Capítulo 4.

Verano.

Asking /Earning

Si de ella dependiera, haría sufrir a Yoh Asakura diez veces más de lo que él la hizo sufrir a ella; le pagaría con la misma moneda, porque darle una bofetada con la que volaría hasta Timbuktú, no era ni remotamente suficiente en comparación. Jugó con ella durante 5 años, le hizo creer tantas cosas y confió en él con su vida, solo para que se fuera dando una explicación tan pobre y escasa como sus intenciones de matrimonio. Si por ella fuera, lo haría pagar muy caro, con intereses, de tal manera que no habría un momento sin que el remordimiento de su error le carcomiera.

Suspiró.

Sin embargo en este punto de la vida, en esa hora exacta, no tenía tiempo para eso. Estaba ocupada arreglando su maquillaje y peinado. La ira y el resentimiento podría esperar para más tarde, hasta que llegara el momento indicado. ¿Qué tanto eran unas horas más? ¿Cuánto tiempo había pasado? Menos de un año, tal vez. Frunció el ceño, enfadada consigo misma por dejar que aún después de todo ese tiempo, el recuerdo de Yoh le mortificara.

Dejó la brocha junto a la paleta de colores y sujetó un lápiz labial. Pintando sus labios de un tono rosa pálido que favorecía su blanca tez, pensó en cómo había llegado hasta ahí, las vueltas y reveses que experimentó, y las decisiones impulsivas que desembocaron en ese momento, en ella ahí, frente a ese espejo.

Anna apoyó una mano en el lavamanos para dar los toques finales a su maquillaje, pretendiendo no percatarse de aquella silueta masculina en el reflejo del espejo. El joven de cabello castaño que le acompañaba se veía muy atractivo, usando un traje de corte italiano con un solo botón al frente, atuendo que ella estaba segura fue hecho a medida. El tono color carbón del mismo acompañado de la corbata roja le daba un toque de distinción y elegancia. Llevaba el cabello largo suelto y entre los mechones brillaban los pendientes de plata.

Él se detuvo justo tras de ella, y la recorrió con la mirada, identificando la sinuosa forma en el cuerpo de Anna. Las manos fuertes y grandes no se quedaron atrás, pues la izquierda se acomodó en la parte más estrecha de su torso, mientras que la derecha recorrió el brazo de la rubia, acariciando con suculenta lentitud desde los dedos hasta el hombro, de manera ascendente.

—¿Estás segura de que quieres ir? —le interrogó, sin apartar la vista de la piel blanca de la chica. Suavemente, depositó un beso en el cuello de ella—. Estoy seguro de que podríamos aprovechar mejor el tiempo si nos quedamos en la habitación.

Anna se enderezó, fingiendo que las caricias sutiles le eran indiferentes, aunque en sus muslos la piel se le erizó y un estremecimiento recorrió su espina dorsal.

—No —respondió con firmeza, aunque no lo alejó.

Hao le abrazó por la espalda con ambas manos, hundiendo el rostro en el hueco entre su hombro y su cuello, inspirando ese perfume sensual que le invitaba. Sólo después de haber inspirado profundamente, buscó su oreja y mordisqueó el lóbulo. Anna trató de separarse, sujetando las manos de él para alejarlas de su vientre, sin embargo él fue más ágil y simplemente las movió a otras áreas, una encontró uno de sus senos y la otra trato de alcanzar su sexo. En sus nalgas alcanzaba a percibir la erección de él apretándose contra su cuerpo.

—Para ya, vamos a llegar tarde si no nos apuramos —le regañó Anna con aplomo y volteó la cabeza lo suficiente para ver su rostro. Hao ciñó su cuerpo más fuerte, metiendo la mano dentro del escote del vestido rojo cereza de satén que compró para la ocasión.

—Vamos, sólo un momento. No tomará mucho tiempo. Unos minutos a lo mucho —le dijo.

Anna se giró entre sus brazos para poder verlo de frente, dejó descansar ambas manos en los hombros de Hao quien entrecerró los ojos al percibir cómo la rubia se ponía de puntitas, acercándose a él, sus bocas a escasos milímetros del contacto.

—Por favor, Hao —susurró Anna, dejando arrastrar su voz un poco—, tú y yo sabemos muy bien que con unos minutos no es suficiente para nosotros.

Dicho esto, le empujó y se fue a sentar en la cama para calzarse los tacones de pulsera que iban a juego con el primoroso vestido. Hao dejó caer la cabeza hacia atrás, frustrado. Un gruñido fastidiado brotó de su boca antes de que pudiera acallarlo. Dentro de sus pantalones, sentía una dureza que sabía bien, le molestaría para caminar durante los siguientes minutos.

La observó en la cama, abrochando las tiras del calzado alrededor de los tobillos y cómo sus muslos lucían por la abertura en el lado derecho del vestido. Los delgados tirantes le quedaban un poco flojos en sus hombros y podía darse el privilegio de ver el valle entre sus senos que ese escote en v y esa postura le regalaban. Supo entonces que le dolería caminar por un rato muy largo. Anna levantó la mirada, y dejó escapar una sonrisa traviesa mientras se enderezaba.

Demonios, era a propósito. Esa mujer sería su perdición. Cubrió su cara con una mano, tratando de mantener la compostura aunque fracasó categóricamente.

—Maldición, Anna, ¿cuándo será el día que dejes de torturarme? Estoy cansado de pasar el día con las bolas azules cada vez que se te antoja —soltó, irritado.

Al escuchar su queja, Anna se alegró, ya que de inmediato a su mente acudieron los recuerdos de todas las veces que ella lo sonsacó en el trabajo: aquella vez que deslizó una mano discreta por debajo de la mesa hasta que logró acariciar su entrepierna con rapidez; la ocasión en que, en secreto, le dejó una nota subida de tono dentro del bolsillo de su camisa; o aquel memorable momento en que decidió confesar que debajo del grueso suéter de lana no había un sostén y encima de todo permitió que lo comprobara con un vistazo fugaz a puerta cerrada de la oficina. Era bastante divertido, él caía una y otra vez en su juego, presa de sus bajos instintos. Era tan fácil tentarlo que no podía contenerse una vez que se le ocurría una nueva forma de engañarlo. Sobre todo cuando era lunes por la mañana y faltaban cinco días para el día en que habitualmente se veían.

Hao, mortificado al saber que sus quejas llegaban a oídos sordos, optó por dirigirse hasta la puerta de la habitación del lujoso hotel y la abrió, para permitir que la rubia pudiera salir sin tropezarse con el vestido. Ella le alcanzó, deteniéndose lo suficiente junto a él para poder verlo de pies a cabeza, aun con los altos tacones, ella seguía siendo varios centímetros más chica que él. Tras sostenerle la mirada a esos ojos castaños, depositó un suave beso en la comisura de los labios del joven.

—No te estes quejando, te lo compensaré —le aseguró, a lo que Hao, incrédulo, abrió los ojos un poco más.

—Sí claro. Espero que sea con dinero en efectivo.

Hao mantuvo la mano en el pomo de la puerta y la otra dentro del bolsillo del pantalón para evitar rodearla de la cintura, como precaución para no caer en el encanto de sus caderas otra vez. Su verga no soportaría tanto dentro del pantalón ajustado.

—No seas estúpido. Te pagaré con favores sexuales, idiota —le dijo Anna. Las palabras mágicas surtieron efecto, ya que el rostro de Hao cambió, pasando de un puchero displicente a uno que mostraba una sana curiosidad, era fácil leerlo ahora que lo conocía. Anna echó a andar por el pasillo del hotel sin esperar a que Hao le alcanzara, tomando la delantera mientras él cerraba la puerta, poniendo distancia suficiente para poder agregar— … pero éstos dependen de tu desempeño como mi acompañante el día de hoy.

—Sabía que esto tenía letras pequeñas en algún lugar —se quejó Hao seguido del sonido de la puerta de la habitación cerrándose tras él.

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..

….

Mientras ambos andaban a la sombra de la arboleda, Hao recorría con la mirada el escote que acentuaba esos pechos en lugar de fijarse por donde pisaba.

Desde que la vio cruzar la habitación del hotel, notó lo preciosa que se veía Anna. Estaba despampanante. El vestido rojo que usaba le quedaba perfecto en todos los sentidos, dejaba al descubierto toda su espalda desde la nuca hasta la cintura y por el corte de la prenda (muy entallado a la altura del torso y con vuelo en la parte inferior) su silueta se veía perfecta. Llevaba el cabello recogido en un elegante chignon, el maquillaje destacaba sus ojos amielados. Los labios de un tono rosado que provocaron en Hao el impulso de besarlos. Se le ocurrió que todo lo que hacía falta para que la velada fuera perfecta era abrir la cremallera de ese vestido tentador y recorrer cada centímetro de esa blanca piel con la lengua. Ella le sonrió, de un modo que dejaba en claro que sabía perfectamente lo que estaba pensando. Negó con la cabeza, moviendo la apenas unos milímetros de un lado a otro, con un gesto mudo que le indicaba que debía esperar.

Continuaron por la vereda adoquinada hasta que llegaron a la llamativa iglesia, un edificio con torres y campanas, decorado con flores en la entrada y donde alcanzaba a distinguir a unas cuantas personas que ingresaban ataviados en elegantes vestidos. Las puerta cerrándose tras ellos. Tardó una fracción de segundo en darse cuenta de que Anna se detuvo a la sombra de un frondoso árbol.

Los ojos de miel inspeccionaron el lugar fugazmente antes de encontrar el color castaño de las pupilas de Hao.

—¿Todo en orden? —le preguntó Hao, carraspeando para aclararse la voz.

—Por supuesto —respondió orgullosa, irguiéndose y levantando el mentón.

Lentamente, las comisuras de los labios de Hao se curvaron hacia arriba, fascinado de comprobar una vez más esa verdad innegable: Anna era Anna, sin importar el momento o lugar.

—Entonces… —Hao le ofreció el brazo derecho, caballeroso, dedicándole una sonrisa colmada de galantería—. Hagamos esto apropiadamente.

—Veo que de verdad quieres ganarte ese premio que te prometí —le respondió la chica, y con la mano izquierda sujetó el antebrazo que le habían ofrecido.

—Por su puesto. Anhelo verte con un cierto atuendo de enfermera que creo te quedaría espectacular.

Anna sonrió con sinceridad.

—Eres incorregible —le dijo en un murmullo tenue, y alzó la mano libre para repasar con el dedo índice la mandíbula afilada de él, desde el lóbulo de la oreja hasta el mentón. Hao sintió como se le erizaba la piel, movido por el embrujo que esa mujer invocó—. No usare ningún disfraz erótico, Hao, pero es tierno que tengas esa ilusión.

El joven hizo un puchero decepcionado, aunque en realidad, dentro de su mente tenía la certeza de que Anna terminaría por tragarse sus palabras y no tardaría en verla con un sexy uniforme de enfermera. Era apenas un presentimiento, pero era tan claro como una premonición.

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..

….

Una fragancia floral inundaba la estancia, rosas, fresias y nardos eran el toque final para la suntuosa decoración que fue elegida para la ocasión.

En la bella capilla, frente al altar, la feliz pareja de contrayentes escuchaba las palabras de bendición que el sacerdote enunciaba con una voz pausada mientras que la congregación permanecía en solemne silencio. Sujetándose de las manos en esta señal de unión, mirándose a los ojos, ambos se mantenían atentos. En ella, afloraba una sonrisa dulce y radiante; él le sostenía la mirada, con un pequeño temblor en las manos. El novio, ataviado en un traje que le hacía sentir como un pingüino que se extravió de la Antártida, desconocía los ritos de la boda, pero entendía perfectamente que ese instante se trataba de un momento trascendental, sin lugar para nada más.

El oficiante alzó la vista y mirando a los invitados anunció:

—Si alguno de los presentes sabe de alguna razón por la que esta pareja no debería unirse en santo matrimonio, hable ahora o calle para siem…

Las puertas se abrieron.

Unos tacones altos irrumpieron dentro de la capilla, con un sonido inconfundible que rompió la atmósfera. Caminando por el pasillo central, con pasos determinados y porte resuelto, una mujer se abrió paso por el lugar seguida de un hombre de actitud insolente. El vibrante vestido rojo acentuaba la silueta de la chica, y contrastaba en el mar de colores pastel que desbordaba el lugar. Ojos curiosos, expresiones incrédulas, murmullos desconcertados siguieron la pareja que buscó un lugar donde sentarse, indolentes a las voces que coreaban en voz baja la impertinencia.

Desconcertado, el sacerdote abrió y cerró la boca varias veces, sin terminar de comprender qué diablos había ocurrido justo en ese momento, incrédulo de atestiguar semejante interrupción. Miró contrariado a los novios, primero a la chica, que en su sorpresa había perdido el precioso rubor que un instante atrás adornaba sus mejillas; después dirigió la vista al novio igual de atónito que él.

Yoh Asakura permanecía perplejo ante la visión de la mujer de rubios cabellos. Le parecía sacada de un sueño, de sus más locas fantasías, con ese vestido que robaba las miradas de todos los invitados. No se dio cuenta de cuando soltó las manos de su novia a la que unos momentos antes juró amor en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y la pobreza hasta la muerte. Se perdió en la visión efímera de esos ojos color ámbar que a veces aún soñaba.

—A… An… Anna —musitó Yoh, inseguro, parecía que hubiera visto un fantasma, o cuando menos un espejismo.

Como si hubiera escuchado su nombre, la rubia se detuvo a medio paso para verlo de pies a cabeza, por un instante le dedicó la gracia de mirarlo de lleno, directo a los ojos, regalándole un fragmento de su atención antes de girar hacia la butaca que le indicaba el acompañante, un hombre al que Yoh ignoró por completo.

Su novia volvió a tomarle de las manos, con una sonrisa que parecía temblar, buscando regresar a dónde estaban, a la pequeña burbuja de fantasía previa a la interrupción. Desesperada se dirigió al oficiante que mantenía las manos extendidas. Él captó la desmoralizada actitud de la novia y recobró la voz. El sacerdote entornó los ojos a los culpables de la distracción, que se acomodaban en una de las filas más próximas al altar. Con el ceño fruncido de tal modo que las cejas parecían transformarse en una solo línea, llamó a los muchachos que continuaban de pie, pidiéndoles una explicación de lo que sucedía recibiendo desinterés por respuesta. Enfurecido, endureció el tono de voz, siendo más abrupto en sus palabras se dirigió una vez más a ellos.

—¿Ya puedo continuar?

Anna se volvió, mirándolo por encima del hombro antes de responder:

—Claro, prosiga. Odiaría ser la culpable de que Yoh Asakura no se case, en especial cuando por fin llegó al altar.

Después de pronunciar esto, tomó asiento y mantuvo la frente en alto mirando a un punto indefinido detrás de él. Un escalofrío recorrió la espalda del sacerdote que carraspeó para aclararse la voz antes de cambiar de actitud. Continuó con los ritos, aunque no pudo recuperar el tono afable y dulce que tuvo en un principio; el aire tenso de los familiares era comprensible. El momento se esfumó. Y aunque lo intentó, el padre no consiguió que volviera, ni siquiera con el intercambio de anillos y promesas, o la unión con un lazo, ni siquiera con la bendición y las oraciones.

A su lado, Hao codeó a la rubia despampanante, para poder llamar la atención de ella. Por el rabillo del ojo, la mujer le dedicó un momento de atención.

—Parece ser que si llegamos un poco tarde —cuchicheó con una sonrisa traviesa.

—Es tu culpa —le reprendió Anna, enfadada. Con lo mucho que odiaba llegar tarde a cualquier lugar—. ¿A quién se le ocurre pedir que la recepcionista llamará a un taxi? En especial en estas fechas.

—Parecía buena idea. —Hao se encogió de hombros.

Discutieron un poco más, hablando entre susurros, donde Anna le acusaba de ser un anticuado por no haber optado por una aplicación de transportes, y Hao se defendía diciendo que ella pudo hacer lo mismo pero decidió que era más importante terminar la llamada de esa tarde.

En esas estaban cuando la congregación prorrumpió en vítores y aplausos. Ambos volvieron la vista hacia el beso distraído con el que se anunció el nuevo matrimonio y el padre llamó a la celebración. La feliz pareja se veía sonrojada, la novia parecía haber olvidado la interrupción mientras que Yoh paseaba la vista por la iglesia, ofuscado, buscando con la mirada al espejismo de hacía un rato, más que nada para confirmar que había sido su imaginación. Pero no. En su asiento, Anna Kyouyama y Hao Asakura, aplaudían por ellos, susurrando entre sí.

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..

….

La ceremonia fue todo menos lo que se imaginó: Elegante, fastuosa, occidental. El recinto estuvo lleno de detalles lindos, un novio que parecía fuera de lugar junto a una novia que portaba un vestido sacado de un cuento de hadas, con atrio primoroso que sirvió como escenario del evento y música de un cuarteto de cuerdas como soundtrack. Y la mejor parte fue cuando por fin terminó. O eso pensaba Hao.

Al finalizar, las campanas resonaron, con su melodía de metal invitaban a compartir la dicha de la feliz pareja. Hao, salió del lugar ligeramente arrepentido de haber asistido. Había valido la pena la cara estupefacta de su hermano (y de paso de todos los Asakura presentes), pero no era suficiente, en especial si se comparaba con la excesiva pompa del evento.

Todo el rato luchó contra el sopor mortífero que el sacerdote convocó como si de un hechizo terrible se tratara. Se lamentó de que no fuera una boda shinto que terminara en treinta minutos; en su lugar tuvo que escuchar una hora de oraciones que desconocía enunciadas en una voz que en sus oídos se escuchaba como un eco. Apenas pudo creer que los abuelos Yohmei y Kino accederían a una boda occidental; eran tan tradicionales y cerrados de mente, que lo único que pensó posible era una ceremonia shinto en toda regla. Sin duda, hubo motivos ineludibles para que accedieran a esto, intereses mayores que los doblegaron. No le dio más vueltas al asunto, lo de menos era la ceremonia, o su inútil hermano asfixiándose en el traje, o la novia que podía deducirse era extranjera con solo verla.

Lo que realmente le interesó fue Anna.

La curiosidad fue lo único que lo mantuvo a flote. La expresión estoica de Anna, indescifrable y calmada, le distraía. Quería conocer el contenido de su corazón, escuchar sus pensamientos y saber qué es lo que transitaba en ella. La mueca ecuánime ocultaba a la perfección lo que fuera que estaba pensando. En medio de la ceremonia se aventuró a tomarla de la mano, descubriendo así lo tensa que se encontraba. Sin duda, en ella hubo una tormenta a la que él no fue invitado a tomar parte; pese a ello, al terminar la ceremonia, Anna se veía refrescada y en paz, con un fuego en la mirada que percibía como determinación.

Pero Hao no compartía el sentimiento. La fragancia de las rosas y fresias, los perfumes de todos los allí congregados y la voz monótona del sacerdote le dejaron con los sentidos embotados. Necesitaba espacio, urgentemente. Esquivó, torpe, notó la multitud que se congregaba en las puertas del recinto dando vítores y felicitaciones a los nuevos esposos. Anna le seguía de cerca. Ambos coincidían en que los lugares concurridos eran lo peor que podía existir, concordando en que era difícil concentrarse cuando se trataba de tanta gente. Hao lo describía como ser incapaz de escuchar sus propios pensamientos, analogía que Anna no encontraba tan descabellada.

El joven se sentía fuera de lugar, un sentimiento que le era familiar aunque lo odiara.

Ante el edificio y entre las risas, fácilmente reconoció a los miembros de la familia Asakura y el recelo en ellos. En sus caras encontraba, casi como si estuvieran tatuadas, las dudas y calificativos que pensaban sobre él. Ahí estaban los abuelos que parecían al borde de un accidente cerebrovascular, sus padres Keiko y Mikihisa que no disimularon la sorpresa de verlo, e incluso estaban sus hermanos adoptivos, Tamao, que era un año menor junto a los niños Müntzer, el aprendiz de su abuelo Ryuonosuke Umemiya, y otros tantos allegados. Todos ellos fueron sido invitados excepto él. Una ira amarga cosquilleo dentro de su paladar, volviéndose difícil mantener una expresión tranquila en el rostro. Y dada la expresión en la cara de sus padres, ellos tampoco experimentaban alguna sensación agradable.

Ojeó a su compañera, percibiendo en ella todo lo contrario a lo que él sentía: calma, naturalidad y gracia. Caminaba como si ella dominara al mundo con cada paso, la espalda recta y los hombros seguros. Destacaba demasiado entre las personas allí congregadas; los invitados, los familiares y amigos intentaron reconocerla con una que otra ojeada discreta. Entre ellos, su gemelo.

El ridículo de Yoh estaba frente a las puertas, sobre los escalones, tomándose las mil fotografías que su ahora esposa le pedía con ojitos de cachorrito; sin poder disimular que sonreía falsamente mientras que buscaba con la mirada a otra persona. La buscaba a ella. Pobre idiota.

Se volteó para buscar a Anna, ya había tenido suficiente de miradas de desprecio; no le quedaba la suficiente fuerza física para luchar contra las náuseas al mismo tiempo que sorteaba el escarnio de su familia. Ya les daría gusto de quejarse sobre la mala suerte de tenerlo como miembro de los Asakura en la recepción, luego de que se hubiera refrescado. Para su sorpresa Anna estaba de pie, a dos metros de distancia, hablando con Tamao. Giró sobre sus talones para regresar junto a ella cuando la escuchó:

—No sabía que te habían invitado. —Era la voz suave y sencilla de su madre.

Hao se volvió para encararla. Hacía un par de años que no la veía, y cada vez las llamadas entre ellos se distanciaban más y más. Pese a esto, reconoció la voz de inmediato.

—Y no lo hicieron —respondió con sinceridad. Algo raro en él pero de cuando en cuando, le gustaba hablar sin filtro, y ese día era uno de ellos. No tenía ánimo para tratar de ser condescendiente o educado.

—¿Y aun así creíste que era conveniente venir?

—¿Y por qué no? —Se encogió de hombros, para restarle importancia.

Keiko guardó silencio un momento, un ligero temblor en su labio inferior demostraba las dudas y palabras que no podía transmitir. Se tocó el dedo anular, para girar la alianza de oro que lucía desde que se casó con su padre.

Asakura Keiko era una mujer a la que se le podía describir fácilmente como hermosa; de carácter afable y sentía orgullo de ser la hija única de Yohmei y Kino, en ser la heredera de la familia, aquella que siempre fue el modelo a seguir de una buena hija. A veces le daba lástima. Era tan diminuta, su forma de pensar tan cerrada y enfocada en esas tonterías de honor familiar y honrar a los padres. No era sorpresa que el temperamento de ambos (el de Keiko y Hao) siempre terminaran por chocar, tarde o temprano.

—Me parece increíble. No puedo creer que te atrevieras a venir de este modo tan… impulsivo.

—Debo decir que a mí también me parece increíble que pensaras que estaba bien dejarme fuera de esta celebración —dijo Hao.

—Esa no fue una decisión que tome —dijo Keiko—. Simplemente respete los deseos de…

—¿Los abuelos? —Sonrió con sorna, Hao.

—…de Yoh —puntualizó Keiko pese a la interrupción—. Y tú debiste hacer lo mismo. Hao, una y otra vez, haces este tipo de cosas. Irrumpes, no te preocupas por el decoro o lo que piensen los demás, no los tomas en consideración. En donde sea que vas, el caos te acompaña.

—Sí, es un hábito —corroboró con desdén.

—No estés bromeando Hao —le silenció Keiko. Su voz cargada de cierta inflexión, ese viejo tono con el que siempre le reprendía cuando hacía algo mal; esa entonación le trajo cierta nostalgia a Hao, al sentir que ella había vuelto a ser su madre—. No estoy para bromas. Este no es el día ni el momento para esas cosas. En qué estabas pensando al llegar así.

—Sí, lo siento. Me confundí con la hora y el taxi no llegaba —se disculpó sin un gramo de vergüenza, más por memoria muscular, la presencia del hábito ante la voz de ella.

Keiko se cruzó de brazos, mirando al suelo. Podía leerse en su lenguaje corporal todas las emociones encontradas que inundaban su pecho. En secreto, Hao tuvo un poco de lástima por ella, siempre tan obediente ante las indicaciones que la familia Asakura daba.

—Espero que haya sido suficiente para ti. Por favor, vete, y llévate a esa muchacha contigo.

—Puedes llamarle por su nombre. La conoces desde hace tiempo.

la sonrisa socarrona que se dibujó en su boca al decir estas palabras fue inevitable; nunca fue un secreto que la familia tenía cierto desdén por Anna. Ser huérfana, sin apellido prestigioso o fortuna, y como cereza del pastel, ese humor difícil; Anna nunca fue acogida como una hija. Si bien, no podían negar que seguía siendo una gran candidata para convertirse en una Asakura, destacando por su inteligencia, determinación y astucia.

—Eso fue el colmo Hao, traer a esa.. chica… Ella, por sobre todos, no debería estar aquí.

Hao se enderezó, dejando ambas manos en los bolsillos del pantalón. Revisó por encima del hombro el lugar donde estaba Anna, ya que no le apetecía dejar que ella participara en esa discusión o escuchara algo al respecto, así que lo mejor era zanjarla de una vez.

—Es curioso que pienses que yo la traje. Como si hubiera sido mi idea que ella estuviera aquí —dijo Hao y se acercó dos pasos más a su mamá, acortar la distancia, no le apetecía estar ventilando esos asuntos donde todo el mundo podía oírlos—. Permíteme sacarte del error y dejarlo en claro. Anna y yo vinimos precisamente porque estamos respetando los deseos de Yoh. Fue él quien, en persona, llevó la invitación a la casa de Anna hace un par de meses. Fue él quien decidió que ella estuviera aquí. Y ella quiso cumplirle ese último capricho. Yo simplemente estoy aquí porque quería que la acompañara. Así que, aquí estamos, apoyando a mi hermano porque él así deseaba que fuera.

La madre guardó silencio, dejando caer ambos brazos a los costados. Al parecer, esa era una sorpresa más en medio de la tarde colmada de eventos. Después de verla a los ojos, Hao entendió que aquella posibilidad jamás cruzó por su cabeza, era difícil para ella procesar que su querido hijo perfecto, el que acataba las instrucciones y seguía el destino que propusieron para él, cedió a un impulso vertiginoso sin consultarlo con nadie o llegar a mencionarlo jamás.

—¿Yoh la invitó?

—Por supuesto. Pero por tu voz, sospecho que no estabas enterada.

—¿Cómo? —su voz comenzaba a flaquear, aunque mantenía la compostura—. ¿Por qué?

—Francamente, madre, desconozco los detalles. Quizás deberías preguntarle a Yoh tu misma. Seguramente él tendrá una buena explicación de porque la buscó.

Se acercó más a ella y le tomó de la mano, cálida y suave, pequeña que cabía entre las de él con facilidad. El lustroso cabello de oscuro caoba caía con gracia en una trenza de lado sobre su hombro, en su cuello, una pañoleta coqueta que iba a juego con vestido de cóctel. Era linda.

—Nos vemos en la recepción —se despidió—. Contrarió a ti, me da gusto verte, Keiko.

Se inclinó para besar su mejilla rápidamente y se separó de ella.

Con paso seguro se alejó de donde estaban, hasta que llegó a una esquina de la capilla. Su humor no mejoró ni un ápice tras la charla con Keiko, necesitaba despejarse. Y por alguna razón, Anna parecía que estaba entretenida hablando con Tamao. ¿De qué diablos hablaban? Desconocía que esas dos tuvieran una buena relación, amistosa incluso, pero ni Anna ni él hablaban sobre cualquier cosa que tuviera que ver con los Asakura.

Hao decidió apoyar la espalda en el muro para quedar oculto del sol abrasador de julio. Izumo era caluroso y sofocado con esa brisa marina que a veces podía perfumar la ciudad. Sacó del bolsillo una cajita metálica de la que extrajo un cigarrillo, pero le dio vueltas entre los dedos sin encenderlo. Hacía buen tiempo que dejó el hábito, pero a veces todavía cargaba la cajita con algunos, en caso de que fuera necesario. En los múltiples negocios, descubrió que salir a fumar era una excusa para pasar el rato con un pez gordo y poder endulzar su oído a escondidas de cualquier asesor que le hubiese acompañado a la junta. Una estrategia eficaz: sacar la cajita, ofrecer uno de los cigarros, tomar uno, encenderlo y comenzar a hablar, aunque ahora, solamente dejaba que se consumiera entre sus dedos. Se decidió a tomar el encendedor de su bolsillo cuando escuchó una voz …

—Yoh metió la pata en grande ¿no crees?

Esa frase fue suficiente para atrapar su atención, por el rabillo del ojo distinguió a un joven de cabello largo y negro que hablaba con otro de cabellos verdes. Ambos vestían bastante elegantes.

—Esa frase fue suficiente para atrapar su atención, por el rabillo del ojo distinguió a un joven de cabello largo y negro que hablaba con otro de cabellos verdes. Ambos vestían bastante elegantes.

—No sé si sea la manera correcta de decirlo —refutó el chico de cabellos verdes.

—No trates de suavizarlo, Lyserg. Di lo que piensas.

El joven, Lyserg, sacó un cigarrillo y lo encendió, dando una bocanada profunda antes de responder con una voz más seria. Hao se encontraba apoyado contra la pared, silencioso como una tumba, y poniendo atención a toda la conversación.

—Pues, me gusta creer que los matrimonios serán exitosos, pero en el caso de Yoh… —dejó la frase incompleta, permitiendo que el hombre a su lado lo interpretase—. ¿Qué es lo que piensas tú, Ren?

El recuerdo de su inquieto hermano gemelo llegó de pronto, como una muestra de que aquellas palabras aunque amargas y ominosas, nacían de un hecho irrefutable. Y es que, después de su inesperada llegada, Yoh se veía fuera de lugar. Parecía más distraído que nunca, miraba todos lados dentro de la iglesia sin poder ver a los ojos a su prometida. Cuando intercambiaron sortijas su voz sonaba temblorosa, dudosa; e incluso sospechaba que no separó la vista de Anna en ningún momento.

—Creo que se casó por compromiso, y no por convicción —afirmó el hombre al lado de Lyserg, de nombre Ren. Recordaba haberlo visto en alguna ocasión por la casa, era un buen amigo de Yoh, lo que les otorgaba a sus palabras un peso extra—. No se veía muy … convencido. Yo creo que hay algo que no nos ha dicho.

—O quizás solo estaba distraído porque Anna apareció de pronto por aquí con todo y acompañante.

—¿Hablas de Hao? Ja, bastardo con suerte. —Se rio Ren—. Fue un poco inesperado que los dos se presentaran.

—Nunca me imaginé que alguno de ellos viniera. En especial Anna. Yoh debió de estar bastante sorprendido de verla. Parecía que vio un fantasma.

—Eso se lo ganó él mismo —afirmó Ren, apoyándose en el tronco de un árbol y cruzándose de brazos, mantenía la vista en el montón de gente que seguía ante las puertas de la iglesia—. ¿Te contó la estupidez que hizo?

—La de visitar a Anna para invitarla. Si, me lo contó hace unos días, en la despedida de soltero.

—Fue un estúpido. ¿Qué clase de idiota visita a su exnovia así?

—No lo sé. También me pareció raro, pero… —Lyserg soltó una bocanada de humo—. Si usamos la lógica solamente quedan dos opciones: O quería arreglar las cosas con Anna o realmente pensó que podían seguir siendo amigos.

—¿Arreglar las cosas? Querrás decir "recuperar a Anna". Fue un imbécil. Esa no era la manera de hablar con tu ex —dictaminó Ren—. Además, el tiro le salió por la culata. Según supe, ella ya estaba con alguien más.

—Si me lo contó. Estaba bastante desanimado. Y borracho.

—¡Que idiota! Solo él pensaría que Anna permanecería sola tanto tiempo, esperá todavía sentía algo por su ex, ¿por qué casarse con esta chica? En mi opinión fue un error terrible. Casarse así de pronto. No sé qué estaba pensando.

—No le des importancia. Solo fue un desliz, una estupidez que hace alguien que sabe que se va a casar. Tú también hiciste tonterías en la despedida de soltero. —Lyserg soltó una risita antes de continuar—. Su esposa es linda y parece que lo quiere mucho y creo que tenían bastante tiempo saliendo.

—Un año, o algo así.

—Entonces no deberías preocuparte —aseguró Lyserg—. Si decidió casarse debe ser porque así lo quiso.

—O porque al fin cedió a la presión de la familia. Ya sabes que la novia es de buen apellido y tiene posición social.

—Yoh no se casaría solo por un apellido —contravino Lyserg, encogiéndose de hombros

—Hay algo que no cuadra. El miserable está ocultándonos algo—sentenció Ren, después de un largo silencio.

—Supongo, que ya nos enteraremos. Eventualmente, Yoh nos lo contará.

—Si claro, nos lo dirá en seis meses cuando ya no haya nada que hacer para ayudarle. Siempre nos cuenta las cosas cuando es demasiado tarde.

—¿Yoh? ¿Contándonos sus planes cuando es demasiado tarde? ¡No lo creería! —dijo Lyserg, apagando su cigarrillo del que solamente quedaba la colilla, el tono jocoso en su voz le sacó una sonrisa a Ren—. Ni que nos hubiera presentado a su novia el mes pasado.

—¡Claro! Debo estar imaginando cosas

Renegó Ren, sin agregar más y echó a andar, seguido por Lyserg que seguía riéndose del malhumor de su compañero.

A lo lejos, la multitud se fue dispersando y Anna enfilaba hacia una acera cercana, mirando su teléfono celular y tecleando en él. Hao guardó el cigarrillo y el encendedor dentro de su bolsillo dentro del saco, pensando en todo lo que había escuchado, meditando si se trataban de meras especulaciones infundadas, o si realmente se encontraba un indicio de algo más, tal y como mencionó Ren. Esperó un rato hasta que los dos hombres se alejaron lo suficiente para salir de su escondite.

Así que más de un año de relación, pero Anna e Yoh, terminaron su compromiso en septiembre del año anterior. Sus cuentas no daban. Y estaba ese detalle, del que él mismo llegó a considerar cuando investigó un poco sobre la novia. ¿Se había casado por convicción o condición? Con todas esas cosas en mente, caminó distraídamente hasta que alcanzó a Anna que seguía tecleando algo en el teléfono, le saludó de manera casual para llamar su atención y ella le sonrió un poco. Con solo verla, supo que prefería guardar para sí los detalles de la plática que escuchó.

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..

….

Al parecer, la recepción para la boda también fue idea de la novia o quedó a cargo de alguna persona ajena a la familia. Hao no tuvo duda de ello al ver el lugar en que se llevaba a cabo la recepción: era un jardín. No se imaginaba a Keiko y Mikihisa revisando jardines elegantes y escogiendo entre peonías y tulipanes, mucho menos a su hermano.

En el caso de una boda veraniega, que esta se efectuara al aire libre no parecía tan mala idea, en especial porque corrieron con la buena fortuna de que no hubiera nubes a la vista y el ambiente fuera tan cálido que se agradecía estar en un jardín. La decoración era tan perfecta que le provocaba nauseas: todo rosa, todo lleno de flores, todo de fantasía. Nada podía ser tan bueno. ¿A quién trataban de engañar con esto?

Tras pasar la breve escalinata de piedra que daba entrada a un vestíbulo techado con enormes ventanales, la pareja llegó hasta la puerta de madera donde un hombre delgado de ojos oscuros y expresión amigable les detuvo al entrar, extendiendo la palma de la mano frente a ellos.

—Un momento señor, necesito sus pases de entrada.

Hao se volvió para mirar a Anna, confundido. La elocuente mirada que ella le devolvió como respuesta valía más que mil palabras. Se adelantó tres pasos y quedó de frente al encargado de la recepción, que parecía fascinado por sus pestañas largas. Anna abrió el pequeño bolso sin tiras que más parecía un pequeño sobre discreto y coqueto, acto seguido sacó una tarjeta color melocotón y se la extendió al joven que la sujeto con gusto.

—Bienvenida señorita —respondió con singular alegría. Extendió el brazo para señalar que podía pasar.

—Gracias

Ella echó a andar con esa cadencia deliciosa. Hao tardó un par de segundos en reaccionar y seguirla, o al menos atenta a lo que fuera que ocurría. El mayor de los Asakura esperó alguna explicación proveniente del guardia, que parecía avergonzado de lo que hizo.

—¿Qué diablos?

—Lo siento señor, usted no me ha mostrado su pase de entrada.

—¿De qué estás hablando? Ella te lo acaba de dar. La dejaste pasar.

—Sí, el pase que me entregó es individual, solamente puedo dejarla entrar a ella.

Ambos varones voltearon a ver a Anna, y Hao tuvo la certeza de que el maldito encargado se tomó la libertad de repasar de los pies a la cabeza a la rubia. No dejó pasar el detalle, carraspeando para llamar la atención y hacerle saber que lo notó. El guardia enrojeció, nervioso levantó la pequeña tarjeta de papel que Anna le había entregado como un escudo contra la cara de pocos amigos que Hao lucía. En el trozo de papel troquelado, donde una tipografía garigoleada detallaba los nombres de los novios, así como la dirección y hora de la recepción, la esquina inferior derecha especificaba que se trataba de un pase personal que otorgaba acceso a "1 persona". Si las miradas mataran, el guardia hubiera caído muerto en ese momento exacto, pero no pasó así, por lo que Hao se limitó a formar una mueca de disgusto. A lo lejos alcanzó a distinguir a Anna que ocultaba el gusto del contratiempo.

—Mala suerte Hao —le dijo y guiño el ojo coquetamente—, supongo que no me queda más remedio que seguir adelante sin ti. Pero tranquilo, te veo en el hotel.

—Muy graciosa.

Mentalmente, Hao tomó nota de que ella se rio del inconveniente, dejándolo solo. Y apuntó el incidente en la cuenta que llevaba de todas las veces que ella lo ponía en ridículo, esa misma lista en que estaba escrita la vez en que dejó una novela romántica escondida entre los libros de su oficina y que no pasó desapercibida para ninguno de los contratistas con los que lidió esa mañana.

Anna se adelantó otro poco, admirando los detalles en el jardín ajena a lo que ocurría en la puerta unos pasos atrás, casi indiferente; pero atenta para atestiguar cual sería la solución que daría el Asakura a su problema.

En tanto, Hao parecía tan molesto que podría incendiar en el acto a las personas a su alrededor, si tan solo tuviera la habilidad para provocar la combustión espontánea de aquellos que se merecieran su rabia. Gruñendo para sí, centró su atención en el tipo junto a él, con su traje de mesero y corbatita de moño, que tragó saliva arrepentido de haber tomado ese puesto en la velada donde le tocó trabajar esa noche.

—Escucha, amigo —comenzó Hao, condescendiente—. La chica y yo venimos juntos, recibimos la invitación.

—Lo siento pero no puedo hacer nada —se excusó pobremente, fallando en transmitir la seguridad que quería, en especial cuando una fina capa de sudor le brillaba en la frente—. Son las reglas.

Hao recortó con la mirada al empleado, calculando que no debía pasar de los veinte años cuando mucho.

—Escucha, entiendo que quieres dejar una buena impresión en tu trabajo, pero esto es ridículo. —La determinación en sus ojos brilló como una chispa- así que hagamos esto. Tú fingirás que no te diste cuenta de la numeración en el pase y yo fingiré que nada de esto sucedió.

—Lo siento, pero es que… no puedo hacer eso.

—Esto es una estupidez. No puedes dejarme aquí en la entrada. Soy el hermano del novio ¿Entiendes? ¿Estás seguro de que me negarás el paso?

—No sé si sea… no creo que… —El temblor en la voz amenazaba con convertirse en un tartamudeo.

—¡Somos malditos gemelos idénticos! —exclamó Hao—. No es necesaria ninguna credencial. ¡Solo velo!

—Tengo órdenes de los organizadores del evento.

—¿Me negarás el paso? —Hao arqueó la ceja, mirándolo con una sobrada confianza en sus palabras—. No cometas ese error.

Lo último resonó con cierta peligrosidad, su voz descendió para proporcionarle un toque de seriedad a sus palabras. El empleado buscando un poco de apoyo, ojeaba a todos los rincones del vestíbulo sin éxito, estaba a su suerte.

Acorralado, el jovencito sonrió de esa manera falsa que cualquier empleado esbozaría con tal de salir del aprieto, y Hao supo que consideraba llamar a seguridad. Era claro como el agua. Hao se llevó una mano a la sien, trataba de recabar la paciencia que ya le quedaba muy corta. Si armaba un escándalo o no lograba convencer al chico de que lo dejara pasar, podía dar por perdida la noche y comenzar a decirle hola al sofá que de la habitación del hotel. La única salida que le quedaba era jugar sucio.

Pero antes de que pudiera pensar en un argumento convincente que pudiera disuadir o intimidar (cualquiera de las dos le resultaba conveniente), escuchó la voz de Anna a lo lejos. Bajo el dintel de las puertas dobles que daban al área con mesas y arreglos florales, estaba ella acompañada de una persona que le resultaba muy familiar. Un hombre alto y fornido, con el cabello largo hasta la cintura y recogido en una coleta alta, estaba frente a la chica y parecía muy interesado en hablar. Anna por su parte, mantenía una postura firme e inflexible, con el mentón muy en alto, pero cruzada de brazos. De forma automática e ignorando a quien trataba de impedirle el paso, los pies de Hao se movieron, hasta llegar junto a ella, justo a tiempo para escuchar el diálogo.

—¿Qué quieres decir con que no puedo entrar?

—Pues me temo que no estas invitada, querida Anna. Debes de haber tenido una terrible confusión.

—¿Confusión? ¿Así es como prefiere llamarle?

—Podría suponerse. —Sonrió Mikihisa condescendiente.

—Ya veo, entonces creo que…

—Que gusto verte, Mikki —interrumpió Hao evitando que la rubia dijera algo de lo que pudiera arrepentirse.

Se aproximó lo suficiente para poder colocar una mano en el centro de la espalda de Anna. Ella estaba tensa, semejante a un gato que sisea mostrando las garras y dientes, con el pelaje erizado y apunto de saltar encima. La mano de Anna se abría y cerraba continuamente y Hao no podía decidir si se trataba de un ejercicio para recuperar la calma o un calentamiento en preparación para una de sus terribles bofetadas.

—Hao, qué sorpresa verte aquí, hijo.

—Yo también estoy sorprendido de verte —respondió Hao—. Creí que estabas determinado a ser un padre ausente.

—Cuida tus palabras Hao, cualquiera podría mal interpretarlas —le reprendió con suavidad.

—Cierto, tienes razón, podrían pensar que has faltado a otros eventos importantes de tus hijos. No que esa haya sido la constante antes, claro.

La sonrisa fingida de Mikihisa se achicó, al escuchar sus palabras. Era un hombre que terminó por buscar su propio crecimiento y practicar sus aficiones, antes que darles prioridad a sus hijos, dejándolos al cuidado de la madre y los abuelos. El padre paseó la vista por el salón de eventos, las mesas dispuestas alrededor de una pista de baile amplia y los invitados que estaban ahí, para después dirigirse a ver a su hijo que era prácticamente de su estatura.

—Escucha. Aunque es encantador volver a verlos, me temo que no pueden entrar. —El hombre cambió de tema, ignorando el comentario mordaz. La sentencia de su voz no permitía que hubiera otro comentario—. Ha sido suficiente con su presencia en la ceremonia. Así que, sería buena idea que se retiren. O bueno, quizás te puedes quedar, Hao, pero no te lo recomiendo.

—¿O podría dañar la linda imagen de familia funcional que tratan de mantener? —respondió Hao

—O podría ser muy incómodo para la familia de tu nueva cuñada —rectificó, dirigiendo una elocuente mirada hacia Anna—. Supongo que entiendes bien cómo es esto.

—No. Porque no lo dices con todas sus letras.

Mikki torció la boca hacia un lado, y acomodo los lentes con el dedo índice para poder darse un tiempo para pensar en cómo exponer las cosas. Hao estaba esperando a que dijera algo mordaz o despectivo hacia Anna.

—Den la media vuelta, hijo. Es lo mejor para todos.

—Sí, tal vez sí —concordó Hao. Al escucharlo, Anna lo observó con detenimiento, sin dar crédito a lo que oía, pero Hao sonrió de medio lado—. Pero no viajamos nueve horas para irnos sin comer pastel.

Mikihisa extendió el brazo para tomar del hombro a su hijo mayor cuando alguien se interpuso con delicadeza entre ambos.

—Déjalos —dijo en voz baja Yoh, que parecía haber llegado en el momento justo como si hubiera sido invocado—. No nos molesta que estén aquí.

—No es lo más apropiado, Yoh. ¿Qué dirá… si ve que ella está aquí? —le reprendió su padre, insinuando con la cabeza al lugar donde algunos invitados del lado de la novia buscaban su asiento

—No importa. Ya lo arreglaré yo.

Entre padre e hijo se suscitó una conversación invisible, transmitida con sus miradas. En el semblante de Yoh había determinación y tranquilidad. Hao no pudo evitar recordar a su hermano y su aspecto de cuando tenían 14 años, comparándolo, había madurado un tanto. Por una vez, se mantendría firme en su decisión, negándole la oportunidad de imponer su voluntad. Si tan solo hubiera hecho eso mismo hace años, quizás no existiría esa brecha tan grande entre ellos.

Su padre esbozó una mueca que quiso hacer pasar por una sonrisa, que falló en lograr y se retiró.

—Pasen —les dijo Yoh—. Debe de haber una mesa si reservación en alguna parte. La verdad es que no tengo la menor idea de cómo fue la organización, mi…

—Gracias —cortó Anna.

En el momento en que procedía a avanzar hacia la recepción, Yoh la rodeó de forma inesperada con los brazos, atrapándola. Anna se sorprendió, congelándose en el lugar. Si bien, su cuerpo y su corazón reconocieron de inmediato los brazos y el calor, este ya no era lo que solía hacer. No sintió la tranquilidad de antes, como si hubiera regresado a su hogar para ser cobijada por ellos. En su lugar, una escarcha entumeció sus articulaciones, dejándola quieta. Yoh se dio cuenta de lo ocurrido y la falta de correspondencia a su gesto afectuoso. La soltó antes de que nadie pudiera decir nada.

—Qué bueno que viniste —dijo inseguro—. Pensé que ya no te vería.

—Si —concordó Anna, evidentemente incómoda por la repentina muestra de afecto.

—A ti también Hao. Me alegro de que mi hermano este aquí.

—No me lo perdería por nada —afirmó Hao.

Dentro de él se instaló, taciturno cierta sensación de indisposición al ver a su hermano junto a Anna, tratándola de esa manera. Mientras trataba de averiguar que tanto era cierto en esas muestras de cariño espontáneas hacia la rubia.

Tal vez erró al convencer a Anna de que era buena idea asistir, y se estaba empezando a arrepentir de ello. Odiaba ver a los Asakura y lidiar con ellos, con esos ojos de decepción y tristeza, con esas palabras que trataban de demostrar que exstía afecto de padre a hijo que no logra establecerse, esa conexión rota. Y ahora, para colmo, estaba atrapado en ese evento social donde su hermano se comía con los ojos a su compañera.

Una idea intrusiva arribó al fondo de su cabeza, diciéndole que debía hacer algo para refrescarle la memoria a Yoh y dejarle claro que él ya había perdido su oportunidad; pero la sensatez fría y calculadora que siempre ganaba le recordó que Anna era solamente una mujer con la que se acostaba, su rival de negocios, la maldita embustera que le hacía la vida de cuadritos siempre que podía y que también lo llevaba al éxtasis cada vez que cerraba la puerta de la alcoba. Desechó la idea rápidamente. Pero aunque escogió ignorarlo, en su cuerpo, quedó anidado ese fastidio.

—Con permiso —dijo Anna, gélida como siempre y marcando la distancia entre Yoh y ella una vez más. Hao la siguió y le tocó el trasero, solo por tener la dicha de saber que su gemelo sería testigo de ello.

—Para ya —le ordenó la rubia.

—Solo un segundo más.

.

..

….

Las luces, la música, la cena suntuosa y deliciosa, las personas alrededor en prístinas indumentarias mantuvieron a Anna y Hao entretenidos por buena parte de la velada. Y los invitados parecían divertirse de igual manera. En pocas ocasiones, estos rivales habían tenido la ocasión de conversar de tantas trivialidades en una sola noche, criticaron como señoras inconformes y se burlaron como adolescentes de los ridículos que los extranjeros llegaban a hacer. El choque cultural siempre era divertido de observar.

—La barra libre fue una gran idea —apuntó Hao mientras observaba a unos hombres que parecía que, evidentemente, bebieron demasiado y ahora reían de forma escandalosa, incomodando a unos cuantos invitados.

—No podría concordar más —dijo Anna, que jugueteaba con la pajilla de su bebida. Estaban sentados en una mesa casi al fondo, a la sombra de unos toldos elaborados con telas blancas y adornos de listones color melocotón.

Al lado de los ebrios, se acercaron otros hombres que estaban dispuestos a cantar la ridícula canción pop que se escuchaba en los altoparlantes, y que era espantosamente pegajosa para todos. Anna maldijo para sí misma, pues la tonadita se le quedaría pegada en la mente durante un buen rato. Luego de un momento, unos amigos de Yoh se acercaron para unirse al canto y armar más alboroto todavía. El recién casado se acercó para tratar de apaciguar el desorden causado, siendo arrastrado por los muchachos sin que pudiera hacer nada al respecto.

Hao se habría reído de todo si no fuera porque dentro de él se removió inquieto el sentimiento sin nombre que se anidó dentro de él a la altura del vientre desde que llegaron al evento. Y es que él notó como su gemelo aprovechaba para dirigir una mirada más hacía Anna. No era la primera ni sería la última. Yoh había pasado la noche buscando a Anna, mirándola a la distancia, tratando de acercarse y siendo detenido por alguien que buscaba felicitarle por las nupcias recién contraídas. La acechaba, incapaz de hacer un momento para hablar con ella. Y cada vez que sentía la mirada de su hermano, sus entrañas se removían inquietas, era como si se hubieran transformado en una serpiente que había anidado retorciéndose, esperando el momento de soltar el veneno. Se recordó una vez más que no tenía el derecho de nombrar siquiera a esa serpiente, y descartó la situación rápidamente.

Uno de los meseros pasó al lado y les sirvió una bebida más a Hao que la bebió casi de un trago.

—Esta boda ha tenido sus momentos, ¿No es así? —afirmó Hao, curioso.

—Se podría decir —dijo Anna. Ella se llevó a la boca la bebida que tenía en la mesa para evitar verlo a la cara.

La fiesta estaba llegando al punto clave, la música era divertida, la pista de baile estaba abarrotada, se escuchaban risas y charlas y podía verse que en general dominaba un ánimo jovial. Inesperadamente, Anna también lo compartía. Luego de creer que desde su concepción esta idea de asistir era de lo más descabellada, se podían rescatar algunos puntos buenos, como esa forma en que Hao puso en su lugar a Mikihisa cuando entraron a la recepción, o el modo en que le permitió asirse de su brazo dándole oportunidad de esconder el leve temblor de piernas que sentía.

—Espero te hayas divertido, no falta mucho para que acabe —aseguró.

Anna asintió. Era verdad, según sus cuentas, solamente faltaban ridiculeces como los brindis y felicitaciones, tal vez partir el pastel. La chica suspiró aliviada, de algún modo, sobrellevó ese día, saliendo avante en el proceso, su corazón sin ningún rasguño extra que rompiera los remiendos que había logrado ponerle a lo largo de esos meses. Dirigió a Hao una mirada tierna, de alguna manera, el discutir con ese hombre que le ponía los nervios de punta y le provocaba ponerse a la ofensiva, contribuyó a ese logró. Internamente lo agradecía, pero jamás se lo diría en voz alta o corría el riesgo de que jamás le permitiera olvidarlo.

—Y bien, creo que nuestro trato era bastante claro. Sí yo era un buen compañero de fiesta, podría ganarme algún favor tuyo, ¿no?

—Sí, Hao, así es.

La chica tuvo que usar su mejor tono de voz, aunque sonó un tanto irritada de todos modos. Hao, sentado junto a ella en una de las sillas decoradas con listón, apoyó un codo en la mesa y el mentón en la mano. A lo lejos, se podía ver a la pareja de recién casados charlando con algún que otro invitado que ella desconocía.

—Entonces ¿He hecho un buen trabajo? —preguntó Hao.

Directo a la yugular, como siempre. Aun y cuando detestaba tener que darle la razón, no podía negarlo, la respuesta era , y es que él cumplió su palabra cabalmente, como era de esperarse en él. Titubeó antes de contestar, ya que no estaba segura de querer admitir las gracias que le debía sobre todo cuando no estaba segura de que tipo de perversiones se le podrían ocurrir a esa loca cabeza suya. En broma Hao Insinuó algo sobre un disfraz sexy de enfermera. No le quedaba otro remedio más que dar su brazo a torcer, ante los ojos castaños que la observaban expectantes.

—Así es —concedió Anna. Quizás no sería tan malo darle la razón, ya que hasta ahora, sus perversiones habían resultado muy placenteras. ¿Qué favor le pediría?

—Entonces —repitió con voz melosa—, dime… cuántos favores me he ganado.

—¡Nunca dije que sería más de uno! —respondió, abriendo mucho los ojos.

—Pero ¿no sería más divertido si fuera más de uno? —le dijo como una seguridad a la que era difícil oponerse.

—¿Divertido para quién?

—Para ti obviamente… —El joven le dio un trago al whisky que estaba tomando Anna, los hielos tintinearón en el fondo del vaso de cristal, antes de añadir—. Y también para mí… muy satisfactorio en realidad. Para ambos.

El destello en los ojos de Hao reforzaba sus palabras, removiendo en la rubia una sensación familiar que cosquilleaba dentro de su vientre. Seis meses transcurrieron desde que comenzaron a frecuentarse y ahora era capaz de reconocer cuando alguna idea traviesa se formaba en la mente de Hao. Se removió en su asiento, tratando de ocultar que la idea parecía tentadora.

—¿Qué planes tienes en mente, Hao?

Le preguntó para hacer tiempo, sin esperar realmente una respuesta; por lo que no le sorprendió cuando él se encogió de hombros como única contestación. El maldito estaba planeando algo pervertido, y para colmo, ella estaba empezando a disfrutar de la idea, entre sus piernas, una ligera humedad se hizo presente. Que diablos. Podía doblegar su orgullo un poco si eso representaba una ganancia para ella.

—De acuerdo, tú ganas, te concedo tres.

—¿Solo tres?

—Perfecto. Que sean dos.

Anna se cruzó de brazos, cerrando cualquier posibilidad de negociación. Era lo más que su soberbia le permitía. Discretamente, acarició la pantorrilla de Hao con el pie. Él miró su vaso vacío, meditando. Dos era mejor que nada.

—De acuerdo. Pero yo elijo cuando cobrarlos.

—Muy bien, puedo vivir con eso —ratificó la chica.

—Perfecto. Maravilloso acuerdo —le dijo Hao, y buscó con la mirada a su gemelo, que estaba demasiado lejos como para notar que ambos estaban conversando—. Cobraré el primero ahora mismo.

—¡¿Qué?! Ni hablar.

Hao rio, encantado de ver cómo sus mejillas se estaban tornando carmesí. Sorprenderla con cosas así era una placer culposo que normalmente terminaba pagando con una bofetada, pero no por eso dejaba de ser divertido. Sonriendo ampliamente le contestó:

—Por favor, Anna... Vamos, no te resistas, sé que te interesa la idea. Además, ya que he sido declarado persona non grata para los Asakura, creo que me he ganado eso a pulso.

Un nudo en la garganta, surgido del sentimiento de culpabilidad, se asentó en ella. Mordiendo su labio inferior, meditó sobre las posibles consecuencias y lo que podía pedirle, sin ocurrírsele nada. Estaba en blanco. La verdad, hasta que lo conoció, jamás se había dejado llevar por la lujuria y no había probado "perversión" alguna. Aquella ocasión con el vibrador era un recordatorio de ello, un recuerdo que vivía gratis en su mente. Se cruzó de piernas y brazos antes de acceder.

—¿Qué quieres ?

Hao se acercó para susurrarle al oído, con su voz de terciopelo:

—Quítate las bragas.

—Muérete primero —le ladró, con una expresión peligrosa en el rostro que no resultó suficiente para amedrentar a Hao—. ¡Debes estar loco! De ninguna manera, no es posible. No.

—¿Por qué no? Ya andas por la vida sin usar sostén y estás muy quitada de la pena.

—Eso es diferente, es un vestido sin espalda, no se puede usar sostén.

—Y tiene una abertura en la pierna, no se puede usar panties así.

—¿Qué clase de lógica es esa? No. Pide otra cosa, eso no. No haré algo así en medio de una boda.

Mientras Anna renegaba en voz baja, Hao le sostuvo fuertemente del mentón con una mano, asegurándose de que no pudiera escapar del beso con que la silencio. ¡Como odiaba que la obligara a callar de esa manera! El canalla, le mordió el labio inferior, lenta y suavemente, invitándola a corresponderle y borrando de esa manera los argumentos que tenía preparados. Del mismo modo imprevisto, terminó el beso. Le habló muy cerca, su boca rozando la propia mientras le decía:

—Nadie lo notará, te lo aseguro.

Acto seguido, con la mirada recorrió el lugar para darle contundencia a sus palabras: ni una sola alma se dio cuenta de ese beso, mucho menos de cómo le sostenía por la cintura, o la mano que rondó por su cadera con delicadeza singular hasta llegar al borde del vestido donde iniciaba la dichosa abertura. Sus cuidadosos dedos exploraron debajo de la tela, adentrándose entre sus muslos, hasta que atraparon sus panties, que eran sencillas y lisas, nada sexy.

—¿Qué es esto? —dijo él en voz baja, la burla colgando de cada una de sus sílabas—. ¿Panties de abuelita ?

—Pantis que no se marcan en la ropa, gracias —dijo Anna, ofuscada.

—Con más razón te las debes de quitar —dijo Hao y tiró de ellas para bajarlas. Por la abertura de la pierna empezaron a asomar las bragas—. Déjame hacerlo por ti.

—No. —Anna cruzó las piernas, fingiendo de manera desastrosa que no tenía el más mínimo interés en lo que él hacía dentro de su vestido, aunque lo cierto es que cada vez que le rozaba la cara interna de los muslos ella se sentía más caliente.

—Anna —dijo, haciendo gala de su más persuasiva galantería, con los labios casi rozando su oído—, quítatelas. Quédate así. Nadie lo sabrá más que yo. Eso es todo lo que deseo… —señaló con la mirada al bulto en su propia entrepierna—. Quiero concentrar toda mi energía e imaginación en saber que estás sentada junto a mí, desnuda debajo de ese vestido que quiero arrancarte con los dientes. Nadie lo sabrá más que yo, y eso es todo lo que quiero como pago por esta noche. Déjame fantasear con eso.

La rubia miró a su alrededor, cohibida, para comprobar si era verdad lo que le estaba diciendo. Efectivamente, la entrepierna de Hao se notaba abultada, así como una expresión de lascivia y lujuria en el rostro, combinada con una sutil suplica; se le notaba impaciente, mientras que forcejeaba con la tela discreta de sus panties.

—A veces te odio tanto —suspiró Anna, cediendo al fin, y ella mismo se bajó las bragas hasta que la prenda se deslizó por sus pantorrillas, llegando al suelo.

Temerosa de que alguien hubiera visto algo, revisó rápidamente alrededor pero nadie estaba al tanto de ellos. La fiesta en pleno apogeo mantenía entretenidos a todos los invitados.

Hao se agachó bajo la mesa, recogió la prenda y la levantó complacido. Con los labios artículo un "gracias" que no tuvo sonido alguno. Inspeccionó su botín por debajo de la mesa, para luego guardarlas en el bolsillo del pantalón, doblándolas bien. Se quedaron sentados en silencio, la sonrisa de Hao, aunque tenue, dejaba muchas incógnitas para la chica. Su rival de negocios levantó el vaso de nuevo, y formó una mueca desagradable.

—Vamos por un trago más —invitó a Anna. Agitó su vaso para que los hielos sonarán en el fondo y con ello recalcar la razón.

Anna sospechó de lo que decía, creyendo que se trataba de algo más, algo maquiavélico. No respondió, esperando a que él elaborara su discurso, pero no sucedió. En su lugar se puso en pie, y tendió la mano para ayudarla a levantarse. Resignada, aceptó y anduvieron por el salón de eventos con tranquilidad, pasando entre varias personas.

Se acercó a ella, de modo que pudiera hablar y que solamente ella escuchara.

—¿Ya lo pensaste ? Andas paseando sin ropa interior en una fiesta. —Sonrió con Malicia—. Y el único que lo sabe soy yo.

—¿Así? —dijo Anna. Era consciente de que Hao tenía la intención de hacerla sonrojar, causarle cierta vergüenza y cohibirla. Ya tenía sus pantaletas en el bolsillo, así que no le daría esa satisfacción de verla ofuscada, mucho menos con toda esa gente alrededor

—Y tengo la prueba aquí mismo. —Palmeó su bolsillo—. No tienes idea de lo duro que estoy ahora mismo, solo por saber eso —le susurró

Anna cerró los ojos un momento, disfrutando de las palabras. Él no era el único que encontraba candente la situación. La promesa de que Hao se encontraba en la misma situación, fingiendo normalidad mientras se acercaban a la barra a pedir una bebida, le fascinó, convirtiéndose en un impulso por ver quién resistía más.

Después de sentarse en la simpática barra de bebidas, Hao ordenó dos whiskys, y le ofreció uno a su acompañante. Pero ella prefirió quitarle de las manos aquel que sostenía, le dio un sorbo al mismo tiempo que uno de sus pies rozaba la pantorrilla de Hao, lento y sugestivo.

—¿De verdad estás así por mí?

—¿Quieres comprobarlo? —le respondió Hao. Después sujetó el vaso, atrapando la delicada mano de Anna en el proceso, y lo acercó para beber.

—¿Cómo podría? El lugar está lleno—repuso Anna, y se zafó del agarre. Cruzó las piernas, la derecha sobre la izquierda, dejando que la tela de satén se abriera y mostrara sus muslos blancos. La postura seductora junto con su sonrisa traviesa despertó los bajos instintos de Hao, que dejó su imaginación correr libre.

—Se me ocurre una idea. Qué te parece si tú y yo… —le dijo, y llevó la mano izquierda hasta el hombro de Anna, acariciando con el dorso de sus dedos la piel, el fino tirante se resbaló y…

—Ejem, ejem. —Una voz masculina se hizo presente a espaldas de Anna—. Espero no interrumpir nada, Hermano.

Reconoció la voz de inmediato. Aunque sobrecogida por lo inesperado, Anna permaneció serena y se acomodó el tirante del vestido, antes de volver la vista. Ahí estaba Yoh Asakura, con una sonrisa amplia y adorable, que no llegaba hasta sus ojos.

—Para nada Yoh —le contestó Hao, y apoyó el brazo derecho sobre la barra, la expresión indolente ocultaba a la perfección que su hermano menor no pudo ser más inoportuno.

—Entonces supongo que no habrá problema si hablamos un momento, Hao. —Se volvió a Anna, mostrándole su mejor cara, aquella sonrisa radiante con la que podía salirse con la suya, mientras posaba la mano en su hombro—. Espero no te moleste, Anna.

—En lo absoluto, después de todo ya has hecho cosas peores que solo venir a interrumpir una conversación —le contestó la rubia, indiferente, y cambió su postura soltándose de la mano de Yoh—. Eres libre de hacer lo que quieras. Te espero más tarde.

Al decir esto, se levantó de su asiento, dirigiendo una mirada ardiente a Hao que no compartió con Yoh. La gracia en su porte robó la mirada de los gemelos, que la siguieron mientras ella se dirigía al vestíbulo.

Yoh le palmeó el hombro derecho a su hermano. Discreto, sujetó la tela del saco, un gesto imperceptible para cualquiera que atestiguara la escena, pero evidente para el portador de la prenda. Hao lo miró por el rabillo del ojo, sabiendo bien que Yoh lo "invitaba" a hablar en un lugar apartado. Emprendió el camino sin resistirse, dirigiéndose a dónde el recién casado le indicaba.

Llegaron a un lugar del jardín decorado por tenues focos de luz cálida como los que estaban de moda, en la privacidad que otorgaban unas mamparas de tela blanca y flores del mismo tono. Una vez ahí, semi ocultos y a resguardo de cualquier luz que la pista de baile lanzara o de ojos impertinentes que le buscaran, la sonrisa de Yoh se esfumó. El semblante generalmente tranquilo y amistoso del menor se vio reemplazado por una mirada dura e impenetrable, acentuada por una mala cara, las manos cerradas en un apretado puño. El mayor reconoció los signos inequívocos del humor de su hermano, se sorprendió de verlo de esa manera, así que, obviamente, puso el dedo en la llaga.

—¿Qué ocurre, hermanito? ¿Por qué estás tan molesto? ¿De qué querías hablar?

—Basta de tonterías, Hao. —La voz férrea de Yoh fue clara pese al ruido que la música causaba—. ¿Qué estás tramando?

—¿Tramando? creo que no te entiendo —respondió Hao. Su postura cambió, enderezándose cuan alto era, el aire arrogante en su porte, en su faz la mueca de desagrado. ¿solo para eso fue interrumpido? El fastidió y el desdén hacia su hermano estaban acabando con su paciencia—. Habla claro, Yoh, no tengo tiempo para rodeos. Mi chica me está esperando.

Casi se muerde la lengua al decirlo de esa manera, esa mentira tan descarada pero imposible de comprobar por su hermano. Yoh le dirigió una mirada seria ilegible, que ocultaba muy bien lo que pensaba en verdad.

—¿Por qué de pronto se llevan tan bien? Que yo recuerde no se soportaban. Y ahora… es muy extraño.

—Siempre hemos sido cordiales el uno con el otro. En especial porque es imposible no tratarnos cuando trabajamos en la misma rama —aseveró Hao, asegurándose de no revelar demasiado información. Era un juego que disfrutaba, el seleccionar sus palabras de manera adecuada. Decir algo sin que fuera posible quedarse tranquilo y sin dudas.

—¿Se supone que te crea?

—Si tu quieres.

—No estoy de humor para tus juego, Hao. ¿Qué es lo que quieres con Anna?

—¿Por qué tan molesto Yoh? —respondió Hao señalando con la mano el lugar donde estaban—. Pensé que este sería el día más feliz de tu vida. No entiendo tu actitud.

Pero mentía. Sabía perfectamente el motivo de la actitud en su hermano. Toda la noche él comprobó las miradas furtivas que Yoh le dedicaba a Anna: la había seguido con la vista allí donde estuviera, trató en más de una ocasión de acercarse a ella, además de atestiguar como su ahora esposa reclamaba su atención al atender a los invitados. Desde que los vio llegar a la iglesia, Yoh tuvo un comportamiento que desconcertaba a aquellos que lo conocían, despertándoles la sospecha de que algo no iba bien. Pero Hao sabía que Yoh buscaba a Anna por algo más que simple sorpresa, algo necesitaba de ella.

—Responde ¿Qué quieres con ella?

—No quiero nada que no quieras tú, hermanito —le constó, sintiendo como se retorcí dentro de él esa serpiente que se negaba a reconocer, demandando que le diera voz, y de una vez por todas le dijera a su hermano todo lo que le quedaba por decir. Yoh tensó los hombros, adquiriendo de este modo un semblante pétreo, insondable.

—Aléjate de ella. Te juro que si la lastimas por estar jugando con ella, yo…

Esa voz, ese tono fiero pero calmo que usaba cuando dominaba sus impulsos. Yoh metió ambas manos en los bolsillos, como una forma de someter el temblor que tenía en los dedos. Hao no pudo más.

—¿Por qué? —soltó Hao abruptamente, su voz era como un témpano de hielo—. ¿Porque te interesa lo que haga o no con Anna? Ella es una mujer libre. Una adulta que toma sus decisiones. Y si está conmigo es porque así lo decidió. —Alcanzó a ver como su gemelo apretaba la mandíbula al escuchar eso—. Es a ti a quien no debería interesarle lo que haga o no Anna… a menos que me equivoque y ella todavía te importe. ¿Es eso hermanito? ¿Todavía te gusta? ¿Todavía la quieres?

—No seas ridículo. No es por eso —dijo Yoh, desviando la mirada.

—Sabes que no me puedes mentir, Yoh —la voz se tornó fría y firme. Aquel enfado sordo y apocado, dejó de ser tal y comenzó a subir por sus entrañas llegando a su cuello donde se atoró-, te conozco demasiado bien. Desde que llegó no despegas el ojo de ella. No te culpo, se ve irresistible con ese vestido. Francamente, no puedo esperar para quitárselo.

—Cállate, Hao —bramó.

Yoh vibraba de rabia. Las manos salieron de los bolsillos, en la punta de los dedos una inquietud imposible de disimular

—¿Qué? ¿Creías que ella iba a quedarse de brazos cruzados esperando a qué volvieras a buscarla? ¿Es por eso qué le llevaste la invitación hasta su puerta y le pediste entrar. Si, yo también estaba ahí para ver tu patético intento de hablarle.

Hao sintió una satisfacción pasar por su pecho al informará Yoh sobre esto, la expresión contrariada de su gemelo era digna de un aparador. Había estado esperando el momento justo para decírselo, soltar ese veneno. Quería hacerle saber que ahora era él quien estaba con ella, que era él quien calentaba su cama y que era él quien la llevaba al éxtasis todas las veces que ella se lo pedía. Estaba harto de que Yoh tuviera la osadía de mirarla con ojitos de ternura.

—Deja de jugar…

—No, Yoh —le cortó Hao, y se adelantó un paso, acercándose a él, quedando a unos palmos de distancia. La presencia se hizo imponente, a la defensiva—, eres tú quien tiene que dejar de jugar y madurar. Se un hombre, y acepta tus errores, enfrenta tus consecuencias. No sé y no me importa saber qué diablos hiciste para arruinar las cosas de esta manera Yoh. Pero ya va siendo hora de que te resignes. La perdiste. Ahora ella está conmigo y solo te queda aceptarlo.

El silencio se hizo presente entre ellos. Ambos permanecían quietos, las palabras del mayor permearon en Yoh. Las palabras brotaron de su boca con mayor brutalidad de la que pretendía, pero no lo lamentaba. Aprovechando la falta de respuesta del menor, Hao le dio la espalda para ir a buscar a Anna en el vestíbulo. Se había alejado unos cuantos pasos cuando escuchó claramente a Yoh.

—No la mereces Hao. Tú no eres la persona adecuada para Anna.

Se detuvo en seco, con ambas manos en los bolsillos. Miró por encima del hombro a su hermano gemelo, que en ese momento podía resultarle más insignificante. Una rabia pulso en su sien, pero esta no alteró su semblante ni su voz.

—Esa es la diferencia entre tú y yo, Yoh. Yo no finjo que lo soy.

Continuó caminando, dejando solo a su gemelo, sin preocuparse por lo que ocurría a su alrededor. Con la mirada buscaba a Kyouyama, pero no se podía concentrar mucho ni en el rumbo que tomaba ni en las personas que veía. Sentía que le hervía la sangre por dentro, las palabras de Yoh terminaron por afectarle más de lo que le hubiera gustado reconocer. ¿Cómo se atrevía a decirle qué hacer? ¿Con qué derecho se atrevía a reprocharle si él era adecuado?

Inesperadamente, la iluminación del jardín cambió, el animador de la fiesta comenzó a hablar por el micrófono, solicitando la presencia de los novios en la mesa de honor, así como los padrinos y todos aquellos que dirían algún discurso para los novios. La fiesta estaba cerca de concluir, y era el momento para realizar los brindis, partir el pastel y el primer baile; en otras palabras, era el momento en que todos los ojos estaban pegados en los novios y nadie notaría si algún invitado iba a otro lado.

Girando sobre sus talones, Hao caminó contra corriente de los invitados, enfilando hacia el vestíbulo.

Allí dentro, estaba ella, de pie junto a una gran ventana observando el exterior. Ese vestido que dejaba al descubierto su espalda y acentuaba su perfil despertó en él un impulso, una idea impetuosa. Se dirigió hasta donde estaba ella y la rodeó por la espalda, besando su hombro en el proceso. Ella no se sobresaltó, ya que lo vio acercarse por el reflejo del cristal; aunque sí trató de zafarse, empecinada en que esas muestras de cercanía debían mantenerse en privado, en un espacio donde solo estuvieran ellos dos.

—Voy a cobrar mi segundo favor ahora mismo —le dijo manteniendo la vista fija en sus ojos claros por medio del reflejo. La inflexión en su voz, certera y decidida, no daba espacio a ninguna duda. Anna abrió mucho los ojos, paralizándose ante esa entonación que utilizaba en tan raras ocasiones cuando estaba con ella.

—¿Ahora? Pensé que te bastaba con saber que tenías mis bragas en el bolsillo.

—Estaba en un error. No puedo esperar más —murmuró, después mordió el lóbulo de la oreja, enviando un escalofrío por toda la espina dorsal de la rubia que colocó una mano en el cristal para apoyarse -te necesito aquí y ahora.

—Idiota —le dijo la rubia, fingiendo sin éxito, que la situación le resultaba alarmante, lo cierto es que sus oídos estaban prestando atención, intrigada por lo que decía—. ¿Cómo pretendes que hagamos eso?

Hao se encogió de hombros, y revisó el área a su alrededor, notando que el vestíbulo quedó desierto, sin nadie que se diera cuenta de lo que hacían o hablaban. Pero era muy arriesgado tocarla ahí mismo, incluso si no podía esperar más; no estaba de humor para otra interrupción.

Entonces lo divisó: el joven encargado del armario de los abrigos estaba recargado en su escritorio mirando su celular bastante distraído.

—Espera aquí —le indicó Hao. Dejándola donde estaba.

Por el reflejo del cristal, Anna espió a Hao hablando con el encargado, quien levantó la vista aflojerado. Intercambiaron algunas líneas en voz baja, el muchacho que parecía ser de preparatoria negó con la cabeza, luego miró a todos lados, para finalmente extender la mano y embolsarse el soborno que Hao le extendió. Dijeron unas cuantas palabras más y colocó un letrero que rezaba "Tome un descanso. Regreso en 20 minutos" antes de irse.

Hao se quedó parado junto al mostrador, con el aspecto de quien acaba de triunfar en la vida, pero solo por un par de segundos. No había tiempo que desperdiciar. Se aproximó a Anna para susurrar en el oído de la chica, exhalando su aliento a escasos centímetros del cuello.

—Sígueme —le indicó.

El tono de voz auguraba la impaciencia que él sentía. La rubia optó por seguirle la corriente y asintió con la cabeza.

Ambos enfilaron hasta el armario desolado, dentro del cual brillaba un tímido foco de luz cálida que apenas y servía para iluminar parcialmente la estrecha habitación. En cuanto ambos estuvieron dentro, Hao cerró la puerta y quedaron en penumbra. Sin perder un segundo, Hao la estrechó entre sus brazos, apretándole contra su pecho para poder sentir la fisionomía de Anna.

—No tenemos mucho tiempo —le dijo Hao, apremiante. En su voz pendía un dejo de desesperación.

Respiraba agitado por la excitación. Llevaba buen rato con su miembro endurecido sufriendo dentro de sus pantalones. Y ni hablar de cómo se perdió varios minutos de conversaciones triviales a lo largo de la noche fantaseando con deshacerse de ese vestido.

—¿Vamos a hacerlo aquí?¿De verdad?

—Sí —le respondió con un hilo de voz, besándole el cuello, los hombros y el pecho mientras la rodeaba con ambos brazos

—Debes estar bromeando —le dijo la rubia que hacía lo mejor que podía para ocultar que la situación encendía en ella una chispa—. ¿Qué tal si alguien entra y me ve desnuda?

—Va a ser el bastardo con mejor suerte del planeta, después de mí.

Anna iba a protestar pero no tuvo tiempo de responder, ya que él la apretó aún más e hizo que retrocediera con pasos inseguros hasta que su espalda quedó contra la pared. Hao le robó el poco aliento que le quedaba con un beso apremiante, urgente, necesitado, al que ella le correspondió del mismo modo, enredando los delgados dedos en los cabellos sedosos de él.

Teniéndola acorralada contra la pared y sabiendo que contaban con un tiempo limitado, recorrió el cuello de la rubia con la boca y la lengua, besando sus hombros y la clavícula de su cuello; en tanto con la mano izquierda exploraba, desesperado, la tela de satén de la falda, hasta que dio con lo que tanto buscaba: la apertura con la que la chica se la había pasado exhibiendo sus piernas durante la velada.

Introdujo la mano a través de esta para encontrar su sexo, tibio y húmedo. Sintió palpitar su verga dentro de los pantalones cuando comprobó cuan mojada estaba ella. Sonrió contra el cuello de Anna, complacido ante la evidencia de que no importaba cuan reacia actuara, o con cuanto recato se comportara, ella también estaba tan excitada como él. Con deleite introdujo el dedo medio y anular dentro de su intimidad, entraban y salían con facilidad, mientras que ella se retorcía apoyada contra la pared. Repitió la acción varias veces, con ritmo, para humedecer sus dedos y con ello poder estimular él pequeño botón que sabía la haría gemir. Con la rodilla, Hao la obligó a abrir las piernas aún más, facilitando el acceso; en tanto que la mano libre buscó sus nalgas para sostenerla

Anna suspiró, abrazándose a su cuello, ocultando su rostro entre el cabello castaño, sabía bien que sus mejillas sonrojadas y la expresión de su rostro eran de lascivia y se negaba dejar que Hao la viera de ese modo, aun y cuando la escasa luz del foquito en el armario no lo permitiera. Anna terminó por menear la pelvis para acompañar el ritmo de los dedos, siguiendo un instinto primitivo que ya no reprimía. Hao se deleitó al saber que despertaba en ella esa clase de sensaciones, complacido de escucharla amortiguar los gemidos apretando sus labios.

Ella le sujetó de la muñeca, y tironeó de ella, buscando que el parara por un momento, que detuviera sus dedos ágiles el tiempo suficiente para que pudiera recobrar el aliento; pero él no iba a parar por nada del mundo, al contrario, lejos de apartar sus dedos expertos, los introdujo dentro de ella y acarició su centro, como si estuviera llamando a alguien, estimulando ese punto especial en su interior cada vez más rápido. Anna apretó su muñeca con más fuerza, jadeando sin dejar de mecer su cadera. Desinhibida, no podría parar aunque de ello dependiera su vida. Si abrieran la puerta y llegar alguien para echarlos del lugar, ella seguramente los ignoraría si Hao seguía estimulándola de esa manera.

Hao sabía que ella estaba cerca, podía escucharlo en la forma en que gemía, en el modo en que su coño se estrechó alrededor de sus dedos, y como sus jugos estaban escurriendo hasta la palma de la mano, corriendo entre sus muslos, y produciendo ese sonido exquisito. La chica se aferraba a su cuello, sus manos recorriendo la espalda ancha, acariciando esos músculos que conocía.

En cuestión de segundos, Anna se estremeció de pies a cabeza, gimiendo por las oleadas de placer que Hao le había provocado. Él sintió los espasmos del orgasmo en su mano, y con cada uno, su verga palpitaba con mayor fuerza, apremiante. La forma en que lo miró a través de sus largas pestañas era ardiente. Claramente Anna decidió que sus dedos no eran suficiente; con manos temblorosas, aflojó la corbata, desabotonó la camisa y buscó el pantalón con desesperación.

Determinada, la rubia le desabrochó el cinturón, abrió la bragueta y le bajó los pantalones, impaciente y hambrienta, quería más. Necesitaba más de él. Él en tanto, comenzó a besarla profundamente, percibiendo el sabor de su saliva. Con una mano veloz, ella apretó su miembro, subiendo y bajando de la base a la punta con agilidad, sin ningún preámbulo, ardiendo por sentirlo dentro de ella. Buscaba que Hao sintiera el mismo desasosiego, provocarlo tanto como pudiera.

Hao deslizó los tirantes del vestido hasta sus codos, dejando expuestos esos senos firmes y los pezones erectos. Rápidamente se inclinó para besar y mordisquearlos, succionando. Anna estaba ardiendo de deseo, igual que él, el placer esos dedos le dieron no era más que migajas comparado con lo que deseaba. Se sentía fuera de sí, embargada por la lujuria. El lugar en que estaban aumentaba la adrenalina y los deseos de sentirlo dentro de ella. A su oído, Hao susurraba halagos mientras tocaba su cuerpo, con el aliento entrecortado, hipnotizado por las formas que alcanzaba a distinguir en la penumbra del lugar.

—Date la vuelta —ordenó.

Y, por primera vez, Anna, obedeció sin rechistar.

Le dio la espalda, y Hao bajo el cierre del vestido, apartó la falda y terminó de bajar los tirantes de la prenda hasta que logró que la tela de satén rojo cayera con un suave rumor a los pies de la rubia, que seguía calzando sus tacones de pulsera. Dejó al descubierto ese trasero redondo, se tomó un segundo para acariciar la forma que tenía. Le gustaba tanto la piel de Anna tan suave e inmaculada. Podía observarla, ansiosa por recibirlo, sabiendo que tenía el coño empapado y las rodillas débiles por el orgasmo. El primer orgasmo. Sin más preámbulo Hao se posicionó detrás de ella, y con la punta de su verga buscó la entrada. Al encontrarla se detuvo un segundo, saboreando el calor y la urgencia que ella mostraba. Le miraba con los ojos vidriosos por encima del hombro. Contuvo el aire, mientras sus ojos terminaban de ajustarse a la escasa iluminación, descubriendo que podía ver la suave forma de su espalda tersa, la bella cintura que cabía entre sus manos con facilidad y las nalgas firmes. Él se inclinó, y recorrió con la lengua la columna de la rubia, hasta llegar a su hombro.

—Veamos si podemos guardar silencio —retó, al mismo tiempo que sujetaba sus senos—. El primero que haga ruido pierde.

Dicho esto, arremetió contra ella, introduciéndose por completo. Sintió un placer indescriptible, que le dejó la mente en blanco por unos segundo. Estaba tan mojada, y apretada, con ese calor y aroma que estuvo deseando disfrutar desde que la vio usando ese vestido tan entallado. Sin demorarse más, la penetró rápidamente, entrando y saliendo con un ritmo que hacía que Anna contuviera la respiración. Pronto ella apoyó las manos en la pared que estaba frente a ellos, haciendo a un lado uno de los abrigos que estaban colgados, Ella temblaba con cada embestida, pero se mordía el labio inferior, evitando hacer cualquier tipo de ruido. Silencio que le iba a costar mucho mantener, o al menos eso decidió Hao.

Sin aminorar el ritmo, usó su mano derecha para estimularla, tocando su clítoris. La espalda de Anna se arqueo de inmediato, sus rodillas comenzaron a temblar un poco más, se llevó la mano a la boca, para amortiguar su voz. La forma en que aquejaba su cuerpo cada vez que entraba en ella le incitaba a continuar, le sujeto con la mano izquierda por la cintura y con la derecha del hombro para sostenerse mejor. La cadera de Hao se movía con ímpetu, chocando contra las nalgas de la rubia. Podía sentir que estaba cerca de correrse, así que aminoró la marcha hasta que sacó su miembro por completo. Anna suspiró lastimosamente, aún apoyada contra el muro, cuya frescura contrastaba con lo ardiente que sentía su cuerpo.

—Quiero sentirte más cerca —le indicó el muchacho. Era una orden más que una afirmación.

Abruptamente, hizo que Anna se diera la vuelta y apoyara la espalda contra la pared del pequeño armario. El tiempo era oro, y Hao iba a aprovechar cada segundo. Ahora que la tenía de frente, la besó con renovado arrebato, acariciando desesperadamente los hombros, senos y vientre de Anna, en tanto que él repasaba con la lengua su clavícula. La rubia hundió los dedos de una mano en el cabello de Hao, buscando su nuca, mientras que la otra encontró su camino para desvestirlo. Entre jadeos, la corbata y el saco se perdieron, pero no la camisa. No tuvo la oportunidad.

Con apenas espacio suficiente, Hao pasó el brazo derecho bajo la pierna izquierda de la rubia, levantándola para que está quedará en alto, poniendo a prueba la flexibilidad y equilibrio de Anna, quien maldijo el momento en que se le ocurrió usar esos perversos tacones en los que no se podía sostener por el temblor en las rodillas. Así, de pie, con la espalda contra la pared como único apoyo, la penetró nuevamente.

Lo sintió profundo dentro de ella, llegando hasta el fondo cada vez que entraba. Se agarró de los hombros de Hao; la tela de la camisa le proporcionaba cierto agarre extra, necesario con cada embestida. Su voz escapaba en momentos, pero no le interesaba amortiguarlos; no cuando la estaban cogiendo de esa manera. La sentía dentro, esa verga gruesa, que se abría paso para hacerla gozar, en ese ritmo arrebatado que aumentaba su temperatura y hacía que sus extremidades cosquillearan.

Haciendo muestra de pericia, Hao apartó algunos mechones de cabello del rostro de Anna. En la penumbra distinguía la expresión de placer de ella, los jadeos y como intentaba morderse el labio inferior para acallar los gemidos. Cada vez, él iba aumentando el ritmo y ella correspondía subiendo el volumen de la voz.

—Recuerda que debes guardar silencio —jadeó en su cuello—. O nos van a descubrir.

Pero ella estaba en éxtasis, ni siquiera le escuchó, perdida en las sensaciones exquisitas que la despojaron de todo buen juicio. La besó y sus lenguas se encontraron, apasionadas. Sentía los senos, dulces y tersos, contra su pecho; olía la fragancia propia de su piel mezclada con el perfume de azahar y manzanas que usaba ese día. El calor de ella, su sabor, su cuerpo, todo en Anna le volvía loco, lo hacía perder los estribos. De alguna manera sabía que podría perder la cabeza en cualquier momento, sumergido en las sensaciones que ella le evocaba. si se trataba de Anna, no podía reprimirse. Jamás la dejaría ir, se aseguraría de que ella se quedará con él. Esa mujer era suya.

Anna soltó un gemido agudo, su voz se había transformado en un canto de sirena, en un timbre que se le antojaba delicioso y que inflamó su necesidad. No era suficiente, necesitaba poseerla por completo. Hundió el rostro entre sus tetas encantadoras, e hizo acopio de su fuerza y pericia. La levantó por completo, y dejó que ella enredara sus piernas alrededor de su torso. Agarrándola de las nalgas, lamiendo los pezones rozados, hundiendo su verga hasta la base en ese coño suculento, dio rienda suelta al deseo que incendiaba su cuerpo, la embistió con renovados bríos. Estaba tan mojada que se deslizaba dentro de ella fácilmente. Y cada vez que entraba en ella, la voz de Anna salía, melodiosa, diciendo su nombre, pidiéndole más, amenazándolo para que no se atreviera a detenerse. Su coño apretado, las piernas que apenas se mantenían quietas, la podía sentir entre sus brazos; todo su cuerpo se iba tensando mientras que él se abría paso en su interior.

—No te contengas.

Y, dócil, le obedeció. Las oleadas del clímax la alcanzaron, rebasándola de inmediato. Al sentir como ella llegaba, Hao terminó al mismo tiempo. Se derramó dentro de ella, llenándola. Escuchaba si propio corazón resonando en sus oídos, mientras se recuperaba. Trataba de respirar profundamente.

Anna bajó las piernas, que le temblaban y parecía que no funcionaban apropiadamente con el calzado que portaba. Hao la abrazó para darle apoyo, esperando a que ella pudiera sostenerse. La rendija de luz que se colaba por debajo de la puerta delataba que por lo menos una persona caminó delante de ella.

—Creo que se nos terminó el tiempo —jadeó Hao contra el pecho de la rubia, recuperando el aliento trabajosamente. Tenía la frente perlada por el sudor y las rodillas débiles, igual que las manos. El impulso de poseerla fue mayor, y terminó por utilizar toda su energía en ese momento, en un arranque de deseo que resultó más satisfactorio de lo que esperaba.

—Espero que hayas sido suficiente para ti —respondió Anna, separándose de él con sutileza.

—No —respondió secamente Hao mientras le pasaba un trozo de tela a Anna para que se aseara—. De ti nunca tengo suficiente, Kyouyama. Pero esto bastará para poder irnos de esta fiesta.

—Suena a qué tienes planes para después —susurró.

Ambos comenzaron a vestirse adivinando cómo iba cada prenda dentro de la oscuridad. Hao se abotonaba la camisa y volvía a cerrarse la hebilla del pantalón, mientras que Anna se volvía a poner el vestido con cierta dificultad debido a la penumbra, se colocó todo en su lugar, excepto por el cierre que estaba en la espalda.

—Ayúdame con esto —le indicó ella.

Hao tentó en la oscuridad su cuerpo, reconociendo la tela hasta que encontró el cierre que recorría la parte baja de la espalda de Anna. Con el dedo, recorrió la columna de Anna para verla retorcerse una vez más.

—Déjate de juegos Hao. Debemos ir nos antes de que alguien nos descubra.

—Como quieras.

El joven se acercó a la puerta y abrió primero una rendija para espiar en el vestíbulo del salón de fiestas, la luz iluminó los rostros brevemente, sonrojados, agitados y con el cabello revuelto. Pero el lugar se encontraba vacío, así que era seguro. Se colaron al vestíbulo pretendiendo que eran personas decentes y pudorosas. Anna avanzó primero, perdiéndose entre la multitud que se reunía alrededor de la pista de baile donde el nuevo matrimonio se estaba hablando por el micrófono diciendo cosas que no le interesaban en lo más mínimo. Hao se entretuvo un segundo de más, acomodando su corbata y dejó un billete extra bajo el letrero de "vuelvo en 20 minutos" que el encargado dejó tras recibir su soborno. El encuentro había sido lo suficientemente satisfactorio, pese a lo corto, que considero que el empleado merecía algo extra. Sintiendo su cuerpo relajado y aunque un poco adolorido, echó a andar para alcanzar a la rubia.

Llegó a donde se encontraba Anna que aplaudía perezosamente mientras la pareja se dirigía a cortar el suntuoso pastel de 3 pisos decorado con flores naturales y crema batida. Los meseros se iban acercando poco a poco, acercando unas copas de champaña para cada uno de los invitados, se escuchaba una voz por el altoparlante que indicaba que pronto se haría el brindis por la feliz pareja. Anna tomó una copa para ella y le entregó una a Hao.

—¿Un brindis? —le cuestionó Hao sin mirarla a la cara, observaba atento las personas en cada una de sus mesas, que se ponían de pie a medida que recibían su copa.

—Es la costumbre —aseguró Anna

—¿Desde cuándo participas de buena gana en las costumbres? —le preguntó Hao, mirándola por el rabillo del ojo.

—Desde que perdí todo sentido de pudor en un armario —declaró ella—. Deja de molestar, y alza la copa, imbécil.

Hao sintió que su pecho se hinchaba de presunción, queriendo hacer alarde del hecho, pero guardándolo como un secreto para sí mismo. Sabía que los insultos eran su forma de ocultar lo satisfecha que se sentía. Levantó su copa, al mismo tiempo que los recién casados y todas las personas congregadas en el establecimiento. No le interesaba si Yoh continuaba siguiendo con la mirada a Anna. ¡Que más daba, era insignificante! Era Yoh quien portaba una alianza y (muy seguramente) firmó algún tipo de acuerdo prenupcial que lo tenía atado de manos y pies. Mientras que él tenía por delante una infinidad de posibilidades y un grato acuerdo con Anna Kyouyama. El organizador del evento indicó que era hora de gritar felicidades y beber hasta el fondo, y así lo hizo.

Mientras se repartían las rebanadas de pastel y volvía a sonar la música, Anna recogió sus cosas y le indicó a Hao que era hora de partir. Obediente, Hao le siguió la corriente tras apurar la bebida en su vaso. Al ponerse en pie, se dio cuenta de que por primera vez en varios años, bebió un poco más de la cuenta; se alegró de que tomarían un taxi y no tendría que pasar a una tiendita de conveniencia por agua carbonatada antes de conducir. Indiferente a su estado, ella continuó caminando hasta que la alcanzó atravesando las mesas

—¿No vamos a despedirnos y agradecer la velada?

—Estoy cansada para esas nimiedades

—¿No se merece tu cortesía?

—Ese asno… No, no me interesa despedirme. —Se detuvo un momento para verlo con desdén que acentuaba sus palabras—. No me malinterpretes. Le deseo toda la felicidad que sea capaz de tener, espero que esa chica e Yoh tengan una larga y próspera vida. —Se encogió de hombros—. Es todo. Pero no es necesario decírselo.

—Que madura de tu parte. —Hao guardó la mano libre dentro del bolsillo del pantalón.

Pasaban unos minutos de las media noche, y por alguna razón Hao se sintió como si fuera cenicienta, regresando temprano a casa. Al llegar a los escalones de piedra de la puerta principal, Hao distinguió una persona en una esquina, alguien que conocía demasiado bien. Yoh se encontraba jugueteando con un pequeño objeto entre los dedos. Tenía el saco desabrochado, lo mismo que la corbata deshecha descansando en sus hombros y un par de botones de la camisa abiertos. conociéndolo estaría asfixiándose dentro de la tela negra del traje elegante. Por primera vez en toda la noche estaba solo, y el lugar estaba desierto, iluminado por esas estéticas lámparas de jardín que pendían de postes elegantes a lo largo de la acera.

Yoh se dio cuenta de que ellos avanzaban por la acera, notando como Anna iba tomada del brazo de su hermano gemelo, que conversaban y que, efectivamente, se iban juntos. No lo medito demasiado, y con paso veloz los alcanzó en la puerta que daba al vestíbulo. Asió su brazo, separándola brevemente. Ignorando su buen juicio y desdeñando hasta la última pizca de autocontrol, asió el brazo de Anna por el codo, suplicando en recóndito de su mente que ella se detuviera.

La mano, inesperada y familiar, la obligó a buscar al dueño, parando por completo la marcha. Entre los tres se acomodó un silencio embarazoso y espinoso.

—Anna —dijo a media voz—. ¿Te vas tan pronto? Pensé que te quedarías un poco más,

La aludida se soltó del brazo para poder verlo de frente. Darle la cara. Pero no le contestó, una mueca impasible transformó su rostro.

—La fiesta está terminado. ¿Por qué me quedaría más tiempo del necesario?

Él agachó la cabeza, mirándose los pies, algunos mechones de cabello castaño largo hasta los hombros cubrieron el rostro de Yoh. Dudaba sobre qué hacer o decir. La rubia esperó pacientemente a que su exnovio juntará el valor que necesitaba para vencer el nudo en la garganta. Yoh Asakura soltó el aire lentamente antes de actuar.

—Pensé que habría oportunidad de hablar un poco.

—No tengo nada que decirte, Yoh.

—Pero yo sí —sentenció—. Hay muchas cosas que quiero decirte.

Le tomó de la mano, enviando chispas por su brazos al contacto. Un cosquilleo nació entre ambos, ahí en ese punto en que se dio el contacto, sin embargo el tierno calor que él emitía era delicado, apenas y lograba permear en su mano; le resultaba indiferente. Anna no retrocedió al contacto e Yoh lo tomó como una buena señal. Como la indicación de que estaba abierta para escucharle. Sin soltar su mano, la atrajo unos cuantos pasos al costado, para procurar un atisbo de intimidad, alejándose de Hao.

El mayor de los Asakura entendió la señal de inmediato. Él ya sabía lo que diría, y no le apetecía confirmarlo. Se retiró en silencio, sacando la cigarrera plateada del bolsillo y llevándose el cigarro a los labios. Se apoyó debajo de una de las lámparas para esperar por Anna. Pesé a que se encontraban a una prudente distancia donde no podía escucharlos, inevitablemente terminó por aguzar el oído. Sostener el cigarrillo en la boca no era suficiente para mantenerse quieto, ecuánime, y evitar poner en su lugar a su hermano. Inquieto, sacó el encendedor plateado y comenzó a jugar con la tapa, cerrándolo y abriéndolo, como último vestigio de paciencia esa noche.

Por su parte, Anna esperaba escuchar a Yoh con una cauta curiosidad. Él mantenía la vista clavada en ella, estudiando hasta el más mínimo detalle en ella, omitiendo en su inspección los mechones de cabello rubio desarreglados y la boca sin labial; más ansioso por la cercanía de la mujer a la que le sostenía la mano y en cuya mano detectó de inmediato la ausencia del anillo de compromiso que utilizó por tanto tiempo.

—Entonces habla —le apuró.

—Yo… -se quedó inmóvil con su mano entre sus dedos, pequeña, delicada y fría—. Siento todo esto. Lamento todo lo que ocurrió entre los dos, como terminamos, como fue que te aleje y te lastime. Aún hay muchos sentimientos que podemos… No estuvo bien. No fue correcto. Las razones por las que fallamos…

—Fallaste —le corrigió de inmediato Anna retirando su mano, para cruzarse de brazos. Yoh alzo la cabeza para verla al escuchar esa palabra.

La mujer sintió como esa palabra era solo la primera, tan solo el parteaguas de todo aquello que había tenido tiempo de meditar en esos meses. Era solo el inicio de aquello que su ser moría por decir en voz alta, un conjuro que prometía desgarrarla por dentro lo suficiente como para que pudiera sanar. Ya esa palabra siguió un afluente que no suspendió, una cascada de veneno, furia y dolor que no se podía reprimir.

—Fuiste tú, Yoh, quien falló. Tú eres quien prometió mil cosas y me dijo todas esas palabras lindas, solo para rendirte sin siquiera sentarte a hablarlo. Tú eres quién hizo promesas vacías...

—…Anna, todo lo que prometí yo lo sentía…

—No creo que sea cierto. No puedo creer nada de lo que me dices.

—Por favor, escúchame —trató de intervenir Yoh, cerró el espacio entre los dos, quedando a menos de dos palmos de distancia, puso ambas manos en los hombros de su ex prometida, tratando de retenerla—. Sé que todo esto se ve mal, pero debes creerme.

Anna apretó la mandíbula al escuchar esas palabras y con la mano izquierda se deshizo del agarre de las manos de Yoh, dando un paso hacia atrás.

—No ocurrirá. No me gusta cometer el mismo —el tono glacial con que lo dijo, suave y bajo, causó que Yoh se paralizara, frío de los pies a la cabeza, entendiendo que las palabras que decía sonaban tan absurdas como creía. Anna siguió adelante—. Por años mantuviste esa ilusión de que estaríamos juntos siempre, que sería eterno. Y yo lo creí ciegamente. Hasta que de pronto decidiste que ya no me querías más en tu vida.

—No, espera, no, en ese momento me equivoqué, yo estaba confundido.

—Vaya que sí lo estabas —sentenció Anna—. Y yo también. Pensé que jamás faltarías a tus promesas. Ya veo que me equivoqué. ¡Qué tonta! No te costó nada continuar con tu vida cuando decidiste que yo era el problema que agobiaba tu vida. Y quizás si tenías razón. Yo era el problema.

—Anna.

—Yo era demasiado mujer para ti.

Por fin, Yoh guardó silencio.

Anna, fuerte como era, hablaba con la certeza de quien tiene la verdad de su parte. En esos meses desde la ruptura, tuvo tiempo de meditar en todas las fallas en esa relación, reflexionó acerca de los cinco años que desperdició, donde ella dio a manos llenas y lo impulsó a seguir adelante, a seguir con sus sueños, conseguir el empleo que deseaba, tomar las oportunidades. Ella tenía la determinación y concentración que a Yoh le faltaba.

—No voy a negarlo. Me dolió mucho la forma en que te fuiste, incluso lloré tu partida. Pero no te equivoques, no duró mucho. No me iba a quedar ahí teniendo lástima de mí misma. Me puse en pie y seguí por mi cuenta. Y fue lo mejor que pudo pasarme. —Dio un par de pasos hasta quedar a un par de centímetros de él, podía sentirlo, sabía que dentro de él sus palabras causaron un cataclismos que debería enfrentar él mismo—. Así que, adiós Yoh Asakura.

—¿Perdón? —Yoh le miró, incrédulo.

—Dale mis recuerdos a tu esposa, y espero que seas muy feliz con ella. Ojalá hayas aprendido de tus errores y puedas mantener tus promesas con ella. Parece una chica adorable, trátala bien.

Fue como si hubiera roto un hechizo con esas palabras mágicas. Dentro de ella, sintió como si una cadena que la mantenía atada a un peso muerto se hubiera roto. Ligera, liberada, en paz. Cualquiera de esos adjetivos era apropiado para describir a Anna Kyouyama. Se dio la media vuelta y se dirigió hacia la puerta donde Hao la esperaba.

Al verlo ahí, notó como Hao jugueteaba con el encendedor que cargaba en el bolsillo desde que partieron de Tokio, encendiéndolo y apagándolo. Bajo la farola, él joven inclinó el rostro con el cigarro entre los labios, el cabello largo y castaño cayó por un costado, cubriendo parcialmente sus acciones, sin ser suficiente para ocultar que en una mano con una flama intacta se acercaba al cigarrillo, mientras que con la otra protegía el encendedor de la fresca brisa para evitar que se apagara. Frunció la boca en un gesto de rabia.

—¡Hao! Ni se te ocurra encender esa porquería, me da asco.

El aludido alzó la cabeza, cerró el encendedor extinguiendo así la flama y tiró el cigarro que no alcanzó a prender al piso, destruyéndolo con el zapato. Acto seguido alzó ambas manos con gesto culpable.

—Como digas, Anna —su voz sonaba burlona.

—Espero que ya hayas llamado al taxi —le dijo, ella era toda dureza. Si flaqueó unos momentos atrás, no quedaba rastro de esa duda.

—Ah sí, claro… —respondió Hao, que atestiguó todo desde su esquina, encendiendo y apagando la flama, en ese juego pernicioso donde soltaba un poco del gas dentro de su mano para luego encenderlo con la chispa observar como la inofensiva llama se extinguía entre sus dedos. Al verla caminar, no pudo evitar admirar la soltura con la que andaba, en especial cuando unos momentos atrás estuvo quejándose de la altura de los zapatos y lo adolorida que sentía las piernas, aunque él sabía perfectamente que el malestar era producto de la agitada faena del encuentro privado de hacía rato. Al pensar en eso, tuvo una idea. Terminó por decidir que era una idea excelente al ver el rostro contrariado de su hermano—. Espera un momento, podrías.

Anna suspendió la caminata y se cruzó de brazos otra vez, atenta al castaño que pasaba de largo junto a ella, sin olvidar guiñarle un ojo cómplice. Él se acercó hasta donde se encontraba su hermano menor. Receloso, Yoh, corrigió su postura al ver que estaba frente a Hao.

—Solo vengo a despedirme, Yoh —le dijo Hao, introdujo ambas manos en los bolsillos del pantalón con una expresión inocente dibujada—. Quiero desearte mucha felicidad en tu matrimonio. Espero que este lleno de éxitos, prosperidad y que tu adorable esposa te colme de alegrías.

Yoh proceso lo que decía, confundido ante las palabras tan amables, demasiado afables como para no sospechar de ellas, siendo que hacía una hora aproximadamente, ambos discutieron. Hao sacó la mano derecha del bolsillo y la extendió para estrechársela, gesto que causó que una bola de tela se cayera al piso quedando entre los dos. Hao abrió mucho los ojos al percatarse del descuido, y antes de que pudiera agacharse a recogerla, Yoh se adelantó y la sujetó con una mano. El menor sintió que la tela, delgada y fina, estaba húmeda. Aun sabiendo que no era buena idea, receloso la extendió. Eran las panties usadas de Anna. Las pupilas de Yoh se contrajeron al entender lo que eran y no le tomó ni un segundo el descifrar porque estaban húmedas, manchadas.

—Que torpe —dijo Hao que sonrió de medio lado—. Olvidé devolverlas cuando terminamos hace rato.

La pupila de Yoh se achicó, desconcertado e incrédulo, ante lo que veía en sus manos. ¿Es que ellos…? Hao se las quitó de la mano y amagó con guardarlas nuevamente en el bolsillo, deteniéndose por una fracción de segundo, mirando el premio de la noche y a su hermano que no podía hablar. Dejó escapar una risa socarrona, corta y fugaz. Sujetó a su hermano por la muñeca y depositó la prenda entre sus dedos, cerrándolos para forzarlo a aceptarlas.

—Pensándolo bien, quedatelas. Son mi obsequio de bodas. Un pequeño recuerdo de lo que perdiste, hermano.

Dicho esto, dio un paso más para ganar un poco de privacidad, ya que por las puertas principales algunos invitados en sus ropas formales empezaban a salir. Se esforzó en modular la voz, para que nadie más pudiera oírlo.

—Quizás exista alguien mejor que yo para Anna. Pero mientras esa persona llega, ella y yo nos divertiremos mucho en el proceso. —Luego se separó, dejándole las panties en la mano, y despidiéndose con un gesto arrogante—. La mejor de las suertes, hermano.

Se dirigió hasta donde estaba Anna y la sujetó por la cintura, en un abrazo de medio lado con el que echaron a andar hasta que llegaron al estacionamiento del lugar. Fue hasta que estuvieron lejos y solos que Anna le empujó para recobrar su espacio personal. Hao no protestó, y siguieron caminando así hasta que se alejaron bastante del salón de recepciones, cruzaron una calle y se resguardaron en una parada de autobús para esperar por el taxi que habían agendado.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó Hao, después de un rato.

—Mejor —respondió Anna con sinceridad.

—Entonces, ¿cómo calificarías la experiencia de asistir a la boda de un exnovio?

Anna le sujetó de la mano, entrelazando los dedos mientras meditaba qué contestarle. Y para variar, Hao se limitó a sentir esos dedos finos con los suyos, saboreando la breve paz entre los dos. Eran pocas las ocasiones en que las emociones intensas entre los dos no estaban presentes. Siempre iban y venían, de las discusiones acaloradas a las caricias intensas, sin tener casi espacio para la quietud o el sosiego. Finalmente, luego de varios minutos Anna respondió:

—No estuvo tan mal. Tenía a mi amigo para acompañarme.

Hao arqueó ambas cejas, extrañado de escuchar ese apelativo. Nunca le había llamado así ni una vez. Anna siempre mantenía bien clara la línea con la que establecieron esa relación furtiva. Le repetía una y otra vez que eran "compañeros de trabajo" cuando mucho, rivales en los negocios; y cuando se trataba de la privacidad de la alcoba, ellos simplemente tenían sexo. Mil y una veces le repitió el titulo correcto con el que podía denominar su relación y ni una sola vez lo nombró amigo como no fuera para guardar las apariencias.

—¿Amigo?

—Sí. —Anna se encogió de hombros para restarle importancia—. Mi amigo con derechos.

Hao no pudo evitar la pequeña sonrisa que se colgó en su rostro, complacido de saber que, contra todo pronóstico, su relación escaló un escaño. Le parecía encantadora la idea, además de acertada. Ciertamente, en los meses en los que convivieron, se acercaron el uno al otro, mas allá del contacto físico. Ella se había convertido en la persona a la que recurría cuando quería quejarse del trabajo y en la chica en quien confiaba para compartir la privacidad del fin de semana; y estaba seguro de que ahora él era digno de atestiguar esos momentos de pudor, de sencillez y vulnerabilidad que ocasionalmente la rubia impetuosa y tajante le mostraba. Esa intimidad entre los dos se había profundizado, formando un lazo, tejiendo una vínculo.

—Ah. Bien. Creo que es una buena manera de llamarlo.

—Perfecto.

La idea se asentó en la mente de Hao. Era bueno tener una amiga.

—Por cierto, vi lo que hiciste allí —le dijo Anna—. Fue excelente. La cereza en el pastel. Mis felicitaciones—. Al escucharla, Hao realizó una pequeña reverencia para agradecer el cumplido—. Solo por eso, creo que te debo un "favor" más. Pero con la condición de cobrarlo cuando terminen mis vacaciones.

El taxi que solicitaron llegó en ese momento, abriendo la portezuela, Hao le permitió a Anna que subiera primero.

—Genial. Entonces aún hay esperanza de verte con ese conjunto de enfermera sexy.

—Es adorable que mantengas esa ilusión. ¡Como si fuera a suceder! ¡Que idiota eres, Asakura!

—Eso ya lo veremos, Kyouyama.

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FIN

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Nota Final:

¡Hola! Muchas gracias por su paciencia y permanecer pendientes hasta el final de este fic. Fue toda una odisea desde su concepción hasta la edición del último capítulo, pero fue fantástico. Estoy muy contenta con el resultado final, creo que es el único final apropiado que podría haber para estos dos y con el tipo de historia que se formó. Lamento un poco que no hubiera más escenas candentes en este capítulo.

Ojalá les haya gustado este final. Fue un trabajo arduo, difícil, de mucho borrar y escribir desde octubre. (4 meses para concretar este capítulo, uufff, perdón por la tardanza). Los primeros tres capítulos ya los tenía escritos cuando comencé a publicarlos, por eso fueron tan "constantes" Jajaja.

Quiero agradecer de todo corazón a mi Beta, Isa, que es un ángel y tuvo toda la paciencia del mundo para revisar todos mis borradores fallidos y escuchar mi cincuenta millones de dudas sobre como iba la historia JAJA. Esta historia te la dedico amiga, ya que sin ti, esto no hubiera pasado de un simple one-shot.

Muchas gracias a aquellos que se tomaron el tiempo de comentar Xriss, Lili, Annasak2, Pandyta, Miris, Soy LPA, Tuinevitableanto, Denisse Hero, 01, Guest. Leí cada comentario con avidez y una sonrisa gigantesca en mi rostro. Así mismo estoy muy agradecida con todos ustedes, que se tomaron el tiempo de leer mis capítulos larguísimos y mostrar tanto amor por este AU Jamás creí que una historia mía llegaría a pasar de unos cuantos lectores. Me hacen sentir que realmente estoy haciendo algo que los demás pueden disfrutar y que les deja un buen sabor de boca. De verdad y de todo corazón, Muchas gracias.

Ahora sí. Como ya saben, todos los comentarios son bienvenidos, leídos y celebrados.

Gracias por todo.

Amaranta.