"Roomies"
Por:
Kay CherryBlossom
(POV Serena)
39. Sospechas
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"¿Dónde te has metido?" Es la pregunta que va y viene en mi cabeza como un boomerang.
Mientras me debato entre hacer o no la llamada a Minako, busco posibles explicaciones para su ausencia a esta hora de la mañana. Posiblemente estuvo bomba la despedida de Andrew. Posiblemente se le pasaron las copas. Posiblemente… estaba tan borracho que tuvo que quedarse en su casa, o en la de Zafiro. Aunque eso no explicaría que no me coja el teléfono, cosa que, por cierto, nunca hace. Siempre he recibido una respuesta, quizá tardía o parca pero nunca me deja colgada. Para eso, hay otras posibles explicaciones. Unas inofensivas, unas muy normales, unas absurdas y otras completamente espeluznantes. Posible. Qué palabra tan desesperante.
Coloco el filtro en la cafetera, lo relleno, y empiezo a descartar teorías. Mi humor va y viene igual que mis ideas, sintiéndome ridícula, preocupada y enojada al mismo tiempo. ¿Quién se cree que es, para simplemente largarse a desaparecer por tantas horas?
El primer trago me quema la lengua, cosa que me enfada todavía más y me pongo a toser. No quiero que Minako y Yaten me juzguen por obsesionarme con el paradero de mi novio, que crean que soy una histérica, pero me conozco; y sé que una vez que surge en mí la duda, es imposible que cualquier cosa la mate, excepto la verdad. Si se hubiera metido en un lío su hermano lo sabría, y me lo va a decir, le guste o no.
Se me olvida lo temprano que es cuando oigo la voz adormilada y enfadada de Minako. Primero se percibe indiferente ante mis cuestionamientos, incluso se burla un poco, y me dice que, si Seiya anda en malos pasos, aquello no sería nada nuevo. Algo irritada, le insisto con seriedad en que Seiya ya no tiene este tipo de patrones irresponsables y egoístas, y no le queda de otra que despertar a Yaten. Él no dice más (entre algunos improperios) que no ha sabido nada de él desde Año Nuevo. Entonces Minako se disculpa por ambos, y me ruega que me apacigüe, porque ellos volverán a dormir y yo debería hacer lo mismo. Me dice que las paranoias son malas consejeras y me asegura que ya aparecerá, tarde que temprano, con mayor mal que una resaca de los mil demonios. Sus palabras no me satisfacen en absoluto como otras veces. Debería empezar a hacer el desayuno, pues seguro estará famélico para cuando vuelva. Porque volverá para entonces, ¿verdad? ¿O es que piensa dejarme como idiota aquí esperándolo, toda la tarde del domingo?
Con el tostador trabajando, mis conjeturas también.
Ningún bar o club está ya abierto, de modo que no anda en la calle, ni tampoco se ha llevado el coche.
Si estuviera en la cárcel por peleonero ya lo sabría, porque no tendría dinero para la fianza.
Si estuviera muerto o medio muerto, también ya lo sabría. Los hospitales son muy eficientes en eso de informar a los familiares y Yaten estaba durmiendo a pata suelta.
De modo que eso me reduce el problema a dos opciones: O está en casa de Zafiro, aun, ebrio como una cuba… o pasó la noche en algún otro sitio.
En algún otro sitio solo, me cuesta creerlo. ¿Con qué objeto no dormiría en su cama?
Entonces, con alguien más.
Alguien del sexo opuesto.
Como en… ¿un motel?
No, eso no.
La sangre me hierve, pero me contengo. Me voy a volver loca si sigo maquinando, así que me dispongo a actuar.
No tengo el número de Zafiro, pero puedo buscar a Lita y ella le preguntaría a Andrew. Nuevamente sería humillante, aún más que con Mina, pero si Andrew es parte de los sonsacadores, tengo derecho a encararlo también. ¡Se supone que es el más sensato y listo de los tres!
Mi dedo tembloroso roza la tecla verde, justo cuando la chapa de la puerta comienza a moverse. Mi corazón se detiene en seco al mismo tiempo que detengo mi decisión, y aparto el teléfono de mi vista.
Seiya entra tambaleándose, azota la puerta sin cerrarla con llave y cuando se gira hacia mi dirección, pega un brinco.
—¡Mierda! —jadea, como si hubiera visto al diablo en persona.
Y como me siento como tal, así que le grito:
—¿¡Dónde estabas?! —Su rostro se contrae.
—No me chilles, carajo… —se queja, avanzando como puede hacia el dormitorio —. Buenos días para ti también.
La mandíbula se me cae al suelo, y lo persigo a zancadas.
—¿En serio? "¿Buenos días?" —le vuelvo a gritar, dándole rienda suelta a mi cabreo—¿Me tomas por estúpida?
Él me ignora, y empieza a sacarse la chaqueta y desamarrarse las botas, todo esto con mucha dificultad.
—Puedeee. ¿Por qué haces preguntas taaan estúpidas? —dice arrastrando las palabras, enfocado según él, en el nudo de las agujetas. Arroja una bota descuidadamente, sin molestarse en guardarla en el armario. Lo mismo hace con la chaqueta arrugada.
Bufo, la recojo y se la lanzo a la cama.
—¿Estás borracho?
Lo veo con ojos de serpiente, pero él se ríe. ¡Se ríe de mí!
—No, mamá, cómo crees…
Sus ojos rojos y su sonrisa chueca estropean sus atractivas facciones. Lo había visto con algunas copas encima, pero nunca así. Ni siquiera puede articular bien las palabras, y se ve que no me enfoca con claridad.
—Esto es el colmo, Seiya. ¿Sabes lo preocupada que estaba? ¿Por qué no me has contestado los mensajes y las llamadas? ¿Y encima tienes las pelotas de burlarte de mí?
Él se deja caer en la cama boca arriba, tapándose la cara con un brazo.
—Qué parte que dejes de gritarme no entiendes. Me duele la cabeza y tu voz de ardilla me está perforando los oídos.
Me muerdo los labios y cierro los ojos. Tengo ganas de agarrarlo a palos, de veras que sí, pero también sé que no es él mismo. Por lo menos llegó, y está de una pieza. Aun así, estoy muy enojada con él. Me vuelvo a acordar de mis pasos para el manejo de la ira, medio inútilmente, pero me modero un poco.
—No voy a gritarte si me dices por qué no me avisaste o algo…
—Yo nunca dije que llegaría temprano —me interrumpe, con su voz rasgada y balbuceante.
Siempre tiende a salirse por la tangente, eso ya me lo esperaba.
—No, pero se supone que…
Pero hace algo que no me espero. Se incorpora, apoyándose en los codos, y me fulmina con sus ojos azules inyectados en sangre:
—No Serena, no se supone que haga nada. No tengo por qué darte santo y seña de todo lo que hago. Sabías donde iba, y sabías a lo que iba. ¿No has hecho tú lo mismo? ¿No llegaste de aquel club en medio de la madrugada? ¿Y qué hice yo? ¡Te compré ramen, te dejé dormir hasta tarde y te mimé todo el día! ¡No te estuve jodiendo como una puta loca controladora! ¡Ven a la cama, o lárgate y déjame en paz! —explota, poniéndose de pie hacia el baño.
Choca con el marco de la puerta, y se da un buen golpazo en el hombro. Yo le sigo con una mirada resentida solamente. No sólo no soy Bombón, soy Serena. Soy una puta loca controladora que, para rematar, se cree su madre.
Cabrón desconsiderado.
Cuando sale y lo veo batallar para sacarse la camiseta, le recrimino:
—No es lo mismo, Seiya. No podía localizarte, y pudo haberte pasado algo malo.
—¿Cómo qué? No llevaba el coche, y mi batería murió. No hay más drama qué explicar.
—¿Vienes de casa de Zafiro?
Se lleva la mano a la frente. Seguro que todo le da vueltas, o porque trata de recordar.
O de inventarse algo, me susurra el diablo en mi hombro izquierdo. El angelito, por su lado derecho, me ruega que tenga misericordia de él. Sólo es tonto y se le pasó la mano con el trago, me consuela.
—Entonces, ¿dónde dormiste? —le repito la pregunta. Parece bloqueado.
—No —responde. Luego me mira contrariado —. Quiero decir… sí.
—¿Sí o no? —le presiono.
—Sí… con Zafiro.
—¿Y por qué has dicho que no?
Vuelve a esquivar mis ojos, tragando saliva, y creo que va a vomitar en cualquier momento. Si lo hace, juro que soy capaz de obligarlo a limpiar ahora mismo con un látigo.
—Porque… porque no es suya, es casa de Diamante. ¿O no? Además, no dormí.
—¿Y qué hacías entonces?
—¿Es broma? —me pregunta con sarcasmo —. ¿Qué hacías tú en el club? ¿Rezar la novena?
Bufo poniéndome las manos en la cadera.
—No es gracioso, Seiya. Estás hecho un desastre. Yo jamás me permitiría beber así. ¿Cómo es que no estás inconsciente? Peor, ¿no crees que ya estás mayorcito, para dar estos papelones?
—No los veas entonces. Ahí está la puerta —me espeta con un ademán de la cabeza. Luego vuelve a forcejear, con esta vez con su cinturón.
Pongo los ojos en blanco. Sé que mañana se arrepentirá de estarme diciendo estas majaderías. Una parte de mí admite que no tengo que reprocharle, tiene derecho a salir con sus amigos, más en un evento especial. Sólo me gustaría que tuviera la decencia de tomarme en cuenta, de no actuar como un universitario descarriado y… ¿soltero? No sé, yo estuve siempre pensando en él en el club, recuerdo que quería que me llamara, o que fuera por mí, incluso que se encelara un poquito de quién estaría rondándome para bailar o invitarme un trago. Él no. Sólo quiere que lo deje en paz, sea la situación que sea, como si yo no figurara en su mapa. Supongo que la culpa es mía, por esperar que él actúe como yo lo hago. Eso me entristece, pero no tengo muchos argumentos racionales a favor a ello. Siempre ha sido así.
A regañadientes, suspiro. No importa que sea un imbécil en estos momentos, lo quiero y me quiere. El alcohol le está nublando el juicio y la educación. Y me necesita, porque como todo borracho, es un completo inútil.
Así que me siento junto a él, le desabrocho los botones de una manera que no pinta a ser nada sexy. También le obligo a levantar los brazos para sacarle la camiseta que llevaba debajo de la camisa formal. Luego lo tumbo, casi con violencia poco disimulada, para desabrocharle el cinturón. No pone ninguna resistencia.
—Ooouch, qué agresiva —gimotea.
—Cállate.
Apesta a un montón de sustancias etílicas fuertes, y me causa repulsión. Ningún aroma en mi Seiya nunca me causaría esto. Hago un mohín, y por sorpresa, él lo nota.
—¿Me odias? —dice con voz triste.
—En estos momentos, sí. Un poco.
—Me odiarás mañana también.
Una expresión angustiada le cruza la cara. Hace que la sangre se me enfríe, y me sienta un poco mal por él. Bueno, reconozco que prefiero al Seiya miserable sobre el Seiya patán.
—No lo creo. No tanto, al menos. Si te disculpas. Vamos, Seiya, ayúdame un poco o tendrás que dormir así —le instigo a que coopere, empujándolo, para sacarle los pantalones, pero él me aparta con extrema incompetencia.
—No me toques. Por favor… soy un asco.
—Lo eres —le pincho, sin poderlo evitar.
—Quiero ir a la ducha —me pide.
—¿Para qué? Dudo que puedas mantenerte en pie. Capaz que te ahogas —le digo, intentando bromear.
No se ríe.
—Quiero quitarme este asqueroso olor… huelo… no sé, a cigarro —farfulla, y se deja caer otra vez en el colchón como un peso muerto.
—¿Desde cuándo fumas tú?
—Yo no fumo… ay, todo me da vueltas —se queja tapándose la cara. Siento una punzada de satisfacción, pero no lo reprendo esta vez. Sólo sigo a la tarea de desnudarlo, y mostrarle un poco de misericordia, aunque no se lo merezca.
Es muy raro verlo torpe y dependiente. Él siempre tiene todo al mando. Su incapacidad me hace sentir poderosa, y bueno, también algo incómoda. No es precisamente mi fantasía lidiar con él en este estado y me preocupa lo que me dijo Minako, que esto no es nada nuevo. Quizá estando conmigo, sólo estaba conteniéndose.
Cuando consigo deshacerme de toda su ropa, menos el bóxer, es otro relajo ponerle la camiseta limpia y el pantalón de chándal con el que suele dormir en invierno. Y luego, cubrirlo con las mantas ya destendidas. Por fortuna, además de la docilidad, ha cerrado el pico. De hecho, lo noto ahora completamente abatido y desconectado. Debe estarle cobrando factura la borrachera de casi diez horas. ¡Menudo aguante!
Le dejo un vaso con agua en la mesita del velador, para que la tenga a su alcance. También le obligo a que se acueste de lado. Seguro que en nada se pondrá a roncar, típico de los borrachos. ¡Puaj!
Recojo la ropa sucia, y las botas las lanzo al fondo de nuestro closet compartido.
—¿Bombón? —me llama con los ojos ya cerrados, cuando estoy por atravesar la puerta.
—¿Qué? —increpo de mala gana.
—Siento haberlo arruinado…
Pongo los ojos en blanco otra vez.
—¿Arruinar qué?
—Todo… siempre hago todo mal.
—Duérmete. No sabes ni qué dices —rezongo. Ya sé que está delirando con sus etapas oscuras y siente una culpa colosal por comportarse así, pues le recuerda a lo decepcionados que estarían sus padres y el idiota que los mató estando como una cuba. Si se hubiera llevado el coche, hubiera conducido en ese estado y Yaten lo supiera, ya le estaría dando una paliza.
Pero no soy él, soy la otra idiota que lo ama incondicionalmente y le perdona todo. O bueno, casi todo… porque espero que no vuelva a repetirse este numerito. Podría hacérsele costumbre y sería inaceptable.
Le miro antes de cerrar la puerta. Incluso en ese deplorable estado luce guapo, aunque su expresión sigue siendo atormentada, y mi corazón se ablanda sin poderlo controlar. ¿Cómo cree que pretendo yo controlarlo? Si es él, quien desgraciadamente controla tantos aspectos en mi vida.
Echo la ropa a lavar, junto con la que se ha acumulado del resto de la semana. Me llevo la chaqueta de cuero a la cara, y me aparto con desagrado. Una mezcla desagradable de aromas desprende sus ropas, sí, pero no es tabaco. Conozco bien el olor, pues mi padre intentó dejarlo por años hasta que mi madre prácticamente lo obligó. Ni siquiera intento pensar en la clase de chiquero en el que se habrán metido a "festejar". Siempre supe que no era buena idea, pero qué podía yo hacer. Ni modo que le ponga grilletes.
Mientras Seiya entra en coma abducido, yo arreglo la casa y hago algunos mandados. Después de horas y horas, Seiya retorna al mundo de los vivos. Se ha duchado, pero trae unas ojeras profundas y una pinta similar de fea que cuando llegó.
Levanto los ojos de mi libro sólo un instante.
—¿Lavaste mi ropa? —me pregunta con precaución. Yo hago un morrito con los labios y regreso a las líneas. Vaya manera de saludar.
—Era eso o quemarla, pues sí.
—Gracias.
Arqueo las cejas con vehemencia y vuelvo a concentrarme en mi libro. Seiya va a la cocina, y casi adivino que está saqueando el cajón de los medicamentos, buscando un analgésico. Cuando regresa, oigo que me pregunta en tono sumiso:
—¿Preparo la cena?
—He ordenado comida china, está ahí —le señalo la barra, donde están los paquetes y las bolsas.
Parece perdido en otro mundo. Como si se le hubiera olvidado en qué día vive o donde están los utensilios. De reojo, veo que se frota la frente con cansancio. Debe tener una jaqueca insoportable. Secretamente sonrío, me parece un justo castigo.
—Ah. Vale… gracias —repite, y se va a servir un plato de fideos. Muchos agradecimientos y pocas explicaciones, así que cuando termina, le suelto desde mi sitio:
—¿Te sientes mejor?
—Ajá.
—Entonces, ya puedes darme al menos una excusa para justificar tu comportamiento, ¿no?
Él me mira extrañado.
—¿Mi comportamiento?
—Pues luego de desaparecer diez horas llegaste hasta las trancas tambaleándote. Me gritoneaste, me llamaste puta loca y luego me dijiste que lo habías arruinado todo y te iba a odiar. ¿Alguna idea?
Casi parece encogerse dentro de su sudadera de capucha. Parece nervioso, preocupado y… ¿asustado?
—¿Yo dije eso? —musita. Yo meneo la cabeza, y cierro mi libro con algo de dramatismo.
—Vaya… no lo recuerdas.
—No. Bombón, lo siento muchísimo — se acerca hasta donde estoy, sentada en el sofá grande con las piernas estiradas. Las hace a un lado para sentarse él —. Debo haber estado muy borracho, yo jamás te…yo no…
Como que se le van las palabras, así que me apiado un poco.
—Ya sé —le corto—. Aun así, dolió.
Asiente. Me agarra con su mano la rodilla. Mi cuerpo detecta el conocido choque eléctrico con su contacto.
—Perdóname. Soy un imbécil.
—Sí.
Seiya se pasa la mano por el pelo húmedo. Ahora huele a champú y a él, y automáticamente, mi estúpido y terco corazón va a empezar a creerle otra vez, y a confiar en cualquier cosa que pueda decirme. Cosa que auguro, está por ocurrir.
—Teníamos mucho de no salir los tres, juntos. Recordamos viejos tiempos. Fuimos a un bar, y luego jugamos póker en casa de Zafiro. Nos amaneció. Supongo que nos dejamos llevar. Siento no haberte llamado, mi teléf…
Me cruzo de brazos obstinadamente.
—Sólo dilo. Que no pensaste en toda la noche en mí en absoluto, y ya está. No importa —me encojo de hombros, aunque sí me importe.
—No pensé en llamarte, pero sí pensé en ti. Muchísimo —dice con un hilo de voz.
Me echo hacia atrás, descolocada.
—Ah, ¿sí?
—Claro, y si de algo vale… me arrepiento de haber ido sin ti. Créeme.
—Era una despedida de soltero —apunto lo obvio, mirando las pelusas de mis mallas de lana.
—Aun así —dice en un tono extraño y vago.
Alzo la mirada, recordando cuando recogí el tiradero.
—Por cierto, no encontré tu bufanda.
—¿Bufanda? —parpadea.
Su confusión me mosquea.
—¿La bufanda roja que te regalé en Navidad? La llevabas ayer, y no la traías hoy.
Él parece conectar los cables, y entonces se pone de pie repentinamente, dándome la espalda.
—La olvidé en casa de Zafiro. Se la pediré.
Sigo sus movimientos. Él deja su plato en la tarja, y termina su gaseosa, para luego echarla al pote de basura. Por mi parte, sigo rumiando algo, pero no termino de llegar a ninguna conclusión precisa, así que desisto.
Me levanto también, y voy por un vaso de agua.
—¿Seiya? —le llamo la atención —. No quiero pelear, quiero irme a la cama a leer. Pero no me hizo ninguna gracia lo que pasó. No vuelvas a hacerlo, por favor. Pensé que te había ocurrido algo malo. Sólo eso. Nunca ha sido mi intención fastidiarte.
Él asiente, pero esquiva mis ojos cuando susurra:
—Lo sé, Bombón. Lo lamento.
Voy a darme la vuelta sin más, pero mi parte débil gana. El alivio recorre su rostro cuando le brindo una diminuta sonrisa, y le permito que me bese en los labios para darle las buenas noches, aunque no sé, a mí no me sabe tan bien como en otras ocasiones.
Al día siguiente, aunque hubiera querido dejar ir mi aparente pequeño problema doméstico, cómo no, no lo dejo ir.
—¿Disculpa? —me salgo del trance, cuando Unazuky prácticamente me grita. Estamos sentadas en mi escritorio, repasando los pendientes que tenemos con Setsuna. No estoy rindiendo en absoluto en mi productividad.
—Estás en otra galaxia, en serio… ¿qué te pasa hoy? —pregunta, mordisqueando su bolígrafo.
No quiero que me diga lo mismo que Minako cuando le avisé que Seiya había aparecido, machacado, pero vivo. Le conté lo enfadada que estaba con él, pero me aconsejó que primero me enfriara, después que no me tomara en serio la broma que me había hecho. Sutilmente, me mencionó si yo le había contado mi asunto con Rubeus. Pues no.
Tiene razón, no estoy siendo totalmente justa, y lo reconozco.
Pero la verdad es que ella no ha pasado por lo mismo que yo en mis relaciones. No entiende lo que es estar con alguien tan voluble, inestable y explosivo. No es que yo quiera que sea el novio modelo, ya lo he dicho, pero me gustaría no sentirme constantemente atrapada en este tipo de dilemas y sospechas, sobre si estoy exagerando una situación o, por el contrario, al dudar, sólo estoy siendo lo más precavida posible.
Y es que ése es el meollo: ¿De qué debería estarme previniendo?
—Ya suéltalo, mujer. Te vas a volver loca si sigues cavilando —me dice Una, dejando la Tablet a un lado. Creo que me conoce mejor de lo que pensé.
La observo con reservas. Una es de fiar, pero no somos tan íntimas como para compartir mis inseguridades de pareja. Elijo darle una versión más liviana de la real. Le pregunto casualmente si sabe dónde fueron los chicos el sábado, pues a Seiya se le pasaron demasiado las cucharadas y encima perdió la bufanda que le di, cosa que me lastimó un poco.
Me da prácticamente la misma versión. Se fueron a un bar, luego a otro después, y terminaron en casa de Zafiro, jugando y apostando hasta que se les acabó el dinero. Aunque a ella no puede constarle eso, pues no vive con él, pero sí se comunicó con ella, contrario al desconsiderado de Kou.
—Supongo que es como él dice, se les fue el tiempo —concluyo.
—Aunque… —añade, tras cavilar un poco —. Para Andrew no, él se marchó temprano.
—Ah, ¿sí? —me pica ese detalle —. O sea, ¿no estuvieron juntos todo el tiempo?
—No. Fui al café de Lita esta mañana, muy temprano, ya sabes que los lunes dan la promoción esa del café con el panecillo, que son deliciosos, por cierto…
Con un ademán la apuro, esperando no ser tan maleducada.
—Sí, sí, capto. Pero, ¿qué te ha dicho ella?
Frunce sus cejas cobrizas con semblante indefinido.
—No mucho. Sólo que estuvieron atendiendo como locos el pedido de este lunes, y agradecía que Andrew no se hubiera trasnochado. Así que no pudo seguirles el ritmo a los otros dos cabrones, ¿no?
Me recargo lentamente en mi respaldo, pensativa y en silencio.
—Exactamente, ¿qué estás sospechando? —me pregunta Unazuky enseguida, con nervios —. ¿Crees que hayan ido a un club de fulanas o algo así?
—No creo que caigan en esas guarradas, Una.
—Quién sabe, ya con las copas… —refunfuña, irritada. Genial, ahora he sembrado el parásito de la sospecha en ella también. Al menos no soy la única.
Por ahora, me propongo que ya no me va a afectar. Lo que no se puede probar no existe, y Seiya parecía genuinamente arrepentido de no tomarme mucho en cuenta para su noche alocada. Además, no puedo evitar ignorar lo último que me dijo Mina. ¿Puedo ser capaz de desconfiar de él, cuando yo no confié en él con lo de Rubeus? No voy a calificar su comportamiento como negativo o positivo, sólo más comprensivo. Más humano.
En ese momento, un mensajero golpea a la puerta. Una recibe el paquete y firma. Es para mí. Cuando lo veo, no puedo evitar sonreír con asombro. Es una caja grande del Krispy Kream con seis piezas. Cuando la abro, me llega el delicioso aroma a panadería y chocolate. Mis favoritas.
Con la letra que reconozco de inmediato, trazada con plumón negro en el reverso de la tapa dice:
—"ME PER…" —recito, sin comprender. La miro a ella, expectante —¿Qué quiere decir Me per?
Una se ataca de la risa.
—Son donas, tonta. ¡Donas! "¿Me per-donas?" —Me explica señalando con el dedo índice, toda maravillada —. ¡Guau, qué mono y original!
Sonrío de oreja a oreja, y me ruborizo como una adolescente. Jamás me imaginaría que Seiya pudiera ocurrírsele este tipo de cosillas cursis, y me pilla al instante. Vamos, ni siquiera me acuerdo del desmadre que me armó.
—¿Qué esperas, boba? ¡Mándale un mensaje!
—¿Se te permite hablarle así a tu jefa? —le replico, aunque aún voy sonriendo, cuando se dirige rumbo a la puerta para que vayamos juntas a almorzar —¡Tú invitas!
—Ñeee, ¿otra vez?
—Sí, a ver si así aprendes a respetar.
El elevador se abre y nos adentramos en él, mientras yo humillo un poco a mi adulta interior escribiéndole a Seiya:
Te perdono ¿AMOR-didas?
Antes de que me arrepienta, pulso la tecla de enviar y echo el móvil al bolso conteniendo el aliento como Julieta en el balcón.
Vamos a un local pequeño, con barras de ensaladas y sándwiches que está a la vuelta de la esquina. El lugar, lógicamente, está lleno de mis colegas de la editorial. Unazuky y yo ojeamos el menú, inconvenientemente saludable, mientras hacemos cola.
—¿Qué? —le pregunto, cuando la noto echando miraditas hacia atrás. Está saludando a alguien con la mano. Por curiosidad me giro también, encontrándome con Taiki y otro chico que no conozco. Cuando hacemos contacto visual me saluda con la cabeza, y yo le dedico una sonrisa medio aturdida antes de volverme.
—Qué alto y guapo que es, ¿verdad? —cotillea Una secreteando. Yo me encojo de hombros.
—Si tú lo dices…
Y avanzamos. Una pide lo suyo, y yo estoy dándole golpecitos al vidrio, mirando aquellos espárragos con muy mala pinta, cuando mi celular vuelve a sonar. Esta vez es llamada, no un mensaje.
Mi sonrisa resplandeciente aparece mágicamente, y me salgo de la fila para poder atender.
—¡Me encantó mi regalo! ¡Graciasaaas! —canturreo toda melosa.
La voz del otro lado no me endulza los oídos como siempre.
—¿Seiya? ¿Estás ahí? —Frunzo el ceño.
—Señorita Tsukino… soy el agente Kiroshi. Trabajo para la NPA.
Me quedo impávida. Miro nuevamente la pantalla y corroboro que, en un arranque de impulsividad, no he verificado quién me llamaba.
—¿De dónde, dice? —pregunto frunciendo el entrecejo. Lo que menos necesito en mi hora de almuerzo estando con trabajo hasta el cuello, es un empleado queriéndome vender un seguro de gastos médicos. Sería el tercero de este mes.
—NPA. Del departamento de investigaciones de la central de Asuntos Penales de la agencia de Policía. Conoció a mi jefe, el encargado de llevar el caso de Tanaka Shiho. Lo hemos detenido esta mañana, y me comunico por…
Algo amargo y ardiente me sube por la garganta, como si fuera licor. Supongo que será bilis. Me empiezo a marear, y tengo que sostenerme de la mesita más cercana para no derrumbarme hasta el suelo. Los oídos me pitan, los brazos me hormiguean y mi corazón late tan rápido, que creo que me va a dar un ataque.
Tal vez sí me esté dando un ataque, y nadie se da cuenta.
Me permito sentarme en una silla, pues las piernas se me han doblado solas. Sigo con los ojos apretados, dejando al tipo en la línea hablando solo.
—Serena, ¿quieres agua o un refresco…? ¿Serena? ¡Serena! Madre mía. ¿Estás bien? ¿Se te ha bajado el azúcar o algo? No creo, te has comido una dona completa. En todo caso se te habrá subido… Dios, ¡qué estoy diciendo! ¿Estás bien? Mujer, respira o tendré que llamar a emergencias o algo…
La miro a los ojos y puedo enfocar su preocupado rostro pecoso, a un palmo de distancia del mío. Trago saliva, que casi no me pasa por la garganta seca. Pongo la cabeza entre las rodillas y recuerdo (con mucha dificultad) las técnicas sencillas de relajación que se supone que practiqué mil veces. Tras largos y agónicos segundos, mi respiración vuelve a la normalidad poco a poco.
—Estoy bien —respondo, aunque mi cabeza se siente cada vez más espesa. Luego la sacudo, como si eso ayudara a que mi cerebro funcione mejor. No, claro que no lo estoy —. Una… llévame donde Seiya. Llévame al Joe's.
—¿Pero para qué? Estamos en horario…
—Tengo que verlo. Por favor —repito, desesperada.
Unazuky se debate entre hacerme caso o no. Sus ojos color verde botella parpadean con nerviosismo.
—Lo haría, Sere… pero debemos llamar a Setsuna o algo. Tenemos que presentar el informe del mes en una hora.
Rayos, es verdad. Sé que Setsuna no me reprendería si se trata de esto. Como sea, no presentar nada sería muy problemático para todos.
—Tienes razón. Iré yo sola… Una, ¿puedes decirle a Setsuna que…?
Me interrumpe poniendo una mano al frente.
—Yo te cubro, descuida. Pero no estoy segura que debas ir sola —repone mortificada.
—Yo la llevaré —comenta alguien con calma.
Las dos dirigimos las cabezas hacia la voz. Para variar, es Taiki quien ha escuchado la conversación. ¿Cómo es que siempre está hasta en la sopa para entrometerse?
O para salvarte, susurra mi conciencia.
—Taiki… —murmura Unazuky, sorprendida por su divina intervención. Otra vez.
—Yo no soy necesario en la reunión. A Setsuna no le importará —precisa.
—No, gracias. Puedo tomar un taxi —le rechazo, según yo, lo más educada que puedo. Me percato por su mirada escéptica que no he sido educada en absoluto —. De verdad, Taiki. Muchas gracias, pero no quiero abusar.
—Serena, sólo voy a acercarte a algún sitio donde sea que vayas, no a entregarte mi genial puesto. Me costó trabajo quitártelo —añade ajustándose los anteojos, en tono de broma.
Aunque no estoy para bromas, y menos de ese tipo, me agrada que el asunto ya no me moleste.
—Está bien —sonrío débilmente, y me pongo de pie.
Como no he tomado la llamada, a los pocos minutos he recibido un mensaje de texto:
Señorita Tsukino:
Me parece que se ha cortado la comunicación. Llámeme en cuanto pueda, en caso de que no sea así, quiero informarle que hemos detenido a Tanaka Shiho ésta mañana del jueves, en las afueras de una provincia de Shikoku. Precisamos que acuda a la estación policial número tres de Tokio, para que pueda identificar su identidad física. Ya se están tomando muestras de ADN.
Esto es extraoficial, pero Shiho ya dispone de un abogado para imputar su libertad bajo fianza, por lo que es urgente tanto su presencia como testimonio para agilizar su captura definitiva.
Al menos ya sé que la infundada sospecha de que algo malo iba a pasar no era tan infundada. ¿Por qué ahora, y así, tan de repente? Empiezo a marearme otra vez, y sólo espero no vomitar en los asientos de la bonita camioneta nueva de Taiki.
Veinte minutos después ya estamos en la esquina del bar. Lo ojea con desconfianza, y me pregunta:
—¿Estás segura que no quieres que te lleve a algún hospital? Tienes muy mala pinta y no sé si lo que necesites sea un trago —apunta, desde el asiento del piloto.
Esta vez no le sigo el rollo a sus bromas.
—No, necesito venir aquí. Gracias por traerme —le corto, y abro la puerta.
Sin preguntarme, se baja también. Yo me echo el bolso al hombro y le digo:
—No es necesario que…
—Sólo hasta que entres. Por si te caes o algo —sugiere amablemente. Yo vuelvo a sonreír, y asiento.
—Gracias.
Apenas doy tres pasos me freno en seco. Hay un camión descargando cajas de víveres y Seiya está ahí, discutiendo con tipo algo como que el pedido jamás incluía aceitunas negras, que a nadie le gustan las aceitunas negras.
Siente mi mirada y enseguida abandona sus deberes. Camina hacia mí, pero yo me arranco adelantándome y me le echo a los brazos, sin aguantar un minuto más la ausencia de su consuelo. Los ojos instantáneamente se me llenan de lágrimas.
—¿Bombón? ¿Qué pasó…? Oye…
Me separa suavemente por los hombros para buscar mi rostro. Cuando me ve tan descompuesta, abre la boca con perplejidad.
—Seiya, es… es él…
—¿Quién? ¿Quién te ha hecho daño? —exige, con su instinto primario de protegerme.
—Bueno, yo me marcho… —avisa Taiki. Me he olvidado por completo de él, y reacciono muy lento cuando Seiya me pone detrás suyo y le pregunta malcarado a mi compañero:
—¿Tú quién carajos eres?
En un segundo, él levanta las manos en defensiva.
—Ey, yo sólo la he traído hasta aquí… —responde con tartajeo.
—¿Por qué? —prácticamente le ladra. Seguro que cree que él me ha hecho llorar, o algo así.
—Porque lo necesitaba.
Le mira de arriba abajo. Luego, entorna sus ojos azules, sin duda por el esfuerzo que está haciendo para no decir todas las cosas que le está llamando por dentro. Parece un gato decidiendo si cazar al canario que se ha metido en su jardín, o no.
Me limpio el rostro mojado, a la par que le tomo del brazo para llamar su atención.
—Taiki es un colega de la editorial, Seiya. Me acercó al bar para no tener que venir sola —le explico, interrumpiendo lo que seguro era una profecía de violencia.
Me mira, aun con el fuego de la desconfianza en los ojos, pero me pregunta en tono dulce:
—¿Por qué no me llamaste?
—Porque quería verte, no hablar.
Asiente lentamente, y luego se dirige a Taiki extendiendo la mano en saludo de ¿paz? Espero.
—Gracias por traerla —recita simplemente, sin disculparse. Taiki no parece tomárselo personal, y estrecha también su mano.
—No hay problema. Nos vemos, Serena —dice mirándome, y se da vuelta.
Seiya me conduce a prisa a la puerta trasera del bar, allá en la bodega. Por suerte, no está de turno en la barra, sino haciendo temas administrativos, así que lo reemplazan rápidamente.
Como tengo la garganta seca para hablar, le muestro el mensaje que me ha enviado el agente. Él, tras suspirar largamente, me mira con intensidad y toma mi rostro con sus manos tibias.
—Todo estará bien.
—No lo creo, Seiya —se me quiebra la voz al negar con la cabeza, y al fin, venirme abajo —. ¿Y le dan la fianza? ¿Y si Molly se arrepiente o él si habla de ti, de lo que le hiciste? Van a dejarlo ir… y tarde o temprano me encontrará, lo sé.
—¡No, eso nunca! —exclama.
—Pero…
—No lo harán, no pueden. Setsuna se deshizo de la única evidencia, y no hay manera de que me relacione contigo. Todo el mala que te hizo pasar… que nos hizo pasar, sé que valdrá la pena. No dejaré que nadie te haga daño, no tengas miedo —me tranquiliza un poco con sus palabras, aunque no logra convencerme. El bien no siempre triunfa, no en la vida real.
Mis lágrimas le mojan las manos, y aprieto los ojos con dolor y terror.
—¿Qué voy a hacer? Sé que voy a equivocarme, a confundirme…
Me chista con suavidad.
—No lo harás, mi amor. Tú eres muy fuerte. Vas a pararte detrás de ese vidrio, donde él no puede verte. Estaré contigo todo el tiempo, y sólo vas a identificar a ese hijo de puta y sostener todo lo que te hizo frente al fiscal. Luego, lo van a procesar y lo refundirán tras las rejas.
—Pero aún está la audiencia, y…
—Tu padre es un grandioso abogado. ¿Quién va a velar mejor por ti que él? No va a perder. Es imposible.
—¿Cómo es que estás tan seguro? —sollozo, sin esperanza.
Sé que no es justo, ni para mí ni para las demás chicas que fueron sus víctimas. Pero una parte de mí, una que sólo deseaba olvidar y pretender que nada pasó, deseaba no tener que volver a hablar de esto nunca más con nadie. Mucho menos confrontarlo en vivo y a todo color. No esperaba que la oleada del tsunami de mi trauma regresara en este momento, y con tanto impacto.
Me coge de las manos, las aprieta fuerte, y pega su frente cariñosamente contra mí.
—Porque somos Serena y Seiya. Juntos, somos invencibles, y resistiremos cualquier cosa… hasta el final. Yo te amo, y así como sé cuánto te amo, sé que saldrás airosa de esta situación.
Mis ojos chocan con los suyos. Azul claro y azul zafiro. En ellos, en su brillo, amor y determinación, encuentro la fortaleza y la valentía que necesito.
—Sí… tienes razón. Te amo también.
Me abraza, pero me aparta en pocos segundos.
—Ahora, voy a avisarle a Haruka que me ausentaré un rato, mientras tú llamas a tu papá. Después, iremos a poner en su sitio a esa porquería infrahumana.
Al darme la espalda, consigue sacarme una pequeña y rara risa, aun en medio de este infierno. ¿Cómo es que pude enfadarme con él por nimiedades, cuando es y representa exactamente lo que haría y sería mi alma gemela? No volveré a hacerlo. Jamás.
Si ya estaba asustada, en este momento estoy muerta de miedo. Poco entiendo de lo que me repite mi padre una y otra vez, con tanta paciencia y profesionalismo. Si Seiya no estuviera sosteniéndome de los hombros, ya me habría ido a hacer un ovillo a un rincón a taparme los oídos. El sitio en sí me deja helada, llena de gente involucrada en crímenes espantosos, sean inocentes o no. Los arrestados que entran tienen una facha espantosa, y si esos son sólo asaltantes o bravucones, no me imagino lo que será enfrentarse a un auténtico psicópata.
Son cuatro sospechosos y sólo debo decir el número. Sólo eso. Parece muy fácil, ¿verdad que sí? Pues cuando me han dicho que debo entrar yo sola, con el detective a cargo y su asistente para que nadie más influya en mi decisión, me castañean los dientes y por poco me echo para atrás. Prácticamente mi padre ha tenido que obligarme. Si no hago esto, le dejarán ir.
«Tú eres muy fuerte», repito una y otra vez en mi cabeza las palabras de Seiya. No, no lo soy, pero es la única opción que tengo.
Cruzo los brazos sobre mi pecho y trago saliva, mientras en fila avanzan esos cuatro individuos que podrían haber agredido alguna otra chica o algo peor. Entre ellos está Shiho.
—Tómese su tiempo —me dice el policía. Se presentó, pero no recuerdo su nombre.
Tras llegar al tope indicado, se ponen de frente. El de la esquina izquierda incluso sonríe. ¿Por qué sonríe? ¿Es porque va muy drogado, o porque sabe que saldrá libre en minutos? ¿Se burla de mí? ¿Por qué la humanidad está tan jodida? ¿Por qué no puedo pensar con claridad? Dios…
Doy una larga bocanada de aire. Ante mí hay cuatro hombres que son inconvenientemente parecidos. Misma estatura y complexión. Todos rondan los cuarentas. Mismo color de pelo. Además, no hay rastro del corte de pelo engominado que llevaba o sus gafas redondas. Todos lucen desaliñados y llevan barba larga, como si fueran vagabundos. Es como si se estuviera escondiendo de su verdadero ser, y sé que para él es así. El hijo de puta ha cambiado su apariencia para que nadie le reconozca, o para pasar más desapercibido. No es casualidad.
—¿Por qué… por qué parecen…? —balbuceo, mirando al oficial.
—Lo encontraron hurgando en un contenedor —responde, metiéndose las manos en los bolsillos.
Se me cierra otra vez la garganta. Tras toser un poco, le pregunto con voz ahogada:
—¿Quiere decir que son personas sin hogar, realmente?
Madre mía, ¿y si me equivoco y mando a la cárcel a un pobre desdichado?
—Fueron arrestados por una razón, señorita Tsukino. Concéntrese en reconocerlo, simplemente. No se preocupe por nada más
¡Concéntrate! Me ordeno.
Me cuesta, pero elijo poder hacerlo. No en balde le miré sus estúpidas facciones por dos años. Yo evitaba observarle mucho, porque desde entonces ya me incomodaba con sus comentarios pasivo agresivos y su arrogancia, pero aquellas imágenes de esa lluviosa y terrible noche, sé que no las olvidaré jamás.
Los miro a todos en general, y empiezo a descartar. El mentón, la nariz, los labios…
Los labios que me forzaron a…
Vacilo, y desvío la mirada un momento. La memoria es demasiado traicionera a veces, pero yo sé que puedo identificarle. No puedo tenerle compasión sólo por comer de la basura. Si lo hacía, si huía de la justicia y no podía conseguir un empleo, es porque se lo merecía. Por lo que me hizo a mí, a Molly, a Chiharu…
Quiero odiarle, y regocijarme con las noches heladas y las hambrunas que habrá sufrido. Quiero reírme zafada, como el drogo de la izquierda, no como el que parpadea mucho, tan apacible que da algo de miedo…
Eso es.
Puedo imaginarle en aquél viejo escritorio, rascándose el cuello detrás de una montaña de papeles. La manera en la que me miraba cuando yo no lo veía, ese brillo oscuro y perturbador; y ese impertinente tic que le venía bajo las luces fluorescentes de la oficina cuando pegaba manotazos por el estrés. El miedo me salvó aquel día, y su miedo lo condenará.
Está tratando de disimularlo, pero no lo ha conseguido, porque es un reflejo involuntario. No puede evitarlo. Tengo que estar cien por ciento segura.
—¿Puede encender el resto de las luces? —le pregunto al oficial.
—Eh… claro, pero tal vez se deslumbren un poco.
—Eso es lo que quiero. Hágalo, por favor.
Así lo hace. Se ha dado cuenta que me he dado cuenta. Y así, empieza a gesticular con malas maneras, revelando por fin su identidad. Los demás, en cambio, sólo cierran los ojos con molestia y se quejan del brillo de los reflectores.
—Es el número dos.
—¿Está segura? Podemos esperar.
Niego lentamente con la cabeza, sin quitarle los ojos de encima.
—Es él. Ah, y debe tener una cicatriz en el brazo derecho.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque yo se la hice —contesto, con una frialdad que me asombra. El policía joven garabatea rápidamente en su libreta. Su jefe asiente y me indica la salida con cortesía.
—De acuerdo, puede esperar afuera. Le agradecemos su cooperación…
Una hora y media después, nos llaman a los tres a un reservado. La "resolución", si se le puede llamar así a perder todo el día en declaraciones y más papeleos, es que lo retendrán bajo custodia dos días más para seguir interrogándolo. Aún puede salir bajo fianza hasta el juicio, pues además de mi testimonio, las evidencias en su contra no son absolutamente contundentes. Hace falta más. Está puesto en cautela, bajo algo llamado "duda razonable".
—¿Cómo que "duda razonable"? —les recrimina Seiya, y su voz resuena por toda la pequeña sala de espera —. Lo único razonable sería que ese gusano se quedara pudriéndose en prisión por toda la eternidad. ¿Es que son puros ineptos los que trabajan aquí? ¿Es requisito clave en la academia, para ser detective?
—Seiya, basta —le reprocho para que se calme. Intento mantener una voz mesurada, pero la rabia también ya está bullendo en mi interior.
Mi padre, en cambio, sonríe un poco y me pone una mano en el hombro.
—Está bien, mi cielo. Seiya sólo dice en voz alta lo que yo pienso y no puedo, por aquello de la ética profesional —argumenta, mirando con severidad a ambos agentes, que se mantienen estoicos, como estatuas.
—Ya tiene una orden de restricción para la señorita Tsukino, y otra para la señorita Osaka. No es poca cosa, se los aseguro —dice el tipo más joven.
Seiya vuelve a hablar:
—¿Y qué harán ellas si Shiho aparece en la calle con un arma o por las espaldas? ¿Le arrojarán su papelito en la cabeza?
—Llamarnos —indica Kiroshi con determinación. Seiya suelta un bufido irónico, y mi padre les pide tomar más medidas precautorias para mi seguridad. Términos legales que poco entiendo. Sólo me llevo los dedos a las sienes. Ya me está queriendo explotar la cabeza otra vez.
—¿Y cómo es que se ha conseguido un abogado tan chulo, si esta mañana rebuscaba en la basura como una vil cucaracha? ¿¡Es que a alguien le parece esto lógico!? —vuelve a protestar Seiya.
—Tiene contactos, y los ha usado. Todos tienen derecho a un abogado —le explica el detective Kiroshi aun con poco temple. Después de la quinta vez, he memorizado su nombre.
—Derechos, derechos… ¿Dónde estaban los derechos de ella cuando ése cerdo la forzó?
Tuerzo el gesto, asqueada, y me doy la vuelta para alejarme de todos. No soporto que hablen de esto, de mí, como si fuera una crítica a una película mal ejecutada. Es humillante y doloroso.
Estoy en el pasillo que conduce a la salida del estacionamiento la estación. Miro con expresión ausente la máquina expendedora, sin saber qué elegir. No he comido nada en todo el día desde la mañana. Estaba justo en la hora del almuerzo cuando pasó todo esto. Han pasado horas y se ha hecho de noche. Echo unas cuantas monedas y elijo unas galletas de mermelada y malvavisco. No tengo hambre realmente, pero necesito el combustible para seguir funcionando. Quién sabe hasta cuándo estaremos aquí.
Estoy abriendo la envoltura cuando Seiya, haciendo morros, me alcanza arrastrando los pies.
—Tu padre me ha regañado. Dice que necesitas una pareja que te apoye, no un perro guardián. ¿Parezco un perro guardián? Perdóname. Me ha cabreado mucho que se lo tomen con tanta… calma —dice, y sé que quiere decir algo mayúsculo y soez, pero se controla.
Me siento en una de las sillas y le indico con unos golpecitos vagos que haga lo mismo.
—Me queda claro que puedes interpretar ambos papeles, pero en este momento prefiero el acompañamiento —le pido con cansancio.
—Claro, lo siento. ¿Quieres que te traiga algo? ¿Más agua? ¿Otra cosa de comer? —me ofrece simultáneamente.
—No. Sólo quiero irme a casa.
—Lo sé, también yo —suspira. Me pasa un brazo por los hombros, y me permito cerrar los ojos unos minutos hasta que me llamen nuevamente, y me digan que me puedo ir. Qué agotador…
—¿Qué más están diciendo?
—Tu padre está tratando de probar que es un peligro para la sociedad, sólo así le negarán la libertad condicional. Lo ve complicado, el maldito sabe cómo contestar los interrogatorios.
Me enderezo. Seiya no quiere mortificarme más, si es que se puede, pero sabe que insistiré hasta saber.
—Ha dicho que lo acusaste porque querías quedarte con su puesto. Que sólo huyó por miedo a que no le creyeran, y está fingiendo un padecimiento médico para hacer todo lo que hizo.
—¡Infeliz! ¿Cómo pueden tragarse esas mentiras? ¿Qué hay de Molly y las demás? —salto, indignada.
—Es una defensa del culo, pero es suficiente para ganar tiempo considerando que, como ya dije, los detectives son unos ineptos.
—Gracias por decírselos —vuelvo a recargarme en él, sintiéndome cada vez más reventada que un globo pinchado.
Dos personas aparecen en mi rango de visión.
—Ajá, sabía que estarías aquí. En la editorial, siempre asaltabas las golosinas cuando te ponías nerviosa…
Un hombre muy alto, de pelo castaño y largo la acompaña. La otra es…
—¡Molly! —brinco hacia ella. Abre los brazos y me envuelve con ellos. Se le nota calmada, pero sé que no lo está.
—Menudo día, ¿verdad? —me dice con ojos amables.
—Menudo día —repito, empatizando —¿Lo has visto ya? ¿Te dijeron lo que inventó?
Molly asiente con disgusto.
—Sí, es… es… —parece que trata de encontrar una palabra adecuada, como la persona civilizada que es, para definir toda esta repugnante situación —. No te preocupes, no saldrá hasta el juicio.
—Pero mi padre dijo que…
—Aún no le actualizan la información, pero pronto lo pondrán sobre aviso. MI abogado se lo dirá, fue con él.
Seiya se pone detrás de mí para escuchar. Alucinada, escucho el relato de Molly: Mientras trabajaba para él, a veces le encargaba enviar documentos o paquetes a un apartado postal con caja fuerte que estaba a nombre de su ex esposa, no de él. Molly no sabía para que lo usaba, ni parecía como todo en él, nada inapropiado. Pero intuía que era algo turbio, y que no quería que nadie más lo supiera. Siempre era muy discreto. Molly dedujo que, si Shiho guardaba un secreto y estaba prófugo, alguna evidencia estaría en esa caja de seguridad. Entonces, mientras la interrogaban, exigió mediante su abogado una orden legal para abrirlo. Pusieron trabas, pero dadas las condiciones, lo consiguieron rápidamente. En el apartado encontraron dinero (estaba claro que fingía ser un sin-techo para no tener que trabajar con papeles falsos o pasar desapercibido), un revólver viejo sin permiso de portar y un montón de fotografías de chicas jóvenes. Algunas habían sido empleadas de la editorial y otras no. Allí estábamos nosotras, en clara intención de ser sus víctimas premeditadamente.
—Pero ¿Qué demonios le pasa a ese puto enfermo? ¡Es que no me lo puedo creer! —chillo, dando una patada de frustración y rabia al piso. Molly se sobresalta por la acción, y termino pidiéndole disculpas. No está acostumbrada a estos comportamientos impulsivos. Supongo que los libros de auto ayuda y el yoga surgen ciertos.
—No pasa nada. Lo importante es que se recabaron suficientes elementos para negarle la fianza. Nos dará algo de oxígeno, considerando que pudo pasar lo peor —dice.
—Son buenas noticias, Bombón —me dice Seiya a mi lado. Le miro, y en la profundidad de sus ojos vuelvo a encontrar la estabilidad que necesito.
Asiento lentamente, comprendiendo. Luego me acerco a mi ¿amiga? Sí, creo que después de compartir todo esto puedo considerarla mi amiga.
—Oh, Molly. Muchas gracias. Esto no hubiera sucedido sin ti —le tomo una de sus pequeñas manos. Ella me la estrecha con candidez.
—Sólo dije la verdad —me sonríe —. Y yo no me habría atrevido a denunciarlo si no fuera por ti, así que ganamos todas. O más bien… creo que no perdimos todo —se corrige, ruborizándose. Se siente avergonzada de festejar, como yo.
Menos Seiya, por supuesto. El único capaz de brillar aún en la más remota oscuridad. No en balde, es mi estrella.
—Esto merece una cena. ¿Puedo invitarlos? —pregunta, dirigiéndose al grupo en general.
Molly, de repente, parece captar que no viene sola, y se pone colorada.
—¡Ay, se me ha escapado! Lo siento. Ni siquiera los he presentado…
Acto seguido hace la parsimonia de presentarnos a su novio Neflyte, y yo hago lo mismo con nosotros, sucesivamente. Me causa mucha gracia. No en modo cruel, sino verdadera simpatía. No parece ser en absoluto el tipo de Molly. A pesar de ser atractivo, su semblante se ve algo hosco, con la peculiar excepción de que, de hecho, tiene una agradable sonrisa. Además, viste totalmente diferente y lleva un par de tatuajes en el brazo. Son polos opuestos, pero me identifico completamente con ellos, así que le sonrío también a Neflyte desde mi considerable baja estatura. Luce muy imponente.
Seiya le extiende la mano, y él no le rechaza.
—¿No te conozco de algún lado? —le pregunta arqueando una ceja.
—No creo que suelas visitar los mismos lugares que yo, a no ser que corras motocicletas en la autopista —dice con orgullo. Molly pone los ojos en blanco y se cruza de brazos. Está claro que detesta su hobby. Yo contengo una sonrisa. Tengo ganas de decirle "Bienvenida al club".
Seiya silba.
—Te sorprenderías dónde he andado… quizá estuvimos en alguna pelea.
—Dirás que tal vez yo te golpeé a ti —refuta, y Molly respinga.
—En ese caso no querría recordar.
Al instante los dos se ríen. Molly y yo nos miramos como si se les hubiera ido la olla. ¿Cómo es que se han caído bien instantáneamente estos dos? Qué cosas…
Pero dejamos la cena para otro día. En primera, porque aún seguimos nadando en aguas negras con lo de Shiho, y en segunda, porque Molly ha estado tan desosegada todo el día como yo, que ya anhela llegar a casa para seguramente, desquitarse con el desinfectante.
Es muy noche, cerca de la una de la mañana. Estoy lavándome los dientes y preparándome para dormir. Mientras el enjuague bucal baila en mi boca, pienso y pienso sin parar. Una parte de mí siente gran alivio por lo de hoy. No volveré a ver a ese tipo en los que me miran en el tren, o cuando siento pisadas a mis espaldas cuando se me hace tarde. No estaré alerta, ni ansiosa por estar sola.
Otra parte no lo está tanto, porque sé que me esperan más embrollos legales aun por resolver. Esto podría tardar meses. Si no se llega a una sentencia justa, apelaremos y podría extenderse un montón. También puede salirnos un revés inesperado. Mi padre nos lo ha explicado con peras y manzanas. Trato de recordarme lo que Amy me dijo, que esto no debe marcarme ni definirme, que siga disfrutando de todo lo bello de mi vida, que es mucho.
La voz de Seiya me saca de mi epifanía, y me asomo por el marco de la puerta.
—¿Qué decías?
—Que ya vengas a la cama, llevas una eternidad allí —me dice, ya metido en las frazadas —. ¿Est…
—Estoy bien. Por milésima vez. Estoy bien —le aseguro.
—Tu celular sigue sonando…
Exhalo con cansancio, y me siento en la orilla de la cama. Veo el ícono de notificaciones y de sólo ver el número doble me abrumo. Lo dejo en la mesita con la pantalla hacia abajo y lo ignoro. Saco el pequeño envase de crema de mi cajón y lo unto en mis manos. Sigo sintiendo los ojos de Seiya sobre mí, vigilando cada movimiento.
Le agradezco todo lo que ha hecho por mí, pero es agotador ver que todos me traten como una delicada flor que puede deshojarse con el viento. No le culpo, además de llamarle la atención cuando ha perdido los papeles, mi padre le ha encargado mucho que me cuide. Ni falta que hace, mi chico ya tiene complejo de Superman.
—Creo que me tomaré el día de mañana —le miro un instante, mientras me cepillo el pelo —. Le avisaré mañana a Setsuna. Y a Unazuky. Creo que estará preocupada de haberme visto salido así.
—¿Quieres que me quede en casa?
—Nah, cómo crees. Dormiré hasta tarde, haré algunos pendientes y luego iré con Lita a la prueba de los vestidos. Pero gracias —le sonrío. Él se acomoda de lado, muy afano sobre una de sus manos. Noto un cambio en su voz, se escucha más burlón:
—¿Y a tu amigo, el hípster? ¿No le vas a avisar? —me pica.
—¿Tengo un amigo hípster? —parpadeo, poniendo pausa a mi tarea.
—Claro, el de los mocasines de abuelo que te llevó al bar.
Levanto los ojos, tratando de hilar las ideas. Entonces sacudo la cabeza, desorientada.
—¿Taiki? No es mi amigo. Es sólo un compañero de la editorial —desvío la mirada hacia mi pelo húmedo, como si fuera muy interesante.
—Le gustas.
Yo resoplo y abro los ojos como platos. ¿Qué…?
—Mira nada más como te sonrojas —señala, cosa que sólo hace que niegue fervientemente con la cabeza.
—¡Porque me estás acosando con tonterías! Sólo disfrutas avergonzarme, como siempre —me quejo, señalándolo acusadora con el cepillo. Tengo ganas de aventárselo en esa cabezota necia que tiene, pero como no sería correcto a no ser que esto sea un manga, le doy un almohadazo.
Él se ríe, a la par que se aparta el fleco despeinado de la frente.
—Obvio que lo hago para avergonzarte, pero que conste, no es ninguna tontería. Eso también es obvio, Bombón.
—Ajá, porque lo conociste cinco minutos, por mucho —gruño.
—Con uno y medio es más que suficiente —me devuelve —. Soy hombre, Bombón. Entre cabrones nos detectamos…
—Tampoco es un cabrón, no exageres —objeto.
—¡Y ahora le defiendes! —exclama.
¡Agrrr!
—No lo defiendo, yo sólo… defiendo la razón, la lógica y el sentido común —digo, acalorada, sin saber realmente lo que significa eso. Y Seiya sí lo sabe, así que se vuelve a reír a mi costa.
—Si tú lo dices, filósofa —replica, y se acomoda boca arriba para husmear su teléfono.
Abochornada, me voy al baño a dejar el cepillo. Me miro en el espejo y compruebo que, efectivamente, estoy un poco ruborizada. No entiendo por qué saca eso. Solamente fue amable una vez, y listo. Bueno, fue amable dos veces. Y ¿listo?
Sí, listo. En cualquier caso, ¿por qué querría alguien como Taiki, teniéndole a él? Cabezota, necio y…
Se me ocurre combatir el fuego con fuego, y sonrío maliciosa.
—¿Te preocupa un poco de competencia? —le pregunto en voz alta hacia el exterior.
—No me molesta la competencia, le pone picante al asuntillo —responde insolente.
—Pues a mí sí, así que ni se te ocurra ponerle "picante al asuntillo" si quieres seguir viviendo —le amenazo tajante, y enciendo el secador.
No obtengo respuesta, y, por un momento, pienso que es el ruido que ocultó su voz.
Apago el secador y, frunciendo el entrecejo, me asomo nuevamente. Tiene una expresión que casi hace que quiera tragarme mis palabras. Parece realmente preocupado y tiene la mirada perdida.
—¿Qué?
—¿Qué de qué? —reacciona demasiado rápido, al captar que estoy frente a él.
Me muerdo la mejilla.
—¿Recibiste un mensaje extraño, o algo? Tienes una cara…
—No, no. Sólo ponía la alarma para mañana —me muestra la pantalla, y esquiva mi mirada. Mudo y raro. Hum…
—Era un chiste, Seiya —le aclaro calmada, al ver que no me ha devuelto la pelota y sigue serio —. Pensé que eso hacíamos.
Me sonríe apenas un instante.
—Sí, ya sé. Lo hacíamos. Lo siento, Bombón. Mi cerebro no da para más. ¿Podemos ir a dormir, por favor?
—Apagaré la luz del baño.
Me sumerjo en la calidez y la suavidad de nuestra cama. Noto la misma familiaridad de siempre, las posturas que solemos adoptar antes de caer rendidos al sueño. Es verdad que ha sido un día pesado, hasta nefasto diría yo, pero gracias a él la carga de mis problemas se aligera como nadie podría. Soy muy afortunada de tenerlo conmigo, a él y a otras personas, claro, pero principalmente a Seiya. Él es el pegamento que mantiene mi vida en su sitio.
—Me gustó mucho lo que dijiste. Eso de que juntos podemos lograr lo que sea.
Su respuesta es rodearme con sus fuertes brazos, como si yo fuera a desvanecerme si me soltara. Yo también cierro los ojos, contenta de que me haya escuchado.
Pero tras un mediano silencio, murmura algo que no entiendo. Supongo que ya está profundamente dormido, o casi:
—No puedo perderte.
¿Eh?
—No vas a…
Me estrecha aún más.
—Es la única forma, así —vuelve a murmurar, tan bajo que tengo que aguzar el oído para entenderle —. Sólo hagámoslo y listo… lo antes posible. Todo estará bien.
Aun en la penumbra, hago un gesto abochornado. ¿Hacerlo ahora? ¿Todo estará bien? No tiene sentido. Creo que está soñando.
—¿Qué quieres hacer? —me atrevo a preguntar, en voz más alta que él.
—Casarnos.
«Casarnos» ha dicho…
Lo dijo, o lo imaginé. O lo soñé. No, sí lo ha dicho. Y no he podido dormir bien en toda la noche después de que le pedí que lo repitiera, y no obtuve más que silencio.
Lógicamente, esa inocua y romántica palabra que ha trascendido en historias, libros y canciones a lo largo de la humanidad, ha causado un terremoto en mi mundo y en mi mente. Para la mañana siguiente, Seiya ya no estaba. Sé que tenía turno temprano. Por mi parte, yo me he levantado tarde, con la cabeza pesada por las ideas revueltas y un pajarito atrapado de miedo, emoción y duda en mi pecho. ¿Por qué ha dicho eso? No me ha llamado ni he recibido algún mensaje fuera de lo ordinario. Ya empiezo incluso a dudar de lo que oí. Tal vez yo también estaba dormida.
Después de un café y una ducha rápida, me siento más centrada. No puedo pensar en la inesperada declaración de Seiya, si se le puede llamar así a sus balbuceos incoherentes contra mi pelo, porque como dije ayer, tengo cosas que hacer.
La gran ironía de la situación es que todo a mi alrededor sólo consigue inquietarme y confundirme más. No puedo charlar con Lita sobre cosas de boda, porque no dejo de proyectarme y querer gritar lo que está pasándome para creer que es real.
Lita me sacude con gentileza.
—Lo siento, ¿decías? —reacciono, mirándola a través del enorme espejo.
—¿No crees que el velo es demasiado?
—Es muy bonito, como todo el ajuar —es lo único que se me ocurre decir. Lita frunce el ceño con insatisfacción por mi mediocre punto de vista. Me esfuerzo un poco más —. ¿Por qué dices que es demasiado?
—Es que ya no está tan de moda…
—Podemos cortarlo un poco, y agregar unos detalles sutiles en el borde —sugiere la dependienta, al notar que yo soy de poca ayuda.
—¡Sí, eso es! —sonríe Lita, y yo replico la sonrisa. No dejo de mirarle el anillo, el vestido ajustado a su medida, el tocado, todo lo que podría quedarme a mí. Soy una loca. No tengo motivos para dejarme llevar, no está pasando nada en realidad.
Mi vestido de dama de honor es bastante más lindo de lo que imaginaba. Es sencillo, pero de buen gusto, cómodo y diría que el color menta hasta me va bien. Quedo bastante satisfecha con el resultado. Ya sólo debo conseguir los zapatos. Con el visto bueno final de Lita, me libera de mis obligaciones por hoy y me va a invitar un café con pastel en el Rose's.
Allí está la ayudante atendiendo en la caja, pero me sorprende ver a Andrew en una de las mesas del fondo, hablando con Seiya. Mi estómago se hace mil nudos. No sé cómo mirarlo después de lo de ayer. Ojalá pudiera grabar sus palabras y el tono perfecto de voz en mi memoria. «Casarnos».
—¿Están discutiendo? —me pregunta Lita, preocupada. Yo los vuelvo a mirar y, en efecto, no parecen estar hablando de nada divertido. Se cuchichean, probablemente para no llamar la atención con los otros clientes, pero sí están discutiendo. Conozco perfectamente la manera en la que él aprieta la mandíbula cuando está enojado. Y ahora se lleva la mano al pelo. Sí, están discutiendo, y por lo que veo, Seiya está perdiendo con creces la discusión.
—Vaaaya, ¿por qué? —digo yo.
—Ni idea…
Pero es Andrew, que no está de espaldas, quien nos advierte, y deja de hablar. También Seiya percibe que alguien los observa. Tensos, se levantan. Andrew le sonríe a Lita y le dice que estará en la oficina. A mí sólo me saluda escuetamente, y el chispazo de algo que no sé identificar brilla en sus ojos cuando me ve.
—¿Qué ocurre? —le pregunto, cuando se nos une —. Andrew lucía molesto.
Seiya mira a Lita y a mí con aprensión.
—Son los nervios de la boda, es todo.
—No estaba así esta mañana. ¿Qué le has dicho? —le salta Lita al cuello. La primera vez que la veo hablarle golpeado a alguien, y me desconcierta. Generalmente es muy dulce, muy amistosa.
—Te he dicho que…
—Conozco a mi novio, él no suele comportarse así. ¿Qué ha pasado entre ustedes?
Y conociendo al mío, sé que está a punto de soltarle algo como "¡Pues ve y pregúntale tú, pesada!" para después dejarla con la palabra en la boca. Cuál es mi asombro cuando se lleva las manos a los bolsillos de la chaqueta, y le explica:
—Quiere… quiere que toque en su recepción, y le he dicho que no.
Mi amiga pestañea con desconfianza.
—¿Y por qué no me dijo nada?
—Tal vez era una sorpresa para ti —se encoge de hombros, simplemente.
—Pues es algo extraño…
—No, en realidad —le digo a Lita, recordando —. A él le gustó como tocó la banda en la boda de Minako y Yaten. Me lo dijo en el cumpleaños de Mina.
—Siento no poder hacerlo, pero no tengo baterista en este momento y es precipitado conseguir a otro.
—Pero podrías cantar tú solo, ¿a qué sí? En acústico también lo haces fenomenal —le propongo entusiasmada.
Seiya me mira como si acabara de echarlo a los tiburones.
—No es un concurso de karaoke, Bombón. Es una boda. Sería algo deprimente —comenta, sonriendo incómodo. Yo frunzo el ceño.
—No te preocupes. Y ustedes, no deberían pelear por eso. Por mí. ¡Se conocen de toda la vida! Y eres el padrino, ya es un honor que nos acompañen ese día con tantos detalles —le dice Lita, volviendo a su estado natural. Le pone una mano en el hombro y luego se va para dejar las bolsas allá atrás, avisando que no tardaría mucho.
Cuando nos quedamos solos, yo le lanzo una mirada inquisitiva.
—¿Es cierto eso?
—¿Por qué mentiría? —se defiende, cuando mira en mi rostro la decepción.
Porque me pediste que me casara contigo y actúas como si estuviéramos hablando de comprar cereal. Y, por cierto, ¿por qué actúa así? Lo estaba apoyando.
—Si no quieres tocar en su boda, díselo sin tapujos. No le mientas —le digo. Seiya baja los hombros, como si se hubiera relajado.
—Me conoces bien —observa, y coge mi mano para posterior, guiarme hacia fuera —. ¿Has terminado ya? Te compré algo, y quiero dártelo.
¡Ay! Otro micro infarto. No sé cuántos he sufrido ya estos días, pero si sigo así deberé tomar medicación antes de los treinta. Me despido de Lita de lejos, y le hago con mímica un gesto de que no puedo quedarme, y la llamaré después.
—¿Algo? —pregunto casi estrangulando su mano. ¿Algo como un anillo con una roca brillante? No, no. Debo detenerme, eso sí es deprimente. —¿A dónde vamos?
—A casa. ¿Dónde más?
—Ah… —Qué adecuado.
—Podemos ir a la pizzería, si quieres cenar fuera.
—No, vamos a casa —respondo, sin muchos ánimos. Está claro que no es parte del escenario propio de los castillos en el aire que se formaban mi cabeza, aunque en un pensamiento fugaz y melancólico, me doy cuenta que tampoco me importaría, no con tal de que fuera real.
Preparamos entre los dos la cena, para variar la cosa. Idea de él. No es que no me guste, pero Seiya prácticamente hace todo el trabajo y yo sólo soy su pinche. Además de que me toca lavar los platos. No es muy divertido, pero él parece de buen humor aún después de lo de Andrew, así que no le muevo.
Carnívoro por naturaleza y con ese delantal amarillo que no defino si es masculino o femenino, está embadurnando unas costillas con una salsa, muy concienzudo. Sería una imagen muy sexy si no me muriera de la curiosidad.
Me pilla mirándolo, y yo vuelvo torpemente a mi tarea de cortar las papas, que, por cierto, los trozos se ven demasiado irregulares.
—Bombón —me llama en tono cantarín —. No te aguantas, ¿verdad?
Siento las orejas calientes. Nuestra compatibilidad a veces me juega en contra.
—No.
Él se ríe, y se limpia las manos con un paño húmedo.
—Está ahí, sobre la mesa de la lámpara. Puedes abrirlo si quieres —me ofrece.
Bien, hasta aquí puedo permitirme seguir delirando. La caja es mediana, similar a la que contendría un libro o un estuche de maquillaje.
Que conste… Si es una agenda, lo mato.
Me obligo a sonreír mientras lo desenvuelvo: La pantalla parece líquida, me reflejo en ella y casi se me cae el aparato de las manos. Es resbalosa. Luego de leer la marca de Kindle y quitarle el papel envoltorio, me sorprendo de verdad.
—Guau, es…
—Es el último —me apremia Seiya, poniéndose a mi lado para explicarme toda la cosa tecnológica, que poco entiendo —. Ya sé que no eres precisamente una fan d éstos, pero mira, aquí puedes leer un montón sin cargar de más. Tiene funciones para que no te lastimes la vista, y puedes poner notas y otras cosillas ñoñas que sólo tú entenderás. Ah, y también puedes escuchar música.
Y es cierto. Con una pulsación se abre una carpeta que lleva mi nombre, y ahí aparece toda la música que me gusta, desde la más cursi hasta la más alocada. También hay mucha de la que él ha seleccionado para mí, incluyendo la suya propia que ha podido grabar en estudio. Nunca me han gustado estos trastos, pero cuando abro la carpeta de libros se me cae la baba. ¡Son muchísimos! Ahí están todos mis autores predilectos, y muchos que ni siquiera he leído, pero parecen muy prometedores.
—El tipo de la tienda dijo que está lo viejo y lo nuevo —dice, y vuelve para vigilar la carne del horno.
—Lo clásico y lo contemporáneo —le corrijo con una sonrisa, pasando uno a uno los ejemplares. Dios mío, esto es como estar en el país de las maravillas de los dispositivos. No creí que fuera así. Es tan moderna, dinámica ¡y además es rosa!
—Entonces, ¿te gusta?
Qué pregunta tan simple, y a la vez tan complicada en estos momentos. Bueno… la buena noticia es que no es una agenda, y la mala, que ya estoy a punto de enterrar mi historia de ficción.
—No quiero que me regales cosas caras —suspiro con cierta vergüenza.
—Tenía descuento, y nunca te doy nada.
—Ya me has dado un regalo de Navidad, y falta mucho para mi cumpleaños —suelto.
—¿Necesitas un motivo para que te dé un regalo? —enfoca esa frase como una broma, pero detecto desagrado en su voz.
Yo no digo nada. Tan sólo me muerdo el labio inferior.
—Sólo lo vi, y pensé que te sería útil.
—Te sientes culpable, ¿verdad?
—¿Qué…? ¡Rayos!
Suelta el cucharón, que hace mucho jaleo al caer, pero por suerte no estropea la comida. La barbecue sólo hace parecer la escena de una película gore toda la encimera de la cocina.
—Ups. ¿Estás bien? —me asomo hacia su dirección.
—Sí, lo dejé cerca del fuego y estaba caliente…
—¿No te quemaste?
—No —responde áspero, y se pone a refregar.
Yo consigo otro pequeño trapo y le ayudo con el salpicado de las alacenas. Creo que la he cagado, y me disculpo. Él me da un regalo y yo le empiezo a sermonear. ¿Qué sucede conmigo? Me había prometido dejar estos tontos cuestionamientos de lado, así que lo arreglo:
—Es que últimamente me das muchos regalos. Así que, perdóname por decir eso, pero tampoco quiero que te sientas culpable porque no llegaste a casa la otra noche. Eso ya lo arreglamos. O bien, estás queriendo hacerme sentir mejor por lo de Shiho y es muy generoso de tu parte, pero no es necesario, de veras. ¡Con las donas me bastaba!
Me contempla. Y me sonríe de ese modo hermoso, incomparable. Siempre hace eso cuando vienen de mi boca las palabras exactas que él quiere escuchar.
—Te lo di porque te lo mereces, es todo. No hay otra razón. Pero si necesitas una, ¿qué tal uno adelantado de San Valentín?
Me sonrojo, y retuerzo la tela en mis manos.
—Hoeee, ¿Tú dando regalos de San Valentín? ¡Me dejas la vara muy alta! ¡Voy a tener que ir ahorrando para comprarte la guitarra de algún rockero muerto en tu cumpleaños! —me quejo y le lanzo el trapo, que cómo no, esquiva con gran facilidad.
Tras seguirnos enchinchando un rato más hasta que la comida está en su punto. Seiya va a la tienda de la esquina a comprar helado para ver la tele. Yo me siento a explorar mi nuevo accesorio favorito, excitada por todo lo que podré leer cuando quiera.
Un celular comienza a sonar, y no es el mío. Se le ha olvidado justo frente a mí. Sin saber muy bien si atender o no, me fijo que es un número que no tiene registrado. ¿Y si es algo importante? No, no atenderé. ¿Qué tal si se enfada por meterme en sus cosas?
Tardo mucho en reaccionar, y el teléfono se apaga. Entonces, dos segundos después, la pantalla se vuelve a encender indicando que ha llegado un mensaje. Es del mismo número que llamó, y arriba de ese, otro que es de Andrew.
Es demasiado y me puede la curiosidad. No puedo evitar fisgonear y deslizar la notificación hacia abajo, aunque sé que no puedo desbloquearlo para leerlos completos.
¿Cuánto más crees que podrás ignorarme? Dice el mensaje incógnito.
No vas a embarrarme en tu porquería, Seiya. Hablo en serio. Si no resuelves esto pronto, no te quiero en mi boda. Dice el de Andrew.
Hay que tener cuidado con lo que se desea. Por ejemplo, las palabras que yo tanto deseaba oír de mi héroe al fin han salido de sus labios, pero no fue como yo esperaba. Tampoco llegar al resultado de despejar la X de esta ecuación. Pensé que todo eran figuraciones mías, el hecho de que nada puede ser redomadamente bueno. La sensación de que algo tremendamente grande estaba frente a mí, aunque se me escapaba una y otra vez…
Lo malo de llegar al fondo de la sospecha es esto. Que cuando se instala y acampa justo debajo del esternón, en el punto más profundo y vacío, ya no hay marcha atrás. Lo peor, es el miedo que se siente cuando ese sentimiento se va convertir en una certeza. Cuando estás por averiguar la verdad.
Porque lo haré.
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Notas:
Ufff, me ha quedado algo largo. Muchas gracias si llegaste hasta aquí, si leíste, votaste o dejaste una estrellita o comentario. Gracias por la paciencia de acompañarme esta historia larga y compleja, que he disfrutado muchísimo. Lo que más me ha gustado, es ver a los personajes evolucionando y creciendo junto con Serena, incluso a los más secundarios. Mi propósito es hacer todo lo posible, si la vida me lo permite, de terminar esta historia este año. Espero lograrlo.
¿Qué les ha parecido? ¿Alguien más huele el aire húmedo y siente el ventarrón que siempre viene antes de la tormenta? No diré más.
Besos de cereza hoy y siempre,
Kay
