Capitulo X
"Hilos Transparentes"
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"Intenté continuar como si nunca te hubiera conocido
Estoy despierto pero mi mundo está medio dormido
Rezo para que este corazón no se rompa
Pero sin ti todo lo que voy a ser es incompleto" (*)
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No había pegado un ojo en toda la noche. Las pesadillas se hacían cada vez más intensas. Suspiró, mientras terminaba de barrer el pabellón, cerca del tamagaki (*), para, así, limpiar los destrozos que había dejado la batalla de la tarde anterior. Levantó la vista hacia el bosque que rodeaba el santuario. Algo iba a pasar, pronto, podía sentirlo. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, mientras la invadió un sentimiento de nostalgia.
•.
-¿En qué piensas? - la suave voz del joven la sacó de sus pensamientos. - Has estado muy seria.
-Pensaba en Serena y en lo injustas que son las cosas.
-Te preocupas mucho por ella. - Ella volteó a verlo, estaba sonrojada. ¿Por qué sentía cierta mala intención en sus palabras? Observó su perfil. Era tan perfecto. Él no desvió su mirada de la Luna, que brillaba con una intensidad inédita. Jamás, desde sus orígenes, la Luna había tenido ese brillo tan espectacular. Ese brillo era por ella, por el dulce y puro corazón de la princesa de la Luna.
-Ella... ella es especial, es la persona más tierna y amable que jamás he conocido. Ella es más que mi princesa, y es mi amiga...
-Realmente, ¿sólo la ves de ese modo?
-¿A qué te refieres? Sólo quiero verla feliz.
-¿Y qué hay de tu felicidad?
-Yo soy feliz si ella lo es.
-Pero... ¿basta con eso?
-¿Qué más puedo esperar? Soy su guardiana, su protectora. Mi deber es protegerla. - Él desvió la mirada, estaba molesto. Metió su mano en el bolsillo de sus pantalones, y sacó una cajita de terciopelo rojo. La puso en la palma de su mano, donde ella pudiera verla. Luego la abrió. Ella abrió los ojos con sorpresa al ver un anillo de compromiso con un rubí.
-Jedaite...
-Escapemos juntos, comencemos una nueva vida lejos de aquí... Te amo Mars, quiero que seas mía siempre, no sólo cuando Serena o Endymion no nos necesitan...
•.
Tocó el anillo que llevaba en el dedo anular de su mano derecha. Una lágrima rodó por su mejilla. ¿Qué era lo que estaba sintiendo? ¿Por qué, de repente, llegaban esos recuerdos a su mente? Amaba a Yuichiro, lo amaba de verdad. Entonces ¿por qué estaba confundida? ¿Por qué sentía que seguía amando a Jedaite?
Sintió esa energía diferente, su piel se estremeció. Vio como sus cuervos salieron volando del árbol en el que solían descansar. Los observó volar hasta el centro del pabellón para llegar a aquel hombre de cabellos rubios. Luego, volaron en círculos a su alrededor.
-Creo que aún me recuerdan. - sonrió el joven. Reí frunció el ceño, paradójicamente, sus ojos se llenaron se lágrimas en el mismo instante. No le agradaba tenerlo allí, es especial sabiendo que Yuichiro estaba en el haiden (*).
-¿Por qué estás aquí? - el hombre se acercó al goshinboku, acarició delicadamente el tronco.
-Solía venir casi todas las tardes, a la salida del colegio, mis favoritos siempre fueron los omikuji... ¿es que no lo recuerdas?
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Observó el número inscrito en la varita que acababa de obtener. "Trece", "el número de la suerte", pensó. Caminó hacia la pared donde estaban los cajones, buscando el número indicado. Abrió el cajón y obtuvo su omikuji. Lo abrió, con cierta impaciencia, como si no fuera todas las semanas a leer la fortuna que le auguraban los dioses. Para él siempre era motivo de emoción. Pero, aquella vez sería la primera en que la suerte parecía no estar de su lado.
-¿Malos augurios? -se sobresaltó al escuchar la voz de la niña. Estaba parada en la punta del shamusho (*), llevaba uniforme de una de las escuelas primarias más prestigiosas de Tokio. Le sonrió con dulzura. Sus cabellos negros danzaban con el viento. Por un momento, no supo que contestar, quedó embelesado por la belleza de la niña. ¿Tendría 11 o 12 años?
-Emm…- desvió su mirada de ella, para volver al omikuji.- Dice que sufriré por un amor no correspondido. - sus mejillas se tiñeron de color carmesí. Quizás, había encontrado a la razón de ese sufrimiento que le auguraba su fortuna. Pero ella era solo una niña de primaria, quizás del último año y él ya estaba por terminar el secundario.
-No te preocupes. ¿Si sabes que lo que dice tu predicción no tiene porqué pasar?
-Es la primera vez que no me sale buena fortuna.
-Vaya, sí que eres afortunado. Ven conmigo - La niña lo llevó hasta el goshinboku. Le mostró todos los omikuji que estaban atados allí.
-Si atas tu omikuji aquí, la mala suerte se quedará atrapada esperando en el árbol y, por lo tanto, las deidades se la llevarán consigo y la alejarán de ti. - él sonrió. Ella era muy bonita, y olía muy bien. Cómo pudo, dobló el papel a la mitad, a lo largo, y se dispuso a atarlo.
-¿Así? - preguntó
-Si, está perfecto…- sonrió.
-¡Reí! ¡Has llegado! - gritó el anciano, desde adentro del haiden.- Cámbiate y ayúdame a terminar de limpiar. Los visitantes están por llegar.
-¡Ya voy! - dijo la niña. Le hizo una pequeña reverencia, y corrió hacia el interior del haiden. Él la observó alejarse. Había algo en ella que despertaba todo tipo de sentimientos en él. Sentimientos que, a sus 16 años, no llegaba comprender del todo.
*•.
-Desde ese día, casi no había tarde que no pasara por el templo, con la esperanza de verte, aunque sea un rato. En ese entonces, no tenía idea de quién era, ni siquiera tenía idea de quién eras tú. Lo único que sabia es que había algo en ti que me atraía demasiado, sentía que estábamos predestinados…- Reí abrió los ojos con sorpresa.
-Ese chico, ¿eras tú? ...
Claro que lo recordaba. Él también había llamado su atención. Siempre que no salía tarde del colegio, esperaba pacientemente a que él llegara, sólo para verlo un rato. Siempre había pensado que era muy apuesto, aunque, también, siempre pensó que jamás se fijaría en ella, porque era demasiado grande. Pero, de un día para el otro, había dejado de ir, y nunca más había sabido de él.
-Nuestros destinos siempre estuvieron unidos por hilos transparentes… Aún desde antes que despertaras como Sailor Mars.
-Quizás… pero nuestra relación siempre fue un imposible… Aún en aquellos tiempos, nuestro amor era prohibido, como el Serena y Endymion… Y ahora no es muy diferente. Quizás ellos tuvieron más suerte en esta vida, pero no nosotros… Yo estoy comprometida y amo a mi novio. - Él se acercó a ella, demasiado para su gusto. De verdad olía muy bien, hacía que su piel se estremezca.
-¿Qué tan segura estás de que no significó nada en tu vida? ¿Sabes? Nunca he podido olvidar a aquella dulce niña. Ni siquiera, después de que se nos dio la posibilidad de volver a la vida tras la batalla contra Metalia.- Jomei se agachó un poco, para que su rostro quedará frente al suyo. - Ahora, que mis recuerdos están de vuelta, lo entiendo, mi alma jamás te olvido. - Sus rostros se acercaron lentamente.
Por unos segundos, ella se sintió como aquella guardiana que sucumbía ante los encantos del caballero del oriente. Su corazón latía con fuerza, hasta sentía que llegaría a salirse de su pecho. Sus labios rozaron los suyos. Comenzó a sentirse acalorada. Sus mejillas se tiñeron de un rojo carmesí. Él le alejó sus labios, aunque sin romper con la cercanía de sus cuerpos. No quería obligarla, después de todo, ella no era Mars, ella tenía novio. Y él tampoco era Jedaite, aunque sintiera que la amaba como él había amado a la guardiana.
-Por favor, Jomei…- susurró. Pero, aunque su mente decía que se aleje, que lo golpee, que entre al haiden, su cuerpo no respondía, su corazón le pedía que la bese, que la abrace.
-¡Rei! - la voz de Yuichiro la hizo sobresaltar. Se separó del joven de inmediato. - ¿Interrumpo algo? - preguntó con cierta molestia, mientras posaba sus ojos en el hombre de rubia cabellera, no pudiendo evitar sentir desconfianza. Aquel hombre era el que había estado rondando el templo, con el que había tenido un encuentro que, a sus ojos, no había sido nada grato. Y, ahora, ¿lo encontraba en una situación comprometedora con su futura mujer?
-Yuichiro... ¡No! No hay nada que puedas interrumpir. - respondió la joven de cabellos azabache, intentando lucir lo más calmada posible. Corrió hacia él y lo tomó del brazo. Respiró profundo, tratando de calmar sus nervios. - Él es... Jomei... Es un amigo de Mamoru...- se apresuró a decir. El joven de cabellos rubios extendió su mano para saludarlo. - Jomei, él es mi prometido, Yuichiro.- haciendo énfasis en esas palabras que indicaban la relación que tenía con el joven. Yuchiro tomó su mano, en señal de respeto. Por un momento, sus miradas de cruzaron, haciendo que el aire se sintiera tan tenso que parecía que podía cortarse con tijeras.
-Hemos tenido el gusto de conocernos. - se atrevió a decir Jomei, mientras Yuichiro lo fulminaba con la mirada.
-Es cierto... Hace tiempo que andas dando vueltas por el templo...- continuó Yuchiro.
-Bueno... Jomei ya se iba ¿no es así?
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La mujer entró a toda prisa, abrió la puerta torpemente, haciendo equilibrio entre su cartera y las bolsas de sus compras. Se detuvo de repente al ver a la enfermera revisando los signos vitales del joven. Sus ojos se llenaron de lágrimas, permaneció en silencio algunos segundos, como intentando comprender lo que estaba pasando.
-Mamá…- dijo el rubio. También sintió deseos de llorar.
Sus cabellos habían crecido de manera alborotada, los tenía por debajo de los hombros, una insipiente y descuidada barba, de un par de semanas quizás. Las enfermeras solían rasurarlo de vez en cuando, pero no siempre disponían del tiempo, a veces la vida en el hospital era demasiado ajetreada.
La mujer dejó las bolsas en el suelo para correr a abrazar a su hijo. Lloraba sin cesar.
-Zakuro. Mí Zakuro… - repetía una y otra vez. Él correspondió el abrazo, mientras las lágrimas caían de sus ojos. Lloraron juntos durante varios minutos. De felicidad, porque estaba vivo, de angustia por lo vivido el último tiempo.
-¿Cuánto tiempo estuve…?
-No importa eso ahora, lo único que importa es que lograste despertar. Los médicos querían que te dejará ir…- dijo la mujer, con lágrimas en los ojos. -Pero yo siempre supe que estabas ahí, que algún día volverías.
Y, después de todo, una madre nunca se equivoca. Él siempre había estado allí.
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El hospital de Tokio le traía demasiados recuerdos. A los casi dos años en coma le siguieron un par de años más de terapias y recuperación. Tuvo que aprender a caminar de nuevo, recuperar habilidades, como escribir o usar palillos chinos. Ese lugar había sido su hogar durante mucho tiempo. Tiempo que no era agradable recordar. Saber que todo aquello se lo debía a esa mujer, hacía que doliera aún más.
No había estado allí desde que había recibido el alta. Hasta había evitado andar por los alrededores. Era una increíble casualidad que Mamoru trabajara justamente en aquel hospital. Más aún que ella estuviera allí. Realmente, ¿Era una casualidad? La vida le había enseñado que las casualidades no existían.
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Sentía un nudo en la garganta y un profundo vacío en su corazón. Desde aquel día en que había despertado del coma se había sentido una persona diferente, sentía que ese accidente lo había cambiado todo en su vida. Y no, no se trataba de la ardua recuperación con la que aun batallaba. Había algo más, pero no podía precisar qué. Suspiró. Permanecía sentado en la sala de espera de aquel hospital. El médico, que llevaba adelante sus terapias de recuperación, se había retrasado nuevamente, así había sido durante todos esos meses que llevaba asistiendo allí.
Él le sonrió con amabilidad. Se sentó justo enfrente suyo. Le devolvió el gesto. Sintió cierta familiaridad, como si lo conociera de algún lado.
-Vienes seguido, ¿verdad? Creo haberte visto un par de veces. - dijo el hombre de cabellos rubios platinados, casi rozando el blanco. Claro, eso lo explicaba, probablemente lo había visto en aquella sala de espera, por eso su rostro le resultaba familiar
-Ya he perdido la cuenta de cuánto tiempo llevo viniendo... Me recupero de un accidente que tuve hace algunos años.
-¿De verdad? También yo... Estuve más de un año en coma, prácticamente tuve que aprender a caminar nuevamente. - Zakuro abrió los ojos con sorpresa. Las casualidades de la vida. ¿Acaso era posible? - Mi nombre es Koichi.- dijo el hombre, extendiendo su mano.
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Por su puesto que las casualidades no existían. Realmente todo estaba relacionado, todo tenía que ver con todo. Ellos parecían estar unidos por hilos transparentes. Todos. Estaban unidos a esa ciudad, por eso sus padres habían decidido volver tras muchos años de vivir en el exterior. Por eso, habían vuelto, también Naoki y Jomei. Quizás, por fin, su deuda había sido saldada, por fin habían sido perdonados y ya podían retomar aquello que la muerte y el cruel destino que vino después, dejó trunco. Quizás el destino les estaba dando una nueva oportunidad para redimir sus pecados.
Observó el imponente edificio, desde su lugar justo al lado de la entrada principal. Quiso entrar, enfrentar una vez más ese lugar, demostrarse a él mismo que lo había dejado atrás. Pero, una vez más, no pudo hacerlo.
Dio media vuelta y cruzó hacia la plaza que estaba justo en frente. Caminó unos cuantos metros. De repente, levantó la vista del suelo, y pudo observarla. Allí estaba, sentada en un banco de la plaza, con su mirada perdida en el edificio del hospital. Lucía tan hermosa. Ella era tan perfecta. Sus cabellos azules danzaban majestuosamente con el viento. Su corazón latía con fuerza. Una vez más, el destino caprichoso se empeñaba en unirlos. Quizás... el destino los quería así, juntos. ¿Por qué no? Se acercó a ella.
-¿Por qué tan pensativa la damisela? - preguntó, con esa galantería típica de Zoycite. Ella volteó a verlo, sorprendida.
-Zakuro...
-¿Tampoco te animas a entrar?
-No es eso... Es sólo que... Muchas han sido las veces que he soñado con trabajar allí... Y mírame ahora... He dejado la carrera a mitad del cuatrimestre...- Zakuro la observó con detalle, había cierta emoción en su mirada.
-Lo siento… lamento traerte de vuelta, pero tenía que hacerlo…
-Tú… salvaste mí vida. Realmente agradezco que me hayas traído de vuelta, es algo que había estado deseando durante mucho tiempo, pero nunca me había atrevido a hacerlo. - Zakuro sonrió.
-Quizás hayas hecho una pausa en tu carrera, pero eso no significa que no puedas hacer lo que amas. ¿Has pensado en que no necesitas ser una doctora para trabajar en un hospital? Quizás puedas solicitar un empleo como aprendiz de enfermería…- Ami sonrió. Se puso de pie.
-Es cierto, no lo había pensado. - dijo, con una sonrisa en su rostro. Después de todo, su madre también había trabajado en ese hospital. Era agradable verla sonreír. Sabía a la perfección que los últimos meses no habían significado para ella más que dolor y sufrimiento.
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Detuvo su andar justo a la entrada de aquel bar. Alzó la vista para el observar el nombre en la marquesina. "Kaguya-hime", resonó en su mente. Sonrío ante la ironía del destino. De pequeño su madre siempre le contaba la leyenda de la princesa de la Luna. La amaba. Estaba convencido de que la princesa de la Luna existía realmente. Quizás, en verdad, sabía que así era.
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Su puño quedó marcado en la columna de piedra maciza. Se sobó la mano, adolorida después del golpe, sólo para notar que sus nudillos sangraban. Empezaba a odiar su vida, a maldecir su destino. Si tan sólo fuera libre, libre de obrar, libre para vivir su vida como mejor le plazca. Libre para irse con ella, para formar una familia. Sus ojos, verde esmeralda, se llenaron de lágrimas. Lágrimas que forzó a quedarse en su lugar.
La voz de su sensei lo hizo sobresaltar. Se escondió detrás de la columna que acababa de golpear, mirando hacia el jardín real. El soberano de la Tierra caminaba por los jardines en compañía de la dulce princesa de la Luna. Él se sentía a salvo de vivir su amor dentro de ese palacio, bajo la protección de sus caballeros. El resto de los habitantes no eran más que su servidumbre, jamás dirían nada, jamás cuestionarían. En cierta forma, él también tenía ese permiso para vivir su amor con la princesa de Júpiter. Pero ¿hasta dónde podría llegar ese permiso? Él aún era su guardián, y ella se debía a su princesa. Su amor sólo podía limitarse a verse por las noches, o cuando coincidieran sus días de descanso. Eran sólo eso, un par de amantes viviendo un amor prohibido. Jamás podrían siquiera imaginar una vida juntos, con hijos. ¿Qué sería de su amada Júpiter cuando la princesa sepa?
-Si ellos no existieran, todo sería perfecto. - escuchó que susurraban a su oído. Volteó de prisa, para encontrarse con la mujer de cabellos rojizos.
-Beryl...
-Si la princesa del Milenio de Plata no existiera, ella sería libre... Libre para escapar contigo...- en el rostro de la mujer se dibujó una sonrisa que le dio escalofríos. - Puedo ayudarte a conseguir lo que quieres...
-¿¡Qué dices!?- Nephrite se alarmó. Ella volvió a sonreír.
-Vamos... sé cuánto lo deseas...
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Así había sido. Así había comenzado el hundimiento del Milenio de Plata. Y de su propio reino. Sus recuerdos lo atormentaban a cada instante, desde ese día en que Koichi le había entregado aquella piedra.
Volvió a alzar la mirada, hacia la marquesina de aquel bar. Ella estaba allí adentro. Sin pensarlo demasiado, entró al lugar. Necesitaba verla. Se sentó en una mesa apartada, en un rincón del salón, justo al lado de una ventana que daba a la vereda, en la que estaba parado hacía apenas unos segundos. La observó ir y venir entre las mesas, atendiendo a los comensales. Tenía ese encanto al caminar, un carisma especial que hacía que todo el mundo la adore. El menear de sus caderas hacía que su temperatura subiera. ¿Por qué seguía sintiendo que la amaba como el primer día, como cuando él era el caballero del norte y ella la poderosa guardiana Júpiter? ¿Sentiría ella lo mismo? Después de todo, ella no era Júpiter, así como él no era Nephrite. Ella tenía novio, y se los veía muy bien juntos. Lo último que deseaba era meterse en medio, destruir esa relación que parecía tan perfecta. Pero, sin embargo...
-Tomaré su orden ahora. - dijo la castaña, lapicera y anotador en mano. Lo había tomado por sorpresa, ni siquiera la había visto acercarse. Suspiró, tratando de lucir calmado, tal como si fuera un encuentro casual.
-Un capuchino, por favor. - ella levantó a mirada al reconocer su potente voz. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
-¿Qué haces aquí? - preguntó con sorpresa.
-Vine por un capuchino. ¿Acaso no es un bar?
-¿Por qué haces esto? ¿Por qué me sigues adonde voy? - Naoki bajó la mirada.
-Bueno... es algo que tengo que hacer, lamento si te incomoda.
-¿Algo que tienes que hacer? ¿Por qué?
-Porque... No quiero que te pase lo que a Usagi...- Makoto abrió los ojos con sorpresa. ¿Acaso ellos pensaban que algo así les pudiera pasar?
-Pero...
-Ella está aquí, Makoto... En todos lados, sólo está esperando el momento perfecto. - Makoto sintió que la piel se le estremecía. Si ella, realmente, había sido la responsable de que Usagi este en ese estado, entonces, ¿qué podían esperar ellas?
-¿Y acaso crees que no puedo cuidarme sola? - preguntó, tratando de disimular sus sentimientos. Naoki sonrió.
-No me caben dudas de que puedes cuidarte sola. - respondió, rememorando aquellas batallas cuerpo a cuerpo a cuerpo que Nephrite solía tener contra Júpiter. - Sólo me preocupo por ti... - Las mejillas se Makoto se tiñeron de un color carmesí ante el comentario.
-Ni siquiera me conoces...
-Es cierto... no conozco a Makoto, pero... - Makoto guardó silencio. No hacía falta que él dijera nada más, había entendido cuál era el punto. Aunque no fuera a admitirlo, ella también se sentía extraña. Pero no podía poner en palabras sus sensaciones. Tenerlo cerca la ponía nerviosa. Él despertaba en ella todo tipo de sentimientos, sentimientos que había creído enterrados para siempre. - ¿Lo recuerdas?
-¿Eh?- preguntó, aturdida. No entendía a que se refería. Él lo notó, había cosas que ella, simplemente, no recordaba.
-Esperábamos un hijo, ¿lo recuerdas? - Makoto abrió los ojos con sorpresa. De repente, los recuerdos comenzaron a llegar a su mente, uno tras otro, como si fueran una película. Recordó el momento exacto en que se comenzó a sentir descompuesta, el momento en que lo confirmó, el instante en que se lo contó. Y a Mercuri. Ellos fueron los únicos que lo supieron. - No sólo nos arrebató nuestras vidas... Él no tenía la culpa de nada y, sin embargo, no tuvo la oportunidad de un nuevo comienzo. - Los ojos de Makoto se llenaron de lágrimas.
-¡Makoto! Te estaba buscando. - la voz del recién llegado retumbó en su cabeza. Besó su mejilla, antes de notar sus ojos llorosos. - ¿Ocurre algo? - le preguntó, para luego reparar en el hombre sentado frente a ella. El ambiente se sintió tenso de repente.
-Motoki... no te esperaba aquí...- dijo ella, con nerviosismo, mientras intentaba contener sus deseos de llorar. En ese momento, Naoki se puso de pie.
-Yo ya me estaba retirando. - dijo, pasando por al lado del rubio. Caminó unos pasos, hasta quedar a sus espaldas. Entonces, se detuvo sin voltear. - Cuídala. No tienes una idea de la mujer que tienes a tu lado. - bramó. Motoki se dio vuelta rápidamente, dispuesto a contestar, molesto ante el comentario. Pero el hombre ya se había alejado del lugar. Volteó a ver a Makoto, cuyo rostro estaba rojo como un tomate
-¿Qué quiso decir con eso?
-Hay... hay algo que debo decirte...
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(*) "Incomplete" - Backstreet Boys
(*) Cercado que separa el templo del bosque donde habita el dios protector
(*) Capilla
(*) Oficinas del santuario. Donde se venden amuletos y se ofrece información a los visitantes.
