Viernes, veinte de mayo.

Dennis sirvió una buena ración de vodka en un vaso descartable. El plástico se resquebrajaba en sus manos mientras la música del salón resonaba a su alrededor, como un eco lejano que no lograba distraer su mente caótica. Aquella noche, que había esperado que fuese fenomenal, se estaba convirtiendo en una pesadilla.

La velada de vestidos elegantes y trajes en el gimnasio de la escuela, con música, comida y algarabía por el final del secundario. No fue ni por asomo esa idílica celebración juvenil.

Aún podía sentir las miradas indiscretas mientras caminaba junto a su acompañante, las habladurías y las risitas al momento de bailar algunas canciones lentas.

Apuró la fuerte bebida para luego rellenar el vaso. Necesitaba acallar la cabeza o le explotaría.

La fiesta "post fiesta de graduación" iba viento en popa. La vivienda familiar se había convertido en una meca de adolescentes por única noche; las drogas recreativas, el alcohol y las hormonas eran moneda de cambio.

«Necesito un porro del tamaño del Empire State. O dos.»

¿Por qué estaba tan molesto? Creía pensar que era superior a los cotilleos ajenos, en especial al ser bastante respetado dentro de la institución pública.

A un buen jugador de fútbol ese año nada lo movía, pero el segundo fondo en blanco contradecía su pobre argumento. Lo que más le fastidiaba era que lo vieran como un idiota sólo por haber llevado a Chelsea al baile.

¿Qué había de malo con eso? Era la noche y la quería compartirla a su lado, la última del secundario junto a una persona muy importante para él. Era su mejor amiga, estaba en todo su derecho de pedirle acompañarlo. Podían meterse los rumores donde no les daba el sol.

Aun así… Quizá pensaban que hacía beneficencia al llevar a la paria del colegio. O que bajaba su estatus solo por hacerle un favor a la "más ininvitable" de la clase.

A la huérfana de padre, a la que siempre perseguía la desgracia; a la chica que ocasionó que dos compañeros, un conserje y una docente recibieran lesiones de arma de fuego. No importaba que haya sido un secuestro: ella fue la causa de esas heridas.

Y, sin embargo, allí estaba Chelsea, ataviada con aquel bellísimo vestido celeste suave de encaje, silueta tipo trompeta y el cabello recogido en un elegante arreglo. Parecía imposible que alguien tan impecable pudiese portar semejante maldad.

Apretó la mandíbula al punto de hacerse daño. El contraste entre lo que él veía y los demás insinuaban lo molestaba. Estrujó el recipiente hasta romperlo, cogió otro mientras maldecía en voz alta.

Hasta sus amigos y compañeros de equipo lo cuestionaron largo y tendido. "¿Estás seguro?" "Oh, viejo. No sabía que te gustaran las causas nobles." "Oye, Dex, había otras chicas más… normales para elegir."

Y la peor de todas: "Amigo, la próxima llama a Julia Roberts. Ella ya hizo el papel con Richard Gere y es más bonita que esa Vickers".

En la cocina ultramoderna, rodeado de botellas vacías, vasos y latas de cerveza, se sintió explotar ante las risas que estallaban en su mente. No solo no la defendió, sino que se rio junto a ellos y aclaró muchas veces que ellos dos no eran nada.

Solo amigos. Y un buen amigo lleva a su amiga al baile por honor, no por otra cosa. No eran nada ni nunca lo serían porque simplemente no podían.

Un grupo de chicos pasó por la sala hablando y gritando, soltaron sobre la abarrotada isla algunos envoltorios al igual que latas aplastadas. Al verlo contra la mesada se callaron unos segundos, para luego cruzar el umbral y estallar en risas.

Apretó la mano en un puño. Las uñas se le clavaron y dejaron marca. «Se rieron de mí. Los bastardos me vieron y se rieron.» Y todo por una simple compañía…

Refunfuñó agotado, dio bocado a algunas papas fritas dejadas sin ó más bebida blanca, que esa vez mezcló con algo de jugo de naranja; quería embriagarse hasta que no tuviera idea de quién era o qué decía.

Y todo por el qué dirán. Qué ridículo era.

En momentos como ese, donde su cabeza no sabía poner punto final a sus maquinaciones, solía dar rienda suelta a sus temores más profundos. ¿Y si la gente se había enterado de… eso? ¿Su pacto era vox populi?

Quizá el secreto se había esparcido por los pasillos, un chisme fácil de esparcir al igual que incontrolable. ¿Lo habría esparcido ella? ¿A lo mejor a una amiga de una amiga que no sabe callarse?

«No, Chelsea me juró y lo volvió a jurar que no se lo mencionó a nadie. Tengo que estar a salvo.»

Habían estado mucho más cerca entre ellos, quizá diese la impresión equivocada a un tercero. Una mirada indiscreta, un chiste privado que alguien más percibió. «Y a eso súmale lo de la fiesta de hoy.»

Al masticar los trocitos resquebrajados se mordió el labio. Lanzó sendos gruñidos mientras masajeaba la zona, molestó y con varios tragos encima; irritado y confundido.

No solo era la mirada ajena lo que lo desconcertaba, sino también la mirada propia respecto al tema.

El sexo sin compromisos había sido un buen plan. Desde que la conoció, Chelsea le pareció una muchacha agraciada y con buen sentido del humor: fue exactamente eso lo que lo empujó a compartir una amistad. Cuando le propuso acostarse fue porque creyó que la relación era lo suficientemente sólida para no resquebrajarse ante el peso del "amigos con derechos".

Sin embargo, se había equivocado de una forma tan garrafal que daba risa. ¿Qué podía esperar si pasaba tiempos de fin de semana con ella? No solo eso: un martes por aquí, un jueves por allá; un paseo por los sitios turísticos de DC para matar el tiempo.

Todo lo que podía salir mal, salió mal.

Ambos habían desarrollado algo más que simple camaradería, había abierto una puerta que ya no podía cerrar. Y lo peor era que lo sabía. Lo sintió después del paseo en el barco de su padre y luego de hacer el amor.

Él lo había planeado... y le encantó. Quería más. Necesitaba más. Pero también sabía que, si lo hacía, quedaría irremediablemente atado a lo que Chelsea representaba: la chica con mala fama, la huérfana que arrastraba consigo tragedias.

Se aferró fuerte a los bordes de la fría mesada, sus brazos temblaban y sus ojos se anegaban de lágrimas.

No estaba listo para enfrentar las consecuencias en el mundo real si decidía seguir lo que su corazón deseaba desesperadamente.

Tenía miedo, mucho miedo. Sabía que su relación estaba en un punto de no retorno, todo dependía de lo que hiciera a futuro.

«No quiero perderla. No me imagino una vida sin escuchar su risa, o sus chistes, o sus caricias.»

Dio un sorbo a su destornillador y encendió un cigarrillo. Dio dos pitadas rápidas en silencio, mientras la música fluía con la libertad que él parecía haber perdido.

Aparte de la confusión sentimental que lo abrumaba, estaba también el asunto con su padre, quien parecía presionarlo cada vez más cuando se trataba de Chelsea.

Douglas le expuso sus preocupaciones y recelos unos días antes del baile de graduación. Su madre, con sonrisa inocente, comentó durante la cena el hecho de que iría junto a Chelsea. En ese momento, los ojos de su padre se endurecieron; cuando habló, lo hizo en un tono bajo, casi frío, como quien emite una orden inapelable en el campo de batalla.

Para Douglas, Chelsea no era solo una mala elección por su pasado, sino una amenaza real a futuro. Era demasiado vocal, demasiado impredecible para la imagen sanitizada que debían proyectar. No entraba en las delimitaciones de una familia republicana.

—Las opiniones son peligrosas, Dennis — le había dicho—, y aún más cuando vienen de alguien con una vida tan desordenada. Si esto llega a la prensa amarilla, no solo pondrás en riesgo tu reputación, sino la de toda la familia. Y en nuestro mundo, el error de un hijo afecta a todos.

Fue el peor insulto que escuchó en mucho tiempo. La cena acabó en un incómodo silencio, del cual los hijos y la esposa escaparon cuanto antes.

«Para él todo se resume en números y encuestas. Nada es orgánico ni natural: todo es filtrado por su grupo de asesores y publicistas. ¿Cómo puede vivir así? Ni siquiera es real.»

Oyó vítores ante el cambio de canción. Al ritmo de Fetty Wap interpretando Trap Queen la velada había cambiado de energía.

Él también lo había hecho, y como respuesta resopló irritado: ya no tenía ni los deseos ni la energía de seguir festejando. Acabó su cigarrillo y lo metió dentro de una lata semi vacía; su apagado fue lo último que escuchó antes de ponerse en movimiento.

Llegó al arco que conectaba el pasillo hacia la cocina con la sala de estar. Un mar de rostros y risas se abrieron frente a él.

Miró en derredor a medida que avanzaba entre los cuerpos juveniles. Buscaba a su grupo de amigos de toda la vida, a la persona con la que había arribado. Era hora de irse y no volver más.

Algunas personas le sonrieron con cordialidad y otras simplemente lo miraron de soslayo. Se movió tranquilo, se deslizaba intrépido entre los adolescentes. Escondió la mirada frente a sus compañeros de equipo. La sola idea de aguantar sus comentarios o chascarrillos le revolvía el estómago. Un grupo de bailarines, gracias a sus brazos en alto, le mantuvieron cubierto de sus miradas y garantizaron su escape.

Arribó junto a círculo de amistades unos instantes después. Todos reían de algunos comentarios de Andrew, un chico alto y delgado de piel oscura y brillante, ojos redondos chispeantes y sonrisa alegre. En su mano tenía un vaso que levantaba para "brindar" con los demás.

Posó sus ojos sobre su acompañante: Chelsea estaba relajada, risueña y algo borracha. Se había quitado el ramillete de la muñeca para usarlo como decoración en el cabello. Meneaba los hombros con su mejor amiga de toda la vida, Delaney Templeton.

Fue ella, la muchacha de piel aceitunada y ojos café, quien lo vio acercarse. Lo recibió con un saludo y llamó la atención de la castaña. El rostro femenino se iluminó al verlo.

Sus orbes ambarinos echaban chispas de alegria y amor. Dennis sintió que le temblaban las piernas.

Algo dentro de él se rompió: fue allí en donde decidió su accionar, todo en pos de preservarla a ella y salvarse él. No podían seguir así, tenía que cortar el pasional contacto antes de que empeorara. Volver a ser meros amigos de toda una vida.

Era una conclusión lógica, pragmática, para todo el meollo entre ellos dos. Aquella decisión lo destruyó, consciente de que las consecuencias lo perseguirían toda la vida.

La música de fondo entonaba a Drake con su éxito Hotline Bling. Tragó saliva y sostuvo su mirada por lo que pareció una eternidad. Finalmente habló:

—Te llevo a casa, me voy.

—¿Pasó algo? —inquirió. Hizo ademán de tocar su mano, pero él discretamente la apartó—. Son las once menos veinte, la fiesta no termina hasta las dos.

—Lo sé, pero honestamente no tengo muchas ganas de quedarme. Coge tus cosas.

—¿Está todo bien? —intervino la muchacha, quien acomodaba un mechón de pelo negro tras su oreja—. Si quiere quedarse la podemos llevar nosotros. Ally trajo el coche de sus padres.

«No lo pongas más difícil de lo que ya es, Dela. No es el momento.»

—No, descuida —aceptó Chelsea—. No me importa mucho, mañana toca almuerzo con Emily y es mejor si me voy temprano.

Lo siguió de cerca en la rápida huida del lugar. Optaron por la puerta trasera, rodearon la casa y salieron a la silenciosa calle. La noche era templada, algunas nubes manchaban el negro cielo. No había luna y algunos grillos cantaban en la distancia.

Llegaron rápidamente al SUV del joven. Ella sostenía la falda del vestido para no enredarse con sus tacones, su diestra portaba un pequeño bolso de lentejuelas plateadas.

Ya en el silencioso coche, Dennis colocó las llaves en el contacto y sostuvo firme el volante. Debía concentrar la mente en devolverla sano y salvo, pese a que el mundo le bailara frente a sus ojos. La joven lo observaba atenta, inquisidora, sin emitir más que una suave respiración.

El fuerte perfume a lavanda fue suficiente para mantenerlo cuerdo. Arrancó y recorrieron la ciudad con la radio en volumen bajo.

—A ti te pasa algo —soltó repentina, en una intersección poco transitada—, y quiero saber qué es.

—Nada —replicó por lo bajo—, solo me duele la cabeza y bebí de más.

—No jodas. Tú bebes hasta desmayarte de ser necesario y nunca te cambia el humor.

—Me cayó mal la comida y el alcohol de segunda. Eso es todo. Necesito mi cama, analgésicos y mañana unos antiácidos.

—¿Estás muy seguro, Dex? —Por el rabillo del ojo, notó que su mirada estaba clavada en él—. Se me hace como que me mientes.

—Te juro que no. No pasa nada.

Ella se mordió las uñas, pulcramente arregladas en un color marfil.

—¿Te dijo algo alguien?

—No, quédate tranquila.

La joven se cruzó de brazos, tensa y obstinada. De las muchas cosas que le gustaban de Chelsea, esa no era una de ellas; querría llegar hasta el final de la cuestión a cómo diese lugar.

—La vena de tu frente está hinchada y tienes la boca tensa. Estás molesto, no soy estúpida.

—Ya te dije que no. —Continuaba con el mismo tono monótono; sus nudillos lentamente cambiaron de color—. Te dejo en casa y hablamos otro día.

La castaña movió sus labios, disgustada y nervios a flor de piel, mientras desviaba la vista hacia la ciudad.

«Mantente atento que todavía no llegas a casa. Vista fija en el camino y en los coches —pensó—. Está cabreada conmigo y la entiendo. Yo también lo estoy.»

Arribaron sin mayores problemas. Pese a haber detenido el coche, la joven no se movió ni un centímetro; Dennis rogó que la noche terminara de una vez.

—Fueron ellos, ¿verdad? —Un hilo de voz escapó de Chelsea—. Tus putos compañeros de equipo.

—¿De qué hablas?

—Tú lo sabes tan bien como yo, Dennis. No actúes como idiota.

—No inventes historias, Chels. Ve a casa, estoy cansado.

—¿Y si no quiero?

—Pues te quedarás sin nada, porque nada hay.

—Hoy estás hecho un maldito imbécil, ¿sabes? Disculpa por haberte aguado la puta fiesta con mi existencia, Dennis. —Abrió la puerta y descendió aireada—. Vete a la mierda. Llámame cuando necesites coger.

Chelsea echó a caminar furiosa hasta el camino de hormigón de su entrada. Verla así de furibunda, encorvada al igual que apurada, removió sus tripas. Cada paso que daba era un triste recordatorio de la situación que él creó, víctima de su propio pavor al escarnio.

Se lo debía. Después de todo ella era la persona inocente en una situación desagradable. El nudo en su estómago crecía y lo dejaba lentamente sin aire, alimentado por la certeza de que estaba eligiendo el camino fácil para él, aunque el más cruel para ella.

Frustrado, no aguantó y golpeó el volante. «¡Idiota, eres un idiota! —se maldijo—. ¡Ve tras ella!» Arañó sus mejillas y salió del coche, corrió para alcanzarla. Llamó su nombre mientras ella introducía la llave en la abertura negra, bajo la luz del farol tipo antiguo de la entrada.

—Chelsea, por favor —dijo al aproximarse, en ese momento ella logró abrir—. Siento todo esto, no es mi intención.

La aludida se tambaleó unos segundos. Se sujetó del marco de metal, ojos enrojecidos.

Estaba por echarse a llorar. Por un segundo todas sus reticencias se aflojaron, quería estrecharla contra sí y calmarla. Sentir el perfume de su cabello, la fragancia en su cuello mientras le susurraba que todo pasaría.

Logró recomponer su determinación a duras penas. No podía flaquear ni dudar un segundo más o todo su plan se iría al garete.

—¿Qué no te ibas? —escupió la joven—. No pienso dejarte entrar.

—Escucha, no tiene porqué terminar la noche así…

—Si, sí que tiene.

—Anda, C. Dame un minuto para explicarte y explicarme.

Ella soltó una risita sarcástica.

—Descuida, ya me figuro más o menos lo que sucede.

—Chelsea…

—¿Cuánto apostaron? ¿Eh? —El rímel corría por sus mejillas—. ¿Cuánta pasta te pusieron adelante para que me llevaras al baile? ¿Se rieron por mi ilusión? ¿A cuántas chicas más le hacen mierda el corazón?

Vaciló, completamente confundido.

—¿De qué hablas? ¿Apostar?

—No te hagas el desentendido, imbécil. Es obvio.

La chica se enjuagó las lágrimas con el dorso izquierdo, ojos y mejillas enrojecidas. La mirada destilaba desprecio, enojo y decepción.

El corazón de Dennis se estrujó y comenzó a faltarle el aire.

—Chels: yo no aposté nada. Nadie lo hizo. Es solo que…

—¿Te avergüenzas de mí? —Le clavó la mirada—. ¿Te hice quedar en ridículo frente a toda la promoción?

—No, C. Es solo que…

Chelsea sorbió por la nariz. Estrujaba los costados de su vestido al punto en que se soltaron algunas florecillas del encaje.

—Habla claro, Dennis. Dilo de una vez.

—Llegamos muy lejos, C. Eso es todo.

Su respuesta fue como un puñetazo. Chelsea se llevó una mano al pecho, hacia un collar que le regaló por su cumpleaños pasado; sostuvo el delicado dije de oro en forma de corazón.

—¿De qué hablas?

—De esto, de nosotros. — Dennis tragó saliva—. Nos dejamos llevar, Chels, y dimos una imagen que no es la correcta. Tú sabes de lo que hablo.

—No, Dennis, no lo sé. Solo sé una sola cosa. — Se enderezó, estoica y firme—. Te amo, Dennis. Eso es lo que sé, y que me trates así me destroza el alma.

«Oh, no. Chels, no me digas una cosa así.»

Un minuto de incómodo silencio se instauró entre ellos. A la distancia ocurrió la frenada de algún automóvil. Insectos del jardín llenaron la pausa con su inquietante canto.

—Chels, no lo hagas más complicado.

—Si, Dennis. Es la verdad. Yo al menos si puedo decirla en voz alta, y me importa poco lo que piense el resto. Te amo, ¿por qué tiene que ser algo malo?

Frotó su rostro, exasperado. Se había mudo, atontado en su sitio y la guardia por el suelo. ¿Cómo habían llegado a eso? ¿Por qué habían llegado a esa situación?

¿Cómo rechazar semejante tentación? ¿Cómo no confesarle que él también tenía sentimientos similares? ¿Cómo explicarle la delicada situación entre su familia y lo que sus amigos decían de ella?

Removió el cuello de su camisa. El aire era denso y opresivo, le costaba seguir respirando. Se mordió el labio inferior, presa de la ira contra sí mismo ante lo que dictaminaría:

—Chelsea, no puede ser. Lo nuestro no funcionará.

—No lo sabes. No tienes ni puta idea porque no lo intentas. —Sus manos temblaban, la voz era nasal y los ojos transparentes—. ¿Qué hay de malo de qué ocurra algo entre nosotros? ¿Por qué no podemos ir por más? Yo te amo, Dennis, y porque te amo estoy dispuesta a intentarlo.

El rubio quería echarse a llorar tanto por la embriaguez como por sus sentimientos. Exhaló, el nudo en la garganta lo dominaba y la presión del pecho lo asustaba.

A cada segundo se desmoronaba su fachada, ni siquiera las amenazas de su padre podía ayudarlo a mantenerse firme. ¿Había algo más doloroso que querer, pero no poder? ¿Anhelar, pero peligrar al mismo tiempo?

Se consoló pensando que era su deber, era menester ponerle fin a sus encuentros y su relación tan tumultuosa. Pasaría el resto de su vida odiándose por lo que iba a decir:

—No, C. Simplemente no se puede. Habíamos jurado nunca terminar así, ¿lo recuerdas?

Chelsea bajó la mirada, apenada al igual que avergonzada.

—Lamento haber roto la promesa, pero el corazón quiere lo que quiere.

Dennis se pasó una mano por el sedoso cabello, frustrado.

—Esto no es solo entre tú y yo, C. La gente y mi familia lo entiende. Las expectativas, la presión... —Tomó aire antes de continuar—. Simplemente lo nuestro no tiene futuro. No podemos funcionar juntos. Somos demasiado el uno para el otro, y tú te mereces a alguien mucho mejor que yo.

«Porque yo no puedo ayudarte o darte lo que te mereces. No soy lo suficientemente fuerte para ti.»

Chelsea temblaba como una hoja a la luz del farol. La tensión entre ellos se había roto finalmente, pudo ver en ojos como había roto su corazón.

El muchacho tragó sus lágrimas al igual que su orgullo, se mordía los labios mientras estrujaba los dedos. Estaba apenado y asqueado por la situación, se odiaba a sí mismo.

—Lo siento, Chels. No quería ni quiero darte falsas esperanzas, no soy lo que buscas. Tampoco puedo protegerte de lo que se viene en mi vida. Entiéndeme, por favor.

Ella se recostó suavemente contra la hoja de la puerta, rendida ante su congoja. Cerró momentáneamente los ojos e inspiró profundo.

—De acuerdo, Dennis. Lo comprendo alto y claro. —Su voz era un hilillo, tuvo que agudizar los oídos para oírla—. ¿Al menos seguimos como amigos? ¿O ya ni eso?

—¡Por supuesto! —la tranquilizó—. Eso jamás cambiará. Eres muy importante para mí, y nuestra amistad es lo último que quiero perder.

La castaña asintió, ida en su propio océano de pensamientos. No lo veía a los ojos, ni siquiera dirigía su rostro hacia él. Aquello le dolió tanto o más que mil puñaladas.

Chelsea suspiró exhausta. Derrotada y afligida, correspondió su mirada una vez más.

—Es una lástima, Dex. Yo te habría entregado todo mi mundo de ser posible. —Se enderezó y sostuvo el picaporte—. Hablaremos en otro momento. Ve con cuidado a casa, por favor. Bebimos mucho.

Una vez expresado el sentimiento, cerró con suavidad.

Dennis se quedó de pie por unos instantes, los oídos le zumbaban y el corazón le latía desbocado. El frío sudor caía por su espalda, le latían las sienes y quemaban las mejillas.

La calma nocturna contrarrestaba contra el huracán de su interior interior. El aire estaba teñido por los primeros trazos de primavera, dulces notas florales llegaban a su nariz. La sirena de una ambulancia se activó a la distancia.

Había sido lo justo y necesario, se repitió, todo con tal de preservarla… y preservarse. Cuantas más veces se lo dijera, más rápido se lo creería. O eso esperaba.

No obstante, sabía perfectamente bien que había quemado todos los puentes hacia su felicidad. Todo por los demás. Todo por la seguridad familiar y económica. Se sentía como un auténtico canalla.

Mordió sus labios al tiempo en que giraba sobre sus talones y lentamente emprendía la marcha hacia la camioneta.

En el interior se echó a llorar como un niño pequeño, y el viaje hasta su hogar fue una auténtica pesadilla. Repetía una y otra vez las palabras de su amiga, se mordía las uñas como un poseso hasta el punto de hacerse daño.

Al parar el motor se secó el rostro y enderezó el porte. En el espejo retrovisor vio a un impostor que acomodaba el cabello.

«Un auténtico mentiroso, a lo mejor tengo lugar en la política.» Suspiró, exhausto. Lo hecho, hecho estaba.