Notas:

hey hola nuevamente, lo siento si me tarde un poco con este capitulo debido a la universidad no podia, pero ya se aligero mi trabajo asi que ya les traigo un nuevo capitulo espero que lo disfruten, ya saben si notan errores no duden en decirmelo y una cosa mas tengan en cuenta que estoy tratando de hacer un poco de historia hacia atras para que tenga un poco mas de consistencia, bueno como sea espero que les guste, saludos :)


Hughes sonrió al verlo, su actitud despreocupada contrastaba con la presencia imponente del Ministro de la Corte Suprema. Este último, de pie junto a las puertas dobles, volteó para mirarlo con calma.

—Ministro Hughes, veo que ya trajo a nuestros invitados —dijo el Ministro de la Corte Suprema con voz tranquila.

Hughes se acercó, aún con su sonrisa característica.

—Es un gusto verlo, su señoría —respondió Hughes, saludándolo con una ligera inclinación.

El Ministro de la Corte Suprema agitó la mano con un gesto relajado.

—Vamos, Hughes, no tiene que ser tan formal cuando está aquí —replicó el Ministro con tranquilidad.

—Sí, lo sé, pero aún así usted sigue siendo mi superior —respondió Hughes en el mismo tono sereno.

El Ministro sonrió levemente y asintió.

—Bien, pero tomemos asiento. Quisiera conocer a nuestros invitados un poco mejor —añadió mientras se giraba hacia la mesa donde Else, Gon, Sakane y Gouhin esperaban, visiblemente tensos.

—Claro, vamos —respondió Hughes mientras se acercaba a la mesa y tomaba asiento.

El Ministro se ubicó en la cabecera, irradiando una autoridad tranquila, mientras Hughes se sentó a su lado. Else, ubicada cerca de Hughes, podía sentir la mirada del Ministro posándose sobre ella, lo que la puso aún más nerviosa.

—Usted debe ser la embajadora Else —dijo el Ministro de la Corte Suprema, dirigiéndose a ella.

Else y los demás se levantaron casi de inmediato, como si esperaran que fuera necesario algún saludo formal, pero el Ministro levantó una mano para detenerlos.

—Tranquilos, no hay necesidad de ceremonias. Hughes ya me informó sobre cada uno de ustedes, así que relájense un poco. Después de todo, debió ser un viaje extenuante —añadió con calma.

Else y los demás se sentaron de nuevo, un poco más tranquilos, aunque la inquietud seguía presente en sus rostros.

—Permítanme presentarme. Soy el Ministro de la Corte Suprema y representante de la sección sur de la isla. Pueden llamarme Felix Schau —dijo el Ministro con tranquilidad.

Los invitados asintieron con respeto. Felix hizo un gesto a dos de sus asistentes, Gauthier y Rolande, quienes se inclinaron obedientemente tras recibir la orden.

—Por favor, traigan la comida para nuestros invitados —dijo Felix con amabilidad.

—Enseguida, señor —respondieron ambos al unísono antes de salir de la sala.

La atmósfera en la habitación permanecía tensa. Else miraba al Ministro con una sonrisa nerviosa, buscando las palabras adecuadas para romper el silencio.

—Es un gusto conocerlo, señor Felix, y agradezco su hospitalidad y el recibimiento hacia nosotros —dijo Else con cortesía.

Gon, Gouhin y Sakane asintieron, apoyando a Else con un gesto silencioso. Felix los miraba con una expresión serena, aunque su rostro permanecía oculto tras la máscara.

—No hay problema, embajadora. Después de todo, su gobierno ha hecho mucho por nuestros estudiantes. Según lo que me ha contado Hughes, parece que todo ha ido bien. Me alegra saber que nuestros estudiantes han hecho amigos. Eso me da esperanza de que, algún día, podamos vernos como aliados y no como enemigos, como en el pasado —dijo Felix con un tono tranquilo.

La mención del pasado hizo que Else y los demás se sintieran incómodos, aunque ella mantuvo su sonrisa, intentando no delatar sus emociones.

—Claro que sí, señor Felix. Yo también espero eso —respondió Else, mirándolo con esfuerzo.

Felix mantuvo la mirada fija en ella, lo que solo aumentaba la incomodidad. Sus dedos se unieron en un gesto calculado, formando un triángulo mientras continuaba observándolos.

—Puedo notar que está muy tensa, embajadora, al igual que sus compañeros. Mi presencia parece causarles cierta inquietud, pero les aseguro que son bienvenidos aquí —dijo Felix con un leve tono alegre, aunque su máscara no dejaba entrever ninguna expresión.

Else asintió lentamente, sin saber qué responder. Felix notó que, a pesar de sus palabras, la tensión en la sala no disminuía.

—Quizá debería quitarme la máscara, así podrán sentirse más tranquilos —añadió Felix con tranquilidad.

Con un movimiento pausado, llevó sus manos hacia la máscara que ocultaba su rostro. Los invitados lo miraron con atención, expectantes, mientras él retiraba lentamente la máscara, revelando finalmente su rostro.

Else y los demás observaron al joven frente a ellos, intrigados. Su rostro era impecable, casi esculpido como una obra de arte. Sus cejas tupidas le daban un aspecto serio, como si siempre estuviera frunciendo el ceño. Los ojos color café claro destacaban bajo su cabello rubio que asomaba ligeramente por debajo de la capucha de su hábito. Else, especialmente, lo miraba con curiosidad.

—Bueno, espero que esto los calme un poco —dijo Félix con una leve sonrisa, rompiendo el silencio.

Else asintió lentamente, igual que los demás, todavía sorprendidos por lo joven que era. No esperaban que alguien de su posición luciera así. Félix dirigió su mirada a Else con cierta intriga.

—Y dígame, embajadora, ¿qué le ha parecido nuestra nación hasta ahora? —preguntó con tono interesado.

Else, algo nerviosa por la pregunta directa, mantuvo la compostura.

—Es un país hermoso. Creo que es muy tranquilo —respondió con calma.

Félix la observó detenidamente durante unos segundos, como evaluándola.

—Mmmh, me alegra que le agrade, embajadora. La zona sur de nuestra nación es, sin duda, una de las más hermosas —dijo Félix con una alegría tranquila.

Else asintió con una leve sonrisa. En ese momento, la puerta del comedor se abrió, y varios sirvientes entraron empujando un carro lleno de platos cubiertos. Gauthier, uno de ellos, se acercó directamente a Félix con su plato y lo colocó frente a él con una inclinación respetuosa.

—Aquí tiene, señor. Como le gusta —dijo Gauthier con cortesía mientras destapaba el plato.

La comida estaba dispuesta de manera elegante, casi artística. Else y los demás recibieron sus propios platos mientras los sirvientes destapaban las bandejas con movimientos precisos.

—Gracias —dijo Else con amabilidad, agradeciendo al sirviente al igual que sus acompañantes.

Al mirar su plato, Else vio un platillo que parecía tofu pero olía bien, acompañado de verduras y guarniciones decoradas con esmero. Sin embargo, dudó un momento antes de tomar los cubiertos, estudiando la presentación con atención. Félix, notando su vacilación, habló con tranquilidad.

—¿Pasa algo, embajadora? Si desea otra cosa, puedo pedirle al cocinero que prepare algo más para usted —dijo, mirándola con cortesía.

Else levantó la vista rápidamente, agitando las manos con nerviosismo.

—No, no es necesario, señor Félix. Solo estaba observando la preparación de la comida. Es realmente... impecable —respondió, esforzándose por sonar tranquila mientras esbozaba una sonrisa nerviosa.

Félix sonrió, confiado.

—No se preocupe. Este platillo lo preparó el mejor cocinero de esta ciudad. Siempre se asegura de que su comida sea impecable y deliciosa —dijo con un tono seguro.

Else asintió nuevamente, pero sus manos dudaron un poco al tomar los cubiertos. Gon, Gouhin y Sakane, que estaban a su lado, la observaban con atención, esperando a que ella diera el primer bocado. Finalmente, Else cortó un pequeño pedazo de lo que parecía tofu y lo llevó a su boca.

Con cierto temor, empezó a masticar lentamente. Al primer sabor, sus ojos se abrieron de par en par, sorprendida por la exquisitez del plato. El contraste de texturas y los sabores sutiles pero intensos superaron por completo sus expectativas. Tragó el bocado y respiró hondo, mirando el plato con una mezcla de admiración y sorpresa.

Félix, que no había dejado de observarla, sonrió con satisfacción.

—Parece que fue de su agrado, embajadora. ¿Me equivoco? —preguntó con tono confiado.

Else simplemente asintió, todavía procesando lo que acababa de probar, mientras sus compañeros intercambiaban miradas curiosas, listos para probar también.

—¡Esta comida sabe muy bien! —dijo Else animada, su entusiasmo evidente en cada palabra mientras continuaba comiendo con gusto.

—¡Ve! Sabía que le encantaría, embajadora —respondió Felix, riendo ligeramente al verla disfrutar.

Else comía feliz, lo que animó a Gon, Gouhin y Sakane a probar la comida con mayor confianza. Gon tomó un bocado y se quedó sorprendido. "¡Esto es mejor que la comida de aquel primer lugar al que fuimos!" pensó con entusiasmo mientras saboreaba el plato.

Por su parte, Gouhin disfrutaba tranquilamente, con una ligera sonrisa en su rostro. "Esto sabe muy bien," reflexionó, deleitándose con cada bocado. Sakane, en cambio, comía encantada, sonriendo ampliamente mientras asentía con aprobación.

Felix, al notar las reacciones positivas de todos, simplemente sonrió con satisfacción y dirigió su mirada hacia Hughes, quien comía de forma tranquila y pausada. Aprovechando la oportunidad, Felix habló en un tono bajo y en el idioma humano, buscando que Else y los demás no pudieran entender.

—(Díme, Hughes, ¿sabe que encontramos el lugar de donde salieron esos frascos de sangre que nos mostró?) —dijo Felix con seriedad, manteniendo un tono confidencial.

Hughes dejó de comer un momento y levantó la mirada hacia Felix.

—(Sí, me enteré. Fue por la tormenta que nos desviamos del curso y terminamos en el Yunque. El comandante Klaus me dio algunos detalles al respecto) —respondió Hughes con calma.

Felix lo observó fijamente, su expresión grave.

—(Hughes, sabes que ese lugar es un secreto de estado. ¿Está seguro de que revelar información sobre esto a la embajadora de las bestias es una buena idea?) —preguntó Felix, su tono cargado de preocupación.

Hughes sostuvo la mirada con tranquilidad antes de responder:

—(Sé lo que está pensando, Felix, pero sí, estoy seguro de ello. No creo que consideren nuestra tecnología como algo útil para ellos. He visto la capacidad que tienen y, honestamente, aún estamos lejos de poder compararnos) —dijo con una confianza templada pero firme.

Felix suspiró, cansado, mientras relajaba un poco su postura.

—(Está bien, pero sabe que debemos ser cautelosos con lo que les decimos en el futuro. Espero que lo tenga en cuenta. Esto podría poner en riesgo nuestros planes a largo plazo) —advirtió Felix, esta vez con un tono más tranquilo mientras tomaba un poco de su comida.

—(Sí, Su Señoría, lo tendré en cuenta) —respondió Hughes asintiendo con serenidad antes de continuar comiendo.

Felix, recuperando un poco de su compostura, volvió a hablar mientras picaba su plato con el tenedor.

—(Bueno, continuando con lo que le decía. Se sabe que ese complejo está al este. Está fuertemente fortificado. Algunos de nuestros informantes han enviado un mapa detallado del interior del lugar. Además, nos han informado que han visto trenes cargados con que sabe que, nos dice que podía oír cadenas siendo arrastradas) —explicó Felix, entremezclando sus palabras con bocados de comida.

Hughes escuchaba atentamente, su expresión manteniéndose neutra mientras procesaba la información, aunque un leve brillo en sus ojos delataba que su mente ya comenzaba a considerar las implicaciones de aquel descubrimiento.

—(¿Crees que esos salvajes de la Unión Federativa de Estados Humanos estén haciendo experimentos de algún tipo?) —preguntó Hughes con seriedad.

Félix lo miró a los ojos antes de responder con el mismo tono grave.

—(Tal vez. No sé qué clase de atrocidades estén cometiendo en ese lugar, pero hay que detenerlos antes de que esto se salga de control.)

Hughes asintió, aunque su expresión permaneció sombría.

—(Sí… Solo espero que no sea demasiado tarde para liberarlos) —murmuró, bajando la mirada hacia su comida.

Permaneció en silencio unos segundos antes de añadir con amargura.

—(Quién lo diría… al final, los humanos somos las verdaderas bestias. Somos el único animal que mira al abismo… y este le responde.)

Félix notó su expresión sombría y, con un tono más tranquilo, intentó animarlo.

—(Lo sé, pero no debemos perder la esperanza.)

Hughes lo miró y, tras un breve silencio, asintió levemente.

—(Lo intentaré) —respondió con calma antes de continuar comiendo.

El resto de la comida transcurrió en silencio hasta que todos terminaron. Gauthier se acercó y tomó el plato de Félix.

—Gracias —dijo Félix con un leve asentimiento.

Gauthier asintió en respuesta, y los demás sirvientes comenzaron a recoger los platos del resto, colocándolos en un carrito. Antes de retirarse, Gauthier se inclinó ligeramente hacia Félix con el plato aún en la mano.

—¿Desea algo más, señor? —preguntó con tono tranquilo.

—No, gracias. Tomen un descanso —respondió Félix con la misma calma.

—Sí, señor —respondió Gauthier con una leve inclinación de cabeza antes de dar media vuelta y colocar el plato en el carrito.

Los sirvientes abrieron las puertas y salieron en fila, dejando a Félix con Else y los demás, quienes parecían satisfechos con la comida. Félix sonrió.

—Veo que les agradó la comida —comentó con tranquilidad.

Else reaccionó mirándolo, al igual que los demás.

—Sí, muchas gracias, señor Félix —respondió con una sonrisa alegre.

Félix le devolvió la sonrisa antes de levantarse de su silla.

—Bien, ¿qué les parece si les muestro el lugar?

Hughes, Else y los demás también se pusieron de pie y lo siguieron de cerca al salir del comedor. Caminaron por el pasillo durante un rato, pasando junto a innumerables puertas. Else, Gon y los demás miraban con interés los cuadros de pinturas y las antiguas armaduras metálicas pulidas, algunas con espadas al costado.

Mientras giraban por otro pasillo iluminado por grandes ventanales que dejaban ver el enorme patio trasero, decorado con mesas, una fuente y un jardín simétrico, Félix habló nuevamente, observando de reojo a la embajadora y los demás que miraban con intriga el lugar.

—Veo que le interesa un poco la historia de este lugar, embajadora.

Else reaccionó y lo miró.

—Sí… es interesante. No sabía que ustedes tuvieran este tipo de cosas —comentó intrigada mientras observaba las diferentes armaduras en el pasillo.

Félix notó su curiosidad y explicó con calma.

—Verá, embajadora, mi familia ha vivido generación tras generación en esta isla, incluso antes de que todos los humanos fueran exiliados aquí. Poseemos una parte de la historia de la humanidad y, por supuesto, estos artefactos que ve pertenecieron a mis ancestros. Ellos libraron muchas batallas en la antigüedad y fueron muy perseverantes.

Else, Gon, Gouhin y Sakene escuchaban curiosos mientras continuaban caminando, Else y los demás vieron una gran puerta doble de madera en un costado del pasillo. Miraron con curiosidad antes de que Else hablara nuevamente.

—Entonces… su familia ha vivido aquí desde hace muchísimo tiempo —dijo, sorprendida por la revelación.

Los demás la miraron con la misma sorpresa, asimilando la historia que Félix acababa de compartir.

—Sí, así es, embajadora. Somos una de las cuatro familias más antiguas que quedan aquí… o, para ser más precisos, de las que sobrevivieron —respondió tranquilamente Félix.

Else lo miró con aún más intriga.

—Pero hay algo que me interesa saber de ustedes —añadió Félix, deteniéndose frente a unas puertas dobles y observándolos con detenimiento.

—¿Sí? ¿Qué es, señor Félix? —preguntó Else, curiosa.

—Dígame, embajadora, ¿qué tanto saben sobre el origen de las especies? —preguntó Félix con calma.

Else y los demás lo miraron, confundidos.

—Bueno… Se sabe que descendemos de los dinosaurios y que evolucionamos a partir de ellos —respondió Else, un poco nerviosa.

Félix la observó en silencio por unos segundos, lo que la inquietó aún más, hasta que finalmente esbozó una leve sonrisa.

—Es interesante lo que enseñan en su nación. Puede que tenga algo de razón en lo que dice, pero creo que le falta cierta información —comentó Félix con una sonrisa enigmática.

Else y los demás lo miraron con aún más confusión. Hughes, en cambio, se mantenía tranquilo, como si ya estuviera familiarizado con lo que iba a suceder.

—Bien, embajadora, quisiera mostrarle mi pequeña colección privada. Pasemos —dijo Félix, girándose hacia las puertas dobles y abriéndolas.

Lo que se reveló ante ellos los dejó impresionados. Era una biblioteca enorme, con estanterías que cubrían las paredes, repletas de libros. El suelo de madera tenía patrones elegantes, y varios sillones bien ubicados invitaban a sentarse a leer con comodidad. Un gran candelabro colgaba del techo, iluminando la sala con una luz cálida y acogedora.

Pero lo que más captó su atención fueron las vitrinas iluminadas, dentro de las cuales se exhibían huesos cuidadosamente ensamblados, formando lo que parecía ser una figura humanoide con parte superior del cráneo con un agugero.

Else, Gon, Gouhin y Sakane miraban con fascinación y curiosidad. Félix entró en la habitación, seguido de Hughes, y los demás lo imitaron. Al adentrarse, pudieron observar mejor las vitrinas y los huesos que contenían.

Gouhin y Sakane los examinaban con gran interés, al igual que Gon y Else. Mientras tanto, Félix cerró las puertas con tranquilidad y los miró a todos con una expresión expectante.

—¿Qué… es esto? —preguntó Else con curiosidad, observando la vitrina.

Félix se acercó con calma.

—Es un humano —respondió tranquilamente.

Else y los demás voltearon a verlo con cierta inquietud.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Else, nerviosa.

—Sí, es un esqueleto humano. Para ser más preciso, un Homo neanderthalensis, uno de los ancestros de la humanidad —explicó Félix con una sonrisa.

Else y Gon miraron la vitrina con aún más curiosidad. Sakane y Gouhin también observaban, pensativos y sorprendidos.

—Entonces… este es uno de sus predecesores en la evolución —dijo Else, aún sin poder creerlo. Volteó hacia Félix con más dudas en su expresión.

—Pero… entonces, ¿ustedes no descienden de los dinosaurios? —preguntó, confundida.

Los demás escuchaban la conversación con intriga.

—Bueno… no exactamente —respondió Félix con tranquilidad—. Pero dígame, ¿no es interesante saber de dónde venimos?

Else lo miró con una mezcla de intriga y asombro.

—¡Sí! —exclamó Sakane con entusiasmo mientras miraba la vitrina llamando la atención de todos. Luego, volteó hacia Félix con los ojos brillando de emoción—. ¡Señor Félix! ¿Podría mostrarnos más sobre ustedes o permitirnos ver algunos de sus libros aunque no podamos leerlos?

Else, Gon y Gouhin observaron cómo Sakane movía la cola con emoción mientras esperaba la respuesta. Félix, divertido, sonrió al ver su reacción. Sakane, al notar que todos la miraban, se sintió un poco avergonzada.

—¡Ah, lo siento! Es solo que me interesaría estudiar más sobre los humanos ya que… —empezó a decir, pero Félix la interrumpió con calma.

—Por supuesto, doctora. Los libros en este lugar están en su idioma, así que no creo que tengan problemas para leerlos —respondió con una sonrisa.

Los ojos de Sakane brillaron nuevamente de emoción.

—¡Gracias, señor Félix! —dijo, inclinándose con gratitud.

Gouhin sonrió con tranquilidad, mientras que Else y Gon seguían mirando con cierta incomodidad. Hughes, por su parte, observaba la escena con una sonrisa serena.

Félix alzó la mano en un gesto para calmarla.

—No hay necesidad de agradecerme tan formalmente. Si necesita ayuda para encontrar algo o si hay algún tema que quiera discutir, puede preguntármelo con confianza —dijo, sonriendo.

Sakane asintió alegremente.

—Bien, ¿por qué no continuamos? Si quieren, después de mostrarles el lugar, puedo pedirle a uno de mis sirvientes que los acompañe —sugirió Félix.

Todos asintieron.

—Bien, síganme. Estoy seguro de que les gustarán mis otras colecciones —dijo Félix con entusiasmo, reanudando el recorrido.

Caminaron hacia las estanterías del fondo, avanzando entre los pasillos repletos de libros. Pronto llegaron a un área abierta con varios asientos rodeados de estantes. Un escritorio se encontraba en el centro, con algunos libros y una pluma de escritura sobre él. A un lado, también había una puerta.

—Este es mi estudio —informó Félix tranquilamente.

Continuó avanzando y abrió la puerta. Los demás lo siguieron, explorando el lugar con curiosidad.

Mientras caminaban, Sakane notó otra puerta entre los estantes. Estaba entreabierta, lo que despertó su curiosidad. Sin embargo, decidió seguir al grupo mientras Félix continuaba mostrándoles el lugar.


Bill, Tao y los demás observaban a Aoba volar por el aire, pero quienes parecían más fascinados eran María y Elias. Sus ojos seguían cada uno de sus movimientos mientras descendía con tranquilidad.

—¡Se siente bien poder volar libre! —exclamó Aoba alegremente, con una sonrisa radiante.

Elias y María se acercaron de inmediato, impresionados.

—¡Eso fue genial! —dijo Elias con entusiasmo.

—¡Sí! Debe ser increíble poder volar a todos lados —añadió María, igualmente emocionada.

Aoba se sintió un poco avergonzado por los elogios y sonrió con modestia.

—Vamos, no es para tanto… —respondió, intentando restarle importancia.

Bill y Tao lo miraron con una mezcla de cansancio e incredulidad por su actitud despreocupada.

—Por cierto, mientras volaba vi algo del otro lado de la muralla. Parecía un parque —dijo Aoba, cambiando de tema.

—Ah, sí. Es el parque de la que hablamos antes. Dijimos que iríamos después, no está muy lejos —explicó Elias con naturalidad.

Todos escuchaban la conversación con atención.

—Ya veo… —dijo Aoba pensativo.

—Vamos, quiero que la vean —propuso Elias con tranquilidad.

Sin embargo, un silencio tenso se apoderó del grupo. La idea de ir a un lugar lleno de humanos los inquietaba. Desde que habían llegado a la ciudad natal de Elias y María, solo habían visto a los padres de ambos. Esta sería la segunda vez que se encontrarían con humanos, pero ahora sin nadie que los acompañara.

María notó la incomodidad en sus rostros, especialmente en Jack, quien parecía el más afectado.

—¿Qué pasa? —preguntó, mirando a cada uno con curiosidad.

Jack, al notar su mirada fija en él, intentó disimular su nerviosismo.

—N-n-nada… suena… interesante —respondió con una sonrisa algo forzada.

María se le acercó y, con una sonrisa cálida, tomó su mano.

—¡Sí! Es un lugar increíble, les va a gustar —dijo con entusiasmo.

Jack asintió, intentando mantener la calma mientras sentía la calidez de la mano de María. Los demás los miraban, sin saber qué decir, hasta que Bill rompió el silencio.

—Oye, Elias… ¿pero no crees que la gente no, nos dirá nada al vernos? —preguntó Bill, atrayendo la atención de todos.

Elias lo miró con tranquilidad, como si ya hubiera pensado en esa posibilidad.

—Tal vez, pero no creo que se les digan algo ya fueron informados —respondió Elias, cruzando los brazos con tranquilidad.

Bill lo miró, un poco más tranquilo, aunque todavía con cierta reserva en su expresión.

—Bien, si tú lo dices, confiaré en ti —dijo Bill, relajándose un poco.

Los demás también parecían más calmados, aunque algunos todavía mostraban signos de nerviosismo.

—Bien, entonces vamos —anunció Elias, sonriendo y dando media vuelta para salir del claro rodeado de árboles.

María le sonrió a Jack, asintiéndole para que la siguiera mientras le tomaba la mano. Jack avanzó con ella, aunque todavía parecía un poco inseguro. Los demás se miraron entre sí por unos segundos, algo nerviosos, pero finalmente decidieron seguirlos. Caminaron en dirección a los árboles, con Juno siguiendo a Elias de cerca mientras los otros iban detrás.

Atravesaron los árboles, pasando entre arbustos y ramas bajas. Unos segundos después, salieron al otro lado, encontrándose de nuevo con el camino de tierra que dejaba ver el campo de flores que habían visto inicialmente. Todos salieron, algunos cubiertos de hojas y otros con pequeñas ramitas atrapadas en su ropa o cabello.

Juno miró a Elias y no pudo evitar soltar una risita al verlo con varias ramas enredadas en su cabello, algo que él no había notado.

—¿Qué pasa? —preguntó Elias, sonriendo confundido al ver la reacción de Juno.

—Nada, solo que tienes ramas atoradas en tu cabeza y hojas por todas partes —respondió Juno, sonriendo con complicidad.

—Oh, con razón sentía que algo sobre la cabeza —dijo Elias, tratando de limpiarse sin mucho éxito.

Juno se acercó un poco más, extendiendo la mano hacia él.

—Déjame, te ayudo —ofreció amablemente, mientras le quitaba las ramas con cuidado.

Elias la miró unos segundos en silencio, observando cómo Juno se concentraba en su tarea.

—Listo, ya no tienes ninguna —dijo Juno finalmente, mirándolo a los ojos.

Notó que Elias la estaba observando con atención, lo que le hizo sentir un poco de vergüenza. De repente, vio que Elias acercaba su mano a su cara, y su corazón comenzó a latir con fuerza.

—Gracias, pero tú también tienes ramas. Déjame quitártelas —dijo Elias, sonriéndole con gratitud mientras le retiraba las hojas y ramitas que habían quedado atrapadas en su cabello.

Juno lo miró, sonrojada, y desvió la mirada rápidamente.

—G-gracias —murmuró, sintiendo que su cola se movía alegremente sin que ella pudiera controlarlo.

Elias notó el movimiento y sonrió, pero antes de que pudiera decir algo más, Bill los interrumpió con una tos exagerada.

—Uhg, ¿ya acabaron? ¿Podemos seguir ahora? —dijo Bill, mirándolos con expresión cansada.

Los demás todavía se estaban quitando las hojas de encima, pero todos parecían haber notado la interacción entre Juno y Elias.

—Ah, sí, vamos —respondió Elias rápidamente, dándose la vuelta para seguir avanzando.

Juno caminó a su lado, todavía un poco nerviosa pero contenta. Bill cruzó los brazos, observando la escena con una mezcla de curiosidad y exasperación. Aoba y Tao, que habían terminado de quitarse las hojas, también miraron hacia Juno y Elias, un poco extrañados por el comportamiento de ella.

—¿Qué le pasa a Juno? —preguntó Tao en voz baja, dirigiendo su mirada hacia Aoba.

—No lo sé, pero parece... diferente —respondió Aoba, arqueando una ceja.

Todos terminaron de arreglarse y comenzaron a seguir a Elias y Juno, avanzando por el camino de tierra. Mientras caminaban, Bill se acercó a Aoba y le tocó el hombro.

—¿Qué pasa? —preguntó Aoba, mirándolo con curiosidad.

Bill bajó la voz, asegurándose de que los demás no lo escucharan.

—¿No te parece raro cómo Juno está actuando? Nunca la había visto así... tan nerviosa, tan... —hizo una pausa, buscando la palabra correcta —apegada.

Aoba ladeó la cabeza, observando a Juno y Elias caminar un poco más adelante. Juno movía la cola con entusiasmo, y aunque intentaba disimularlo, era evidente que estaba más alegre de lo habitual. Elias, por su parte, parecía completamente despreocupado, hablando con ella como si nada hubiera cambiado.

—Sí, es un poco raro —admitió Aoba, encogiéndose de hombros—. Pero bueno, ¿quién sabe? Tal vez solo está de buen humor hoy —dijo Aoba restándole importancia mientras Bill continuaba pensando hasta que algo paso por su mente.

—O tal vez... —Bill hizo una pausa dramática, sonriendo pícaramente —hay algo más.

Aoba lo miró con escepticismo.

—No empieces, Bill. No todo tiene que ser un drama.

—Oh, vamos, ¿no creerás que a ella le gusta Elias, verdad? —dijo Bill, mirando a Aoba con una sonrisa burlona mientras caminaban con los demás.

Aoba lo observó con seriedad y respondió, no muy convencido:

—Mmm... tal vez.

—¿Pero qué es lo que quieres hacer? —preguntó Aoba, algo confundido.

Tao, que escuchaba la conversación, se acercó con disimulo para oír mejor.

—Bueno, pensé que podríamos ayudar un poco a Juno y Elias —sugirió Bill con una sonrisa traviesa.

Aoba frunció el ceño, incrédulo.

—Vamos, ni siquiera sabes si a Elias le gusta Juno. Y además, ¿por qué te interesa ayudarlos? ¿O ya olvidaste cómo Legoshi la rechazó? —dijo, cruzándose de brazos y mirándolo con seriedad.

—Solo intento ser un buen amigo —respondió Bill con tranquilidad—. También lo intenté con Legoshi, pero parece que le entra por un oído y le sale por el otro. De todas formas, Juno parece haberlo tomado bien, no se ve tan triste.

—No lo sé... creo que es mejor dejarlos solos. A Juno no le tomará mucho tiempo decirle algo, siendo como es —comentó Aoba, reflexionando en voz alta.

—Tal vez tengas razón... aunque podríamos darles un pequeño empujón —añadió después, con una leve sonrisa.

Tao, que los había estado escuchando en silencio, decidió intervenir.

—Puede que tengan un punto —dijo Tao, atrayendo la atención de los otros dos.

—Así que tú también te nos unes para ayudarlos —dijo Bill con una sonrisa.

—Sí, pero primero deberíamos asegurarnos de que a Elias realmente le gusta Juno, ¿no creen? —cuestionó Tao.

Bill y Aoba se quedaron pensativos unos segundos antes de asentir.

—Sí, sería bueno averiguar un poco antes de hacer cualquier cosa —concluyó Aoba.

—Mmm... ¿y si le preguntamos esta noche? —sugirió Bill, viéndolos con confianza.

Aoba lo miró con escepticismo.

—Sí, pero hay que hacerlo sin levantar sospechas.

—Déjamelo a mí. Seguro será fácil preguntarle —dijo Bill, confiado.

Aoba y Tao asintieron, y el grupo siguió avanzando. A medida que salían del campo, el camino pasaba entre árboles hasta llegar a un puente de piedra que cruzaba un río adornado con lámparas. Mientras lo atravesaban, podían ver el agua cristalina fluyendo bajo ellos. En la distancia, la gran muralla se hacía cada vez más visible.

Al otro lado del puente, el camino cambió a un pavimento de piedra. En el horizonte, los edificios empezaban a destacar con más claridad, lo que hizo que el grupo sintiera cierta inquietud. Siguieron caminando hasta llegar a un área comercial con puestos improvisados que vendían vegetales y otros productos. El lugar estaba abarrotado de gente, y los edificios, ahora más cercanos, mostraban una mezcla de madera y piedra en sus estructuras. Por la calle se extendían las vías del tranvía, y algunas lámparas decoraban la acera. La muralla, desgastada y rota en algunas secciones, dominaba la vista al fondo, donde se encontraba una entrada.

Jack y los demás se pusieron tensos ante la cantidad de personas en el mercado. Nadie los había notado todavía, pero la sensación de estar rodeados por tanta gente los inquietaba. Elias y María intercambiaron miradas.

—Bien, sigamos, pero no se separen. No recordaba que hoy es el día en que todos venden sus mejores mercancías —dijo Elias con calma, intentando tranquilizarlos.

—Sí, yo tampoco me acordaba —añadió María, sonriendo un poco con preocupación.

Jack sintió un nudo en el estómago y, sin darse cuenta, apretó con más fuerza la mano de María. Ella notó el gesto y volteó a ver a Elias con cierta inseguridad.

—Tranquilos, no pasará nada... ¿verdad? —preguntó, buscando confirmación.

Elias pudo notar su inquietud, pero asintió con seguridad.

—Claro, no pasará nada. Solo... no se separen —respondió con firmeza.

El grupo lo miró unos segundos antes de decidir confiar en él. Finalmente, asintieron y continuaron avanzando, aún con cierta tensión en el ambiente.

El grupo siguió de cercas a Elias y María mientras cruzaban la calle y se adentraban en el mercado. Al principio, todo parecía normal, pero en cuanto la gente empezó a notar su presencia, un grito rompió la calma.

—¡Bestias! —exclamó alguien en el idioma humano.

El bullicio del mercado se desvaneció en un instante. Todas las miradas se posaron sobre Legoshi, Jack y los demás. Sus cuerpos se tensaron al sentir el peso de esas miradas, algunas llenas de miedo, otras de desprecio.

Elias, sin embargo, continuó caminando como si nada pasara. Juno, que iba detrás de él, se aferró a sus hombros con inquietud.

—O-o-oye, Elias… ¿no crees que nos dirán algo por… entrar? —susurró Juno, claramente nerviosa.

Elias no dejó de avanzar y, con una sonrisa tranquila, le respondió:

—No, tranquila. No lo harán. Confía en mí, ¿sí?

Juno lo miró con duda, pero al final asintió, aunque sin perder del todo la inquietud.

Mientras tanto, María caminaba al lado de Jack, quien se mantenía cerca de ella, claramente incómodo. Aunque él y los demás no entendían el idioma, podían sentir la hostilidad en los susurros de la multitud.

—(Mira, son esas asquerosas bestias de las que nos dijeron que vendrían.) —murmuró una mujer.

—(¿Por qué los dejaron entrar a nuestro país? ¿No les fue suficiente con condenarnos a esta isla?) —agregó otra, con disgusto en la voz.

—(Malditas bestias. Espero que se pudran y se larguen de aquí.) —dijo un hombre con el ceño fruncido, parado junto a un puesto de frutas.

—(¿Ese no es el chico que enviaron a la nación de las bestias?) —pregunto alguien entre la multitud, la gente comenzó a murmurar más.

—(si, parece que regreso y su hermana también, fue enviada miren parece que los tienen controlados.) —respondió alguien entre la gente mientras el grupo continuaba avanzando.

—(Eso es pero, será mejor que los controlen si no cosas muy malas les pasaran.) —dijo otra persona, con un tono de odio.

Jack, Legoshi y los demás solo escuchaban murmullos ininteligibles, pero el tono y las miradas les bastaban para entender que no eran bienvenidos. María y Elias, por su parte, entendían cada palabra, pero optaron por ignorarlas y seguir adelante.

Al llegar a la entrada de la muralla, se encontraron con un guardia de pie, sosteniendo un arma automática colgada de su correa. Su mirada fija y fría hizo que el grupo se detuviera instintivamente.

El guardia observó a Elias y María durante unos segundos que se sintieron eternos. Elias simplemente le sonrió con naturalidad, al igual que María. El ambiente seguía tenso, hasta que, sin decir nada, el guardia se hizo a un lado, despejando el camino para que pasaran.

—Bien, ya pasemos —dijo Elias con una sonrisa, intentando animarlos.

Aún con algo de miedo, los demás asintieron y cruzaron la entrada con cautela.

—Oye, Elias… ¿ese lugar al que vamos no está muy lejos? —preguntó Miguno, con la voz aún tensa tras la mirada del guardia.

Elias miró por encima del hombro mientras avanzaban.

—No, está como a cinco cuadras de aquí, así que no tardaremos —respondió con tranquilidad. Luego, notó la inquietud en sus rostros y añadió con voz serena —Sé que están nerviosos y asustados, pero tranquilos, no permitiré que nadie les haga daño. Y si les preocupa algo sobre los guardias, los conocemos a la mayoría. Pasamos seguido por las entradas.

Sus palabras parecieron tranquilizar un poco al grupo.

Cuando salieron del otro lado de la muralla, se encontraron con un vecindario diferente. Los edificios de negocios y casas estaban decorados con jardines bien cuidados, y las aceras adornadas con lámparas y árboles, dando al lugar una atmósfera pacífica.

Los chicos se detuvieron un momento, observando con asombro el contraste con la hostilidad que acababan de experimentar.

Elias se giró y los vio más relajados, admirando el entorno. Sonrió levemente.

—¿Ven? No todo aquí es tan malo.

Ellos voltearon a verlo y asintieron.

—Bien, síganme, el parque está hasta el fondo —dijo Elias tranquilamente, señalando al frente. Dio vuelta y continuó avanzando, seguido por el grupo.

A medida que caminaban, algunas personas se apartaban de su camino al verlos pasar. Otras les dirigían miradas de disgusto, aunque la mayoría permanecía tranquila, especialmente al notar que entre ellos estaba Haru, a quien observaban con curiosidad entre el grupo.

Juno se acercó a Elias, lo que llamó su atención.

—¿Qué pasa, Juno? —preguntó Elias al notar que caminaba a su lado.

—Me gustaría saber algo sobre ustedes —dijo Juno, ya más tranquila.

Elias la miró con curiosidad mientras cruzaban la calle.

—Sí, dime.

—He notado desde que llegamos aquí que ustedes tienen un concepto muy distinto de cómo ven a los suyos —comentó Juno en un tono pensativo.

Elias frunció ligeramente el ceño, sin comprender del todo.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que ustedes tratan a otros humanos como si fueran conocidos, incluso si no los han visto antes. Además, se defienden y protegen entre ustedes —explicó Juno, recordando lo que había visto en la primera ciudad, soldados en la iglesia, bajando ataúdes con collares de placas colgando de sus cuellos, despidiéndose de sus compañeros caídos.

Elias la observó en silencio unos segundos antes de responder.

—Bueno… Digamos que los humanos somos muy unidos. No nos gusta ver que alguien le haga daño a uno de los nuestros, incluso si es un desconocido. Es como cuando ves a alguien en peligro y sientes la necesidad de ayudar, sin importar el riesgo. Aunque no lo conozcas, quieres hacer algo para evitar que sufra —respondió con calma.

Juno lo miró con más curiosidad, comenzando a entender un poco mejor su perspectiva.

—¿Ustedes no hacen lo mismo? —preguntó Elias con interés.

Juno desvió la mirada al suelo mientras caminaban.

—Bueno… sí, pero no siempre se extiende entre todos nosotros. La mayoría acepta que, si algo le pasa, estará solo —respondió con cierta melancolía.

Elias reflexionó sobre sus palabras.

—Mmm… Entonces, ¿no se apoyan tanto entre ustedes? —preguntó pensativo.

Juno levantó la vista y lo observó. ¿Me pregunto cómo me ve? pensó, mirando de reojo a los demás. María y el resto conversaban animadamente, sin notar su conversación.

Finalmente, Juno decidió preguntar.

—Elias…tú ¿cómo me ves?

Su rostro se tornó ligeramente rojo al formular la pregunta.

Elias la miró por unos segundos antes de esbozar una sonrisa.

—Bueno… yo…

Juno sintió que su corazón latía con fuerza mientras esperaba su respuesta.

—Te veo como alguien cercano —contestó Elias con naturalidad.

Juno sintió sus mejillas arder.

—También a los demás. Nunca dejaría que alguien les hiciera daño o algo peor. Para mí, son casi como una familia, y eso incluye a Jack ahora que está saliendo con mi hermana —añadió tranquilamente.

Juno lo miró, aún sonrojada.

—Entonces… te preocupas mucho por nosotros —murmuró, mirándolo fijamente.

—Sí, después de todo somos amigos, y aprecio la compañía de cada uno de ustedes —respondió Elias con una sonrisa sincera.

Juno sonrió también.

—Gracias por considerarnos de esa manera —dijo alegremente, aún ruborizada.

Elias asintió.

—No hay problema.

Volteó la mirada hacia el frente y vio que estaban por llegar. Al entrar al parque, pudieron ver el suelo de ladrillos que decoraba el camino, los arbustos grandes rodeando el área y los árboles altos y frondosos que proporcionaban sombra. Algunas lámparas adornaban el lugar, y a los lados del camino principal había bancos de madera que se dividían más adelante, ocultos entre los arbustos.

—¡Este lugar se ve enorme de cerca! —dijo Aoba, sorprendido al admirar el paisaje.

Elias sonrió.

—Sí, a veces mi hermana y yo venimos aquí a pasar el rato —comentó con tranquilidad.

María se acercó a Elias, animada.

—¡Sí! Vengan, vamos a ver el lugar, les va a encantar… ¡en especial a ti, Haru! —dijo con entusiasmo, sonriendo.

Todos la miraron con curiosidad, preguntándose a qué se refería.

—¡Vamos! —dijo María alegremente, acercándose a Jack y tomándolo de la mano.

Jack asintió y comenzó a seguirla. Los demás hicieron lo mismo, con Elias y Juno quedándose un poco atrás antes de unirse también.

—Sabes Elias me gusta tu hogar, es muy hermoso —dijo Juno sonriendo alegremente.

Elias volteo a verla mientras avanzaban.

—Me alegro que te guste, aunque no hay mucho que hacer aquí seguro podemos encontrar algo que hacer —respondió Elias sonriendo, Juno lo miro con un poco ruborizada.

Continuaron caminaron por el sendero principal, rodeados de árboles que decoraban el camino con su sombra y arbustos que adornaban los costados.

Juno miró de reojo a Elias sonrojada pensando en que decirle, antes de volver la vista al frente. Más adelante, en el centro del parque, pudieron ver una estatua de granito blanco. Representaba a un hombre con traje militar, mirando hacia el cielo con firmeza. A medida que se acercaban, notaron que tenía una placa en la base, aunque las inscripciones eran incomprensibles para ellos.

Jack, sin embargo, la observó con atención. Había algo familiar en aquella estatua.

—¿Quién es? —preguntó Collot con curiosidad.

Jack frunció el ceño, tratando de recordar, hasta que su memoria le brindó la respuesta.

—Es el general humano que firmó la paz con nuestra nación —dijo tranquilamente, aunque sin recordar su nombre.

—Sí, pero no quería mostrarles esto. Vengan —dijo María, alejándose de la estatua y caminando hacia un arbusto frondoso.

Jack y los demás la siguieron, observándola con confusión.

—María, esto… solo es un arbusto —dijo Jack con una sonrisa dudosa.

—No, es que el camino no se ve —respondió María.

Sin más explicaciones, metió las manos en el arbusto y lo atravesó, desapareciendo al otro lado.

Jack se quedó en silencio por un momento, inquieto por no escucharla.

—¿María? ¿Estás bien? —preguntó con preocupación.

—¡Estoy bien! Vengan, el arbusto tapa el camino —respondió María desde el otro lado.

Jack miró el arbusto y, tras un instante de duda, decidió atravesarlo. Los demás lo siguieron uno por uno, dejando atrás a Juno y Elias.

Elias miró a Juno y le tendió la mano con una sonrisa.

—Vamos.

Juno lo miró, sorprendida, y después de un breve titubeo, le devolvió la sonrisa con un leve rubor en las mejillas antes de tomar su mano. Juntos, cruzaron el arbusto y se encontraron con un camino oculto.

El camino estaba hecho de ladrillos antiguos, con pequeñas hierbas brotando entre sus uniones. María y los demás ya estaban avanzando, siguiéndola con curiosidad.

—Mmmhh, parece que no le han hecho mantenimiento a este camino en mucho tiempo —comentó Elias, observando el lugar.

Juno lo miró con interés.

—Oye, Elias, ¿qué es lo que nos quieren mostrar? —preguntó con curiosidad.

—Ah, bueno, es una estatua… pero es un poco especial —respondió Elias con tranquilidad.

Juno ladeó la cabeza, más intrigada.

—Pero… ¿por qué es especial?

Elias sonrió levemente.

—Tendrás que verla por ti misma. Vamos.

Sin soltar su mano, avanzó junto a ella para alcanzar a los demás.

Cuando llegaron al final del sendero, se encontraron con una pequeña estatua de bronce. Su color verdoso evidenciaba los años que había pasado expuesta al clima, aunque la parte inferior de su pierna brillaba con su color original, pulida por incontables toques de los visitantes.

Haru, en particular, la reconoció de inmediato. Se adelantó con la mirada fija en la figura, que se encontraba en un claro rodeado por un sendero circular. A su alrededor, un anillo de flores blancas la enmarcaba con delicadeza. Sobre su pedestal, una pequeña placa que permanecía tapada por algunas hierbas que crecían a su alrededor.

—Esto era lo que queríamos mostrarles —dijo María con una sonrisa antes de volverse hacia Haru, quien se había detenido frente a la estatua, mirándola con una expresión difícil de descifrar.

Todos miraron con curiosidad, al igual que Legoshi, intrigado.

—Esto es… —dijo Haru, buscando las palabras mientras observaba la estatua de un conejo enano.

—Así que esta es la estatua de la que me hablaste —comentó Haru, dirigiendo su mirada a María.

—Sí, aunque está muy descuidada… Parece que todavía hay gente viniendo por aquí —respondió María con una sonrisa.

Legoshi observaba la estatua con interés, al igual que los demás. Juno, de pie junto a Elías, la miraba con sorpresa.

—¿Por qué tienen una estatua de… un conejo? Creí que no les caían bien las bestias —dijo Juno, confundida, buscando respuestas en Elías.

—Bueno, para hacerte la historia corta, digamos que alguien de la especie de Haru ayudó a muchos humanos a escapar con seguridad durante la guerra —explicó Elías tranquilamente.

Juno y los demás escuchaban con atención.

—¿Entonces por eso muchos se acercan a verla? —preguntó Juno, refiriéndose a Haru.

Todos voltearon a verla y se dieron cuenta de que esa era la razón por la que la gente se detenía a observarla.

—Sí. De hecho, muchos de los que vivimos aquí somos descendientes de aquellos a quienes rescató. Aunque no todos recuerdan la historia, aún hay quienes vienen a pedirle suerte —añadió María.

Dicho esto, se agachó y abrazó a Haru por la espalda, sorprendiendo a la coneja con su repentina acción. Haru miró a María, quien sonreía con calidez. Todos observaban la escena en silencio.

—¿Qué quieres decir con pedir suerte? —preguntó Haru, curiosa y algo confundida.

—Bueno, verás, Haru, se dice que si le frotas la pierna a la estatua, te dará buena suerte en lo que más deseas —respondió María con naturalidad.

Haru la miró incrédula. No podía creerlo del todo, aunque al observar la estatua con más detenimiento, notó que una de sus piernas estaba visiblemente más pulida que el resto, señal de que la tocaban con frecuencia.

—Espera, ¿me estás diciendo que ustedes tocan la pierna de esa estatua solo porque creen que les dará buena suerte? —preguntó Haru, sin poder ocultar su escepticismo.

—Una vez le pedí ayuda para pasar un examen… Mi hermano también lo hizo —comentó María con una sonrisa.

Haru la miró con aún más incredulidad, al igual que los demás.

—Solo es una creencia, así que no trates de hallarle mucha lógica —continuó María con tranquilidad—. También hay quienes creen que con solo visitarla es suficiente para recibir su suerte.

Haru y los demás seguían escuchando con curiosidad e intriga ante las extrañas costumbres de los humanos. Haru miró a María, quien aún la abrazaba con suavidad.

—No esperaba que ustedes nos vieran así… como un símbolo de buena suerte —murmuró Haru, sorprendida.

—Sí, de hecho, algunas personas que conocemos vienen aquí… Aunque parece que no han venido en un tiempo —respondió María, observando la estatua y la placa, de la cual sobresalían algunas hierbas.

Haru la miró por unos segundos, pensativa.

—Entonces… ¿puedo pedirle algo de suerte? —preguntó, ahora con un tono de ligera curiosidad.

María volteó a verla y asintió.

—¡Por supuesto! Solo que no debes decirle a nadie qué es lo que pediste, ¿entendido? —respondió con una sonrisa juguetona.

Haru asintió con determinación, y los demás la miraban expectantes.

—Déjame ayudarte a alcanzarla —dijo María de repente, sujetando a Haru por la cintura.

Todos observaron con sorpresa cómo María la levantaba, sosteniéndola en el aire para que pudiera tocar la estatua.

Haru se sintió sorprendida por que María la levantó. Sus orejas temblaron un poco al notar todas las miradas sobre ella, pero decidió no darle importancia. Se enfocó en la estatua y, con algo de duda, extendió la mano para tocar la pierna desgastada por los años de contacto.

—Espero que realmente funcione —susurró para sí misma mientras cerraba los ojos y hacía su petición en silencio.

Todos los demás observaban con curiosidad, especialmente Juno, que no podía creer que los humanos veneraran así a una bestia.

—Vaya… esto es completamente distinto a lo que imaginaba de ustedes —dijo Juno, con una mezcla de sorpresa e incredulidad.

—Sí, siempre hay más de lo que parece a simple vista —respondió Elias con una leve sonrisa—. Ella fue una salvadora para muchos de nosotros, aunque su historia casi se haya olvidado.

Legoshi miraba la estatua con una expresión pensativa. Había escuchado algunas historias sobre la guerra, pero jamás imaginó que un conejo había tenido un papel tan importante en la supervivencia de los humanos.

—¿Creen que esto sea cierto? —preguntó Legoshi, más para sí mismo que para los demás.

María bajó lentamente a Haru y la dejó de pie con cuidado.

—No sé si la estatua realmente conceda suerte —dijo María sonriendo—, pero creo que lo importante es que nos recuerda algo.

—Que incluso en los tiempos más oscuros, hubo quienes tendieron una mano amiga sin importar las diferencias —respondió María con una mirada tranquila, observando la estatua con respeto.

Los demás quedaron en silencio por un momento, reflexionando sobre sus palabras. No importaba si la estatua traía suerte o no, lo cierto era que su presencia significaba algo para aquellos que aún la visitaban.

Legoshi se acercó al lado de María.

—Yo también quiero intentarlo —dijo con tranquilidad.

—Sí, no hay problema —respondió María con una sonrisa.

Los demás también se acercaron para intentarlo. Juno permanecía al lado de Elias. Él volteó a verla y notó que aún sostenía su mano.

—Ah, lo siento, no me di cuenta de que todavía la tenía —dijo Elias, algo ruborizado, soltándola con suavidad.

Juno desvió la mirada y se sonrojó un poco.

—N-n-no hay problema —respondió tartamudeando.

Miró al suelo con la cara roja, buscando algo que decir para cambiar de tema. Finalmente, algo cruzó por su mente.

—Yo también quiero intentarlo —dijo con una sonrisa, aún algo ruborizada, volteando a ver a Elias.

Él asintió.

—Sí, vamos.

Ambos caminaron hacia la estatua, colocándose detrás de los demás para que Juno también pudiera tocarla. Elias y María observaron cómo todos se divertían pidiendo suerte. Sonrieron al ver cómo cada uno pasaba y formulaba su deseo en silencio Jack, Bill, Collot… Hasta que llegó el turno de Juno.

Tocó la estatua con delicadeza. Miró a su alrededor y vio a los demás charlando y riendo entre ellos.

"Ojalá esto durara para siempre" —pensó mientras cerrando los ojos por un momento, abrió los ojos y retiro la mano de la estatua para dirigirse hacia el grupo para unírseles.

—Bien, vamos a ver el resto del parque —dijo Elias con entusiasmo.

Los demás asintieron y lo siguieron.

Elias tomó un sendero apenas visible entre la maleza y, tras unos minutos de caminata, salieron al otro lado, desembocando en un camino del parte principal parque. Avanzaron unos metros más hasta que los árboles comenzaron a despejarse, revelando un amplio claro cubierto de césped.

Varias personas estaban sentadas en la hierba, conversando, mientras algunos paseaban tranquilamente y los niños jugaban con una pelota, lanzándosela entre ellos. A un lado, alguien parecía estar pintando.

El viento mecía las copas de los árboles, y grandes nubes blancas flotaban en el cielo, permitiendo que algunos rayos de sol se filtraran, iluminando el paisaje con una luz cálida y apacible.

Todos contemplaban la escena con calma. Elias y María observaron sus reacciones y sonrieron.

María se acercó a Jack y lo tomó de las manos, sacándolo de su ensimismamiento.

—Jack, ¿no me dijiste que querías correr cuando llegamos? —preguntó con una sonrisa alegre.

Jack asintió.

—¡Bien, vamos! —exclamó María, soltándolo de una mano y tomándolo la otra mano solamente, lo arrastro consigo mientras reía.

Los demás salieron de su trance y los vieron correr por el campo verde. Antes de que pudieran reaccionar, Jack y María tropezaron y cayeron entre la hierba.

Los chicos corrieron a ayudarlos, pero al verlos levantarse entre risas, se relajaron. Sin embargo, en su prisa por alcanzarlos, ellos también terminaron cayendo.

Desde atrás, Juno y Haru los observaban y reían.

Haru caminó lentamente hasta donde estaba Legoshi, quien se había sentado tras la caída, con hierba en la cabeza.

Haru sonrió divertida.

—Después de todo, eres un perro —dijo animada.

Legoshi la miró y movió la cola, visiblemente emocionado.

—Bueno… —intentó decir algo, pero se quedó en silencio al ver cómo Haru acercaba sus manos a su cabeza.

—Déjame ayudarte, tienes hierba en el pelo —dijo Haru con alegría, quitándosela con cuidado.

Legoshi inclinó la cabeza y movía la cola con felicidad mientras ella lo limpiaba.

Juno y Elias observaban la escena desde la distancia, riendo con complicidad. Elias entonces desvió la mirada hacia Juno, notando su expresión.

Elias notó cómo Juno miraba la escena entre Legoshi y Haru con una sonrisa suave. Parecía disfrutar del momento tanto como todos los demás. Sin pensarlo demasiado, Elias habló.

—Oye, Juno —llamó su atención con una voz calmada.

Ella volteó a verlo, aún con un leve rubor en las mejillas por lo sucedido antes.

—¿Sí? —preguntó, curiosa.

Elias desvió un poco la mirada hacia el cielo, donde las nubes pasaban lentamente, y luego volvió a mirarla con una sonrisa.

—¿No crees que estos momentos son los que valen la pena recordar? —dijo con tranquilidad.

Juno lo miró sorprendida por un momento, pero luego sonrió con ternura.

—Sí… quisiera que esto durara para siempre —respondió, repitiendo sus pensamientos en voz alta sin darse cuenta.

Elias rió suavemente.

—Bueno, si dura o no, depende de nosotros. Pero mientras estemos aquí… ¿quieres caminar un poco conmigo?

Juno abrió un poco los ojos, sorprendida por la invitación repentina. Sin embargo, no pudo evitar sentirse emocionada.

—¡Sí, claro! —respondió rápidamente, quizás demasiado rápido, lo que la hizo ruborizarse un poco más.

Ambos se separaron un poco del grupo, caminando a un ritmo relajado mientras el resto seguían riendo y disfrutando del día.

Más adelante, María y Jack seguían revolcándose en la hierba entre risas, sin notar la pequeña escena entre Elias y Juno. Legoshi, aún con rastros de hierba en la cabeza, solo miraba a Haru con una expresión tranquila, disfrutando del momento sin preocuparse de nada más.

Era uno de esos días que quedaban grabados en la memoria.

La gente del lugar empezó a notar a los chicos, algunos padres corrieron a buscar a sus hijos, asustados. Sin embargo, vieron a Haru entre ellos, riendo y divirtiéndose. La multitud la reconoció, y poco a poco, en lugar de miedo, comenzaron a observar con curiosidad.

Juno y Elias caminaban juntos por la sombra del sendero, desde donde podían ver el claro donde María y los demás se divertían. Juno se sentía emocionada, aunque también un poco nerviosa. De repente, Elias llamó su atención.

—Oye, Juno, cuando volvamos a casa le diré a mi hermana que saque el juego de mesa para jugar un rato —dijo Elias tranquilamente.

Juno asintió tímidamente mientras continuaban caminando. La brisa soplaba suavemente, moviendo las hojas de los árboles. Miró a Elias con cierta indecisión, sumida en sus pensamientos. "¿Qué pensará de salir con alguien como yo?" Se preguntó, desviando la mirada de nuevo hacia el camino. "Pero su hermana ya está con Jack… Me pregunto si él también saldría con alguien que no sea de su especie."

Juno respiró hondo y tomó un poco de valor.

—Elias… quisiera preguntarte algo —dijo con voz nerviosa.

Elias la miró con curiosidad mientras se colocaba las manos detrás de la cabeza, descansándola.

—Sí, dime —respondió con naturalidad.

Juno dudó un poco antes de hablar.

—Bueno… me preguntaba… ¿qué opinas de… salir con alguien que no sea de tu… especie? —preguntó, entrecortando sus palabras y sintiendo su rostro arder de vergüenza.

Elias la miró con sorpresa, y Juno, notando su expresión, se apresuró a justificarse.

—¡Solo tengo curiosidad! Ya que tu hermana sale con Jack —dijo rápidamente, avergonzada.

Elias desvió la mirada hacia las copas de los árboles, pensando por un momento.

—Bueno… ¿cómo decirlo? Digamos que mientras dos personas se quieran, se traten bien y coincidan en lo que quieren, no veo problema, aunque sean diferentes —respondió con tranquilidad.

Juno sintió un pequeño vuelco en el corazón al escuchar su respuesta. "¿Entonces… tengo una posibilidad?" pensó con emoción. Luego vio cómo Elias volteaba y la miraba con una sonrisa.

—¿No lo crees? —preguntó él.

Juno asintió, todavía sonrojada.

—S-s-sí… bueno, yo antes pensaba que las parejas debían permanecer con los de su misma especie —admitió, mirando al suelo con cierto aire pensativo —Pero desde que vi a María y Jack juntos… y a Legoshi con Haru… me he estado preguntando si realmente hay tanta diferencia.

Elias asintió con una leve sonrisa.

—Yo creo que, mientras ames a la persona con la que quieres estar y ella te corresponda, las diferencias no importan —dijo con confianza.

Juno lo observó durante unos segundos, sintiendo su corazón latir con fuerza. Respiró hondo y decidió armarse de valor.

—Oye, Elias… —dijo, llamando su atención.

Él se detuvo al notar que ella había dejado de avanzar. Se giró hacia ella, acercándose con curiosidad.

—¿Qué pasa, Juno? —preguntó, mirándola con interés.

Juno lo observó tímidamente, su corazón golpeando con fuerza en su pecho. "Vamos… dilo…" se repetía en su mente.

—Yo quería… decirte… que… ¿qué pasaría si tú…?

Las palabras estaban a punto de salir de su boca cuando, de repente, fueron interrumpidos.

—(¡Hey, es Elias!) —exclamó una voz.

Ambos voltearon y vieron a un chico de lentes. Un grupo de cinco jóvenes con el mismo uniforme que Elias había usado cuando salió de la academia para ir a visitar la ciudad, Juno oía que hablaban el idioma humano.

—(¿¡Dónde!?) —preguntó otro de los chicos, un poco menos robusto que Elias.

Buscaron con la mirada hasta que finalmente lo encontraron. En cuanto lo vieron, sus rostros se iluminaron con emoción y corrieron hacia él con sonrisas de entusiasmo.

Juno sintió cómo su oportunidad se desvanecía en el aire. "¿Por qué justo ahora?" pensó con frustración, mientras observaba cómo aquellos chicos se acercaban a Elias con entusiasmo.

Oía como le empezaban a hablar en el idioma humano sin entender nada de lo que decían pero por sus acciones intuyo que se estaban saludando.

—(¡¿Cómo has estado, hombre?!) —preguntó un chico casi tan corpulento como Elias con entusiasmo, tomando el brazo de Elias y abrazándolo con un brazo mientras con el otro le daba una palmada en la espalda.

—(¡Estoy bien! Me alegra verlos de nuevo) —respondió Elias, sonriendo.

—(Creímos que las bestias te habían comido) —bromeó otro de los chicos, uno más delgado, de cabello castaño, ojos color miel y gafas.

—(¡Claro que no! ¿Cómo crees?) —respondió Elias riendo.

Juno observaba frustrada cómo el grupo de chicos hablaba con Elias, sin saber cómo intervenir. Pero entonces notó que la miraban, lo que la puso nerviosa.

—(Ohhh… ¿Quién es ella?) —preguntó un chico de cabello de punta rubio cobrizo y ojos café claro, señalando a Juno.

Los demás voltearon a verla, lo que la hizo sentirse aún más incómoda. Elias también volteó.

—(¡Oh, miren! ¡Elias ya tiene una chica bestia!) —dijo el chico de las gafas con una sonrisa burlona.

—(¡Ah, sí! ¡Así que lograste conseguirte una chica lobo! No sabía que fueras de ese tipo) —añadió el chico pelo de punta con una sonrisa maliciosa, casi tan corpulento como Elias, tomándolo del cuello con su brazo.

—(Vamos, vamos, solo es una amiga) —respondió Elias, un poco avergonzado.

—(Dejen que se las presente) —añadió, liberándose del brazo de su amigo —(Pero una cosa más, ella no habla nuestro idioma, así que tendrán que hablar en el suyo si le quieren hablar.)

Los chicos asintieron, y Elias se acercó a Juno con una sonrisa.

—Te los presentaré —dijo tranquilamente.

Juno asintió tímidamente.

—Bien —continuó Elias, pasando un brazo por detrás de Juno y tomándola del hombro.

Ella se ruborizó un poco, pero trató de calmarse.

—Chicos, ella es Juno, una chica lobo. Vamos en el mismo salón de clases.

Los chicos sonrieron, y Juno, todavía algo nerviosa, intentó sonreír también.

—E-es un gusto conocerlos —dijo con timidez casi inaudible.

Elias la miró y luego comenzó a señalar a cada uno de sus amigos.

—Él es Miller. —dijo Elias señalando al primer chico que lo saludo.

Miller se presentó con una sonrisa amigable.

—Es un gusto conocerte, Juno.

—Él es Harri —dijo Elias, señalando al chico de gafas.

Harri le sonrió con un intento de coquetería.

—Un gusto, señorita Juno.

Los demás contuvieron la risa ante su actitud. Elias solo lo miró con tranquilidad, mientras Juno le sonreía nerviosa.

—Él es Arne —continuó Elias, señalando al chico de cabello en punta.

Arne levantó la mano en un saludo casual.

—Un gusto —dijo con una sonrisa amplia.

Juno le devolvió la sonrisa y luego miró a los otros dos que no habían hablado aún, uno era un chico tan corpulento como Elias, pero un poco más bajo, de cabello rojiso y ojos azul claro, con una expresión seria mientras cruzaba los brazos. El otro era más alto, con cabello negro desordenado que le tapaba los ojos y una sonrisa misteriosa.

—Él es Jens —dijo Elias, señalando al chico serio.

Juno sintió su mirada penetrante y se sintió intimidada. Pero, de repente, Jens le extendió la mano.

Juno la miró con duda y luego a Elias, quien asintió con una sonrisa para animarla a tomarla. Lentamente, ella estrechó la mano de Jens, quien la saludó con su tono serio y neutro.

—Es un gusto, Juno.

Luego soltó su mano, permitiendo que Elias continuara con la presentación.

—Y él es Konrad.

Juno miró al último del grupo, el chico alto de cabello negro. Su sonrisa le provocó escalofríos, y, sin darse cuenta, se escondió un poco detrás de Elias.

Los amigos de Elias no tardaron en reír.

—¡Hey! Sabes que eres un fenómeno, Konrad —dijo uno de los chicos entre risas.

—Sí, ni las chicas bestias quieren acercarse a ti. Esa aura que tienes las hace huir —añadió otro, riendo.

—¡Oh, vamos! Saben que no soy ningún fenómeno, solo que aprecio a las chicas por lo hermosas que son —se defendió Konrad con dramatismo.

Luego miró a Juno y le sonrió nuevamente.

—E-e-e-e-es un gusto, Juno —dijo, saludándola tímidamente.

Juno le sonrió, aún nerviosa por la situación, pero, al mismo tiempo, sorprendida de que todos hablaran perfectamente su idioma, sin ningún acento.

Miró a todos los chicos y, con más confianza, les dedicó una sonrisa.

—Es un gusto conocerlos a todos —dijo con sinceridad.

Los chicos sonrieron, y así, poco a poco, Juno se sintió más cómoda entre ellos.

Elías soltó a Juno y miró a sus amigos, pero antes de que pudiera reaccionar, Arne se acercó nuevamente y lo tomó del cuello con una sonrisa pícara.

—Ahora dime, ¿sales con ella? —preguntó con tono burlón.

Los demás chicos también se acercaron, rodeándolo con miradas expectantes. Juno solo observaba en silencio.

—Ya te lo dije, solo somos amigos —respondió Elías, sintiendo la presión de sus compañeros.

Juno escuchaba atentamente, pero no parecía desalentada por la respuesta.

—Mira, eres muy pesados —añadió Elías con seriedad, mientras sus amigos reían.

—Mhhh, ¿seguro? —dijo Arne con una sonrisa maliciosa, y de pronto se le ocurrió algo—. Entonces no te importará que la invite a salir.

Los demás chicos sabían que solo lo decía para molestarlo, pero Juno no pudo evitar sentirse un poco nerviosa. Elías, sin embargo, lo miró con una expresión tranquila y seria, aunque Juno podía notar que fruncía el ceño un poco.

—Vamos, sé lo que intentas. Aparte, ¿no estabas saliendo con esa chica del café? ¿La que te dio una cachetada por tratar de engañarla? Lo bueno es que no te dejó —respondió Elías con una sonrisa burlona, riéndose un poco.

Los demás chicos rieron con él, mientras Juno continuaba escuchando en silencio.

—Vamos, vamos, solo estoy jugando —dijo Arne, algo nervioso, pero aún sonriendo—. Pero dime, ¿cómo se conocieron?

—La conocí el primer día de clases. Ella fue quien me habló, siempre es muy amable y muy buena amiga —respondió Elías tranquilamente.

Juno se sonrojo un poco al oír como hablaba de ella.

—Mhhh, ya veo —dijo Arne con una sonrisa.

En ese momento, Miller intervino con curiosidad.

—Oye, por cierto, tu hermana también la enviaron, ¿no? ¿Dónde está?

—Sí, está por el claro del parque con los demás —respondió Elías con calma.

Sus amigos lo miraron con emoción.

—Espera, ¿dices que vinieron más bestias? —preguntó Miller, incrédulo al igual que los demás.

Elías sonrió.

—Sí, son los amigos que he hecho. Están con mi hermana, si quieren, podemos ir y se los presento —dijo tranquilamente.

—Claro, suena más interesante que estar dando vueltas por la ciudad en nuestro día libre —respondió Miller, animado.

Juno observó cómo los amigos de Elías hablaban animadamente con él. De repente, se sintió un poco alejada de la conversación, como si estuviera al margen de todo. Sus pensamientos la absorbieron hasta que la voz de Elías la sacó de su ensimismamiento.

—Juno, vamos —dijo Elías con naturalidad.

Ella volteó y notó que estaba más cerca de lo que había pensado.

—Ah, sí —respondió, reaccionando al instante.

Elías comenzó a avanzar, y los chicos lo siguieron, incluido Juno, quien lo miraba conversando con sus amigos. Se percató de lo bien que se llevaban, lo fácil que parecía para ellos hablar con él.

"Parece que les caigo bien... Quién diría, los amigos de Elías son muy variados," pensó Juno mientras miraba el suelo, reflexionando. Pero entonces recordó lo que Arne había dicho antes.

"¿Me pregunto si Elías sintió celos cuando su amigo mencionó invitarme a salir? Parecía que fruncía un poco el ceño..."

Su mente comenzó a divagar en pensamientos sobre Elías, y sin darse cuenta, un leve rubor apareció en su rostro.

"¿Le gustaré a Elías?"

Perdida en sus pensamientos, siguió caminando hasta que llegaron al claro del parque. Sus ojos se abrieron con sorpresa al notar la cantidad de gente que estaba allí, observando a los chicos que estaban con María.

Pero lo que más le llamó la atención fue la mirada inquieta de Haru, que parecía incómoda con tantas miradas sobre ella.

María observaba a los chicos y su alrededor cuando notó a Elías con sus amigos. Sin pensarlo, se levantó rápidamente y movió la mano para llamarlo. Elías, por su parte, apenas podía creer la cantidad de gente que estaba mirando a Miguno, Bill, Aoba y a los demás. Podía notar cómo tanto Legoshi como Jack estaban nerviosos por la atención que recibían.

Elías se acercó a ellos con sus amigos siguiéndolo de cerca, y junto a su lado caminaba Juno. María y los demás lo miraron cuando llegó acompañado por el grupo. Los chicos que estaban con Jack y Legoshi se pusieron aún más tensos al verlos.

—¿Qué pasa? ¿Por qué hay tanta gente? —preguntó Elías, sintiéndose incómodo con tantas miradas encima.

—No lo sé… pero creo que sería mejor irnos —respondió María, algo nerviosa. Mientras hablaba, notó a los compañeros de Elías del servicio y los reconoció. En especial, vio que Miller se acercaba.

Jack, que aún estaba sentado en el césped cerca de María, levantó la mirada al notar la presencia de más personas.

—¡Hola, María! —saludó Miller con una sonrisa.

María lo miró tranquilamente antes de responder con una ligera sonrisa.

—Hola, Miller.

—Veo que hicieron muchos amigos allá —comentó Miller mientras miraba a Jack y los demás. Sus ojos se posaron en Haru y su expresión se tornó sorprendida.

—Sí, ellos son nuestros amigos que hicimos allá —respondió María con tranquilidad.

Jack se puso de pie y se colocó al lado de María, observando a Miller con cautela. Miller notó su presencia y lo saludó con un gesto amigable.

—Hola —dijo Miller con una sonrisa mientras movía su mano en señal de saludo.

Jack, algo tímido, trató de corresponderle.

—H-h-hola… —respondió, sonriendo con nerviosismo.

María los observó en silencio y, en un gesto repentino, tomó a Jack y lo pegó ligeramente a ella. Jack se sonrojó de inmediato por el contacto y Miller notó su reacción, arqueando una ceja con curiosidad.

—Veo que se llevan muy bien —comentó Miller, con una mirada inquisitiva.

—Sí, él es mi novio —dijo María con una sonrisa tranquila.

Las palabras de María dejaron a los compañeros de Elías, completamente estupefactos. Nadie podía creer lo que acababan de escuchar. Miller y los demás miraron a Elías, buscando una confirmación, y él simplemente les asintió, como si dijera que era cierto. Jack, por su parte, intentaba mantenerse quieto, sintiéndose cada vez más incómodo con tantas miradas sobre él.

—Y yo que creía que Elías era el raro… —murmuró Miller, aún procesando la noticia.

Los demás también asintieron, aceptando que esperaban que Elías fuera el primero en tener pareja, pero jamás imaginaron que sería su hermana quien los sorprendiera. Miller suspiró, relajándose un poco.

—Bueno… ¿cuál es tu nombre? —preguntó Miller, dirigiéndose a Jack.

Jack lo miró todavía un poco nervioso antes de responder.

—Me llamo Jack… un gusto.

Miller sonrió con naturalidad.

—Es un gusto, Jack. Me puedes llamar Miller, soy amigo de Elías y María —dijo con amabilidad.

Después, giró la cabeza hacia Elías y sonrió con interés.

—¿Y bien? ¿Nos presentarás a tus amigos? —preguntó Miller con entusiasmo.

Los demás compañeros de Elías también parecían interesados en conocerlos. Arne, en particular, le dio una palmada en la espalda a Elías con una gran sonrisa.

—¡Sí, preséntanoslos! ¡Tengo ganas de conocerlos! —exclamó animado.

Los demás asintieron y se acercaron más a Elías, esperando su respuesta. Viendo la insistencia del grupo, Elías levantó las manos en un gesto de calma.

—Está bien, está bien. Pero primero vayamos a otra parte, aquí hay demasiada gente —respondió, tratando de calmarlos.

Ellos asintieron de inmediato, comprendiendo la situación.

—¡Hey! ¡Vamos a otro lugar! —dijo Elías, llamando la atención de Legoshi, Miguno, Durham y los demás.

Al escuchar su voz, el grupo se puso de pie rápidamente y asintió, dándose cuenta de que cada vez más gente los observaba. Sin perder tiempo, comenzaron a moverse, dejando atrás las miradas curiosas y buscando un sitio más tranquilo donde pudieran hablar con más libertad mientras el sol dejaba ver la tarde.


Sakane se sentó en el borde de la cama de su habitación, exhausta después del extenso recorrido que Félix les había dado por la mansión. Finalmente podía descansar. Observó la habitación una vez más, un clóset empotrado en la pared, una cómoda frente a la cama y dos ventanales con cortinas recogidas que dejaban entrar la luz del atardecer. Cerca de la ventana, una pequeña mesa con una silla invitaba a disfrutar de la vista al patio trasero.

Suspiró y se dejó caer sobre la cama, hundiéndose en el colchón mullido.

—Quién lo diría… este lugar es enorme —murmuró para sí misma, recordando todas las piezas que Félix tenía en su colección. Desde husos antiguos hasta artefactos que parecían sacados de otra época.

Fijó la vista en el techo, donde un pequeño candelabro colgaba, proyectando reflejos de luz al descomponerse en los prismas de cristal. Quiero ver qué clase de libros tiene en esa biblioteca personal… pensó con curiosidad.

Su mente divagó hasta la vitrina donde Félix guardaba los husos de los antiguos humanos. Recordó algo que había dicho antes de entrar a la sala. "Los humanos son interesantes… ¿realmente no provienen de los dinosaurios?"

—¿A qué se refería con que lo que nos enseñan es interesante? —murmuró para sí misma, frunciendo ligeramente el ceño.

Recordó cuando estaban en la cafetería cuando vio por primera vez sus rostros de Geruf, Mei y Hughes.

Había algo inquietante en los rostros de Geruf, Mei y Hughes algo que se le hacía familiar. No eran solo la solamente ellos, noto que Félix también compartía algo con ellos durante el recorrido lo noto, en un detalle que había captado en su capucha. Mientras él explicaba sobre una de sus piezas, Sakane notó dos protuberancias bajo la tela de su capucha, a ambos lados de su cabeza.

"Esto es raro… hay algo en ellos que no puedo identificar. Es como si…"

Un sonido repentino la sacó de sus pensamientos. Unos golpes en la puerta.

—Señorita Sakane, el señor Gouhin me pidió que le avisara que la está esperando para ir ala biblioteca, como acordaron —anunció Gauthier del otro lado de la puerta.

Sakane se incorporó rápidamente.

—¡Ah, sí! ¡Ya voy! —respondió mientras se ponía de pie y se dirigía a la puerta para abrirla.

Gauthier la esperaba en la entrada, con su porte tranquilo de siempre.

—¿Está lista, señorita? —preguntó con cortesía.

Sakane le sonrió.

—Sí, vamos.

Salió de la habitación y cerró la puerta tras ella.

—Bien, acompáñeme. El señor Gouhin nos espera —indicó Gauthier antes de reanudar la marcha.

Caminaron por un momento en los pasillos, hasta llegaron a una pequeña sala de estar con sillones y una mesa de centro. Gouhin estaba sentado, esperándolos. Al notar su llegada, se levantó y se les acercó.

—Esta lista ya podemos ir —dijo Gauthier, mirando a Sakane.

—Por supuesto —respondió Gouhin con tranquilidad.

Los tres emprendieron camino por los pasillos de la mansión en un silencio que a Sakane le resultó incómodo. Para distraerse, decidió iniciar una conversación con Gouhin sobre algo que le vino a la mente.

—Señor Gouhin…

El giró la cabeza para mirarla.

—Dígame.

—La comida estuvo deliciosa, ¿no cree? —preguntó sakane con una sonrisa.

Gouhin asintió.

—Sí, es interesante que los humanos tengan tan buen gusto para la comida —comentó con una leve sonrisa.

Gauthier escuchaba con atención.

—Sí, realmente fue deliciosa. Ese tofu que nos dieron tenía un sabor muy diferente —comentó Sakane alegremente.

Gouhin asintió en silencio, disfrutando todavía del recuerdo del platillo, cuando Gauthier habló con tranquilidad.

—Me alegra que les haya gustado la comida. Nuestro cocinero es uno de los mejores. Y, por cierto, señorita Sakane… no era solo tofu.

Sakane y Gouhin lo miraron de inmediato, confundidos y un poco inquietos.

—¿E-e-entonces qué era? —preguntó Sakane con una mezcla de curiosidad y temor, sin estar segura de querer saber la respuesta.

Gauthier giró ligeramente la cabeza para mirarla por encima del hombro.

—Era carne de cangrejo combinada con tofu. Nuestro cocinero es un profesional —respondió con naturalidad antes de volver la vista al frente.

El silencio que siguió fue denso. Gouhin y Sakane quedaron petrificados al procesar la información. Gauthier notó que no lo seguían y se detuvo para mirarlos.

—¿Sucede algo? —preguntó con calma.

Gouhin fue el primero en reaccionar.

—¡¿Qué?! —gritó, llevándose las manos a la cabeza con incredulidad.

Sakane, por su parte, seguía paralizada, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

—Oh, no sabía que no comían seres del mar —dijo Gauthier con un leve tono de sorpresa, pero sin perder la compostura.

Gouhin y Sakane lo miraron con expresiones de incredulidad y enojo.

—¡¿Y por qué no nos dijo eso antes?! —protestó Gouhin, visiblemente molesto.

Sakane seguía sin decir nada, pero su mirada reflejaba su incomodidad.

—Porque no preguntaron. No había problema si lo hubieran hecho —respondió Gauthier con tranquilidad, ajeno al alboroto de Gouhin.

Gouhin respiró hondo, intentando calmarse.

—Es contra la ley cazar y comer seres marinos —afirmó Gouhin con firmeza, aunque su tono mostraba todavía un dejo de molestia.

Gauthier lo miró con serenidad antes de responder.

—Mhhh, ya veo… Pero hay algo que debe entender, señor Gouhin. En nuestra nación, eso no está prohibido. Y sé que quizás nos considere monstruos por hacerlo, pero permítame explicarle algo. No siempre hubo suficiente comida en Edén para alimentar a todos como se deseaba. Hubo un tiempo en que la escasez nos obligó a recurrir al océano para sobrevivir. Sin embargo, hicimos un juramento: solo tomaríamos lo que necesitáramos y, cuando llegara nuestra hora, nosotros también volveríamos al mar.

Sakane y Gouhin escuchaban en silencio. Poco a poco, la indignación en el rostro de Gouhin se desvanecía, reemplazada por una expresión más pensativa. Sakane, por su parte, parecía sorprendida, pero también un poco más comprensiva ante la explicación.

—Y si le preocupa lo que comieron, puedo asegurarle que no los convertirá en adictos a la carne ni nada por el estilo —añadió Gauthier con la misma tranquilidad.

Ambos lo miraron incrédulos, pero fue Sakane quien se preguntó en silencio. "¿Cómo es que sabe sobre eso?"

Gouhin, en cambio, tenía curiosidad de como lograron neutralizar lo que los volvía adictos en mente.

—¿Entonces sabe qué sucede cuando un carnívoro come carne? —preguntó seriamente, tratando de obtener alguna respuesta.

Gauthier mantuvo la calma.

—Nuestro cocinero es muy meticuloso en su trabajo, especialmente cuando cocina para nuestro señor. Él se encarga de todo.

La respuesta solo dejó a Gouhin con más preguntas que respuestas. Sakane tampoco parecía menos confundida. Aun así, Gouhin tomó aire, relajándose un poco.

—Bien. Continuemos —dijo Gauthier finalmente.

Gauthier asintió y retomó la marcha.

Gouhin y Sakane se quedaron unos segundos atrás, intercambiando una mirada de incertidumbre, antes de seguirlo nuevamente.

Al llegar a la biblioteca, Gauthier abrió las puertas y se hizo a un lado para dejarlos pasar. Sakane y Gouhin entraron mientras él permanecía junto a la entrada, observándolos con su habitual calma.

—Bueno, si necesitan mi ayuda, no duden en llamarme. Pueden avisarle a cualquier sirvienta y yo vendré —dijo Gauthier tranquilamente, inclinándose con respeto.

Sakane y Gouhin asintieron, y con eso, Gauthier cerró las puertas, dejándolos solos en la vasta biblioteca. Durante unos segundos, permanecieron en silencio hasta que Sakane rompió la quietud.

—Es… interesante que sepan tanto sobre nosotros y cómo preparan sus alimentos —comentó en un tono pensativo.

Gouhin suspiró, algo cansado.

—No esperaba que nos ofrecieran ese tipo de comida —dijo, masajeándose la frente—. Trata de no pensar demasiado en ello. Aunque debo admitir que me intriga lo que menciono… ¿será que ellos saben algo que nosotros no?

Sakane lo miró con curiosidad y luego asintió.

—Tal vez, pero será mejor que leamos un poco, tal vez podamos descubrir algo.

Con ese pensamiento en mente, ambos comenzaron a explorar la biblioteca. Tomaron libros de los estantes y se sumergieron en la lectura, perdiendo la noción del tiempo. Sakane estaba sentada en el suelo, hojeando un libro grueso, mientras que Gouhin sacaba otro de una de las repisas más altas.

—Mmmh… interesante… —murmuró Sakane de repente, llamando la atención de Gouhin.

Él la miró con interés.

—¿Qué encontraste?

—Recuerdas el esqueleto en la entrada de la biblioteca, ¿verdad? —preguntó ella con emoción.

—Sí, claro. ¿Qué tiene?

—Este libro menciona que existieron dos o más grupos de humanos al mismo tiempo, en la misma época. Se llamaban Homo sapiens —explicó Sakane, aún más entusiasmada.

Gouhin se acercó, intrigado, y Sakane le mostró una ilustración en la página abierta. Era la representación de un humano primitivo: su cuerpo robusto, su rostro con barba y cabello largos, cubierto con telas hechas tirones y sosteniendo una lanza rudimentaria.

—Interesante… —comentó Gouhin, estudiando la imagen—. ¿Qué más dice?

Sakane pasó la página y continuó leyendo en voz alta.

—Dice que estos humanos cazaban en grupos y se movían de un lado a otro como nómadas. Su supervivencia dependía de su intelecto y de su capacidad para construir herramientas útiles. También menciona que en aquella época se encontraron con los neandertales, con quienes tuvieron batallas a muerte. Finalmente, los Homo sapiens resultaron vencedores en la extinción o asimilación de los neandertales en su acervo genético.

Gouhin permaneció en silencio unos segundos, procesando la información.

—Mmmh… entonces no fueron los únicos en existir —dijo con tono intrigado.

Sakane, por su parte, frunció el ceño con confusión mientras hojeaba el libro con más detenimiento.

—Esto es extraño… —murmuró.

Gouhin la miró con curiosidad.

—¿Qué es extraño?

—No hay material sobre nosotros —respondió Sakane, pasando las páginas rápidamente—. Si se encontraron con los neandertales y otras especies, ¿no se supone que también deberían haberse encontrado con nosotros?

Llegó hasta la última página del libro. No había ninguna mención ni imagen sobre las especies de bestias. Gouhin arqueó una ceja, intrigado.

La falta de información sobre ellos solo generaba más preguntas.

—Tal vez esté en otro de los libros de por aquí —dijo Gouhin tranquilamente.

Sakane volteó a verlo y se puso de pie, cerrando el libro que tenía entre manos.

—No, ya revisé esos estantes de ahí. No hay nada sobre nosotros, pero faltan los del fondo —respondió con más dudas en su voz.

Gouhin trató de pensar en alguna posibilidad mientras observaba a Sakane devolver el libro a su lugar. Ella se movió hacia las estanterías del fondo, donde vio la puerta que había notado al llegar. Seguía entreabierta, bloqueada parcialmente por una pila de libros que impedían abrirla del todo.

—Tal vez no escribieron mucho sobre nosotros… o nada —dijo Gouhin, volviendo la vista hacia Sakane, quien ahora forcejeaba con los libros sin moverlos de su posición original.

Gouhin dejó el libro que había tomado y se acercó a ella con los brazos cruzados.

—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó en un tono inquisitivo al ver su intento inútil de apartar los libros.

—Ahhh… trato… de moverlos… —respondió ella con esfuerzo mientras empujaba la pila con ambas manos.

Tras varios intentos fallidos, Sakane se detuvo para tomar aire y miró a Gouhin.

—Quiero ver qué hay detrás de la puerta. Tal vez haya más libros —dijo con un deje de cansancio.

Gouhin la observó con duda.

—No sabemos qué hay dentro. ¿Y si es una habitación privada en la que está prohibido entrar? Podríamos meternos en problemas con el dueño de la mansión. No estás pensando en las consecuencias —advirtió seriamente.

—Vamos, solo será un instante. No creo que nadie se dé cuenta —respondió Sakane con una sonrisa y guiñándole un ojo antes de intentar mover los libros de nuevo.

Gouhin suspiró.

—Bien, déjame ayudarte —dijo finalmente.

Sakane se apartó y lo observó con curiosidad mientras él movía los libros con más facilidad, retirándolos desde la base.

—¿Ves? También tienes curiosidad —comentó ella, divertida.

Gouhin sonrió levemente.

—Tal vez… pero hay que ser cuidadosos. No hay que romper nada aquí —respondió mientras apartaba la última pila de libros.

—Bien, listo —dijo finalmente, señalando la puerta con la palma abierta para que Sakane la abriera.

Ella asintió con entusiasmo y la jalo lentamente. Al hacerlo, descubrió que detrás había un pasillo oscuro que parecía extenderse entre los muros. Gouhin se inclinó para ver mejor y frunció el ceño con curiosidad.

—Interesante… —murmuró.

Sakane se asomó más, notando que el pasillo llevaba a lo que parecía ser otras habitaciones.

—Oh, este lugar tiene pasadizos secretos —susurró, sorprendida.

—Sí… es interesante —respondió Gouhin, aún analizando la situación.

Sin dudarlo, Sakane entró y volteó para mirarlo con emoción.

—Vamos, creo que veo algo al fondo. Parece una puerta —dijo intrigada.

Gouhin la miró con seriedad.

—Sabes que esto es allanamiento de morada, ¿verdad? Puede que no conozca todas las leyes de este país, pero dudo que en cualquier parte del mundo se deje sin castigo a quienes lo cometen —advirtió con firmeza.

—Oh, vamos. Tal vez encontremos alguna biblioteca secreta. Acompáñame —insistió Sakane con tono casi suplicante.

Gouhin la observó en silencio. Sabía que era una mala idea, pero la curiosidad le carcomía.

—Está bien… pero no hagamos ruido. Puede que alguien nos escuche —cedió finalmente.

Sakane asintió con una gran sonrisa, satisfecha de haberlo convencido.

Gouhin suspiró y entró también en el pasillo oscuro, asegurándose de cerrar la puerta tras de sí, dejándola como si nadie la hubiera tocado.

—Bien, sígueme —dijo Sakane tranquilamente, girando para avanzar en la oscuridad.

Gouhin asintió y caminó tras ella por los pasadizos ocultos y oscuros en completo silencio. Al llegar al punto donde esperaba ver una puerta, se encontró en su lugar con un muro que se dividía en dos caminos: uno a la derecha y otro a la izquierda.

Sakane miró a Gouhin con incertidumbre.

—Bien, ¿por dónde? —preguntó en voz baja, dudando sobre qué dirección tomar.

Gouhin la miró pensativa.

—Vamos por la derecha. Tal vez haya una sala grande por ahí, ya que cuando dimos el recorrido no vi ninguna sala de estar en esa zona —respondió, tratando de encontrarle lógica al lugar sin perderse.

Sakane asintió.

—Bien —dijo, avanzando con cautela por el pasillo.

Después de unos metros, algo llamó su atención: un par de aberturas en la pared por donde entraba un tenue rayo de luz. Gouhin también las notó y frunció el ceño, intrigado.

—¿Qué es eso? —preguntó Sakane, acercándose a uno de los agujeros con cautela.

—No lo sé, pero tengamos cuidado. No sabemos qué pueda haber en este lugar —advirtió Gouhin con precaución.

Sakane se inclinó con cuidado hasta apoyar su rostro contra la pared, logrando ver con un ojo a través de la abertura. Al otro lado, distinguió a Hughes, sentado en un sofá con expresión cansada, mientras Geruft y Mei permanecían de pie a su lado. Frente a ellos, Félix, el dueño de la mansión, estaba sentado en otro sofá, bebiendo tranquilamente una taza de té.

Además, podía oírlos hablar en el idioma humano, aunque no entendía ni una sola palabra.

—Parece que Hughes está discutiendo con Félix —susurró Sakane, observando la escena con atención.

Gouhin se acercó también y miró a través de la otra abertura. Hughes parecía serio y agotado.

—Mmm… supongo que están discutiendo algo importante —murmuró Gouhin en voz baja.

Sakane asintió, sin apartar la vista de la escena.

—Sí, pero… ¿no has notado que todos ellos tienen algo extraño en el rostro? —preguntó Sakane con curiosidad, frunciendo ligeramente el ceño.

Gouhin la miró por un instante. Él ya conocía el secreto de Hughes y los otros dos, así que decidió seguirle el juego.

—No, realmente. ¿Qué has visto? —preguntó con aparente interés.

—No lo sé, pero hay algo en sus rostros que me resulta familiar… —respondió Sakane, observando atentamente a Hughes y los demás mientras discutían.

De repente, vio cómo Hughes se llevaba la mano a la cabeza, tomaba su gorra militar y se la quitaba. Bajo ella, sus orejas, antes ocultas, quedaron al descubierto.

Sakane se quedó estupefacta.

Gouhin, quien ya esperaba esa reacción, la observó de reojo. "Ella no lo sabe… tendré que actuar sorprendido." pensó.

—E-e-e-esto es… ¿e-e-es verdad lo que estoy viendo? —balbuceó Sakane, temblando ligeramente mientras dirigía su mirada hacia Gouhin.

Él asintió con fingida sorpresa.

—Sí… yo también lo estoy viendo —respondió, manteniendo la compostura.

Sakane volvió a mirar y vio cómo Hughes le decía algo a Geruft y Mei. Ambos se quitaron los cascos, dejando ver sus orejas.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sakane. No podía encontrar palabras para describir lo que estaba viendo.

Gouhin solo podía sentir lástima por ella, era la primera vez que veía humanos híbridos con bestias.

Sakane seguía observando la escena con los ojos bien abiertos, su mente luchando por procesar lo que acababa de ver. Hughes, Geruft y Mei… todos ellos tenían orejas de bestia ocultas bajo sus cascos y gorra. Por un instante, ella pensó que lo que veía era solo una alucinación. Pero lo que la dejó sin aliento fue ver cómo Félix, con toda tranquilidad, se quitaba la capucha, revelando un par de pequeños cuernos que sobresalían de su cabeza.

Sakane y Gouhin quedaron petrificados al ver los pequeños cuernos que sobresalían a los lados de su cabeza.

Gouhin no se lo esperaba en lo absoluto, pero Sakane… ella parecía haber visto un fantasma. Su rostro reflejaba puro terror.

Su cuerpo se tensó, un escalofrío recorrió su espalda y sintió que la sangre abandonaba su rostro.

—E-e-e-esto no puede ser… —murmuró, tartamudeando, mientras su respiración se aceleraba.

Gouhin la observó de reojo. Sabía que este momento llegaría tarde o temprano, pero no esperaba que Félix también ocultara algo. Aun así, mantuvo la calma, tratando de parecer igual de sorprendido.

—Nunca espere esto… —respondió con una expresión seria, como si intentara comprender la situación junto con ella.

Sakane apretó los puños, su mirada se movía rápidamente entre cada uno de ellos. Sentía que su cerebro estaba colapsando.

"¿Cómo es posible? ¿Bestias humanas? ¿O humanos bestias? ¿Qué demonios son?"

Gouhin notó que su compañera comenzaba a temblar ligeramente.

—Sakane, respira —le susurró con calma, colocándole una mano en el hombro.

Pero ella apenas lo escuchó. Seguía con los ojos fijos en Félix. Seguía discutiendo con normalidad.

Sakane sintió que su pecho se oprimía. Nunca en su vida había visto algo así. ¿Qué eran esas personas? ¿Eran humanos, bestias… o algo más?

Sakane volteó bruscamente, su mirada aún reflejaba el impacto de lo que había visto. Frente a ella, Gouhin mantenía la compostura, pero su expresión era seria.

—Entonces… los demonios son reales… —murmuró Sakane, aún en trance.

—No —respondió Gouhin con calma—. Parece que solo son híbridos.

Sakane no podía procesarlo del todo. Su mente se llenaba de imágenes confusas de Hughes y los otros dos con características de carnívoros… y Félix, quien poseía rasgos de un herbívoro. Nada de eso tenía sentido. Gouhin notó su estado y decidió intervenir antes de que su mente divagara más.

—Tranquilízate, no es para tanto —le dijo en un tono firme, intentando traerla de vuelta a la realidad—. Vamos, hay que ver si encontramos lo que buscamos.

La empujó suavemente para hacerla avanzar. Sakane asintió lentamente y comenzó a caminar junto a él, pero su mente seguía atormentada por la incertidumbre. Gouhin, sintiendo lástima por ella, decidió hablarle para distraerla.

—¿Estás bien? —preguntó con un tono más suave.

Sakane se detuvo y lo miró fijamente.

—¿Qué son ellos en realidad? ¿Por qué Hughes y los otros tienen características de carnívoros, pero Félix parece un herbívoro? —preguntó apresuradamente, su voz temblaba con cada palabra—. Gouhin, ¿qué está pasando aquí?

Él la miró con seriedad antes de suspirar. Finalmente, puso una mano firme sobre su hombro apiadándose de ella.

—Hay algo que no te he dicho.

Sakane sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su mirada se clavó en la de Gouhin, esperando respuestas.

—¿Qué cosa? —preguntó con inquietud.

—Verás… yo ya sabía de la existencia de ellos.

Sakane sintió cómo su estómago se encogía.

—Espera… ¿usted ya lo sabía? ¿Desde hace cuánto? —preguntó con incredulidad.

Gouhin desvió la mirada por un momento antes de responder.

—Hace un par de años. Hughes me lo contó, y desde entonces, de vez en cuando les hago chequeos médicos en mi clínica.

Sakane no podía creerlo. "¿Cuánto tiempo llevaba el guardando ese secreto?" pensó Sakane llena de inquietud.

—Entonces… ¿usted los conoce desde hace mucho más tiempo? ¿Por qué nunca se lo dijo a alguien? —preguntó, aún tratando de asimilar la información.

—Sí —confirmó Gouhin—. Pero esto es un secreto, si nuestro gobierno lo descubriera no sé qué pasaría realmente o menos el de ellos como reaccionaria ante tal descubrimiento. También a ellos no les gusta que los llamen "bestias". A pesar de sus rasgos, siguen considerándose humanos.

Sakane asintió lentamente. Ahora lo entendía. Si la verdad saliera a la luz, serían discriminados, rechazados… tal vez incluso cazados.

—Entonces… ¿sabía que todos ellos eran híbridos desde un principio? —preguntó con más cautela.

Gouhin asintió de nuevo.

—Sí, aunque Félix realmente me tomó por sorpresa. Sabía lo de los otros tres, pero no lo de él —dijo con un leve suspiro—. Además, según Hughes, hay más como ellos. Me contó que tienen una ciudad oculta donde viven con humanos y bestias que han tenido hijos híbridos.

Sakane sintió que su curiosidad crecía más.

—¿Una ciudad oculta…? —repitió en un susurro, procesando cada palabra.

La idea de una comunidad entera de híbridos con humanos y bestias viviendo en las sombras, ocultos del mundo le daba mucha curiosidad, al igual que un pequeño escalofrío que le recorrio la espalda. ¿Qué más le estaban ocultando el gobierno humano?

—Vamos, tranquilízate. No hay que ponerse así, solo prométeme que guardarás el secreto —dijo Gouhin con calma, mirándola fijamente.

Sakane, aún procesando todo lo que le había dicho, asintió en silencio y siguió avanzando por el pasillo.

—Señor Gouhin… ¿qué tanto sabe sobre ellos? ¿Sobre los híbridos? —preguntó con curiosidad, deseando conocer más sobre su biología.

—Bueno, no mucho. Cuando he atendido a algunos en mi clínica, he notado que son tan normales como cualquier humano, pero sus características de bestia comienzan a manifestarse a medida que crecen, especialmente en la adultez. Muchos de ellos tienen algo de pelaje, lo que no les dificulta quitárselo para parecerse a los demás humanos, a excepción de sus orejas y cola —explicó Gouhin con voz serena mientras caminaban —Aunque, nunca antes había visto a uno que fuera mitad herbívoro y mitad humano… Felix es el primero que conozco.

Sakane lo escuchaba atentamente, intrigada.

—Mmmh… entonces los humanos pueden asimilar nuestros genes también. Eso es fascinante… pueden adaptarse —murmuró, maravillada por la información. Sin embargo, una nueva duda cruzó su mente.

—¿Y qué tipo de comida pueden ingerir estos híbridos? ¿Son carnívoros o herbívoros? —preguntó con interés mientras doblaban una esquina del pasillo.

—En realidad, ninguno de los dos. Son como los humanos, pueden comer cualquier cosa sin importar qué bestia sean —respondió Gouhin con naturalidad —Si su mitad bestia es carnívora o herbívora, parece no afectar su dieta. Felix comió lo mismo que nosotros sin problemas, lo cual es bastante interesante.

Sakane abrió los ojos con asombro mientras doblaban una esquina en el pasillo.

—Entonces sus cuerpos son capaces de procesar cualquier tipo de alimento… Es increíble —susurró, imaginando todas las posibilidades de estudio que esto representaba sobre ellos y teorias.

Al final del pasillo, se encontraron con una puerta cubierta de polvo. Ambos se detuvieron y se miraron en silencio.

—Bueno… veamos qué hay detrás —dijo Gouhin con decisión.

—Sí… vamos —respondió Sakane, colocando su mano en la perilla empolvada.

Con cautela, la giró lentamente la perilla y abrió. La puerta se abrió con un leve crujido, revelando una sala en penumbras. Estanterías llenas de libros cubrían las paredes, y pequeños rayos de luz se filtraban entre las grietas del techo. El aire denso y la acumulación de polvo indicaban que nadie había estado ahí en mucho tiempo.

Entraron con paso firme, pero silencioso. A medida que avanzaban, sus ojos se posaron en una vitrina de cristal.

Sakane y Gouhin se detuvieron en seco.

Un escalofrío les recorrió la espalda mientras observaban lo que había en su interior.

—¿E-e-eso es… real? —balbuceó Sakane con la voz temblorosa, sintiendo cómo la inquietud se apoderaba de su cuerpo —¿Q-q-q-qué es esa cosa...?

Gouhin no respondió de inmediato, sin poder creer lo que tenía enfrente. Con un nudo en la garganta, apenas pudo responder.

—Eso… parece…

Dentro de la vitrina, se exhibía un esqueleto de lobo en posición cuadrúpeda. Pero lo verdaderamente aterrador era lo que estaba a su lado, un esqueleto humanoide… una amalgama grotesca entre un humano y una bestia. Sus huesos no parecían pertenecer completamente a ninguna de las dos especies, como si estuviera atrapado en una transformación incompleta… como si su cuerpo hubiese intentado adoptar una forma que nunca terminó de definirse.

Sakane sintió que el aire se volvía pesado.

En ese momento, ambos comprendieron que estaban viendo algo que jamás debió existir, un silencio sepulcral se instaló en la habitación mientras ambos intentaban procesar lo que veían.