Ranma 1/2 no me pertenece. Todos los derechos están reservados a su autor original, Rumiko Takahashi. Esta obra es escrita sin fines de lucro.


Nieve de cristal

Ranma miraba a Akane con irritación, preguntándose una y otra vez que es lo que veía en Ryoga. La vez pasada, mientras jugaba videojuegos con su amigo, le preguntó la razón por la que no saltó a ayudar a Akane. Y la respuesta que obtuvo fue un simple: No sé nadar. Lo pasaría por alto, de no ser porque el tono en el que Ryoga dijo aquello pareció como si le diese igual que la chica se ahogaba.

Para él, quedaba claro que a Ryoga no le gustaba Akane. Lo comprobó en ese mismo instante. Y a pesar de saberlo, le era imposible no sentir celos por él. Celos, porque Ryoga tenía la atención de Akane. La atención de la chica por la que se encontraba enamorado.

Ahora que rescató a su amiga de morir en el agua, se habían vuelto a acercar. Extrañaba pasar las tardes con ella, y extrañaba en si toda su presencia. Es por ello que le propuso salir ese día a pasear, para recordar viejos tiempos. Pero conforme más pasaba el tiempo, más quedaba prendado de ella.

La observó detenerse en el mismo parque donde años atrás cortaron toda su amistad. Ese lugar le transportaba a cuando tenían nueve años, y aunque en ese momento no había nieve, sentía el frío posarse en su piel.

Akane caminó hacia los columpios, y se sentó en uno de ellos. Tomó la cadena, impulsándose lentamente. Ranma, colúmpiame, por favor.

Sonrió de lado, y obedeció. De acuerdo. Pero no te quejes.

Columpiaba sin cesar, riendo junto a ella. Cuando era más pequeño, a Akane siempre le gustaba que le empujaran, aún si ella ya podía hacerlo. Solo él tenía esa visión de Akane, donde reía cristalina. Aunque, ahora que lo recordaba, Akane y Ryoga si solían juntarse mucho antes de que él la rescatara del agua. ¿Alguna vez Ryoga la habrá columpiado de ese modo? Ni idea. Pero los celos le invadieron de nueva cuenta, por lo que sus manos se movieron estoicas. Empujó tan fuertemente a la chica, que ella salió volando.

Se le pasó la mano, y la culpa llegó a su ser. Tan pronto como reaccionó, corrió hacia Akane, y le extendió la mano. Ella la tomó, poniéndose de pie enseguida, y sacudiendo sus ropas llenas del polvo del suelo.

¡Fue tu culpa!Escupió la chica, muy poco molesta.

No, tonta. Fue la tuya, por pedirme que te columpiara.— Quiso expiar su culpa, aunque por dentro, sabía que los celos fueron los responsables.

El viento soplaba fuertemente, y eso provocó en el chico unos escalofríos muy evidentes. Pero nada a comparación de lo que seguramente le pasaba a Akane, quien no dejaba de temblar. Ante eso, Ranma dejó su chaqueta, esperando que eso calentara el cuerpo de Akane. Solo ella le hacía tener detalles como esos, tan románticos y de galanes de telenovelas.

Gracias.— Pronunció queda.

Pero claro, no lo admitiría. Si lo hacía, no sabría que hacer. No creas que lo hago por que seas linda.

Ya lo sé. No soy linda. Por eso te gusta Shampoo, ¿no es así?

Shampoo no significaba nada. En su mente, solo estaba Akane. Akane, Akane, Akane. Tanto así, que siempre que soñaba, le veía ahí, con él. En una cita romántica. Ella no me gusta. Ya ni siquiera es mi amiga.

¿Y entonces, quien te gusta?

Si lo decía... si él admitía todo... ¿Estaría a salvo? No tengo por que decírtelo.

A mi... ya no me gusta Ryoga.

Esa era la señal. La alerta. Ryoga ya no estaba ahí para estorbarle. La nieve comenzó a caer, dejando los blancos copos en el pelo de ambos, y adornando el entorno para hacerlo parecer una bella pintura. La observó, notando el latido de su corazón desbocado. Los labios de Akane se veían suaves, lindos, adornados perfectamente en ese gloss. Entonces, sin pensar en si estaba bien o mal, y sin mediar las consecuencias a futuro, lo hizo. Perdió el miedo.

Los primeros besos suelen ser incómodos, pues no sabes como hacerlo. Ranma no supo que hacer, al igual que Akane. Simplemente plantó sus labios contra los de la chica, en una especie de pico pudoroso. Su aliento olía a manzana con canela. Ese postre que comieron le dio el sabor y el aroma adecuados al primer gran beso de ambos.

Sintió mariposas. O es lo que quiso creer que eran, porque su estómago se revolvió por completo. La vergüenza le alcanzó, y se abochornó severamente. Fue entonces que decidió separarse, lentamente, como si no quisiera hacerlo. Aterrizó en la realidad después de explorar el mundo de fantasía que se alcanza con el primer beso.

Un hueco en su corazón se hizo paso, y sintió que le faltaba ella. La necesitaba cerca de él, y es que ese beso no era suficiente. Sin embargo, no se sentía con el derecho de demandar más. Vergonzosamente, admitió para sí mismo que no podía huir de esos sentimientos. Me alegro que sea así.

Huyo, dejando a la chica parada en mitad de aquél sitio mágico. Corrió sin cesar por todas las calles, dejando que los copos de nieve matizaran su cabellera de blanco. Y su sonrisa nunca dejó de salir plenamente. Akane sabía a manzana y a canela, una combinación deliciosa. Su primer beso, junto a su primer amor. ¡La dicha lo había alcanzado!

No importaba si algo salía mal, aunque esperaba que no fuese así. Jamás se arrepentiría de haberlo hecho, y si tuviera la oportunidad de revivir aquél momento lo haría. Su corazón estaba en llamas, y estas difícilmente se extinguirían.

Capítulo 5.- Las cenizas que aún arden.

¿Un baile?— Ranma y Ryoga se encontraban perplejos por aquello.

—Si. Es por la fundación de la facultad. Cumple cincuenta años, así que decidimos celebrarlo.— Uno de los miembros del comité estudiantil les había extendido la invitación, envuelta en un sobre membretado. Clásico y elegante, algo que Ranma aborrecía, pero que gracias a la educación recibida no fue capaz de rechazar.

—Gracias por la invitación.— Dijo Ranma.

—Habrán muchas cosas ahí. Consideren ir.— Desapareció sin dejarles si quiera objetar.

Ryoga resopló, y tiró esa invitación a un bote de basura cercano. —No iré. Me aburriré demasiado, y prefiero pasar ese tiempo con Akari en su departamento.

El de trenza giró el sobre, examinándolo con mucho cuidado. No podía declinar la propuesta, pues debía seguir manteniendo cierta apariencia frente a su abuela. Suspiró, guardando ese papel en su mochila. —Que remedio queda.

Su amigo le miró, y rodó los ojos. —No me digas que si irás.

—No tengo opción. Mi abuela lo descubrirá por su cuenta, y si soy sincero, no deseo que lo haga. No ahora que he podido comenzar el entrenamiento de artes marciales mixtas.

Ryoga lo compadeció. Le brindó una palmada ligera en el hombro, y asintió. —Te falta encontrar una buena pareja para ello.

—Pfff...— Cansino, tocó el puente de su nariz. —Mejor iré solo. Lo que menos necesito es saber de mujeres ahora mismo.

Kasumi llegó a casa, entre preocupada y extrañada. Se encontraba despidiendo a los niños que cuidaba en la guardería, cuando recibió una llamada de una de las empleadas de la tienda. Su madre se había retirado a casa temprano, y eso generó un desastre en la tienda. Terminó la llamada prometiendo que en cuanto estuviese en casa llamaría de vuelta a la tienda para informar de todo. Despidió al último niño, no sin antes escuchar de la boca de esa madre que al parecer la dueña de la tienda de mochi estaba descuidándola, pues en muchos días no veían a la dueña supervisando a sus empleadas.

Solo una ocasión sucedió algo parecido, y fue el día en el que su padre sufrió una descompensación en el trabajo. Justo en el momento en el que les quitaron las becas.

Kasumi podía entender perfectamente a sus padres. La desesperación y la desolación no eran propias del hospital, pues también las portaban sus padres, como un símbolo de lo cruel que podía ser la vida. A sus trece años de edad, Kasumi Tendo no podía ser feliz, al igual que ellos. El peso de ser la hermana mayor le perseguía, le atosigaba. Cuidar a Akane y a Nabiki en la sala de espera, mientras que su mamá se hallaba dentro del cuarto con su papá le parecía miserable.

—Deja mi muñeca en paz.— Se quejó Akane.

Nabiki sacó la lengua, burlona. —Oblígame.

—Basta. Las dos, por favor, deténganse.— Suplicó Kasumi, comenzando a tener dolor de cabeza. El cloro no le gustaba, era asqueroso olerlo una y otra vez. Ni se diga de la iluminación del lugar. Odiaba cada aspecto del hospital, y aunque se sentía culpable, odiaba a los Saotome. Era una niña dulce, por lo que odiar a otra persona lo consideraba un crimen. Pero así resultaba la realidad.

Naoko salió del cuarto junto a su esposo, quien caminaba lentamente. Sin embargo, ella hablaba por teléfono, y se le notaba estresada. —No. Escuchen, enseguida voy a la tienda. Si. Diganle al cliente que ya voy, y por favor, acomoden toda la mercancía. Si, no se preocupen. Les pagaré horas extra.— Colgó, y se dirigió a sus pequeñas hijas. —Debemos darnos prisa. Su padre va a descansar, y ustedes se quedarán en casa.

—Naoko, no puedo descansar.— Soun sentía la presión en su cabeza volver. —Mi jefe me despedirá, y ese trabajo nos está ayudando.

—Debes hacerlo, amor. Además, soy yo la que no debe descuidar la tienda. Ya la descuidé todo el día de ayer, si lo hago más veces, las empleadas renunciarán. Y es nuestra fuente segura de ingresos.— Depositó un beso en la mejilla de su esposo, y comenzó a avanzar junto a él, seguidos por las tres niñas. —Anda. Vamos.

Dejó su bolso, y caminó hasta la cocina, anunciándose con un suave grito. —Mamá... ¿Estás bien?

Naoko, quien sostenía un sobre, se sobresaltó, y por poco derrama el té de su taza. —Si, Kasumi.— Rápidamente puso los documentos en el estante del té, esperando ocultar el objeto de forma segura.

La mayor de las hermanas entró, y miró a su madre con su taza de té. —Perdona si te asusté. Recibí una llamada de tu tienda, por lo que me apresuré a llegar.

A juzgar por la cara de preocupación de su hija, dedujo que alguien de sus empleadas le llamó. Trató de poner buena cara, y de aparentar que todo estaba en orden. —Si, estoy bien. Es solo que me encontraba cansada. Es todo.

—Dijeron que has descuidado la tienda algunas veces, y que estaban preocupadas por ti.

—Me lo imaginé. Les llamaré mas tarde, y les diré que todo está en orden.

Se acercó a su mamá, y tomó las manos de ella. —Estás un poco más delgada. ¿Por eso compraste ropa la vez pasada?

Quitó sus manos, sonriendo tranquila. —Si. Pero, descuida. En verdad estoy bien.— Naoko acarició las mejillas de Kasumi, deseando que su cansancio se fuera. —Ve a descansar un rato. Yo me hago cargo de la comida.

Kasumi asintió, aunque no estaba convencida. Pero se trataba de su madre, alguien en quien confiaba mucho. Caminó de vuelta a la salida, y antes de irse, giró su cuerpo. —Mamá... Sabes que si algo sucede, nos tienes como apoyo. ¿Cierto?

Naoko asintió suavemente. —Lo sé. Gracias.—Pronunció en un suave hilillo de voz.

Su hija mayor desapareció, y ella soltó unas cuantas lágrimas. Suspiró, anhelando una realidad distinta para todos.

Mientras cenaban, Ranma decidió que lo mejor era mencionar la invitación al evento. No podía darse el lujo de ocultar la información, pues suficiente tenía con esconder el hecho de tener que entrenar artes marciales mixtas. Lentamente sacó del bolsillo de su sudadera el sobre, y jugueteó con él por unos segundos. Dubitativo, miró a su abuela. La anciana comía, como de costumbre, con elegancia.

—Abuela.— Llamó la atención de su consanguínea, al igual que de su madre. Dejó el papel en la mesa, y trató de actuar como cada vez que se encontraba hastiado. —En el club de estudio me invitaron al baile anual de la facultad. Quieren que vaya, pero no deseo ir.

—Te lo he repetido hasta el cansancio. Debes ir aunque tu no quieras.— Severa, observó a su nieto. La culpa la tenía su hijo. Él le enseñó al muchacho a ser desobediente, y no darle importancia a su futuro. —Es importante que eches raíces en la alta esfera. Y más ahora que han surgido complicaciones en la construcción de la nueva fábrica.

Nodoka frunció el ceño. —¿Sucedió algo?

—El terreno y la estructura tienen un problema que debe corregirse. Así que saldré de viaje este fin de semana, y probablemente me demore tres semanas en llegar. Pero no se preocupen, llegaré por las vísperas de navidad y año nuevo.

—Abuela. No quiero ir. De verdad, no soporto a mis compañeros de clases, y...

—Basta, jovencito.— Elevó la voz, sonando imponente para Nodoka, más no para Ranma. —Irás y punto.

—No tengo pareja con quien ir. Estaría solo.

—Ya nos encargaremos de ello.— Volvió a cortar su carne fina. —No hagas planes este sábado. Ni se te ocurra desobedecerme, o habrán represalias.

Ukyo se encontraba absolutamente emocionada. Según su padre, Ranma la llevaría a un baile de la facultad donde estudiaba, y eso solo significaría que podría intentar robarle el prometida a esa horrorosa chica. La castaña observaba las inmediaciones de la universidad, vigilando los alrededores. Ansiosa por todo, sostenía fuertemente un par de cafés en sus manos, provenientes de la mejor cafetería de su padre. Toda una ofrenda para el chico a quien deseaba acompañar al baile.

Finalmente, a lo lejos divisó dos figuras masculinas caminando por los pasillos del lugar. Trató de serenarse, y con extremo cuidado caminó hasta llegar ahí. Llevaba un conjunto de pantalón sastre y blusa vaporosa, vistiendo de forma clásica pero masculina. Le gustaban las faldas y los vestidos, pero para ella, la comodidad a veces era lo ideal. Obviamente los pequeños tacones no podían faltar, resonando en el pavimento.

—Ranma.— Saludó efusiva, pero con tono dulzón en la voz. Casi maternal.

Ranma tragó duro, pensando en que de verdad tenía mucha suerte. Obviamente de forma irónica. —Ukyo...— Saludó sin muchas ganas. —El es mi amigo, Ryoga Hibiki.

Ignoró olímpicamente al segundo chico, y le entregó a su interés el vaso de café. —He traído un café para ti. Debemos celebrar que iremos juntos al baile.

Tomó el vasito, pero sorprendido por lo que ella dijo. —¿Qué? Pero, espera... ¿Cómo te enteraste del baile?

—Tu abuela nos dijo a mi padre y a mi.— Emocionada, comenzó a reír. Para cualquiera, sus risas sonarían cantarinas, encantadoras. Pero para Ranma, cada ja emitido por la boca de Ukyo solo le mandaba la peor de las emociones a su sistema. Estaba jodido. Muy jodido.

—Ya veo...— Solo tenía una opción, y no era la más cuerda de todas. —Ukyo, ahm... verás... te agradezco por el café, pero tengo mucha prisa.— Lo intentó devolver, sin embargo, le fue denegada la acción.

—No te preocupes. Es para ti. ¡Nos vemos el sábado!— Sin dejar que el chico objetara, dio vuelta y se marchó por donde vino.

Ryoga solamente mantuvo una cara neutra, pensando en que esa mujer realmente era una odiosa. Luego, observó a su amigo. No lucía nada bien. —Ranma... ¿Qué harás...?

—¡Debo irme!— Tiró el café en el basurero cercano, y comenzó a correr en dirección opuesta a Ukyo.

—¡¿Y las clases?!

—¡A la mierda con las clases!

Akane trataba de concentrarse en dar la pirouette necesaria para la rutina que bailarían ese día, a modo de clase. Sin embargo, sus pensamientos se desviaban en tratar de pensar en alguna pieza musical para realizar durante la audición. No sabía que bailar, y no podía hallar alguna pista en concreto que su corazón le dictara. Negó al darse cuenta de que casi cae de bruces al suelo después de hacer tan solo cinco vueltas, y bufó.

—Maldición.— Murmuró, estirando su cuello de un lado a otro.

—Estás muy distraída hoy. ¿En que tanto piensas?— Dijo Yuka, preocupada cómo una mamá.

Akane negó. —En nada.

Le estaba echando la culpa a Ranma.

Si, porque al recibir su llamada del otro día, su corazón se alborotó profundamente. No dejó de recordar cosas que había compartido con el desde su tierna infancia hasta la adolescencia, incluyendo ese primer beso tan delicado. Lo culpaba a él, porque gracias a su repentina aparición, sus pensamientos se desviaban, y su rendimiento en el ballet caía un poco. Lo odiaba porque comenzaba a despertar en ella recuerdos que quisiera enterrar. Si, quería convencerse de que solo serían amigos. Si. Solo amigos. Amigos.

La puerta del salón se abrió violentamente, y medio mundo en el aula se alertó al pensar que se trataba de la señorita Ninomiya. Pero grande fue la sorpresa para todos al mirar como un joven de curiosa trenza llegaba al aula, agitado y aparentemente desesperado. En cámara lenta fueron testigos de la graciosa escena. Un chico que fue tras su compañera Akane. La tomó del brazo, y entre jaloneos y demandas la arrastraba junto a él hacia la salida. Si, un día normal en Sakuranba.

Ranma cerró la puerta con rapidez, y arrinconó de forma brusca a Akane entre la pared y su propio cuerpo. Afortunados eran porque no se encontrara nadie circulando en el lugar, pero a pesar de ello, la situación no dejaba de ser, en extremo, ridícula y extraña.

—¿Pero qué diablos te pasa?— Reclamó la chica, comenzando a respirar agitada. Era lo más cerca que estaba de Ranma desde hace mucho tiempo, y eso no era sano para su mentalidad.

—Necesitaba... verte... para decirte algo...

—Tienes mi número.

—No es lo mismo.

—¿Y cómo es que lograste entrar a la escuela sin ser parte de ella?

—Le comenté a la profesora Ninomiya que debía verte, y al ser nieto de su amiga dio instrucciones en la entrada para que me dejaran pasar. También pregunté por el aula donde estabas. Accedió a darme toda la información.

Bueno, no le extrañaba. Por algo se volvieron a reencontrar en el auditorio de la escuela. —Ya, solo porque tengas contactos no deberías de hacerlo. Nadie más que mis dos amigas saben del compromiso arreglado, y lo que menos necesito es que se hable de ello. Podrían malinterpretar todo esto.

El chico no podía notar que todas sus acciones podían ser percibidas de otra forma distinta a la que en realidad era. No le importaba haber irrumpido de esa forma en el salón de Akane, y mucho menos después de huir despavorido de la molesta Ukyo Kuonji. —Necesito que vayas al baile de mi facultad, como mi acompañante de esa noche.

—...

—...¿Akane...?— Un golpe en la cabeza le recibió como respuesta. Se tocó el lugar adolorido, y confrontó a la chica. —Oye, no hagas eso.

—¡¿Estás demente?!

—No lo estoy.— Aferró las manos en los brazos de Akane, con desespero. —Necesito tu ayuda.

—No. ¡Y suéltame!

—Por favor.— Bien, no le gustaba humillarse frente a alguien. Pero en serio rogaba por que Akane fuese su salvación. —Mi abuela quiere que vaya con Ukyo Kuonji.

—¿Con quien?

—La chica del otro día.— Supuso que Akane reconoció de quien se trataba, ya que le miró hacer una mueca de fastidio. —Escucha, ella me acosaba siempre en China. La aborrezco, no me deja en paz y me atosiga mucho.

—No puedo ir contigo a ese baile. Si lo hago, tu abuela va...

—Ella no lo sabrá. Por favor, ayúdame.

Suspiró. Pero aún no tenía clara su decisión. —Mira. Haremos esto. Déjame pensarlo y te doy mi respuesta por teléfono. ¿Si?

—Que remedio.— Soltó los brazos de la joven, y se recompuso. —Por favor, considéralo. Si aceptas, te mandaré hasta maquillistas y estilistas profesionales.

—Suena extremo. Pero bien, déjame pensarlo.

—Gracias. Te veo luego.— Acomodó su mochila en el hombro, y salió disparado hacia las escaleras.

Desde lo lejos, Akane le observaba irse. Una cosa era ayudarlo en el momento, pero otra muy distinta era ir a un baile con él. Estarían a solas, y eso podía resultar peligroso para ambos. Sin lugar a dudas, debía pensarlo con seriedad. Meditarlo hasta el cansancio.

Yuka y Sayuri comían junto a Akane el delicioso pastelito junto a Akane. Era viernes, por lo que decidieron ir a pasar el rato juntas y platicar. O bueno, esa era la excusa de el par de amigas para sacarle información a Akane y que les contara sobre lo sucedido con Ranma el día anterior. Ahora que escucharon toda la historia, comprendían el que Akane tuviese unas ojeras enormes en sus ojos.

—¡Debes ir!

—¡No debes ir!

Las dos chicas se observaron, frunciendo el ceño al darse cuenta de que lo dieron al unísono. Esto no fue buena señal para Akane, ya que deseaba encontrar la respuesta correcta ante lo que debía hacer. Pero tal parece que sus amigas habían elegido un bando cada quien. —Chicas, en serio. ¿Qué debo hacer?

—Ve.— Sayuri hallaba todo muy divertido. Akane era protagonista de un típico drama amoroso, y no sabía aprovechar ese momento especial. —Fue tu amigo antes que otra cosa, así que puedo apostar a que extrañas pasar el rato con él.

—Si. Bueno, algo así, pero...

Donde hubo fuego, cenizas quedan.— Yuka pronunció esa frase con cierta seriedad, desconcertando a sus amigas. —No te has dado cuenta, pero esas cenizas siguen ahí. Y estoy segura de que si vas, van a arder.

Akane parpadeó rápidamente, y proceso cada palabra. —¿Arder? Pero... es decir, ya no creo que suceda nada.

—Es precisamente esa la razón por la que debe ir. Se notaba a leguas que hay tensión entre ellos dos. Tal vez... un besito les haga entrar en razón.

Se sobresaltó. Un beso es lo que menos debía de suceder entre los dos. —No. Un beso no puede pasar. No.

—¿Lo ves, Sayuri? No sería buena idea que Akane vaya.

Sayuri rodó los ojos, y miró atentamente a su amiga. —Son adultos, ¿no?

—¿Y eso que tiene que ver?

—Pueden manejarlo bastante bien y con madurez.— Decía eso con trampa, ya que quería que Akane fuese feliz con él. —Ve, y demuéstrate que ya no sientes nada por él más que una simple amistad.

Todos en el hogar Tendo cenaban con tranquilidad, charlando alegremente como siempre. Sin embargo, en la mente de Akane resonaba una y otra vez el momento en el que Ranma le invitó al baile. Le dijo que lo pensara, y eso había hecho. No dejó de darle piruette tras piruette al asunto, debatiendo si sería una buena idea hacerlo. Tenía un poco de miedo, pues sabía que los bailes en las películas románticas desencadenaban cosas. Cosas que ella no deseaba revivir con Ranma.

Sin embargo, tenía una insana curiosidad por saber que pasaría. Eso, aunado con la voz desesperada del chico influyeron en que tomara la decisión. Ahora, el detalle era comunicarla sin morir en el intento.

—Akane... Akane...

Parpadeó muchas veces, descubriendo que su hermana Kasumi le estaba hablando, mientras que ella disociaba pensando en su dilema. —...¿Qué?— Hiló después de unos segundos.

Kasumi y Nabiki rieron, mientras que Soun y Naoko se veían contrariados. Akane no era del tipo de persona que se quedaba en silencio, y mucho menos perdida en sus pensamientos, a menos de que algo sucediera.

—Te preguntábamos como te fue en las clases de hoy.— Contestó Kasumi, tan amable como siempre.

—Ah... bueno...— Comenzó a tamborilear sus dedos, visiblemente ansiosa. —Es que...— Tragó saliva, y se infundió el valor necesario para decirles lo que debía. —Ranma fue a verme durante mis clases de ballet.

En automático, todos y cada uno de los integrantes del hogar callaron, y borraron las sonrisas en sus rostros. De pronto, el ambiente se tornó frío, y no era para menos. La declaración de Akane fue inesperada, desestabilizando el buen clima del lugar. Oh, mierda. Pensó.

—...Vaya... ¿Y... que te dijo?— Soltó Naoko, intentando recomponer la vibra con un tono de voz ameno, pero que tenía tintes de duda.

Nabiki hizo una mueca. —¿En serio vamos a hacer como si ese tipo fuese alguien a quien deberíamos nombrar en esta mesa?

Bien, supuso que si fue una pésima idea decir su nombre. —No es lo que quiero. Pero, hay algo que deben saber de él.

—Como no sea que lo meterán a prisión, o algo por el estilo...

La matriarca Tendo rascó su cabeza. En el fondo, si que le avergonzaba comprometer a Akane con Ranma. Si se sentía culpable, pero sus emociones se hallaban diferentes, hechas un revoltijo. —Ranma no tuvo nada que ver en lo de sus becas.

—Si, como no.— Pronunció la hermana mediana, sarcástica y voraz, cómo siempre lo fue.

Soun se removió en su asiento. El sabía la verdad de Naoko, y aunque entendía sus motivos para comprometer a su hija, no compartía la compasión hacia el chico. Estaba de acuerdo en cierto modo con su hija, y a pesar de ello, la conversación debía de tener prudencia. —Nabiki, suficiente.— Miró a su pequeña hija, y posó en sus ojos comprensión absoluta. —Puedes contarnos, Akane.

Bien. Inhala. Exhala. Inhala. Exhala. Carraspeó, sacudió esa intranquilidad y la mandó al carajo. —Ranma me ha invitado a un baile de su facultad.

Todos se miraron, incómodos, pero hasta el tuétano. Ni en sus más locas pesadillas o sueños se imaginaron algo como eso.

—...¿Y...? ¿Qué dijiste?— Preguntó Kasumi, curiosa acerca de todo.

Con su dedo índice rascó su mejilla, y luego, tomó su taza de té, sorbiendo el líquido como si fuese una especie de shot alcohólico. Ah, que lástima que no era sake u otra bebida de ese estilo. Lo necesitaba.

—Acepté. Acabo de mandar el mensaje antes de bajar a cenar. Me dijo que enviará un vestido de lujo a casa mañana. Quiso enviar maquillistas y estilistas profesionales, pero me negué a eso.

—...¿Algo más?— Pronunció Soun, ya sin mucho ánimo.

—Vendrá a recogerme para ir al lugar.— A juzgar por las caras de Nabiki y su padre, debía dejar en clara una advertencia para ambos. —Lo van a pasar directamente al comedor, y lo recibirán de la mejor manera.

—Ya veo que si haremos como que no pasó nada.— Murmuró Nabiki, molesta.

—No. Si pasó.— Pronunció Akane, un poco más fuerte de lo usual. De acuerdo, debía calmarse. —Pero... ambos somos adultos. Adultos que pasaron página, y que ya no volverán a involucrarse.

—Ay, por favor. Donde hubo fuego, cenizas quedan. ¿De verdad crees que no arderán esas cenizas?— La castaña dudaba de la decisión que Akane tomó. Ella nunca creía en esas cosas de que los ex podían mantener amistad o una relación amena entre ellos sin que lo pasado les removiera sentimientos. Tal vez se equivocaba, pero estaba convencida de que ese era el caso de su hermana y de ese idiota.

La dichosa frasecita hizo acto de presencia. Cansina, suspiró. —No arderán. Ahora, si son una buena familia conmigo, apoyarán mi decisión y confiaran en mí. ¿De acuerdo?

Asintieron, tratando de convencerse que Akane tenía razón. Ya eran adultos, y seguramente esa fase de su vida estaba cerrada, sin la posibilidad de arder.

Claro que Akane quiso creer lo mismo, por su sanidad mental.

Bueno, las consecuencias de haber aceptado la invitación al baile no las midió con la mejor de las corduras. Por lo tanto, el hecho de que ahora estuviese recibiendo alrededor de unas cinco cajas de zapatos elegantes, siete tipos de vestidos elegantes, una lista de combinaciones de estilo hechas por una asesora de imagen profesional y varias piezas de joyería fina le parecían, en extremo, pesadas.

—¿Hay más?— Preguntó Kasumi, llevando dos cajas en mano hacia el cuarto de su hermana menor.

Akane asintió. —También mandó un par de abrigos y accesorios de maquillaje.

—Con permiso.— Se anunció uno de los sirvientes que el chico mandó. Dejó en la entrada más bolsitas llenas de joyería fina y accesorios para el pelo.

Nabiki bufó. —Dime que no te va a cobrar por esto.

—No lo hará.— Al notar la fijación de Nabiki por una de las cajitas, rodó los ojos. —Te regalaré lo que me sobre. Tampoco es que necesitaré todo.

—Bien. Lo consideraré como un pago de parte de ese idiota por quitarnos la beca de hace unos años.

Cuando terminaron de llevar todo hacia el cuarto de Akane, Kasumi y Naoko comenzaron a revisar la lista de sugerencias de la asesora de imagen. Akane, por su parte, observaba con cuidado la colección de vestidos que Ranma le mandó. Sus inseguridades salieron a flote, creyendo que ella era poca cosa para vestidos más costosos que sus indumentarias de ballet, sin embargo, hubo un vestido en específico que llamó su atención.

Akane observaba el vestido en la vitrina de esa tienda lujosa en el centro comercial más exclusivo de la zona. No dejaba de quedar impresionada por todo. La tela, los acabados, todo el conjunto le era maravilloso. Había acompañado a su mejor amigo hasta allí, junto a la madre de él. Y aunque estuviese acostumbrada a tratar con personas adineradas, en ocasiones, aún siendo una pequeña de siete años no evitaba sentirse pequeñita.

—¿Qué tanto miras?— Ranma, su amigo, llegó a su lado después de mirar la sección de zapatos sin mucha atención. Su madre les arrastró hasta ahí porque debía comprar un vestido para una cena elegante. El hubiese preferido haber ido a jugar, pero no podía irse sin supervisión de un adulto.

Akane no supo si decirle, porque cuando le confesó que le gustaría ser bailarina de grande, él se burló, diciendo que una niña tan ruda como ella no podía estudiar eso. —Nada.

—Dime.— Picó su mejilla de forma juguetona, ansioso por saber lo que Akane miraba. Algo normal en un niño curioso como él.

—Bien.— Señaló con sus pequeños deditos el vestido en la vitrina. Sin esperar a que su amigo dijese algo más, habló. —Es que parece un vestido que podría llevar una bailarina después de bailar. Parece que tiene un corsé, y se ve elegante.

—Ah.

—Me gustaría usar ese vestido algún día. Y ser como tu mamá. Elegante, y linda.— Confesó inocente.

Ranma miró el vestido, y luego, a su amiga. Bueno, tal vez no era una niña delicada, pero si era linda. Amable y cariñosa con él y con otros niños. —Algún día lo usarás.

—¿Cómo estás tan seguro de eso?

—Porque sí. Y yo te lo compraré con el dinero de papá.

No lo creía. Era imposible que se tratara del mismo modelo. Aunque revisando minuciosamente cada detalle, podía confirmar que era el mismo vestido de ese día. La nostalgia se abrió paso en ella, y decidida, guardó el resto de modelos en sus respectivas fundas.

Ya tenía su elección de vestido.

Ranma no sabía en donde meter la cabeza. Sentir las miradas penetrantes de las dos hermanas de Akane y de su padre resultaba demasiado incómodo para él. No los culpaba, claro, porque entendía de donde venía el rechazo hacia él y hacia toda su familia. El mismo se auto fulminaría. Pero... ¿Acaso no podían siquiera bajar la intensidad de sus amenazantes ojos? Hasta la hermana mayor le daba repelús, y eso que ella tenía un aura más tranquila, a comparación de los otros dos.

—Y... ¿Cómo han estado?— Preguntó, tratando de apaciguar el intimidante frío entre todos.

Soun carraspeó. Entendía los motivos de su esposa, pero también, entendía lo que su pequeña hija podía sentir con respecto al compromiso falso. —Bien.— Se removió incómodo, pensando otra cosa que decir. —Quería saber a donde irán exactamente. Akane nos dijo que era un baile, pero no nos dio más información.

Tragó saliva. El tono de voz salió muy escabroso. —Ah, pues... es en la facultad donde estudio. Me extendieron una invitación a un baile que se realiza por el aniversario de la fundación del edificio. No es lejos de aquí.

Nabiki afiló su mirada. No le agradaba para nada el hecho de tener que convivir con los Saotome, ya que aún les guardaba cierto rencor. Pero nada podía hacer frente a lo inevitable. —Papá, ¿No le vas a decir lo mismo que le has advertido a los otros chicos con los que ha salido Akane?

Kasumi entendía que Nabiki molestaría al chico. —Nabiki, no creo que...

—Si. Porque la última vez, al chico que vino le advirtió que no se aprovechara de la situación. ¿Cómo se llamaba...?

—Ahm, Nabiki...

—¡Oh! Si, ya recuerdo. Ryu.— Se divertía bastante al notar como Saotome parecía disimular su incomodidad con el tema. A decir verdad, si él esperaba que su hermana no haya rehecho su vida amorosa después de lo suyo, entonces si era un completo idiota.

Soun quiso desviar el tema, pero al recordar el nombre del otro chico, la bilis le subió por la garganta. —Ah, si, lo recuerdo.— Endureció su gesto, asustando a Ranma. —Ese tal Ryu solamente buscaba una excusa para manchar a mi preciosa hija. Un delincuente y pandillero, con su forma de vestir extravagante. ¿Qué clase de sujeto porta botas de casquillo al estilo militar?— Dio un golpe en la mesa, sobresaltando al pobre chico de trenza. —Como me entere de que algo le haces a mi hija...

Nabiki comenzó a reír descaradamente, mientras que Kasumi también soltó una discreta carcajada. Estaban disfrutando la intimidación hacia el hijo de los Saotome, quien para ese momento había cobrado un tono pálido en su piel.

—No... no, no, no... Yo no sería capaz de... de hacer algo así...

—No mientas.

—Basta, Soun.— La voz en las escaleras llamó la atención de todos. La señora Naoko bajaba las escaleras con parsimonia, y por detrás de ella, repiqueteaban tacones.

Sin embargo, todos se pasmaron al ver como Akane aparecía, enfundada en un sencillo pero elegante vestido de color azul marino, de escote corazón y falda larga, con una abertura que dejaba entrever sus piernas níveas. Su pelo ahora estaba suelto, formando preciosas e hipnóticas ondas que se mantenían fijas del lado donde su brazo estaba descubierto. Llevaba consigo un bolso de mano chico, y un abrigo igual de largo, de color blanco. Se veía radiante, hermosa. Tanto, que Ranma no pudo evitar abrir la boca, de forma caricaturesca. Ahí estaba Akane, la chica que dejó de ser una niña de catorce años, para convertirse en una mujer adulta sofisticada y hermosa.

Cuando Akane bajó, notó el gesto de sorpresa de Ranma. No lo iba a negar, de cierta forma, le encantó saber que los años le hicieron un gran favor a ella, a su feminidad. Y, por que no, se sintió un poquito vanidosa. Pero, algo que no quería aceptar, era el hecho de que su estómago liberó las mariposas que solía sentir cuando ambos tenían catorce años. Y no tanto por como él la veía, algo demasiado evidente hasta para ella, sino porque también notó el paso del tiempo en el chico. Tanto los trajes como la ropa deportiva común le quedaban de maravilla. ¿Era lo correcto sentirse así de bien al ver a quien te quiso y te hizo daño al mismo tiempo? No lo sabía. Y no creía hallar una respuesta correcta.

La joven caminó hasta quedar frente a Ranma, sonriendo afable. Eso solo logró que el corazón de Ranma diese un vuelco por completo.

—Hola. Lamento el retraso.— Se inclinó respetuosa.

Ranma hizo lo propio, aunque de manera más torpe, y sintiendo el sudor empapando sus manos. —Preocupes... no... ahem... No te preocupes.

Akane observó a todos, y para tranquilizarlos, amplió su sonrisa. —Estaré bien. Regresaré sana y salva.

Para Naoko, todo le resultaba sobrecargado. Con el objetivo de evitar que las lagrimas se desbordaran, tomó la cabeza de Akane, y beso con ternura su frente. —Lo sé. Akane, vive cada segundo de esta noche como si fuese la última.

Esa frase sonó muy linda, aunque le dio un presentimiento raro a Akane. Como si su madre lo dijera de forma lastimera, casi con tristeza. Decidió no darle mucho peso, quizá solo lo percibía así por sus nervios. Abrazó a su mamá, y se despidió de todos. Salió junto a Ranma, quien llevaba un auto de último modelo. Subieron, y se encaminaron al baile, para disfrutar de una noche divertida.

Naoko, desde el portón, miró con atención el firmamento. Frotó sus brazos, y sonrió al notar que en el cielo se comenzaban a notar pequeños copos de nieve cayendo. Por fin, la nieve estaba por llegar.

Ranma conducía mientras miraba de reojo a Akane. No sabía que decir, ni que hacer a solas con ella. Decidió colocar música, y se arrepintió enseguida. Apple and cinnamon de Utada Hikaru sonó en el parlante del auto. Esa maldita canción que Akane le había enseñado hace unos ayeres se había manifestado, como si les estuviese advirtiendo a ambos de un algo.

—Oh... ahm... lo siento. La quitaré enseguida...

Apresuró su fuerte mano en busca del botón de apagado, sin embargo, la mano fina de Akane le detuvo por completo de sus planes. La miró momentáneamente, notando como ella negaba suave.

—Está bien. Puedes dejarla.

—¿Segura?

Sonrió conciliadora. —Si. Ha pasado mucho tiempo, y es la primera vez que la escucho de nuevo.

—Vaya. Por cierto...— Carraspeó, no muy seguro de decir lo que quería. —Te ves... linda... con ese vestido.

—...Gracias...— Tocó su mejilla, entre avergonzada y feliz. —Pensé que olvidaste el modelo.

Negó, con una pequeñita sonrisa. —Nunca logré olvidar ese modelo de vestido.

Un pequeño vuelco en su corazón apareció, martillándole la seguridad. —Bueno, en serio te lo agradezco.

Ante eso, Ranma sonrió ampliamente y siguió conduciendo. El silencio daba paso a los recuerdos, llenándoles de melancolía y nostalgia. Pero se recordaron a si mismos que eran adultos, y que ellos tenían la madurez de saber como manejar todo esto. O al menos... eso esperaban.

—Señorita Kuonji, debería meterse ya.— La criada se encontraba sumamente preocupada por la joven hija del matrimonio Kuonji. Estaba haciendo bastante frío, y la pobre esperaba en el portón de la enorme mansión por el que la llevaría al baile. Pero simplemente el chico no aparecía. —Lleva ya una hora esperándole.

—No. El va a venir.— Intentó comunicarse al celular del chico, pero no le contestaba. Es más, ni siquiera le llegaban las llamadas ni los mensajes, como si hubiese apagado su teléfono. Gruñó de la desesperación, aunque no bajó la guardia. Ranma vendría por ella, y pasarían una linda velada los dos.

El mundo de los riquillos no estaba hecho para Akane. Lo volvía a recalcar con fuerza cuando escuchaba como esos estudiantes hablaban. Había unos cuantos que conversaban de cosas interesantes, como el arte, negocios, entre otras cosas que sí servían. Pero la gran mayoría solo mencionaba frivolidades típicas de los hijos de papi. Ella ya tenía un poco de experiencia en bailes elegantes, ya que la escuela Sakuranba se encargaba de meter a todos sus alumnos en esos ambientes para que pudiesen acostumbrarse.

Pero escuchar como esa chica frente a ellos se quejaba de como los precios de los bolsos de marca se dispararon solo le causaba tremendas ganas de dispararse en el pie, para así acabar con su sufrimiento.

Claro que para Ranma también estaba representando un suplicio haber aceptado la invitación de la facultad. ¿Por qué creyó que era buena idea obedecer a su abuela y aceptar? Notaba cada micro expresión en Akane, y deducía que estaba muy incómoda. Si algo recordaba, es que él se hizo su amigo porque ella no se comportaba como las demás niñas de clase alta. Esas niñas se comportaban modosas y reservadas. Akane, en cambio, era salvaje. Y estaba seguro de que ahora mismo se contenía, pero si seguía escuchando cada cosa, seguro explotaría.

—Y entonces, le dije a esa criada, ¿Qué diablos haces? No sabes distinguir un Gucci de un Prada. ¡No te acerques de nuevo a mi closet, o te juro que te voy a aventar a la calle, con todas tus porquerías!

Akane apretó fuertemente el puño al escuchar esas palabras tan soeces. Una y otra vez escuchaba esas quejas de niñitas malcriadas. Que si la uña esto, que si el pelo aquello, que si el vestido no era la marca deseada... ¡Harta estaba ya!

—¿Tú que opinas? ¿Debería mandar a esa sirvienta de pacotilla de vuelta a su cochino país?

Todas las miradas se posaron en Akane, y Ranma supo que iba a pasar una cosa catastrófica.

Ella carraspeó un poco, intentando modular su voz. —Creo que no todos saben la diferencia entre bolsos de marca, y está bien.

La chica le observó, confundida. —¿Qué? Pff, bueno, obvio, es una ordinaria.

—Y que le digas ordinaria a alguien me parece que es...

Ranma la interrumpió, sintiendo miedo de lo que pudiese pasar. —Disculpen.

Tomó la mano de Akane y se fueron inmediatamente a la mesa donde se habían sentado. En cuanto llegó, tomó su copa y bebió un sorbo gigantesco de la bebida, tratando de apaciguar la incomodidad naciente.

Akane, por su parte, sintió un poco de vergüenza por el actuar de Ranma. —Oye... ¿Por qué me interrumpiste? Es de mala educación hacerlo.

Dejó la copa en la mesa, y le observó. —Te conozco. Ibas a decirles algo imprudente.

Cruzó los brazos, y alzó una ceja. —¿Decirle que es una estúpida niñita cabeza hueca y con mierda en vez de cerebro es imprudente?

—Si.— Dijo, tomando asiento por un momento. —Y de mala educación. O bueno, según mi abuela. Y según toda la gente de esta esfera.

Akane le siguió, haciendo lo propio. —No es imprudente. Es la verdad.— Suspiró, observando a su alrededor. Cada persona se veía lejana, distante a ella. No era parecido a sus clases de ballet, donde cada bailarín se sincronizaba y dejaba a un lado sus diferencias para crear una coreografía espectacular. Todos lucían variopintos, simples y complicados a la vez. —Creo que... que no debí aceptar tu oferta. Es decir, la cena estuvo deliciosa, y el champagne es asombroso, pero... no es mi lugar.

Abrió sus piernas, y apoyó en ellas sus brazos. La comprendía. —En realidad, te entiendo. Tampoco es mi atmósfera. Debí haber hecho lo mismo que Ryoga, y decir que no iría.— Luego, agachó su cabeza, y comenzó a reír un poco. —Debí decirle a mi abuela que me sentía indispuesto. Así no me hubiese obligado a asistir.

Por extraño que pareciera, se contagió de cierta complicidad. La única persona que parecía amena por ese momento era, irónicamente, la persona con la que apenas y había comenzado a tener nuevamente interacción. Relajó su postura, cruzando sus piernas y soltando sus brazos. —Imposible. Tu abuela te hubiese llevado con el doctor más caro de Japón, antes de permitir que faltaras.

Soltó una carcajada más liviana. —Tienes razón. Doña perfecta y su TOC.— Le echó una mirada a Akane, sonriendo. —¿Sabes? Debí dejar que le dijeras sus verdades a esa pesada de Azusa Shiratori. Ella y su novio Mikado Sanzenin son los que peor tolero de la clase. Cada que hablan es como si me encontrara en el mismo infierno.

—Te compadezco.

—Hubiera sido bueno que supiera que tiene mierda en vez de cerebro.

—No me dejaste hacerlo. Aunque, mejor así. No quiero arruinar el maquillaje y el peinado que mi madre tardó en hacerme. Y ni se diga del vestido costoso que me mandaste hasta la puerta de mi casa.— Hizo un gesto de suficiencia, imitando a la mimada de hacia un rato. —Gucci y Prada son mis amores. Ellos no merecen que su madre llegue golpeada.

Ranma no aguantó, y se soltó a carcajadas. Akane se contagió de lo mismo, por lo que ambos permanecían felices en su propio mundo. Duraron unos cuantos segundos así, hasta que suspiraron profundamente.

—Pensé que te amoldabas a este tipo de eventos. Como estudias ballet... supuse que te agradaría. Perdona si te incomodó todo.

Akane negó. —La decoración del lugar es bella. No todas las personas aquí son desagradables. En realidad, algunos cuantos conocen sobre artes, y la música es amena. Me alegra que por lo menos, los músicos supieran de Beethoveen o de Chopin, y hasta de Vivaldi.

—¿No extrañaste a Tchaikovsky?

Sus ojos se abrieron, atónitos. —¿Lo... recuerdas?

—Solías decir que era el mejor compositor. Que querías bailar una y otra vez el Pas de deux en un enorme auditorio, lleno de gente que admirara tus movimientos. O, en todo caso, actuar en El lago de los cisnes y ser Odette. U Odille, lo que sea.— La observaba fijamente, rememorando cada cosa que pudiese sobre su infancia y adolescencia. —Y ahora, lo haces. Creo que la Akane de hace ocho años debe estar orgullosa, porque lo estás logrando. Y... bueno... yo también creo que lo estás haciendo genial.

—Ranma... ¿Cómo es que recuerdas todo eso?

—No es difícil.

Sonrió. —¿Sigues viendo la peli de Top Fighter?

Asintió. —Si.

—Comiendo palomitas y tus dulces favoritos...

—Los Hello panda.— Pronunciaron ambos, asombrados por aún recordar ciertas cosas. A pesar del pasar del tiempo, aún algunas cosas se conservaban a la perfección.

La música cambió de ritmo. En vez de ser una pieza de música clásica, apareció una tonada de una canción más moderna. El piano seguía ahí, sonando, y una dulce voz femenina comenzaba a cantar las primeras líneas. Point of view de Ariana Grande resonaba en el lugar, pero en una versión mucho más relajada. Varias parejas salían a bailar, y a pesar del ambiente jovial, ambos simplemente se miraban sin inmutarse.

¿Por qué? Sus corazones latían con fuerza, pero no entendían el por qué. Tal vez, lo que se decía de las relaciones pasadas podía ser verdad. Donde hubo fuego, cenizas quedan. ¿Serían reales aquellas cenizas, o solo son ilusiones de un amor pasado?

—Disculpen...— Un chico alto interrumpió a ambos. El joven estiró la mano hacia Akane, de forma amable. —¿Quisieras bailar conmigo esta pieza?

—¿Eh?— Preguntó Akane. —Perdón, es que, no puedo.

—Por favor. La verdad, no te he quitado la vista desde hace un rato. Y...

Fue interrumpido por el chico de trenza, quien se había levantado tan veloz como un rayo. Estaba sintiendo lo que él identificaba como celos, algo que en cierto modo le asustó, pero que no evitó. Tomó a Akane, logrando que ella se pusiera de pie, y miró con frialdad al sujeto frente a él. Le sacaba la altura suficiente como para intimidarlo, lo que era muy bueno para él.

—Ella viene conmigo. Es mi prometida. Entérate, idiota.

Luego, llevó a Akane hacia la pista de baile. Akane trataba de soltarse de su agarre, visiblemente molesta por la forma en la que se había comportado. Sin embargo, fue en vano. Cuando Ranma comenzó a tomarla de la cintura, ella no pudo poner resistencia. Más bien, no deseaba, aunque estuviese enojada. Muy contradictorio de su parte.

—Ranma, te pasaste.— Susurró para que nadie les oyera. —Pude haberle dicho que no de una forma más amable.

—¿Le dijiste que no al tal Ryu?— Dijo, dándole una vuelta, y luego, atrayéndola hacia el, con cierta brusquedad. —Porque tu padre se veía irritado al recordar como te manchó.— Al parecer, la plática con el padre de Akane volvía a su cabeza. Tenía unas enormes ganas de preguntarle aquello en el auto, de camino al baile, pero desistió al querer tener paz entre los dos. Ahora, le fue inevitable.

Jadeó. —No puedo creerlo... ¿Estás celoso?— Se vio interrumpida porque Ranma le acercó más hacia él.

—No. Para nada.— Negó inútilmente. —No debería estar celoso.

Rodó los ojos. —Déjame ver, seguramente creíste que me quedaría toda la vida esperando a que regresaras de China. O a que las cosas se solucionaran mágicamente. Pues no, Ranma. No iba a quedarme de brazos cruzados, mirando como pasaba el tiempo.

Le dio una vuelta, dejándose llevar por la repentina impulsividad. Cuando eran más chicos, esa impulsividad le hacía actuar de maneras que normalmente no consideraría. —Ya sabes que yo tampoco lo hice. ¿O te recuerdo que también he pasado la noche con una que otra chica?

Bien, si. Eso si había dolido un poco. —Pues me da igual. No tienes el derecho de recriminarme algo que claramente tu también has hecho. Ryu fue un novio más de mi lista, y ya. Y no, el no fue quien me manchó, como dice mi papá. Es más, no tengo que darte explicaciones de nada.— Soltó, ofuscada ante lo que escuchaba.

Miró hacia otro lado, entendiendo que, de nuevo, la había cagado. Sin embargo, no podía calmarse. Estaban muy cerca, bailando juntos, y eso solo desataba un torbellino de sensaciones confusas para él. La odiaba, pero porque le era difícil ocultar. —Bien. Lamento la pequeña escena que te hice ahora mismo. Tienes razón. Era muy estúpido suponer que no saldrías con más chicos.

—Así es.

—Pero...— Dio un giro junto a ella. —Lo que no sabe tu padre, es que yo fui el primero que te dio tu primer beso.

Hizo una mueca sarcástica. —No te creas especial. He tenido besos casuales más maravillosos que ese intento soso.

—¿Has besado a alguien causalmente?

—Si. Muchas veces. Demasiadas.— Exageró para no verse tan poco intimidante. —¿O que? ¿Acaso tú no? ¿No decías que te habías acostado con otras chicas?

—¿Celosa?

—Ni hablar. Ya no significas nada, al menos, sentimentalmente hablando.— Quiso mentirle y mentirse a si misma. Lástima que la verdad fuese otra.

—De acuerdo.— Dijo decidido. —Hazlo.

—¿Qué?

—Bésame, ahora mismo. Pruébame que lo dices en serio.— La impulsividad hablando nuevamente, con una dosis gigante de adrenalina.

Akane jadeó, incrédula ante esas palabras. —No estarás hablando en serio.

—Dices que has besado a alguien más de forma casual. A menos que sea mentira.

No se iba a dejar intimidar. —Si tu insistes.

Sin tiempo que perder, lo hicieron. Unieron sus labios en un roce mágico, sublime. Por un momento, lograron percibir el dulce sabor de la manzana, y el picor de la canela. Si, tal como sucedió con el primer beso de toda su vida. Ese que Ranma le robó a Akane a los catorce años. Las chispas saltaron, y casi que prendieron fuego en sus corazones alborotados. Centellas burbujeantes, remolinos avasallantes. Todo eso sintieron gracias al beso. Intentaron frenarlo, pero se les escapó de las manos.

El tiempo se detuvo para ellos, quienes ahora descubrían una dolorosa verdad tras ese toque de bocas.

Oh, si. Las cenizas de su amor seguían ardiendo ligeramente.

Y ante esa revelación, se separaron de golpe, completamente sonrojados, y con la confusión y miedo en sus rostros. ¿Qué diablos habían hecho?

—Creo que... ya es tarde...— Susurró Ranma, visiblemente afectado.

Akane asintió, entendiendo que se habían equivocado. —Si.. ya deberíamos irnos.

Ambos se movieron robóticos, tomando sus abrigos y colocándolos encima suyo. No se despidieron de nadie, ni dieron explicaciones innecesarias. Simplemente se encaminaron hacia la salida del salón, entre pasos apresurados y un incómodo silencio. Cuando abrieron la gran puerta, la ventisca de aire frío y nieve los recibió. Ya el suelo se notaba algo blanco, y los árboles tenían aquellas partículas heladas cubriéndoles por partes.

Nieve, como aquel día de su primer beso. La primera nevada, tan simbólica para los amantes destinados.

Vaya ironías de la vida.

—Gracias por traerme.— Pronunció Akane, tratando de romper el silencio instaurado entre ambos.

Durante todo el camino, ninguno de los dos dijo absolutamente nada. En realidad, ¿Qué diablos iban a decir? Si todo ese beso solo les trajo recuerdos de lo que pudo ser y nunca fue. Además, no deseaban desarmarse ahora que recién recuperaban de a poco la confianza. Se dejaron llevar por las cenizas que aún ardían, y si no se hubiesen separado, quizá el incendio estallaría.

Ranma carraspeó, con cierta incomodidad en su voz. —No es nada. Y... perdona por... por todo.— Lo que estaba por decir resultaba difícil de sacar, pero debía hacerlo. —Entenderé que te distancies. No debí hacerte una escena, ni mucho menos cuestionar tu vida después de... ya sabes.

—No. No debiste. Pero yo también lo hice mal.— No estaba segura de tener la disposición de distanciarse de él, por lo que decidió que no sería así. —A pesar de que actuaste como un idiota, la verdad es que hoy la pasé bien. Claro, quita de la ecuación los momentos extraños y... listo. Todo en orden.

—¿De...verdad?— La observó, dudando de todo. —¿Entonces... podemos ser amigos nuevamente?

Asintió. —Aunque... de poco a poco. Aún hay cosas por aclarar.— Como sus sentimientos, o lo que le había significado el beso anterior.

Sintió cierto alivio, pero la preocupación por el beso crecía enorme. —Bien. Y... en cuanto a lo del beso...

—No hay que martirizarnos. Esto tiene que quedar como un simple beso casual. ¿No es así?

—Si...— Rascó su nuca, ligeramente incómodo. Si, probablemente era lo mejor. Y egoístamente deseaba que no fuese de esa forma. —Si. Fue un simple beso. Nada fuera de lo normal.

—Somos adultos. Esto no cambia nada.— Se frotó los brazos, observando la nieve cayendo afuera del vehículo. —Debemos ser maduros.

—Así es. Ser mejores a comparación de cuando teníamos catorce años.

—Si.— Acomodó un mechón de pelo, detrás de su oreja. Luego, abrió la puerta del vehículo, poniendo un pie afuera. —Debo irme.

—De nuevo, una disculpa.— Si el arrepentimiento tuviese apariencia, esa sería su forma. Los iris azules de Ranma suplicaban por que el control de la situación no se le fuese de las manos. Volvió a sentir cierto alivio cuando observó como la sonrisa de Akane aparecía en su rostro.

—Disculpas aceptadas.— Sonrió, mirando a Ranma, pretendiendo que nada de lo que ocurría le pesaba. —Pasa buena noche, y conduce con cuidado.

La nieve caía delicada, como una lluvia blanquecina que llegaba a purificar los corazones de ambos. Sin embargo, era una casualidad que no pasó desapercibida para ninguno.

Akane se tiró en su cama, sintiendo como el corazón se le salía del pecho. Afortunadamente nadie estaba despierto, así que no tenía a quien darle explicaciones de nada.

Ranma, por otra parte, permanecía aún afuera de la residencia de los Tendo, observando desde su lugar la ventana del cuarto de la chica. Rendido ante la tormenta de sentimientos que adormecían su raciocinio, y que le dejaron en claro que no lograría olvidarla. Así pasaran años, él seguiría enamorado de esa mujer. Una verdad dolorosa, cruel y maquiavélica.

—Akane... Creo que no lograré olvidarte.—Suspiró. —¿Serías capaz de aceptarme de nueva cuenta en tu vida si lo intento?

No tenía la certeza de nada. Lo único que sabía, es que sus propias cenizas aún estaban ansiosas por arder.

Ukyo se encontraba indignada. Le había esperado, pero el nunca llegó. La dejó plantada, y seguramente se debía a la tipa con la que lo habían comprometido. Pero ya lo vería. Se ganaría a Ranma costara lo que costara.

Indignada, se dirigió hasta la oficina de su padre, y le enseñó en el celular unas imágenes de la universidad donde Ranma estudiaba. El hombre tomó el aparato, examinando esa imágenes. Suspiró cansino, ya que siempre era lo mismo con su hija. Lamentablemente para él, le era imposible ignorar las peticiones de su pequeña.

—¿Qué es lo que deseas?— Pronunció severo, temiendo la respuesta de Ukyo.

La castaña mostró firmeza. —Quiero cambiarme de universidad. Adiós a Francia, y hola a Japón.

Akane bajó las escaleras, dispuesta a desayunar junto a su familia. El frío ya lo sentía intenso bajo su piel, además, pudo apreciar como el patio se había llenado de aquél elemento blanquecino. Sonrió, y en cuanto puso un pie en el comedor, las miradas de todos se posaron en ella.

—Buenos días.— Saludó alegre, ignorando el hecho de que casi todos deseaban saber los detalles de su noche.

—¡No te hagas! Cuéntanos todo con detalle.— Reclamó Nabiki, moviéndose como si hiciera un tierno puchero.

—Nope.— Ocultó sus brazos detrás de su espalda. Le gustaba provocar la curiosidad en la chismosa de su hermana mediana.

Kasumi soltó una discreta risa, pues toda la situación le parecía, en extremo, divertida. —Queremos saber como te la pasaste.

—¡Yo deseo saber si ese idiota recibió un poco de su merecido! Dime, ¿Le diste celos bailando con otro de los chicos de ahí?

Naoko negó, observando el caos entre sus hijas. La nostalgia quería salir de ella nuevamente, sin embargo, hoy no lloraría. —Nabiki, no seas desesperada. Si tu hermana quiere decirnos como le fue, lo hará.

La hermana mediana hizo un puchero más marcado. —Le quitan lo emocionante a todo.

Soun dejó su periódico a un lado, y miró con severidad a la menor de sus hijas. Tenía unas ojeras marcadas, por lo que se dejaba entrever que no pasó buena noche. —Escuché que llegaste a la medianoche. Oí como te metías a tu recámara. Cómo me entere de que ese chico te hizo algo...

—No pasó nada.— Decidió que el beso quedaría como algo secreto entre los dos. No era una niña como para sentirse culpable por haber hecho algo indebido, aunque la culpabilidad por sucumbir a los sentimientos enterrados permanecía dentro de si misma. —Cómo sea, iré por un poco de té a la cocina.

No esperó más respuesta y se encaminó al lugar que dijo. Cuando entró y cerró la puerta, se recargó en ella, tocando sus labios y sintiendo el corazón palpitarle fuertemente. La canela y la manzana aún se atascaban en su mente, en combinación con el champagne y el suave perfume amaderado. Tal vez escuchar Apple and cinammon de Utada Hikaru antes de bajar a desayunar le afectó demasiado.

—Por eso no debiste de escucharla. Tonta Akane.— Susurró para si misma.

Caminó hacia la alacena, sacando la caja con las bolsas de té. Sin embargo, de ahí mismo un sobre membretado cayó al suelo. Este objeto llamó su atención, por lo que decidió recogerlo. Creyó que se trataba de algún recibo o algo parecido, pero entonces, el sello proveniente de un lugar en específico le alertó.

Hospital de especialidades de Tokio.

—¿Qué es esto...?— Dio la vuelta al objeto, y entonces, ahí estaban los datos de su madre. Nombre, edad, sexo, peso.

Dejó la caja de té sin ningún cuidado, y se dispuso a abrir el sobre. La adrenalina se manifestaba en temblores de manos, pues no quería pensar que se tratara de algo negativo. Leyó a la velocidad de la luz cada papel de ese sobre, hasta que se detuvo en uno de los apartados. No podía descifrar cuantas veces paseó sus ojos por aquella información, pero fueron las suficientes como para sentir el escozor en su alma.

Los moretones, el cansancio, el estado de animo vacilante y el malestar físico. Todo tuvo sentido, revelando ante ella una de las peores crueldades que la vida pudiese traerle. Su madre, su pobre madre. Justo ahora que se inscribió en la audición, deseosa de viajar a otro país y enorgullecer a sus padres. Justo en ese momento, en el que sus sentimientos se confundían con respecto a Ranma.

Ranma. El compromiso arreglado... ¡Ahora había un sentido en todo!

Sostuvo el papel, y caminó como zombie hasta salir de la cocina. La primera lágrima escapó libremente de sus iris canela, y el frío del ambiente no era nada a comparación de lo helada que su piel se sentía. Tal vez hasta había palidecido.

Todo era risas y diversión, como una mañana típica de domingo. En otro instante, le hubiese confortado la escena, pero ahora solo podía pensar en que la nieve blanca de afuera se teñía de azul. Un oscuro y triste azul, mezclado con gris. Monótono, crudo.

Los integrantes de la familia miraron como llegó, y fue entonces que las sonrisas se esfumaron.

—¿Akane? ¿Qué sucede?— Preguntó Kasumi, preocupada por el estado catatónico de su hermana pequeña.

Akane solo atinó a señalar el papel que llevaba en la mano. —Esto...

Naoko dedujo lo peor. Miró a Soun, quien también le correspondió, entre asustado y resignado. Ya no había vuelta atrás.

Kasumi y Nabiki se levantaron, y corrieron a leer el documento frente a sus padres. Sus ojos se impregnaron de sorpresa, y para todas, muchas cosas hicieron sentido. Sin embargo, las lágrimas en Naoko bajaban sin control. Al igual que en los ojos de Akane y de Kasumi. Nabiki, en cambio, no supo que decir.

—Leucemia mieloide aguda, con metástasis.— Un sollozo profundo la interrumpió, liberando el dolor ardiente en ella. Difícil para Naoko el pronunciar las palabras, a pesar de que ya las conocía al pie de la letra. —Cáncer en fase terminal.

—¿Por qué... no nos dijiste antes?— Nabiki no podía creer que se hubiera guardado algo con un peso tan significativo. —¿No confiabas en nosotras, o que?

—Nabiki, no le hables así a tu madre.— Reprochó Soun, tratando de calmar las aguas alborotadas.

La mediana de las Tendo negó. —¿Cómo mierdas pretendes que me calme? ¿Por eso comprometiste a Akane con el hijo de los Saotome?

Trató de calmarse. En su estado, no era lo mejor estar alterada. —Si. Cuando fuimos a ver la obra de ballet de Akane, me encontré a Nodoka en el sanitario. Días después, la cité en el establecimiento de mochi. Le conté, y ella accedió a prestarme dinero, a cambio de que le ayudara a cumplir el trato entre sus padres.

—¿Y hace cuanto que sabes de esto? ¿Ah?

—Nabiki, ya basta.— Demandó Soun, aún más severo que nunca.

—Hace tres meses. Comencé a cansarme, y me fui a hacer un chequeo. Ahí salieron los resultados iniciales.— Confesó Naoko.

—¿Cómo pudiste...?— Nabiki se negaba a aceptar cada cosa que sucedía. —¿No era más fácil decirnos todo? Mierda, le haz hecho pasar a Akane vergüenza, y a nosotros también.

Akane miró ceñuda a Nabiki. —No es el momento...— Las lagrimas bajaban, y no deseaba detenerlas. Más bien, no tenía la fuerza para detenerlas.

—Mamá...— El sollozo de Kasumi se escuchó silencioso, pero devastador. —Todo estará bien...

—¡No es verdad!— Nabiki gritó, enojada con... tal vez, con la vida. —Kasumi, no digas mentiras.

—Te cuidaremos.— Tomó las manos de sus hermanas, estrujándolas con fuerza. Con una sola mirada, logró que Nabiki contuviera su ira, y que Akane respirara profundo. —Tú nos bajabas la fiebre, nos alimentabas cuando no deseábamos. Ahora... es nuestro turno. Por el tiempo que nos queda.

Naoko se levantó, y con parsimonia caminó hacia sus tres hijas. Entendía que estuvieran enojadas, tristes y conmocionadas por todo. Incluso para ella, aceptar la cruda realidad no resultaba sencillo. La nariz comenzó a sangrarle, pero, ¿Qué más daba? Por más que la intentase limpiar, sangraría. Cortar su cabello solo era una fachada para la pérdida que sufriría más adelante. Los moretones que se asomaban en su piel ya ni siquiera los ocultaba. Los músculos le dolían, y la fatiga le invadía, pero nada machacaba con fuerza su espíritu, más que ver a sus tres hijas devastadas por ella.

¿Por qué debían invertirse los papeles? ¿Por qué tenía que pasar aquello? ¿Qué mal pagaba su familia?

Cuando las tuvo frente a ellas, se agachó, quedando de rodillas. —Lo lamento. Debí decirles antes, pero... moría de miedo.— Limpió momentáneamente su nariz. —Fui una estúpida al no decirles. De verdad, perdónenme.

Y luego, terminó de encorvar su cuerpo, pidiendo perdón en una de las reverencias más significativas de Japón.

—Perdón... perdón por no poder ser eterna para ustedes...— Lloró desgarradoramente, logrando desatar, por fin, lo que deseaba. —Perdón por hacerles pasar por este infierno...— Gritó fuertemente, adolorida y cansada hasta el fondo de su alma. —Perdón...

Las tres se agacharon, y abrazaron a su madre fuertemente, sollozando junto a ella. Las culpas fluyeron en ríos de dolor, de impotencia y anhelo por el pasado, cuando no había muchas preocupaciones. ¡Que injusto era el destino! Soun se unió a ellas, con dolor en su corazón.

—Todo estará bien... Todo estará bien...— Susurró Kasumi, para ella, para sus hermanas, para su padre. Para su madre.

Añorar una vida sencilla no siempre resultaba en algo bueno. La eternidad nunca es opción, menos ante el escenario tan devastador de las enfermedades. Ahora, un nuevo episodio se revelaría ante la familia Tendo. Una nueva amenaza, que no tenía solución. Esta vez, tendrían que luchar para que el tiempo no les ganase, y evitar que su lazo se disuelva como la nieve que ahora había caído.


¡Hola a todos!

Por fin pude sacar esta actualización. Ya tenía una parte escrita, y afortunadamente la pude completar para el día de hoy. ¿Qué tal les ha parecido este capítulo? A mi me ha encantado, en especial, las escenas del beso y la final. Me inspiré mucho para escribirlas. Espero que hayan llegado hasta acá a salvo. Y perdonen por la montaña rusa de emociones que ha supuesto esta actualización, en especial, por el final.

Bueno, les anuncio a quienes siguen esta historia que estará en hiatus por al menos un mes. Si no me siguen, les aviso que publicaré un AU para San Valentín en donde habrá clichés, romance, picor y humor. Espero que lo disfruten mucho, verá la luz este viernes 14. Si quieren más información de mis actualizaciones, o de nuevos fics pueden seguirme en mis redes sociales. En facebook me encuentran como 97SandySerendipity y en X como Sandy_97sandia.

¡Les agradezco mucho por su lectura!

Con amor, Sandy.