Capítulo 12.- Las llamas que nos consumen.
Inuyasha
– Asumo que te han pagado enormes cantidades de dinero por este compromiso, sin embargo estoy seguro de que podrías obtener mejores postores.
– ¿Cómo quién?
– Como yo, por ejemplo. - Sus ojos rojos me miraron confundidos. - Estoy dispuesto a pagarte el triple de lo que la familia Lombardo te ofreció por la mano de Kagome, a cambio de que me dejes hacer lo que me plazca con ella.
'
El silencio se hizo más extenso e incómodo de lo que esperaba. No supe definir muy bien la totalidad de las emociones que cruzaron por el rostro de Naraku, pero sí fue evidente que la confusión era una de las predominantes. Luego de un rato una risa incrédula hizo eco en su oficina.
– ¿Es una broma? - Preguntó, con los ojos un poco llorosos de tanto reír.
– No soy la clase de hombre que bromea cuando habla de dinero. - Respondí serio y la sonrisa se borró de su rostro al instante.
– ¿Por qué? - Su nueva pregunta fue escueta.
– ¿Importa? - Guardó silencio y yo suspiré. - Porque Kagome es tu pequeño y valioso diamante y no hay nada más satisfactorio que quedarme con algo que es tan valioso para una persona que detesto. Además… Bankotsu tampoco es de mi agrado y quiero joderlo.
Sonrió.
– ¿Cuál es el plan? ¿Casarte con ella? - Me reí, quizás demasiado efusivo para la situación.
– Que aburrido, ¿Quién quiere casarse en estos tiempos? De hecho, esa idea suena aún más absurda si eso significa unir mi familia con la tuya en consecuencia.
– ¿Entonces?
– ¿Quieres escuchar lo que realmente quiero hacer con tu hija? Puedo ser brutalmente explícito si eso te entrega paz mental.
– ¿Asesinarla? - Apreté el puente de mi nariz un poco exhausto.
– Sabes, te tenía un poco más de fé, pero la verdad es que no eres muy creativo con tus ideas. - Una risa ronca hizo vibrar su pecho y suspiró, acariciando su barbilla mientras pensaba la oferta.
– Hmm… Tentador, pero no lo suficiente, no me parece un buen negocio a largo plazo, incluso si me pagas el triple, me quedo sin la alianza que busco, no sirve.
– Okey, comprensible, para compensar la pérdida puedo mejorar mi oferta: Te pagaré una millonaria cuota mensual durante 10 años por llevarme a tu hija.
Sus ojos brillaron en interés, irguiendo incluso su postura en la silla.
– ¿Qué tan millonaria?
Sonreí. Los bastardos siempre serían bastardos.
– Abismal. Con la condición de que al aceptar, Kagome Russo pasa a ser de mi propiedad y eso significa que no podrás recuperarla.
Hubo un momento de silencio entre ambos.
– Quiero recibir una cuota mensual por 20 años. - Musitó.
– 15. - Rebatí.
– 18 años.
– Trato, ¿firmamos un contrato o algo?
Sonrió y se puso de pie.
– Déjame meditarlo hasta mañana, cuando vuelva de mi viaje te tendré una respuesta.
– Bien.
– Sin embargo… Hasta entonces quiero que me asegures que no tocarás un solo cabello de mi hija, no mientras no haya un cierre de trato entre los dos.
Sonreí. Pobre imbécil iluso, para entonces habían muy pocas zonas del cuerpo de su hija libres de mi toque.
– Aún cuando nos odiamos, se que sabes que soy un hombre de buenas costumbres… Y por ello no toco lo que no es mío, sólo lo contemplo.
Aquella frase sacó una risotada ronca en respuesta.
– Tu carácter me recuerda mucho al de tu padre, cuando era más entretenido, claro, con el tiempo se ha transformado en un viejo aburrido y correcto. - La puerta sonó y uno de sus guardias entró, acercándose al oído de su jefe para decirle algo en secreto. - Debo irme, pero prometo contactarte. - Asentí. - Inuyasha…
– ¿Hmm?
– Atrévete a tocarla y una nueva guerra se desatará… Si eso sucede mi carta de invitación personal a tu padre será tu cabeza, esa es mi única advertencia.
Sonreí sin contestar y sin sentir una pizca de miedo, pero sabiendo a la perfección que no exageraba en sus dichos.
'
Manejé camino al hotel cerca de las 8, teniendo tiempo de sobra para reservar una habitación y esperarla tranquilo. Aburrido de siempre ser interrumpidos por visitas inesperadas había buscado en tiempo record el hotel más lujoso en Milán y apenas puse un pie en la recepción todo el detalle arquitectónico me lo confirmó. Paredes altas e iluminadas pintadas de blanco marfil, pilares macizos de piedra pulida y enormes lámparas colgantes hechas de cristal, cuya luz cálida se reflejaba en el mármol oscuro y brillante del suelo. Hice el pago por la suite del último piso y fui escoltado hasta allí por el personal, quienes además me entregaron una carta de comida gourmet para escoger.
Eran cerca de las 10 cuando un llamado desde la recepción me avisó de su llegada y por algún motivo me sentí como un niño pequeño y ansioso, bebiendo de mi vaso de whisky, esperando y sintiendo los minutos como horas hasta que finalmente el timbre sonó.
Al abrir la puerta sabía perfectamente que era ella por su aroma, sin embargo el cabello azabache había sido cubierto por una peluca color rubio ceniza, una que yo conocía desde el día que ella había intentado asesinarme. Levantó la vista hacia mí y me sonrió.
– Quería asegurarme de que nadie me siguiera hasta aquí… Después de todo dijiste sin interrupciones, ¿no?
Sonreí y me hice a un lado para dejarle pasar, disfrutando la estela dulce de su aroma invadiendo el lugar.
Quitó su abrigo largo con elegancia y con ello dejó al descubierto una delicada blusa de tirantes en color blanco y una falda negra, ajustada a la cintura y a sus caderas, llegando apenas a cubrir la mitad de sus muslos, provocando un contraste perfecto entre ambas prendas. Quitó la peluca con una de sus manos y no pude despegar la mirada cuando peinó entre sus dedos su cabello azabache dejado en libertad, con aquellos bucles sedosos que alcanzaban su cintura.
– ¿Te ofrezco algo para beber? - Pregunté.
– No soy muy experta en bebidas. - Sonreí.
– Lo sé.
– Pero puedo aceptarte una copa de vino tinto.
– Excelente elección. - Me acerqué al minibar en aquella suite y mientras servía el licor oscuro en la copa de cristal me atreví a preguntar. - ¿Qué tal tu día?
– Aburrido. - Contestó mirando por uno de los enormes ventanales, intentando evadir el tema.
– ¿A quien asesinaste hoy?
– A Kirito Usumake. - Me detuve de golpe con aquella revelación y subí mi mirada hacia ella.
– ¿Nuestro amigo Kirito?
– Mi amigo Kirito… Resultó ser un peligro y de pronto ya no pude confiar lo suficiente en él, hay alguien que estaba entregándole información, alguien que trabaja en mi casa.
– Y no sabemos quien es…
– Nop, pero lo averiguaré tarde o temprano. - Me acerqué hasta ella y le entregué su copa. - ¿Y tú? ¿Tuviste un día más entretenido?
Me miró con atención genuina brillando en sus ojos, la luz azulina de la luna hizo un contraste perfecto sobre su piel con la cálida de la habitación, su cabello pareció aún más azabache, con destellos sutiles en cada bucle.
– No lo suficiente… - Musité mirándole fijamente, hundiéndome a voluntad en el chocolate claro y dulce de sus ojos. - …No estabas cerca de mí.
Me sonrió y desvió la mirada al exterior, nerviosa, mientras yo me sentaba en el sofá antes de soltar una frase más melosa.
– ¿Le dices eso a todas tus conquistas, Taisho? - Sonreí y bebí un sorbo antes de contestar.
– Sabes, tengo la leve sensación de que no soy el casanova que tienes en mente… - Musité.
– Mentiroso.
– ¿Tienes pruebas?
– Coqueteaste con mi prima sin esforzarte. - Sonreí.
– Tu prima coqueteó conmigo, yo sólo le seguí el juego. - Frunció su ceño. - Los celos son algo que destruye el corazón, Russo.
– No estoy celosa.
– Ven aquí. - Ordené.
Vi como se esforzó en no obedecer, en cómo sus tacones se afianzaron al suelo por unos segundos, justo antes de rendirse, dejar la copa de vino sobre la mesa más cercana y acercarse en pasos lentos y cautivadores. Permaneció de pie frente a mí, dándome una vista majestuosa de sus largas y tonificadas piernas, envueltas apenas por unas medias negras y translúcidas cuyo inicio se perdía bajo la falda. Mis manos se movieron contra mi voluntad hacia sus caderas sin perder de vista sus ojos, subiendo lentamente hasta su cintura, disfrutando la sensación de la tela bajo mis dedos.
Me perdí en mis propios pensamientos, cuando caí en cuenta que ofrecer dinero por la chica frente a mí quizás no había sido la mejor de las ideas, al menos no sin hablarlo con ella antes.
– Algo te preocupa. - Musitó.
– Cosas de negocios. - Respondí sin soltarle.
Enredó sus garras en mi cabello, dando pequeñas caricias suaves que me dejaron a su merced. Mi brazo derecho se enroscó alrededor de su cintura para sentarla sobre mí. Sus piernas se acomodaron a cada lado de mi cuerpo, haciendo subir un resto aquella bonita falda, aunque no lo suficiente.
– ¿Quieres hablar de ello?
– No. - Respondí cortante.
Enterré mi rostro en su cuello, inhalando el aroma delicioso de su piel, dejando ir un sonido involuntario de satisfacción al tenerlo cerca de mis sentidos otra vez. Salí de mi escondite sólo para admirar su rostro, recorriendo con mis dedos el ángulo de su fina mandíbula.
Acerqué mi rostro al suyo, dejando mi boca a escasos centimetros de la suya, yendo y viniendo en pequeños roces tentadores.
– Tengo toda la noche para besar cada centímetro de tu cuerpo… - Susurré y al instante sus piernas se apretaron a mi alrededor. - …Sin embargo quiero comenzar justo aquí. - Concluí antes de besarla con hambre.
Sus labios se movieron contra los míos en perfecta sincronía, lenta y delirante, enviando descargas eléctricas a través de cada una de las terminaciones nerviosas que rozó con ellos. Su lengua se deslizó saboreando mi labio inferior justo antes de encontrarse con la mía y arrancarme un suspiro.
Mis garras, que apenas rozaban su cintura pronto no fueron suficientes y la atraje hacia mí, abrazándola con desesperación, sintiendo el calor de su cuerpo amoldarse al mío.
Por un instante sentí el tiempo detenerse allí, perdido en el éxtasis de aquella insignificante caricia y como si pudiera leer mi mente un movimiento de sus caderas y su centro rozando mi miembro me hicieron gruñir ronco entre besos cortos.
– ¿Puedo confesarte algo? - Su voz suave contra mi oído izquierdo.
– Todo lo que quieras. - Respondí drogado en su aroma.
– Deseé con todo mi corazón quedarme esta mañana contigo. - Susurró bajito sin dejar de moverse sobre mí, aumentando cada vez más la excitación que quemó por mis venas.
– ¿Por qué?
– Porque esto… - Cargó con fuerza sobre mi, arrancando un gemido en ambos. - Es lo único en lo que puedo pensar con claridad en los últimos días.
Salió de su escondite para mirarme a los ojos. Pegué mi frente a la suya y me aferré a sus caderas, guiando el movimiento lento y serpenteante a un extremo aún más delirante. Sentí aquel hormigueo agradable en mi ya preparada erección y jadeé mientras sus pechos se aplastaban contra mi torso.
Se detuvo de golpe escasos segundos más tarde, sonriéndome traviesa.
– Tenemos toda la noche, ¿Recuerdas? - Musitó justo antes de dar un beso corto en mi cuello y ponerse de pie antes de que pudiera detenerla.
Sonreí.
– Es cierto, de todas formas quiero jugar un rato contigo.
Me puse de pie y busqué el pequeño mazo de cartas en la mesita a nuestro lado.
– ¿Cartas? - La decepción en su voz fue evidente.
– No te decepciones antes de tiempo cariño, será entretenido, lo prometo.
'
Kagome
– ¿Has jugado poker antes? - Asentí con la cabeza. - ¿Draw poker o Texas hold'em?
– Creo que ambos. - No era necesario decir en voz alta que era bastante mala en los dos.
– Bien, iremos con Draw poker, que es más rápido si jugamos los dos. - Asentí mientras él bebía un sorbo de alcohol.
– ¿Tienes ganas de perder dinero? - Sonrió.
– ¿Dinero? No pequeña, no hay dinero… Sólo prendas.
Tardé unos segundos en captar sus intenciones.
– Bromeas…
– ¿Te da miedo perder? - Preguntó mientras movía el mazo entre sus manos.
– No, es solo que a simple vista tienes más prendas que yo y me parece injusto. - Una sonrisa torcida apareció en sus labios.
– La vida no es justa, solo tienes que preocuparte de no perder. - Guardé silencio y puso los ojos en blanco. - Bien…
Quitó su chaqueta formal, dejando a la vista su bonita camisa blanca, hecha a medida sobre cada músculo de su torso, delineando sus hombros y su espalda a la perfección. Luego deshizo el nudo de su corbata negra y la dejó caer al suelo.
– ¿Feliz?
– Conforme. - Respondí.
Revolvió el mazo con cierta y notable destreza, suficiente para hacerme entender de inmediato que definitivamente tenía mucha más experiencia que yo en el juego. Me entregó cinco cartas boca abajo y se entregó la misma cantidad a sí mismo. Dejó el resto del mazo boca abajo frente a ambos.
– ¿Lista para perder?
– Yo no pierdo Taisho.
Miró sus cartas con atención, botó cuatro y recogió cuatro del montón.
– Tu turno. - Exclamó sonriente.
Miré mis cartas, intentando no demostrar mis emociones en mi rostro, deseché un par de mis cartas y tomé de inmediato otras dos del montón, alcanzando a completar apenas un trío.
– Oh oh… ¿Deprimida? - Su tono burlón fue demasiado evidente.
– Un poco. - Bajé mis cartas y él me sonrió antes de bajar las suyas, dejando en evidencia una escalera real que me hizo suspirar. - Okey, tienes que enseñarme a jugar poker o todo esto se transforma en un juego monótono.
– Primero, dijiste que sabías jugar. Segundo, define monótono. - Exclamó mirándome con atención de los pies a la cabeza. - Estoy esperando mi prenda, Russo.
Suspiré y quité mis tacones para luego lanzarlos a un costado.
– Los zapatos no valen.
– ¡¿Por qué?!
– Mi juego, mis reglas. - Exclamó y yo fruncí el ceño.
Me puse de pie y apoyé mi pierna derecha sobre el sofá. Subí un poco mi falda con toda intención de mostrar las ligas que sujetaban mis medias y solté el broche, sacando una y repitiendo el movimiento con la otra.
No era buena en el poker y volví a comprobarlo esa noche, cuando luego de apenas tres rondas ya había perdido mis medias, mis pulseras y mis aretes, mientras Inuyasha seguía vestido con las mismas prendas del inicio.
Un quejido bajito abandonó mis labios cuando al bajar mis cartas comprobé que una vez más tenía una mano mucho mejor que la mía.
– Esto es deprimente, no lo estoy pasando bien. - Musité.
– Sólo porque no has sido capaz de arrancarme ninguna prenda. Vamos, sé buena perdedora.
Suspiré y asumí mi derrota, deslizando los tirantes de mi blusa por mis hombros hasta dejar la tela arrugada en mi cadera.
– ¿Puedo usarla como prenda doble y sacarla por completo cuando vuelva a perder?
– Al parecer no te tienes mucha fé, Russo.
– ¿En este juego? Nop. - Se rio.
– Quítatela, no seas dramática, aún tienes un montón de prendas para perder. - Lo miré con odio antes de ponerme de pie y deslizar la tela hasta mis tobillos para luego lanzarla por allí. - Bonita ropa interior, de hecho.
Su mirada hambrienta se perdió en el encaje de mi sujetador en color blanco y sin embargo supo guardar la compostura, bebiendo un sorbo de licor oscuro antes de volver a concentrarse en el juego.
Me entregó cinco cartas nuevas, estas un poco mejor que las anteriores, dándome la chance de ir por un doble par. Lo vi mirar sus cartas con atención antes de botar tres y recoger tres más. Suspiró antes de bajarlas, dejándome ver un par y haciéndome sonreír al instante.
– ¿Ganaste? - Preguntó.
– Gané. - Exclamé orgullosa mostrando mis humildes cartas.
Me sonrió coqueto antes de desabrochar con deliberada lentitud los pequeños botones de su camisa y quitarla, dejando en evidencia su torso perfecto ante mi mirada atenta. Los abdominales marcados por su posición, los bíceps y pectorales en la medida justa para hacerme suspirar y los oblicuos que avanzaban y se perdían en su pantalón. Sentí mis ojos arder en respuesta y desvié la mirada disimuladamente a mi copa, antes de dejarme en evidencia.
– No hagas eso. - Su voz ronca. - O no podremos terminar el juego.
– No he hecho nada. - Musité.
– El aroma de tu deseo es asfixiante, Kagome.
La verdad era que de pronto mi cerebro ya no tenía ganas de terminar el juego, lo único que deseaba con desesperación era cambiarlo por uno mucho más entretenido.
– ¿Mi deseo o el tuyo? - Pregunté y esbozó al instante una sonrisa traviesa como respuesta, sin mencionar ninguna palabra.
Me armé de valor y me puse de pie, exhibiendo mi cuerpo en sujetador y falda frente a él, quien me miró arqueando una ceja. Bebí de golpe lo restante en mi copa de vino, intentando obtener valentía y me acerqué hasta su posición, colocando una de mis piernas justo entre las suyas.
– ¿Quieres seguir perdiendo el tiempo fingiendo que lo que nos interesa es el poker? - Pregunté.
– La noche es larga… - Exclamó mirándome fijo.
– Y eso nos viene perfecto… Si empezamos ahora.
Sus hábiles manos se aferraron a mi pierna con delicadeza, apenas rozando mi piel con las yemas de sus dedos, evitando dañarme con sus garras. Sus labios comenzaron un trayecto delirante justo en mi rodilla, dejando un camino de besos cálidos que subieron hasta la parte interna de mi muslo. Cerré los ojos cuando sentí su aliento cerca de mi centro y apreté las manos en puños en un intento de controlar mis sensaciones, totalmente consciente del escalofrío que recorrió mi espalda.
– ¿Te estoy poniendo nerviosa? - Preguntó.
– No.
– Perfecto.
Se alejó apenas por unos segundos sólo para volver a sujetarme por las caderas con dominancia, atrayéndome más cerca de una sola vez. Me abracé a su cuello a la vez que me sentaba en su regazo y sus manos delineaban con lentitud la forma de mi trasero.
Nos miramos fijamente por escasos segundos, mis dedos subieron hasta su rostro y delineé cada una de sus perfectas facciones, mientras el dorado parecía aún más intenso incluso en aquella luz tenue de la habitación.
– Me gustan mucho tus ojos. - Admití.
– A mi me encantan los tuyos. - Sonreí.
– ¿Por qué? Son aburridos.
– ¿Según quién?
– Según yo.
Una de sus manos subió hasta mi cara, acariciando con suavidad la piel bajo mis ojos, como si intentara barrer con mis pecas.
– Tienes una percepción absurda de ti misma. - Exclamó. - No recuerdo haber visto un rostro más bonito que el tuyo. - Sentí mis mejillas arder y él sonrió. - Y ese sonrojo sólo lo mejora.
Los dedos de su mano derecha bajaron delineando mi nariz y mis labios entreabiertos, sus garras rozaron la piel de mi cuello y siguió avanzando con deliberada calma hasta llegar a mi escote, donde sus dedos se perdieron entre mis pechos.
– Eres brutalmente perfecta a mis ojos. - Exclamó concentrado en mi escote. - …Ahora que hay mas confianza entre los dos, supongo que puedo admitirlo en voz alta.
El dorado me consumió nuevamente, a la vez que sus manos se enredaban en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás y estampando su boca contra la mía.
La sorpresa de su ímpetu duró apenas unos segundos en mi cabeza, justo antes de derretirme contra su pecho, mientras mis garras se enterraban allí, como si su cuerpo realmente me perteneciera por completo. Entreabrí mis labios sólo para sentir su lengua deslizarse con destreza a mi boca y robar la pequeña fracción de cordura que me quedaba.
El primer gemido que escapó de mis entrañas fue opacado casi por completo entre nuestros besos, a la vez que mi centro se humedecía con cada toque compartido. No me importó demasiado cuando sentí mi sujetador aflojar y dejarme expuesta, tampoco cuando mis pechos se aplastaron contra su torso, por alguna razón me sentía segura, aún cuando el hombre bajo mi cuerpo debía ser mi enemigo.
Sus besos bajaron lentamente por mi cuello hasta alcanzar uno de mis pechos, lamiendo la piel alrededor de la aureola, haciéndome estremecer en el acto.
– ¿Todo bien? - Su voz me distrajo, aunque fui consciente de su aliento cálido sobre mi pezón derecho.
– Todo bien. - Susurré.
– ¿Confías en mí?
– Lo suficiente. - Una risa ronca y bajita fue su respuesta.
Mantuve los ojos cerrados, aún cuando a mi lado escuché el sonido característico de los cubos de hielo al ser movidos dentro de un recipiente.
Un frío avasallador sobre mi piel me hizo curvar la espalda, a la vez que un segundo gemido tortuoso escapaba de mis labios. La sensación se extendió en círculos alrededor de la aureola, mientras mi respiración se hacía cada vez más irregular y sentía el cubito de hielo derretirse poco a poco, con el agua escurriendo hasta mi abdomen. Me aferré con mis dedos a sus hombros, la sensación se hizo cada vez más intensa hasta que de pronto su boca envolvió el pezón y reemplazó el frío por calor, húmedo y delirante calor. Para entonces mis bragas estaban empapadas y me pregunté por un instante si él podía sentirlo a través de la tela de sus pantalones.
La succión de su boca, los pequeños mordiscos suaves, la necesidad creciente de sentirlo en mi interior, todo aquello me hizo moverme sobre él, creando una fricción deliciosa entre ambos una vez más. Lo abracé a mi cuerpo y él se aferró a mi cintura, enterrando sus garras en mi piel.
La timidez abandonó mis sentidos cuando me sentí vacía y al borde del abismo. Abrí mis ojos, me eché hacia atrás para darme espacio y busqué impaciente el botón de sus pantalones con mis dedos. Él se dejó hacer, dándome todo el espacio necesario, como si realmente disfrutara verme así de desesperada por aquel bulto entre sus piernas.
Tomé su miembro al exponerlo entre mis manos y jadeé al sentirlo estremecer bajo mi cuerpo, como si él también pudiera sentir el fuego que me quema por dentro. Masajeé de arriba a abajo y lo escuché gemir, mientras su cabeza caía hacia atrás apoyándose en el respaldo de aquel sofá. Me mantuve en ello y di besos sobre su cuello, mientras sus jadeos retumbaban en mi cabeza, cada vez más desesperados, cada vez más placenteros. Me acomodé sintiendo su miembro rozar mi entrada y me dejé caer sobre él de una sola vez, arrancando un gemido en ambos con la acción. Me escondí en su cuello por unos segundos mientras mis paredes se acomodaban a su tamaño, me moví hacia adelante y hacia atrás, sintiéndome finalmente completa y llena de lo que mi cuerpo necesitaba y pedía a gritos. Una de sus manos se enredó en mi cabello jalándolo hacia atrás, obligándome a salir de mi escondite y mirarlo.
No dijo nada en ese instante, y sin embargo dijo todo…
Ahí estaban sus ojos dorados una vez más, con tonos levemente rojizos invadiendo poco a poco el iris, mirándome como si por un instante mi existencia fuera lo más bonito del mundo. Y entonces me besó y por primera vez sentí esa caricia completamente distinta. Había hambre en ella, sin embargo su lengua dio toques lentos a la mía, tan delicados y únicos que por un momento tuve el impulso de abrazarme a su cuerpo y no dejarlo ir nunca más. Sus brazos me envolvieron haciéndome sentir correspondida, mientras nos movíamos en un vaivén lento y delirante, disfrutando cada segundo de estar unidos, cada sensación de roce entre su piel cálida y la mía.
Mis gemidos murieron entre besos, sus embestidas se hicieron más profundas sin aumentar la velocidad y me sorprendí cuando el orgasmo me golpeó antes de que pudiera sobreextenderlo al mismo tiempo que él alcanzó el suyo. El exquisito hormigueo del placer subió rápidamente por mi médula hasta alcanzar mi cerebro y me fuí a negro por algunos segundos, apenas consciente de mis gemidos altos y desesperados, mezclados con los suyos al liberarse en mi interior. Apoyó su frente en mi pecho y lo abracé allí, jadeando al unísono mientras intentábamos recuperar el aliento. intenté moverme luego de unos segundos, sin embargo su abrazo se hizo más apretado.
– No te atrevas a separarte de mi. - Exclamó.
Me rendí y lo abracé, sintiendo aquel lugar como el espacio seguro que había buscado por años, uno donde sentirme querida y protegida a la vez.
– Kagome…
– ¿Hmm?
– No sé si ha quedado lo suficientemente claro a estas alturas…. Pero me encantas, incluso contra mi propia voluntad. - Susurró.
De todas las palabras existentes, de todo lo que esperaba escuchar de su boca, aquello me llenó de una calidez agradable que se extendió por mi pecho, invadiendo cada rincón helado, cada zona que jamás había recibido una muestra de afecto.
– Me encantas. - Respondí y él salió de su escondite para mirarme y peinar mi cabello.
– … Y no quiero perder esto. - Musitó. - No creo poder volver a Japón y fingir que no te he conocido.
Mi corazón se estrujó dolorosamente en mi pecho con aquel golpe de realidad. Más temprano que tarde Inuyasha Taisho iba a desaparecer y yo… Yo iba a quedarme sola una vez más.
– Cuidado, cualquiera que escuchara podría pensar que ya no me detestas tanto. - Sonrió y suspiró derrotado.
– ¿Puedes guardar un secreto por mí? - Preguntó mientras peinaba un mechón de mi cabello.
– Sip.
– Tu apellido ya no parece ser suficiente para odiarte… Tendré que buscar otros motivos.
– Puedo ayudarte con eso y enumerar algunos cuantos.
– Por favor. - Rogó.
Movió sus piernas para deshacerse de sus pantalones antes de ponerse de pie conmigo abrazada como un koala a su existencia. Me dejó sobre la cama y terminó de sacar las últimas prendas de ropa que me envolvían: mi falda arrugada en la cintura y mis bragas empapadas.
Se deslizó sobre mí y depositó besos cortos sobre mis mejillas, haciéndome sentir pequeña bajo su cuerpo.
– Soy un poco prepotente. - Comencé.
– Ajá… - Contestó antes de bajar por mi cuello.
– Y mandona.
– Lo he notado. - Sonreí.
Un pinchazo en mi piel me hizo gemir cuando sus colmillos perforaron cerca de mi yugular. Las endorfinas avanzaron por mi sangre hasta hormiguear y hacerme sentir como si flotara entre nubes. Lo sentí beber de mi sangre y alejarse.
– Continúa. - Su voz un poco más ronca.
– No me gusta comer cosas muy condimentadas.
– Hmm…
– y no me gusta el whisky.
– Uff, si podría odiarte por eso. - Musitó, esta vez cerca de mis pechos
Un nuevo pinchazo me hizo curvar la espalda, esta vez aún más agudo sobre mi pecho izquierdo. Me aferré a las sábanas con la intensa succión de su boca. Guió una de sus manos a mi centro e introdujo dos dedos sin distraerse de su misión principal. Comencé un soneto de jadeos con cada entrada y salida, sintiéndome completamente dominada bajo sus encantos.
– No te detengas, Kagome.
– Me estás… distrayendo. - Articulé con dificultad.
– ¿Quieres que me detenga?
– Por ningún motivo. - Me sonrió.
Bajó hasta mi vientre, donde mordió una vez más. Pude ver los hilillos de sangre escurrir de cada mordida previa, manchando las sábanas blancas bajo mi cuerpo.
– He recordado que me debes algo… - Exclamó y sus dedos se curvaron en mi interior, haciéndome gemir alto.
– ¿Yo? - Sentí sus dedos salir por un instante y la humedad escurrir desde mi centro.
– Te dije el significado de mis tatuajes… Y tú sigues sin sentarte sobre mi cara.
– Nunca hicimos un trato al respecto. - Sonrió.
Me hizo girar de una sola vez, quedando él apoyado en su espalda sobre la cama y yo a horcajadas sobre él. Me tomó por las caderas para hacerme subir hasta que mi centro estuvo a escasos centímetros de su rostro. Me levanté lo suficiente apoyándome en mis rodillas, una a cada lado de su cuello y sonreí.
– ¿Esta posición no te parece familiar? - Pregunté apretando suavemente y ahorcándolo apenas, pero lo suficiente para arrancarle un gruñido de placer..
Me sonrió.
– Hablas mucho cuando estás nerviosa. - Musitó rozando con sus dedos mis pliegues.
– No estoy nerviosa.
– Hmm.
Me tomó por la cintura con suavidad, guiándome para bajar lentamente hasta que su lengua alcanzó mi piel y barrió con la humedad de mi vulva, haciéndome curvar la espalda a la vez que mis manos buscaban el respaldo de la cama como sujeción. Dio toques rítmicos a mi clítoris como el experto que era en darme placer y pronto me encontré a mi misma siguiendo el ritmo, moviéndome atrás y adelante sobre su boca, sintiendo como mi centro se apretaba en reacción y mis garras dejaban marcas sobre la madera del respaldo.
De ahí en adelante mi cordura pendió de un fino y frágil hilo que él mismo se encargó de cortar una vez más, lamiendo en círculos, mordiendo, succionando, rompiéndome en pedazos sólo para armarme una vez más.
Mis gemidos cada vez más altos, sus lamidas cada vez más rápidas hasta que de pronto toda la energía acumulada en mi vientre bajo explotó, haciéndome gritar a la vez que alcanzaba un clímax igual de potente que los anteriores, pero sintiéndome poderosa como nunca antes, con su cuerpo justo bajo el mío, puesto allí sólo para complacerme.
Apoyé mi frente en el respaldo, cerrando los ojos mientras me concentraba en volver en mí y no en como su lengua barría con mis fluidos o en como cada toque me hacía estremecer. Luego su risa ronca victoriosa hizo eco en mis oídos.
Me giró con delicadeza para dejarme bajo su cuerpo y me tomó por las caderas para acomodarse entre mis piernas. Entró en mi poco a poco, pese a que con lo mojada que estaba podría haber entrado de golpe sin ningún problema. Noté como fue increíblemente delicado en sus movimientos y cómo pese a ser dominante me llenó de besos cálidos mientras yo lo abrazaba a mi cuerpo. Escondí mi rostro en su cuello, jadeando con cada embestida, drogada en el aroma de su perfume y en lo segura que me sentía allí.
Cambió el ángulo y lo sentí aún más profundo. Un gruñido escapó de sus labios cuando mis garras se clavaron en su espalda.
– Inuyasha… - Jadeé y él movió su rostro para mirarme de frente y darme toda su atención sin detener el vaivén.
No pude articular palabras, probablemente porque estaba hecha un lío de emociones y porque lo primero que llegó a mi mente confundida fue un "te quiero" que me aterró decir en voz alta. Sólo me estiré para besarlo, intentando con ello tal vez decir todo y a la vez nada, sin arriesgar lo necesario por miedo a arruinar lo que había entre los dos.
Alcancé el clímax una vez más, esta vez tan agotada que apenas dejé ir un grito ahogado cuando él me mordió en el cuello. En respuesta mordí su hombro, llenando mi boca de su sangre rápidamente, disfrutando el sabor ferroso y sus gemidos contra mi piel cuando alcanzó su propio orgasmo.
Luego de recuperar el aliento salió de mi interior y se recostó a mi lado, abrazándome a su cuerpo, entibiando mi piel con la suya. Sus dedos trazaron líneas finas sobre mi cintura, tan agradables que mis párpados pesaron cada vez más.
– ¿Puedo quedarme aquí el resto de mi vida? - Pregunté con los ojos cerrados, disfrutando de su toque.
– ¿Por mí o por las caricias? - Preguntó.
– Por ambas tal vez. - El silencio en su respuesta me aterró por unos segundos y fingí quedarme dormida, mientras él seguía en lo suyo, trazando círculos sobre mi piel.
Fue varios minutos más tarde que lo escuché suspirar a mi lado.
– Me tienes hecho un lío, maldita Russo. - Susurró.
Y luego me abrazó a su cuerpo con fuerza, como si temiese que el amanecer me arrebatara de sus brazos.
Di un beso sobre su cuello y me escondí allí. Siendo totalmente consciente de que estaba sintiendo más de lo que debería sentir.
