Capítulo 15: Una noche inusual
En el gran laboratorio de Prunia, el sonido de herramientas resonaba mientras los cristales brillaban con una tenue luz azulada. Entre mesas llenas de planos y artefactos Sheikah, Prunia trabajaba incansablemente en sus proyectos, mientras Impa se mantenía a su lado, observando pensativa.
Prunia levantó la mirada de su trabajo, notando la expresión distante de Impa.
—Te ves apagada, Impa. ¿Qué pasa? —preguntó Prunia, ajustando un lente sobre su ojo para examinar un engranaje pequeño.
Impa suspiró, cruzando los brazos mientras miraba el suelo.
—Es frustrante, Prunia. Estoy entrenando más que nunca, pero no veo resultados significativos. —Hizo una pausa, reflexionando—. Sé que no tengo el talento natural de un campeón, pero quiero ser más fuerte. No para competir con ellos, sino para ayudar cuando realmente sea necesario.
Prunia dejó a un lado su herramienta, apoyándose contra la mesa con una expresión seria.
—Mira, Impa, entiendo cómo te sientes. Pero mi conocimiento sobre la Gracia Divina es teórico. Nunca me interesó entrenar o subir de nivel. Mi fuerte es la tecnología, y si me dejas ayudarte en ese aspecto, puedo potenciar tus capacidades.
Impa la miró con curiosidad, aunque algo de escepticismo brillaba en sus ojos.
—¿Cómo planeas hacerlo?
—Podría hacerte una tela especial, similar a la Túnica de Campeón de Link —explicó Prunia mientras agarraba un trozo de material brillante—. Esta tela no solo reforzaría tu defensa, que es tu punto débil, sino que también potenciaría tu poder general. Además, puedo diseñarte unas dagas ancestrales personalizadas. Algo ligero, rápido y adaptado a tu estilo de combate.
Impa sonrió ligeramente ante la idea, pero su mente seguía atormentada. Algo faltaba.
—Eso sería increíble, Prunia, y te lo agradezco. Pero siento que no es suficiente. He estado pensando en Link y cómo ha logrado tanto en tan poco tiempo. No puede ser solo genética. Tiene algo más... algo que lo hace destacar.
Prunia se cruzó de brazos y se encogió de hombros.
—Tal vez sea la combinación de esfuerzo y enfoque. No hay un secreto mágico. Link perfeccionó cada habilidad que tuvo desde que era niño. No se rindió y las hizo crecer con él.
Impa asintió lentamente, sus pensamientos viajando hacia las palabras de Link. Recordó cómo había descrito su habilidad "Pensamiento Acelerado" como algo limitado en sus inicios. Pero al usarla constantemente, adaptándola a su vida diaria y no solo al combate, logró que evolucionara a "Procesamiento Acelerado" y luego a "Procesamiento Paralelo".
—Eso es... —murmuró Impa, como si una chispa se encendiera en su mente. —Link no dependía únicamente de su fuerza física. Integraba su habilidad en todo lo que hacía, la usaba hasta que se convirtió en una extensión de él.
Prunia sonrió, complacida al ver la determinación encenderse en los ojos de Impa.
—Exacto. Si quieres que tus habilidades crezcan contigo, debes encontrar la manera de integrarlas en tu vida. No solo como una herramienta de apoyo, sino como una parte de ti misma.
Impa se enderezó, inspirada. La idea era tan sencilla como reveladora: usar su habilidad continuamente, no solo en situaciones críticas. Quería descubrir hasta dónde podía llegar.
—Gracias, Prunia. Tus palabras y tu ayuda significan mucho. —Hizo una leve reverencia antes de girarse hacia la puerta. —Voy a entrenar como nunca antes.
Prunia la observó salir, una leve sonrisa en sus labios.
—Ve a por ello, Impa. Y prepárate, porque esas dagas van a ser un artefacto de primera.
Mientras Impa se alejaba, la determinación la llenaba. Sabía que el camino no sería fácil, pero estaba lista para enfrentarlo con toda su fuerza. Había encontrado una nueva luz, una esperanza para convertirse en alguien capaz de hacer la diferencia.
Prunia no pudo evitar sonreír al ver a su hermana Impa marcharse con esa luz renovada en sus ojos. La determinación que reflejaba su expresión llenaba a Prunia de orgullo. Si su hermana estaba tan inspirada, no podía quedarse atrás.
Con un movimiento decidido, Prunia se inclinó y sacó un viejo plano de debajo de la mesa. Era el diseño de unas dagas ancestrales: elegantes, letales y perfectamente adaptadas para un combate ágil. Los bordes afilados de las hojas estaban diseñados para canalizar energía Sheikah, y las empuñaduras tenían un acabado que parecía tanto funcional como ornamental. La pura idea de ver a Impa empuñándolas hizo que Prunia sonriera mientras desplegaba el plano sobre la mesa.
—Manos a la obra, —murmuró con entusiasmo, ajustándose su lente.
Sin embargo, antes de tomar sus herramientas, algo la distrajo. Su mirada se dirigió hacia el punto de teletransporte en una esquina del laboratorio, el mismo que había brillado intensamente menos de una semana atrás, cuando Link y Zelda aparecieron antes de partir hacia su aventura.
Un pensamiento cruzó su mente, y su sonrisa se amplió mientras apoyaba las manos en su cintura.
—¿Cómo les estará yendo a ese par de tortolitos? —murmuró con una risa ligera, casi como si pudiera imaginarse las interacciones torpes y entrañables entre los dos jóvenes.
Con una risita divertida, Prunia agitó la cabeza y volvió a enfocarse en el plano frente a ella. Los engranajes de su mente ya giraban mientras planeaba cada detalle de las dagas para asegurarse de que fueran perfectas. El laboratorio se llenó de nuevo con el sonido de herramientas y el chisporroteo de la tecnología Sheikah. La escena terminaba con la chispa creativa de Prunia iluminando el espacio, mientras trabajaba con una mezcla de amor y dedicación, tanto para su hermana como para el futuro de Hyrule.
El aire nocturno de Akkala era fresco y limpio, y Zelda no pudo evitar disfrutar de la sensación de la brisa mientras Link corría a gran velocidad. Ella se sujetaba de sus hombros con confianza mientras él saltaba con agilidad por valles y montañas. El paisaje pasaba tan rápido que parecía un sueño, pero Zelda no podía apartar la vista del cielo estrellado y del suave brillo de la luna que iluminaba su camino.
Finalmente, tras un salto más alto de lo habitual, Link aterrizó frente a unas aguas termales ocultas entre las colinas. Estas parecían un pequeño paraíso escondido, con el vapor danzando suavemente bajo la luz de la luna. No eran enormes, pero eran perfectas, lo suficientemente amplias para ellos dos y rodeadas de naturaleza que susurraba serenidad. Link bajó a Zelda con delicadeza, cuidando cada movimiento, mientras ella se apoyaba en el suelo con una sonrisa agradecida.
—Gracias, Link... Este lugar es hermoso, —dijo Zelda, maravillada, dejando que su mirada recorriera el cristalino reflejo del agua. El calor que emanaba de las termas ya comenzaba a cubrir su piel de pequeñas gotas de sudor. Zelda se llevó una mano al rostro, sintiendo el cálido contraste con la brisa fría de la noche.
El reflejo de la luna en el agua iluminaba el rostro de Zelda, y Link, incapaz de desviar la mirada, quedó embelesado por su belleza. Su mente se perdió por un momento en la forma en que sus ojos brillaban y cómo el vapor parecía envolverla en un aura etérea.
Zelda se giró hacia Link, rompiendo el hechizo de su contemplación. —Es increíble, Link. No me equivoqué en confiar en ti. Este lugar es justo lo que necesitaba después de todo lo que vivimos hoy en el laberinto. —Su sonrisa era cálida y llena de gratitud.
Link respondió con una sonrisa tranquila. —Me gusta que te guste.
Zelda soltó una pequeña risa, agradeciendo con sinceridad. —Gracias por tomarte el tiempo de planear esto. Realmente necesitaba un descanso.
Link negó con la cabeza, su expresión relajada pero con un toque de timidez. —No es nada, Zelda. Quiero que este viaje no sea solo un deber para ti, sino también un paseo para que disfrutes y veas lo hermoso que es tu reino.
Hizo una pausa, y su mirada se volvió un poco más seria mientras continuaba. —Además... yo tampoco conozco mucho de Hyrule. Quería explorarlo, y no se me ocurre una mejor compañera de viaje que tú.
Zelda sintió un rubor cálido extenderse por sus mejillas. Sus ojos se encontraron con los de Link, y por un momento, no pudo responder. Finalmente, murmuró suavemente, —Yo también siento lo mismo.
Ambos se sonrojaron, un momento de conexión sincera creciendo entre ellos. Zelda, cada vez más afectada por el calor del lugar, sintió cómo su cuerpo se cubría de sudor. Mientras tanto, Link, inconscientemente protegido por su habilidad de Repulsión Espacial, apenas notaba el calor. Sin embargo, al darse cuenta, desactivó la habilidad y sintió el ambiente cálido con mayor claridad. Aunque su gracia divina lo protegía en gran medida, ahora podía entender mejor la comodidad que las aguas ofrecían.
—Será mejor que nos preparemos para bañarnos, —dijo Zelda, pero entonces se detuvo, con una expresión de ligera alarma. —Espera... ¿con qué ropa me bañaré? No puedo usar mi túnica, y... no traje ropa de baño. ¡Ni siquiera lo pensé! —Su tono era de ligera desesperación mientras rebuscaba frenéticamente en su maleta.
Link, sin pensar mucho, abrió su dimensión de almacenamiento y le entregó la maleta de Zelda con naturalidad. —Aquí tienes. Tal vez encuentres algo útil.
Zelda comenzó a buscar con más esperanza y, para su sorpresa, encontró un traje de baño azul negro. Era suyo, pero ella no lo había empacado. De inmediato pensó en Prunia e Impa, recordando cómo la habían ayudado a preparar sus cosas. Su rostro se calentó aún más al darse cuenta de que el traje de baño era de dos piezas, algo que nunca había usado antes.
—¿Por qué no empacaron uno un poco más conservador? —susurró para sí misma, culpando silenciosamente a las dos Sheikah. Pero en el fondo, también se sintió aliviada de que lo hubieran incluido. Aunque le resultaba algo atrevido, no tenía otra opción. Con el rostro ardiendo de vergüenza, Zelda se alejó hacia unas rocas para cambiarse en privado.
Link, por su parte, revisó sus propias opciones y se dio cuenta de que no había pensado en algo tan básico. Sus pertenencias solo contenían túnicas y pantalones; nada adecuado para bañarse. Se rascó la nuca, sintiendo una mezcla de frustración y vergüenza. No podía bañarse en ropa interior, no con Zelda allí, pero tampoco podía encontrar una solución rápida.
—¿Cómo no pensé en esto antes? —murmuró, llevándose una mano al rostro.
Finalmente, suspiró y activó su habilidad de Alteración Espacial. El mundo se detuvo en un instante. En esa calma absoluta, Link se permitió unos segundos para pensar y buscar una salida.
El mundo permanecía en su calma suspendida mientras Link corría a toda velocidad, dejando un leve rastro de viento invisible en su camino. En cuestión de segundos, llegó a la ciudadela cerca del castillo de Hyrule, la única zona donde sabía con seguridad que encontraría tiendas. Todo estaba paralizado, como si la vida misma hubiera sido puesta en pausa, y Link se movía entre las sombras congeladas, su mente enfocada en la tarea.
Tras buscar un momento, encontró una tienda de ropa. Su mirada se dirigió a un short azul negro con líneas decorativas que era perfecto para un baño: sencillo, cómodo y funcional. A su lado, vio una camisa blanca completamente lisa. Sin pensarlo dos veces, tomó ambas prendas, pero como era propio de él, dejó una cantidad razonable de rupias en la caja registradora. Incluso dejó un poco más, imaginando las molestias que el dueño tendría al encontrar la mercancía faltante y el dinero extra.
Con las prendas en mano, Link salió de la tienda y, tan rápido como había llegado, regresó junto a Zelda. Todo estaba exactamente igual; el flujo detenido del tiempo no mostraba ningún cambio. Aquella habilidad, que parecía capaz de romper las reglas mismas de la realidad, le resultaba natural después de tantos años usándola. Con un suspiro, desactivó la Alteración Espacial, devolviendo el movimiento al mundo.
Fingiendo con naturalidad, Link abrió su dimensión de almacenamiento y sacó el short y la camisa como si siempre hubieran estado allí. Se alejó detrás de unas rocas para cambiarse rápidamente. El short le quedaba ajustado, resaltando las líneas definidas de sus piernas, pero sin llegar a ser incómodo. La camisa, por otro lado, era holgada; en su prisa no había prestado atención a la talla, pero cumplía con su propósito.
Mientras tanto, Zelda también salió de detrás de las rocas, ya con su traje de baño de dos piezas. Aunque era bastante conservador en diseño, la manera en que resaltaba su figura hacía que a los ojos de Link resultara impactante. Era la tercera vez que la veía así de deslumbrante, después del vestido Gerudo en la ciudadela y aquel corto vestido morado esa misma mañana. Pero esta vez, el rubor en su rostro era mucho más intenso. Zelda estaba prácticamente expuesta, y los nervios en su expresión solo intensificaban su belleza a los ojos del héroe.
Link quedó completamente paralizado. Su mente, siempre rápida y analítica, no encontraba palabras adecuadas. Era como si incluso su habilidad de Conciencia Espacial hubiera decidido bloquearse por un momento. Tartamudeó un par de veces, intentando articular algo, pero no lograba formar frases coherentes. Finalmente, tras un profundo esfuerzo, dijo:
—Te ves hermosa...
Zelda, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar, sintió cómo el calor de las termas era reemplazado por el de su rostro. Sin saber qué responder, simplemente bajó la mirada y se sumergió en el agua, esperando que el vapor disimulara su evidente rubor.
Link, aún sintiendo el torbellino de emociones en su interior, la observó en silencio por unos momentos antes de seguirla al agua. Sin decir palabra, se adentró en las termas, dejando que el calor lo envolviera lentamente. Ambos permanecieron en silencio al principio, cada uno procesando la intensidad del momento, pero el ambiente tranquilo y el sonido del agua burbujeando pronto comenzaron a relajar sus tensiones.
Link se sumergió lentamente en el agua, dejando que el calor envolviera su cuerpo mientras el vapor se elevaba alrededor de él. Zelda, quien ya estaba dentro del agua, lo observó de reojo. Aunque intentaba mantenerse tranquila, no pudo evitar notar cómo él parecía completamente cómodo con su camisa holgada aún puesta.
Finalmente, tras un momento de silencio, Zelda cruzó los brazos y lo miró con un ligero puchero.
—Link, esto no es justo.
Él parpadeó, confuso. —¿Qué no es justo?
—Yo estoy aquí... exponiéndome completamente con este traje de baño... —dijo mientras se sonrojaba, haciendo un gesto hacia sí misma. —Y tú estás ahí tan tranquilo con esa camisa puesta. Es como si yo fuera la única que está vulnerable aquí.
Link, sintiéndose ligeramente culpable, miró su camisa y luego a Zelda. —Pero no veo el problema. Estoy cómodo así.
Zelda frunció el ceño y, sin dejar de mirarlo, insistió. —¡No es solo comodidad! Es cuestión de igualdad. Si yo estoy así, tú también deberías...
Link, siempre dispuesto a evitar conflictos, suspiró y comenzó a levantarse la camisa. —Está bien, está bien... —murmuró, mientras se la quitaba lentamente.
Al quedar descubierto, el cuerpo de Link quedó completamente expuesto bajo la tenue luz de la luna. Aunque era evidente que su físico era el de un guerrero, su piel estaba sorprendentemente limpia de cicatrices, lo que llamó la atención de Zelda. Su mente no pudo evitar analizarlo mientras desviaba la mirada, tratando de no ser demasiado obvia.
Debe ser por su raza... pensó Zelda, recordando lo que sabía sobre los altos hylianos. Esa regeneración natural debe estar trabajando constantemente, y su habilidad para evitar ataques probablemente lo protege también. Tiene sentido.
A pesar de sus pensamientos lógicos, no pudo ignorar lo bien definido que estaba Link. Sus músculos eran marcados pero proporcionados, lo suficiente para reflejar la fuerza y disciplina de años de entrenamiento. Zelda comenzó a arrepentirse de haberle pedido que se quitara la camisa. Esto fue un error... pensó mientras su rostro se ponía más rojo.
Link, ajeno a los pensamientos de Zelda pero sintiendo cierta incomodidad por la atención, desvió la mirada hacia el agua. La tensión entre ambos era palpable, aunque no era incómoda. Más bien, había una extraña calidez en el ambiente, como si ambos supieran que algo había cambiado.
Para evitar aumentar los nervios, ambos decidieron sentarse de espaldas uno al otro. El vapor los envolvía, y el sonido del agua burbujeando se convirtió en el único acompañamiento mientras trataban de relajarse. Poco a poco, comenzaron a hablar de trivialidades, eligiendo temas simples para disipar la tensión.
Mientras el calor del agua comenzaba a relajarlos, ambos intentaron ignorar la tensión inicial que había surgido. Zelda, con el rostro aún levemente enrojecido, decidió romper el silencio.
—¿Sabías que Prunia una vez hizo explotar una de sus propias máquinas en el laboratorio? —dijo, soltando una pequeña risa nerviosa. —Impa me contó que tardaron semanas en reparar los daños.
Link, intrigado, giró un poco la cabeza hacia ella, aunque seguía mirando hacia el agua. —¿En serio? Eso explica por qué siempre insiste tanto en los cálculos ahora...
Zelda asintió, sonriendo más ampliamente mientras se relajaba un poco más. —Sí. Según Impa, fue porque olvidó apretar un tornillo importante. Desde entonces, no deja que nadie toque sus prototipos sin revisarlos al menos diez veces.
Link rió suavemente, el sonido bajo y tranquilo encajando con el ambiente sereno. —Eso suena como ella. Siempre tan meticulosa.
Mientras hablaban, ambos comenzaron a girarse de manera instintiva, con movimientos pequeños y naturales. Link apoyó un brazo en el borde de la terma, mientras Zelda jugaba distraídamente con el agua, dejando que sus dedos trazaran pequeñas ondas en la superficie.
—Y hablando de Impa, —continuó Zelda, su tono más relajado. —¿Te ha contado alguna vez cómo intentó entrar al Bosque Perdido para ver qué había adentro?
Link levantó una ceja, sorprendido. —¿En serio? No sabía que lo había intentado.
—Oh, sí, —dijo Zelda, riendo suavemente. —Me dijo que solo logró avanzar un poco antes de perderse. Después de dar vueltas tres veces en el mismo lugar, decidió que no valía la pena enfrentarse a los Kolog sola.
Link sonrió, sintiendo una calidez inesperada al imaginarlo. —Eso suena como algo que haría.
La conversación fluía con naturalidad, y con cada palabra, ambos parecían relajarse más. Poco a poco, sus movimientos los llevaron más cerca el uno del otro. Sin darse cuenta, Zelda había dejado de mirar hacia el agua y ahora observaba a Link mientras hablaba. La cercanía creciente hacía que sus hombros casi se rozaran.
—¿Y tú? —preguntó Link, su voz tranquila. —¿Alguna vez hiciste algo así por curiosidad?
Zelda se detuvo un momento, pensativa, mientras una leve sonrisa jugaba en sus labios. —Bueno... cuando era niña, intenté colarme en la sala de entrenamiento de los soldados para ver a mi padre practicar. Terminé atrapada en un barril durante horas porque tenía miedo de que me descubrieran.
Link soltó una risa más fuerte esta vez, su mirada brillando con diversión. —No puedo imaginarte en un barril. ¿Qué pasó después?
Zelda sonrió, inclinándose un poco hacia él sin darse cuenta. —Prunia me encontró y me sacó. Me dio un buen sermón, pero me prometió que no se lo diría a mi padre. Claro, después usó esa información para chantajearme durante semanas.
Ambos rieron juntos, y en ese momento, sus hombros finalmente se tocaron. Ninguno de los dos retrocedió. El contacto era cálido, y la risa había disipado cualquier incomodidad que pudiera haber quedado entre ellos.
Ahora, recostados contra el borde de las termas, estaban muy cerca. Sus miradas se dirigían al mismo punto en la distancia, donde la luna se reflejaba en el agua. El vapor creaba un suave velo alrededor de ellos, haciendo que el momento se sintiera aún más íntimo.
Zelda, sin girar la cabeza, habló en un susurro. —Gracias por traerme aquí, Link. Realmente necesitaba esto.
Link, mirando el agua con una expresión tranquila pero sincera, respondió en el mismo tono. —Quiero que este viaje sea algo especial para ti.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire por un momento, y Zelda lo miró de reojo, permitiéndose una pequeña sonrisa antes de volver la vista hacia el reflejo de la luna. Ambos permanecieron allí, en silencio, tan cerca que sus respiraciones parecían sincronizarse, disfrutando de la tranquilidad que habían encontrado juntos.
El calor de las aguas termales envolvía los cuerpos de Link y Zelda, relajándolos, especialmente a Zelda, que parecía dejarse llevar por el confort del momento. Ambos permanecían en silencio, sus miradas fijas en el cielo nocturno, donde las estrellas brillaban con intensidad, como si la noche quisiera ser testigo del pequeño momento que compartían.
Aunque la cercanía entre ellos era palpable, algo intangible parecía interponerse, una barrera invisible que ambos querían cruzar, pero sentían que aún no era el momento. Zelda, perdida en sus pensamientos, deseaba poder extender su mano, tomar la de Link, abrazarlo tal vez. Sabía que si daba un paso, una relación podría nacer. No sabía mucho sobre el amor, pero no era ingenua. Podía imaginar un futuro juntos, aunque la sombra de su misión aún pesaba sobre ella. "Solo un poco más, Link. Espérame un poco más", pensó con una mezcla de esperanza y determinación.
Por su parte, Link también reflexionaba. Sabía que sus sentimientos hacia Zelda iban más allá de la admiración o la camaradería. Pero el peso de la misión sagrada y el estatus de Zelda como princesa lo llenaban de dudas. No quería que una relación con él pudiera traerle problemas o afectarla. En su mente, pensaba que si algo debía suceder, primero tendría que hablar con el rey. "Por favor, Zelda… espérame un poco más", rogó en silencio.
Ambos, como si estuvieran sincronizados por un hilo invisible, dejaron de mirar al cielo y giraron sus rostros para encontrarse con la mirada del otro. Sus ojos se cruzaron, y en ese instante, todo lo demás desapareció. Una fuerza inexplicable parecía atraerlos, acercando sus rostros lentamente. Sus manos tensaron los bordes de la terma, sus respiraciones se volvieron más cortas, y el espacio entre ellos se redujo hasta quedar a un puño de distancia.
Zelda cerró los ojos, sus labios tensos por los nervios, esperando un contacto que parecía inevitable. Su mente se nubló por un momento mientras cedía a lo que sentía. Por su parte, Link estaba atrapado en un dilema. Deseaba ceder, pero también sabía que debía contenerse. Su resolución se mantuvo firme: no podía estropear la misión, ni apresurar algo que debía esperar.
Cuando la distancia se hizo mínima, Link inclinó su cabeza ligeramente, apoyando su frente en la de Zelda. El contacto inesperado hizo que ella abriera los ojos, sorprendida. No era lo que esperaba, pero la calidez del gesto no dejaba de ser significativa.
—Ya estamos muy calientes, —murmuró Link en un tono tranquilo, su voz un tanto nerviosa. —Podríamos enfermarnos si seguimos aquí mucho tiempo. Deberíamos regresar al rancho.
Zelda, entre alivio y decepción, asintió con un susurro. —Sí, tienes razón. Sería lo mejor.
Link percibió esa pizca de decepción en su voz, un eco de lo que él también sentía. No quería que ella pensara que el momento no había significado nada. Con una ligera sonrisa, añadió:
—No te preocupes, Zelda. Volveremos aquí en otra ocasión. Solo terminemos este viaje juntos, y te prometo que regresaremos.
Zelda lo miró fijamente, sus ojos llenos de algo más que simple acuerdo. Asintió, pero en su mente comenzó a interpretar sus palabras. Quizá Link no solo hablaba de volver a las termas; quizá se refería a algo más profundo. Esa idea la llenó de una esperanza renovada.
—Sí, —dijo, su tono más alegre. —Volvamos. Pero la próxima vez, trata de no apuntar a mi frente.
Zelda rió suavemente, tratando de aliviar el momento con humor, y Link, contagiado por su risa, la siguió.
—Oye, apuntar a la frente no es tan malo, —respondió con un tono juguetón.
—¿Ah, no? ¿Por qué? —preguntó Zelda con una leve sonrisa inquisitiva.
Antes de responder, Link se inclinó ligeramente hacia ella y, con un gesto inesperado, depositó un suave beso en su frente. Zelda quedó congelada, helada pese al calor del agua termal. El contacto fue breve, pero para Zelda, se sintió como si el mundo se detuviera por un momento.
—Por eso, —dijo Link con calma, enderezándose mientras salía del agua con una expresión tranquila, como si nada extraordinario hubiera pasado.
De su dimensión de almacenamiento, sacó dos toallas y dejó una cuidadosamente sobre la maleta de Zelda.
—Me voy a cambiar, —dijo sin mirarla directamente, dejando un rastro de vapor mientras se alejaba hacia las rocas.
Zelda permaneció inmóvil, aún sintiendo la calidez del beso en su frente. Su mente era un torbellino de emociones, pero en el fondo, sabía que ese gesto significaba mucho más de lo que Link podría haber expresado con palabras. Mientras lo veía desaparecer detrás de las rocas, su corazón latía con fuerza, y una pequeña sonrisa curvó sus labios.
El viento nocturno soplaba suavemente mientras Link terminaba de cambiarse detrás de las rocas cercanas a las termas. Esta vez, en lugar de su túnica habitual, vestía una camisa fresca con un diseño de langosta y mangas que llegaban un poco más allá del codo. Era una prenda que Prunia le había dado antes de partir, una que no pensó que usaría, pero que ahora parecía perfecta para el día tranquilo que habían tenido. Aunque había cambiado su parte superior, mantenía sus fieles pantalones hylianos, de los que siempre llevaba varios por lo cómodos que le parecían.
Mientras guardaba su toalla y ropa en su dimensión de almacenamiento, sus cabellos aún húmedos ondeaban ligeramente con la brisa. Terminó de acomodarse y esperó pacientemente a Zelda, quien seguía detrás de una roca cercana, aún perdida en sus pensamientos.
Detrás de las rocas, Zelda sostenía su vestido en las manos, pero su mente estaba atrapada en el beso en la frente que Link le había dado momentos antes. Era un gesto pequeño, pero su significado se sentía grande. Una calidez inexplicable se alojaba en su pecho mientras observaba la prenda. Había decidido usar el vestido que había llevado en el rancho al inicio de su viaje. Link había mostrado una clara apreciación por cómo se veía entonces, y ahora deseaba repetir esa impresión. Aunque había asegurado que quería esperar hasta después del cataclismo para dar el siguiente paso en su relación, no podía evitar querer lucir linda para él.
Con una sonrisa tímida, Zelda se colocó el vestido, ajustándolo con cuidado antes de salir de detrás de las rocas. Cuando lo hizo, su cuerpo reflejaba una mezcla de timidez y determinación. Llevaba consigo su maleta de viaje, pero sus ojos buscaban a Link, esperando su reacción.
El viento nocturno seguía soplando suavemente mientras Link esperaba a Zelda. Terminado de guardar sus cosas en su dimensión de almacenamiento, se apoyó contra una roca cercana, dejando que el aire fresco secara su cabello húmedo. Cuando Zelda salió finalmente de detrás de las rocas, vestida con el mismo vestido que había usado en el rancho, Link levantó la mirada y quedó por un instante sin palabras.
—Te ves hermosa, Zelda, —dijo con un tono bajo pero lleno de sinceridad.
Zelda sintió que el calor subía a su rostro, y bajó la mirada, jugando nerviosamente con sus dedos detrás de su espalda. Su voz, aunque suave, estaba cargada de emoción cuando respondió:
—Gracias... Me alegra que te guste...
Link asintió con una pequeña sonrisa, sintiéndose tranquilo pero cautivado por su presencia. Después de unos segundos, añadió:
—Creo que tengo algo que puede quedarte bien con ese vestido.
Zelda levantó la mirada hacia él, curiosa, mientras él daba un par de pasos hacia ella. Cada movimiento parecía lento y deliberado, haciendo que su corazón latiera con más fuerza. Cuando Link tocó suavemente su maleta, esta desapareció al instante en su dimensión de almacenamiento. Luego, extendió su mano hacia Zelda, abierta y esperando.
—Dame tu mano, —dijo con calma.
Zelda, tragando suavemente, colocó su mano sobre la de Link. La calidez de su palma contrastaba con el fresco de la noche. Con un leve peso que apareció de la nada, Zelda sintió algo en su mano. Cuando Link retiró la suya, un hermoso collar con un zafiro morado en el centro descansaba sobre su palma. La piedra brillaba con un destello suave y etéreo bajo la luz de la luna.
—Es precioso... —susurró Zelda, girando la joya entre sus dedos mientras sus ojos reflejaban el brillo del collar. Luego preguntó con voz suave pero llena de curiosidad: —¿Dónde lo conseguiste?
—En la joyería Gerudo, —respondió Link con naturalidad, como si fuera lo más sencillo del mundo.
Zelda quiso decir algo, tal vez que no debió gastar tanto en ella, pero sus pensamientos se detuvieron. En lugar de eso, optó por aceptar el gesto como algo especial y significativo.
—Gracias, Link. Es precioso, —dijo, su voz genuina, llena de gratitud.
Link sonrió, satisfecho con su reacción, mientras Zelda examinaba de nuevo la joya. Luego levantó la vista con una chispa de entusiasmo en los ojos.
—Oye... justo combina con mi vestido, ¿no? ¿Me ayudas a ponérmelo?
Antes de que Link pudiera responder, Zelda le entregó el collar y se giró, levantando su cabello con ambas manos para exponer su cuello. El movimiento, delicado y natural, captó completamente la atención de Link. Observó cómo el suave brillo de la luna destacaba la curva de su cuello, y el simple gesto de apartar su cabello le pareció tan atractivo como inesperadamente íntimo.
Acercándose con el collar en las manos, Link sintió un escalofrío al notar la cercanía entre ellos. Sus manos, cálidas y firmes, se movieron cuidadosamente hacia el cuello de Zelda. Aunque trataba de mantener un gesto profesional y respetuoso, no pudo evitar que sus dedos rozaran su piel al intentar colocar la joya. El contacto, aunque breve, lo hizo consciente de cada detalle: la suavidad de su piel, el aroma ligero que emanaba de su cabello, y el leve estremecimiento que ella pareció reprimir al sentirlo.
Zelda cerró los ojos un instante, sintiendo la calidez de las manos de Link y la cercanía de su respiración. Todo en el momento parecía perfecto, como si el mundo se hubiera alineado para ellos. Pero justo cuando las manos de Link rodeaban su cuello con el collar, algo cambió.
Un destello en el rabillo del ojo de Link captó su atención. Con rapidez, su mente procesó lo que ocurría: un kunai, afilado y mortal, venía directo hacia Zelda. Sin pensarlo dos veces, activó su habilidad de Alteración Espacial, congelando el espacio en un instante.
El mundo quedó inmóvil. El kunai flotaba suspendido a unos centímetros del cuello de Zelda, brillando débilmente bajo la luz lunar. A su alrededor, aparecieron figuras oscuras: diez reclutas Yiga y dos oficiales, todos en posiciones de ataque. Link, manteniendo una mano en el collar y otra en el hombro de Zelda, extendió su habilidad para incluirla en el dominio del tiempo detenido. Zelda parpadeó, sorprendida, al darse cuenta de que estaba en el espacio suspendido.
—Link... —murmuró, su voz cargada de asombro y una pizca de frustración al notar que el momento había sido interrumpido.
Link no respondió de inmediato. En cambio, su atención estaba fija en los enemigos que habían intentado atacarlos. Con cuidado, movió a Zelda fuera de la trayectoria del kunai, asegurándose de que estuviera completamente a salvo antes de soltar el collar y prepararse para actuar.
Zelda observó el kunai flotando en el aire, y rápidamente comprendió la situación. A pesar de la amenaza, no pudo evitar lamentar internamente que el momento especial que compartían hubiera sido cortado tan abruptamente. Pero al mismo tiempo, sintió una renovada admiración por Link, cuya calma y determinación parecían inquebrantables incluso en las circunstancias más tensas.
Link evaluó rápidamente la situación. Sabía que podía derrotar a todos los Yiga sin que siquiera se dieran cuenta en este espacio suspendido, pero un pensamiento más humano cruzó su mente: quería lucirse frente a Zelda. ¿Qué mejor manera de cerrar el día que con una lucha épica contra los enemigos del reino?
Sin soltar el contacto con Zelda, deslizó su mano hacia la de ella, soltando su cuello con suavidad.
—Será más fácil movernos así, —dijo Link con calma, buscando una excusa razonable.
Zelda asintió, entendiendo la lógica, pero no pudo evitar sentirse decepcionada. Algo en su corazón anhelaba que el contacto no hubiera cambiado. ¿Por qué no un abrazo? pensó, pero rápidamente sacudió la cabeza. Con un abrazo sería más incómodo moverse justificó para sí misma, aunque su corazón seguía gritando lo contrario.
Mientras ambos caminaban hacia unas rocas cercanas, Zelda observó la situación con detenimiento. Doce personas estaban allí con la intención de matarla, y sin embargo, no sentía ni una pizca de miedo. Caminaba tranquila, como si todo estuviera bajo control. Mirando la espalda de Link mientras él la guiaba, entendió la razón de su calma: el abrumador poder de quien la protegía. Un leve sonrojo apareció en su rostro mientras sus ojos se quedaban fijos en él.
Antes de llegar detrás de las rocas, Zelda lo detuvo, colocando suavemente una mano en su brazo.
—Link, ¿planeas pelear con ellos sin usar tu habilidad de Alteración Espacial?
Link giró la cabeza y asintió con tranquilidad, como si fuera lo más natural del mundo. Reanudó su marcha, pero Zelda lo detuvo nuevamente.
—¿Cuántos son exactamente?
—Doce, —respondió Link con confianza.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? Podría haber más escondidos en los alrededores.
—No. Mi habilidad de Análisis no detecta a nadie más. Solo son ellos doce.
Zelda asintió lentamente, procesando su respuesta. Luego, con un leve destello de curiosidad y confianza en sus ojos, dijo:
—Entonces pelea con ellos. Quiero verte pelear. Confío en que contigo no me pasará nada, incluso si estoy aquí expuesta.
Link frunció el ceño ligeramente, pensando en lo peligroso que podía ser dejarla a la vista. Pero no podía negar que, en el fondo, deseaba que ella lo viera en acción. Finalmente, asintió.
—Si sientes peligro, solo grita. Detendré todo y te protegeré sin dudarlo.
Zelda le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Lo sé, Link. Por eso estoy tan tranquila, incluso con doce asesinos tras de mí.
Ambos rieron suavemente ante la inesperada ocurrencia de Zelda, rompiendo por un momento la tensión del ambiente. Link finalmente la guió hasta un lugar más apartado, aunque no completamente escondido. Cuando la soltó, Zelda quedó inmóvil nuevamente, suspendida en el espacio. Link se giró hacia los Yiga, su expresión endureciéndose.
Link caminó con calma hacia los reclutas Yiga. Mientras lo hacía, utilizó su habilidad de Análisis para inspeccionarlos uno por uno, identificando las armas que llevaban. En un instante, despojó a todos de sus kunai, transportándolos a su dimensión de almacenamiento. Ahora, cualquier ataque a distancia quedaba neutralizado, pero debía estar atento por si alguno intentaba arrojar su espada hacia Zelda.
Con cada paso que daba, Link sentía cómo la adrenalina crecía, aunque su expresión permanecía serena. Desenvainó la Espada Maestra con un movimiento fluido, su brillo azul iluminando tenuemente el espacio detenido. Finalmente, cuando estuvo frente a los Yiga, desactivó su Alteración Espacial.
Para los Yiga, el cambio fue abrupto. En un segundo, Link y Zelda estaban juntos, con un kunai dirigido al cuello de la princesa. Al siguiente, Link estaba frente a ellos, con Zelda a una distancia segura y todos sus kunai desaparecidos. El desconcierto fue inmediato.
—¿Cómo...? —murmuró uno de los oficiales, sus ojos recorriendo a Link con incredulidad.
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito. Todos los Yiga entendieron en ese momento que la pelea no había comenzado, pero ya estaba prácticamente decidida.
Link se plantó con firmeza, sosteniendo la Espada Maestra con ambas manos. Su mirada era implacable, y su postura irradiaba confianza. La noche parecía haberse vuelto más oscura a su alrededor, como si el mundo mismo estuviera conteniendo la respiración en espera de lo que estaba por venir.
Los Yiga intercambiaron miradas nerviosas. Uno de los oficiales finalmente dio un paso al frente, desenfundando su espada curva.
—¡Ataquen juntos! ¡No le den tiempo de reaccionar! —gritó, intentando recuperar el control de la situación.
Link comenzó a correr hacia los Yiga con una confianza implacable. Los reclutas y oficiales intentaron coordinar sus técnicas grupales, lanzando golpes y tratando de confundirlo con movimientos rápidos y teletransportaciones cortas. Sin embargo, cada choque con Link terminaba de manera desigual. La diferencia de poder era abismal. Mientras las estadísticas de los reclutas rondaban los 2000 y las de los oficiales entre 3000 y 4000, Link, con su abrumador nivel de 40,000, los superaba ampliamente. Aún así, la batalla tenía un espectador importante: Zelda.
Link lo sabía. No podía permitirse derrotarlos de manera letal frente a ella. Aunque Hyrule era un reino acostumbrado a la guerra, Zelda nunca había presenciado una muerte directa, y Link no quería ser quien le diera esa experiencia. Comprendiendo esto, deslizó nuevamente la Espada Maestra en su funda. Si iba a luchar, lo haría de una manera menos violenta, pero no menos impresionante.
Desenfundando un par de kunai que había confiscado previamente a los Yiga, Link avanzó con una precisión que parecía casi despreocupada. Esquivaba cada ataque con movimientos naturales, sin recurrir siquiera a habilidades especiales. Sus puños y los kunai en sus manos bastaban para contrarrestar cada embestida.
Moviéndose hacia los Yiga con pasos firmes, su expresión tranquila, pero su mente enfocada. Los reclutas lo rodearon, tratando de usar sus técnicas grupales para atraparlo en ataques coordinados. Cada golpe que lanzaban era un esfuerzo conjunto, buscando desestabilizarlo. Sin embargo, Link esquivaba con una naturalidad insultante, como si sus movimientos estuvieran coreografiados para adelantarse a ellos.
Uno de los Yiga lanzó un corte directo hacia su torso, pero Link lo bloqueó con el kunai que sostenía en su mano izquierda, girando sobre su propio eje y usando el impulso para asestar un golpe con el codo al rostro del recluta. El impacto fue brutal: el hombre salió disparado, cayendo inconsciente en el suelo.
Otro recluta intentó aprovechar el momento, saltando hacia Link desde un ángulo lateral con una espada curva. Link lo recibió con un golpe ascendente de su kunai derecho, desviando el arma, y remató con un puñetazo en el estómago. El golpe fue tan preciso que el aire escapó de los pulmones del Yiga en un jadeo ahogado antes de colapsar.
Dos más se lanzaron simultáneamente desde atrás, usando una combinación de teletransportaciones cortas para tratar de confundirlo. Pero Link apenas necesitó girar ligeramente su cabeza para calcular sus movimientos. En el último momento, esquivó un corte horizontal, atrapó la muñeca del atacante con una mano y lo utilizó como escudo contra el segundo, quien detuvo su golpe al ver que podía herir a su compañero. Aprovechando la pausa, Link giró al primer recluta y lo derribó con un barrido rápido, para luego saltar y golpear al segundo en la mandíbula con una rodilla.
A cada movimiento, los Yiga caían, uno tras otro. Link utilizaba los kunai con precisión quirúrgica, desarmando a sus enemigos y neutralizándolos sin matarlos. Sus golpes, sin ser letales, eran demoledores. Los reclutas pronto se dieron cuenta de que no tenían oportunidad.
Desde la distancia, los dos oficiales Yiga observaban la escena con incredulidad. Uno de ellos apretó los dientes.
—Esto no funciona. Si seguimos así, nos acabará a todos. Hay que atacar a la princesa.
El otro oficial asintió y ambos activaron una bomba de humo, desapareciendo de la vista de Link mientras gritaban una orden.
—¡Regrúpense después! ¡Vamos por la princesa!
Cuando reaparecieron cerca de Zelda, esperaban encontrarla indefensa. En cambio, lo que vieron los dejó sin aliento: Link ya estaba allí, parado frente a ellos como una sombra imponente. Giraron la cabeza, y lo que encontraron detrás fue una pila de cuerpos inconscientes. Los diez reclutas estaban apilados como si fueran juguetes rotos.
El primero de los oficiales retrocedió instintivamente. El segundo, intentando mantener la compostura, desenvainó su espada curva.
—¡Huye! ¡Busca refuerzos! Yo lo distraeré, —gritó, pero antes de que pudiera terminar la frase, un puñetazo lo alcanzó en la mandíbula. El impacto fue tan rápido que ni siquiera vio de dónde venía. Su cuerpo voló hacia la pila de reclutas, quedando inconsciente al instante.*
El oficial restante intentó dar un paso atrás, pero sus piernas temblaban incontrolablemente. Nunca había visto algo así. Ni siquiera Urbosa, con su fuerza legendaria, le había provocado un miedo tan absoluto. Link dio un paso hacia él, y el Yiga levantó las manos temblorosas.
—Esta vez tienes suerte, —dijo Link con voz fría, pero controlada. —Zelda está viendo, y no quiero que presencie más violencia. Ve y dile a los Yiga que no vuelvan a acercarse a ella.
El oficial asintió rápidamente, sus ojos llenos de pánico. Corrió hacia la pila de cuerpos y comenzó a reanimar a sus compañeros como pudo, cacheteándolos y sacudiéndolos. Su cuerpo seguía temblando mientras lograba despertar a tres, y juntos cargaron a los demás, huyendo con prisa torpe y descoordinada.
Link caminó lentamente hacia Zelda, que había observado todo con ojos brillantes. Mientras él se acercaba, su respiración comenzó a desacelerarse, pero su mente seguía reproduciendo los movimientos fluidos de la pelea. Zelda, incapaz de contener su admiración, sonrió ampliamente.
—Link, en serio, es increible verte pelear. Cada vez me sorprendes más, —dijo, su voz suave pero llena de emoción. —Y cada vez me siento más segura contigo a mi lado.
Las palabras de Zelda lo golpearon con fuerza. Link sintió una calidez en el pecho, algo que no había experimentado desde hacía mucho tiempo. Había soñado con ser un guerrero fuerte, alguien capaz de proteger a los demás, y ahora, esa chica a la que había jurado proteger confiaba plenamente en él.
—Gracias por confiar en mí, Zelda, —dijo, tratando de mantener la compostura, aunque sus pensamientos comenzaban a desviarse. Ella confía en mí de una manera que no merezco... Pero quiero estar a la altura.
—No. Soy yo quien debería agradecerte, —respondió Zelda, sus ojos encontrándose con los de él. —Eres quien me hace sentir así.
El silencio entre ellos se llenó de una conexión palpable. Entonces, Link notó el collar que Zelda sostenía en su mano. Al verla con el zafiro, una imagen se formó en su mente: Zelda con el collar puesto, la joya brillando contra su piel. El pensamiento lo dejó momentáneamente paralizado. Es perfecta... pensó, sintiendo que su mente se quedaba en blanco.
—Bueno... ¿en qué estábamos? —logró decir finalmente, con una pequeña sonrisa.
Zelda rio suavemente, entregándole el collar y girándose nuevamente para levantar su cabello. Cuando lo hizo, Link sintió una nueva ola de emoción al ver la delicadeza de su gesto, la curva de su cuello expuesta. Su mente vagó por un instante, pero se enfocó y colocó el collar con cuidado. Los dedos de Link rozaron su piel, y un leve estremecimiento recorrió su cuerpo, aunque se limitó a ajustar el cierre. Zelda dejó caer su cabello y se giró hacia él, mostrando la joya.
—Quería preguntarte cómo me queda, pero tu rostro ya habla por ti, —dijo Zelda con un toque de picardía.
Link no pudo responder de inmediato. Estaba embelesado. Las palabras de Zelda lo sacaron de su ensimismamiento, y él sonrió tímidamente.
—Quiero decirte algo... al oído, —añadió Zelda.
Link inclinó la cabeza hacia ella, acercándose sin sospechar lo que estaba por venir. Zelda se acercó más y susurró:
—Gracias, Link.
Antes de que pudiera reaccionar, Zelda giró su rostro y depositó un suave beso en su mejilla. El contacto fue cálido, breve, pero lo suficientemente intenso como para dejar al campeón completamente inmóvil.
Zelda, con una sonrisa que ocultaba su propio rubor, pasó de largo, añadiendo en tono ligero:
—El rancho está lejos de aquí, ¿verdad? Caminemos un rato antes de que uses tu súper velocidad. Quiero contemplar el paisaje y sentir el viento un poco más.
Link seguía inmóvil, procesando lo que acababa de pasar. Zelda, mientras tanto, se reía para sí misma, sabiendo que lo había dejado paralizado, aunque su propio corazón no dejaba de latir rápidamente.
Link tardó un rato en moverse después del beso de Zelda, aún procesando lo que había sucedido. Pero ahora, ya caminaban juntos bajo el cielo estrellado, dirigiéndose lentamente al rancho. Zelda había insistido en caminar un rato antes de que Link la cargara y corriera a su destino. El día había sido increíble, pese a la interrupción de los Yiga. Zelda sentía que algo en ella se había transformado, su corazón palpitaba con intensidad, y su mente debatía entre mantener la calma o dejarse llevar por el deseo de hacer esta noche aún más especial.
Mientras caminaban, Zelda divisó un pequeño bosque no muy lejos del camino. No debía tener más de treinta árboles, pero entre sus ramas se veía un espectáculo de luces: cientos de luciérnagas danzaban en la penumbra, creando un destello mágico. La veloz mente de Zelda encontró en ese momento la excusa perfecta.
—Link, —dijo, señalando el bosque. —Puedes detener el tiempo, ¿verdad? Me encantaría ver esas luciérnagas a detalle.
Link, sin sospechar nada, asintió. Extendió su mano hacia Zelda, pero para su sorpresa, cuando ella la tomó, entrelazó sus dedos con los de él. El contacto era diferente, más íntimo. Aunque inesperado, Link no estaba en contra; por el contrario, apretó suavemente el agarre mientras activaba su habilidad.
El mundo se detuvo al instante. El leve murmullo de la brisa cesó, y las luciérnagas quedaron suspendidas en el aire como estrellas atrapadas en una fotografía. Link y Zelda caminaron hacia el bosque, aún tomados de la mano. A medida que se adentraban entre los árboles, las luces los envolvían, creando una escena que parecía sacada de un sueño. Incluso las alas de las luciérnagas, normalmente invisibles al ojo humano, quedaban definidas en detalle bajo la dimensión de Link. Zelda, maravillada, sonrió con dulzura.
—Es increíble... como estar entre las estrellas, —susurró, observando a su alrededor.
Zelda quiso hacer el momento aún más memorable. Con una chispa de inspiración, le pidió a Link su tableta Sheikah. Él la sacó de su dimensión y se la entregó. Zelda notó que funcionaba perfectamente en este espacio detenido, pero cuando la soltaba, quedaba suspendida en el aire, inmóvil. Fascinada, tomó varias fotos del paisaje, comentando que Prunia se emocionaría al estudiar cómo capturar eventos rápidos en detalle.
Entonces, Zelda, armándose de valor y siguiendo los latidos desenfrenados de su corazón, le dijo:
—Link, ¿qué te parece si nos tomamos una foto juntos? La última que tenemos es del día que hablamos en tu cuarto por primera vez.
Zelda mostró la foto en la tableta, y Link la observó con una pequeña sonrisa. Era un recuerdo importante, el inicio de lo que ahora compartían. La imagen le hizo pensar en cómo había cambiado todo desde ese día, en lo lejos que habían llegado juntos.
Link asintió ante la idea de tomarse una foto juntos. Zelda sonrió, su corazón latiendo con fuerza mientras ajustaba la tableta Sheikah para capturar la imagen. Ambos se colocaron frente a la cámara en el pequeño bosque iluminado por luciérnagas. El brillo de las luces suspendidas parecía un manto de estrellas alrededor de ellos, creando un ambiente que solo podía describirse como mágico.
Zelda ajustó la tableta a una distancia prudente, pero al mirar el encuadre, comentó con una ligera risa:
—Parecemos igual de tensos que el día en tu cuarto, ¿no crees? Ahora somos más cercanos… deberíamos demostrarlo.
Mientras decía esto, Zelda se acercó lentamente a Link, reduciendo la distancia entre ambos hasta que quedó completamente nula. Sus ojos se encontraron, y el momento se llenó de una calidez inesperada. Zelda tomó la mano de Link que ya sostenía entrelazada con la suya, pero esta vez la guió hacia su costado, haciendo que ambos quedaran con un brazo alrededor del otro.
—Así está mejor, ¿no crees? —susurró Zelda, apoyando suavemente su cabeza en el hombro de Link.
Link, sorprendido pero cómodo con la cercanía, también inclinó su cabeza hacia la de Zelda. La sensación de estar así, rodeados de la calma del tiempo suspendido y de la luz de las luciérnagas, era indescriptible. Ambos cerraron los ojos mientras Zelda activaba la cámara con un gesto rápido, capturando el momento. La imagen mostró una conexión sincera y una tranquilidad que ambos sentían profundamente, una que parecía grabarse más allá de la foto misma.
Zelda observó la imagen en la tableta y sonrió, satisfecha.
—Es perfecta… como si este momento pudiera durar para siempre.
Link miró la foto con una expresión suave, y aunque no dijo nada, su sonrisa hablaba más de lo que cualquier palabra podía expresar.
Zelda bajó la tableta Sheikah, admirando la imagen que habían capturado juntos. Su sonrisa reflejaba la calidez del momento, pero luego levantó la mirada hacia Link y, con una chispa de travesura en sus ojos, le extendió la tableta.
—Sostenme la tableta un momento —dijo con un tono casual, depositándola en sus manos.
Link, sin sospechar nada, tomó la tableta con cuidado. En ese instante, Zelda soltó deliberadamente su mano. Al hacerlo, quedó suspendida en el espacio detenido de Link, inmóvil como las luciérnagas que flotaban a su alrededor. Él la miró sorprendido por un momento y, con una leve risa, desactivó su habilidad, devolviendo el flujo normal al mundo.
El sonido del viento y el movimiento de las hojas llenaron el bosque nuevamente. Zelda, al notar que todo había regresado a la normalidad, lanzó un suave grito de sorpresa y rió. Sin pensarlo dos veces, comenzó a correr entre las luciérnagas, alzando los brazos y dando vueltas mientras intentaba alcanzarlas. Las luces, asustadas por su entusiasmo, se dispersaron rápidamente, creando un espectáculo de destellos que iluminaba su rostro con una felicidad genuina.
Link, aún de pie bajo las hojas de los árboles, sostenía la tableta Sheikah en sus manos. Observó a Zelda mientras corría, su sonrisa radiante llenándolo de una sensación de paz y calidez. Sin pensarlo, activó la cámara de la tableta y capturó el momento. En la imagen, Zelda aparecía sonriendo con una alegría pura, sus brazos extendidos hacia las luciérnagas, como si intentara atrapar estrellas. La foto emanaba un aire mágico, un reflejo de lo que Link sentía al verla así.
Guardó la tableta con cuidado, sabiendo que esa imagen sería un tesoro personal. No le dijo a Zelda que la había tomado.
Zelda, después de un rato, se detuvo, aún riendo por su pequeño espectáculo. Se giró hacia Link, quien la observaba desde la distancia con una sonrisa tranquila. Caminó hacia él, sacudiendo sus manos como si pudiera borrar la luz que había tocado.
—Deberíamos irnos, ¿verdad? —preguntó, su voz suave y ligeramente cansada. —Ha sido un día largo, y mañana nos espera otro viaje.
Link asintió, guardando la tableta en su dimensión de almacenamiento. —Sí. Será mejor que descansemos.
Zelda sonrió, asintiendo mientras ambos comenzaban a caminar de regreso al sendero. La brisa fresca los envolvía, y aunque el silencio se instaló entre ellos, estaba lleno de una comodidad sincera. A medida que avanzaban, Zelda se detuvo repentinamente.
—¿Sabes? —dijo, con una sonrisa traviesa. —Quizás sería más rápido si me llevaras.
Link la miró, algo sorprendido, pero al notar la expresión divertida en el rostro de Zelda, simplemente sonrió y asintió. Se inclinó ligeramente hacia ella, esperando su reacción. Sin dudarlo, Zelda se sentó cuidadosamente en los brazos de Link, colocando un brazo alrededor de su cuello para asegurarse de no caer.
—Espero que puedas correr tan rápido como dices, —bromeó, aunque en su interior sentía una extraña mezcla de picardía y emoción.
—Agárrate bien, —respondió Link con calma, aunque su tono llevaba un leve matiz de diversión.
En un instante, Link comenzó a correr a una velocidad abrumadora, tan rápida que los alrededores se transformaron en un borrón de luces y sombras. El bosque desapareció detrás de ellos en un abrir y cerrar de ojos, como si nunca hubieran estado allí. Zelda sintió el viento en su rostro y una extraña sensación de ligereza al ser llevada con tanta velocidad, pero su sonrisa permaneció, disfrutando de la experiencia única.
Sin dejar rastro alguno, ambos desaparecieron en la noche, dirigiéndose al rancho donde descansarían, listos para un nuevo día y nuevos desafíos.
Los Yiga que Link dejó escapar avanzaban lentamente por el bosque de Akkala, llevando consigo a los más heridos e inconscientes. La marcha era pesada y silenciosa, solo rota por los gemidos de algunos reclutas que apenas podían mantenerse en pie. Sus uniformes estaban desgarrados, sus máscaras agrietadas, y sus cuerpos mostraban las marcas de la brutal batalla que habían enfrentado. Por suerte para ellos, una base Yiga estaba cerca, y no tardaron más de unos minutos en llegar.
Al aproximarse, la base, un enclave oculto entre los riscos de Akkala, comenzó a mostrarse. Su estructura estaba parcialmente incrustada en la roca, iluminada por antorchas de llamas rojizas que proyectaban sombras irregulares sobre los muros. En la entrada, un oficial Yiga con su escuadrón los observó llegar, notando de inmediato el estado deplorable en el que se encontraban. Los reclutas y los dos oficiales que lideraban la misión apenas cruzaron el umbral antes de desplomarse por completo.
—¡Rápido! —gritó el oficial de la base, señalando a sus subordinados. —¡Lleven a los heridos al área de recuperación! ¡Que los especialistas en curación se preparen de inmediato!
Los Yiga de la base actuaron con precisión, levantando a los caídos y transportándolos a una sala cercana. Como antiguos Sheikah, los Yiga también tenían su propia Gracia Divina, y algunos de ellos estaban especializados en técnicas de curación. Sin embargo, sus métodos eran diferentes, oscuros y grotescos, como cabría esperar de quienes dominaban el elemento de la oscuridad. A diferencia de la magia curativa del agua o la luz, que era bella y reconfortante, la magia de los Yiga consistía en una negrura viscosa que se extendía como una marea alrededor de los heridos. La sustancia oscura parecía consumirlos momentáneamente, reconstruyendo sus cuerpos desde dentro mientras emitía sonidos inquietantes. Incluso los propios Yiga apartaban la mirada durante el proceso.
Por fortuna, las heridas no eran graves en su mayoría: magulladuras, huesos rotos y hemorragias internas que, aunque dolorosas, podían sanar rápidamente con sus métodos. Cuando los sanadores terminaron, los heridos parecían exhaustos pero funcionales. Los dos oficiales que habían liderado la misión se reincorporaron lentamente, sus cuerpos aún débiles pero sus mentes abrumadas por lo sucedido.
El oficial de la base se acercó, su expresión era una mezcla de curiosidad y preocupación.
—¿Qué sucedió? —preguntó con tono firme, aunque no ocultaba del todo su sorpresa. —¿Por qué volvieron en este estado?
Uno de los oficiales heridos alzó la cabeza, sus ojos cansados reflejando una mezcla de vergüenza y miedo.
—Encontramos a la princesa Zelda... y al campeón hyliano, —dijo, las palabras saliendo con esfuerzo.
El rostro del oficial de la base cambió de inmediato. Su curiosidad se transformó en una expresión de urgencia.
—¿Zelda y el campeón? —repitió, casi incrédulo. —¡Entonces debemos ir tras ellos! No podemos dejar que se escapen.
Pero antes de que pudiera dar órdenes, uno de los oficiales heridos levantó una mano para detenerlo.
—No sería prudente, —dijo, con una voz que denotaba tanto respeto como advertencia. —Ese campeón... está en un nivel completamente diferente al nuestro. Nos derrotó a todos sin esfuerzo.
El oficial de la base frunció el ceño, incrédulo ante la afirmación.
—¿No es raro que un campeón pueda encargarse de doce de ustedes? Urbosa podría hacerlo sin problemas. Solo necesitamos desgastarlo, y con números, caerá.
El otro oficial herido, ahora un poco más recuperado, intervino, su voz llena de seriedad.
—Señor, si piensa que podemos derrotarlo como lo haríamos con Urbosa, está equivocado. —Hizo una pausa, mirando a su superior directamente a los ojos. —Este "Link"... si ese es su nombre... está en un nivel completamente distinto. Urbosa es fuerte, sí, pero su poder base ronda los 10,000. Lo que la hace temible son sus habilidades y estrategias. Sin ellas, podríamos derrotarla en un combate de desgaste. Pero este Link… él no depende de habilidades. Nos enfrentó solo con su fuerza.
El oficial de la base se quedó helado, procesando lo que escuchaba. No podía imaginar a un guerrero con semejante ventaja. Antes de que pudiera preguntar más, el primer oficial herido continuó, ahora recordando los eventos con una claridad aterradora.
—Ni siquiera usó habilidades, señor. Solo su poder físico. No nos mató porque la princesa estaba presente, y lo dijo claramente. "No quiero matarlos frente a ella." Pero aun así... nos aplastó.
Las palabras resonaron como un eco en la sala. El oficial de la base miró a su alrededor, observando los cuerpos aún adoloridos de los reclutas que habían sido sanados. Hemorragias internas, huesos rotos... todo eso había sido causado solo con los puños de Link. Su mente trató de encontrar una estrategia, pero el miedo comenzaba a germinar en su interior.
—Esto no es normal, —murmuró el oficial para sí mismo, aunque los demás lo escucharon.
—No, no lo es, —dijo el segundo oficial herido, con un tono sombrío. —Y si no encontramos una forma diferente de enfrentarlo, no sobreviviremos al próximo encuentro.
El oficial de la base, con el peso de estas palabras sobre sus hombros, no pudo evitar sentir un escalofrío recorrerle la espalda. La amenaza que representaba Link era mucho mayor de lo que había anticipado.
El silencio reinaba en la sala tras las revelaciones de los oficiales heridos. El oficial de la base aún procesaba lo que había escuchado, tratando de evaluar las opciones que tenían. Su mente, acostumbrada a planificar emboscadas y tácticas en grupo, no encontraba una forma viable de enfrentarse a alguien como Link.
El primer oficial herido, ya más recuperado, fue quien rompió el silencio.
—Señor, intentar enfrentarlo nuevamente con nuestros propios medios sería un suicidio. Nuestra mejor opción es llevar esta información directamente al general Kogg. Él sabe de la existencia de este campeón, pero no conoce su nivel actual ni su verdadero poder. Esto podría cambiar toda la estrategia.
El oficial de la base asintió lentamente, comprendiendo que no había otra alternativa sensata.
—Es cierto que el general Kogg ya está al tanto de un guerrero hyliano fuerte que protege a Zelda. Pero por lo que me dicen, su poder ahora está muy por encima de lo que esperábamos. Este campeón... "Link", si ese es su nombre... Ha evolucionado mucho desde la última vez que se tuvo información sobre él.
El segundo oficial, aún con signos de agotamiento en su rostro, intervino con una expresión seria.
—El general sabe que este campeón es una amenaza, pero aún lo considera manejable. No sabe que ahora está en un nivel completamente diferente. La última vez que lo vieron, apenas estaba comenzando. Ahora... es como si enfrentáramos a una bestia en forma humana.
El oficial de la base reflexionó unos segundos, recordando los informes previos que había recibido. Según los reportes, el campeón hyliano había demostrado ser un guerrero habilidoso, pero no se mencionaba nada que lo colocara más allá de los estándares de otros campeones como Urbosa o Revali. Pero si lo que decían estos oficiales era cierto, la situación había cambiado drásticamente.
—Si lo que dicen es cierto, —murmuró el oficial de la base, más para sí mismo que para los demás, —el general Kogg necesitará preparar algo completamente distinto. Esta información es demasiado importante.
Se enderezó y habló con firmeza, retomando el control de la situación.
—Entonces, no hay tiempo que perder. Los heridos que puedan moverse deberán acompañarnos. El resto se quedará aquí para recuperarse. Partiremos hacia el cuartel general antes del amanecer.
Los oficiales heridos asintieron, aliviados de que su camarada entendiera la gravedad de la situación. Sabían que la información que llevaban podía cambiar las decisiones estratégicas de su organización.
Antes de abandonar la sala, el oficial de la base se dirigió a uno de los sanadores Yiga.
—Haz lo que puedas para que los heridos estén en condiciones de moverse. No importa si necesitan apoyo, pero los que puedan deben venir. Los demás quedarán bajo tu cuidado hasta que regresemos.
El sanador asintió en silencio, volviendo a concentrarse en los Yiga aún inconscientes.
El oficial de la base dio una última mirada a los presentes, asegurándose de que todos entendieran la gravedad de la situación.
—El general Kogg sabe que el campeón es fuerte, pero no sabe cuán fuerte se ha vuelto. Esta información puede cambiar el curso de nuestras acciones. Informaremos al general y luego esperaremos sus órdenes. Hasta entonces, no se tomará ninguna acción contra ese campeón. ¿Entendido?
Los Yiga presentes respondieron con asentimientos solemnes. La atmósfera estaba cargada de una mezcla de tensión y temor, pero también de determinación. Sabían que, si querían tener una oportunidad contra Link, necesitarían algo más que números y emboscadas.
Con esa decisión tomada, los Yiga comenzaron a prepararse para la marcha hacia su cuartel general, dejando atrás la base temporal en Akkala. Las sombras de la noche cubrieron su partida, mientras la amenaza del campeón hyliano seguía pesando sobre ellos como una espada que podía caer en cualquier momento.
La luz del sol se filtraba por la ventana del cuarto del rancho, iluminando suavemente las paredes de madera y anunciando el inicio de un nuevo día. Zelda abrió los ojos lentamente, pestañeando para acostumbrarse al brillo matutino. El calor comenzaba a instalarse en la habitación, haciendo que quedarse en la cama fuera cada vez más incómodo. Suspirando, se sentó sobre el colchón y se estiró, sintiendo cómo su cuerpo, aún algo adormilado, se despertaba.
Vestía una pijama ligera, compuesta por un short y una camisa de mangas cortas con un patrón de puntos. La tela era fresca y sencilla, pero se ajustaba lo suficiente para resaltar su figura. No era algo que hubiera usado frente a Link al inicio de su viaje, pero ahora, sin pensarlo demasiado, parecía natural. La confianza que habían construido en los últimos días hacía que se sintiera cómoda vistiendo algo menos cubierto.
Zelda se levantó de la cama con movimientos fluidos y comenzó a dirigirse al baño. No le prestó mucha atención a Link, que seguía dormido en la cama de al lado, con el brazo cubriendo parte de su rostro. Una sonrisa suave se dibujó en su rostro al verlo en ese estado. Parecía raro ver a alguien tan fuerte y siempre alerta luciendo tan relajado y vulnerable. Aunque sabía que eso era solo una apariencia: incluso en sueño, sus reflejos eran legendarios.
Intrigada, Zelda se detuvo a mitad de camino hacia el baño. Algo travieso pasó por su mente. Giró sobre sus talones y regresó con sigilo hasta la cama de Link. Quería comprobar por sí misma si los reflejos.
Tomó un mechón de su propio cabello, lo sostuvo entre sus dedos y lo cortó con delicadeza. Sujetándolo cuidadosamente, se inclinó un poco sobre él y dejó caer el cabello hacia su rostro. Antes de que siquiera tocara su piel, la mano de Link se movió con una rapidez casi invisible, desviándolo de forma automática. Zelda cubrió su boca para contener una risa mientras daba un paso atrás. Por más dormido que estuviera, Link seguía siendo tan preciso como siempre.
—Definitivamente, no hay manera de que alguien te sorprenda, ¿verdad? —susurró para sí misma, con una mezcla de admiración y diversión.
Abandonando su pequeño experimento, Zelda se dirigió finalmente al baño, cerrando la puerta con cuidado. El leve ruido del pestillo hizo eco en la habitación silenciosa, lo suficiente como para despertar al héroe. Link abrió los ojos con lentitud, aún con la pereza del sueño, y notó algo extraño en su mano: un cabello rubio y largo. Una sonrisa apareció en su rostro mientras se daba cuenta de lo que probablemente había ocurrido. Con una ligera risa, murmuró:
—¿Qué intentabas probar esta vez, Zelda?
Sin levantarse, se llevó el brazo sobre los ojos, disfrutando del momento de tranquilidad mientras terminaba de despertar. Los sonidos provenientes del baño indicaban que Zelda estaba preparándose para su día, y Link decidió quedarse recostado hasta que ella terminara. Sabía que en cuanto saliera, sería su turno de alistarse para el próximo tramo de su viaje. Por ahora, disfrutaba de ese instante breve de calma, dejando que los pensamientos del día que les esperaba comenzaran a organizarse en su mente.
El sonido de la puerta del baño al abrirse marcó la entrada de Link en la habitación. Ya estaba completamente listo, su cabello aún húmedo pero peinado, y lucía su Túnica de Campeón, que resaltaba su postura y su preparación para el día. Con pasos firmes, avanzó, esperando encontrar a Zelda vestida con su propia Túnica de Campeona. Sin embargo, lo que vio le tomó por sorpresa.
Zelda estaba de pie junto a la cama, terminando de revisar su maleta. Su atuendo era diferente: una túnica completamente blanca que caía suavemente sobre sus pantalones ajustados, que delineaban sus piernas con elegancia. Aunque la túnica era hermosa, algo en su diseño parecía incompleto. Link lo notó al instante, pero no dijo nada, observando con curiosidad mientras Zelda sacaba de su maleta un suéter blanco perfectamente combinado. Al verlo, Link entendió de inmediato: era una túnica para el frío, algo que usaría en su próxima travesía hacia las montañas nevadas de Lanayru.
Zelda, notando su mirada, sonrió ligeramente mientras acomodaba el suéter en la cama.
—¿Lista, Zelda? —preguntó Link con su tono sereno habitual.
Ella negó suavemente con la cabeza, respondiendo con calma. —Aún me faltan unos detalles.
Dicho esto, Zelda terminó de cerrar su maleta con sus pertenencias y la acercó a Link, quien la tomó sin decir palabra y la guardó en su dimensión de almacenamiento con un movimiento rápido. Luego, Zelda le entregó su suéter aparte, explicándole que prefería tenerlo accesible para cuando llegaran a la montaña. Link asintió, entendiendo su lógica, y guardó también el suéter en su dimensión.
Finalmente, Zelda se dirigió hacia la mesa de noche, donde descansaba una pequeña cajita de madera con un diseño sencillo. Al abrirla, el suave sonido de cadenas metálicas llenó el aire, y Link entendió de inmediato que se trataba de una caja de joyas. Observó con atención mientras Zelda sacaba primero un par de aritos pequeños con un diseño discreto pero elegante. Con movimientos fluidos, se los colocó, asegurándose de que encajaran bien, y luego continuó buscando dentro de la caja.
Cuando Zelda sacó el collar de zafiro morado que Link le había regalado la noche anterior, él no pudo evitar sonreír. Ver que ella decidiera incluir algo que él le había dado en su atuendo le llenó de una sensación cálida. Para él, aquello significaba mucho más de lo que podía expresar con palabras.
Zelda, girándose hacia Link, le pidió con un tono suave: —¿Puedes ponérmelo, por favor?
El corazón de Link dio un vuelco. La petición, aunque sencilla, lo hizo recordar lo ocurrido la noche anterior. No eran los Yiga ni el enfrentamiento lo que más le venía a la mente, sino el momento íntimo en el que había colocado ese mismo collar alrededor del cuello de Zelda. Recordó su piel desnuda bajo la tenue luz de la luna y el calor de las termas, la cercanía que habían compartido y cómo había luchado contra los nervios en ese instante. Ahora, debía enfrentarlo nuevamente.
Link suspiró para calmarse, esbozando una pequeña sonrisa nerviosa mientras asentía.
—Claro, —respondió con suavidad.
Zelda se colocó de espaldas a él, levantando su cabello con ambas manos y dejando expuesto su cuello. Aunque esta vez su espalda estaba cubierta por la túnica blanca, el gesto seguía siendo igual de íntimo. Link tomó el collar con cuidado, tratando de evitar el más mínimo contacto innecesario con su piel. Sin embargo, el hecho de que su atuendo ahora la cubriera más era un pequeño alivio para él.
Con movimientos precisos, Link aseguró el collar alrededor de su cuello. El zafiro brillaba suavemente bajo la luz que se filtraba por la ventana, encajando perfectamente con la elegancia natural de Zelda. Cuando terminó, ella soltó su cabello, dejando que cayera con gracia sobre su espalda, y se giró hacia él con una sonrisa.
—Gracias, Link. —Sus palabras eran sinceras, y su mirada, cálida.
Link simplemente asintió, desviando ligeramente la vista mientras recogía las últimas cosas de la habitación y las guardaba en su dimensión de almacenamiento. Juntos, se aseguraron de dejar todo en orden antes de dirigirse hacia la puerta. El día estaba apenas comenzando, y un largo camino los esperaba.
Al llegar al lobby del rancho, el propietario ya los esperaba con dos yeguas listas. Las habían solicitado el día anterior para facilitar su viaje hacia Lanayru y la Fuente de la Sabiduría. Los animales, bien cuidados y robustos, estaban perfectamente ensillados y listos para partir.
Zelda acarició el cuello de su yegua mientras sonreía. —Se ven fuertes. Con suerte, harán el viaje más rápido.
Link, mientras ajustaba su propia montura, le devolvió una leve sonrisa. —Sí. Será un buen comienzo para el día.
Sin más preámbulos, ambos montaron sus yeguas y, con un último vistazo al rancho, comenzaron su travesía hacia Lanayru. La última fuente los esperaba, y con ella, el siguiente paso en su misión conjunta.
