Hermione no se había planteado cómo sería su vida después del matrimonio antes de aceptar salvar a Draco. Sentía que solo había una secuencia lógica de acontecimientos. Su vida volvería a ser exactamente lo que había sido antes de él. Su trabajo, su casita, sus amigos, todo igual.
Hermione comprendía ahora cómo era el después.
Estaba sola en su cama, que ahora le parecía demasiado grande. Cuando sus pies tocaron el suelo de madera, el frío de las tablas le recorrió la espalda. Se levantó un momento y se acostumbró al silencio. Caminando hacia la cocina, Hermione se envolvió en sus brazos para protegerse del frío de septiembre.
Hoy era su cumpleaños.
Nunca le dio mucha importancia a su cumpleaños, sobre todo después de haber Obliviado a sus padres. Su padre siempre se había asegurado de regalarle a su madre un ramo de flores el día del cumpleaños de Hermione. Un agradecimiento, decía, por haberlo hecho padre y haber traído a Hermione al mundo.
Todavía compraba un ramo cada año y lo colocaba en su cocina, su agradecimiento y disculpa personal.
El hermoso arreglo de ásteres, dalias y acianos estaba sobre la encimera de la cocina, pero su belleza hacía poco por animar a Hermione.
Sus amigos habían querido organizarle una pequeña reunión, llena de bebidas y regalos, pero la idea de una celebración le parecía tan lejana. No había respondido a sus lechuzas y había bloqueado el Flu.
Se preocuparían por ella, pero no podía fingir que estaba bien para ellos.
Hermione rebuscó en el armario y sacó una botella de champán. Theo se la había dado antes de que se marcharan de su casa después de casarse con Draco. En aquel momento le pareció un regalo de despedida cuestionable, pero ahora estaba agradecida.
Champán para celebrar su cumpleaños. Sola.
Eran las dos de la tarde, es decir, alrededor de las once de la noche en Australia. Suficientemente tarde para empezar a beber.
Cogió su varita y descorchó la botella. Cogió una taza, la llenó rápidamente de champán y bebió un sorbo. Estaba chispeante y delicioso. No estaba del todo segura, pero sabía como el champán que le había servido Blaise el día de su boda. Hermione bebió un buen trago, dejando atrás el agradable cosquilleo de las burbujas en la nariz para sentir el ardor del alcohol en la garganta.
Crookshanks maulló en un rincón. Miró su cuenco sabiendo que aún estaba parcialmente lleno. No había comido bien desde la marcha de Draco.
Ella lo acarició, su cabeza se inclinó hacia el tacto.
—Lo sé. Yo también le echo de menos.
Y lo hacía. Le echaba muchísimo de menos y había algo horrible en ello. Él le había mentido. Más de una vez. Ese sentimiento de traición no había desaparecido. Estaba ahí, clavándose en su pecho. Pero no había habido tiempo para afrontarlo. Se había entregado, algo que Hermione sabía que había hecho por ella, a pesar de sus afirmaciones de que todo era un "juego".
Hermione se había dejado tapar los ojos. Las pociones y bálsamos que le faltaban, los moratones, las noches en vela, todo estaba allí, pero ella no había querido atar cabos. Él la había mirado con sus ojos de plata, dos grandes espejos, y ella había visto su propio reflejo en ellos. Su instinto le había dicho que ese era su verdadero yo, a pesar de las señales que su cerebro decidía ignorar. Pero eso no hacía que el dolor de sus mentiras fuera menos profundo.
Después de rellenar su taza, Hermione paseó por la casa. El ejemplar de Matilda seguía en el salón, la nota de pergamino rasgada, arrugada y desgastada por el tiempo que había pasado entre los dedos de Hermione, que leía y releía las palabras.
Se encontró caminando hacia la habitación de invitados. No había entrado en la habitación desde la desaparición de Draco. Una parte de ella había querido destrozarla y buscar las pruebas de su engaño, pero había llegado hasta el marco de la puerta y no se atrevía a entrar, con la rabia sofocada por la pesada soledad de la habitación vacía.
Ya había suficiente luz como para no tener que encenderla.
El espacio estaba limpio y organizado. Parecía igual que antes de que él se mudara, pero Hermione sabía que había rastros de él. Un par de chándales estaban doblados en el extremo de la cama. En la mesilla de noche había una pequeña pila de libros.
Se dirigió al armario. Le había pedido torpemente que añadiera un amuleto de ampliación en él para permitir su muy generoso guardarropa proporcionado por Theo. Hermione había bromeado diciendo que lo único que necesitaban era un león que lo acompañara, una bruja y el armario ampliado. Él había enarcado una ceja, llevándola a explicar el libro al que se refería. Él había puesto los ojos en blanco, pero le había preguntado si tenía un ejemplar. ("Supongo que aprender algunas de tus referencias facilitaría la convivencia").
Al abrir la puerta, Hermione se encontró con una colección de ropa bellamente cortada y confeccionada. Trajes elegantes, camisas abotonadas suaves como la mantequilla, túnicas de impecable confección. Pasó las yemas de los dedos por las telas. En un estante cerca de la parte superior, había una pila de camisetas de algodón cuidadosamente dobladas. La yuxtaposición del material barato junto a la preciosa ropa de lujo hizo reír a Hermione.
Cerró el armario y se acercó a la mesilla de noche. El León, la Bruja y el Armario estaba encima de la pila de libros. Hermione lo había visto leyéndolo. Las páginas y la cubierta del libro parecían inmaculadas. Los había sostenido con cuidado entre las manos, pasando la página con la fuerza suficiente para mostrar su interés, pero nunca había sujetado un libro con tanta fuerza como para doblar el lomo. Draco cuidaba los libros como ella.
Dejó el libro en su sitio y abrió el cajón de la mesilla de noche. Dentro había un montón de papeles. Hermione los sacó con cuidado. Encima había una corona de papel. Debajo había dibujos. Un colorido dibujo representaba a un niño en una escoba y una alta figura de palo debajo. Otro mostraba a un niño pequeño sentado sobre los hombros de un hombre mayor, ambos con el pelo amarillo brillante con mechones de crayón blanco que lo atravesaban.
Imagen tras imagen, los dibujos representaban al hombre y al niño hasta que Hermione llegó al final de la pila. Los pliegues del papel y el tacto suave que tenía en las manos hicieron pensar a Hermione que aquel dibujo había sido abierto y cerrado muchas veces. Mostraba a un grupo de personas. Una tenía largos rizos negros y una sonrisa amable, otra llevaba el pelo negro desordenado y gafas. Junto a esa figura había otro hombre con el pelo blanco y amarillo, de pie a la derecha. En el centro había un niño de pelo blanco y amarillo y ojos verdes. Debajo del grupo de personas, escrito con letra desordenada e infantil, se leía Mi familia. En la esquina de la hoja había una mancha borrosa y descolorida, como si hubieran caído gotas de agua sobre el papel, deformando la fibra. Hermione sintió que se le hacía un nudo en la garganta al contemplar el montón de tesoros que su marido había guardado.
Algo pequeño cayó al suelo. Hermione lo recogió y sintió que se le partía el corazón.
Hermione había revelado la película de su cámara desechable después de que hubieran visitado a Andrómeda y Teddy. Draco había mencionado de pasada que tenían fotografías que no se movían ("Tú también tienes algunas, Granger. Son extrañas, están tan quietas. No es natural"). Ella le enseñó la fotografía que había hecho de su siesta en el sofá con cierto felino. Él se burló y puso los ojos en blanco antes de guardársela. Al parecer, había acabado en su cajón de los recuerdos.
Fue a poner los dibujos en su sitio, sin soltar la foto, cuando el desplazamiento del cajón, ahora vacío, hizo un fuerte ruido metálico. Hermione metió la mano y sacó frascos vacíos de pociones. Al menos cinco. Miró el puñado de cristales. Una mezcla de pociones de sobriedad y pimentónicas.
Hermione sintió el repentino impulso de romperlos contra las paredes. Aferró los frascos con fuerza antes de dejarlos caer en el cajón con un sonoro estruendo. Volvió a colocar los dibujos con cuidado, asegurándose de que no se arrugaran, y cerró el cajón.
Estaba agotada.
Todavía con la fotografía en la mano, cogió la taza y bebió un buen trago, queriendo ahogar la vocecilla que en el fondo de su cabeza le preguntaba cómo podía ser tan estúpida, tan ingenua, tan cegada por sus emociones. Hermione se tumbó en la cama.
El olor familiar que había llegado a reconocer como Draco la envolvió mientras contemplaba la imagen de él y Crookshanks dormidos en el sofá. Incluso con la cabeza rapada y las mejillas demacradas, Hermione sintió que se le caía el alma al ver su belleza. Casi se enfadó. Cómo se atrevía a parecer tranquilo en la foto mientras ella se sentía todo lo contrario. Una rabia irracional que se esfumó rápidamente al preguntarse si estaría descansando en la celda del Ministerio.
Pasó el dedo por sus rasgos dormidos, por su nariz, por la forma de sus labios. El Draco de la foto era frágil. Era tan diferente del Draco que se había arrodillado por ella en un callejón. El Draco que la abrazó, que la levantó, que se sintió tan envolvente cuando puso su peso encima de ella. El Draco que le pasaba los labios por la clavícula, por el estómago, por la nuca.
Los dedos de Hermione se deslizaron por su estómago. Le ardían las mejillas y sentía la cabeza mareada por el champán. Deslizó los dedos por la banda del pijama y se encontró resbaladiza.
Imaginó que unos dedos largos la tocaban en su lugar.
Se adentraba suavemente en ella, recorriéndola de arriba abajo lentamente mientras susurraba que era preciosa, suave, perfecta.
Hermione respiró entrecortadamente mientras hundía un dedo en su interior.
No, no su dedo, el de él.
Draco tenía un ritmo perfecto. Una vez bromeó, después de hacerla ver las estrellas, con que tenía que enviar un regalo de agradecimiento a su antiguo profesor de piano ("Al viejo pedagogo le gustaba golpearme los nudillos con la varita, pero sus métodos eran efectivos, al parecer"). Suspiró cuando el paso se aceleró. Su corazón empezaba a palpitar frenéticamente, su placer iba en aumento.
Se estaba acercando, muy cerca, pero su orgasmo era esquivo. Sus dedos no eran lo suficientemente largos o gruesos. No la tocaban como Draco la tocaba a ella.
Rápidamente, Hermione se puso boca abajo, con la cara pegada al edredón. Las imágenes de Draco tocándose en esta misma cama, con la cara hundida en las almohadas para amortiguar sus gruñidos, incendiaron todo su cuerpo. Esta nueva posición le permitía rechinar contra el talón de la mano mientras sus dedos se movían dentro y fuera, dentro y fuera. Fingió que la presión del colchón era su peso sobre ella. Se balanceaba contra su mano, la presión crecía, crecía, crecía. Movió la cabeza hacia un lado y, de repente, sintió el familiar aroma picante de una colonia cara. Hermione se hizo pedazos; el orgasmo fue tan fuerte que sintió que no podía recuperar el aliento.
Cuando regresó, la habitación se sintió de repente más oscura, el sol bajaba en el cielo. No hubo besos tiernos, ni palabras de asombro, ni brazos que la abrazaran con fuerza como si fuera la cosa más hermosa que se pudiera contemplar. Solo una habitación vacía en una casa vacía.
Hermione se dio cuenta de que seguía sosteniendo la fotografía. Ahora la tenía arrugada en la mano.
De repente, el peso de la situación la golpeó de lleno.
Se secó la mano con el pijama y se recogió en sí misma. La habitación parecía oscurecerse por momentos. La lluvia empezó a golpear el cristal de la ventana. Se llevó la fotografía al pecho.
Al igual que Hermione había fingido que la mano que la tocaba no era la suya, se dijo a sí misma que las lágrimas que recorrían sus mejillas y goteaban sobre la almohada eran gotas de agua de la tormenta.
Se durmió envuelta en oscuridad y lluvia.
—
—Gracias por dejarme venir, Ginny. No necesitabas tomarte un descanso para entrenar.
Ginny alargó la mano y cogió la de Hermione.
—Claro que voy a estar aquí para ti, Hermione. Este es un momento de miedo. No te dejaría sola. Quería verte en tu cumpleaños, pero entiendo por qué necesitabas algo de espacio.
Hermione le dedicó una pequeña sonrisa. No se había atrevido a ir al Ministerio. Draco volvería a negarse a verla y tampoco estaba segura de poder enfrentarse a Ron. Harry estaba ocupado con el trabajo y Theo... no estaba segura de poder verlo sin querer hechizarlo. Sentía como si las personas importantes de su vida fueran desapareciendo, una a una.
—¿Cómo has estado?
Hermione sintió que se le hundían los hombros.
—No muy bien.
—Harry me contó lo de Draco... cree que se va a declarar culpable.
Hermione lo sabía, por supuesto. El propio Draco se lo había dicho, pero aun así lo sintió como un cuchillo en las tripas.
—¿Por qué haría eso? —preguntó.
—Intenta protegerme. Hice un voto para ocupar su lugar si alguna vez intentaba evadir la ley.
—Oh Merlín, ¿así que sabías que no intentaría huir?
Hermione negó con la cabeza.
—En ese momento no lo sabía. Draco parecía tan abatido y Codsworth me miraba como si supiera que no iba a seguir adelante con aquello y yo me enfadé tanto que acepté. Apenas pensé en ello. De alguna manera, apenas pensé en muchas cosas antes de aceptar todo esto. ¿Te lo imaginas? Yo misma.
—Pensaste que querías salvar la vida de alguien y estabas dispuesta a hacer lo que hiciera falta. Eso es muy propio de ti en mis libros.
—Mira a dónde me ha llevado. —Hermione se quedó mirando el desgastado material del sofá en el que estaban sentadas.
—Hiciste lo que creíste correcto. Y luego te enamoraste de tu marido. Nadie te culpa por eso.
Hermione se rio.
—Mucha gente me lo reprocha. Una parte de mí me lo reprocha. Hay tantas razones para alejarme de todo. Tal vez fui estúpida y vi lo que quería ver.
—No dejes que Theo y esa loca de tu suegra te hagan dudar de ti misma. Sé lo que dice Malfoy ahora pero no te habría tocado si fuera el mismo chico del colegio.
Hermione se clavó las uñas en las palmas de las manos.
—No fue su elección la primera vez.
—¿Qué significa eso?
—Tuvimos que consumar el matrimonio. Era un requisito para que Draco no volviera a prisión. —La voz le temblaba al hablar por fin de aquel terrible momento en el Ministerio.
Ginny tenía la cara pálida, los ojos muy abiertos y llenos de miedo.
—¿Estás diciendo que el Ministerio os obligó a tener relaciones sexuales? ¿Bajo amenaza de Azkaban?
Hermione asintió.
Ginny se había levantado antes de que Hermione se diera cuenta de que se había movido, con la varita a un lado.
—¡Esos malditos bastardos! No pueden salirse con la suya. Tenemos que decírselo a Harry ahora mismo.
La mano de Hermione salió disparada, agarrando a Ginny por la muñeca.
—No podemos.
—¡Claro que podemos! ¡Eso no es legal! ¡Eso no puede ser legal!
—El Wizengamot es el órgano que decide lo que es legal y lo que no. El Matrimonio en la Horca era una ley antigua y ridícula que debería haber sido derogada hace un siglo. Combatieron el fuego con fuego. Los hombres que hacen leyes rara vez tienen en cuenta a la gente a la que afectan. Especialmente a las mujeres.
—¡No puedes estar dispuesta a dejar que esto pase! ¡Está mal!
Hermione persuadió a su amiga para que volviera a sentarse.
—No estoy dispuesta a aceptar nada. Voy a demostrar que Draco es inocente. Codsworth le está tendiendo una trampa, lo sé. Pero si se lo decimos a Harry antes de que averigüe por qué está inculpando a Draco, no podrá hacer nada. La gente pensará que son solo las cavilaciones de una mujer histérica. Tiene que ser metódico. Necesito probar que no es Draco, que alguien se la tiene jurada.
Ginny finalmente miró a Hermione a los ojos.
—¿Estás segura de lo de Draco, Hermione? Sinceramente, no puedo creer que haya accedido a la consumación. Me parece tan atroz después de lo que hiciste por él. Y por lo que Harry ha mencionado, la evidencia es bastante condenatoria. Si crees que deberías alejarte, tal vez deberías escuchar eso.
—No. —La palabra salió de la boca de Hermione al instante—. Tú no estabas allí. No viste el horror en su cara. Se negó. Fui yo quien le dijo que era mi elección. En cualquier momento podría haber cambiado de opinión y Draco habría vuelto a Azkaban. Sinceramente, eso es lo que él esperaba que pasara. Nunca imaginó que alguien lo ayudaría. Nunca se sintió digno de ello.
—¿Se lo merece? ¿Todo lo que has sacrificado por él? —Ginny no tenía malicia en su voz. Nada más que preocupación descansaba en sus ojos.
Hermione pensó en todos los momentos en los que él le había gritado, le había mentido, la forma en que había puesto en peligro la vida de ambos, la forma en que sonreía mientras le contaba sobre su elaborado juego. Dios, estaba tan enfadada con él. Y le haría sentir hasta el último gramo de esa rabia.
Cuando estuviera a salvo.
—Sí.
Ginny la miró un momento más antes de asentir lentamente.
—No le diré nada a Harry. No es mi historia. Pero que sepas, Hermione. Estoy aquí para ti. Siempre estaré aquí para ti. Solo quiero que estés bien.
Por primera vez en mucho tiempo, las palabras no se sintieron como un peso que se hundía en sus entrañas.
—Lo estaré, Ginny. Voy a resolver esto y hacer que el Ministerio pague por todo.
—
Hermione volvió a casa y se quedó helada en cuanto salió de la chimenea.
Narcissa Malfoy estaba sentada en su sofá, con el cuerpo rígido, como si el pequeño contacto que hacía con el material fuera a infectarla de algún modo.
La estúpida Sangre pura probablemente pensó que una nacida de muggles podría provocarle un sarpullido.
—¿Nadie te ha dicho nunca que es de mala educación pasarse por aquí sin que te inviten? —Hermione no estaba de humor para el sarcasmo apenas disimulado de Narcissa.
—No parecías muy preocupada cuando apareciste sin avisar en la mansión.
Hermione torció el labio al recordar aquel encuentro.
—Sí, pero me importan un bledo las sutilezas sociales. La imagen es lo único que te queda, Sra. Malfoy.
Las fosas nasales de Narcissa se encendieron por un momento antes de recuperar la calma.
—Quiero disculparme. Lo que oíste en la mansión fue desafortunado.
—¿Desafortunado? Descubrí que mi amistad y mi matrimonio fueron orquestados por la misma mujer que no puede esperar a verme fuera de escena y tú sigues conspirando para asegurarte de que no deje a tu hijo. Eso es algo más que desafortunado, pero gracias por el intento de disculpa. Si eso es todo, ya puedes irte.
Narcissa pareció momentáneamente sorprendida. Hermione se regocijó en ello.
—Srta. Granger, no creo que sea una forma apropiada de hablar...
—¿A quién? ¿A mi familia? ¿A mi suegra? Dudo que te consideres ninguna de esas cosas en relación conmigo. A menos que lo que realmente te inquiete sea que alguien con mi sangre le conteste a alguien con tu sangre.
Hermione no pasó por alto la forma en que los nudillos de Narcissa se blanquearon en su regazo.
—Puede que no entiendas mis puntos de vista, pero me crie en una determinada cultura con expectativas sobre con quién me relacionaría, con quién se relacionarían mis hijos.
Narcissa no necesitó añadir: "y con quién no se asociarían".
—Sé que eso me llevó a donde estoy, a donde está Draco, pero ese conocimiento no cambia inmediatamente los ideales que me inculcaron. No borra los siglos de creencias con los que fui criada.
—Si pretendes que simpatice con tus prejuicios contra mí, te llevarás una gran decepción.
—Eso no es lo que intento hacer. Sé que no te caigo muy bien, Sra. Granger, pero por favor no uses ese desdén como razón para abandonar a mi hijo.
Hermione miró fijamente a Narcissa, que retorcía el suave material de su túnica entre las manos. El desliz de su fachada fue sorprendente.
—No me gustas, tienes razón. Pero ni siquiera mi aversión por ti podría influir en mis actos. No tienes ese poder sobre mí. No voy a abandonar a Draco. Merece ser salvado. Y junto a muchas otras razones, una de ellas es porque fue criado en cierta cultura, con expectativas sobre con quién se asociaría, respaldado por siglos de creencias y de alguna manera salió de eso siendo mejor persona que tú. No dejaré que Draco siga pagando por tus fracasos.
Narcissa parecía desconcertada, con los ojos entrecerrados mientras seguía sosteniendo la mirada de Hermione. Asintió lentamente, antes de levantarse. Por primera vez desde que Hermione la conocía, parecía casi tímida en sus movimientos.
Se dirigió al Flu, pero se detuvo al pasar junto a Hermione.
—Sé que no lo crees, pero quiero a mi hijo. He intentado hacer todo lo posible por él.
Hermione miró a la mujer que había ayudado a formar algunas de las peores partes de su marido.
—Ojalá ese amor hubiera sido más fuerte que tu odio.
Narcissa dejó escapar un pequeño sonido de dolor, tan silencioso y rápido que Hermione no estaba segura de haberlo oído del todo, y luego entró en la chimenea, desapareciendo en un rugido verde.
—
Un pensamiento había estado atormentando la conciencia de Hermione. Así fue como se encontró despierta a las dos y media. Había dado vueltas en la cama la mayor parte de la noche, con la presencia fantasmal de Narcissa rondando su subconsciente.
Aquella mujer enfurecía a Hermione. Ni siquiera una guerra o el hecho de estar a punto de perder a su hijo una y otra vez podían sacudir las creencias intolerantes de su mente infectada. Su rabia contra la bruja se transformó rápidamente en rabia contra el Ministerio en su conjunto. La forma en que la trataban, la forma en que trataban a sus amigos, la forma en que las insidiosas creencias que habían iniciado la guerra se habían profundizado después de Voldemort.
A Hermione le irritaba la idea de que Narcissa Malfoy no fuera única con sus creencias. Muchos Sangre pura pensaban lo mismo. Aceptaban a los muggles en su mundo, pero solo donde lo consideraban aceptable. Trabajadores de nivel medio del Ministerio, empleados de empresas, pero nunca propietarios. La injusticia les quemaba. El Wizengamot, el organismo que dictaba sus leyes, opinaba lo mismo, lleno hasta los topes de Sangre pura que tomaban las decisiones que mantenían a los muggles "en su sitio".
Hannah, Dennis, Dean, estos incidentes no eran situaciones aisladas. Hablaban de leyes corruptas, entretejidas en el tejido mismo de su sociedad.
Hermione se encontraba en su biblioteca, con toda la correspondencia sobre el Ala de Licantropía ante ella. Ethel Alderton había sido el principal miembro del Wizengamot que supervisaba el proyecto del Ala. Cada desaprobación o solicitud de más información tenía su firma mágica al pie del pergamino.
Ethel Alderton. Aquel nombre le resultaba tan familiar a Hermione. Estaba segura de haberlo oído en algún lugar más allá de los papeles que tenía en las manos.
Hermione se mordió el labio mientras intentaba recordar dónde había visto ese nombre antes. Se levantó rápidamente y rebuscó en una pila de periódicos que tenía en un rincón. Sacó una hoja del montón y miró una foto de Harry, Ron y ella sonriendo y saludando mientras se descubría una estatua detrás de ellos. Les habían pedido que hablaran en el memorial de los caídos durante la guerra y Hermione había querido conservar el periódico como recuerdo. Hojeó el ejemplar, y sus ojos recorrieron rápidamente las palabras hasta que encontró el nombre que había estado buscando.
Ethel Alderton, heredera única de Escobas Flyte & Barker, salvada de la quiebra.
Hermione recordó de repente. La noticia había estado en todos los periódicos durante semanas. Flyte & Barker no había podido competir con empresas como Compañía de Escobas de Carreras Nimbus y Saeta de Fuego, y se afirmaba que sus escobas eran más caras y de peor calidad. Se especulaba que Alderton tendría que declararse en quiebra. Cuando todo parecía perdido, se anunció que Flyte & Barker sería contratada para equipar al Equipo Nacional Inglés de Quidditch, y sus escobas de empresa se utilizarían para los entrenamientos.
La noticia había causado revuelo en el mundo del Quidditch (que Hermione había ignorado decididamente), pero recordó haber leído en una entrevista de Codsworth que el Ministerio estaba encantado de apoyar a una "empresa tradicional y de larga tradición como Flyte & Barker." Se especuló con que Codsworth había impulsado el acuerdo para salvar a Ethel Alderton, compañera del Wizengamot, de la ruina financiera, pero todo fue olvidado rápidamente por los medios de comunicación.
Ethel había sido muy amable en su correspondencia sobre el ala, a menudo expresando su simpatía por la frustrante situación, incluso pareciendo disculparse a veces por las exigencias del Wizengamot. Hermione siempre había tenido la sensación de que Ethel quería dar su aprobación a la ampliación del hospital, pero por alguna razón, siempre se lo impedía. Le resultaba extraño, porque como líder del proyecto, Ethel Alderton podría haber aprobado el ala. A menos que alguien la estuviera bloqueando entre bastidores. Alguien con quien tenía una deuda. Alguien como Codsworth.
El corazón de Hermione empezó a acelerarse al sentir la familiar descarga de adrenalina que siempre empezaba a acumularse cuando unía las piezas de un rompecabezas.
Siempre le habían gustado los rompecabezas.
—
Hermione dio unos golpecitos con la pluma en el pergamino ya lleno.
Andrew Towler dirigía la Oficina de Patentes y ocupaba un escaño en el Wizengamot. Le habían pillado engañando a su mujer, tras lo cual se produjo un divorcio bastante desagradable. Su ex mujer había intentado quedarse con la mitad de su fortuna, hasta que el Wizengamot, con Codsworth como Jefe de Magos, promulgó una ley que establecía que la pensión alimenticia solo podía concederse tras cinco años de matrimonio. Towler solo llevaba casado tres.
Finneas Kettleburn era copropietario de una empresa que supervisaba el arrendamiento del Callejón Diagon cuando no estaba reunido con el Wizengamot. Tras la guerra, habían surgido numerosas quejas sobre pisos en mal estado y aumentos de precios injustos, y todas ellas llevaban a Arrendamientos Kettleburn & Krenkshaw. Kettleburn se había visto obligado a pagar una gran suma de galeones a los demandantes, pero había recuperado rápidamente sus pérdidas después de que el Wizengamot aprobara una ley por la que los precios de los alquileres podían aumentar legalmente un 7% anual cada dos años a discreción de las empresas arrendatarias.
Ethel Alderton, Andrew Towler y Finneas Kettleburn formaban parte del Wizengamot y, de algún modo, se habían beneficiado de una decisión del Wizengamot, todo ello mientras August Codsworth había sido Jefe de Magos. Los tres tenían un historial de votar al lado de cualquier decisión que Codsworth tomara, incluyendo el bloqueo de los nacidos de muggles y votar en contra de escuchar la petición de Ben Copper para cambiar las estipulaciones de la herencia de Blaise.
Hermione había enviado un mensaje a Goldestein en cuanto salió el sol, pidiéndole las resoluciones y los registros del Wizengamot de los últimos diez años, pues creía que ayudarían al Ala de Licantropía. Hermione sabía que sería demasiado sospechoso si ella misma indagaba y rezaba para que Anthony no decidiera hacer demasiadas preguntas.
Unas horas más tarde, estaba revisando años de papeleo del Wizengamot. El cuadro que se estaba pintando hizo que a Hermione se le retorciera el estómago de rabia.
Las sentencias que de algún modo podían favorecer o apoyar a los nacidos de muggles eran rutinariamente votadas en contra.
Uno le llamó la atención a Hermione. Diez años atrás, antes de que Codsworth fuera nombrado Jefe de Magos, había redactado la Ley de Herencia Mágica. Era una ley infame que limitaba las carreras que podían ejercer los hijos de muggles. Todo hecho en nombre de "mantener la herencia mágica a la vanguardia del Mundo Mágico".
Aunque la votación había estado demasiado reñida para la comodidad de Hermione, el Acta había sido finalmente anulada en el Wizengamot. A partir de ese momento, Codsworth mantuvo la cabeza gacha hasta que presentó su candidatura a Jefe de Magos. En su papel de autoridad, Hermione estaba casi segura de que estaba abusando del sistema para convertir su Ley vetada en una realidad tácita.
Lo que no podía entender era su obsesión con Draco. Supuso que su estado de sangre tenía algo que ver, pero inculparlo solo porque estaba casado con una nacida de muggles le parecía exagerado, incluso para un hombrecillo despreciable.
Eso fue hasta que leyó los registros de junio. El mes en que se había casado con Draco.
Apenas unos días después de que tartamudeara sus votos matrimoniales, el Wizengamot se había reunido para estudiar la posibilidad de revocar una antigua ley. La ley permitía a los miembros del Wizengamot que habían heredado escaños ceder el puesto a su cónyuge. Para sorpresa de Hermione, solo se podían heredar diez puestos de los cincuenta que componían el Wizengamot. Pertenecían a las familias más antiguas de Gran Bretaña. Incluso más antigua que los Sagrados Veintiocho.
Familias como los Malfoys.
Los registros del Wizengamot mostraban que Codsworth había hablado, expresando su preocupación sobre quiénes podían ser los cónyuges de los titulares de los escaños y la falta de capacidad para investigar adecuadamente a los posibles miembros del Wizengamot. Al final, la ley permaneció intacta, y los que estaban en contra de su abolición afirmaron que tampoco podían controlar quién heredaba esos escaños. Había sido un aspecto aceptado del Wizengamot y de la historia mágica. A Hermione le temblaron los dedos al releer el acta.
Era esto.
El asco en sus ojos cuando Codsworth había mirado a Hermione, el regocijo que había tenido cuando ella se había negado a consumar el matrimonio, la ira absoluta cuando ella había seguido adelante. Era su peor pesadilla. Una mujer nacida de muggles con una Orden de Merlín de Primera Clase a sus espaldas, que buscaba un cambio en el Mundo Mágico, con el dinero y el prestigio de los Malfoy para respaldarla.
Al incriminar a Draco por asesinato y causar su divorcio, Hermione no podría optar a un puesto del Wizengamot. Además, el prestigio de encerrar al último Mortífago podría mantener a Codsworth como Jefe de Magos durante otros diez años. Eran dos pájaros de un tiro.
Podría trabajar con eso.
—
Hermione se paseaba con cuidado por el Ministerio, envuelta en la Capa de Invisibilidad. Le había pedido a Ginny que se reuniera con ella en el despacho de Harry.
Deslizándose por el Departamento de Seguridad Mágica, llegó a la puerta del despacho de Harry, oyendo la voz de Ginny dentro. Enviando un pequeño Descendo a una pila de archivos en la dirección opuesta, haciendo que la pila se derrumbara, Hermione aprovechó la distracción para empujar rápidamente la puerta y abrirla.
—¡Las tetas de Merlín!
Hermione puso los ojos en blanco y se quitó la capa de un tirón.
—Tus medidas de seguridad son pésimas, Harry.
—En general, la gente no intenta entrar en el Departamento de Seguridad Mágica. Estar rodeado de Aurores con varitas parece quitarle la diversión.
—Los Aurores con varita tendrían que atrapar a la persona primero. Hola, Ginny. Gracias por reunirte conmigo. —Ginny le dedicó una rápida sonrisa.
—Me has pillado. ¿Qué te trajo a irrumpir en mi departamento hoy?
—Tenemos que hablar. —Hermione se sentó rápidamente en la silla junto a Ginny mientras Harry se sentaba detrás de su escritorio.
—¿Y no podía haber esperado hasta esta noche? Las cosas siguen ocupadas ahora.
—No. No puede esperar. Codsworth está incriminando a Draco. Necesito tu ayuda para averiguar cómo lo incriminó.
Harry parpadeó, con los ojos muy abiertos.
—Es una acusación muy grave. ¿Puede decirme, por favor, qué te ha llevado a esa conclusión? —Su tono era cuidadoso, su entrenamiento de Auror haciendo efecto.
—Creo que Codsworth ha estado haciendo favores a otros miembros del Wizengamot a cambio de sus votos, así como utilizando su posición para oprimir a los nacidos de muggles. Además, creo que incriminó a Draco a propósito para evitar que yo pudiera acceder a su puesto heredado en el Wizengamot. A Codsworth le aterroriza que los nacidos de muggles ocupen puestos de poder.
—¿Qué te lleva a esta conclusión?
—Tengo una lista de nacidos de muggles a los que se les negaron contratos de arrendamiento, se les denegaron patentes, se desbarataron sus proyectos o se les negó una reunión con el Wizengamot. Todas las personas que tomaron estas decisiones tienen conexiones con Codsworth. También está esto. —Hermione sacó de los pergaminos los registros del Wizengamot—. He marcado con un círculo todas las decisiones que beneficiaron directamente a los miembros del Wizengamot. Codsworth dirigió cada una de esas decisiones. Mira también el fallo del 13 de mayo de 1993, así como el fallo del pasado mes de junio.
Hermione vio cómo Harry leía sobre la Ley de Herencia Mágica y la reunión para revocar el privilegio conyugal para los puestos heredados del Wizengamot. Vio cómo movía la mandíbula y chasqueaba antes de dejar el pergamino.
—Estos son hallazgos muy preocupantes, pero antes de que indaguemos más y nos convirtamos potencialmente en enemigo de un hombre muy poderoso, permitidme advertiros que esto podría no ser suficiente para salvar a Malfoy. Solo necesito que sepas que hay una posibilidad de que lo hiciera, por pequeña que sea. ¿Estás dispuesta a convertir a Codsworth en tu enemigo aunque Malfoy sea culpable? Puedo investigar esto por separado sin vincularlo a él. O a ti, para el caso.
—Soy parte de esto, Harry. Codsworth está aterrorizado de que yo, una nacida de muggles, pueda obtener cualquier cantidad de poder. Ha hecho muchas cosas atroces y crueles para asegurarse de que no suceda. No puedo dejar que se salga con la suya.
—¿Hay cosas que haya hecho que no me hayas contado?
Hermione miró a Ginny, que le hizo un gesto reconfortante con la cabeza.
—Codsworth nos obligó a Draco y a mí a consumar nuestro matrimonio bajo amenaza de enviar a Draco de vuelta a Azkaban. Draco intentó negarse, pero le dije que no le dejaría volver a una celda. Sucedió aquí en el Ministerio, en un almacén con una cama transfigurada.
Sostuvo la mirada de Harry, negándose a avergonzarse de lo que había soportado, desafiando a cualquiera a pensar menos de ella.
Su expresión se aflojó y sus oscuras cejas se alzaron sobre su frente.
—Oh, Dios, Hermione. —Su voz sonaba joven, recordándole a Hermione al chico del que se había hecho amiga en el colegio.
—No necesitamos discutirlo más. Codsworth es peligroso y ejerce un poder del que abusa. Hizo algo así sin pestañear. Es capaz de incriminar a Draco. Es él, Harry. Lo sé.
Harry se levantó y caminó alrededor de su escritorio hasta que estuvo frente a Hermione. La cogió suavemente de la mano y la estrechó en un fuerte abrazo.
—Lo siento mucho, Hermione. Siento mucho no haber estado allí, como debería haber estado. Pero ahora estoy aquí. Te creo. Si estás segura, te creo.
Sintió que la emoción le oprimía la garganta al corresponder al abrazo. Al cabo de un momento se apartó, pasándose rápidamente la mano por los ojos.
—Bien. ¿Cuáles son nuestros próximos pasos?
Hermione cuadró los hombros.
—Antes de nada, necesito hablar con mi marido.
—
El plan era sencillo. Harry concertaría una cita con Draco bajo el pretexto de que necesitaba hacerle preguntas relacionadas con el caso. Hermione lo seguiría usando la Capa de Invisibilidad. Draco podía negarse a verla en su equivocado intento de protegerla, pero Hermione ya estaba harta de que le dijeran en qué parte del mundo podía estar.
Una vez más Hermione quedó oculta por la magia de la Capa de Invisibilidad. Su corazón empezó a latir cada vez más deprisa a medida que se acercaban al Auror que le había negado la entrada.
—Hola, Gafford. Vengo a hablar con Malfoy.
—Hola, Potter. Recibí tu solicitud de reunión. El prisionero está en la sala de interrogatorios. Entra.
La puerta familiar se abrió y entraron, Hermione arrimada al lado de Harry. Caminaron por el pasillo familiar antes de detenerse en la misma puerta en la que Hermione había visto a Draco por última vez.
Harry empujó la puerta y Hermione se apresuró a entrar en cuanto su cuerpo pudo pasar por la abertura. Se quitó la capa, y Harry se apresuró a encerrarlos en la habitación.
Una habitación vacía.
—¿Dónde está? —Hermione se volvió frenéticamente hacia Harry.
Él parecía tan perplejo como ella.
—No tengo ni idea. Yo hice la petición. Debería estar aquí. Gafford incluso dijo que estaba listo. Debe haber una confusión. Espera aquí, voy a ir a hablar con él.
Hermione permaneció de pie. Se le erizaron los pelos del brazo y un escalofrío le recorrió la espalda. Algo iba mal.
La puerta volvió a abrirse de repente, haciendo que Hermione sacara la varita. Harry entró, con los ojos verdes llenos de preocupación.
—Gafford ha sido Confundido. Solo decía que Malfoy estaba esperando en la sala de interrogatorios. Su varita también ha desaparecido.
—Oh, Dios, Draco.
La cara de Harry parecía sombría.
—Esto... esto pinta mal, Hermione. Un Auror Confundido, una varita perdida, Malfoy obviamente no está donde debería estar. Los prisioneros que se encuentran en el Ministerio suelen ser llevados a la sala de interrogatorios a los treinta minutos de haber sido requeridos por un Auror. Malfoy debería estar aquí. Pero no sería Gafford quien lo trajera. Sería quien estuviera de guardia.
—Draco no huiría. Aunque yo le importara un bledo, no se arriesgaría a que le restituyeran el Beso.
—Lo sé. Nunca podría volver a Gran Bretaña, nunca podría ver a su madre. Pero si no huyó, solo hay otra opción.
Una sensación helada inundó el pecho de Hermione.
—Alguien se lo ha llevado.
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Nota de la autora:
¡Así que la trama se complica! ¡Están pasando cosas! ¿A dónde fue Draco?
¡Gracias por todos los increíbles comentarios y el cariño! ¡Me siento muy afortunada de estar en un fandom tan increíble!
Un pequeño aviso, espero publicar dos veces esta semana, pero podría ser más tarde del miércoles. ¡Tengo algunas cosas divertidas con la familia en verano! Dedos cruzados para que pueda encajar todo.
¡Gracias a mis betas, rompeprop y noxhunter! Os quiero a las dos.
Esto se escribió mientras había tormenta. Muy temperamental y perfecto para un poco de misterio. Tengo un teléfono nuevo, así que más pantallas por romper para mí.
No soy dueña de una mierda
