Capítulo 13.- Donde todo se marchita.

Inuyasha

Apreté los ojos con fuerza, negándome fervientemente a despertar cuando la luz intensa del primer rayo de sol se filtró a través de las cortinas. Una sensación cálida y agradable entre mis brazos me instó a seguir durmiendo, hasta que unas manos pequeñas se posaron en mi pecho.

Espera… ¿Manos pequeñas?

Entreabrí los ojos con cierta dificultad, miré a mi alrededor sin reconocer nada de aquella habitación, nada a excepción del peso de otro cuerpo que percibí cuando intenté moverme. Sólo entonces miré hacia abajo y me encontré con la cumbre de un cabello ondulado color azabache.

Una película de escenas cortas pero explícitas pasó por mi mente rápidamente, haciéndome comprender por qué me sentía tan fatigado. Sonreí y me pegué más a ella; me aproveché de su inconsciencia para bajar un poco la guardia, hundiendo a voluntad mi nariz en la raíz de sus cabellos, inhalando profundamente el aroma a grosellas dulces que tanto me gustaba. Mis dedos recorrieron la hendidura de su espalda desnuda, subiendo y bajando mientras mis piernas estaban enredadas con las suyas. No recordaba la última vez que había despertado con alguien acurrucado a mi lado, probablemente porque jamás lo había permitido.

Y entonces me permití divagar en escenarios poco probables.

Si su jodido padre aceptaba mi generosa oferta, el calor de su cuerpo contra mi pecho podría transformarse en una costumbre y el simple pensamiento me hizo sonreír. ¿Qué otras cosas podrían tornarse habituales entre los dos? Si la llevaba conmigo a Japón podía mostrarle las malditas flores de cerezo por las que tanto me había preguntado, podríamos recorrer las ciudades modernas y antiguas, podía mostrarle el restaurante donde preparaban mi ramen favorito, con los aderezos en la cantidad adecuada y la carne en su punto…

¿Inuyasha? - Su voz me sacó del trance y aflojé un poco mi agarre, apenas lo suficiente para permitirle moverse.

Me miró hacia arriba desde su posición, acurrucada y a salvo entre mis brazos. Sus ojos aún somnolientos, enmarcados por sus bonitas pestañas.

Buenos días. - Musité.

Buenos días. - Bostezó tapándose la boca con una de sus manos. - Tengo una laguna mental… ¿En qué momento nos dormimos?

Sonreí.

No estoy seguro si fue antes o después de la sexta copa de vino, aunque también pudo ser después de contar los lunares de tu cuerpo…. - Me devolvió la sonrisa mientras su mano libre apoyada en mi pecho me empujaba con suavidad, dándose impulso para quedar sobre mi.

¿Los contaste todos? - Musitó mientras trazaba círculos con sus garras en mi pecho.

Cada uno de ellos.

¿Incluiste las pecas?

Por supuesto que sí.

Mentiroso. - Sonreí y llevé mis manos a sus caderas.

Okey, puede que haya perdido la cuenta y me haya vencido el sueño.

Se agachó sobre mí y depositó un beso corto y adorable sobre mi boca.

Gracias por traerme aquí. - Susurró. - Definitivamente ha sido mucho más agradable que tu apartamento.

Sin las interrupciones de siempre…

Exacto.

Se puso de pie de un solo salto. Acomodó los tirantes de su sujetador y caminó en pasos lentos hacia la pared de cristal de la suite.

Todo se ve muy pequeño allá abajo…

Eso es lo entretenido de las suites. - Exclamé mientras apoyaba la parte posterior de mi cabeza en mis brazos. - Se giró a mirarme, apoyando su peso sobre el cristal.

La luz cálida creó un juego de sombras sobre su cuerpo semidesnudo a contraluz, bañando su piel blanca con un halo casi angelical. Su lencería negra de encaje supo cómo guiar mi vista exactamente a los puntos más sensuales de su existencia, destacando en pequeñas transparencias justo sobre sus redondos pechos y su monte de venus. El cabello azabache y de ondas suaves destacó en pequeños destellos azulinos a contra luz y sus ojos chocolate me miraron fijo, como si de pronto ella no fuera la presa, si no el cazador.

Ven. - Ordenó.

Me resistí todo lo que pude, aunque apenas fueron unos segundos. Me puse de pie y caminé hacia ella, manteniéndome a distancia de su cuerpo.

¿Qué opinas de mi cuerpo? - Preguntó, rozando con sus dedos la piel de su vientre plano.

Tragué la saliva que se había acumulado rápidamente en mi boca. Sus dedos subieron por entre sus pechos, y entonces los amasó entre sus palmas, ante mi mirada atenta y hambrienta. Por inercia mis manos intentaron alcanzarla, sin embargo ella me esquivó con rapidez.

No. - Me reprendió como a un cachorro.

Sonreí y llevé mis manos a mi espalda, manteniendo la distancia entre ambos.

Poco a poco volvió a subir, esta vez hasta su cuello, donde cortó su propia piel con sus garras y la sangre escurrió en gotas espesas hasta sus muslos. Mis ojos ardieron, disfrutando con creces no solo el aroma ferroso y penetrante que invadió la habitación, si no también la hermosa paleta de colores sensuales frente a mí, en una mezcla de piel blanca, sangre carmesí y lencería negra.

Sus ojos chocolate cambiaron a rojizos y me sonrió coqueta cuando bajó con sus dedos hasta sus pequeñas bragas, colándose bajo ellas para acariciarse a sí misma. Pude distinguir el momento exacto en el que introdujo sus dedos en su interior tan solo al escuchar el gemido bajito que escapó de su boca.

Tomé impulso hacia su cuerpo una vez más.

No. - Me detuvo entre jadeos y yo gruñí en mi posición. - Tócate.

No necesité que volviera a repetir esa orden, porque era exactamente mi siguiente acción en mente. Metí mi mano diestra en mi boxer y tomé mi miembro con firmeza, comenzando un movimiento suave, sintiendo como poco a poco avanzaba por el sendero del placer propio, intentando mantener mi respiración lenta, pero fallando miserablemente.

Aquello era brutalmente obsceno y la verdad me encantaba. Sus gemidos se hicieron cada vez más largos y tortuosos, el aroma de su excitación aumentó exponencialmente la mía y me encontré a mí mismo gruñendo, desesperado por tocarla, por sentirla, por hundir mis garras en esa piel perfecta.

Dejé que alcanzara el orgasmo sin invadir su espacio, dejé que sus bragas se empaparan de sus propios fluidos antes de tomar sus manos por sobre su cabeza con firmeza y bajar mi boxer a tirones desesperados, para entonces su cuerpo era maleable, aún bajo los efectos del placer. Corrí sus bragas y la penetré de una sola vez, dejando ir un gemido ronco cuando sus paredes se apretaron a mi alrededor, volviendo a sentir aquella sensación electrizante que tanto necesitaba. Mis labios buscaron los suyos y la abracé a mi cuerpo, sintiendo el cristal frío a sus espaldas, apenas preocupado de si alguien podía vernos desde el exterior.

La hice girar entre mis brazos, sus palmas se apoyaron en el vidrio y jalé con poca delicadeza de su cabello en un manojo, embistiéndola con fuerza. Su espalda se mantuvo con la curvatura exacta para hacerme delirar y mis garras se enterraron en la piel de sus caderas, tal y como había fantaseado unos segundos atrás.

Sentí la explosión de mi placer alcanzar un punto alto mientras gruñía su nombre, me liberé en su interior y apoyé mi frente en su espalda, intentando recuperar el aliento y frenar los espasmos que me hicieron temblar sin control.

Sus jadeos empañaron el cristal frente a ella y la abracé a mi cuerpo, pasando mis manos por su abdomen, intentando apoyarnos el uno al otro en ese subidón de endorfinas.

Estoy brutalmente obsesionado contigo.

Sus garras intentaron aferrarse al cristal.

O quizás te has enganchado a mi corazón.

No recibí respuesta, tampoco esperaba algo distinto, ella no podía leer mi mente. Sin embargo se recargó en mí e interpreté aquella pequeña muestra de confianza como suficiente… por el momento.


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Kagome

Permanecí en silencio, me estiré de puntillas para alcanzar sus labios y nos hundimos a voluntad en un beso lento y apasionado. Ninguno de los dos era muy bueno con las palabras y prefería dejarlo así, porque era lo más cómodo y llevadero para ambos.

Me duché rápidamente mientras él bebía café. Era cerca del mediodía cuando probé el primer bocado de comida, después de alimentarme sólo con sexo.

Me gustaría saber más de ti. - Exclamó de pronto.

Creo que sabemos lo justo y necesario el uno del otro. - Musité sin mirarle.

¿Qué opinas del caviar? - Preguntó mientras yo tomaba un pequeño sorbo de mi tazón de té. Levanté mi mirada sorprendida hacia él y a su intento de entablar una conversación sencilla. En mi mente "saber más de ti" involucraba la revelación de secretos oscuros.

Lo odio.

Pff ¿Lo has probado?

No, pero sé que lo odio. - Su risa ronca me hizo sonreír.

¿Y del pulpo? - Arrugué mi nariz.

Los japoneses tienen costumbres muy extrañas con la comida. - Exclamé mientras mordía un pequeño pastelito. - Déjame con los carbohidratos vacíos de mis pastas y pizzas, son suficientes para mantenerme feliz.

Su teléfono sonó sobre la mesa y la pantalla brilló en una notificación que él ignoró por completo. Fingí demencia hasta que volvió a sonar de manera insistente en una llamada.

¿No contestarás?

No interrumpo mi desayuno por negocios.

No pregunté más allá, la verdad es que yo tenía la misma regla. Sin embargo, apenas unos segundos después, contradiciendo lo que acababa de decir, tomó el aparato entre sus manos y tecleó con rapidez.

¿A ti te gusta el caviar? - Pregunté.

Esperé por su respuesta, sin embargo se mantuvo en silencio y con el ceño fruncido hasta que dejó su celular boca abajo de vuelta sobre la mesa.

Lo suficiente para comerlo de vez en cuando. - Respondió. - Pero seamos honestos, nadie come caviar por gusto, sólo por clase.

¿Y el risotto italiano? - Levantó su mirada hacia mí y luego al vacío, meditando su respuesta.

El risotto es algo que no disfruto. - Abrí mis ojos juzgándolo. - Vamos, es un plato de arroz humedecido y sobrecocido, casi convertido en una sopa espesa y… grumosa. - Arrugó la nariz y yo me reí.

¡Eres un niño!

Al menos he probado el plato para decir que no me gusta. - Fruncí mi ceño. - ¿Kagome?… ¿De qué serías capaz para alejarte de tu padre?

Mi masticar se detuvo por unos segundos y la sonrisa se borró de mi rostro por el cambio de tema abrupto.

¿Y esa sutileza en el cambio de tema? - Se encogió de hombros.

¿Qué tanto deseas tu libertad?

La mirada intensa y la seriedad reflejada en sus ojos claros de pronto me hizo sentir incómoda.

No tengo deseos de hablar de ello.

¿Y por qué no?

Porque no.

No puedes seguir evitando el tema para siempre, que tengas la eternidad por delante no significa que puedas desaprovechar el tiempo.

¿Me estás sermoneando? - Me sonrió.

No es mi deber, supongo. - Se puso de pie, dejando ir un suspiro largo mientras se acercaba a mí y tomaba mi rostro con suavidad entre sus manos. - Sólo pienso que es mejor vivir un día como león que cien años como oveja.

La frase evocada de Benito Mussolini fue lo que cortó cualquier intento de defensa de mi parte, el tipo había sido un dictador, pero esa frase en particular siempre me hacía mucho sentido.

Podría asesinar a tu padre por ti, podría asesinar a cualquiera la verdad, menciona un nombre y tendrás la cabeza de su dueño a tus pies.

¿Y por qué no lo has hecho aún? - Se echó hacia atrás y miró al techo.

Porque eso te convierte a ti, su descendencia, en mi enemiga directa y todo lo que se esperará de ti es que cobres venganza. - Bajó su mirada de vuelta a la mía y me sonrió. - No estoy seguro de que seas capaz de ignorar ese llamado.

Entonces tienes miedo de que te asesine si asesinas a mi padre.

Tengo miedo de que vuelvas a odiarme, no quiero enfrascarme en una guerra contigo, porque cumpliré con mi deber y sé perfectamente que tu cumplirás con el tuyo.

El silencio invadió cada rincón de la habitación tras esa confesión. Me acerqué a él con lentitud hasta empujarlo de vuelta a su silla y sentarme en sus piernas; jugueteé con el borde de su bata mientras él me miraba atento.

No podría volver a odiarte. - Musité sin mirarle. - Ni puedo pensar en la idea de cobrar venganza contra ti… Pero no, no deseo que acabes con mi padre, no es tiempo aún.

Sus garras rozaron la piel de mi mentón al levantarlo con delicadeza y el dorado de sus ojos brilló intensamente mientras analizaba cada facción de mi rostro. De pronto pegó su frente a la mía y dejó caer sus párpados mientras suspiraba.

Si eventualmente volvieras a odiarme y a convertirme en tu enemigo, recuerda este momento... - Susurró y restregó su nariz con suavidad contra la mía, justo antes de lamer mi labio inferior y morderlo con suavidad, enviando un destello de energía cálida por mi cuerpo. Su mano derecha subió para acunar mi rostro y sus dedos se enredaron en mis cabellos. - … Recuerda que me permitiste estar así de cerca y que jamás corriste peligro, no entre mis brazos.

Permanecí allí disfrutando de la sensación de paz, intentando ignorar el nudo que se formaba en mi pecho, sabiendo perfectamente que no sería para siempre.

Inuyasha… - No te atrevas a decirlo en voz alta.

Sus labios entreabiertos rozaron los míos, sentí su aliento cálido y el olor a café inundar mis sentidos y cuando estaba lista para abalanzarme sobre su existencia una vez mas, mi teléfono sonó en una llamada, sobresaltándonos a ambos.

Tomé distancia para revisar la pantalla y suspiré al leer el nombre de mi progenitor.

Es tarde… - Musité y él asintió.

Ve a vestirte, te pediré un taxi.


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Salí en un taxi en dirección a la mansión cerca de 20 minutos más tarde, nuestra despedida fue fría, dejando atrás las deliciosas llamas que habían danzado a nuestro alrededor durante la noche.

Llamé de vuelta a mi padre, obteniendo el ruido del buzón de voz, lo que significaba que probablemente ya venía viajando.

Mis tacones pisaron la gravilla fina del antejardín de la mansión y saludé a los guardias de la entrada con un pequeño gesto de mi mano, recibiendo una inclinación de cabeza en respuesta. Cuando abrí la puerta todo parecía aún extremadamente calmado y pacífico, señal inequívoca de que mi padre aún no había llegado de su viaje.

Seguí avanzando hasta la puerta de cristal que llevaba al jardín posterior. Permanecí sentada mirando las flores por minutos que se me hicieron pocos.

– Buongiorno Kag, non avevo intenzione di vedervi qui fino al tramonto (Buenos días Kag, no pensaba verte aquí hasta el atardecer) - La voz de Kouga a mi lado me hizo sonreír.

– Mio padre arriva presto, non ho tanta libertà di scomparire per così tanto tempo (mi padre llega pronto, no tengo tanta libertad para desaparecer por tanto tiempo)

Miré mis tacones con atención, sin ganas de seguir hablando.

¿Pasa algo?

No estoy segura. - Musité. - Siento que algo pasa y me angustia, pero no sé lo que es.

Entonces no deberías preocuparte. - Sonreí. - Es la primera vez que te veo sentada aquí en años.

Suspiré; aquel era mi lugar favorito en el mundo y sin embargo nunca tenía tiempo para visitarlo.

Podría nombrar cada planta de este jardín y sin embargo, nunca me doy la oportunidad de venir aquí y contemplarlas, siempre estoy corriendo, poniendo mi atención en cosas que no me interesan realmente.

¿Esas son las rosas que plantaba tu madre? - Indicó con la barbilla y yo asentí.

No tengo muchos recuerdos de ella, pero este es uno de los más lindos. Solía esconderme en los rosales y ella fingía no saber dónde estaba. - Aclaré mi garganta antes de volver a hablar. - ¿Buscaste lo que te pedí? - Asintió y sacó una hoja doblada del bolsillo interno de su traje, entregándomela en las manos al instante.

La lista detallada y actualizada de todos los trabajadores de tu padre, sus datos personales, número de identificación y medios de contacto. - Sonreí. - ¿Sirve?

Eso veremos. - Me estiré de puntillas y besé su mejilla. - Eres el mejor.

Kagome… - Acunó mi mejilla tal y como lo había hecho Inuyasha hace un rato, sin lograr el mismo efecto. - Si te sientes sola, si necesitas hablar con alguien…

Estás aquí para mi, lo sé. - Me recargué en su toque. - Siempre has estado conmigo.

Mi teléfono sonó con un mensaje de mi padre.

Padre (12:45 PM): Mi avión acaba de aterrizar, lamentablemente tengo reservado el almuerzo para una reunión importante, pero podemos comer un postre juntos mas tarde, ¿te parece?

Kagome Russo (12:45 PM): Seguro, avisame cuando estés libre.

Conociendo a Naraku ese "más tarde" era al menos en un par de horas más. Me puse de pie rápidamente, si tenía un poco más de tiempo libre sabía perfectamente con quien ocuparlo.

Voy a salir. - Exclamé.

¿Necesitas que te lleve?

Nop, tómate el día libre, estaré ocupada el resto de la tarde.


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Inuyasha

Naraku me miró fijamente mientras nos llenaban a ambos las copas con vino cabernet.

¿Que tal tu viaje? - Pregunté.

Productivo, ¿Que tal tu noche?

Tranquila. - Contesté, apenas aguantando la sonrisa cuando Kagome se me vino a la mente. - No mentiré, no tengo deseos de extender esta reunión más allá de lo necesario, asi que… ¿Pensaste en mi oferta?

Asintió mientras tomaba un sorbo del licor.

Te daré una respuesta, pero primero quiero una justificación honesta de por qué quieres comprar a mi hija.

A pesar de brotar de la semilla maldita de tu existencia tu hija me parece bonita, esa clase de manzana que cuelga del árbol y parece tener un color más intenso que las demás, con lo que asumo, será más dulce que el resto. - Contesté honesto. - Sólo eso, ¿Nunca has tenido un capricho por un objeto? Considéralo de esa forma.

Escucha Taisho… Aceptaré tu oferta. - Me erguí en el asiento. - Sólo si eso significa que tú te casarás con Kagome y que tu familia y la mía volverán a ser lo que alguna vez fueron.

Me reí.

Sabes que esa no es una opción.

¿Por qué no? Si tanto deseas cumplir tu capricho podrías hablar con tu padre, estoy seguro de que luego de meditarlo un poco él también lo consideraría una buena idea. Ha pasado tanto tiempo y agua bajo el puente… Somos personas civilizadas, ¿no?

Estás diciendo que no conforme con recibir el dinero que te he ofrecido, ¿también deseas una alianza?

Se encogió de hombros.

Mi hija vale eso y mucho más.

Tú torturaste a mi madre… ¿Qué te hace pensar que eso será perdonado?

Ambos sabemos que yo no torturé a Izayoi, por favor, dejar una marca con el emblema de mi familia… ¿no es un poco obvio? Quien lo hizo intentó inculparme y claramente lo logró.

Eres lo suficientemente narcisista para hacer algo asi.

Pero no lo suficientemente estúpido, la alianza con tu padre me era brutalmente útil, después de las diferencias de opinión que hubieron entre los dos la idea era recuperarla, no arruinarla para siempre.

Golpeteé los dedos contra la mesa, con el clac de mis garras llevándose toda la atención. Deseaba salvar a Kagome pero…

Entonces me temo que no hay trato. - Exclamé. - Siempre puedo buscar manzanas más rojas. - Me sonrió y el carmesí de sus ojos se ocultó en el gesto.

Siempre puedes intentarlo. - Se puso de pie y bebió el resto de su vino de un solo sorbo. - Un agrado conversar contigo Taisho.

Me quedé allí, pensando en alguna otra opción, cualquiera que me hiciera ganar ese encuentro. Mi mano se movió al arnés de cuero que sujetaba mi arma a mi pecho y apretó el mango de esta con fuerza. Por un momento me imaginé disparando una bala certera en su cabeza justo antes de que desapareciera por la puerta de entrada; pero deseché la idea rápidamente, cuando noté lo impulsiva de ella.

Me sentía un idiota, y eso me frustraba en demasía.

Tomé las llaves de mi auto de la mesa, dejé un billete para pagar las dos miserables copas de vino y abandoné el lugar, demasiado ofuscado para permanecer en público.

Lancé mi abrigo al sofá apenas llegué a mi departamento y caminé de un lado a otro pensando en que hacer, hasta que la voz de Sango me interrumpió de golpe.

¿Comenzaste el día con el pie izquierdo?

¿Cómo es que siempre sabes aparecer cuando no te quiero aquí? - Pregunté.

Me llamó Kikyo. - Contestó y se sentó de piernas cruzadas en el sofá, acomodándose como si quisiera quedarse allí demasiado tiempo. - Dice que no has contestado sus mensajes, ni tampoco sus llamadas.

He estado ocupado.

Ajá, lo sé, con la heredera Russo. - La miré amenazante.

Cuida hacia donde van tus palabras, Sango.

¿Te gusta Russo? - Preguntó y yo guardé silencio, algo que se interpretó como una respuesta afirmativa. - De ser así, quiero recordarte que tienes una prometida, una que también es mi amiga y a quien no he mencionado nada de lo que he visto aquí porque mi lealtad va contigo, pero…

Sonreí y dejé ir una risa burlesca mientras me servía un vaso de whisky.

Por favor… Recuerda con quién estás hablando.

Eso intento, sin embargo ya no veo a ese Inuyasha por ningún lado. Estás distraído todo el tiempo, Kikyo me habla a mi para saber como estás porque no recibe respuestas de ti, pasas demasiado tiempo con esa jodida araña, ni siquiera tu hermano sabe que está pasando…

El vaso que estaba hace apenas segundos en mi mano voló directo a las puertas del ascensor, estrellándose con fuerza y rompiéndose en mil pedazos.

JODER ¿ACASO NADIE CONFÍA EN MÍ? - Grité ofuscado. - TODOS SE CREEN CON EL DERECHO DE RECRIMINARME COSAS, CUANDO JAMÁS SE LOS HE OTORGADO.

Idiota, ¡No te estoy recriminando!, eres mi mejor amigo y me preocupas, ¡por eso estoy intentando tener una conversación pacífica y saber que mierda pasa contigo!

¡Nada pasa conmigo!

…¡Y sigues mintiéndome!

DIME SANGO, EN QUE UNIVERSO YO, INUYASHA TAISHO, HIJO DE TOUGA, PENSARÍA EN DEJAR A KIKYO Y SIQUIERA ENTREGARLE UN POCO DE AFECTO AL FRUTO DE LAS ENTRAÑAS DEL PEOR ENEMIGO DE MI FAMILIA… - Me acerqué a ella, notando como reducía el espacio ocupado por su cuerpo de manera inconsciente. - KAGOME RUSSO ES UN MALDITO CACHORRO MALTRATADO Y HERIDO EN EL CAMINO, UNO CON EL QUE PODRÍA ACABAR EN UN INSTANTE, PERO NO LO HAGO POR LÁSTIMA.

Pero…

No es mi deber cobrar las venganzas de mi padre.

Eso no era lo que decías.

¿Quieres que mate a la niñita Russo? ¿La torturo como suelo hacer con mis enemigos en Japón? ¿Eso te dejaría más tranquila?

El ruido del vidrio al ser pisado y triturado me hizo entrar en modo automático, girando y apuntando con mi arma hacia la entrada. Allí me encontré con un par de ojos color chocolate, un chocolate habitualmente dulce, ahora invadido por trazas de rojo amargo, danzando alrededor de su pupila. Lamentablemente el aroma a grosellas tardó demasiado en llegar a mis sentidos. Kagome estaba allí, mirándonos a ambos sin expresión alguna en su rostro, de brazos cruzados, en la misma ropa que llevaba la noche anterior, con su abrigo sobre los hombros como una capa elegante que llegaba un poco más abajo de sus rodillas. Para mi sorpresa, en ese instante en que sus ojos chocaron con los míos me sonrió, una sonrisa amplia que mostraba sus dientes blancos y perfectos, haciéndome sentir como una presa acorralada por primera vez en la vida.

Una sonrisa que no me había mostrado nunca, una que declaraba la guerra entre los dos.

No se movió de su lugar, algo que probablemente cualquier otra mujer habría hecho. Parte de mi esperaba lágrimas en sus ojos, algo que tampoco sucedió. La determinación en su mirada sólo mostró que esperaba una explicación, una que exigiría con garras y dientes si es que me resistía a dársela.

¿Cuánto llevas allí? - Pregunté.

Lo suficiente. Espero no interrumpir en un mal momento. - Musitó, sobresaltando a Sango, quien me miró esperando que yo solucionara la situación, algo que no sucedió y que le dio el permiso para jugar a ser valiente.

La verdad es que s… - Un primer disparo impactó directo en el suelo como única respuesta de Kag, a centímetros del pie izquierdo de Sango.

Sango, sal de aquí. - Ordené.

¿Y por qué yo?

Porque estoy intentando cuidarte, sal de aquí.

Haz caso por una vez en tu vida. - Exclamó Kag. - No tengo nada en contra tuyo, sólo sal de aquí.

Esc… - Otro disparo, esta vez al brazo de mi mejor amiga.

Me moví hacia Kagome, tacleandola contra la pared más cercana, con mi antebrazo bloqueando su cuello y las garras de mi mano libre enterrándose en la muñeca de la mano que sujetaba su pistola.

Sango, ¿por favor? Estaré mejor solo que contigo aquí.

Y sólo entonces obedeció.

Llamaré a tu hermano. - Exclamó antes de salir a paso rápido por el ascensor.

Me giré nuevamente hacia Kag, quien incluso en desventaja y con su estatura inferior me sonreía, entrecerrando sus ojos con el gesto, uno que por primera vez me hizo ver a su padre en ella

Entonces… Al parecer tienes mucho que contarme. - Musitó.

Fruncí los labios, sabiendo que no existía escenario donde aquella conversación nos llevara a buen término.

Fue por ello que decidí despedirme mentalmente de ella, incluso antes de comenzar.

Así parece…