Peace could be an option

Capítulo 76


Mountie saltó y ladró, revoloteando alrededor del auricular del teléfono, podía escuchar la voz de Edie llamándolo. Para el animal era difícil comprender que dos miembros de la familia simplemente habían dejado de vivir en la casa y a veces se quedaba esperando a que regresaran, durmiendo al pie de la entrada. Escuchar sus voces de vez en cuando al menos le devolvía algo el ánimo.

―¿Cuándo van a regresar? ―preguntó Nina, tomando el teléfono para hablar con su hermana mayor.

Antes de irse a la universidad sus hermanos le explicaron lo que iba a ocurrir, pero aun así se mantenía insistente con que quería que regresaran pronto. La pequeña apenas había comenzado a asistir a su primer año de escuela en la primaria y todos los cambios la tenían ansiosa.

―¿Cuándo es pronto? ―cuestionó con un puchero, pero Erik tomó el teléfono.

La llamada se había extendido más de la cuenta y debían de haber cortado un buen par de minutos antes, ya era la tercera ronda de despedidas y si nadie intervenía pronto comenzaría la cuarta.

―Si te comunicas con tu hermano dile que llame ―pidió Erik cuando Abby cargó a Nina para llevarla al baño y que pudiera terminar de alistarse para irse a dormir―. Cuídate y llama si pasa algo.

Erik colgó y respiró profundo. Una parte de él quería volar al Cairo y traer a rastras a su hijo, ¿cómo se le ocurría dejar a su hermana sola en Nueva York? Pero también comprendía que cada uno tenía su propia vida, Darryl no podía siempre estar al pendiente de Edie y aunque le costara admitirlo, su hija debía aprender a manejarse sola.

―Ya acosté a Nina, si te demoras mucho vas a encontrarla dormida cuando subas ―dijo Abby, regresando al lado de Erik―. Hablé con Ruth y dijo que podía venir mañana a cuidarla hasta que llegues, creo que va a traer a su papá también para que la entretenga.

―¿A qué hora crees que regreses?

―Tarde, pero seguro que sales del trabajo antes de que yo logre escaparme del comité ―respondió, el desgano se colaba en su voz. Detestaba formar parte de los múltiples comités de la universidad, pero solían pedirle que lo hiciera ya que la mayor parte de los profesores eran hombres y sentían que su presencia era benéfica―. Debería empezar a exigir más paga por cada vez que me arrastran a un comité.

―Al menos deberían coordinar mejor, así no encaja con los turnos que yo salgo tarde del trabajo ―agregó Erik. Encontrar alguien que cuidara a Nina después de clases con poco tiempo de antelación era difícil, lo que hubieran hecho antes era pedirle a Darryl o Edie, pero esa ya no era opción.

―Podría llevarla conmigo, quizás comprendan el mensaje así y dejen de atormentarme.

Erik sonrió de medio lado, no estaba en contra de la idea. Nina se aburría con facilidad y si usaba su don para encontrar algún amigo con el cual entretenerse, quizás un búho picoteando de forma continua las ventanas, se verían obligados a recortar las reuniones.

―No descartes la idea ―dijo él antes de subir las escaleras para ir a darle las buenas noches a su hija.

El ritual nocturno de la pequeña variaba un poco día a día. A veces era él quien se aseguraba que todo estuviera listo para acostarla y luego Abby llegaba un poco después para leerle un cuento, o como ese día donde era él quien llegaba para estar con Nina momentos antes de que se durmiera.

Terminó de leer las pocas hojas que quedaban de una historia, la noche anterior Nina acabó dormida justo antes del final, y cuando cerró el libro pudo ver de inmediato que la pequeña no estaba satisfecha con el poco tiempo que había tomado acabar. Podía comenzar otra historia, pero la luz tenue de la lámpara sólo iluminaba bien la cama, ir a buscar otro libro implicaba prender la luz o tomar uno al azar.

―Cuando tenía tu edad mis padres ya no me leían libros ―dijo Erik tras meditarlo unos momentos, recordando su niñez, los libros infantiles no fueron una prioridad cuando tuvieron que huir―. En las noches conversábamos y antes de dormir me cantaban.

Los ojos de Nina brillaron con curiosidad y asintió con energía. Eran pocas las ocasiones que su papá hablaba sobre su familia, incluso cuando Erich visitaba, sabía muy poco sobre sus abuelos. Su madre trataba de responder sus preguntas, pero siempre acababa contándole las mismas historias, historias que sus hermanos repetían cuando se veían atrapados y no encontraban cómo evitar el tema con ella.

Erik se acomodó junto a su hija y comenzó a cantar. La pequeña no tenía manera de entender las palabras, pero esperaba que pudiera encontrar el valor y significado que tenía. Mucho se había perdido, pero había cosas que podían ser cargadas en la memoria de los que sobrevivieron.

―¿De dónde aprendieron la canción los abuelos? ―Nina preguntó, curiosa cuando su padre quedó en silencio. Los sonidos no le eran totalmente ajenos pese a que no comprendía las palabras, alguna vez había escuchado a su tío Erich hablar de forma similar con su papá o con su tía Ruthie.

―De sus padres, y ellos de los suyos ―respondió y sonrió, abrazándola con fuerza―. Y un día tú se la cantarás a tus hijos.

―¿Qué pasó con ellos? Tus papás. ―No era inusual que tuviera curiosidad, más cuando comenzó a notar lo diferente que eran las familias de su papá y mamá.

―Se los llevaron, cuando era un niño. ―¿Qué tanto podía comprender Nina siendo tan pequeña? Erik no lo sabía, pero podía compartir algo, sólo debía evitar los detalles innecesarios, detalles dolorosos que incluso un adulto preferiría no tener que escuchar―. Pero todavía están aquí, acompañándome. Y aquí, contigo ―agregó, abriendo el relicario con las fotos de sus padres que Erich le entregó y que meses antes decidió encargarle su cuidado a su hija menor.

Tuvo dudas al momento de decidir qué hacer con tan preciado regalo. Tenía tres hijos, a fin de cuentas, pero Edie y Darryl eran mayores, comprendían las cosas y nunca se mostraron envidiosos de la relación que él tenía con Nina. Los años que estuvo en la cárcel provocaron que se perdiera la infancia de sus hijos mayores y aunque pudo armar una relación cercana con ellos a costa de mucho trabajo, siempre sintió resentimiento contra el mundo al no poder tener una relación orgánica con ellos desde pequeños. Erik aprendió a conocerlos, pero perdió muchos momentos, momentos que estaba pudiendo disfrutar con Nina.

―¿Alguien va a llevarte? ―La pequeña preguntó de improvisto. Sabía que Erik estuvo ausente por muchos años antes que ella naciera y temía que de alguna manera eso pudiera volver a ocurrir.

―Nunca ―Erik respondió con seguridad, sonriéndole para tranquilizarla.

Nunca más, nada lo apartaría de su familia de nuevo. Muchas noches sin dormir lo habían llevado a la conclusión que debía ser cuidadoso si deseaba seguir cerca de la gente que amaba, de muchas formas él era su peor enemigo en ese aspecto. Nadie, ni él mismo iban a separarlo de su familia.

. .

Erik dirigió la mirada a una ventana cercana en el aserradero en el que trabajaba y suspiró, su esposa diría que era una noche apacible, pero en su opinión el frío y la nieve acumulada le quitaban todo el encanto. Manejar de noche en el invierno de Alberta requería mucho cuidado y tras un largo turno en el trabajo sólo quería regresar a casa rápido, evitando todo tipo de improvistos.

Su primo, Jakob, estaba ahí como trabajador temporal, dedicándose a conversar más que a trabajar. Sabía que su actitud había mejorado mucho, pero algunas malas costumbres no se le quitaban y no era un trabajador muy dedicado. También había algo que le fastidiaba relacionado a la compañía que llevaba, pese a que su tío aseguraba que ya no tenía malas juntas. Alguna vez lo vio a la salida del trabajo entrando a un bar al lado de la carretera con un grupo grande de hombres de diversas edades que sin dudas iban armados. Decidió no compartir la información con nadie a excepción de su esposa, Erich merecía algo de paz, y mucha gente en la provincia portaba armas.

Trató de enfocarse en lo que quedaba del turno nocturno que le asignaron. Eran raras las ocasiones en que requerían el personal extra así que lo aceptaba, aunque prefería poder estar en casa temprano.

Un corto, pero fuerte movimiento hizo que el aserradero quedara en silencio. Los temblores no eran algo común en la zona, o al menos no los que podían ser sentidos a ras del suelo. Una cadena se quebró bajo la presión de los grandes troncos que sujetaba y sin dar tiempo de reacción rodaron hasta golpear un montacargas cercano. Un grito quebró la escena al momento en que un trabajador casi quedó atrapado entre una pared y el pesado vehículo que milagrosamente se detuvo.

Erik pudo sentir cada palpitación de su corazón golpeando su pecho desde dentro. Había reaccionado para salvar al hombre, pero a diferencia de Abby, él nunca se acostumbró a usar su don sin movimientos claros de sus brazos. Regresó a su labor de inmediato, pero pudo notar los ojos de su primo clavados sobre él. Lo había visto, estaba seguro, Jakob era el único de la familia que no sabía que era mutante y Erich siempre mantuvo que era mejor así.

Había cometido un error, salvar la vida de uno de sus compañeros de trabajo fue un acto reflejo, pero uno que no debió haber cometido. Comenzó a sentirse intranquilo, que Jakob supiera que era mutante no debía causarle tanta ansiedad, pero había algo que su instinto le estaba advirtiendo, pese a que conscientemente no tuviera lógica.

Pudo ver que Jakob habló con algunos trabajadores y luego desapareció sin aviso. Tuvo el impulso por salir detrás de él, pero decidió controlarse. No debía llamar más la atención, comprendía que su primo no era el único que debía de haberlo visto, irse implicaba que su acción era mala, así que decidió quedarse y lidiar luego con Jakob.

. .

Ruthie observó a su papá regresar con Nina luego de que una hora antes fueran a buscar a Mountie, el labrador, cuando se escondió debajo del porche a causa del temblor. El movimiento no fue muy fuerte, pero el pobre animal realmente se llevó un susto, posiblemente por no estar acostumbrado a ese tipo de eventos.

―¿A qué hora vuelven mis papás? ―preguntó Nina, quería que su papá convenciera a Mountie de regresar a la calidez de la casa.

―Seguro llegan en un rato más ―dijo Ruthie, asegurándose que su sobrina sacudiera bien sus botas antes de entrar a la casa y dejar un sendero de nieve lista para derretirse.

El sonido de un grupo de automóviles estacionándose llamó su atención. Su primo no le había dicho nada de que esperaban visitas y vivían lejos de la carretera como para que un grupo tan grande de vehículos decidiera desviarse sin razón.

―Debe de haber habido algún atoro en la carretera ―habló Erich, notando como su hija se tensó―. Lleva a Nina para su cuarto mientras veo qué está pasando.

Ruthie tomó el ofrecimiento de su padre y comenzó a subir las escaleras detrás de su sobrina. Una ráfaga fría la golpeó por la espalda y logró escuchar a su papá tratar de hacer una pregunta, pero de inmediato el hombre soltó un grito e intentó cerrar la puerta.

El sonido de un par de balazos retumbó, el cuerpo de Erich cayó con fuerza contra el suelo, quedando herido y desamparado.

Ruthie ahogó un quejido y subió las escaleras lo más rápido que pudo. Notó un par de hombres armados ingresar, pisoteando a su padre, gritando que necesitaban encontrar a la niña. De forma instintiva tomó a Nina para evitar que viera lo que había pasado, la cargó y cubrió con su cuerpo mientras trataba de llegar a alguna habitación. Sin embargo, en el fondo sabía que nada serviría, una puerta no iba a detener a esos hombres, recordaba las horrendas historias que su padre le contó sobre la guerra.

. .

Erik llegó a su casa cerca de la media noche y de inmediato supo que algo andaba mal. La puerta estaba abierta de par en par y podía reconocer el ladrido de Mountie en el bosque cercano.

El cadáver de su tío rodeado de huellas hechas por múltiples botas fue lo primero que lo recibió. En la parte alta de la escalera pudo notar el cuerpo sin vida de su prima. Gritó llamando a Nina y subió lo más rápido que pudo, buscándola. Encontró la puerta de uno de los baños rota y el rastro de sangre impregnado en el suelo marcando la ruta en la que Ruthie fue arrastrada. Su hija no estaba, pero eso no era un alivio, podía sentir como si estuviera reviviendo los peores momentos de su infancia o el día en el que Darryl nació y encontró a Abby con el bebé, sola en el bosque.

Los ladridos de Mountie lo devolvieron a la realidad y sin pensarlo dos veces corrió en la dirección. En el camino, cerca de la entrada del bosque, pudo notar un grupo de vehículos abandonados y su sangre se heló. ¿Cómo lo habían encontrado tan rápido? ¿Era mera coincidencia o fue culpa suya por usar sus poderes? Estaba convencido que debía de ser un grupo anti-mutante, un gobierno no hubiera actuado así a menos que enviaran a su ejército y hubieran dejado militares esperando en la casa.

Avanzó por el bosque a toda velocidad, ignorando las dificultades por la nieve y el hielo.

―¡Alguien calle a ese perro! ―gritó un hombre, exasperado.

―Magneto debe estar cerca, Dallas confirmó por radio que lo vio en la ruta a su casa.

El grito fue lo que necesitaba para terminar de determinar la ubicación, pero las palabras pesaron. Alguien les avisó que estaba cerca, posiblemente se encontraban preparados para enfrentarlo, eso explicaba por qué casi no sentía metal alguno a pesar de ver el rastro en la nieve de muchas personas.

Ya estando cerca, logró distinguir el llanto ahogado de su hija y entre los gruesos troncos de los árboles y las ramas desprovistas de vida, pudo ver que un hombre grande la tenía sujetada por los hombros. El individuo que tenía prisionera a su hija llevaba un cuchillo, pero no era de metal, algo que se repetía con el resto, todos iban armados. Sin embargo, nada de lo que cargaban podía usarlo en contra de ellos.

Sintió un deseo incontrolable de lanzarse y atacar, pero podía imaginar que si el caos se desataba Nina quedaría en el medio y sin dudas saldría lastimada. ¿Qué hacer? Tenía segundos para decidir y en medio de su desesperación casi pudo escuchar a Charles rogándole que tratara de dialogar. No habían matado a su hija, quizás estarían dispuestos a dejarla ir por un intercambio, y él estaba preparado si con eso garantizaba la seguridad de su pequeña.

Caminó para quedar fuera del cobijo de los árboles con sus manos en alto, pese a que sabía que debido a sus poderes no lo considerarían desarmado. Tomó un segundo para que su presencia fuera notada y para que los once presentes hombres tomaran posiciones defensivas, uno de ellos arrastrando a Nina detrás del resto.

―¡Papi!

El llamado entre llantos casi consiguió provocar que corriera hacia la pequeña para reconfortarla, pero sabía que no era posible. Sintió algo recargándose contra su pierna y distinguió a Mountie a su lado, con las orejas retraídas y la cabeza baja.

―Déjenla ir ―dijo Erik en voz alta, su tono claro y pausado―. No la quieren a ella, puedo ir con ustedes.

Un susurro recorrió el grupo, algunos parecían abiertos al intercambio, al final de cuentas había una diferencia entre matar a Magneto y matar a una niña. Erik dudaba que fuera un atisbo de moralidad asomándose, sencillamente no debían poder ver cómo defender sus acciones ante otros si derramaban la sangre de una niña de seis y la acción se revelaba ante el público.

―¿Quién nos garantiza que no vas a atacarnos? ―cuestionó uno de los hombres.

Erik sintió su cuerpo tensarse aún más, estaba a punto de explotar.

―¡No! ―Nina gritó con fuerza al comprender qué iba a ocurrir―. No, no quiero que te lleven ―dijo entre sollozos, tratando de liberarse del agarre del hombre que la sostenía.

Mountie gruñó, un sonido que tomó a Erik por sorpresa, el perro jamás había mostrado una pisca de agresión en su vida. En un par de zancadas el animal logró alcanzar al grupo de hombres y se lanzó contra el brazo del que sujetaba a Nina, consiguiendo que la soltara.

El caos se desató en un instante.

Un balazo retumbó, rompiendo el silencio invernal del bosque, el arma de plástico era como las que los oficiales de la celda de debajo del Pentágono solían portar. Mountie dejó escapar un quejido, había logrado que soltaran a Nina, pero la pequeña no tuvo oportunidad de alejarse antes que otro de los hombres se acercara con un pesado bate de madera y golpeara sin piedad al animal hasta silenciarlo.

Nina gritó y el bosque respondió con el sonido estruendoso del aleteo de cientos de criaturas en compañía de graznidos, chillidos y gorjeos. Los alaridos y bramidos propios de los animales del bosque cargaban un tono amenazador, que consiguió alarmar al grupo de hombres.

―¿Qué demonios está pasando? ―cuestionó uno, dejando de mirar a Erik y centrando su atención en el bosque y la aparición de múltiples aves arremetiendo contra ellos de forma violenta.

Erik trató de correr hacia la pequeña, pero recibió un balazo que rozó su brazo.

―¡Ni se te ocurra acercarte! ―amenazó el hombre con la pistola de plástico.

Las aves, al unísono, se lanzaron contra el portador del arma, con fuerza suficiente como para forzarlo a caer al suelo. Pero en su desesperación, por las heridas provocadas por los picotazos, apretó el gatillo varias veces, hasta que sin previo aviso las aves se retiraron.

―¡Nina! ―Erik gritó al ver a su hija desplomarse al suelo, corriendo a su lado.

Los hombres retrocedieron de forma instintiva al ver el pequeño cuerpo manchando de sangre la nieve.

Erik sujetó a su hija con desesperación, implorando para que le respondiera, pero la pequeña no respiraba. La abrazó con fuerza, sintiendo contra su rostro el frío de uno de los pocos objetos metálicos de la cercanía. La sangre manchaba el relicario que resguardaba las fotografías de sus padres. Lo tomó en su mano, acrecentando el sentimiento que lo inundaba, Nina se había reunido con los abuelos que nunca conoció.

Fue sólo un instante, no tuvieron tiempo de gritar, ni siquiera emitir el sonido de alguien siendo tomado por sorpresa. Los cuerpos de los hombres cayeron sobre la nieve, y el relicario regresó a la mano de Erik, manchado con la sangre de sus enemigos.

. .

Abby logró regresar a casa más tarde de lo que había planeado, el extraño sismo desató toda una larga conversación sobre qué podía haber sido justo minutos antes de que la sesión del comité finalizara. Quería poder decir que el resto la obligó a quedarse, pero Alberta no solía tener temblores fuertes, así que no pudo más que sumarse a la conversación. En las noticias no se informaba sobre el origen del evento, sólo que parecía ser un fenómeno global, pero el que la zona donde estaba siguiera tranquila implicaba que la caldera de Yellowstone no había sido la culpable al menos.

―¿Krakatoa quizás? ―La idea había salido casi en broma en la conversación, debido a que por la fuerza del movimiento tenía que ser algo más cercano o de lo contrario, algo mucho más brutal de lo que Krakatoa fue en su momento.

Al salir de la carretera para entrar a la ruta que la llevaría a casa, las luces de dos camionetas le advirtieron que debía bajar la velocidad, los vehículos estaban detenidos en medio de la pista y los cuatro tripulantes le hicieron señas para que se detuviera.

―¿Problemas con el hielo? ―preguntó, bajando la ventanilla cuando uno se acercó―. Tengo un par de plásticos de tracción si los necesitan.

―Sí… Gracias. ―El hombre pareció dudar en responder luego de escuchar el ofrecimiento―. No creo que la grúa vaya a venir pronto.

―Nunca lo hace cuando se le necesita ―asintió Abby, bajando de su camioneta para poder abrir la maletera―. Aunque deberían poner los triángulos reflectantes, si empieza a nevar de improvisto nadie los va a ver. ―Se acomodó el gorro para cubrir bien sus orejas, saludando con la mano a los otros tres hombres que se habían mantenido más lejos―. ¿Están visitando a alguien? Hay pocas casas que usan este camino, si se quedan atorados puedo llevarlos para que insistan con la grúa.

―¡Dallas! ―gritó uno de los hombres, el fastidio, ansiedad e incluso miedo se colaba en su voz.

El hombre junto a Abby gruñó y la tomó del hombro con fuerza.

―De verdad lo siento, pero vas a venir con nosotros como seguro.

Abby frunció el ceño y cualquier idea de ayudar a los pobres hombres atascados en la carretera se esfumó. No comprendía qué estaba pasando, o más bien quienes eran esos tipos, sólo sabía que debía salir de la situación rápido o se arriesgaba a que Erik pudiera arremeter si se enteraba.

Se dejó empujar unos pasos hasta que tuvo una buena línea visual del resto del grupo y usando el hielo del suelo los envolvió hasta el cuello. Trataron de pelear contra el hielo que se arrastraba sobre sus cuerpos, pero no tenían forma de detenerlo. El horror se apoderó del grupo al no poder moverse y Dallas sólo reaccionó a caerse de espaldas por la impresión.

―¿Dónde? ¿Dónde está el mutante? ―El hombre buscaba en todas direcciones sin comprender. Desesperado y confundido ya que Abby no había movido un dedo.

Aprovechando la situación, Abby lo envolvió en hielo y fingiendo confusión corrió hacía su camioneta. Estuvo a punto de encenderla y embestir los vehículos para continuar, pero Dallas había dicho la palabra mágica: Mutante. Sintió un escalofrío recorrer su espalda y cómo sus manos se humedecieron dentro de sus guantes. Comprendía que si se trataba de una organización anti-mutante tendrían que irse rápido, pero lo que la atormentaba era por qué trataron de capturarla y qué es lo que debía de hacer con ellos.

Tomó control del hielo y los lanzó a un costado de la carretera, hablaría con Erik y luego decidirían qué hacer. Aceleró, dejando atrás los alaridos de terror y se dirigió lo más rápido posible a su casa.

Distinguió la camioneta de Erik y sintió alivio de inmediato, pero se extrañó al ver el automóvil que Ruthie compartía con su padre aún estacionado, era sumamente tarde. Frenó en seco sin importarle mucho haber estacionado en la mitad de la pista, no era como si fuera una zona transitada.

―¡Erik!

El grito no demoró en hacer que él se asomara con lentitud por la puerta. Ella se acercó a paso apresurado tratando de explicarle lo que había ocurrido, pero se detuvo al distinguir la ropa ensangrentada, hombros caídos y mirada perdida de su esposo.

Sin decir nada Erik la abrazó con fuerza y dejó que el peso de su cuerpo colapsara, llevándolos a ambos a caer de rodillas sobre la nieve. Enterró el rostro contra el cuello de Abby, hundiéndose en el borde peludo de la capucha del abrigo. Dejó que las lágrimas fluyeran, pero ningún sonido escapó de su garganta, la capacidad de llorar abiertamente la perdió en su infancia.

Abby quedó inmóvil por unos momentos, pero reaccionó a abrazarlo de vuelta, asustada. No comprendía qué estaba ocurriendo y jamás había visto a Erik llorar, quizás en algún momento al contarle algo de su pasado alguna lágrima había logrado escaparse, pero eso era totalmente diferente.

―No pude…

Erik susurró, pero no logró terminar de hablar, sentía que decirlo en voz alta terminaría de hacerlo real.

Abby superó la sorpresa inicial y trató de separarse de Erik para pedirle que le explicara qué estaba pasando, comprender qué podía haber sucedido para tenerlo en ese estado. Pero él la sujeto con más fuerza aún, impidiendo que se moviera.

En ese momento ella notó la puerta de la casa a unos metros de distancia; descolada, con las bisagras rotas y la madera destrozada cerca a la perilla.

―Erik… ―Abby habló y nuevamente trató de forcejear para soltarse.

―No pude protegerla… ―La sujetó con desesperación, las palabras apenas comprensibles a través de su errática respiración.

Él la sintió estremecerse entre sus brazos y luego escuchó un gemido ahogado escapársele por los labios. Sin embargo, el llanto nunca llegó, una mezcla de sollozos, temblores e hipo fue lo que apareció en su lugar.

. .

Erik se detuvo un momento en el marco de la puerta que llevaba a la habitación de su pequeña hija. El cuarto se encontraba a oscuras, sólo una leve iluminación provenía desde el corredor. Había dejado el cuerpo de Nina sobre la cama, limpiando lo mejor que pudo la sangre y nieve para que pareciera que simplemente estaba descansando. Distinguió la figura de su esposa arrodillada junto a la cama, con el rostro hundido en las mantas y la respiración al fin en calma, exhausta y posiblemente dormida.

Decidió volver a la primera planta y entrar a la sala, encontrándose con los cuerpos de su tío y su prima. Los había colocado sobre los sillones, cubiertos por unas mantas. Cerró los ojos con fuerza y apretó los puños, no había un solo lugar en la casa donde clavar la mirada sin darse con alguna muestra de destrucción, casquillos de balas o manchas de sangre. Tan sólo unas horas atrás su hogar había estado en paz y tranquilidad y todo se esfumó en un instante.

Salió de la casa, siguiendo sus huellas de horas antes hasta llegar al fatídico lugar donde su universo se desmoronó. Entre los cadáveres de los que asesinaron a su hija, se encontraba el cuerpo vapuleado de Mountie. El pobre animal estaba casi irreconocible luego de la golpiza que le proporcionaron cuando atacó para que Nina se soltara del agarre de su captor.

Tomó el cuerpo y regresó con lentitud a la casa. No tenía idea de qué hacer con los cuerpos de su familia, no tenía la más mínima idea de qué debía hacer o cómo iba a siquiera seguir viviendo.

Al entrar a la casa cruzó miradas con Abby, ella se encontraba en lo alto de las escaleras. La vio llevarse una mano a la boca cuando distinguió lo que llevaba en brazos.

―Erik… ¿Qué ocurrió? ―preguntó ella, incapaz de comprender el nivel de maldad, no sólo habían matado a una pequeña niña y dos otras personas, ni siquiera la mascota había logrado escapar de un cruel destino.

―Usé mis poderes en el temblor, alguien debe haber visto y… ―Erik respondió, observando a Abby descender rápido por las escaleras―. Jakob estaba ahí, quizás él dijo algo a quien no debía.

―Si nos encontraron Darryl y Edie también pueden estar en peligro ―La urgencia en su voz fue clara.

Erik sintió cómo su cuerpo se tensó, había olvidado por completo que sus hijos mayores podían ciertamente encontrarse en una situación peligrosa. Había claras diferencias siendo que eran mutantes con dones que les permitían defenderse, pero aun así no significaba que estuvieran a salvo.

―Traté de llamar a Edie, pero no contestó. Es temprano en Nueva York, debe haber salido a sus clases ―dijo Abby, un nudo formándose en su garganta―. No hay forma de contactar a Darryl directamente, pero está en Egipto, sea lo que sea no creo que puedan mover tanta gente ahí ―continuó, tratando de no ahogarse en la desesperación.

―Los dos pueden defenderse ―aseguró él, tomándola por los hombros luego de dejar a Mountie sobre su cama cerca de la cocina―. Necesitamos volar a Nueva York ―prosiguió, sintiendo cómo ella temblaba pese a que estaba tratando de concentrarse en ir a lado de los hijos a los que aún podía salvar.

―Voy a llamar a Montana para decirles que se escondan y que traten de llamar a Edie hasta que les conteste para que haga lo mismo. Nosotros podemos volar, debe haber espacio en algún vuelo ―anunció Abby, regresando al segundo piso en busca de sus documentos y para llamar a la casa de sus padres.

Erik asintió, pero pudo escuchar unos segundos después el llanto de su esposa. Decidió darle espacio ya que él mismo también lo necesitaba. Una parte de él quería gritarle que no podían simplemente irse dejando el cuerpo de Nina para que se descomponga o algún animal aproveche la situación, pero la idea de proteger a su hija mayor tomó prioridad.

Con sus poderes arrancó los restos de la puerta de entrada, jalando las bisagras, y con algo del metal cercano hizo otra puerta con la esperanza de mantener cualquier visitante casual alejado de los cuerpos de su pequeña y el resto de su familia. Pondrían a salvo a Edie, incluso a Darryl, y volverían para enterrarlos como era debido.

Sobre el suelo, a un lado de la nueva puerta, un pequeño objeto llamó la atención de Erik. Se trataba de una pequeña caja de fósforos. Frunció el ceño al leer el nombre de un bar en la tapa, pero sus ojos se llenaron de furia cuando reconoció que se trataba del bar al que había visto a su primo frecuentar. Apretó la caja con fuerza y la dejó caer, abriendo la nueva puerta de metal de un tiro y regresando al frío del exterior con un destino en mente.

. .

―¿Qué pasó con mi papá y mi hermana?

La voz de Jakob se perdió en medio del caos dentro del bar. Los pocos hombres que no habían ido a tratar de apresar a Magneto no sabían si debía de ir a apoyar a los demás o debían de huir. La comunicación se perdió con el grupo principal y luego incluso con el grupo de apoyo que debía capturar a la esposa del mutante y resguardar la zona para que ningún curioso se acercara.

―¡Mi papá y mi hermana! ―Jakob gritó y lanzó una botella de alcohol contra una pared cercana, consiguiendo silenciar a los demás y capturar su atención.

―Nadie sabe nada ―respondió uno de los presentes―. Si no vas a ayudar lárgate, pero no se te vaya a ocurrir ir con el cuento a las autoridades, recuerda que estás con nosotros hasta el final.

Jakob sólo reaccionó a patear una silla cercana y maldecir al aire. Se suponía que él único que estaría en peligro era su primo, algo justo en retribución por sus crímenes. El resto, incluso la esposa y pequeña hija no eran objetivos, al menos eso le habían asegurado.

Las armas presentes en el local se elevaron con fuerza hacia el techo y la puerta del bar se abrió de golpe, permitiendo que Erik ingresara. Los seguros de las ventanas se activaron y los soportes metálicos de múltiples banquillos se deslizaron como placas para crear una barrera ante cualquier intento de escape.

―Erik… ―Jakob susurró el nombre de su primo, notando con horror las manchas de sangre sobre su ropa, sangre que a primera vista no parecía ser de él.

―¿Erik? ―El nombre le parecía distante, incluso impropio y ajeno―. Mi nombre no es Erik, es Magneto.

La declaración tomó por sorpresa a Jakob, o quizás fue la total ausencia de emoción. Su primo no se mostraba agresivo, triste o desesperado, sino simplemente vacío. Sus ojos rojos delataban que había llorado, pero en ese momento ya no quedaban más lágrimas en él.

La puerta se cerró de golpe detrás de él y los presentes reconocieron que no saldrían vivos de ahí. El bar era un local remoto, sin otra construcción cercana y por la hora y clima, ningún carro pasaría cerca.

La mirada de Magneto se posó sobre Jakob. Fue un miembro de su familia el que condenó a su hija y el que destruyó la vida feliz y tranquila que había conseguido tener. Al final no podía confiar en los humanos, ni siquiera en los relacionados a él.

El bar se vio envuelto en una luz púrpura y cuando Erik desvió la mirada hacia la fuente vio a cuatro personas, o más bien mutantes, aparecer. Las dos mujeres del grupo pasarían como humanas de no ser por sus atuendos, mientras que uno de los hombres tenía un gran par de alas metálicas. El último de los integrantes era sin dudas el más peculiar, su figura era suficientemente humana, pero a la vez diferente gracias a su curioso tono de piel azul. Sin embargo, lo que más resaltaba en los recién llegados eran las inscripciones doradas sobre la piel de tres de ellos, una especie de escritura antigua marcada en sus rostros que se extendía también sobre sus brazos.

―¿Quién diablos son ustedes? ―preguntó Erik.

Detrás de él los humanos fueron absorbidos por el suelo del bar, quedando sólo algunas extremidades sobresalientes, retorciéndose unos instantes. Una especie de regalo de presentación por parte de Apocalipsis.


Notas de autora: Y empezamos de forma oficial la tercera película. Este ha sido un capítulo complicado de escribir, el manejo de las emociones y cómo describirlas es algo que siempre me complico cuando es a este nivel. No es un capítulo bonito, creo que por cómo estoy tomando la película no va a haber muchos momentos de respiro… Enfocarme en Abby y Erik no deja espacio para algo que no sea tragedia en estos momentos. No quise mostrar paso a paso cada detalle con Abby cuando se enteró de lo ocurrido con Nina, siento que es extremadamente difícil de mostrar esas emociones y hasta demasiado personal para el personaje, no es necesario cada segundo para avanzar la historia.

Los eventos son un poco diferentes al canon, no sólo por ocurrir en otro país, sino por como he venido estableciendo algunas cosas. Sin embargo, al final es el mismo resultado. Por otro lado, tengo cierto gusto por cómo Apocalipsis fue manejado en X-Men Evolution, así que he tomado algunos elementos para adaptarlos a lo que viene. Me he demorado en sacar este capítulo, pero al menos no ha sido uno pequeño, una forma de compensación supongo xD

¿Qué opinan? Prefieren la versión canon en Polonia con los trabajadores y policía polacos que mataron a Nina y Magda, o el primo traicionando a Erik pese a ser familia y poco más dejándolo ilusamente a manos de un grupo anti mutante. Y sí, soy una persona horrible, maté a Mountie… pecado del nivel mayor hacerle eso a un perro ficticio.