Capítulo 7: "Malvivientes."
Carlos nunca se había asustado de una misión y si Mal quería un aullador, no había más remedio que darle lo que deseaba. No tenía otra opción, estudiante IA (a la MALDAD) o no. Sabía cuál era su lugar en el tótem.
Primero lo primero: una fiesta no podría ser fiesta sin invitados. Lo que significaba varias personas. Muchas. Bailando. Hablando. Bebiendo. Comiendo. Jugando. Tenía que correr la voz.
Afortunadamente no pasó tanto tiempo para que todos con los que se cruzaba y los que se cruzaban con ellos, difundiesen la noticia de la fiesta. Debido a que Carlos no se hizo tanto problema en invitar a todos con amenazas inventadas.
Literalmente.
No anduvo con rodeos, y las amenazas crecían más exageradamente a medida que el día escolar avanzaba. Los rumores se extendieron como el viento, el mordaz viento que golpeaba las aguas infestadas de caimanes que rodean la isla.
"Debes ir, o Mal te encontrará." le dijo a su rechoncho pequeño compañero de laboratorio, LeFou Deux, mientras ambos diseccionaban una rana que nunca se convertiría en príncipe durante la clase de Biología Antinatural.
"Deben ir, o Mal los encontrará y los exiliará de las calles de la ciudad." le susurró a los Gastón que se turnaban mientras practicaban durante la clase de educación física.
"Deben ir, o Mal los encontrará, los exiliará y hará que se olviden de ustedes, y desde ese día todos en la isla los llamaran ¡Tontos!" dijo casi histéricamente a un grupo de estudiantes asustados de primer año agrupados para la reunión del Club Anti-Social, que estaban planeando el Fétido Baile Anual Escolar. Ellos palidecieron ante sus palabras y desesperadamente prometieron su asistencia, incluso cuando firmaron su participación seguían temblando del susto.
Al final del día, Carlos había asegurado decenas de personas. Ahora, eso ya no era demasiado difícil, pensó, guardando sus libros en su casillero y dejando libre a un novato que había estado atrapado en el interior.
"Hey, amigo." asintió Carlos.
"Gracias, realmente necesitaba ir al baño." chilló
el desafortunado estudiante.
"De nada." dijo Carlos, arrugando la nariz. "Ah, y hay una fiesta. Mi casa. A la media noche."
"¡No te preocupes, estaré allí! ¡No me lo perdería!" dijo el de primer año, levantando el puño al aire con emoción.
Carlos asintió, sintiéndose tranquilo y más que impresionado que incluso alguien que había estado atrapado en el interior de su casillero durante todo el día se había enterado de la noticia sobre la fiesta. ¡Era un profesional!
La planificación de fiestas estaba en su sangre. Su madre, sin duda sabía cómo disfrutarlo, ¿no?
Cruella siempre le decía lo aburrido que era porque todo lo que le gustaba hacer era estar con sus aparatos electrónicos todo el día. Su madre le reclamaba que estaba perdiendo el tiempo, que era inútil en todo, excepto en las tareas domésticas, y así tal vez si él organizaba una gran fiesta, le demostraría que estaba equivocada. Sin embargo, ella no estaría ahí para presenciarlo.
Probablemente se habría enfureció al descubrir Hell Hall plagado de adolescentes. Aún así, él deseaba que algún día Cruella pudiera verlo como algo más que un sirviente relacionado con ella.
Abrió camino a su casa, mientras un torbellino pasaba por su mente. Con los invitados asegurados, lo único que tenía que hacer era tener la casa lista para el gran evento, lo que no podía ser lo más difícil, ¿o sí?
Unas horas más tarde, Carlos tomó todo de vuelta. "¿Por qué tuve que estar de acuerdo en organizar esa fiesta?" agonizaba en voz alta. "Nunca quise tener una fiesta." continuó
pasándose los dedos por su cabello rizado, moteado, quedando con los nervios de punta, igual como le pasaba a Cruella.
"¿Y la fiesta será esta noche?" una voz resonó desde el otro extremo del salón de baile en ruinas, detrás de la gigante estatua empañada de un gran caballero.
"La fiesta será nunca." suspiró Carlos. Eso era muy cierto. Él era un hombre de ciencia, no un hombre de sociedad. Ni siquiera de la sociedad del mal.
Pero allí estaba, decorando en Hell Hall, que había visto mejores días mucho antes de que Carlos hubiera nacido. Aún así, la decrépita mansión victoriana era una de la más grande en la isla, cubierta de vides más retorcidas que la mente de Cruella, y cerrada con hierro forjado más fuerte que los ataques diarios de Cruella.
El salón de baile principal ahora estaba envuelto en el papel crepé blanco y negro y unos parcialmente desinflados globos en blanco y negro y que Carlos había robados de una triste
pila de cajas polvorientas escondidas en el sótano de la mansión. Algunas cajas tenían impreso el logotipo de Industrias De Vil, que eran todo lo que quedaba del antiguo imperio de modas De Vil, los pequeños restos de una buena vida que hacía tiempo había desaparecido.
Su madre, por supuesto, se pondría furiosa cuando descubriera que Carlos se había metido con sus cajas de nuevo.
"¡Mis tesoros robados!" habría gritado. "¡Mis bebés perdidos!"
Pero Carlos era astuto y práctico.
El porqué su madre había estado obsesionada con los perritos dálmatas blanco y negro, no tenía ni idea. A él le atemorizaban esas cosas; pero ella hacía tiempo se había preparado para raptar a ciento uno de ellos, así que había un montón de cosas por escarbar.
Con los años, él había reutilizado unos cuantos estantes vacíos, como científico necesitaba estantes para guardar sus inventos; algunas correas abandonadas, las correas servían para colgar sus inventos; juguetes de plástico chillones, el plástico retenía la electricidad de sus inventos, que habían caído en desuso cuando los planes de su madre se arruinaron.
Un científico malvado IA e inventor como Carlos no podían darse el lujo de ser exigente. Necesitaba siempre materiales para su
investigación.
"¿Por qué estás de acuerdo con esta fiesta? Fácil. Porque Mal me obligó." dijo Harry, el segundo mejor amigo de Carlos, sacudiendo la cabeza mientras movía sus dedos, pegados con cinta cada uno de ellos. "Tal vez deberías considerar para tu próxima invención, construir algo que nos libre de su control mental."
Su tercer mejor amigo, Jace, trató de tomar un trozo de cinta, pero sólo logró pegarse los dedos como Harry. "¡Sí, claro! Nadie puede hacer frente a Mal." dijo Jace. "Es imposible."
Harry (Harold) y Jace (Jason) eran los hijos de Horacio y Jasper, secuaces leales de Cruella, los dos ladrones torpes que habían intentado secuestrar a los ciento un dálmatas para ella y habían fracasado miserablemente. Al igual que sus padres, Harry y Jace trataban de parecer más capaces y menos nervioso de lo que realmente eran. Pero Carlos sabía lo contrario.
Harry, tan pequeño y gordo como su padre, apenas podía llegar a sujetar su lado de la serpentina de ébano. Jace, más alto incluso que su escuálido padre, no tuvo el mismo problema, pero, como se mencionó anteriormente, no podía manejar del todo bien el dispensador de cinta.
Entre ellos, realmente no formal lo que podríamos llamar un confiable cerebro. Si no más como un de-confiable cerebro.
Carlos no los habría elegido como sus amigos, su madre los escogió para él, al igual que como lo hizo con todo lo demás.
"Ellos son todo lo que tenemos." diría Cruella. "Incluso si no tenemos nada más, siempre los vamos a tener..."
"¿Hablas de amigos?" adivinó Carlos.
"¿Amigos?" bufó Cruella. "¿Quién necesita amigos cuando tienes secuaces que hacen lo que tu les digas?"
Cruella ciertamente mandaba sobre Jasper y Horacio con una simple correa de hierro, pero difícilmente se podría decir que Harry y Jace obedecerían las órdenes de Carlos. Sólo estaban ahí porque sus padres también lo estaban y porque a todos les asustaba la madre de Carlos.
Es por eso que simplemente los consideraba sus segundo y tercer mejores amigos. No tenía un primer mejor amigo, pero sabía lo suficiente sobre el concepto de amistad, incluso sin tener ningún apropiado mejor amigo, sabía que un verdadero mejor amigo tendría que ser capaz de hacer algo más que solo estar a su alrededor, tropezando con sus pies y repitiendo los mismos chistes tontos.
De todos modos, era bueno tener un poco de ayuda en la planeación de la fiesta, y fue Harry quien lo miró con tristeza en ese momento.
"Si a Mal no le gusta la fiesta, estamos condenados."
"Condenadoooooooooos." dijo Jace haciendo eco.
Carlos inspeccionó el resto del salón. Cada pieza de antiguos muebles malogrados estaba cubierta
con una sábana blanca polvorienta. Cada pequeño centímetros de pared estaba perforada por un agujero quebradizo, revelando la madera contrachapada y yeso debajo.
El mérito en él se erizó. ¡Podía hacerlo mejor!
Tenía que hacerlo mejor. Corrió escaleras arriba y sacó antiguos candelabros de latón de su madre y los colocó alrededor de la habitación. Con las luces apagadas, las velas brillaban y parpadeaban como si estuvieran flotando en el aire.
A continuación, era el gigantesco candelabro oscilante un elemento básico en cualquier fiesta en la Isla, o al menos eso era lo que había oído.
Jace tenía que subir una escalera improvisada y atar una larga cuerda a la lámpara. Harry saltó de uno de los sofás cubierto para poder probar el candelabro, lo que provocó que una nube de polvo se asentase sobre toda la habitación. Carlos estuvo de acuerdo en que parecía algún tipo de
ventisca fresca que había sido rociada sobre la sala.
Cogió el teléfono antiguo y llamó a su primo Diego De Vil, que era el cantante principal de una banda local llamada Manzanas Podridas.
"¿Quieren un concierto esta noche?"
"¡Si, lo necesitamos! ¡Ya habrás oído lo de Mal y su fiesta a la luz de la luna llena!"
La banda no tardó en llegar, colocaron el tambor sobre el escenario fijado cerca de la ventana y empezaron a practicar sus canciones. Su música era fuerte y rápida; Diego, era un tipo alto, flaco, que lucía como Mohawk en tonos blanco y negro, y cantaba fuera de tono. Todo estaba maravilloso.
La banda sonora encajaba a la perfección con la noche.
Lo siguiente que hizo Carlos fue sacar una cámara Polaroid instantánea antigua que había encontrado en el ático. Formó una cabina de fotos usando un pedazo de un viejo sofá y lo apoyándolo sobre el rincón más apartado de la habitación. "¡Cabina de fotos! ¡Tú tomarás la foto!" le dijo a Jace. "Y tú se la entregas." le dijo a Harry.
Carlos admiraba su obra. "No está nada mal." dijo. "De eso estaba hablando."
"Y está a punto de ponerse mucho mejor." dijo una voz desconocida.
Carlos volvió para ver a Jay entrar en la habitación cargando cuatro enormes bolsas de supermercado llenas de todo tipo de bocados para la fiesta: queso apestoso y uvas secas, huevos rellenos (muy apropiado), alitas de pollo (pecaminosamente picantes), y otras cosas más.
Jay sacó una botella de la mejor sidra picante de la isla de su chaqueta y lo vertió sobre la agrietada ponchera de la mesa de café.
"¡Espera! ¡Detente! No quiero que las cosas se salgan de control," dijo Carlos, tratando de agarrar la botella y retirándola. "¡¿Cómo llegó a tus manos todo esto?!"
"Ah, no es lo que parece." dijo Jay, sonriendo. "Es mejor que tu fiesta se salga de control a que Mal se salga de control."
Jay se hundió en el sofá, poniendo sus botas de combate sobre la mesa de la ponchera. Los secuaces se encogieron de hombros, y Carlos suspiró.
El tipo estaba en lo correcto.
Cuando el reloj dio la medianoche, los invitados de Mal comenzaron a llegar a la fuerza. No había calabaza como carruaje o roedores como sirvientes a la vista, por ningún lado. Nada se había transformado en algo, sobre todo, nada que se considere especialmente un buen paseo.
Había sólo pies, en distintos tipos de calzado de mala calidad. Por lo que sus pies eran muy notorios, los Gastón llegaron primero, como siempre. Ellos nunca se arriesgaban a llegar tarde, así que no se perdían la mesa del buffet lleno de comida que podrían tragársela entera antes de que alguien más la probase.
Durante el incómodo silencio que siguió a los saludos a cabezazos de lo Gastón mientras golpeaban competitivamente sus jarras con cerveza de raíz de contrabando, la valerosa tripulación de Harriet Hook llegó merodeando por la puerta.
Como Carlos se puso contra el desteñido papel de pared cuidando de la ponchera picante, los Gastón y la pandilla de piratas se dedicaron a perseguir al siguiente grupo de personas que cruzaban a través de la puerta de la casa. Esto resultó ser toda una serie de cotorreos de la pandilla de hijas de las hermanastras malvadas, que usaban harapientas cintas de colores y rizos maltrechos, codeando su camino alrededor de las esquinas a toda velocidad. "¡No nos persigan!"
Rogaron, a la espera de ser perseguidas. "¡Son perversos!" gritaban horriblemente. "Paaaaaareeeeeeen." dijeron, negándose a detenerse.
Su primo, Anthony Tremaine los siguió por la habitación, moviendo rápidamente sus ojos.
La banda empezó a tocar una melodía alegre. La morena Ginny Gothel llegó con algunas manzanas llenas de gusanos, y el juego de muerde la manzana podrida estalló en la bañera. Todo el mundo quería columpiarse en el candelabro, y el resto de invitados se dedicó a una especie de competencia de baile por grupos. Como iba todo, parecía un agradable momento malvado.
Una hora más tarde la fiesta había comenzado oficialmente; se produjo un fuerte golpe en la puerta. No estaba claro lo que hacia ese golpe diferente a los demás, pero de algún modo era diferente.
Carlos se puso en pie como un soldado en atención. Jay dejó de bailar con la pandilla de hijas de las hermanastras malvadas. Los Gastón levantaron la vista de la mesa del buffet. La pequeña Sammy Smee dejo caer la manzana que sostenía entre sus dientes.
Carlos estabilizó sus nervios y abrió la puerta.
"¡Lárguense!" gritó, usando el saludo tradicional de la isla.
Mal y Briana estaban en la puerta. Carlos sintió que debía haberse sentido emocionado de que personalidades tan infames hubiesen decidido llegar a su fiesta.
"Oye, Carlos." dijo Mal arrastrando sus palabras. "¿Llegamos tarde?"
"No, en absoluto." dijo Carlos. "Adelante."
"¿Emocionado de vernos?" preguntó Briana con una sonrisa.
Carlos asintió. Excepto que no estaba emocionado. Estaba aterrorizado. En algún lugar, en su interior, estaba incluso llamando a su mamá.
