Libro 7. Merodeadores vs. El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado
1977
Lily salió despedida hacia la pared, se golpeó la cabeza y su cuerpo se deslizó lentamente hasta el suelo, donde se quedó inmóvil, aturdida, la varita todavía en su mano pero sin poder responder.
James dejó su propia área y corrió hacia ella. Casi se cayó en el trayecto y se agachó nada más alcanzarla, preguntándole si se lastimó. Había algo rojo en un lado de su ropa y él empezó a ponerse pálido hasta que Lily le tocó el brazo y le guiñó.
Ah, pensó James. Cierto. Es planeado.
Intentó relajarse pero era difícil hacerlo.
Alice y Frank se acercaron deprisa también y se agacharon para comprobar el estado de Lily. Como Alice fue la que lanzó el hechizo era la más angustiada y Frank le frotaba la espalda asegurándole que no debía ser tan grave y podía curarse rápidamente.
En el verano de 1977, Dumbledore les dio la dirección de la primera casa de la Orden del Fénix. Un espacio amplio y viejo en el centro de Londres, no en las mejores condiciones, donde podían ir a entrenar. Les recordaba un poco a algunas salas de entrenamiento de Hogwarts con muñecos de madera y cosas que aparecían de la nada.
James y Lily tenían una misión allí. Sirius y Peter rondaban por algún lado cerca, Sirius en forma humana fingiendo prestar atención a un estudiante recién graduado hablando de conjuros, Peter escabulléndose como una rata. Remus se había excusado con el malestar después de la luna llena y Dumbledore no pareció dudar que si fuese otra fase lunar él también hubiese asistido.
El lugar estaba repleto de estudiantes. Había personas muy jóvenes graduadas de Hogwarts en los últimos años, pero también estudiantes de séptimo, de sexto, incluso de quinto y un familiar de alguien que estaba en cuarto año. La mayor parte de Gryffindor estaba ahí.
Lily se esperaba que sus amigos y ella fuesen el grupo más joven presentes si el director pretendía que enfrentasen a esos "Mortífagos". No esto.
¿Quería ir a una guerra con un montón de adolescentes?
Ella sabía que era algo muy muggle en tiempos de guerra. Pero la esperanza de vida mágica pasaba de los cien años, era ridículo que su elección fuese arriesgar a tanta gente joven.
O más bien, como les señaló Grindelwald cuando les pidió esto, era una elección muy premeditada. Muy específica, muy directa. Era más fácil llevar a la guerra a gente joven que había aprendido a admirarlo desde el mismo momento en que pusieron un pie en la torre de Gryffindor.
Lily seguía de mal humor cuando pensaba en esto mientras James la ayudaba a levantarse. Él todavía estaba pálido y ceñudo, a pesar de que recordó que todo era parte del plan. Incluso el hueso fuera de lugar en el brazo de Lily.
Severus le había dejado unas pociones para no sentir el dolor y evitarse daños permanentes cuando escuchó la idea de Grindelwald, pero eso no significaba que la escena se viese bien. Por lo que el resto sabía, a mitad de una práctica, Lily había recibido un golpe muy fuerte de la pobre Alice que se moría de angustia y un hueso se rompió y desplazó. Que ella no sintiese dolor y el grito que dio fuese fingido no ayudaba a calmar a James.
Molly Weasley, una de las graduadas de Hogwarts encargadas, se acercó para echar un vistazo y se horrorizó también. Era de las pocas adultas en el edificio y una de las mayores y justo ese día había llevado con ella a su hijo de siete años, Bill, que cuando la siguió y vio el hueso desplazado, casi se desmayó.
De inmediato la mandó a uno de los cuartos mientras buscaba ayudaba porque a Dumbledore no se le ocurrió dejar a alguien que supiese magia sanadora en un edificio lleno de adolescentes practicando por su causa. James se mantuvo pegado a ella como si no estuviese seguro de si necesitaba ayuda para caminar y ella pensó en recordarle que la lesión estaba en un brazo, no en una pierna, pero su carita preocupada la conmovía y no creía que fuese a sentirse mejor si se lo decía, así que prefirió apoyarse en él y dejar la zona de prácticas.
—¿A quién se le ocurre traer a un niño a un grupo que se está preparando para una guerra? —Oyó que decía cuando estuvieron en el pasillo, dando un vistazo hacia atrás—. Debimos ver si podíamos tomarle una foto en secreto. Tal vez no les sorprenda alguien de catorce años aquí, pero alguien tan pequeño…
Lily se llevó el índice a los labios y señaló las paredes, lo que hizo que él asintiese y se callase.
—Usaremos un Pensadero.
En el corredor había una lista con los nombres de la Orden del Fénix. Lily miró alrededor, comprobó que no había nadie y le hizo un gesto a James, que fue el que tomó la fotografía. Luego siguieron moviéndose hacia las escaleras.
Había un cuarto en el segundo piso de la vieja casa donde había más estudiantes con lesiones. Cortes, rasguños, raspones, un esguince. Molly también les había dicho que esperasen allí mientras buscaban a alguien que pudiese ayudarles.
Lily le indicó a James el recorrido que debía hacer y él dio una vuelta disimulada por la habitación como si buscase un sitio donde ella pudiese recostarse un rato, y al no encontrar uno, saliese de nuevo. Así podía hacer que sus ojos registraran los rostros del montón de adolescentes y del niño de cuarto año que vino a acompañar a su hermana. Serviría para el Pensadero.
Siguieron moviéndose por el corredor hasta que escucharon un débil sonido y se encontraron con una rata saliendo de un agujero en la pared. Llevaba un papel en la boca y James recibió a la rata y lo que traía y metió al animal en un bolsillo de su chaqueta.
Cuando encontraron una habitación vacía que debió ser el cuarto de alguien, Lily entró deprisa y James cerró la puerta después de comprobar que no había nadie cerca.
Lily se sentó en la cama llena de polvo y le hizo un gesto para que cerrase los ojos.
—No vas a querer ver esto.
James cerró los ojos, vacilante, y los abrió de inmediato al escuchar el quejido de ella. Lily estaba moviendo el brazo que se acababa de acomodar con un hechizo y todavía tenía la varita apretada entre los dientes mientras recuperaba el aliento porque la poción no podía evitar que su cuerpo se alterase incluso si ella no percibía el dolor.
—La próxima vez que haga falta que alguien se rompa un hueso, ni se te ocurra que vas a ser tú —le dijo James, muy serio.
Ella asintió y le restó importancia con un gesto.
—¿Tenemos todo?
James le hizo un gesto para que esperase y se asomó por la puerta. Luego salió. Desde ahí, Lily lo escuchó avisarle a Molly que quería llevarla al hospital mágico y cómo ella se rehusó escandalizada porque a Dumbledore no le iba a gustar, en los hospitales hacían preguntas sobre cómo sucedió y podían usar magia para descifrar la verdad. Hablaba como si fuese más importante el riesgo de que se supiese de la Orden que el riesgo que pudiese correr Lily.
James regresó al cuarto dando zancadas y cerró de un portazo. Si esto hubiese pasado unos meses antes todavía podría haber tenido una explosión mágica allí mismo, pero ahora que era técnicamente adulto apoyó la espalda en la puerta y respiró profundo para calmar el cosquilleo de la magia en sus dedos.
—No entiendo cómo hubo un futuro en que nos quedamos aquí —murmuró.
—Es…Dumbledore —Ella se encogió de hombros—. ¿Quién no crece en Hogwarts oyendo historias sobre el gran Albus Dumbledore? Es como dudar de Merlín.
James sacudió la cabeza e intentó ayudarla a pararse aunque claramente ella no necesitaba el apoyo. Luego se Apareció llevándosela a ella y a la rata en su bolsillo.
Trastabillaron en alguna parte del patio de la casa Potter porque James todavía tenía que perfeccionar lo de Aparecerse. La rata saltó fuera de su bolsillo y se transformó en un Peter Pettigrew tirado en el suelo con náuseas, mascullando que había olvidado que viajar así en forma animaga era malo para el estómago.
Mientras Lily lo consolaba con palmaditas en la espalda, James sacó un espejo de su bolsillo y lo movió hasta que la imagen de Sirius estuvo del otro lado. Con un asentimiento le avisó que ya estaba listo y Sirius no tardó en Aparecerse también allí, unos metros más allá. Tenía rastros de sangre en la chaqueta de cuero.
—Una Gryffindor de quinto salió lastimada y todavía no llega alguien especialista en sanación —gruñó, sacándose la chaqueta—. Ese viejo es un asco y esa bruja- Molly- es insoportable.
Dentro de la casa les esperaba Remus, sentado en la mesa viendo a Euphemia Potter tejer. Ella les preguntó cómo les fue y pareció horrorizada por la sangre en la ropa de Sirius y Lily.
No era como que James les hubiese dicho que querían quitarle el puesto de director a Dumbledore, sabía que no estarían de acuerdo con eso y le darían un sermón sobre sus valiosos aportes a la comunidad mágica que la convirtieron en lo que era hoy en día. Tampoco podía explicarles que Dumbledore quería que fuesen a la guerra porque eso la haría activar las medidas de seguridad mágicas de la casa y ni ella ni su esposo dejarían salir a nadie de ahí hasta nuevo aviso. No importaba que fuesen técnicamente personas adultas.
Sirius se inventó sobre la marcha una historia acerca de lo que estaban haciendo para tranquilizarla con que la sangre ni siquiera era suya, le dio un beso en la mejilla y prometió bañarse y dejar la chaqueta como nueva. James lo imitó con lo de tocarle el hombro, beso en la mejilla, ir por algo en la cocina y huir de ahí y consiguieron dejar el comedor aunque Euphemia tuviese el ceño fruncido todavía.
—No nos va a creer por siempre —señaló Sirius.
—Con que les crea durante el verano basta —respondió Lily. Ella le había dicho a su familia que estaba en una especie de campamento de verano para prepararse para el último año en Hogwarts.
Llegaron al cuarto de James y Sirius, cerraron la puerta y tres de ellos lanzaron hechizos a las paredes, puerta y ventana. Luego se juntaron alrededor de la mesa donde solían poner sus bocadillos y colocaron en el medio el papel que consiguió Peter escabulléndose.
—¿Es…su plan? —Lily lo leyó con el ceño fruncido.
La carta hablaba de una sospecha de un ataque de los Mortífagos al Callejón Diagón durante la semana de agosto donde más se compraban útiles escolares. Insinuaba que era una distracción para buscar algo o a alguien que estaría ahí ese día, pero que podía haber gente herida. Y como ya sabían lo suficiente de Dumbledore, nadie ahí dudaba que su respuesta fuese utilizar a estudiantes de la Orden que también debían comprar sus útiles durante esos días.
Estuvieron discutiendo las implicaciones de esto hasta que hubo un sonidito en la ventana. James se levantó, le abrió la ventana al cuervo negro y este entró volando y se convirtió en Severus junto a donde Lily estaba sentada, agachándose de inmediato para comprobar su brazo.
—¿Hicieron todo lo que debían hacer? —les preguntó mientras veía a Lily mover el brazo en todas direcciones y jurar que estaba como si nada hubiese pasado. Probablemente por la poción analgésica.
Sirius le explicó lo que vieron y le entregaron una copia mágica de la carta y la foto de la lista de miembros de la Orden. Severus revisó ambas cosas en silencio y asintió.
Grindelwald había tenido algunas ideas sobre cómo podían organizarse sólo para descubrir que aunque hubiesen estado en el centro de algunos pequeños desastres en Hogwarts, en realidad sabían organizarse muy bien por su cuenta. Les dio libertad en ese sentido.
Lo que hacían era, como James le dijo, un juego sencillo de dos frentes. Era como se le llamaba en Quidditch a la jugada de dos personas yendo por una sola. Su primera "persona" se posicionaba en la casa Gryffindor, como nombraron a la casa Potter cuando tenían que escribir algo o hablar en voz alta del tema, y la otra posición era la casa Slytherin, la casa de Severus.
Los ataques en esta jugada se coordinaban para no ser al mismo tiempo, sino uno detrás del otro sin pausa para que la persona objetivo no pudiese escapar. Se solía hacer para evitar que un Buscador fuese por la snitch.
Era el turno de la segunda posición.
Después de que Severus estuvo seguro de que Lily se encontraba bien y le dejó unas dosis más de calmante por si acaso, se retiró de la misma forma en que llegó: como ave por la ventana para no alertar a Euphemia o Fleamont.
Estando fuera de los límites mágicos de la propiedad, se Apareció en su sala, haciendo que Mulciber diese un brinco y casi tirase todas las cartas de su partida con Rosier.
—Llamen a Malfoy —les indicó, recorriendo la sala rápidamente—. ¿Y dónde se metió Regulus?
Mulciber se dirigió a la chimenea para contactar a Lucius. Rosier se rió y apuntó hacia arriba.
Había un gato negro descansando en una de las vigas del techo.
—Dijo que Barty estaba haciendo tanto ruido que le dolía la cabeza —explicó Rosier con obvia diversión.
Cuando Severus lo llamó, el gato se espabiló y saltó hacia él. Le dio algo de pánico ver al animal cayendo, y para el momento en que lo tenía entre los brazos, Lucius ya estaba dejando la chimenea junto a Mulciber.
Lucius le dio un vistazo al gato, a los dos crups que jugaban con una cuerda encantada, a los Slytherin sangrepuras huyendo de sus casas y terminó regresando a Severus.
—Debo decir que pareces tener algo con recoger a otros seres.
Severus quería espetarle que él en realidad prefería estar solo, pero no sonaría muy convincente con un gato entre los brazos que se estaba acurrucando contra él y Barty en uno de los cuartos preguntando si podía tomar prestado uno de sus libros.
Soltó un suspiro resignado y le explicó a Lucius que necesitaba llevarle algo al Señor. Algo sobre un traidor.
Lucius adoptó una expresión seria, asintió y le hizo un gesto para que se acercara. Era el único que tenía permitido Aparecerse dentro de los límites mágicos del lugar de reunión de los Mortífagos ahora que tenía una Marca Tenebrosa en el brazo.
Severus se le acercó con el gato entre los brazos y Lucius le puso una mano en el hombro. Un segundo estaban en la sala, al siguiente en el jardín de la gran casa. El gato hizo un sonidito similar a una protesta y frotó la cabeza contra el pecho de Severus, él recordó el efecto de las Apariciones en forma animaga y le acarició la cabeza mientras avanzaban hacia la casa para que se calmase.
Lo de la forma animaga era uno de esos secretos que sólo compartieron con quienes se quedaron en su casa. Un As bajo la manga por si llegaba a ser necesario. Para Lucius, sólo estaba cargando a un gato que recogió de la calle y que parecía no querer soltarlo ese día.
Había Mortífagos en varios puntos de la casa. Montaban guardia, discutían, deambulaban en silencio. Lucius avisaba cuando iba a llevar a alguien, y al igual que antes, Severus sólo veía máscaras y capas. No se revelarían ante alguien sin la Marca.
El Señor estaba en una oficina esa vez, la serpiente de nuevo enroscada en torno a él. Parecía estar leyendo hasta que llegaron y Lucius le explicó que Severus le traía algo.
Cuando Severus le explicó que alguien estaba avisando de sus movimientos a Dumbledore, el Señor sacudió una mano y echó a Lucius del cuarto. Con el mismo movimiento cerró la puerta y la encantó usando magia no verbal.
—Ven aquí, niño —le ordenó a Severus en tono suave.
Severus caminó hacia la mesa del escritorio y se sentó en la silla frente a él con el gato sobre el regazo. Se aseguró de mantener la mente en blanco lo mejor que podía y de que cada escudo de oclumancia que desarrolló estuviese en su sitio.
No era fácil y las consecuencias de hacerlo mal podían ser inimaginables.
—¿Qué tienes para mí?
Él le pasó la copia de la carta. Estaba firmada por un nombre en código abajo, pero para saber algo así debía ser un Mortífago o alguien con acceso a la información de estos.
La sonrisa del Señor se borró mientras doblaba la carta lentamente. Le dio un asentimiento a Severus.
—¿Cómo la conseguiste?
—Es una copia-
—Puedo notarlo pero eso no me dice de dónde la sacaste.
—Dumbledore está invitando estudiantes a su lado —masculló Severus—, conozco gente que fue a una reunión. Fue suerte, creo.
Percibió el tacto de la magia alrededor de su cráneo. El toque en los escudos de oclumancia.
El gato lo notó tensarse y frotó la cabeza contra él de nuevo, recordándole que debía relajarse. Severus se concentró en pasar los dedos por el pelaje y volver a poner la mente en blanco.
—Supongo que fue un error de su parte, habrán estado presumiendo de tener la información o algo así y ahora hasta hay estudiantes que lo saben. Lo demás fue fácil, ni siquiera parecen guardar bien sus cosas…
El Señor debió aceptarlo como una tontería y exceso de confianza del viejo.
—Parece que has superado tu animosidad hacia mí —comentó después de guardarse la carta en la capa.
—Estaba irritado porque todo el mundo parece usar mi trabajo sin decirme para qué —excusó Severus—. El profesor Slughorn siempre lo hace sin darme crédito de nada. El señor Potter también presumió mi trabajo sin darme crédito —mintió. Claro que el señor Potter quería presumir sus pociones, pero siempre hablando de él. Sólo que el Señor Oscuro no tenía que saberlo.
—Cuando se es joven, eso pasa mucho —aclaró el Señor, echando la silla para atrás para ponerse de pie. La serpiente se deslizó de su cuerpo al suelo—. Dumbledore también llegó a usar mi trabajo sin darme crédito. Fue una experiencia desagradable para mí. ¿Hubieses preferido saber para qué quería las recetas?
—Claro que sí, no me hubiese llevado una sorpresa y sentido culpable de saber…
El Señor asintió y se dirigió hacia la puerta, haciéndole un gesto que él reconoció como que quería que caminase a su lado. Severus lo siguió, todavía sosteniendo al gato.
La carta que el Señor colocó en su capa flotó fuera del bolsillo y empezó a levitar un poco por delante de ellos dos. La serpiente también los acompañaba, arrastrándose por el suelo.
Lucius estaba en el corredor fuera de la oficina y puso una expresión preocupada cuando el Señor le indicó que los siguiese desde lejos solamente. Severus quería rodar los ojos. Lucius Malfoy podía ser el hombre más frío del mundo o el que mostraba sus emociones más claramente, no tenía constancia ni puntos intermedios. Y si la situación involucraba a alguien que conocía, solía ser el segundo.
—¿Y ese animal? —El Señor tocó la cabeza del gato con un dedo y se ganó un sonidito desagradable de su parte antes de que volviese a hundirse en los brazos de Severus.
—Lo recogí de la calle en un barrio muggle.
—Yo también tuve un gato cuando estaba en Hogwarts. Un gato y una lechuza. Dumbledore pensó que no pasaba nada por dejarme conservar ambos porque me tenía…cierta lástima.
Severus frunció el ceño. Aún estaban siguiendo a la carta flotante y los Mortífagos que se encontraban se hacían a un lado, no queriendo molestar al Señor.
—¿Lástima por qué? —le preguntó, tanteando si era una ocasión para obtener más información.
No sabían nada de quién era él. Lucius tampoco. Nadie de su generación en Slytherin podía dar un nombre.
—Era un niño huérfano —El Señor hizo una pausa—. Un poco como tú, supongo. No me crió la gente mágica que debía criarme. ¿No es la peor tragedia tener magia y que te críe una persona muggle?
Severus pensó en su padre y asintió en parte para seguirle la corriente y en parte porque si la persona muggle era como él sí que sonaba a tragedia.
—También arreglaremos eso —siguió diciendo en voz baja y suave—. No tengo interés en dejar bebés mágicos en manos muggles.
—¿Qué quiere hacer…?
—Algunas familias sangrepuras me han dicho que pueden recogerles. Criarles. No es mucha presión para familias adineradas y los elfos domésticos hacen gran parte del trabajo…
Severus no quería señalar que no creía que las familias muggles fuesen a entregarle a sus bebés. Su padre lo hubiese hecho encantado para deshacerse de ese pequeño mágico que tenía, pero debía haber gente diferente a él.
La carta los llevó a la primera planta y la serpiente siseó, adelantándose a ellos.
—¿Cuántos años tienes ahora? —le preguntó el Señor.
—Diecisiete, señor.
Le pareció oír algo cercano a un bufido de risa, pero la carta se detuvo delante de un Mortífago en una esquina, lo que hizo que el Señor llamase a Lucius con un gesto.
—Trae a Bellatrix.
Bellatrix. Severus sabía que debía andar por ahí por lo que Zabini le contaba, no fue eso lo que le llamó la atención.
El único nombre que el Señor había usado con él presente era el de Lucius porque sabía que se conocían y Lucius no se colocaba la máscara frente a Severus.
Este era el primer nombre que le daba.
¿Indicio de confianza? ¿Descuido? ¿Desinterés por la exposición de Bellatrix? ¿Por qué?
Tener escudos de oclumancia no era suficiente para los juegos mentales que implicaba estar cerca de él.
El Señor hizo que se reunieran en el vestíbulo y se sentó en un gran silla similar a un trono. El Mortífago señalado por la carta estaba en medio del lugar, mirando alrededor. Lucius tenía un hechizo de cadenas invisibles en torno a él para mantenerlo en su sitio.
Cuando Bellatrix llegó, se postró a los pies del Señor y se sacó la máscara sin ninguna duda. Tenía una gran sonrisa y ojos repletos de una adoración que era bastante perturbadora para Severus. Nada cercano al temor en la expresión de Lucius y en la corporalidad de otros Mortífagos.
Supuso que era cierto que había gente capaz de seguirlo por el deseo de hacerlo, aunque él no entendiese cómo.
El Señor lo hizo pararse al lado de la silla y luego preguntó a alguien si podían conjurarle un asiento al "niño". Bellatrix le dio una mirada llena de odio y recelo, pero atrajo una silla para Severus con magia no verbal.
Severus estaba sentado junto a él cuando Bellatrix recibió la orden de torturar al traidor y la vio dando saltos hasta su compañero con la varita en alto y arremangándose las mangas largas del vestido.
Sin pensar, cubrió los ojos del gato lo mejor que pudo y murmuró un hechizo para que sus orejas no captasen los sonidos por un rato.
El Señor no estaba viendo la escena de la tortura ni a Bellatrix dando saltos de aquí para allá mientras gritaba crucios combinados con hechizos de los que Severus jamás había oído hablar.
Lo veía a él. Tenía el codo apoyado en el reposabrazos del asiento, la barbilla en la palma y no le quitaba los ojos de encima.
Esperando que saliese corriendo.
O que llorase.
O que gritase.
Cualquiera que fuese la reacción típica en alguien de diecisiete años viendo una tortura a unos pasos de distancia, no debía ser quedarse muy quieto, respirando lentamente y sosteniendo al gato para mantenerle la cabeza girada y que no viese nada.
No creía que fuese a olvidarse nunca de cómo sonaban esos gritos de dolor y la risa de Bellatrix.
Cuando la máscara del traidor cayó, Severus se dio cuenta de que era un rostro muy familiar.
—¿Cómo pudiste ser tan tonto, Rosier? —El Señor al fin dejó de ver a Severus para observar al Mortífago en el suelo con aburrimiento.
Severus lo escuchó balbucear que no quería que su hijo se volviese un Mortífago antes de recibir otro crucio de Bellatrix.
Así era cómo había terminado cada intento de rebelión, traición o huida hasta ahora.
Cuando todo acabó, otra persona enmascarada retiró el cuerpo inerte. Bellatrix limpiaba su varita con la capa de un Lucius Malfoy que parecía tener náuseas. Ella seguía sonriendo.
La luz del vestíbulo se encendió y Severus se percató de que había muchas personas encapuchadas presionando las espaldas contra las paredes como si quisieran desaparecer.
El Señor volvió a hacer eso de apoyarse en el reposabrazos del asiento y observarlo.
—¿Te gustaría ser un Mortífago? —le preguntó en tono suave.
Él también sonreía.
Cuando Severus salió de la chimenea estaba trastabillando y tenía una de las mangas de la túnica cubierta de sangre. Se aseguraba de sostener al gato con el otro brazo hasta que este cambió de forma y el peso lo tiró al suelo.
El resto de Slytherin se acercaron de inmediato al ver la sangre. Severus agarró uno de los brazos de Evan Rosier y lo jaló.
—Tu padre se opuso a él por ti. Lo estaba traicionando. Intentaba sacarte de esto.
La expresión de Evan pasó por diferentes grados de confusión y horror hasta llegar al entendimiento.
—¿Está…?
—Lo siento, Evan —murmuró Severus.
Podrían no haberlo descubierto si él no hubiese utilizado la carta para ganarse la confianza del Señor.
¿Podrían…?
Grindelwald dijo que sólo les avisaría si la persona podía ser salvada.
¿Era verdad?
—Vayan a sus cuartos —Regulus agitó una mano hacia el resto. Cuando Caspar intentó decirle algo, él giró la cabeza y habló entre dientes—. Váyanse. A. Sus. Cuartos. Ahora.
Mulciber sostuvo los hombros de Rosier y lo llevó hacia el cuarto donde estaba Nott. Los dos Crouch vacilaron antes de irse con ellos.
En cuanto estuvieron solos en la sala, Regulus le agarró la barbilla a Severus. El agarre era muy fuerte, a pesar de que le temblaban las manos.
—Nunca vuelvas a cubrir mis sentidos con magia o voy a- a-
La amenaza no le salía. Eso lo frustró más, así que lo soltó y se levantó para ir por el botiquín de primeros auxilios mágicos.
—No quería que vieses y oyeses eso —susurró Severus, sin entender por qué estaba enojado.
—¡Tú lo viste y oíste todo!
—¡Él me estaba poniendo a prueba! A mí, no a ti. No hacía falta que tú…
—¡Sólo no vuelvas a cubrir mis sentidos con magia!
Regulus se agachó y puso el botiquín a su lado. Le levantó la manga.
La Marca Tenebrosa era mucho peor que los tatuajes muggles que Severus había visto recién hechos. La sangre todavía salía de forma lenta y constante y no sentía el brazo hasta el hombro ni podía moverlo. Al menos el fuerte dolor que le dio en el pecho cuando la estaban haciendo ya había pasado.
Regulus llenó unas gasas de una poción que debía parar el sangrado y unas gotas de algo que calmarían cualquier dolor al contacto y empezó a limpiar la marca.
Cuando Severus aceptó, el Señor había llamado a Bellatrix. Ella lo ayudó a ponérsela, sonriendo tanto como lo hizo durante la tortura.
Severus les había pedido un momento para comprobar que los hechizos sobre el gato seguían funcionando y lo había metido en una cesta. Bellatrix se burló un poco de él, pero no le importaba.
Apenas Regulus terminó de limpiar la marca, suspiró. El ligero alivio sólo le duró hasta que notó que volvía a salir sangre.
—Las lesiones mágicas son más difíciles de…
Regulus no lo escuchó, sólo empezó a sacar más pociones y un vial donde mezclar. Hizo lo mejor que pudo y fue bastante bueno, como se esperaría de alguien que sacó un Extraordinario en su TIMO de Pociones, pero aun así, la marca sangraba y esa sangre cambiaba la tonalidad de las líneas y las definía mejor.
Tenían que esperar a que se detuviese. No corría riesgo después de todo lo que le puso.
Regulus dejó caer la cabeza sobre el hombro de Severus, disculpándose por no poder curarlo rápidamente.
—Estás helado —murmuró, frunciendo el ceño un poco— y temblando. ¿Necesitas…?
—No.
Severus bajó la cabeza y vio sus propias manos temblorosas, la del brazo de la marca todavía adormecida, como si fuesen extremidades ajenas.
Siempre le había pasado eso con su padre también. En el momento se quedaba en silencio. Si lloraba, él se molestaba más.
Sólo cuando al fin lo tenía lejos y se sentía a salvo (o lo más cercano a eso que pudiese conseguir), su cuerpo se relajaba, se daba cuenta de que temblaba o tenía frío o empezaba a llorar.
Regulus lo observó en silencio por unos segundos. Luego lo rodeó lentamente con los brazos y lo jaló un poco más cerca para que pudiese apoyarse en él.
Severus se dio cuenta de que se sentía a salvo cuando las lágrimas empezaron a salir.
