28
ADIÓS ESPERADO
Los aplausos ensordecedores fueron lo primero de lo que Albert fue consciente. Casi por instinto, caminó en medio del gran salón, fingiendo una confianza y tranquilidad que estaba muy lejos de sentir.
Era un impostor caminando en los zapatos de alguien más, un hombre sin memoria que había sido lanzado a una vida que no le pertenecía.
Leonette se aferró a su brazo y parecía muy altiva y orgullosa, pero Albert no sintió ningún consuelo en su presencia. Le parecía más bien una extraña, una sombra que seguía cada uno de sus movimientos y de la cual no podía deshacerse.
Tal vez su cuerpo estaba familiarizado con lo que implicaba ser William Andrey, porque sabía perfectamente como comportarse. Sonrió con educación e inclinó la cabeza hacia sus invitados, quienes lo miraban con una mezcla de respeto, orgullo, deseo e incluso envidia, aunque resultaba obvio que todos deseaban obtener algo de él.
¿Así era su vida antes del accidente? ¿Utilizando máscaras en sociedad, una diplomacia perfecta? No, se negaba a creer que eso era todo lo que le esperaba en su camino. Debía existir algo más que le brindara felicidad.
En eso sintió que su corazón se aceleraba. Fue extraño, pero tuvo el irresistible impulso de mirar hacia un lado y vio a unos muchachos que lo miraban con cariño. Dos de ellos eran muy parecidos entre sí, uno usaba gafas, el otro un traje elegante, y el último estaba en una silla de ruedas, esbozando una sonrisa triste.
Anthony, pensó. No lo recordaba, pero definitivamente se trataba de su sobrino, el hijo de su hermana Rosemary. Era innegable su parecido con el mismo Albert, aunque el rostro de Anthony parecía más jovial, sin rasgos de madurez.
Entonces, Albert levantó la cabeza, y sus ojos se encontraron con los más verdes y hermosos que jamás había visto.
Se trataba de una mujer rubia, e incluso desde la distancia alcanzaba a percibir su rostro lleno de pecas. Qué dulce, pensó Albert, y los latidos de su corazón se intensificaron. La joven era tan bella que la respiración murió en sus labios y solo pudo mirarla. Lo que vio removió algo en su interior: sus ojos estaban llenos de lágrimas los labios entreabiertos como si quisiera decir algo.
¿La conozco? Imposible saberlo. Abrumado por sus propias emociones, Albert desvió la mirada y por fortuna Leonette llamó su atención o de lo contrario habría permanecido sumido en sus pensamientos.
—¿Estás bien, amor? —Susurró para que nadie más escuchara.
—No lo sé…
Llegaron al frente del gran salón y los invitados se giraron para mirarlo. Un poco después, la tía abuela también entró y se colocó a su derecha, mientras Leonette seguía firmemente plantado a su izquierda. Albert sabía que era momento de hablar, pero le costó encontrar las palabras y aceptó una copa de champagne que le ofreció uno de los sirvientes.
—Buenas noches, familia y amigos —dijo con firmeza, su voz retumbando en las paredes—, agradezco de todo corazón su presencia; para mí es un honor y un placer verlos de nuevo. Como saben, me ausenté de la ciudad hace un par de meses para trabajar en un importante proyecto en Nueva York, y afortunadamente logré cerrar el trato sin ninguna complicación. Tengo la suerte de contar con un excelente grupo de asesores, y además tuve la tranquilidad de saber que en Chicago, las empresas estarían en buenas manos: las de mis sobrinos, Anthony, Alistear y Archibald.
Como respuesta, los invitados aplaudieron y él aprovechó la distracción para observar a los chicos. Los tres sonreían apenados, y Albert sintió un cariño inexplicable que nacía de su pecho. La sangre llama, o al menos eso había escuchado.
Pero su mirada terminó desviándose inconscientemente hacia esa joven. ¿Por qué le causaba tanta curiosidad su rostro, cada uno de sus gestos? Lo aturdía de sobremanera, y los latidos incesantes de su corazón no hicieron más que acelerarse.
Sus miradas se cruzaron nuevamente. Fue un momento fugaz, apenas un par de segundos, pero Albert no fue capaz de soportar las emociones que ella le provocaba, como si la conociera de otra vida, quizás de su pasado…
El carraspeo de la tía Elroy lo devolvió a la realidad, y recordó que debía continuar con su discurso.
—Esta noche se trata de celebrar. Así que brindo por todos ustedes, por la familia Andrey y los nuevos comienzos, ¡salud!
—¡Salud!
Antes de que pudiera beber, Leonette se puso de puntas y lo besó en la comisura de los labios sin importarle que estuviera frente a los ojos de la sociedad de Chicago. Aquel gesto aparentemente inocente guardaba una clara intención: demostrar que entre los dos existía un compromiso.
Albert se alejó de ella como si quemara y la miró, frío y vacante de emoción. La champagne tenía un gusto extraño en su boca y en ese momento comprendió que no podía continuar con esta farsa.
Cuando giró la cabeza, buscó inconscientemente a la chica de ojos verdes, pero había desaparecido.
Soy una tonta, soy una tonta.
Ignorando las voces de Anthony, Stear y Archie, Candy se abrió paso a través de los invitados en dirección al jardín de las rosas. Necesitaba salir de ahí o corría el riesgo de volverse loca.
Afuera, levantó la cabeza y respiró el aire fresco de la noche mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Su corazón estaba sangrando, y cada uno de los pedazos se clavaban en sus pulmones, haciendo que le resultara imposible respirar. Sus piernas se quedaron sin fuerzas y cayó al suelo de rodillas, sollozando tanto que su cuerpo parecía convulsionar.
—¿Qué creíste? —Se dijo a sí misma—. ¿Que significaste algo para él? ¡Despierta, Candy, deja de vivir en un sueño imposible!
Albert la miró como si no la conociera, como si fuera una extraña en una multitud. Y después, la forma en que Leonette Harrison lo besó…
No, ni siquiera soportaba pensar en eso, porque todo cobraba sentido en su mente. Cualquier persona que viera al magnate patriarca de los Andrey y la única hija de los Harrison sabría que sus vidas estaban entrelazadas.
Candy no tenía lugar en su vida ni su historia, pero admitirlo dolía, era insoportable, porque lo amaba con locura; sabía que si en ese momento él la buscaba, volvería a caer en sus brazos sin pensarlo dos veces.
—Candy, por Dios, ¿estás bien? —Le preguntó una voz familiar.
—¿Annie? —Preguntó, entrecerrando los ojos para distinguirla en la oscuridad, pero la silueta elegante resultaba inconfundible—. ¡Annie, eres tú!
—Soy yo. Por favor, levántate, mira como tienes de sucio ese vestido.
Sin poder evitarlo, Candy se aferró a los hombros de Annie y lloró de manera desconsolada.
—¡Está con ella! —Exclamó—. ¡Yo solo fui un juego para él!
—No digas eso, Candy.
—¿Acaso no te diste cuenta? Tú misma me dijiste que estuvieron juntos en Nueva York, y ahora no me cabe la menor duda de que tienen una relación, ¿viste como lo miraba Leonette? ¿Cómo entraron al salón?
Infinitamente paciente, Annie la ayudó a sentarse en un banquito y le ofreció un pañuelo para secar sus lágrimas. Después, acarició su cabello.
—Viajaste desde el Hogar de Pony hasta aquí, no te rindas sin antes hablar con él —le dijo—. Estoy segura de que hay una buena explicación para eso.
—Yo también pensaría eso si hubiera respondido mis cartas, o si me hubiera mirado con algo de reconocimiento, pero no fue así.
—Él te ama, Candy.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque es imposible no quererte. Antes yo tenía envidia de ti, de la forma en que nuestras maestras y amigos te amaban —confesó—, pero ahora entiendo. Es imposible que él no esté enamorado de ti.
Conmovida, Candy volcó todo su llanto en Annie hasta que se cansó.
—Gracias por estar aquí conmigo.
—Ni lo menciones. Llegué a la fiesta hace un rato y te vi salir, supuse que te encontraría rodeada de flores.
—Este era mi lugar favorito cuando trabajaba para Anthony.
—Cierto, él parecía muy preocupado, creo que deberíamos regresar al salón.
—No, mi maquillaje está arruinado y mi cabello es un desastre —se rio la enfermera—, parezco un espantapájaros.
—Tonterías, te ves hermosa. Además necesitas hablar con el señor William.
El estómago de Candy dio un vuelco nervioso.
—No hay nada más que le pueda decir…
—En eso te equivocas. Necesitas escuchar la verdad de sus labios, y maldecirlo de ser necesario, ven conmigo.
Annie tomó su mano y la llevó de regreso a la fiesta, pero antes de entrar al salón fueron interceptados por alguien. Leonette Harrison era incluso más bella de lo que recordaba, alta, de figura espigada y una presencia que denotaba su buena cuna. Estaba usando un vestido rojo que acentuaba aún más sus facciones.
—Hola, Candy, me alegra mucho verte. ¿Podríamos hablar un momento?
—¿No puede ser más tarde, Leonette? —Intervino Annie—. Tenemos un compromiso adentro.
—Oh, no sabía que ustedes dos eran amigas…
—Así es, y como te decía nos están esperando —dijo Annie con frialdad, pero Leonette ni siquiera se inmutó.
—Candy y yo también somos buenas amigas, ¿no es así? Solo quiero saludarla y hablar de un tema muy importante con ella, no le robaré mucho tiempo.
Conflictuada, Candy se mordió el labio inferior y miró a Leonette tratando de averiguar sus intenciones. Parecía sincera, incluso avergonzada, así que no había ningún motivo por el cual desconfiar.
—Está bien, Annie. Hablaré con la señorita Harrison y te busco más tarde.
—Bueno, estaré cerca por si necesitas algo.
Sin decir otra palabra, Leonette entrelazó su brazo con el de Candy y juntas caminaron por los alrededores del jardín en un silencio que se tornó incómodo. Finalmente, fue la enfermera quien lo rompió.
—¿De qué quería hablar conmigo, señorita Harrison?
—Ya te dije que no me hables con tanta formalidad, me llamo Leonette —se quejó—. Primero quería decirte que me alegra mucho verte otra vez conviviendo con los Andrey. Se nota que te quieren mucho, especialmente Anthony.
—Él también es muy especial para mí.
—Lo sé, y en nombre de esa amistad que tienes con su familia quiero explicarte personalmente las cosas, para que no haya malentendidos.
—Discúlpeme, pero no entiendo a qué se refiere.
—Me refiero a Albert —fue su respuesta, tan repentina que por un momento Candy se quedó sin palabras. Le costó mucho trabajo recobrar sus sentidos y cuando lo hizo, estaba sudando frío.
—La escucho.
—Sé perfectamente que entre tú y él hubo una… relación, aunque no sé si debería llamarse de esa manera, porque nunca llegó a trascender verdaderamente, al menos de su parte. Y me da mucha tristeza saber que tus sentimientos por Albert son genuinos.
—Leonette, yo…
—Créeme que te entiendo —dijo Leonette, poniendo una mano sobre la suya en un gesto comprensivo—, es más normal de lo que imaginas. En las grandes familias, las criadas se enamoran de sus jefes, y ellos también obtienen algo a cambio.
—Las cosas no pasaron como usted está diciendo, así que no se atreva a ofenderme.
—No es mi intención. Sé perfectamente que eres una muchacha decente, y que Albert jamás se aprovecharía de ti. Pobrecito, nunca esperó que las cosas llegaran tan lejos.
Tragando saliva, Candy contuvo el llanto y miró a Leonette con dureza.
—¿Y usted que sabe de todo esto? ¿Qué le da derecho a opinar sobre algo que no conoce?
—Oh, Candy. Conozco tu historia, porque fue él mismo quien me la contó.
—¿Qué? —Jadeó sorprendida, llevándose una mano al corazón que estaba muriendo en su pecho.
—Sí. El mismo día que partió a Nueva York, hablé con él y nos sinceramos. Siempre ha existido un compromiso entre los dos, y aunque nunca llegó a ser oficial, los dos sabíamos que tarde o temprano deberíamos cumplir con nuestro deber. Pero Albert no es un hombre mezquino, se siente responsable por ti; logré convencerlo de que pensara las cosas con calma, que me permitiera estar a su lado en Nueva York, así que puedes imaginar lo que ocurrió.
—No. No puedo imaginarlo, así que hable claro.
Leonette sonrió de una forma que estremeció a Candy.
—No te quiero lastimar, así que solo te diré que el compromiso entre los dos sigue en pie. La tía Elroy está enterada y nos dio su bendición, muy pronto lo anunciaremos formalmente a la familia.
—Eso no puede ser cierto —murmuró Candy como en un trance—. Debe ser una equivocación, o una horrible mentira.
—Sé que es difícil de creer, pero te estoy diciendo la verdad. De lo contrario, ¿cómo sabría que le has escrito más de diez cartas en los últimos meses? ¿Cómo sabría que le contaste todo sobre tu orfanato, las mujeres que te criaron, la colina donde esperabas reencontrarte con él?
—¿De qué estás…?
—Él me lo dijo todo, Candy. No existen secretos entre los dos, es solo que Albert no se atreve a decirte la verdad de frente.
Candy estaba paralizada, como si fuera una espectadora en su propia historia. Se sentía fuera de sí misma, y las palabras de Leonette no dejaban de retumbar en su cabeza, pero en medio de todo solo podía pensar algo:
Me traicionó.
—No —sacudió la cabeza—, esto es una vil mentira. ¡Voy a hablar con él en este preciso instante!
—Esperaba que dijeras eso. Ven conmigo, yo misma te acompaño.
Candy respiró hondo, tratando de controlar el temblor de sus manos. Con cada paso que daba hacia Albert, sentía que sus fuerzas se desvanecían. Aún desde lejos, él parecía tan familiar como su propio reflejo, y al mismo tiempo tan lejano, rodeado de personas que reían y conversaban animadamente.
Finalmente, se acercó lo suficiente como para decir su nombre:
—Albert…
Fue solo una fracción de segundo, pero Candy rezó con todas sus fuerzas para que todo se tratara de una horrible pesadilla. Pensó que sus ojos se llenarían de amor, que la besaría y nunca la dejaría ir.
Albert giró la cabeza, pero aquel rostro que tanto adoraba no reflejaba nada más que sorpresa.
—Buenas noches —dijo con la cortesía de un caballero. Después, abrió la boca como si quisiera decir algo más, pero un hombre llamó su atención y se volteó para hablar con él.
Leonette, quien miraba la escena en silencio, hizo una mueca triste y le dio unas palmaditas en el hombro a Candy.
—¿Te das cuenta? Ni siquiera desea hablar contigo. Ojalá me hubieras hecho caso antes, cuando traté de advertirte que saldrías lastimada. Por desgracia ahora es demasiado tarde para ti —susurró en su oído, para después caminar hacia Albert, colocar una mano sobre su espalda y unirse a la conversación, dejando a Candy con un dolor paralizante y horrible que se extendía por todo su cuerpo.
Apenas fue consciente de que Annie se acercó a ella, acompañada de Anthony, Stear y Archie. Los tres la miraban preocupados.
—¿Qué fue lo que pasó? —Preguntó Anthony con el ceño fruncido—. ¿Por qué tienes esa cara?
—No se angustien por mí.
—Pero estás llorando, Candy —notó Stear, y ella se llevó una mano al rostro.
—No lo había notado…
—¿Es que mi tío no quiso hablar contigo?
—No se trata de eso. Estoy cansada, creo que debería regresar a mi hotel.
Notando su agitación y aquellos sentimientos que no podía expresar, Annie asintió con la cabeza de forma decidida y se estiró para tomar su mano.
—No permitiré que pases la noche sola. Ven a mi casa, puedes quedarte conmigo.
—Annie, no creo que sea buena idea. Además tengo mis cosas en un hotel…
—Enviaré a un sirviente para que las recoja. Por favor, Candy, no me hagas ese desplante.
Conflictuada, la pecosa se mordió el labio inferior. No quería meter a su amiga en un lío con su madre o sus amigos de la alta sociedad, pero al mismo tiempo anhelaba estar al lado de alguien que la quería.
—Está bien. Vámonos.
—Un momento, ¿ustedes se conocen? —Inquirió Archie, mirando a Annie con sospecha.
—Sí, Candy es mi mejor amiga.
Boquiabierta, la enfermera no podía creer que la tímida Annie que alguna vez cortó la comunicación entre los dos se atrevería a anunciar con tanto orgullo algo parecido. Olvidando por un momento su tragedia, sintió una calidez en el pecho y como respuesta, estrujó con fuerza la mano de Annie.
—Me alegra —dijo Archie sonriendo de medio lado—. Entonces cuídala mucho, Annie.
—Así lo haré. Con permiso.
Candy trató de mostrarse fuerte, aunque por dentro se estaba resquebrajando. Las voces y risas de la fiesta se convirtieron en un zumbido lejano mientras se apresuraba a salir del salón, la humillación y tristeza tan intensos que apenas podía soportarlo.
Ignorando sus instintos, Candy miró a Albert una última vez, y se dio cuenta de que él también la estaba observando. No eran necesarias las palabras, pero de todas maneras guardó la imagen de su rostro amado y susurró:
—Adiós para siempre, amor de mi vida.
Notas:
¡Volvemos con un nuevo capítulo! Ojalá les guste y sigan disfrutando esta historia.
