26
CHICAGO
Decían que el tiempo sanaba un corazón roto, pero aquello solo era una sarta de mentiras. Los días pasaron transformándose en meses, y poco a poco, Candy iba marchitándose por dentro.
El aire frío tenía un gusto amargo y el mundo perdió lentamente sus colores. Candy se odiaba a sí misma por pensar esas cosas, así que cada mañana se obligaba a sonreír y enfrentar un nuevo día para que nadie se diera cuenta de su dolor.
Pero existían dos personas que la conocían mejor que nadie. Tarde o temprano, la señorita Pony y la hermana María pudieron verla más allá de su máscara y una tarde cualquiera, mientras los niños hacían su siesta, la llamaron a su oficina.
—¿Qué sucede? —Preguntó con una risita nerviosa—. ¿Estoy en problemas?
—No, hijita. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque siempre que me citan aquí es para regañarme.
—Eso lo hacíamos cuando eras una chiquilla atolondrada. Ahora ya eres una mujer de la que nos sentimos muy orgullosas.
Las palabras de la monja eran dulces y Candy sonrió. Habían pasado más de cuatro meses desde que el accidente de la hermana María; por fortuna su fractura fue simple y ya estaba recuperada, aunque necesitaba caminar con ayuda de un bastón y no hacer actividades que implicaran mucho esfuerzo.
—¿Entonces qué ocurre?
—A decir verdad nos preocupas, querida Candy —dijo la señorita Pony—. Y lo peor de todo es que no sabemos cómo ayudarte.
—No tienen porque angustiarse, les prometo que estoy muy bien…
—Sí, Candy. ¿Pero acaso eres feliz?
—Estoy contenta.
—Eso no responde mi pregunta —insistió la hermana María—. La felicidad es algo diferente, y no puedo verla en tus ojos.
Las palabras murieron en los labios de Candy.
—No sé qué decirles…
—La verdad, hija mía. Siempre te esfuerzas en parecer inquebrantable, ¿por qué no descargas tu tristeza en nosotras? Las dos somos tus madres.
Candy sintió un nudo en la garganta al escuchar esas palabras y supo que no podría seguir fingiendo. Con un ruido sordo cayó al suelo de rodillas y se derrumbó en llanto.
—¡Oh, señorita Pony, hermana María! —Sollozó desconsolada—. ¡No puedo más, me estoy muriendo por dentro!
—Dios mío, Candy, ¿qué sucede?
—Albert… ¡Albert me ha olvidado!
Angustiada, la señorita Pony la rodeó entre sus brazos para ayudarla a ponerse de pie y sentarse en una silla frente a su escritorio. La hermana María cubrió sus hombros con una manta, acariciando su cabello tiernamente.
—Por favor, cuéntanos lo que pasó.
Candy se limpió las lágrimas con el dorsal de la mano pero no pudo dejar de llorar. Al cabo de unos minutos logró tranquilizarse lo suficiente como para hablar sin sentir que le faltaba la respiración.
—Me da mucha pena con ustedes, es algo tan vergonzoso…
—¿Acaso crees que vamos a juzgarte? No, hija. Estamos aquí para ti —dijo la señorita Pony, mientras Candy luchaba por encontrar las palabras adecuadas.
—Hace varios meses Albert y yo… decidimos casarnos. Él me prometió que después de su viaje vendría a formalizar nuestro compromiso, incluso hicimos planes de nuestra boda y yo sentí que estaba soñando de felicidad. Pero desde entonces no he vuelto a saber nada de él, ni siquiera un simple mensaje, nada.
Las dos mujeres se miraron en silencio. Fue la hermana María quien volvió a hablar.
—Bueno, Candy, tal vez él está ocupado.
—Es lo que yo pensé. Creí que algo lo retuvo, pero ahora me doy cuenta de que no es verdad. ¡He escrito tantas cartas! De alguna manera conseguí la dirección de su oficina y su casa en Nueva York, pero nunca me respondió. Luego de tanto tiempo no puedo evitar pensar que se olvidó de mí, o que todo fue un juego para él.
Había perdido la cuenta de todas las noches que se fue a dormir con la almohada empapada de tanto llorar. Era tanta su desesperación que se atrevió a preguntarles a Stear y Archie sobre él y ambos le dijeron lo mismo: Albert estaba bien, aunque muy ocupado en Nueva York.
—Tú dices que el señor Andrey es un buen hombre, ¿no es así? —Preguntó la señorita Pony.
—Lo es, el más noble y bueno de todos.
—¿Entonces lo crees capaz de hacer una bajeza semejante? ¿De aprovecharse de ti y apartarte de su lado?
—No. Y eso es lo que más me duele… pensar que simplemente dejó de amarme.
—Tal vez te estás adelantando a los hechos. Puede haber muchas razones por las cuales no responde a tus cartas.
Candy prácticamente saltó de su silla y las miró, su rostro descompuesto por la desesperación y el dolor.
—¿Qué otra explicación puede haber?! —Exclamó con la voz quebrada—. Usted misma me lo dijo, señorita Pony. Los hombres de su posición no toman en serio a las muchachas como yo.
—No le hagas caso a las palabras de una anciana.
Candy negó con la cabeza; sus ilusiones estaban rotas. Hace unas semanas le escribió a Annie preguntándole si sabía algo y la respuesta de su amiga llegó el día anterior, y aunque Candy rompió la carta en mil pedazos, grabó cada una de sus palabras en su memoria:
"Me alegra que tengas la confianza de acudir a mí, querida Candy. Respondiendo a tus preguntas, sé que el señor Andrey aún está en Nueva York acompañado de Elisa y la señora Elroy. Y también de Leonette Harrison.
Supuestamente ella está quedándose en casa de un familiar, pero existen los rumores de que se trata de un pretexto para reunirse con el señor Andrey y permanecer a su lado.
No me sorprendería en lo absoluto que todo se trate de un complot de la señora Elroy para acercarlos, tú sabes que un matrimonio con los Harrison sería muy ventajoso para la familia. Pero no tienes nada de qué preocuparte, Candy. Estoy segura de que sus sentimientos por ti son firmes y sinceros.
Mi padre me comentó que los Andrey regresarán a Chicago en un par de días. Si decides venir, las puertas de mi casa están abiertas para ti, mientras tanto te mantendré informada de todo lo que ocurre.
Con amor, Annie."
Aquello tenía sentido. Leonette era la mujer ideal para convertirse en su esposa, y tarde o temprano Albert se daría cuenta de esto, ¿pero acaso se atrevería a hacer algo tan terrible? ¿A traicionarla y ceder a las presiones de su familia? No, Candy se negaba a creer que le entregó su corazón simplemente para que lo destrozara.
Y aun así existían dudas que no le permitían dormir por las noches.
—Estoy cansada —dijo en un hilo de voz—. Cada día, sueño que toca la puerta, pero es en vano. Se esfumó de mi vida como una ilusión pasajera y no encuentro la manera de justificar su silencio. Me siento tan ridícula, tan traicionada…
—¿Por qué no lo buscas? Si es un hombre de honor, te dirá la verdad de frente y sabrás si existe alguna esperanza, o al contrario debes resignarte.
Candy reflexionó las palabras de la señorita Pony y negó con la cabeza.
—No. Tengo tanto miedo de escuchar su respuesta.
—Tienes que hacerlo, hija mía. No puedes seguir viviendo en la incertidumbre, tu corazón merece algo de paz…
—Bueno, Annie mencionó que va a regresar a Chicago en los próximos días.
—¿Ya ves? —Sonrió la hermana María—. Es la oportunidad que estabas esperando. No la desaproveches, Candy.
—Gracias, pero de ninguna manera las voy a dejar solas con la responsabilidad del orfanato.
—Yo estoy mucho mejor. Además no vamos a estar solas, recuerda que las religiosas del convento que está en pueblo vendrán a visitarnos.
Candy se mordió el labio inferior. Sus instintos le gritaban que no era buena idea viajar a Chicago, pero su corazón se regocijaba ante la idea de verlo. Tal vez sería la última vez, pero escuchar su voz y memorizar su sonrisa y las líneas de su rostro fue lo que inundó su corazón de fortaleza.
Sonriendo, miró a sus madres.
—Está bien —decidió—. Voy a buscar a Albert.
.
.
Albert cerró los ojos, sintiendo una punzada de dolor en el pecho que cada día le resultaba más familiar. Cada vez que se sentaba en una de las sillas del jardín para contemplar las rosas, una nostalgia inexplicable se hacía presente, como si estuviera observando en retrospectiva algo que había perdido y que jamás iba a recuperar.
—¿Albert? ¿Te sientes bien? —Preguntó Leonette despertándolo de sus ensoñaciones.
Desde su accidente, la muchacha visitaba casi todos los días. Solo por esa razón Albert sabía disimular el disgusto y la inquietud que ella le provocaba cada vez que estaba cerca. Se odiaba a sí mismo por no ser capaz de acostumbrarse a la idea de que alguna vez amó a esa mujer.
—Leonette —sonrió—. ¿Qué haces aquí?
Besó su mano y los ojos de Leonette brillaron de emoción. Sin darle tiempo a reaccionar, se lanzó a sus brazos en un gesto efusivo, sin importarle que Albert apenas correspondió.
—Mi amor, tenía tantas ganas de verte…
—¿Dónde está tu chaperona?
—Le pedí que se quedara en la cocina. ¡Pero no te preocupes! A nadie le escandalizará que estemos solos en el jardín. ¿Dónde está tu tía Elroy? Me va a dar mucho gusto saludarla.
—Salió de compras con Elisa.
—¿Y tú como estás? —Dijo Leonette, acariciando su rostro suavemente—. Luces un poco cansado, querido, ¿deberíamos llamar al doctor?
—No es necesario, solo estuve revisando unos documentos toda la mañana.
—No me gusta que trabajes tanto.
—Tranquila, es George el que está encargándose de todos mis asuntos, al igual que mis sobrinos.
El rostro de Leonette se oscureció visiblemente.
—¿Has hablado con tus sobrinos? ¿Te han dicho algo importante?
—No. Aún no saben nada sobre mi accidente.
—¿Entonces tampoco saben que perdiste la memoria?
—No —respondió Albert sin querer darle otra explicación a Leonette.
Para ser honestos, sus sobrinos solo le habían escrito una vez —meses atrás— y Albert no fue capaz de responder. Se sentía como un impostor ocupando un lugar que no le correspondía, así que desde entonces su comunicación se llevaba a cabo a través de George.
Albert temía el momento en que volvería a verlos. En su mente, Anthony, Stear y Archie eran tres extraños y aún así sentía que los amaba, ¿pero ¿qué dirían ellos al encontrarse otra vez con un hombre que ni siquiera podía recordar sus rostros o el sonido de su voz?
—Tranquilo, amor. Estoy segura de que tus sobrinos podrán entender por qué no les dijiste nada de tu accidente.
—Supongo. ¿Cómo está tu familia? —Preguntó, tratando de evadir la sensación de incomodidad que se había instalado entre los dos.
—Bien. Te envían muchos saludos y esperan que nos acompañes a cenar ahora que regresemos a Chicago.
—¿Viajarás con nosotros?
—¡Sí! —Respondió entusiasmada—. Elisa me invitó.
—No es necesario, Leonette.
Aquello lo dijo con más frialdad de la que pretendía. La sonrisa de Leonette desapareció, siendo remplazada por una expresión herida. Albert buscó dentro en su interior remordimiento, enojo por haberle causado tristeza a la mujer que supuestamente amaba, pero no pudo encontrar nada. Era como si no supiera sentir.
—Perdóname. Tal vez estoy asumiendo cosas…
—No lo quise decir de eso modo —replicó Albert con más suavidad—, es solo que no me gustaría que tus planes giren entorno a mí.
—No se trata de eso. Quiero estar a tu lado porque te amo.
Por algún extraño motivo, aquellas palabras removieron algo en Albert que llevaba dormido desde hace mucho tiempo, un terror familiar que no había querido reconocer después de su accidente.
Miró a Leonette, hermosa a pesar de las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, y supo que no estaba mintiendo: de verdad lo amaba. Pero Albert no podía decir lo mismo, ni engañar a su corazón para que sintiera algo que murió el día de su accidente.
—No recuerdo nada —confesó en un hilo de voz—. No tengo ningún recuerdo de nuestro pasado juntos. ¿Acaso no te molesta?
—Por supuesto que no, y a ti tampoco debería importarte eso. Podemos recuperar lentamente tu memoria, pero estando juntos los dos.
—¿Cuándo supiste que estabas enamorada de mí?
La pregunta fue inesperada y Leonette se sonrojó hasta las orejas.
—Creo que siempre estuve enamorada de ti. Desde que te conocí el día que te presentaste como el jefe de la familia Andrey sentí algo tan especial, como si fueras un héroe. Luego te conocí y te amé cada vez más, por eso cuando mis padres me dijeron que nos casaríamos algún día, me sentí tan dichosa.
—¿Y yo? ¿Cómo me enamoré de ti?
—Oh, Albert, el amor no puede explicarse.
—Inténtalo.
Leonette bajó la mirada.
—No lo sé.
—¿Entonces cómo puedo estar seguro de mis sentimientos?
Albert sabía que estaba siendo cruel, pero necesitaba saberlo. El accidente le arrebató la memoria, ¿pero acaso también sus sentimientos? Tal vez debía recordárselo a su corazón y hacerle entender las razones por las que se enamoró de Leonette desde el principio. Sin embargo, no había nada más que frialdad y la certeza de que existía una barrera entre los dos que no podía cruzar por más que lo intentara.
—No lo sé —repitió Leonette, sollozando—. ¡No lo sé, Albert! ¡Pero tú te ibas a casar conmigo! Y algún día, cuando vuelvas a ser el mismo, te darás cuenta de lo que te estoy diciendo.
—Pero no soy ese hombre, Leonette. Ya no.
—Está bien. Te amo de todas maneras…
—Deberíamos terminar esto —dijo Albert con la voz firme—. No es justo para ti.
—¡No, por favor, no vuelvas a decirme eso!
Al verla tan afectada y vulnerable, Albert sintió una punzada de culpa y la tomó de los hombros, mirándola gentilmente.
—Leonette, mereces más de lo que yo puedo darte.
—¡A mí eso no me importa! Estaré feliz aunque solo tenga una parte de ti —se aferró a él con fuerza, su hermoso rostro bañado en lágrimas y los ojos desesperados—. Si no encuentras las razones por las que te enamoraste de mí antes, ¿por qué no las buscas ahora? ¿Por qué no puedes quererme?
Porque te miro, y no puedo imaginar un futuro a tu lado, pensó Albert en silencio.
—Es más complicado de lo que imaginas —terminó diciendo, alejándose de ella—, y aunque no es mi intención, sé que terminaré lastimándote.
—Ya te dije que eso no me importa, Albert. Soy paciente y cuando regresemos a Chicago las cosas van a mejorar.
Chicago. Había algo en esa palabra que le provocaba un sentimiento difícil de explicar, una opresión en el pecho que solo podía describir como anhelo. Ahí estaba su familia, el lugar donde vivió durante los últimos años, su hogar. Y quizás, si tenía suerte, volvería a encontrar lo que su corazón había perdido.
—Tienes razón —le dijo a Leonette—. Todo cambiará en Chicago.
