Capítulo XIII

"El Canto de la Sirena"

.

Todos están vigilando de frente, pero ninguno sospecha que el peligro puede estar surgiendo por detrás.

Peter pan

.

Los pasillos estaban repletos de gente que iba y venía. A esa hora de la mañana, el hospital estaba lleno de vida. Muchos niños y ancianos que acudían a sus citas de rutina, gente esperando para sacarse sangre o hacerse algún que otro estudio. Ingresó como si fuera una paciente más. Se detuvo a observar a su alrededor. Interesante. Aquel lugar era enorme, con una iluminación increíble. Pisos de porcelanato blanco brillante, paredes también blancas, impecables. Frente a ella, en la mesa de entradas, las recepcionistas trabajaban sin cesar para atender a la gran cantidad de personas que habían asistido esa mañana. Sonrió. Se adentró en los pasillos, como si los conociera como conocía las calles del Reino Dorado. Él estaba ahí, sentía su esencia, casi que lo podía oler. Debía encontrar una manera propicia de acercarse a él. Observó a las personas que recorrían aquellos pasillos. Cuanto más se adentraba, cada vez menos gente caminaba a su alrededor. La mayoría, hombres y mujeres con esos atuendos tan similares, pantalón y camisa de colores claros, cabellos recogidos dentro de cofias, zapatos de goma. Observó a una jovencita, pantalón y camisa rosa pálido, decidió seguir sus pasos. Mientras caminaba tras ella, logró adentrarse en su mente. Así supo que trabajaba en el hospital, como enfermera, que compartía turnos con él. Sonrío. Ella sería su boleto al éxito.

La siguió, con cuidado, para no ser descubierta. La joven recorrió los pasillos, hasta adentrarse en una zona de acceso restringido. Quizás pecó de inexperta al no notar que la seguía. Era joven, una novata, podía olerlo. Eso la hacía la candidata perfecta, por eso la escogió. La vio ingresar a la zona de vestuarios, el lugar donde médicos y enfermeras cambiaban su atuendo con el que salían a la calle por sus ambos esterilizados. Sonrió. Miró a su alrededor para corroborar que no haya nadie. Luego miró hacia arriba, recorrió con su mirada la unión de los techos con las paredes. Allí en una esquina estaba el aparato, era una cámara de seguridad. La miró fijamente unos segundos. Entonces, un humo blanco comenzó a salir del aparato. En ese mismo instante, la imagen que esa cámara enviaba a los monitores en la cabina de seguridad desapareció. Ingresó al vestuario y cerró la puerta detrás de ella.

.

*•. .•*•. .•*

.

Sentía que cada día estaba más pálida, el surco alrededor de sus ojos cada vez era más profundo y oscuro, su cara estaba más chupada. Sin dudas, había perdido mucho peso, ¿unos diez kilos? Le dolía tanto verla así, ella que siempre había sido tan alegre, tan llena de vida. Permanecía sentado a su lado. Acarició sus cabellos con dulzura.

•.

Habían estado toda la mañana haciendo compras en las tiendas de centro de Juuban. Le había comprado algo de ropa, realmente disfrutaba mimarla como si fuera una niña pequeña. Quizás, algún día, haría lo mismo con Chibiusa. También habían comprado varias cosas para la boda, materiales que Makoto les había pedido para hacer los centros de mesa y los souvenirs. Y habían estado viendo tiendas de vestidos de novia, sólo para buscar algunas ideas, ya que sería Minako la diseñadora. Para cuando las manecillas del reloj daban las doce del mediodía, la feliz pareja, con unas cuantas bolsas encima, se encontraba buscando un lugar donde almorzar. La había notado algo callada las últimas cuadras, como si toda la emoción y energía que había tenido durante la mañana se hubiera desvanecido de un momento para otro.

-Dime que te ocurre, Usako.

-Nada, estoy bien, no te preocupes.

-A mí no puedes engañarme. ¿Te preocupa la boda? ¿O es por lo que pasará después?

-No... No es eso, es que…- Usagi desvío la mirada como queriendo evitar que él note que tenia deseos de llorar. - ¿Crees que alguna vez te cansaras de mí? - preguntó, deteniendo su paso. Él se detuvo también. La miró a los ojos. Sonrió.

-Eso nunca pasará, Usako.

-Es que somos tan diferentes… yo soy solo una niña tonta . No puedo hacer nada bien, ni siquiera puedo conservar un trabajo por más de tres meses.

-Usako… Así te amo, y no me importa si tengo que cuidar de ti el resto de mi vida… seré feliz de hacerlo. - ella sonrió. Se puso en puntas de pie y besó sus labios. - Ya, decidamos dónde comer de una vez.

-¡Si! Muero de hambre…

-¿Qué te parece el restaurante de ahí enfrente? - dijo, señalando a un local que estaba justo cruzando la calle.

-Si, vamos…- dijo ella, adelantándose y cruzando la calle, sin mirar.

Entonces, el tiempo pareció detenerse por un instante, para luego ir en cámara lenta. Creyó sentir una poderosa energía oscura que invadía el lugar. Quizás haya sido sólo su imaginación. Pero fue justo en ese instante cuando un auto, que pareció salir de la nada misma, paso a toda velocidad llevando por delante a la joven de odangos, sin siquiera detenerse ante el impacto, ni siquiera reducir su velocidad.

-¡Usako!- Mamoru corrió hacía ella, mientras sentía que todo a su alrededor pasaba en cámara lenta.

Usagi voló por los aires, cayendo a un par de metros del lugar donde fue atropellada, y golpeando su cabeza contra la acera.

•.

Una lágrima recorrió su rostro hasta llegar a su mentón. Recordaba ese día como si hubiera pasado hacía unos instantes. Cada detalle, cada maldito detalle estaba grabado a fuego en su mente. Si tan sólo hubiera elegido otro lugar para comer, uno donde no tuviera que cruzar la calle. Si tan sólo hubiera ido el primero.

-Te amo, Usagi. Nunca los olvides. Te esperaré el tiempo que sea necesario... no debes rendirte… - le susurró, con lágrimas en los ojos. Sabía que la escuchaba, sabía que, de alguna manera, seguía allí.

-Mamoru…- él volteó ante la suave voz de la mujer que estaba parada en la puerta de la habitación, sorprendiéndose de verla allí. Se puso de pie de prisa.

-Ami… ¿Qué haces aquí? - preguntó con sorpresa.

Ella se acercó a él. Entonces se fundieron en un abrazo. Ella no pudo contener sus lágrimas. Luego de algunos segundos se separaron y ella se acercó a la cama a ver a su amiga.

Su corazón se estrujó al verla en aquella cama, inmóvil, con todos esos aparatos conectados, aparatos sin los cuales ya no estaría en el mundo de los vivos.

-Lamento no haber venido antes, Usagi.- le dijo, mientras las lágrimas caían de sus ojos. Mamoru puso una mano en su hombro.

-Estoy seguro de que ella lo entiende. Usagi hubiera querido que sigas allá, que cumplas tu sueño de graduarte en Oxford y ser una gran doctora. - Ami secó sus lágrimas con el dorso de su mano. Claro que lo sabía. Y ni siquiera había podido cumplir con ese deseo.

-Yo… no podía… es que ya no podía quedarme…

-Está bien, no importa dónde termines tu carrera, de todos modos, serás una gran doctora.

-Gracias…

-Debo irme… Mi turno comienza en unos 15 minutos… ¿Te quedarás un rato?

-Claro, vine para estar con ella. - Mamoru sonrió con dulzura.

-Háblale, estoy seguro de que ella nos escucha. - dijo antes de salir. Luego se dispuso a ir a los vestuarios para cambiarse y empezar con sus rondas por las salas de internación.

Sin embargo, fue interceptado por una mujer. Una mujer un tanto extraña, que nunca había visto por los pasillos del hospital. Se detuvo de repente puesto que ella, literalmente, se puso delante de él impidiendo que avance.

-Disculpa… soy nueva aquí, ¿puedes decirme dónde está la enfermería? - preguntó con voz dulce.

Fue entonces cuando reparó que la mujer llevaba un ambo rosa pálido con un cartel colgado sobre el lado izquierdo de su pecho con la palabra "enfermera". Claramente, tenía que ser nueva. Sin embargo, tenía entendido que no estaban tomando personal.

-Claro, ve hasta el final de este pasillo y dobla a la derecha, allí la encontrarás. - dijo, indicando con sus manos, pero sin mirarla a la cara. La mujer intentó enfocar sus ojos.

-Gracias… Mi nombre es Oyuki…- dijo, extendiendo su mano. - ¿Tú eres uno de los doctores?

-Residente, soy residente… Soy Chiba, Mamoru Chiba – dijo, sin devolver el gesto de tomar su mano, pero haciendo una pequeña reverencia.

- Es un gusto – sonrió

-También es un gusto… Ahora, si me disculpas, voy tarde… ¡Hasta luego! - dijo. Y sin más, se alejó de ella.

-¡Espera! - le gritó ella, pero él siguió su camino sin prestarle la más mínima intención. Eso la enfureció. Una energía oscura comenzó a rodearla. - ¡Maldito príncipe! ¡Ni siquiera se detuvo a verme! - gritó, mientras lo observaba alejarse. - Pero ya vas a caer en mis manos…

-Oye… ¿Tú quién eres? - le gritó un hombre que estaba un par de metros detrás de ella. La mujer volteó a verlo. - Estas en un área restringida sólo al personal.

-Soy la nueva enfermera, Oyuki. - dijo con calma.

-Claro que no, no hemos contratado a nadie en estos días. - dijo el hombre. Llevaba un delantal blanco sobre su ropa y una carpeta con varios legajos en su mano.

La sonrisa de la mujer se desdibujó de repente, su rostro se volvió sombrío. Nuevamente, una poderosa energía oscura la rodeó, como nubes de humo negro que rodeaban todo su cuerpo. Sus pupilas cambiaron a un rojo intenso. Al enfocar los ojos del hombre, sus pupilas también se pusieron rojas por algunos segundos. Para cuando volvieron a su color normal, el hombre parecía haber olvidado todo lo acontecido segundos antes.

-Sigue con tus rondas Oyuki…- dijo. Luego siguió su camino, pasando por su lado para tomar el pasillo hacia el lado contrario desde el que venía.

.

*•. .•*•. .•*

.

Saludó a la recepcionista con esa energía que siempre la caracterizaba. Esa energía que no se apagaba ni en los momentos más oscuros de su vida. Pero su sonrisa se desdibujó apenas puso un pie fuera de aquella oficina. Aparentar estar feliz todo el tiempo puede resultar agotador. Suspiró.

-No tienes por qué ser fuerte siempre. Está bien flaquear a veces. - la potente voz del hombre retumbó en su cabeza. Levantó la mirada, para verlo allí, apoyado en el tronco de un árbol. Ni siquiera había notado su presencia.

-¿Qué haces aquí? - preguntó, con cierta molestia. Sin embargo, sus mejillas tomaron un leve color carmesí al recordar lo que había pasado entre ellos la noche anterior. Claro que había estado un tanto pasada de copas, pero no tanto para no recordar lo que había hecho.

-Estaba preocupado por ti.

-No necesito que te conviertas en mí sombra… yo puedo cuidarme sola. - Minako siguió su camino, intentando alejarse.

-Venus…

-¡Ya te dije que no soy Venus! - ella detuvo su paso, volteó a verlo. Él pudo notar su molestia.

-¿Por qué no me dejas ayudarte? Siempre eres tan orgullosa.

-¡Que no soy ella! ¿Qué no lo entiendes? Venus murió en aquella batalla. Que yo sea su reencarnación no significa que sea ella.

-Lo sé… lo siento… Tampoco son él… no soy Kunzite… pero… desde que la reina Serenity despertó sus recuerdos, no he dejado de pensar en ti…- Koichi se acercó a ella. Sus ojos enfocaron los suyos, los notó llorosos. Ella no había cambiado, siempre pretendiendo ser fuerte, poder con todo. La amaba con intensidad, aunque ni siquiera la conocía. ¿Cómo podía decir que la amaba cuando, en realidad, era Kunzite quien no podía olvidar a Venus? - Sólo quiero ayudar, tú no tienes por qué llevar todo el peso sobre tus hombros.

-Si de verdad quieres ayudar, ve con Mamoru, no dejes que le ocurra lo mismo que Usagi...

.

. .•*

.

Esperaba pacientemente que el joven saliera de los vestuarios. No iba a escapar de sus garras, no está vez.

Si él hubiera sabido lo que le esperaría aquella tarde, quizás hubiera preferido no salir.

Él se veía tan hermoso, aún en ese ambo sin forma. Sonrió. La diosa de la Luna tenía buen gusto.

-Oyuki, ¿Verdad? – pregunto él, al verla, ella afirmó con la cabeza. Esta vez sí pudo enfocar sus ojos en los del joven. - Dime, ¿Te has vuelto a perder? - continuó, con esa amabilidad que siempre lo caracterizaba, aún para con las personas que no lo merecían. Ella se acercó a él despacio.

-Me he perdido en tus ojos…- dijo, con una mirada seductora.

-¿Qué? - Mamoru observó los ojos caoba de la mujer. Sus palabras no dejaban de sorprenderlo.

Los ojos de la mujer brillaron de un rojo intenso, atrapando la mirada del joven. Sonrió. Lo tenía. Se acercó lentamente, rodeó su cuello con sus brazos. La mirada del joven perdió su brillo: había caído en el hechizo. Besó sus labios, sellando así la maldición que había caído sobre el príncipe. Lo tenía bajo su poder. El Cristal Dorado sería sólo suyo.

.

•.

Levantó la cabeza del libro que estaba leyendo, para observarla. Sentía una poderosa energía en aquella habitación, una energía que no podía describir. Se levantó, sorprendida a ver el rostro de la joven de cabellos dorados. ¿Era eso lo que creía? Una lágrima cayó sobre la almohada blanca, dejando su rastro en su pálido rostro.

-Usagi…

.

•.

Perdió el equilibrio de repente. Asustada, lo tomó de su brazo, como queriendo evitar que caiga. ¿Por qué? ¿Por qué ocasionaba esos sentimientos en ella? Después de todo no eran más que dos extraños. Él llevó su mano a su cien, mientras fruncía su seño.

-¿Qué ocurre? ¿Te sientes bien? - preguntó, preocupada.

-Sensei…

-¿Qué ocurre con él?

-Minako… debemos encontrarlo…

.

•.

El médico revisó su pulso. Seguía muy débil. Abrió sus ojos levantando sus párpados superiores, para observar las reacciones de sus pupilas con una lámpara de diagnóstico. Pero no encontró reacción, ninguna señal que pudiera indicarle que hubiera mejora, ninguna señal de vida.

-Pues todo sigue igual que siempre. Quizás haya sido sólo tu imaginación, es prácticamente imposible que haya una reacción, su estado es irreversible.

-Pero… estoy segura de lo que vi…

-Lo siento…

.

•.

Para cuando llegaron al hospital, ya era demasiado tarde, el daño ya estaba hecho. Buscaron a Mamoru por todos lados, pero él no estaba allí, ¿adónde podía haber ido cuando apenas comenzaba su turno?

Koichi estaba seguro de que algo muy malo estaba pasando con su sensei. La energía maligna en el ambiente era notoria, debía encontrarlo a como dé lugar, no podía dejar que termine de la misma manera que la princesa de la Luna.

.

.

.

.

.


N/A
¡Qué emoción! ¡Usagi dio señales de vida! ¿Creen que lo supo? ¿Supo que Mamoru cayó bajo el hechizo?

¿Saben? La razón por la que soy adicta a escribir historias de Guerreras Mágicas y las de Sailor Moon las dejo a la mitad, es porque siento que Naoko nos dejó sin lugar para imaginar, al decirnos todo lo que pasará con Usagi y Mamoru en el futuro. Por eso, me está gustando tanto escribir esta historia, donde dejé a un lado a Usagi, y me enfoqué en las demás senshi, ahí si siento que hay mucho lugar a la imaginación, ya que nunca nos contaron como era su vida personal en Tokio de Cristal.

Espero les esté gustando esta historia tanto como a mi escribirla. Y, por favor, ténganme paciencia, estoy a mitad de una historia de Guerreras Mágicas que estoy empeñada en terminar pronto, por eso esta historia está un poco atrasada. La verdad es que me pongo a escribir acá cuando me quedo trabada en la otra. Pero prometo que haré lo posible por acelerar un poco los tiempos.