REVENGE
~Capítulo 47~
Damar quedó congelada al ver a Kouji. No esperaba verlo. Con miedo se colocó en pie.
Kouji no podía apartar la mirada. Damar estaba hermosa, incluso más de lo que recordaba. La última vez que ambos se vieron ella apenas tenía quince años, parecía una niña, sin embargo, ahora tenía la apariencia de una adolescente, mejor dicho, una mujer. Era más alta, las curvas de su cuerpo se pronunciaban bastante bien, su cabello lo llevaba largo con bucles y su rostro tenía facciones era de una mujer adulta más madura. No quería admitirlo en voz, pero los años en verdad jugaron muy bien a su favor, era más bella que antes.
Había algo en ella, en su porte, en la manera en que parecía llenar el espacio, que lo dejaba sin aliento. No era solo su belleza física, aunque esta era innegable. Era la fuerza, la confianza que emanaba de ella, como si el tiempo la hubiera transformado en algo aún más impresionante de lo que había sido antes.
Damar, por su parte, trató de mantener la compostura, aunque no podía evitar notar lo guapo que estaba Kouji. Había algo en él que siempre la había cautivado, y ahora, con ese aire maduro y seguro, parecía aún más atractivo. Sin embargo, tan rápido como ese pensamiento cruzó su mente, lo apartó con fuerza. No iba a dejar que su apariencia la desarmara. No esta vez.
Un largo minuto de silencio pasó entre ellos, cargado de emociones que ninguno se atrevía a nombrar. Finalmente, fue Damar quien rompió el silencio.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, su tono firme pero no del todo frío.
Kouji se removió ligeramente, como si estuviera buscando las palabras correctas, pero su mirada seguía fija en ella, en cada detalle de su rostro, en cada movimiento de su cuerpo.
—Vine a verte —respondió finalmente, con una honestidad que la descolocó.
Damar arqueó una ceja, claramente escéptica.
—¿A verme? —repitió, cruzando los brazos frente al pecho—. Debí suponer que encontrarnos no es casualidad.
—No lo es —admitió Kouji, dando un paso hacia ella—Fui a tu antiguo hogar y no estabas.—Declaró— Así que, supuse que te encontraría aquí.
Damar frunció ligeramente el ceño, sin dejar de mirarlo, aunque su postura firme intentaba ocultar lo que el encuentro le hacía sentir.
—No entiendo por qué quieres verme, Kouji —dijo, su voz teñida de una mezcla de confusión y desconfianza.
Kouji bajó la mirada por un momento, como si sus palabras lo hubieran golpeado, pero pronto volvió a levantarla, enfrentando los ojos de Damar con una intensidad que la hizo estremecer. —¿Enserio no sabes?—respondió, con un tono serio pero calmado—. Hay cosas que quedaron pendientes…
—¿Pendientes? —repitió ella, incrédula, y dejó escapar una pequeña risa sarcástica— Creí que todo estaba claro entre nosotros.
Kouji bajó la mirada por un momento, como si sus palabras lo hubieran golpeado, pero pronto volvió a levantarla, enfrentando los ojos de Damar con una intensidad que la hizo estremecer.
Sí, se suponía. Pero de algún modo, nunca nada quedó claro entre ellos.
—Después de irte sin más y desaparecer creo que es señal suficiente de que hay muchas cosas inconclusas ¿no?—Kouji le dijo a Damar.
—No desaparecí de la nada.—Respondió la castaña— Que no supieras de mi ida no es mi culpa.
Kouji apretó los puños dentro de los bolsillos, intentando contener el torbellino de emociones que lo invadían. Su mirada, ahora cargada de una mezcla de reproche y dolor, se clavó en los ojos de Damar.
—Te fuiste, Damar. Desapareciste sin decir nada.
Damar parpadeó, sorprendida por la intensidad de sus palabras, pero no bajó la guardia. Su mandíbula se tensó, y sus ojos se endurecieron mientras lo enfrentaba.
—No pensé que quisieras saber de mi.
—¿Por qué?
—¿Enserio preguntas? —respondió con firmeza, cruzando los brazos frente a su pecho—. Acaso ¿Querías que me quedara a ver cómo te comprometías con Izumi mientras yo seguía siendo un recuerdo descartado?
Kouji cerró los ojos por un momento, como si estuviera luchando interiormente consigo mismo. Cuando volvió a abrirlos, su mirada estaba cargada de una mezcla de frustración y arrepentimiento.
—Claro que no.—Contestó el oji-azul—Pero tu desaparición me sorprendió.
—Bueno, ahora aparecí.—Declaró la castaña.
—Sí, pero necesitaba verificar que fuera verdad.
—¿Por qué?— Preguntó Damar— ¿para qué?
Kouji suspiró y pasó su mirada por los ojos de chica, quien a diferencia de años atrás, ya no lo observaba con cariño o alegría, solamente con decepción.
—Después de todo, te hice un favor al desaparecer de tu vida, ¿no? —su voz sonaba cortante, casi como si quisiera terminar con todo de una vez.
Kouji se mordió el labio inferior con fuerza. El odio en sus ojos era claro, y aunque una parte de él quería explicarle, rogarle e implorar que lo mirase diferente, otra parte de él sabía que...debía mantener distancia...Aunque no quisiera.
—Sí, me hiciste un buen favor —respondió, con tono serio y sin titubeos. Sus palabras salieron más frías de lo que hubiera esperado, como si realmente no le importara, aunque por dentro todo lo que sentía era un caos de emociones.
—Entonces ¿por qué estás aquí?— Preguntó Damar. No esperando una respuesta. Si no dándole como respuesta que, si era un favor estar lejos, no era necesario que estuviera aquí.
Fue así como la chica cerró su maleta.
—Mejor me voy...—Musitó la castaña antes de caminar.
—Damar.—Kouji la tomó del brazo.
Damar dirigó su mirada hacia el oji-azul— Por favor, suéltame.
Kouji pasó su mirada por la chica, Damar lo observó con seriedad. Kouji simplemente observó atentamente su mirada, era la misma...pero evidentemente lo seguía odiando...Eso decían sus ojos...Estaba herida.
Apretó su puño ante esto.
Kouji y Damar se quedaron allí, en un silencio pesado, uno frente al otro, sus miradas intensas como nunca antes. Ambos sentían el peso de todo lo no dicho, de las heridas del pasado que aún seguían abiertas. Los ojos de Damar brillaban con una mezcla de tristeza y cólera, y Kouji podía ver la decepción reflejada en ellos, tan clara como si estuviera escrita en su rostro.
Él no sabía si lo que sentía era culpa o rabia, tal vez un poco de ambos. Quería pedir perdón, quería que todo fuera diferente, pero las palabras se le atoraban en la garganta, y no podía evitar pensar que ya no había espacio para ese tipo de arreglos. Las paredes que Damar había levantado entre ellos eran demasiado altas, demasiado firmes.
—Damar... —empezó a decir, su voz tan baja que apenas la alcanzaba a escuchar, pero ella lo interrumpió con una mirada fría que hizo que se detuviera.
—No —respondió ella, como si ya no quisiera escuchar sus explicaciones. Su tono era definitivo, inquebrantable.
Kouji tragó saliva y dio un paso atrás, pero al instante, Damar hizo un movimiento como si fuera a alejarse, a irse de nuevo, a desaparecer de su vida una vez más. Algo en él no podía soportarlo. Antes de que pudiera pensar en otra cosa, sus manos se movieron casi por instinto, sujetando su brazo con firmeza, sin dejarla ir.
—No lo hagas... —dijo con una intensidad que no había mostrado en mucho tiempo, su rostro tan cerca del suyo que podían sentir el calor de sus cuerpos. Su agarre no era agresivo, pero sí desesperado, como si temiera que, si la soltaba, ella desaparecería otra vez de su vida, y esta vez, sin posibilidad de regreso.
Damar lo miró fijamente, su respiración algo agitada, su cuerpo tenso, pero sus ojos, esos ojos que siempre lo habían mirado con cariño, ahora estaban llenos de dolor. En un gesto que Kouji no esperaba, ella lo miró con más fuerza, desafiante, como si tratara de leerlo, de entender por qué, después de todo lo que había sucedido, él seguía allí.
El tiempo pareció detenerse en ese instante. Las palabras no eran necesarias, porque todo lo que había entre ellos, toda la historia, estaba reflejada en esos intercambios de miradas.
—¡Vaya! Hasta que finalmente se reencontraron.— Una voz se escuchó en el lugar.
Y ambos voltearon encontrándose con cierto chico de piel bronceada y ojos azules.
—Ryo.—Damar pronunció el nombre del recién llegado.
Kouji hizo una mueca ante esto, Damar suavemente movió su brazo y se soltó del agarre del Minamoto.
—¿Estás bien Damar?— Ryo le preguntó a la castaña.
—¿e?—Balbuceo la castaña bajando su mirada hacia su maleta de maquillaje y cerrándola— S-sí.
—Claro que está bien.—Respondió Kouji— Está conmigo.
Ryo rodó los ojos: —Es exactamente por eso que me preocupo.—Musitó acercándose a Damar y colocando sus manos en sus hombros.
Kouji pasó su mirada por la chica y luego por Ryo: —Debí suponer que tú sabias que regresó.
—Sí, lo sabía.—Respondió Ryo— ¿Algún problema?
Kouji lanzó una carcajada seca e irónica.
—Veo que, sigues optando por amistades nefastas.—Le comentó a Damar.
—¿Perdón?— Musitó la castaña— ¿Amistades nefastas?
Kouji asintió: —Después de todo, sigues siendo amiga de este donde nadie. Te pareces a Rika.
Damar rodó los ojos— ¡Por favor! Kouji, no hagas tus comentarios innecesarios, que nadie te pidió.
Kouji frunció el ceño. Era increíble como tanto Ryo y Rika decidieron callar. Bueno, no le sorprendía, pero si le molestaba. Él debió ser el primero en saberlo.
—Aunque no me los pidas, es inevitables hacerlos.
Damar rodó los ojos.
—Colocaré tus comentarios en un banco, a ver si de aquí a un tiempo, me genera algún interés.—Comentó Ryo.
—¡Ryo!— Damar regañó al Akiyama.
—Si no puedes generar intereses y ganar dinero, menos vas a lograr con comentarios.—Comentó Kouji.
—¡Ya, basta!—Exclamó la castaña y dirigió su mirada hacia el Akiyama— Ryo, vamos ¿sí?—Habló— No quiero que discutan.
—Pero él...—Intentó hablar Ryo.
Damar miró a Ryo, quien aún parecía a punto de protestar, pero ella no estaba dispuesta a seguir con la discusión.
—Ryo, basta, por favor. Vamos, no quiero que esto siga —dijo con firmeza, sin apartar la mirada de él.
Ryo abrió la boca, pero la intensidad en los ojos de Damar lo hizo detenerse. Sabía que no había discusión posible, que cuando ella decía "basta", no había nada que hacer.
—Está bien... —respondió finalmente, con un suspiro de resignación. Se levantó del banco, dispuesto a seguirla.
Damar miró a Kouji, quien la observaba en silencio, con esa misma mirada de antes. Ninguno de los dos dijo nada. Era una última mirada, cargada de significado, pero también de algo que ya no podía resolverse con palabras. En esa mirada había una mezcla de dolor, frustración y todo lo que se había acumulado a lo largo del tiempo, pero ninguno se atrevió a romper el silencio.
Finalmente, Damar giró la cabeza hacia adelante y empezó a caminar hacia Ryo, que ya estaba a su lado, esperando. A pesar de no decir una palabra, Ryo la siguió sin dudar, sabiendo que todo lo que había sucedido allí no merecía más atención.
Kouji se quedó atrás, observando cómo Damar se alejaba con Ryo, perdiéndose poco a poco entre la gente de la plaza. Por un momento, el mundo se sintió quieto, como si todo lo que había sucedido entre ellos estuviera suspendido en el aire, sin poder resolverse.
La mansión de Mimi estaba sumida en un profundo silencio, roto solo por el sonido lejano del viento que se colaba entre las grietas de las ventanas. La gran sala principal, decorada con elegancia, parecía estar fuera de lugar en ese momento de calma sombría. Los rayos de sol se filtraban suavemente a través de las cortinas de terciopelo, iluminando de manera casi melancólica los muebles cubiertos con polvo, como si la vida misma hubiera abandonado ese espacio por un instante.
Mimi estaba sentada en uno de los sofás, la cabeza reclinada hacia atrás, con los ojos cerrados, intentando hallar algo de consuelo en su agotada mente. El funeral de Layla había dejado una marca profunda en su alma, y aunque sabía que era algo que debía seguir adelante, el dolor era insoportable. Sus pensamientos volvían una y otra vez a sus hijas, a los rostros de Thomas y a Izumi, a lo frágiles que se veían al enfrentar esa pérdida. Y en especial, a la tristeza palpable en la cara de su hija pequeña, como si una parte de ella también hubiera partido junto a Layla.
El dolor en su pecho no era solo emocional. Sentía como si alguien le hubiera arrancado algo esencial de su ser, algo que nunca podría recuperarse. El peso de la culpa, la impotencia y la preocupación por el bienestar de sus hijos se acumulaba, y cada segundo se sentía más pesado que el anterior. Había pasado demasiado tiempo sin poder darles a sus hijos lo que realmente necesitaban, sin poder ser la madre que deseaban.
La quietud fue interrumpida por el sonido suave de pasos que se acercaban. Mimi levantó la vista lentamente, sin mucha expectativa, aún sumida en sus pensamientos. La figura de la empleada apareció en el umbral de la puerta, su rostro reflejando la cautela que siempre mostraba cuando se acercaba a la señora de la casa.
—Perdón por la interrupción, señora —dijo la empleada con voz suave, con un toque de formalidad en su tono—. Tiene visita.
Mimi frunció el ceño ligeramente, sorprendida, ya que no esperaba a nadie. Los días se estaban desvaneciendo entre la niebla de su dolor, y la idea de que alguien viniera a verla parecía ajena. Su tono, aunque aún adusto, reflejaba algo de sorpresa.
—¿Visita? —preguntó Mimi, levantándose lentamente del sofá, sus músculos adoloridos por la fatiga emocional. Su rostro, normalmente sereno, ahora mostraba las huellas de su lucha interna—. ¿Quién es?
La empleada vaciló por un momento antes de dar la respuesta, como si pesara cada palabra antes de hablar.
—Es Yamato Ishida, señora —dijo finalmente, mirando a Mimi con una ligera duda en sus ojos, como si estuviera esperando una reacción inesperada.
Mimi se quedó inmóvil por un momento. El nombre de Yamato Ishida le causó una extraña mezcla de emociones: sorpresa, incomodidad, y una especie de resentimiento reprimido. ¿Qué quería él en su casa después de todo lo sucedido? Pero sabía que no podía evitarlo, ya que sus palabras tenían un peso diferente, una autoridad que le otorgaba el hecho de ser quien era.
Con un suspiro pesado, Mimi se recompuso, su mirada tornándose más seria.
—Déjalo entrar —respondió con voz grave, aunque con un atisbo de curiosidad.
La empleada asintió y salió de la habitación, dejando a Mimi sola con sus pensamientos una vez más. Su corazón latió con fuerza en su pecho, casi como si presentara lo que estaba por venir. ¿Por qué venía Yamato? ¿Qué propósito tenía en esa visita inesperada? Una parte de ella deseaba que no viniera, pero otra, más profunda, la obligaba a esperar.
Pocos segundos después, la puerta se abrió nuevamente. Yamato entró con su porte habitual, sereno, imponente. Su presencia llenó la habitación, como si cada rincón estuviera marcado por su esencia, un recordatorio de su estatus y poder. Aunque estaba vestido con ropa más informal que de costumbre, su aire de autoridad seguía siendo el mismo.
Mimi no se movió de su lugar, su mirada fija en él mientras él cerraba la puerta detrás de sí. El silencio entre ellos fue denso, cargado de tensión. No era la primera vez que se encontraban, pero en ese momento había algo distinto en el aire. Mimi sentía una extraña inquietud al ver su rostro, un rostro que no lograba leer por completo.
—Haruna.—El rubio pronunció su "nombre"
—Yamato...—Mimi pronunció su nombre— ¿Qué haces aquí?
El rubio hizo una mueca: —Necesitaba verte.
La castaña alzó una ceja sorprendida—¿Verme?
El rubio asintió.
Mimi pasó su mirada por Yamato sorprendida.
—¡Vaya!— Musitó— No lo esperaba.
—Siento molestarte.
—No te preocupes.—Mimi tomó asiento en el sofá—Simplemente me sorprende verte.—Hizo una seña indicándole que tomase asiento.
Fue así como Yamato se acomodó a su lado.
—Dime ¿qué te trae por aquí luego de un día tan difícil para tu familia?
¿Qué lo traía por ahí? Era difícil de contestar. En realidad, era fácil, pero sería extraño para ella escuchar que él vino hasta ese lugar por ella.
—Quería agradecerte.—Respondió el rubio— Por haber asistido al funeral...—Comentó— Por apoyar a mi familia en este momento.
—Es lo mínimo que puedo hacer Yamato.— Contestó Mimi— No iba a irme como si nada.
—Tenías derecho a hacerlo, después de todo, todo fue imprevisto. Pero preferiste quedarte y apoyar a mi familia, en especial a mis hijas.—Comentó el oji-azul.
—No me agradezca, Yamato, en verdad.—Respondió la castaña—En este tiempo que llevo aquí le he tomado aprecio a tu familia.
¿Aprecio?
—Además, últimamente les ha tocado vivir situaciones difíciles.—Musitó la mujer— Tener apoyo y compañía es lo que merecen. Y lógicamente se los daré...—Depositó una mano en su hombro.
Yamato alzó la mirada encontrándose con sus ojos color miel...esos maravillosos ojos color miel.
El recuerdo del tatuaje vino a su mente, Yamato observó...eran tan parecidas...O la misma persona.
Yamato sin pensarlo depositó sus manos en las mejillas de Haruna y se acercó a ella para unir sus labios en un suave beso.
Mimi se sorprendió ante esto.
La noche había caído, y las calles de la ciudad estaban iluminadas por la cálida luz de las farolas. Izumi caminaba al lado de Takuya, con las manos escondidas en los bolsillos de su abrigo. El aire fresco acariciaba su rostro, y aunque su mirada permanecía fija en el suelo, su mente estaba lejos, perdida entre los recuerdos.
Takuya, siempre un paso detrás de ella, la observaba con cautela. No era común ver a Izumi así de vulnerable, y aunque no sabía exactamente qué decir, estaba decidido a acompañarla en ese momento difícil.
—¿Sabes? —dijo Izumi de repente, rompiendo el silencio. Su voz era baja, casi un susurro—. Layla solía decirme que la vida siempre nos pone pruebas difíciles para recordarnos lo fuertes que somos.
Takuya levantó la mirada, intrigado.
—Suena como alguien muy sabia —comentó con suavidad.
Izumi asintió, sus labios curvándose en una leve sonrisa melancólica.
—Lo era. Layla no era solo nuestra empleada. Era... —suspiró, buscando las palabras adecuadas—. Era como una segunda madre para mí. Cuando mis padres estaban trabajando, ella era quien me llevaba a la escuela, quien me preparaba mis comidas favoritas y quien me arropaba por las noches.
Takuya metió las manos en sus bolsillos, manteniendo el ritmo lento de su caminar.
—Debe haber sido alguien muy especial para ti y tu familia.
Izumi asintió de nuevo, sus ojos brillando con lágrimas que se resistían a caer.
—Lo era. —Hizo una pausa, como si estuviera reviviendo un momento en su mente—. Una vez, cuando tenía ocho años, me fracturé el brazo al caer de un árbol. No quería preocupar a mis padres porque estaban en un viaje de negocios, así que no les dije nada. Layla me llevó al hospital y estuvo conmigo todo el tiempo. Incluso me compró un helado después, para que me sintiera mejor.
Takuya sonrió ligeramente.
—Eso suena a algo que una madre haría.
—Exacto —dijo Izumi, deteniéndose por un momento y mirando hacia el cielo estrellado—. Layla siempre decía que no necesitaba tener hijos propios porque nosotros éramos su familia.
Takuya también se detuvo, girándose hacia ella.
—¿Y tú? ¿Cómo te sentías con eso?
Izumi se encogió de hombros, su sonrisa desvaneciéndose.
—Al principio, no lo entendía. Pensaba que solo era su trabajo, pero con el tiempo me di cuenta de que lo decía en serio. Ella nos quería. De verdad.
Takuya observó cómo Izumi luchaba por mantener la compostura. Dio un paso más cerca de ella y, sin decir nada, extendió una mano para tomar la suya. Izumi lo miró sorprendida, pero no apartó la mano.
—Es difícil perder a alguien así —dijo él, con una sinceridad que hizo que Izumi sintiera un nudo en la garganta—. Pero estoy seguro de que ella estaría feliz de saber cuánto significó para ti.
Izumi apretó ligeramente su mano, como buscando apoyo.
—Es que... siento que no le dije lo suficiente cuánto la apreciaba. Siempre pensé que estaría aquí, como si fuera algo seguro.
—Eso nos pasa a todos —respondió Takuya—. Pero creo que ella sabía lo importante que era para ti. A veces, no es necesario decirlo. Se siente.
Izumi lo miró por un momento, como si estuviera evaluando sus palabras. Luego, continuaron caminando, esta vez con menos distancia entre ellos.
—Layla tenía una risa tan peculiar —dijo Izumi después de unos segundos—. Era fuerte, como si no pudiera contenerla. Siempre decía que si te vas a reír, tienes que hacerlo con el corazón.
Takuya dejó escapar una pequeña risa.
—Eso explica de dónde sacaste tu risa tan... contagiosa.
Izumi le dio un ligero golpe en el brazo, pero por primera vez esa noche, una sonrisa genuina apareció en su rostro.
—No es contagiosa.
—Claro que lo es —replicó Takuya, sonriendo—. Siempre que te ríes, todo el mundo a tu alrededor termina riéndose también. Incluso yo, y eso que soy un caso difícil.
Izumi lo miró de reojo, entrecerrando los ojos con fingida sospecha.
—¿Estás intentando hacerme reír ahora?
—Tal vez... —dijo él, con una media sonrisa—. ¿Está funcionando?
Izumi negó con la cabeza, aunque un leve brillo de humor apareció en sus ojos.
El resto del camino continuaron compartiendo historias, recuerdos de Layla que ahora Izumi podía contar sin que las lágrimas la interrumpieran. Takuya escuchaba atentamente, haciendo preguntas y dejando que Izumi guiara la conversación. Cuando finalmente llegaron al parque al final de la calle, se sentaron en un banco, rodeados por la tranquilidad de la noche.
—Gracias por esto, Takuya —dijo Izumi, después de un rato en silencio.
—¿Por qué? —preguntó él, inclinándose un poco hacia ella.
—Por escucharme. Por estar aquí.
Takuya sonrió, aunque esta vez su expresión era más seria.
—Siempre voy a estar aquí para ti, Izumi. Siempre.
Izumi sintió un calor reconfortante en el pecho. Aunque la pérdida de Layla seguía doliendo, esa noche, junto a Takuya se permitió sentir un poco de paz.
Mimi abrió sus ojos sorprendida ante el beso inesperado de Yamato. Rápidamente depositó una mano en su pecho y se alejó de él.
—¡Yamato!— Llevó una mano a su boca—¿Qué fue eso?
Yamato pasó su mirada por la castaña.
—Disculpa, pero no pude evitarlo.
—¿Evitarlo?— Preguntó la castaña sin entender su acción. De un momento a otro la besó...sin más—Yamato, ya te dije que, esto no debía volver a ocurrir.
—Lo sé, lo sé.—Respondió el rubio— Pero necesitaba hacerlo.
Necesitaba respuestas...
—Eres tan buena persona, siempre estás conmigo y con mis hijas cuando lo necesitamos.—Declaró Yamato.
—Ya te dije porque lo hago.—Comentó Haruna— Le tengo aprecio a tus hijas, ellas me han recibido bien. Y tengo buena amistad con Sora, es inevitable que me comporte de esta manera.—Declaró— No tienes porque verme diferente y creer que lo hago con intenciones de relacionarme contigo.— Se colocó de pie y caminó hacia la ventana.
Yamato se colocó de pie: —Jamás dije eso.—Respondió y tomó su brazo.
Haruna volteo hacia él.
—Es simplemente que me es difícil mantener lejos de ti, Haruna...— Suavemente depositó sus manos en los hombros de ella— Me siento muy atraído por ti.
La oji-miel observó sorprendida al hombre: —¿Qué dices?
—Lo que escuchaste...—Respondió Yamato— Me siento muy atraído por ti.— Acercó su rostro al de ella rosando sus narices.
—No, no...—Mimi rápidamente se alejó de él— Esto no está bien.— Comentó— ¡Tú estás casado con Sora!
—Lo sé.— Contestó el rubio.
—Entonces...—Musitó la castaña—¿Eso no te dice nada?
Yamato suspiró, pasándose una mano por el cabello rubio en un intento de ordenar sus pensamientos. La intensidad en sus ojos azules no disminuía, y Haruna podía sentir cómo la mirada de él buscaba encontrar alguna rendija en su resistencia.
—Claro que me dice algo, Haruna —dijo finalmente, con una mezcla de frustración y sinceridad en su voz—. Pero no puedo ignorar lo que siento.
—¿Aunque sabes que no es correcto?
Yamato asintió: —Aunque sé que está mal.
Haruna negó con la cabeza, cruzándose de brazos como si intentara protegerse de las palabras de Yamato.
—Esto no puede seguir así, Yamato. No deberías estar diciendo estas cosas. Tienes una familia, tienes a Sora, tienes un compromiso que juraste respetar.
—¿Y crees que no lo sé? —replicó Yamato, con un deje de amargura—. ¿Crees que no me atormenta saber que estoy sintiendo esto? Pero Haruna, cada vez que te veo... cada vez que hablas con mis hijas o cuando sonríes como si nada en el mundo pudiera afectarte... me es imposible no pensar en ti.
—¡Detente! —dijo Haruna, dando un paso atrás mientras su voz se quebraba—. Esto no es justo, ni para mí ni para Sora. Yo nunca he hecho nada para alentarte, Yamato.
Sí, era una mentira, porque estuvo bastante tiempo buscando esto. Pero no podía admitirlo.
—Siempre he sido clara contigo. Solo estoy aquí porque me importa el bienestar de tus hijas y porque aprecio a Sora como amiga. No quiero que uses eso como una excusa para confundir lo que sientes.
Yamato se quedó en silencio por un momento, su mandíbula apretada. Había algo en la firmeza de las palabras de Haruna que lo desarmaba, pero al mismo tiempo le hacía desear luchar por lo que sentía, incluso si sabía que no debía. Dio un paso hacia ella, pero Haruna alzó una mano para detenerlo.
—Haruna...
—Por favor, Yamato... no sigas. —Haruna lo miró con una mezcla de tristeza y determinación—. Lo que estás diciendo ahora es solo una forma de escapar de tus problemas. Yo no soy una solución para eso.
—No busco que soluciones mis problemas.—Respondió el rubio— Estoy intentando solucionar el mío que se expresa cada vez que te veo y tengo que ocultar lo que provocas en mi.
La castaña movió su cabeza: —Yamato, esto no puede ser...—Comentó— De seguro estás confundido.
—¿Confundido?
Haruna asintió: —¿No tuviste una amante hace un tiempo?
Yamato se mordió el labio inferior ante esto— Sí, tuve algo con Nanami hace un tiempo.
—¿Entonces?— Preguntó la castaña— ¿Quieres que sea tu amante? así como ella.
—No, Haruna, no quiero eso.—Se apresuró a decir Yamato.
—Eso parece.
—¡Pero no es!— Yamato tomó sus manos y se acercó a ella— Lo que me ocurre contigo no me ocurría hace tiempo...¡Hace mucho tiempo!...Ni con Nanami, ni con Sora...
La castaña movió su cabeza.
—Esto que siento por ti, solo me ocurrió con Mimi.
¿Con Mimi?
Ese nombre resonó en la cabeza de la castaña que dirigió su mirada hacia Yamato totalmente sorprendida.
—¿Co-con...—Balbuceo— ¿Con la madre de tus hijas?
Yamato asintió: —Sí.—Respondió.
Yamato apretó ligeramente las manos de Haruna entre las suyas, buscando transmitirle la intensidad de sus sentimientos. Sus ojos azules brillaban con sinceridad mientras hablaba.
—Sí, Haruna... Lo que siento por ti es similar a lo que sentí por Mimi. —Su voz era baja pero firme, cargada de emociones—. Ella era mi luz en los momentos más oscuros, mi refugio, alguien que me entendía sin necesidad de palabras. Cada vez que estaba con ella, sentía que podía ser más que un líder, más que el hombre que todos esperaban que fuera.
Haruna permaneció en silencio, procesando las palabras de Yamato. El peso de su confesión la dejó inmóvil, pero la sorpresa en su rostro era evidente.
—Ella me hacía sentir vivo, Haruna —continuó él—. Pero más allá de eso, me hacía sentir humano. Mimi tenía una fuerza que me inspiraba, una bondad que me desarmaba, y cuando la perdí... sentí como si una parte de mí se hubiera ido con ella. —Hizo una pausa, cerrando los ojos como si recordara algo profundamente doloroso—. Nunca pensé que volvería a sentir algo así... hasta que apareciste tú.
Haruna retiró suavemente sus manos de las de Yamato y dio un paso atrás, su mirada llena de una mezcla de empatía y firmeza.
—Yamato... yo no soy Mimi. —Su voz era suave pero determinada—. Entiendo que ella fue alguien importante para ti, alguien a quien amaste profundamente, pero yo no soy ella. No puedo llenar el vacío que dejó en tu vida.
Yamato asintió lentamente, como si ya esperara esa respuesta.
—Lo sé, Haruna. Sé que no eres Mimi, y no espero que lo seas. —Se acercó un poco, respetando el espacio que ella había puesto entre ambos—. Pero hay algo en ti, algo en tu forma de ser, que me recuerda a ella. Tu bondad, tu fortaleza, la manera en que siempre estás para los demás... Es como si el destino hubiera decidido darme otra oportunidad para sentir algo verdadero.
La castaña lo miró fijamente, con los ojos llenos de tristeza.
—Eso que sientes por mí, Yamato, no es amor. Es nostalgia. Es el deseo de volver a sentir lo que tenías con Mimi, pero conmigo. Y eso no es justo para ninguno de los dos.
—No, Haruna. —La voz de Yamato se endureció ligeramente, pero sin perder su vulnerabilidad—. Esto que siento por ti no es solo nostalgia. Es algo real. Es cierto que me recuerdas a ella, pero no porque seas igual, sino porque tienes esa misma chispa que ella tenía. Esa capacidad de iluminar todo a tu alrededor.
La oji-miel suspiró profundamente, sintiendo un nudo en el pecho. Las palabras de Yamato la conmovían, pero también la atormentaban. No quería ser un reflejo de alguien más, ni un sustituto de un amor perdido.
—No puedo ser lo que necesitas, Yamato. —Su voz se quebró ligeramente—. No puedo ser tu refugio, tu luz... No puedo ocupar el lugar de alguien que fue tan importante para ti.
Yamato bajó la cabeza por un momento, como si las palabras de Haruna fueran un golpe que lo debilitara. Pero luego alzó la mirada, su expresión reflejando una mezcla de dolor y resolución.
—No quiero que ocupes su lugar, Haruna. —Dio un paso más hacia ella, mirándola a los ojos—. Lo único que quiero es que me des la oportunidad de demostrarte que lo que siento por ti es real.
¡Necesitaba una oportunidad! Necesitaba encomendar las cosas...Él actúo como un idiota...La perdió por idiota. Necesitaba recuperarla.
Mimi tragó saliva, sintiendo las lágrimas arder en sus ojos. Se quedó en silencio, sin saber qué responder. Yamato esperó, pero la tensión entre ambos era palpable. Finalmente, negó con la cabeza.
—No puedo, Yamato. —Su voz era apenas un susurro—. No puedo corresponderte. Esto no está bien, y no sería justo para ti, para mí ni para Sora.
Yamato asintió lentamente, aceptando su decisión aunque el dolor en sus ojos era evidente.
—Lo entiendo. —Dio un paso atrás, soltando un largo suspiro—. Pero, Haruna, quiero que sepas algo: tú no eres Mimi... pero has hecho que mi corazón vuelva a latir de una forma que creí perdida para siempre. Y eso, para mí, ya es suficiente.
Haruna sintió su corazón detenerse por un instante. Las palabras de Yamato resonaban en su mente con una fuerza que no podía ignorar. Cada vez que él pronunciaba el nombre de Mimi, algo en su interior se rompía, porque sabía la verdad que él no conocía. Ella era Mimi. Había regresado con un nuevo rostro, con un pasado enterrado bajo la fachada de otra vida, y él ni siquiera lo sospechaba.
—Vete...—Rogó— Por favor.
Yamato hizo una mueca y suspiró:—Está bien.—Comentó— Me voy.
A medida que se distanciaba, la culpa la seguía como una sombra. Cada paso que daba era más pesado que el anterior, porque sabía que estaba traicionándolo de nuevo. Había regresado a su vida, pero no como él merecía. Le había dado esperanzas basadas en una mentira, y eso la atormentaba más que cualquier otra cosa.
Mientras se alejaba, una sola frase resonaba en su mente: "No soy Mimi... pero soy yo. Y algún día, Yamato, tendrás que saberlo."
La noche se había apoderado de la ciudad, y el silencio reinaba en la habitación de Sora. La oscuridad era rota solo por la tenue luz de la lámpara sobre su mesita de noche, que proyectaba sombras alargadas en las paredes. Sora estaba acostada en la cama, su cuerpo rígido y su mirada perdida en el techo.
Yamato no estaba. Era tarde y él no llegaba. Sin embargo, esto no parecía molestar a la pelirroja.
Los pensamientos giraban en su mente, caóticos y desgarradores, como un torbellino imposible de detener.
Habían pasado horas, mejor dicho, un día desde que Layla les confesó la verdad. Horas desde que esa bomba cayó sobre su corazón, abriendo viejas heridas que nunca habían cicatrizado por completo. El aire de la habitación parecía espeso, cargado con el peso de los recuerdos que ahora inundaban su mente.
Taichi
Sora cerró los ojos, pero eso solo intensificó las imágenes de él. Su sonrisa cálida, sus ojos llenos de vida, su risa contagiosa. Podía casi escuchar su voz llamándola por su nombre, con esa mezcla de cariño y determinación que siempre lo caracterizó. Una lágrima rodó por su mejilla, silenciosa, mientras apretaba con fuerza las sábanas entre sus dedos.
"¿Cómo pude creerlo?" pensó, su pecho oprimido por la culpa y el arrepentimiento. Todo este tiempo, más de veinte años, había vivido con la convicción de que Taichi la había traicionado, que había roto su confianza de la manera más dolorosa posible. Pero ahora... ahora sabía que todo había sido una mentira. Una mentira cuidadosamente tejida para separarlos.
Un sollozo se escapó de sus labios mientras recordaba la última vez que vio a Taichi. La discusión, las palabras hirientes que intercambiaron, y la forma en que él se había marchado, llevándose consigo un pedazo de su alma. Nunca tuvo la oportunidad de disculparse, de preguntarle si realmente la había amado tanto como ella lo había amado a él.
Siempre lo amé.
El pensamiento se clavó en su mente como una daga. A pesar de todo, a pesar del dolor y la desconfianza, nunca dejó de amarlo. Había intentado seguir adelante, construir una vida con Yamato y ser feliz, pero una parte de su corazón siempre perteneció a Taichi. Esa parte que ahora dolía más que nunca, porque sabía que nunca podría recuperarlo.
"¿Cómo soportaste todo esto, Taichi?" se preguntó en silencio, mientras las lágrimas seguían cayendo. "¿Cómo viviste con el peso de mi odio, sabiendo que era injusto?"
Se giró hacia un lado, abrazando la almohada como si fuera su única ancla en un mar de emociones desbordadas. Su mente la llevó de vuelta a los momentos felices que compartió con él: los paseos bajo el sol, las noches llenas de risas, los sueños que construyeron juntos. Era como si cada recuerdo estuviera tratando de recordarle lo que había perdido, lo que le había sido arrebatado por la manipulación de otros.
Hiroaki. Toshiko. Layla.
La rabia comenzó a arder en su pecho. Esas personas habían destruido su vida, su amor, su confianza. Le habían robado la posibilidad de despedirse de Taichi como él merecía, de amarlo hasta el último aliento. Habían condenado su memoria a ser vista como la de un traidor, cuando en realidad había sido una víctima.
"Lo siento, Taichi", susurró, su voz rota por la emoción. "Lo siento tanto. No debí dudar de ti. No debí dejar que nos separaran."
Pero las palabras no podían cambiar el pasado. No podían traerlo de vuelta. La realidad era implacable, y Sora lo sabía. Taichi estaba muerto, y todo lo que le quedaba de él eran recuerdos y una culpa que ahora parecía insoportable.
Se incorporó en la cama, abrazándose las rodillas y dejando que su frente descansara sobre ellas. Su cabello pelirrojo caía en cascada alrededor de su rostro, ocultando las lágrimas que seguían fluyendo. Había amado a Taichi con todo su ser, y ese amor nunca había desaparecido, incluso cuando pensó que él la había traicionado. Ahora, la verdad la golpeaba con una fuerza devastadora, dejando su corazón en pedazos.
—¿Cómo pudo pasar esto? —susurró al aire, como si esperara una respuesta que nunca llegaría.
En ese momento, su mirada se posó en su velador, tomó su celular y buscó entre sus archivos una imagen que mostraba a un joven Taichi sosteniendo a Isamu, su hijo, cuando era un bebé. Ambos sonreían, ajenos a las tormentas que vendrían. Sora alargó una mano temblorosa, tomando el marco y acercándolo a su pecho.
—Los extraño... —murmuró, dejando que su voz se rompiera mientras abrazaba la foto con fuerza.
El dolor era insoportable, un abismo oscuro que parecía no tener fin. Pero en medio de ese sufrimiento, también había una chispa de algo más: determinación. Sora sabía que no podía cambiar el pasado, pero podía asegurarse de que la verdad saliera a la luz. Podía honrar la memoria de Taichi luchando contra quienes les habían arrebatado su felicidad.
~Años atrás~
El atardecer teñía el cielo de un cálido tono anaranjado, reflejándose en las hojas de los árboles que bordeaban el parque. Taichi esperaba sentado en un banco, jugueteando nervioso con una flor. Sus pensamientos estaban enredados, pero se desvanecieron en cuanto vio a Sora acercarse.
Ella caminaba lentamente, como si cada paso le pesara. Su cabello rojo brillaba bajo la luz dorada, pero su rostro estaba marcado por una expresión de preocupación. Cuando llegó frente a él, Taichi se puso de pie de inmediato, con una sonrisa amplia y sincera.
—Sora ¡que bueno que llegaste!
La pelirroja sonrió de lado y se acercó a él— Hola.
Sora intentó sonreír, pero la emoción en sus ojos delató su nerviosismo. Antes de que pudiera reaccionar, Taichi se inclinó hacia ella y le dio un beso suave en los labios. Ella correspondió al gesto, pero su beso era tímido, contenido, como si algo la frenara. Taichi se apartó apenas unos centímetros, notando el miedo en su mirada.
—Toma, traje esto para ti.—Le entregó la flor— Feliz aniversario.
Sora observó la flor sorprendida: —¿E?—Balbuceo— Gra-gracias...—Bajó la mirada.
—¿Qué sucede? —preguntó Taichi con ternura, buscando sus ojos—. ¿Por qué tienes ese rostro triste?
Sora miró el suelo, evitando su mirada. Sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba encontrar las palabras.
—Sora...—Taichi tomó su rostro entre sus manos— Dime ¿qué sucedió? ¿por qué estás así?—Preguntó preocupado— ¿Discutiste con tu madre?
La pelirroja negó con la cabeza.
—¿Tuviste un problema? Dime ¿por qué estás triste?
Sora respiró hondo y sacó un pequeño objeto de su bolsillo: un test de embarazo. Lo sostuvo frente a él con las manos temblorosas, su rostro se inundó de lágrimas.
—Me hice un test, Taichi...—Declaró— Y...salió posi-positivo...—Inevitablemente tartamudeo.
El castaño se sorprendió ante esto y su mirada pasó por el test.
—Taichi... estoy... estoy embarazada —susurró, su voz quebrándose al final.
El silencio que siguió fue pesado, roto solo por el suave susurro del viento. Taichi observó a su novia, luego miró el test, después a Sora, y de nuevo al test. Su mente procesaba lentamente lo que acababa de escuchar.
—¿Embarazada? —repitió en un susurro, como si probara la palabra en sus labios.
Sora asintió, las lágrimas cayendo ahora sin control por sus mejillas. Dio un paso atrás, abrazándose a sí misma como si esperara que él se apartara de ella. Pero en lugar de alejarse, Taichi dio un paso adelante, tomando su rostro entre sus manos.
—Sora, mírame —le pidió con suavidad, inclinándose para que sus ojos se encontraran—. ¿Por qué estás tan asustada?
—Taichi... —sollozó ella—. No sé qué vamos a hacer. Somos muy jóvenes...—Habló— No estoy lista para esto. Y tú... tú tampoco. No quiero arruinarte la vida.
Taichi negó con la cabeza, su pulgar acariciando suavemente su mejilla para limpiar las lágrimas.
—Sora, escúchame. Esto no arruina nada. Sí, es inesperado... pero no significa que esté mal.
—Pe-pero no lo planeamos.
—Sí, no lo planeamos para ahora, pero eso no significa que no podamos recibirlo.
—Mi madre no estará feliz y los demás hablarán...
—¡No me importa lo que piensen los demás!— Exclamó el castaño— Te amo, Sora. Y si esto es parte de nuestra historia, enfrentaremos lo que venga juntos.
Ella lo miró, sus ojos llenos de miedo pero también de esperanza. Su corazón latía con fuerza mientras sentía el calor y la sinceridad en sus palabras. Taichi bajó las manos hasta tomar las suyas, entrelazando sus dedos.
—Te prometo que no voy a abandonarte, ni a ti ni a nuestro bebé —continuó, su voz firme pero llena de amor—. Lo resolveremos, un paso a la vez. Pero lo más importante ahora es que estamos juntos.
Sora no pudo contenerse más y se lanzó a abrazarlo, enterrando su rostro en su pecho. Taichi la rodeó con sus brazos, sosteniéndola como si fuera el tesoro más preciado. Sus lágrimas se mezclaban con una tímida sonrisa al sentir el latido constante de su corazón contra el suyo.
—Gracias, Taichi... —murmuró ella—. No sé qué haría sin ti.
Él besó la cima de su cabeza, cerrando los ojos mientras la mantenía cerca.
—Nunca tendrás que averiguarlo, porque siempre estaré aquí para ti.
El sol terminó de ocultarse en el horizonte, dejando a la pareja envuelta en una suave penumbra, con la promesa de un nuevo capítulo por delante.
~Actualidad~
Cerró los ojos, permitiendo que los recuerdos de Taichi la envolvieran una vez más, esta vez como un consuelo en medio de la tormenta.
Lo siento, Taichi
Inevitablemente la imagen de Toshiko apareció en la mente de Sora...
Apretó su puño.
Su madre pagaría por esto
Las calles estaban envueltas en un manto de oscuridad, apenas iluminadas por las farolas que proyectaban una tenue luz amarilla sobre los adoquines húmedos. La brisa nocturna era fría, cortante, y se colaba entre los pliegues de la chaqueta de Yamato, quien caminaba con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha y el semblante sombrío. Su respiración formaba nubes de vapor que se disipaban rápidamente en el aire helado, pero él apenas lo notaba.
Cada paso resonaba en el silencio de la noche, un eco constante que lo acompañaba en su soledad. Las calles desiertas parecían reflejar el vacío que sentía en el pecho, un peso insoportable que lo asfixiaba con cada pensamiento. Los últimos momentos en el hospital, las palabras de Layla, los años de mentiras... todo se repetía en su mente como un bucle interminable.
"Yo mentí... Mimi nunca te fue infiel."
Esa frase lo golpeaba una y otra vez, como un martillo implacable. ¿Cómo había sido tan ciego? ¿Cómo había permitido que las palabras de otros erosionaran lo que él y Mimi habían construido juntos? Yamato cerró los ojos con fuerza, como si intentara bloquear las imágenes que lo atormentaban, pero no servía de nada. La veía claramente, a ella, su gran amor, con esa sonrisa luminosa que había sido capaz de iluminar incluso sus días más oscuros.
Mimi.
Solo pensar en su nombre era como una daga en su corazón. Recordó el día en que todo comenzó a desmoronarse, cuando Layla le aseguró haber visto a Mimi con Taichi, enredados en una traición que él nunca cuestionó. "¿Por qué no fui capaz de luchar por ella?", se preguntó, con el ceño fruncido y los labios apretados.
Se detuvo bajo una farola parpadeante y levantó la vista hacia el cielo nocturno. Las estrellas estaban ocultas tras una capa de nubes grises, pero él apenas lo notaba. Todo lo que podía ver eran las lágrimas en el rostro de Mimi cuando él le dio la espalda, cuando la dejó sola frente a las acusaciones que la destrozaron. Ella lo había mirado con una mezcla de dolor y súplica, esperando que él la defendiera, que le creyera. Pero no lo hizo.
Yamato golpeó con fuerza la pared de un edificio cercano, su mano temblando tanto por la rabia como por el frío. Un gruñido de frustración escapó de sus labios, resonando en la quietud. "Soy un cobarde", pensó, cerrando el puño herido. "La dejé sola cuando más me necesitaba. Permití que esas mentiras nos destruyeran."
El recuerdo de Mimi enfrentando el juicio se apoderó de él. Había estado allí, pero no como su aliado. La había observado desde la distancia, incapaz de reconciliar el amor que sentía por ella con la traición que creía real. Taichi también había estado allí, firme y silencioso, aceptando el odio de Yamato sin decir una palabra en su defensa.
Y ahora lo entendía. Ambos habían callado porque nunca hubo nada que defender. Todo había sido una farsa, una red de mentiras tejida por quienes querían separarlos. Y él, como un idiota, había caído en ella.
Siguió caminando, más rápido esta vez, como si pudiera escapar de los recuerdos que lo perseguían. Pero Mimi estaba en todas partes. Su risa resonaba en su mente, mezclándose con las imágenes de los momentos felices que compartieron. Recordó cómo solía apoyarse en él, cómo siempre lo miraba con esos ojos llenos de confianza y amor. Recordó las noches en que hablaban durante horas, soñando con un futuro juntos.
Pero ese futuro nunca llegó. Él lo destruyó.
La brisa helada trajo consigo el sonido lejano de una campana, y Yamato se detuvo frente a un pequeño parque. Las hojas de los árboles susurraban con el viento, y el banco vacío junto a la fuente le recordó las tardes que solían pasar juntos. Se sentó lentamente, apoyando los codos en las rodillas y enterrando el rostro entre las manos.
—Mimi... —susurró, su voz quebrándose.
El dolor era insoportable. La culpa lo consumía, un monstruo que lo devoraba desde dentro. Había perdido al amor de su vida porque no tuvo el valor de luchar por ella, porque permitió que las dudas se interpusieran entre ellos. Y ahora, años después, descubría que todo había sido un error, un error que nunca podría deshacer.
Se quedó allí, en silencio, mientras la noche avanzaba. Las lágrimas caían silenciosas por sus mejillas, mezclándose con el viento frío. Por primera vez en mucho tiempo, Yamato se permitió llorar, dejando que el peso de su arrepentimiento lo inundara por completo.
Pero no importaba cuánto llorara o cuánto se arrepintiera. Nada cambiaría el hecho de que había perdido a Mimi. Y, tal vez, era algo que nunca podría perdonarse a sí mismo.
~Al día siguiente~
Mimi estaba sentada a la mesa del comedor, con una taza de té entre sus manos. El desayuno estaba servido: frutas frescas, panes recién horneados y una pequeña bandeja de quesos. Sin embargo, ella apenas había probado bocado. Sus ojos estaban clavados en algún punto indefinido de la mesa, y su rostro, pálido y cansado, no dejaba lugar a dudas de que algo la perturbaba.
Koushiro entró con un aire tranquilo, llevando consigo algunos papeles que dejó a un lado antes de sentarse frente a ella. Le echó un vistazo rápido y frunció el ceño.
—No tienes buen rostro, Mimi —comentó, su tono una mezcla de preocupación y curiosidad.
Mimi alzó la mirada lentamente, como si le costara enfocar en el momento presente. Dio un sorbo a su té antes de responder con un suspiro.
—No dormí muy bien —admitió, sin molestarse en maquillar la verdad.
Koushiro la observó con atención, sus ojos oscuros buscando alguna señal que le diera más contexto. No era habitual ver a Mimi tan apagada. Tras un momento de silencio, decidió arriesgarse.
—¿Eso tiene algo que ver con la visita de Yamato?
La pregunta pareció tensarla. Mimi hizo una leve mueca y apartó la mirada, llevándose una mano a la frente como si intentara aliviar un dolor invisible.
—No tengo ánimos de hablar de eso, Koushiro.
El pelirrojo levantó las manos en un gesto de rendición, respetando sus límites. Decidió cambiar de tema, aunque el aire entre ellos seguía cargado de una incomodidad palpable.
—De acuerdo, no insistiré. Pero dime, ¿cómo va tu plan con el tema de Shuu y Toshiko?
Mimi relajó un poco los hombros ante el cambio de conversación y se tomó un momento antes de responder. Parecía debatir consigo misma si debía hablar de ello.
—Todo va bien —dijo finalmente, aunque su tono indicaba que había más tras esas palabras. Luego lo miró directamente—. Pero, ¿estás de acuerdo con lo que propuse?
Koushiro ladeó la cabeza, sorprendido por el giro en su pregunta. Él estaba acostumbrado a analizar cada detalle antes de actuar, pero la duda de Mimi lo hizo cuestionar si ella misma estaba del todo convencida.
—Lo estoy. Pero la pregunta es... ¿tú estás segura? —replicó con cuidado.
Mimi asintió con firmeza, aunque sus ojos reflejaban una pizca de incertidumbre. Tomó un trozo de pan y lo desmenuzó entre sus dedos, más como un gesto nervioso que por verdadero apetito.
—Es la mejor forma de proceder —declaró, tratando de sonar resuelta—. Toshiko acusó a Shuu de acoso. No creo que a él le guste, pero creo que podemos aprovechar eso para sembrar un poco de discordia entre ellos.
Koushiro arqueó una ceja, intrigado.
—¿Aprovechar? ¿Te refieres a usar esa acusación para...? —Dejó la frase en el aire, esperando que Mimi completara.
—Para debilitar su alianza, claro —afirmó Mimi, recostándose en su silla—. Si logramos que desconfíen el uno del otro, será más fácil dividirlos. Toshiko está acostumbrada a manipular situaciones, pero si Shuu comienza a sospechar de sus intenciones... Bueno, digamos que no será tan sencillo para ella mantener el control.
Koushiro asintió lentamente, procesando sus palabras.
—Es arriesgado. Si Toshiko se da cuenta de que estamos detrás de esto, podría volverse más peligrosa.
—Lo sé. Pero no tenemos otra opción. —Mimi dejó el pan a un lado y fijó su mirada en Koushiro—. Toshiko tiene demasiado poder ahora, y Shuu es el único que puede servirnos para equilibrar un poco las cosas. Si jugamos bien nuestras cartas, ambos saldrán perdiendo.
La luz matutina se filtraba tenuemente a través de las cortinas, iluminando el comedor con un resplandor cálido y suave. Sora estaba sentada a la cabecera de la mesa, con una taza de té entre sus manos, mientras observaba a sus hijas. Izumi removía lentamente su cereal, apenas prestando atención a lo que hacía, y Rika jugaba distraídamente con un trozo de pan tostado.
El silencio era palpable. Desde la muerte de Layla, algo se había roto en la dinámica de la familia. Cada desayuno, cada conversación, parecía estar envuelto en un aire de incompletitud.
—Es extraño, ¿no? —murmuró Rika, rompiendo el silencio mientras dejaba el pan en su plato.
Sora la miró con curiosidad.
—¿A qué te refieres, hija?
Rika suspiró y se encogió de hombros.
—Todo esto... el silencio, el desayuno...—Comentó— Sin la presencia de Layla.
Izumi levantó la vista de su cereal, sus ojos brillando con una mezcla de tristeza y acuerdo.
—Es como si... su ausencia estuviera siempre aquí, sentada con nosotros.
Sora asintió lentamente, sintiendo un nudo formarse en su garganta.
—Lo sé. —Su voz era apenas un susurro—. Es extraño estar aquí y que ella no esté.
El ambiente se tornó más pesado por un momento.
—No quiero sonar insensible, pero más temprano que tarde, tendremos que contratar una nueva empleada.—Comentó Sora.
—¿Otra persona?
Sora asintió: —Sé que, ustedes querían mucho a Layla, pero necesitamos a alguien que ordene, limpie. Esta casa es muy grande y. tanto ustedes como su padre y yo tenemos cosas que hacer en el día, necesitamos alguien que esté en casa.
Izumi suspiró— Tienes razón.
—Estaba pensando que...— Antes de que Sora pudiera continuar, el sonido de pasos ligeros se escuchó en el pasillo. Takeru apareció en el umbral de la puerta, su rostro iluminado por una sonrisa amable.
—Buenos días —saludó, caminando hacia la mesa.
Las tres respondieron al unísono, aunque sus voces carecían de la energía habitual.
—Buenos días, Takeru —dijo Sora con un esfuerzo por sonar más animada.
Takeru tomó asiento y miró a su alrededor, notando la atmósfera pesada que llenaba la habitación.
—¿Dónde está Yamato? —preguntó, rompiendo el silencio.
Sora dejó su taza en la mesa y suspiró.
—Salió temprano en la mañana.
Takeru frunció el ceño, sorprendido.
—¿Tan temprano? —preguntó, mirando a Sora fijamente—. Llegó tarde anoche. Apenas lo vi, y no pude hablar con él.
Rika intervino antes de que su madre pudiera responder.
—Supongo que está ocupado con cosas del trabajo —dijo con un tono algo indiferente, aunque la preocupación en sus ojos la delataba.
Takeru apoyó los codos en la mesa, pensativo.
—Espero que eso sea todo. Aunque... Yamato nunca fue de evitar conversaciones importantes.
Sora apretó los labios, mirando su taza de té como si contuviera las respuestas a todas las preguntas.
—Yamato tiene muchas cosas en la cabeza últimamente —dijo finalmente, su voz tranquila pero cargada de un subtexto que Takeru no pudo descifrar.
El silencio volvió a instalarse en la mesa. Takeru, aunque inquieto, decidió no presionar más. Mientras tanto, Izumi y Rika intercambiaron miradas.
—Bueno, como les estaba comentando, necesitaremos a otra persona que trabaje aquí, como saben puertas adentro, todo el día...—Sora continuó hablando, pero ni Takeru, ni las dos chicas parecían escucharla.
La ausencia de Yamato y el vacío dejado por Layla parecían formar una sombra constante sobre la familia, y aunque todos intentaban actuar con normalidad, sabían que la dinámica nunca sería la misma.
Haruna se ajustó la chaqueta mientras sus tacones resonaban en el suelo pulido del edificio corporativo. Su rostro mantenía una máscara de serenidad, pero por dentro se sentía como un campo de batalla. Las palabras de Yamato seguían resonando en su mente, arrancándole el sueño la noche anterior.
"Esto que siento por ti solo me ocurrió con Mimi."
Se mordió el labio al recordar esa declaración. La culpa la carcomía, una sensación que ya era demasiado familiar. No podía dejar de preguntarse si había tomado la decisión correcta al regresar bajo un nuevo nombre y un nuevo rostro. Había querido un cierre, una forma de protegerse a sí misma y a sus hijas. Pero estar cerca de Yamato solo complicaba las cosas.
Entró en el ascensor y presionó el botón para su piso, cruzándose de brazos mientras se apoyaba contra la pared metálica. Sus ojos se clavaron en las puertas cerradas, pero su mente estaba lejos, atrapada en la maraña de emociones que había intentado ignorar.
"No puedo seguir con esto." Sus pensamientos se repetían, como un mantra lleno de desesperación. Pero sabía que no tenía opción. Su plan estaba en marcha, y detenerlo ahora sería destruir todo lo que había construido desde su regreso.
El ascensor descendió con un suave zumbido. Haruna inhaló profundamente, tratando de reordenar sus emociones antes de enfrentarse a otro largo día de trabajo. Pero cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, algo inesperado la sacó de su ensimismamiento.
Un objeto voló hacia ella, golpeándola suavemente en la pierna. Haruna bajó la mirada, sorprendida, y vio un pequeño biberón rodando hasta detenerse a sus pies.
—¡Oh, Dios mío! ¡Perdón, señora Haruna! —exclamó Mizuki, su secretaria, apareciendo apresurada detrás del objeto.
Antes de que Haruna pudiera responder, una pequeña figura emergió tras Mizuki. Era una niña de aproximadamente dos años, con un cabello rubio que caía en suaves rizos alrededor de su carita y unos ojos azules enormes, llenos de curiosidad.
Haruna sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Se agachó lentamente, recogiendo el biberón mientras la pequeña la observaba con una mezcla de timidez y fascinación.
—¿Y esta pequeña? —preguntó Haruna, con la voz apenas audible.
—Es mi hija.—Respondió la secretaria.
—¿Tu hija?
Mizuki asintió mientras tomaba el biberón del suelo.
Mimi pasó su mirada por la pequeña...¡Era una hermosura!
Por un momento vino a su mente el recuerdo de sus dos hijas, Izumi y Nene cuando tenían esa edad.
El suave zumbido del ascensor se hizo más notorio mientras las puertas se cerraban, dejando a Haruna frente a Mizuki y la pequeña. El ambiente se llenó de un silencio incómodo antes de que un sonido de pasos resonara por el pasillo. De repente, las puertas del ascensor se abrieron con un suave "ding".
Yamato apareció en el umbral del ascensor, su expresión habitual de calma y control, pero algo en su rostro se tensó al ver la escena frente a él. Sus ojos se posaron primero en Haruna, y luego, con una sorpresa visible, en la niña que se encontraba a unos pasos de él. La pequeña, como atraída por su presencia, dio un paso vacilante hacia adelante, sus ojos azules fijos en él.
Haruna, aunque había estado preparada para muchos escenarios, no había anticipado que Yamato estuviera allí en ese momento. Su pulso se aceleró, y por un instante, olvidó todo lo demás.
La niña dio otro paso, y con una risita tímida, levantó las manos hacia él. Yamato se detuvo en seco, mirando la escena con una mezcla de desconcierto y algo que no pudo identificar de inmediato.
—Lo siento, señor Ishida. Pero, como usted sabe, soy madre soltera...—Habló Mizuki— Y la niñera que, generalmente cuida a mi hija me avisó a última hora que no podía ir a cuidar a mi niña.— Comentó— Así que, no tuve más opción que traerla a la oficina.
Yamato alzó las cejas sorprendido, pasó su mirada por su secretaria y luego por la pequeña bebé de dos años. Por un instante tuvo intención de decir "esto no es guardería" pero se arrepintió al segundo de pensar eso. Él también fue padre y entendía lo difícil que era serlo para algunos más que a otros. Sobre todo cuando faltaba otro.
—No te preocupes.—Respondió el rubio— Entiendo la situación.—Comentó— Tu hija puede estar aquí.
Mizuki sonrió: —¿Enserio?
Yamato asintió— Sí.—Contestó— Solo cuida que no genere algún alboroto.
—Muchas gracias, señor Ishida, prometo cuidar muy bien de mi hija.
Yamato asintió con la cabeza: —Permiso.—Musitó antes de avanzar. No sin antes de pasar su mano por el cabello de la pequeña y dedicarle una pequeña sonrisa.
Mimi observó esto un tanto sorprendida, no esperaba la respuesta de Yamato, al contrario, todos hablaban de lo serio y estricto que era...O al menos ella creía que era así. Después de todo, era una copia Hiroaki ¿cierto?...¿O estaba equivocada?
—Señora Anderson...—Mizuki le habló a la castaña.
—¿Sí?— Preguntó la oji-miel.
—El otro día usted me pidió unos documentos.—Respondió la secretaria— Los dejé en su escritorio.
Mimi asintió: —Muchas gracias, Mizuki. Iré a verlos.—Contestó antes de acariciar suavemente la mejilla de la bebé— ¡Que linda eres!
El sol comenzaba a despuntar en el horizonte, bañando las calles con una cálida luz anaranjada. Ryo cerró la puerta de su casa, ajustándose la mochila sobre un hombro mientras avanzaba con paso firme hacia el paradero. Su mente divagaba entre las tareas del día y un ligero malestar por un mensaje sin responder que había recibido la noche anterior.
A medio camino, su celular vibró en el bolsillo. Ryo se detuvo, sacándolo con rapidez para revisar el mensaje. Al leerlo, frunció el ceño y dejó escapar un suspiro. Sin moverse del lugar, comenzó a escribir una respuesta, los dedos deslizándose con rapidez sobre la pantalla.
Mientras estaba absorto en su tarea, el sonido de unos pasos acercándose interrumpió su concentración. Ryo levantó ligeramente la mirada, pero no alcanzó a distinguir quién era hasta que escuchó una voz familiar.
—Ryo.
El tono era firme, casi expectante. Ryo giró la cabeza completamente, y allí, a unos metros de distancia, estaba Takeru.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Ryo, desconcertado, guardando el celular en el bolsillo.
Takeru dio un par de pasos más, cerrando la distancia entre ellos. Su expresión era seria, como si hubiera estado reflexionando mucho antes de decidir buscarlo.
—Necesito hablar contigo—respondió, con la mirada fija en los ojos de Ryo.
La sala principal de la empresa estaba tranquila, iluminada por la luz tenue del sol que entraba por las ventanas. De vez en cuando el teléfono sonaba y Mizuki respondía, de vez en cuando personas caminaban por el lugar, uno que otro iba a la cocina. Todo se veía "normal" todos trabajaban como siempre...Bueno, casi todos...Haruna estaba sentada en un sofá, sosteniendo en sus brazos a la bebé de la secretaria, una pequeña de mejillas rosadas y ojos brillantes. La castaña la acunaba con cuidado, meciéndola suavemente mientras le susurraba palabras tranquilizadoras.
Yamato, quien llevaba observando la escena desde su oficina, apareció en la sala principal, su mirada recayendo inmediatamente sobre Haruna y la bebé. La imagen lo detuvo por un momento. Algo en la ternura con la que Haruna sostenía a la pequeña le resultó extrañamente familiar, como si evocara recuerdos que creía enterrados.
~Años atrás~
El suave tintineo de las risas de dos pequeñas llenaba la estancia como una melodía encantadora. Mimi estaba sentada en una alfombra mullida en medio de la habitación, rodeada de juguetes de colores brillantes. Izumi, con sus rizos rubios y ojos verdes que brillaban como esmeraldas, sostenía un oso de peluche con expresión triunfante. A su lado, Nene, una pequeña castaña de ojos morados intensos, miraba fijamente el mismo juguete con determinación.
—¡Mío!...—balbuceó Nene, extendiendo sus pequeñas manos hacia el oso.
—Oso Mi...—respondió Izumi, aferrándose a él como si fuera un tesoro invaluable.
Mimi suspiró con una sonrisa, observando la interacción de sus mellizas mientras trataba de mantener el orden en medio del caos adorable que eran sus hijas.
—Chicas, hay muchos juguetes, ¿por qué siempre quieren el mismo? —preguntó, recogiendo un conejo de peluche del suelo y ofreciéndoselo a Nene.
Pero la castaña tenía otros planes. Ignoró el conejo y, en cambio, decidió jalar el cabello de su hermana para recuperar el oso.
—¡Nene! —exclamó Mimi, dejando el conejo a un lado y tomando suavemente las manitas de la pequeña—. Eso no se hace. No le jales el cabello a tu hermana.
Nene frunció el ceño, mirando a su madre con expresión culpable pero desafiante. Izumi, por su parte, aprovechó la distracción para abrazar aún más fuerte al oso y balbucear algo que sonó sospechosamente como una queja dirigida a Nene.
—Maaa...—dijo Izumi, mirándola con ojos grandes mientras señalaba a su hermana.
—Ya lo sé, Izumi. Nene no debió hacerlo, pero tampoco es bueno que te quedes con el juguete todo el tiempo. ¿Por qué no lo compartimos? —propuso Mimi, tomando el oso y tratando de mediar.
Las dos pequeñas intercambiaron miradas antes de que Nene soltara un balbuceo enfadado, e Izumi replicara con otro. Ambas parecían tener su propio idioma, uno que Mimi solo podía interpretar parcialmente, pero estaba claro que el conflicto no iba a resolverse fácilmente.
—Está bien, entonces mamá va a quedarse con el oso hasta que decidan compartir —dijo Mimi, levantando el juguete y guardándolo temporalmente en un estante cercano.
Un leve ruido detrás de ella llamó su atención. Mimi giró la cabeza y encontró a Yamato apoyado en el marco de la puerta, observándolas con una expresión suave en su rostro.
—Llegaste —dijo Mimi, relajándose un poco al verlo.
Yamato sonrió, entrando en la habitación. Sus ojos viajaron entre las niñas, que ahora parecían haber olvidado su disputa y estaban entretenidas con otros juguetes, y Mimi, que claramente necesitaba un respiro.
—Vine a tu rescate —dijo con un toque de humor en su voz mientras se agachaba para recoger un bloque de madera que había rodado cerca de sus pies—. Parece que tienes todo un campo de batalla aquí.
Mimi soltó una risa ligera, agradecida por su presencia.
—Lo usual con ellas. Cada día es una nueva aventura. Pero a veces desearía tener refuerzos más a menudo.
Yamato se sentó junto a ella en la alfombra, mirando cómo Izumi y Nene reían juntas mientras construían una torre de bloques, como si la discusión anterior nunca hubiera ocurrido.
—Son maravillosas —comentó Yamato, con la mirada llena de orgullo—. Tienen tanto de ti.
Mimi lo miró sorprendida, sus mejillas enrojeciendo ligeramente.
—¿De mí? Creo que también tienen bastante de ti, sobre todo cuando deciden ser tercas.
Yamato rió suavemente, un sonido que hizo que Mimi se sintiera más tranquila.
—¿Yo?— Preguntó— Disculpa, la terquedad es netamente tuya.
—Ja, ja...—Musitó la castaña y rodó los ojos— Muy gracioso.—Comentó— ¿Vienes a auxiliarme? ¿o a criticarme?
Yamato movió la cabeza al ver el rostro de Mimi. Se acercó a ella y depositó un beso en sus labios.
Yamato alzó las manos en un gesto de rendición, con una sonrisa divertida.
—¡Paz, paz! Solo vine a auxiliar, lo prometo. —Se inclinó hacia Izumi, que alzó la mirada y extendió los brazos hacia él. Yamato la levantó con facilidad, haciéndola reír mientras la alzaba en el aire—. ¿Ves? Ya empecé mi labor de refuerzo.
Mimi cruzó los brazos, fingiendo indignación.
—Claro, tomas la parte fácil. Ellas siempre te reciben con risas. A mí me dejan los tirones de cabello y las batallas por los juguetes.
—Eso es porque eres la general del ejército, y yo solo soy el soldado que llega a repartir refuerzos cuando las cosas se complican —respondió Yamato, con una sonrisa mientras Izumi jugueteaba con un mechón de su cabello.
—¿Soldado? Más bien pareces un príncipe que llega a ganarse los corazones de todos.
—¿Príncipe? —Yamato fingió sorpresa y luego sonrió con malicia—. Bueno, ahora que lo dices, quizá deberíamos agregar eso a mi título oficial.
Mimi negó con la cabeza, pero no pudo evitar reírse.
Mientras tanto, Nene, que había estado observando a su padre con curiosidad, comenzó a gatear hacia él. Mimi intentó detenerla al notar que llevaba un bloque de madera en la mano, pero la pequeña fue más rápida y golpeó suavemente la pierna de Yamato con él.
—¡Papi! —dijo Nene con una mezcla de entusiasmo y reproche, como si estuviera acusándolo de no prestarle suficiente atención.
—Ah, ya veo que no puedo escapar de las órdenes de mis superiores —dijo Yamato, colocando a Izumi suavemente en el suelo y recogiendo a Nene—. Ahora tú, ¿eh? ¿Qué está pasando aquí?
Nene balbuceó algo incomprensible mientras Yamato la sentaba en sus rodillas. Mimi los observaba con una expresión que mezclaba cansancio y ternura.
—Te juro que a veces parece que tienen un idioma secreto —comentó Mimi, señalando cómo Izumi miraba a Nene y comenzaba a balbucear también, como si estuvieran en medio de una conversación.
—¿Quién necesita traductores cuando puedes adivinar? —bromeó Yamato—. Estoy seguro de que esto significa algo como "papá es el mejor".
Mimi se llevó una mano a la frente, entre risas.
—Claro, porque definitivamente eso es lo que están diciendo.
Yamato le guiñó un ojo antes de concentrarse en las niñas, que ahora se entretenían intentando escalarlo como si fuera una montaña.
—Aunque, si soy honesto, Mimi... —dijo de repente, con un tono más suave—. No sé cómo lo haces. Ellas son un torbellino de energía, pero tú siempre encuentras la forma de mantenerlas felices y seguras.
Mimi sintió un leve rubor en las mejillas ante sus palabras, pero fingió ignorarlo.
—Es parte del trabajo de ser mamá —respondió—. Aunque admito que hay días en los que siento que no puedo más.
Yamato inclinó la cabeza hacia ella, sus ojos reflejando un atisbo de preocupación.
—¿Por qué nunca dices nada? Estoy aquí para ayudarte, Mimi. No tienes que cargar con todo sola.
—No quiero molestarte —admitió Mimi, jugando con la manga de su vestido mientras hablaba—. Sé que tienes tus propias responsabilidades, y...
—Mimi —la interrumpió Yamato suavemente, pero con firmeza—. Estas pequeñas son mi responsabilidad tanto como la tuya. No estás sola, ¿de acuerdo?
Los ojos de Mimi se encontraron con los de él, y durante un momento, el ruido de las niñas pareció desvanecerse, dejando solo el peso de sus palabras.
—Gracias, Yamato —dijo finalmente, con una sonrisa pequeña pero genuina—. Lo recordaré.
Yamato asintió, aliviado de ver que su mensaje había llegado. Luego, volvió su atención a las mellizas, que ahora reían mientras tiraban bloques al suelo.
—Bueno, parece que mis superiores necesitan que construya una torre para ellas —bromeó, poniéndose manos a la obra mientras Mimi lo observaba con una calidez en su corazón que no había sentido en mucho tiempo.
En ese instante, el caos y el amor que reinaban en la habitación parecían ser todo lo que necesitaban para ser felices.
~Actualidad~
Finalmente, se acercó y tomó asiento frente a ellas.
—Parece que tienes un talento natural para esto —comentó Yamato con una leve sonrisa, rompiendo el silencio.
Haruna alzó la mirada sorprendida.
—Llevo rato observándote y he visto como no has dejado a la pequeña ni un segundo.—Comentó el rubio.
—¿E?—Balbuceo la castaña— ¿Me estabas observando?
Yamato asintió: —Es inevitable, estás justo en frente de mi oficina.
¡Buen punto!
—Y ella se ve a gusto contigo ¿e?—El rubio acarició la cabecita de la pequeña.
—No es tan complicado cuando son así de pequeñas y tranquilas. Aunque tengo entendido que no siempre son tan fáciles de manejar.
Yamato dejó escapar una breve risa, apoyándose en el respaldo de la silla.
—Créeme, no lo son. Cuando mis hijas eran bebés, había noches en las que Mimi y yo no dormíamos ni un minuto.
"Mimi y yo"
La castaña se mordió el labio inferior al escuchar este nombre.
Yamato la observó atento esperando una respuesta o algo así.
La mujer lo miró con curiosidad, intentando mantener una expresión neutral mientras su corazón se aceleraba.
—¿De verdad? —preguntó con suavidad, buscando más detalles.
Yamato asintió, su mirada perdiéndose en algún punto distante mientras recordaba.
—Nene e Izumi eran completamente diferentes. Izumi lloraba por todo, especialmente en las noches. Nene en cambio, era más tranquila, pero eso no significaba que fuera fácil. Había que vigilarla todo el tiempo porque era demasiado curiosa, incluso siendo tan pequeña.
Mimi apretó ligeramente a la bebé contra su pecho, sintiendo cómo un nudo se formaba en su garganta. Cada palabra de Yamato le traía recuerdos vívidos de aquellos días, de las noches interminables, de las risas y lágrimas compartidas. Porque ella había estado allí. Había sido parte de todo eso, aunque ahora Yamato no lo supiera.
—Fue un desafío, pero también lo mejor que me pasó en la vida —continuó Yamato, con una pequeña sonrisa melancólica—. Verlas crecer, aprender cosas nuevas… Nunca pensé que algo pudiera ser tan gratificante.
La oji-miel sintió que las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero parpadeó rápidamente, tratando de ocultar su emoción.
—¿Estás bien? —preguntó Yamato al notar el brillo en sus ojos.
Ella negó con la cabeza y esbozó una sonrisa forzada.
—Sí, estoy bien. Es solo que… —hizo una pausa, respirando profundamente—. Es conmovedor escucharte hablar de tus hijas.
Yamato la observó por un momento, como si intentara descifrar algo en su expresión, pero finalmente asintió, aceptando su respuesta.
—¿Alguna vez pensaste en tener hijos? —preguntó de repente, con una curiosidad genuina en su voz.
La pregunta tomó a Haruna por sorpresa. Se mordió el labio inferior, apartando la mirada mientras buscaba las palabras adecuadas. No quería mentir, pero tampoco podía revelar toda la verdad.
—Es… complicado —dijo finalmente, evitando mirarlo directamente.
—Lo siento si fui entrometido —respondió Yamato de inmediato, arrepentido por haber tocado un tema sensible.
Mimi negó con la cabeza y, con un gesto lento, llevó una mano a su vientre.
—No te preocupes —dijo, con la voz temblorosa—. La verdad es que… hace un tiempo perdí una criatura.
Yamato se inclinó hacia adelante, su expresión cambiando a una mezcla de sorpresa y preocupación.
—¿Un hijo?
Haruna cerró los ojos por un instante antes de responder.
—Era una niña.
¿Una niña?
—¿Eso fue hace poco?
La castaña movió su cabeza: —Fue hace bastante.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de emociones no dichas. Yamato la observó, notando la tristeza en su rostro, pero respetó el espacio que parecía necesitar.
—Lo siento mucho, Haruna —dijo finalmente, con sinceridad en su voz.
Ella asintió, sin mirarlo.
Yamato se mordió el labio inferior y a su mente nuevamente vino el recuerdo de ese tatuaje...¡Estaba seguro! Ese era el tatuaje de Mimi...Pero ¿sería realmente ella?
"Hace un tiempo perdí una criatura"
A su mente vino el recuerdo de su tercera hija...La niña que Mimi esperaba cuando estaba en prisión...
~Años atrás~
Yamato se encontraba frente a la reja de la celda, observando a Mimi, quien estaba sentada en el banco de cemento. Su mirada estaba perdida en el suelo, sus brazos cruzados sobre su vientre de siete meses. Aunque su embarazo ya era evidente, sus ojos, fríos y distantes, no mostraban la calidez que él recordaba en ella. Sabía que había algo profundamente roto entre ellos, algo que no podía arreglar con simples palabras.
La habitación estaba fría, iluminada solo por la tenue luz que se filtraba a través de una pequeña ventana. Mimi no lo miraba, pero él sentía su tensión en el aire. A pesar de su intento de mantenerse impasible, Yamato no podía evitar acariciar su propia angustia interna, aunque en el exterior se esforzaba por parecer calmado.
—Mimi —dijo él, su voz grave y suave, como si intentara alcanzar algún resquicio de la mujer que alguna vez había conocido—. ¿Cómo te has sentido?
Mimi no levantó la vista. Su rostro estaba inmutable, pero su cuerpo temblaba levemente bajo la presión de la tensión acumulada en el ambiente.
—¿De verdad te importa? —respondió ella, la frialdad en su voz un filo cortante. Finalmente, levantó la mirada, pero no era una mirada llena de amor ni comprensión, sino de dolor y resentimiento. Sus ojos reflejaban una amarga indiferencia que Yamato no podía comprender por completo.
Yamato frunció el ceño, sintiendo cómo un peso de incertidumbre se asentaba en su pecho. Sabía que la situación era difícil, pero nunca imaginó que sería así. La sensación de culpa lo estaba devorando por dentro. ¿Cómo había llegado a este punto?
—Claro que me importa —respondió, tratando de mantener la calma— Tienes a mi hija dentro de tu vientre.
Mimi desvió la mirada, pero podía ver la lucha interna de Yamato en su rostro. A pesar de todo, ella sentía que la traición de él le había atravesado el corazón.
—¿Ahora te importa tu hija?—dijo Mimi, su voz ya con un tono quebrado, como si no pudiera contener más la emoción—. Si tanto te importara, no hubieses permitido que me metieran a este lugar.
Yamato sintió como si le hubieran clavado un cuchillo en el corazón, pero se obligó a respirar hondo. Sabía que esto no era fácil para ninguno de los dos, pero el dolor que sentía al verla allí, como una prisionera, no era comparable al sufrimiento de perder la confianza en la mujer que había amado.
—Mimi... —susurró, buscando la manera correcta de expresarse—. Yo no quería que esto pasara. Lo que... lo que pasó con mi madre...Tú la asesinaste...
Mimi lo interrumpió, levantando la cabeza finalmente y mirando a Yamato con ojos llenos de furia y dolor.
—¡No querías que esto pasara! —exclamó, su voz rasgada por la rabia—. ¿De verdad me estás diciendo eso? ¿Después de todo lo que hemos pasado juntos? ¿Enserio crees que soy una asesina?
Yamato simplemente guardó silencio.
—Estoy sufriendo, tengo que soportar estar en este lugar de mala muerte ¡con nuestra hija en mi vientre! y tú no me has dejado ver a mis hijas, Yamato. —La voz de Mimi se quebró mientras pronunciaba esas palabras. Su tono ya no estaba lleno de rabia, sino de una tristeza profunda y desolada—. Nene e Izumi... Son solo unas niñas. Y me las has quitado.
—Mimi, por favor, cálmate.—Habló el rubio— Tienes a nuestra hija en tu vientre. Si quieres que ella esté bien ¡debes calmarte!
—¿Calmarme?— Preguntó Mimi y lanzó una irónica carcajada— Eres insoportable.—Comentó— Dices que quieres a nuestra hija y ni siquiera fuiste capaz de dejarme en libertad por amor a ella.—Musitó— ¡Espera! No sé por qué me sorprende, después de todo, decías amarme pero también me decepcionaste.
Yamato cerró sus ojos y suspiró: —Mimi, no vine a hablar de nosotros, vengo a hablar de ella...De nuestra hija...Demiyah.
—¿Demiyah?— Cuestionó la castaña.
El rubio asintió: —Sí.—Respondió— Esta pronto a nacer y no podemos continuar llamándola "la bebé" merece tener un nombre.
—¿Y quién dijo que quiero llamarla así?— Preguntó Mimi.
—¿Tienes otro nombre en mente?
—¡Claro!— Exclamó la castaña— Siempre te dije cual era el nombre que me gustaba para una posible hija.—Musitó— Aunque ¡no sé por qué me sorprende! Siempre ignoras mis sentimientos.
—Y tú ignoraste mis sentimientos al engañarme con Taichi y ¡asesinar a mi madre!
Mimi apretó su puño: — ¡Yo no hice eso!
—No lo niegues.—Respondió el rubio— Yo sé que lo hiciste. Layla afirmó que...
—¡Ella mintió!— Exclamó la castaña.
—Dudo que mienta con algo así.—Musitó Yamato— Además, habían pruebas de tu infidelidad. Pruebas del asesinato de mi madre que te incriminan.
Mimi movió su cabeza: —¿Qué clase de amor me tenías? ¿e? Prefieres creer en los demás.
—Tengo pruebas.
—¡Pruebas que!...—Mimi intentó gritar, pero apenas hizo esto
Mimi intentó gritar, pero el dolor la paralizó. Fue como si una ola de fuego recorriera su cuerpo, dirigiéndose al centro de su ser, donde el bebé en su vientre estaba en peligro. Sus manos se apretaron sobre su abdomen, y sus rodillas flaquearon. Un dolor intenso la hizo doblarse, respirando con dificultad, mientras su rostro se contraía de agonía.
Yamato se acercó rápidamente, sus ojos llenos de alarma. No podía ignorar lo que estaba sucediendo, aunque las palabras de Mimi seguían resonando en su mente. El dolor de verla sufrir lo estaba desgarrando, pero su enojo también lo consumía.
—¡Mimi! —dijo él, poniéndose de pie con rapidez y tomando su brazo para sostenerla—. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
Mimi intentó enderezarse, pero el dolor era insoportable. Su aliento se aceleró, y por un momento, casi deseó que la tierra la tragara.
—¡No me toques! —gritó, aunque su voz salió entrecortada por el dolor—. ¡Déjame en paz!
Yamato, preocupado, la soltó por un instante, pero su mirada seguía fija en ella, luchando con la desesperación. Sabía que su relación estaba rota, pero no podía dejarla sufrir. No podía quedarse de brazos cruzados mientras ella estaba tan vulnerable.
—¿Qué te pasa, Mimi? ¿Qué está pasando con la bebé? —preguntó, su voz temblorosa, aunque su rostro permanecía grave.
Mimi apretó los dientes, luchando por mantenerse firme, aunque sus ojos se llenaban de lágrimas. El dolor en su vientre no desaparecía, pero su rabia hacia él también la impulsaba a mantenerse distante, a no ceder.
—¡Estaré bien cuando tú te vayas! —dijo, casi susurrando, pero con un dejo de frustración en su voz. Sus palabras eran como un desafío hacia él, mientras el dolor seguía arrebatándole el control de su cuerpo—. ¡Tú no entiendes nada!
Yamato la observó en silencio, completamente abrumado por la situación. El remordimiento y la culpabilidad lo azotaban con fuerza. La mujer que había amado estaba sufriendo, y él, que había sido el causante de su dolor, no sabía cómo ayudarla.
—Mimi... —musitó, acercándose a ella nuevamente, pero sin tocarla—. No quiero que sufras. Si quieres que me vaya, lo haré, pero por favor... cuídate. Piensa en ti, en la bebé.
Mimi lo miró con una mezcla de ira y tristeza. Su cuerpo dolía, pero el dolor emocional que sentía por todo lo que había pasado con él también la consumía.
—No me importa lo que tú quieras —respondió, su voz rota, pero decidida—. Ya no me importa. Tú me traicionaste. Tú me condenaste.
Yamato sintió como si cada palabra de Mimi fuera una daga en su pecho. Sus ojos se llenaron de desesperación, pero no sabía cómo remontar todo lo que había destruido. Ella estaba tan lejos de él, tan distante... y no sabía cómo acercarse.
—Lo siento —dijo, la voz baja, casi inaudible—. De verdad, lo siento, Mimi. Si pudiera dar marcha atrás...
Mimi lo miró, y por un instante, parecía como si estuviera a punto de derraparse en lágrimas, pero no lo hizo. Su corazón seguía roto, pero la rabia lo mantenía en pie.
—¡Vete! —exclamó con fuerza, aún sosteniendo su abdomen, aunque el dolor estaba empezando a aminorar. Con una última mirada de indiferencia, giró la cabeza, dejándolo solo frente a ella.
Yamato no dijo nada más. Dio un paso atrás, y en su mente, la imagen de Mimi, tan rota, tan decidida, lo perseguiría por siempre. Sabía que jamás podría perdonarse por haberla dejado llegar tan lejos en su sufrimiento. Pero no había marcha atrás, y solo quedaba el silencio entre ellos.
~Actualidad~
Yamato suspiró triste y bajó su mirada. Era triste saber que ni siquiera para colocarle nombre tuvieron paz.
¡Un minuto!
~Años anteriores~
La suave luz de la luna filtrada por las cortinas apenas iluminaba la habitación. La noche había caído, y el mundo exterior parecía haberse detenido. Dentro de la cama, Mimi y Yamato se acomodaban en los suaves sábanas, relajados después de un largo día, pero aún con la sensación de tener algo importante de qué hablar.
Mimi se acurrucó cerca de Yamato, su cabeza descansando en su pecho, escuchando el latido de su corazón. Aunque estaban a punto de dormir, una conversación ligera y llena de risas comenzó a tomar forma entre ellos.
—¿Sabes? —dijo Mimi, rompiendo el silencio con una voz tranquila—, estaba pensando en algo.
Yamato, que ya estaba medio dormido, levantó la cabeza ligeramente, intrigado por el tono de su voz. Sonrió y acarició su cabello con suavidad.
—¿En qué piensas? —preguntó, sus ojos aún medio cerrados.
Mimi suspiró y se acomodó un poco más cerca de él, disfrutando del calor de su cuerpo.
—Estaba pensando en... —hizo una pausa, como si fuera a decir algo importante—, en tener otro hijo.
Yamato levantó la vista hacia ella, sorprendida, pero claramente interesado.
—¿Otro hijo? —dijo, con un tono suave—. ¿No crees que ya tenemos suficiente con las mellizas?
Mimi sonrió y lo miró a los ojos, sabiendo que la conversación sería divertida, pero también importante para ambos.
—¿No me habías dicho que querías tener más hijos?
—Sí, lo dije.— Respondió Yamato— Pero pensé que lo dejaríamos para años después, Nene e Izumi tienen dos años recién cumplidos.
—Bueno, yo no quiero que se distancien en edad, porque sería muy aburrido.—respondió Mimi con una risa juguetona—. ¡Me encantaría tener otro! Pero esta vez, quiero un niño.
Yamato se quedó en silencio por un momento, sin embargo, una sonrisa se dibujó en su rostro.
—¿Un niño? —dijo él, jugando con la idea—. ¿Y cómo lo llamaríamos?
Mimi levantó una ceja y lo miró traviesa.
—Quiero que se llame Yamato —dijo con una sonrisa satisfecha.
Yamato frunció el ceño, claramente sorprendiendo a Mimi con su reacción.
—¿Yamato? ¿De verdad? —dijo él, dejando escapar una risa suave—. No sé si quiero que el niño lleve mi nombre.
—¿Por qué?
—Porque no le encuentro ningún sentido o significado. Colocarle mi nombre le hará creer al mundo que no tenemos imaginación.
Mimi lo miró con complicidad, sus ojos brillando de emoción.
—¡Vamos, Yamato! —dijo en un tono coqueto—. ¡Sería tan lindo tener un pequeño Yamato! ¡Un mini-Yamato!
Yamato negó con la cabeza, divirtiéndose.
—No, no... no quiero que lleve un nombre tan común—respondió él, con tono bromista—. Mejor que se llame algo más... único.
Mimi llevó una mano a su mentón pensativa.
—Además, nada nos va a asegurar que sea un niño.—Comentó Yamato— Puede ser niña nuevamente.
Mimi hizo una mueca: —¿Otra vez? —Se acomodó aún más cerca de él, sin dejar de sonreír— ¿Te gustaría tener otra niña?
Yamato la miró, asintiendo lentamente.
—No sería tan malo tener otra niña —dijo él, pensativo— Creo que otra niña podría tener mejor relación con Nene e Izumi.
No le sorprendía la respuesta, Yamato siempre le dijo que prefería que tener niñas.
—Bueno, no sería mala idea.—Comentó Mimi.
—Imagínate, nace otra niña como tú.—Musitó Yamato.
La castaña sonrió ante esto. Esa idea le gustaba...¡bastante!
—Sería hermoso.—Mimi sonrió suavemente, acariciando su pecho mientras pensaba en lo que acababa de decir.
—Aunque...tendríamos que lidiar nuevamente con el debate del nombre...—Comentó Yamato—¡Por favor! No me digas que le vas a usar el apellido de otro de nuestros amigos, no soportaría que mi hija se llame Yagami.
—¡Hey!— Exclamó Mimi— ¡No digas eso!
—Lo siento, pero desde que escogiste el nombre Izumi tengo que prevenir.
Mimi rodó los ojos.
—¡Claro que no!—Exclamó— Si llegase a nacer niña, otra vez. Ya le tengo un nombre visto, un nombre bonito.
—¿Cuál?
—Haruna. —Respondió Mimi.
Yamato la miró con una ligera sorpresa en su rostro, como si estuviera ponderando el nombre.
—¿Haruna? —dijo, pensativo. Luego, frunció el ceño, curioso—. ¿Por qué ese nombre?
Mimi se quedó en silencio por un momento, recordando a la mujer que siempre había admirado en su vida. Luego, le respondió con una voz suave y llena de cariño.
—Porque Haruna es el nombre de mi abuela. —Mimi dejó escapar una pequeña risa, con nostalgia en sus ojos—. Era una mujer tan fuerte y tan amorosa. Quiero que nuestra hija tenga ese nombre para que siempre recuerde su sabiduría y su bondad.
Yamato la miró con ternura y respeto, sintiendo una profunda admiración por la forma en que Mimi valoraba a su familia.
—Es un hermoso nombre —dijo él, abrazándola más cerca de él—. Y me hace feliz saber que quieres compartir parte de tu historia con nuestra hija.
Mimi sonrió y se acurrucó más contra él, sintiendo que todo estaba en su lugar, que a pesar de los altibajos, aún había tanto amor entre ellos. A su lado, Yamato la abrazaba con fuerza, sabiendo que este sueño de una nueva vida, un nuevo hijo, solo reforzaba lo que ya sentían el uno por el otro.
—Entonces, será Haruna —dijo ella con una sonrisa satisfecha, sintiéndose más conectada con él que nunca.
Yamato sonrió y le dio un suave beso en la cabeza.
—Haruna —repitió él en voz baja, saboreando el nombre—. Me gusta.
Y juntos, en la quietud de la noche, compartieron una vez más un momento de paz y complicidad, sabiendo que un nuevo futuro los esperaba.
~Actualidad~
¿Haruna?
¡Haruna!
¿Cómo, rayos, olvidó ese detalle?
Yamato dirigió su mirada hacia la mujer. Mimi siempre quiso colocar ¡Haruna!
Shuu Kido estaba sentado en su oficina del hospital, un espacio ordenado y austero, con la luz blanca del techo reflejándose en sus gafas. Frente a él, una pila de expedientes esperaba su revisión. A pesar del cansancio acumulado por las largas jornadas, su mente seguía alerta. Revisaba con detenimiento los resultados de un paciente cuando la puerta se abrió de golpe, rompiendo la calma del momento.
Un hombre alto y robusto, vestido con el uniforme de oficial de policía, entró con pasos firmes y una expresión de seriedad que no dejaba lugar a dudas. Llevaba un cuaderno en la mano y unas esposas colgando de su cinturón. Shuu alzó la vista, sorprendido por la interrupción.
—¿Doctor Shuu Kido? —preguntó el oficial con voz firme.
—Sí, soy yo —respondió Shuu, quitándose las gafas y dejándolas sobre el escritorio—. ¿En qué puedo ayudarle?
El oficial avanzó un paso más, sacando un documento de su bolsillo y extendiéndoselo a Shuu.
—Doctor Kido, está bajo arresto por el acoso y hostigamiento de Toshiko Takenouchi.
Shuu parpadeó, atónito, mientras sus ojos recorrían el documento en sus manos. El peso de las palabras del oficial le cayó como un golpe.
—¿Qué? —logró articular después de un momento—. Esto debe ser un error. Yo no he acosado a nadie.
El oficial mantuvo su mirada firme, pero su tono no perdió la profesionalidad.
—Tenemos una denuncia formal de la señora Takenouchi, respaldada por pruebas suficientes para justificar esta orden. Necesito que me acompañe.
Shuu se levantó lentamente de su silla, sintiendo cómo la incredulidad se transformaba en una mezcla de indignación y desesperación.
—Esto es ridículo —exclamó, colocando las manos sobre el escritorio—. No tengo contacto con Toshiko Takenouchi desde hace meses. ¿Qué pruebas? ¡Esto no tiene sentido!
—Los cargos incluyen mensajes de texto y correos electrónicos enviados desde una cuenta rastreada hasta usted —explicó el oficial con calma—. También hay testigos que han corroborado encuentros no deseados.
Shuu negó con la cabeza, intentando procesar lo que acababa de escuchar.
—Eso no es posible. Yo no envié esos mensajes, y mucho menos he tenido encuentros con ella. Alguien está intentando incriminarme.
El oficial suspiró, como si estuviera acostumbrado a este tipo de reacciones.
—Doctor Kido, entiendo que esto sea difícil de aceptar, pero mi trabajo es cumplir con la orden. Tendrá la oportunidad de presentar su caso ante las autoridades.
—¿Y qué pasa con mis pacientes? —preguntó Shuu, intentando mantener la compostura—. ¿Qué pasará con las cirugías que tengo programadas? Este hospital depende de mi trabajo.
—Nos aseguraremos de que se notifique a las personas necesarias para que sus responsabilidades sean cubiertas —respondió el oficial—. Pero no puedo ignorar esta orden.
Shuu apretó los puños, sintiendo cómo la impotencia y el miedo lo consumían. Miró alrededor de su oficina, buscando una respuesta en los objetos familiares que lo rodeaban. Su mente trabajaba a toda velocidad, intentando encontrar una explicación para esta acusación.
—Por favor, escúcheme —rogó, su voz quebrándose—. Yo no hice nada. Soy inocente. Esto tiene que ser un malentendido.
El oficial asintió con un ligero gesto, como si entendiera el peso de las palabras de Shuu, pero no cedió en su postura.
—Lo que sea que quiera declarar, hágalo ante las autoridades correspondientes. Ahora mismo, necesito que venga conmigo.
Finalmente, Shuu, resignado pero decidido, dejó que el oficial colocara las esposas en sus muñecas. El frío metal contra su piel lo hizo sentir más vulnerable que nunca, pero una chispa de determinación se encendió en su interior.
Mientras lo escoltaban por los pasillos del hospital, con los ojos de colegas y pacientes sobre él, Shuu pensaba en una sola cosa: "Tengo que demostrar mi inocencia. No descansaré hasta limpiar mi nombre y descubrir quién está detrás de esto."
Ryo y Takeru se encontraban sentados frente a frente en una pequeña mesa de una cafetería. El ambiente era tranquilo, aunque ambos parecían ignorar el suave murmullo de las conversaciones alrededor. La taza de café de Ryo se enfriaba en su mano mientras miraba a Takeru con una mezcla de confusión y recelo.
—No entiendo por qué quieres hablar conmigo ahora —dijo Ryo finalmente, rompiendo el silencio que parecía durar siglos—. Creí que había dejado claro que no me crees.
Takeru, con las manos entrelazadas frente a él, alzó la mirada. Había algo distinto en su expresión, algo más sereno, aunque sus ojos seguían cargados de intensidad.
—Lo sé —respondió con calma—. En ese momento no estaba pensando con claridad. Estaba procesando muchas cosas al mismo tiempo.
—¿Y ahora? —replicó Ryo, alzando una ceja—. ¿De repente lo entiendes todo?
Takeru negó con la cabeza.
—No, pero estoy con la cabeza fría, y tengo muchas preguntas —admitió, su voz baja pero firme.
Ryo soltó un suspiro, recostándose en la silla.
—Esto no tiene sentido, Takeru. Lo único que haces es abrir viejas heridas. ¿Qué quieres saber que no puedas encontrar en esos malditos reportes que tanto mencionas?
Takeru frunció el ceño, apretando ligeramente los puños.
—Quiero saber la verdad —dijo, casi en un susurro—. No lo que me dijeron, no lo que está escrito en esos papeles. Quiero saber qué pasó realmente con mi madre... y con Mimi.
Ryo lo observó con una mezcla de frustración y compasión.
—¿No tenías claro que, ella asesinó a tu madre?
—¡Sí! Lo tenía claro...—Habló el rubio.
Hasta ayer
La conversación que escuchó entre su hermano y su padre resonaba en su cabeza.
—Pero tú insististe en que tu hermana no era la culpable...—Declaró Takeru— Y quiero darte el beneficioso de la duda. Porque muchas preguntas.
—¿Y qué te hace pensar que yo tengo todas las respuestas? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Takeru, he pasado años tratando de entender lo que ocurrió. Y cada vez que creía estar cerca de la verdad, tu familia se encargaba de enterrarla más profundo.
—¿Mi familia? —repitió Takeru con amargura—. ¿Hablas de mi padre o de mi hermano?
Ryo apretó los labios, evitando responder de inmediato.
—Ambos —dijo finalmente—. Hiroaki y Yamato siempre han tenido el control. Siempre decidieron quién era el villano y quién el héroe en sus historias.
Takeru permaneció en silencio por un momento, procesando sus palabras. Luego, su mirada se endureció.
—¿Estás diciendo que todo fue una mentira? —preguntó, su voz cargada de incredulidad—. ¿Que mi madre murió y nadie tiene la culpa?
Ryo negó con la cabeza, su expresión grave.
—No digo que nadie tenga la culpa, Takeru. Pero estoy seguro de que Mimi no fue responsable.
Takeru apretó los labios, mirando su taza de café como si buscara respuestas en el líquido oscuro.
—Cuando te conocí, Ryo, hablabas de tu hermana como si fuera un ángel, o bueno, lo poco que me hablaste, porque siempre intentaste evadir el tema—comentó con un tono más bajo—. Ahora entiendo por qué.
Ryo hizo una mueca, sintiéndose expuesto.
—No es fácil hablar de ella —admitió—. Especialmente cuando todo el mundo la ve como una criminal.
—¿Por qué no la ves como eso?
¿Por qué ayer, Yamato, en su discusión tampoco la veía como eso?
Ryo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa.
—Piensa en esto, Takeru: ¿Por qué alguien como Mimi, que amaba tanto a sus hijas, les haría mal al matar a su abuela? ¿Por qué mataría a la madre del hombre que amaba?
Takeru se mordió el labio inferior ante esto.
—Entonces ¿por qué fue culpada?—Preguntó— No entiendo.
—Porque tu padre tenía razones...—replicó Ryo con firmeza—. Mimi no era perfecta, Takeru, pero tampoco era la monstruo que quieren que creas.
El silencio cayó sobre ellos nuevamente, pesado y lleno de emociones no dichas. Takeru finalmente alzó la mirada, encontrándose con los ojos de Ryo.
—¿Mi padre?—Preguntó el Ishida— ¿Qué razones tendría mi padre?
Ryo suspiró: —Eso tienes que hablarlo con tu familia.
¿Con su familia?
—Vine a hablar contigo.—Respondió Takeru— Con mi familia no puedo.
—Lo lamento.—Ryo bajó la mirada— Pero hay cosas que no te puedo decir.
—¿Qué cosa no me puedes decir?—Preguntó el rubio.
El Akiyama notó su sulfuración en su voz.
—¡Dime! ¿por qué insistes en que Mimi es inocente?—Insistió Takeru.
—Mejor dime tú ¿por qué insistes en esto ahora?
—Porque ayer escuché a mi padre y a Yamato hablando de ella.— Respondió el Ishida— No entiendo muy bien el contexto. Lo único que sé es que Yamato le recriminaba a mi padre.
—¿A sí?—Preguntó Ryo— ¿Por qué?
—No lo sé...—Musitó el rubio— Pero escuché de la boca de mi hermano que ella no era la asesina de mi madre.
—¿Qué? —exclamó Takeru, su voz cargada de incredulidad mientras miraba fijamente a Ryo.
—Lo que escuchaste —respondió Takeru, con un deje de amargura en sus palabras—. Mi propio hermano le recriminó a mi padre que esa mujer no estaba loca y que no fue la asesina de mi madre.
Ryo parpadeó, atónito.
—¿Qué? —repitió, sin poder ocultar su confusión.
El rubio lo observó con una mezcla de frustración y desesperación, esperando que alguien aclarara el caos que se había desatado en su mente.
—Por favor, necesito que alguien me diga qué está ocurriendo —pidió Takeru, casi suplicante, con los ojos clavados en Ryo.
Ryo desvió la mirada, incapaz de sostener la intensidad en los ojos de Takeru. Movió la cabeza lentamente, con un gesto que parecía contener más de lo que estaba dispuesto a decir.
—No soy la persona adecuada para explicártelo —murmuró con un tono grave.
—¿Por qué no? —insistió Takeru, dando un paso hacia él.
Ryo suspiró, su expresión se endureció, como si estuviera librando una batalla interna.
—Porque no estás listo para escuchar la verdad.
—¿Listo? —Takeru lo miró con los ojos entrecerrados, lleno de suspicacia—. ¿De qué estás hablando? ¿Qué es lo que no estoy listo para saber?
—No me vas a creer —respondió Ryo, con una frialdad que intentaba ocultar su propia incomodidad.
—¿Qué es lo que no te voy a creer? —insistió Takeru, alzando la voz. Su paciencia estaba al borde del colapso, y su frustración crecía con cada evasiva de Ryo.
Ryo guardó silencio por un momento, sus labios apretados como si dudara en soltar una verdad que pudiera cambiarlo todo. Finalmente, levantó la vista y lo miró directamente.
—Algo que cambiará tu forma de ver a tu familia, Takeru. Pero no soy yo quien debe decírtelo.
El silencio que siguió fue tan pesado como una losa, dejando a Takeru con más preguntas que respuestas.
—¡Dímelo!— Exclamó el rubio— Porque está claro que ni siquiera mi familia es capaz de decirme la verdad.
El estudio estaba lleno de actividad, con asistentes moviendo focos y modelos ajustando los últimos detalles de sus atuendos. En medio del caos, Takuya se mantenía concentrado, su cámara en mano mientras capturaba con precisión cada detalle. Su postura relajada y la facilidad con la que dirigía la sesión demostraban su experiencia. Izumi, a unos pasos de distancia, observaba con atención, tomando notas rápidas en su libreta de diseño.
Cuando Takuya hizo una pausa para revisar las fotos en su cámara, Izumi se acercó con una sonrisa ligera.
—Eres realmente bueno en esto, ¿sabes? —comentó, cruzando los brazos frente a ella mientras lo miraba trabajar.
Takuya levantó la vista, sorprendido por el halago, y luego soltó una risa breve.
—No es para tanto. Solo es cuestión de práctica.
—No estoy de acuerdo. —Izumi negó con la cabeza, mordiéndose el labio con una sonrisa nerviosa—. Yo trabajo con diseño, pero siempre he tenido problemas con la fotografía. Mi hermana Nene siempre termina regañándome cuando le envío fotos porque dice que no sé captar buenos ángulos.
Takuya se rió abiertamente ante la confesión, su sonrisa se ensanchó mientras se giraba hacia ella.
—¿En serio? ¿Cómo es posible? Con tu sentido del diseño, pensé que te saldría natural.
—Créeme, no lo es. —Izumi suspiró con dramatismo, dejando caer los hombros—. Puedo pasarme horas intentando sacar una buena foto, pero al final siempre recibo una lista de críticas de Nene.
Takuya negó con la cabeza, todavía divertido, y levantó la cámara para mostrársela.
—Es más sencillo de lo que parece. Es cuestión de jugar con la claridad y las sombras, encontrar la luz correcta para cada ángulo.
—Eso suena fácil cuando lo dices tú. —Izumi arqueó una ceja con escepticismo, cruzando los brazos—. Yo creo que necesitaría un milagro para aprender.
Takuya dio un paso hacia ella y, con una expresión decidida, extendió la cámara en su dirección.
—¿Qué tal si te enseño ahora?
—¿Ahora? —Izumi parpadeó, sorprendida, pero alcanzó la cámara con un movimiento dubitativo—. No sé si esto sea buena idea...
—Confía en mí. —Takuya sonrió con confianza y retrocedió un poco para posicionarse detrás de ella—. Vamos, sostenla. Lo primero es entender cómo manejarla correctamente.
Izumi obedeció, sujetando la cámara con cuidado, pero su torpeza era evidente. Takuya se rió entre dientes y dio un paso más cerca. Antes de que ella pudiera reaccionar, colocó sus manos sobre las de ella para ajustar su agarre.
—Así, mira. Relaja las manos, pero mantén un buen control. —Su voz era suave, y su proximidad hizo que Izumi contuviera la respiración. Podía sentir su calor contra su espalda, su presencia llenando todo el espacio alrededor de ella.
—¿Así está bien? —preguntó, su voz apenas un susurro mientras trataba de no pensar en lo cerca que estaban.
—Perfecto. Ahora, fíjate en el visor. —Takuya inclinó un poco la cámara, guiando sus manos con las suyas—. Ve esa luz que entra por la ventana. Ese es tu punto fuerte. Juega con cómo afecta las sombras en el modelo.
Izumi intentó concentrarse en las instrucciones, pero su mente estaba en otra parte. El peso de las manos de Takuya sobre las suyas, el leve roce de su aliento en su oído, la forma en que su voz parecía envolverla por completo... todo la ponía nerviosa.
—¿Lo ves? —preguntó él, inclinándose un poco más para guiarla.
—Sí... lo veo. —Izumi tragó saliva, sus mejillas encendiéndose al sentir su cercanía.
Takuya, al parecer ajeno a su nerviosismo, sonrió satisfecho y dejó que ella tomara la primera foto.
—Eso es. Ahora sigue practicando. Pero no te olvides de relajarte. —Sus manos se apartaron lentamente, dejando un rastro cálido sobre las de ella.
Izumi se quedó quieta, intentando recuperar el aliento mientras enfocaba la cámara. Pero su corazón seguía latiendo con fuerza, demasiado consciente de la cercanía que habían compartido y la forma en que Takuya la hacía sentir tan... vulnerable.
¿Por qué y como Takuya lograba hacerla sentir así? ¡ella estaba de novia todavía!
La oficina de Sora era un espacio amplio y elegante, con grandes ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. Sobre su escritorio, una pila de bocetos y muestras de tela se acumulaban cuidadosamente, evidenciando su concentración en los diseños para su nueva colección. Vestida con una camisa blanca de seda y un pantalón negro ajustado, Sora mantenía la mirada fija en un dibujo, trazando pequeños ajustes con un lápiz de grafito.
La puerta se abrió suavemente, interrumpiendo el silencio. Miyako, su secretaria, asomó la cabeza, su expresión profesional pero ligeramente expectante.
—Sora, disculpa la interrupción —dijo Miyako con tono respetuoso—. Tiene una visita.
Sora levantó la vista de sus bocetos, dejando el lápiz a un lado. Frunció ligeramente el ceño, sorprendida.
—¿Una visita?—preguntó, girándose hacia Miyako.
—Es el señor Nakamura, su abogado —respondió Miyako, manteniendo las manos juntas frente a ella.
Sora parpadeó, procesando la información. Aunque había sido ella quien lo había convocado, la intensidad de su trabajo había hecho que se olvidara momentáneamente de la cita. Recuperando su compostura, asintió.
—Hazlo pasar, por favor.
Miyako asintió y salió de la oficina, cerrando la puerta con cuidado. Sora tomó un momento para enderezar su postura, acomodar los bocetos en una pila ordenada y ajustar su cabello detrás de la oreja. Apenas unos segundos después, la puerta se abrió nuevamente y el señor Nakamura entró. Vestido con un impecable traje gris oscuro y portando un maletín negro, el hombre avanzó con una sonrisa cordial.
—Señorita Takenouchi —saludó Nakamura, inclinando ligeramente la cabeza.
—Señor Nakamura, bienvenido —respondió Sora, levantándose de su silla y extendiendo la mano.
El abogado estrechó su mano firmemente antes de sentarse en el sillón frente a su escritorio. Colocó el maletín a un lado y la miró con una mezcla de curiosidad y profesionalismo.
—Debo admitir que su llamada me tomó por sorpresa —comenzó Nakamura, ajustándose las gafas—. ¿Qué la trae a buscarme de manera tan urgente?
Sora se recostó en su silla, cruzando las piernas y entrelazando las manos sobre su regazo. Aunque su expresión era tranquila, sus ojos revelaban la seriedad del asunto.
—Necesito hablar con usted sobre un tema importante relacionado con mi empresa. Es algo delicado, y preferiría mantenerlo estrictamente confidencial.
Nakamura asintió, adoptando una expresión más concentrada.
—Por supuesto. Estoy aquí para ayudarla en lo que necesite. ¿De qué se trata?
Sora tomó aire profundamente, como si estuviera preparándose para soltar un peso que llevaba cargando durante mucho tiempo.
—Es sobre mi madre, Toshiko. Necesito que me ayude a desvincularla de la compañía.
Damar y Rika caminaban por el bullicioso centro comercial, disfrutando de una tarde tranquila entre tiendas y cafés. Rika cargaba una bolsa con algunos pequeños adornos que había comprado para su nueva habitación, mientras Damar examinaba con curiosidad los escaparates, buscando inspiración para decorar su propio espacio.
—¿Crees que este tono combina con las cortinas de tu sala? —preguntó Rika, mostrando un pequeño cojín con un diseño en tonos tierra.
Damar lo observó detenidamente y sonrió.
—Podría funcionar, pero quizá debería buscar algo con un toque más vibrante. Mi sala necesita algo que le dé vida —respondió, con una risa ligera.
Mientras caminaban, el flujo de personas las llevó cerca de una florería decorada con llamativos arreglos en el escaparate. Damar estaba a punto de comentar algo sobre un ramo de lirios blancos cuando notó que Rika se detenía de golpe.
—¿Qué pasa? —preguntó Damar, frunciendo el ceño ante la repentina inmovilidad de su amiga.
Rika no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en la entrada de la florería. Damar siguió su mirada y sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. Allí, entre los coloridos ramos y arreglos florales, estaba Kouji. Parecía estar buscando algo, con las manos en los bolsillos de su chaqueta y el rostro relajado mientras hablaba con la vendedora.
—Es Kouji… —murmuró Damar, sintiendo cómo una mezcla de emociones la inundaba.
Rika asintió, lanzándole una mirada rápida a su amiga.
—Lo sé. ¿Estás bien? —preguntó en voz baja, pero Damar no respondió.
En lugar de eso, su instinto tomó el control. Miró a su alrededor rápidamente, buscando un lugar donde esconderse. Antes de que Rika pudiera detenerla, Damar se deslizó tras una máquina expendedora que estaba junto a un pasillo lateral.
—¡¿En serio, Damar?! —exclamó Rika en un susurro, tratando de disimular su sorpresa mientras se acercaba a la máquina.
—¡Shhh! —Damar la miró con los ojos muy abiertos, llevándose un dedo a los labios—. No quiero que me vea, Rika. ¡No ahora!
Rika cruzó los brazos, mirando a su amiga con una mezcla de incredulidad y diversión.
—¿Es en serio? Estás escondiéndote detrás de una máquina expendedora en un centro comercial. Esto es ridículo.
—No me importa lo que pienses. No puedo enfrentarme a él ahora —susurró Damar, asomándose apenas por el borde de la máquina para espiar a Kouji.
Él seguía dentro de la florería, inclinándose ligeramente para observar unos girasoles mientras la vendedora le mostraba un arreglo. Su porte seguía siendo inconfundible: confiado y elegante, pero con una naturalidad que siempre había encantado a Damar.
Damar movió su cabeza—¡Ven, escóndete!— jaló del brazo de la pelirroja.
—Pero...
—¡Hazlo!
Rika rodó los ojos y se acomodó detrás de la maquina. Suspiró y se inclinó hacia ella.
—Mira, entiendo que no quieras verlo, pero ¿no crees que deberías enfrentar esto en algún momento? No puedes esconderte cada vez que te lo encuentres.
Damar negó con la cabeza, apretando los labios.
—No, no quiero volver a encontrarlo, Rika.—Habló.
—Ya lo viste una vez, en realidad, dos veces, una tercera no te hará mal.
—Rika, no quiero.—Respondió la castaña—Solo… dame un minuto. Cuando salga de la tienda, podremos irnos.
Rika miró de nuevo hacia la florería, donde Kouji ahora parecía haber terminado su compra. Lo vio tomar un ramo envuelto en papel marrón, pagar rápidamente y dirigirse hacia la salida.
—Flores... —comentó la pelirroja casi sin pensar, alzando una ceja con interés.
Damar, que había seguido sus movimientos desde su escondite detrás de la máquina expendedora, suspiró pesadamente.
—De seguro debe llevárselas a tu hermana —murmuró con cierto pesar, como si las palabras escaparan antes de poder detenerlas.
Rika soltó una carcajada suave, claramente divertida por la suposición de su amiga.
—¿A mi hermana? —preguntó con un tono burlón—. Kouji, por lo general, no hace ese tipo de cosas… —musitó—. Y dudo que ahora lo haga.
Damar frunció ligeramente el ceño, intrigada pero sin querer mostrarse demasiado interesada.
—¿Por qué dices eso? —cuestionó finalmente, con un deje de curiosidad en su voz.
Rika, disfrutando del momento, se encogió de hombros con aire despreocupado.
—¿No te conté que las cosas están derrumbándose en el noviazgo perfecto Minamoto-Ishida? —preguntó con un tono de confidencia.
Damar se sorprendió al escuchar esto. Una oleada de preguntas brotó en su mente, pero rápidamente sacudió la cabeza, negándose a sí misma indagar más. No era su asunto, y no quería que lo fuera.
—No, no me comentaste... —respondió, intentando sonar indiferente mientras un ligero temblor en su voz la delataba—. Pero no me interesa.
Rika la miró con una sonrisa astuta, como si pudiera ver a través de su fachada.
—¿De verdad?
—De verdad.—Respondió seriamente.
Rika pasó su mirada por su amiga y luego por Kouji. Era increíble ver como del mucho, ahora no eran capaz de estar cerca.
Damar también pasó su mirada por el Minamoto y luego por el ramo de flores que llevaba.
El corazón de Damar latía con fuerza mientras veía a Kouji caminar tranquilamente hacia la salida de la florería, sosteniendo el ramo con una mano. Cuando pasó cerca de la máquina expendedora, Damar contuvo la respiración, temiendo que pudiera notar su presencia.
Kouji, sin embargo, siguió caminando sin detenerse, ajeno al pequeño drama que se desarrollaba a unos metros de él.
Rika soltó un suspiro teatral y se giró hacia Damar.
—Bueno, parece que sobreviviste —susurró Rika con una sonrisa—. Aunque realmente creo que deberías reconsiderar este método de "evitar a Kouji".
Damar exhaló profundamente, aliviada, y le lanzó a su amiga una mirada de agradecimiento mezclada con vergüenza.
—Quizás tengas razón… pero hoy no es el día.
Kouji llegó al estacionamiento del centro comercial y observó el ramo que llevaba en su mano. Se suponía que debía "arreglar su relación con Izumi" y por eso optó por lo "simple" regalarle un ramo de flores. Aunque, ni siquiera tenía ganas de ver a la rubia. Pero no tenía opción.
Observó detenidamente ese ramo, se suponía que en las parejas o amistades ese gesto de dar flores era significativo. Pero desde que él estaba con Izumi era totalmente insignificante.
Las únicas veces que dio un ramo de flores con un significado especial fue a Satomi, cuando la consideraba su madre. Luego a Tomoko, su madre biológica, y...a Damar.
~Años atrás~
Kouji estaba parado frente a la puerta de la casa de Damar, con un ramo de flores en sus manos. Eran flores delicadas, una combinación de lirios y margaritas, elegidas cuidadosamente, aunque a estas alturas ya no estaba seguro de si había sido la mejor elección. Su mirada alternaba entre el ramo y la puerta, y sus dedos jugueteaban nerviosamente con los tallos, acomodando las flores una y otra vez, como si eso pudiera calmar el remolino en su mente.
"¿Por qué estoy tan nervioso?", pensó para sí mismo, dejando escapar un suspiro que intentaba controlar. No era común verlo en ese estado. Kouji siempre había sido alguien seguro de sí mismo, alguien que nunca dejaba traslucir sus emociones tan fácilmente. Pero esta vez, frente a la puerta de Damar, todo era distinto.
Reuniendo el valor que le quedaba, Kouji levantó la mano y tocó la puerta, dos golpes secos que parecían resonar más fuerte de lo que esperaba. Dio un paso atrás, enderezando su postura y ajustando el agarre en el ramo, como si intentara mostrarse más relajado de lo que realmente estaba.
Pasaron unos segundos que se sintieron eternos antes de que la puerta comenzara a abrirse. Kouji contuvo la respiración, y cuando finalmente la vio, su corazón dio un salto.
Damar estaba frente a él, con una expresión de sorpresa en el rostro, sus ojos parpadeando como si no pudiera creer lo que veía. Vestía algo casual, pero para Kouji, incluso en ese momento, parecía irradiar una calidez única.
—Kouji... —dijo Damar, su voz suave, apenas un susurro.
Kouji tragó saliva y dio un paso adelante, sosteniendo el ramo frente a él con cierta torpeza.
—Hola, Damar —respondió, su voz sonando un poco más grave de lo habitual debido a los nervios.
Damar esbozó una sonrisa al verlo, una sonrisa genuina que iluminó su rostro y que hizo que Kouji sintiera que todos sus nervios valían la pena.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó ella, sin poder ocultar la curiosidad mezclada con alegría.
Kouji bajó su mirada, evitando su mirada por un breve instante antes de volver a enfocarse en ella.
—Vine a verte.—Respondió.
—¿A verme?
El Minamoto asintió.
—¿Por qué?— Preguntó— ¿Ocurrió algo?
Kouji bajó la mirada al suelo por un instante, sus dedos apretando ligeramente los tallos del ramo. El nudo en su garganta se hacía más difícil de ignorar, pero sabía que había llegado hasta aquí por una razón, y no podía retroceder ahora.
—No, no ocurrió nada malo —respondió con voz un poco tensa, antes de levantar la mirada hacia Damar—. Solo... quería verte.
Damar ladeó ligeramente la cabeza, como si intentara leer más allá de las palabras de Kouji. Sus ojos se suavizaron al notar su nerviosismo, algo que no era común en él.
—¿a verme?
Kouji inhaló profundamente, tratando de calmar su acelerado corazón. Levantó el ramo, colocándolo frente a ella con ambas manos, como si eso hablara por sí solo.
—Esto... —empezó a decir, luchando por encontrar las palabras correctas— es para ti.
Damar parpadeó sorprendida, sus ojos moviéndose del ramo a los de Kouji.
—¿Para mí? —preguntó, como si no pudiera creerlo.
Él asintió, su mirada algo esquiva mientras hablaba con sinceridad.
—Sí. Sé que no soy bueno en esto, pero... quería darte algo para agradecerte.
—¿Agradecerme? ¿Por qué? —preguntó Damar, sujetando con cuidado el ramo que él le ofrecía, como si fuera algo frágil y valioso.
Kouji apretó los labios por un instante antes de responder, sus ojos finalmente encontrando los de ella.
—Por estar aquí. Por no dejarme caer cuando todo se derrumbó.
Damar abrió ligeramente la boca, pero no dijo nada. Podía notar el peso de las palabras de Kouji, y cómo cada una de ellas estaba cargada de emociones que él solía mantener bajo llave.
—Desde que... —hizo una pausa, desviando la mirada al suelo nuevamente mientras sus dedos se tensaban al recordar— desde que Kouichi... ya no está, tú... tú has estado aquí. No me has dejado solo, y eso... eso significa más de lo que puedo decir.
Damar sintió un nudo en su pecho al escuchar esas palabras. La forma en que Kouji hablaba, con tanta vulnerabilidad, era algo que raramente veía en él.
—Kouji... —susurró, pero él la interrumpió.
—No, déjame terminar —dijo rápidamente, mirándola directamente esta vez. Su voz era firme, pero todavía teñida de un nerviosismo que lo hacía humano—. No sé cómo agradecerte todo lo que has hecho por mí estos meses, pero pensé... pensé que tal vez esto sería un buen comienzo.
Damar miró las flores en sus manos, luego a Kouji, y una sonrisa cálida se dibujó en su rostro.
—Son hermosas —dijo suavemente— Pero, Kouji no era necesario.—habló—Kouichi era mi mejor amigo...—musitó con una sonrisa triste— tu hermano, sé todo lo que te apreciaba, y sé cuanto tú lo apreciabas a él, así como yo...—Musitó— Apoyarnos es lo mínimo que podía hacer.
—Lo sé, pero de igual manera quiero agradecerte.—Respondió Kouji— Desde antes que Kouichi se fuera, tú has sido una personal muy linda y...— Se detuvo al darse cuenta de lo que dijo y se ruborizó— Di-digo...muy buena.
Damar también se sonrojó ante esto.
—Y en verdad...—Comentó Kouji— Quiero que aceptes estas flores. Kouichi me comentó una vez que los lirios blancos y las margaritas...
—Sí, son mis favoritas.—Respondió la castaña— ¡Me encantaron!—Musitó antes de acercarse a él y depositar un beso en su mejilla— Muchas gracias.
El pelinegro se quedó quieto ante esto, totalmente inmóvil, sus mejillas se enrojecieron y ardieron, mientras su corazón latía con fuerza.
~Actualidad~
Kouji apretó su puño molesto.
¡Debía olvidar esos momentos cursis! ¡Debía olvidar a Damar!
Sí, le sorprendió verla de nuevo, pero ¡no podía seguir pensando en ella! No podía seguir pensando en esa chica común, sin estirpe, sin...sin gracia.
—Señorita Takenouchi —comenzó Nakamura, acomodándose las gafas mientras revisaba un expediente frente a él—, entiendo que desea discutir la desvinculación de su madre, Toshiko Takenouchi, de su compañía de modas. Antes de proceder, ¿puede explicarme exactamente qué busca lograr y cuáles son las circunstancias?
Sora tomó aire profundamente y asintió. Su voz salió más firme de lo que esperaba.
—Sí, señor Nakamura. Quiero que mi madre deje de tener cualquier tipo de poder, participación o influencia en mi compañía. Cuando fundé esta empresa, ella me ayudó con una inversión inicial significativa, algo que siempre le he agradecido. Pero con el tiempo, su participación se ha convertido en una interferencia constante en la dirección creativa y administrativa de la compañía.
Nakamura asintió, tomando notas rápidamente en su libreta.
—¿Qué tipo de participación tiene actualmente su madre en la empresa? ¿Posee acciones, es miembro del directorio o tiene algún rol formal dentro de la estructura de la compañía?
—Posee un 20% de las acciones —respondió Sora, su tono reflejando una mezcla de frustración y pesar—. Cuando comenzamos, fue una forma de asegurar su inversión. Pero ella no es parte activa del día a día ni está en el directorio. Aun así, utiliza su posición como accionista para influir en las decisiones importantes. Se opone a mis diseños más arriesgados, cuestiona mi liderazgo frente a otros inversores y, más recientemente, intentó imponer un cambio en nuestra línea de productos sin consultarme.
Nakamura levantó una ceja, interesado.
—Entiendo. En términos legales, su madre tiene derecho a participar en decisiones importantes debido a su porcentaje de acciones, pero no debería interferir en la gestión operativa si no tiene un rol ejecutivo. ¿Ha intentado negociar con ella directamente para resolver esta situación?
Sora suspiró, sus dedos jugueteando nerviosamente con el borde del portafolio.
—Lo he intentado, pero no llegamos a ningún lado. Ella insiste en que está protegiendo la empresa, pero sus decisiones están frenando el crecimiento que quiero para la marca. Su visión es... conservadora, y mi estilo es innovador, moderno. No puedo seguir comprometiendo mi visión creativa para complacerla. Por eso quiero buscar una solución definitiva.
Nakamura asintió lentamente, inclinándose hacia adelante.
—Bien, en ese caso, tenemos varias opciones. La primera y más sencilla sería que usted compre las acciones que su madre posee. Esto le daría control total y eliminaría cualquier posibilidad de influencia por su parte. Sin embargo, esto puede ser complicado si su madre no está dispuesta a vender o si el precio de las acciones resulta demasiado elevado.
—Mi madre ya se ha negado a vender sus acciones.—Comentó Sora.
—Entonces podemos explorar otras vías. Podríamos proponer una redistribución accionaria mediante una votación entre los demás accionistas, si tiene el apoyo necesario. También podríamos buscar una salida más directa, pero eso dependerá de los términos específicos del acuerdo que firmaron cuando ella invirtió. ¿Tiene copia de ese contrato?
Sora abrió el portafolio y sacó un documento, colocándolo sobre la mesa.
—Aquí está. Fue redactado hace diecinueve años, cuando fundé la empresa.
Nakamura tomó el documento y comenzó a leerlo en silencio. Sus ojos se movían rápidamente de un párrafo a otro, ocasionalmente haciendo marcas con un lápiz. Después de unos minutos, levantó la vista.
—Este contrato estipula que su madre tiene derecho a mantener sus acciones indefinidamente, salvo que ambas partes acuerden lo contrario o se produzca un evento de fuerza mayor. Sin embargo, hay una cláusula interesante aquí: si alguna de las partes actúa de manera perjudicial para los intereses de la compañía, la otra parte puede solicitar una mediación o incluso llevar el asunto a los tribunales.
—¿Podría usarse eso a mi favor? —preguntó Sora, con un destello de esperanza en sus ojos.
—Potencialmente, sí. Si podemos demostrar que las acciones de su madre están perjudicando el crecimiento o la estabilidad de la empresa, podríamos argumentar que es mejor para la compañía que ella venda sus acciones o sea desvinculada de alguna manera. Pero esto podría ser un proceso largo y costoso. ¿Está dispuesta a llegar tan lejos?
Sora se quedó en silencio por un momento, mirando por la ventana. Sabía que esto no sería fácil, ni emocional ni legalmente. Pero también sabía que su empresa representaba todo por lo que había trabajado, y no podía dejar que nada ni nadie la desviara de su camino.
—Hay algo más que necesito que entienda, señor Nakamura —dijo Sora, con un tono firme pero cargado de emoción—. Mi madre, Toshiko, no solo es accionista por la inversión inicial. El dinero que usó para comprar esas acciones provino de mi padre, Haruhiko Takenouchi. Ese dinero... técnicamente, era mío. Mi herencia.
Nakamura levantó la vista del documento que tenía en las manos, su expresión mostrando una mezcla de interés y sorpresa.
—¿Está diciendo que los fondos utilizados por su madre para adquirir el 20% de las acciones de su empresa provienen de su herencia directa? —preguntó, asegurándose de haber entendido correctamente.
Sora asintió, su mirada endureciéndose mientras hablaba.
—Sí. Cuando mi padre falleció, él dejó una suma considerable que debía ser destinada a mí, pero mi madre la tomó y la utilizó para invertir en mi compañía. En ese momento, no me importó. Estaba empezando mi empresa y necesitaba el capital. Pero ahora me doy cuenta de que esa inversión nunca fue altruista. Usó ese dinero como un medio para mantener el control sobre mí y sobre mi empresa.
El abogado frunció el ceño, considerando esta nueva información.
—Eso cambia un poco las cosas. Si podemos demostrar que los fondos utilizados para adquirir las acciones pertenecían originalmente a usted y no a su madre, podríamos tener un argumento sólido para cuestionar su derecho a mantener esa participación accionaria. Sin embargo, necesitaríamos pruebas concretas de la procedencia de esos fondos y del testamento o cualquier documento que respalde su reclamo.
Sora se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con determinación.
—Tengo copias del testamento de mi padre y documentos financieros que muestran cómo se realizó esa transferencia. Haré que Miyako los busque y se los entregue lo antes posible.
—Eso sería muy útil —respondió Nakamura, asintiendo mientras anotaba algo en su libreta—. Podría fortalecer nuestro caso, especialmente si decidimos llevar esto a una mediación o a un tribunal. Por supuesto, tendríamos que proceder con cautela. Su madre podría argumentar que el uso de esos fondos fue consensuado en su momento.
Sora asintió, sabiendo que este camino no sería fácil. Sin embargo, sentía que debía luchar por lo que le pertenecía, no solo para recuperar el control total de su empresa, sino también para hacer justicia al legado de su padre.
—Estoy dispuesta a enfrentar cualquier obstáculo, señor Nakamura —dijo con firmeza—. Esta empresa es mi vida, mi pasión, y no puedo permitir que el control de mi madre siga limitando lo que puedo lograr.
Nakamura la observó por un momento, admirando su determinación, y luego cerró el expediente que tenía frente a él.
—Muy bien, señorita Takenouchi. Empezaremos por recopilar toda la documentación necesaria. Una vez que tenga las pruebas de la procedencia de los fondos, procederemos a elaborar una estrategia detallada. Haré todo lo que esté a mi alcance para proteger su empresa y asegurar que recupere el control total.
Sora asintió, sintiendo una mezcla de alivio y tensión. La batalla apenas comenzaba, pero tenía claro que estaba dispuesta a dar todo de sí para ganar. Mientras Nakamura se levantaba para marcharse, Sora volvió la vista hacia el diseño que había estado ajustando antes de la interrupción. Ahora más que nunca, estaba decidida a que su visión creativa no fuera opacada por nadie.
El eco de los pasos de Toshiko resonaba en los pasillos fríos y grises de la cárcel. Su corazón latía con fuerza mientras seguía al guardia que la guiaba hasta la sala de visitas. No podía entender cómo había llegado a esa situación.
Al llegar a la sala, el guardia abrió la puerta y la invitó a pasar. Shuu estaba sentado al otro lado de la mesa, con el rostro serio y los ojos cansados. Cuando la vio entrar, algo parecido al alivio y a la ira cruzó por su mirada. Toshiko avanzó lentamente y se sentó frente a él, sintiendo la tensión palpable en el aire.
—¡Vaya! Al fin llegaste...—fue lo primero que dijo Shuu, su voz fría y cargada de resentimiento.
Toshiko lo miró con incredulidad.
—Vine apenas me llamaste.—Comentó la mujer—Dime ¿por qué estás aquí?
Shuu rió, pero no había humor en su risa, solo amargura.
—¿Enserio no sabes? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia ella—. Tú me demandaste, Toshiko.
—¿Yo?
—Sí ¡tú!— Exclamó el hombre—Tú me acusaste de algo que jamás hice. ¿Y ahora dices que no tiene sentido?
Toshiko se quedó helada, sintiendo cómo su estómago se revolvía ante sus palabras.
—Shuu, yo no te acusé de nada.
—¡No es necesario que mientas! —estalló él, golpeando la mesa con los puños—. El oficial que me arrestó dijo que fue por tu denuncia. ¿Y ahora vienes aquí a fingir que no sabes nada?
Toshiko se inclinó hacia él, su voz firme.
—No estoy mintiendo, Shuu. Yo no hice nada de eso.
Shuu la miró, buscando algo en sus ojos, una chispa de sinceridad o tal vez una grieta en su máscara.
—Entonces explícame, Toshiko. ¿Cómo es que estoy aquí, acusado de acosarte, si tú no levantaste la denuncia?
Toshiko respiró hondo, sintiendo la rabia.
—No lo sé. Pero te juro, Shuu, que yo no fui.
Él la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos, evaluando sus palabras. Finalmente, habló, su voz mucho más baja esta vez.
—Toshiko, entiendo que hemos tenido problemas, que quieres limpiar tu imagen ¡pero esto!
—¡Ya te dije que no lo hice!— Exclamó la mujer.
El silencio que siguió fue denso, interrumpido solo por el sonido lejano de las puertas metálicas de la prisión. Finalmente, Shuu suspiró, apoyando la frente en su mano.
—¿Y cómo esperas que te crea?
Toshiko movió la cabeza: — ¡Eres insoportable! Entiendo que tengamos problemas. Pero tampoco iba a llegar hasta esto.
Shuu la miró nuevamente: —Entonces, si no fuiste tú… ¿quién?
Toshiko negó con la cabeza, sintiendo la impotencia crecer en su interior.
—No lo sé. Pero voy a averiguarlo.
Por su lado, Shuu decidió que no se rendiría hasta limpiar su nombre.
El atardecer teñía las ventanas de la empresa Ishida con tonos cálidos de naranja y rosa, mientras el sonido de los últimos teléfonos y el eco de pasos apresurados disminuían en el edificio. En una de las salas de descanso, Mizuki recogía los juguetes dispersos mientras su hija de dos años, una pequeña de cabellos oscuros y ojos vivaces, revoloteaba alegremente alrededor de Haruna.
—¿Lista para irnos, Aiko? —preguntó Mizuki, sosteniendo una mochila rosada con dibujos de conejos y guardando una pequeña botella de agua.
—¡No, mamá! —exclamó la niña, corriendo hacia Haruna y abrazándola por las piernas. Haruna, vestida con un elegante traje de dos piezas que contrastaba con la calidez en su expresión, se agachó para devolverle el abrazo.
—Oh, Aiko, ha sido un placer pasar el día contigo, pequeña traviesa —dijo Haruna con una sonrisa melancólica, acariciándole el cabello—. Pero tienes que irte con mamá ahora.
Aiko asintió con una mueca, abrazando con fuerza a su oso de peluche mientras Haruna le daba un beso en la frente. Mizuki observó la escena, agradecida pero también con una pizca de vergüenza.
—Haruna, no sé cómo agradecerte por cuidar a Aiko hoy. Sé que no es parte de tu trabajo, y realmente aprecio que te hayas ofrecido —dijo Mizuki mientras tomaba la mano de su hija.
—No fue ningún problema, Mizuki. Aiko es un ángel... Bueno, la mayor parte del tiempo —respondió Haruna con un guiño, mirando a la niña, quien ahora le sonreía ampliamente.
Desde el umbral de la sala, Yamato observaba la escena en silencio, apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados. Sus ojos se suavizaron mientras veía cómo Haruna despedía a Aiko con un beso en la mejilla y una pequeña caricia en el cabello.
—Gracias otra vez, Haruna. Nos vemos mañana —se despidió Mizuki, inclinándose levemente antes de salir con Aiko, quien agitaba la mano con entusiasmo.
—¡Adiós, Haruna! —gritó la pequeña mientras su voz se perdía en el pasillo.
La puerta se cerró, y el ambiente quedó en un profundo silencio. Haruna permaneció inmóvil, mirando hacia el lugar donde Aiko había estado segundos antes, como si su corazón hubiera quedado atrapado en ese instante. Sus manos descansaban a los lados, pero sus dedos temblaban ligeramente, traicionando la serenidad que intentaba mantener.
Yamato dio un paso adelante, rompiendo la quietud con un leve sonido de sus zapatos contra el suelo. Haruna parpadeó y se giró hacia él, sorprendida por su presencia.
—¡Vaya! No solo tienes talento como empresaria, también eres parvularia —comentó Yamato, con un tono ligero pero una mirada que estudiaba cada reacción de ella.
Haruna cruzó los brazos, como si quisiera protegerse de las emociones que él podía adivinar en su rostro.
—Es solo una niña. No es difícil ganarse su cariño —respondió, intentando sonar casual, pero su voz se quebró ligeramente al final.
Yamato arqueó una ceja, dando otro paso hacia ella.
—No parece que lo veas tan simple. Parecías... muy conectada con ella. Me recuerdas mucho a alguien...—Comentó antes de ingresar a su oficina.
¿A alguien?
La castaña hizo una mueca y entró a la oficina de Yamato: —No me digas que nuevamente te recordé a...—Intentó no decir su nombre— Esa persona.
El rubio se mordió el labio inferior— ¡Pues sí!
Haruna hizo una mueca— ¡Vaya! Por cada acción que tengo te recuerdo a ella. Incluso respirar te recuerda a ella.
Yamato suspiró y se giró hacia ella.
—Es inevitable ¿sabes? Se parecen bastante.
—No creo.
—O créeme, que sí.—Respondió Yamato.
—No entiendo porque sigues pensando en ella, después de todo, estás casado con Sora ¿no?
El rubio asintió:—Sí, lo estoy.—Contestó—Pero es inevitable pensar en ella. Es la madre biológica de Nene e Izumi, solo ver a mis hijas me recuerda a ella...
"Ver a mis hijas me recuerda a ella"
Bueno, era inevitable. Ambas tenían algo de ella, Nene físicamente e Izumi en su carácter.
—Además, Mimi fue mi primer amor.
Haruna se mordió, tratando de controlar la mezcla de emociones que se agitaban en su interior.
—¿Y por qué estas palabras no se las dices a tus hijas?— Preguntó.
—Porque...—Yamato suspiró— Es un secreto.
—Un secreto...—Repitió— Y me lo dices a mi que soy una extraña.
Yamato la miró directamente, sus ojos azules buscando los de Haruna como si intentara descifrar un enigma.
—A ti te dije la verdad porque confío en ti —respondió con sinceridad.
Esa respuesta la desconcertó aún más. Haruna sintió que un nudo se formaba en su garganta.
—¿Y por qué confías en mí? —inquirió, intentando mantenerse firme.
Yamato se acercó un poco más, deteniéndose a poca distancia de ella. Sus ojos se suavizaron, y una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Porque me recuerdas a ella.
El mundo de Haruna se tambaleó. Sentía un agujero formarse en su estómago, una mezcla de pánico y emoción que la dejó sin palabras por un momento. Yamato no podía saber la verdad. No podía descubrir que ella era Mimi.
—Yamato… —empezó a decir, pero su voz se quebró.
Él dio un paso más, acortando la distancia entre ambos. Su mirada era intensa, cargada de sentimientos que había guardado durante años.
—No sé qué es exactamente, Haruna. Pero hay algo en ti, en tu forma de ser, en cómo me haces sentir… —hizo una pausa, como si buscara las palabras adecuadas—. Es como si trajeras de vuelta algo que pensé que había perdido para siempre.
Haruna abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera decir algo, Yamato hizo lo impensable. Se inclinó hacia ella y unió sus labios con los de Haruna.
El beso fue inesperado, cálido y lleno de emociones reprimidas. Haruna se quedó paralizada por un instante, incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo. Sentía el corazón desbocado en su pecho, una tormenta de recuerdos y sentimientos que la golpeaban con fuerza.
Haruna se apartó de Yamato, respirando con dificultad. Su corazón latía tan rápido que podía oírlo en sus oídos, y la ira comenzaba a acumularse en su pecho. Sus ojos brillaban con una mezcla de emociones encontradas, pero lo que predominaba era la indignación.
—¿Qué te pasa? —dijo, su voz temblando ligeramente, pero claramente molesta—. ¿Por qué me besas así?
Yamato la miró con una mezcla de confusión y culpabilidad. No parecía entender el porqué de su reacción.
—Fue inevitable —respondió con tono bajo, como si las palabras que acababa de pronunciar no fueran tan graves para él—. Es que… me recuerdas tanto a Mimi.
Haruna sintió cómo el nudo en su estómago se apretaba aún más, como si fuera a romperse. Recordaba a Mimi, sí, pero no podía aceptar que él la confundiera con ella. Era doloroso, y al mismo tiempo, algo que la enfurecía.
—¿Me recuerdas a Mimi? —repitió, con sarcasmo—. ¿Eso justifica que me beses? ¿Solo porque te hago pensar en ella?
Yamato dio un paso hacia ella, su rostro reflejando una mezcla de arrepentimiento y algo de confusión.
—Haruna… no lo hice con malas intenciones. No pude evitarlo. Pensé que… pensaba que era ella por un momento.
Haruna lo miró con furia, cruzando los brazos con fuerza, sus ojos clavados en los de él.
—¡Te recuerdo a ella, pero no soy ella! —gritó, su voz quebrándose por la tensión—. ¡No soy Mimi! ¿Qué te hace pensar que puedes besarme solo porque te traigo recuerdos de alguien más?
Yamato se quedó quieto, sin saber cómo responder. La presión en su pecho aumentaba. Quería disculparse, pero las palabras no le salían. No había anticipado esa reacción en Haruna.
—Yo… no quise hacerte sentir mal —murmuró finalmente, sin poder ocultar su propia frustración—. Es solo que… tu forma de ser, tu calma, tu manera de mirarme. Todo me recuerda a ella.
Haruna cerró los ojos, respirando profundamente para calmarse, pero la emoción seguía siendo fuerte. La mezcla de dolor y frustración era difícil de manejar.
—Eso no te da derecho a besarme —dijo con un suspiro, y su tono se suavizó solo un poco—. Yo soy yo, Yamato. No soy un reflejo de ella, no soy una sustituta. No soy tu pasado.
El silencio se hizo pesado entre ellos, y Yamato se quedó sin palabras, mirando al suelo, mientras Haruna se apartaba lentamente, alejándose unos pasos. El beso, que había sido un acto impulsivo, ahora parecía un error. Un error del que no sabían cómo salir.
Finalmente, Haruna lo miró una vez más, pero ya no con furia, sino con una triste comprensión.
—La próxima vez, ten más cuidado con lo que haces —dijo, en un susurro, antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta.
Yamato la observó irse y bajó la mirada: —Mismos ojos, mismo tatuaje. Mismo temperamento.
¿Coincidencia?...¡Imposible!...
Al menos, tenía forma de comprobarlo.
Observó su mano con un mechón de su cabello.
La tarde estaba en su apogeo en la oficina de la compañía de modas. Los rayos dorados del sol se filtraban por las ventanas, bañando el amplio espacio con una cálida luz. Izumi estaba sentada frente a su mesa de trabajo, examinando una serie de bocetos y telas que había seleccionado para la próxima colección. Llevaba horas inmersa en su tarea, tanto que no notó a Takuya acercándose con una cámara en la mano.
—¿Otra vez trabajando horas extras? —comentó Takuya, apoyándose contra el borde de la mesa, con esa sonrisa pícara que siempre parecía tener reservada para ella.
Izumi levantó la vista, sorprendida por la interrupción, pero no pudo evitar devolverle una sonrisa.
—No todos tenemos el lujo de terminar temprano, ¿sabes? Algunos de nosotros tenemos que lidiar con colores, texturas y diseños todo el día.
—Oh, sí, pobre de ti. —Takuya fingió compasión, haciendo un gesto exagerado con la mano—. Porque lo mío, capturar imágenes perfectas bajo presión, es tan fácil.
Izumi rodó los ojos, divertida.
—¿Qué haces aquí, Takuya? Pensé que ya habías terminado la sesión de fotos.
—Lo hice, pero vine a buscar algo más interesante que fotografiar. —Sus ojos brillaron mientras decía esto, y la manera en que la miró hizo que Izumi sintiera un cosquilleo en el estómago.
—¿Algo más interesante? —preguntó, arqueando una ceja mientras volvía a concentrarse en sus bocetos. Intentaba no prestar atención al efecto que él tenía en ella, pero no era fácil.
—Sí. —Takuya levantó la cámara y apuntó directamente hacia ella—. Tú.
Izumi se congeló un momento, parpadeando sorprendida.
—¿Yo? ¡Estás bromeando! —Se cubrió el rostro con las manos, riendo nerviosa—. Soy diseñadora, no modelo.
—Exacto, y eso te hace aún más interesante. —Takuya bajó la cámara y se inclinó ligeramente hacia ella, sus ojos atrapándola como un imán—. A veces, las mejores fotos son las que muestran a las personas en su esencia, haciendo lo que aman.
—Esto es ridículo. —Izumi trató de disimular el calor que subía a sus mejillas, apartando la mirada mientras jugueteaba con una tela entre sus manos—. Seguro que hay cien cosas más interesantes que yo en este lugar.
—Quizás. —Takuya se encogió de hombros, ajustando el objetivo de la cámara—. Pero ahora mismo no puedo pensar en ninguna.
Antes de que Izumi pudiera protestar, él tomó una foto rápida. El sonido del obturador la sobresaltó, y lo miró con incredulidad.
—¡Takuya! ¿Qué haces?
—Documentando un momento genuino. —Sonrió ampliamente, mostrándole la imagen en la pantalla de la cámara—. Mira, no es tan mala.
Izumi tomó la cámara con curiosidad y observó la foto. Allí estaba ella, con una expresión natural, casi divertida. A pesar de sus dudas, tuvo que admitir que él tenía talento.
—Está... aceptable. —Admitió a regañadientes, devolviéndole la cámara.
—Aceptable no es suficiente para mí. —Takuya dejó la cámara a un lado y cruzó los brazos, fingiendo estar ofendido—. Si voy a fotografiarte, quiero que sea perfecto.
—Pues buena suerte con eso. —Izumi rió suavemente, aunque una parte de ella se sentía halagada por su atención.
—¿Qué tal si hacemos un trato? —Takuya la miró con esa chispa de desafío en sus ojos—. Yo te tomo una foto que incluso tú admitirás que es increíble, y tú...
—¿Yo qué? —preguntó Izumi, entrecerrando los ojos con sospecha.
—Tú vienes a cenar conmigo. —La frase salió con una naturalidad desarmante, y el silencio que siguió pareció detener el tiempo.
Izumi lo miró, completamente desconcertada. Su corazón latía con fuerza, y por un momento no supo qué responder.
—¿Cenar contigo? —repitió, tratando de sonar indiferente.
—Solo una cena. —Takuya levantó las manos en un gesto de inocencia—. Nada más.
—Takuya...—La rubia habló—No creo que...
—¡No!— El moreno la interrumpió—No me digas que no quieres ir porque tienes novio.
Izumi se mordió el labio inferior: —Aunque, esté enojada con Kouji aun estoy ligada a él de algún modo...—
—¿Y planeas seguir sufriendo por él?
La rubia suspiró— Hasta hace un tiempo yo creía que sí.—Comentó— Pero últimamente he pensado mucho las cosas y...—Suspiró— No sé si quiero seguir sufriendo.
El Kanbara se sorprendió al escuchar eso. Eso era un avance...¡Un gran avance!
Takuya la observó con atención, notando el peso de las palabras de Izumi. Había un dolor contenido en su mirada, una mezcla de frustración y vulnerabilidad que rara vez dejaba entrever. Para él, cada palabra que ella decía era como una pequeña grieta en la pared que parecía haber construido a su alrededor.
—Esta bien que lo pienses—dijo con una voz más suave, dejando a un lado su habitual tono juguetón—. Es bueno que medites y te des cuenta que no mereces seguir sufriendo. Y que necesitas algo más.
Izumi levantó la mirada, sorprendida por el cambio en su tono. Había algo en sus ojos marrones, una sinceridad desarmante que hizo que su corazón se acelerara.
—¿Algo más? —repitió, como si le costara procesar sus palabras.
Takuya dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos. La habitación, que antes parecía tan amplia, de repente se sintió más íntima, como si el aire se hubiera cargado de algo invisible pero palpable.
—Sí. —Sonrió levemente, su rostro ahora más serio de lo que Izumi estaba acostumbrada a ver—. Algo más que lágrimas y dudas. Algo más que sentirte atrapada en algo que no te hace feliz.
Izumi bajó la mirada, luchando por mantener la compostura. Las palabras de Takuya tocaban una fibra sensible, y aunque no quería admitirlo, resonaban con una verdad que le era difícil ignorar.
—No es tan fácil como parece... —susurró.
—Nada que valga la pena lo es —respondió él, su voz apenas un murmullo.
Sin pensarlo demasiado, Takuya extendió una mano, sus dedos rozando suavemente el mentón de Izumi, obligándola a mirarlo a los ojos. El simple contacto envió un escalofrío por la espalda de la rubia, y por un momento, se quedó inmóvil, atrapada en la intensidad de su mirada.
—Izumi... —Takuya habló con cuidado, como si cada palabra fuera un paso en terreno desconocido—. No quiero presionarte ni confundirte más. Solo quiero que sepas que estoy aquí. Un chico que no es millonario. Es pobre, si. Pero muere por ti...
El silencio que siguió fue casi ensordecedor. Izumi podía escuchar el latido de su propio corazón, rápido y desbocado, mientras las palabras de Takuya se repetían en su mente.
Antes de que pudiera responder, Takuya inclinó ligeramente la cabeza, acercándose a ella. Izumi sintió cómo su respiración se entremezclaba con la suya, y el mundo pareció detenerse en ese instante. La proximidad era abrumadora, y podía sentir el calor que emanaba de él, sus ojos fijos en los suyos, como si buscara permiso en el brillo de su mirada.
Izumi no se movió, ni para acercarse ni para alejarse. Había algo en ese momento, algo que la mantenía anclada en su lugar, incapaz de apartarse de él.
—¿Puedo? —preguntó Takuya en un susurro, su voz apenas audible pero cargada de significado.
Izumi abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron. Sus ojos se desviaron brevemente a los labios de Takuya, y él lo notó, inclinándose un poco más, como si el tiempo se hubiera ralentizado.
Justo cuando sus labios estaban a punto de encontrarse escucharon unos aplausos.
—Bravo...bravo...
Ambos voltearon la mirada y se encontraron con Kouji quien estaba aplaudiendo.
—Que linda escena.—Musitó.
—Kouji...—Izumi pronunció el nombre del chico.
—Izumi.—El respondió seriamente y luego dirigió su mirada hacia el moreno—Así que, el tiempo me dio la razón ¿e? Desde el principio, buscabas la forma de involucrarte con mi novia.
Takuya frunció el ceño: —No digas tonterías.
Kouji lanzó una carcajada seca irónica— No parecen tonterías, después de todo, estaban apunto de besarse ¿no?—Comentó— Acaso ¿me lo van a negar?
—Mira, Kouji, no sé qué ideas te estás haciendo, pero esto no es lo que parece —dijo Izumi con un tono firme, aunque la tensión en su mandíbula traicionaba su esfuerzo por mantenerse tranquilo.
—¿No es lo que parece? —replicó Kouji, con una sonrisa amarga—. Entonces, explícame qué era. Porque desde aquí parecía bastante claro lo que estaba pasando.
—No tengo que explicarte nada —respondió Takuya, clavando su mirada en Kouji—. Y mucho menos a alguien que no tiene ni idea de cómo tratarla como se merece.
Las palabras golpearon a Kouji como un desafío directo. Dio un paso hacia adelante, cerrando aún más la distancia entre ambos.
—¿Y tú sí? —preguntó con una voz baja, cargada de rabia contenida—. ¿Crees que solo porque estás aquí, pretendiendo ser el héroe, eso te da algún derecho sobre ella?
Izumi intentó intervenir, levantando una mano para detenerlos, pero su voz se perdió entre la creciente hostilidad de los dos chicos.
—Esto no tiene que ver con derechos, Kouji. Tiene que ver con respeto, algo que tú claramente no entiendes —soltó Takuya, apretando los puños a los costados.
—¿Respeto? —Kouji dejó escapar una carcajada seca—. ¿Hablas de respeto mientras intentas meterte con mi novia a mis espaldas? ¿Eso es respeto para ti?
—¡Ella no es tu posesión! —Takuya elevó la voz, incapaz de contenerse más—. Si no puede ser feliz contigo, tal vez sea hora de que dejes de aferrarte a algo que ni siquiera estás cuidando como deberías.
La furia en los ojos de Kouji se intensificó, y antes de que pudiera pensarlo, lo empujó con fuerza en el pecho, obligando a Takuya a retroceder un paso.
—¿Y quién eres tú para decirme cómo manejar mi relación? —espetó Kouji, avanzando hacia él con los puños cerrados—. No tienes ni idea de lo que hemos pasado juntos.
Takuya apenas pudo contenerse. Su cuerpo entero estaba en tensión, sus manos listas para devolver el golpe si era necesario.
—¡Tal vez no sé todo, pero sé una cosa! —gritó, empujándolo de vuelta con la misma intensidad—. Si realmente la amaras, no estaríamos teniendo esta conversación ahora.
La habitación parecía vibrar con la energía contenida entre ellos. Izumi, parada a un lado, intentaba desesperadamente intervenir, pero la intensidad de la confrontación la había dejado paralizada.
—¡Basta los dos! —gritó finalmente, su voz quebrada por la frustración y la angustia—. ¡Esto no está ayudando a nadie!
Ambos chicos se detuvieron por un instante, aunque sus cuerpos aún estaban tensos, listos para continuar el enfrentamiento.
—Izumi, él no te merece —dijo Takuya, sin apartar la mirada de Kouji—. Solo quiero que seas feliz, sea conmigo o no. Pero no quiero que sufras por alguien como él.
Kouji, aún con el rostro enrojecido de ira, soltó una carcajada amarga.
—¿Qué, ahora eres el noble mártir? Por favor, Takuya. Esto no tiene nada que ver con su felicidad y todo que ver con lo que tú quieres.
—¡Ya, Kouji, cállate!— Exigió Izumi.
—¿Me estás haciendo callar?— Preguntó el Minamoto.
La rubia asintió: —Claro que sí. Estás actuando horrible.
—¿Actuando horrible?— Cuestionó Kouji y lanzó—Yo venía a arreglar las cosas contigo ¿sabes?— Lanzó el ramo de girasoles al basurero— Pero creo que no vale la pena.—Comentó antes de voltear.
La pequeña campana sobre la puerta de la cafetería tintineó cuando Nene entró, buscando con la mirada a su abuela. Toshiko estaba sentada en una mesa cerca de la ventana, removiendo lentamente el contenido de su taza de café. Su expresión parecía tranquila, pero sus dedos tamborileaban levemente contra la mesa, delatando su inquietud.
—Abuela, ¿qué pasa? —preguntó Nene mientras se acercaba y tomaba asiento frente a ella—. Me llamaste con tanta prisa que pensé que algo malo había ocurrido.
Toshiko levantó la vista y forzó una sonrisa, intentando calmar las sospechas de su nieta.
—No, no es nada malo, cariño. Sólo necesitaba hablar contigo de algo... importante.
Nene arqueó una ceja mientras apoyaba los codos en la mesa y cruzaba las manos bajo su barbilla.
—¿Qué sucede? Me estás preocupando.
Toshiko suspiró y bajó la mirada hacia su taza, como si buscara las palabras correctas en el líquido oscuro. Después de unos momentos de silencio, alzó la vista y miró a su nieta directamente.
—Nene... necesito preguntarte algo, y quiero que seas completamente honesta conmigo.
Nene inclinó la cabeza, claramente confundida por el tono de su abuela.
—Claro, abuela. ¿Qué pasa?
—¿Fuiste tú quien demandó a Shuu? —preguntó Toshiko con cautela, observando cada detalle en la reacción de Nene.
La pregunta pareció tomar a Nene por sorpresa. Se echó hacia atrás en su silla, cruzando los brazos mientras fruncía el ceño.
—¿Yo? —repitió, casi indignada—. No, abuela. Ni siquiera sabía que ese tipo había sido demandado.
El ceño de Toshiko se frunció ante su respuesta, pero antes de que pudiera hablar, Nene continuó con un tono más directo.
—Pero me alegra saber eso. Ese hombre merece estar en prisión por lo que te hizo.
Toshiko sintió cómo un nudo se formaba en su garganta. Aunque intentó mantener la calma, las palabras de Nene la llenaron de una tristeza que luchaba por ocultar. No podía permitir que su nieta notara su inquietud. Forzó una pequeña sonrisa y asintió lentamente.
—Sí... supongo que sí. Pero no puedo evitar sentirme un poco... temerosa.
Nene la miró con preocupación, inclinándose hacia adelante para tomar una de las manos de su abuela.
—¿Temerosa? ¿De qué?
Toshiko suspiró, sus dedos jugueteando con la servilleta sobre la mesa.
—Shuu siempre fue alguien... impredecible. No sé cómo podría reaccionar estando en prisión. ¿Y si decide vengarse de alguna manera?
La preocupación en el rostro de Nene se intensificó. Apoyó su otra mano sobre la de su abuela, apretándola ligeramente.
—No tienes que preocuparte por eso, abuela. Te prometo que todo estará bien. Shuu no puede hacerte daño desde donde está.
—Gracias, cariño —murmuró Toshiko, esforzándose por mantener la compostura—. Me tranquiliza saber que estás de mi lado.
—Siempre lo estaré —dijo Nene con firmeza—. Ese hombre merece cada segundo que pase en esa celda. Y si intenta algo, me aseguraré de que lo pague.
Toshiko forzó una sonrisa más amplia, pero el peso de la mentira la aplastaba.
El sonido de los pasos de Kouji resonó por el pasillo mientras se detenía frente a Izumi, su expresión endurecida por la ira. Ella lo miró fijamente, sintiendo cómo su paciencia se agotaba rápidamente.
—¿Qué demonios estabas haciendo, Izumi? —preguntó Kouji, su voz cargada de reproche.
Izumi frunció el ceño, cruzándose de brazos.
—No es lo que piensas.—Musitó.
—No te hagas la inocente. Te vi con Takuya —dijo Kouji con los dientes apretados—. Te vi ¡vi como lo ibas a besar!
Izumi abrió los ojos con sorpresa, pero rápidamente su expresión se endureció.
—Kouji, no es...
—¿Ah, no? —Kouji soltó una risa sarcástica, sacudiendo la cabeza—. ¿Entonces qué fue, Izumi? Porque parecía exactamente lo que parecía: tú y Takuya, como si yo no existiera.
—¡No es tan simple! —respondió Izumi, alzando la voz.
Kouji dio un paso hacia ella, su mirada fija en la de ella como si intentara intimidarla.
—Claro que es simple. Siempre tuve razón al desconfiar de él, pero tú no me escuchaste. Siempre lo defendiste. Y ahora, aquí estamos.
Izumi sintió cómo la furia empezaba a arder en su interior.
—¿Enserio me dices esto? —preguntó ella, su voz temblando de rabia—. Kouji, no eres nadie para recriminarme nada.
Kouji la miró, incrédulo.
—¿Qué estás diciendo?
Izumi avanzó un paso, enfrentándolo directamente.
—Estoy diciendo que no tienes derecho a cuestionarme, porque tú nunca has sido un buen novio conmigo.
Kouji parpadeó, sorprendido por el cambio en su tono.
—¿Yo? ¿Mal novio? ¿Ahora soy el problema?
—¡Sí! —exclamó Izumi, incapaz de contenerse más—. Siempre me haces sentir como si tuviera que justificar todo lo que hago, como si fuera una delincuente. Y estoy harta de tus celos y tus constantes acusaciones.
—¿Harta? —repitió Kouji, su voz subiendo de tono—. ¿Entonces qué? ¿Crees que puedes terminar conmigo así nada más?
—Eso es exactamente lo que voy a hacer —respondió Izumi con frialdad—. Esto no está funcionando, Kouji.
Kouji se tensó, dando un paso más cerca de ella.
—No puedes terminar conmigo, Izumi. Y punto.
Izumi alzó la barbilla, decidida a no dejarse intimidar.
—¡Ya lo hice!
—¡No! —exclamó Kouji, su tono cargado de frustración y rabia—. Esto no se acaba hasta que yo diga que se acaba.
Izumi lo miró fijamente, sus ojos llenos de una mezcla de tristeza y determinación.
—Esto no es una negociación, Kouji. Se acabó.
Antes de que él pudiera responder, Izumi se giró y salió de la habitación, dejando a Kouji en silencio. Su figura inmóvil, con los puños apretados y la mandíbula tensa, era el reflejo de un hombre que no estaba acostumbrado a perder. Pero esta vez, la decisión no estaba en sus manos.
El club estaba lleno, una multitud de mujeres de la alta sociedad se deslizaban entre las mesas, sonrisas perfectas y risas contenidas como ecos de conversaciones que buscaban ser lo suficientemente discretas como para no romper la tensión que flotaba en el aire. La luz suave de las lámparas iluminaba el espacio con una calidez artificial, pero no podía suavizar la atmósfera cargada de expectativas. Los murmullos se mezclaban con el tintinear de copas y el roce de telas de seda, mientras cada una de las presentes sabía que este evento no era como los demás. Hoy, un nuevo liderazgo sería marcado en el club, y los ojos de todos estaban puestos en la votación.
La delegada oficial, una mujer de porte impecable que siempre irradiaba una mezcla de elegancia y autoridad, se levantó de su asiento, haciendo que el murmullo se detuviera casi instantáneamente. Su postura erguida y su mirada dominante hicieron que todas las cabezas se giraran hacia ella en un gesto automático de respeto.
—Buenas tardes a todas —comenzó, su voz clara y fuerte, como una campana que resonaba en la sala. Sus ojos recorrían a las asistentes con la seguridad de alguien acostumbrado al poder—. Quiero comenzar agradeciendo su presencia en este evento tan importante. Como bien saben, hemos tenido un proceso exhaustivo de votación. Ha sido un momento decisivo para nuestro club, y estoy segura de que todas han estado esperando este resultado.
Las mujeres murmuraban entre ellas, algunas asentían, otras hablaban en voz baja, como si ya supieran lo que se estaba por anunciar. La tensión era palpable, y el aire estaba cargado de una mezcla de emoción y anticipación. Los dedos de algunas jugaban nerviosamente con los bordes de sus vestidos, otras se acomodaban en sus sillas, ansiosas por conocer el veredicto.
La delegada hizo una pausa, observando las reacciones en la sala, disfrutando del momento, dejando que la expectación creciera. Finalmente, con una sonrisa algo complacida, continuó:
—Me complace anunciar que, después de un proceso justo y transparente, Sora ha sido elegida como la nueva presidenta de nuestro club. ¡Felicidades, Sora!
Un aplauso ensordecedor estalló en la sala, resonando con fuerza en las paredes, como una ola que envolvía a todos. Algunas mujeres aplaudían con fervor, mientras otras sonreían, abrazaban a Sora y le dirigían palabras de felicitación. Había una atmósfera de celebración, como si este fuera el inicio de algo grandioso, un cambio que renovaría la estructura del club y traerá consigo nuevas oportunidades.
Sora se levantó, su rostro iluminado por una sonrisa cautivadora, pero había algo más en su porte, algo sutil pero evidente: la satisfacción de haber alcanzado su objetivo, el placer de ser reconocida como la nueva líder del grupo. Aceptó las felicitaciones con una mezcla de humildad calculada y alegría contenida. Saludó a algunas de las asistentes con un gesto amable, pero su mirada se desvió fugazmente hacia las otras mujeres, como si quisiera asegurarse de que todos comprendieran el significado de ese momento.
Mientras tanto, las reacciones variaban según el círculo en el que se encontraban. Algunas mujeres se levantaron, visiblemente emocionadas por el triunfo de Sora, mientras otras mantenían una expresión más reservada, pero todas compartían la misma certeza: el club había tomado una decisión importante, una que definiría el rumbo de las relaciones y el poder en los próximos meses.
El ambiente se impregnó de una energía renovada, las conversaciones volvieron a llenar la sala, pero ya no eran las mismas. Ahora, todo parecía girar en torno a la elección de Sora, y las miradas de las mujeres cambiaban, algunas admirándola, otras quizás recelando, pero todas conscientes de la fuerza de su nueva posición.
—Muchas felicidades, querida.—Haruna saludó a Sora.
—Muchas gracias Haruna, sin tu apoyo no me hubiese atrevido a ser candidata.—Comentó la pelirroja.
La oji-miel sonrió.
En un rincón cercano, Toshiko observaba en silencio, su expresión endurecida mientras las sonrisas se multiplicaban a su alrededor. A pesar de los aplausos, su mente estaba lejos, sumida en pensamientos oscuros. No dijo ni una palabra, pero sus manos se apretaban con fuerza sobre su regazo, controlando la rabia que bullía en su interior.
—Esto no es justo...—Musitó la mujer.
—Tranquila, abuela, esto no se quedará así.—Comentó Nene antes de caminar en dirección a su madre.
—Buenas noches.—Saludó la joven.
—Nene.—Haruna sonrió al ver a la castaña.
—Hija, me alegra verte.—Comentó la pelirroja.
—Si es bueno que estés aquí.—Musitó la oji-miel
—Supongo que vienes a felicitar a tu madre.—Habló una de las mujeres de al rededor.
Nene levantó la vista, su mirada fija en su madre, pero sus palabras fueron claras, y no había nada de diplomacia en su tono.
—¿Felicitarla? —Nene repitió, su voz firme—. Si esta fuera una competencia justa, sí, felicitaría a mi madre. Pero esto no lo fue.
Haruna alzó una ceja, sorprendida por la respuesta directa—¿A qué te refieres?
Nene no dudó ni un segundo.
—Mi abuela, Toshiko, fue acusada de algo que no hizo, algo que un desconocido decidió sembrar para vengarse de ella.—Declaró.
¿Qué?
Pensó Mimi ante las palabras de su hija.
Todas comenzaron a murmurar ante esto.
—Y lo peor de todo es que muchas de ustedes, aquí presentes, lo creyeron. Creyeron que mi abuela era un adultera.—Habló Nene— Cuando verdaderamente ¡No lo es!
¿Perdón?
Mimi observó incrédula a Nene. ¿Era idea suya o estaba defendiendo a Toshiko?
—Decidieron creer sin cuestionar, sin investigar, sin pensar en lo que realmente pasó —dijo con un tono cargado de frustración—. ¿De verdad ninguna de ustedes pensó en lo injusto que fue todo eso?
Las palabras de Nene resonaron con fuerza en el aire, y varias mujeres se miraron entre sí, algunas incómodas, otras con gestos de sorpresa. La verdad estaba siendo escupida en sus caras, y no podían evitar sentirse culpables por haber sido parte de esa mentira.
—Disculpa Nene.—Habló la delegada— Pero todas fuimos testigos de ese video.
—Y muchas comentaron que...—Intentó hablar otra pero Nene la interrumpió.
—Es muy fácil creer lo que dicen las lenguas viperinas de aquellos que tienen un interés personal en destruir la reputación de alguien —continuó Nene, su voz creciendo en intensidad—. Pero hay algo que nunca entenderán, algo que mi abuela siempre nos enseñó: no se debe juzgar sin conocer los hechos.
El ambiente en la sala se volvió pesado. Las mujeres que antes aplaudían a Sora ahora observaban a Nene, algunas avergonzadas, otras defendiendo su postura sin decir una palabra. La verdad estaba allí, flotando en el aire, y Nene no iba a permitir que fuera ignorada.
Sora, al escuchar las palabras de su hija, frunció el ceño, pero intentó mantener la compostura, su rostro tenso y casi iracundo.
—Nene, basta —dijo, con voz grave, intentando acallar las palabras de su hija, aunque algo en su interior temía que fuera tarde para controlar la situación—. Lo que pasó con mi madre no tiene nada que ver con esto.
—Sí tiene que ver —respondió Nene sin dudar—. Porque todo lo que sucedió con ella afectó todo lo que está pasando aquí, en este mismo momento. Todo lo que ocurrió con la acusación de infidelidad, todo lo que se construyó sobre mentiras, nos ha llevado hasta este punto. Y aún así, la mayoría prefiere ignorarlo.
—¿Y cuál es la muestra de lo que dices es verdad?— Preguntó una de todas las mujeres.
—Que Shuu Kido está en prisión.
¿Qué?
Todas se sorprendieron, incluida Toshiko, quien no esperó que su nieta tocase ese tema.
Las mujeres comenzaron a murmurar, las conversaciones tomaron un giro incierto. La revelación de Nene había dejado a todos cuestionando sus propias creencias, y mientras la figura de Toshiko se desvanecía entre las sombras de la puerta, el peso de la verdad comenzó a caer sobre las cabezas de las presentes.
—¿Es verdad?—Preguntó una mujer.
—¿Shuu Kido está en prisión?
—Sí.—Respondió Nene—Por acosador.—Volteo hacia Toshiko— ¿Cierto?
—¿E?—Balbuceo la Takenouchi y observó a todas.
No esperaba que Nene usara esto a su favor. Le enorgullecía sí, pero el tema con Shuu estaba muy tirante, él le estaba exigiendo ayuda. Pero, ella era consciente de que...
Toshiko nuevamente observó a todas:
Quizás, esta era la única forma de limpiar su imagen.
—Sí, es verdad.
Esto provocó otro murmullo entre las mujeres.
—Felicito a mi madre por su victoria.—Comentó Nene— Pero, por favor, no deberían creer que mi abuela, Toshiko, una mujer de clase caería tan bajo.
Mimi observó incrédula a su hija. Jamás pensó que Nene protegería a Toshiko...¡A Toshiko!
BethANDCourt: ¡Hola! Jaja entiendo, yo que escribo algunas veces digo ¡uh! voy muy rápido, pero luego digo ¡debe ser así! porque de igual forma todo está muy lento. Sí, finalmente Layla reveló todo, Taichi y Mimi no fueron infieles. Ahora queda el dolor para Sora y Yamato. Toshiko siempre ha sido hipócrita con Sora, siempre con mentiras. Hiroaki no, oculta cosas. Pero no tiene miedo de confesarle a Yamato que sus acciones son verdad. Sobre la escena, no estaba incompleta, lo que me faltó fue los puntos suspensivos, quería cortar y pasar directo a Takeru que estaba escuchando, era mi plan inicial dejar la escena como "incompleta" para pasar a Takeru estaba escuchando. Esto significa un punto de quiebre entre Sora y su madre. Pero aun queda algo. Yamato no es tonto, créeme, es más inteligente, pero saber esta verdad si es muy influenciable, porque Yamato no se sentirá con derecho de recriminarle a Mimi. Yamato esperará que Mimi haga lo que tenga que hacer y no la detendrá. Sí, pobre Takeru, le ha tocado difícil, pero tranqui, pronto no estará tan solo. Es solo cosa que sepa la verdad y podrá acercarse a Hikari de nuevo. Todos queremos abrazar a nuestro Takeru jajaja Damar vive abrazando a sus amigos, pero Takeru necesita algo más profundo, no quiero dar spoiler pero aun le queda sufrimiento a Takeru. Con respecto a Kouji y Damar, será interesante, tengo planeado algunas cosas, pero ya irán viendo. Tranqui, a medida que avance la historia, conocerán un poco más su historia. Jajajaja dos hermanas por un mismo chico jajaja no daré spoiler jajaja ¿Sigues con tu teoría de que Damar es hija de Yamato y Mimi? ¡Me gusta! Ya veremos si es o no. Espero que estés disfrutando cada parte de la historia. Valoro mucho que te tomes el tiempo de leerla y expresar lo que piensas. Me encantaría que sigas siendo parte de este camino conmigo. Te envío un abrazo grande.
miyakoinoe25: Sí, fue de luto ese capítulo. Muy difícil es el camino que se les viene. Ya veremos que ocurrirá. Espero que estés disfrutando cada parte de la historia. Valoro mucho que te tomes el tiempo de leerla y expresar lo que piensas. Me encantaría que sigas siendo parte de este camino conmigo. Te envío un abrazo grande.
