.
—Bien, embajadora. Ya podemos descansar un poco —dijo Hughes con una sonrisa ligera.
Else asintió, aún un poco nerviosa tras los eventos recientes.
—Sí, ha sido increíble... y toda una sorpresa venir aquí —respondió con serenidad, aunque su tono dejaba entrever cierto nerviosismo.
—Vamos adentro —indicó Hughes, dándose la vuelta para entrar en el interior del barco. Los demás lo siguieron mientras la tripulación terminaba de subir la pasarela.
Desde el muelle, los trabajadores soltaron las amarras del barco, y este comenzó a girar lentamente para abandonar el puerto amurallado. La enorme compuerta de acero se abrió con un retumbar grave, dejando que el barco avanzara hacia el mar. Una vez libre, el buque sonó su sirena, anunciando su partida.
Alice y Klaus observaban desde la distancia, en silencio.
—Bien, hay que volver al trabajo —dijo Alice seriamente, dándose la vuelta para dirigirse hacia el hangar de prototipos.
Klaus caminó a su lado con las manos cruzadas detrás de la espalda.
—Sí. Esta noche será el asalto mayor. Espero que tus hombres estén preparados —comentó Klaus, con un tono tranquilo mientras mantenía su mirada al frente.
—Ya está todo listo, pero no sé qué nos quiere mostrar Erik. Solo espero que esta vez no sea algo que vuele la base —respondió Alice, su tono mezclando seriedad y resignación.
—No lo sé —admitió Klaus—. Pero cuando llamó a mi oficina, dijo que esto era algo que debía ver en persona. Algo que cambiará para siempre la forma de combatir.
Ambos avanzaron entre el bullicio de soldados y trabajadores que se movían apresurados, cargando cajas y materiales. El camino los llevó hacia el hangar, un edificio reforzado con gruesas paredes de concreto y unas puertas de acero imponentes, con una pequeña ventanilla.
Klaus golpeó la puerta con el puño. La ventanilla de acero se deslizó, dejando ver a un soldado con una máscara negra simple. Al reconocer a Klaus, el soldado cerró la ventanilla y abrió la puerta de inmediato.
—Bienvenido, señor —saludó el soldado con respeto.
—Descanse. ¿Dónde está Erik? —preguntó Klaus con voz tranquila pero firme.
—Por allá, señor —respondió el soldado, señalando un área cubierta por una lona que bloqueaba la luz de las lámparas del hangar.
Klaus miró la zona con intriga y cautela, mientras que Alice fruncía el ceño, su expresión reflejando la frustración de recordar experimentos fallidos de Erik.
—Gracias —dijo Klaus, avanzando hacia el área indicada junto a Alice.
—Sí, señor —respondió el soldado, cerrando la puerta detrás de ellos.
—Hay que tener cuidado con esto. Nunca se sabe con qué cosa nos saldrá Erik —murmuró Alice mientras se acercaba con pasos cautelosos.
Klaus asintió, compartiendo su precaución. Ambos avanzaron con cuidado hasta llegar a la entrada del área oscura. Desde su posición, solo podían ver sombras y un silencio inquietante. Alice cruzó los brazos, su incomodidad evidente mientras su mirada se endurecía.
—Espero que esta vez no sea un desastre... —murmuró con exasperación.
—¡Erik, ya estamos aquí! —gritó con frustración mientras miraba a su alrededor, buscándolo.
Klaus, más reservado, observaba con atención hacia la oscuridad, tratando de distinguir algún movimiento. Finalmente, el sonido de pasos resonó desde las sombras, captando su atención. Lentamente, una figura emergió hacia la luz.
Erik apareció con una bata de laboratorio que dejaba entrever una camisa blanca y pantalones negros. Llevaba zapatos de diseño funcional y una máscara que recordaba a los exterminadores, cuyos lentes rojos brillaban intensamente. Su cabello castaño corto sobresalía bajo la máscara, dándole un aire enigmático.
Alice lo miró con una expresión seria mientras él se acercaba con una sonrisa despreocupada.
—Oh, comandante Klaus, mayor Alice, ya llegaron —los saludó Erik animado.
Alice frunció el ceño, claramente irritada.
—Espero que esto no sea otro de tus prototipos o experimentos fallidos —respondió fríamente.
Erik levantó las manos en un gesto conciliador, aún sonriente.
—Vamos, mayor, solo trato de dar lo mejor de mí para mejorar las cosas para la humanidad —respondió con entusiasmo.
Klaus, con su habitual tono tranquilo pero autoritario, intervino.
—Bueno, Dr. Erik, ¿para qué nos llamó?
Erik asintió rápidamente y señaló su máscara.
—Ah, sí, señor. Les llamé para mostrarles esto —dijo, apuntando con orgullo hacia su invento.
Alice lo miró con desdén, cruzando los brazos, mientras Klaus observaba sin comprender del todo.
—¡¿Qué?! ¿Esto es lo que querías mostrarnos? ¡Es solo una máscara! —lo reprendió Alice, claramente exasperada.
Erik levantó ambas manos en un intento de calmarla.
—No, claro que no, mayor. Lo que quiero que vean está dentro de esta máscara. Esto es algo que revolucionará nuestra manera de ver las cosas —explicó mientras se quitaba la máscara, dejando ver su rostro joven con ojos ámbar llenos de entusiasmo.
Extendió la máscara hacia Alice, quien la tomó con recelo, examinándola.
—¿Qué tiene de especial? —preguntó mientras inspeccionaba el interior, notando circuitos y una pequeña pantalla con lentes de enfoque. Klaus también observaba, intrigado.
Erik, adoptando un tono casi poético, comenzó a explicar:
—Esto es un dispositivo que revolucionará nuestra visión. Mayor, ¿recuerda lo complicado que es combatir en la oscuridad? ¿O lo difícil que es localizar un objetivo en esas condiciones?
Alice lo miró con frialdad.
—Sí —respondió secamente, sin dejarse impresionar.
Erik sonrió con confianza.
—Bueno, esta máscara contiene mi más reciente prototipo, diseñado para permitirle ver incluso en las noches más oscuras.
Alice y Klaus intercambiaron miradas incrédulas.
—Ja, como si eso fuera posible —respondió Alice en tono burlón, claramente escéptica.
Erik la miró con firmeza.
—Mayor, puede probársela si no me cree —dijo, extendiendo su mano a la máscara con una sonrisa desafiante.
Alice lo observó durante unos segundos, dudando. Finalmente, suspiró con resignación.
—Está bien, pero si me pasa algo, juro que me las pagarás —advirtió con seriedad mientras miraba la máscara con precaución.
Klaus observaba en silencio mientras Alice estudiaba el dispositivo con cautela. Después de unos segundos de vacilación, se la acercó al rostro y se la colocó, ajustando las correas detrás de su cabeza.
—Bien, Erik, te diré que no veo ni una mierda con esto puesto —se quejó Alice, ajustándose la máscara y forzando la vista sin éxito.
—Ah, es que tiene dos modos, mayor: uno es la visión nocturna y el otro es el normal. Déjeme ayudarle. Presione el costado de la máscara —respondió Erik con calma, dándole las indicaciones.
Alice presionó el lateral de la máscara, tal como Erik le indicó, y de inmediato su visión se normalizó.
—Bien, ahora puedo ver. Pero este diseño es inconveniente. Tener un visor integrado en el interior bloquea toda la vista —comentó Alice, dando su crítica con tono firme.
—Sí, lo sé, mayor. Pero esto es solo un prototipo. Planeo hacer un diseño especial que no obstruya la vista normal —se justificó Erik, consciente de las limitaciones del dispositivo.
—Bien, ahora... ¿qué es eso de la visión nocturna? —preguntó Alice, intrigada, cruzándose de brazos.
Erik sonrió, orgulloso de su trabajo.
—Para eso, mayor, he preparado esa lona oscura. Entre en ella y presione nuevamente el costado de la máscara para activarlo —instruyó Erik, señalando el área oscura del hangar.
Alice hizo lo que le indicaron, adentrándose en la oscuridad y presionando el costado de la máscara una vez más. En un instante, todo se iluminó en un tono verde. Sorprendida, Alice pudo ver cada detalle del interior de la lona como si fuera de día.
—Mmmh, hasta que inventas algo útil —comentó Alice con tranquilidad, observando los alrededores con interés.
El comentario captó la atención de Klaus, quien se acercó mientras Alice salía de la lona.
—Vamos, mayor. Ya ve que funcionó. Además, se puede adaptar a muchas utilidades. Incluso estoy trabajando en una versión que permitirá ver el calor —añadió Erik, entusiasmado.
Alice se quitó la máscara y se la entregó a Erik con una mirada seria.
—Funciona, pero tendrás que mejorarla. Te doy crédito por el esfuerzo —dijo Alice, con un tono más alentador.
Erik parpadeó, un poco sorprendido por su actitud, pero decidió no decir nada. Klaus, por su parte, aprovechó la oportunidad.
—¿Cuándo tendrías los nuevos prototipos listos? —preguntó Klaus, mostrando interés en el potencial del proyecto.
—Dependerá de cuánto estén dispuestos a invertir los fabricantes de armas, pero no creo que sea un problema. Este invento se podría aplicar en muchas áreas —respondió Erik con confianza.
—Bien, Dr. Erik. Le informaré cuando los fondos estén listos, pero necesitaré que se los muestre personalmente a los inversores. ¿Entendido? —dijo Klaus con seriedad, mirándolo fijamente.
—Claro, señor —respondió Erik, seguro de sí mismo. Estrechó la mano que Klaus le ofreció y asintió.
—Les avisaré lo más pronto posible —agregó Klaus antes de mirar a Alice.
—Vamos, mayor. Hay que revisar los demás proyectos —dijo Klaus, avanzando hacia la salida del hangar.
Alice lo siguió, no sin antes dirigir una última mirada seria a Erik, quien simplemente se despidió con un gesto. Tan pronto como salieron, pudieron escuchar el eco de los gritos de alegría de Erik celebrando en el interior del hangar.
En altamar, el acorazado navegaba con calma hacia su destino. En uno de los camarotes, Else y Gon conversaban sentados en las camas, analizando lo que habían visto.
—Es increíble el nivel tecnológico que pudieron alcanzar sin nosotros en tan pocos años. Realmente me pregunto qué pasaría si salieran y vieran la tecnología que tenemos... o si incluso podrían mejorarla. Y ni hablar de su escuela —comentó Gon, visiblemente impresionado.
Else lo miró, tranquila pero con una sombra de preocupación.
—Sí, lo sé. Pero... siento un poco de temor. ¿Qué pasaría si decidieran vengarse? O peor aún... —dejó escapar Else, expresando sus temores.
Gon la miró con seriedad, intentando calmarla.
—Vamos, Else. Después de todo lo que vimos, ¿sigues desconfiando de ellos? Hasta cierto punto lo entiendo, pero puedo notar que el embajador genuinamente se esfuerza por hacer las paces con nosotros —respondió Gon, tratando de razonar con ella.
Else mantuvo su mirada insegura, pero finalmente suspiró.
—Lo sé, pero aún así me da miedo lo que pueda pasar —admitió Else, con preocupación en su voz.
—Yo también me siento igual —reconoció Gon, reflexionando por un momento—. Pero... creo que deberíamos confiar un poco más en ellos. Al menos parece que quieren intentarlo.
Else asintió, aunque su expresión seguía siendo de duda.
—Tal vez tengas un poco de razón. No vi malicia en sus miradas, aunque sí un poco de resentimiento. Pero... eran más las miradas curiosas, especialmente de los estudiantes de esa escuela que se acercaron a nosotros —dijo Else, más convencida.
Gon sonrió al notar que ella empezaba a ver las cosas desde su perspectiva.
—Sí. Me sorprende que los humanos puedan hacer eso con tan solo tocarlos. Me pregunto si tendrán algo especial —comentó Gon, intrigado.
Else lo miró pensativa.
—Mmmh... ¿y si les preguntamos a los médicos que vienen con nosotros? —sugirió Else, buscando una respuesta.
Gon se mostró sorprendido por la idea, pero asintió.
—Tal vez, pero tendremos que esperar. No creo que falte mucho para llegar —respondió Gon, compartiendo la intriga.
Los dos continuaron conversando mientras el barco seguía su camino hacia el puerto, con la brisa marina acompañando su travesía y un sinfín de dudas por resolver.
Los altavoces del acorazado resonaron con fuerza, llevando la voz firme del capitán a toda la nave:
—A toda la tripulación, prepárense para atracar.
El mensaje recorrió los pasillos mientras Else y Gon levantaban la vista. No pasó mucho tiempo antes de que uno de los guardias de Hughes se asomara por la puerta.
—Prepárense, pronto llegaremos. Ya se está avisando a los demás —dijo el guardia con calma.
Ambos asintieron y comenzaron a recoger sus pertenencias en silencio.
Mientras tanto, en otro camarote, Jack, Elias y Legoshi hacían lo mismo. Elias parecía especialmente emocionado.
—¡Qué bien! Ya llegamos. Estoy deseando bajar —dijo animado mientras ajustaba su mochila sobre el hombro.
Jack también estaba entusiasmado.
—Sí, yo también quiero bajar. Será interesante conocer tu hogar —respondió con una sonrisa, aunque su entusiasmo se desvaneció momentáneamente al ver la pequeña mochila que le había dado su padre. No pudo evitar recordar lo que llevaba dentro, y eso le provocó un poco de vergüenza. Tomó la mochila, tratando de apartar ese pensamiento, cuando una mano se posó inesperadamente sobre su hombro, sobresaltándolo.
Giró la cabeza rápidamente y vio que era Legoshi.
—¿Listo? —preguntó Legoshi, observándolo con curiosidad.
—S-s-sí —respondió Jack nervioso, sonriendo de forma torpe.
Legoshi lo miró con extrañeza pero no dijo nada más. Justo entonces, otro guardia apareció en la entrada del camarote.
—¿Listos? —preguntó, atrayendo la atención de los tres.
—¡Sí! —contestó Elias con entusiasmo mientras salía con su mochila.
Legoshi lo siguió, y Jack hizo lo mismo, caminando detrás de ellos por los estrechos pasillos del acorazado. Finalmente, llegaron al exterior, donde el aire fresco del mar los envolvió. El viento acariciaba sus rostros mientras se aproximaban al puerto. Desde la borda podían ver campos verdes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, salpicados con algunos árboles.
El barco hizo sonar su sirena, anunciando su llegada. Jack, fascinado por el paisaje, notó a María no muy lejos de él, observando la costa con una sonrisa. Tomó aire y decidió acercarse a ella.
—Por fin llegamos —dijo María alegre, sin apartar la vista del horizonte.
Jack se detuvo junto a ella y miró hacia donde ella contemplaba.
—Así que este es tu hogar… es hermoso —dijo, admirando los campos verdes y el tranquilo puerto que los recibía.
María lo miró con una sonrisa cálida.
—Sí, lo sé. Ya quiero ver a mi madre y a mi padre —respondió con alegría.
Jack sonrió al escucharla, pero de pronto recordó algo importante. Su sonrisa desapareció, y se quedó paralizado.
"¡Espera! ¡No había pensado en eso! ¡Voy a conocer a sus padres!"
La idea lo golpeó como un torrente inesperado. Un nudo comenzó a formarse en su estómago, y el nerviosismo lo invadió. Su mente no dejaba de repetir las posibles reacciones que podría tener al conocer a los padres de María y Elias. Mientras el barco atracaba lentamente, Jack sentía que la verdadera tormenta no estaba en el mar, sino en lo que estaba por venir.
