Capítulo 11: Dejando la villa (Parte 2).
Itachi había dejado el edificio del Hokage y corría esquivando a los ninjas que patrullaban las calles, así como cualquier enfrentamiento directo. Estaba acercándose a la ubicación en la que lo esperaba Madara, cuando recibió una anomalía de su réplica.
Siguiendo el instinto primario de resguardarse mientras permitía que la información fluya hacia él, se escondió entre las sombras de un callejón. Conteniendo la respiración, apoyó la espalda contra la fría pared de piedra mientras su visión se fragmentaba en destellos de lo sucedido.
No vio simplemente lo que su clon experimentaba: lo sintió. El viento al lanzarse velozmente desde lo alto de un árbol hacia la lucha, el filo de las armas, la presión de calcular el mejor movimiento para terminar el duelo rápidamente; dos cuerpos cayendo y el reflejo opaco de sus máscaras Anbu empapadas de sangre. Su clon acababa de matar. No sintió culpa, ni remordimiento. Solo una certeza: Sakura estaba en peligro.
Sin planteárselo ni un segundo, determinó la dirección en la que estaba su clon y la ajustó a su nueva ruta.
Deshaciendo sus pasos, volvió hacia atrás, alejándose de su destino inicial y regresando al infierno.
En ese momento, fue como si su cuerpo se pusiera en piloto automático mientras su mente se aceleraba. Pensó que no podía dejar a Sakura atrás. Tenía que quedarse e intentar ponerla a salvo. En un intento de su mente por aclararse, recordó que el tiempo era crucial en su escape, pero incluso mientras pensaba esto, seguía corriendo hacia esa dirección, como si su cuerpo tuviera voluntad propia. Comenzó a reunir chakra, con el fin de llegar preparado al campo de batalla.
Llegar al comienzo del bosque supuso tiempo perdido, ya que los ninjas de la aldea estaban al tanto de que él seguía alli y por tanto lo buscaban incansablemente.
Cuando finalmente atravesó el bosque, todo se volvió borroso mientras se concentraba solo en lo que tenía adelante. Avanzó esquivando troncos caídos, arbustos altos, grandes fragmentos de roca y cuánto obstáculo se le presentó. Nada de eso era diferente de saltar entre ramas, en lo alto de los árboles.
Itachi respiraba profusamente por el agotamiento, pero no se detuvo ni mermó su velocidad. Todavía no había alcanzado su límite.
Corría a paso ligero, pegado a la sombra de los árboles para camuflarse mejor, pero sin perder de vista sus alrededores por si era interceptado. El bosque parecía contener la respiración, con solo el murmullo lejano de insectos y el crujir ocasional de las hojas bajo sus pies. El único sonido real era el de su propia respiración, acelerada pero controlada, y el retumbar sordo de su pecho, tan fuerte que casi lo sentía vibrar en los oídos.
A pesar de los horrores de esa noche, esta parte en particular lo aterraba.
El absoluto silencio era peor que cualquier estruendo de batalla. La constante sensación de que, en cualquier instante, un shinobi podría surgir de las sombras para ejecutar un acto atroz, semejante al que sufrió su hermanito, lo mantenía en vilo. Podía verlo con demasiada claridad: un cuerpo pequeño, inerte tras unas piedras, envuelto en la quietud de la penumbra. Sus ojos, que alguna vez brillaron con vida, yacían abiertos, apagados, como estrellas que se hubieran extinguido demasiado pronto. La sangre, oscura y espesa, se filtraba en la tierra, dibujando un luto silencioso sobre el suelo.
Un escalofrío recorrió su espalda. No quería permitir que la historia se repitiera.
A medida que se acercaba, el flujo de información que su clon le enviaba se volvió más nítido.
El silencio se vio interrumpido por un tono firme, cargado de una calma que solo ocultaba amenaza: la voz de Danzō.
Itachi aminoró la marcha y, con un movimiento preciso, saltó a la copa de un árbol, cuidando de no hacer el más mínimo ruido. Mientras recuperaba el aliento, apoyó la espalda contra la corteza rugosa del tronco, dejando que las sombras lo envolvieran. Desde allí, agudizó el oído y siguió atentamente el intercambio entre Danzō y su réplica.
Cada palabra del anciano destilaba veneno. Las amenazas y advertencias eran esperadas, pero cuando su lengua viperina osó mancillar el nombre de Shisui, un eco invisible se fracturó dentro de Itachi. Algo primitivo y peligroso, enterrado durante demasiado tiempo, comenzó a resquebrajarse.
Su máscara de indiferencia permaneció intacta, pero en su interior ardía un fuego silencioso, una necesidad irrefrenable de acallar aquella boca ponzoñosa.
No podía permitir que Danzō siguiera hablando con tanta impunidad.
Sin más dilación, Itachi invocó a sus cuervos y afiló su concentración en el ataque inminente. Un solo error en el tiempo de respuesta podía ser fatal.
•
Anticipándose al mandamiento de Danzō, Itachi les ordenó a sus cuervos que hicieran lo mismo, dando inicio al enfrentamiento.
En medio del torbellino de plumas, jutsus, gritos y sangre, Itachi ejecutó con su Sharingan la activación del genjutsu que había implantado antiguamente en los agentes que, en algún momento, hubieran cruzado mirada con él. Uno a uno, comenzaron a quedar atrapados en la ilusión sin siquiera comprender qué había sucedido. Su objetivo era claro: inmovilizar a tantos como pudiera y reducir rápidamente la cantidad de amenazas.
Aprovechando la confusión, entrelazó los dedos en una secuencia de sellos y liberó una porción del chakra que había estado reteniendo. El resultado fue una barrera de llamas incandescentes que se alzó entre su clon y los shinobis que habían logrado deshacerse momentáneamente del ataque de los cuervos. El muro de fuego crepitó con fuerza, su calor abrasador forzó a los agentes de Raíz a retroceder instintivamente.
Pero Itachi no se detuvo. Sin permitirse un descanso, se desplazó velozmente por el campo de batalla, buscando una posición estratégica desde donde pudiera ejecutar su siguiente movimiento. Su chakra estaba disminuyendo, pero aún tenía suficiente para una nueva maniobra. Mientras lo hacía, realizó nuevos sellos entrelazando sus dedos:
Serpiente Carnero Mono Jabalí Caballo Tigre.
Con los sellos ejecutados con precisión, Itachi liberó una nueva oleada de chakra, transformándolo en un voraz torrente de fuego que ardió como un combustible recién encendido. Esta técnica, mucho más poderosa que la anterior, devoró el aire a su alrededor, consumiendo una fracción significativa del chakra que le quedaba.
"Katōn: Gōkakyū no Jutsu".
El fuego estalló desde su boca, como un torrente de aire inflamado expandiéndose en una esfera de llamas masiva que arrasó con todo a su paso. La gran bola de fuego avanzó con velocidad letal, incinerando a los agentes que aún se debatían en la prisión ilusoria. El calor distorsionó el entorno, iluminando la escena con un resplandor infernal.
El ataque no solo tenía la intención de reducir aún más el número de enemigos, sino que su trayectoria estaba calculada para dirigirse directamente hacia Danzō.
Por lo repentino del segundo ataque, muchos agentes se alejaron del fuego con las justas o recibiendo alguna quemadura, así como hubieron quienes no lo consiguieron.
Algunos intentaron formar rápidamente barreras de roca con jutsus defensivos, mientras que otros, sin dudarlo, se interpusieron en la trayectoria de las llamas con jutsus acuáticos, aún a costa de sus propias vidas para salvaguardar la de su líder. El impacto de la técnica generó una explosión de fuego y escombros, y aunque lograron proteger a Danzō hasta el último momento, el sacrificio de varios shinobis fue inevitable.
El fuego rugió con ferocidad, y entre el resplandor anaranjado, los cuerpos carbonizados se desplomaron sobre la tierra calcinada.
Los hombres de Danzo pudieron ver qué Itachi no hablaba a la ligera con lo de haberlos hipnotizado.
Aprovechando el caos y la conmoción, Itachi se deslizó entre el humo, moviéndose hacia su réplica. Sin perder un instante, tomó a Sakura en brazos y, sin dirigirle una sola mirada al clon, lo dejó atrás para que cumpliera su propósito final: servir de señuelo en su huida. Si lograba mantener la ilusión el tiempo suficiente, podría ganar unos segundos cruciales antes de que se percataran del engaño.
El fuego se expandió sin control, devorando el terreno con su furia incandescente. Shinobis de estilo agua se desplegaron con rapidez, liberando torrentes de Suitōn en un intento desesperado por sofocar las llamas. Pero el daño ya estaba hecho.
Una de esas lenguas de fuego alcanzó la pierna del clon de Itachi, atrapado en un círculo de llamas sin escapatoria. Su silueta comenzando la distorsión fragmentándose desde abajo lentamente. Sin embargo, antes de desaparecer por completo, sus ojos se fijaron en Danzō, oscuros y firmes, esperando que el líder de Raíz le sostenga la mirada.
En medio del caos, con sus agentes ocupados tratando de protegerlo, Danzō giró instintivamente la vista hacia el Uchiha, buscando confirmar que aún estaba allí. Una sospecha crecía en su mente, alimentada por la irregularidad del combate: los incendios habían surgido de distintos puntos.
Pero cuando sus ojos se posaron en el Itachi que lo había desafiado, lo encontró exactamente en el mismo lugar, inmóvil, observándolo con una seriedad inquietante mientras las llamas se elevaban peligrosamente a su alrededor.
Su expresión inalterable le parecía a Danzō, una burla muda, un regodeo en el caos que había provocado. Como si, a pesar de estar rodeado, hubiera logrado exactamente lo que quería: fracturar su formación, sembrar la confusión y alterar el equilibrio del enfrentamiento a su favor.
La irritación de Danzō creció en su pecho como un veneno. Había algo en esa quietud que lo provocaba, algo en la mirada de Itachi que lo hacía sentir desafiado, como si la batalla aún no hubiera terminado… como si el tablero hubiera cambiado.
Entonces, la figura del enemigo se quebró. Partes de su cuerpo se desprendieron en una masa oscura, disipándose en el aire.
Un clon.
Danzō apretó los dientes, sintiendo la rabia encenderse en su interior.
—Los que no estén extinguiendo el fuego, peinen la zona y acaben con él. — rugió, con la voz cargada de furia.
Ya no se trataba solo de eliminar a Itachi. Se trataba de recuperar el control antes de que aquel maldito Uchiha hiciera su próximo movimiento.
•
Itachi corría tan rápido como su cuerpo agotado se lo permitía. Cada jutsu lanzado había drenado su chakra, y el peso de la fatiga se acumulaba en sus piernas, volviéndolas pesadas como piedras.
Echó un vistazo fugaz por encima del hombro, observando hacia atrás. Entre las sombras del bosque, pudo distinguir las figuras veloces de los Anbu de Raíz que lo perseguían. Se acercaban con rapidez implacable.
Aseguró a Sakura para sostenerla con un solo brazo y con la otra mano tanteó su bolsa de armas en su cintura, sacando tres sellos explosivos. Apenas habían tres. Eran muy poco, dado que ese enfrentamiento se iba a prolongar tanto como él lograra resistir y evadir. Pero cualquier recurso era mejor que nada.
Sin reducir la velocidad, los fue soltando estratégicamente, eligiendo los puntos donde el terreno pudiera jugar a su favor.
Segundos después, las detonaciones retumbaron, sacudiendo el bosque con su estruendo.
Itachi miró de nuevo hacia atrás mientras salía del bosque con dirección a la calle. La humareda de las explosiones se disipaba entre los árboles, pero su efecto había sido mínimo. Algunos ninjas habían caído o se habían retrasado, pero el número seguía siendo amplio y continuaban avanzando. Cada vez estaban más cerca.
Un sonido áspero y seco rasgó el aire, obligando a Itachi a fijar la vista rápidamente en el frente. A unos cincuenta metros, la tierra se elevó en gruesos muros de roca, alzándose como una barrera impenetrable en su camino.
A los costados, entre las sombras de los árboles, distinguió a varios shinobis de rango jōnin incorporándose a la cacería. Aún lejos de él, pero con precisión y claras intensiones de derribarlo, comenzaron a lanzar kunais en su dirección.
Para el Sharingan de Itachi y su velocidad, esquivarlos era una tarea sencilla, pero la niña herida y sangrante en sus brazos limitaba sus movimientos. No podía arriesgarse a una maniobra temeraria si lo que quería era no empeorar su estado.
Sin perder el ritmo de su carrera, deslizó una mano a la bolsa de armas y extrajo un par de bombas de humo. Las arrojó a lo largo de su trayectoria, creando densas nubes que entorpecieran la visión de sus perseguidores y quebraran su puntería.
Siguió avanzando sin detenerse, sintiendo la cercanía de los muros que bloqueaban su escape. Desde lo alto de esas barreras, nuevos proyectiles surcaron el aire: shuriken afilados que llovieron sobre él.
Los esquivó con esfuerzo. Su cuerpo comenzaba a resentir el peso de la batalla, y cada movimiento le recordaba lo mucho que su chakra se había desgastado. La fatiga se aferraba a sus músculos como cadenas invisibles.
Itachi estaba atrapado en una emboscada perfecta. A su espalda, los agentes de Raíz avanzaban implacables. A sus laterales, los jōnin se deslizaban entre los árboles, cerrando cada posible vía de escape. Y al frente, más shinobis aguardaban, sus habilidades y rangos aún desconocidos.
El aire se sentía pesado, cargado de intención asesina.
Itachi inhaló profundamente mientras su mente calculaba cada posibilidad. No podía permitirse una batalla prolongada. No en ese estado ni con Sakura en sus brazos.
Reuniendo lo que quedaba de su chakra, lo dirigió hacia su ojo derecho, sintiendo el ardor característico de un poder que no podía permitirse desperdiciar. Su única opción era abrirse paso a la fuerza, destruir la barrera de roca que bloqueaba su salida y atravesarla antes de que los enemigos tuvieran oportunidad de reaccionar y arremeter.
No había margen de error.
Itachi estaba listo para ejecutar su siguiente movimiento. La energía febril del Amaterasu ardía en su ojo derecho, y la imagen de los muros de tierra era enfocada precisamente para desatar la creciente intensidad del chakra acumulado.
Pero antes de que pudiera desatar su ataque, la realidad frente a él se distorsionó. Un remolino oscuro comenzó a formarse en la calle, próximo a él, y girando sobre sí mismo en una espiral cada vez más grande. El espacio pareció retorcerse y colapsar en el centro del vórtice hasta que, de entre las sombras pulsantes, emergió parte de una silueta.
—Vaya espectáculo que has montado aquí. — la voz, teñida de diversión, resonó desde dentro de la máscara, mientras el único ojo visible parecía sonreír con la escena.
Madara.
Desde su posición en el centro del vórtice, el Uchiha observó con descarado interés la persecución que tenía lugar. A su alrededor, los shinobis de Konoha seguían cerrando la distancia con Itachi, intentando alcanzarlo, sus movimientos frenéticos reflejando la desesperación de cazar a su presa. Para Madara, la escena no era más que un absurdo juego del gato y el ratón.
Itachi no respondió, pero entendió rápidamente lo que le sugería Madara. Corrió hacia el vórtice con la misma determinación con la que había enfrentado toda aquella persecución.
La velocidad de Itachi era impresionante, pero el enemigo aún le pisaba los talones. Madara, sin embargo, no tenía intención de prolongar más aquel espectáculo. Desde el centro del espiral, su figura se inclinó apenas y, con un gesto tan despreocupado como certero, extendió su mano enguantada hacia Itachi.
—Tómala. — musitó Madara con ligereza, como si todo aquello no fuera más que un juego. Su voz se deslizó entre el caos con una calma que provocaba cautela. — Es más fácil con mi ayuda.
Los ojos de Itachi se clavaron en la mano enguantada que se extendía hacia él. No había confianza en su mirada, solo cálculo. Su brazo, el que sostenía a Sakura, se tensó con un agarre más firme, protegiéndola del abismo que se abría frente a ellos.
El otro, sin embargo, se movió con decisión, estirándose en dirección a aquella oferta incierta. Porque, más allá de cualquier desconfianza, esta era su mejor opción.
En un movimiento rápido, aferró la muñeca de Itachi y tiró de él con facilidad inhumana. El contacto duró menos de un segundo, pero fue suficiente.
La última imagen que los shinobis de la aldea vieron fue la de Itachi, siendo envuelto por la oscuridad en un parpadeo, desapareciendo en el vórtice como si nunca hubiera estado allí.
El vacío se cerró en el aire, dejando tras de sí solo el eco del viento agitado.
•
—¿Te encargaste de ese molesto insecto? — interrogó Madara.
Esas palabras hacían referencia a Aburame Sugaru. Itachi asintió en silencio mientras veía al hombre sentarse en un enorme tronco con total calma.
Ahora mismo muchos shinobis de la aldea de la hoja se estaban movilizando y peinando la zona de extremo a extremo para encontrarlos y darle caza. Era cuestión de tiempo que llegaran hasta ese lugar. Sin embargo, Itachi reconocía que alguien como Madara que portaba un par de ojos con la habilidad de abrir portales a su gusto y conveniencia, podía permitirse ese tipo de libertades.
Estaban en una montaña rocosa cerca de la frontera entre naciones. Los árboles alrededor de él estaban prolijamente talados, revelando la tierra al descubierto. El viento soplaba sin cesar a través del desolado paisaje Resistiendo esas ráfagas que amenazaban con sacarlo volando, Itachi permaneció enfrentando al hombre de la máscara. Sus brazos apretaron con fuerza el cuerpecito de la niña.
Madara se fijó en los shurikens incrustados en el protector del antebrazo del uniforme de Itachi y la sangre que brotaba de los orificios, luego sus pupilas se desviaron con desdén hacia la mocosa herida.
—¿Pensaste sobre lo que hablamos antes? Creo que sería bastante conveniente proteger a un hombre buscado como tú. — Madara se refería a la petición que le hizo de formar parte de Akatsuki y al hecho de ser conveniente para Itachi, ahora que las naciones estaban en busca de su cabeza, unirse al propósito de dicha organización.
—Si, lo pensé.
—Y entonces, ¿qué harás? — presionó. La máscara cubriendo el rostro del hombre, diseñado a semejanza de un vórtice, se dirigió hacia Itachi. El agujero redondo en el área del ojo derecho del hombre lo miró fijamente. — Akatsuki es una organización que te ha aceptado como miembro por tus virtudes ninja. Sin embargo, no es un lugar adecuado para niños.
Las inusuales palabras de Madara, ponían contra las cuerdas a Itachi, que hasta ese momento no había pensado que hacer con Sakura.
La observó brevemente.
No quería perderla como perdió a su hermanito. Sin embargo, tampoco tenía opciones de las que disponer. La aldea ya no era un lugar seguro; Danzō lo había dejado claro con sus acciones, e Hiruzen… Hiruzen era alguien infiable, una sombra de lo que alguna vez representó, un hombre demasiado débil para contener la oscuridad que crecía bajo su propio techo. Tampoco necesitaba que Madara se lo dijera, llevar a Sakura con él, arrastrarla a Akatsuki, sería una locura, un error aún mayor. No habría resguardo en la organización, solo peligro, intrigas y muerte acechando en cada esquina.
¿Qué podía hacer entonces?
Quizás buscar un familiar, o un lugar seguro donde dejarla.
Las dudas que asaltaban la mente de Itachi no pasaron desapercibidas para Madara. Era un detalle curioso, casi inusual, pues aquel chico siempre se había mostrado como un enigma impenetrable, difícil de leer incluso para los más astutos.
No le interesaba el motivo detrás de ello.
Lo que sí le importaba sobre él, era haber confirmado su capacidad para recibir y ejecutar misiones complejas con éxito.
Eso era lo que hacía valioso a Itachi para su organización.
Sus actitudes y comportamientos, eran los de alguien, que aunque inclinado hacia la paz, podía absorber oscuridad.
Pero desafortunadamente, a raíz de todas las pérdidas que había sufrido esa noche, era muy probable que terminara eligiendo a la niña sobre su propuesta.
Esa inclinación de Itachi, era un problema.
Sus actitudes y comportamientos, eran los de alguien, que aunque inclinado hacia la paz, podía absorber oscuridad.
Pero desafortunadamente, a raíz de todas las pérdidas que había sufrido esa noche, era muy probable que terminara eligiendo a la niña sobre su propuesta.
Esa inclinación de Itachi, era un problema.
Necesitaba que forme parte de su organización para así acortar la brecha con los miembros faltantes. De ese modo, lograría poner en marcha el plan que tenía en mente.
—Si aceptas, puedo esperar un poco hasta que arregles este asunto. Aún quedan miembros por ser reclutados. — dándole la espalda esta vez, Madara volvió a hablar. — Te sugiero entrenarla lo suficiente para que pueda valerse por si misma cuando ya no estés.
—Acepto.
La cabeza de Madara, se ladeó ante la escueta respuesta recibida.
Luego de un breve instante, su voz mesclada con un sutil hilo de sorna llegó a los oídos de Itachi. — Te presentaré a un hombre verdaderamente interesante, que insiste en hablar contigo. — anunció y dirigió su rostro hacia un espacio vacío.
Itachi lo miró con atención.
El hombre de la máscara, parecía estar hablando con alguien a través del chakra. — Correcto. Pasa a través de Pain, y envía tu chakra.
Madara miró a Itachi una vez más.
—Si, está aquí.
Las cejas de Itachi se juntaron brevemente.
Una ola del color del arcoíris se alzó en la nada junto al tocón en el que Madara estaba sentado. Resplandeció y tembló ferozmente por algún tiempo, pero después tomó gradualmente la forma de un humano, hasta que finalmente se convirtió en la clara figura de un hombre. Un hombre que Itachi había visto antes.
—Cielos, ha pasado un tiempo, ¿hm, Itachi? — profirió el holograma del hombre, con una voz estremecedora que le provocó un escalofrío en la columna vertebral a Itachi.
—Tú… — murmuró el Uchiha.
Madara alzó su voz. — Uno de los legendarios sannin: Orochimaru.
—Es raro en ti, que seas tan sarcástico al respecto. — las comisuras de la serpiente, se curvaron hacia arriba ligeramente.
—Quizás estoy un poco exaltado ante la situación.
La sonrisa fingida del sannin se oyó. — Eso no es propio de tu comportamiento.
—Supongo. — respondió Madara, restándole importancia.
Mientras escuchaba esa conversación entre los dos, llevada a cabo en el tono familiar de viejos amigos, los pensamientos de Itachi se desviaron a otra parte.
Orochimaru era un criminal que realizó experimentos prohibidos en personas antes de que fuera expulsado de la aldea por el Tercer Hokage. Y junto con Jiraiya y Tsunade, han sido nombrados como los "legendarios Sannin" en la Segunda Guerra Mundial Shinobi, donde había sido temido por muchos ninjas. Uchiha Madara era un ninja legendario de la fundación de Konohagakure. Ambos eran tan poderosos que no había ninja en el mundo que no conociera sus nombres. Y estos dos se habían unido y maniobrado en secreto con la organización Akatsuki. ¿Qué demonios estaban planeando?
No podía simplemente dejarlo pasar.
—Nos encontramos un sin número de veces cuando estaba en la aldea. Supongo que desde entonces han pasado nueve años Itachi.
Itachi se enfocó en la voz que se dirigía a él, apartando sus pensamientos.
No había sido particularmente cercano al hombre. En aquel entonces cuando aún estaba en la aldea, Itachi lo conoció lo suficiente como para decir "hola". No fueron lo suficientemente amigables para la íntima manera en que Orochimaru le hablaba. Todavía podía recordar la forma descarada en la que espiaba sus entrenamientos.
—Abandonaste la aldea hace seis años.
—Cielos, ¿en serio? — Orochimaru se encogió de hombros levemente. — He sido reencarnado una vez desde entonces. Usando un Jutsu prohibido, desde luego.
Orochimaru había estado haciendo experimentos en personas desde el tiempo en que estaba en la aldea, así que Itachi no estaba especialmente sorprendido de que hubiera conseguido ser reencarnado.
—Este Jutsu, a cambio de ofrecer al usuario tiempo eterno, nubla ligeramente tu percepción del mismo. ¿Has tenido la experiencia de no estar seguro si comiste cierto platillo ayer o el día anterior, no es así? Para mí, diez años no es diferente a diez días atrás.
Itachi permaneció en silencio.
Otra vez, esa mueca hipócrita lo alcanzaba.
—Para reencarnar esta vez, usaré el recipiente perfecto que he estado esperando por años. — la mirada dorada de la serpiente se fue tornando más profunda y amenazante a medida que continuaba hablando. Como un camaleón cambiando de color, Orochimaru relajó su expresión para fingir camaradería. — Pero nada de eso les importa de todas formas, ¿o sí? Este hombre nos convocó a ti ya mí, por una razón totalmente diferente. — los labios del Sannin, se estiraron hacia los lados, como los de una serpiente. — Si te fueras a unir a Akatsuki, yo también lo encontraría alentador.
No pasó desapercibido el hecho, de que Madara lo usó de señuelo para incentivar a Orochimaru a unirse a Akatsuki.
Ese pequeño intercambio de palabras fue suficiente, para que Itachi decidiera mantener un ojo puesto sobre las acciones de ese sujeto.
—¿Hay algún otro ninja de Konohagakure? — Itachi le dio voz a su inquietud, su tono medido, pero firme.
Madara dejó escapar una risa breve, apenas un murmullo de diversión.
—Ahí vas, directo al grano como siempre. — comentó Madara, con un deje de ironía, pero sin esperar respuesta.
Itachi no vio la necesidad de replicar.
Nunca dirás palabras de mas, ¿verdad? — dijo Orochimaru, al ser ignorado en lo último. — Yo y este hombre. Si te unes, seremos sólo tres.
Itachi no apartó la vista de Madara. No tenía interés en las insinuaciones de Orochimaru, pero sus palabras confirmaban lo que necesitaba saber: no había nadie más de la aldea en Akatsuki. Al menos, no por ahora. —Ya veo. — respondió Itachi. Por las palabras de Orochimaru, asumió que también habían ninjas de otras aldeas en Akatsuki.
Una nueva oscuridad se estaba empezando a retorcer en un lugar más allá de las aldeas.
—Siempre tan elocuente, ¿Verdad? — Orochimaru se rió abiertamente de Itachi.
Habiendo tenido suficiente y divisando el la lejanía movimiento, Madara se levantó y dio fin al incómodo intercambio. — Bienvenido a Akatsuki.
Itachi tomó la mano derecha que se le ofrecía.
Estaba espantosamente helada, una mano en la que no se podía sentir rastro de sangre, tan fría que casi se preguntó si el guante de piel que la cubría estaba congelado.
—Muy bien, entonces. Me retiro. Nos encontraremos de nuevo Itachi. — el holograma de Orochimaru desapareció en el aire.
—Debemos irnos nosotros también.
—¿A dónde?
—Primero, a la aldea de Amegakure. Te mostraré en donde se encuentra nuestra base. — los ojos de Madara, espiando desde atrás de su máscara, brillaron rojos. — Una vez que hayas concluido con este asunto, — señaló con su dedo índice la niña. — Dirígete a este lugar que te voy a mostrar. — explicó Madara. — Una vez que lleguemos, te daré todos los detalles.
De repente, las palabras que Danzo le dijo en el pasado, resonaron en la mente de Itachi:
"El caos te seguirá a lo largo de tu vida".
En ese momento, Itachi se encontraba al borde del abismo, a punto de sumergirse en el torbellino de caos que otros habían creado. Aquella luz, que alguna vez había brillado con la promesa de un futuro mejor, ahora se extinguía, dejando solo un vacío oscuro y silencioso.
"Sé el mejor ninja, asciende a Hokage y usa esa posición para guiar al mundo hacia la paz."
Ese había sido su sendero soñado, el ideal que moldeó con tanto cuidado desde su infancia. No bastaba con la fuerza; necesitaba la sabiduría para gobernar con justicia y la compasión para aliviar el sufrimiento de los inocentes. Imaginaba un futuro donde las lágrimas de la guerra fueran solo un eco lejano, donde el peso de la sangre derramada no recayera sobre los más vulnerables. Pero ahora, ese sueño parecía tan inalcanzable como las estrellas que titilaban en el firmamento.
Lo había perdido todo: su hogar, su familia, su amigo más querido. Incluso la esperanza, esa llama tenue que lo había guiado, se había apagado bajo el viento cruel del destino. Y, sin embargo, algo permanecía. No era esperanza, sino el sueño mismo. Un sueño herido, mancillado por la tragedia, pero aún latente en lo más profundo de su ser.
Si el mundo le negaba el camino de la luz, entonces él forjaría su propio sendero en la oscuridad. Si su existencia estaba marcada por la tragedia, la abrazaría. Si su destino era despertar el caos, lo convertiría en un arma. No huiría ni lamentaría el peso que debía cargar. Aceptaría la condena, la volvería su escudo y su espada.
Absorbería el odio, la violencia, el veneno de una guerra que solo enriquecía a quienes nunca pisaban el campo de batalla. Se convertiría en el receptáculo de todo lo que el mundo rechazaba, fundiendo su voluntad en la llama más oscura, como el crisol que purifica el metal más impuro. Porque, si debía ser el villano para que otros vivieran en paz, entonces lo sería sin titubear.
No necesitaba la luz de la esperanza. Le bastaba con su convicción. Aunque el gorro con el kanji del fuego nunca cubriera su cabeza, aunque su nombre jamás fuera recordado como un salvador, aún podía cumplir su propósito. Aún podía guiar al mundo, no como el Hokage que soñó ser, sino como la sombra que cargaría con todo el sufrimiento para que otros jamás tuvieran que soportarlo.
Si debía hundirse en la oscuridad para que la guerra no alcanzara a los inocentes, entonces lo haría. Porque su sueño no era solo suyo, sino de todos aquellos que, sin voz ni poder, sufrían las consecuencias de una batalla que nunca eligieron pelear.
Antes de dar el último paso, Itachi volvió la mirada una vez más. Detrás de él, la aldea despertaba bajo un velo de cenizas. El aire de la madrugada aún era frío, pero el calor de la destrucción persistía, elevándose en columnas de humo que se fundían con la luz del amanecer. La noche ya no dominaba el cielo, pero el día aún no había reclamado su lugar; nubes grises comenzaban a juntarse y ocultar los breves rastros de sol que habían iluminado la batalla momentos atrás.
Ajustó su agarre en torno a la niña inconsciente, su pequeño cuerpo tembloroso, ajeno al peso de lo que significaba este viaje. Sus pasos lo llevaron al encuentro con la figura que aguardaba en la penumbra.
Sobre su cabeza, un único cuervo surcó el aire, su silueta recortándose contra el tenue resplandor de la aurora, lo acompañaba como siguiendo su camino.
El vórtice, extendiéndose delante de él, como una oscuridad eterna.
Aún así, en la boca de Itachi, una divina, sublime sonrisa surgió.
No era de alegría, ni de alivio, ni de resignación. Era algo más profundo, algo que solo él entendía. La sonrisa de quien ha hecho su elección y ha aceptado su destino. La de un hombre que, incluso al alejarse de la luz del alba, aún sostiene en su interior la promesa de un futuro mejor, aún a costas de su sacrificio.
Sin dudar, cruzó el umbral.
•
Fin del capítulo 11.
Nota:
A lo largo de la historia, hemos visto a Itachi enfrentarse a situaciones que escapan de su control. Desde las imposiciones de Madara hasta la traición de Danzō, cada evento ha sido un golpe que lo ha obligado a tomar decisiones difíciles. Ha perdido más de lo que podría haber imaginado, y aunque su mente es aguda, todavía está aprendiendo.
Porque los ninjas no nacen invencibles. Se forjan a través de la experiencia, el sufrimiento y las lecciones que deja el fracaso. Itachi aún no es el estratega imbatible que parece estar siempre un paso adelante. Ahora es un joven que, pese a su talento, sigue siendo vulnerable a los giros crueles del destino. Pero es precisamente este proceso lo que lo llevará a convertirse en el hombre que será.
Quiero que su evolución se sienta real, que sus cicatrices cuenten una historia y que cada paso que da lo acerque, poco a poco, a ese ninja legendario. No es que se aleje del Itachi que conocemos, sino que aún no ha llegado a serlo.
En resumen, quiero mostrar a un Itachi que todavía está en formación, que sufre, se equivoca y aprende con cada golpe del destino, en lugar de ser un prodigio inalcanzable desde el inicio. Su crecimiento como estratega debe sentirse orgánico y justificado, algo que ustedes como lectores puedan experimentar junto a él.
Sentía la necesidad de explicar este punto antes de seguir, pues no quería generar confusión en quienes siguen este fin, ni que piensen me alejaré del Itachi que todos conocemos.
Sin más que agregar,
Nos leemos en el siguiente capítulo.
•
