El amanecer apenas iluminaba la habitación cuando Ha-eun comenzó a despertarse. Se giró perezosamente en su futón, pero al abrir los ojos, notó algo extraño. El espacio donde Kikyo había dormido estaba vacío. Su futón estaba perfectamente acomodado, y las pocas cosas que llevaba consigo ya no estaban.
El sueño desapareció de inmediato, y Ha-eun se sentó de golpe, mirando alrededor con urgencia. Su corazón comenzó a acelerarse.
—¿Dónde está Kikyo? —preguntó en voz alta, despertando a Kaoru, quien estaba en un profundo sueño.
Kaoru se incorporó lentamente, frotándose los ojos.
—¿Qué pasa...? ¿Por qué tanto alboroto? —preguntó, con voz adormilada.
—¡Kikyo no está! ¡Sus cosas tampoco! —exclamó Ha-eun, ignorando por completo el estado de Kaoru. Se levantó rápidamente, revisando el lugar, buscando algún indicio de su paradero.
El resto de las chicas comenzaron a moverse también, despertadas por el alboroto. Tsukiko, siempre observadora, se sentó en silencio, notando la desesperación en Ha-eun.
—¿Crees que se fue? —preguntó Mizuki, todavía intentando aclarar su mente.
—¡No lo sé! Pero no está aquí... —respondió Ha-eun, comenzando a caminar apresuradamente hacia la salida de la habitación.
Sin perder tiempo, bajó corriendo las escaleras de la posada y se acercó a la anciana encargada, que limpiaba con calma cerca del mostrador.
—¡Señora! ¿Vio a una sacerdotisa esta mañana? ¡Lleva un kimono blanco y rojo! —preguntó Ha-eun, con la voz cargada de urgencia.
La anciana la miró con calma y asintió.
—Sí, querida. Salió muy temprano, antes de que amaneciera por completo. Me pidió que te entregara esto. —Con tranquilidad, sacó un pequeño trozo de papel y se lo tendió.
Ha-eun tomó la nota, mirando la caligrafía con incertidumbre. No conocía la letra de Kikyo, pero el mensaje era claro y breve:
"Debo irme. Una de mis cazadoras trajo información. Naraku está cerca."
El corazón de Ha-eun dio un vuelco. Miró a la anciana con ojos llenos de preocupación.
—¿Hacia dónde se fue? —preguntó.
—Hacia el noreste, por el bosque. Parecía tener prisa —respondió la anciana.
Ha-eun no esperó más. Subió corriendo las escaleras y entró de nuevo en la habitación.
—¡Chicas! ¡Kikyo se fue! —exclamó, mostrando la nota.
Las demás la miraron con expresiones de sorpresa y preocupación. Akiko tomó la nota y la leyó rápidamente, antes de levantar la mirada hacia Ha-eun.
—Parece que no tenemos tiempo que perder. Si Naraku está cerca, ella no puede enfrentarlo sola.
—¡Tenemos que seguirla ahora mismo! —dijo Ha-eun, claramente desesperada.
Las chicas, aunque todavía un poco somnolientas, comenzaron a prepararse rápidamente. En cuestión de minutos, estaban listas para partir, siguiendo la dirección que les habían indicado.
El enfrentamiento
El grupo corrió entre los árboles del bosque, avanzando con rapidez por senderos irregulares. Ha-eun lideraba la marcha, moviéndose con una agilidad que reflejaba tanto su entrenamiento como su desesperación. El aire fresco de la mañana golpeaba sus rostros, pero ninguna de ellas se detuvo.
—¡Kikyo! —gritó Ha-eun de repente, su voz llena de angustia mientras miraba hacia adelante, esperando verla en algún punto del camino.
Las demás chicas compartían su preocupación. Para algunas, este no era solo un enfrentamiento más. Mizuki pensó en las aldeas destruidas que había visto a lo largo de su vida, lugares arrasados por los esbirros de Naraku. Haruka, con los puños apretados, recordaba los rostros de las personas que había perdido.
Kaoru rompió el silencio.
—¿Creen que esté bien? —preguntó, aunque su voz mostraba dudas.
Akiko, que corría al lado de Ha-eun, respondió con firmeza:
—Kikyo es fuerte. Pero incluso la persona más fuerte necesita apoyo frente a un enemigo como Naraku.
Ha-eun no respondió. Estaba concentrada en seguir corriendo, sintiendo cómo la preocupación crecía en su interior. Había escuchado tantas historias sobre Naraku, sobre su crueldad y los horrores que había causado. La idea de que Kikyo pudiera enfrentarlo sola era insoportable.
Finalmente, una nube negra comenzó a aparecer en el horizonte. Oscurecía el cielo y llenaba el aire con una sensación pesada y opresiva.
—¡Ahí está! —gritó Ha-eun, señalando hacia la nube.
El grupo se detuvo momentáneamente al notar la intensidad de la atmósfera. Mizuki miró con seriedad.
—No hay duda... Es él.
Ha-eun tragó saliva y avanzó un paso más, pero Akiko levantó una mano.
—Espera. Debemos ser cuidadosas —advirtió, su tono firme.
El grupo emergió del bosque, llegando a la cima de un amplio acantilado. Desde allí, vieron una extensión rocosa. En el centro de ese terreno, Kikyo estaba de pie, su figura tranquila pero tensa. Frente a ella, Naraku, rodeado por una energía oscura que se arremolinaba a su alrededor como una tormenta viviente.
Ha-eun sintió un escalofrío recorrerle la espalda al ver la escena. Kikyo no apartaba la mirada de Naraku, y su postura reflejaba tanto determinación como furia contenida.
—¡Kikyo! —gritó Ha-eun, dando un paso hacia adelante.
Kikyo no se giró, pero su voz cortó el aire con firmeza.
—Mantente atrás, Ha-eun. Esto es entre Naraku y yo.
Naraku dejó escapar una risa siniestra, sus ojos rojos brillando con malicia.
—Así que has traído compañía, Kikyo. Qué interesante. ¿Acaso crees que eso hará alguna diferencia? —dijo con burla, mientras la energía a su alrededor crecía en intensidad.
Las chicas se colocaron en posición defensiva, con sus armas listas. La tensión en el aire era palpable. Todas podían sentir el peligro, pero también sabían que no podían retroceder.
araku dejó escapar una risa siniestra, sus ojos rojos brillando con malicia mientras observaba al grupo.
—Así que has traído compañía, Kikyo. Qué interesante. ¿Acaso crees que eso hará alguna diferencia? —dijo con burla, mientras la energía oscura a su alrededor parecía arremolinarse con mayor intensidad.
Kikyo no se inmutó. Dio un paso hacia adelante, aferrando con fuerza la empuñadura de su arco, y con un tono burlón le respondió:
—Ja, no me digas que crees que puedes matarme, Naraku. Mientras sigas cargando a Onigumo contigo, no podrás hacerme daño. Después de todo, él sigue enamorado de mí.
El rostro de Naraku se tensó por un breve instante. La sonrisa desapareció de sus labios y una sombra de furia cruzó por su mirada. Pero pronto recobró su compostura, dejando escapar una risa grave y burlona.
—Onigumo es un lastre que arrastro, lo admito, pero no te equivoques, Kikyo. Ese patético hombre no define lo que soy ahora.
Mientras Naraku hablaba, sus ojos se desviaron hacia Ha-eun. La observó por unos instantes, como si la estuviera evaluando, y luego su sonrisa se amplió, cargada de un interés siniestro.
—Oh... así que eres tú —dijo lentamente, inclinando ligeramente la cabeza—. No me había percatado de tu presencia. Veo que has estado utilizando los poderes que te di —añadió, con un tono burlesco que hizo que la sangre de Ha-eun hirviera.
Ha-eun dio un paso hacia adelante, poniéndose automáticamente en posición defensiva. La electricidad chisporroteaba débilmente en sus manos, reflejando la tensión en su cuerpo.
—¡Tú... maldito Naraku! —gritó, con la voz llena de rabia—. ¡Deja en paz a Kikyo y dime qué me hiciste!
Naraku dejó escapar otra risa y, en un movimiento inesperado, desapareció de su lugar, reapareciendo frente a Ha-eun. Antes de que ella pudiera reaccionar, extendió su mano y la agarró del cuello, levantándola como si no pesara nada. Ha-eun luchó por liberarse, pero su agarre era firme, y la presión la dejaba sin aire.
—Oh, pequeña Ha-eun, eres tan ingenua —dijo Naraku, con una sonrisa retorcida mientras la sostenía en el aire—. ¿Todavía no lo entiendes? Eres mi experimento. Un proyecto interesante del cual no tenía grandes expectativas... hasta que comencé a ver tu potencial.
Ha-eun intentó hablar, pero solo logró emitir sonidos ahogados mientras sus manos intentaban liberarse del agarre. Kikyo, con los ojos llenos de ira, levantó rápidamente su arco y disparó una flecha brillante. El proyectil cruzó el aire y golpeó el brazo de Naraku, obligándolo a soltar a Ha-eun.
—¡Argh! —gruñó Naraku mientras retrocedía, examinando la quemadura en su brazo.
Ha-eun cayó al suelo de rodillas, llevándose las manos al cuello y jadeando por aire. Mizuki corrió hacia ella inmediatamente.
—¡Tranquila! Respira despacio... Estoy aquí —dijo Mizuki, revisándola con rapidez mientras las demás chicas formaban un círculo protector alrededor de Ha-eun.
Kikyo avanzó unos pasos, con el arco todavía apuntando hacia Naraku. Su voz resonó con fuerza.
—¿Acaso no soy yo a quien buscas, Naraku? —preguntó, buscando desviar su atención de Ha-eun.
Naraku rió, aunque su expresión reflejaba cierto disgusto por la herida en su brazo.
—No te preocupes, Kikyo. Ha-eun todavía no debe morir. No hasta que sea lo suficientemente fuerte para cumplir con su propósito —respondió con una sonrisa sádica.
Las palabras de Naraku hicieron que todas las chicas se miraran entre sí con asombro y horror. Akiko frunció el ceño, dando un paso adelante.
—¿De qué estás hablando? —preguntó con firmeza.
Naraku giró lentamente su cabeza hacia ellas, disfrutando del impacto de sus palabras.
—Mientras experimentaba con mis conexiones al tiempo y al espacio, descubrí algo fascinante. Las barreras entre épocas no son tan impenetrables como parecen. Y en el futuro... —hizo una pausa, mirando directamente a Ha-eun—. En el futuro, los cuerpos humanos son distintos. Más resistentes. Más duraderos. Perfectos para albergar el inmenso poder que mi espíritu requiere.
Ha-eun, todavía recuperándose, lo miró con horror. Las piezas comenzaban a encajar en su mente, pero no quería aceptarlo.
—Te elegí porque tenías el potencial que buscaba. Tu resistencia era algo excepcional. Uno de mis lacayos te encontró, te estudió, y transfirió una chispa de mi poder en ti. Ahora, esa chispa está creciendo dentro de ti, fortaleciéndote día a día. Cuando estés lista, serás mi próximo recipiente —dijo Naraku con una sonrisa cruel.
—¡Eres un monstruo! —gritó Kaoru, su voz temblando de rabia mientras apretaba su espada.
Naraku se limitó a reír ante la acusación.
—Monstruo o no, todo está saliendo según mi plan. Y ustedes, no podrán detenerme.
Kikyo, con una mirada de hielo, levantó su arco y apuntó otra flecha directamente hacia Naraku. Su postura era firme, y su voz resonó con fuerza, cargada de determinación.
—No me subestimes, Naraku. No me rendiré hasta destruirte.
Sin dudar, lanzó la flecha. El proyectil brillante surcó el aire con un destello luminoso, impactando contra el aura oscura que rodeaba a Naraku. Este retrocedió un paso, pero su risa siniestra no se apagó.
—¿Qué puedes hacer tú contra mí, Kikyo? —dijo Naraku, con un tono burlón—. No eres más que barro y huesos, una sombra de lo que fuiste. Una mujer que cayó fácilmente en la traición de su amado.
Las palabras hicieron eco en el acantilado. Kikyo entrecerró los ojos, y una furia contenida comenzó a arder en su mirada. Apretó los labios y levantó su arco nuevamente.
—¡Maldito! —exclamó con ira—. ¡Muere, Naraku!
Concentrando toda su energía espiritual, disparó una flecha poderosa que atravesó las defensas de Naraku, desintegrando uno de sus brazos en una explosión de oscuridad y luz.
Naraku gruñó de dolor, pero su sonrisa permaneció.
—Nada mal, Kikyo, nada mal... Pero esto está lejos de terminar.
La energía oscura que rodeaba a Naraku comenzó a crecer, extendiéndose como una marea negra. De esa nube emergieron varios demonios, grotescos y deformes, que avanzaron rápidamente hacia el grupo. Sus garras y colmillos relucían bajo la tenue luz del cielo cubierto.
—¡Cuidado! —gritó Akiko, alzando su lanza mientras las chicas formaban un círculo defensivo.
La batalla se desató. Mizuki disparaba flechas precisas que atravesaban los ojos de los demonios, mientras Haruka y Kaoru luchaban codo a codo, cortando a las criaturas que se les acercaban. Tsukiko, siempre calmada, defendía con precisión, protegiendo a las compañeras heridas y asegurándose de que nadie quedara vulnerable.
Ha-eun, sin embargo, no podía apartar los ojos de Kikyo y Naraku.
—¡Kikyo! —gritó Ha-eun, lanzándose hacia adelante.
Con un grito de esfuerzo, Ha-eun golpeó el suelo con su espada, liberando una onda eléctrica que impactó contra algunos de los demonios que rodeaban a Kikyo, despejando el camino. Sin dudar, se colocó al lado de la sacerdotisa, con sus katanas listas.
—¡Déjame pelear a tu lado! —dijo, su voz firme.
Kikyo, aunque sorprendida por la determinación de Ha-eun, asintió levemente. Ambas se enfrentaron juntas a Naraku, esquivando sus ataques mientras respondían con flechas y golpes eléctricos.
Naraku rió, incluso mientras esquivaba por poco los ataques combinados.
—Ja... Parece que has encontrado en mi experimento una aliada, Kikyo. Pero dime, ¿cuánto tiempo crees que podrá durar esta alianza? El miedo y la desesperación siempre se interponen. Es solo cuestión de tiempo... hasta que te traicionen de nuevo.
—¡Cállate, Naraku! —gritó Ha-eun, cargando contra él con sus katanas electrificadas.
Naraku esquivó fácilmente el ataque, pero no pudo evitar el impacto de otra flecha de Kikyo que atravesó su costado, haciendo que soltara un gruñido de frustración.
El caos de la batalla alcanzaba su punto máximo cuando un grito resonó en la distancia.
—¡Kikyo!
El sonido era claro y lleno de preocupación. Desde el bosque, Inuyasha apareció corriendo, desenvainando a Tessaiga, seguido de Kagome, Sango, Miroku y Shippo. El equipo se movía rápidamente, abriéndose paso entre los demonios que intentaban bloquear su camino.
Inuyasha saltó hacia el centro del campo, posicionándose entre Kikyo y Naraku. Su mirada estaba fija en la sacerdotisa, con una mezcla de preocupación y rabia.
—¡Kikyo! ¿Estás bien? —preguntó, sin apartar la vista de Naraku.
Kikyo bajó ligeramente su arco, aunque su expresión seguía siendo seria.
—No es necesario que estés aquí, Inuyasha. Esto es entre Naraku y yo.
—¡Como si fuera a dejarte enfrentarlo sola! —respondió Inuyasha, con su característico tono terco.
Naraku observó la escena con una sonrisa venenosa.
—Oh, qué conmovedor... El perro sigue corriendo tras su antigua amante —dijo, con un tono burlón que hizo que Inuyasha apretara los dientes.
—¡Naraku, cállate! —gritó Inuyasha, cargando hacia él con Tessaiga lista para atacar.
El campo de batalla se convirtió en un caos absoluto. Mientras Inuyasha y su grupo se unían a la pelea, Kikyo y Ha-eun continuaban enfrentando directamente a Naraku. Las chicas del gremio luchaban incansablemente contra los demonios, manteniendo su formación defensiva.
Aunque las fuerzas combinadas eran impresionantes, Naraku parecía imparable. Su energía oscura seguía creciendo, y su risa siniestra resonaba en el acantilado.
El enfrentamiento apenas comenzaba.
El caos absoluto
El campo de batalla era un torbellino de energía y desesperación. Naraku, con su sonrisa retorcida, levantó una mano oscura, y la figura de una mujer apareció desde las sombras: la bruja Urasue, la misma que había traído a Kikyo de vuelta al mundo de los vivos.
—¿Recuerdas esto, Kikyo? —dijo Naraku con una voz gélida, mientras Urasue comenzaba a recitar un hechizo.
Las almas que rodeaban a Kikyo, las mismas que le daban vida, comenzaron a salir de su cuerpo en forma de esferas luminosas. Kikyo apretó los dientes mientras intentaba mantenerse en pie, disparando flechas contra los demonios que la rodeaban, pero su fuerza empezaba a desvanecerse.
—¡No...no dejaré que te lleves las almas, no hasta que pueda matarte! —murmuró Kikyo, intentando resistir.
Inuyasha, que estaba luchando contra Naraku, vio de reojo lo que ocurría. Sus ojos se abrieron con horror.
—¡Kikyo! —gritó, lleno de preocupación.
Kagome, que se encontraba luchando junto a Sango y Miroku, detuvo su ataque por un momento, mirando la escena con incredulidad.
—No... Kikyo—susurró Kagome, apretando su arco con fuerza.
Sango y Miroku también miraron con consternación. Habían sido testigos de cómo Kikyo había regresado a la vida, y ahora veían cómo Naraku intentaba destruirla utilizando la misma magia oscura.
Naraku, aprovechando el estado debilitado de Kikyo, lanzó un ataque directo. Una bola de energía oscura atravesó el aire y golpeó el hombro de Kikyo, haciéndola retroceder varios pasos. Su cuerpo tambaleó peligrosamente al borde del precipicio.
—¡Kikyo! —gritó Inuyasha, con una mezcla de rabia y desesperación.
El golpe la había dejado débil. Kikyo intentó mantener el equilibrio, pero sus piernas no pudieron sostenerla más. Su cuerpo cayó hacia atrás, quedando sostenida únicamente por una mano que se aferraba con fuerza al borde del acantilado.
—¡Señorita Kikyo! —gritaron Sango y Miroku al unísono.
Inuyasha intentó correr hacia ella, pero los demonios de Naraku lo bloquearon, forzándolo a retroceder. Su espada cortó a las criaturas una tras otra, pero no podía abrirse paso lo suficientemente rápido.
—¡Miserable...! —gruñó Inuyasha, con los ojos llenos de furia, mientras intentaba llegar a Kikyo.
En medio de ese caos, Ha-eun, con el corazón latiendo con fuerza, ignoró el dolor de sus heridas y corrió hacia el precipicio.
—¡No! —gritó Kagome, viendo cómo Ha-eun se lanzaba sin dudar.
Ha-eun se arrodilló al borde del precipicio, estirando la mano para tomar la de Kikyo. La atrapó justo a tiempo, aferrándose con todas sus fuerzas mientras el peso de la sacerdotisa tiraba de ella.
—¡Kikyo! —gritó, mientras intentaba jalarla hacia arriba.
Kikyo abrió los ojos lentamente, sorprendida por lo que veía. La joven estaba temblando por el esfuerzo, claramente herida.
—¿Qué estás haciendo...? —preguntó Kikyo con voz débil, su mirada seria—. Déjame caer. No tiene sentido que te arriesgues.
Ha-eun apretó los dientes, aferrándose con más fuerza.
—¡Eso... nunca! —respondió con dificultad, jadeando por el esfuerzo—. ¡No voy a dejar que te caigas, Kikyo!
Las palabras de Ha-eun resonaron en la mente de Kikyo, trayendo recuerdos del pasado. Volvió a aquel momento en el que Inuyasha había intentado salvarla después de su resurrección. Recordó la desesperación en los ojos de Inuyasha cuando la sostenía, y cómo ella misma había usado su poder para quemarle la mano, obligándolo a soltarla.
"Esto ya lo viví..." pensó Kikyo, su mente atrapada en ese recuerdo. Su decisión parecía clara: debía hacer lo mismo. Reuniendo la poca energía que le quedaba, una pequeña llama comenzó a formarse en su palma.
—Lo siento... —murmuró Kikyo, mientras liberaba el fuego.
El calor quemó la mano de Ha-eun, haciéndola soltar un grito de dolor. Sus dedos se separaron instintivamente, y Kikyo comenzó a caer.
Pero esta vez, algo fue diferente.
Ha-eun, con los ojos llenos de tristeza y rabia, no dejó que todo terminara ahí. Sin dudarlo, se lanzó detrás de Kikyo, extendiendo sus brazos para atraparla en pleno aire. Logró alcanzarla mientras ambas caían hacia el río.
Kikyo, sorprendida, abrió los ojos de golpe al sentir los brazos de Ha-eun rodeándola. La joven había colocado su cuerpo de manera que protegiera la cabeza de Kikyo del impacto.
—¿Qué estás haciendo...? —preguntó Kikyo, incrédula.
Ha-eun, con una sonrisa cansada pero determinada, respondió:
—Cuando te dije que quería que viajáramos juntas, lo decía en serio. No te dejaré sola.
Mientras caían hacia las aguas turbulentas del río, Kikyo no pudo evitar sentirse conmovida. Por primera vez en mucho tiempo, alguien estaba dispuesto a arriesgarlo todo por ella sin esperar nada a cambio.
El impacto contra el río fue fuerte, y las corrientes las arrastraron rápidamente. Desde el acantilado, los gritos de los demás resonaron.
—¡Kikyo! —gritó Inuyasha, intentando correr hacia el borde, pero los demonios lo detuvieron nuevamente.
—¡Señorita Kikyo! ¡Ha-eun! —gritaron Akiko, Kaoru y las demás chicas del gremio, con las voces llenas de pánico.
Kagome, Sango y Miroku miraron desde arriba, sus rostros reflejando una mezcla de desesperación y esperanza.
—¿Están...Están muertas...? —preguntó Kagome en un susurro.
Sango apretó su boomerang con fuerza, mirando hacia el río con la mandíbula tensa.
Inuyasha, con un rugido de frustración, cortó al último demonio que lo bloqueaba y se asomó al borde del acantilado. Sus ojos buscaron desesperadamente en el agua, mientras la corriente se llevaba a Kikyo y Ha-eun lejos de su vista.
—¡Kikyo! —gritó con todas sus fuerzas.
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En las profundidades del río
Las aguas frías las arrastraban con fuerza, golpeándolas contra las rocas y sumergiéndolas repetidamente. Ha-eun, con cada gramo de fuerza que le quedaba, mantuvo su agarre sobre Kikyo, asegurándose de que la sacerdotisa no sufriera daño adicional.
—Te lo dije... No voy a dejarte caer, Kikyo... —susurró Ha-eun, aunque apenas podía hablar.
Kikyo, sorprendida y conmovida, cerró los ojos por un momento. Una extraña calidez comenzó a llenar su pecho, algo que no había sentido en mucho tiempo: gratitud y confianza.
Las aguas las habían arrastrado durante lo que a Ha-eun le pareció una eternidad. Con cada golpe de las olas y las rocas, su cuerpo dolía más, pero no soltó a Kikyo ni por un instante. Finalmente, logró aferrarse a una rama que sobresalía del agua y, con un esfuerzo sobrehumano, se impulsó hacia una pequeña orilla rocosa que llevaba a la entrada de una cueva escondida entre la vegetación.
Arrastrando a Kikyo consigo, Ha-eun logró entrar en la cueva. El interior era oscuro y húmedo, pero estaba protegida de la corriente y del frío aire nocturno. Su respiración era pesada, pero aún así acomodó a Kikyo contra una pared de roca suave y comenzó a inspeccionarla. La sacerdotisa estaba pálida, su cuerpo temblaba ligeramente, y parecía demasiado débil para hablar. Las almas que le habían sido arrebatadas habían dejado un vacío en ella.
Ha-eun, con una expresión de preocupación, buscó entre las cosas que llevaba consigo. Sacó un pequeño pedernal que había guardado durante sus viajes con el gremio y, con manos temblorosas, logró encender un fuego improvisado con ramas secas que había recogido antes de la batalla.
—Esto te ayudará... —murmuró mientras aseguraba que las llamas fueran lo suficientemente fuertes para secar las ropas mojadas de Kikyo.
Después de asegurarse de que Kikyo estuviera lo más cómoda posible, Ha-eun se levantó. Sus piernas temblaban por el esfuerzo, pero su mirada estaba decidida.
—Necesitas comer algo... —susurró, más para sí misma que para Kikyo. Sin pensarlo más, salió de la cueva, adentrándose en el bosque cercano.
Mientras buscaba algo que pudieran comer, Ha-eun comenzó a recordar sus días en el futuro, cuando era una simple estudiante en su colegio. Las actividades de los scouts que alguna vez había considerado inútiles ahora le parecían valiosas. Recordó cómo aprendió a identificar plantas comestibles, a hacer trampas simples y a encender fuegos. Era extraño cómo las cosas que parecían insignificantes en su antigua vida ahora podían ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Con su entrenamiento y los pocos recursos que tenía, logró encontrar bayas comestibles y algunas raíces. A pesar de las heridas que todavía sangraban y el dolor en todo su cuerpo, no dejó de esforzarse.
—No puedo rendirme ahora... —se dijo a sí misma.
Cuando Ha-eun regresó a la cueva, Kikyo seguía en el mismo lugar, con los ojos entreabiertos, mirando el fuego débilmente. La sacerdotisa levantó la mirada al escuchar los pasos de Ha-eun.
—Volviste... —murmuró Kikyo, su voz apenas un susurro.
Ha-eun sonrió ligeramente, dejando las cosas que había recogido junto al fuego. Preparó rápidamente las vayas y las raíces, improvisando una comida sencilla pero nutritiva. Mientras el aroma comenzaba a llenar la cueva, Ha-eun juntó hojas y ramas suaves que encontró en el bosque para crear una cama más cómoda para Kikyo.
—No te preocupes. Comerás algo y pronto te sentirás mejor —dijo Ha-eun, con una calidez que parecía llenar el espacio.
Kikyo no respondió. Solo observó en silencio cómo la joven se movía con determinación, a pesar de sus heridas. Algo en esa actitud le recordaba a sí misma, a la mujer que alguna vez fue.
Cuando la comida estuvo lista, Ha-eun tomó un pedazo y se lo ofreció a Kikyo. La sacerdotisa intentó levantar la mano, pero no tuvo la fuerza suficiente.
—No te preocupes... Yo te ayudaré —dijo Ha-eun, acercando el trozo a sus labios. Kikyo aceptó, comiendo lentamente mientras Ha-eun la miraba con una mezcla de alivio y preocupación.
Después de asegurarse de que Kikyo hubiera comido lo suficiente, Ha-eun se sentó junto a ella. El silencio en la cueva era interrumpido solo por el crepitar del fuego. Ha-eun se inclinó hacia Kikyo, acercando su mano junto a su frente para ver si tenía fiebre.
El frío en la piel de Kikyo hizo que Ha-eun frunciera el ceño.
—Sigues tan fría... —murmuró. Sus propios ojos reflejaban el cansancio, pero no dejó que eso la detuviera.
Kikyo, al sentir la calidez de la mano de Ha-eun contra la suya, cerró los ojos. Era un gesto sencillo, pero había algo reconfortante en él, algo que hacía que sus defensas se suavizaran por un momento.
—¿Por qué haces esto...? —preguntó Kikyo, su voz apenas un susurro.
Ha-eun se separó un poco, mirándola directamente a los ojos.
—¿No recuerdas que me has salvado tres veces? Si no fuera por ti, no estaría donde estoy ahora. Además... —Ha-eun movió la cabeza con un gesto de negación—. Aunque no me hubieras rescatado, de igual manera lo haría. La verdad es que no sé por qué, pero no quiero dejar que mueras, Kikyo.
Kikyo dejó escapar una leve sonrisa, esta vez sincera.
—No olvides que yo ya estoy muerta. Tan muerta que dependo de alimentarme de almas para poder seguir existiendo —respondió, mientras dirigía su mirada hacia el fuego.
Kikyo mantuvo la mirada fija en el fuego, su expresión volviéndose seria, casi distante. Sus ojos reflejaban no solo el resplandor de las llamas, sino también un cansancio profundo, el peso de una existencia sostenida por el odio, el deber y un pasado que nunca terminó de dejar atrás.
—La Piedra de Shikon... —dijo con voz baja, pero firme—. Esa piedra no es más que un objeto maldito. Está llena de deseos egoístas y ambiciones corruptas. Aunque pudiera cumplir un deseo, nunca lo hace sin cobrar un precio. Nunca lo hace sin distorsionar las intenciones de quien la utiliza.
Ha-eun frunció el ceño, sintiendo una mezcla de confusión y frustración.
—¿Qué quieres decir...? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia Kikyo—. Si la piedra puede convertirte en humana, ¿por qué no intentarlo?
Kikyo soltó un leve suspiro, su voz adquirió un tono más frío.
—Porque la Piedra de Shikon no concede deseos sin consecuencias. Es un imán para la maldad, Ha-eun. Todos los que han intentado usarla han caído en la desesperación. Incluso aquellos que pensaban que sus deseos eran puros terminaron destruidos por ella. —Hizo una pausa, girando su rostro hacia Ha-eun, su mirada ahora llena de gravedad—. Si alguien intentara desear mi humanidad de vuelta, no sería un acto de redención. Sería una burla cruel de lo que alguna vez fui.
Ha-eun bajó la mirada, procesando las palabras de Kikyo. Pero su mente no dejaba de buscar alternativas.
—¿Entonces simplemente lo aceptas? ¿Aceptas quedarte así, alimentándote de almas, arrastrando este vacío...? —preguntó, con una mezcla de tristeza y frustración en su voz.
Kikyo sostuvo su mirada por un momento, sus ojos suaves pero llenos de resignación.
—Este es el precio que debo pagar, Ha-eun. Mi existencia misma es una aberración. Fui devuelta al mundo no para vivir, sino para cumplir un propósito. Mientras Naraku siga existiendo, mi misión no ha terminado. Convertirme en humana... —dijo, mirando nuevamente al fuego—. Eso es algo que ya no me pertenece.
Las palabras de Kikyo cayeron como un peso sobre los hombros de Ha-eun. Pero en su interior, algo comenzó a arder, una determinación que ni siquiera las palabras de la sacerdotisa podían extinguir.
—No me importa lo que digas, Kikyo. Algún día, voy a encontrar la manera. Voy a devolverte la vida, sin importar lo que cueste —dijo Ha-eun con firmeza, su voz quebrándose ligeramente por la emoción.
Kikyo la observó en silencio, una pequeña y fugaz sonrisa se dibujó en sus labios, aunque estaba cargada de melancolía.
—Eres demasiado obstinada... —murmuró, sin apartar la vista de la joven—. Pero supongo que esa es una de las razones por las que sigues aquí.
El fuego continuó crepitando suavemente en la cueva, iluminando a ambas mientras las sombras danzaban alrededor. Kikyo no respondió más, pero en su interior algo parecía haberse movido. Aunque no lo dijera, las palabras de Ha-eun, esa promesa impulsiva y sincera, dejaron una huella que ella no esperaba.
