One Shot
Homura leía una novela de Banana Yoshimoto.
Estaba en su casa, muy ensimismada en la lectura. Cuando ella se concentraba en algún libro, por lo general, perdía interés en todo lo que había a su alrededor.
Fue por esta concentración que no pudo escuchar el sonido de las notificaciones de su teléfono, que se repetían, una y otra vez, con cada mensaje que llegaba.
Una hora y media después, Homura tuvo sed. Así que decidió pausar su interesante lectura. Tras cerrar el libro, se dio cuenta de que también tenía hambre.
Leer las hermosas obras de sus autores preferidos era una de sus actividades favoritas en el mundo. Se metía tanto en esos libros, que olvidaba cosas tan básicas como comer.
—Suficiente lectura por hoy —dijo, satisfecha—. Tengo tarea que hacer. —acababa de recordar que tenía clases al día siguiente—. Pero, primero, comeré algo.
Se levantó de su cómoda butaca y se encaminó a la cocina. Mientras calentaba agua y se servía una taza de té, se dio cuenta de otra cosa.
—Mi teléfono —suspiró y miró por todas partes, con calma—. Debí dejarlo en la sala.
Apuró el caliente brebaje y le echó un último vistazo al agua, que todavía no bullía. Luego fue a la sala.
Encima de una mesita que estaba a un lado de la butaca que ocupara antes, el bonito celular descansaba con la pantalla apagada. Al tomarlo y encenderlo, la expresión de Homura sufrió un notable cambio.
—No puede ser...
Según las notificaciones en la pantalla de bloqueo, tenía cinco mensajes sin leer, además de una llamada perdida; todo eso de su novia.
Al abrir los mensajes y leerlos, el rostro de Homura perdió color.
Madoka, hacía más de una hora, le había enviado una imagen de ella luciendo un provocativo conjunto rosa que, tal como Homura pudo confirmar —pues, sabía de memoria, casi de forma enfermiza, cuanta y qué tipo de ropa usaba su pequeña diosa—, era nuevo. No lo había visto antes. Era de dos piezas que se ceñían a la menuda figura de la pelirrosa de tal forma, que la hacía ver hermosa, adorable y sensual a la vez.
Homura cerró los ojos un momento y tragó ruidosamente ante la imagen que, en una muy buena resolución, se mostraba en la pantalla de su celular. El rostro de la más baja, que la mayor parte del tiempo lucía una inocente expresión, ahora mismo tenía la expresión más provocativa que haya podido verle alguna vez.
Bajo la foto, en un mensaje adjunto, podía leerse:
«¿Te gusta, Homura-chan?»
El segundo mensaje, enviado unos cinco minutos después, decía: «¿Me veo bien? ¿Qué tal me queda?»
El tercer mensaje, probablemente el que más le dolió a la pelinegra, tenía escrito lo siguiente: «Uhm, ahora mismo mis padres no están. Dijeron que volverían en una hora...».
El cuarto, escrito con dudas —lo que suele inducirle mucha ternura, pues, su Madoka es adorable cuando quiere algo, pero duda en pedirlo— rezaba: «Si quieres... puedes venir... y, eh, así podrás ver este conjunto más de cerca...».
Cuando Homura estaba por leer el último mensaje, un silbido —proveniente de la cocina— la distrajo.
Sintiendo una repentina rabia surgir desde el fondo de su pecho —«¿por qué me interrumpen? ¿Qué acaso este universo no ve que estoy ocupada?»—, Homura actuó al momento.
No tuvo que moverse para nada. El pendiente de su oreja izquierda comenzó a brillar, emitiendo una fuerte luz purpura. Luego se apagó y Homura se permitió respirar tranquila. Mientras tanto, en la cocina, la olla, junto con su contenido, habían desaparecido.
El último mensaje, enviado una media hora atrás, decía: «Veo que estás ocupada, Homura-chan. Disculpa si te escribí en un mal momento. ¡Hablamos luego! _».
Cuando terminó de leer, Homura sintió un fuerte deseo de estampar su estoico rostro contra la pared más cercana.
—No puede ser… —dejó escapar un fuerte ruido de su garganta y apretó el teléfono con fuerza entre sus pálidos dedos.
Tras calmarse y respirar con más calma, miró el libro que había estado leyendo hasta hacía unos minutos y casi le hace sufrir el mismo destino que la olla que se había desintegrado en la cocina, con todo y el agua que tenía dentro. Sin embargo, tras pensarlo un momento, se dio cuenta de que no tenía caso hacer algo así. Lo mejor era buscar una solución a esa frustrante situación.
—Ya sé —fue rápidamente a su cuarto y se cambió lo mejor que pudo—. Ya ha pasado poco más de una hora desde que envió el mensaje, pero todavía existe la posibilidad de que mis suegros no hayan vuelto aún.
Se echó un rápido vistazo en el espejo y tomó la decisión de hacerse una cola de caballo con un cinto de color púrpura. No quería tenerlo suelto por si se presentaba alguna situación en la que pudiera estorbar teniendo ese estilo de peinado.
Se miró un poco más y, aún no satisfecha del todo, chasqueó sus dedos, lo que provocó una ligera explosión a su alrededor, que devino en la aparición de una pequeña nube de humo púrpura que la cubrió rápidamente. Cuando el humo se hubo disipado, la actual diosa del amor y el deseo —aunque prefería llamarse a sí misma como "una demonio"—, lucía un discreto maquillaje que, aunque no estaba acostumbrada a usarlo siempre, debía reconocer que la hacía ver más hermosa y atractiva de lo que ya era.
La sombra en los ojos resaltaban el anormal color de sus pupilas y el ligero rubor en sus mejillas acentuaba el pálido color de su piel.
—Me tomará alrededor de diez minutos llegar a pie desde mi posición —masculló, dirigiéndose hacia la salida—. Menos mal que no tengo necesidad de hacer algo así.
Apenas salió de su morada y hubo cerrado la puerta, Homura dio un paso hacia adelante y, aprovechándose de la casi infinita cantidad de poder que ahora poseía, atravesó un plano dimensional —rompiendo alguna que otra ley del espacio y tiempo en el proceso—, hasta arribar a la casa de Madoka en lo que, según su percepción, habían sido dos simples pasos.
Se permitió respirar un poco y secar el sudor que se había formado en las palmas de sus manos. Siempre que estaba cerca de su novia, los nervios hacían su acto de aparición. Esa tímida y adorable chica era la única en el mundo que podía romper, sin siquiera intentarlo, su estoica y fría expresión.
Cuando se hubo relajado, se acercó a la casa y estuvo a punto de tocar el vistoso timbre rojo que se hallaba a un lado de la puerta, cuando escuchó que, desde el interior, el señor Tomohisa decía algo acerca de preparar una deliciosa cena con los ingredientes que habían traído de la tienda, hacía ya unos minutos.
Homura se quedó de pie en la entrada, con la mano en alto y una venita palpitándole en la frente. Acababa de perder su gran oportunidad de ver a su querida novia usando esa bonita ropa interior y, tal vez, hasta de ayudarle a quitársela.
Tal vez, lo más sensato habría sido devolverse por donde había venido y esperar a que se presentara otra ocasión en la que pudiera tener otra oportunidad para hacer… lo que tenía que hacer con su adorada Madoka.
Pero Homura no era de las que actuaba con sensatez, al menos, no su versión actual. Si había algo que ella odiaba —y que hizo mucho durante todos los años que pasó devolviendo el tiempo, una y otra vez—, era esperar.
Siempre tenía que esperar y repetir el mismo mes, esperando y preparándose para luchar su batalla final contra la perra de Walpurgis Natch, todo con el fin de salvar a su pequeño algodón de azúcar.
Esperar, esperar y esperar. Estaba cansada de esperar. Toda espera, así fuera una muy pequeña, se le antojaba casi insoportable; y esta no era la excepción.
Recuperó su estoica expresión de siempre y se dio la vuelta para caminar en dirección opuesta a la casa de los Kaname.
—Si mis suegros están en casa a esta hora, y el señor Tomohisa dice que va a cocinar, entonces eso quiere decir que Madoka no tendrá tiempo para mí hasta mañana por la tarde, cuando salgamos del instituto. —dio otros dos pasos y se detuvo—. No puedo esperar tanto y menos con esto que estoy sintiendo. Además, las clases de mañana en la preparatoria serán un infierno por culpa de los exámenes.
Se giró en su sitio, provocando que la casa de su novia quedara en su rango de visión. Estaba a una distancia de cinco metros de la residencia.
—Si hago lo que tengo pensado hacer, la cantidad de energía a invertir será inmensa —se cruzó de brazos y ladeó la cabeza mientras seguía con sus cálculos—. Necesitaría alrededor de una semana para recuperar esa cantidad por mi cuenta. Aunque, si pusiera a los Incubator a trabajar el doble para mí, solo necesitaría tres días para recargarla toda —hizo un ruido con la garganta, seguía maquinando con perversa intensidad—. Durante ese tiempo, se me haría complicado mantener el equilibrio de esta jaula de cristal, por lo que el riesgo de que mi pequeña diosa despierte de su letargo y recupere sus recuerdos incrementaría en un veinte por ciento.
Se llevó una mano a su oreja y sostuvo la piedra púrpura del pendiente entre sus dedos. Luego, con aire distraído, cerró los ojos. Finalmente, los abrió, mostrando un curioso brillo en sus oscuros orbes.
—¿Vale la pena retroceder el tiempo, a costa de quedar vulnerable, con el fin de ver a Madoka usando eso y poder aprovecharme de la situación? —Esbozó una maliciosa sonrisa, como pocas veces lo hacía, y su pendiente comenzó a brillar—. Ni siquiera sé por qué me hago estas preguntas. —Chasqueó los dedos y todo se cubrió con una luz purpura que era más clara que la que despedía la piedra que estaba su oreja—. Por supuesto que vale la pena~.
Todo pareció detenerse en su lugar. La brisa dejó de soplar, los pocos transeúntes que pasaban por ahí se paralizaron y cualquier sonido fue haciéndose más y más lento, adquiriendo un tono pesado al avanzar, hasta ser silenciados en su totalidad.
Pronto, el mundo comenzó a moverse en reversa.
Las personas se devolvieron por donde habían venido, el viento sopló de regreso y todo el ruido que había se escuchado, distorsionado y sin ritmo, era forzado a fluir en dirección opuesta.
Homura pudo ver, con satisfacción, como el señor Tomohisa, y su esposa, salían de casa cargando unas bolsas en ambas manos. Caminaban hacia atrás con pasmosa rapidez. Se metieron al auto y se marcharon como si dieran marcha atrás.
En la puerta, por unos breves segundos, pudo ver a la chica de la cual se había enamorado desde el principio. Se dio cuenta de que, al recibir a sus padres, llevaba puesta una bata de baño. Entonces, algo hizo "click" en su mente y Homura terminó de alegrarse por haber hecho lo que hizo.
—Así que, aún cuando tus padres llegaron, seguías esperando por mí —masculló, con la sonrisa más acentuada que nunca—. Ya veo. Está bien, Madoka, iré entonces.
Con calma, y sin perder ese estilo y forma de caminar que la caracterizaban, la diosa del amor y la pasión caminó hacia la puerta. Ni siquiera había esperado a que la magia acabara de hacer su función, pero eso no era un problema, pues, al llegar a la puerta en cuestión, el tiempo se detuvo durante un breve periodo y retomó su curso normal. Según sus cálculos, había retrocedido más de hora y media.
Esperó unos segundos, hasta que su teléfono sonó. La sacó de su bolsillo y pudo ver el primer mensaje que ella le mandara temprano, cuando leía su libro con entusiasmo. Mucho antes de hacer que el reloj existencial diera marcha atrás.
«¿Te gusta, Homura-chan?», era lo que podía leerse debajo de la foto que Madoka mandara en el chat que ambas compartían.
Todavía faltaban alrededor de diez minutos para que llegara el mensaje de invitación, sin embargo, Homura decidió que ya había esperado suficiente.
Tocó el timbre y esperó. Unos torpes pasos bajando por las escaleras se escucharon desde el otro lado. Pudo sentir como alguien se apoyaba desde el otro lado para poder ver por la mirilla de la puerta. Luego, un jadeo fue lo que obtuvo y entonces las cerraduras de la puerta comenzaron a ser soltadas, una por una.
—¿Ho…Homura-chan? —preguntó la más baja, ocultándose, de forma parcial, detrás de la puerta que apenas había entornado—. ¿Qué…?
—Recibí tu mensaje —la cortó la más alta, ocultando la impaciencia de su voz. No quería que Madoka se diera cuenta de lo mucho que necesitaba tocarla, entre otras cosas.
La pelirrosa se sonrojó de inmediato al recordar lo que acababa de mandarle en ese mensaje. Homura se tensó en su sitio cuando Madoka terminó de abrir la puerta y se plantó delante de ella. Pudo ver que llevaba la misma bata que tenía cuando sus padres llegaron a casa una hora más tarde, durante el primer tiempo.
—¿Quieres… pasar, Homura-chan? —preguntó su novia, de forma coqueta y con una mano en su cintura.
—Si no es mucha molestia —dijo, con los dientes apretados. Fingir que era una chica decente, que rara vez tenía esa clase de pensamientos, se le estaba haciendo cada vez más difícil.
De todas formas, en ese punto de su relación, ya Madoka estaba más que consciente de cuál era la verdadera esencia de su novia en esos ámbitos, sin embargo, la autoproclamada demonio seguía intentando —sobre todo cuando estaban los suegros cerca— dar una buena imagen.
—Adelante, entonces —Madoka se hizo a un lado y la pelinegra pudo ingresar a la morada de los Kaname.
Con una sonrisita que se hallaba entre lo adorable y lo sugerente, Madoka cerró la puerta detrás de ellas.
Se aseguraría de tener la más sincera opinión de su novia "dark" acerca del bonito, además de sensual, conjunto por el que había iniciado toda esa situación.
