REVENGE
~Capítulo 41~
El aire fresco golpeo el rostro de Sora mientras descendía del auto frente al exclusivo club de mujeres adineradas. El edificio, iluminado con elegancia, parecía un refugio para quienes buscaban escapar de las responsabilidades que cargaban a diario. Sora se ajustó el abrigo negro sobre su vestido del mismo tono, un atuendo que reflejaba tanto su agotamiento como su discreta elegancia.
Al entrar, sus ojos recorrieron el espacioso salón. Mujeres bien vestidas conversaban en pequeños grupos, con copas de vino en la mano y risas suaves resonando en el ambiente. En una mesa cercana, Haruna la observó con una sonrisa cálida, levantando una mano para llamar su atención.
—¡Sora! —dijo Haruna, poniéndose de pie para recibirla—. Me alegra tanto que hayas venido.
Sora devolvió la sonrisa, aunque su expresión denotaba cansancio.
—Me sorprendió tu invitación.—respondió mientras se dejaba guiar hacia la mesa.
Haruna la observó con atención, notando las ligeras ojeras bajo sus ojos y la tensión en su postura.
—No quería molestarte, Sora. Si te incomodé, de verdad lo siento.
Sora negó rápidamente con la cabeza mientras tomaba asiento.
—No tienes que disculparte. Al contrario, lo agradezco. No sé cuánto más hubiera podido soportar encerrada en casa.—Comentó —Necesitaba un cambio de aire.
Básicamente su vida se resumía en trabajar y tratar con su familia. Pero nunca hacia algo extra.
Haruna le sonrió con comprensión y llamó a la camarera para pedir algo de beber. Mientras esperaban, la joven se inclinó hacia Sora, su tono más suave.
—¿Cómo estás? —preguntó con genuina preocupación.
Sora exhaló profundamente, como si las palabras fueran un peso que llevaba acumulando durante demasiado tiempo.
—Cansada… agotada, en realidad. Todo lo que ha pasado últimamente ha sido demasiado. La muerte de Satomi… —hizo una pausa, sus ojos brillando con una mezcla de tristeza y frustración—. Ha sido lo último. Pero la verdad, estoy agotada desde mucho antes.
Haruna permaneció en silencio, permitiéndole continuar.
—Primero fue Yamato… su infidelidad me destrozó. Luego, el accidente de Rika… pensé que perdería a mi hija. Después desaparecieron las modelos de mi compañía, y cada día parece traer algo peor. Siento que todo está fuera de control, que todo está mal…
Haruna extendió su mano y tomó suavemente la de Sora, su contacto cálido en contraste con la frialdad que Sora sentía en su interior.
—Entiendo que todo parezca demasiado ahora —dijo Haruna, sus palabras llenas de empatía—. Pero, Sora, escucha esto: eres una mujer fuerte. Siempre lo has sido.
Sora levantó la vista, encontrando los ojos de Haruna llenos de determinación.
—No lo sé, Haruna. Cada vez dudo más de eso…
Mientras tanto en el departamento de Damar, Taiki y Takato. Hikari se encontraba en la sala principal sentada en el sofá.
—¿Te encuentras mejor?— Preguntó Damar mientras observaba a la prima de Takuya.
—S-sí.—Respondió Hikari mientras limpiaba sus ojos llorosos con un pañuelo— Me siento mejor.
La menor se levantó del sofá caminó hacia la cocina, abrió el refrigerador sacó una lata de bebida coca-cola y se acercó a Hikari—¡Ten!— Musitó antes de hacer presión en la pestaña y abrir la lata— No hay tristeza que una deliciosa coca-cola no pueda resolver.
Hikari dirigió su mirada hacia la bebida y recibió— Gracias.
Damar sonrió y tomó asiento a su lado.
—Mira, no sé que te haya pasado, pero estoy segura que todo estará bien.—Declaró— Ahora que has regresado a tu departamento. Luego de todo lo ocurrido. Créeme, estaban todos preocupados por ti.
Sí, todos se lo hicieron saber.
—Tus amigos, y en especial con tu primo, Takuya. Él estaba muy preocupado por ti.
Sí, lo sabía.
—En mitad de la noche golpeo la puerta de todos los departamentos de este edificio buscándote.
—¿De verdad?
Damar asintió: —Sí.—Respondió— Fue así como mis hermanos y yo nos enteramos que estabas desaparecida. Y decidimos ayudarlo.
—Lamento mucho haberlos preocupado.—Comentó Hikari.
—No te disculpes.—Declaró la menor— No sé que te habrá ocurrido, pero, como dije, lo importante es que estás de vuelta.
Sí, eso era lo importante.
—Y que ¡ahora tendrás una buena sesión de manicure!— Exclamó Damar abriendo su maleta.
¿Qué?
Hikari se sorprendió.
—¿Sesión de manicure?
Damar asintió.
—Pe-pero...
—Tus uñas necesitan una pequeña ayuda— Exclamó Damar—Permiso.— Suavemente tomó la mano de la castaña y la depositó en la fuente con agua.
—¿Ayuda?
Damar asintió: —Tu primo me dijo que necesitabas una sesión de manicure.
—¿E?— Balbuceo Hikari— ¿Haces manicure?
—Si.—Respondió Damar—¿Takuya no te lo comentó?
—¿E?— Nuevamente balbuceo la mayor— S-sí, me lo había comentado, pero se me olvidó.
La menor sonrió: —No te preocupes.—Mientras comenzaba a limpiar sus uñas.
El ambiente en la oficina de Yamato era tenso. Las grandes ventanas dejaban entrar la luz del sol, pero el brillo no era suficiente para disipar la sombra de enojo que cubría el rostro del rubio. Estaba de pie detrás de su escritorio, con los brazos cruzados y una expresión severa mientras miraba a Nene, que estaba sentada frente a él, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—¿Qué estabas pensando, Nene? —preguntó Yamato, su tono grave y controlado, aunque la irritación era evidente en cada palabra—. ¿Besándote con Kiriha en la cafetería de la empresa? ¿En plena vista de todos?
Nene levantó la mirada desafiante, sin apartar los ojos de su padre.
—¿Y qué? —respondió, su voz firme—. ¿Eso te molesta más que el hecho de que estés constantemente tratando de controlar mi vida?
Yamato respiró profundamente, tratando de calmarse, pero su paciencia ya estaba al límite.
—No estamos hablando de controlar tu vida, Nene. Estamos hablando de la imagen de esta empresa. Eres mi hija, y como tal, se espera que te comportes de manera profesional. ¿Tienes idea de lo que significa para los empleados verte comportándote así?
Nene bufó, recostándose en la silla y rodando los ojos.
—¿Profesional? ¿Desde cuándo el amor afecta la profesionalidad? Papá, solo estaba con mi novio. No creo que eso sea un crimen.
—No se trata solo de amor —replicó Yamato, golpeando ligeramente su escritorio con la palma abierta, lo suficiente como para hacerla saltar un poco—. ¡Se trata de respeto! Esta no es una escuela ni una calle cualquiera. Es una empresa, mi empresa, y tienes responsabilidades que cumplir como parte de esta familia.
Nene apretó los puños, sintiendo cómo el enojo comenzaba a burbujear dentro de ella.
—¿Tus responsabilidades? —repitió, con un tono sarcástico—. ¡Siempre es lo mismo contigo! ¡La empresa, la imagen, las responsabilidades! ¿Y mis sentimientos? ¿Mis deseos? ¿Eso no importa para ti?
—¡Por supuesto que importan! —exclamó Yamato, acercándose al escritorio y mirándola fijamente—. Pero hay un tiempo y un lugar para todo, Nene. ¿No podías mantenerlo fuera del lugar de trabajo? ¿O al menos mostrar un poco de discreción?
La joven se puso de pie, enfrentándolo cara a cara.
—¿Discreción? ¿Por qué no simplemente dices que lo que te molesta es que sea Kiriha? —espetó—. Admitelo, papá. Nunca lo aceptaste, y nunca lo harás. Esto no tiene nada que ver con la empresa. Es solo tu odio hacia él.
Yamato se quedó en silencio por un momento, sorprendido por la acusación directa. Respiró profundamente antes de responder.
—Esto no es sobre Kiriha. —Aunque su voz había bajado, seguía siendo firme—. Esto es sobre ti, sobre protegerte. No quiero que cometas errores que puedan dañarte, Nene.
—¿Dañarme? —preguntó, incrédula—. ¿Crees que estar con Kiriha es un error?
Yamato frunció el ceño, su mirada intensa.
—Creo que exponerte de esa manera, en ese lugar, fue un error. Y sí, sigo pensando que Kiriha no es adecuado para ti. Pero este no es el tema ahora.
Nene lo miró con una mezcla de frustración y dolor.
—No entiendes nada, papá. Kiriha me hace feliz. Él me apoya, me entiende. Algo que tú nunca intentaste hacer.
Las palabras de su hija lo golpearon con fuerza. Yamato abrió la boca para responder, pero no encontró las palabras adecuadas. En su interior, sabía que Nene tenía razón en algunos aspectos. Había sido duro con ella, tal vez demasiado. Pero su deber como padre era protegerla, incluso si eso significaba tomar decisiones que ella no entendiera en el momento.
Finalmente, Yamato suspiró, dejando caer los hombros.
—Nene, solo quiero lo mejor para ti —dijo, su tono más suave esta vez—. Tal vez no lo entiendas ahora, pero todo lo que hago es para protegerte.
Nene lo miró fijamente, evaluando sus palabras, pero su expresión seguía siendo de desafío.
—Si realmente quieres lo mejor para mí, papá, entonces empieza por respetar mis decisiones. Porque esta es mi vida, no la tuya.
Yamato se quedó en silencio, viendo cómo su hija se daba la vuelta y salía de la oficina, dejando la puerta entreabierta tras ella. Sabía que la discusión no había terminado, y que el abismo entre ellos solo parecía hacerse más grande con cada palabra.
El ambiente en el club de mujeres adineradas estaba animado y elegante. Las conversaciones resonaban como un suave murmullo entre copas de champán y mesas decoradas con flores. Sora y Haruna estaban sentadas en un rincón apartado, disfrutando de un momento de calma cuando el sonido de un micrófono captó la atención de todos.
—Queridas socias, si pueden dirigirse hacia el escenario, comenzaremos con los anuncios importantes —anunció una mujer con voz firme desde el estrado.
Sora levantó la vista, reconociendo al instante a la figura que subía al escenario. Su madre, Toshiko Takenouchi, se desplazaba con la gracia y autoridad que siempre la habían caracterizado. Vestida con un elegante traje de dos piezas en tono crema, Toshiko tomó el micrófono, y una sonrisa ensayada adornaba su rostro.
—Buenos días a todas —comenzó Toshiko, mirando a la audiencia con ojos astutos—. Como muchas saben, las elecciones para la presidencia de nuestro querido club han sido un tema de conversación importante estos últimos meses. Mi oponente, Satomi, y yo hemos trabajado arduamente para representar sus intereses.
Sora apretó los labios al escuchar el nombre de Satomi.
—Sin embargo, como también saben, durante su presentación de campaña, Satomi fue destituida debido a irregularidades que se encontraron en su gestión pasada. Y poco después, ocurrió esa terrible tragedia… su fallecimiento nos ha dejado a todas con el corazón roto.
Haruna notó cómo Sora tensaba las manos sobre su regazo.
—Es por eso que, tras mucha reflexión y por el bien del club, he decidido tomar el puesto de presidenta para continuar liderando con el mismo compromiso que me ha caracterizado durante tantos años.
Un aplauso educado llenó el salón, pero Sora permaneció inmóvil, sus ojos fijos en su madre.
—Esto es ridículo —murmuró entre dientes, atrayendo la atención de Haruna.
—¿Qué sucede? —preguntó Haruna en voz baja.
Sora soltó un suspiro frustrado, inclinándose hacia su amiga.
—Mi madre lleva años siendo la presidenta de este club. Años. ¡Y este lugar no le pertenece! —dijo con un hilo de indignación en su voz—. Satomi merecía ese puesto. Ella trabajó más duro que nadie para ganárselo. Pero mi madre siempre encuentra la manera de quedarse con todo. Es… patético.
Haruna observó a Sora con atención, captando el dolor y la furia detrás de sus palabras. Luego, su mirada se dirigió hacia el escenario, donde Toshiko sonreía y agradecía a los presentes con una pose de falsa humildad.
—Agradezco profundamente la confianza que han depositado en mí una vez más —continuó Toshiko, su voz llena de autoelogio—. Prometo seguir trabajando para mantener este club como un espacio de excelencia y exclusividad para todas nosotras.
Sora frunció el ceño, cruzando los brazos mientras miraba a su madre con desdén.
—No puedo creerlo… —murmuró.
Justo en ese momento, Haruna levantó la mano con decisión.
—¡Objeción! —exclamó, su voz resonando con firmeza en el salón.
Un murmullo de sorpresa recorrió la sala. Toshiko bajó el micrófono por un momento, claramente desconcertada, mientras todos los ojos se posaban en Haruna.
—¿Quién es usted para objetar, querida? —preguntó Toshiko, con un tono que intentaba ser condescendiente, pero no podía ocultar su incomodidad.
Haruna se levantó con elegancia, ajustándose su vestido.
—Mi nombre es Haruna, y soy socia invitada del club. No puedo quedarme callada ante lo que considero una injusticia.
Sora la miró, sorprendida por su intervención.
—Satomi merecía ese lugar —continuó Haruna, caminando hacia el centro de la sala—. Y aunque ya no está con nosotras, creo que su memoria merece ser honrada, no utilizada como una justificación para perpetuar el control de este club.
El silencio en el salón era absoluto, todos expectantes ante la confrontación.
—Haruna… —murmuró Sora, sin poder contener una pequeña sonrisa de admiración.
Toshiko se mantuvo firme, pero por primera vez su expresión dejó entrever un leve indicio de incomodidad.
—Entiendo su punto, pero este club necesita liderazgo, y yo soy la mejor opción para garantizar su continuidad.
Haruna no cedió, su postura y mirada desafiantes.
—Quizás sea hora de que el club elija a alguien más. Una nueva visión, una nueva dirección.
Sora observaba la escena con una mezcla de emociones, sintiéndose finalmente un poco aliviada de que alguien se atreviera a enfrentar a su madre.
El ambiente seguía tenso, mientras Toshiko intentaba recuperar el control del momento.
—Agradezco sus palabras, señorita Haruna —dijo Toshiko finalmente, con una sonrisa tensa—. Pero el tema ya está decidido.
—¿Decidido?—Preguntó esta vez Sora—No se ha hecho ninguna votación oficial.
Toshiko frunció el ceño al escuchar a su hija: —Sora, no necesitamos votaciones, yo soy la única postulante.
El ambiente en el club se volvía cada vez más tenso. Las miradas iban de Toshiko a Haruna, y luego a Sora, como si el salón entero estuviera expectante de lo que sucedería a continuación.
—¿Decidido? —replicó Sora, alzando un poco más la voz—. No se ha hecho ninguna votación oficial.
Toshiko frunció el ceño, claramente irritada por la interrupción de su hija.
—Sora, no necesitamos votaciones —respondió Toshiko con tono cortante—. Soy la única postulante.
Haruna soltó una pequeña carcajada, atrayendo nuevamente las miradas hacia ella.
—¿Eso significa que simplemente asumimos que no hay nadie más capaz? —preguntó Haruna, con un dejo de sarcasmo en la voz.
Toshiko la fulminó con la mirada, pero Haruna no retrocedió.
—De hecho —continuó Haruna con una sonrisa desafiante—, creo que este club sí tiene otra opción.
Un murmullo recorrió la sala. Toshiko levantó una ceja, intrigada pero manteniendo su compostura.
—¿Otra opción? —preguntó Toshiko, su tono casi burlón—. ¿Y quién sería esa opción, según usted?
Haruna levantó una mano, señalando directamente a Sora.
—¡Sora Takenouchi!
El murmullo creció, esta vez acompañado de exclamaciones de sorpresa. Sora abrió los ojos como platos, claramente desconcertada.
—¿Yo? —preguntó Sora, señalándose a sí misma como si no pudiera creer lo que escuchaba.
Haruna asintió con firmeza, su expresión radiante de convicción.
—¡Sí, tú! —afirmó Haruna, dando un paso hacia ella—. Eres una mujer increíble, fuerte, admirable. ¿Por qué no podrías ser la presidenta de este club?
Sora estaba paralizada. Sentía cómo todas las miradas se posaban sobre ella, evaluándola, juzgándola.
—Haruna, yo… —comenzó Sora, titubeando—. No estoy segura de que sea lo adecuado.
Haruna le tomó las manos, mirándola directamente a los ojos.
—¿Por qué no, Sora? Este club necesita alguien como tú. Eres una mujer con principios, alguien que sabe lo que significa luchar por lo correcto. No puedes dejar que tu madre siga controlándolo todo sin oposición.
Toshiko dio un paso al frente, su voz cargada de autoridad.
—Esto es ridículo. Sora no tiene experiencia liderando un club de esta magnitud.
Haruna giró hacia Toshiko con una sonrisa tranquila pero desafiante.
—No tiene de club, pero si sabe liderar, es dueña de la mejor compañía de modas.—Recordó.
—Una compañía, no un club, una compañía y un club no son iguales.
—Bueno ¿qué mejor manera de ganar experiencia liderando este club?—Preguntó la castaña— Además, este club necesita renovación, no más de lo mismo.
El murmullo se intensificó. Algunas mujeres en el público asintieron, aparentemente convencidas por las palabras de Haruna. Toshiko apretó los labios, visiblemente incómoda por perder el control de la situación.
Sora miró a Haruna con una mezcla de gratitud y miedo.
—¿De verdad crees que podría hacerlo? —preguntó en un susurro.
Haruna le sonrió, apretando sus manos con calidez.
—Lo sé, Sora. Y estoy segura de que muchas aquí también lo saben. Solo necesitas dar el paso.
Sora respiró hondo, mirando a su alrededor. Las mujeres en el salón la observaban con atención, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que podría haber algo de verdad en las palabras de Haruna.
—De acuerdo —dijo finalmente, con voz temblorosa pero decidida—. Me postulo como candidata a la presidencia de este club.
El salón estalló en aplausos y exclamaciones de sorpresa.
Toshiko observó a su hija con una mezcla de incredulidad y desdén, pero no dijo nada. Mientras tanto, Haruna sonreía ampliamente, orgullosa de haber logrado sacar a Sora de las sombras de su madre.
La mañana estaba lejos de terminar, pero algo había cambiado. Sora no solo había dado un paso adelante; había comenzado a recuperar el control sobre su propio destino.
Kiriha empujó la puerta de la oficina de Yamato con un nudo en el estómago. La vasta sala estaba iluminada por la luz natural que entraba a través de los enormes ventanales. Yamato estaba sentado detrás de su imponente escritorio de caoba, revisando algunos documentos con una expresión seria y fría. Cuando Kiriha entró, Yamato levantó la vista y lo señaló con un movimiento breve para que se acercara.
—Cierra la puerta, Kiriha —dijo Yamato con voz firme.
Kiriha obedeció, cerrando la puerta detrás de él. Dio unos pasos hacia el escritorio, sintiendo cómo la tensión en el ambiente aumentaba con cada paso. Finalmente, se detuvo frente a Yamato, quien lo miraba fijamente, como si evaluara cada aspecto de su ser.
—¿Sabes por qué te he llamado? —preguntó Yamato, su tono afilado como una navaja.
Kiriha tragó saliva, su mente buscando desesperadamente las palabras adecuadas.
—Tengo una idea... pero prefiero que usted lo diga directamente, señor.
Yamato dejó los documentos sobre el escritorio con un gesto controlado, pero cargado de intención.
—Tu contrato, Kiriha. ¿Lo recuerdas?
Kiriha asintió lentamente, sintiendo cómo el peso de las palabras de Yamato comenzaba a aplastarlo.
—Sí, señor.
Yamato se inclinó ligeramente hacia adelante, entrelazando los dedos sobre el escritorio.
—Entonces, también recordarás la cláusula que especifica claramente que está prohibido involucrarse sentimental o emocionalmente con cualquier persona vinculada a esta empresa.
Kiriha cerró los ojos un instante, sabiendo que no había forma de escapar de lo que venía.
—Sí, señor. Lo recuerdo.
Yamato dejó escapar un suspiro, aunque no mostró ni un atisbo de compasión en su mirada.
—¿Y qué hiciste, Kiriha?
Kiriha levantó la vista, dispuesto a enfrentar la situación.
—Me relacioné con Nene. Sé que rompí el contrato, señor.
Yamato se recargó en su silla, observándolo con una mezcla de decepción y enojo.
—No es solo que rompieras el contrato, Kiriha. Es que pusiste en riesgo la estabilidad de esta empresa. Nene no es una empleada cualquiera; ella es clave en varios de nuestros proyectos. Tu falta de juicio podría haber traído consecuencias graves.
Kiriha asintió, aceptando cada palabra como un golpe directo.
—Lo entiendo, señor. No voy a intentar justificarme.
Yamato se levantó de su silla, caminando hacia la ventana. Desde allí, miró la ciudad, como si buscara calmarse antes de continuar.
—Te contraté porque creí en tu potencial, Kiriha. Vi algo en ti que pensé que valía la pena cultivar. Pero esto… esto me demuestra que me equivoqué.
Kiriha sintió cómo esas palabras le perforaban el alma.
—Lamento mucho haberle fallado, señor.
Yamato se giró hacia él, cruzando los brazos.
—No es solo a mí a quien fallaste. Fallaste a esta empresa, a tus colegas, y a ti mismo. Y, como ya habrás deducido, esto significa que no puedo mantenerte aquí.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Kiriha asintió lentamente, aceptando su destino.
—Entiendo.
Yamato volvió a su escritorio, tomando un sobre y extendiéndolo hacia Kiriha.
—Esta es tu carta de despido. También he incluido una compensación justa, considerando los proyectos que completaste con éxito.
Kiriha tomó el sobre con manos temblorosas, sintiendo una mezcla de humillación y tristeza.
—Gracias por darme la oportunidad de trabajar aquí, señor. Aunque haya terminado así, aprendí mucho durante este tiempo.
Yamato lo observó un momento, su expresión algo más suave, pero aún seria.
—Espero que esto sea una lección para ti, Kiriha. La vida profesional requiere disciplina y compromiso. Espero que encuentres tu camino y no repitas este error.
Kiriha asintió una última vez, girándose hacia la puerta. Mientras salía de la oficina, no pudo evitar mirar atrás por un instante. Yamato ya estaba de vuelta en su escritorio, retomando su trabajo como si nada hubiera ocurrido.
Al cerrar la puerta, Kiriha supo que este era el final de un capítulo importante en su vida, uno que nunca olvidaría.
Izumi estaba en su oficina, concentrada en las últimas revisiones de la presentación. Su escritorio estaba lleno de papeles, bocetos y muestras de colores. Aunque su rostro parecía tranquilo, por dentro sentía una ligera tensión. El día sería decisivo para su compañía, y nada podía salir mal.
De repente, un leve golpe en la puerta la sacó de su concentración. Levantó la vista justo a tiempo para ver a Takuya entrando con una cámara al hombro y un bolso lleno de equipo. Sus ojos se abrieron ligeramente por la sorpresa.
—Takuya… —murmuró, dejando caer los papeles que tenía en la mano—. No esperaba verte aquí. Pensé que no vendrías.
Takuya se detuvo cerca de la puerta, con una expresión serena pero decidida.
—Tenía que venir —respondió mientras dejaba su bolso en una silla cercana—. Soy el fotógrafo de la compañía, y debo ser responsable con mi trabajo.
Izumi frunció el ceño, cruzando los brazos.
—Mi mamá, Sora, te llamó. Te dijo que no era necesario que vinieras. Después de todo lo que pasó, tú merecías descansar y estar con Hikari.
El joven suspiró y pasó una mano por su cabello, visiblemente incómodo ante las palabras de Izumi.
—Lo sé, y agradezco mucho la comprensión de tu madre… y la tuya. De verdad, significa mucho para mí. Pero no puedo confundir lo personal con lo laboral, Izumi. Hoy es un día importante. Presentaremos las imágenes a Miyako, y quiero asegurarme de que todo salga perfecto.
Izumi dejó caer los brazos, mirándolo con una mezcla de preocupación y desaprobación.
—No es necesario que estés aquí. Hikari te necesita más que nadie en este momento.
Takuya hizo una pausa, mirando al suelo antes de levantar la vista hacia ella. Sus ojos reflejaban determinación.
—Ya estoy aquí, Izumi.
Ella negó con la cabeza, dejando escapar un suspiro.
—Eres demasiado terco, ¿sabes? —dijo, volviendo a cruzar los brazos—. ¿Cómo te sientes después de todo?
Takuya se quedó en silencio por un momento, como si buscara las palabras correctas.
—Estoy mejor —respondió al final, aunque su voz no era del todo convincente.
Izumi lo miró con atención, notando la sombra de cansancio en sus ojos.
—¿Y Hikari? —preguntó, suavizando el tono.
Takuya bajó la mirada y movió la cabeza, haciendo una mueca que decía más de lo que sus palabras podían expresar.
—Está… tratando de sobrellevarlo —admitió finalmente—. Pero no es fácil para ella, Izumi.
La joven se acercó unos pasos, dejando a un lado la formalidad que siempre mantenía en el trabajo.
—Takuya, si necesitas tiempo…
—Gracias, Izumi —la interrumpió, levantando la vista y ofreciéndole una sonrisa débil—. De verdad. Pero creo que necesito mantenerme ocupado. Es mi forma de manejarlo.
Izumi asintió lentamente, aunque aún había preocupación en su rostro.
¡Bip, bip!
Justo en ese momento smartphone de la rubia sonó.
—¡Ups! Disculpa...—Comentó antes de ver la pantalla.
"Takeru"
Alzó una ceja sorprendida al ver el nombre de su tío.
—Permiso, debo contestar.—Habló Izumi.
Takuya asintió.
Fue así como la rubia se alejó un poco y contestó la llama.
—¿Hola?
—Izumi —la voz de Takeru sonaba agitada, casi desesperada.
La rubia frunció el ceño, preocupada por el tono de su amigo.
—¿Qué pasa, Takeru? ¿Por qué estás tan alterado? —preguntó, tratando de mantener la calma, aunque una sensación de inquietud comenzaba a instalarse en su pecho.
Al otro lado de la línea, Takeru respiró profundamente, como si intentara contener una oleada de emociones que amenazaba con desbordarlo.
—Necesito tu ayuda.
—¿Por qué? ¿Qué pasó?
—Hikari… —comenzó, pero tuvo que detenerse un segundo para tragar saliva—. Hikari terminó conmigo.
Izumi parpadeó, atónita ante lo que acababa de escuchar.
—¿Qué? —dijo en un susurro, casi sin creerlo.
—¡Hikari terminó conmigo!
—¿Qué estudias? —preguntó Damar, mientras deslizaba delicadamente una lima de uñas por los bordes de las manos de Hikari.
—Educación parvularia —respondió Hikari, observando sus uñas con curiosidad—. ¿Y tú?
—No estudio, estoy ahorrando para eso —declaró la menor mientras sacudía ligeramente el polvo que caía al limar—.
—¿Qué te gustaría estudiar? —preguntó Hikari, fijando su mirada en los precisos movimientos de Damar—. ¿Algo relacionado con belleza?
Damar negó con una leve sonrisa mientras tomaba un palito de naranjo para empujar las cutículas. —No, gracias. Me gusta hacer uñas, perfilados de cejas, lifting... Pero no quiero dedicarme a eso toda la vida —comentó mientras inspeccionaba el resultado y buscaba el esmalte adecuado.
—¿Entonces lo haces como un trabajo temporal?
—Exacto. Necesito dinero mientras encuentro un empleo a tiempo completo —respondió Damar, sacando un esmalte en un tono suave y desenroscando la tapa con destreza.
Hikari inclinó ligeramente la cabeza mientras observaba cómo Damar aplicaba la primera capa de esmalte con trazos seguros. —¿Qué tipo de trabajo te gustaría?
—Algo más estable, como secretaria o auxiliar de aseo. Me gusta jugar a ser estilista, pero las ganancias no son tan buenas —dijo Damar mientras colocaba las manos de Hikari bajo una lámpara UV.
Hikari soltó un suspiro nostálgico. —¿Sabes? Me recuerdas a mí. Por un tiempo yo vendía sándwiches. Mi madre los hacía, y yo los vendía en la universidad —declaró mientras la luz de la lámpara iluminaba su rostro—. Pero, luego de un tiempo, no fue rentable. Tuve que buscar otra opción y encontré el trabajo que tengo ahora.
—¿En qué trabajas? —preguntó Damar, concentrada mientras tomaba un pincel fino para corregir cualquier imperfección en el esmalte.
—En una cafetería en mi universidad —respondió Hikari—. Bueno, en realidad, está afuera de la universidad, pero es básicamente lo mismo.
Damar levantó la mirada un momento para hacer contacto visual antes de continuar con el pincel. —¿Pagan bien?
—Sí, algo... —dijo Hikari, moviendo ligeramente las manos bajo la lámpara—. Por cierta cantidad de ventas nos dan un bono. Eso nos beneficia mucho, porque siempre alcanzamos la meta. Aunque no es una fortuna, me da para pagar luz, comida y facturas del hospital.
Damar frunció el ceño, interesada, mientras cerraba el esmalte y preparaba el top coat. —¿Facturas del hospital?
—Verás, mi madre murió de cáncer hace unos meses —declaró Hikari, con un tono melancólico.
Damar dejó de moverse un momento, mirando a Hikari con empatía antes de volver a su tarea. —¡Vaya, qué coincidencia! Mi madre también murió de cáncer, y tuvimos que pasar por algo similar. Con mis hermanos pagamos mucho dinero por los tratamientos, y también acudimos al sistema privado. Por suerte, la Fundación Minamoto nos ayudó.
—¿Fundación Minamoto? —preguntó Hikari, alzando la mirada con curiosidad.
—¿Nunca escuchaste de esa fundación? —respondió Damar, mientras aplicaba la última capa de esmalte con precisión y cuidado.
—No, nunca.
—Es una fundación que ayuda con los gastos médicos de personas con cáncer.—Comentó la castaña— Había que hacer un montón de papeles y declaraciones, etc, etc. Pero muy beneficiosa.
Hikari suspiró. —De haberlo sabido, Takuya y yo habríamos postulado. Las facturas parecen eternas.
Damar sonrió, cerrando el esmalte con un clic. —Créeme, entiendo lo que sientes —dijo mientras limpiaba los bordes con un poco de quitaesmalte—. Por cierto, ¿sabes si en tu trabajo están buscando gente nueva?
Hikari se quedó pensativa mientras Damar masajeaba suavemente sus manos con una crema hidratante. —Mmm... no lo sé. Pero, si escucho algo, no dudaré en decírtelo.
—Muchas gracias —respondió Damar con una sonrisa cálida mientras retiraba el exceso de crema con un paño limpio—. ¡Terminamos!
Hikari miró sus uñas con admiración. —¡Están hermosas! Gracias, Damar.
Damar sonrió orgullosa. —De nada, Hikari.
El ambiente en la habitación de Izumi era pesado, casi asfixiante. La noche había caído, y la tenue luz de la lámpara al lado de la cama apenas iluminaba el espacio. Takeru estaba sentado en el borde del colchón, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro enterrado entre las manos. Sollozaba de una manera desgarradora, con cada respiro entrecortado cargado de un dolor que parecía imposible de contener.
Izumi estaba a su lado, de rodillas en el suelo, con una mano apoyada suavemente en su hombro. Verlo así la desarmaba. Takeru, siempre tan fuerte, tan seguro, ahora parecía un hombre roto, incapaz de encontrar consuelo.
—Tío… —susurró Izumi, su voz llena de preocupación—. Por favor, mírame.
Takeru alzó la vista lentamente, sus ojos azules rojos e hinchados por el llanto.
—No puedo… no puedo entenderlo, Izumi —balbuceó, su voz rota—. Todo estaba bien, ella estaba bien. Y ahora... ahora me dejó sin ninguna explicación clara.
Izumi apretó los labios, tratando de mantener la calma mientras procesaba sus palabras. Sabía cuánto significaba Hikari para él. Takeru no era de los que se entregaban fácilmente, pero con Hikari había sido diferente.
—Takeru, no sé qué decirte… —admitió con sinceridad, buscando sus ojos—. Pero esto no tiene sentido. Ustedes se veían felices juntos. ¿Estás seguro de que no hubo alguna razón? ¿Algo que pasó y que no viste venir?
Él negó con la cabeza, pasando una mano temblorosa por su cabello desordenado.
—No lo sé, Izumi. Si hubo algo, no lo vi. Ella siempre decía que me amaba, que estaba feliz conmigo. Y ahora… —se interrumpió, inclinándose hacia adelante mientras el llanto volvía a apoderarse de él.
Izumi se levantó del suelo y se sentó a su lado, rodeándolo con un brazo en un intento de consolarlo. Sentía su corazón romperse al verlo así.
—A veces las personas toman decisiones que no entendemos —dijo con suavidad—. Tal vez Hikari está pasando por algo que no quiso contarte.
—¿Pero por qué no me lo diría? —preguntó Takeru, su voz cargada de frustración—. Yo hubiera hecho lo que fuera para ayudarla, Izumi. Lo que fuera.
—Lo sé —respondió ella con firmeza—. Y estoy segura de que Hikari también lo sabe. Pero quizás esto no tiene nada que ver contigo.
Takeru se quedó en silencio por un momento, mirando fijamente el suelo. Sus manos temblaban, y parecía estar luchando contra una tormenta interna.
—¿Cómo sigo adelante sin ella? —murmuró finalmente, con la voz apenas audible—. Ella era… todo para mí.
Izumi apretó su hombro, intentando transmitirle algo de fuerza.
—Un paso a la vez, Takeru. No tienes que tener todas las respuestas ahora. Pero quiero que sepas que no estás solo en esto. Tienes a tu familia, a tus amigos. Tienes a mí.
Takeru giró la cabeza para mirarla, y aunque sus ojos todavía estaban llenos de lágrimas, parecía encontrar algo de consuelo en sus palabras.
—Gracias, Izumi —dijo con un susurro—. No sé qué haría sin ti.
Ella le dedicó una pequeña sonrisa, aunque su corazón seguía apretado.
—Estamos juntos en esto, tío. Y si necesitas llorar, gritar o simplemente hablar, aquí estaré.
Takeru asintió lentamente, dejando que su cabeza descansara sobre el hombro de Izumi. Permanecieron así, en silencio, mientras las horas avanzaban, compartiendo el peso del dolor de una pérdida que ninguno de los dos podía comprender del todo.
La puerta de la casa de Sora se cerró suavemente detrás de ellas. Sora dejó escapar un suspiro profundo, apoyándose contra la pared del recibidor. Haruna la siguió, quitándose el abrigo y colgándolo en un perchero cercano.
—No puedo creer lo que acaba de pasar —murmuró Sora, pasando una mano por su rostro.
Haruna le lanzó una sonrisa tranquila, pero llena de confianza.
—¿Por qué no? Lo hiciste increíblemente bien, Sora.
Sora negó con la cabeza, aún luchando por procesar los eventos.
—Haruna, yo… nunca esperé hacer algo así. Pararme frente a todas esas mujeres, oponerme a mi madre... No es algo que hubiera imaginado ni en mis sueños más descabellados.
Haruna se recostó contra el marco de la puerta, cruzando los brazos y observando a Sora con una mirada comprensiva.
—¿Y por qué no? —preguntó con tono suave pero firme—. Eres una mujer increíble, Sora. Lo que hiciste hoy demuestra exactamente eso.
Sora soltó una risa nerviosa, caminando hacia el sofá de la sala.
—¿Increíble? No me siento así en lo absoluto. Estoy nerviosa, temblando, y ni siquiera estoy segura de haber hecho lo correcto.
Haruna la siguió, sentándose a su lado.
—Claro que hiciste lo correcto. —Haruna tomó la mano de Sora y la apretó ligeramente—. Alguien tenía que decir algo. No podías seguir dejando que tu madre controlara todo como si el club fuera su propiedad privada.
Sora bajó la mirada hacia sus manos, notando que todavía temblaban ligeramente.
—Pero... ¿y si me equivoqué? —preguntó en voz baja—. ¿Y si no soy lo suficientemente buena para esto?
Haruna soltó un suspiro teatral, como si la duda de Sora fuera casi ofensiva.
—¿De dónde sacas esa idea? Mira todo lo que has logrado. Has liderado proyectos en tu empresa, has enfrentado momentos complicados en tu vida personal, y sigues aquí, de pie. Eres más que capaz, Sora.
Sora levantó la mirada, encontrando los ojos de Haruna llenos de determinación.
—Haruna, no es lo mismo. Esto es público, es política, y mi madre… ella es...
Haruna levantó una mano, interrumpiéndola.
—¿Tu madre es intimidante? Seguro. ¿Tiene experiencia? Por supuesto. Pero eso no significa que tú no tengas lo necesario para ser mejor.
Sora dejó escapar una carcajada amarga.
—No creo que ella me lo perdone nunca.
Haruna sonrió, esta vez con un toque de picardía.
—Bueno, entonces asegúrate de que valga la pena. Si vas a enfrentar su furia, hazlo con todo.
Sora no pudo evitar reír un poco más, aunque todavía sentía un nudo en el estómago.
—¿Cómo puedes estar tan segura de mí, Haruna?
Haruna se puso seria, mirándola directamente a los ojos.
—Porque todo el mundo sabe como eres, Sora. Te importa la justicia, la equidad, y sé que tienes un corazón enorme. Y no lo digo porque seas mi amiga; lo digo porque es verdad.
Sora se quedó en silencio, procesando las palabras de Haruna. Finalmente, asintió, aunque su expresión seguía siendo un poco insegura.
—Está bien. Lo intentaré. Pero necesitaré tu ayuda para esto.
Haruna sonrió ampliamente, satisfecha de ver un atisbo de confianza en su amiga.
—Siempre estaré aquí, Sora. No estás sola en esto.
Ambas se quedaron en silencio por un momento, disfrutando de la tranquilidad de la sala. Finalmente, Sora tomó una respiración profunda y se levantó del sofá.
—Supongo que debería empezar a preparar un plan.
Haruna se levantó también, sacudiéndose la falda con un gesto decidido.
—Eso es lo que quería escuchar. Y no te preocupes, te aseguro que vamos a ganar esto.
Mientras caminaban hacia la cocina para preparar algo de té, Sora se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, sentía una chispa de esperanza.
Mimi al quedar sola, observó su mano, en la cual tenía un bolsa con la muestra de cabello que le sacó a Sora. Al parecer el destino estaba a su favor, obtuvo la muestra y de paso, fastidió a Toshiko.
La noche era fría y la brisa cortaba la piel como si llevara pequeñas hojas de hielo. Haruna, mejor dicho Mimi, cerró la puerta principal de la mansión Ishida con un golpe suave, pero decidido. Su corazón estaba cargado de emociones encontradas tras la última discusión en el salón, y necesitaba espacio para aclarar su mente. Las calles estaban desiertas, y el eco de sus pasos resonaba contra las paredes de los edificios adyacentes mientras avanzaba, perdida en sus pensamientos.
El aire nocturno, que al principio había sido un bálsamo, comenzó a adquirir un tono inquietante. Mimi apretó los brazos alrededor de su cuerpo, no solo por el frío, sino también por una sensación instintiva de alerta que se colaba bajo su piel.
Fue entonces cuando lo vio. Dos figuras emergieron de las sombras como si hubieran estado esperando el momento perfecto para aparecer. Llevaban ropa oscura, y sus rostros quedaban parcialmente cubiertos por las capuchas de sus sudaderas. Mimi se detuvo en seco, su corazón comenzando a latir con fuerza en su pecho.
—¿Puedo ayudarlos? —preguntó, intentando mantener la voz firme aunque el miedo comenzaba a apoderarse de ella.
En lugar de responder, los hombres avanzaron hacia ella rápidamente. Antes de que pudiera reaccionar, sintió las manos de uno de ellos sujetándola por los brazos y empujándola contra una pared cercana. Mimi jadeó por el impacto, su espalda chocando contra la superficie rugosa del ladrillo.
—¡Déjenme ir! —gritó, luchando por liberarse.
Los hombres se rieron, una risa burlona y siniestra que la hizo estremecer. Uno de ellos sacó un arma de fuego y la sostuvo frente a su rostro.
—No tan rápido, preciosa —dijo el que tenía el arma, mientras el otro apretaba su agarre en sus brazos.
El miedo recorrió el cuerpo de Mimi como un torrente helado.
—¿Qué quieren de mí? ¿Quiénes son? —preguntó, con la voz temblorosa pero cargada de desesperación.
—Eso no importa —respondió el hombre con el arma, mientras una sonrisa torcida se dibujaba en su rostro—. Solo estamos aquí para darte un regalo… de parte de alguien que cree que te metes demasiado en donde no debes.
Mimi tragó saliva, su respiración se aceleraba con cada segundo que pasaba. Intentó zafarse de las manos que la inmovilizaban, pero la fuerza de los hombres era abrumadora.
—Por favor… no me hagan daño —suplicó, sus ojos llenándose de lágrimas mientras miraba el arma.
La súplica solo pareció divertirlos más, y el que sujetaba el arma ladeó la cabeza con burla.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Que no te hagamos daño? —dijo, con un tono teatral que hizo que el otro hombre estallara en carcajadas.
—Es una pena —continuó el primero—, porque precisamente eso es lo que queremos hacer.
Mimi sintió que el suelo bajo sus pies se desvanecía. Su cuerpo temblaba incontrolablemente, pero su mente luchaba frenéticamente por encontrar una salida. Las palabras del hombre la hundieron aún más en el miedo.
—¡Por favor! ¡Haré lo que quieran! Solo no me hagan daño.
—Cállate y quédate quieta —gruñó el segundo hombre, sujetándola con más fuerza—. Si te mueves, esa cara tan bonita que tienes va a terminar hecha pedazos.
Mimi cerró los ojos un momento, tratando de calmar el pánico que amenazaba con consumirla. A pesar del miedo paralizante, algo en su interior le dijo que tenía que mantenerse alerta, que no podía ceder por completo al terror.
—No deberían estar haciendo esto… —murmuró, intentando ganar tiempo—. Si alguien les ha pagado, puedo ofrecerles más.
El hombre con el arma negó con la cabeza lentamente, disfrutando de su posición de poder.
—No es dinero lo que queremos. Es verte sufrir, tal como te lo mereces.
Mimi sintió que un grito se atoraba en su garganta. Sabía que cada segundo que pasaba disminuía sus posibilidades de salir de esa situación. Tenía que pensar rápido, pero el miedo nublaba su mente, y las risas de sus atacantes la hacían sentir más indefensa que nunca.
Mimi volvió a intentar liberarse, luchando con desesperación contra el agarre de sus captores. Sus uñas arañaron la piel del hombre que la sujetaba, pero fue inútil; él no cedió.
—¡Déjenme ir! —gritó, con el miedo todavía ahogando su voz.
El hombre con el arma se inclinó más cerca de ella, una sonrisa torcida dibujándose en su rostro.
—Eres persistente, ¿eh? Pero no importa cuánto luches. Esto no terminará bien para ti.
De repente, una voz firme y autoritaria cortó el aire como una hoja afilada.
—Dejen ir a Haruna.
Los dos hombres se congelaron momentáneamente, y Mimi giró la cabeza hacia la fuente de la voz. Allí, a pocos metros de ellos, estaba Yamato Ishida. Su postura era imponente, su rostro endurecido por una furia contenida que hacía que sus ojos brillaran como acero bajo la luz tenue de la calle.
Los hombres intercambiaron miradas antes de soltar una carcajada burlona.
—¿Y tú quién eres para darnos órdenes? —preguntó el que sostenía el arma, apuntando ahora hacia Yamato.
—Soy alguien que no tiene paciencia para idiotas como ustedes —respondió Yamato, con una calma peligrosa en su tono.
Los hombres rieron de nuevo, esta vez con más arrogancia.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Regañarnos?
Antes de que pudieran reírse más, Yamato metió la mano dentro de su chaqueta y sacó un arma de fuego. El frío brillo del metal bajo la luz de las farolas hizo que la risa de los hombres se cortara de inmediato. Yamato no dudó ni un instante. Con un movimiento rápido y seguro, apuntó al suelo a pocos centímetros de los pies del hombre más cercano y apretó el gatillo.
El disparo resonó como un trueno, y el eco rebotó en las paredes de los edificios. Mimi gritó, su corazón latiendo con tal fuerza que parecía que iba a romperse. Los hombres retrocedieron un paso instintivamente, sorprendidos por la acción.
—¿Estás loco? —gritó uno de ellos, mientras el otro seguía sujetando a Mimi, pero ahora con menos firmeza.
Yamato dio un paso hacia adelante, su arma aún levantada, apuntando ahora directamente hacia ellos.
—Déjenla ir —dijo con voz helada—. Si no lo hacen, el próximo disparo no será al suelo.
El tono de Yamato no dejó lugar a dudas. Era una amenaza real, y los hombres lo sabían. Uno de ellos tragó saliva, nervioso, pero intentó mantener la compostura.
—No te metas en lo que no te importa —espetó el otro, aunque su voz ahora temblaba ligeramente.
Yamato avanzó otro paso, su mirada clavada en ellos como una hoja afilada lista para cortar.
—Lo que me importa o no lo decido yo, y Haruna me importa —dijo, sin apartar la vista de los hombres—. Ahora, suéltenla o juro que no saldrán caminando de aquí.
El hombre que sujetaba a Mimi vaciló, sus dedos aflojándose un poco en torno a sus brazos.
—¡Déjenme ir! —gritó Mimi, aprovechando la oportunidad para forcejear una vez más.
Finalmente, los hombres cedieron. El que la sostenía la soltó bruscamente, haciendo que Mimi casi tropezara. Antes de que pudiera caer, Yamato estaba a su lado, sosteniéndola por los hombros con una firmeza que transmitía protección.
—¿Estás bien? —le preguntó, sin apartar los ojos de los hombres.
Mimi asintió débilmente, sus manos temblando mientras se aferraba a la chaqueta de Yamato como si fuera su salvavidas.
—Váyanse —ordenó Yamato a los hombres, aún apuntándolos con su arma—. Y si los vuelvo a ver cerca de ella, les aseguro que no vivirán para contarlo.
Los hombres dudaron un instante más antes de dar media vuelta y correr por la calle, desapareciendo en la oscuridad.
Cuando finalmente se quedaron solos, Yamato bajó el arma, aunque su expresión seguía siendo dura.
—¿Qué estabas pensando, caminando sola a esta hora? —preguntó, su tono más preocupado que acusatorio.
Mimi, aún temblando, intentó responder, pero las palabras se atoraron en su garganta. Yamato suspiró, guardando el arma y envolviendo sus brazos alrededor de ella.
—Ya pasó. Estás a salvo ahora.
Mimi se permitió finalmente dejar que las lágrimas fluyeran, apoyándose en Yamato mientras la tensión de la experiencia comenzaba a disiparse. Sin embargo, en el fondo, ambos sabían que esta noche no sería fácil de olvidar.
La noche era fría, pero el temblor que recorría el cuerpo de Mimi no tenía nada que ver con la temperatura. Su respiración era errática, y sus sollozos contenían una mezcla de miedo, alivio y agotamiento. Las lágrimas corrían libres por su rostro, creando ríos silenciosos que no se molestaba en detener.
Yamato la sostenía con firmeza, sus brazos envolviéndola como si quisiera protegerla del mundo entero. Su agarre era cálido, pero no demasiado apretado, dándole espacio para respirar, aunque seguía firme como una barrera contra cualquier amenaza.
—Tranquila, Haruna. Ya pasó —murmuró Yamato, su voz baja, intentando ser tranquilizadora.
Mimi no respondió, simplemente dejó que su cuerpo cayera contra el de él, buscando algo, cualquier cosa, que la anclara a la realidad después del horrible encuentro que acababa de vivir. El temblor en sus manos no cesaba, y su corazón aún latía con fuerza contra sus costillas.
—No volverán a hacerte daño, te lo prometo —continuó Yamato, sin darse cuenta de su error—. Yo estoy aquí.
Mimi dejó escapar un nuevo sollozo, su rostro enterrándose contra el pecho de Yamato. A pesar de las circunstancias, su presencia ofrecía un refugio temporal, un espacio seguro donde podía permitirse derrumbarse.
Nene se levantó del sofá de golpe, sus ojos llenos de incredulidad mientras buscaba alguna pista en el rostro de Kiriha que desmintiera lo que acababa de escuchar.
—¿Qué... qué acabas de decir? —preguntó, su voz temblando ligeramente.
Kiriha desvió la mirada hacia la ventana, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones. Su postura rígida dejaba claro que no estaba cómodo con la conversación, pero tampoco intentó detenerla.
—Es verdad, Nene —dijo finalmente, con un tono bajo pero firme—. Tu padre me echó de la empresa hace dos semanas.
Nene parpadeó varias veces, tratando de procesar la información. Dio un paso hacia él, moviendo la cabeza como si eso pudiera despejar la confusión.
—¡Eso no puede ser! —exclamó, su tono aumentando en intensidad—. Mi padre nunca haría algo así... al menos, no sin una buena razón. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
Kiriha suspiró profundamente y se pasó una mano por el cabello, un gesto que Nene conocía como señal de que estaba intentando mantener la calma.
—No quería estresarte con esto —respondió, con un leve encogimiento de hombros.
—¡¿No querías estresarme?! —repitió ella, incrédula. Se acercó más, sus ojos buscando los de él—. ¿De verdad crees que ocultarme algo así era la mejor opción? ¡Esto es importante, Kiriha! Podría haber hablado con mi padre, haber intentado entender lo que pasó...
—Nene —la interrumpió Kiriha, su voz firme pero sin perder la calma—. No quiero que te metas en esto. No es tu problema.
Nene retrocedió un paso, sorprendida por su respuesta. Su mandíbula se tensó mientras lo miraba, como si estuviera tratando de contener una oleada de emociones. Finalmente, habló, su tono más bajo pero cargado de reproche.
—¿No es mi problema? —repitió, dejando escapar una risa breve, llena de incredulidad—. ¿De verdad crees que no me afecta? Kiriha, somos pareja. Lo que te afecta a ti, me afecta a mí. ¿O acaso no lo entiendes?
Él finalmente la miró, y en su rostro había una mezcla de culpa y frustración. Dio un paso hacia ella, levantando las manos como si intentara apaciguarla.
—Lo entiendo, Nene, pero esto es algo entre tu padre y yo. No quiero que termines atrapada en medio de nuestros problemas. Ya tienes suficiente con lo que llevas encima...
—¿Suficiente? —lo interrumpió ella, sacudiendo la cabeza—. ¡Esto no se trata solo de mí! Kiriha, él es mi padre, pero también era tu jefe. Si hizo algo como esto, quiero saber por qué. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras tú te hundes en silencio.
Kiriha apretó los labios, como si las palabras de Nene lo hubieran golpeado directamente en el corazón. Su silencio solo aumentó la frustración de ella.
—¿No confías en mí? —preguntó, su voz quebrándose un poco.
—No es eso —respondió rápidamente Kiriha, dando otro paso hacia ella—. Claro que confío en ti, Nene. Pero no quiero que termines enfrentándote a tu padre por mi culpa. Esto... esto es algo que tengo que resolver solo.
Nene cruzó los brazos, todavía mirándolo con intensidad. Su respiración era rápida, y por un momento pareció que iba a seguir discutiendo. Pero entonces bajó la mirada, respirando hondo.
—¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó finalmente, su tono más calmado pero aún tenso.
Kiriha se quedó en silencio por un momento, como si estuviera decidiendo cuánto compartir. Finalmente, respondió:
—Voy a buscar otro trabajo. No voy a depender de la empresa de tu familia para salir adelante. Ya estoy enviando mi currículum a varias compañías...
—¿Solo eso? —lo interrumpió Nene, su ceño fruncido—. ¿Vas a dejar que mi padre se salga con la suya sin siquiera explicarme lo que pasó?
—No necesitas explicación, ya sabes la razón por la cual me echó.
—Fue por mi culpa.
Kiriha movió la cabeza: —No, Nene...—Tomó su rostro entre sus manos—No fue tu culpa.—Habló—No quiero que esto te afecte más.—Declaró— Si te lo conté es porque quiero que sepas que ya no trabajaremos juntos. Pero independiente de eso quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que sea ¿sí?
Nene movió la cabeza incrédula por esta situación.
—No trabajaremos en el mismo, pero eso no quita que estemos en contacto...—Habló el rubio— Nene, y créeme, no me arrepiento de todo lo que ha pasado, aunque, Yamato me haya echado, estoy feliz...
—¿Feliz?
Kiriha asintió: —Porque pude conocerte mejor...
La castaña sonrió ante esto.
—Y créeme, eso es lo mejor.—Declaró el rubio.
Nene se sintió completamente conmovida ante esto. Kiriha no se contuvo y besó sus labios. Nene le correspondió de la misma manera.
El beso fue suave al principio, casi como si ambos estuvieran probando las aguas de un terreno incierto. Kiriha mantuvo sus manos en el rostro de Nene, sus dedos rozando delicadamente su piel como si temiera romperla. Nene cerró los ojos, entregándose al momento, dejando de lado por un instante todas las emociones encontradas que bullían en su interior.
Poco a poco, el beso se profundizó, volviéndose más intenso, cargado de todo lo que las palabras no podían expresar. Nene llevó sus manos hacia los hombros de Kiriha, sosteniéndose de él como si fuera su único ancla en ese mar de emociones. El mundo exterior pareció desvanecerse; no importaban los problemas con Yamato ni las dificultades que los rodeaban, solo estaban ellos dos en ese instante.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad, sus frentes apenas tocándose. Kiriha no apartó las manos de su rostro, y Nene tampoco hizo el esfuerzo de alejarse. Sus ojos se encontraron, reflejando la mezcla de sentimientos que compartían: amor, gratitud, y una pizca de melancolía.
—¿Enserio crees que estar conmigo es mejor que tu carrera en la empresa?
Kiriha asintió: —Mucho mejor.
Y no se imaginaba cuanto, por primera vez en su vida no se sentía solo.
La enorme mansión de Haruna se alzaba imponente bajo la luz de la luna, su fachada iluminada por tenues faroles que proyectaban sombras elegantes sobre los muros de piedra. Yamato detuvo el auto frente a la entrada principal, con un leve chirrido de los neumáticos sobre el camino empedrado. Mimi, aún temblando por los acontecimientos de la noche, miró la mansión desde el asiento, pero no hizo ningún movimiento para salir.
Yamato apagó el motor y giró la cabeza hacia ella. Sus ojos, normalmente duros, ahora mostraban un destello de preocupación.
—Haruna —dijo, aún creyendo que era ella—. Ya llegamos. Estás a salvo.
Mimi asintió débilmente, pero no dijo nada. Sus manos estaban entrelazadas en su regazo, los nudillos blancos por la fuerza con la que apretaba. No tenía la energía para corregir su error, no después de todo lo que había pasado.
—Te acompaño hasta adentro —añadió Yamato mientras salía del auto y rodeaba para abrirle la puerta del lado del copiloto.
Mimi lo miró con una mezcla de sorpresa y cansancio, pero no encontró la fuerza para protestar. Asintió una vez más y permitió que Yamato la ayudara a salir. Su mano era cálida y firme contra la suya, y aunque no quería admitirlo, ese gesto le proporcionaba una sensación de seguridad que necesitaba desesperadamente.
Ambos caminaron hacia la entrada de la mansión, sus pasos resonando en el silencio de la noche. Yamato mantenía un brazo protector alrededor de sus hombros, una acción instintiva que Mimi aceptó sin resistirse.
Cuando llegaron a la puerta, Mimi sacó una pequeña llave de su bolso con manos temblorosas. La llave cayó al suelo antes de que pudiera insertarla en la cerradura.
—Déjame —dijo Yamato con suavidad, agachándose para recogerla.
Mimi lo observó mientras abría la puerta con facilidad, como si la acción más simple del mundo se convirtiera en un gesto de cuidado. Cuando la puerta finalmente se abrió, el vestíbulo cálido de la mansión los recibió con un aire de calma que contrastaba con la turbulencia de la noche.
—Gracias —murmuró Mimi, apenas audible.
—No hay de qué —respondió Yamato mientras la guiaba hacia adentro. Cerró la puerta detrás de ellos y observó a Mimi con atención—. ¿Hay alguien más en casa?
Mimi negó con la cabeza.
—No. Estoy sola.—Declaró— Koushiro y su hija salieron y no regresarán hasta mañana.
La respuesta pareció tensar a Yamato por un instante.
—Después de lo que pasó esta noche, no creo que sea buena idea que te quedes sola.
—Estoy bien —replicó Mimi rápidamente, aunque su voz tembló, traicionando sus palabras.
Era evidente que la castaña no lo estaba.
Yamato observó a Haruna con detenimiento, notando las señales de vulnerabilidad que ella intentaba ocultar. Sus ojos estaban vidriosos, sus manos temblaban ligeramente y su voz, a pesar de sus esfuerzos por sonar firme, era un susurro quebrado.
—No, no lo estás —dijo Yamato con una suavidad inusual, dando un paso más cerca de ella.
Mimi lo miró, sorprendida, como si sus palabras hubieran perforado la coraza que estaba tratando de mantener.
—Yamato, de verdad… estoy bien. Sólo… sólo necesito descansar —intentó insistir, pero su voz se quebró al final de la frase.
Sin decir nada más, Yamato cerró la distancia entre ellos y envolvió a Mimi en un abrazo firme pero cálido. Fue un movimiento inesperado, y Mimi se quedó rígida por un momento, su mente luchando contra la oleada de emociones que amenazaba con desbordarla.
—Shh, tranquila —murmuró Yamato, su voz baja y reconfortante—. Ya pasó. Nadie va a hacerte daño mientras yo esté aquí.
Mimi dejó escapar un sollozo silencioso, y poco a poco, su resistencia cedió. Se hundió en el abrazo de Yamato, aferrándose a su chaqueta como si fuera un ancla en medio de una tormenta. Las lágrimas comenzaron a caer, calientes y rápidas, mientras todo el miedo, la impotencia y el agotamiento de la noche se derramaban en silencio.
Mimi se observó en el espejo de su baño, en el espejo vio a una mujer que parecía ajena a sí misma: el cabello desordenado, los ojos hinchados por el llanto y las marcas del miedo todavía visibles en su expresión.
—¿Qué estás haciendo, Mimi? —susurró al espejo, su voz quebrada por la mezcla de emociones.
De repente, la marea de recuerdos comenzó a arrastrarla. La escena con los sujetos en el callejón había abierto una puerta que llevaba cerrada por años. Recordó las amenazas, las humillaciones, los rostros burlones de quienes la habían intimidado en el pasado. Pero, sobre todo, recordó el momento más oscuro de su vida: aquella vez cuando la violencia física no solo la marcó a ella, sino que también le arrebató lo más preciado que había tenido.
Instintivamente, llevó una mano a su vientre. Aunque los años habían pasado, la sensación de vacío seguía presente, tan vívida como el primer día.
—Te fallé… —murmuró, sus ojos llenándose nuevamente de lágrimas.
Mimi cruzó los brazos alrededor de sí misma, abrazándose con fuerza, como si eso pudiera protegerla de los fantasmas que la perseguían. Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras intentaba calmarse, pero era inútil. Todo lo que había construido, toda la fortaleza que había fingido tener, se desmoronaba en ese instante.
—Por más dinero que tenga, por más muros altos que rodeen esta casa… sigo siendo un blanco fácil —dijo en voz alta, como si poner las palabras fuera le diera algún tipo de poder sobre ellas.
El tiempo pasaba, y la amenaza parecía omnipresente. Mimi sabía que su posición, su fortuna y su influencia no la eximían del peligro. Siempre había algo o alguien dispuesto a recordarle lo vulnerable que era, que no importaba cuánto intentara huir o qué tan alto llegara, el pasado siempre encontraba la manera de alcanzarla.
Mimi salió del baño envuelta en una bata de seda que dejaba entrever su pijama ligera. Su cabello húmedo caía en mechones oscuros por el agua sobre sus hombros, y aunque había intentado recomponerse, el cansancio y la tensión de la noche todavía eran visibles en su rostro.
En la penumbra del dormitorio, Yamato estaba de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos y una expresión pensativa en el rostro. Al escuchar el suave clic de la puerta del baño, giró la cabeza hacia ella, sus ojos analizando cuidadosamente cada detalle de su estado.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con suavidad, su tono bajo y calmado, como si temiera perturbar el frágil equilibrio del momento.
Mimi forzó una sonrisa y asintió ligeramente.
—Mejor… —respondió, pero su voz carecía de convicción.
Yamato frunció el ceño, consciente de que ella no estaba siendo honesta. Se acercó lentamente, deteniéndose a una distancia respetuosa, aunque lo suficientemente cerca como para que sus palabras tuvieran un peso reconfortante.
—Haruna, no necesitas fingir conmigo. Esta noche fue difícil. Es normal sentirse abrumada.
Ella bajó la mirada, sus dedos jugueteando con el borde de la bata. No quería admitir lo vulnerable que se sentía, pero el nudo en su garganta era imposible de ignorar.
—Estaré bien… —murmuró, como si esas palabras fueran una súplica más que una afirmación.
Yamato asintió, señalando la cama con un movimiento de la mano.
—Ven, descansa. Es lo mejor que puedes hacer ahora.
Mimi caminó hacia la cama, sus movimientos lentos y cuidadosos, como si el peso emocional de la noche se reflejara en cada paso. Se sentó al borde del colchón, quitándose la bata y dejándola caer suavemente al suelo antes de deslizarse bajo las sábanas.
Yamato, sin decir nada, se sentó en el borde de la cama, junto a ella. Por un momento, el silencio llenó la habitación, roto solo por la respiración suave de ambos. Luego, con un gesto inesperadamente tierno, Yamato levantó una mano y comenzó a acariciar su cabello.
—Intenta relajarte, Haruna —dijo en voz baja—. Estás a salvo ahora.
El toque de sus dedos en su cabello fue sorprendentemente reconfortante, y Mimi sintió que una parte de la tensión en su cuerpo comenzaba a disiparse. Cerró los ojos, dejando que las caricias rítmicas y constantes la envolvieran en una sensación de calma que no había experimentado en mucho tiempo.
Mimi pasó su mirada por el rubio. Era irónico ¿no? La persona que más daño le hizo en su vida...ahora la estaba ayudando.
—Siento haberte molestado con esto.
—No me molestas.—Respondió el rubio.
—Sé que tienes tus problemas.—Habló la castaña— No deberías concentrarte en mi.
—Haruna, estás solas ¿cómo no te voy a ayudar?—Preguntó Yamato.
La castaña tragó saliva y de manera inconsciente se apoyó en el pecho del rubio.
Yamato suavemente la envolvió en sus brazos.
~Al día siguiente~
La luz del amanecer comenzaba a filtrarse por las cortinas, creando un suave resplandor en la habitación. Nene despertó lentamente, sintiendo el peso de la noche aún en sus hombros. Estaba recostada sobre el sofá, enroscada junto a Kiriha, quien aún parecía estar dormido, su respiración tranquila y profunda. Nene se estiró, sintiendo el dolor en su espalda por haber dormido en una posición incómoda, pero, en ese momento, no le importaba. El calor de Kiriha a su lado era lo único que le daba algo de consuelo.
Suspiró, removiéndose un poco. Se dio cuenta de que, por segunda noche consecutiva, se habían quedado dormidos en el sofá. Literalmente, la cama no existía para ellos, ni siquiera los encuentros, su relación era muy sanita, dormidos en sofá haciendo cucharita.
Kiriha, como si sintiera su movimiento, despertó lentamente. Abrió los ojos, todavía algo adormilado, pero al ver a Nene a su lado, una ligera sonrisa apareció en su rostro.
—Buenos días —murmuró con voz ronca, casi como si no quisiera interrumpir la paz del momento.
Nene, aún con los ojos entrecerrados, lo miró con una mezcla de ternura y preocupación.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó, su voz suave, pero llena de sinceridad. Había notado que algo había cambiado en él en los últimos días, algo que parecía haberle dado una nueva perspectiva, aunque los problemas seguían ahí.
Kiriha asintió, estirándose un poco antes de sentarse. Su rostro estaba más tranquilo que los días anteriores, pero aún había una sombra de incertidumbre en sus ojos.
—Sí, me encuentro mejor —respondió, su tono más firme que la última vez, como si, de alguna manera, las cosas comenzaran a tomar su lugar. Sin embargo, había algo en su mirada que sugería que, aunque parecía estar bien, aún no había resuelto todo lo que llevaba dentro.
Nene lo observó por un momento, notando ese pequeño cambio en su actitud, pero no dijo nada más. En cambio, se acomodó un poco en el sofá, jugando con sus manos, buscando las palabras correctas.
Finalmente, fue Kiriha quien rompió el silencio.
—Tengo que ir a la empresa a recoger mis cosas —dijo con calma, como si no fuera una gran sorpresa. Pero el tono en su voz indicaba que no era algo que estuviera dispuesto a evitar por más tiempo.
Nene suspiró profundamente, su cuerpo se tensó ante la mención de la empresa. No quería que Kiriha tuviera que enfrentarse a eso, pero sabía que era inevitable. Él necesitaba cerrar ese capítulo, aunque eso significara enfrentarse a su antiguo entorno.
—No quiero que te vayas... —dijo Nene en voz baja, pero su tono era un claro reflejo de la lucha interna que sentía. Aunque había intentado disuadirlo, sabía que, tarde o temprano, él lo haría.
Kiriha la miró, sus ojos reflejando la seriedad de su decisión.
—Yo tampoco quiero irme. Pero no hay opción.
Nene lo miró fijamente, sus ojos buscando en los de él una señal de que todo esto era realmente lo que quería hacer. Su mente estaba dividida, entre el deseo de protegerlo y la comprensión de que, en su situación, no había otro camino.
—No me gusta... —susurró, sintiendo una punzada de tristeza. —No quiero que te enfrentes a eso solo, Kiriha. Sé que es lo correcto, pero... no quiero verte más herido.
Kiriha tomó su mano, apretándola suavemente.
—Lo sé. Pero lo haré, no importa cuánto me duela.
Nene bajó la cabeza, permitiendo que el silencio los envolviera por un momento. Sabía que Kiriha tenía razón, pero su corazón no dejaba de latir con preocupación por él.
—Te acompañaré —dijo de repente, levantando la vista con una determinación que sorprendió incluso a ella misma. No podía dejarlo ir solo, no importaba cuánto lo intentara.
Kiriha la miró sorprendido, pero sonrió ligeramente.
—Nene, no tienes que hacerlo. Esto es algo que necesito hacer por mí mismo.
—Lo sé —respondió, con firmeza—. Pero si lo vas a hacer, quiero estar allí contigo. No me importa lo que pase. No te voy a dejar solo.
Kiriha la observó, sus ojos suavizándose ante la sinceridad en su voz. Finalmente, asintió, agradecido, aunque no quisiera que ella se viera envuelta en todo eso.
—Está bien. Pero solo si estás segura.
Nene asintió con una sonrisa, aunque su corazón seguía pesado con la incertidumbre del futuro. A pesar de todo, sabía que, al menos por ese momento, podían enfrentar lo que venía juntos. Y eso, para ella, era suficiente.
Takuya estaba sentado en el centro del salón principal de la compañía, rodeado de cajas abiertas y pilas de fotografías desparramadas por la mesa frente a él. A través de los grandes ventanales, la luz del mediodía bañaba la habitación, haciendo que los reflejos de las imágenes casi lo cegaran. Frunció el ceño mientras tomaba una de las fotos y la observaba detenidamente. Era de una sesión reciente, pero no lograba entender por qué todas parecían... carentes. "¿Qué se supone que ve la gente en esto?" se preguntó, soltando un suspiro frustrado.
Con un gesto irritado, dejó caer la fotografía en la mesa y cruzó los brazos sobre el respaldo de la silla. Por más que lo intentaba, no lograba encontrar la inspiración que tanto necesitaba. Después de todo, la moda no era su fuerte, y enfrentarse a este mundo, lleno de conceptos abstractos y detalles aparentemente insignificantes, lo hacía sentir como un pez fuera del agua.
Mientras estaba sumido en sus pensamientos, el sonido de la puerta abriéndose interrumpió el silencio del salón. Levantó la mirada, con cierta curiosidad y algo de impaciencia. Una figura conocida entró con pasos ligeros pero seguros. Izumi, con su impecable elegancia, parecía traer consigo un aire fresco que contrastaba con la sofocante confusión que reinaba en su mente.
—Takuya —saludó ella con una sonrisa suave, cerrando la puerta detrás de sí. Vestía un conjunto sencillo pero sofisticado, como siempre. Su cabello caía en ondas naturales sobre sus hombros, y su presencia parecía iluminar la habitación aún más que la luz del sol.
Takuya parpadeó, sorprendido por su repentina aparición. Se puso de pie casi de inmediato, dejando caer el bolígrafo que había estado girando entre sus dedos.
—Izumi. —Una sonrisa ladeada apareció en su rostro mientras se inclinaba ligeramente hacia adelante— Hola, buenos días.
—Buenos días.—Respondió la rubia— ¡Disculpa la tardanza! Sé que acordamos llegar temprano, pero el trafico estaba difícil.
Ella se encogió de hombros, avanzando unos pasos hacia él.
—No te preocupes.— Comentó el moreno— Llegaste justo a tiempo, me vienes como caída del cielo. Estoy a punto de arrancarme el pelo con esto.
Izumi ladeó la cabeza, interesada.
—¿Con qué?
Él hizo un gesto amplio hacia la mesa llena de fotografías y papeles.
—Con todo esto. —Se dejó caer de nuevo en la silla, señalando las imágenes—. Son fotos de la sesión de hace unos días. Se supone que debo elegir las mejores para la presentación de esta tarde, pero nada me convence. Es como si todas estuvieran… vacías, sin alma.
Izumi arqueó una ceja, acercándose para mirar más de cerca.
—¿Puedo?
Takuya asintió, observándola mientras ella tomaba algunas de las fotos en sus manos. La forma en que sus dedos se deslizaban sobre las imágenes, su concentración, la pequeña arruga que se formaba en su frente cuando algo captaba su interés... Todo en ella era fascinante.
—¿Qué opinas? —preguntó él después de un momento, rompiendo el silencio.
Izumi levantó la mirada, sosteniendo una de las fotos.
—Son técnicamente buenas, pero creo que entiendo lo que dices. Falta algo… algo auténtico.
Takuya suspiró, pasándose una mano por el cabello.
—Exacto. Pero no sé qué es. No entiendo de moda ni de arte. A mí solo me dicen qué hacer y yo lo hago.
Izumi soltó una risa suave, dejando las fotos en la mesa y cruzándose de brazos.
—Takuya, no es solo hacer lo que te dicen. Tienes buen ojo para muchas cosas, pero tal vez estás buscando lo que no está ahí.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, genuinamente interesado.
Ella sonrió, inclinándose ligeramente hacia él.
—La moda no es solo ropa y poses. Es contar una historia, transmitir emociones. Tal vez lo que necesitas es alguien que te ayude a encontrar eso.
Takuya se rió, aunque su sonrisa tenía un toque de resignación.
—¿Y quién mejor que tú para darme una clase magistral?
Izumi lo miró, divertida.
—Tal vez no soy la mejor opción, pero puedo intentarlo. A ver, muéstrame las fotos que más dudas te generan.
Él tomó un pequeño montón de imágenes y se las entregó. Mientras ella las revisaba, Takuya no pudo evitar observarla. Había algo en Izumi que siempre lograba calmarlo, incluso cuando estaba al borde de la desesperación.
Después de un rato, Izumi levantó una de las fotos y se la mostró.
—Esta. Tiene potencial.
Takuya frunció el ceño, inclinándose hacia adelante para mirar más de cerca.
—¿En serio? Parece igual a todas las demás.
Izumi negó con la cabeza.
—No, no lo es. Mira los detalles. La expresión del modelo, la luz en el fondo… Es como si contara algo, aunque sea sutil.
Él la miró, perplejo.
—¿Cómo haces eso?
—¿Hacer qué?
—Ver cosas que yo no veo.
Izumi se encogió de hombros, con una sonrisa traviesa.
—Tal vez porque tengo más práctica.
Takuya sonrió.
El momento era agradable, pero a lamente de Izumi vino el recuerdo de...ese tema.
—Oye ¿cómo has estado?— Preguntó la rubia— Luego de ayer ¿cómo está Hikari? ¿lograste hablar con ella?
El moreno movió su cabeza: —La verdad es que...—Suspiró— Intenté, pero fue difícil, no me dio muchas explicaciones. Se encerró en su habitación y aunque intenté hablar con ella se me hizo difícil.
La oji-verde hizo una mueca.
—Takeru también está triste.
—No es para menos.—Respondió el moreno— No entiendo porque Hikari terminó con él.
—Yo menos.—Musitó Izumi— Mucho menos luego de todo lo que pasó...tú mismo viste como mi tío se preocupó por ella pero...—Suspiró— Ocurrió esto.
Takuya suspiró: —Créeme, yo estoy totalmente perdido.—Comentó— No sé que le ocurre, quiero hablar con ella, pero tampoco quiero presionar por todo lo que sucedió.
La Ishida observó al moreno, la preocupación era evidente en su rostro, y no lo culpaba, aun estaba intentando lidiar con la desaparición repentina de Hikari y luego su aparición sin explicación.
Quizás, no entendía a Hikari, pero no quería ver a Takuya de ese modo.
Izumi suavemente depositó su mano sobre la mano del moreno— Tranquilo querido, no te presiones.—Comentó— Hikari ya tendrá tiempo para hablar.
—Eso espero.—Musitó el moreno— No soporto verla así de débil, sin decirme que sucedió. ¡Eso es inusual! Hikari y yo siempre nos contamos todo.
Izumi apretó suavemente la mano de Takuya, intentando transmitirle calma, aunque sabía que poco podía hacer para aliviar su angustia. La relación entre Takuya e Hikari siempre había sido cercana, un lazo inquebrantable que ahora parecía tambalearse por razones que ninguno de los dos terminaba de comprender.
—Es normal sentirse así, Takuya. —dijo Izumi en un tono sereno, buscando sus palabras con cuidado—. Pero a veces las personas necesitan su espacio para entenderse a sí mismas. Quizás Hikari está lidiando con algo que ni siquiera ella sabe cómo expresar.
El moreno frunció el ceño, su frustración claramente visible.
—¿Espacio? —repitió—. ¿Qué tan lejos tiene que estar para encontrarse? Izumi, no puedo soportar esta distancia. Siempre hemos estado ahí el uno para el otro, incluso en lo peor. Esto... esto no tiene sentido.
Izumi suspiró, comprendiendo el dolor detrás de sus palabras. Ella misma había sido testigo de la conexión especial que compartían, y entender la situación actual no era menos confuso para ella.
—Takuya, a veces las cosas no tienen sentido de inmediato. —le dijo, tratando de sonar lo más sincera posible—. Pero eso no significa que debas dejar de apoyarla. Aunque no te cuente todo ahora, sabe que estás ahí. Eso es lo importante.
Takuya bajó la mirada hacia sus manos, observando cómo Izumi aún sostenía la suya. La calidez de su toque era reconfortante, pero no lo suficiente para disipar la inquietud en su pecho.
—¿Y si no vuelve a confiar en mí? —preguntó, casi en un susurro—. ¿Y si lo que sea que esté pasando con ella nos aleja para siempre?
Izumi negó con la cabeza, inclinándose un poco hacia él para capturar su atención.
—No digas eso. —le respondió con firmeza—. Hikari te quiere. Eso no va a cambiar, incluso si ahora está atravesando un momento difícil. Solo tienes que ser paciente, aunque sé que no es fácil.
Takuya dejó escapar una risa amarga, sacudiendo la cabeza.
—¿Paciente? Nunca ha sido mi fuerte, pero supongo que no tengo otra opción.
Izumi le sonrió con ternura, dejando caer su mano lentamente.
—Exacto. No tienes otra opción. Pero no estás solo en esto, ¿de acuerdo? Si necesitas hablar, aquí estoy.
Takuya la miró, y por un momento, sus ojos revelaron una gratitud que no podía poner en palabras.
—Gracias, Izumi. —dijo al fin—. No sabes cuánto significa eso.
Ella inclinó la cabeza con un gesto cálido, aunque en el fondo de su mente, una parte de ella también estaba preocupada por Hikari. Algo en todo esto no encajaba, y aunque quería confiar en que las cosas se resolverían, no podía ignorar la inquietud que se albergaba en su pecho.
Ambos quedaron en silencio, compartiendo un momento de comprensión mutua. Aunque sus preocupaciones giraban en torno a Hikari, ese instante les recordó que, pase lo que pase, podían contar el uno con el otro. Y a veces, eso era suficiente para seguir adelante.
El silencio de la habitación se extendía en la penumbra de la madrugada. El suave resplandor que entraba por la ventana iluminaba tenuemente la habitación, donde Mimi dormía profundamente, arropada por la calma que Yamato había logrado crear a su alrededor. El peso de la noche anterior aún pesaba en su mente, pero la presencia reconfortante de Yamato había hecho que, por fin, pudiera descansar.
Mimi despertó lentamente, el primer indicio de conciencia llegando de a poco. Abrió los ojos con pesadez, parpadeando varias veces hasta que la luz tenue de la mañana le pareció menos molesta. Un sonido suave llegó a sus oídos: su propia respiración, calmada, y el murmullo de la respiración de otra persona, mucho más cerca de lo que esperaba.
Fue entonces cuando su cuerpo se tensó ligeramente y se giró con cautela para ver qué estaba sucediendo. Al hacerlo, se encontró con una visión que la hizo detenerse en seco. Yamato estaba a su lado, su rostro sereno, su cabello rubio algo desordenado por el sueño, y sus brazos descansando a su alrededor, protegiéndola en su sueño.
No podía creer lo que veía. Allí estaba él, el hombre que había causado tanto dolor en su vida, pero también el hombre que había estado a su lado en ese momento tan vulnerable. Estaba profundamente dormido, su respiración tranquila y pausada, sin rastro de la intensidad con la que él solía manejar todo en su vida. La sorpresa se apoderó de Mimi, y por un momento, se quedó inmóvil, observando cómo el hombre que siempre había representado el conflicto y la confusión en su vida ahora la cuidaba sin ningún tipo de reservas.
Con cada pequeño movimiento, Mimi notaba el calor que emanaba de su cuerpo, un calor que, aunque contradictorio, la hacía sentirse extrañamente segura. Estaba tan cerca de él, lo suficientemente cerca como para escuchar los latidos de su corazón, lo suficientemente cerca como para percibir su presencia en todo su ser.
Un suspiro se le escapó sin querer. ¿Cómo había llegado a este punto? Recordaba claramente cómo se había refugiado en sus brazos la noche anterior, cómo él la había sostenido, y cómo, de alguna manera, eso había aliviado el peso de la angustia que sentía. Pero al despertar ahora, con la conciencia más clara, todo parecía aún más confuso. ¿Qué significaba esto? ¿Era real?
Con cuidado, Mimi trató de alejarse un poco para no despertarlo, pero se dio cuenta de que estaba completamente rodeada por sus brazos. Con un pequeño movimiento, sus dedos se entrelazaron, sin quererlo, con los de él, y en ese instante, una sensación extraña y placentera la invadió. Como si el gesto, aunque sin palabras, fuera una afirmación de su conexión, de la cercanía que se habían dado, sin importar todo lo que había sucedido antes.
A pesar de las dudas que la recorrían, Mimi no se atrevió a apartarse. ¿Cómo podría hacerlo ahora? El cansancio físico y emocional de los días pasados, sumado al gesto protector de Yamato, había creado en ella una vulnerabilidad que ni ella misma entendía. Con un suspiro, apoyó nuevamente su cabeza en la almohada.
El silencio se hizo más profundo, y el suave roce de su respiración, ahora más sincronizado, le permitió relajarse un poco más. Intensificando la lucha interna dentro de ella seguía presente, pero por primera vez en mucho tiempo, se permitió simplemente sentir. Y, aunque no quería admitirlo, se dio cuenta de que no quería que ese momento se terminara.
A medida que pasaban los minutos, Mimi sintió cómo el sueño regresaba, esta vez de manera más ligera. A su lado, Yamato seguía durmiendo, ajeno a todo lo que ella pensaba. Mientras sus ojos se cerraban lentamente, un pensamiento pasó por su mente, un pensamiento que le causó una mezcla de incomodidad y curiosidad. ¿Qué significaba todo esto?
Yamato, el hombre que había sido su fuente de tormento y pasión, ahora estaba allí, cuidándola con una suavidad que nunca hubiera imaginado. El mundo parecía haberse detenido en ese pequeño espacio entre ambos, y Mimi, sin poderlo evitar, dejó que el sueño la envolviera de nuevo. Sin respuestas, pero con la sensación extraña de que quizás, tal vez, las cosas podrían no ser tan simples como parecían.
Mimi permaneció inmóvil, su rostro apenas iluminado por la tenue luz de la mañana que se filtraba por la ventana. Yamato seguía dormido a su lado, su respiración tranquila y regular. Por un momento, ella solo lo observó, incapaz de apartar la vista de él. El tiempo parecía haberse detenido mientras sus dedos, casi por instinto, se deslizaban suavemente sobre su rostro, tocando su piel como si pudiera entender mejor lo que estaba sintiendo al acercarse tanto a él.
El contacto de sus dedos contra la suave piel de su rostro la hizo detenerse. La nostalgia y el dolor golpearon su pecho como una ola. A través de sus dedos, el rostro de Yamato seguía siendo el mismo, tan hermoso como lo recordaba de su juventud, con sus facciones finas y ese brillo en sus ojos que en otros tiempos la había deslumbrado.
¿Cómo podía ser tan perfecto aún? Seguía pareciendo un ángel pensó, mientras sus manos temblaban ligeramente al acariciar su rostro. Recordaba cómo lo había visto por primera vez, su sonrisa cálida, esa mirada que siempre parecía llena de promesas. El joven Yamato, tan lleno de vida, tan diferente al hombre que tenía a su lado ahora. Pero a pesar de las diferencias, el brillo de su belleza seguía intacto, y eso la hacía sentir un nudo en el estómago.
Sus recuerdos la arrastraron rápidamente al pasado. Se vio a sí misma, una joven llena de esperanza y amor, deseando que todo aquello fuera real. ¿Cómo podría haber sido tan ingenua? se reprochó internamente, recordando cómo confiaba ciegamente en él, cómo sus promesas de amor parecían tan sinceras. Todo fue una mentira, se recordó, la traición de él aún calando en lo más profundo de su ser.
A pesar de los años, la herida seguía abierta. Yamato había sido el primer hombre que la había hecho sentir amada, el primer hombre en quien había creído tan plenamente. Y, sin embargo, fue también él quien la destruyó. Sus promesas de un amor eterno se desmoronaron cuando la dejó, cuando la traicionó de la forma más dolorosa. Había sido su primera gran decepción, y esa cicatriz emocional aún seguía allí, viva, bajo la capa de indiferencia que había construido con el tiempo.
Su respiración se volvió más pesada mientras la imagen del joven Yamato, tan distinto al hombre que estaba a su lado ahora, la invadía por completo. Aquella sonrisa cálida que la había enamorado, esos ojos llenos de esperanza… ¿Dónde habían quedado? ¿Qué pasó con el chico que prometió estar con ella para siempre? En lugar de él, solo quedaba el hombre frío y calculador que la había traicionado.
Las lágrimas amenazaron con salir, pero Mimi las contuvo con rapidez, concentrándose en el suave roce de sus dedos contra la piel de Yamato. Como si ese acto, tan simple y tan cargado de emoción, pudiera borrar todo el dolor que llevaba dentro. ¿Cómo podía seguir siendo tan hermoso después de todo lo que había hecho? La pregunta la dejó con el corazón hecho pedazos. Acariciar su rostro solo le recordaba lo mucho que lo había amado, y lo mucho que lo había perdido.
"Tal vez… tal vez nunca debería haberlo tocado de nuevo" pensó, pero, en el fondo, sabía que era inútil. No podía evitarlo. El amor, el odio, todo se mezclaba en su interior. Y allí estaba él, tan cerca, tan real, tan imperfecto en su humanidad, pero tan imposible de evitar. ¿Cómo podía seguir siendo tan atractivo para ella?
Con un último suspiro, Mimi apartó la mano de su rostro, pero apenas hizo esto el rubio se removió entre sueños y abrió los ojos.
El movimiento fue lento, casi imperceptible al principio. Su rostro se contrajo levemente, como si estuviera soñando algo confuso. De pronto, sus ojos se abrieron, todavía nublados por el sueño, y su mirada se encontró con la de ella. Por un instante, ninguno de los dos dijo nada, el silencio cargado con el peso de todo lo que no se atrevían a expresar.
Yamato parpadeó, tratando de procesar lo que estaba viendo. Su sorpresa fue evidente cuando se dio cuenta de que no solo estaba abrazándola, sino también de que sus dedos estaban entrelazados.
—¿Haruna? —su voz era ronca, apenas un susurro, pero cargada de incredulidad—. ¿Qué…?
Él se apartó ligeramente, su mirada recorriendo el espacio como si intentara entender cómo había llegado a esa posición. Luego, como si una súbita conciencia lo golpeara, murmuró:
—Me quedé dormido…
Mimi no dijo nada al principio. Se limitó a observarlo, tratando de descifrar qué pasaba por su mente. Finalmente, decidió romper el silencio, su voz apenas audible: —Nos...—Corrigió— Nos quedamos dormidos.
Yamato apartó la mirada, todavía tratando de recomponerse de la confusión del momento. El silencio entre ellos se hizo más pesado mientras su mente intentaba procesar lo sucedido. Después de unos segundos, su mirada regresó a la de Mimi, llena de una mezcla de vergüenza y algo que ella no pudo identificar.
—Nos quedamos dormidos —repitió, su voz más firme pero aún baja, como si no quisiera romper del todo la intimidad del momento.
Mimi asintió ligeramente, su rostro imperturbable, aunque por dentro sentía que el corazón estaba a punto de salirse de su pecho. Quería decir algo, cualquier cosa que aliviara la tensión que parecía apretarlos a ambos, pero no encontraba las palabras adecuadas.
—No fue intencional —añadió Yamato, apartándose un poco más para darle espacio. Sin embargo, a pesar de sus movimientos, sus manos seguían entrelazadas. Sus ojos se posaron en sus dedos, y una expresión de ligera incomodidad cruzó su rostro antes de soltarla con cuidado.
Mimi retiró su mano lentamente, intentando no demostrar cómo ese gesto, por pequeño que fuera, la hacía sentir vulnerable. Su mirada bajó hacia las sábanas mientras hablaba, su tono deliberadamente neutral:
—Lo sé. Ambos estábamos agotados. Supongo que solo… pasó.
Yamato asintió, sin saber cómo continuar. Había tantas cosas que quería decir, pero la mayoría parecían fuera de lugar, inapropiadas o simplemente imposibles de expresar. Finalmente, dejó escapar un suspiro y dijo:
—Debería levantarme.
Mientras se sentaba en la cama y pasaba una mano por su cabello desordenado, Mimi lo observó en silencio. Había algo en la manera en que sus movimientos eran lentos, como si estuviera meditando cada uno de ellos, que le hacía pensar que también estaba luchando contra sus propios pensamientos.
—Yamato —lo llamó, su voz más suave de lo que esperaba. Cuando él la miró, sus ojos azules se encontraron con los de ella, y por un momento, el tiempo pareció detenerse de nuevo.
—¿Qué? —respondió él, un poco más alerta ahora, como si anticipara algo importante.
Mimi dudó. Quería preguntarle tantas cosas, reclamarle por tanto, pero al mismo tiempo, algo dentro de ella le suplicaba que no rompiera la frágil paz de ese momento. Finalmente, optó por algo más sencillo, aunque cargado de significado.
—¿Por qué te quedaste? —sus palabras fueron directas, pero su tono era suave, casi vulnerable.
Yamato la miró en silencio por un largo instante. Finalmente, dejó escapar otro suspiro, uno que parecía llevar el peso de años de emociones contenidas.
—No quería dejarte sola luego de lo que pasaste.
—S-sí, pero... —Mimi balbuceó, sus palabras perdiéndose mientras su mirada buscaba un punto fijo en las sábanas. Sentía que el pecho le pesaba, como si algo invisible le impidiera respirar con normalidad. Finalmente, alzó la vista, sus ojos llenos de una mezcla de confusión y emociones contenidas—. Pero tú... te quedaste toda la noche.—No necesitaba explicar mucho para resaltar lo grave o llamativo de esa información.
El silencio que siguió fue tan intenso que casi dolía. Yamato frunció ligeramente el ceño, como si las palabras de Mimi hubieran golpeado un lugar profundo y vulnerable dentro de él. Pasó una mano por su cabello nuevamente, un gesto que ella había aprendido a reconocer como un intento de ganar tiempo para pensar.
—Quizás esta vez no pude irme —murmuró finalmente, con un tono tan bajo que Mimi casi no lo escuchó.
Ella entrecerró los ojos, buscando algo en su rostro que confirmara el significado detrás de esas palabras. Había algo en la forma en que las había dicho, algo que no terminaba de encajar con el Yamato que ella conocía. Había vulnerabilidad, pero también una especie de lucha interna que parecía consumirlo.
—¿No pudiste? —repitió, su voz quebrándose un poco—. ¿Por qué?
Yamato desvió la mirada, sus ojos fijándose en la luz que comenzaba a filtrarse por la ventana. Por un instante, Mimi pensó que no iba a responder, que se encerraría en ese muro invisible que tantas veces había levantado entre ellos. Pero, para su sorpresa, habló:
—Porque te vi... —dijo, finalmente volviendo a mirarla. Sus ojos azules brillaban con una intensidad que la dejó sin aliento—. Y no podía dejarte así. No después de todo lo que has tenido que soportar... por mi culpa.
Mimi sintió cómo sus palabras perforaban su corazón. Abrió la boca para responder, pero Yamato la interrumpió, su tono más firme ahora:
—No soy el hombre que deberías tener a tu lado, Mimi. Lo sé. Pero... —Se detuvo, como si le costara encontrar las palabras adecuadas—. Pero no puedo evitar querer protegerte, no merecías pasar por lo que te pasó. En realidad, nadie merece y-y te vi muy indefensa, no podía dejarte.—Habló— Lo siento, si es que te incomodé.
Mimi lo miró, sus emociones desbordándose mientras trataba de asimilar lo que acababa de escuchar. Había tantas cosas que quería decirle, tantas cosas que había reprimido durante tanto tiempo, pero ahora al estar en esa situación todo se borraba.
—N-no...—Balbuceo— No lo sientas...—alzó su mano temblorosa hacia él y la depositó su mano—Muchas gracias por estar...justo cuando te necesitaba...
Yamato pasó su mirada por los ojos de Haruna...eran los mismo ojos de Mimi...¡Sí, los mismos! Había una chispa en ellos que...lo dejaban sin aliento...
—No me agradezcas.—Comentó— Al menos a ti te pude salvar...No como a...—Bajó la mirada.
—¿Cómo a?— Preguntó Haruna.
El rubio mantuvo la mirada baja.
—A...—Tuvo intenciones de responder pero...
¡Bip, bip!
Su móvil sonó interrumpiendo el momento.
¡Bip, bip!
El móvil nuevamente sonó.
Mimi pasó su mirada por el Smartphone de Yamato que sin querer se le cayó sobre la cama, quien sabe cuando, pero estaba ahí...
"Nene"
—Yamato, tu hija te está llamando.— Pronunció el nombre.
¿Qué?
El rubio dirigió su mirada hacia ella.
—Nene te está llamando.—Mimi tomó el smartphone y se lo extendió a Yamato.
El Ishida observó su móvil, probablemente si hubiese sido otra persona no hubiese tenido intenciones de contestar, pero cuando trataba de una de sus hijas le era imposible no contestar.
—Permiso, voy a responder.
Mimi asintió.
Fue así como Yamato tomó el móvil y se dispuso a responder: —¿Hola?
Takuya estaba sentado en un rincón del salón principal, su cámara desmontada frente a él. Entre destornilladores, piezas pequeñas y el manual técnico que apenas leía, su ceño fruncido mostraba que no estaba disfrutando del proceso. Aunque entendía lo básico de la cámara, no dejaba de ser un desafío intentar repararla por su cuenta.
—¿Por qué nunca pueden hacer estas cosas más sencillas? —gruñó en voz baja mientras giraba un tornillo con cuidado.
A unos metros, Izumi estaba ocupada arreglando algunos accesorios en el área de vestuario. Había pilas de ropa sobre la mesa y un par de zapatos de tacón que parecían haber sido dejados al azar en el suelo. La rubia tarareaba una melodía ligera mientras doblaba algunas prendas y ajustaba otras en las perchas.
—¿Cómo va esa cámara, Takuya? —preguntó sin voltear, su tono animado.
—Terrible. Creo que esto está diseñado para frustrar a la gente como yo. —respondió el moreno, levantando una pieza diminuta con una mirada de desconcierto.
Izumi soltó una risa suave, girándose hacia él con una pila de prendas en brazos.
—Eso te pasa por no pedir ayuda. ¿Por qué no le pides a alguien con más experiencia?
Takuya levantó la mirada, fingiendo estar ofendido.
—¿Y arriesgar mi orgullo? Nunca.
Izumi negó con la cabeza, su sonrisa ampliándose. Justo cuando se disponía a colgar la ropa, un pensamiento cruzó su mente.
—Takuya, ven aquí un momento. Necesito decirte algo.
El moreno dejó la cámara y se levantó con un ligero suspiro, estirando los brazos después de estar encorvado tanto tiempo.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó mientras se acercaba, aunque notaba que Izumi aún estaba en su lugar, reorganizando un estante.
Izumi giró hacia él con rapidez, pero al dar su primer paso hacia adelante, no notó uno de los tacones que había dejado en el suelo. Su pie resbaló ligeramente, y un grito ahogado escapó de sus labios.
—¡Ah!
Antes de que pudiera caer completamente, Takuya reaccionó con reflejos sorprendentes. Dio un paso rápido hacia ella, extendiendo los brazos, y logró atraparla justo a tiempo. Izumi terminó apoyada contra su pecho, sus manos instintivamente aferradas a los brazos del moreno para estabilizarse.
Por un instante, el mundo pareció detenerse. Estaban tan cerca que podían sentir el calor del otro. Los ojos de Izumi se alzaron hacia los de Takuya, y su corazón comenzó a latir con fuerza al notar la intensidad de su mirada.
—¿Estás bien? —preguntó Takuya en un tono bajo, casi susurrante, mientras todavía la sostenía.
Izumi asintió lentamente, sin apartar la mirada de él.
—S-sí... gracias. —murmuró, sintiendo cómo sus mejillas se teñían de un leve rubor.
Takuya, consciente de lo cerca que estaban, tragó saliva. Podía sentir el aroma dulce de Izumi, un detalle que hasta ese momento había pasado desapercibido, pero que ahora parecía imposible ignorar.
—¡Vaya, vaya! Creo que estás destinada a tropezar y caer cerca de mi.—Musitó Takuya en un susurro.
Izumi se ruborizó ante este comentario.
—¿O es que me querías besar de nuevo?
¿Qué?
Esto sorprendió a la rubia.
—Ahora que me acuerdo, no hemos hablado de eso.—Comentó el moreno.
—N-no hables tonterías solo me tropecé.—Musitó la rubia.
—Pero quedaste bien cerca ¿e?—Habló Takuya— Acaso ¿quieres besarme otra vez?
—¿Otra vez?— Izumi frunció el ceño y se alejo—Ol-olvida eso.
—¿Por qué?
—N-no debí hacerlo, yo estaba triste y vulnerable, y...—Bajó la mirada— Lo siento.
—No tiene que disculparte.—Respondió Takuya.
—Claro que debo.—Izumi musitó.
—No, no debes...—Contestó el moreno—Las disculpas son para las personas a las cuales dañas. Pero a mi, con ese beso, no me has producido un daño...—El moreno se armó de valor y se acercó a ella—Al contrario, me hiciste favor...—Musitó— Porque hace tiempo anhelaba volver a probar tus labios.
¿Qué?
Izumi se quedó sin aire ante esa declaración.
—Amé probar tus labios.
Izumi se quedó inmóvil, sus palabras atrapadas en su garganta. El aire parecía volverse denso a su alrededor, y su mente no dejaba de repetir una y otra vez lo que acababa de escuchar. "¿Qué está diciendo? ¿Por qué está diciendo esto?" Se sentía atrapada entre la confusión y una extraña sensación que no lograba identificar.
Takuya la observó en silencio, sus ojos oscuros reflejando una intensidad que la hizo sentirse vulnerable. La forma en que se había acercado a ella, con una seguridad tan palpable, la hacía sentirse aún más desconcertada.
—Takuya... —susurró, tratando de encontrar su voz entre los nudos que se formaban en su estómago—. ¿Por qué estás diciendo esto ahora?
Él sonrió de forma ladeada, sin apartar la mirada de ella. La distancia entre ambos se reducía a cada paso que él daba, y el brillo en sus ojos no mostraba duda alguna sobre sus palabras.
—Porque es la verdad, Izumi —respondió suavemente—. Ese beso, aunque breve, me dejó con ganas de más. Y me hizo darme cuenta de algo que no había querido admitir antes.
Izumi dio un paso atrás, sintiendo cómo su respiración se aceleraba. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué se sentía tan atraída por él a pesar de todo lo que había sucedido? No podía dejar que sus sentimientos se interpusieran, no ahora, no con todo lo que estaba en juego.
—Takuya... —repitió, esta vez con más firmeza, aunque su voz temblaba levemente—. No puedes seguir diciendo estas cosas.
—¿Por qué?
—Porque no es correcto.—Respondió la rubia— Eso no debió pasar.
—Acaso ¿no te gustó el beso?
Izumi movió la cabeza: —N-no...—Pero rápidamente se dio cuenta que no era la respuesta adecuada— Di-digo sí...osea...—Balbuceo— ¡No debió pasar! Simplemente es eso. Porque estoy de novia con Kouji.
Takuya observó con atención cada uno de los movimientos de Izumi, cada palabra que ella decía parecía aumentar la tensión entre ambos. El espacio entre ellos se volvió aún más cargado, como si todo lo que había ocurrido en esos breves segundos de contacto los hubiera dejado marcados. Su mirada se volvió aún más intensa, como si estuviera tratando de entender a fondo lo que estaba pasando en la cabeza de Izumi.
—¿Por qué? —repitió Takuya, esta vez con más firmeza, al ver la resistencia de Izumi.
Izumi dio un paso atrás, su respiración entrecortada por la confusión y la incertidumbre que la invadían. ¿Qué debía decirle? ¿Cómo podía justificar lo que sentía? ¿Y cómo explicar que aún con la tormenta de dudas en su interior, no podía dejar de pensar en ese beso?
—Porque no es correcto —dijo finalmente, forzando las palabras a salir, aunque se sentía más insegura que nunca—. Eso no debió pasar.
Takuya frunció el ceño, claramente molesto por lo que acababa de escuchar. Su tono de voz cambió, tornándose más desafiante.
—¿No te gustó el beso? —preguntó, sin apartar la mirada de ella.
Izumi movió la cabeza con rapidez, intentando frenar la confusión que la embargaba. —N-no... —dijo, pero tan pronto como las palabras salieron, se dio cuenta de que no era la respuesta correcta. —Di-digo sí... o sea... —balbuceó, frustrada por no poder encontrar la manera de explicarse — ¡No debió pasar! Simplemente es eso. Porque estoy de novia con Kouji.
El rostro de Takuya se tensó al escuchar esas palabras, y un destello de incomodidad pasó por sus ojos. No entendía cómo Izumi podía estar con alguien como Kouji, alguien que claramente no la hacía feliz.
—¿Kouji? —repitió, su voz cargada de incredulidad—. Ese es tu novio, ¿de verdad?
Izumi lo miró, sin poder ocultar la tristeza que se reflejaba en su rostro. —Sí, es mi novio... —dijo en un susurro, como si lo estuviera justificando ante sí misma.
Takuya no pudo evitar dar un paso hacia ella, su tono volviéndose más firme, casi desafiante. —Lo es... pero no debería serlo. Kouji te trata tan mal, Izumi. No entiendo cómo puedes seguir con él.
Izumi movió la cabeza rápidamente, un nudo en la garganta impidiéndole encontrar las palabras correctas. —Es complicado... —musitó, sus ojos evitaban la mirada de Takuya, aunque algo dentro de ella sabía que tenía razón.
Takuya dio un paso más hacia ella, su mirada sincera, como si estuviera tratando de llegar al fondo de sus pensamientos. —Deberías considerarlo, Izumi. Kouji no te hace bien.
Izumi sintió cómo una ola de tristeza la invadía, y no podía evitar sentirse atrapada entre la lealtad que sentía hacia su relación con Kouji y la verdad que se le mostraba en los ojos de Takuya. No quería aceptarlo, pero todo lo que él decía tenía sentido.
—Yo no puedo dejar a Kouji... —murmuró, apretando los puños con frustración. —Llevamos años siendo novios, todos admiran nuestra relación, creen que somos la pareja perfecta.
Takuya la miró fijamente, y en su voz había una mezcla de molestia y preocupación. —¿Perfecta? —repitió con desdén—. No puede ser perfecta si él te trata de ese modo. No puede ser perfecta si te hace sufrir.
Izumi sintió un dolor en el pecho al escuchar esas palabras. Sabía que era cierto. Pero la idea de dejar a Kouji, de romper con todo lo que habían construido, le parecía insoportable.
Takuya dio un paso hacia ella, esta vez más cerca, su voz suave pero llena de determinación. —Si yo fuera tu novio, jamás permitiría que sufrieras así como él te hace sufrir. No lo permitiría.
Izumi parpadeó, sorprendida por la intensidad de sus palabras. Se quedó en silencio, sin poder responder, mientras su corazón latía más rápido, sabiendo en el fondo que Takuya tenía razón.
El silencio que se instaló entre ellos fue pesado, cargado de emociones no expresadas. Takuya, sintiendo la tensión entre ambos, dio un paso atrás, mirándola con una intensidad que la hizo sentirse vulnerable.
Finalmente, fue él quien rompió el silencio, su voz ahora cargada de curiosidad y un toque de desafío.
—Dime, Izumi... ¿en verdad no te produjo nada el beso? —preguntó, su mirada fija en la de ella, como si quisiera leer sus pensamientos.
Izumi se quedó sin aliento ante esa pregunta, su corazón dio un vuelco, y por un segundo se quedó paralizada. Sabía lo que debía decir, sabía que debía mentir, que debía decir que no había sentido nada. Pero la verdad era otra. La verdad era que el beso le había producido algo. Algo que no podía ignorar.
Se mordió el labio inferior, buscando una respuesta que no lograba encontrar. ¿Cómo podía decirle lo que sentía? No podía, no debía... pero en su interior, una parte de ella quería gritar la verdad.
—Yo... no puedo responder eso —murmuró, su voz temblando, mientras sus ojos evitaban los de Takuya.
Takuya la miró fijamente, un destello de comprensión y desafío en su mirada. —¿Por qué no? —preguntó, ahora más cercano que nunca.
Izumi se mordió el labio con fuerza, su mente luchando entre lo que debía hacer y lo que realmente quería hacer. Su deber era decir que no le había gustado, que no quería volverlo a repetir, pero...En lo más profundo de su ser, sabía que la respuesta estaba allí, latente, esperando ser dicha.
Ese beso ¡le encantó! Fue el más dulce y sincero que dio en su vida.
—¡Por favor, no me hagas más preguntas! ¿Sí?— Fue lo único que dijo antes de voltear e irse.
La oficina de Yamato estaba impecablemente ordenada, pero el ambiente cargado de tensión contrastaba con la serenidad que normalmente reinaba en ese espacio. Nene había llegado furiosa, sus pasos decididos resonando en el suelo de mármol. La noticia de la destitución de Kiriha había llegado hasta ella, y no estaba dispuesta a dejarlo pasar.
Yamato, sentado detrás de su escritorio, observó a su hija acercarse con una mirada severa pero tranquila. No necesitaba preguntar qué la había traído hasta allí. Sabía que Nene estaba enfadada, y esperaba que fuera por algo más que una simple rabia momentánea.
—Papá, necesito hablar contigo —dijo Nene, su voz temblando de furia pero también de una amarga decepción.
Yamato levantó la vista y le indicó que se sentara, pero Nene permaneció de pie.
—¿Sobre qué? —preguntó él con tono neutral, aunque sus ojos no se apartaban de los de su hija.
Nene respiró hondo, y sus palabras salieron con una fuerza contenida.
—Sobre lo que hiciste con Kiriha. ¿Cómo pudiste echarlo? ¡Él no hizo nada malo! No era más que un empleado, papá. Y lo trataste como si fuera un peón. Me diste tu palabra de que lo protegerías.
Yamato mantuvo la calma, aunque su mirada se endureció.
—Kiriha violó el contrato. No se supone que se involucre con nadie de la empresa, especialmente con Nene. Sabías perfectamente que no podíamos permitir que eso siguiera. No podía quedarme de brazos cruzados.
Nene dio un paso adelante, su rostro rojo por la indignación.
—¡No te importa nada, ¿verdad?! Solo sigues tus reglas, sin importar las consecuencias para los demás. Kiriha no solo es un empleado, es alguien que se ha ganado mi respeto, y tú lo tratas como si fuera una pieza desechable.
El tono de Yamato se mantuvo firme, pero en sus ojos había un destello de frustración.
—El respeto no está en juego aquí, Nene. Hay reglas, y las reglas deben cumplirse. No puedo dejar que te arriesgues, no puedo permitir que esto afecte más a la empresa.
Nene, temblando de furia, dio un paso atrás y miró a su padre con los ojos llenos de una mezcla de tristeza y rabia.
—¿Sabes lo que me molesta de todo esto, papá? Que nunca piensas en las personas. Solo te importa tu maldito imperio, tus reglas, tu poder. Y yo, yo soy parte de ese imperio, pero al final, soy solo otra pieza para ti. ¡Kiriha se merecía mucho más que ser tratado como si fuera desechable! No importa cuánto lo intentes, no voy a aceptar que me sigas tratando así, ni a él tampoco.
Yamato la miró en silencio, las palabras de su hija lo golpearon más de lo que hubiera esperado.
—Nene, tú estás demasiado involucrada emocionalmente. Es una cuestión de negocio, no es personal.
Nene negó con la cabeza, sintiendo que la frustración la ahogaba.
—No, papá. Esto no es solo negocio. Es personal, y no puedo seguir mirando cómo destruyes todo lo que te importa solo para mantener tu control. No voy a quedarme en esta empresa si todo lo que importa para ti son las ganancias y el poder.
La sala quedó en un pesado silencio. Yamato no sabía qué decir. Era evidente que su hija estaba herida, pero también sabía que lo que había hecho era necesario para la estabilidad del negocio.
Nene dio un paso hacia el escritorio de su padre y se detuvo justo frente a él. Lo miró a los ojos por un largo momento, su voz más suave pero firme.
—No puedo seguir siendo parte de algo que no respeta a las personas. Y no puedo seguir trabajando para alguien que no valora lo que realmente importa. Así que, papá, lo he decidido.
Yamato alzó la vista, sorprendido por la firmeza en la voz de su hija.
—¿Qué has decidido?
Nene se enderezó, su decisión ya tomada, su voz llena de convicción.
—Renuncio. Renuncio a la empresa, a todo lo que me has pedido que haga para estar aquí. No voy a seguir siendo parte de un lugar que destruye todo lo que toca.
Yamato la miró, su rostro inexpresivo. El golpe de sus palabras era claro, pero aún así, no podía cambiar lo que había hecho.
—Nene, no tomes decisiones apresuradas.
Nene lo miró una última vez, con los ojos llenos de dolor, pero también de resolución.
—No es apresurada. Es lo menos que puedo hacer ¡porque no te soporto!
Dio un paso atrás, y con un último vistazo a su padre, se dio la vuelta y salió de la oficina.
El sonido de la puerta cerrándose detrás de ella resonó como una sentencia. Yamato permaneció en su lugar, mirando la silla vacía donde su hija había estado momentos antes.
La empresa seguiría adelante, pero por primera vez, sintió que algo dentro de él se había roto.
El aire denso de la bodega de la familia Ishida envolvía a Takeru mientras recorría el espacio olvidado, con las luces parpadeantes de la bombilla apenas iluminando el laberinto de estanterías llenas de cajas y objetos cubiertos de polvo. La vieja bodega parecía haberse detenido en el tiempo, como si hubiera estado esperando que alguien viniera a revivir sus secretos. El eco de sus pasos resonaba por todo el lugar, quebrando el silencio que se había asentado allí por años.
Sujeto con firmeza una vieja caja de madera, sus dedos rozando las letras gastadas que formaban el nombre de su tía, Satomi. Abrió la caja con un cuidado reverente, como si temiera que el peso del tiempo deshiciera los recuerdos que guardaba en su interior. En su interior, encontró fotografías antiguas, cartas manuscritas con tinta desvanecida, y pequeños adornos que solían adornar el escritorio de su tía.
—Satomi... —susurró, una punzada de tristeza apretando su pecho. Las imágenes y los recuerdos parecían tan cercanos, pero a la vez tan distantes, como un eco lejano.
Takeru dejó caer los objetos sobre la mesa, sus pensamientos vagando por la última conversación que había tenido con su tía. Habían discutido acaloradamente, él defendiendo a Hikari con una pasión cegada por el amor, y Satomi, en su sabiduría, advirtiéndole sobre ella. Ahora, Hikari ya no estaba en su vida, y la amarga ironía lo alcanzaba. Había ignorado las advertencias de su tía, solo para verse nuevamente decepcionado por una relación. El amor que había creído inquebrantable se desmoronó, y con él, su confianza en el mundo.
Con la mente nublada por estos pensamientos, Takeru dio un paso atrás, buscando distraerse de su dolor, cuando un ruido seco rompió el pesado silencio. Algo cayó al suelo detrás de él. Su corazón dio un brinco, y su cuerpo se tensó al instante. Giró rápidamente hacia el origen del sonido y vio una pila de cajas inclinándose peligrosamente.
Se acercó con cautela, su pulso acelerado mientras se agachaba y recogía lo que había caído. Un sobre envejecido sobresalía de entre las cajas, con un cordel grueso y polvoriento que lo mantenía cerrado. Lo abrió con cuidado, y en su interior encontró varios papeles amarillentos, algunos recortes de periódicos. Uno de ellos captó de inmediato su atención. El titular, grande y en letras negras, era claro y estremecedor.
"Mimi Tachikawa: La asesina de Natsuko Ishida."
Takeru sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Su corazón latió fuerte, pero de una forma extraña, como si se hubiera detenido por un momento. Sin poder evitarlo, se sentó en una silla cercana, sus manos temblorosas sostenían el recorte con fuerza. En la fotografía que acompañaba el artículo, una joven con el cabello largo y castaño era escoltada por agentes de seguridad, su rostro serio, marcado por una dureza que contrastaba con la ternura que Takeru conocía de ella. Al lado de Mimi, se encontraba una mujer de porte imponente, con un vestido elegante y una mirada decidida. Era Tomoko Kimura, la empresaria que siempre había estado cerca de su familia, pero cuya presencia en su vida nunca había sido lo suficientemente clara para él.
Comenzó a leer el artículo, absorbiendo cada palabra como si fuera un veneno lento que se infiltraba en su ser. El texto detallaba los eventos que habían llevado a la muerte de Natsuko Ishida, la madre de Yamato y una figura que Takeru conocía bien, aunque de manera distante. El artículo no dejaba lugar a dudas: Mimi Tachikawa había sido acusada de asesinato premeditado, un crimen que había sacudido a toda la sociedad.
A medida que sus ojos recorrían el artículo, una frase le heló la sangre.
"La empresaria en caída, Tomoko Kimura, está haciendo todos los trámites posibles por evidenciar la inocencia de su ahijada, Mimi Tachikawa. Según fuentes cercanas, Kimura alega que la joven fue víctima de una conspiración orquestada por altos poderes, y que no actuó sola en el supuesto crimen. Sin embargo, la opinión pública se mantiene dividida, y la presión mediática ha dañado gravemente la reputación de la empresaria."
—Tomoko Kimura... —murmuró Takeru, repitiendo el nombre una y otra vez, con incredulidad. No solo conocía a Tomoko, sino que también había interactuado con ella en varias ocasiones. Pero ¿cómo podía ser posible que Mimi Tachikawa, la mujer que había estado en su vida de tantas formas, fuera la misma persona mencionada en ese artículo? ¿Qué tipo de secretos ocultaba su familia? ¿Por qué nadie le había hablado de esto antes?
Sus manos, temblorosas, pasaron rápidamente las páginas, buscando más información. Encontró otros recortes que complementaban la historia. En uno de ellos, una entrevista a Tomoko Kimura destacaba. La empresaria, que había estado luchando por la libertad de Mimi, declaraba con firmeza:
"Mimi no fue la única responsable de lo que sucedió. Ha sido víctima de una red de poderosos, de intereses ocultos. Estoy trabajando incansablemente para demostrar su inocencia."
En otro artículo, la indignación de los familiares de las víctimas, la lucha por justicia, y las protestas por la liberación de Mimi Tachikawa se apoderaban de las páginas. Sin embargo, en sus palabras, también emergía la sombra de la duda. Algunas entrevistas apuntaban a que Mimi podría no haber actuado sola, que alguien más podría haber estado detrás de ella. Las preguntas sin respuesta seguían acumulándose.
En una fotografía adicional, Tomoko Kimura y Mimi Tachikawa se veían juntas, a las afueras del juzgado. La mujer castaña estaba al lado de Tomoko, y mantenía una expresión distante, como si estuviera acostumbrada a ser el centro de atención por las razones equivocadas.
Takeru dejó caer el recorte sobre la mesa, su mente en caos. No podía comprender cómo todo esto había estado tan cerca de él, y él nunca lo había sabido. ¿Por qué nadie le había revelado esta verdad tan oscura? Su padre, su tía Satomi… ¿habían tratado de protegerlo o, peor aún, lo habían estado engañando?
El ruido de las hojas cayendo sobre la mesa se desvaneció en el aire pesado de la bodega, pero el peso de la verdad que acababa de descubrir quedó grabado en su mente como una marca imborrable.
Izumi conducía su auto por las avenidas llenas de tráfico, con los rayos del sol ocultándose tras los edificios altos. Su mente estaba centrada en una sola cosa: Hikari.
¿Por qué había terminado con Takeru? Su tío estaba devastado, y por más que había intentado comprender la situación, no encontraba sentido. La relación entre ellos siempre había parecido sólida, llena de respeto y cariño. Ahora todo estaba roto, y Takeru no había querido explicarle nada.
"Tal vez Hikari me lo diga," pensó, con el ceño fruncido mientras giraba hacia una calle menos concurrida.
Mientras avanzaba, algo llamó su atención. A un costado de la calle, estacionado frente a una pequeña casa humilde, estaba un auto deportivo azul brillante. Era imposible no notarlo; destacaba como una joya en medio de un lugar tan sencillo.
Su corazón dio un vuelco.
Ese auto…
Izumi frunció el ceño y miró más de cerca. La pintura relucía bajo el tenue sol, y su diseño único lo hacía inconfundible. Era el coche de Kouji.
Pisó el freno suavemente y se estacionó unos metros más adelante, observando desde la distancia. Su mente trataba de encontrar una explicación lógica, pero todo lo que podía pensar era:
¿Qué hace aquí?
Kouji le había dicho que estaría en la empresa, ocupado con reuniones y trabajo hasta tarde. Sin embargo, su coche estaba ahí, frente a una casa que parecía estar a kilómetros de su mundo de lujo.
Izumi respiró profundamente, tratando de calmar el nudo que comenzaba a formarse en su estómago. Tal vez había una buena razón, pero no podía ignorar la inquietud que comenzaba a instalarse en su pecho.
Bajó del auto, cerrando la puerta con cuidado para no hacer ruido, y caminó hacia el deportivo. Era, sin duda, el de Kouji. La patente era la misma que había memorizado después de tantos paseos juntos.
Se detuvo frente al auto y luego alzó la mirada hacia la casa. Era pequeña y modesta, con una fachada algo desgastada y un pequeño jardín descuidado. Las cortinas de las ventanas estaban corridas, pero por dentro se alcanzaba a ver una luz encendida.
Izumi apretó los labios. ¿Qué conexión podía tener Kouji con ese lugar? No recordaba que le hubiera mencionado algo remotamente relacionado con un sitio así.
"Quizá se lo prestó a alguien," pensó, intentando tranquilizarse. Pero la duda seguía allí, instalada como un peso en su pecho. Aun más al recordar que ¡Kouji a nadie le presta su auto!
El viento frío la hizo estremecerse, pero no se movió. Dio unos pasos hacia la casa, sin dejar de mirar la puerta principal. Parte de ella quería tocar y preguntar directamente, pero otra parte temía lo que podría descubrir.
—¿Qué estás haciendo aquí, Kouji? —murmuró, con una mezcla de frustración y desconcierto.
Se giró para volver a su auto, pero no pudo marcharse. Algo la detenía. Su mirada regresó a la casa, y luego al auto. Había demasiadas preguntas sin responder, demasiadas cosas que no cuadraban.
Finalmente, Izumi decidió esperar. Se sentó dentro de su coche, con la vista fija en la entrada de la casa humilde y en el deportivo azul. Si Kouji salía, lo enfrentaría. Necesitaba saber la verdad.
Mientras el tiempo pasaba, la ansiedad crecía en su interior. ¿Qué estaba haciendo su novio en un lugar como ese? Kouji siempre había sido directo con ella, pero esto… esto la hacía sentir que algo no estaba bien.
Y lo peor era la posibilidad de que, al final, no le gustara la respuesta.
Kiriha estaba en su oficina, rodeado de papeles, libros y objetos personales que había acumulado durante los años trabajando para la empresa de Yamato. Todo en ese lugar parecía pesado, como si cada objeto guardara el eco de un tiempo que ya no existía. Había algo en su mirada, una mezcla de resignación y tristeza que lo invadía mientras colocaba sus pertenencias en una caja. Ya no era parte de este mundo; Yamato lo había echado sin miramientos. Nada quedaba de la estabilidad que había tenido, ni de la relación que alguna vez fue fuerte.
En una esquina, Nene observaba en silencio, su expresión triste reflejaba la preocupación que sentía por él. Había algo doloroso en ver cómo Kiriha, siempre tan seguro, ahora parecía frágil, casi derrotado. Ella no entendía cómo podía aceptar todo tan fácilmente, cómo no estaba luchando por su lugar.
—Kiriha… —dijo finalmente, rompiendo el silencio. Él levantó la mirada y la vio de pie frente a él, con los ojos llenos de pena—. ¿Por qué estás haciendo esto?
Kiriha dejó la caja en el suelo y suspiró profundamente. Había tanto que quería decirle, pero no encontraba las palabras adecuadas.
—No tengo otra opción, Nene —dijo, bajando la vista. La tristeza en su voz era palpable. En su mente, todo se sentía tan definitivo—. Yamato me echó de la empresa. No puedo hacer nada al respecto. No puedo quedarme aquí y seguir luchando cuando ya todo está decidido.
Nene lo miró con incredulidad. Su corazón latía rápidamente, no podía comprender cómo Kiriha estaba dispuesto a irse tan fácilmente, cómo aceptaba el destino que Yamato le había impuesto sin siquiera pelear.
—¡Pero no puedes irte así! —exclamó, acercándose a él, sus palabras llenas de frustración y dolor—. Tú eres valioso para la empresa, para todos nosotros. No puedes simplemente irte sin más. ¡Tienes que quedarte! ¡Luchar por lo que te corresponde!
Kiriha levantó la mirada, y por un momento, sus ojos se encontraron con los de Nene. Por un instante, algo dentro de él se desmoronó. Ella tenía razón, pero él también sabía que no podía cambiar las reglas de este juego.
—No es tan sencillo, Nene —respondió suavemente, como si las palabras le costaran un esfuerzo tremendo—. Yamato tiene el poder aquí. No importa lo que haga, soy solo un empleado para él. No importa cuántas veces me esfuerce, no verá más allá de lo que piensa de mí. Para él, siempre he sido solo un subalterno, alguien que no merece estar en este mundo.
Las palabras de Kiriha golpearon a Nene con fuerza. La tristeza se apoderó de ella, y sin saber cómo reaccionar, se acercó a él y le tomó la mano con suavidad. Aunque él no podía ver su futuro con claridad, ella sí veía su valía. No podía dejar que se fuera de esa forma, sin luchar.
—No lo acepto —dijo ella, con una determinación que parecía desbordarse—. No voy a dejar que te vayas así, sin luchar por lo que eres. No es justo.
Kiriha suspiró nuevamente, dejando que la fatiga lo envolviera.
—Desde que murieron mis padres y perdí todo su dinero, supe que la vida sería difícil para mí —dijo, mirando hacia el suelo, como si esas palabras le dieran algún tipo de consuelo—. No solo perdí su apoyo, también perdí la confianza de muchos, incluso de Yamato. Para él, siempre he sido el empleado que nunca estuvo a la altura, el que siempre fue inferior a los demás. No tengo el mismo poder que él. No tengo lo que él tiene.
Las palabras de Kiriha calaron hondo en Nene. La tristeza se apoderó de ella, y sin saber cómo reaccionar, se acercó a él y le tomó la mano con suavidad. Aunque él no podía ver su futuro con claridad, ella sí veía su valía. No podía dejar que se fuera de esa forma, sin luchar.
—No quiero que te rindas tan fácilmente —dijo Nene, su voz temblando un poco por la emoción. Se acercó aún más a él, sin saber cómo ayudarle, pero con la firme determinación de no dejarlo solo—. Tienes mucho por lo que luchar. No entiendo por qué aceptas esto sin más.
Kiriha la miró, con una mezcla de gratitud y dolor. Su corazón se estremeció al sentir la firmeza de Nene, pero sabía que la situación era mucho más complicada de lo que ella pensaba.
—Nene… —dijo, con una suavidad que casi la hizo retroceder—. Eres la heredera de la familia Ishida, la hija de Yamato. Tú no debes involucrarte en esta pelea. Esto es algo que solo me concierne a mí. No quiero que te pongas en peligro por algo que no tiene nada que ver contigo.
Nene abrió los ojos, sorprendida por sus palabras. A pesar de su dolor y su preocupación, Kiriha estaba tratándola con un respeto que la hizo sentirse aún más vulnerable.
—Pero yo… —Nene comenzó a hablar, pero él la interrumpió, poniendo una mano sobre su hombro con una suavidad que la hizo callar.
—Lo sé, Nene. Sé lo que significas para mí. Pero este es mi problema, no el tuyo. Lo mejor para ti es que sigas adelante sin involucrarte en esto. No quiero que te lastimen por mi culpa.
Las palabras de Kiriha calaron hondo en Nene. Por un lado, sentía que tenía que ayudarlo, que no podía dejar que se fuera tan fácilmente, pero por otro, sabía que él tenía razón. No podía involucrarse en algo que, en última instancia, no le pertenecía. Su corazón se rompía al ver cómo Kiriha se resignaba a su destino, pero al mismo tiempo, le costaba aceptar que había poco que podía hacer para cambiarlo.
—Entonces, ¿qué vas a hacer ahora? —preguntó con un hilo de esperanza en su voz.
Kiriha la miró fijamente antes de responder, y por un breve instante, algo en su rostro reflejó la lucha interna que estaba viviendo.
—Voy a seguir adelante. No importa lo que pase. Puede que no tenga el control de todo, pero encontraré otra forma. Me levantaré. Lo haré por mí mismo.
Nene lo miró fijamente, con una mezcla de tristeza y desconcierto. No entendía por qué Kiriha no luchaba por quedarse, por encontrar una forma de seguir en el lugar donde había trabajado tantos años. Algo en ella se rebelaba ante la idea de que él simplemente se alejara.
—¿No te quedarás luchando? —preguntó, con un dejo de desesperación en su voz, casi como si esperara que Kiriha cambiara de opinión. Pero Kiriha negó con la cabeza, una determinación firme en sus ojos.
—No puedo quedarme luchando en un lugar donde no me quieren —dijo, la mirada fija en el horizonte, como si ya hubiera tomado una decisión irremediable—. Desde pequeño aprendí a no rogarle a la gente, Nene. Tengo mi orgullo. No me arrastraré más por ese lugar, mucho menos frente a Yamato. Si no me quiere, no voy a seguir luchando por algo que nunca será mío.
—Kiriha, si quieres, puedo hablar con mi abuelo.—Declaró la castaña.
El rubio negó: —No es necesario.—Respondió—Aunque me quede, tu padre seguirá insistiendo hasta que me vaya, y yo no estoy dispuesto a humillarme.
Esas palabras hicieron que Nene sintiera como si un peso hubiera caído sobre ella. Era la respuesta que temía escuchar. Kiriha estaba dispuesto a irse, no rendirse, sino a preservar su orgullo. Y lo entendía. Ella hace mucho tiempo hubiese renunciado.
Con un suspiro profundo, Nene lo miró una vez más, deseando poder encontrar una manera de hacerle entender que aún había esperanza. Pero algo dentro de ella también sabía que Kiriha estaba tomando la única decisión que podía, según su perspectiva.
—Te apoyaré, Kiriha —dijo finalmente, aunque su voz sonó algo quebrada—. No importa lo que decidas, siempre estaré aquí para ti.
Kiriha le dedicó una sonrisa pequeña, una que reflejaba tanto gratitud como dolor. A pesar de todo lo que había perdido, el hecho de que Nene estuviera allí para él le daba algo de consuelo, aunque sabía que sus caminos, tarde o temprano, tomarían rumbos diferentes.
—Gracias, Nene —respondió con suavidad.
Y mientras las palabras se desvanecían entre ellos, un silencio pesado llenó la habitación, marcado por la resignación de Kiriha y la triste aceptación de Nene. Ambos sabían que nada volvería a ser igual, pero al menos se tendrían el uno al otro, aunque solo fuera en ese momento.
Izumi había esperado en su auto durante lo que parecían horas, aunque en realidad solo habían pasado unos minutos. El aire dentro del coche se sentía denso, cargado de incertidumbre y ansiedad. Justo cuando pensaba que tal vez no obtendría respuestas ese día, la puerta de la casa humilde se abrió.
Su corazón dio un vuelco cuando vio salir a Kouji. Estaba vestido con su habitual elegancia casual, pero su rostro lucía algo cansado. Sin embargo, no estaba solo.
Una mujer lo acompañaba.
Izumi entrecerró los ojos, tratando de enfocar mejor. La mujer era delgada, de cabello negro azabache que le caía como una cascada hasta la espalda, y unos ojos azules que brillaban intensamente. Era como ver una versión femenina de Kouji. Había algo inquietantemente familiar en ella, como si compartieran no solo rasgos físicos, sino también una conexión profunda.
¿Quién es ella?
Izumi observó en silencio mientras Kouji ayudaba a la mujer a subir al auto deportivo azul. Su trato era cuidadoso, casi protector. La mujer parecía frágil, como si estuviera recuperándose de algo.
Izumi sintió que una oleada de emociones se apoderaba de ella. Confusión, celos, enojo. Su mente bullía con preguntas, pero su cuerpo parecía incapaz de moverse. Por un momento, pensó en bajar del auto y enfrentarlo, exigirle respuestas ahí mismo, pero algo dentro de ella la detuvo.
En lugar de eso, tomó su móvil con manos temblorosas y escribió un mensaje:
(De: Izumi)
Hola Kouji ¿Estás ocupado?
Presionó "enviar" y esperó, con los ojos clavados en el deportivo. A los pocos segundos, el teléfono vibró con una respuesta.
(De: Kouji)
Ya te dije que estoy en una reunión muy importante. ¡No me molestes!
Izumi apretó los labios con fuerza, sintiendo cómo la ira se acumulaba en su pecho. ¿Reunión importante? Era evidente que estaba mintiendo, y la idea de que Kouji pudiera engañarla de esa manera la enfureció.
(De: Izumi)
¿Estás con mi padre?
(De: Kouji)
Sí. No tengo tiempo para hablar. Adiós.
Volvió su mirada al coche. Kouji había encendido el motor y ahora estaba listo para partir. Izumi apretó el volante con fuerza.
Muy bien, Kouji. Si no me dices la verdad, la descubriré por mí misma
Sin pensarlo dos veces, encendió su auto y comenzó a seguirlo. Se mantuvo a una distancia prudente, asegurándose de que no la notara, pero lo suficientemente cerca como para no perderlo de vista.
El deportivo azul avanzaba con calma por las calles de Tokio, alejándose de la casa humilde y dirigiéndose hacia un destino desconocido. Izumi sentía que cada kilómetro recorrido la llenaba de más preguntas.
¿Quién era esa mujer? ¿Por qué Kouji le había mentido? ¿Qué estaba ocultando?
Apretó los dientes y se prometió que no se detendría hasta obtener respuestas. Si Kouji creía que podía mantener secretos de ella, estaba muy equivocado.
Izumi apagó el motor de su auto y observó desde la distancia cómo Kouji y la mujer de cabello negro azabache entraban juntos a la clínica. El corazón le latía con fuerza, y su mente estaba repleta de preguntas sin respuesta.
Los observó acercarse al mostrador de recepción, donde una secretaria con el cabello recogido en un moño impecable les sonrió cortésmente. Kouji habló brevemente con la mujer detrás de la ventanilla, quien asintió y les indicó que esperaran un momento.
Izumi los vio girar hacia una puerta lateral que la secretaria les abrió con una llave. Kouji y la mujer desaparecieron tras ella, dejando a Izumi con un profundo sentimiento de incertidumbre.
Respiró hondo, tratando de calmarse. "Tengo que saber qué está pasando aquí."
Salió de su auto y caminó hacia la clínica. Sus tacones resonaron suavemente contra el pavimento mientras atravesaba la pequeña entrada. Dentro, el ambiente era tranquilo, con un leve olor a antiséptico y flores frescas.
En el mostrador, una figura familiar levantó la mirada.
—¡Izumi Ishida! —exclamó Inna, la secretaria—. ¡Qué sorpresa verte aquí!
Izumi parpadeó, sorprendida de encontrar a alguien conocido.
—¡Inna! —respondió, forzando una sonrisa—. Ha pasado tiempo.
Inna, quien había trabajado en esa clínica durante años, le devolvió la sonrisa cálida, aunque su curiosidad era evidente.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia el mostrador.
Izumi miró de reojo hacia la puerta por la que Kouji había desaparecido antes de responder.
—Vine a ver unos asuntos...—Mintió. Sí, mintió— Y estaba caminando cuando sin querer vi a Kouji pasar por aquí.— Declaró— Rápidamente me preocupé, ya que no esperaba verlo aquí en la clínica.
—Sí, el joven Minamoto acaba de pasar.
—Al parecer él no me vio...—Comentó Izumi— No esperaba verlo.—dijo con calma, aunque su corazón palpitaba con fuerza— Dime ¿le ocurrió algo?
—¿Algo?
La rubia asintió: —Sí, después de todo, si vino a la clínica es por algo ¿no? ¿Puedo saber… a qué vino? —preguntó, intentando sonar casual mientras cruzaba los brazos— ¿Le ocurrió algún accidente o algo así?
Inna pareció dudar por un instante antes de responder.
—¿E? No, no le ocurrió nada. Puedes estar tranquila.
—¿Enserio?— Preguntó Izumi—Eso me alivia.—Comentó— Pero ¿por qué está aquí entonces?
—Vino junto a Tomoko Kimura a hacerse su tratamiento mensual —dijo con naturalidad.
El nombre resonó en los oídos de Izumi como un trueno.
—¿Tratamiento mensual? —preguntó, su voz apenas un susurro—. ¿Quién es esa mujer?
Inna levantó la mirada, claramente sorprendida por la pregunta.
—¿Cómo que quién es? —dijo, inclinándose ligeramente hacia Izumi—. ¿Es una broma, verdad?
Izumi negó.
—¡Es su madre!
Izumi sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies.
—¿Su madre? —repitió, con incredulidad.
Inna frunció el ceño, notando el desconcierto en el rostro de Izumi, pero asintió: —Sí.—Respondió— Tomoko Kimura.
Izumi movió la cabeza.
No, esto no era posible.
—¿Está segura que es su madre?
—¡Pues claro!— Exclamó la secretaria— Acaso ¿no conoces a la madre de tu novio? Tomoko Kimura, la ex-gran empresaria que quedó en la quiebra hace años atrás.
No, esto no era posible.
La puerta lateral de la clínica se abrió con un suave chirrido, revelando a Kouji Minamoto llevando del brazo a una mujer delgada y de semblante cansado. Su cabello negro azabache caía sobre sus hombros, y sus ojos azules, idénticos a los de Kouji, delataban una mezcla de agotamiento y determinación. La mujer, Tomoko Kimura, caminaba con dificultad, cada paso reflejando el dolor que sentía.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Kouji, su tono firme y serio, aunque sus ojos denotaban preocupación.
Tomoko sonrió débilmente mientras se apoyaba más en el brazo de su hijo.
—Mejor —respondió, aunque su voz era suave, casi un susurro—. Es solo que… hay días en los que no me levanto bien, y hoy fue uno de esos días. Pero estoy segura de que este tratamiento terminará ayudándome a estar mejor.
Kouji asintió con una leve inclinación de cabeza, sin dejar de mirarla.
—Espero que así sea —dijo con calma, su tono impregnado de una preocupación contenida—. Sabes que no puedes forzar demasiado tu cuerpo.
Tomoko suspiró, su sonrisa ahora más cálida.
—Lo sé, hijo, pero a veces es difícil quedarse quieta cuando hay tantas cosas por hacer.
Kouji se detuvo un momento, ajustando el ritmo de sus pasos para asegurarse de que ella pudiera caminar con menos esfuerzo.
—Por eso estoy aquí —dijo, su mirada seria clavada en el camino frente a ellos—. Para que no tengas que hacerlo todo sola.
Tomoko lo miró de reojo, sus ojos llenándose de gratitud.
—Gracias por acompañarme hoy, Kouji —dijo, su voz cargada de emoción—. Sé cuánto tienes en tu plato, con el trabajo, tus responsabilidades… y aun así siempre haces tiempo para mí.
Kouji tensó ligeramente la mandíbula, como si no estuviera cómodo con el reconocimiento.
—Es lo que debe hacerse —respondió simplemente, manteniendo su tono neutral, aunque la firmeza de sus palabras dejó claro cuánto le importaba su madre.
Mientras se dirigían hacia la salida principal, Kouji ayudó a Tomoko a ajustar el abrigo que llevaba puesto. Ella intentó no demostrar cuánto le dolían los pasos que daba, pero era evidente que el tratamiento había sido agotador.
Detrás de ellos, en la sala de espera, un grupo de personas aguardaba su turno. La mayoría estaba absorta en sus propios asuntos, revisando teléfonos o conversando en voz baja. Sin embargo, una joven de cabello rubio y ojos verdes permanecía sentada con la espalda rígida, sujetando una revista frente a su rostro. Era Izumi.
Izumi había tomado asiento discretamente poco después de hablar con Inna, asegurándose de que no la vieran. Ahora, con el rostro parcialmente oculto, escuchaba cada palabra que Kouji y su madre intercambiaban.
"Es cierto…" pensó Izumi, sintiendo un nudo formarse en su estómago. "Ella es su madre."
La familiaridad en la interacción entre ellos, el tono protector de Kouji y la manera en que Tomoko se apoyaba en él no dejaban lugar a dudas. Esto no era un malentendido ni una confusión.
Tomoko se detuvo un momento antes de cruzar la puerta principal y miró a su hijo con ternura.
—A veces me pregunto cómo tuve la suerte de tener un hijo como tú —dijo, su voz temblando ligeramente.
Kouji negó con la cabeza, sin dejar que la emoción lo afectara demasiado.
—No es cuestión de suerte —respondió, abriendo la puerta para que ella pudiera pasar—. Es lo que debo hacer. Eres mi madre y mereces mi ayuda.
Izumi con la mano temblorosa intentando no llamar la atención sacó su smartphone y presionó el contacto de Kouji para llamarlo.
¡Bip, bip!
Sonó el móvil de Kouji, este rápidamente sacó su Iphone.
—¿Quién es?— Preguntó Tomoko.
—Nadie.— Respondió el Minamoto.
—¿Seguro?—Cuestionó la mujer— Si quieres puedes contestar, no hay problema, puede ser de tu trabajo.
—No, no es de mi trabajo.—Contestó Kouji— Es alguien, pero sin importancia.— Fue así como cortó la llamada y guardó su Iphone.
¿Sin importancia?
Izumi apretó su puño.
—¿Vamos?—El Minamoto le preguntó a su madre.
Tomoko asintió y salió del edificio con pasos lentos, aún apoyándose en Kouji. Izumi los vio atravesar la puerta y desaparecer por el pasillo exterior.
Respiró profundamente y dejó la revista sobre su regazo. Su mente estaba en un torbellino. Kouji le había mentido, le había ocultado algo tan importante como su madre, alguien que, evidentemente, enfrentaba problemas de salud serios.
Izumi permaneció sentada por un momento más, asimilando lo que acababa de presenciar. "¿Por qué no me lo dijo? ¿Qué más me ha ocultado?" pensó, sintiendo que la confianza que había depositado en él se tambaleaba.
La luz tenue del atardecer se filtraba a través de las ventanas del club, pintando el ambiente con tonos cálidos y suaves. En una mesa grande, rodeada de papeles y carpetas, Sora y Haruna se encontraban trabajando, revisando las últimas propuestas que se presentarían en la reunión crucial de esa noche. Las tensiones estaban a flor de piel, ya que la votación sería sobre quién ocuparía la presidencia del club. Sora, decidida y ambiciosa, había decidido postularse para el puesto, algo que no pasaba desapercibido, especialmente para su madre, Toshiko.
El murmullo de las conversaciones de los demás miembros del club se desvaneció cuando la puerta se abrió de golpe, dejando entrar a Toshiko. Con su porte imponente y mirada decidida, la madre de Sora entró sin previo aviso, claramente molesta. Su presencia en la sala se sintió al instante, como una tormenta a punto de estallar.
—Sora, tenemos que hablar —dijo Toshiko con voz firme, su mirada fija en su hija.
Sora levantó la cabeza lentamente, apenas sorprendida, aunque la tensión en su cuerpo era palpable. Haruna, que estaba sentada a su lado, intercambió una mirada preocupada con su amiga, pero no dijo nada. Sabía que las discusiones entre madre e hija solían ser intensas.
—¿Qué pasa, madre? —preguntó Sora, tratando de mantener la calma mientras tomaba una ficha con notas sobre las propuestas que había preparado para la reunión.
Toshiko se acercó, sus pasos resonando con firmeza mientras sus ojos no dejaban de escrutar a su hija. Se detuvo frente a ella y cruzó los brazos, una clara señal de que no se iba a mover hasta que se resolviera lo que le preocupaba.
—Esto tiene que parar —dijo Toshiko, su tono cargado de irritación—. No puedo creer que hayas decidido presentarte para la presidencia del club.
—¿Por qué no lo crees?— Preguntó la pelirroja— Tengo todo el derecho a hacerlo.
—A ti nunca te han gustado este tipo de cosas.—La castaña rodó los ojos— Lo haces para fastidiarme ¿verdad?
¿Fastidiarla? Pues...sí.
—Ya sabes perfectamente que ese puesto es mío. He trabajado por años para mantener este lugar en pie, y tú, con tu arrogancia, vienes a arrebatarme todo lo que he logrado. ¿Por qué no puedes dejarme tranquila?
Sora no retrocedió ni un paso, su mirada desafiante encontrándose con la de su madre. No iba a permitir que nadie le hablara como si no tuviera derecho a luchar por lo que quería.
—¿Qué pasa, madre? ¿Tienes miedo de que alguien más se haga cargo? —preguntó Sora con una sonrisa amarga, dejando claro que no estaba dispuesta a ceder fácilmente. Las palabras de su madre la habían tocado, pero no de la manera que esperaba. Si algo la motivaba más, era demostrar que podía conseguir lo que se proponía, incluso si eso significaba desafiar a su propia familia.
Toshiko respiró hondo, tratando de calmar su enojo, pero sus ojos seguían brillando con furia contenida.
—No se trata de miedo, Sora —respondió Toshiko, acercándose un paso más, manteniendo la distancia justa para que su autoridad fuera evidente—. Se trata de respeto y responsabilidad. Este club no es un juego para ti, no es solo un lugar donde puedes probarte a ti misma. ¿Sabes cuántas personas han confiado en mí durante todo este tiempo? ¿Sabes cuánto he sacrificado para mantener todo esto funcionando?
Sora se levantó de su asiento de golpe, empujando la silla hacia atrás. Haruna, que observaba en silencio, apretó las manos sobre la mesa, preparándose para intervenir si las cosas se ponían más tensas. Pero aún no era necesario.
—Lo sé, madre, lo sé —dijo Sora con un tono más calmado pero firme—. Pero también sé que no me has dejado ni un solo espacio para demostrar lo que soy capaz de hacer. Siempre has estado a la cabeza, siempre has tomado todas las decisiones. ¿Cuándo fue la última vez que me diste la oportunidad de liderar algo? Estoy cansada de ser solo tu sombra.
Toshiko se quedó quieta, una expresión de sorpresa y frustración cruzando su rostro por un instante. No esperaba que su hija respondiera así, con tanta claridad y determinación. Por un momento, el silencio se apoderó del ambiente, cargado de las palabras no dichas.
—No se trata de lo que tú quieras, Sora —respondió Toshiko finalmente, su tono más suave pero no menos firme—. Se trata de lo que este club necesita. Yo soy la presidenta, y lo seguiré siendo. No tienes idea de lo que implica todo esto. No sabes lo que significa tomar decisiones que afectan a tantas personas.
Sora apretó los dientes, intentando no perder la compostura ante las palabras de su madre. Haruna observaba con atención, sabiendo que ese enfrentamiento era inevitable, pero también reconociendo que la situación era más complicada de lo que parecía.
—Tal vez lo único que necesito es una oportunidad, madre —dijo Sora, sus ojos brillando con una determinación renovada—. Una oportunidad para demostrar que puedo ser una mejor presidenta que tú. ¿Por qué no dejas que me equivoque, si es necesario? ¿Por qué no me das la oportunidad de tomar las riendas y demostrarte que puedo hacerlo?
Toshiko la miró fijamente durante un largo momento, y aunque su rostro seguía siendo severo, por un instante pareció vacilar. Pero rápidamente, su expresión se endureció nuevamente, y su postura se hizo más rígida.
—Porque no te lo voy a permitir, Sora. Este es mi lugar.
La conversación, que había comenzado con una discusión sobre el futuro del club, se transformó en una lucha de poder, en la que madre e hija se enfrentaban no solo por el control del club, sino por su propia identidad y su lugar dentro de la familia. La tensión creció, y el tiempo parecía detenerse en esa sala, mientras ambos sabían que algo tendría que ceder. Pero, por ahora, ninguno estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.
Izumi se encontraba agazapada entre los arbustos, su corazón latía fuerte en su pecho, y su respiración se aceleraba. Desde la distancia, observaba cómo Kouji y "su madre" ingresaban a la casa humilde en la comuna. La escena era sencilla, casi tranquila, pero para Izumi, todo aquello era como una tormenta que le azotaba el alma. Kouji había mostrado una lealtad inquebrantable hacia ella, siempre cercano y protector, y ahora lo veía entrar en esa casa modesta, con esa mujer que no era su madre. No podía ser verdad, pero allí estaba, el testimonio en sus propios ojos.
Kouji, con su porte firme y su gesto sereno, había ayudado a esa mujer a entrar a la casa. La forma en que lo hacía, con tanta naturalidad, le daba un vuelco al estómago de Izumi. La puerta se cerró tras ellos con un suave chasquido, y el sonido resonó en sus oídos como un golpe. La confusión la envolvía, y la duda comenzaba a invadir cada rincón de su mente.
Izumi se quedó inmóvil, observando cómo la casa volvía a quedar en silencio. ¿Sería eso cierto? ¿Qué significaba todo esto? ¿Por qué no le había dicho nada? La pregunta se repetía una y otra vez en su mente, y a cada segundo, las piezas del rompecabezas se volvían más incompletas.
Con paso lento, casi como si cada movimiento requiriera un esfuerzo titánico, comenzó a avanzar hacia la casa. Su mente estaba nublada, y sus piernas temblaban bajo su peso. No sabía si realmente quería saber la verdad, pero no podía quedarse ahí, observando la escena sin hacer nada. De alguna manera, necesitaba comprender qué estaba pasando.
Cada paso parecía consumirle las fuerzas, como si la misma tierra bajo sus pies estuviera resistiéndose a que avanzara. La imagen de Kouji y esa mujer seguía quemando en su mente, y el sabor amargo de la duda se volvía más fuerte. Se mordió el labio inferior, buscando respuestas, pero no encontraba nada claro. ¿Sería verdad o no? Todo lo que conocía parecía desmoronarse a su alrededor.
Justo en ese momento, un sonido de pasos resonó detrás de ella. Izumi se detuvo en seco, el temor apoderándose de su pecho. Giró lentamente, sus ojos se encontraban en el vacío antes de centrarse en la figura que se acercaba.
—¿Izumi?—La voz de Takeru resonó, grave y preocupada, cortando el aire como una daga. Su tío apareció ante ella, su mirada fija en la joven, un tanto extrañado por la presencia de ella en ese lugar.
Izumi lo miró en silencio, su cuerpo tenso, como si una fuerza invisible la mantuviera quieta en el lugar. No pudo evitar que su mirada se deslizara hacia la puerta cerrada de la casa, donde Kouji y su madre habían desaparecido. La confusión aún la envolvía, y por un momento, deseó no haber descubierto lo que había visto.
—Tío… —La voz de Izumi salió más quebrada de lo que esperaba—¿qué haces aquí?
—Eso te iba a preguntar yo a ti.—Respondió el oji-azul.
La oji-verde simplemente observó a su tío con las manos temblorosas.
—Izumi ¿qué te sucede?—Preguntó Takeru— Estás pálida y temblorosa.
La rubia hizo una mueca: —Tú debes saber la verdad ¿no?
El oji-azul alzó una ceja— ¿Saber qué cosa?
—Tú conoces a Kouji, son amigos hace años ¡de seguro sabes!— Exclamó.
—¿Saber qué?
—Saber de la mujer que vive en esta casa.—Respondió Izumi señalando la casa.
¿Qué?
Takeru se sorprendió ante esto.
—¿Esa mujer?
—¡Sí, ella!— Exclamó Izumi.
El rubio no supo que responder.
—Es la madre de Kouji ¿verdad?— Preguntó la oji-verde.
¿Qué?
El rubio se quedó en silencio ante esto.
—Tomoko Kimura...—La Ishida pronunció ese nombre y el rubio sintió que la tierra bajo sus pies se abría. Izumi sacó su smartphone y buscó la foto que le sacó sigilosamente a Kouji y su madre—¡Dime!— Exclamó— ¿Ella es su madre?
Takeru se mordió el labio inferior. Al parecer...Su sobrina descubrió la verdad...Esto no era bueno.
—¡Tío!
Takeru cerró los ojos.
—Sí.—Respondió— Lo es.
La joven abrió sus ojos de par en par y sintió que perdía el equilibrio.
Izumi retrocedió un paso, alejándose de Takeru, mientras sentía que sus piernas temblaban bajo su peso. Su mundo acababa de volcarse, y cada palabra de su tío parecía una daga clavándose más profundo en su corazón.
—¡No te acerques! —le gritó, extendiendo una mano para detenerlo cuando intentó dar un paso hacia ella—. ¡No me toques!
Takeru alzó las manos, como queriendo calmarla, pero no dejó de mirarla con una mezcla de culpa y preocupación.
—Izumi...
—¡No te atrevas a decir mi nombre! —le interrumpió ella, su voz quebrándose por la rabia y la tristeza—. ¿Cuánto tiempo llevas sabiendo esto? ¿Cuánto tiempo has estado mintiéndome?
Takeru bajó la mirada, incapaz de sostener su furiosa mirada.
—No es tan simple como crees...
—¿¡No es simple!? —exclamó Izumi, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Soy su novia, tío! ¡He estado con él durante meses, creyendo que lo sabía todo sobre su vida, sobre su familia! ¡Y tú sabías la verdad todo este tiempo y decidiste callar!
Takeru suspiró profundamente, frotándose la frente con frustración.
—Izumi, no era mi lugar...
—¡Claro que era tu lugar! —lo interrumpió ella, dando un paso hacia él con el dedo índice apuntándole al pecho—. ¡Soy tu sobrina! ¿No crees que merezco saber la verdad, especialmente si afecta mi relación?
Takeru apretó los labios, como si las palabras que intentaba decir no quisieran salir.
—Kouji me pidió que no dijera nada.
El nombre de Kouji salió de los labios de Takeru como un puñetazo para Izumi.
—¡Por supuesto que lo hizo! —dijo ella con un tono cargado de sarcasmo y dolor—. ¡Porque todo en su vida es un secreto, ¿no?! ¡Todo es un misterio que yo, su novia, no merezco conocer!
Takeru intentó calmarla, pero Izumi no se lo permitió.
—¡No intentes justificarlo! —le gritó—. Esto no es solo sobre él, es sobre ti, Tío Takeru. ¡Se supone que confío en ti, que eres de los pocos que no me ocultan cosas!
El rubio alzó la mirada y sus ojos reflejaban el peso de la culpa que sentía.
—Izumi, no quería que te lastimaras —dijo finalmente, con un tono más bajo—. Pensé que si no lo sabías, podrías ser feliz con Kouji sin preocuparte por esto.
Izumi dejó escapar una amarga carcajada, con las lágrimas ahora cayendo libremente por su rostro.
—¿Ser feliz? —repitió con ironía—. ¿Cómo se supone que sea feliz cuando mi novio no confía en mí lo suficiente como para contarme algo tan importante? ¿Cómo se supone que sea feliz sabiendo que mi propio tío me ha estado mintiendo?
El silencio llenó la habitación como una losa pesada. Takeru bajó la mirada, incapaz de responder.
Izumi, con el corazón roto, se cruzó de brazos y le lanzó una última mirada cargada de decepción.
—No sé si podré perdonarte por esto, tío.
Takeru levantó la vista con una expresión de súplica.
—Izumi...
Pero ella negó con la cabeza y dio un paso atrás, rápidamente se alejó del lugar, subió a su auto y antes que Takeru pudiera decir o hacer algo el auto partió.
¡Rayos!
Pensó el oji-azul.
+Estoy organizando escenas, entonces si hay alguna inconclusa o con un error, por favor, ignórenlo. Pero tengo muchas escenas y me ha costado ordenar todo.
+Decidí no colocar muchas escenas de Hikari triste cuando llega a su casa y Takuya la ve triste, porque siento que han sido mucho, preferí darle un momento de relajación.
BethANDCourt: ¡Hola! Sí, entiendo tu dolor, fue uno de los capítulos más angustiantes. Sabía que este minuto llegaría. Era mi idea que pensaran que Yamato no hacia nada, pero la verdad es que sí, ha hecho mucho. Desde que Kouji le reveló los negocios sucios de Hiroaki, Yamato no se ha dejado vencer, no pudo proteger a Mimi porque no le creyó pero ahora cambió. JAJAJAJA Me maté de la risa con de "ya no eres una zorra" jajajaja De a poco irán conociendo más de Kouji, hay algo interesante de él que se viene pronto, así que ¡atentos! La incomodidad entre Ryo y Rika era inevitable, lamentablemente, después de todo su historia quedó inconclusa ¡Tranqui! pronto regresará el amor entre ellos. Hikari y Takeru me dolerán toda la vida, pero es parte de la historia, pronto todo mejorará. Y tanto Takeru como Hikari serán felices. Entiendo que quieras desaparecer a esos dos, pero ¡todo a su tiempo! Sora continuará investigando, porque es hora de que otro enemigo de Mimi caiga. ¡Buena teoría la del triángulo amoroso! No daré spoiler jajaja hay algo que no esperan jajaja vas casi en camino correcto. No sabemos si Damar es hija de Mimi y Yamato, pero tienes razón al decir que, sería interesante ver a dos hermanas pelear por el amor de un chico. Bueno, cada quien tiene su teoría, debo admitir que me inspiré en Mimi para crear a Damar, pero eso no significa que sea su hija, así como puede que sí. ¡Ya veremos! Espero que estés disfrutando cada detalle de la historia. Agradezco mucho que te tomes el tiempo de leerla y compartir tus pensamientos. Me encantaría que sigas siendo parte de este viaje conmigo. Te envío un abrazo gigante.
miyakoinoe25: ¡Uh! Buena pregunta. Lamentablemente en Japón para la mayoría de edad hasta hace un tiempo eran 20 años. Los 18 no le ayudarán mucho a Rika. ¡Sí! Es muy triste lo que le sucedió a Takeru e Hikari, cuarta pareja básicamente que se separa, la primera pareja fue Sora y Taichi, luego Yamato y Mimi, a continuación de Ryo y Rika, ahora ellos. Entiendo que estés perdida con el tema de Yamato, pero poco a poco lo irán entendiendo mejor, espero que haya gustado este capítulo. Ojalá sigas leyendo y comentando. Te mando un abrazo.
Queridos lectores:
Alguien me escribió que, hubo un problema con el capítulo 40 (anterior) de esta historia, antes de ayer por hacerles correcciones a un capítulo de La sultana del Imperio reemplacé el equivocado en la historia equivocada jajaja Pero acabé de regresar el capítulo 40 a su posición normal. El capítulo correspondiente a Revenge.
Agradezco su comprensión.
Atte: Turtle Step, su escritora distraída favorita ToT jajaja
