Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es beautypie, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to beautypie. I'm only translating with their permission.
Advertencia: Se menciona drogas y suicidio.
Capítulo 2
Madre
Bella se encontró una vez más frente a las llamativas y anchas puertas de vidrio del Club Bluewave, esta vez a las seis de la mañana. Tal como le habían pedido que hiciera. Todavía estaba un poco oscuro afuera, y el club había cerrado hacía un par de horas.
Respiró profundamente, se ajustó la correa de su abrigo oscuro y entró.
Ya había estado dentro para la entrevista hace casi una semana, pero nunca había visto el lugar tan vacío. Las luces estaban casi todas apagadas, excepto las luces del escenario y el gran candelabro en el medio del espacio. Era... inquietante. Por un momento, pensó que no había nadie más en el establecimiento.
—¿Isabella?
Bella miró hacia la pasarela del segundo piso, con vista al escenario. Allí, vio a una mujer rubia escasamente vestida con lencería de color rojo sangre, con los hombros apenas cubiertos por un chal transparente.
La mujer saludó con entusiasmo, a lo que Bella también le devolvió el saludo torpemente.
—¡Bajaré en un minuto! —gritó, antes de girar hacia un pasillo y desaparecer una vez más.
Bella decidió dejar su bolso en una de las mesas frente al escenario. Antes de que pudiera sentarse, la rubia reapareció una vez más, riéndose suavemente mientras atraía a Bella para abrazarla amistosamente.
Bella luchó por un momento para decidir dónde colocar sus manos durante el abrazo.
—Hueles bonito —observó la mujer, finalmente soltándola. Bella recién se dio cuenta de lo atractiva que era, ahora que estaba tan cerca. Era un poco alta, o eso podría deberse simplemente a sus tacones de aguja. Sus mechones rubios estaban meticulosamente rizados y caían elegantemente sobre sus hombros desnudos. Sus ojos eran de un azul pálido, pero cálidos. Recorrieron la estatura de Bella varias veces con una expresión curiosa.
—Huelo... ¿bonito? —repitió Bella tontamente.
La mujer se rió otra vez.
—Siempre he dicho que el aroma es el sesenta por ciento del encanto. Puedo ver por qué nuestro querido Edward estaba tan embelesado contigo.
Bella no pudo evitar sentir que sus mejillas se calentaban ante las palabras, lo que solo ensanchó la sonrisa de la rubia.
—Tanya —finalmente se presentó, estirando una mano con la manicura recién hecha—. En papel, soy la administradora de esta propiedad. Pero estoy segura de que puedes adivinar cuál es mi papel real aquí. ¿Hmm?
—Eh, sí. Bella. —Estrechó su mano una vez.
—Bella —repitió Tanya, dando un paso atrás una vez y cruzando los brazos. Frunció los labios por un momento, aparentemente sumida en sus pensamientos—. Hmm. No, eso no servirá.
—¿Qué quieres decir?
—Es demasiado simple —Tanya se encogió de hombros—. La mayoría de nuestras chicas tienen nombres artísticos que encarnan su personalidad... o la ilusión que queremos que nuestros clientes crean. Aparte de mí. Edward siempre ha dicho que parezco una Tanya, lo que sea que eso signifique.
Bella no sabía realmente qué decir a eso, así que se conformó con juntar las manos detrás de la espalda.
—No se me ocurre nada ahora mismo —admitió Tanya, suspirando finalmente—. Vamos a resolver eso más tarde. Ahora, ¡ven!
La rubia se dio la vuelta rápidamente y comenzó a caminar hacia el pasillo al lado del escenario. Bella luchó por seguirle el ritmo, a pesar de que sus tacones eran un par de pulgadas más cortos que los de la otra.
—¿Dormiste bien? —preguntó Tanya conversacionalmente, sin molestarse en igualar el ritmo más lento de Bella.
—Estoy bien —respondió Bella—. ¿Y tú?
—No hay descanso para mí. —Tanya las dirigió hacia un pasillo más estrecho—. Vine directamente de un turno.
—Oh, debes estar agotada.
Tanya se rió de nuevo, lo que empezaba a convertirse en uno de los sonidos favoritos de Bella. Estaba segura de que la simpatía era parte del encanto de la mujer.
—Oh, Bella, me encanta mi trabajo. Estoy segura de que has visto el sueldo. Nunca puedo estar agotada.
Bella no estaba segura de si eso era verdad, pero Tanya lo había hecho sonar bastante creíble. Y tenía razón en lo que se refería al sueldo. Bella se había quedado desconcertada cuando Edward le había enviado un correo electrónico con una oferta salarial más que modesta, sin incluir las propinas. Era algo inaudito.
Finalmente, llegaron a su destino: el camerino detrás del escenario. Bella arqueó una ceja ante lo elegante e impecable que estaba todo. Las paredes eran de un blanco acogedor con paneles con detalles de madera y el suelo era de un gris oscuro recientemente aspirado. Aunque nunca había frecuentado clubes como este, estaba segura de que uno típico no tendría asientos acolchados de cuero, incontables lencerías y tacones de alta gama en el armario y maquillaje caro cuidadosamente ordenado en tocadores separados.
Por mucho que Edward intentara ocultarlo, son ricos. Sospechosamente ricos.
Bella no pudo evitar tragar saliva.
Tanya se sentó en uno de los asientos acolchados, cruzando las piernas.
—¿Y bien? Muéstrame.
Le tomó un momento entender por fin. Bella mantuvo las manos firmes mientras se desataba el abrigo, se lo quitaba de los hombros y lo colocaba con cuidado sobre una de las mesas. Observó cómo los ojos azul pálido de Tanya se paseaban por el atuendo que había elegido ese día: un top bikini de terciopelo negro. Tenía unas bragas a juego, pero estaban ocultas debajo de un par de medias.
—Todo —ordenó Tanya, con una sonrisa de suficiencia en las comisuras de sus labios.
Yo quise esto, se recordó Bella mientras también se quitaba lentamente los pantalones. Para ser honesta, solo se sentía incómoda porque estaba un poco intimidada, ya que Tanya tenía la complexión de una maldita Barbie.
—Vaya, vaya —dijo finalmente la rubia, con la voz más suave que antes. Se puso de pie y caminó hacia Bella, procediendo a caminar en círculo a su alrededor, estudiando cada centímetro de su cuerpo prácticamente desnudo—. No estaba mintiendo.
—¿Quién?
—¿Quién crees? —Tanya se rió, colocando una mano sobre los hombros de Bella desde atrás, luego girándola para que se enfrentara al espejo de tocador—. Mira eso. Mirada inocente. Sonrisa amable. Suave... en todos los lugares correctos.
Bella se estremeció cuando sintió el dedo frío de Tanya trazar una línea en su hombro.
—Nos traerás una gran fortuna, estoy segura —decidió Tanya. Entonces, sus ojos brillaron con complaciente sabiduría cuando se encontraron con los de Bella en el espejo—. Eso es.
—¿Qué? —dijo Bella, dándose la vuelta para mirarla.
El dedo de Tanya se deslizó hacia el costado de la mandíbula de Bella.
—Fortuna. Diosa del destino y la suerte. Siempre que subas a ese escenario, dulce Bella, eso es lo que eres.
~DF~
Edward quería irse directo a la cama después de ese rápido, pero aún así engorroso vuelo desde Portland. Odiaba absolutamente ir a cualquier lugar del oeste. Demasiados... recuerdos inconvenientes de su infancia.
Excepto uno, supuso. Esa dulce e inocente noche de hace doce años. Nunca, nunca lo olvidaba.
Era extraño cómo su mente se había aferrado a ese recuerdo incluso después de tantos años. Edward generalmente olvidaba las cosas sin importancia, irrelevantes, eligiendo activamente compartimentar para poder hacer este maldito trabajo lo mejor que podía. Después de todo, no tenía otra opción después de ese golpe.
Pero tan pronto como la vio en su propio club, con los ojos inocentes, nerviosa y sola, la reconoció de inmediato. Y el recuerdo se sintió tan fresco que podría haber sucedido solo el día anterior.
~DF~
Recordaba haber mirado por la ventana de su dormitorio aquella noche de viernes hace más de una década, notando que llovía mucho. Y… que estaba cansado, como lo había estado las últimas semanas.
Edward se dio la vuelta y se sentó en su cama sin hacer, sacando su móvil. Abrió el chat grupal que tenía con el resto del grupo y comenzó a escribir una excusa poco convincente para faltar a la fiesta.
Sin embargo, antes de que pudiera presionar enviar, notó una actualización reciente de Jasper.
Vienen un par de estudiantes de primer año. Necesitamos comportarnos lo mejor posible. Estoy de guardia.
Emmett, un estudiante de tercer año revoltoso y su menos favorito en el grupo, respondió poco después de eso. ¿Bonitas?
Demasiado jóvenes, respondió Jasper, pero envió un par de fotos de todos modos.
Edward se sentó en su cama, entrecerrando los ojos. Reconoció a una de las chicas como su acosadora llamativa y tímida. Tenía algunas de esas, lo que era solo un poco inconveniente. La otra, sin embargo, no le resultaba familiar. La foto que Jasper había enviado era una espontánea, tomada en la escuela, con ella sentada en su escritorio leyendo un libro. En general, era… adorable. Pero fue realmente su dulce y pacífica sonrisa lo que captó su atención.
Borró el borrador de su mensaje original. ¿Quién es la segunda? Escribió y envió sin pensar realmente.
Un segundo después, una serie de respuestas emocionadas aparecieron en el chat grupal consecutivamente. Después de todo, Edward rara vez enviaba mensajes a menos que fuera para evitar una juntada. Tampoco recordaba haber expresado interés en alguien antes.
BELLA SWAN
¡Bella!
muy sútil, Edward
Jajaja Ed, sigues siendo solo un chico
Isabella, creo
—Bella —murmuró para sí mismo, desplazándose hacia arriba para mirar su foto otra vez. Parecía una Bella, supuso.
Entonces estaba decidido. Metió su teléfono en el bolsillo de sus jeans y tomó su billetera de su escritorio. Tuvo una sensación inusual y emocionante en su pecho que no había sentido en un tiempo mientras salía de su dormitorio y bajaba la moderna escalera negra de su casa.
—¿Edward, querido? ¿A dónde vas?
Se congeló justo cuando llegó al recibidor en la planta baja. No sabía que ella estaba despierta, mucho menos fuera de su habitación. Inhalando profundamente, se dirigió a la cocina.
Su madre estaba sentada en uno de los taburetes cerca de las encimeras de granito. Parecía... ella misma esa noche, al menos. Esa era una forma más agradable de decir que no parecía estar drogada todavía.
Esme Cullen sonrió cuando su hijo se acercó con cautela a ella con las manos en los bolsillos. Una vez que estuvo a un par de pasos de distancia, ella extendió la mano y lo atrajo hacia sí en un fuerte abrazo.
Esto era inusual. Tal vez estaba equivocado y su madre ya había ingerido algo.
—Mi hermoso niño —tarareó, besándole la coronilla—. ¿Adónde vas tan apuesto?
—Tengo una fiesta —dijo él, apartándose con tanta gentileza como pudo.
—Hmm —Esme entrecerró ligeramente sus ojos color avellana—. ¿Lo sabe tu padre?
Las manos de Edward se cerraron inconscientemente en puños a sus costados.
—No.
—Deberías decírselo —suspiró Esme, su mano vagando hacia el paquete de cigarrillos en el mostrador—. Pronto volverá a casa. Se preguntará a dónde has ido.
—Déjalo —dijo, mirando fijamente a su madre mientras encendía un cigarrillo.
—Oh, cariño —tarareó Esme, soltando su larga calada con otro suspiro—. Sólo es duro contigo porque espera grandes cosas de ti. Bluewave...
—... no tiene por qué involucrar a un chico de dieciséis años —interrumpió Edward, su temperamento a punto de estallar—. Tienes que saber que solo tengo dieciséis años, mamá. La porquería repugnante y traumática de la que hablan en estas reuniones...
—Cuidado con lo que dices —dijo Esme con calma.
—¡Por el amor de Dios! —gritó—. Estoy harto de esto. De todo esto.
De repente, los ojos de Esme se pusieron vidriosos por la manía. Se abalanzó sobre su hijo y lo jaló de los hombros, clavándole las uñas afiladas en los hombros.
—¿Quieres huir entonces?
Edward abrió mucho los ojos.
—Yo... ¿Qué?
—Huyamos, Edward —dijo Esme sin aliento, sus labios se curvaron en una sonrisa escalofriante—. Solo tú y yo. Alejémonos de toda esta mierda horrible y vivamos en las montañas. Será tranquilo. Hermoso. Ven conmigo, por favor.
—Mamá...
—Lo dejaré —continuó Esme, con la voz quebrada—. Sé lo mucho que te molesta, cariño. Pero te prometo que lo dejaré todo y te cuidaré. Solo, por favor, huye conmigo.
Edward tuvo que apartarse bruscamente para liberarse de ella, lo que provocó que Esme cayera hacia delante en su asiento y se desplomara en el suelo. Tragó saliva mientras la veía luchar por mantenerse erguida con los antebrazos. Estaba equivocado. Muy equivocado. Era estúpido suponer siquiera que ella se contendría durante más de un par de horas.
—Estás enferma —dijo, respirando pesadamente.
Esme levantó la vista y el corazón de Edward se rompió al notar las lágrimas formándose en las esquinas de sus ojos aturdidos.
—Cariño…
—Tengo una fiesta —dijo, dándose la vuelta y saliendo por la puerta principal.
Seguía lloviendo y se había olvidado de llevar un paraguas, pero no le importaba. Edward mantuvo un ritmo rápido durante el resto de los kilómetros. A mitad del viaje, sacó su teléfono.
Experiencia en hogares de acogida, escribió en el motor de búsqueda. No era bueno. Un dolor de cabeza enorme, incluso.
Continuó buscando opciones desesperadamente hasta que llegó a la puerta familiar de la casa de los Hale.
—¿Caminaste hasta aquí? —gritó Jasper incrédulo, sentándose en su lugar en el sofá junto a Alice y Emmett cuando Edward entró a la casa sin siquiera tocar.
—Para aclararme la cabeza —respondió Edward sucintamente—. ¿Puedo ducharme y tomar prestada algo de ropa?
—Eh… claro —dijo Jasper, todavía desconcertado—. ¿Sabes dónde está?
Edward no se molestó en responder y caminó por la sala, todavía empapado, hasta llegar al dormitorio de su amigo. Agarró el par de jeans más cercano y un suéter gris antes de meterse en la pequeña ducha.
Se quedó allí más tiempo de lo habitual, con los ojos cerrados mientras se concentraba en la sensación del agua helada en su piel. Podría haber llorado. No estaba seguro, en realidad.
En cuanto terminó y se vistió, el cansancio de Edward (por su falta de sueño de los últimos días, por las reuniones de Bluewave o por esa conversación con su madre) lo atrapó y se desplomó en la cama de Jasper.
Sintió que solo había dormido unos minutos cuando sintió que lo sacudían para despertarlo.
—Déjame en paz —se quejó, volviéndose hacia un lado.
—Levántate, idiota —dijo Jasper, sonando vagamente divertido—. Te estás perdiendo toda la fiesta.
—En realidad ya no me importa.
Jasper hizo una pausa por un momento.
—La chica que te gusta está aquí. Bella Swan. ¿Recuerdas?
Edward abrió lentamente los ojos y sintió que se estaba despertando. Casi se había olvidado de eso. La única razón por la que se había molestado en ir a la fiesta.
—Lo siento, pero creo que me lo agradecerás más tarde —se rió Jasper, y Edward de repente sintió las manos del hombre alrededor de su cuello. Ni siquiera tuvo la oportunidad de reaccionar antes de que lo sacaran bruscamente de la cama y lo pusieran de pie.
—Siete minutos —murmuró Jasper en su oído antes de salir del dormitorio—. Si no cumples con lo que te pedí, creo que Emmett encontrará una manera de reemplazarte.
Y lo empujaron hacia la sala de estar. Edward tuvo que entrecerrar los ojos para adaptarse a la nueva iluminación del espacio, pero finalmente la encontró en el círculo. Bella, la chica bonita con los ojos muy abiertos, sentada bastante educadamente en el suelo junto a su tímida acosadora. Había una expresión extraña y curiosa en su pálido rostro cuando lo miró a los ojos.
—Vamos, entonces —se rió Jasper, arrastrándolo una vez más a través de la habitación y dentro del armario.
No pasó mucho tiempo antes de que ella entrara también.
—No tenemos que hacer nada —dijo instintivamente ni bien la puerta se cerró, su voz todavía ronca por haber sido despertado.
Bella Swan asintió. Dios, se veía tan agradable. Inocente. Incluso solo mirarla lo hacía sentir como si fuera un adolescente más, incómodo y nervioso alrededor de una chica bonita.
Decidió presionarlo un poco. Bien podría hacerlo.
—¿A menos que quieras?
—N...No lo sé —dijo. Su voz era suave y amable. —Solo me arrastraron hasta aquí.
Interesante.
—Eres nueva —decidió, mirándola de arriba abajo—. Un consejo entonces: no tienes que hacer lo que te digan si quieres ser su amiga.
Para su sorpresa, la chica lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿No es eso lo que estás haciendo ahora mismo?
—¿Eh? —fue su estúpida respuesta.
—Eres el sustituto —Se encogió de hombros—. No tienes que hacer lo que te digan.
Y por primera vez en Dios sabe cuánto tiempo, sintió que sonreía de verdad. Sin esfuerzo. En tan solo unos minutos en su presencia, ya se había olvidado de sus padres, de Bluewave, de huir.
—Dijo que era yo o Emmett. Créeme, soy la mejor opción.
Ella siguió mirándolo fijamente con esos grandes ojos marrones, que él no pudo evitar ser honesto con ella.
Su corazón latía más rápido en su pecho mientras añadía: «¿Y quién dijo que estoy haciendo algo que no quiero?».
Fue simplemente encantador ver cómo sus mejillas se sonrojaron cuando él dio un paso adelante descaradamente, acortando la distancia entre ellos. Sus ojos se dispararon a varias partes de su rostro hasta que se posaron en sus labios. Decidió que no haría daño, que no podía hacer daño, hacer lo mismo.
—¿Sí o no? —aclaró con seriedad.
Fue una descarga instantánea de dopamina cuando la vio asentir una vez. Y en realidad besarla era cien veces mejor.
Cuando sintió sus pequeñas y vacilantes manos vagar por los costados de su rostro, se encontró deseando desesperadamente que siete minutos duraran para siempre.
Pero no fue así. Y llegó la mañana.
Más temprano que tarde, Edward se encontró caminando de regreso a su casa a las cinco de la mañana con una estúpida sonrisa en su rostro. Sus pensamientos todavía estaban inmersos en el recuerdo de besar a la hermosa Bella Swan cuando llegó a los escalones de entrada de su casa de tres pisos.
Edward se detuvo de inmediato cuando se dio cuenta de quién estaba sentado allí, esperándolo.
—¿Dónde has estado? —preguntó Carlisle Cullen con frialdad, sus ojos cerúleos oscurecidos por la ira reprimida. El hombre tenía los brazos metidos en los bolsillos y todavía estaba vestido con su ropa de trabajo habitual: una camisa blanca de vestir y pantalones negros caros.
Edward tragó saliva.
—En una fiesta.
Su padre se levantó lentamente, elevándose un par de pulgadas sobre él.
—Vuelve —dijo, para sorpresa de Edward.
—¿Qué?
—Vuelve a la fiesta —repitió Carlisle, asintiendo hacia la dirección por la que se había entrado su hijo—. Sal de aquí.
—La fiesta terminó —dijo Edward lentamente—. Solo... realmente quiero dormir ahora.
Cuando intentó dar un paso hacia adelante, Carlisle bloqueó su camino fácilmente.
—¿Alguna vez me vas a escuchar?
—¿Qué...?
—No quieres entrar allí —dijo Carlisle con frialdad—. De verdad que no quieres.
Edward abrió la boca instintivamente para insultar al hombre... hasta que una ola de miedo inmediato recorrió su columna vertebral.
Por favor, huye conmigo.
—¿Dónde está? —dijo Edward, con voz baja y temblorosa.
Carlisle cerró los ojos con fuerza, sacudiendo la cabeza lentamente.
La respiración de Edward se volvió errática. Inmediatamente, corrió hacia la puerta principal, esquivando a su padre cuando intentó agarrarlo.
—¡Mamá!
Desafortunadamente, Carlisle pudo alcanzarlo antes de que pudiera girar la perilla. Su padre era un hombre fuerte, y Edward fue fácilmente derribado y arrojado al césped.
—¡Maldita sea, baja la voz!
—¡Mamá! Ma...
Fue solo cuando Carlisle le puso una mano en la boca a Edward que él se dio cuenta. Lo olió e incluso lo saboreó.
Había mucha sangre en las manos de su padre.
Los ojos de Carlisle permanecieron fríos mientras lo miraba fijamente.
—Lo intenté. Para salvarla.
Edward cerró los ojos y finalmente soltó un grito agudo que apenas fue amortiguado por las manos ensangrentadas de su padre. Continuó llorando por su madre durante varios minutos más y, por primera vez en su vida, Edward sintió la paciencia de su padre.
~DF~
Eh. Bueno, supuso que eso explicaba por qué su cerebro no podía olvidarse fácilmente de Bella Swan. Nunca. Ella fue lo último bueno que le pasó en su infancia.
Edward se detuvo en su lugar habitual en el estacionamiento casi vacío del club (era poco después del mediodía) y se reclinó en su asiento, cerrando los ojos. Estaba completamente exhausto por ese vuelo. Pero no podía irse a casa todavía.
No sin comprobar cómo estaba ella, después de varias semanas de entrenamiento con Tanya.
Efectivamente, la mujer en su mente salió por las puertas apenas unos minutos después de que él hubiera llegado. Edward sintió una sonrisa curiosa formarse en sus labios mientras la observaba ajustarse el abrigo y caminar rápidamente por la acera.
—¿Vas caminando? —murmuró Edward para sí mismo, cambiando de marcha su coche para conducir de nuevo.
No sabía por qué la estaba siguiendo, o qué esperaba lograr al final de esto. Pero estaba cansado de pensar. Edward continuó siguiéndola, conduciendo a un ritmo insoportablemente lento varios metros detrás de ella para que no sospechara.
Arqueó una ceja cuando de repente entró en una tienda. Hmm. Tenía tiempo. Cambió de marcha su coche para estacionar de nuevo y apoyó la cabeza en su asiento, golpeando su dedo en el volante mientras esperaba que ella saliera de nuevo.
Solo le tomó alrededor de ocho minutos volver a salir. La sonrisa de Edward regresó de nuevo mientras la veía buscar a tientas un paquete nuevo de cigarrillos, encendiendo uno mientras se apoyaba contra la pared de un callejón adyacente.
—Eso es nuevo —murmuró para sí mismo, hipnotizado por la forma en que ella fruncía el ceño cuando le daba una calada.
Inmediatamente respiró profundamente, sorprendido cuando su mirada se volvió hacia él, y parecía que lo estaba mirando directamente.
—Mierda —maldijo, agachándose bajo el volante aunque estaba seguro de que sus ventanas estaban muy polarizadas. Durante un rato, todo lo que pudo escuchar fue el latido de su corazón resonando en sus oídos.
No supo cuánto tiempo permaneció así, encorvado torpe e incómodamente lejos del parabrisas. Supuso que pasaron unos cinco minutos antes de que tuviera las agallas para volver a sentarse.
Bella Swan ya no estaba en el callejón. Ni en ningún lugar de los alrededores, en realidad.
Edward comenzó a reír. Suavemente al principio, luego finalmente fue lo suficientemente fuerte como para reverberar en las paredes comprimidas del Maserati. Esto se sentía tan... bien. Se sentía joven y estúpido, otra vez.
Puso su coche en marcha una vez más, encaminado a casa esta vez. Decidió que perseguiría la euforia que representaba Bella Swan durante el mayor tiempo posible, incluso durante el resto de su vida, si era necesario.
