22
ESPERAR
Candy soltó la mano de Albert mientras caminaban de regreso a la fiesta, y él la miró como si le ofendiera profundamente.
—No quiero dejarte ir —susurró muy cerca de su oído, ignorando la mirada de los invitados sobre ellos.
—Tampoco yo, pero tu tía está aquí y no quiero provocarle un disgusto.
—Pronto deberá acostumbrarse. Una vez que seas mi esposa, no voy a desperdiciar la oportunidad de mostrarle al mundo cuánto te amo.
Candy se sonrojó y no supo qué hacer con tanto amor. Se acercaron a la mesa donde estaba su familia, y cuando Candy anunció que se sentía indispuesta la señora Elroy hizo un gesto de disgusto.
—Candice, no seas maleducada con nuestro anfitrión; él está teniendo la cortesía de pasar tiempo con nosotros y no puedes irte de esa manera.
—No pasa nada —intervino Oliver Kane—, al menos espero que disfrutaras esta fiesta, Candy.
—Todo fue maravilloso, muchas gracias por recibirme en su casa.
Albert ignoró la punzada de celos cuando Oliver besó la mano de Candy, pero ella apenas esbozó una sonrisa educada.
—No puedes disponer de nuestro auto, Candy, supongo que tendrás que caminar a tu casa.
—No te preocupes, Elisa, ella regresará en mi carro.
—¡William! —Exclamó la tía escandalizada—. No me digas que tú la vas a llevar…
—No, lo hará el chófer.
Indignada y sin decir otra palabra, la tía Elroy se levantó de la mesa con Elisa pisándole los talones. Candy volvió a despedirse de Oliver y después miró a Albert con algo de timidez.
—Le agradezco su amabilidad —dijo—. Adiós, señor Andrey.
—Hasta pronto, Candy.
No quería dejarla ir. Albert deseaba tomarla entre sus brazos y llevársela lejos de ahí, al diablo las convenciones sociales, pero se conformó con mirarla sabiendo que era suya y muy pronto no tendría que ocultarlo.
Para no ser descortés se quedó en la fiesta. Habló con Oliver acerca de finanzas y política, pero inevitablemente la conversación terminó aproximándose a un terreno más personal.
Oliver encendió un cigarro y le puso una mano sobre el hombro.
—Aprovechando que estamos solos me gustaría pedirte una disculpa, Albert.
—¿Por qué?
—Candy. Puse mis ojos en ella sin imaginar que a ti también te interesaba.
Albert asintió.
—No solo me interesa. La amo y pienso convertirla en mi esposa.
—¡Felicidades, William! Es una mujer encantadora y no dudo que eres plenamente correspondido, aunque no sé cómo va a reaccionar tu tía…
—Eso me tiene sin cuidado.
—Pues deberías darle más importancia. Conozco el temple de Elroy Andrey y tratará de imponer su voluntad.
—Dime una cosa, Oliver. ¿Fue mi tía la que te propuso cortejar a Candy?
—A decir verdad, sí —respondió avergonzado—. Le expresé mi intención de volver a casarme, pero no me interesa ninguna de las damas de sociedad que tú y yo conocemos, así que cuando mencionó a Candy naturalmente quise conocerla.
—¿Qué fue lo que te dijo?
—Nada malo, solo dijo que Candy es una enfermera excepcional con un carácter afable, y pensó que sería una buena opción para ella.
—Mi tía está equivocada —respondió molesto—. El único hombre en la vida de Candy soy yo.
Aunque tal vez necesitaba dejarlo más claro. Buscó a su tía y la encontró hablando con la esposa de uno de los socios de los Andrey y sus hijas. Albert saludó a las mujeres inclinando la cabeza respetuosamente.
—Lamento interrumpir, querida tía.
—¡William! —Su rostro se iluminó—. Ven, ¿recuerdas a Nathalie Smith? La conociste en el evento de caridad que organizó su padre hace un año.
—Por supuesto, es un placer volver a verla.
—Tío, deberías invitar a Nathalie a bailar —intervino Elisa—. Al parecer los caballeros están ocupados hablando de negocios y bolsa de valores…
—Me temo que no seré la excepción. Debo regresar a casa para revisar unos contratos.
La tía abuela no se atrevió a pronunciar palabra cuando notó la expresión sombría de Albert. Se despidieron de los invitados y el camino de vuelta fue tan incómodo que incluso Elisa parecía nerviosa, mirando a Albert como si quisiera leer sus pensamientos.
En la sala principal de la mansión, Anthony y los hermanos Cornwall jugaban cartas sin ninguna preocupación en el mundo.
—¡Por fin llegan! —Exclamó Stear de buena gana—. Necesitamos tres jugadores para patear el trasero de Archie.
Albert esbozó una sonrisa pero negó con la cabeza.
—Tal vez otro día, tengo un asunto muy urgente que tratar.
—¿Pasa algo? —Preguntó Anthony—. No me digas que estamos en problemas…
—Ustedes no —miró a Elisa y su tía—. Vamos a mi oficina.
Ambas lo siguieron en silencio y Albert cerró la puerta a sus espaldas, señalando con una mano para que tomaran asiento. Habían pasado tantas cosas durante el día que se sirvió un whiskey e ignoró la mirada inquisitiva de su tía Elroy.
—Habla de una vez, William —dijo con impaciencia—. ¿A qué se debe esto?
—Creo que ya lo sabes, tía. ¿Por qué no dejamos la hipocresía y conversamos como adultos?
—Es curioso que digas eso. Ya es momento de que recuerdes tu lugar y empieces a comportarte como el jefe de los Andrey.
—Tienes razón, he sido demasiado flexible incluso con mi familia, pero estoy dispuesto a reparar ese error. No voy a permitir que interfieran en mis asuntos nuevamente.
—Tío, no tengo idea de lo que estás hablando…
—¿No? ¿Y qué me dices de lo que acaba de ocurrir con Candy?
—Yo solo he sido amable con esa huérfana.
—Referirse a ella en un tono despectivo no es precisamente un gesto amable, Elisa. No quiero que esta noche vuelva a repetirse.
—Estás exagerando, William. Solo la invitamos a una fiesta.
—Sí, pero con la intención de humillarla y ofrecerla al mejor postor.
La tía se puso pálida.
—¿Cómo te atreves a insinuar algo tan espantoso? —Exclamó llevándose una mano al corazón—. Jamás exhibiría a esa muchacha frente a nuestras amistades, mucho menos rebajarme a conseguirle un marido.
—Lo harías si con eso crees poder alejarla de mí.
Furiosa, la tía Elroy se giró hacia Elisa y dijo tajantemente:
—Déjame sola con William.
—No es necesario, ella puede quedarse.
—No es correcto que me pongas en evidencia delante de mi propia familia.
—Tía, no es mi intención faltarte al respeto, pero esta es una conversación que también involucra a Elisa. Ella también debe escuchar que es mi intención convertir a Candy en mi esposa.
Elisa se puso pálida como la muerte.
—No, eso es imposible…
—Candy llevará mi apellido —enunció con firmeza—. Será la señora de esta casa, y si alguien se atreve a faltarle al respeto deberá responder ante mí, ¿lo entiendes?
—Tío…
—No lo voy a repetir, Elisa.
La muchacha estaba temblando de pies a cabeza y tenía el rostro descompuesto, pero se las arregló para responder entre dientes.
—Como tú quieras, tío William.
—Bien. Puedes decírselo a tu madre y a tu hermano, porque las mismas reglas aplican para ellos.
Aquella humillación fue más de lo que Elisa pudo soportar y salió como un torbellino de la oficina con los ojos inundados de lágrimas. La tía Elroy permaneció en silencio y cuando miró a Albert, su expresión era serena pero algunos detalles en su rostro delataba lo que sentía realmente.
—Espero que no sea verdad lo que acabas de decir.
—No tengo motivos para mentir sobre algo tan importante como esto.
La tía suspiró y se llevó las manos a sus sienes como si estuviera sufriendo un terrible dolor de cabeza.
—¿Por qué me causas estos disgustos, William? ¿Acaso no te importo en lo absoluto?
—Al contrario, tía. Y nada me gustaría más que compartieras mi felicidad.
—No lo haré mientras sigas insistiendo con esta locura. Una sucia huérfana no puede ser la madre de tus hijos ni el futuro de nuestra familia.
—Candy es la mujer que yo elegí para mí.
—¡No te reconozco, William! —Estalló—. Rezo para que tarde o temprano te des cuenta de tus errores.
—Eso no va a suceder, estoy enamorado de ella.
—Hijo —dijo la tía con más tranquilidad—, entiendo que la enfermera te deslumbró, pero no olvides quien eres.
—¿A qué le temes, tía? Cumpliré mi deber, pero no estoy dispuesto a sacrificar mi felicidad por esta familia.
—¿No entiendes que tu felicidad y nuestro bienestar van de la mano? Tu matrimonio es una transacción que debe realizarse con alguien de buena cuna, no una huérfana cuyo origen no conocemos.
—Tonterías.
La tía Elroy se levantó y caminó hacia Albert, poniendo una mano sobre su hombro en un gesto comprensivo.
—William, no creas que deseo tu infelicidad. Estoy segura de que tus sentimientos por esa muchacha son genuinos…
—¿Pero?
—No es de nuestra clase —concluyó—. Y ni siquiera el apellido Andrey podrá cambiarlo.
Albert asintió.
—Entonces si ella no pertenece a mi mundo, yo entraré al suyo.
—¿Qué quieres decir?
—Que mi lugar está al lado de Candy y estoy dispuesto a renunciar a todo por ella.
—¡Qué barbaridad! ¿Acaso no piensas en lo que puede significar para nosotros si abandonas la familia?
—Entonces no trates de manipularme, tía.
—Búscate una esposa decente para que tenga a tus hijos, alguien que puedas presentar ante los círculos sociales sin sentir vergüenza. Y si quieres a esa enfermera está bien, quédate con ella.
—¿Como mi amante? —Preguntó Albert completamente asqueado.
—Es perfectamente normal para un hombre de tu posición.
—Entonces no me conoces en lo absoluto, tía. No voy a jugar con una mujer y descartarla como si no valiera nada para mí.
—Pues no tienes otra opción. ¡De ninguna manera voy a aceptar tu matrimonio con esa mujer!
La frialdad de su tía jamás dejaría de sorprenderlo, pero a diferencia del pasado Albert ya no era ningún niño. Se había convertido en el dueño de su destino, y lucharía hasta la muerte por la mujer que amaba. Así que esbozó una sonrisa y respondió sin dudar:
—Ten cuidado, tía. Ahora me corresponde a mí no aceptarte.
En cuanto llegó a su casa después de la fiesta, Candy se quedó dormida sin quitarse el maquillaje ni el vestido, soñando con las miradas burlonas de Elisa y la mueca de desaprobación de la señora Elroy.
Despertó al día siguiente escuchando que alguien tocaba su puerta con desesperación. Descalza, abrió la puerta y vio de frente a su casera, una amable anciana que en ese momento lucía preocupada.
—Buen día, señora Martha.
—Hola, Candy. Te enviaron esta carta, parece que es urgente.
—¿Una carta para mí?
Le parecía extraño que alguien le escribiera, pero sonrió al leer el remitente. Desde hace varias semanas no recibía noticias del Hogar de Pony y tenía tantas ganas de saber cómo estaban las cosas por allá.
Pero conforme leía, la sonrisa desapareció de sus labios.
Querida hija:
Quisiera escribirte con mejores noticias, pero esta vez la situación que nos une es lamentable. La hermana María tuvo un pequeño tropiezo y se fracturó una pierna; no te preocupes, su condición no es grave pero lamentablemente su estado de ánimo es el que me preocupa pues no está acostumbrada a permanecer en cama y todos los días llora cuando piensa que nadie la está mirando. Reza por ella, hija mía, y que Dios te bendiga siempre.
Con amor,
Pauline Giddins.
Candy sintió un nudo en la garganta. Desde que tenía memoria, la hermana María se negaba a descansar a menos que estuviera muy enferma, ¿cómo iba a soportar esta situación? ¿Y qué iba a hacer la señorita Pony con todos los niños, sin su mano derecha?
La respuesta era sencilla. No tuvo que pensarlo dos veces y tomó una decisión.
Empacó deprisa su ropa y buscó el dinero que tenía guardado debajo del colchón; no era mucho pero al menos alcanzaría para cubrir los gastos del Hogar un par de meses, mientras conseguía algún trabajo cerca de ahí…
De repente recordó un pequeño detalle. Albert. No podía desaparecer de la ciudad sin decirle nada, ¿verdad? Recordó que Albert le había dicho que estaría trabajando todo el día, así que se vistió rápidamente y salió a buscarlo.
No fue difícil encontrar las oficinas de la familia Andrey. El edificio estaba ubicado en una de las mejores zonas de la ciudad, y se alzaba imponente como su nombre. Entró a la recepción con algo de vergüenza y vio a una hermosa mujer de cabello negro sentada detrás del escritorio.
—Buen día, señorita.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarle?
—Me gustaría hablar con Albert.
—¿Con el señor Andrey? —Preguntó escéptica—. ¿Tiene cita?
—No…
—El señor Andrey tiene la agenda llena, es imposible que la reciba.
—Por favor, es urgente. Necesito hablar con él.
—Lo lamento.
—Dígale que Candy White está aquí —suplicó—. Y si está ocupado prometo no molestarlo.
La secretaria entornó los ojos, pero quizás vio la desesperación de Candy porque asintió y se puso de pie.
—De acuerdo, permítame ver qué puedo hacer.
Candy suspiró. No se le había ocurrido que tal vez Albert no querría verla; un hombre como él probablemente tenía que asistir a reuniones, negociar con inversionistas, o…
—¡Candy!
Apenas reaccionó cuando unos fuertes brazos la oprimieron contra su cuerpo masculino que la sostuvo como si fuera lo más importante del mundo. Inhaló su aroma y Candy cerró los ojos sintiendo una extraña calma en su corazón.
—Hola, ¿no estoy interrumpiendo nada?
—Tú nunca eres una interrupción, amor mío. Estaba pensando en ti.
Candy sintió tantas ganas de besarlo y probablemente lo habría hecho de no ser porque estaban en la recepción ante la vista de todos. Quizás Albert pensó lo mismo, porque tomó su mano y la dirigió hacia las escaleras.
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—¿No quieres conocer mi oficina?
—No sé si esté bien…
—Vas a ser mi esposa pronto, es perfectamente normal que me visites.
Candy se sonrojó hasta las orejas.
—De todas maneras no es propio.
—Estás aquí y me muero por besarte, no me importa lo que sea propio —susurró.
Albert no le dio la oportunidad de seguir protestando y prácticamente la llevó en brazos hacia su oficina, dándole instrucciones estrictas a su secretaria para que nadie se atreviera a molestarlos.
El edificio era grande, espacioso y exquisitamente decorado. Mientras caminaban por los pasillos, Candy se dio cuenta de que Albert no sólo era respetado por sus empleados, sino también muy querido; siempre tenía una sonrisa y una palabra amable para todos.
Cuando entraron a la oficina, Candy lo abrazó con fuerza.
—Estoy tan orgullosa de ti, Albert.
—¿A qué se debe tanta efusividad?
—A nada. Solo que te amo con toda mi alma y mereces saberlo.
—Cuando hablas así —murmuró acariciando su cabello— siento que es una despedida entre los dos.
—No, eso jamás. Yo nunca podría dejarte ir.
Sin decir palabra, Albert la besó con un ardor apenas contenido. Candy se dejó envolver por el calor de su cuerpo, estremeciéndose cada vez que su lengua rozaba la suya y su aliento acariciaba su cuello.
Enredó sus manos en el cabello rubio y tiró de él suavemente, arrancándole un suspiro.
—Eres mala —le recriminó dejando un rastro de besos húmedos en su garganta.
—Tu cabello está creciendo, pero me encantas así…
—Candy —su voz sonó ronca cuando apoyó su frente sobre la suya—, ¿qué voy a hacer contigo?
—Lo que quieras. Soy tuya.
Albert se detuvo para mirarla como si no pudiera creer que era real. Con un suspiro la tomó en sus brazos y aspiró el aroma de su cabello.
—Está bien —dijo, apoyando una mano sobre su mejilla—. Si tú eres mía, yo también soy tuyo.
Aquellas palabras fueron tan genuinas que Candy sintió que su corazón sangraba en su pecho. Casi de forma inconsciente buscó sus labios, se aferró a él y lo besó con una pasión que no sabía que existía dentro de ella.
Albert se alejó para mirarla con una intensidad que hizo temblar sus piernas.
—No te pienso dejar ir nunca, ¿entiendes, Candy? Nunca. Así tenga que enfrentarme al mundo entero tú te quedarás conmigo.
Candy asintió porque no sabía qué otra cosa hacer y le faltaban las palabras para decirle que ella haría lo mismo por él sin dudarlo ni un segundo. A veces le asustaba la intensidad de sus propios sentimientos y sentía que estaba perdiendo la cabeza cada segundo.
Intercambiaron besos furtivos y Albert ordenó que les subieran unos postres.
—No es necesario que te molestes —insistió avergonzada—, no me voy a quedar mucho tiempo.
—Tal vez soy yo el que no te va a dejar ir, Candy. Debiste pensarlo antes de entrar a mi oficina.
—Oh, ¿así que soy tu prisionera?
—Sí —replicó Albert, besando la punta de su nariz—. Te voy a retener a mi lado para que no tengas la oportunidad de escapar.
—Como si quisiera hacerlo. Me convertirás en la única prisionera que no querrá alejarse de su captor.
El tiempo pasó de forma casi irreal. Albert le habló acerca de sus empresas; al parecer los Andrey eran propietarios de uno de los consorcios financieros más grandes de Estados Unidos y continuamente se dedicaban a las inversiones y compañía de seguros. Todo aquello sonaba tan complicado en su cabeza que Candy se mareó.
—No es exactamente la ocupación que yo elegiría si tuviera la oportunidad —se rió Albert de buena gana.
—¿No? ¿Y qué querías ser cuando eras un niño?
—Veterinario —respondió Albert con melancolía—, y médico, pero esas no eran ocupaciones dignas para el jefe de los Andrey.
—Eso es muy triste…
—No todo es malo, pecosita hermosa. Yo nací para esto, y al menos sé que si cumplo con mi deber al menos mis sobrinos tendrán la libertad de elegir su propio camino.
Candy acarició su rostro.
—Estoy segura de que Stear se convertirá en el mejor inventor del mundo gracias a ti.
—Entonces todo habrá valido la pena.
Después de unas horas la secretaria de Albert tocó tímidamente la puerta y le dijo que tenía algunas citas que cumplir. Esto le recordó a Candy la verdadera razón por la que estaba ahí en primer lugar.
—Será mejor que me vaya —dijo una vez que se quedaron solos.
—No, quédate conmigo todo el día. Puedes esperar aquí mientras termino de atender a unos clientes.
—Me encantaría, pero tengo que salir de la ciudad.
Albert frunció el ceño.
—¿De qué hablas? ¿A dónde vas?
—Recibí una carta del Hogar de Pony, mis madres me necesitan y debo estar ahí para ellas.
Rápidamente le contó lo que había pasado y cuando terminó, Albert tenía una expresión resoluta en su apuesto rostro.
—Entiendo. Voy a delegar unos pendientes y nos vamos.
—¿Qué?
—Sí —sonrió con dulzura—, no te dejaré ir sola. Permíteme acompañarte.
—No, Albert, tú tienes ocupaciones…
—Y ninguna es más importante que tú.
Debería ser imposible amarlo tanto pero Albert no le dejaba otra opción. Candy lo besó hasta que sus labios dolieron.
—Eres el mejor hombre del mundo —apoyó la cabeza contra su pecho—. ¿Qué hice en otra vida para merecer a alguien como tú?
—Esa es la pregunta que yo me hago todos los días, Candy. Mi dulce amor.
—Pero no puedes ir conmigo.
Albert se separó para mirarla con el ceño fruncido.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero que le des más motivos a tu tía Elroy para que me odie. Imagina si se entera de que te estoy distrayendo en tu trabajo.
—No me importa mi tía —respondió indiferente.
—A mí sí. Ya sé que suena ridículo, pero me haría tan feliz que algún día ella pudiera aceptarme.
La mirada de Albert se suavizó al escucharla.
—Está bien —dijo después de besar su frente—, será como tú quieras. Pero solo debes saber que la opinión de mi tía o el resto de mi familia me tiene sin cuidado. Tú vas a ser mi esposa le pese a quien le pese.
—Gracias, Albert. Por defenderme… y por quererme tanto.
Permanecieron en silencio durante un rato sin hacer otra cosa más que abrazarse, hasta que Candy se giró para mirar el reloj y vio lo tarde que era.
—¿Ya te vas? —Murmuró Albert inhalando el aroma de su cabello.
—Sí, será mejor que salga temprano de la ciudad.
—Está bien, le pediré a mi chófer que te lleve.
—No, Albert, no es necesario…
—Insisto —dijo él sin lugar a discusión—, ya tengo suficiente con la tortura de saber que estaremos lejos unos días, al menos dame el gusto de saber que estás bien.
—De acuerdo. Entonces es aquí donde nos despedimos.
Sin darle oportunidad a hablar, Albert la aprisionó contra el escritorio y la besó de tal manera que sus piernas flaquearon y tuvo que apoyarse sobre la manera para no caer. La estaba seduciendo con cada movimiento de sus labios expertos sobre los suyos, y el recorrido de sus manos sobre su piel.
—Tengo un viaje programado a Nueva York el día de mañana —confesó Albert una vez que recuperaron el aliento—, cuando regrese, iré a buscarte al Hogar de Pony. Quiero hablar con tus madres y pedirles tu mano.
—¿Lo dices en serio?
—Sí. Y si tú me aceptas, nos casaremos ahí mismo; después haremos una ceremonia más formal aquí en Chicago para cumplir con las expectativas de mi familia, pero lo único que yo quiero es que seas mi esposa. Mi mujer.
Candy se estremeció cuando acarició su cuello con la punta de su nariz y se sostuvo de sus hombros tratando de mantenerlo cerca.
—Es lo que yo más deseo, Albert.
Dios, ¿cómo iba a hacer para resistir este tiempo sin él? Se sentía embriagada por su amor y todo lo que despertaba en ella, como si nunca hubiera estado viva hasta ese momento. Con mucha dificultad se separaron y la acompañó hasta la recepción donde esperaba su chófer, ignorando las miradas de todos.
En la puerta de salida, los dos se dieron un último abrazo.
—Espera por mí, amor mío.
—Sabes que lo haré el tiempo que sea necesario.
Albert besó sus manos con reverencia y la ayudó a subir al coche. Con las ventanas abajo, Candy asomó la cabeza para mirarlo mientras emprendía su viaje y sintió que una parte de su corazón se quedaba con él.
Pero al mismo tiempo tuvo una sensación terrible en la boca del estómago, como si lo estuviera perdiendo para siempre.
