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LA CHICA DE OJOS VERDES
El aire abandonó sus pulmones y durante un breve instante, Albert pensó que el mundo se movió en su eje.
Había escuchado su nombre tantas veces a lo largo de estos últimos días que se había convertido en un sonido irritante y carente de significado, como si le perteneciera a alguien más. Sin embargo, ella pronunció cada sílaba de una forma reverente, frágil y dulce, que de alguna manera se sintió como la primera vez que lo oía.
Inclinó la cabeza y lo primero que vio fue un par de ojos verdes, tan verdes que parecían dos esmeraldas. Estaba llorando, y Albert tuvo el impulso de limpiar esas lágrimas con las yemas de sus dedos, pero se detuvo a sí mismo antes de cometer una estupidez.
—¿Acaso nos conocemos? —Susurró, anhelando desesperadamente escuchar un sí.
La joven lo miró con una mezcla de incredulidad y desolación. Su belleza dolía, resplandeciente bajo el sol del atardecer, la piel blanca cubierta de pecas, y aquellos labios entreabiertos como pétalos de rosas, que temblaban ligeramente…
—No entiendo —dijo ella, llevándose una mano al pecho, queriendo controlar los latidos de su corazón—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Albert parpadeó, desconcertado ante esa pregunta tan extraña.
—Iba de camino a una de mis propiedades cuando vi este lugar. Lamento si te asusté, no fue mi intención.
—Pero… ¿no me reconoces?
Esas palabras lo dejaron frío. ¡Entonces no estaba equivocado! Había algo en esta joven que lo turbaba de una forma que no podía explicar, una emoción tan genuina que le resultaba aterradora. Buscó en su mente algo, tan solo un destello que le devolviera lo que había perdido, pero solo encontró una neblina de confusión que no podía disiparse.
—Lo siento, pero no. Mi cabeza no está en su sitio.
—Ya veo —respondió, su expresión completamente deshecha y los ojos humedecidos.
Ojos verdes, hermosos, como los de una hechicera…
—Te recuerdo.
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas. El rostro de la joven se iluminó con algo que solo podía llamar esperanza.
—¿En serio?
—Sí. Estabas en una fiesta hace un par de días con mi sobrino Anthony; nunca olvidaría un rostro como el tuyo.
—Una fiesta…
—¿Acaso estoy equivocado?
La muchacha pareció luchar por encontrar las palabras, pero finalmente negó con la cabeza.
—Tiene razón, nos conocimos en una fiesta. ¿Cómo está Anthony? No pude despedirme de él.
—Está bien. Pronto viajará con su padre a Florida.
—Me alegro mucho por él.
Los dos permanecieron en silencio sin saber que decir, pero Albert quería seguir escuchando su voz, así que extendió una mano.
—Aquella noche no tuve la oportunidad de presentarme adecuadamente. Mi nombre es Albert Andrey.
—Lo sé…. Quiero decir, mucho gusto, señor Andrey.
—¿Cómo te llamas?
—Candy.
Cuando estrechó su mano, un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. El contacto de su mano más pequeña que la suya era tan notoriamente familiar como reconfortante, y solo pudo quedarse como un estúpido mirándola embobado.
Entonces recordó algo, una conversación que había sostenido con Anthony en la mansión de los Andrey mientras observaban los retratos. Su sobrino dijo que estaba enamorado de una mujer llamada Candy, y ahora no le quedaba la menor duda de que se trataba de ella.
—Es un placer —murmuró Albert.
El viento en la colina sopló con suavidad, trayendo consigo un suave aroma a pino y la brisa fresca. Hubiera querido permanecer congelado en ese momento donde no existían nada más que el presente, sin embargo, Candy lo empujó bruscamente para levantarse.
—Debo irme. Hasta luego, señor Andrey.
Trató de dar un paso apoyándose en su tobillo lastimado, pero un gemido de dolor escapó de sus labios. Albert reaccionó como si se tratara de un grito y la asió de un brazo sin darle posibilidad de moverse.
—¿A dónde vas? No puedes caminar en ese estado.
—Estaré bien —sonrió, pero ese gesto no alcanzó sus ojos—. Vivo muy cerca de aquí, justo debajo de la colina.
—Permíteme llevarte.
—No es necesario que lo haga.
—Para mí sí —respondió con firmeza—. Necesito asegurarme de que estás bien o no me quedaré tranquilo.
—Pero yo…
No le dio oportunidad de continuar con sus protestas. Se acercó a ella y colocó un brazo alrededor de su cintura, y otro bajo sus rodillas, mientras la levantaba con una facilidad que incluso él desconocía.
Candy se tensó por la sorpresa.
—¿Qué hace? ¡Suélteme, yo puedo caminar sola!
—No te resistas, pequeña testaruda —dijo con ternura—. Vamos, puedes dictarme el camino.
Eventualmente Candy dejó de luchar. Descendieron la colina con precaución, y aunque ella pesaba lo mismo que una pluma, el camino le pareció una eternidad a Albert. Tenerla tan cerca, sentir cada roce de su cuerpo delicado sobre el suyo, y aspirar el aroma a flores que desprendía su cabello era una distracción.
De vez en cuando, apartó la vista del sendero para mirarla. El llanto silencioso en sus mejillas solo despertó en él un deseo inusitado de protegerla.
—¿Vives en esa capilla? —Le preguntó para romper el silencio.
—Sí, ela capilla del Hogar de Pony.
—¿El Hogar de Pony? ¿Es un orfanato?
Candy asintió con melancolía.
—Es el lugar donde crecí —respondió, mostrándole la primera sonrisa genuina desde que se conocieron. Su rostro se iluminó, volviéndose incluso más bella de lo que era, y por un momento Albert se quedó deslumbrado, sin saber cómo reaccionar.
—Ya veo. ¿Y quién está a cargo?
—Dos maravillosas mujeres. La señorita Pony es la directora, y la hermana María le ayuda a cuidar a una decena de niños.
—Es una labor muy noble, ¿pero cómo hacen para cubrir los gastos?
—Recibimos donaciones de gente muy bondadosa y padres de los niños que fueron adoptados. Cuando yo trabajaba en Chicago solía enviarles algo de dinero, pero en estos casos apenas es suficiente.
—Supongo que en Chicago conociste a mi sobrino Anthony, ¿no es así?
—Sí —contestó Candy, su rostro ensombrecido nuevamente—. Pero ahora estoy de vuelta, intentando ayudar con las tareas mientras consigo algún trabajo aquí cerca.
—Este debe ser un lugar muy especial para ti.
—Lo es. Podría decirse que es mi único hogar.
—Tienes suerte.
—¿Por qué lo dice?
Albert la miró, abrumado por sus grandes ojos verdes, y aunque apenas la conocía, confiaba en esta mujer hermosa, a quien su sobrino aparentemente adoraba.
—Desde hace mucho tiempo estoy buscando un refugio, un lugar a donde pertenecer. Pero cada día que pasa siento que es un sueño imposible.
—No pierda la esperanza, señor Andrey…
—Albert.
—¿Disculpe?
—Llámame Albert —sonrió—. Ese es mi nombre, y el único que quiero escuchar de tus labios.
Candy se sonrojó ante el peso de su escrutinio. Fue un gesto tan adorable que Albert sintió su pecho invadirse de una calidez que antes desconocía, que no se creía capaz de experimentar.
—Muy bien, pero usted tiene que decirme Candy.
—Candy —saboreó el nombre en su boca, dándose cuenta de lo natural que le parecía—. Así lo haré. Y no me hables con tanta formalidad, por favor, no soy tan viejo como parezco.
—No, por supuesto que no lo es…
—¿Acaso estás riéndote de mí?
—No me atrevería —dijo Candy, esbozando una sonrisa traviesa.
Cuando finalmente llegaron, Albert se detuvo frente a la puerta del orfanato y la depositó suavemente sobre el suelo.
—¿Cómo te sientes? Puedo traer un doctor para que te revise.
—Solo es un golpe sin importancia. Muchas gracias por traerme.
No entendía por qué parecía tan nerviosa. Apenas levantó la cabeza para mirarlo, pero Albert la observó con libertad y entendió que no quería irse todavía. No podía decirle adiós a la única persona que lo había hecho sentir vivo después de su accidente.
—Regresaré mañana —dijo en un impulso.
—¿Qué? ¿Para qué?
—Para asegurarme de que estés bien. De alguna manera, fue mi culpa que cayeras de ese árbol.
Candy parecía conflictuada. Se mordió el labio inferior con algo que parecía duda, pero terminó flaqueando.
—Entonces lo esperaré, señor Andrey.
—Albert —le recordó, ignorando sus instintos y tomando su mano para besar el dorso—. Nos vemos mañana, Candy.
No escuchó su respuesta. Prácticamente se dio la vuelta y salió corriendo de ahí, sintiendo que sus labios ardían y el corazón le latía como un loco dentro del pecho.
Candy permaneció inmóvil frente a la puerta del Hogar, observando en silencio como Albert se alejaba con pasos firmes y seguros, tan propios de él. Su figura, alta y erguida, desapareció lentamente detrás de colina.
Albert, ¿dónde estás?
No sabía de donde surgió ese pensamiento. Era Albert, de eso no cabía la menor duda, amable, decidido y tan apuesto que no sabía como reaccionar en su presencia. Su voz masculina, aquella risa que vibraba en su pecho y que podía escuchar durante horas; era el mismo hombre que había amado hasta el punto de no saber donde terminaba él y donde comenzaba ella misma.
Pero al mismo tiempo, aquel hombre no era Albert.
Una lágrima rodó por su mejilla y se apresuró a secarla cuando la puerta del orfanato se abrió. La hermana María asomó la cabeza, su rostro la viva imagen de la preocupación.
—¡Oh, Candy! —Exclamó, suspirando—. ¿Dónde estabas? Te busqué hace un rato.
—Lo siento, hermana. Fui a dar un paseo.
—¿Qué pasó? ¿Por qué cojeas de esa manera?
—Tropecé en la colina —murmuró Candy con una sonrisa débil, aunque por dentro estaba hecha pedazos—. No es nada grave.
La religiosa frunció el ceño, ofreciéndole su brazo para que se apoyara.
—Vi que un hombre te trajo en brazos hasta aquí. ¿Quién era?
—No lo sé…
Su voz se rompió y no pudo continuar hablando. Permitió que la hermana María la condujera al interior del Hogar de Pony, pero antes de entrar giró la cabeza para mirar el lugar donde él había estado.
La señorita Pony prácticamente pegó el grito en el cielo cuando vio que se había lastimado el tobillo. Aunque Candy le dijo que era una enfermera y podía cuidarse sola, la mujer insistió en hacerla reposar en su cama y le aplicó un ungüento capaz de sanar cualquier golpe. La vendó cuidadosamente, con todo el amor de una madre, al mismo tiempo que la hermana María la hacía beber un té de hierbas para dormir mejor.
—No tienes buena pinta —le dijo—. ¿Qué fue lo que pasó en la colina? ¿Por qué luces como si hubieras visto un fantasma?
—Sí. Tengo la impresión de haberme encontrado con un hombre muerto.
Las dos mujeres se miraron confundidas, pero ninguna dijo nada. Al cabo de un rato la dejaron sola con sus pensamientos y el corazón destrozado en el pecho.
Tal vez no debería sentirse de esa manera. Ahora podía mirar en retrospectiva y darse cuenta de que estaba equivocada, él no vaciló en sus sentimientos, no jugó con ella como había imaginado. Sin embargo ocurrió algo infinitamente peor: no la recordaba en lo absoluto, ni siquiera sabía su nombre.
No tenía idea de que alguna vez la amó, ¿y acaso eso no era una tragedia? Prefería ser una simple memoria a diferencia de convertirse en una extraña, en nada para él.
Candy enterró la cabeza en su almohada y lloró hasta el cansancio. No podía soportar el dolor cada vez que pensaba en su amado Albert; ni siquiera podía imaginar lo que debía ser para él haber perdido sus recuerdos. Ahora parecía un muerto en vida, sin conocer su pasado y perdido en un mundo tan grande y confuso que no era capaz de navegar.
¿Qué iba a hacer? No podría simplemente buscarlo y decirle de golpe todo lo que había ocurrido entre los dos, porque tal vez la tomaría por loca. Y, además, también estaba el asunto de Leonette Harrison.
Quizás se había enamorado de ella genuinamente y sin reservas. Tal vez, Candy necesitaba dejarlo ir, apartarse de su vida para siempre, y permitir que siguiera adelante sin la carga de un pasado que no podía recordar.
Pero aquella idea era demasiado dolorosa como para contemplarla. La imagen de su rostro apareció en su mente, esa mirada azul y penetrante, aquellos días en Chicago que pasaron juntos, la noche que le pidió matrimonio. De verdad la amaba, ¿cómo se atrevería a pensar lo contrario? Y si era así, jamás se perdonaría a sí misma por decidir en su nombre.
Si vuelve mañana…
Se sentó en la cama, apretando las manos contra su pecho.
—Si vuelve mañana —se prometió—, no lo dejaré ir. Lucharé por él sin importar lo que cueste. Lo ayudaré a recordar, y aunque no pueda hacerlo, me quedaré a su lado hasta que me pida que me vaya.
Levantó la cabeza y miró hacia la ventana de su pequeña habitación. La colina se alzaba imponente y en su cabeza, la voz de Albert resonaba una y otra vez, suave y cálida, como la primera vez que lo escuchó llamarla por su nombre.
Si él volvía, no permitiría que algo tan simple como el olvido los separara otra vez.
El chófer se detuvo en el interior de la villa. Albert le agradeció, descendiendo del auto con su porte aristocrático mientras se abrochaba los botones de su saco, observando la construcción frente a él.
Ya era de noche, pero la belleza de Lakewood no podía ser opacada. Tuvo la impresión de que se trataba de un castillo, con sus imponentes columnas y detalles grabados en cada una de las piedras.
El ama de llaves salió a recibirlo. Era una mujer mayor, sorprendentemente alta y firme para su avanzada edad, y con una mirada serena que hablaba de gran experiencia.
—Buenas noches, señor Andrey —lo saludó ceremoniosamente—, bienvenido a casa.
—Muchas gracias. Ya es tarde, no debió esperarme.
—Ese es mi trabajo. Tal vez no me recuerda, mi nombre es Susan y estoy a su disposición para todo lo que necesite.
—Susan —respondió Albert, estrechando su mano con una sonrisa—. Lo lamento, han pasado muchos años desde la última vez que estuve aquí.
—Y nada ha cambiado. Ordené que le prepararan la alcoba principal como de costumbre.
Albert asintió. ¿Cómo de costumbre? ¿Acaso no era triste no poder recordar un detalle tan insignificante como ese? Esta casa le resultaba extraña, y sin embargo, era un lugar que lo conocía a él.
Susan lo guio a través de los interminables pasillos. Hablaba con orgullo de cada adorno y decoración, de las grandes fiestas que solían celebrarse en su salón, el lago y los jardines que su hermana solía cuidar con tanto afecto.
—¿Usted conoció a Rosemary? —Preguntó, emocionada.
—Claro que la conocí. Era una dama tan dulce y noble, sin mencionar lo hermosa que fue. Su pequeño hijo Anthony heredó sus mejores cualidades.
—Estoy de acuerdo. ¿Desde hace cuánto trabajas aquí, Susan?
—Prácticamente desde que era una niña. Fui la mucama de su difunta madre, la señora Priscila. Le garantizo que conozco Lakewood como la palma de mi mano, incluso yo estuve aquí cuando usted nació y dio sus primeros pasos.
Una sensación de melancolía se apoderó de Albert. Lakewood era parte de su legado y su historia, y aún así esta mujer lo amaba y conocía incluso más que él.
—Entonces usted será mi memoria, Susan —le dijo.
Ella no entendió sus palabras, pero tampoco hizo preguntas. Después de indicarle el camino a su recámara, Albert le dijo que podía continuar solo; necesitaba recorrer el lugar por su cuenta, observando cada retrato en las paredes, los rincones que parecían murmurar secretos.
Subió las escaleras, sus pasos resonando en el silencio. Tal vez el cuerpo almacenaba recuerdos de una forma que la mente no podía hacerlo, porque el aroma a madera antigua y flores lo recibió como un abrazo.
Entró a la recámara y se quitó el saco. Un sirviente le preguntó si quería algo de cenar, pero Albert se negó, ordenando que le prepararan un baño. Un rato después entró a la bañera, desnudo, sintiendo que sus músculos abandonaban toda la tensión del día.
Respiró hondo y trató de no pensar en nada, pero había algo que se lo impedía. Era una sensación persistente, casi punzante, que se había clavado en su pecho como una espina.
—Candy —susurró su nombre como una plegaria.
¿Qué tenía su lindo rostro lleno de pecas que era incapaz de olvidarlo? Incluso en aquella fiesta en Chicago, cuando la vio del otro lado del salón, sintió algo tan visceral e inquietante que lo asustó.
Era hermosa, aunque no solo se trataba de eso. Había gentileza en su mirada, un carácter alegre, aunque ensombrecido por dudas y apremio. Cuánto le gustaría escuchar su risa y ser él quien la causara…
Cerró los ojos, pero aquello solo trajo a su mente el recuerdo de tenerla entre sus brazos, sintiendo su calor y escuchando los latidos de su corazón mientras la cargaba hacia el Hogar de Pony.
Dios, ¿qué me pasa? Se preguntó. No era normal pensar con tanta obsesión en una mujer que acababa de conocer, y peor aún, la persona que su sobrino Anthony amaba con tanta fuerza, pero no podía evitarlo. Salió de la bañera, se colocó una toalla alrededor de la cintura, y caminó hacia la ventana. Mirando la noche que se extendía frente a él, tomó una decisión.
—Mañana tengo que verla.
NOTAS:
¡Muchas gracias por leer! No sabes lo feliz y motivada que me siento al leer sus comentarios, me dan muchísimas ganas de continuar escribiendo esta historia por todas ustedes. Ojalá les guste este capítulo, quizás fue un poco lento pero era necesario para que los dos tomaran la decisión de buscarse y permanecer uno cerca del otro, quédense para averiguar que más va a ocurrir ;) nos vemos para la siguiente
