Capítulo LII: Interludio

Y en el abismo… diviso la luz.

Se oían pasos apresurados en los pasillos, una respiración jadeante y una melena enmarañada que ondeaba con cada movimiento. Escuché cómo se detenía frente al umbral que daba a la habitación que compartía con mis mentoras. Una pequeña ninfa, con rasgos dulces y una nariz pecosa, tomó una bocanada de aire antes de soltar la noticia:

—HADES— chilló la ninfa, su voz rebotó entre las columnas como un trueno inesperado.

El aire pareció espesarse. Nadie se movió. Nadie respiró. Su cuerpo subía y bajaba rítmicamente mientras se aferraba a una columna, luchando por mantenerse en pie.

Las tres presentes nos miramos las caras, y vi el color desvanecerse del rostro de Atenea y Artemisa, ambas me observaron expectantes.

Me incorporé rápidamente del klinés en el que estaba recostada. Aún estaba débil, pero eso no me detuvo. Me acerqué a la ninfa y le exigí que me indicara dónde estaba Hades. Ella tembló y señaló la entrada, sin atreverse a decir más.

—Ko..digo Perséfone, no deberías ir, espera con nosotras... — intentó hacerme entrar en razón Artemisa. Pero tardó demasiado, levanté las faldas y corrí hasta la entrada, sin importar mis pies descalzos, cada pisada que daba lo hacía con todas mis fuerzas. Atravesé el pasillo, esquivando ninfas que se apartaban sorprendidas. Todo lo que llenaba mis pensamientos era el deseo de verlo, de volver a estar entre sus brazos.

El Olimpo se sentía ajeno. Frío a pesar de lo brillante que era… Me sofocaba.

Mi respiración se volvió irregular. El pasillo se extendía como un abismo sin fin. Cada paso parecía empujarme más lejos de la entrada. El aire se me hacía más pesado con cada paso, un latido desbocado. Y, aun así, la entrada seguía fuera de mi alcance. Por un instante, envidié a Hermes… él ya habría llegado a destino sin esfuerzo.

Entonces lo vi.

Su figura emergió entre la bruma del Olimpo. Su silueta se recortó como una sombra devorando la luz. Vestía ropajes oscuros, pesados, impregnados de la solemnidad del Inframundo. Su casco resplandecía con un brillo metálico, como una promesa de guerra.

Mi pecho se apretó.

No era la única dispuesta a todo.

—¡Hades! — Intenté gritar, pero mi voz se ahogó en mi garganta, saliendo apenas como un susurro quebrado.

Él se giró, sus ojos me buscaron… hasta que, al fin, me encontraron.

En el instante en que sus brazos me envolvieron, sentí cómo todo mi cuerpo se rendía ante su calor.

Mis piernas cedieron, la tensión que había contenido por tanto tiempo se desmoronó. Me aferro a él, sintiendo cómo su presencia deshace la barrera que había construido para mantenerme firme.

Por fin, en sus brazos, me permití un respiro.

Sus manos recorren mi cuerpo con delicadeza, como si buscara asegurarse de que sigo intacta. La preocupación se refleja en su mirada, intensa, analítica. Su palma roza mi mejilla, trazando un camino de calor en mi piel.

—Lo lamento… fui irresponsable al darte la granada. ¿Cómo te sientes? — Su voz era grave, cargada de culpa. Pero lo que más me conmovía era que, a pesar de todo, seguía preguntando por mí. En su escrutinio vi más que simple inquietud: me observaba como si pudiera descifrar cada pensamiento oculto, cada emoción no dicha, cada grieta en mi compostura.

Mis ojos se llenaron de lágrimas recordando los últimos eventos, fue como abrir una herida recién cerrada. Me hundí en su pecho y el llanto me desgarró como un torrente retenido demasiado tiempo. Me desmoroné en su abrazo. Él, en un gesto consolador, me envolvió con su manto, siento su mano que pasaba por mi espalda para atraerme más cerca, como si pudiera mantenerme a salvo solo con su contacto.

—Perséfone ¿Qué ha pasado? — preguntó en un murmullo, con la voz cargada de incertidumbre.

—Demasiadas cosas… mis ninfas…— Mi voz se quebró— se convirtieron en sirenas.

Y por primera vez me atreví a decir estas palabras en voz alta: — tengo miedo—

Hades hizo una mueca de dolor o al menos así me pareció. Sus manos rígidas temblaron levemente antes de atraerme más cerca en un abrazo feroz.

Luego de unos instantes, me apartó con suavidad.

Su expresión cambió.

—¿Quién ha osado dejar a la diosa del inframundo en este estado? — rugió, su voz cargada de una furia contenida.

Mis mentoras, que acababan de llegar. Atenea miró a Artemisa con el ceño fruncido; su expresión era dura como el mármol.

La primera en hablar fue Atenea.

—Quizás, si hubieras escuchado mis advertencias, no estaríamos en esta situación. — desafió Atenea, su postura firme, como si estuviera lista para la batalla.

—Nunca pedí consejo, y no empezaré ahora. — Hades no apartó la mirada de ella. Me resguardó entre sus brazos, su capa me envolvía como una barrera contra el mundo. Nadie podía verme en este estado.

—Responde: ¿quién es el responsable?

—Necio… la culpa es tuya. Y mía. Admito que he fracasado. —Atenea sostuvo la mirada de Hades con una frialdad casi imposible de leer— Y ahora hemos llegado hasta este punto.

—Basta de tus juegos. — advirtió él.

Ella esbozo una sonrisa, pero sin rastro de diversión.

—De acuerdo. Ya sabes quién fue. Fue por ella que viniste. ¿Qué harás ahora? Piénsalo bien… porque ahora, más que nunca, están entrelazados.

Hades afiló su mirada, reteniendo palabras impronunciables. Sus ojos se aferraron a los míos y apretó los labios antes de exhalar un suspiro cargado de rabia contenida. Nos sostuvimos la mirada por unos segundos de más, como si en ese silencio existiera una verdad que ninguno de los dos podía decir en voz alta.

Luego, bajó el rostro y depositó un beso tierno en mi frente y me envolvió entre sus brazos.

Pero entonces su cuerpo se tensó al ver mis pies descalzos. Vi cómo sus ojos cambiaron y hervían en furia silenciosa. Sin decir una palabra, tiró de su túnica y, con un movimiento firme, me levantó, colocando mis pies sobre la tela, alejándolos del frío mármol del Olimpo.

Atenea y Artemisa intercambiaron miradas antes de apartar la vista. La incomodidad pesaba en el aire.

Atenea se cruzó de brazos, su rostro imperturbable, pero su mirada se deslizó fugazmente hacia el suelo.

Artemisa carraspeó: —Lamento interrumpir, pero…— Su voz se apagó cuando la imponente figura de Hera irrumpió en la sala, escoltada por un séquito de ninfas.

Entonces, la voz de Hera se alzó en la sala, interrumpiendo la escena.

—Qué poco considerado eres —dijo con su tono habitual de indiferencia calculada. — Ni siquiera un obsequio para la diosa que ha tenido la cortesía de recibirte.

Una media sonrisa cruzó los labios de Hades.

—Mis espectros traen obsequios.

— Espero que valgan la pena. —Hera alzó una ceja con una elegancia cruel. — He hecho más de lo que imaginas para que puedan estar en la misma habitación.

Hades sostuvo la mirada de Hera. Un latido de silencio. Su sonrisa se curvó, apenas perceptible.

—No esperaba menos de la diosa de los matrimonios.

Su voz era seda y filo al mismo tiempo.

La sonrisa de Hades se volvió apenas perceptible, pero sus palabras iban afiladas como cuchillas.

— Eso pasa cuando tu hermana te traiciona dándole un hijo a tu esposo. Supongo que la lealtad es una cualidad difícil de encontrar… apréciala mientras dure.

—Recuérdame no buscarme problemas con Hera. —Le susurró Artemisa a la diosa de la sabiduría, quien parecía estar algo temerosa. Entendía el sentimiento. Yo también me preguntaba si esta alianza sería realmente un beneficio… o una condena

—¿Qué esperan? Síganme, ¿o pretenden que me quede en la entrada? — Su vestido ondeó con cada paso. — Espero que los obsequios cumplan con mis expectativas, para que me tome la molestia de escoltarlos. No imaginas lo difícil que fue evitar que tu madre se interpusiera. Pero no apostaría a que eso dure demasiado.

Hades giró apenas el rostro, como si ya supiera lo que vendría.

—No te preocupes —murmuró.

Su mano se deslizó por mi espalda con un gesto casi imperceptible. Luego, sin apuro, me ofreció su brazo antes de seguir a Hera.

Hera solo volteó los ojos con fastidio, mientras Atenea y Artemisa observaban en silencio antes de seguirnos el paso.

—Esta es la habitación, apenas lleguen todos los otros dioses enviaré a mis ninfas a que los escolten. — Explicó brevemente con cierto hastío.

Miré por la ventana.

Helios se retiraba del firmamento.

Esta podría ser nuestra última noche.