Había dormido fatal. Después de que Francis aceptara a tener una cita con él, a solas, no habían comentado mucho más. La madre de Francis había salvado un silencio que ninguno de los dos había sabido o había tenido intención de romper. Se despidió de la familia y regresó a casa de su tía Greta. Antes de recluirse en su habitación, le contó que saldría con Francis el día siguiente. No supo bien cómo interpretar su sonrisa traviesa.
Una vez a solas, su cabeza entró en un bucle de desgracias. Todo le preocupaba o daba miedo. La ropa, el plan, que Francis pudiera cancelarlo o enfadarse con él durante su salida… Cayó rendido durante la calurosa madrugada solo para despertar a las cuatro y volver a caer en los brazos pegajosos de la paranoia. Hasta las siete no volvió a dormirse. Cuando abrió los ojos le escocían. La pantalla de su móvil se iluminó y le mostró que eran las diez y cuarto. También tenía un mensaje pendiente de leer. Cuando vio el nombre de Francis en la previsualización, el corazón le dio un vuelco. Dio dos coces y se incorporó en la cama, despeinado.
"Buenos días. - 09:02
¿Todavía estás durmiendo? - 09:30
¿Sigue en pie lo de salir o prefieres descansar? Ayer fue un día agotador. - 10:00"
El pánico provocó que sus dedos se tropezaran los unos con los otros y que su mensaje fuera ilegible. Lo borró, dejando evidencia de algo que había enviado y había decidido recuperar. Escribió otro mensaje que fuera comprensible para los humanos.
"Perdona. Esta noche me ha costado dormir con el calor y me he quedado traspuesto. - 10:17
Típico de ti jajaja. ¿Entonces a qué hora quieres quedar? Deberías desayunar. - 10:17
Y ducharme - 10:17
¡Y ducharte! Si vienes apestando, te echo directo al mar - 10:17"
Se dejó caer de lado en la cama y se echó a reír viendo el emoticono que Francis había añadido a su amenaza.
"Llegaré oliendo a rosas, te lo prometo. ¿Te parece bien a las once y media en Plaza Cataluña? ¿Nos dará tiempo a ir al castillo? - 10:18
De sobras. No hay tanto que ver como en el jardín botánico. - 10:18
Podemos ir a comer cerca del cine y la bolera. ¿Sabes si hay alguna película interesante? - 10:18
Ahora lo reviso. Aunque ya te aviso que no será de miedo. No quiero que tengas pesadillas. Eres un chiquillo muy influenciable. - 10:19
Te odio, jajaja - 10:19
¿Hasta cuándo vas a estar de cháchara conmigo? Porque, al paso que vas, llegarás tarde. Y como llegues tarde por hablar conmigo por teléfono, a lo mejor te planto - 10:19
Ya voy, ya voy. ¡Hasta ahora! - 10:20"
Dejó el teléfono sobre la cama deshecha, agarró el conjunto que había planeado durante sus horas de insomnio y fue de cabeza a la ducha. En el pecho, el nerviosismo presionaba como si quisiera aplastarlo. Se examinó en el espejo cuando terminó y se preguntó si sería suficiente para conquistar a Francis. Seguramente no, pero tendría que trabajar con lo que tenía.
Greta se dio cuenta enseguida de su estado anímico. Puede que no le hubiera contado sus intenciones, pero sus movimientos temblorosos y rápidos lo delataban. Le preparó un desayuno ligero que su estómago agradeció. Algo graso capaz le hubiera sentado mal. Miró el reloj, faltaban diez minutos para las once y media. Se despidió de su tía a gritos y salió a las tórridas calles de Blanes. La plaza quedaba a unos cien metros de donde vivía Greta, así que todavía llegó con siete minutos. Oteó tras los cristales oscuros de las gafas la zona y encontró una escasa sombra bajo la parada del autobús bajo la que cobijarse. Mientras esperaba, se puso a mirar el teléfono para calmar los nervios.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con Antonio? ¿Has llegado pronto? —inquirió la voz familiar de Francis.
Levantó la mirada y se encontró con una imagen que deseó poder grabar en su retina. Llevaba el cabello rubio recogido en una coleta, las gafas de sol descansaban en lo alto de su cabeza como un accesorio más que como una protección a sus ojos. Llevaba un polo salmón pálido y unos pantalones blancos por encima de los tobillos. Sus sentimientos le calentaron las mejillas, le impulsaban a cometer locuras que él tenía que detener a tiempo. Se conformó con pellizcar su nariz.
—No te pases de listo. Después de pedirte ir por ahí de esta manera, no podía llegar tarde. Menuda imagen daría.
—Antonio, tranquilo. Nos conocemos. No me enfadaría porque llegaras cinco minutos tarde. No tienes que fingir ser quien no eres.
A pesar de que lo estaba halagando, le irritó su comentario. ¿Fingir ser quien no era? No se trataba de eso. Antonio había intentado ser mejor para estar a la altura de Francis, para poder darle lo que merecía. No intentaba engañarlo. Dejó ir aquella tormenta lejana y miró el autobús que llegaba.
—¡Ah, sube! Este nos lleva al castillo —dijo Francis, tomando a Antonio del codo y tirando de él.
Sus pies le llevaron detrás de sus pasos, fuera cual fuese su destino. Ahora mismo su sendero no existía fuera del de Francis. La sensación era reconfortante y terrorífica al mismo tiempo. Pagaron el billete de autobús al conductor con la calderilla que llevaban en la cartera. Cruzaron el pasillo para sentarse en la parte de atrás. El trayecto se les pasó en un santiamén mientras hablaban de películas y revisaban la cartelera en el móvil de Francis. Cuando Antonio levantó la mirada vio el castillo a su izquierda.
—¡Es esta parada! ¡Corre, corre!
Pasaron entre la gente a toda velocidad y se apearon. En la acera, el pistoneo de la puerta que se cerraba les arrancó una carcajada. Abstraerse en la compañía del otro era ya una constante en su vida. Subieron la cuesta que llevaba al Castillo de San Joan. La verja de entrada estaba abierta y la escalera llevaba a un agujero en una pequeña muralla que rodeaba un torreón sobre el cual ondeaba una bandera de Cataluña.
El lugar entregaba unas vistas privilegiadas a toda la ciudad de Blanes. Se tomaron varias fotos en los diferentes lugares y divagaron una media hora, imaginando cómo debía ser la vida en el castillo. A la salida, el agujero de la muralla ofrecía un marco al paisaje de Blanes. Había cola de turistas para tomarse una fotografía en uno de los lugares más mágicos del enclave y se formaron para esperar a su turno. Francis se encargó de tomarle fotos con las que presumir delante de su familia. Antes de que se apartara, Antonio le hizo un gesto para que se acercara. Le arrebató el teléfono y lo movió para que se pusiera a su lado. Mientras se tomaban unos selfies, una señora se ofreció a hacerles una foto. En su mirada se leía que creía que eran una pareja y la perspectiva hormigueó en su estómago.
Mientras Francis intercambiaba mensajes con su familia, en el autobús de regreso hacia la zona del cine, Antonio se entretuvo mirando aquellas fotografías. Se veían bien juntos. Tenían potencial de pareja. ¿Estaba loco por ver algo así? La señora también lo había notado. Esa tensión, esa naturalidad con la que interactuaban el uno con el otro. Sólo unos centímetros lo separaban de una caricia o de un beso.
La palabra cita le quemaba en la boca, la evitó en más de una ocasión durante la comida, durante el previo al cine y durante la bolera. La llamaba quedada, pero la ausencia del resto de sus amigos era el aderezo que lo convertía en algo romántico. Vale, cierto, no había pasado nada propiamente romántico en las horas que llevaban juntos más allá de un momento en el que sus manos habían coincidido en el cuenco de las palomitas. A pesar de todo, Antonio encontraba el romanticismo en las nimiedades, en las palabras que no hacía falta decir porque se sobreentendían, en cómo se cuidaban el uno al otro por encima a veces de sus propias necesidades.
Después de perder a los bolos, subieron la cuesta que llevaba hacia Los Pinos y pasaron al lado de la biblioteca mientras rememoraban diversos momentos del día. Llevaban horas y no parecía que fuera suficiente para Antonio. Le gustaría que aquel día fuera eterno. Cuando ya casi estaban en el portal de Francis, se aferró a un clavo ardiendo para no dejarlo ir.
—¿Por qué no vamos a la Palomera? Aún hay luz, podremos subir sin problemas. Quiero acabar de ver el atardecer.
—De acuerdo, vamos —aceptó Francis después de unos segundos de reflexión.
En la Palomera no había demasiada gente a esas horas, lo cual no era muy habitual. Pequeños grupitos y parejas se desperdigaban por el trozo habilitado al público. Encontraron un lugar apartado desde el cual se veía la costa y el castillo de Blanes. A su derecha, el sol acababa de perderse. El cielo cambiaba del rojizo liláceo al azul oscuro.
—Ha sido un día increíble. Todo lo que podía esperar del último día en Blanes y más —murmuró Antonio, dejando que sus emociones lo dominaran.
—Ha sido un día bastante normal, ¿no? —dijo Francis, sonriendo.
—No para mí —sacudió la cabeza—. No cuando vamos por ahí juntos.
La sorpresa agrandó los ojos de Francis. Sí, su intencionalidad le había llegado. Entendía esas palabras que no había dicho, como hacía con otras tantas. Le miraba como el día del jardín botánico: no como a un hermano o a un amigo, si no como a otro hombre. Antonio se acercó a él. Esta vez no dejaría pasar la oportunidad. Aquello que creyó que ocurriría el día de la lluvia esta vez podía pasar. Estaba preparado, dispuesto. Lo quería. Lo necesitaba. No sabía si podía seguir siendo sólo un amigo. A escasos centímetros de Francis, cuando parecía que ya iba a participar, el rubio dejó ir el aire y retrocedió.
—No. Espera, no.
Antonio abrió los ojos, espantado, mientras una mano apretaba su corazón con la intención de aplastarlo. Intentó decir algo, justificarse, pero no encontró nada que decir. Tenía la impresión de que no encontraría la voz.
—Lo siento, no puedo —dijo Francis. Su voz temblaba y no era capaz de mirarle a los ojos. Estaba a un metro y daba la impresión de estar a kilómetros—. Entiendo tus sentimientos y te los agradezco, pero no puedo. Somos… Hemos sido amigos durante demasiado tiempo y no creo que pueda funcionar. Lo siento.
Antonio negó con la cabeza forzando una sonrisa. Francis se mordió el labio inferior y abrió la boca un momento para decir algo. Lo que fuese que hubiera tenido intención de decir se perdió en el insondable mundo de su mente. Una nueva disculpa, como una daga, se clavó en Antonio antes de que Francis decidiera darse la vuelta y bajar a pasos acelerados los escalones que dejaban a pie de playa. A los segundos, sus ojos se humedecieron mientras su cabeza seguía analizando lo ocurrido. Se dio la vuelta y enfocó al borroso mar. Cruzado de brazos sobre la redonda baranda de metal, se esforzó por llorar en silencio. No dudaba que todos a su alrededor supieran de su dolor. Ojalá pudiera esconderse del mundo. Ojalá se pudiera desahogar sin vergüenza. ¿Pero qué otra opción le quedaba? ¿Volver a casa de su tía en ese estado? ¿Aguantar las preguntas? Revivir el pavor en la expresión de Francis era más de lo que podía aguantar.
Cuando logró serenarse un poco y le dio la sensación de que le ardían menos los ojos, descendió de La Palomera y regresó a casa de su tía. La mujer no se fijó en su expresión antes de lanzar una pregunta.
—¿Cómo ha ido?
En cuanto se dio cuenta de sus ojos rojos, a Greta le cambió la cara. Ni mil sonrisas podrían ocultar la tristeza en la mirada de su sobrino, ni las mentiras que salían por su boca. Por suerte, Greta tuvo el tacto suficiente para no hacer preguntas. Antonio rechazó la cena y se encerró en su habitación. Las horas pasaron en una tortuosa vigilia. Las lágrimas dejaron paso a un dolor de cabeza agudo. Arrepentido por lo que había hecho, mandó un mensaje a Francis disculpándose, rogándole que ignorara lo que le había dicho. Para su horror, Francis no contestó. La aplicación indicaba que no había leído el mensaje, pero el cerebro de Antonio le gritaba que seguramente lo hubiera leído en la notificación y hubiera decidido ignorarle.
