Na: Este capítulo es bastante diferente a lo otro que he escrito, espero que sea aceptable.
REVENGE
~Capítulo 50~
Final Primera Temporada
~Diecinueve años atrás~
La lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas del auto, formando gruesas gotas que se deslizaban rápidamente por el cristal, distorsionando las luces de los autos que pasaban a su lado. El sonido del agua impactando contra la carrocería se mezclaba con el suave murmullo del motor y el ritmo constante del limpiaparabrisas, que luchaba por mantener la visibilidad en medio del aguacero.
Taichi mantenía ambas manos firmes en el volante, su mirada fija en la carretera mientras las luces intermitentes de otros vehículos parpadeaban en la noche oscura. En el asiento trasero, Isamu iba bien sujeto en su silla de seguridad, envuelto en una manta ligera. Sus ojitos curiosos miraban las gotas de agua deslizándose por la ventana, mientras chupaba su pequeño puño con tranquilidad.
El sonido del teléfono vibrando en el tablero lo sacó por un momento de su concentración. Con una mano, activó el sistema de manos libres del auto y la voz de Sora llenó el espacio.
—Taichi… —La preocupación en su tono era evidente.
—Aquí estoy, amor —respondió él, tratando de sonar tranquilo para calmarla.
—¿Cómo está Isamu? ¿Va bien?
Taichi echó un vistazo por el retrovisor, asegurándose de que su hijo estuviera cómodo.
—Está bien. Tranquilo. Creo que está disfrutando la lluvia más que yo —respondió con una leve sonrisa, tratando de aliviar la tensión que sabía que su esposa sentía.
Sora suspiró del otro lado de la línea.
—Siento mucho no haber podido ir con ustedes… me siento tan mal. Debería estar ahí.
—Sora, no digas eso —contestó Taichi con suavidad—. Sé lo importante que es tu examen. No podías faltar.
—Pero…
—No hay peros —la interrumpió con ternura—. Sé que te preocupas por él, pero yo estaba libre de mi trabajo y puedo llevarlo. En cambio tú, tienes tu examen importante en la Universidad y entiendo que hayas tenido que ir.
—Sí, pero...
—Pero nada. Isamu tiene un padre.—Declaró— Y con gusto me hago cargo de esto.
Hubo un breve silencio en la línea, seguido de un suspiro resignado.
—Bueno, te agradezco, en verdad por entender.—Habló—Te amo, Taichi…
—Y yo a ti, Sora. Todo estará bien.
El sonido de la lluvia se intensificó de repente, golpeando con más fuerza el techo del auto. Sora lo notó al instante.
—Taichi, por favor, ten cuidado. La lluvia está muy fuerte.
Él sonrió, conmovido por su preocupación.
—Lo sé, amor. Estoy conduciendo con precaución. No te preocupes.
—Es que… no quiero que vayas tan rápido. La carretera se ve resbalosa y hay poca visibilidad…
—Estoy bien, Sora. No voy rápido. Lo último que quiero es poner en peligro a nuestro hijo.
Sora suspiró nuevamente, pero esta vez con un poco más de calma.
—Está bien… Solo… dime que pronto llegarás.
Taichi revisó el reloj del tablero.
—En veinte minutos estaremos en el hospital.
—Bien… entonces te espero. Por favor, llámame cuando llegues.
—Lo haré. No te preocupes, todo estará bien.
Sora se quedó en silencio por un momento, como si quisiera asegurarse de que su esposo hablaba en serio. Finalmente, su voz sonó más tranquila.
—Nos vemos pronto.
—Nos vemos, amor. Dale un beso a mi querido hijo en mi nombre.
—Lo haré.
La llamada se cortó y Taichi suspiró, echando otro vistazo a Isamu por el retrovisor.
—Tu mamá se preocupa mucho por nosotros, ¿eh? —murmuró con cariño.
El bebé lo miró con sus grandes ojos curiosos antes de volver a su puño, chupándolo con concentración.
Taichi sonrió y volvió a concentrarse en la carretera, sin saber que el destino estaba a punto de ponerlos a prueba.
La lluvia seguía cayendo con intensidad, golpeando sin piedad el parabrisas. Las luces de los postes en la carretera se difuminaban entre la cortina de agua, y el sonido monótono del limpiaparabrisas parecía marcar el ritmo de la noche. Taichi mantenía el volante con firmeza, con la mirada alternando entre la carretera y el retrovisor, asegurándose de que Isamu siguiera tranquilo en su asiento.
—Ya casi llegamos, campeón —murmuró con una leve sonrisa, aunque su atención nunca abandonó la carretera.
El sonido de la lluvia y el motor era lo único que rompía el silencio en el interior del vehículo… hasta que de repente, un ruido fuerte e inesperado retumbó en el costado derecho del auto.
¡BANG!
Taichi sintió un tirón violento en el volante. Su instinto reaccionó al instante, aferrándose con fuerza para mantener el control.
—¡Mierda! —exclamó, sintiendo cómo el auto se tambaleaba bruscamente hacia un lado.
El sonido del neumático desinflándose y raspando contra el asfalto era ensordecedor. La parte trasera del vehículo se deslizó de manera peligrosa, haciendo que el corazón de Taichi se acelerara con fuerza.
Pisó el freno con cuidado, pero la lluvia había convertido la carretera en un espejo resbaladizo. El auto patinó.
—¡No, no, no! —gruñó entre dientes, intentando corregir la dirección.
Pero el volante estaba rígido, como si el auto tuviera vida propia y se negara a obedecerle. Sintió cómo las llantas traseras perdían completamente la tracción y, en cuestión de segundos, el vehículo giró de manera incontrolable.
El mundo a su alrededor se convirtió en un torbellino de luces y sombras. Taichi sintió cómo su cuerpo era empujado hacia un lado por la fuerza del giro. Un golpe seco sacudió el auto cuando chocó contra algo.
—¡Isamu! —gritó con desesperación, intentando girarse hacia el asiento trasero.
El llanto del bebé se alzó en el interior del vehículo, desgarrador y desesperado. Pero antes de que Taichi pudiera hacer algo, el auto impactó contra una barrera de contención en el borde de la carretera.
El golpe fue brutal.
El parabrisas estalló en mil pedazos. Un dolor punzante recorrió el cuerpo de Taichi cuando su cabeza golpeó violentamente contra el volante. Su visión se nubló por un momento, y el sabor metálico de la sangre llenó su boca.
El auto se inclinó peligrosamente hacia un lado, deslizándose unos metros antes de detenerse con un último impacto sordo.
El sonido de la lluvia seguía, como si nada hubiera pasado. Como si el destino no acabara de hacer su jugada.
Taichi sintió su cuerpo pesado, el dolor pulsando en cada fibra de su ser. Pero lo único que importaba en ese momento era el llanto de Isamu.
Respiró hondo, ignorando el ardor en su pecho y el mareo que nublaba su mente.
—Isamu… —murmuró con voz quebrada, forzando sus ojos a enfocarse en el asiento trasero.
Su hijo seguía llorando, su pequeño cuerpo sacudido por el miedo, pero estaba allí. Vivo.
Taichi exhaló con dificultad, un alivio amargo recorriéndolo.
Pero aún no estaba a salvo. Ni él ni su hijo. El cuerpo de Taichi se sentía pesado, cada movimiento le costaba el doble de esfuerzo. Su visión iba y venía en destellos borrosos, pero la desesperación por su hijo era más fuerte que el dolor lacerante en su cuerpo.
Con un quejido ahogado, intentó moverse. Sus brazos se sentían como plomo, sus piernas como si estuvieran ancladas al asiento. Pero debía llegar a Isamu.
Se obligó a girarse, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho herido. El llanto del bebé seguía retumbando en el interior del auto, atravesándole el alma.
—Isamu… papá está aquí… —balbuceó, tratando de alargar la mano hacia la parte trasera.
Un pitido sordo zumbaba en sus oídos, mezclado con el sonido de la lluvia y el rugido de un motor acercándose.
Las luces de otro vehículo se reflejaron en los restos del parabrisas destrozado. Una camioneta negra se estacionó a pocos metros del auto accidentado.
Taichi sintió un extraño escalofrío recorrer su espalda.
La puerta de la camioneta se abrió con un golpe seco. Una figura masculina descendió con pasos firmes, acercándose a él.
—¡Ayuda! —logró decir Taichi con voz débil, levantando una mano temblorosa.
El hombre se detuvo justo frente a la puerta del conductor, observándolo en silencio. Era alto, de complexión robusta y con el rostro oculto por la sombra de la noche.
Taichi sintió que algo no estaba bien.
—Mi hijo… necesita ayuda… —logró murmurar.
El extraño se inclinó un poco, como si fuera a responder algo. Pero en lugar de eso, su puño se cerró con fuerza y, sin previo aviso, lanzó un golpe directo al rostro de Taichi.
El impacto fue brutal.
El dolor explotó en su cabeza como una descarga eléctrica. Un sabor metálico llenó su boca mientras su cuerpo se desplomaba contra el asiento. La oscuridad se extendió rápidamente en su visión.
Lo último que escuchó antes de perder la consciencia fue el llanto incesante de su hijo y el sonido de la puerta del auto abriéndose.
El aire era denso. Frío. Cargado de humedad y desesperación. Taichi abrió los ojos con dificultad, su cabeza latía con un dolor punzante y la boca le sabía a sangre. Se estremeció al notar la dureza del suelo bajo su cuerpo. Intentó moverse, pero no pudo.
Sus brazos estaban completamente atados detrás de su espalda, sus muñecas quemaban por la presión de las cuerdas gruesas. También tenía los tobillos asegurados, dejándolo completamente inmóvil.
Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando su mente recordó lo último que había visto: el hombre de la camioneta, el arma, los sujetos rodeándolo… y su hijo.
—¡Isamu! —exclamó, su voz ronca y desesperada.
Un susurro burlón rompió el silencio.
—Vaya, por fin despiertas.
Taichi alzó la mirada con el corazón en la garganta.
El hombre de la camioneta estaba allí, sosteniendo a Isamu en sus brazos.
El bebé, ajeno a la situación, se removió inquieto y balbuceó suavemente. Sus pequeñas manos jugaron con la tela de la chaqueta del hombre. Taichi sintió que su sangre se congelaba.
—Déjalo… —su voz salió apenas un murmullo, ahogada por el miedo y la rabia. Intentó moverse, pero las ataduras se clavaron en su piel.
El hombre le dirigió una sonrisa despreocupada, como si no hubiera nada anormal en la escena.
—Tranquilo —dijo, balanceando ligeramente a Isamu en sus brazos—. No planeo hacerle nada… por ahora.
El tono casual, la forma en que el tipo sostenía a su hijo con tanta calma, como si fuera suyo… todo eso encendió una furia ciega en Taichi.
—¡Bastardo! ¡Déjalo en el suelo, ahora mismo!
El hombre rió. Una risa seca, fría, carente de emoción.
—Eres un tipo terco, ¿verdad? —murmuró, mientras caminaba con pasos lentos alrededor de él—. Eso me dijeron. "Taichi es un idiota testarudo", dijeron. Supongo que tenían razón.
¿"Me dijeron"?
Taichi sintió un nudo en el estómago. Esto no era un secuestro al azar. Alguien lo quería muerto. Alguien había ordenado esto.
Apretó los dientes y trató de calmar su respiración.
—¿Quién…? —murmuró, con la voz tensa—. ¿Quién te envió?
El hombre sonrió de lado.
—¿De verdad no lo sabes?
Taichi sintió un escalofrío recorrer su espalda.
El sonido de las gotas de agua filtrándose por las grietas del techo resonaba en la habitación como un lento y cruel recordatorio de su impotencia. Taichi respiraba con dificultad, el pecho subía y bajaba de forma errática mientras sus ojos no se apartaban del pequeño cuerpo de su hijo, aún en brazos de aquel hombre.
Isamu lloraba. Un llanto desgarrador, tembloroso, confundido. Un llanto que taladraba el alma de Taichi como un hierro al rojo vivo.
El hombre sonreía.
—Vaya, qué escándalo —murmuró mientras mecía al bebé en sus brazos con falsa ternura—. Parece que no le gusta estar lejos de su querido papá.
Taichi luchó contra sus ataduras, sintiendo cómo la piel de sus muñecas se desgarraba con la fricción. No importaba el dolor. No importaba nada.
—Déjalo… por favor —su voz se quebró. No era una súplica, era una orden desesperada.
El hombre ladeó la cabeza, fingiendo pensarlo.
—Mmm… no.
Taichi sintió una oleada de furia recorrer su cuerpo. Si tan solo pudiera moverse. Si tan solo pudiera arrancarle a Isamu de las manos…
El hombre suspiró y sacó algo de su bolsillo.
Un cuchillo.
El reflejo del acero iluminó la mirada aterrada de Taichi.
No.
—¿Sabes? —el hombre giró el cuchillo entre sus dedos con facilidad—. Me dijeron que hiciera esto rápido, pero… no veo por qué no divertirnos un poco antes.
El filo del arma rozó la mejilla del bebé.
Isamu gritó, su cuerpecito se retorció con desesperación.
—¡NO! —Taichi sintió que su pecho iba a estallar—. ¡Aléjalo de él!
El hombre rió.
—¿Por qué? —Sus ojos fríos lo miraron con diversión—. ¿No quieres ver si se parece a ti cuando llora de miedo?
Taichi sintió que iba a vomitar. Su hijo seguía llorando, su pequeño rostro enrojecido por el terror.
El hombre bajó la hoja hasta el cuello del bebé, arrastrándola con lentitud, apenas tocando la piel.
—Shhh… tranquilo, pequeñín —murmuró en tono burlón—. No queremos que papá se ponga más nervioso, ¿verdad?
Isamu sollozó aún más fuerte, su cuerpecito sacudido por el miedo.
Taichi forcejeó con todas sus fuerzas.
—¡Te juro que si le haces algo, te mataré!
El hombre soltó una carcajada.
—¿Matarme? —El cuchillo descendió hasta el bracito del niño, acariciando la piel con una calma perversa—. Qué palabras tan grandes para un hombre que no puede ni moverse.
Taichi sintió las lágrimas arder en sus ojos. No podía hacer nada. Nada.
Y ese hombre estaba disfrutándolo.
El cuchillo siguió su recorrido, rozando los pequeños dedos de Isamu, que trataba de apartarse instintivamente.
—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto? —preguntó el hombre sin apartar la mirada de su "juego".
Taichi apenas podía respirar.
—Que su propia madre pidió esto.
El castaño sintió que el suelo se abría bajo él.
—Sora me pidió que hiciera esto.
—Mientes…
—¿Mientes? —repitió el hombre con una risa sin vida—. ¿De verdad crees que miento?
El cuchillo continuó deslizándose por la piel suave del bebé, y Taichi vio cómo un hilo de sangre comenzaba a aparecer. El horror recorrió su cuerpo como una corriente eléctrica. ¡No! ¡Esto no podía estar pasando!
—Sora no… nunca lo haría. —La voz de Taichi era un susurro roto, lleno de incredulidad, de desesperación. ¿Cómo podía ser esto posible? Sora, la mujer que amaba, la madre de su hijo… ¿cómo podía haber sido ella?
El hombre observó el desconcierto en su rostro, disfrutando cada segundo. Bajó el cuchillo hasta los pequeños deditos de Isamu, haciendo que el bebé gritara aún más, su llanto desgarrando el alma de Taichi.
—Es divertido ver cómo te resistes a aceptarlo —dijo el hombre con tono indiferente, como si estuviera explicando una simple verdad—. Sora nunca quiso esta vida. Tú la ataste, la arrastraste a tu mundo, y ahora, aquí estamos.
—¡No! —Taichi intentó moverse de nuevo, sus ojos llenos de desesperación—. ¡No es cierto! ¡Eso no es lo que ella quería!
El hombre negó con la cabeza, aún manteniendo el cuchillo cerca de Isamu.
—Lo siento, amigo, pero las pruebas están ahí. Y la firma… bien, ya sabes. Si no puedes ver la verdad, es tu problema.
Taichi intentó respirar, intentar procesar lo imposible. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía Sora estar involucrada en esto? El pensamiento lo estaba destruyendo. Su corazón latía con fuerza, su mente estaba llena de imágenes contradictorias, de recuerdos dulces con Sora, de promesas de amor, de un futuro juntos. Todo eso se estaba desmoronando, y ahora no quedaba nada.
—No… no te creo. —La voz de Taichi era apenas un susurro. Sus ojos, llenos de lágrimas, no podían apartarse de su hijo, que seguía llorando, pidiendo a su padre en su angustia.
El hombre dio un paso atrás, dejando de juguetear con el cuchillo por un momento.
—Está bien, no tienes que creerme. Te lo demostraré. —Puso una mano en el bolsillo y sacó una foto. La extendió frente a Taichi, quien no pudo evitar mirar, aunque su corazón latía de angustia.
Era una foto de Sora. En ella, sostenía un papel, claramente firmado.
—Es solo una formalidad, ¿verdad? —dijo el hombre con frialdad—. Un pequeño trámite. Pero, claro, tú no verías nunca esto. No querías ver la verdad. Es más fácil vivir en tu burbuja de engaños, ¿no es así?
Taichi se quedó sin aliento. La firma de Sora en el papel era indiscutible, y aunque su mente seguía rechazándolo, algo dentro de él sabía que no podía negar lo que estaba viendo.
—No… esto no es real… —susurró, sin poder creer lo que tenía frente a él.
El hombre hizo un gesto de desdén y dio otro paso hacia él.
—Es real, Taichi. Y sabes lo peor de todo… —dijo, en un tono casi amable—. Este fue el último favor que ella te hizo. Porque cuando te matemos, ¿quién quedará para cuidar de tu pequeño? Ella no quiere eso. No lo quería.
Taichi se sintió desmoronarse. La angustia lo ahogaba, y la rabia se transformó en una desesperada necesidad de hacer algo, cualquier cosa, para salvar a su hijo. Pero su cuerpo seguía inmovilizado. No podía moverse. No podía hacer nada.
El hombre suspiró con una falsa simpatía y bajó la foto.
—No es tan malo, ¿verdad? —dijo, como si fuera una simple conversación—. Solo tendrás que dejar ir a la pequeña familia que pensaste que tenías. Es más fácil aceptar la verdad cuando ya no hay nada que te lo impida.
Isamu siguió llorando. Taichi sintió un nudo en el estómago. No podía dejarlo así.
—No… no lo hagas. —Las palabras salieron con dificultad, pero Taichi ya no tenía miedo. Lo que sentía era puro dolor, una mezcla de ira y amor paternal. Él salvaría a su hijo.
El hombre frunció el ceño al ver la determinación en los ojos de Taichi.
—Vaya, parece que aún no entiendes lo que está pasando. —Dijo, y sin dar más explicaciones, dio un paso atrás. Dejó de mover el cuchillo. Sin embargo, Taichi podía ver la amenaza implícita en sus ojos.
El miedo que sentía era profundo, pero lo que más lo desesperaba ahora era la impotencia. ¿Qué podía hacer?
Isamu ya no lloraba tan fuerte, sus sollozos eran apenas susurros, temerosos, mientras su pequeño cuerpo continuaba en brazos del hombre. Taichi no sabía si su hijo entendía lo que ocurría, pero no le importaba. Solo quería que todo terminara.
—Te lo dije, Taichi. —El hombre suspiró y miró al bebé—. Por su propio bien, espero que puedas despedirte de tu hijo.
El hombre sonrió con una satisfacción inquietante y, con una mano firme, dejó de sostener a Isamu. El bebé quedó suspendido por un momento, en un leve equilibrio, antes de caer suavemente en una tina que parecía más una cárcel fría de metal. Isamu emitió un pequeño quejido, confundido, y miró a su alrededor sin comprender completamente lo que ocurría.
Taichi sintió un sudor frío recorrer su espalda. La visión de su hijo en esa tina lo hizo sentir como si el aire le fuera arrancado del pecho. Un nudo de terror se formó en su garganta, y una oleada de desesperación lo invadió con fuerza. Algo no estaba bien. Algo peor se acercaba.
El hombre no dejó de sonreír, con esa misma mueca que ya le parecía insoportable. Sin apartar la vista del bebé, caminó lentamente hacia una de las tuberías y abrió la llave del agua. El sonido del agua fluyendo llenó la habitación, y el eco del metal al contacto con el agua fría parecía romper el silencio de una manera cruel. El líquido cayó de la llave con rapidez, llenando la tina con una fuerza creciente.
Taichi sintió como su corazón latía más rápido, como si cada latido fuera un golpe que lo empujaba más cerca del abismo. El agua alcanzó los pequeños pies de Isamu, que se removió en la tina, confundido y vulnerable. El hombre, disfrutando del caos que había comenzado a crear, observó con deleite cómo el agua comenzaba a subir lentamente, mientras Taichi luchaba por respirar, por mantener la calma.
—¿Sabes qué es lo más interesante? —dijo el hombre con voz tranquila, casi como si estuviera disfrutando de una conversación mundana—. Que lo que va a suceder a continuación es irreversible. Ya no hay vuelta atrás.
Las palabras de él se sentían como dagas, como si le arrancara la esperanza de las entrañas.
Taichi intentó moverse, a pesar de las cuerdas que lo mantenían inmovilizado, pero su cuerpo no respondía. El pánico se estaba apoderando de él. Cada segundo que pasaba parecía una eternidad. Cada centímetro de agua que subía más y más alrededor de su hijo parecía acercarlo a la muerte.
El bebé, incapaz de entender, comenzó a llorar con más fuerza, su pequeño cuerpo tenso en la tina, moviéndose inquieto, sintiendo el frío agua rodearlo, desesperado por encontrar consuelo en su padre.
—¡No, por favor, no! —gritó Taichi, sus ojos desbordados por las lágrimas, su voz rasgada por la impotencia—. ¡Te lo ruego, detente! ¡No le hagas esto!
Pero el hombre no mostraba ni una pizca de compasión. De hecho, parecía más emocionado por lo que estaba a punto de suceder. Su sonrisa era la de alguien que sabía que estaba a punto de ganar, de aplastar por completo cualquier atisbo de esperanza.
El agua ahora cubría la pequeña parte del cuerpo de Isamu que había quedado en la tina. El bebé continuaba llorando, sus manos pequeñas luchando por sostenerse, buscando a su padre. El miedo en sus ojos reflejaba más que una simple angustia infantil, parecía el reflejo de la angustia de Taichi misma.
La respiración de Taichi se entrecortó, mientras la visión de su hijo completamente vulnerable le arrebataba cualquier resto de razón.
—¡Isamu! —gritó, su voz rota—. ¡Papá está aquí! ¡Papá te va a sacar de ahí!
Pero sus palabras solo caían en el vacío, sin poder alcanzar al niño. El hombre seguía observando, sin prisa, mientras la situación continuaba escalando. Cada segundo parecía una tortura para Taichi. La angustia lo estaba matando lentamente.
—Creo que ya te has dado cuenta —dijo el hombre, disfrutando de la agonía visible en los ojos de Taichi—. No puedes hacer nada. Y mientras lo intentas, tu hijo sigue allí, en esa tina.
El agua subía más rápido ahora. La visión de Isamu luchando por mantenerse a flote era más que Taichi podía soportar. Cada grito del bebé perforaba su corazón, y aún así, no podía hacer nada.
El hombre soltó una pequeña risa y, como si fuera un acto simple, cerró la llave del agua. Pero la imagen de su hijo, empapado, aterrorizado, rodeado por el agua fría y hostil, era algo que Taichi no podía olvidar. Ya no era solo un secuestro. Era un juego macabro. Un juego con su familia, con su vida.
El dolor, el miedo, la desesperación y la rabia lo consumían. Pero en su interior, una pequeña chispa de determinación comenzó a encenderse. No podía dejarlo así. No lo permitiría.
El hombre tomó al niño—¿Sabes? En vez de morir ahogado, creo que lo mejor será que lo veas morir...—Habló— De hipotermia.
El hombre dejó a Isamu en el suelo, la fría y húmeda habitación lo absorbió en un instante. El niño, tembloroso y exhausto, no comprendía lo que sucedía, su pequeño cuerpo aún empapado en agua. Su llanto comenzó a desvanecerse en pequeños susurros entrecortados, pero sus ojos seguían buscando a su padre.
Taichi estaba al borde de la locura. Su respiración estaba agitada, y aunque el hombre había dejado de abrir las llaves del agua, la imagen de su hijo en ese estado lo perseguiría por siempre. El hombre, con su fría indiferencia, caminó hacia la ventana sin prisa, disfrutando de cada paso como si fuera parte de un juego.
—Ya has tenido tu dosis de sufrimiento —dijo el hombre mientras abría la ventana con un suave crujido—. La verdadera diversión está en lo que viene después.
El viento frío que entró por la ventana parecía llenar la habitación de un aire aún más gélido. El hombre se detuvo al borde de la ventana, miró hacia afuera con una sonrisa sardónica y luego se giró hacia Taichi, dejándolo con una última mirada de desdén.
—Te he dejado una pequeña sorpresa. Espero que puedas soportarla. —Su voz era tranquila, casi relajada, como si estuviera compartiendo una charla trivial.
Y con una última mirada hacia el niño en el suelo, el hombre dejó escapar una risa. Una risa que resonó en el espacio, llena de maldad y crueldad.
—Nos vemos, Taichi. —Y salió sin más, dejando la ventana abierta, permitiendo que el viento helado entrara con fuerza.
El sonido de su risa se desvaneció mientras se alejaba, dejándolos a él y a su hijo completamente solos en la oscuridad creciente de la habitación. El aire se había vuelto pesado, y el silencio era tan absoluto que Taichi podía escuchar su propio latido resonando en su pecho.
El frío comenzaba a penetrar sus huesos. Isamu seguía en el suelo, tiritando, completamente vulnerable, mientras Taichi luchaba por soltar sus ataduras. La desesperación lo invadía, pero una furia renovada también crecía dentro de él.
No podía permitir que esto terminara así. No podía dejar que su hijo sufriera más.
La oscuridad llenaba la habitación como un manto denso y pesado, imposible de atravesar. El frío cortante parecía desgarrar la piel, penetrando cada rincón de la estancia. Taichi estaba inmovilizado, las cuerdas que lo ataban a la pared apretaban cruelmente alrededor de sus muñecas, sus muñecas cubiertas de sangre, el sudor frío resbalando por su rostro. Pero lo peor era el sonido del llanto de Isamu.
Ese llanto desgarrador. Tan puro. Tan desesperado.
El pequeño, con su cuerpo tan frágil, temblaba incontrolablemente. Sus manitas se alzaban en un intento desesperado por encontrar algo, por aferrarse a algo, a alguien, pero no había nadie allí para calmarlo. Taichi, completamente atado, solo podía escuchar el dolor en la voz de su hijo. Cada sollozo atravesaba su pecho, cada quejido era como una punzada directa al corazón.
"Isamu…" susurró, su voz quebrada por la angustia. Pero no podía hacer nada. Las cuerdas le impedían moverse, sus músculos agotados por la tensión, su cuerpo completamente a merced de sus captores. ¿Cómo había llegado a este punto? El sonido de las amenazas del hombre con el arma resonaba en su mente, las imágenes de la traición aún frescas en su cabeza. Pero ahora no podía pensar en eso. Ahora solo importaba una cosa: su hijo.
La imagen de Isamu, tan vulnerable, acurrucado en el suelo y temblando, hizo que el furor comenzara a arder en el interior de Taichi. ¡No podía permitir que su hijo sufriera más! ¡No podía! La desesperación lo consumía, pero fue esa desesperación la que le dio fuerza. Tenía que hacer algo. Tenía que ser más fuerte. Si no era él, ¿quién más protegería a Isamu? ¿Quién más lo salvaría?
Los nudos de las cuerdas apretaban aún más, su piel sangrando bajo la fricción, pero la rabia lo mantenía en pie. Cada segundo que pasaba, la desesperación se transformaba en un fuego ardiente en su pecho, alimentado por la necesidad de llegar hasta su hijo.
"¡No puedo… no puedo fallarte, Isamu!" murmuró para sí mismo, apretando los dientes, sus manos goteando sangre mientras intentaba liberar sus muñecas. El dolor era insoportable, pero no podía detenerse. No podía rendirse.
¡No podía fallar!
Con un gruñido de esfuerzo, Taichi apretó los dientes, forzando su muñeca derecha hacia adelante, mientras las cuerdas se retorcían cruelmente alrededor de su piel. El dolor se amplificó, como si cada fibra de su ser estuviera siendo desgarrada, pero eso solo lo empujó más allá de sus límites. No podía quedar allí, indefenso. Los nudos estaban demasiado apretados, las cuerdas demasiado fuertes. La piel de sus muñecas comenzó a deshacerse, la sangre empapando las fibras de las cuerdas, pero eso no lo detuvo.
—¡Vamos! —gruñó entre dientes, sus músculos temblando, cada tirón una agonía, pero también una promesa. La promesa de que no se rendiría.
El llanto de Isamu se intensificó, un sonido tan puro y doloroso que rasgaba el alma. Taichi gritó, el dolor de sus muñecas y el angustioso llanto de su hijo se mezclaban, empujándolo a lo que sentía era su límite. Pero no iba a parar. No podía.
Con un último esfuerzo, una fuerza que provenía de lo más profundo de su ser, Taichi dio un tirón brutal. Un chasquido seco recorrió su mano, seguido de un dolor punzante y desgarrador. Sintió algo moverse dentro de su palma, un crujido espantoso que lo hizo contener el aliento. Era su hueso. Su pulgar se torció de forma antinatural, como si la presión de la cuerda hubiera hecho que cediera de manera incorrecta.
Un jadeo entrecortado escapó de sus labios. El dolor era insoportable, como si un cuchillo caliente le atravesara la mano. Su visión se nubló por un segundo y su cuerpo tembló por el esfuerzo, pero la cuerda seguía firme, incrustada en su carne ensangrentada. No se había soltado.
Sus dedos entumecidos apenas respondían, el pulgar latía con un dolor punzante que le cortaba la respiración. Pero no podía detenerse. Con los dientes apretados y el sudor perlándole la frente, alzó la vista hacia Isamu.
Su hijo seguía llorando.
Y él todavía estaba atrapado.
Respiró con dificultad, pero no había tiempo para descansar. El dolor seguía palpitando en su muñeca, la piel rota, pero el instinto de proteger a su hijo lo mantenía de pie. Con rapidez, liberó las cuerdas de sus tobillos, cada movimiento era agonizante, pero su mente estaba en otro lugar. Su hijo.
Isamu necesitaba que llegara allí, necesitaba que lo tomara en sus brazos. No podía esperar más.
Con el cuerpo temblando y los ojos llenos de desesperación, Taichi se arrastró hacia su hijo, que seguía llorando desconsolado, su pequeño cuerpo visible solo por la tenue luz que entraba a través de la rendija en la pared. Cuando sus ojos se encontraron, algo cambió en el rostro de Isamu. El niño dejó de llorar por un breve instante, como si hubiera reconocido la presencia de su padre. A pesar de los temblores que aún recorrían su cuerpo, parecía encontrar algo de consuelo en el contacto visual.
—Shh, papá está aquí, Isamu…—susurró Taichi, con voz quebrada, el alivio y la emoción casi ahogándolo.
Lo levantó con delicadeza, abrazándolo con desesperación, como si su vida dependiera de ese acto. Isamu, aún tembloroso, dejó escapar un pequeño sollozo, pero sus llantos disminuyeron al sentir el calor de su padre. Taichi lo apretó contra su pecho, dejándose llevar por la sensación de tenerlo en sus brazos, a salvo. No había nada que lo separara de su hijo. Nada.
Taichi observó el lugar, cerca había una sábana, rápidamente la tomó, quitó la ropa de su hijo y lo cubrió en esa sábana, luego pasó su mano sobre su hijo intentando hacer que entrase en calor.
—Lo siento… lo siento mucho, Isamu,— murmuró Taichi, las lágrimas cayendo por su rostro. El dolor de sus muñecas ya no le importaba. Estaba con su hijo. Nada más importaba.
Prometió, en su corazón, que no dejaría que nada les sucediera. No importaba lo que tuviera que hacer. Saldrían de allí, juntos.
La tenue luz de una lámpara colgante iluminaba de manera escasa el lugar donde el hombre se encontraba. Su mirada, fría y vacía, se mantenía fija en el teléfono móvil en su mano mientras escuchaba la voz al otro lado de la línea.
La voz que le contestaba, aunque distante, tenía un tono lleno de satisfacción. Toshiko. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había hablado con ella, pero su risa cruel seguía resonando en su mente, como un eco que no se desvanecía.
—¿Entonces qué? —preguntó la mujer, su voz impregnada de una calma inquietante—. ¿Está hecho?
El hombre sonrió de lado, disfrutando de la memoria reciente del dolor que había infligido a Taichi. Su mente aún estaba llena de la imagen del hombre atado, sangrando, desbordado por el sufrimiento. Había sido un trabajo meticuloso, un placer oscuro que había disfrutado más de lo que pensaba.
—No, aún no está muerto. —Su voz era baja, calculadora—. Lo he seguido, como me pediste. La tortura fue… eficaz. Lo dejé sentir cada golpe, cada herida. Hizo lo que me dijiste. Sufrió.
Hubo un silencio del otro lado de la línea, y luego la risa de Toshiko se filtró por el teléfono, retumbando como un eco maligno en los oídos del hombre.
—¡Ay, qué bien! —rió Toshiko, con una alegría tan morbosa que le dio un escalofrío al hombre—. Ya me lo imaginaba. Me pregunto si aún tiene fuerzas para gritar. Me gustaría haber estado allí para escuchar.
El hombre respiró con pesadez, un sentimiento de incomodidad comenzó a formarse en su pecho. Aunque la mujer le daba órdenes claras, no dejaba de notarle un deje de crueldad innecesaria en sus palabras. Pero no podía cuestionar sus instrucciones. Él era un hombre de negocios. Un hombre de acción. No importaba lo que ella quisiera, su trabajo era cumplir.
—¿Estás siguiendo mis órdenes? —preguntó Toshiko nuevamente, su tono impaciente, como si estuviera esperando escuchar algo específico.
El hombre negó con la cabeza, aunque sabía que ella no podía verlo.
—Sí, al pie de la letra, lo he torturado y la tortura seguirá… Pero aún no lo he matado.
Toshiko hizo una pausa. Un silencio pesado se instaló entre ellos, y cuando habló de nuevo, su voz era aún más fría, como si estuviera hablando de un asunto trivial, casi sin importancia.
—No me sorprende. Sé que eres un hombre que sabe cómo hacer las cosas lentamente. —La risa volvió a llenar el aire. Pero esta vez, la risa de Toshiko tenía un tinte de frialdad aún más perturbador—. Quiero que sufra, mucho más, antes de morir. No quiero que sea rápido. Quiero que se retuerza por cada minuto que pase.
El hombre se detuvo un momento, sintiendo una incomodidad creciente ante la petición, pero no se atrevió a cuestionarla. No podía hacerlo.
—Lo haré, señora. Seguiré su orden… el sufrimiento será prolongado. —dijo, su tono calmado, profesional, mientras una punzada de arrepentimiento y disgusto comenzaba a acumularse en su interior.
De repente, la voz de Toshiko sonó más suave, casi melancólica, como si estuviera sumida en sus propios pensamientos oscuros.
—Eso está bien… pero, ¿sabes qué? —Su tono cambió nuevamente, volviéndose más sutil, peligroso. La tensión en el aire se volvió palpable—. Quiero que te encargues de una cosa más.
El hombre se quedó en silencio, esperando sus palabras con cautela.
—Lo que me molesta, lo que realmente me inquieta, es el niño.
La mención de Isamu hizo que el corazón del hombre se acelerara. Sabía que, aunque no había sido parte del plan original, lo de Isamu había sido inevitable. Era parte de la familia de Taichi. Parte del plan.
—¿Qué quieres que haga con él? —preguntó, con un tono tenso, pero aún profesional.
Toshiko respiró profundamente, una sonrisa satisfactoria en su voz.
—Quiero que tú no lo toques. —La mujer hizo una pausa, y luego soltó una risa ligera, como si la respuesta fuera algo tan simple, tan fácil de entender—. Yo misma quiero encargarme de él.
El hombre frunció el ceño, aún consciente de que no podía hacer preguntas, pero la situación lo desconcertaba.
—¿En serio? —preguntó, en voz baja.
Toshiko soltó una risa burlona. Era como si sus palabras estuvieran impregnadas con una cruel ironía.
—Sí, querido, yo misma. El niño es mío. Es parte de mi justicia. Necesito que sufra también. No tiene nada que ver con Taichi, pero no puedo dejar que crezca, no ahora. Quiero que aprenda lo que le pasa a los hijos de los hombres que se cruzan en mi camino.
El hombre se quedó en silencio. Algo dentro de él se revolvió, pero no podía permitir que sus pensamientos interfirieran con sus órdenes.
—Entendido —dijo, con firmeza, aunque sus palabras se sintieron vacías al salir de su boca.
Toshiko, satisfecha con su respuesta, sonrió nuevamente. Y con una última reflexión fría, agregó:
—Haz todo como te he dicho.
El sonido de las botas del hombre resonaba de forma firme en el suelo de concreto, su respiración pesada y calculada mientras se acercaba al cuarto donde había dejado a Taichi e Isamu. Sabía que el hombre estaba allí, sabía que no había ido a ningún lado. Se detuvo un momento en la puerta, asegurándose de que el espacio estuviera en silencio, como si esperara alguna señal.
Pero no hubo respuesta. El silencio era absoluto, solo roto por el sonido de su propio pulso acelerado y el leve crujir de la madera bajo sus pies. El hombre empujó la puerta con una mano, entrando con cuidado, los ojos alertas, buscando al prisionero que sabía que estaba atrapado.
La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la luz tenue que se filtraba a través de las grietas en las ventanas. El frío calaba en los huesos, pero eso no parecía importarle al hombre. Sabía que Taichi estaba allí, en algún lugar, aún atado y vulnerable. El bebé no representaba una amenaza, pero Taichi…
Avanzó con lentitud, su cuerpo completamente relajado, confiado de que el hombre estaba bajo su control. No esperó ningún tipo de resistencia. Pero al dar unos pasos más hacia el centro de la habitación, algo cambió. Fue solo una fracción de segundo, un movimiento rápido, tan inesperado que su cerebro no alcanzó a procesarlo.
Taichi estaba ahí, en la esquina opuesta, oculto detrás de la puerta. El hombre no había visto la figura del prisionero, cubierto parcialmente por la sombra, pero cuando la puerta se cerró por completo, Taichi actuó.
Con un grito silente que emergió de su garganta, Taichi dio un salto con una agilidad inesperada, sus piernas tensas y rápidas como un resorte. El hombre apenas tuvo tiempo de girarse, pero ya era demasiado tarde. Taichi, impulsado por el miedo, la desesperación y el amor por su hijo, golpeó con una fuerza que no se esperaba. Su puño se estrelló contra la nuca del hombre, el impacto fue seco, violento, y la cabeza del atacante se dobló hacia adelante con un crujido sordo.
El hombre titubeó, sus ojos se abrieron con sorpresa y una mezcla de confusión, pero ya estaba demasiado tarde. Taichi había aprovechado ese momento con precisión. El golpe lo dejó atónito, y en cuestión de segundos, su cuerpo comenzó a tambalear. Un par de pasos vacilantes, y el hombre cayó al suelo con un estrépito, totalmente inconsciente.
Un suspiro pesado escapó de los labios de Taichi, quien respiraba de manera irregular, su corazón golpeando en su pecho con fuerza. El impacto de lo sucedido, la adrenalina corriendo por su cuerpo, lo dejó temblando, pero había logrado lo imposible. Había derribado al hombre que pensaba que lo tenía todo bajo control.
Con el hombre caído en el suelo, Taichi se acercó a él con pasos vacilantes. Miró al hombre de arriba abajo, asegurándose de que realmente estuviera inconsciente. La satisfacción le llenó el pecho, aunque no podía permitirse sentirla por mucho tiempo. Tenía que moverse rápido, y lo sabía.
Rápidamente se agachó, utilizando lo que quedaba de su fuerza para revisar las ataduras. Estaba ansioso, pensando en su hijo, en Isamu, en lo que podría pasar si no se apuraba. Sus manos temblorosas se apresuraron a cortar las cuerdas que lo mantenían inmovilizado. No podía perder ni un segundo más.
La sombra del hombre caído sobre el suelo parecía alejarse lentamente, mientras Taichi liberaba sus muñecas, respirando hondo, recuperando la movilidad. Había logrado lo que parecía imposible, pero ahora venía la parte más difícil: escapar y proteger a su hijo.
El hombre despertó con una sensación de presión en su pecho y un dolor sordo palpitando en su nuca. Parpadeó varias veces, su visión nublada, su mente todavía enredada en la inconsciencia. Un gruñido gutural escapó de su garganta cuando intentó moverse… y descubrió que no podía.
Sus brazos estaban completamente inmovilizados, sujetos con fuerza detrás de su espalda. Sus piernas, igualmente atrapadas, apenas respondían a sus órdenes. Algo áspero, tenso y firme le rodeaba las extremidades, apretándole la piel con cada intento de movimiento.
Un escalofrío de rabia recorrió su cuerpo cuando comprendió la situación.
Estaba atado.
La presión en su espalda y el frío del material bajo él le indicaron que estaba sobre una superficie dura y estrecha. Movió la cabeza ligeramente y sintió el borde metálico de una bañera contra su cuello. La incomodidad era evidente, su cuerpo recostado sobre la fría porcelana, completamente vulnerable.
Su mandíbula se tensó.
—Veo que ya despertaste —la voz de Taichi rompió el silencio de la habitación.
El hombre alzó la vista, su mirada oscura chocando contra la de Taichi, quien estaba de pie justo frente a él. El antiguo prisionero no mostraba ninguna expresión de alivio o miedo, solo una calma tensa, como una cuerda al borde de romperse.
Taichi se veía agotado, su ropa rasgada y manchada, un rastro de sangre seca en su frente, pero sus ojos ardían con una intensidad inquebrantable.
El hombre entrecerró los ojos, con la mandíbula apretada.
—¿Qué crees que estás haciendo? —su voz era ronca, profunda, pero el nudo en su garganta delataba su rabia contenida.
Taichi no respondió de inmediato. En su lugar, se cruzó de brazos, inclinando ligeramente la cabeza mientras observaba al hombre atrapado.
—Dime tu nombre —dijo finalmente, su voz baja, controlada, pero firme.
El hombre soltó una carcajada seca.
—¿Mi nombre? —repitió con burla—. ¿Crees que saberlo cambiará algo?
Taichi no reaccionó. Su rostro permaneció imperturbable, sus ojos fijos en él como un depredador estudiando a su presa.
El hombre forcejeó contra las ataduras, sintiendo la cuerda morder su piel. No podía moverse, ni siquiera lo suficiente como para sentarse mejor en la bañera.
—No lograrás salir de aquí con vida —escupió el hombre, la burla en su voz opacada por el evidente enojo—. ¿Crees que puedes dar vuelta las cosas solo porque me atrapaste? No tienes idea de con quién te metiste.
Taichi dejó escapar un suspiro lento, como si sopesara sus palabras.
—Y tú no tienes idea de lo que soy capaz de hacer cuando alguien amenaza la vida de mi hijo —susurró.
El hombre simplemente rodó los ojos.
Taichi se acercó, sus pasos resonando en el suelo frío mientras observaba al hombre. A pesar de la furia que lo consumía, su voz era grave y firme cuando habló.
—Tú… —dijo con los dientes apretados—. Tienes una última oportunidad. Si no hablas, voy a abrir esta llave y dejarte morir aquí, lentamente.
El hombre simplemente giró su cabeza hacia él. Su mirada era fría, calculadora, como si estuviera observando a un insecto insignificante. No había temor en sus ojos.
—¿De verdad crees que eso me asusta? —respondió con desdén—. Tienes mucho miedo, Taichi. Miedo a lo que podrías llegar a hacer, a lo que tu consciencia no podría soportar.
Taichi apretó los puños, cada palabra del hombre era una bofetada a su rabia. No estaba dispuesto a ceder ante él. No podía. Pero el hombre no parecía ni siquiera inmutarse ante su amenaza. A su alrededor, Taichi sabía que había más de sus hombres, aguardando, esperando una señal para intervenir si algo salía mal.
—No me importa lo que pienses —gruñó Taichi, caminando hacia la pared donde una válvula de agua se encontraba. La cerró con un movimiento preciso y firme, y el sonido del agua comenzó a llenarlo todo, resonando por toda la habitación.
El hombre ni siquiera parpadeó.
—Haz lo que quieras. Pero sabes que esto no cambiará nada. Y si de verdad te atreves a abrir esa llave, serás tú el que cargue con la muerte de un hombre. Eres un cobarde, Taichi. Y no tengo miedo.
Taichi lo miró fijamente, sus ojos fulgurantes de ira y desesperación. Pero el hombre parecía completamente seguro de sí mismo, como si supiera que Taichi no tendría el valor de matarlo.
—¡Dime quién lo mandó! —exigió Taichi, su voz cargada de furia. No podía soportar más la incertidumbre, el dolor que lo estaba carcomiendo por dentro.
El hombre sonrió con malicia. Taichi podía ver la arrogancia en sus ojos, la seguridad de que nada podría quebrarlo.
—¿Quién lo mandó? —repitió, con tono burlón—. Fue Sora. La misma Sora que creías que amabas.
Taichi se quedó mudo por un instante, los latidos de su corazón retumbando en su pecho. No podía ser. No podía creer lo que acababa de escuchar. Pero, al mismo tiempo, algo en su interior le decía que no podía dudarlo. Todo estaba encajando, las piezas del rompecabezas finalmente se alineaban.
—¡No! —gritó, su voz rota por la incredulidad—. ¡Dime quién fue! ¡No mientas!
El hombre no le prestó más atención, su risa seca y despectiva llenó el espacio. La imagen del hombre colgado ahí, tan tranquilo, tan seguro de sí mismo, hizo que la furia de Taichi creciera aún más. La impotencia lo estaba consumiendo.
—¡Te lo dije! —respondió el hombre, su tono de voz más bajo, casi como un susurro—. Fue Sora. Y si no lo entiendes, es tu problema.
Sin pensarlo dos veces, Taichi giró la llave, abriendo el flujo de agua. Un chorro de agua fría comenzó a caer sobre la bañera, llenando la pequeña habitación con el sonido del líquido cayendo con fuerza. El hombre frunció el ceño, pero no dijo nada más.
Taichi observó cómo el agua caía con fuerza, empapando al hombre, quien seguía mirando al frente con indiferencia.
—Eres un maldito —dijo Taichi entre dientes, mientras el agua seguía cayendo, cada segundo más desesperante.
—Tú eres el que no entiende —respondió el hombre, su risa burlona resonando de nuevo en la habitación—. Sé lo que estás pensando. Pero sé también que no podrás lidiar con el peso de la muerte. No podrás cargar con la culpa de matar a alguien. Eres un cobarde.
El agua estaba cada vez más alta, y Taichi sentía cómo el miedo se apoderaba de él. No, no era un cobarde. No podía permitir que la situación lo superara. Sus ojos brillaban con determinación mientras apretaba los dientes.
—Cállate —gruñó, tratando de ignorar las palabras del hombre—. No te voy a dejar ganar. No importa lo que me digas.
El hombre seguía riendo, y Taichi, sintiendo que su paciencia se agotaba, miró al hombre una última vez. Sus ojos vacíos le decían que si no hacía algo, si no tomaba el control, todo sería inútil. Taichi no iba a permitir que su mente cediera a sus manipulaciones.
La batalla estaba lejos de terminar, y Taichi sabía que el peso de sus decisiones, lo que hiciera a continuación, podría definir todo lo que había construido. Pero no se dejaría vencer. No, no ante alguien como él.
El aire en la habitación se volvía más denso con cada palabra que salía de la boca del hombre, que seguía suspendido en la bañera. El sonido del agua cayendo implacablemente sobre él solo aumentaba la presión, como una bomba de tiempo lista para estallar. Taichi lo miraba, impotente, su mente era un torbellino de pensamientos, pero sus manos temblaban, y su alma gritaba por liberarse de este círculo de tortura.
El hombre sonrió, disfrutando claramente de cada segundo de su sufrimiento. La mirada arrogante de aquel ser humano que parecía estar disfrutando del control que tenía sobre él. Taichi sintió cómo su paciencia, su voluntad, todo comenzaba a desmoronarse. Sabía lo que tenía que hacer, pero la psicología del hombre, sus palabras, seguían retumbando en su mente.
—Eres un cobarde, Taichi. —El hombre dijo con calma, mirando la expresión de frustración en el rostro de Taichi—. Un hombre débil. Crees que eres capaz de cambiar las cosas, pero te consume el miedo. ¿Te atreverás a hacer lo que es necesario? No lo harás, te conozco. Lo sabes. Eres un cobarde.
Taichi apretó los dientes. Cada palabra era como un golpe directo a su alma, una gota más en su vaso de ira. El hombre estaba jugando con su mente, desnudando sus inseguridades, sacando lo peor de él. Pero Taichi no podía permitírselo.
—No me hagas esto —susurró Taichi, su voz tensa, como si cada palabra le costara—. No lo hagas.
El hombre se rió con fuerza, disfrutando del tormento que veía en los ojos de Taichi. El agua seguía cayendo, más y más, como una amenaza que nunca cesaba.
—¿Te crees el héroe de esta historia? —dijo el hombre, sus ojos brillando con malicia—. No eres más que un peón en un juego mucho más grande. No importa lo que hagas. Ya has perdido. Sabías que Sora te traicionaría, ¿verdad? Te lo dije, no tenías ni idea. Ella te mandó a matar. Y ¿sabes qué? Pronto será Mimi la siguiente, porque cuando Sora se case con Yamato, todo esto quedará resuelto. Yo estaré a su lado. ¿Te imaginas? La mujer que creías amar, la misma que planea casarse con tu mejor amigo. Qué irónico, ¿no?
Las palabras le atravesaron el corazón, su respiración se detuvo por un segundo, como si el tiempo mismo hubiera dejado de existir. Taichi sintió la rabia y la desesperación invadiéndolo. No podía soportar escuchar más. No podía permitir que su mente se apoderara de él de esa forma.
—¡Cállate! —gritó Taichi, sus manos temblorosas pero decididas. La furia que sentía lo empujaba a la desesperación. Todo lo que había hecho, todo lo que había creído, todo lo que había dado por supuesto… todo se estaba desmoronando ante él.
El hombre se rió de nuevo, su risa cruel como un eco que resonaba en cada rincón de la habitación.
—¿De verdad piensas que puedes cambiar algo ahora? Ya es demasiado tarde, Taichi. Lo has perdido todo.
Taichi cerró los ojos, tratando de calmarse, de pensar con claridad. En su interior, algo se rompió, y cuando sus ojos se abrieron nuevamente, la determinación brilló en su mirada. Era como si la rabia que sentía lo hubiera transformado en algo completamente distinto. No tenía miedo. El miedo era lo que el hombre quería, lo que quería que él sintiera, pero Taichi no iba a dejar que eso lo dominara.
Sus ojos se fijaron en la pistola que el hombre aún sostenía en una de sus manos. Estaba justo frente a él, al alcance de su mano. El hombre, confiado en que Taichi no se atrevería a actuar, continuaba con su juego psicológico.
Taichi dio un paso hacia el hombre, su cuerpo tenso, y con una rapidez que sorprendió incluso a él mismo, se abalanzó sobre la pistola. Tomó el arma con firmeza, sin titubear, y apuntó al hombre, quien frunció el ceño en un gesto de sorpresa.
—No eres nada —dijo Taichi, su voz ahora firme, sin la duda que lo había caracterizado hasta ese momento. No había miedo, solo una necesidad profunda de poner fin a este juego—. Y tú tampoco lo serás más.
El hombre abrió la boca, pero nunca llegó a decir nada más. Taichi apretó el gatillo.
El sonido del disparo resonó en la habitación como un trueno, cortando el aire denso. El hombre cayó en silencio, su cuerpo quedando inerte en la bañera, mientras el agua seguía corriendo, inmutable ante lo sucedido.
Taichi se quedó allí, mirando el cuerpo sin vida, la pistola aún en su mano. Su respiración era rápida y agitada, pero la calma comenzaba a instalarse en su pecho. Por fin había tomado el control. No se arrepentiría de lo que había hecho. No había retroceso. Había cruzado la línea, y no había marcha atrás.
Lo había hecho por su hijo, por la verdad, por su propia supervivencia. Y, aunque el peso de sus acciones lo aplastaba, Taichi sabía que ya no era el hombre débil que había sido antes. Había tomado una decisión, y esa decisión lo había liberado.
Toshiko llegó al lugar con rapidez, el rostro impasible pero la mente llena de preguntas. El aire fresco de la madrugada apenas le llegaba a la cara mientras conducía, el estrés del día haciendo que su respiración fuera cada vez más agitada. Tenía que ver por sí misma qué había pasado. No confiaba completamente en los informes, y necesitaba estar allí para entender la magnitud de lo que había ocurrido. Su rostro permaneció impasible mientras avanzaba hacia el edificio que previamente había sido una zona segura, donde el hombre con Taichi e Isamu, según la última información, habían estado retenidos.
Pero cuando giró la esquina y vio la escena, su estómago se tensó. Unas columnas de humo negro se alzaban hacia el cielo, arrastrando consigo la esencia de la destrucción. El fuego devoraba rápidamente el lugar, iluminando la noche con un brillo infernal. El calor llegaba hasta ella, aunque estaba a una considerable distancia del edificio. La situación era mucho peor de lo que había anticipado. La estructura estaba en ruinas, completamente envuelta en llamas, y todo a su alrededor parecía haber sido arrasado.
Aceleró el paso, llegando rápidamente a la entrada del lugar, donde vio a un hombre con una expresión solemne, el señor Sang, uno de los pocos hombres de confianza que quedaban a su disposición. Él no parecía sorprendido, pero sus ojos reflejaban el cansancio y la gravedad de la situación.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó Toshiko con una calma tensa en su voz.
El señor Sang no dijo nada de inmediato. Solo la miró con la cara inexpresiva que tan bien conocía. Después, tragó saliva y se inclinó levemente, mostrando respeto antes de hablar.
— El señor Ishikawa y sus aliados… están muertos —dijo con la misma seriedad.
Toshiko se quedó paralizada, los ojos fijos en el fuego que seguía consumiendo el edificio. Sus manos se apretaron contra sus costados, como si intentaran mantener el control sobre sí misma.
— ¿Muertos todos? —su voz se elevó, incrédula—. ¡Eso es imposible!
El señor Sang se encogió levemente de hombros, su tono indiferente, como si hubiera aceptado lo que acababa de ocurrir. No había lugar para sorpresas ni para explicaciones vacías. Lo que había pasado estaba más allá de lo que incluso él podría haber previsto.
— Una bomba de gas explotó —dijo finalmente, la frialdad en sus palabras subrayando la gravedad del asunto.
Toshiko apretó los dientes, la incredulidad no desaparecía. Una bomba de gas... El caos era demasiado grande. El hecho de que todo el edificio se hubiera ido al suelo en cuestión de minutos era prueba suficiente de lo devastador de la explosión. Pero aún no entendía cómo ni por qué.
— ¿Cómo? —preguntó, incapaz de contener la desesperación. Tenía que saber. Necesitaba entender cómo había ocurrido algo tan desastroso.
El señor Sang la miró con una expresión vacía. Sabía lo que estaba sucediendo, pero la magnitud del desastre era tal que no le quedaba mucho que agregar.
— No sé exactamente —respondió de forma breve—. Nadie lo sabe, ma'am. Fue un golpe inesperado, rápido.
Toshiko comenzó a caminar hacia las ruinas, observando las llamas que comenzaban a devorar las últimas estructuras del lugar. Su corazón palpitaba fuerte, pero aún no se sentía preparada para aceptar lo que implicaba esto. El plan había estado casi en su punto culminante. La muerte de Ishikawa y sus aliados representaba un golpe mortal. Pero lo que más le preocupaba en ese momento era otra cosa.
— ¿Hay supervivientes? —preguntó, mirando al señor Sang con una expresión tensa, como si las palabras pudieran cambiar la magnitud de la tragedia.
El hombre se quedó en silencio por un momento, como si la respuesta fuera tan obvia que ni siquiera mereciera ser dicha. Luego, su mirada se desvió hacia el fuego.
— ¿Es broma, verdad? —respondió finalmente, su tono cargado de sarcasmo y cansancio—. ¿Acaso no ves la magnitud del incendio? No hay nadie. Todos están muertos, todos.
El fuego era el único sobreviviente en ese lugar, y el viento que lo empujaba era la única respuesta a sus preguntas. No había huellas de nadie, solo cenizas y destrucción.
Toshiko se detuvo por un momento, el aire alrededor parecía volverse denso. No quería aceptar la realidad, no quería que fuera cierto. Pero las evidencias eran irrefutables. Ishikawa, el hombre que había estado en sus planes, ahora era solo un nombre en la lista de víctimas de una explosión que había arrasado todo lo que tocaba. Un golpe mortal, pero no en sus manos, sino en las de otro.
—Esto no puede ser —murmuró Toshiko para sí misma.
La noche era densa y pesada. El cielo oscuro parecía engullir la ciudad, cubriéndola con un manto de sombras. Taichi caminaba con paso firme, pero su cuerpo aún estaba tenso. Había logrado salir con vida, pero estaba lejos de estar a salvo. Crear ese incendio fue una buena distracción. Pero necesitaba un plan, y para ello, debía recurrir a un viejo contacto… uno que jamás pensó que acudiría o volvería a ver.
Después de caminar por entre medio de bosques y cruzar varias calles silenciosas, intentando no llamar la atención llegó a una zona más apartada de la ciudad, donde las luces de los postes parpadeaban de forma intermitente, como si la electricidad misma temiera permanecer en ese lugar. Sabía que estaba en territorio peligroso, pero no tenía opción.
Frente a él, un edificio abandonado, con muros desgastados por la humedad y el tiempo, se alzaba imponente. Era la entrada a uno de los múltiples escondites de la mafia de Gennai Yamanaka, el hombre que controlaba el narcotráfico en Japón. Su organización no solo manejaba drogas, sino que estaba metida en tráfico de armas, apuestas ilegales y asesinatos por encargo. Pocos se atrevían a cruzarse en su camino, y aquellos que lo hacían rara vez vivían para contarlo.
Taichi se acercó a la puerta de metal oxidado. No tardó en notar la presencia de dos hombres que lo observaban desde la oscuridad. Uno de ellos salió de las sombras y se plantó frente a él con una mirada severa.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó con voz grave.
Taichi no titubeó.
— Necesito hablar con Gennai Yamanaka.
El hombre entrecerró los ojos, evaluándolo con desconfianza.
— ¿Quién lo busca?
Taichi deslizó la mano en su bolsillo y sacó un pequeño anillo. Lo sostuvo entre los dedos por un momento antes de tendérselo al guardia. Bajo la escasa luz, el anillo brilló tenuemente, revelando un antiguo emblema tallado en su superficie.
— Dile que lo busca un antiguo conocido.
El guardia miró el anillo con una expresión imperturbable. Lo tomó con cuidado, lo observó por unos segundos y luego, sin decir una palabra más, desapareció tras la puerta, dejándola cerrada tras de sí.
El silencio en la habitación era abrumador. Taichi mantenía la compostura, pero sentía la tensión en el aire. En sus brazos, Isamu dormía con el rostro plácido, ajeno al peligro que los rodeaba. Cada segundo que pasaba era una prueba de paciencia, una lucha entre el control y la desesperación. Finalmente, el hombre que sostenía el anillo de Taichi levantó la vista y esbozó una sonrisa siniestra.
—Gennai Yamanaka aceptó verte.
Taichi exhaló lentamente y permitió que una pequeña sonrisa se dibujara en sus labios. No había sido fácil llegar hasta aquí, pero al menos estaba consiguiendo lo que quería.
—¿Dónde lo veo? —preguntó con aparente tranquilidad, ajustando el peso de Isamu en sus brazos.
El hombre inclinó levemente la cabeza, como si disfrutara de la pregunta.
—Es simple.
Taichi frunció el ceño. Algo en la forma en que lo dijo no le gustó.
—¿Simple? —repitió, dudoso.
De repente, sintió una presencia tras él. Un escalofrío recorrió su espalda, pero antes de que pudiera reaccionar, unos brazos fuertes lo sujetaron con violencia. Sintió una presión aplastante en los hombros y la espalda, como si múltiples manos lo estuvieran conteniendo.
—¡Tch! —intentó zafarse, pero la fuerza de los hombres era abrumadora.
El pánico se disparó en su pecho al recordar que tenía a Isamu en sus brazos.
—¡No! ¡Suéltenme! ¡Tengo a mi hijo!
Pero sus palabras fueron ignoradas. Un pañuelo se deslizó sobre su nariz y boca. Un aroma fuerte y químico invadió sus sentidos, quemando su garganta y nublando su mente.
Taichi forcejeó con todas sus fuerzas, tratando de sostener firmemente a Isamu mientras su cuerpo se debilitaba. Sus movimientos se volvieron torpes y pesados.
Los sonidos de la habitación se distorsionaron, volviéndose ecos lejanos y apagados. Sus párpados pesaron, y su visión se volvió borrosa.
—¡Maldición…! —intentó gruñir, pero su voz se apagó junto con su conciencia.
Lo último que sintió fue el calor de Isamu en su pecho y la oscura silueta del hombre sonriendo antes de que todo se volviera negro.
La habitación era un reflejo del poder y el exceso. Luces cálidas iluminaban las paredes tapizadas de terciopelo oscuro, donde colgaban obras de arte robadas y fotografías de figuras prominentes que le debían favores. En el centro, sobre una imponente mesa de caoba, había fajos de billetes desparramados, algunos aún en paquetes con sellos bancarios. La bruma del cigarro flotaba en el aire pesado, mezclándose con el aroma a whisky caro.
Gennai Yamanaka, el hombre más temido en el submundo del narcotráfico en Japón, se reclinaba en su sillón de cuero, con un vaso de whisky en una mano y una pila de billetes en la otra. Sus dedos gruesos estaban adornados con anillos de oro y piedras preciosas, símbolos de su estatus. Jugaba distraídamente con los billetes, deslizándolos entre sus dedos, disfrutando la textura del papel impreso con el poder que representaba.
De repente, la gran puerta de la habitación se abrió de golpe, dejando entrar a un grupo de hombres. Dos de ellos llevaban a rastras a un hombre encapuchado, su cuerpo doblado por la fuerza con la que lo sujetaban. Otro cargaba en brazos a un bebé dormido, envuelto en mantas.
—Jefe —dijo uno de los hombres, inclinando la cabeza con respeto—. Aquí tiene a su visitante.
Gennai levantó la vista con desgano, dando un sorbo a su whisky antes de posar su mirada en la figura encapuchada. Entrecerró los ojos y dejó el vaso sobre la mesa con un leve "clink".
—Déjenme verlo —ordenó con voz grave.
Uno de los hombres asintió y, con un solo tirón, le arrancó la capucha al prisionero.
Taichi apareció ante la luz, su rostro golpeado y cansado, con rastros de sangre seca en la sien y un corte en el labio. Sus ojos castaños, sin embargo, estaban llenos de rabia y determinación. Su mirada pasó rápidamente de Gennai al bebé en brazos del secuaz.
Gennai alzó una ceja sin entender. Dirigió su mirada hacia el castaño y esbozó una sonrisa torcida.
—Vaya, vaya… —dijo, dejando los billetes a un lado y apoyando sus codos en la mesa—. Pero si es Taichi Yagami.
Taichi apretó los puños mientras los hombres lo mantenían firmemente sujeto. Gennai lo miró con diversión, analizando su estado.
—No esperaba verte así… derrotado, amarrado como un perro. Qué decepción.
Los hombres que sostenían a Taichi rieron, pero él no apartó la vista de Gennai. Su respiración era pesada, pero su voluntad seguía intacta.
—Tienes agallas para venir hasta aquí —continuó Gennai, moviendo los dedos, haciendo que la luz brillara sobre sus costosos anillos—. Aunque no sé si llamarlo valentía o estupidez.
Taichi no respondió.
—Dime ¿por qué vienes hasta aquí con ese bebé?— Preguntó el oji-azul.
—Es mi hijo.
—¿Tu hijo?
Taichi asintió.
—Necesito ayuda.
Gennai entrecerró los ojos, inclinándose ligeramente hacia adelante mientras observaba a Taichi con renovado interés.
—Déjame ver si entiendo… —murmuró, girando el vaso de whisky entre sus dedos—. Apareces aquí, con tu hijo en brazos, después de que todo el mundo cree que estás muerto. Interesante.
Levantó una ceja y chasqueó la lengua antes de añadir:
—¿No vi acaso en las noticias que sufriste un accidente? Un terrible accidente, decían.
Taichi dejó escapar una risa amarga.
—Eso es una mentira —dijo con frialdad—. No fue un accidente, me mandaron a matar.
El silencio cayó sobre la habitación, aunque fue roto casi de inmediato por la carcajada burlona de Gennai.
—¡Ja! No me digas… —comentó, recostándose en su sillón con una sonrisa torcida—. ¿Y quién, exactamente, te quiere muerto?
Taichi pasó la lengua por su labio partido, saboreando el hierro de su propia sangre antes de responder:
—Hiroaki. Kousei. Toshiko.
Gennai dejó de reír. Sus dedos se detuvieron sobre el vaso de whisky. La sonrisa en su rostro no desapareció, pero su mirada se volvió más calculadora.
—Interesante… —murmuró—. Esos bastardos. Nunca me ha gustado su forma de hacer negocios.
Tomó un trago más de su whisky antes de señalar a Taichi con un leve movimiento de su vaso.
—Así que ellos te querían fuera del camino, ¿eh? —se burló—. Supongo que hiciste algo para merecerlo.
—Me interpusieron en su camino —respondió Taichi con firmeza—. Descubrimos lo que estaban planeando. Por eso intentaron matarme.
—"Descubrimos" —repitió Gennai, levantando una ceja—. ¿Y quiénes son "nosotros"?
—Mis aliados. Pero ya no importa. Estoy solo ahora.
Gennai lo observó en silencio por unos segundos. Luego, sonrió de nuevo.
—Oh, Taichi… —se burló—. No estás solo. Tienes a tu hijo.
Hizo un gesto con la cabeza y el hombre que cargaba a Isamu se acercó un poco más. El bebé seguía dormido, ajeno al peligro que lo rodeaba.
Gennai lo miró con una expresión indescifrable.
—Debo admitir que me sorprendes, Yagami —murmuró—. Siempre fuiste del tipo que soñaba con "hacer lo correcto". Y ahora estás aquí, pidiendo ayuda al diablo.
Taichi lo miró directamente a los ojos.
—No me importa qué tan bajo tenga que caer. Haré lo que sea necesario para proteger a mi hijo.
Gennai se rió entre dientes y se inclinó nuevamente sobre la mesa.
—Vaya, eso sí que es una declaración interesante —dijo, acariciando uno de los anillos en su mano—. Dime, Yagami… ¿qué es exactamente lo que quieres de mí?
—Aliarme con usted.
La risa de Gennai resonó en la habitación.
—¿Aliarte conmigo? —repitió con diversión.
—Necesito salvar a mi hijo.—Declaró— Y yo sé que me puede ayudar.—Comentó— Independiente de todo esto, de sus negocios y demás, yo sé que usted tuvo una buena amistad con mi padre.
—Sí, eso es verdad.—Respondió el hombre— Susumo fue mi amigo y tanto a él como a su esposa les dije que podían acudir a mi si algo ocurría.—Musitó— Por eso tenían ese anillo.
—Sí, sé de su deuda con mi padre.—Comentó Taichi— Deuda que mi padre jamás quiso que le pagase.
—Porque sabía de mis negocios y él no quería involucrarse.—Completó Gennai.
—Exacto.—Respondió el Yagami— Pero yo quiero cobrar esa deuda. Necesito ayuda.
—¿Ayuda?
Taichi asintió: —Necesito que me ayude.
El hombre pasó su mirada por el joven analizando esto. Era verdad que tenía una deuda y por eso le dio el anillo para saldar esa deuda con Susumo o con su familia. No obstante, todos conocían como era Taichi, él siempre fue "correcto"
—¿Y qué me puedes dar a cambio?— Preguntó Gennai— Tú verás que tengo una deuda con tu padre. Pero no me caracterizo por ser un hombre honorable. Necesito tener algo a cambio.
—Puedo ayudarlo en sus negocios.
—¿Mis negocios?—Cuestionó el oji-azul.
El Yagami asintió: —Todos saben que, usted tiene una gran rivalidad en el mundo de la mafia con la asociación de Hiroaki, Kousei y Toshiko...—Comentó— Ellos sabotearon la alianza que tenían con usted para tomar posesión en el tráfico de sustancias.
—Sí, es así.—Respondió Gennai—Pero ¿eso que tiene que ver?
—Yo puedo ayudarlo...—Contestó Taichi— El último tiempo con mis amigos descubrimos los planes de acción de ellos, por eso, Toshiko quería acabar conmigo.—Habló— Puedo mantenerlo informado.
Gennai lo observó atentamente.
—¿Y?—Preguntó el hombre— ¿Cómo puedo estar tan seguro que, luego de intentar hacer justicia, intentando acabar con los negocios de
—Quería acabar con la trata de blanca.
—Y de paso con el tráfico de sustancias.—Comentó Gennai— Esa es mi especialidad.
—Sí...—Habló Taichi— Pero, ya me di cuenta que no gano nada intentando hacer eso.—Declaró— Lo único que quiero es proteger a mi hijo. Nada más.
Gennai apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos mientras miraba a Taichi con una sonrisa llena de burla y desconfianza.
—Después de todo, Yagami… los traidores son los que terminan muertos primero.
Taichi respiró hondo, sintiendo la presión de los hombres que lo sujetaban, la sangre en su rostro caliente por los golpes, y el peso de la mirada inquisitiva de Gennai. Pero no flaqueó.
—Si quisiera traicionarlo, no habría venido aquí —respondió con firmeza—. Podría haber intentado aliarme con alguien más. Podría haber buscado otra manera de desaparecer. Pero no lo hice. Vine a usted.
Gennai sonrió, divertido.
—Veo que al menos tienes agallas. Pero aún no es suficiente.
Uno de sus hombres se acercó con Isamu en brazos. El bebé gimió suavemente, moviéndose inquieto. Taichi sintió que el pecho se le oprimía al verlo ahí, tan vulnerable en medio de criminales.
Gennai chasqueó los dedos y el hombre acercó al niño, dejando que el narcotraficante lo viera de cerca.
—Un niño Yagami, se parece mucho a tu padre, mi amigo...—murmuró Gennai—. Tiene sus ojos.
Taichi se tensó.
—No lo toque.
Gennai soltó una carcajada, recostándose en su asiento.
—Tranquilo, tranquilo… No soy un monstruo —dijo, aunque el tono burlón en su voz indicaba lo contrario—. Pero entiéndelo, Yagami. No confío en nadie, mucho menos en un hombre desesperado que de un día para otro decide cambiar de bando.
Hizo un gesto con la mano, y uno de sus hombres sacó una pistola de su cinturón, cargándola lentamente.
—Tengo dos opciones: matarte ahora y evitarme problemas… o darte una oportunidad.
Taichi mantuvo la calma, aunque podía escuchar el latido acelerado de su corazón en sus oídos.
—Si quisiera matarme, ya lo habría hecho —respondió con frialdad—. Pero sé que le conviene más la segunda opción.
Gennai sonrió.
—Es cierto. Me gusta aprovechar las oportunidades… Y creo que puedes serme útil. Pero necesito una prueba de lealtad.
—¿Qué clase de prueba?
Gennai se inclinó hacia adelante, observándolo con interés.
—Si realmente quieres proteger a tu hijo, entonces vas a hacer algo por mí. Algo que me demuestre que hablas en serio.
El silencio se extendió por un momento.
—Dime qué es lo que quieres —dijo Taichi con voz firme.
Gennai chasqueó los dedos nuevamente, y uno de sus hombres le entregó un sobre cerrado.
—Aquí está tu primera tarea. Ábrelo cuando salgas de aquí. Si la cumples… entonces hablaremos de tu futuro.
Taichi tomó el sobre sin apartar la mirada de Gennai.
—No tiene idea de lo lejos que estoy dispuesto a llegar.
Gennai sonrió, divertido.
—Eso está por verse, Yagami. Eso está por verse.
~Actualidad~
El calor húmedo de la tarde hacía que la ropa se pegara a la piel, pero Joe apenas lo notaba. Había demasiada adrenalina en su sistema, demasiada expectativa mientras avanzaba entre los contenedores y la maquinaria portuaria.
Casi veinte años. Casi veinte malditos años creyendo que Taichi Kanbara estaba muerto.
Las pruebas eran confusas, la información fragmentada. Pero ahora, después de semanas de rastreo, estaba aquí, siguiendo la última pista que lo había llevado hasta este muelle en Miami.
Se detuvo junto a un grupo de trabajadores que reparaban un barco pesquero, su mirada escaneando los rostros con precisión quirúrgica. Y entonces, lo vio.
Un hombre alto, de cabello castaño, con mechones sueltos cayendo sobre su frente. Llevaba un overol gris manchado de aceite, las mangas arremangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos marcados por cicatrices. Su cuerpo era fuerte, endurecido, y su postura…
Joe sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
La forma en que aquel hombre se movía, la manera en que giraba la llave inglesa entre sus dedos, el gesto fugaz de concentración mientras ajustaba una pieza del motor.
Era él.
El golpe de la realidad fue brutal, tanto que Joe tuvo que apoyarse contra un contenedor para no tambalearse.
Santo cielo… Está vivo
El peso de los años se le vino encima de golpe. Recordó la última vez que vio a Taichi: el accidente, la sangre, el caos. Durante dos décadas había vivido con la certeza de su muerte, con la culpa de no haber podido hacer nada. Y ahora, estaba frente a él.
Respiró hondo y avanzó.
—Disculpa, amigo —dijo con voz controlada, pero sintiendo cómo la ansiedad le apretaba el pecho.
El hombre levantó la vista, su expresión neutral, sus ojos oscuros recorriendo el rostro de Joe sin reconocerlo.
—¿Sí? —preguntó con tono áspero.
Joe sintió un nudo en la garganta.
—Estoy buscando a alguien.
—No trabajo de guía turístico.
Joe soltó una risa seca.
—Puede que no.—Comentó— Pero, estoy buscando a alguien, y es posible que tú me digas donde está...
—¿De quién trataría?
—Taichi Yagami.—Respondió Joe— ¿Te suena ese nombre?
El nombre cayó como una bomba en el aire.
El hombre se quedó completamente inmóvil. No parpadeó, no hizo ningún gesto evidente, pero Joe vio la tensión en su mandíbula, la rigidez en sus hombros. Era como si el nombre hubiese resonado en algún rincón olvidado de su memoria.
El hombre alzó la mirada lentamente, sus ojos oscuros escrutando el rostro de Joe con una intensidad casi desafiante. Su expresión era impenetrable, pero en su postura rígida había algo que lo delataba.
Dejó la llave inglesa a un lado y se puso de pie, limpiándose las manos con un trapo grasiento.
—¿Taichi Yagami? —repitió, su voz rasposa, como si pronunciar ese nombre le costara más de lo que quería admitir.
Joe asintió con firmeza.
—Sí. ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?
El hombre no respondió de inmediato. Se limitó a sostenerle la mirada, como si estuviera debatiéndose internamente, como si su mente estuviera buscando una salida, una excusa.
Finalmente, bajó la vista y sacudió la cabeza.
—Lo siento, pero no conozco a nadie con ese nombre.
Joe sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su instinto le gritaba que el hombre mentía.
—¿Seguro? —insistió, su tono más afilado esta vez—. Yo sé que puedo encontrarlo aquí.
El hombre apretó los labios, la mandíbula tensa. Sus dedos se cerraron alrededor del trapo sucio con fuerza.
—No sé quién es —dijo con un dejo de impaciencia, como si quisiera acabar con la conversación lo antes posible—. Creo que te has confundido de persona.
Joe no apartó la mirada. Sabía leer a la gente, y este hombre estaba actuando con demasiada cautela, como alguien que tenía algo que ocultar.
El silencio entre ambos se volvió pesado, denso como el aire cargado de humedad.
Joe exhaló con lentitud y, sin apartar la mirada, se llevó las manos al rostro. Con un movimiento deliberado, se quitó las gafas de sol y las guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—Está bien —dijo con voz baja, pero firme—. Pero dile a Taichi Yagami… que su amigo Joe Kido lo está buscando.
El rostro del hombre se congeló. Fue un cambio sutil, pero Joe lo notó. Su respiración se volvió un poco más errática, sus dedos se crisparon sobre el trapo que sostenía.
Y en sus ojos… en sus ojos vio algo que no pudo ocultar.
Reconocimiento...Memoria...Dolor...
—Dime ¿enserio no lo conoces?
La mirada del hombre castaño cambió, la seriedad pasó a ser más
La mirada del hombre castaño cambió. La seriedad férrea que había mantenido hasta ahora se resquebrajó por un instante. Sus ojos, que hasta ese momento solo reflejaban dureza, titubearon.
Joe lo vio. Vio cómo la duda cruzaba su expresión, cómo su cuerpo parecía debatirse entre seguir con la farsa o enfrentar la verdad que ambos sabían.
El hombre apretó los labios con más fuerza, sus nudillos se tornaron blancos alrededor del trapo grasiento.
Joe dio un paso adelante, sin apartar la mirada.
—Dime… ¿En serio no lo conoces?
El silencio que siguió fue atronador.
El hombre entrecerró los ojos, su respiración pesada, su pecho subiendo y bajando con un ritmo apenas controlado. Finalmente, exhaló con lentitud y, casi en un susurro, con una voz que sonaba áspera por la incredulidad, dejó escapar una sola palabra.
—¿Joe?
El sonido de su nombre escapando de esos labios fue como un puñetazo directo al estómago de Joe.
Porque ese tono, esa voz…
Era él.
—¿Eres tú?—Preguntó el castaño.
—Taichi.—Respondió Joe— Estás vivo.
¡Chan, chan, chan!
+Y así es como llegamos al final de esta temporada, espero que les haya gustado, la verdad es que al comenzar con esta historia me embarqué en algo nuevo. Una historia diferente, de venganza, más que de amor. Donde Yamato y Mimi tenían mucho pasado que nosotros debíamos descubrir.
Pero quise hacerlo porque hace mucho tiempo tenía planeada esta historia, una combinación de "La reina del flow", "La patrona" y "El amor invencible" Espero que les haya gustado. Nos vemos en la siguiente temporada.
+Este capítulo lo tenía hace tiempo, pero con todo el tema de la actualización me resistí a subirlo. Ahora lo subo porque ansiosa jaja
+Cuando llego a los capítulos finales de mis historias me gusta que escriban un comentario, ojalá, dándome sus impresiones de esta temporada, ya sea, que personaje les gustó, que cosas no le gustaron de la historia, que cambiarían, que escena amaron, etc, etc, etc. Me gustaría saber sus impresiones.
Takari-Takumi-Love: ¡Sí! Llegamos al final, pero de la primera temporada. Espero leerte en la segunda.
BethANDCourt: ¡Me alegro que finalmente hayas podido leerlo! Tuve tantos problemas con ese capítulo que estaba al borde del colapso. Jajaja quería que fuera inesperado, pero siempre fue el plan que Takeru fuera el que abriera la boca, porque siempre he dicho Hiroaki es mejor abuelo que padre. Takeru...No daré spoiler...Pero atentos con Takeru. Lo único que voy a spoilear es que tendremos Takari, tengo planeadas sus escenas para la próxima temporada. Tienes razón, si antes Yamato la tenía difícil con su hija ahora con más razón. Como dices Nene es impredecible, por fuera se ve fuerte, pero por dentro es blanda. Ya verán que ocurrirá. La pareja de Ryo y Rika es la que tiene más dificultades, como dijiste, se han metido ambos en problemas y es complejo todo. Ya veremos que ocurrirá, no quiero dar spoiler, pero si se viene un camino largo. Jaja Izumi y Rika estaban lidiando con ellas y se les sumó el auto jaja Tienes razón, Izumi de algún modo es infantil, en algunos aspectos es más madura que Nene y en otros, Nene la supera, lo que hace que sean diferentes (Le hacen una referencia a la palabra "Mellizas" nacieron juntas pero son opuestas) Nene es un poco más "agrandada" quiere crecer rápido, en el caso de Izumi, si no fuera por su sueño de casarse como una princesa (porque el resto le metió esa idea en la cabeza) pero en lo demás es diferente, es más niñita. ¡Sí! Takuya es el hijo de Sora y Taichi. Bueno creo que este capítulo respondió las preguntas. Tomoko es un amor, sobre todo cuando trata de su hijo, ella sabe que Damar le hace bien. Me alegra que te gusten los momentos entre Kouji y Damar, y que te esté cayendo mejor Kouji jajaja pasamos del odio al amor con aquel personaje jajaj dije que Kouji era un personaje complicado, pero era cosa de tiempo. Ya veremos que ocurrirá con Nene y Takeru. Aquí tenemos el nuevo capítulo, espero que te haya gustado, nos veremos en la siguiente temporada. PD: jajaja de a poco conseguirá el dinero. Espero que te haya gustado este capítulo. Espero que continues acompañándome en este camino. Se viene para largo, pero espero que les guste. Te manzo un abrazo a la distancia.
