Na: Se me había olvidado el cambio de horario entre Italia y Japón, en realidad no se me había olvidado, pero no lo consideré hasta este capítulo jajaja Espero que les guste.


REVENGE

~Capítulo 32~


La habitación donde Takeru estaba encerrado era oscura y opresiva, con un aire pesado que parecía absorber cualquier esperanza. El tiempo había pasado lentamente, pero Takeru no era de los que se rendían fácilmente. Había estado observando a su captor, estudiando sus movimientos, sus rutinas, buscando un punto débil. Esta noche, finalmente, había llegado su oportunidad.

El hombre que custodiaba la puerta estaba distraído, revisando su teléfono mientras mascaba un chicle ruidosamente. Takeru se posicionó junto a la pared, respirando profundamente para calmar los latidos frenéticos de su corazón. Era ahora o nunca.

Se lanzó hacia el guardia con un grito ahogado, usando toda la fuerza que podía reunir. Su puño impactó contra la mandíbula del hombre, quien, tomado por sorpresa, soltó un gruñido y cayó al suelo aturdido. Sin perder tiempo, Takeru lo despojó de las llaves que llevaba en el cinturón. Sus manos temblaban mientras buscaba la correcta para abrir la puerta, sus ojos constantemente revisaban al guardia para asegurarse de que no se levantara.

Cuando por fin logró abrirla, salió al pasillo. Era más largo de lo que había anticipado, y las luces parpadeaban, creando sombras inquietantes. No podía detenerse. Cojeó ligeramente, ya que su pierna aún resentía los golpes que había recibido días antes. Cada paso era doloroso, pero no se iba a rendir.

Mientras avanzaba, escuchó voces acercándose. No podía dejar que lo atraparan. Miró desesperadamente a su alrededor y encontró una puerta entreabierta. Sin pensarlo dos veces, se deslizó al interior de la habitación, conteniendo la respiración mientras las voces pasaban de largo. Su corazón latía con fuerza, pero no podía permitirse perder el enfoque. Tenía que seguir.

El siguiente tramo del edificio era un laberinto. Cada giro parecía llevarlo a un callejón sin salida, y el sudor comenzaba a resbalar por su frente. Finalmente, encontró una ventana que daba al exterior, pero estaba cerrada con barrotes de metal. Maldijo por lo bajo, golpeando la pared con frustración. No podía quedarse allí. Retrocedió y continuó buscando una salida alternativa.

Llegó a una escalera de servicio, pero al bajar el primer escalón, su pie resbaló. El dolor fue instantáneo cuando su cuerpo impactó contra los escalones metálicos, golpeándose la espalda y el costado. Su brazo dio justo contra una ventana la cual se rompió, los vidrios se clavaron en su brazo e instantáneamente, comenzó a sangrar. Un gemido escapó de sus labios, pero apretó los dientes. No podía detenerse ahora.

Se levantó con dificultad, apoyándose en la barandilla para estabilizarse. Cada movimiento era un recordatorio del precio de su libertad. Sangraba por un corte en la frente y sentía un dolor agudo en el tobillo, pero no tenía tiempo para pensar en eso. Bajó el resto de las escaleras cojeando, el ruido de los pasos de sus perseguidores cada vez más cerca.

Finalmente, llegó a una puerta que daba al exterior. La abrió con fuerza, encontrándose con el aire frío de la noche golpeando su rostro. Corrió, o al menos lo intentó, mientras sus pulmones ardían y su cuerpo protestaba. Podía escuchar gritos detrás de él, pero no se detuvo. No importaba cuánto doliera, cuánto sangrara; la libertad estaba delante de él, y no iba a dejarla escapar.

Mientras avanzaba por un camino cubierto de maleza, su cuerpo finalmente cedió. Cayó de rodillas, jadeando, con la vista nublada. Escuchó pasos acercándose, y su corazón se detuvo por un momento. ¿Lo habían encontrado? Intentó levantarse, pero su cuerpo no respondió. ¿Era este el final?


La noche era tranquila, y el silencio envolvía la casa como una manta. Takuya estaba acostado en su cama, mirando el techo mientras intentaba conciliar el sueño. En la habitación contigua, Hikari ya dormía, respirando suavemente.

De repente, un golpe seco resonó en la puerta principal. Era un sonido insistente, fuerte y ansioso, que rompió la calma de la noche. Takuya se incorporó rápidamente, su corazón latiendo con fuerza. Miró el reloj en su mesita de noche: eran las tres de la mañana.

—¿Quién puede ser a esta hora? —murmuró, deslizándose fuera de la cama.

Hikari, en la otra habitación, también había despertado. El sonido había llegado hasta ella, y su instinto le decía que algo estaba mal. Se levantó con rapidez, echándose una bata sobre los hombros. Ambos se encontraron en el pasillo, mirándose con una mezcla de preocupación y confusión.

—¿Escuchaste eso? —preguntó Hikari, susurrando.

Takuya asintió.

—Quédate aquí, voy a ver quién es.

—Ni hablar. Vamos juntos —respondió Hikari con firmeza, siguiendo a su primo hasta la puerta principal.

Los golpes continuaban, más desesperados ahora. Takuya se acercó lentamente, mirando por la mirilla. La poca luz del exterior apenas iluminaba la figura que estaba al otro lado, pero pudo distinguir algo que lo hizo retroceder: sangre.

—¿Quién es? —preguntó en voz alta, sin abrir aún.

Una voz débil respondió desde el otro lado:

—Takuya... Hikari... soy yo...—Una voz familiar se hizo presente—Takeru.

¿Takeru? ¿A esa hora? El nombre los dejó paralizados. Takuya no esperó más y abrió la puerta de un tirón. Lo que vio lo dejó sin palabras: Takeru estaba allí, tambaleándose, cubierto de sangre y con el rostro pálido. Su ropa estaba desgarrada, y su mirada, aunque cargada de cansancio, mostraba una determinación feroz.

—¡Takeru! —exclamó Hikari, llevándose las manos a la boca.

Antes de que pudieran decir algo más, Takeru dio un paso hacia adelante, pero su cuerpo cedió, y cayó de rodillas. Takuya corrió para sostenerlo antes de que tocara el suelo.

—¡Takeru!—nuevamente exclamó la castaña.

—¿Qué te pasó? —preguntó Takuya, su voz cargada de preocupación.

Hikari se agachó junto a ellos, inspeccionando las heridas de Takeru. Había cortes profundos en sus brazos y una herida abierta en la frente. Su ropa estaba empapada de sangre.

—Escapé... —susurró Takeru, apenas audible. Sus ojos se cerraron por un momento antes de abrirse de nuevo con dificultad—. No... podía quedarme allí.

—Primero debemos llevarlo adentro —dijo Hikari, con una calma que ocultaba su evidente angustia.

Entre los dos lo levantaron, llevándolo con cuidado al sofá de la sala. Takuya fue a buscar el botiquín de primeros auxilios mientras Hikari mojaba un paño con agua tibia. Se arrodilló junto a Takeru y comenzó a limpiar la sangre de su rostro.

—Takeru, quédate despierto, ¿me escuchas? —le dijo, su voz quebrándose ligeramente—. Estamos aquí. Todo estará bien.

Él asintió débilmente, aunque sus párpados temblaban por el agotamiento. Takuya regresó con el botiquín y comenzó a vendar las heridas más graves.


Mimi se dejó caer sobre el sofá junto a su cama con un suspiro pesado, el eco del beso de Yamato resonando en su mente, golpeando su conciencia como un torrente imparable. Había sido un error. Un terrible, absurdo error. ¿Por qué había permitido que sucediera? ¿Por qué no se detuvo?

Con su mano derecha sostenía una copa con wiski. Le dio un sorbo al líquido y luego pasó su mano izquierda por su rostro tratando de borrar la sensación que aún permanecía en sus labios. El recuerdo de cómo él la había mirado antes de besarla, cómo sus ojos se habían llenado de una vulnerabilidad que no podía ignorar, la inundó de una tristeza profunda. Pero no importaba cuánto tratara de racionalizarlo, la verdad seguía siendo la misma: lo había odiado. Odiaba el hecho de que él la hubiera besado, de que no hubiera controlado sus impulsos.

El arrepentimiento que él había expresado después la hizo sentir peor, porque sabía que lo que él había hecho había sido algo más que un simple error impulsivo. Había sido un reflejo de algo más profundo, algo que se había gestado mucho antes de ese beso. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué, después de todo lo que había pasado entre ellos, se le ocurriría hacerle algo así?

Mimi le dio otro sorbo al Wiski, dejando que las lágrimas cayeran libremente. No podía controlar lo que sentía. Su pecho estaba lleno de ira, tristeza y confusión, un torbellino de emociones que ni ella misma lograba entender. Él había hecho que todo fuera más complicado, había abierto una herida que ella había estado intentando sellar por tanto tiempo. Y lo peor de todo era que, aunque él no lo sabía, esa herida tenía su nombre: Yamato.

El odio que sentía por él en ese momento era indescriptible. Lo odiaba por haberla puesto en esa situación, por haber roto las barreras que ella había construido para protegerse. Odiaba cómo se sentía vulnerable cada vez que él estaba cerca, cómo su presencia desbordaba todas sus defensas. Y sin embargo, en el fondo, sabía que esa vulnerabilidad era también lo que la mantenía atada a él.

El rostro de Yamato apareció en su mente, sus ojos llenos de arrepentimiento. ¿Cómo se atrevió a besarla? Lo miró como si todo estuviera bien, como si el error fuera algo que se podía borrar con una simple disculpa. Pero Mimi sabía que no era tan fácil. No lo era.

—¡Maldito seas! —gritó al aire, su voz quebrada, pero llena de furia. Levantó la almohada con fuerza y la lanzó contra la pared. El impacto hizo un ruido sordo, pero no la calmó. Las lágrimas seguían cayendo, más abundantes que nunca.

La confusión era insoportable. Parte de ella quería odiarlo con todo su ser, pero otra parte de ella se sentía impotente, atrapada en un mar de emociones que no podía controlar. ¿Por qué lo amaba?...¡No! No era posible...Pero ¿Por qué, a pesar de todo lo que había sucedido entre ellos, no podía simplemente deshacerse de él, de sus recuerdos, de sus besos?

Mimi abrazó sus piernas, abrazándose a sí misma como si intentara encontrar algo de consuelo en la oscuridad de su habitación. Pensó en todo lo que había pasado con Yamato, en los años que habían compartido, en las heridas que él le había causado. Él le había roto el corazón tantas veces, pero siempre había estado allí, como una sombra, como una constante, arrastrándola de vuelta hacia él cada vez que intentaba huir.

El beso no había sido solo un error de su parte. Había sido una traición a sí misma. Había dado en un solo gesto todo lo que había estado tratando de proteger: su independencia, su fuerza, su capacidad de mantenerse alejada de él. Ese beso había derrumbado sus muros y la había dejado vulnerable, indefensa, expuesta. Y todo por él, por un hombre que no tenía idea de lo que realmente significaba para ella.

—No debí dejarlo acercarse —musitó entre sollozos, su cuerpo temblando de la intensidad de su llanto. No debió haberla tocado. No debió haberla besado.

Por un momento, se quedó quieta, agotada, con la cabeza entre sus rodillas. El llanto se detuvo un poco, pero la desesperación seguía ardiendo en su pecho. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? ¿Cómo se había dejado llevar por algo tan efímero como un beso? Sabía que él lo había hecho por sus propios demonios, por su propio deseo de desahogarse, pero eso no la hacía sentirse mejor.

Nuevamente le dio un sorbo al Wiski.

El dolor en su pecho no disminuía. Recordó las palabras que él había dicho antes del beso, cómo había confesado que no sabía lo que hacía, cómo había hablado de su arrepentimiento. Yamato siempre hablaba de arrepentimientos. Siempre se arrepentía, pero nunca cambiaba. ¿Para qué le servían sus disculpas? ¿Para que ella volviera a perdonarlo? ¿Para que se dejara atrapar de nuevo en su red de confusión y mentiras?

Se levantó del sofá, aunque sus piernas temblaban un poco por el cansancio emocional. Se acercó al espejo y se miró fijamente, como si esperara que la persona reflejada en él tuviera las respuestas que tanto necesitaba. Pero no las tenía. No las tenía.

—No lo quiero —murmuró con voz baja, mirando su reflejo. No lo quiero cerca de mí. No después de todo lo que ha hecho.

Pero, a pesar de sus palabras, una pequeña parte de ella sabía que no era tan fácil. Que tal vez, en algún rincón de su alma, siempre lo desearía. Siempre lo desearía.

Con un último suspiro, se dejó caer de nuevo en la cama, mirando al techo, sintiendo el peso de las lágrimas aún en su rostro. Odiaba lo que había pasado, odiaba el beso, odiaba que él aún tuviera poder sobre ella. Pero lo que más odiaba era saber que, en el fondo, no lo odiaba lo suficiente como para olvidarlo.

Dirigió su mirada hacia la pequeña mesa que estaba cerca de ella y nuevamente llenó su copa con wiski. Sí, era temprano, pero necesitaba aliviar sus penas.

No podía dejar de pensar en el beso, en lo que había significado y en todo lo que le había hecho sentir. Se sentía rota, perdida, y el silencio de la habitación solo intensificaba ese vacío en su pecho.

De repente, el sonido de un golpeteo suave en la puerta interrumpió sus pensamientos. Al principio, Mimi lo ignoró, inmersa en su propio tormento, pero el sonido persistió. Finalmente, decidió levantarse con un suspiro, deseando que fuera algo que pudiera distraerla de la tormenta interna que no cesaba.

Al abrir la puerta, se encontró con una joven empleada, que llevaba un ramo de flores frescas en las manos. La sorpresa fue inmediata. Las flores eran de un color suave y elegante, con tonos que iban del blanco al rosa pálido, y su fragancia impregnó el aire de inmediato, lo que hizo que Mimi frunciera el ceño, extrañada.

—¿Son para mí? —preguntó, aunque ni siquiera esperaba una respuesta clara. Sin embargo, la joven asintió con una sonrisa amable.

—Sí, señora. Están enviadas por un... caballero. —La empleada la miró con una leve curiosidad, antes de extender el ramo hacia ella.

Mimi lo tomó con cautela, aún desconcertada por el gesto. Los pétalos suaves de las flores se sentían frescos y delicados en sus manos. Sin embargo, lo que realmente captó su atención fue la pequeña tarjeta que acompañaba el ramo. La joven empleada la entregó con una sonrisa y se despidió rápidamente, dejándola sola con las flores en la mano.

Con el corazón latiendo un poco más rápido, Mimi miró la tarjeta, deslizándola lentamente entre sus dedos. La letra era elegante, reconocible al instante. Era de Yamato.

Con un suspiro pesado, Mimi leyó en voz baja:

"Lo siento. No debí haberte besado. Fue un impulso que no puedo justificar. Solo quiero que sepas que me arrepiento profundamente. Mis acciones no deben ser disculpadas, pero espero que algún día puedas entender lo que no pude decirte en ese momento."

Un nudo se formó en su garganta. "Lo siento." ¿Era suficiente? "No debí haberte besado." Las palabras de Yamato, escritas con la misma suavidad con la que había hablado después del beso, llegaron a ella como una tormenta, y una mezcla de emociones recorrió su cuerpo.

Por un lado, sentía una oleada de frustración. ¿Cómo podía él pensar que un simple ramo de flores y unas palabras en una tarjeta eran suficientes para borrar lo que había hecho? Pero, por otro lado, algo en su interior se removió al leer esas palabras. Él realmente se arrepentía. Sabía que nunca podría olvidar lo que pasó, pero, tal vez, eso demostraba que, al menos, le importaba de alguna manera.

Mimi apretó el ramo de flores contra su pecho, luchando contra las lágrimas que amenazaban con salir una vez más. "Lo siento." Esas palabras, tan simples y tan complicadas, parecían resonar en su mente sin cesar.

"No debí haberte besado."

—Maldito seas... —musitó entre dientes, mirando las flores con una mezcla de ira y dolor. Su corazón no sabía si odiarlo más por lo que había hecho, o si, de alguna extraña manera, se sentía abrumada por el reconocimiento de su arrepentimiento.


La habitación estaba sumida en un silencio inquietante, roto solo por el suave golpeteo de la lluvia contra la ventana. Hikari estaba sentada al lado de la cama, sus manos entrelazadas y sus ojos llenos de preocupación fija en el rostro de Takeru, que permanecía inconsciente. Había pasado horas allí, velando por él, asegurándose de que no estuviera solo. Su respiración, aunque débil, era constante, y eso era lo único que la mantenía en calma.

De pronto, Takeru comenzó a moverse levemente, dejando escapar un débil gemido que hizo que Hikari se incorporara de inmediato.

—¿Takeru? —susurró con un hilo de voz, como si temiera que hablar más fuerte pudiera romper el momento.

El rubio abrió lentamente los ojos, pestañeando varias veces mientras trataba de enfocar su visión. Lo primero que vio fue el rostro de Hikari, iluminado por una mezcla de alivio y alegría contenida.

—Hikari... —murmuró con dificultad, su voz ronca por la falta de uso—. Estás aquí.

—¡Claro que estoy aquí! —respondió ella, su voz temblando por la emoción mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos—. ¿Cómo no iba a estarlo? Me tenías preocupada.

Takeru intentó incorporarse, pero un dolor punzante en su costado lo detuvo, arrancándole una mueca de dolor. Hikari, alarmada, se apresuró a poner una mano en su pecho, deteniéndolo con suavidad pero con firmeza.

—¡No te levantes! —exclamó—. Estás herido. Necesitas descansar.

—Estoy bien —dijo Takeru, aunque su rostro pálido y su respiración entrecortada decían lo contrario. Intentó moverse de nuevo, pero Hikari lo empujó suavemente de vuelta a la cama.

—Evidentemente no lo estás.—Comentó Takuya.

—Lo estoy.

—¡Takeru, no seas terco! —le reprendió, su tono mezclando preocupación y autoridad—. Tienes una herida bastante seria.

Takeru suspiró, finalmente rindiéndose y acomodándose contra la almohada. Su mirada, sin embargo, evitaba la de ambos. Hikari le lanzó una mirada de alivio, pero Takuya no parecía tan dispuesto a dejar pasar el asunto.

—¿Qué te sucedió? —preguntó Takuya directamente, cruzándose de brazos. Su tono era serio, pero no agresivo.

Takeru tragó saliva y apartó la mirada, como si estuviera debatiendo internamente qué responder. Sabía que no podía decirles la verdad, no completamente. No quería preocuparlos más de lo que ya estaban.

—Tuve un accidente —dijo finalmente, su voz calmada, pero con una ligera vacilación.

—¿Tan tarde? —inquirió Hikari, frunciendo el ceño con incredulidad. Había preocupación en sus ojos, pero también una pizca de escepticismo.

Takeru dejó escapar un largo suspiro. No podía mentirles del todo, pero tampoco podía decirles lo que realmente había sucedido. Optó por una verdad a medias.

—Tuve un problema con mi padre —admitió, bajando la mirada hacia sus manos—. Discutimos, y decidí salir.

La explicación era técnicamente cierta. Había discutido con su padre antes de que todo se saliera de control. Pero, por supuesto, omitió que esa discusión había terminado con él siendo raptado.

Hikari lo miró fijamente, buscando algún indicio de que no le estaba contando todo, pero finalmente suspiró. Su mano se alzó con suavidad y acarició el rostro de Takeru, sus dedos rozando su piel con una ternura que lo hizo cerrar los ojos por un momento.

—Me tenías tan preocupada —dijo en voz baja, su tono cargado de emoción—. Pensé que algo horrible te había pasado.

Takeru abrió los ojos y la miró directamente, sintiendo cómo la culpa se acumulaba en su pecho. Quería tranquilizarla, decirle que todo estaba bien, pero sabía que, en el fondo, no era cierto.

—Estoy aquí, Hikari —murmuró finalmente, su voz suave—. Lo siento por preocuparte.

—No me pidas disculpas.—Declaró la castaña.

Aunque, por alguna razón, no podía evitar sentir que había algo más detrás de las palabras de Takeru, pero decidió no presionarlo, al menos por ahora. Mientras tanto, Takuya los observaba desde un lado, sus brazos aún cruzados y su expresión inescrutable. Aunque no dijo nada, tampoco parecía del todo convencido.

La habitación quedó en silencio nuevamente, rota solo por el sonido de la lluvia que continuaba cayendo afuera, un telón de fondo que parecía reflejar la tensión y las emociones contenidas entre los tres.


El internado estaba sumido en el silencio de la madrugada. Las luces del pasillo estaban apagadas, y solo el suave resplandor de la luna se colaba a través de las cortinas, iluminando tenuemente la habitación de Rika y sus compañeras. Ella dormía profundamente, envuelta en su manta, con el cabello extendido sobre la almohada. Su rostro reflejaba tranquilidad, una rareza en su vida tan ajetreada.

En el rincón opuesto de la habitación, Ay y Mie cuchicheaban con complicidad, intentando no reír demasiado fuerte. Hanami, sentada en su cama, observaba con una mezcla de diversión y nerviosismo mientras sujetaba un balde de agua entre las manos.

—¿Estás segura de que esto es una buena idea? —susurró Hanami, mirando a Ay, quien era la líder de las travesuras del grupo.

—¡Claro que sí! —respondió Ay, con una sonrisa maliciosa—. Es solo agua. No le hará daño, pero será divertidísimo ver su cara.

Mie se rió entre dientes, cubriéndose la boca para no despertar a las demás. Hanami, aunque aún dudosa, se levantó con cuidado y se acercó a la cama de Rika, con Ay siguiéndola de cerca.

El grupo se posicionó alrededor de la cama de Rika, con los ojos brillando de anticipación. Hanami sostuvo el balde con ambas manos, mientras Ay le hacía una seña para que lo vertiera. Mie, por su parte, trataba de contener la risa y asegurarse de que ninguna de las demás chicas se despertara antes de tiempo.

—A la cuenta de tres —susurró Ay, levantando tres dedos.

Hanami respiró hondo, indecisa.

—¡Tres! —susurró Ay con entusiasmo, sin esperar a contar hasta el uno.

Hanami volcó el balde de agua de golpe, empapando a Rika de la cabeza a los pies.

Rika se despertó sobresaltada, soltando un grito ahogado mientras intentaba entender qué estaba pasando. Se incorporó rápidamente, con el cabello y la ropa pegados a su piel, goteando agua.

—¡¿Qué demonios?! —exclamó, con la voz cargada de sorpresa y enojo.

Ay, Mie y Hanami estallaron en carcajadas, sujetándose el estómago mientras intentaban contener el ruido. Otras compañeras comenzaron a despertarse, alarmadas por el alboroto, pero al ver la escena, algunas se unieron a las risas.

—¡Ay! ¡Esto no es gracioso! —protestó Rika, empapada y furiosa. Sus ojos se encontraron con los de Ay, quien todavía reía con una burla evidente en su mirada.

—Relájate, Rika —dijo Ay, encogiéndose de hombros—. Es solo una broma. Pensamos que necesitabas refrescarte un poco.

—¿Refrescarme? —Rika apretó los dientes, intentando contener su rabia. Su mirada se oscureció, y aunque sabía que perder los estribos no solucionaría nada, no podía evitar sentirse humillada.

Hanami dio un paso atrás, visiblemente arrepentida.

—Lo siento, Rika. Yo... no quería hacerlo, pero... —balbuceó, sin saber cómo explicar que había cedido a la presión del grupo.

Rika respiró hondo, tratando de calmarse. Sus manos temblaban, pero no sabía si era por el frío del agua o por el enojo.

—¿Es esto lo que consideras divertido, Ay? —preguntó, con un tono firme que hizo que las risas comenzaran a apagarse.

Ay cruzó los brazos, aún con una sonrisa arrogante.

—Vamos, Rika. No es para tanto. Solo queríamos divertirnos un poco.

Rika no respondió de inmediato. Se puso de pie lentamente, el agua escurriendo por su pijama y formando un charco en el suelo. Miró a cada una de las chicas, especialmente a Hanami, quien bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.

Rika permaneció de pie, empapada y temblando, mientras las carcajadas llenaban la habitación. Cada vez que intentaba hablar, su voz se veía opacada por las risas de sus compañeras. Mie, doblada de la risa, apenas podía articular palabras.

—¡Miren su cara! —gritó, señalando a Rika con un dedo mientras Ay le daba palmadas en la espalda, compartiendo la diversión.

—¡Es como si hubiera visto un fantasma! —agregó Hanami, que intentaba ocultar su risa detrás de una mano pero terminó uniéndose al coro de burlas.

Rika sintió cómo su rostro se encendía. Estaba furiosa, pero también dolida. No era solo el agua fría lo que le calaba hasta los huesos; era el desprecio evidente en las risas que no cesaban.

—Les estoy diciendo que no es chistoso —dijo, su voz firme pero temblorosa. Intentó mantener la compostura, aunque su tono traicionaba el nudo que comenzaba a formarse en su garganta—. Esto es humillante.

Ay levantó una ceja y soltó una carcajada aún más sonora.

—Oh, vamos, Rika. ¿Siempre tienes que ser tan aguafiestas? Es solo una broma. No puedes tomarte todo tan en serio.

—Sí, Rika —añadió Mie, con una sonrisa burlona—. Relájate un poco. ¿O es que siempre tienes que actuar como si estuvieras por encima de todos?

Las palabras de Mie hicieron eco en la habitación, y las demás chicas comenzaron a asentir y reír aún más fuerte. Hanami, que al principio había mostrado algo de arrepentimiento, ahora parecía dejarse llevar por la presión del grupo, riendo y murmurando algo entre dientes que Rika no pudo escuchar.

—Mírate —dijo Ay, señalando el charco que se había formado bajo los pies de Rika—. Pareces una rata mojada.

Esa comparación desató otra ola de carcajadas. Rika apretó los puños, sus uñas clavándose en sus palmas mientras luchaba contra las lágrimas que amenazaban con traicionarla.

—No puedo creer que encuentren esto gracioso —dijo finalmente, con la voz más baja pero cargada de una tristeza que no podía ocultar—. Esto no es solo una broma, es crueldad.

—¿Crueldad? —repitió Ay, fingiendo estar sorprendida y llevándose una mano al pecho en un gesto exagerado—. Oh, pobrecita Rika, ¿necesitas que llamemos a un maestro para que venga a consolarte?

La risa de Ay fue secundada por el resto del grupo, y una de las chicas incluso imitó un llanto falso, haciendo que todas se rieran aún más fuerte.

Rika no pudo más. La presión en su pecho se volvió insoportable, y aunque sabía que irse solo les daría más razones para burlarse, no quería quedarse ni un segundo más. Tomó una manta seca de su cama y, sin mirar a nadie, caminó hacia la puerta.

—¿Adónde vas? —preguntó Ay, todavía riendo—. ¿A secarte las lágrimas?

—Déjala —dijo Mie, burlona—. Seguro va a escribir en su diario sobre lo mal que la tratamos.

El comentario provocó una nueva ola de risas, pero Rika ya no las escuchaba. Salió de la habitación, cerrando la puerta tras ella con un suave clic, sin fuerza, porque no quería darles el placer de saber cuánto la habían afectado.

Mientras caminaba por el pasillo oscuro, sintió cómo las lágrimas finalmente rodaban por sus mejillas. Su corazón estaba hecho un nudo, y la humillación pesaba más que el frío del agua en su piel. No era la primera vez que sus compañeras se burlaban de ella, pero esta vez había sido diferente, más cruel, más personal.

Se detuvo frente a la ventana al final del pasillo, apoyándose en el marco mientras intentaba calmarse. Afuera, la luna brillaba tranquila, ajena al caos que había sentido dentro de esa habitación.

—¿Por qué tienen que ser así? —susurró, más para sí misma que para alguien más.

A pesar del frío, decidió quedarse ahí un rato, dejando que el aire fresco de la noche la ayudara a calmarse. No estaba dispuesta a regresar a la habitación tan pronto. Sabía que al hacerlo, se enfrentaría de nuevo a sus risas y burlas. Pero una cosa tenía clara: no iba a dejar que la rompieran.


La noche avanzaba con calma en la pequeña sala donde Hikari y Takeru se habían acomodado tras los eventos turbulentos del día. El sofá no era particularmente grande, pero ambos habían logrado hacerse espacio, cubriéndose con una manta que Hikari había traído del cuarto. La luz cálida de una lámpara cercana iluminaba el ambiente, creando un remanso de paz momentáneo en medio de la tormenta.

Hikari, quien ya se encontraba acostada de lado, se giró un poco hacia Takeru, quien permanecía sentado en el borde del sofá.

—Takeru, ¿no piensas acostarte? —preguntó suavemente, notando que él parecía tenso.

—Sí, en un momento —respondió él, con la mirada fija en la lámpara encendida.

Fue así como el rubio se acomodó junto a la castaña.

Takeru, que ya se había recostado, estiró el brazo hacia el interruptor de la lámpara.

—Voy a apagarla, así descansamos mejor —dijo con calma, girándose hacia Hikari.

—¡No! —exclamó ella con urgencia, sentándose rápidamente.

La reacción repentina de Hikari lo tomó por sorpresa. Takeru la miró con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? —preguntó, notando la incomodidad en su rostro.

Hikari desvió la mirada, jugueteando con la orilla de la manta como si intentara encontrar las palabras correctas. Finalmente, dejó escapar un suspiro.

—Es que... prefiero que la luz se quede encendida —admitió en voz baja, sin mirarlo a los ojos.

Takeru alzó una ceja, aún más confundido.

—¿Por qué?

Hikari se removió en su lugar, claramente incómoda.

—No me gusta la oscuridad. Siempre la he odiado... —confesó finalmente, casi en un susurro.

Takeru se enderezó un poco, mirándola con curiosidad.

—¿Le tienes miedo?

Hikari asintió lentamente, con un gesto avergonzado.

—Sí. Desde que era pequeña. La oscuridad siempre me ha parecido... aterradora.

La confesión lo tomó por sorpresa. Takeru estaba acostumbrado a ver a Hikari como alguien fuerte y segura, siempre con palabras de apoyo para los demás. Esta vulnerabilidad era nueva para él, y no pudo evitar sentir una punzada de empatía.

—¿Por qué nunca lo dijiste? —preguntó con suavidad.

—No lo sé. —Hikari se encogió de hombros, todavía evitando su mirada.

—Supongo que siempre he tratado de ocultarlo. No quería que los demás pensaran que era débil o infantil.

Takeru negó con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa.

—No es infantil, Hikari. Todos tenemos algo que nos asusta. Es normal.—Comentó—¿Siempre te ha pasado esto?

La castaña asintió, con los ojos fijos en el techo.

—Desde que tengo memoria. Es algo irracional, lo sé, pero la oscuridad siempre me ha hecho sentir... vulnerable.

—No es irracional si es algo que sientes —respondió Takeru con seriedad.

—Además, hasta hace poco, yo también le tenía miedo a la oscuridad.

Ella lo miró sorprendida, sus ojos buscando alguna señal de burla, pero no encontró más que sinceridad en él.

—¿De verdad? —preguntó con cautela, como si no pudiera creerlo.

Takeru asintió lentamente, manteniendo su mano en su mejilla, acariciándola con suavidad.

—Sí. —Hizo una pausa, su expresión volviéndose un poco melancólica.

—Perdí a mi madre cuando era pequeño, desde entonces tuve que aprender a cuidar de mí mismo, a ser independiente en todos los sentidos.—Relató— Y... la oscuridad siempre fue mi enemiga. Me recordaba lo solo que estaba.

Hikari sintió una punzada de empatía en el pecho. No esperaba escuchar algo tan personal, pero las palabras de Takeru resonaron profundamente en ella.

—Incluso siendo adulto me dio mucho temor.—Declaró.

—Pensé que era la única que le tenía miedo siendo adulta.

—Pues no, yo hasta hace poco también le tenía miedo...—Admitió el rubio— Así que, no te sientas mal por comentar esto conmigo.—Habló—Nunca encontré que ese temor fuera absurdo o infantil —continuó, con una sonrisa leve pero triste.

—De hecho, siempre he creído que tener miedo a la oscuridad significa que valoramos la luz, lo que nos hace sentir seguros.

Antes de que Hikari pudiera responder, Takeru la tomó suavemente de la muñeca y, con un tirón delicado, la guio hacia él. La castaña cayó sobre su pecho con un leve jadeo, pero no se resistió. Él la envolvió en un abrazo cálido, uno que la hizo sentir como si todas las barreras que había construido a su alrededor se desmoronaran.

—Mientras yo esté contigo, Hikari, no tienes que temerle a la oscuridad —susurró cerca de su oído, su voz firme y reconfortante.

—Siempre estaré aquí para salvarte de ella.

Hikari sintió su corazón acelerarse ante sus palabras. Por un momento, las sombras que siempre la habían perseguido parecían desvanecerse. No sabía si era la luz de la lámpara o el calor de Takeru lo que le daba esa sensación de seguridad, pero estaba segura de una cosa: no quería alejarse de él.

—Takeru... —murmuró, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Gracias.

Él le dedicó una sonrisa suave, su mirada llena de ternura.

—No tienes que agradecerme. Es lo menos que puedo hacer por mi novia.—Declaró— ¿Recuerdas? Somos novios.

Hikari sonrió ante esto: —Sí, lo recuerdo.—Declaró para luego apoyar la cabeza en su pecho, permitiéndose disfrutar del momento. Las palabras de Takeru se grabaron en su mente, llenándola de una calidez que nunca antes había sentido.

Mientras la noche avanzaba, el miedo que había sentido al principio se disipó, reemplazado por una sensación de paz que solo él podía darle. La lámpara seguía encendida, pero Hikari sabía que, incluso si las sombras volvieran, siempre tendría a Takeru para iluminarlas.

El silencio seguía envolviéndolos mientras Hikari descansaba contra el pecho de Takeru, escuchando el ritmo constante de su corazón. La calidez de su abrazo la hacía sentirse más segura de lo que jamás había estado. Lentamente, levantó la cabeza para mirarlo, encontrándose con sus ojos claros y serenos que parecían contener toda la luz que la oscuridad intentaba arrebatarle.

—Takeru... —murmuró, su voz temblando ligeramente.

Él la miró con ternura, su mano acariciando suavemente su cabello.

—¿Qué pasa?

Hikari no respondió de inmediato. En lugar de palabras, dejó que sus emociones hablaran. Lentamente, acercó su rostro al de él, buscando en su mirada algún signo de duda. Pero Takeru no se apartó, y cuando sus labios finalmente se encontraron, fue como si el tiempo se detuviera.

El beso fue suave, lleno de calidez y ternura. No había prisa ni desesperación, solo una conexión que parecía sanar las heridas de ambos. Hikari sintió cómo todo su miedo se desvanecía en ese instante, reemplazado por una paz que nunca creyó posible.

Cuando se separaron, Takeru la miró con una pequeña sonrisa, su rostro iluminado por una mezcla de dulzura y sorpresa.

—¿Eso fue... por agradecimiento? —preguntó en un tono juguetón, aunque sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas.

Hikari rió suavemente, negando con la cabeza.

—Fue porque quería hacerlo.

Él no respondió, simplemente la atrajo nuevamente hacia su pecho, envolviéndola con sus brazos.

—Entonces, creo que yo también quería hacerlo —susurró, dejando un beso ligero en su frente.

La lámpara seguía encendida, pero ahora la luz parecía insignificante comparada con la calidez que compartían.

—Deberíamos descansar —dijo Takeru después de un momento, acomodándose en el sofá.

—Mañana será un día largo.

Hikari asintió, cerrando los ojos mientras se acurrucaba más cerca de él.

—¿Vas a apagar la luz? —preguntó en un tono somnoliento.

Takeru sonrió, estrechándola un poco más contra él.

—No. Mientras tú estés conmigo, la luz seguirá encendida.

Ella no respondió, pero su leve sonrisa fue suficiente para que él supiera cuánto apreciaba ese gesto. Lentamente, ambos se dejaron llevar por el sueño, juntos, dejando que la noche los envolviera con su calma.


La tarde había caído con suavidad sobre la ciudad, y Mimi se encontraba en la pequeña cafetería del hotel, mirando el móvil en busca de alguna distracción. El sonido de los pasos acercándose no pasó desapercibido para ella, aunque, por un momento, pensó que podría haber sido una casualidad. Sin embargo, cuando la figura de Yamato apareció en la puerta, un nudo se formó en su estómago, y no pudo evitar mirarlo con cierta sorpresa.

Yamato caminó hacia ella con una leve sonrisa, pero sus ojos no reflejaban la confianza que solía mostrar. Había algo en él, una vulnerabilidad que Mimi no había visto antes. Sosteniendo una bolsa de papel en la mano, dio unos pasos más y se detuvo frente a la mesa donde ella estaba sentada.

—Haruna… —dijo, su voz llena de pesar. Mimi levantó la vista, encontrándose con su mirada. Aquella mirada que tanto la confundía, entre la arrepentimiento y el deseo de hacer algo, de hacer lo correcto.

—¿Qué es esto? —preguntó Mimi, levantando una ceja mientras observaba la bolsa de papel que Yamato le ofrecía. No esperaba ningún tipo de gesto de su parte, mucho menos algo tan peculiar como aquello.

—Una disculpa —respondió él, con un tono suave, casi como si estuviera dando una explicación que no lograba encontrar la forma de articular.

Mimi frunció el ceño, mirando la bolsa antes de mirarlo a él—. ¿Una disculpa? —repitió, desconcertada.

Yamato suspiró antes de abrir la bolsa y sacar una hamburguesa envuelta en papel. Al ver el contenido, Mimi soltó una risa nerviosa, sin poder evitarlo.

—¿Esto? ¿Una hamburguesa? —preguntó, incrédula—. ¿Sabes que a ti no te gustan, no? Ayer mismo, te estuviste quejando de lo grasosas que son y lo malas que están para la salud.

Yamato, al escucharla, hizo una mueca, recordando claramente sus palabras del día anterior. No estaba equivocado, había sido muy claro sobre lo que pensaba de las hamburguesas. Sin embargo, ahora no se trataba de si le gustaban o no, sino de algo más grande, algo que necesitaba hacer para poder poner en paz su conciencia.

—Sigo pensando eso —admitió, con una leve sonrisa, mientras se encogía de hombros—. Las hamburguesas no son lo mejor para la salud y son bastante grasosas… pero esto no es sobre lo que pienso de la comida.

Mimi lo miró, confundida y con una expresión que mezclaba sorpresa e incredulidad. Ella no entendía del todo por qué traía esa hamburguesa, sobre todo después de la forma en la que había hablado sobre ellas en su conversación el día anterior.

—Entonces… ¿por qué me das esto? —preguntó con un suspiro, sintiendo que las palabras de Yamato, por muy sinceras que fueran, no aclaraban lo que estaba pasando.

—Porque… —Yamato pausó un momento, buscando las palabras—. Porque no se trata de la hamburguesa. Se trata de que quiero que sepas que lamento lo que pasó. No debí besarte, no debí actuar de esa manera, y no debí hacer que te sintieras como si fueras responsable de todo lo que ocurrió. Esto es solo una pequeña forma de mostrarte que, aunque sea con algo tan tonto como esto, quiero pedirte perdón.

Mimi lo miró, incapaz de ocultar la sorpresa en su rostro. Yamato realmente estaba intentando disculparse, y aunque el gesto parecía extraño y hasta gracioso, había algo en su sinceridad que la hizo callar. Por un instante, ella no supo si reírse o simplemente aceptar el gesto.

—No tienes que… —comenzó a decir, pero se detuvo al ver la expresión en su rostro. Sabía que no estaba siendo sincero consigo mismo si no aceptaba la disculpa.

Finalmente, suspiró, dejando de lado el juicio inicial sobre la hamburguesa.

—Está bien, Yamato —dijo, suavizando su tono—. Aprecio la disculpa. Y aunque esto no cambie lo que ocurrió, al menos entiendo que lo estás intentando.

Yamato la miró fijamente y luego asintió, sintiendo una leve paz al ver que ella había aceptado su disculpa, aunque fuera de una forma un tanto curiosa. Se sentó frente a ella, sin esperar una respuesta más, pero el silencio entre los dos no era incómodo. Era más bien una forma de conexión, un pequeño paso hacia algo menos complicado que lo que había ocurrido entre ellos.


La luz de la tarde se colaba a través de las grandes ventanas del salón, bañando el lugar con una cálida suavidad que contrastaba con el ambiente tenso entre madre e hija. Sora se encontraba sentada en una silla junto a la mesa, sus dedos tamborileando de manera nerviosa sobre la superficie de madera. Su rostro estaba marcado por una tristeza profunda, una melancolía que no lograba disiparse.

Toshiko, su madre, entró en la habitación con una copa de vino en la mano, mirando a su hija con una expresión de indiferencia. A pesar de la situación, su postura erguida y su porte elegante no dejaban lugar a dudas: Toshiko no era de aquellas personas que se dejaban abatir por las emociones. Sin embargo, algo en la expresión de Sora le llamó la atención.

—¿Por qué tan seria, hija? —preguntó Toshiko, mirando a Sora con una ceja levantada, intentando entender la causa de su tristeza.

Sora suspiró, una mezcla de frustración y tristeza flotando en el aire entre ellas.

—No puedo evitarlo, mamá —respondió Sora, su voz teñida de melancolía—. ¡Rika está en un internado! No la veré por mucho tiempo, y eso me duele.

Toshiko, como si no fuera un asunto de gran importancia, rodó los ojos con una mueca de desdén.

—Sora, no te pongas así —dijo, tomando un sorbo de su vino antes de continuar—. Rika no es tu hija. Es adoptada. ¿Qué esperabas?

Las palabras de Toshiko cayeron como una bomba sobre Sora. Por un momento, la hija se quedó en silencio, mirando fijamente a su madre. La rabia creció en su interior, esa rabia contenida que siempre había tenido con Toshiko, pero ahora se sentía más fuerte que nunca.

—¡No me importa! —gritó Sora, levantándose de su silla con furia contenida—. ¿Qué tiene que ver eso? Rika es mi hija, no importa de dónde venga. Y eso no cambia el hecho de que me duele verla irse.

Toshiko frunció el ceño, como si no entendiera la reacción de su hija.

—No sé qué te pasó por la cabeza, Sora —dijo con tono frío—. ¿Por qué adoptaste a esa huérfana? No entiendo por qué tomaste esa decisión. Podrías haber adoptado a alguien de tu propia sangre.

Sora apretó los dientes, manteniendo el silencio, su ira creciente. Estaba harta de que Toshiko siempre minimizara sus sentimientos, de que nunca la entendiera.

—Ese tema no es tuyo, mamá —respondió con una voz baja pero firme—. Y ahora que Rika está en ese internado, hay algo mucho más importante que debemos hacer.

Toshiko la miró confundida, sin entender a qué se refería su hija.

—¿Qué cosa tan importante? —preguntó, mirando a Sora como si fuera una niña molesta.

Sora la miró fijamente, sus ojos llenos de determinación.

—¡Hiroaki y tú deben cumplir con su palabra! —exclamó, su voz endureciéndose—. La condición para que Rika fuera al internado era que liberaran a Ryo. Y ahora es momento de cumplir.

Toshiko soltó una risa despectiva, una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—No tengo interés en hacer eso, hija —dijo, como si fuera una broma sin importancia—. ¿Qué piensas que me vas a obligar a hacer?

Sora apretó los puños con fuerza, su paciencia agotándose.

—Más te vale que pagues la fianza, mamá —le dijo con voz tensa—. O las consecuencias serán peores de lo que piensas.

Toshiko, sorprendida, levantó una ceja con desdén.

—¿Consecuencias? ¿Y qué es lo que podría hacer una niña como tú? —preguntó, casi riéndose de la amenaza de su hija.

Sora la miró directamente a los ojos, con una determinación feroz en su mirada. Sabía que había tocado un punto sensible en su madre, pero no le importaba. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario.

—Si no lo haces —dijo en voz baja, pero llena de gravedad—, revelaré al mundo tu deshonra.

Toshiko palideció ligeramente, sus ojos parpadeando en sorpresa. Sora no era conocida por hacer amenazas vacías, y había algo en su tono que no le permitió tomarla a la ligera.

—¿Qué deshonra? —preguntó Toshiko, su tono cambiando levemente, mostrando una pequeña grieta en su fachada.

Sora dio un paso hacia su madre, sin apartar la mirada.

—Revelaré al mundo tus aventuras con tus amantes, mamá. Todo el mundo sabrá de lo que hiciste mientras todos pensaban que eras la esposa perfecta, la mujer ejemplar.

Toshiko se quedó sin palabras, mirando a Sora con incredulidad. Por un momento, la mujer se sintió expuesta, vulnerable, como si su vida secreta estuviera a punto de ser puesta en la mesa para que todo el mundo la viera.

Sora, viéndola en ese estado de sorpresa, dio un paso atrás, sintiendo que había alcanzado su objetivo.

—¿En serio crees que no sé sobre tus aventuras? —dijo con una sonrisa fría, su voz llena de resentimiento—. No soy una tonta, mamá. Sé muy bien lo que has estado haciendo.

Toshiko frunció el ceño, visiblemente molesta, pero sin poder negar lo que su hija acababa de decir. Era verdad. Aunque había mantenido una vida secreta, Sora siempre había sido más observadora de lo que ella pensaba.

—¿Qué pretendes, Sora? —preguntó Toshiko, tratando de recuperar su compostura—. ¿Que voy a ceder ante tu chantaje?

Sora la miró fijamente, sin decir nada más. No necesitaba palabras. Sus ojos lo decían todo.

—En otro momento no.—Declaró— Pero ahora sí.— Habló— Satomi te enfrentó por la presidencia del club ¿no?

Sí, lo había hecho.

—Dime ¿qué pensará la gente al saber que la gran Toshiko Takenouchi, la correcta, divina y admirada empresaria no es tan perfecta como dice?— Musitó la pelirroja.

La castaña fulminó con su mirada a su hija.

—Recuerda que el club es para mujeres de familia y tú con ese antecedente no creo que ayudes mucho.

—No harías eso.

—¡Claro que lo haría!—Exclamó Sora—Después de todo ¡no tengo nada que perder con eso!— Musitó— Pero puedes evitarlo haciendo algo muy fácil, y eso es, liberando a Ryo.

—No quiero hacer eso.

—Bueno, entonces, prepárate para caer.

—Nadie te creerá.

Sora rió: —Tú sabes que sí.—Declaró— Tengo pruebas.

—¿Pruebas?

La pelirroja asintió: —Muchas pruebas.—Habló— Y ahora que Satomi se dio cuenta de como eres no será difícil que me apoye y juntas acabemos con tu estúpida máscara.

¡No! Eso no debía ocurrir. Ella trabajó mucho para adquirir el respeto que tenía, una pequeña difamación podría arruinar todo lo que logró con su esfuerzo, algo que no podía permitir.

La castaña negó con la cabeza— N-no...

—Haz lo que quieras, pero si no liberas a Ryo, todos sabrán la verdad. Y créeme, no será bonito. No te hagas la idea de que podrás seguir con tu vida como si nada.

Toshiko miró a su hija por un largo rato, la rabia y el miedo mezclándose en su rostro. Finalmente, dejó escapar un suspiro exasperado y dio un paso atrás, girando hacia la ventana.

—Lo haré —dijo finalmente, su voz suave pero firme—. Pero no olvides que esto no es un favor. Solo estoy haciendo lo que tú me exiges.

Sora la observó, sintiendo una satisfacción amarga al saber que había logrado su objetivo. Pero también sabía que su madre seguiría siendo la misma mujer manipuladora y fría. Al final, todo era un juego de poder.

—Es lo que tiene que hacerse —respondió, su tono lleno de firmeza—. Ahora, cumple con tu palabra.


La mañana comenzaba a despuntar tímidamente, filtrando una luz suave a través de las cortinas de la sala. Takuya, todavía algo adormilado, salió de su habitación con el cabello revuelto y los ojos entrecerrados. Al llegar al final, el silencio en la casa le pareció extraño, pero pensó que probablemente Hikari seguía durmiendo.

Se frotó los ojos y avanzó hacia la sala, pero al doblar la esquina, lo que vio lo dejó completamente petrificado.

Ahí estaban, en el sofá, Hikari y Takeru, durmiendo juntos. Ella estaba acurrucada contra él, mientras que Takeru la mantenía abrazada protectoramente, con una expresión serena en su rostro. La lámpara de la esquina seguía encendida, y el ambiente tenía una extraña calidez que no esperaba encontrar.

Los ojos de Takuya se abrieron como platos, y casi siente cómo su corazón se detiene.

—¿¡Qué diablos es esto!? —exclamó en un susurro que casi se convierte en grito, intentando no despertarlos.

Se llevó una mano al pecho, tratando de calmarse. Mi princesa... Mi pequeña Hikari... ¿¡Con un chico!?

Caminó hacia ellos con cuidado, observando cada detalle. La cercanía, la forma en que Takeru la sostenía... y lo más impactante: la sonrisa tranquila en el rostro de Hikari.

—¡Dios mío, está feliz! —murmuró, llevando una mano a su frente como si estuviera a punto de desmayarse. ¿Cuándo sucedió esto? ¿Cómo no me di cuenta?

Retrocedió un par de pasos, todavía impactado, pero entonces algo dentro de él se suavizó. Se detuvo a mirar más detenidamente. Hikari, su prima a quien siempre había visto como una hermana, tenía una expresión de paz y felicidad que no recordaba haber visto en mucho tiempo. Y Takeru... Bueno, aunque no quería admitirlo, parecía genuinamente protector y amable con ella.

Takuya suspiró profundamente, dejando caer los hombros.

—Está feliz... eso es lo único que importa, ¿verdad? —se dijo a sí mismo en voz baja, intentando convencerse.

Sin embargo, no pudo evitar añadir en tono sarcástico:

—Pero si llega a lastimarla, lo mato.

Con cuidado, tomó una manta del respaldo de una silla cercana y se acercó para cubrirlos a ambos, asegurándose de no despertarlos. Se quedó un momento más observándolos, ahora con una leve sonrisa en el rostro.

—Supongo que voy a tener que acostumbrarme a esto.—Dirigió su mirada a la lampara junto a ellos.

Se cruzó de brazos. Al menos, si iban a dormir juntos debían apagar la luz...¡La factura cada día sumaba más y más dinero!

Se acercó a la lámpara y suavemente la apagó.


El ambiente en la sala de estudio del internado estaba cargado de tensión. La luz del sol se filtraba a través de las grandes ventanas, proyectando sombras largas sobre los escritorios y las estanterías llenas de libros. Las chicas del internado estaban dispersas, trabajando en sus tareas y estudios. Rika se sentó en una esquina, intentando concentrarse en sus apuntes, pero se sentía constantemente observada.

Un grupo de chicas se encontraba al otro lado de la sala, murmurando entre ellas. Cada tanto, lanzaban miradas hacia Rika, susurrando y riendo en voz baja. La incomodidad de Rika se hizo palpable. Sentía los ojos sobre ella y, aunque trataba de ignorarlo, la presión era abrumadora.

—¿Vieron cómo llegó hoy? —dijo una de las chicas, Ay, con tono burlón—. Siempre tan perfecta y pulcra, como si estuviera tratando de mostrar que es mejor que nosotras.

—Sí —añadió Mie—. No entiendo por qué está aquí. Siempre parece tan distante, como si fuera la única que tiene una vida perfecta.

Rika sintió cómo su cara se sonrojaba ante las palabras de las chicas. Intentó enfocarse en su tarea, pero la sensación de ser el centro de las críticas se hizo cada vez más intensa.

—Escucha, Rika —dijo Hanami, con una sonrisa forzada que no escondía su desdén—. No hace falta que te muestres tan fría y distante. Aquí, nosotras también somos parte de este internado, y no necesitamos que nos trates como si fuéramos menos.

Rika levantó la vista, mirando a Hanami con una mezcla de sorpresa y dolor. Intentó mantener la calma, pero sus manos estaban temblando.

—No estoy tratando de ser... —empezó a decir Rika, pero su voz se cortó.

—¿No estás tratando de ser qué? —interrumpió Ay, levantando una ceja—. ¿Amigable? No parece que te importe mucho tener amigos aquí.

El tono cruel de las palabras de Ay hizo que Rika sintiera un nudo en el estómago. Miró alrededor, buscando algún apoyo, pero las demás chicas del internado se mantenían en silencio, como si estuvieran observando una escena sin intervenir.

—Quizás no te des cuenta —dijo Mie—, pero el trato que nos das realmente no es agradable. A veces, parece que te crees superior a nosotras.

Rika sintió cómo una oleada de tristeza la invadía. No entendía por qué estaban siendo tan duras con ella. ¿Había hecho algo mal? Simplemente había intentado adaptarse al internado y cumplir con sus responsabilidades.

—No es eso —dijo finalmente, con voz temblorosa—. Solo trato de hacer mi trabajo y seguir con mis estudios.

—¿De verdad? —preguntó Hanami con ironía—. Porque parece que lo único que te importa es tu propio espacio, como si no quisieras tener nada que ver con nosotras.

La tensión en la sala era palpable. Rika sentía las lágrimas asomándose a sus ojos, pero se esforzaba por mantener la compostura.

—Si no te importa, prefiero estar sola —dijo Rika con firmeza, tratando de contener su dolor—. No quiero causar problemas.

Las chicas intercambiaron miradas entre sí, satisfechas con la reacción de Rika. Se levantaron de sus asientos y comenzaron a moverse hacia el otro lado de la sala, dejando a Rika sola en su rincón.

Rika se quedó allí, sintiendo el peso de la soledad y la tristeza. Intentó enfocarse nuevamente en sus estudios, pero las palabras crueles seguían resonando en su mente. Cada vez que levantaba la vista, veía a las chicas riendo y hablando entre ellas, como si la escena anterior nunca hubiera ocurrido.

Mientras tanto, el silencio en la sala de estudio se hizo más profundo. Rika se esforzaba por mantenerse fuerte, pero la herida causada por el trato de las otras chicas del internado seguía latiendo en su pecho. Sabía que tenía que encontrar una forma de superar esto, pero en ese momento, el dolor era abrumador.

La tarde avanzaba, y la luz del sol comenzaba a desvanecerse. Rika se quedó allí, inmóvil, en su rincón, con el corazón pesado y la mente llena de incertidumbre.


El edificio donde se llevaría a cabo la reunión tenía una elegancia moderna que imponía. Grandes ventanales de cristal reflejaban la luz del sol, y el mármol blanco del vestíbulo daba una sensación de lujo. Haruna ajustó el saco de su traje con un gesto profesional mientras caminaba junto a Yamato hacia el ascensor. Aunque aparentaba calma, sentía cierto nerviosismo; sabía que Rentaro estaría ahí y, después de la comida incómoda del día anterior, no tenía idea de cómo manejaría la situación.

Yamato, por su parte, mantenía su usual postura confiada, con un leve ceño fruncido que parecía haberse vuelto permanente desde aquella comida. No había dicho mucho en el trayecto hasta el edificio, pero su silencio hablaba más que cualquier palabra.

Cuando llegaron a la sala de reuniones, Rentaro ya los esperaba de pie, revisando algunos papeles en su portátil. Al notar su entrada, levantó la vista y esbozó una amplia sonrisa. Su postura relajada contrastaba con la rigidez profesional de Yamato.

—Señor Ishida, un placer volver a verlo —saludó Rentaro extendiendo la mano. Yamato la estrechó con firmeza, inclinando apenas la cabeza en señal de cortesía.

—Rentaro —respondió Yamato, sin molestarse en adornar su tono con calidez.

El italiano desvió entonces su atención hacia Haruna, su sonrisa ensanchándose al verla. Dio un paso hacia ella, extendiendo la mano, pero su actitud era mucho más efusiva.

—Señorita Haruna, es un verdadero placer volver a tenerla aquí —dijo, inclinándose ligeramente, como si su saludo fuera más personal que profesional.

Haruna le devolvió el apretón de manos con la misma cortesía que había mostrado Yamato, pero no pudo evitar sentir la intensidad en la mirada de Rentaro.

—Gracias, señor Rentaro. Es un honor poder participar en esta reunión. —Su tono era neutro, casi frío, intentando dejar en claro que no habría espacio para algo más allá de lo estrictamente profesional.

Sin embargo, el empresario no pareció captar el mensaje, o simplemente decidió ignorarlo.

—Por favor, llámame Rentaro —insistió, con una sonrisa que parecía más adecuada para un encuentro casual que para un ambiente de negocios. —Y debo decir que hoy luce aún más encantadora que anoche. Es un honor trabajar con alguien tan... destacada.

Yamato, que había estado observando la interacción con una expresión impasible, apretó los labios en una línea tensa. Sus ojos se afilaron al notar cómo Rentaro mantenía su atención fija en Haruna, ignorándolo por completo.

—Rentaro, será mejor que comencemos. El tiempo apremia. —La voz de Yamato cortó el momento, firme y autoritaria.

El empresario se volvió hacia él con una mirada que mezclaba sorpresa y desafío, pero finalmente asintió.

—Por supuesto, señor Ishida. —Le hizo un gesto hacia la mesa de reuniones. —Tomen asiento, por favor.

Haruna caminó detrás de Yamato hacia la mesa, sintiendo cómo Rentaro la seguía con la mirada. El ambiente en la sala se tornó más tenso, y aunque Haruna intentaba mantener la compostura, no podía ignorar la sensación de incomodidad que crecía con cada segundo.

Cuando todos estuvieron sentados, Rentaro se inclinó hacia la castaña antes de comenzar.

—Espero que disfrute nuestra reunión, señorita Haruna. Haré todo lo posible para que sea tan agradable como interesante. —El tono de su voz tenía una cadencia insinuante, y sus ojos la observaban con una intensidad que la hizo tensar los hombros.

Yamato, que estaba revisando los papeles sobre la mesa, alzó la vista bruscamente, clavando los ojos en Rentaro.

—Rentaro, enfoquémonos en el propósito de esta reunión —dijo con un tono gélido, enfatizando cada palabra.

Haruna se giró hacia Yamato, sorprendida por su intervención. La mandíbula de Yamato estaba apretada, y sus dedos tamborileaban ligeramente sobre la mesa, un indicio claro de su irritación. Rentaro, sin embargo, simplemente levantó las manos en un gesto de falsa inocencia.

—Por supuesto, señor Ishida. Solo intento ser un buen anfitrión —replicó, aunque su sonrisa seguía teniendo ese matiz burlón.

La reunión continuó con una aparente normalidad, pero la tensión seguía presente. Rentaro aprovechaba cada oportunidad para dirigir comentarios hacia Haruna, y aunque ella respondía con profesionalismo, podía sentir la mirada constante de Yamato sobre ella.


La luz de la mañana iluminaba la cocina, haciendo brillar las superficies metálicas y aportando una calidez reconfortante al ambiente. Takuya ya estaba sentado a la mesa, con un vaso de jugo de naranja en la mano, mientras Hikari terminaba de servir los últimos platos. Takeru, aún con algunas vendas visibles en los brazos, se sentó con cuidado, agradeciendo en silencio el esfuerzo de Hikari por preparar el desayuno.

—Bueno, ¡a comer! —exclamó Takuya, tomando un pedazo de pan y untándolo con mantequilla.

Takeru observó el plato frente a él. Había tostadas doradas, huevos revueltos perfectamente cocinados, y un pequeño tazón de fruta fresca. Parecía sencillo, pero estaba claro que Hikari había puesto dedicación en cada detalle.

—¿Te gusta la comida, Takeru? —preguntó Hikari, sentándose frente a él con una taza de té caliente en las manos.

Takeru tomó un bocado de los huevos antes de asentir.

—Está delicioso —respondió con una sonrisa.

—¡Claro que lo está! —intervino Takuya, señalando a Hikari con su tenedor—. Es obra de mi prima Hikari, una excelente cocinera.

—¿En serio? —preguntó Takeru, levantando una ceja mientras miraba a Hikari.

Ella se sonrojó levemente, quitándole importancia con un gesto de la mano.

—No es para tanto, sólo aprendí algunas recetas cuando era pequeña.

—No te quites mérito, Hikari —insistió Takuya, dándole un mordisco a su tostada—. Recuerdo que siempre eras la encargada de los postres en las reuniones familiares, y todos terminaban pidiendo más.

Takeru miró a Hikari con un nuevo brillo en los ojos, como si acabara de descubrir algo fascinante sobre ella.

—Deberías mostrarme esas habilidades en algún momento. Quizás un postre, ¿qué dices?

—Tal vez... —respondió Hikari, esbozando una pequeña sonrisa mientras bebía de su taza.

La conversación fluyó de manera natural entre los tres, y el ambiente se llenó de una calidez que ninguno de ellos había sentido en mucho tiempo. Sin embargo, Takuya no tardó en cambiar de tema, girándose hacia Takeru.

—Por cierto, ¿te sientes mejor de tus heridas? —preguntó con un tono de preocupación genuina.

Takeru terminó de masticar antes de asentir lentamente.

—Sí, estoy mejor. Todavía duele un poco, pero ya puedo moverme sin problemas.

—Eso es un alivio —comentó Hikari, mirándolo con atención—. Aún así, deberías tomártelo con calma por unos días más. No querrás que las heridas empeoren.

Takeru sonrió suavemente, impresionado por la atención que Hikari le daba.

—Gracias, Hikari. Realmente lo aprecio.

Takuya los observó de reojo, sintiendo una mezcla de celos y satisfacción. Sabía que Takeru era alguien en quien podía confiar, pero ver cómo su prima mostraba tanto interés por él era algo que todavía lo hacía sentirse un poco incómodo.

—Bueno, Takeru —dijo Takuya, señalándolo con su tenedor—, espero que entiendas que aquí somos como una familia. Y como en toda familia, tenemos reglas.

Takeru levantó las cejas, curioso.

—¿Qué tipo de reglas?

—Reglas simples —respondió Takuya, llevándose un pedazo de fruta a la boca—. Acepto que seas novio de Hikari y que quieras estar con ella, pero no pueden dormir juntos hasta que...

—¡Takuya! —lo interrumpió Hikari, frunciendo el ceño y lanzándole una mirada de advertencia.

—¿Qué?— Preguntó el moreno.

—No digas esas cosas.

—¡Claro que debo decirlo!—Declaró el moreno— Hoy me lleve una gran impresión al venir al sofá y ver que...

Hikari llevó sus manos a su rostro: —¡Takuya, por favor!

Takeru también se ruborizó— Ta-Takuya...—Intentó hablar— No debes preocuparte, nosotros no hicimos...

—Takeru, no le des explicaciones.—Declaró la chica— Creo que ¡es obvio que nada hicimos!— Exclamó— Ayer llegaste casi muerto hasta aquí, es obvio que no.

...

—¡Ya, lo siento!—Takuya alzó las manos en señal de rendición— Pero debo dejar las reglas claras. Después de todo, yo estoy a cargo de ti, Hikari.

—¿Tú de mi?—Preguntó la chica— ¡Yo soy mayor que tú!

—Sí, pero tú eres una señorita y yo como el hombre, es mi deber cuidarte.—Declaró.

Hikari rodó los ojos un tanto molesta.

Takeru sonrió al ver la interacción entre ambos, evidentemente era de mucha confianza, y le recordaba mucho a su relación con sus sobrinas.

—Tranquilo Takuya.—Declaró el rubio— Mis intenciones con tu prima son las más sinceras y sanas del mundo.

—Eso espero.—Musitó el moreno— Espero que seas respetuoso y...

—¡Tranquilo!— Exclamó Takeru— Créeme, entiendo muy bien lo que quieres decir, pero debes estar tranquilo. Jamás la lastimaría.

El desayuno avanzaba en un ambiente cálido y relajado, con Takuya, Takeru y Hikari conversando entre risas y bromas ligeras. Sin embargo, Takuya, siempre atento, desvió el tema hacia algo que no había pasado desapercibido para él.

—Takeru —dijo mientras tomaba otro sorbo de jugo—, ¿le avisaste a tu familia que estás aquí?

El rubio, que estaba cortando un trozo de su tostada, detuvo sus movimientos. Levantó la mirada hacia Takuya, visiblemente incómodo con la pregunta.

—No, no lo he hecho —respondió en voz baja, intentando sonar casual.

Hikari y Takuya intercambiaron una mirada significativa. La joven dejó su taza sobre la mesa, inclinándose un poco hacia Takeru con una expresión de preocupación en su rostro.

—¿Por qué no? —preguntó Hikari suavemente.

—No quiero preocuparlos —contestó Takeru, encogiéndose de hombros—. Ellos tienen suficientes cosas de qué ocuparse como para añadir mis problemas a su lista.

Takuya arqueó una ceja, claramente no convencido por la respuesta.

—Vamos, Takeru. Eso no tiene sentido. Tu familia seguramente está preocupada. Si estuviera en su lugar, no podría dormir sin saber dónde estás y si estás bien.

Hikari asintió con rapidez, reforzando las palabras de su primo.

—Takuya tiene razón. Además, tú también necesitas apoyo, y tu familia puede ayudarte. No deberías cargar con todo solo.

Takeru suspiró, dejando el tenedor sobre su plato. Su mirada se perdió en la mesa mientras trataba de encontrar las palabras correctas.

—No entienden... —murmuró—. Ellos ya han tenido que lidiar con tanto por mi culpa. No quiero añadir esto.

El silencio cayó sobre la mesa por un momento. Hikari, sin embargo, no estaba dispuesta a dejar el tema. Se inclinó hacia adelante, tocando suavemente la mano vendada de Takeru.

—Takeru, entiendo que no quieras ser una carga, pero no estás solo. Tu familia te ama, y estoy segura de que preferirían saber dónde estás y qué te ha pasado a vivir con la incertidumbre.

Takuya asintió, apoyándola.

—Hikari tiene razón. No les estás haciendo un favor manteniéndolos en la oscuridad. Deberías avisarles, aunque sea con un mensaje rápido, para que sepan que estás bien.

Takeru levantó la vista hacia ellos, encontrando en sus ojos una mezcla de sinceridad y preocupación. Aunque todavía dudaba, podía sentir la verdad en sus palabras. Hikari y Takuya solo querían ayudarlo.

—Está bien, lo pensaré —dijo finalmente, aunque su tono seguía mostrando cierta resistencia.

—No lo pienses demasiado, hazlo —insistió Takuya con una sonrisa ligera, tratando de aliviar la tensión—. Si quieres, podemos ayudarte a comunicarte con ellos.

Hikari asintió, ofreciéndole una cálida sonrisa.

—Sí, estamos aquí para lo que necesites.

Takeru les devolvió una pequeña sonrisa agradecida. Aunque todavía sentía que cargar con sus problemas era su responsabilidad, no podía ignorar el apoyo que estos dos le ofrecían. Quizás, después de todo, tenía un poco de esperanza en ese pequeño rincón de paz que había encontrado.


Nene sostenía con firmeza el brazo de Kiriha mientras este hacía un esfuerzo por caminar hacia el interior de su departamento. Su rostro mostraba incomodidad, tanto por el dolor físico como por la insistencia de ella.

—De verdad, no es necesario, Nene —murmuró Kiriha con una mueca mientras intentaba zafarse con suavidad del agarre.

—¡Claro que sí es necesario! —replicó Nene con determinación, ajustando su postura para asegurarse de que él no tropezara—. Acaban de operarte, Kiriha. El médico dijo que debías evitar movimientos bruscos y descansar.

Kiriha suspiró y giró levemente la cabeza hacia ella, con una mezcla de resignación y gratitud que no podía ocultar del todo.

—Estás exagerando...

—No, no estoy exagerando —lo interrumpió Nene mientras lo guiaba hasta el sofá. Una vez que estuvo sentado, se inclinó hacia él, ajustándole con cuidado una almohada detrás de la espalda—. Estoy siendo responsable, algo que tú claramente no eres cuando se trata de cuidar tu salud.

Kiriha movió la cabeza con una pequeña sonrisa que trató de esconder. Aunque su orgullo le impedía admitirlo, le conmovía profundamente ver cuán atenta y preocupada estaba Nene por él.

Nene, sin perder tiempo, se dirigió hacia la mesa de centro, donde colocó una bolsa de papel.

—Aquí está todo lo que el doctor recomendó que comieras —anunció mientras sacaba los artículos uno a uno y los colocaba sobre la mesa. Había caldos, frutas frescas, y algunos suplementos.

—Gracias, Nene —dijo Kiriha, observándola con interés mientras ella organizaba todo—. Pero no tienes que hacer esto. Tienes cosas más importantes que atender, como la empresa... y la universidad.

Nene se detuvo un momento, sosteniendo una caja de té en las manos, y lo miró fijamente.

—Llegaré a tiempo —aseguró con un leve encogimiento de hombros—. Antes de irme, necesito asegurarme de que estés bien.

Mientras hablaba, sacó su iPhone de la chaqueta y lo desbloqueó rápidamente.

—Mira, aquí anoté todo lo que dijo el médico —explicó, mostrando la lista en la pantalla—. No debes descuidar tu alimentación, y cuando te asees, asegúrate de evitar movimientos fuertes.

Kiriha la observó en silencio, con una sonrisa suave que no podía contener. Había algo reconfortante en la forma en que Nene manejaba todo con tanta precisión.

—Eres increíble, ¿sabes? —comentó con un tono sincero, lo cual hizo que Nene levantara la mirada, sorprendida.

—¿Eh? —murmuró, algo desconcertada.

—Agradezco que te preocupes tanto por mí, pero no quiero que te estreses. No es necesario que te tomes esto tan en serio.

Nene frunció el ceño, claramente contrariada.

—¡Por supuesto que es necesario! —exclamó, cruzando los brazos—. ¿Te tengo que recordar por décima vez lo que dijo el doctor?

Kiriha dejó escapar una risa baja al ver la expresión determinada en el rostro de Nene.

—Está bien, está bien. Ya entendí, Nene. Eres un muro imposible de derribar cuando te propones algo.

Ella sonrió triunfante y volvió a colocar la caja de té en su lugar.

—Exacto. Así que, por favor, coopera conmigo, ¿sí?

El rubio, inevitablemente, y como nunca había ocurrido con otra persona, la miró con ternura, aunque no dijo nada más. A pesar de su resistencia inicial, le gustaba sentir que alguien se preocupaba tanto por él, incluso si eso significaba ser sermoneado constantemente.


El desayuno avanzaba en un ambiente cálido y relajado, con Takuya, Takeru y Hikari conversando entre risas y bromas ligeras. Sin embargo, Takuya, siempre atento, desvió el tema hacia algo que no había pasado desapercibido para él.

—Takeru —dijo mientras tomaba otro sorbo de jugo—, ¿le avisaste a tu familia que estás aquí?

El rubio, que estaba cortando un trozo de su tostada, detuvo sus movimientos. Levantó la mirada hacia Takuya, visiblemente incómodo con la pregunta.

—No, no lo he hecho —respondió en voz baja, intentando sonar casual.

Hikari y Takuya intercambiaron una mirada significativa. La joven dejó su taza sobre la mesa, inclinándose un poco hacia Takeru con una expresión de preocupación en su rostro.

—¿Por qué no? —preguntó Hikari suavemente.

—No quiero preocuparlos —contestó Takeru, encogiéndose de hombros—. Ellos tienen suficientes cosas de qué ocuparse como para añadir mis problemas a su lista.

Takuya arqueó una ceja, claramente no convencido por la respuesta.

—Vamos, Takeru. Eso no tiene sentido. Tu familia seguramente está preocupada. Si estuviera en su lugar, no podría dormir sin saber dónde estás y si estás bien.

Hikari asintió con rapidez, reforzando las palabras de su primo.

—Takuya tiene razón. Además, tú también necesitas apoyo, y tu familia puede ayudarte. No deberías cargar con todo solo.

Takeru suspiró, dejando el tenedor sobre su plato. Su mirada se perdió en la mesa mientras trataba de encontrar las palabras correctas.

—No entienden... —murmuró—. Ellos ya han tenido que lidiar con tanto por mi culpa. No quiero añadir esto.

El silencio cayó sobre la mesa por un momento. Hikari, sin embargo, no estaba dispuesta a dejar el tema. Se inclinó hacia adelante, tocando suavemente la mano vendada de Takeru.

—Takeru, entiendo que no quieras ser una carga, pero no estás solo. Tu familia te ama, y estoy segura de que preferirían saber dónde estás y qué te ha pasado a vivir con la incertidumbre.

Takuya asintió, apoyándola.

—Hikari tiene razón. No les estás haciendo un favor manteniéndolos en la oscuridad. Deberías avisarles, aunque sea con un mensaje rápido, para que sepan que estás bien.

Takeru levantó la vista hacia ellos, encontrando en sus ojos una mezcla de sinceridad y preocupación. Aunque todavía dudaba, podía sentir la verdad en sus palabras. Hikari y Takuya solo querían ayudarlo.

Takeru permaneció en silencio por un rato después de escuchar las palabras de Hikari y Takuya. Movía los cubiertos distraídamente sobre su plato, su mente claramente atrapada en una batalla interna. Takuya lo observaba con curiosidad, mientras Hikari mantenía una expresión de apoyo incondicional. Finalmente, Takuya rompió el silencio con una sugerencia que hizo que Takeru levantara la vista, algo sorprendido.

—¿Y si llamas a Izumi? —propuso Takuya con tono despreocupado, como si fuera la solución más obvia.

Takeru frunció ligeramente el ceño y luego miró a Takuya.

—¿Izumi? —repitió con cierta incredulidad.

Hikari se iluminó con la idea y asintió rápidamente.

—¡Sí! Es una excelente idea. Izumi es tu sobrina, y sé que te adora. Podrías confiar en ella para que le avise al resto de tu familia de una manera más... cuidadosa.

Takeru ladeó la cabeza, considerando la posibilidad. No podía negar que tenía una relación especial con Izumi. Aunque era joven, siempre había demostrado ser madura y comprensiva, y probablemente entendería por qué él había decidido marcharse de esa manera. Aun así, la idea de involucrarla le causaba cierto conflicto.

—No estoy seguro... —respondió finalmente, dejando escapar un suspiro.

—Vamos, Takeru. —Takuya le dio un suave golpe en el hombro—. Sabes que Izumi es la persona perfecta para esto. Si alguien puede manejar esta situación con delicadeza, es ella.

—Además —intervino Hikari, con una sonrisa tranquilizadora—, no tienes que contarle todo si no te sientes preparado. Solo dile que estás bien y que necesitas que les transmita eso a los demás. Estoy segura de que lo entenderá.

Takeru miró a ambos, alternando su mirada entre el rostro decidido de Takuya y la expresión comprensiva de Hikari. Podía sentir que los dos hablaban con sinceridad, y eso lo ayudó a tomar una decisión. Finalmente, dejó escapar un largo suspiro y asintió lentamente.

—Está bien —dijo con voz suave—. Llamaré a Izumi.

Takuya aplaudió suavemente, sonriendo.

—¡Así se habla! Verás que todo saldrá bien.

Hikari también sonrió, tocando suavemente el brazo de Takeru.

—Estaremos contigo si lo necesitas.

Takeru miró a ambos con una pequeña sonrisa agradecida. Aunque todavía sentía un nudo en el estómago por la conversación que estaba por tener, también se sentía más tranquilo sabiendo que no estaba solo en esto.


La comida se llevó a cabo en uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad, un lugar elegantemente decorado con luces tenues que creaban un ambiente sofisticado y algo íntimo. Yamato se encontraba sentado a la cabecera de la mesa, con Rentaro, el importante accionista con el que estaban haciendo negocios, justo frente a él. A su lado, Haruna (Mimi) ocupaba su lugar, luciendo radiante con un vestido que resaltaba su figura y una sonrisa que, aunque educada, no dejaba de ser encantadora. Yamato había estado esperando esta comida desde hacía días, pero no por las razones que los demás imaginaban.

Rentaro, un hombre de mediana edad con una presencia imponente y modales impecables, no tardó en empezar a mostrarse amable con todos. Su objetivo principal, sin embargo, era evidente: coquetear con Haruna. Desde el principio, sus palabras iban acompañadas de miradas cargadas de intenciones, y Yamato no tardó en notarlo.

Mientras el mesero servía los primeros platos, Rentaro no dejó de lanzar cumplidos a Haruna, asegurándole que su elegancia era tan imponente como la de una reina. Cada vez que hablaba, parecía buscar la reacción de Haruna, y él mismo sonreía de manera que resultaba obvia su atracción.

—Realmente, Haruna, no solo eres encantadora, sino que tu estilo es impresionante. Siempre me impresiona cómo puedes lucir tan perfecta sin esfuerzo alguno. Debo decir que me siento afortunado de estar en tu compañía esta noche. —Rentaro dejó caer su mirada sobre ella con una sonrisita que no pasó desapercibida para Yamato.

Haruna intentaba mantener la compostura, pero era difícil. Para evitar hacer muecas o demostrar su incomodidad bebía, bebía y bebía, una y otra vez de su copa un vino que estaba bastante dulce.

—Gracias, Rentaro, aunque no sé si merezco tantos halagos. — Le dio un sorbo a su copa.

—Eres única.

—No digas eso. Estoy segura de que cualquiera en mi lugar podría hacerlo igual de bien. —Su tono fue suave, pero no faltó una chispa de inteligencia detrás de sus palabras.

Yamato, por su lado, también llevaba varios sorbos de ginebra, en realidad, llevaba dos copas completas, actualmente estaba en su tercera debido a la incomodidad. Guardaba silencio, pero estaba atento a todo lo que sucedía a su alrededor, y no le gustaba. Mientras Rentaro continuaba el flujo de su conversación, intentando hacer que Haruna se sintiera el centro de la atención, Yamato comenzó a sentir un malestar que no podía identificar de inmediato. ¿Por qué la estaba mirando tanto? pensó, mirando cómo Rentaro se inclinaba ligeramente hacia ella, demasiado cerca para su gusto.

Nunca pensó que algo tan simple como una comida de negocios lo haría sentirse así. Pero al ver cómo Rentaro no dejaba de mirar a Haruna, cómo la hacía reír con esos comentarios descaradamente coquetos, Yamato no pudo evitar que un sentimiento de irritación lo invadiera.

—¿Y tú, Yamato? —Rentaro interrumpió sus pensamientos con una sonrisa—. ¿Qué opinas de mi restaurante? ¿Te parece bueno? —Su voz era suave, pero sus ojos nunca se apartaban de Haruna, como si quisiera ganar su atención completamente.

Yamato, un tanto irritado por la situación, asintió sin mucho entusiasmo, intentando mantener la compostura.

—Sí, es un buen lugar. La comida es…buena. —respondió, apretando ligeramente los dientes, mientras su mirada no dejaba de moverse hacia Rentaro, que en ese momento no dejaba de elogiar a Haruna.

—Me alegra escuchar eso. —Declaró.

La comida continuó. Yamato vacío su tercera copa, comenzó la cuarta e iba a la mitad de ella cuando, Rentaro nuevamente comenzó.

Rentaro, con una sonrisa picaresca, notó el cambio en el tono de Yamato y decidió profundizar aún más en sus coqueteos.

—A veces me pregunto si una mujer tan inteligente como tú, Haruna, tiene algún secreto para ser siempre tan encantadora. Estoy seguro de que tienes una historia fascinante. —Rentaro se inclinó un poco más cerca de ella, demasiado para el gusto de Yamato.

Haruna se sintió más incómoda, pero trató de mantener la conversación cordial y profesional.

—No tengo secretos, Rentaro. Creo que es cuestión de gusto y… práctica. Pero agradezco tus palabras. —respondió mientras otro sorbo de vino, manteniendo su mirada fija en Rentaro para no mostrar incomodidad.

A Yamato le pareció que la situación ya estaba más allá de lo que podía soportar. No estaba acostumbrado a ver a nadie, especialmente a un hombre, tan cercano a Haruna. Y mucho menos tan obvio en su interés por ella.

De repente, un pensamiento le cruzó por la mente: ¿Por qué me molesta tanto esto?

¡No tenía sentido!

Pero sí. ¡Estaba enojado porque Rentaro coqueteaba con Haruna! Algo dentro de él, algo instintivo, no quería ver a ese sujeto con su atención fija en ella. Prácticamente quería golpearlo por esas palabras que le daba.

Rentaro continuó con su juego de palabras, claramente disfrutando de la tensión que había generado.

—Si alguna vez vienes a Italia y quieres estar con alguien de confianza, Haruna, no dudes en llamarme. Estoy seguro de que podríamos tener una conversación bastante interesante. —su voz estaba llena de una seguridad presuntuosa, y la sonrisa que le dedicó a Haruna era, por decir lo menos, provocativa.

Haruna frunció ligeramente el ceño, sintiendo que Rentaro había cruzado la línea, pero se mantuvo calmada, a pesar de la incomodidad que comenzaba a crecer en su interior. No quería hacer un escándalo por algo que podría manejar con diplomacia. Sin embargo, no pudo evitar notar cómo Yamato, que hasta ese momento había estado relativamente tranquilo, se tensó visiblemente en su asiento.

—No creo que quiera perder su tiempo contigo, ¿eh? —La voz de Yamato, firme y cortante, interrumpió la conversación de manera tajante.

Rentaro, visiblemente sorprendido por la respuesta directa de Yamato, levantó una ceja con un aire de desconcierto. Intentó sonreír para suavizar el golpe, pero la tensión en la mesa había crecido considerablemente.

—¿Por qué dices eso? —Rentaro replicó con un tono que insinuaba incredulidad, pero también un leve desafío. Su sonrisa, antes confiada, comenzó a desvanecerse.

Yamato no vaciló en su respuesta.

—Porque Haruna es una persona educada. No perderá su tiempo con tus coqueteos absurdos. —La frialdad en sus palabras era clara, y la mirada fija en Rentaro no dejaba lugar a dudas. Aquello no era una conversación amistosa, sino una línea establecida que no pensaba permitir que cruzara más.

Haruna se quedó paralizada, sorprendida por lo brusco de la respuesta de Yamato. ¿Por qué se había enojado tanto? Era una pregunta que resonaba en su cabeza mientras su mirada buscaba la de él. Sus ojos se encontraron por un segundo, pero Yamato no le devolvió la mirada. En cambio, estaba mirando su copa, evitando cualquier contacto visual.

Mimi se giró hacia Rentaro para intentar suavizar la atmósfera, pero no había nada que pudiera hacer. Rentaro, aunque un poco desconcertado, no insistió más.

—¡Hey! Tranquilo. Solo quiero ser amable con la señorita. No tienes por qué enojarte. —dijo Rentaro, con un tono que intentaba, en vano, aliviar la tensión, aunque era evidente que la incomodidad era mutua.

El resto de la comida transcurrió en un silencio tenso, el aire se sentía pesado, como si todos pudieran sentir la creciente incomodidad, pero nadie sabía cómo romperla. Haruna intentó centrarse en su comida, pero las palabras de Yamato seguían resonando en su mente. ¿Por qué estaba tan molesto? ¿Qué significaba todo esto?

La noche se alargó, y al fin, Yamato rompió el silencio con voz suave, pero decidida.

—Es hora de irse, Haruna. —Su tono era diferente al de antes, más bajo y algo más cálido. Se levantó de su asiento y, tras un breve intercambio de miradas con Rentaro, comenzó a caminar hacia la salida, señalando que el tiempo apremiaba. —No tenemos tiempo para perder.

Haruna se levantó rápidamente, agradecida por el cambio de tema, aunque la incomodidad persistía. A medida que ambos avanzaban hacia la puerta, el ambiente seguía cargado de algo inexplicable. El aire estaba espeso, y ni siquiera las palabras corteses que intercambiaron con Rentaro al despedirse fueron capaces de aliviar la tensión palpable.


Mientras tanto en el departamento de los primos Kanbara, Takuya e Hikari se encontraban junto a Takeru que estaba recostado en el sofá, su brazo izquierdo vendado de manera improvisada y apoyado en un cojín. Aunque intentaba proyectar tranquilidad, su incomodidad era evidente en las veces que ajustaba su posición con un gesto de dolor reprimido.

Hikari estaba de pie junto a él, nerviosa. Su mirada alternaba entre Takeru y el reloj de la pared, que parecía moverse con una lentitud insoportable.

—¿Estás seguro de que Izumi vendrá? —preguntó finalmente, rompiendo el silencio con su tono suave pero cargado de preocupación.

—Sí, le expliqué rápidamente la situación. —Takeru hizo una pausa, desviando la mirada hacia la ventana—. No entendía mucho, pero dijo que vendría.

—Espero que no esté preocupada.

Hikari le lanzó una mirada de advertencia.

—Takuya, no empieces.

Pero antes de que pudiera responder, el timbre resonó en el departamento, haciendo que todos se tensaran por un instante.

—Yo voy. —Takuya dejó la botella sobre la mesa y se dirigió hacia la puerta con pasos rápidos, como si quisiera adelantarse a cualquier comentario.

Cuando abrió la puerta, su expresión pasó de una expectante neutralidad a una mezcla de sorpresa y desagrado. Frente a él estaba Izumi, luciendo una chaqueta oscura y su inseparable bolso colgando del hombro. Pero no estaba sola. A su lado estaba Kouji, con las manos en los bolsillos y una expresión de incomodidad apenas disimulada que rápidamente se tornó hostil al encontrarse con la mirada de Takuya.

—Izumi...—El moreno pronunció el nombre de la chica y luego dirigió su mirada hacia...ese tipo.

—Takuya, —dijo la rubia, sin percatarse de la tensión inmediata—, vine tan rápido como pude.

Kouji, por su parte, no pudo evitar fruncir el ceño al observar a Takuya.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó.

—¿Te importa?— Cuestionó el oji-azul.

—No...—Takuya cruzó los brazos, apoyándose casualmente contra el marco de la puerta mientras esbozaba una sonrisa sarcástica— Pero estás justo fuera de mi departamento.

El Minamoto rodó los ojos: —¿Qué no es evidente idiota?— Preguntó—Vengo acompañando a mi novia.

¿Idiota?

—¿Acompañar?— Preguntó el moreno— ¡Wow! Pensé que personascomo tú no venían a lugares como estos.

—Generalmente no...—Respondió el oji-azul—Pero no iba a dejar que mi novia viniese sola...

—¿Por qué?—Cuestionó Takuya—¿Crees que le sucederá algo?

—Es probable.—Contestó Kouji— De personas como tú se puede esperar cualquier cosa.

Takuya rodó los ojos: —¿Y de ti? Solo puedo esperar dinero ¿no?—Comentó—Deberías tener cuidado ¿e? No vaya a ser que por venir por estos lados te quedes sin tus tarjetas de crédito.

—Al menos tengo. No como tú...

Izumi lanzó un suspiro audible, claramente irritada.

—¡Ya basta los dos! —interrumpió, cruzándose de brazos—. Vine porque Takeru me necesita, y Kouji insistió en acompañarme. ¿Podemos entrar o van a quedarse aquí compitiendo en quién tiene la peor actitud?

—Por favor, pasen. —La voz de Hikari llegó desde el fondo, quien se apresuró a acercarse para suavizar el ambiente.

Izumi entró al departamento, avanzando directamente hacia el sofá donde estaba Takeru, ignorando deliberadamente la mirada cargada de significado que Kouji y Takuya intercambiaron al cruzarse en la entrada.

—Takeru, ¿qué te pasó? —preguntó Izumi, inclinándose hacia él mientras comenzaba a revisar la venda improvisada.

—Un pequeño accidente —respondió Takeru, intentando restarle importancia, aunque no podía ocultar el dolor en su rostro.

Kouji permaneció de pie junto a la puerta, observando a Takeru con una mezcla de escepticismo y desagrado, mientras que Takuya cerró la puerta con un golpe más fuerte de lo necesario y se recargó contra la pared, mirándolo de reojo.

—¿Qué tan grave es? —preguntó Hikari, su tono lleno de preocupación mientras se colocaba junto a Izumi.

—No parece haber fractura, pero necesito limpiar mejor la herida y cambiar este vendaje. —Izumi buscó algo en su bolso mientras hablaba, enfocada en la tarea.

—Gracias por venir, Izumi. —La voz de Takeru era suave, y su mirada reflejaba gratitud genuina.

—Aunque no era necesario venir acompañada.— Declaró Takuya.

Kouji fijó su mirada en Takuya: —¿Crees que dejaré el camino fácil con mi novia?

—¡Kouji!— Izumi regañó a su novio.

Takuya levantó una ceja, claramente disfrutando del desafío.

—No busco eso.—Declaró— ¿Eres tan inseguro de ti mismo que tienes venir como niñera para evitar que Izumi te deje por estúpido?

La tensión en la sala era palpable, tanto que incluso Izumi, normalmente capaz de ignorar los comentarios sarcásticos, se detuvo y los fulminó con la mirada.

—¿Podemos dejar nuestras diferencias para otro momento? —dijo con firmeza, volviendo a concentrarse en Takeru—. Esto es serio, y no tengo tiempo para sus rivalidades infantiles.

Hikari asintió rápidamente, tomando la mano de su novio.

—Izumi tiene razón. Lo importante ahora es Takeru.—Declaró— No su pelea.

Aunque Kouji y Takuya parecían estar a punto de decir algo más, ambos guardaron silencio, aunque sus miradas seguían lanzando chispas. La noche prometía ser larga, y todos sabían que el enfrentamiento apenas comenzaba.


Al caminar por el pasillo del restaurante, Haruna notó que Yamato parecía más pensativo de lo habitual. Su mirada estaba fija en el suelo, y su paso, aunque firme, no tenía la seguridad que normalmente lo caracterizaba. Haruna, aunque aún curiosa por su reacción, decidió no preguntar por el momento. ¿Por qué debía preguntar? se dijo a sí misma, ¿No era eso un asunto de él?

Sin embargo, a medida que avanzaban hacia la salida y se acercaban al coche que los esperaba, ambos comenzaron a sentir los efectos del alcohol. Haruna lo notó cuando un ligero mareo la hizo sostenerse de la pared para equilibrarse. Miró hacia Yamato y vio que él también parecía estar ligeramente afectado, su paso un poco más lento, como si estuviera calculando cada movimiento.

—Señor Ishida... —dijo suavemente, dejando que el tono informal de la conversación se asomara, mientras la curiosidad en su voz era evidente—. ¿Por qué debía sacarme de esa forma de ahí?

Yamato, que había estado caminando en silencio, se detuvo por un momento, como si las palabras de Haruna lo hubieran despertado de un trance en el que se había sumido. Levantó la mirada, aunque no directamente a los ojos de Haruna, y respiró profundamente antes de responder.

—No estaba a gusto —respondió de forma breve, como si sus propias palabras le resultaran demasiado simples para la complejidad de la situación.

Haruna frunció el ceño, la confusión reemplazando a su ligero mareo.

—¿No estaba a gusto? —repitió, aunque con un tono más firme, buscando entender mejor. El vino había diluido sus inhibiciones, y algo en la respuesta de Yamato la inquietaba aún más. —Pero... ¿por qué? ¿Qué fue lo que te molestó tanto?

Yamato guardó silencio por un momento, su mirada fija en el horizonte. Podía sentir el peso de la pregunta en sus hombros, pero las palabras se le atascaban en la garganta. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué había reaccionado de esa forma?

Finalmente, después de un largo suspiro, Yamato respondió, pero con una honestidad inesperada, como si la situación lo obligara a revelar más de lo que quisiera:

—Es que... —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Me molestó ver cómo Rentaro... cómo te hablaba. —El tono de su voz se volvió más grave, y por un momento, Haruna se dio cuenta de que su reacción había sido más personal de lo que pensaba. —Lo vi acercarse a ti de una forma que... no me gustó. No quiero que te sientas incómoda, pero no pude quedarme quieto viéndolo... —sus palabras se quedaron en el aire, sin una conclusión clara.

Mimi lo miró, sorprendida. Nunca había visto a Yamato tan... vulnerable. Los celos, algo tan humano, lo habían afectado de una manera que no esperaba. El efecto del alcohol solo parecía intensificar la confesión, pero no pudo evitar sentir una extraña mezcla de confusión y comprensión hacia él.

—¿Celos? —preguntó suavemente, como si al decirlo en voz alta pudiera entender mejor lo que acababa de escuchar. Yamato no respondió de inmediato, pero su expresión era suficiente respuesta. Un leve rubor en sus mejillas, que no pudo disimular, delataba su incomodidad.

Haruna, por su parte, no sabía exactamente cómo reaccionar. Algo en su interior se revolvía al darse cuenta de que Yamato no solo estaba preocupado por su bienestar, sino que su reacción había sido más... protectora. ¿Qué significaba eso entre ellos? La pregunta quedó flotando entre ambos, sin respuesta.

A pesar de la tensión, Haruna decidió no profundizar más en ese momento. Con una ligera sonrisa en sus labios, intentó aligerar el ambiente.

—Creo que necesitamos un poco de aire, ¿no? —dijo, tratando de suavizar la situación. Yamato asintió, aunque su mirada seguía perdida en sus propios pensamientos.

Ambos caminaron hacia el coche, el silencio entre ellos, aunque menos denso que antes, seguía cargado de esa extraña tensión. El aire fresco los rodeaba mientras el coche arrancaba, llevándolos en dirección a lo que vendría después.

Mimi notó que su cabeza daba vueltas. El mareo leve que había sentido minutos antes comenzaba a intensificarse, pero, a pesar de todo, una extraña claridad le mantenía alerta. Cuando se acercó al coche, tropezó ligeramente y tuvo que apoyarse en el brazo de Yamato para mantener el equilibrio. La proximidad entre ellos fue inmediata, y un estremecimiento recorrió su cuerpo, aunque no estaba segura de si era por el alcohol o por la cercanía inesperada de Yamato.

Él, por otro lado, tampoco podía ignorar lo cerca que estaba de ella. La fragancia de su perfume, la suavidad de su piel, todo parecía amplificarse en ese momento, como si el mundo a su alrededor se desvaneciera por un instante. Yamato podía sentir la calidez de su cuerpo cerca del suyo, y algo en su interior se revolvía.

Ambos se miraron, y el silencio que se instaló entre ellos fue pesado, casi cargado de electricidad. El coche los esperaba, pero en ese preciso instante, el mundo a su alrededor parecía detenerse. Mimi notó cómo su respiración se volvió más irregular a medida que el espacio entre ellos se reducía más. No había ni un centímetro de distancia entre sus cuerpos, y ella no podía dejar de notar cómo su pecho se alzaba con cada inhalación, como si necesitara aire para poder pensar. Pero el ambiente se sentía tan denso que le era difícil hacerlo.

Yamato, aunque en su mayoría seguro de sí mismo, no pudo evitar sentirse atrapado por la vulnerabilidad que sentía al tenerla tan cerca. Algo en su pecho latía con fuerza, y se dio cuenta de que no podía controlarlo. El alcohol había hecho mella en sus reflejos, y sus movimientos parecían más lentos, menos calculados, más impulsivos.

—Haruna... —su voz salió baja, casi un susurro, pero suficiente para que ella lo escuchara. Mimi lo miró, un brillo intenso en sus ojos, y por un segundo, él vio algo que no había visto antes: algo más allá de la distancia que siempre mantenía entre ellos, algo más cercano a lo que él sentía en su interior, un deseo reprimido.

Pero ella no dijo nada. La tensión era tan densa que cada palabra no dicha solo aumentaba la intensidad de la situación.

Yamato estaba hipnotizado, estaba tan cerca de ella, el calor de su cuerpo lo invadía, y la fragancia suave de su perfume lo envolvía. En su mente, no podía dejar de pensar en lo que había sucedido la noche anterior, en la tensión acumulada, en las palabras no dichas, en las miradas furtivas. Y ahora, aquí, con ella tan cerca, no podía ignorarlo más.

Con un gesto casi imperceptible, Yamato levantó una mano y acarició suavemente los labios de Mimi, con un toque ligero, como si estuviera probando algo, buscando una respuesta, o tal vez simplemente dándose permiso para hacerlo. La sensación de su dedo sobre sus labios la hizo temblar. Mimi lo miró, sorprendida y desconcertada, como si su cuerpo no supiera qué hacer con esa caricia.

—¿Qué haces? —su voz salió baja, pero el temblor en sus palabras no pasó desapercibido. Sus ojos, abiertos de par en par, se encontraron con los de Yamato, buscando alguna explicación.

Yamato, sin apartar la mirada de ella, parecía completamente absorbido por lo que acababa de hacer. Un suspiro escapó de sus labios, y sus ojos, llenos de algo indefinible, brillaban con intensidad.

—Desde la noche anterior... no dejo de pensar en tus labios —su voz era suave, pero cada palabra llevaba un peso inmenso. Se acercó un poco más, su respiración cercana y profunda. —Quiero besarlos, Haruna.

Mimi abrió los ojos con sorpresa. Algo dentro de ella se despertó, una mezcla de confusión y deseo reprimido, pero también una pequeña parte de su ser intentaba resistirse. Algo dentro de ella sabía que no debía dejar que esto sucediera, que no debía ceder a lo que Yamato quería, lo que él estaba sugiriendo tan abiertamente.

—No... —intentó decir, pero su voz era débil, como si no creyera realmente en lo que estaba diciendo. Sus palabras eran casi un susurro, un intento de detener lo que estaba por suceder, pero algo en su interior la mantenía paralizada. Su cuerpo, por un instante, no respondía como ella lo esperaba.

Yamato no necesitaba más. No esperó una respuesta verbal, porque ya lo sabía: la cercanía entre ellos, el magnetismo inexplicable que los había unido durante toda la noche, era mucho más fuerte que cualquier palabra. Sus labios encontraron los de Mimi, primero suavemente, apenas un roce, como si el mundo entero estuviera suspendido en ese beso.

Mimi se quedó inmóvil al principio. El contacto, aunque esperado en el fondo, la desbordó. El beso de Yamato no era tierno ni suave. Era intenso, apasionado, como si toda la acumulación de tensiones entre ellos se estuviera desbordando en ese único momento. Mimi intentó apartarse, pero él la mantenía cerca, sin dejar espacio entre sus cuerpos.

Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Por un segundo, se olvidó de todo lo que la había llevado a resistirse, de todo lo que había decidido antes de ese momento. El alcohol en sus venas, la cercanía con Yamato, la manera en que lo deseaba, todo eso la hacía sentirse perdida. Intentó separarse, pero él la sostuvo con más firmeza, y el beso se profundizó.

La confusión que sentía era total. ¿Por qué estaba permitiendo esto? ¿Por qué su cuerpo le respondía así? En algún lugar de su mente, sabía que no debía dejarse llevar, pero el deseo que sentía por él, la intensidad del momento, la calidez de su cuerpo cerca del suyo, la desbordaban.


La sala del departamento estaba iluminada tenuemente, el ambiente impregnado de una tensión palpable que ni siquiera la luz cálida podía disipar. Izumi se sentaba en el borde del sofá, con las manos cruzadas sobre sus rodillas, mirando con preocupación a Takeru, quien se recostaba en el mismo mueble, tratando de mantener una postura relajada. Sus heridas, sin embargo, hablaban de algo que no podía tomarse a la ligera. Kouji permanecía de pie, con los brazos cruzados y una expresión de creciente incomodidad mientras observaba la escena.

—¿Qué te sucedió? —preguntó Izumi, su voz cargada de preocupación mientras se inclinaba un poco hacia su tío, sin apartar la mirada de las vendas en su brazo.

Takeru suspiró, desviando la vista hacia la mesa frente a ellos como si buscara minimizar la importancia del asunto.

—Tuve un pequeño incidente. Nada de qué preocuparse.

—¿Pequeño incidente? —repitió Izumi, alzando las cejas con incredulidad—. ¿Por qué no me llamaste antes?

—No quería preocuparte, Izumi. —La voz de Takeru era tranquila, casi resignada, mientras volvía a mirarla con una leve sonrisa—. Estoy bien, de verdad.

—¿No querías preocuparme? —replicó Izumi, visiblemente alterada—. ¡Takeru, somos familia! ¿Cómo no me ibas a llamar?

Takeru suspiró de nuevo, alzando ligeramente las manos en señal de rendición.

—No fue grave, Izumi. No había necesidad de alarmarte por algo tan simple.

Sin embargo, Kouji, quien había permanecido en silencio hasta ese momento, frunció el ceño al escuchar esas palabras. Había algo en el tono de Takeru que le parecía forzado, una mentira disfrazada de tranquilidad.

—¿Simple? —interrumpió Izumi, señalando las vendas—. ¡Mírate! El tamaño de esas heridas dice lo contrario.

—Estoy bien —repitió Takeru, esta vez con un tono más firme, aunque trató de sonreír para calmarla—. Te prometo que no es nada grave.

Kouji hizo una mueca casi imperceptible, pero suficiente para que Hikari y Takuya intercambiaran miradas desde su posición junto a la cocina. Parecía claro que no creía en las palabras de Takeru.

—Takeru necesito hablar contigo. —La voz de Kouji cortó la conversación de manera abrupta.

Ambos rubios voltearon hacia ella.

Izumi lo miró, desconcertada por la interrupción.

—¿Hablar? —preguntó, ladeando la cabeza—. ¿Hablar de qué?

Kouji asintió, con la mandíbula apretada.

—A solas.—Dirigió su mirada hacia Hikari y Takuya—¿Nos permiten un momento? Por favor.

Ambos intercambiaron miradas sorprendidos de la petición.

Izumi parpadeó, visiblemente confundida.

—¿A solas? ¿Por qué?

—Es algo entre él y yo. —Kouji mantuvo su tono firme, aunque sus ojos se desviaron brevemente hacia Takeru, quien levantó una ceja con curiosidad.

—Considerando que están en casa ajena no deberían andar con secretos.— Comentó el moreno.

—¡Takuya!— Hikari regañó a su primo y luego dirigió su mirada a Kouji con Takeru— Ignoren lo que dice.

Takeru pasó su mirada por Kouji.

—Tk, necesitamos hablar.—Insistió el Minamoto con seriedad— Y si no hablamos a solas, entonces iremos al pasillo de afuera.

—No te preocupes...—Comentó el Ishida— Hikari ¿nos podrían prestar algún lugar para hablar?

La nombrada asintió.

—¿Qué es tan importante que no puedes decirlo delante de mí? —insistió Izumi, su tono mezclando confusión y una leve dosis de reproche.

Kouji frunció el ceño, dejando escapar un suspiro exasperado.

—¡Izumi! ¿Por qué tantas preguntas? —respondió, su tono más brusco de lo que pretendía.

La rubia bajó la mirada, visiblemente herida por la dureza de las palabras de su novio.

—Solo... quiero saber.

Kouji respiró hondo, intentando recuperar la calma, aunque su molestia aún era evidente.

—Necesito hablar con Takeru. Por favor.

Izumi asintió lentamente, sus ojos todavía fijos en el suelo.

Hikari, que había estado observando con atención, decidió intervenir para suavizar la tensión. Se acercó a la rubia con una sonrisa amable y le puso una mano en el hombro.

—Querida, ¿por qué no esperamos en la cocina?.

La rubia miró a Hikari, agradeciendo silenciosamente el gesto, y asintió de nuevo.

La castaña observó a su novio— Si quieren pueden hablar en la habitación de ahí.— Señaló la habitación recién limpia que era de su madre.

—Gracias Hikari.—Takeru se levantó del sofá con cierta reluctancia y junto a Kouji ingresaron en la habitación cerrando la puerta tras ellos.

—¿De qué quieren hablar a solas?—Musitó Takuya.

—Ni idea.


Kouji cerró la puerta detrás de él y se acercó al sofá, observando a Takeru con una mirada intensa.

—¿Qué demonios está pasando realmente, Takeru? —preguntó Kouji, sin preámbulos.

El rubio levantó la mirada, sorprendido por el tono directo de su amigo.

—Te dije que no es grave...

—No me vengas con eso. —Kouji lo interrumpió, su tono bajo pero cargado de seriedad—. Algo no encaja, y tú lo sabes. ¿Quién te hizo esto? ¿Y por qué lo estás ocultando? ¡Llevas desde antenoche desaparecido!

La conversación apenas comenzaba, y la tensión que llenaba la sala prometía que las respuestas no serían fáciles de obtener.

—Ya te dije que nada...

—Takeru...—El Minamoto se cruzó de brazos—¿Enserio crees que te voy a creer?—Cuestionó— Llevamos años siendo amigos. Sé muy bien cuando mientes. Dime ¿qué sucedió?

La insistencia de Kouji era implacable, y Takeru dejó escapar un suspiro pesado mientras bajaba la cabeza, como si el peso de la verdad que ocultaba comenzara a aplastarlo.

El silencio que se formó entre ambos era denso, casi sofocante. Kouji lo miraba, esperando, mientras Takeru parecía librar una batalla interna. Pasaron varios segundos antes de que el rubio finalmente hablara, su voz cargada de una mezcla de resignación y cautela.

—No quería que nadie se enterara... —murmuró, aún sin levantar la mirada.

—¿Enterara de qué? —Kouji dio un paso adelante, su tono más suave pero igual de firme—. Sea lo que sea, puedes decírmelo.

Takeru permaneció en silencio unos momentos más, apretando los puños sobre sus rodillas mientras sus pensamientos giraban caóticamente. Finalmente, levantó la cabeza y fijó su mirada en Kouji, sus ojos reflejando una mezcla de dolor y vergüenza.

—Fue Hiroaki... —dijo en voz baja, como si temiera que pronunciar el nombre en voz alta le diera más poder al hombre.

Kouji frunció el ceño de inmediato, su cuerpo tensándose al escuchar ese nombre.

—¿Tu padre? ¿Qué hizo ahora?

Takeru tragó saliva, buscando las palabras correctas para explicarlo sin revivir los detalles más oscuros.

—Quiso castigarme... por estar con Hikari. —Su voz tembló ligeramente al decirlo, pero continuó antes de que Kouji pudiera interrumpir—. Dice que no es "apropiado" que esté con alguien como ella.

El rostro de Kouji se endureció, su mandíbula apretándose mientras trataba de contener la rabia que comenzaba a arder en su interior.

—¿Y cómo se atrevió a castigarte? —preguntó, su tono más bajo pero con un filo peligroso.

Takeru desvió la mirada, incapaz de sostener la intensidad de los ojos de Kouji.

Kouji se quedó inmóvil, procesando las palabras de Takeru. Sus ojos se entrecerraron con incredulidad y una mezcla de furia comenzaba a formarse en su interior.

—¿Qué? —preguntó, su voz grave y llena de asombro—. Pero... ¿cómo rayos?

Hiroaki Ishida siempre había sido una figura imponente, un hombre cuya autoridad era incuestionable. Sin embargo, incluso con su historial, Kouji nunca había pensado que llegaría a algo tan drástico con Takeru. Contra Yamato, sí. Ese era un secreto a voces que pocos conocían. Pero contra su hijo menor... eso era inaudito.

—No quiere que esté con Hikari. —Declaró Takeru con frialdad, mirando a Kouji directamente por primera vez desde que comenzó la conversación.

Kouji apretó los puños, sus nudillos blanqueando mientras trataba de contener su rabia.

—¿Lo ves?— Preguntó— Te dije que estar con esta chica te traería problemas.

Takeru levantó la cabeza bruscamente, sus ojos azules brillando con una mezcla de incredulidad y furia contenida.

—¿Cómo puedes decir eso? —respondió, su voz baja pero cargada de emoción—. ¿De verdad crees que esto es culpa de Hikari?

Kouji no retrocedió, manteniéndose firme, aunque en el fondo sabía que había tocado un tema delicado.

—No estoy diciendo que sea su culpa. —Su tono era defensivo, pero no buscaba pelea—. Pero tú sabías que tu padre nunca iba a aceptar esta relación. Te lo advertí, Takeru. Y ahora mira en qué situación estás.

—¿Advertirme? —La amargura en la voz de Takeru era palpable—. ¿Crees que no lo sabía? ¿Crees que no soy consciente de lo que Hiroaki es capaz de hacer?

Kouji suspiró, cruzándose de brazos de nuevo mientras intentaba calmarse.

—No estoy de tu lado ni del de él. —Hizo una pausa, eligiendo sus palabras cuidadosamente—. Solo quiero que entiendas que no puedes enfrentar esto solo.

—No estoy solo. —Takeru lo miró fijamente, con una convicción renovada—. Tengo a Hikari. Y aunque Hiroaki me encierre mil veces, no voy a dejarla.

Kouji negó con la cabeza, frustrado.

—Esto no es solo sobre amor, Takeru. Es sobre tu seguridad, tu bienestar. ¿Qué pasa si la próxima vez va más allá?

El rubio apretó los labios, la pregunta resonando en su mente. Sabía que Kouji tenía razón en parte, pero rendirse no era una opción.

—Entonces tendré que encontrar una forma de protegerme, de protegernos. —Sus palabras eran un desafío, no solo para Kouji, sino para el destino que parecía empeñado en separarlo de Hikari—. Pero no voy a vivir mi vida bajo el miedo de lo que él pueda hacer.

Kouji observó a su amigo por un momento, estudiando su determinación. Finalmente, dejó escapar un suspiro pesado, como si aceptara que discutir más no cambiaría nada.


Hikari observó a Izumi, notando la manera en que la rubia jugueteaba con sus manos, evitando mirar a nadie directamente. Había algo frágil en su postura, una vulnerabilidad que no solía mostrar. La castaña se acercó a ella con una sonrisa tranquila, tratando de reconfortarla.

—Izumi, no estés triste. —dijo suavemente, posando una mano sobre el hombro de la rubia.

Izumi levantó la mirada, pero sus ojos brillaban con una mezcla de confusión y desánimo.

—No estoy triste... —murmuró, aunque su tono no tenía la fuerza para respaldar sus palabras—. Es solo que... siento que Kouji me está dejando de lado.

Hikari suspiró, sentándose junto a ella.

—Estoy segura de que no es así. Kouji es tu novio, dudo que quiera hacerte sentir mal.

Este comentario de Hikari provocó que Takuya rodase los ojos. Acaso ¿olvido lo que le contó de ese sujeto?

. Solo debe ser algo que necesita resolver con Takeru.

—¿Entonces por qué no puede decirlo delante de mí? —preguntó Izumi, con un tono que oscilaba entre la tristeza y la frustración—. No entiendo por qué tiene que ser un secreto.

Antes de que Hikari pudiera responder, Takuya, que había estado observando desde la cocina, decidió intervenir.

—¡Vamos, Izumi! —exclamó mientras se acercaba, con ese tono despreocupado que lo caracterizaba—. De seguro no es nada importante. Esos dos tienen un historial de hacer un drama de las cosas más simples.

Izumi lo miró con escepticismo, pero algo en la forma relajada de Takuya la hizo querer creerle.

—¿Crees que no es importante? —preguntó con un deje de esperanza en la voz.

Takuya asintió con seguridad, sentándose frente a ella.

—Absolutamente. Kouji no es de esos tipos que se meten en cosas serias sin razón. Y si Takeru estuviera en peligro o algo así, ya nos habríamos enterado. Confía en mí, solo están discutiendo alguna tontería.

Izumi quiso aferrarse a esas palabras, pero aún sentía el peso en su pecho.

—Es difícil... —admitió, con la voz temblorosa—. Es difícil no pensar que hay algo más.

Takuya la miró por un momento, como si estuviera evaluando qué más decir para animarla. Finalmente, chasqueó los dedos y se levantó con energía.

—¡Un momento! Tengo algo perfecto para subir el ánimo.

Izumi lo observó con curiosidad mientras él se dirigía a la cocina. Hikari lo miró con una ceja arqueada, preguntándose qué estaba tramando su primo.

—¿Qué estás haciendo ahora, Takuya? —preguntó la castaña, con una mezcla de exasperación y diversión.

—Confía en mí, prima. —respondió Takuya mientras rebuscaba en un pequeño contenedor. Finalmente, sacó un plato con una sola galleta grande de avena, perfectamente redonda y con un aroma que llenó la habitación.

Se acercó a Izumi, sosteniendo el plato frente a ella con una sonrisa radiante.

—Toma, esto es lo que necesitas.

Izumi lo miró, desconcertada.

—¿Una galleta?

—No cualquier galleta. —respondió Takuya, con un tono teatral—. ¡Las galletas de Hikari son las mejores! Te prometo que suben el ánimo.

Hikari se ruborizó ligeramente, negando con la cabeza.

—Takuya, no exageres.

—¿Exagerar? —Takuya la miró con fingida indignación—. ¡Prima, no seas modesta! Estas galletas son legendarias.

Izumi tomó la galleta con cuidado, todavía algo escéptica, pero el aroma dulce y cálido ya estaba trabajando en calmarla. Le dio un pequeño mordisco, y sus ojos se abrieron con sorpresa.

—¡Está deliciosa! —exclamó, llevándose una mano a la boca mientras saboreaba el bocado—. De verdad, está buenísima.

Takuya sonrió ampliamente, cruzándose de brazos con satisfacción.

—Lo supuse.

Izumi le dio otro mordisco, esta vez más grande, y asintió mientras masticaba.

—Es increíble. Tiene un sabor único, como si estuviera hecha con algún ingrediente especial.

—El ingrediente especial es el talento de Hikari. —dijo Takuya, guiñándole un ojo a su prima, quien rodó los ojos, aunque no pudo ocultar una sonrisa.

—Es cierto. —añadió Izumi, mirando a Hikari con admiración—. Deberías dedicarte a la repostería, Hikari. Esta galleta es mejor que cualquier cosa que haya probado en una tienda.

Hikari se rió suavemente, aún sonrojada.

—Gracias, Izumi. Me alegra que te haya gustado.

—Me ha encantado. —respondió Izumi, mientras terminaba la galleta—. Creo que Takuya tenía razón, esto sube el ánimo.

Takuya hizo un gesto de triunfo, señalándose a sí mismo.

—¿Lo ven? Siempre tengo razón.

Izumi rió por primera vez en lo que parecía una eternidad, y Hikari sonrió al ver cómo el ambiente se aligeraba.

—Gracias. —dijo Izumi, mirando a ambos—. A veces, algo tan simple como una galleta puede hacer una gran diferencia.

—¡Especialmente si es de Hikari! —añadió Takuya, ganándose una nueva risa de las chicas.

Por un momento, la tensión que había sentido Izumi se desvaneció, reemplazada por el calor de la amistad y una galleta verdaderamente deliciosa.


Haruna se apartó bruscamente, sus manos temblando mientras empujaba suavemente el pecho de Yamato para crear distancia entre ellos. Su respiración era rápida, y su mente estaba llena de un caos de emociones.

—No... no sigas, Yamato. —dijo con voz quebrada, sus ojos buscando los de él con desesperación—. Esto no está bien.

Yamato frunció el ceño, su expresión cambiando de pasión a algo parecido a la frustración. Dio un paso atrás, pero no apartó la mirada de Haruna, como si intentara descifrar lo que pasaba por su mente.

—¿Por qué no está bien? —preguntó, su voz baja pero cargada de emoción—. ¿Es por Sora?

Haruna asintió lentamente, tratando de mantener la compostura.

—Sí, Yamato. Sora es tu esposa. La madre de tus hijas. —Su voz se endureció ligeramente, aunque todavía había un dejo de tristeza en ella—. No puedes hacer esto... no conmigo.

Yamato hizo una mueca, llevándose una mano al cabello, despeinándolo con frustración.

—Lo sé. —admitió, dejando escapar un suspiro pesado—. Sé que estoy casado, Haruna, pero... —se interrumpió, mirando al suelo por un momento antes de levantar los ojos hacia ella nuevamente—. Pero no puedo evitarlo.

Haruna negó con la cabeza, retrocediendo un poco más para mantener la distancia.

—Claro que puedes evitarlo. —dijo, su voz firme aunque su corazón latía con fuerza—. Esto es el efecto del alcohol, Yamato. Nada más.

Yamato la observó, sus ojos brillando con una mezcla de dolor y deseo.

—No digas eso. Desde que te conocí, Haruna, he sentido algo... algo que no puedo explicar. —Se pasó una mano por el rostro, claramente luchando consigo mismo—. Esto no es solo el alcohol. Es... tú.

Haruna sintió un nudo formarse en su garganta. Sus palabras la desarmaban, pero no podía permitirse ceder. No cuando sabía lo que estaba en juego.

—Yamato, escúchame. —dijo, dando un paso hacia él, aunque manteniendo una distancia prudente—. Esto tiene que terminar aquí. No puedo ser esa persona para ti. No quiero serlo.

Él dio un paso hacia adelante, pero Haruna levantó una mano, deteniéndolo.

Yamato dio un paso hacia adelante, pero su equilibrio pareció fallar por un momento. Haruna lo observó con preocupación, notando cómo su rostro se tensaba, no solo por las emociones, sino por el efecto del alcohol.

—Yamato... —dijo en voz baja, mientras veía cómo él se tambaleaba ligeramente. Su impulso inicial de mantenerse firme se desmoronó al ver su estado—. Esto no está bien. Lo mejor será que regreses al hotel.

Él negó con la cabeza, como si quisiera protestar, pero las palabras no salieron de sus labios. Haruna suspiró profundamente, acercándose lo suficiente para estabilizarlo.

—Déjame ayudarte. —dijo con firmeza, sosteniéndolo por el brazo.

—No necesito ayuda. —murmuró Yamato, aunque su tono era débil y su postura traicionaba sus palabras.

Haruna lo miró con seriedad, sin soltarlo.

—No estoy discutiendo, Yamato. —replicó, sus ojos encontrándose con los de él por un momento—. Vamos, antes de que alguien más te vea en este estado.

Él la miró por un instante, como si estuviera considerando protestar nuevamente, pero finalmente cedió, dejando que Haruna lo guiara hacia la salida.

El trayecto fue silencioso al principio, solo roto por el ruido de sus pasos y la respiración algo irregular de Yamato. Haruna intentaba mantenerse concentrada, pero la cercanía de Yamato hacía que su mente no dejara de correr en círculos. A pesar de todo, seguía sintiendo esa inexplicable conexión que él había mencionado.

—Haruna... —su voz sonó de repente, interrumpiendo sus pensamientos.

—¿Qué? —preguntó, sin mirarlo directamente, manteniendo su atención en el camino.

—Gracias. —dijo, su tono más suave ahora, casi vulnerable.

Haruna parpadeó, sorprendida por sus palabras, pero no respondió de inmediato. En lugar de eso, apretó ligeramente el agarre en su brazo, como si quisiera transmitirle algo sin necesidad de palabras.

Cuando finalmente llegaron al hotel, Haruna lo ayudó a entrar y se aseguró de que no llamaran demasiado la atención. Una vez en la habitación, lo guio hacia la cama y lo ayudó a sentarse.

—Descansa, Yamato. —dijo con suavidad, soltando su brazo y retrocediendo un paso.

Yamato la miró, sus ojos oscuros llenos de algo que Haruna no quería descifrar en ese momento.

—No quiero que pienses mal de mí. —murmuró, su voz apenas audible.

Era inevitable no pensar mal de él...Luego de todo el daño que le hizo...Haruna lo miró fijamente, sus emociones luchando dentro de ella. Finalmente, negó con la cabeza.

—No pienso mal de ti, Yamato. —dijo, aunque su voz estaba teñida de tristeza—. Pero esto... no puede volver a suceder.

Él no respondió, solo bajó la mirada, y Haruna aprovechó el momento para girarse y dirigirse hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo por un instante, su mano descansando sobre el pomo.

—Cuídate. —dijo finalmente, antes de cerrar la puerta detrás de ella.

El aire fresco del pasillo la recibió, pero Haruna se sintió lejos de estar aliviada. Sus pensamientos seguían girando en torno a lo ocurrido, y sabía que esa noche sería difícil encontrar paz.


La puerta del cuarto se abrió, y Takeru y Kouji salieron al pequeño salón donde Izumi esperaba. Su mirada pasó de un rostro al otro, su preocupación evidente.

—¿Por qué se demoraron tanto? —preguntó Izumi, su tono mezclando impaciencia y ansiedad.

Kouji apenas la miró mientras respondía con frialdad:

—Es un tema de nosotros.

La falta de una respuesta concreta golpeó a Izumi más de lo que esperaba. Bajó la mirada, mordiéndose el labio mientras intentaba esconder la punzada de tristeza que la recorrió.

Hikari, que observaba desde la cocina mientras revisaba unas bandejas de galletas, también notó el intercambio y frunció el ceño.

Kouji, ignorando la incomodidad en el ambiente, dirigió su atención a Takeru.

—¿Quieres que te llevemos a casa? —preguntó, su tono más neutro pero aún cortante.

Takeru negó rápidamente con la cabeza, sus labios curvándose en una pequeña sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Estoy bien aquí, con Hikari. Ella me está cuidando.

Kouji suspiró con irritación, rodando los ojos como si hubiera anticipado esa respuesta.

—Deberías quedarte en la casa de Izumi. Es más seguro.

—No es necesario. —Takeru negó una vez más, cruzándose de brazos con firmeza—. Hikari está haciendo un gran trabajo cuidándome.

Kouji soltó un resoplido, claramente frustrado, pero decidió no insistir más. Sabía que no lograría convencerlo.

—Bien, haz lo que quieras. —Murmuró. Luego se giró hacia Izumi—. Es hora de irnos.

Izumi, sorprendida, lo miró con el ceño fruncido.

—¿Por qué?

—Porque tengo que adelantar trabajo. —respondió Kouji, su tono cortante.

Izumi hizo una mueca de descontento, cruzándose de brazos.

—No quiero irme todavía. Quiero pasar más tiempo con mi tío. Además, Hikari me prometió que me dejaría probar las galletas que está horneando.

Kouji frunció el ceño ante la insistencia de Izumi, claramente molesto.

—Izumi, creo que deberías venir conmigo.

Izumi alzó una ceja, sorprendida por su actitud, y negó con la cabeza con decisión.

—No quiero irme, Kouji.

—No es buena idea que te quedes. —respondió Kouji, su tono más frío ahora.

Antes de que pudiera decir algo más, Takuya, que había estado observando la conversación desde el sillón, intervino con sarcasmo.

—Creo que esa decisión no es tuya, Kouji. Izumi es adulta y puede hacer lo que quiera.

El comentario hizo que Kouji lo mirara con enojo, sus ojos brillando con una mezcla de frustración y desafío.

—Takuya, no me metas en esto.

—Solo digo lo obvio. —Takuya se encogió de hombros, sin molestarse en ocultar su irritación—. Izumi no necesita que le digas qué hacer.

Hikari, percibiendo que la tensión iba en aumento, decidió intervenir antes de que la situación se desbordara.

—No hay problema en que Izumi se quede, Kouji. —Dijo suavemente, acercándose al grupo mientras secaba sus manos con un paño—. Si quiere quedarse a probar las galletas y pasar tiempo con su tío, está más que bienvenida.

Takeru asintió, apoyando las palabras de Hikari.

—Izumi puede quedarse aquí. Está conmigo y con Hikari, no hay nada de qué preocuparse.

Kouji apretó los labios, mirando a Izumi, quien le devolvió la mirada con determinación. Sabía que no tenía forma de convencerla sin armar un escándalo, y prefería evitarlo.

—Bien. —Dijo finalmente, su voz cortante—. Haz lo que quieras.

Con un último vistazo irritado a Takuya, Kouji recogió su abrigo y se dirigió hacia la puerta.

—Nos vemos luego.

La puerta se cerró tras él con un golpe seco, dejando un silencio incómodo en la sala. Izumi suspiró profundamente, mirando a su tío y a Hikari con una sonrisa pequeña pero agradecida.

—Gracias por dejar que me quede.

—Siempre eres bienvenida. —respondió Hikari con suavidad, mientras Takeru asentía con una sonrisa cansada.

Takuya, por su parte, soltó un pequeño resoplido mientras volvía a sentarse.

—Ese tipo necesita relajarse un poco.

El comentario arrancó una pequeña risa a Izumi, aliviando ligeramente la tensión que aún flotaba en el aire.


Yamato estaba acostado boca arriba en su cama, sintiendo que el techo giraba sobre él. Su cabeza pulsaba con un dolor insoportable, como si cientos de martillos estuvieran golpeando en su cráneo al unísono. Cerró los ojos, intentando calmarse, pero incluso la oscuridad parecía intensificar su malestar. La resaca de la noche anterior no le daba tregua, y su cuerpo entero le reprochaba cada decisión tomada.

El zumbido de su celular vibrando en la mesita de noche lo sacó de su tormento, un sonido agudo y molesto que hizo que gruñera bajo su aliento.

—¿Qué demonios...? —murmuró, girándose lentamente hacia el lado, con una mano presionando su frente como si eso fuera a mitigar el dolor.

Alargó el brazo para tomar el teléfono, y cuando vio el nombre de Kouji en la pantalla, dudó. No estaba de humor para hablar con nadie, mucho menos para lidiar con lo que seguramente sería un problema más en la larga lista de su vida. Pero Kouji no era del tipo de persona que llamaba sin razón. Si lo hacía, era porque algo realmente importante había ocurrido.

Resignado, deslizó el dedo para contestar.

—¿Qué quieres, Kouji? —gruñó, su voz ronca y cansada, reflejo del estado en que se encontraba.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, seguido de un suspiro pesado.

—Yamato... —comenzó Kouji, su tono serio.

—Sí, soy yo.—Respondió el rubio— ¿Por qué me llamas?

—¿Te estoy interrumpiendo en algo?

Yamato hizo una mueca y masajeo su cien: —No precisamente.—Contestó— Pero dime ¿por qué me llamas? ¿ocurrió algo con la empresa?

—No.—Musitó el pelinegro.

—¿No?— Preguntó el Ishida— Entonces ¿por qué me llamas?

Kouji suspiró: —No debería ser yo quien te diga esto…—Declaró— Pero es importante.

—¿De qué trata?

—De Takeru. —Respondió el Minamoto.

Yamato se sorprendió ante esto— ¿Qué pasó con Takeru?

—Tuvo un serio problema con Hiroaki. —Contestó el joven.

—¿Problema con mi padre? —Preguntó el rubio— ¿Otra vez?

—Sí…pero esta vez es grave…bastante grave.

¿Grave?

—Hiroaki mandó a sus matones a encerrarlo en su famosa bodega. —Declaró Kouji— Y Takeru resultó herido.

¿Qué?

Esto sorprendió al rubio.

—¿Encerró a Takeru en su bodega? — Preguntó.

—Lamentablemente. —Respondió el Minamoto— Sí no haces algo…Takeru terminará en un grave problema.


La tarde había avanzado lo suficiente como para que el sol comenzara a teñir de tonos anaranjados las paredes del departamento de Takuya e Hikari. La pequeña sala estaba llena de una energía ligera y relajada. La mesa del centro, despejada de cualquier objeto, se había convertido en el escenario del juego. Sobre ella, las piezas de madera del Jenga estaban perfectamente apiladas, formando una torre precaria que prometía tensión y risas.

—Bien, reglas básicas: nada de hacer trampa, nada de golpes accidentales a la mesa, y si tiras la torre... bueno, te toca la penitencia. —explicó Takuya con una sonrisa maliciosa, entrelazando las manos mientras observaba a los demás.

—¿Penitencia? —preguntó Izumi, arqueando una ceja mientras se sentaba en el suelo con las piernas cruzadas.

—Sí, claro. Algo divertido para el resto, pero no tanto para ti. —respondió Takuya, guiñándole un ojo.

—No empieces con tus ideas raras, Takuya. —intervino Hikari, lanzándole una mirada de advertencia. Luego se volvió hacia Izumi y Takeru—. Si les parece bien, podríamos mantener las penitencias suaves, algo como cantar una canción tonta o bailar por un minuto.

—Me parece justo. —respondió Takeru, acomodándose junto a Hikari con una sonrisa tranquila—. Pero espero no perder.

—Eso lo veremos. —dijo Takuya con una risita, tomando la primera pieza del Jenga con confianza y deslizándola fuera de la torre sin problemas.

El juego comenzó con movimientos cautelosos. Takuya, con su típica actitud confiada, tomó las primeras piezas como si fuera un experto; Izumi, observadora, buscaba cuidadosamente las piezas que no comprometieran la estabilidad de la torre. Hikari, con sus movimientos delicados, se inclinaba hacia adelante para calcular cada movimiento. Y Takeru, aunque relajado, mantenía una sonrisa nerviosa, como si estuviera seguro de que sería el primero en perder.

—¡Eso no cuenta! —protestó Takuya cuando Hikari sacó una pieza de manera magistral y luego le sonrió con dulzura.

—Claro que cuenta. Solo porque yo sea mejor no significa que puedas quejarte. —respondió Hikari con una sonrisa triunfante.

—Takuya está acostumbrado a ganar en todo, pero parece que hoy no será su día. —bromeó Izumi, riendo mientras le daba un leve empujón en el brazo.

—Sí, ríete ahora. Ya veremos quién ríe al final. —murmuró Takuya, tomando su turno con más concentración de la necesaria.

La torre comenzó a tambalearse después de varios movimientos. Cada turno era acompañado de murmullos de anticipación y pequeñas exclamaciones cuando la torre parecía a punto de caer.

—Esto ya no es divertido. —dijo Takeru mientras se inclinaba con cuidado para tomar una pieza de la base, su mano temblando ligeramente.

—¡Vamos, Takeru! ¡Tú puedes! —animó Izumi, aplaudiendo suavemente.

—No me presiones... —respondió él, logrando sacar la pieza y colocando un nuevo bloque en la cima de la torre tambaleante.

Cuando fue el turno de Izumi, todos la miraban con atención.

—Vamos, Izumi. Demuestra lo buena que eres. —la retó Takuya, entrecerrando los ojos.

—Tranquilo, lo haré sin problemas. —respondió ella, pero mientras deslizaba una pieza, la torre se inclinó peligrosamente.

—¡Izumi! —exclamaron Hikari y Takeru al unísono.

—¡Lo tengo! —La rubia logró sacar la pieza y colocarla arriba, pero apenas retiró la mano, la torre colapsó en un desastre de piezas de madera esparcidas por la mesa.

—¡Ja! ¡Sabía que serías tú! —exclamó Takuya, señalándola con una risa.

—Oye, fue un accidente. —protestó la rubia, pero no pudo evitar reírse al ver la torre destruida.

—Accidente o no, te toca la penitencia. —dijo Takeru con una sonrisa divertida, mirándola con complicidad.

—Bien, ¿qué quieren que haga? —preguntó la oji-verde, resignada.

Hikari pensó por un momento antes de sugerir:

—Canta una canción tonta, pero tienes que improvisarla.

—¿Qué? ¡Eso no es justo! —protestó Izumi, pero finalmente cedió.

Con una mezcla de vergüenza y diversión, la Ishida comenzó a cantar una canción absurda sobre torres que caen y piezas traicioneras. La sala estalló en risas, y cualquier tensión que hubiera quedado del día desapareció por completo.

El juego continuó por varias rondas más, con más risas, desafíos y penitencias creativas, y cuando finalmente decidieron terminar, todos estaban relajados, con sonrisas en los rostros.

—Creo que este ha sido el mejor Jenga que hemos jugado. —dijo Hikari mientras recogía las piezas, mirando a los demás con cariño.

—Sin duda. —respondió Takeru, estirándose—. Pero la próxima vez, Takuya, asegúrate de no hacer trampa.

—¿Trampa? ¡Yo jamás! —protestó Takuya, indignado, mientras los demás reían.

En medio de la risa que resonaba por la sala, Takeru se detuvo de repente y frunció el ceño.

—Un momento... —dijo, levantando una mano para interrumpir la charla—. ¿No huelen a quemado?

Todos se quedaron en silencio por un instante, olfateando el aire.

—¡Oh, no! —exclamó Hikari, poniéndose de pie de un salto—. ¡Las galletas!

El caos se desató en segundos. Hikari corrió hacia la cocina, con Takeru siguiéndola de cerca, mientras Izumi y Takuya se miraban alarmados antes de levantarse también.

—¡Sabía que algo me estaba olvidando! —gritó Hikari mientras abría el horno. Una nube de humo salió de inmediato, provocando que todos retrocedieran con toses y manos agitadas para disipar el humo.

—¡Cuidado! —exclamó Takeru, tomando un paño para ayudarla.

Hikari sacó la bandeja del horno con cuidado, sus mejillas enrojecidas tanto por el calor como por la vergüenza. Las galletas, que una vez habían sido prometedoras bolas de masa, ahora eran discos oscuros y crujientes que emitían un olor inconfundible a quemado.

—Bueno... creo que esto no estaba en el plan. —dijo Takuya, conteniendo la risa mientras miraba las galletas carbonizadas.

—¡No te burles! —le espetó Hikari, aunque una sonrisa frustrada se dibujó en su rostro—. Estaba tan concentrada en el juego que se me olvidó por completo.

—Son... únicas. —intentó consolarla Izumi, inclinándose para mirar más de cerca las galletas.

—Sí, únicas... como para calzar en un zapato. —bromeó Takuya, lo que provocó que Hikari le lanzara el paño que tenía en la mano.

—¡Ya basta, Takuya! —exclamó entre risas.

Takeru, con su habitual calma, tomó una galleta quemada y la observó como si estuviera evaluando una obra de arte.

—Bueno, al menos tienen un lado positivo. —dijo, ganándose la atención de todos.

—¿Cuál? —preguntó Hikari, cruzándose de brazos, escéptica.

—Nadie puede decir que no son... resistentes. —bromeó, dándole un pequeño golpe a la mesa con la galleta, produciendo un ruido sólido que hizo que todos estallaran en carcajadas.

—¡No lo puedo creer! —Hikari dejó escapar una risa resignada mientras dejaba la bandeja a un lado—. Lo siento, chicos. Creo que tendrán que conformarse con galletas de otro día.

—No importa. —dijo Izumi, aún riendo—. Esto hace la tarde mucho más memorable.

—Claro, claro, lo que sea para no culpar a la anfitriona. —bromeó Takuya, ganándose otra mirada fulminante de Hikari.

La cocina, a pesar del pequeño desastre culinario, se llenó de risas y comentarios bromistas. Mientras ventilaban la habitación y limpiaban el desastre, la camaradería del grupo hacía que incluso las galletas quemadas se sintieran como parte de una tarde perfecta.

—Si quieren, podemos pedir algo. —declaró Takuya, cruzándose de brazos y mirando hacia la cocina con una sonrisa traviesa—. En verdad se me antoja comer algo, y creo que las galletas de Hikari no cuentan como opción.

—¡Takuya! —exclamó Hikari, aunque su tono llevaba más humor que enojo.

—No te preocupes, Hikari. —intervino Takeru con una sonrisa tranquila—. Izumi y yo podemos pagar. Es lo menos que podemos hacer después de todo lo que han hecho por nosotros esta noche.

Izumi asintió, levantando la mano como si estuviera en una subasta. —Exacto, nosotros invitamos.

—¡Nada de eso! —interrumpió Hikari, colocando las manos en sus caderas con determinación—. Son nuestros invitados. No hay forma de que los dejemos pagar.

—Espera, ¿invitar a casa no significa también que aceptas los aportes de los invitados? —bromeó Takeru, arqueando una ceja.

—Hikari tiene razón. —añadió Takuya, agitando una mano para enfatizar—. No es necesario que paguen. Esto es nuestra casa, y nos gusta consentir a las visitas.

—Takuya, por favor... —dijo Izumi, rodando los ojos antes de adoptar un tono teatralmente dramático—. Déjanos hacer esto. ¿O acaso quieres que me sienta en deuda contigo el resto de mi vida?

—¡Dios me libre! —replicó Takuya con una risa nerviosa, levantando las manos en señal de rendición.

—Lo ves. —dijo Izumi, apuntándolo con un dedo triunfante—. Lo mejor será que aceptes antes de que empiece a dramatizar más.

—Oh, ya está dramatizando suficiente. —bromeó Takeru, lo que provocó una carcajada de Izumi y una sonrisa de Takuya.

Hikari suspiró, mirando a su novio con una sonrisa resignada. —Creo que no vamos a ganar esta discusión.

—Bien, bien, lo acepto. —concedió Takuya finalmente, llevándose las manos al cabello—. Pero si insisten tanto, entonces elijan ustedes qué pedimos.

—Perfecto. —respondió Izumi, sacando su teléfono con rapidez—. Espero que tengas hambre, Takuya, porque voy a encargar algo épico.

Mientras el grupo reía y comenzaba a debatir qué ordenar, la calidez y camaradería llenaban la sala una vez más. A pesar del desastre de las galletas, la noche prometía ser memorable, gracias al humor y las pequeñas discusiones amistosas que mantenían vivo el espíritu del momento.


Mimi estaba sentada en la orilla de la cama de su habitación de hotel, sus manos apretando con fuerza la sábana que descansaba bajo ella. Su pecho subía y bajaba con rapidez mientras repasaba una y otra vez la escena que se había quedado grabada en su mente. El beso. Ese beso que no debía haber sucedido. Ese beso que no podía dejar de torturarla.

Sus labios aún ardían con el recuerdo, como si el calor de Yamato se hubiera quedado ahí, impregnado en su piel. Cerró los ojos con fuerza, deseando poder borrar la sensación, pero era inútil. Lo sentía tan real, tan presente, como si pudiera ocurrir de nuevo en cualquier momento.

—¡Estúpida! —se regañó en voz alta, soltando la sábana y llevándose las manos a la cabeza, enredando los dedos en su cabello.

El espejo frente a ella reflejaba a una mujer que parecía estar al borde del colapso. Sus ojos estaban vidriosos, su rostro encendido de vergüenza y rabia. Mimi apretó los dientes, odiándose por haber sido tan débil.

"¿Cómo pude permitirlo?", pensó una y otra vez, como un mantra de autodesprecio. Había venido con un propósito claro, una misión que ella misma se había impuesto: destruir a Yamato, hacerle pagar por cada cosa que le había arrebatado. No había espacio para la vulnerabilidad, mucho menos para los sentimientos que había enterrado hace años.

Se puso de pie de golpe, caminando de un lado a otro de la habitación, como un animal enjaulado.

—Esto no puede volver a pasar. —murmuró, su voz cargada de determinación—. No puedo permitirme sentir nada por él. No otra vez.

Pero, por más que lo decía, el recuerdo de la intensidad en los ojos de Yamato, de la manera en que la había mirado justo antes de besarla, la perseguía. Era un hombre seguro, poderoso, y eso la enfurecía más que nada. No podía permitirse caer en su juego.

"Esto no es amor. Esto es atracción. Pura química. Nada más."

Mimi se detuvo frente al ventanal que daba a la ciudad, observando las luces que parpadeaban en la distancia. Se cruzó de brazos, abrazándose a sí misma como si eso pudiera calmar el torbellino de emociones que la consumía.

—No vine aquí para esto. —dijo en voz alta, como si necesitara recordárselo—. Vine para vengarme.

Y entonces, una idea comenzó a tomar forma en su mente. ¿Y si… podía sacar provecho de lo que acababa de suceder?

Se giró hacia el espejo, observándose con atención, buscando en sus ojos algo más que confusión. Encontró una chispa de algo que había olvidado que tenía: astucia.

—Si él siente algo por mí… —murmuró, dejando que sus pensamientos comenzaran a hilarse—. Si está dispuesto a cruzar líneas por mí, entonces... puedo usar eso en mi beneficio.

La idea le provocó una mezcla de satisfacción y miedo. Estaba jugando con fuego, pero siempre había sido buena para controlar las llamas. Si lograba manejarlo bien, podría convertir su debilidad en una fortaleza, su error en una ventaja.

—Yamato quiere algo de mí. —continuó, susurrando como si temiera que las paredes escucharan—. Entonces, se lo voy a dar... pero en mis términos.

Caminó hacia la cama, sentándose nuevamente, esta vez con una sonrisa ligera y fría en sus labios. Era la sonrisa de alguien que acababa de encontrar la clave para ganar.

"Si él está dispuesto a arriesgarlo todo por un momento conmigo, lo usaré. Y cuando menos lo espere, lo destruiré."

Mimi tomó una copa de agua del escritorio y dio un sorbo lento, dejando que el frío del líquido calmara la tormenta en su interior. Ya no era la joven ingenua que una vez había creído en el amor y en los finales felices. Había aprendido de la manera más dura que los sentimientos eran un lujo que no podía permitirse.

—Esto no se trata de perdonar ni de olvidar. —dijo en voz baja, como si estuviera jurándose a sí misma—. Esto se trata de ganar.

Con esa determinación renovada, Mimi dejó el vaso en la mesa y se levantó. Caminó hacia el armario, buscando entre sus cosas algo que pudiera usar para la próxima vez que viera a Yamato. Si iba a jugar este juego, iba a hacerlo bien, con todas las piezas a su favor.

"Yamato Ishida... no tienes idea de lo que te espera."

Justo en ese momento.

¡Toc, toc!

La puerta sonó.

Ese sonido la sacó de sus pensamientos.

Mimi se quedó inmóvil por un momento, mirando hacia la puerta como si dudara de que el sonido fuera real. Su mente seguía procesando sus planes, su determinación recién formada. ¿Quién podría ser a esta hora?

Respiró hondo, ajustándose el cabello con un movimiento rápido y caminó hacia la puerta. Antes de abrir, se detuvo para mirar por la mirilla. Su corazón dio un salto cuando reconoció la figura al otro lado.

Yamato.

La presencia del rubio en su puerta era lo último que había esperado, y lo que menos deseaba en ese momento. Pero algo en su interior, tal vez la chispa de desafío que acababa de encenderse, la impulsó a actuar con calma.

Giró el pomo de la puerta y la abrió solo un poco, lo suficiente para asomarse.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, su tono era firme, pero no agresivo.

Yamato la miró, sus ojos azules estaban ligeramente enrojecidos, como si no hubiera dormido bien, o como si el peso de algo lo estuviera consumiendo. Su cabello estaba desordenado, y la camisa que llevaba parecía haberse puesto con prisa.

—Siento molestar...—Comentó—Pero necesitamos regresar lo antes posible a Japón.

Haruna se sorprendió ante esto: —¿Lo antes posible?

El rubio asintió.

—¿Por qué?

Yamato se mordió el labio inferior.

—Temas personales.

Esto sorprendió a la castaña.


Ryo se encontraba en la cama del hospital, la luz suave de la tarde filtrándose por la ventana. Su rostro, aunque cansado, mostraba signos de alivio, como si la noticia que había recibido hace unas horas lo hubiera dejado sin palabras. Aún sentía el peso de la prisión sobre sus hombros, esa amenaza constante de que su libertad fuera arrebatada nuevamente. Pero ahora, algo había cambiado. Una pequeña ventana de esperanza se había abierto, y en sus ojos brillaba una mezcla de incredulidad y gratitud.

Estaba mirando la puerta de la habitación, como si estuviera esperando a que algo sucediera. Y en ese momento, el sonido de un golpe suave en la puerta lo hizo girar. Un hombre de traje, con una expresión seria y profesional, entró en la habitación. Era su abogado, un hombre que había estado trabajando arduamente para conseguir su libertad.

—¿Cómo te sientes, Ryo? —preguntó el abogado con una ligera sonrisa en los labios, aunque su rostro seguía marcado por la seriedad que siempre lo caracterizaba.

Ryo se enderezó un poco en su cama, tratando de esconder la emoción que comenzaba a llenar su pecho.

—Me siento... sorprendido —respondió, su voz aún temblando levemente—. No pensaba que esto fuera a suceder tan pronto. Creí que tendría que pasar más tiempo aquí, esperando...

El abogado asintió, con una mirada comprensiva.

—Tu situación ha sido complicada, he intentado trabajar arduamente, y aunque todo se veía en tu contra. Ahora todo está bien.

—¿Bien?

Ryo frunció el ceño, buscando procesar las palabras que acababa de escuchar.

El abogado asintió.

—La denuncia fue retirada.

—¿Qué?—repitió, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo—. ¿Retirada?

El abogado nuevamente asintió: —Sí.

—Pe-pero ¿cómo?

—No lo sé.—Respondió— Pero ¡te felicito! Eres libre. Otra vez.

Ryo lo miró por un instante, sintiendo una mezcla de emociones dentro de él. Agradecimiento, incertidumbre, y también una extraña sensación de deuda hacia alguien a quien ni siquiera conocía. No sabía si debería sentirse aliviado o confundido. Lo que estaba claro es que, de alguna manera, alguien había luchado por su libertad, y no podía dejar de preguntarse por qué.

El abogado, como si leyera sus pensamientos, continuó.

—Lo único importante ahora, Ryo, es que no vas a regresar a la cárcel. Tu libertad ha sido recuperada, y ahora puedes seguir adelante. Aprovecha este tiempo para recuperarte, tanto física como emocionalmente.

Ryo asintió lentamente, sus pensamientos aún girando alrededor de esa pregunta sin respuesta. ¿Quién lo había ayudado? ¿Quién lo había liberado de esa condena?

—Gracias, de verdad —dijo, su voz un poco más suave esta vez—. Gracias por todo lo que has hecho por mí.

El abogado hizo un gesto de modestia y se acercó para estrecharle la mano.

—Es mi trabajo, Ryo. Pero ahora, lo más importante es que te concentres en recuperarte. La lucha por tu libertad ha sido ganada, pero hay mucho más por hacer.

Ryo observó cómo el abogado se dirigía hacia la puerta. En sus manos sentía la presión de esa libertad recién otorgada, y en su pecho, una sensación agridulce que no sabía cómo procesar. No importaba lo que sucediera, no volvería a la prisión. Pero la pregunta de quién lo había ayudado seguía resonando en su mente. Sin embargo, sabía que no obtendría respuesta en ese momento.

Antes de salir, el abogado se detuvo en la puerta y le dedicó una última mirada.

—Disfruta tu libertad, Ryo. Aprovecha esta segunda oportunidad.

Ryo asintió, mirando cómo el abogado se desvanecía en el pasillo. El silencio llenó la habitación, y por un momento, Ryo se permitió relajarse, cerrando los ojos para respirar profundamente.

—Una segunda oportunidad... —musitó para sí mismo.

Era difícil pensar en continuar con su vida sabiendo que...Rika estaba lejos.

Apretó su puño al recordar aquello.


La sala estaba llena de risas y expectativas mientras el grupo se acomodaba en un círculo improvisado alrededor de la mesa del centro. Takuya había propuesto un juego de mímicas para levantar los ánimos y, como era de esperar, todos aceptaron la idea con entusiasmo.

—¡Bien! —exclamó Takuya, frotándose las manos—. Vamos a hacerlo por equipos. Izumi y yo contra Hikari y Takeru.

—¿Eso es justo? —preguntó Hikari, arqueando una ceja mientras miraba a Takuya—. Izumi es prácticamente una campeona en juegos como este.

—¡Exacto! —apuntó Izumi, levantando una mano triunfal—. Prepárense para perder.

Takeru rodó los ojos, pero una sonrisa juguetona se formó en sus labios. —Ya veremos, Izumi.

Hikari, siempre competitiva, se inclinó hacia Takeru. —No te preocupes, podemos hacerlo. Solo asegúrate de que tus mímicas tengan sentido.

—¿Eso es un ataque a mi creatividad? —bromeó Takeru, llevándose una mano al pecho como si estuviera ofendido.

—No, es un recordatorio. —Hikari le guiñó un ojo antes de levantarse—. Vamos, empieza el espectáculo.

Takuya sacó una tarjeta del montón que habían creado y comenzó a leerla en voz alta. —Primero le toca a Takeru. ¡Prepárense para ver algo... único!

Takeru se levantó, sacudiéndose las manos como si se estuviera preparando para una misión importante. Tomó una tarjeta, la leyó rápidamente y comenzó a actuar.

Primero, comenzó a moverse de un lado a otro, encorvando la espalda como si estuviera cargando algo pesado. Después, hizo un movimiento exagerado como si estuviera levantando un objeto invisible y lanzándolo al aire.

—¿Es... un deportista? —preguntó Hikari, frunciendo el ceño.

—¡No, no, espera! —interrumpió Takuya, golpeando la mesa suavemente mientras trataba de contener la risa—. ¿Es un cazador de tesoros?

Takeru negó rápidamente con la cabeza, haciendo un sonido ahogado para no romper las reglas. Luego, comenzó a hacer gestos extraños con las manos, como si estuviera desenterrando algo y después celebrando.

—¡Un arqueólogo! —gritó Izumi emocionada, pero Takeru negó con más fuerza.

Hikari se llevó las manos a la cabeza. —¡Esto no tiene sentido!

Finalmente, Takeru hizo un gesto más claro: se inclinó hacia adelante como si estuviera jalando algo muy grande y gruñó, completamente metido en el papel.

—¡Un levantador de pesas! —exclamó Takuya, riéndose tan fuerte que tuvo que sostenerse el estómago.

Takeru se detuvo y señaló a Takuya con ambas manos, claramente señalando que había acertado.

—¡Por fin! —dijo Hikari, dejándose caer en el sillón—. Takeru, tienes que trabajar en ser más claro.

—¡Fui clarísimo! —protestó él, extendiendo los brazos en un gesto teatral.

—Claro que no. —respondió Izumi, riéndose mientras se limpiaba una lágrima de la mejilla—. Parecías un robot descompuesto, no un levantador de pesas.

El grupo estalló en carcajadas, y Takeru se cruzó de brazos fingiendo estar ofendido.

—Está bien, está bien. —dijo Takuya mientras intentaba calmarse—. Ahora es nuestro turno. Prepárense, porque vamos a mostrarles cómo se hace.

Mientras Izumi se levantaba para tomar su tarjeta, el ambiente seguía lleno de risas y camaradería. Cada mímica, ya fuera un desastre o un éxito, solo fortalecía el vínculo entre ellos, convirtiendo el momento en un recuerdo inolvidable lleno de humor y complicidad.


El silencio dentro del jet privado era casi tangible, roto solo por el murmullo constante de los motores que resonaba como un eco lejano. Yamato estaba sentado junto a la ventanilla, con la mirada fija en el paisaje que pasaba rápidamente por debajo de ellos. Sus manos estaban entrelazadas, y su expresión era una mezcla de frustración y resignación.

Frente a él, Haruna ocupaba el asiento opuesto, mirando fijamente el respaldo del asiento frente a ella, con los brazos cruzados y los labios apretados. A pesar de su aparente calma, su corazón estaba en guerra. El recuerdo de los besos que se habían dado seguía fresco en su mente, ardiendo como una marca que no podía ignorar.

La tensión era palpable, como si el aire dentro del avión se hubiera espesado. Ninguno de los dos había dicho una palabra desde que abordaron, y cada minuto que pasaba parecía hacer que la atmósfera se volviera más insoportable. Finalmente, Yamato no pudo contenerse más.

—¿Vas a seguir así todo el vuelo? —preguntó, su voz baja pero cargada de irritación.

Haruna giró lentamente la cabeza hacia él, levantando una ceja con incredulidad.

—¿Así cómo? —respondió con frialdad, aunque sabía perfectamente a qué se refería.

—Evitándome —replicó Yamato, girándose en su asiento para enfrentarse a ella—. Fingiendo que no existo, como si lo que pasó no significara nada.

Haruna lo miró fijamente, sus ojos oscuros y llenos de una mezcla de desafío y algo más que no podía identificar.

—Porque no significa nada, Yamato —dijo finalmente, cada palabra cuidadosamente medida—. Fue un error, uno que no debería haber pasado.

Yamato dejó escapar una risa amarga, pasando una mano por su cabello rubio en un gesto de frustración.

—¿Un error? —repitió, su voz subiendo ligeramente—. ¿Es eso lo que piensas? Porque para mí no fue un error, Haruna.

Ella apretó los labios, apartando la mirada hacia la ventanilla y asintió.

—Lo fue.

Yamato se mordió el labio inferior ante esto.

El silencio volvió a caer entre ellos, más denso y opresivo que antes. Yamato observó a Haruna, notando cómo mantenía su mirada fija en la ventanilla, como si el paisaje exterior pudiera ofrecerle alguna respuesta o consuelo. Se mordió el labio inferior, sintiendo una punzada de remordimiento que no podía ignorar.

Había cruzado una línea, lo sabía. Había dejado que sus emociones tomaran el control y, en su egoísmo, había puesto a Haruna en una posición incómoda. Ese no era el hombre que quería ser, y ciertamente no el hombre que Haruna necesitaba frente a ella en ese momento.

Respiró profundamente, tratando de calmar el torbellino dentro de él antes de hablar nuevamente.

—Haruna —dijo finalmente, su tono más bajo y contenido—. Tienes razón.

Ella parpadeó, sorprendida por sus palabras, pero no giró hacia él.

—¿Razón? —repitió, su voz neutral, aunque algo incrédula.

Yamato asintió, aunque ella no lo estaba mirando.

—Me dejé llevar... por el momento, por lo que sentí —admitió, frotándose la nuca mientras desviaba la mirada hacia el suelo—. No pensé en ti, en lo que eso podría significar para ti. Fue egoísta.

Haruna finalmente lo miró, su expresión una mezcla de escepticismo y sorpresa.

—¿Egoísta? —repitió, como si probara la palabra en sus labios.

—Sí, lo fui —dijo Yamato con un suspiro, levantando la vista para encontrarse con sus ojos—. No debí haber hecho lo que hice. No así.

Haruna mantuvo su mirada durante un momento que se sintió interminable. Había algo en sus ojos, una mezcla de emociones que Yamato no podía descifrar del todo.

—Agradezco que lo reconozcas —dijo finalmente, con una voz tan firme como suave—. Pero esto no cambia nada, Yamato. Lo que pasó no debería volver a pasar.

Él asintió, aunque una parte de él no quería aceptar esas palabras.

—Lo sé —respondió, su tono más tranquilo pero aún cargado de algo que no podía disimular—. Haré todo lo posible para... evitar que vuelva a suceder.

Haruna arqueó una ceja, notando la vacilación en su voz.

—¿"Todo lo posible"? —repitió, con un matiz de burla en su tono.

Yamato se pasó una mano por el cabello, desviando la mirada brevemente antes de volver a fijarla en ella.

—Sí.

—Eso espero.—Comentó Haruna, mejor dicho Mimi, mientras en su mente sabía que esto no sería verdad, ya que, su plan tenía otro objetivo en estos momentos: Atraer más a Yamato para destruirlo.

El rubio, totalmente ajeno a esto, asintió de nuevo, más para sí mismo que para ella, antes de apartar la mirada y concentrarse en la ventanilla. Sabía que no sería fácil. Lo que sentía por Haruna era intenso, casi abrumador, y tratar de contenerlo sería un desafío constante. Pero si eso era lo que ella necesitaba, lo haría.

El resto del vuelo transcurrió en un silencio tenso, pero ya no era el mismo que antes. Había algo diferente, una especie de tregua tácita entre ambos. Aunque las heridas aún estaban frescas, tal vez este era el primer paso hacia algo más claro, más honesto.

Yamato no sabía lo que les depararía el futuro, pero una cosa era segura: no iba a rendirse fácilmente.

Fue así como el rubio volteo hacia el lado contrario y decidió dormir.


El día había transcurrido de manera ligera y agradable. Izumi, Takeru, Takuya e Hikari se encontraban en un pequeño café al aire libre, riendo y compartiendo anécdotas mientras disfrutaban de sus bebidas y postres. Takeru estaba contando una historia particularmente divertida de su infancia, y todos estaban pendientes de sus palabras, estallando en carcajadas al final.

—¡Eso no puede ser cierto! —exclamó Hikari, secándose una lágrima de risa mientras miraba a su hermano—. ¿De verdad creíste que ese disfraz de fantasma iba a asustar a mamá?

—Era un niño, ¿qué querías que hiciera? —respondió Takeru, alzando las manos en un gesto defensivo—. Además, ¡funcionó con Taichi!

—Eso sí me lo creo —murmuró Hikari, todavía riendo.

Izumi sonrió, sintiéndose cómoda y relajada en compañía de sus amigos. Era raro tener momentos como ese, donde no había preocupaciones, solo risas y compañía. Takuya, sentado frente a ella, se inclinó hacia adelante con una sonrisa juguetona.

—Izumi, no puedo creer que no tengas una historia embarazosa como esa —dijo, señalándola con el tenedor—. Vamos, tienes que tener alguna.

Ella levantó una ceja, desafiante.

—¿Quién dijo que no las tengo? Solo soy mejor guardándolas en secreto.

La respuesta provocó un coro de risas, pero antes de que pudiera agregar algo más, su teléfono comenzó a sonar en la mesa. Izumi suspiró, tomó el dispositivo y miró la pantalla. Su semblante cambió ligeramente al ver el nombre que aparecía: Kouji.

—Dame un segundo —dijo, disculpándose mientras se levantaba de la mesa y se alejaba un poco para contestar.

—¿Qué pasa? —preguntó al responder, intentando sonar neutral.

—Estoy afuera del edificio.—dijo Kouji, su voz firme, pero con un tono inconfundible de molestia.

Izumi parpadeó, sorprendida.

—¿Afuera? ¿Qué haces aquí?

—Vine a buscarte —respondió Kouji sin rodeos—. ¿En serio crees que voy a dejarte sola con ese amigo tuyo?

El énfasis en "ese amigo tuyo" dejó claro que se refería a Takuya, y la irritación en su tono era palpable.

—No te pedí que vinieras —dijo Izumi, frunciendo el ceño mientras jugaba con un mechón de su cabello.

—No tenía que esperar a que lo hicieras —replicó Kouji—. Apresúrate, te llevo a casa.

Izumi cerró los ojos un momento, respirando hondo para mantener la calma.

—Estoy pasando un buen rato con mis amigos, Kouji. No necesito que me lleves.

—Izumi, no estoy discutiendo esto. Estoy aquí, y te voy a llevar a casa.

La firmeza de su tono no dejaba lugar a discusión, y aunque Izumi sintió el impulso de discutir, sabía que eso solo complicaría las cosas. Con un suspiro resignado, respondió:

—Está bien. Dame un momento para despedirme.

—No tardes.

La llamada terminó, y Izumi volvió al grupo, tratando de ocultar su frustración detrás de una sonrisa algo forzada.

—¿Todo bien? —preguntó Hikari, notando el cambio en su expresión.

Izumi asintió lentamente.

—Sí, pero... tengo que irme.

—¿Ya te vas? —preguntó Takeru, visiblemente decepcionado.

—Sí.

—¿Por qué?—Cuestionó el rubio—Nos estamos divirtiendo.

—¿E? S-sí...pero surgió algo que...nada importante.—respondió Izumi, intentando sonar casual.

—¿Es por tu novio?— Preguntó el moreno—¿Verdad?

La rubia se mordió el labio inferior ante esto y bajó la mirada. La respuesta era afirmativa.

—Él está afuera.

El moreno rodó los ojos ante esto.

—¿No le dijiste que tu chofer vendría a buscarte?— Preguntó Takeru.

—No, no se lo dije.—Respondió la rubia.

—No es necesario que te vayas.—Declaró el moreno.

Izumi hizo una mueca: —Lo siento, estaba disfrutando mucho. Pero ya es tarde. Debo irme.

Ese comentario provocó tensión.

El silencio se hizo presente.

Finalmente, Hikari decidió romper el silencio.

—No te preocupes —dijo con una sonrisa despreocupada—. Podemos hacer esto otra vez.

Izumi asintió, agradecida por su comprensión, pero no pudo evitar sentir una punzada de culpa. Sabía que Kouji se molestaría más si se negaba, pero tampoco quería arruinar el momento con sus amigos.

Fue así como hizo una reverencia frente los primos Kanbara.

—Muchas gracias por el momento. Me divertí mucho.

—No nos agradezcas.—Declaró Takuya— Fue muy agradable.

—Ojalá se repita.—Musitó Hikari.

Izumi asintió: —Eso espero.—Declaró y luego dirigió su mirada hacia el rubio—Tío Takeru ¿estás seguro que no quieres que te lleve a casa?

Takeru negó.

—No, gracias, pero quiero estar aquí.

—Entiendo.—Musitó la rubia—Bueno, entonces, nos vemos pronto —dijo, despidiéndose con un pequeño gesto antes de dirigirse hacia la salida.


Izumi caminó hacia la salida del edificio con pasos ligeros, pero su mente estaba cargada de pensamientos. La despedida había sido breve, pero la tensión que dejó atrás era difícil de ignorar. Al abrir la puerta principal, encontró a Kouji apoyado contra el auto negro de lujo que esperaba en la entrada. Su expresión mostraba una mezcla de impaciencia y molestia.

—Te tardaste —comentó Kouji, cruzándose de brazos mientras la observaba acercarse.

Izumi alzó una ceja, manteniendo su postura tranquila aunque internamente sentía una mezcla de irritación y cansancio.

—Estaba despidiéndome —respondió con simpleza, sin detenerse mientras subía al auto.

Kouji la siguió, cerrando la puerta detrás de ella. El silencio entre ellos era pesado mientras el auto arrancaba. Izumi miró por la ventanilla, evitando su mirada, pero no pasó mucho tiempo antes de que Kouji rompiera el silencio.

—¿Por qué siempre tienes que estar con él? —soltó de repente, su tono más controlado de lo que esperaba, pero aún cargado de reproche.

Izumi se giró hacia él, frunciendo ligeramente el ceño.

—¿De verdad vas a empezar con esto? —respondió, tratando de mantener la calma.

—No me gusta cómo te mira —declaró Kouji, directo—. Y lo sabes.

Izumi suspiró, cansada de la misma discusión.

—Dijiste que te alejarías de él.

—¡Y lo hice!— Exclamó la rubia.

—Te quedaste toda la tarde con él.

—Me quedé con mi tío Takeru.—Respondió la oji-verde.

—En el departamento de Takuya.

—Porque no había opción.—Declaró Izumi— Por favor, no te enojes.—Comentó— He hecho todo lo que me has pedido, no trabajo directamente con Takuya. Intento mantenerme lejos. ¿Qué más tengo que hacer para que me creas?

Kouji se quedó en silencio ante esto. La verdad era que, no sabía exactamente que decir.

—Por favor, Kouji.—Rogó la rubia—No te enojes conmigo.

Era irónico que lo dijera.

Para él siempre sería inevitable enojarse con ella.


+Volví a ver Digimon Fusion (Xros Wars) y me enamoré más de KirihaxNene recordé porque esa parejan me encanta. Así que seguiremos teniendo Kirine dulce mucho.

BethANDCourt: ¡Sí! Por fin se besaron. Aquí explotan los fans (en buen sentido) de esta relación jajaja ¡Demás! Covid ¡no lo había pensado! Tienes razón al decir que fueron muchas emociones ¡Demasiadas! Los recuerdos siempre provocaran que sus sentimientos de aviven. Con respecto a Mimi/Haruna no le da rabia porque básicamente Yamato está hablando de ella misma jajaja y es mejor para ella que Yamato se acuerde de Mimi. Jajajaja Sí, ambas tienen complejo de enfermera (Aunque sea algo leve, tiene una explicación. Tanto Kiriha como Yamato-Kouji-Thomas tienen falta de figura materna por eso considero que ellos aceptarian en el contexto de Digimon una mujer que los cuide) Aquí en esta historia es básicamente lo mismo jajaja Si, Nene terminó heredando muchas cosas de Mimi sin saberlo, con su complejo de enfermera. Y diste en el clavo en como describes a Nene, y sí, Kiriha está a gusto con ella...demasiado...A Yamato no le gustará jaja Satomi es, lamentablemente, tonta. Debe pagar sus culpas y este es el inicio. Y si ¡quedan 19 capítulos! ¿se resolverá todo? ¡Ya lo veremos!