Disclaimer: Importante leer antes de comenzar con esta historia.
¡Hola! Hace tiempo que no escribo en esta plataforma debido a motivos personales, pero finalmente he decidido compartir esta historia, que llevaba mucho tiempo rondando en mi cabeza. Esta narrativa tiene casi 12 años, desde la época en que Samurai X (como se llamó en México) salió, y con el tiempo he logrado atar los cabos sueltos para darle un propósito renovado y una propuesta fresca.
La historia comenzó bajo otro nickname aquí mismo, pero lamentablemente no pude recuperar la cuenta. Si desean buscarla, pueden filtrar en los personajes y la encontrarán como "Presunta Inocencia". Fue redactada en el 2008. Así que entiéndame, cuando la hice tenía yo creo que 19 años y apenas entendía esta plataforma (me daría mucha pena que la leyeran jeje).
Ahora bien, en esta nueva versión, los personajes tienen nombres actualizados y nuevos desarrollos. Debo advertir que esta historia está centrada en mi personaje favorito, Soujiro Seta, y aclaro que la razón de escribir sobre él es que siempre sentí que su desarrollo y transformación merecían mucho más. Como era de esperar, decidí agregar un interés romántico, pero introduje algunos personajes nuevos en el proceso (no son más de tres o cuatro).
Advertencia: Esta historia contiene contenido explícito, no solo por escenas subidas de tono, sino también por lenguaje maduro, política, ideologías, y por el hecho de que me tomé el tiempo de investigar a fondo los contextos históricos, la moda de la época y todos los detalles relevantes para hacer la historia más inmersiva. Espero que esto sea comprendido.
Si deciden leer la historia, les agradezco mucho por la oportunidad que me brindan, y espero que sus comentarios sean respetuosos. Aunque estaré encantada de recibir retroalimentación, debo aclarar que no retrocederé si no les gusta este enfoque. He notado que algunas personas juzgan las historias sin entender su propósito, y no dedicaré tiempo a esas críticas.
Reescribí esta historia con la intención de explorar los personajes de manera más profunda y darles un giro que consideraba importante, mientras introducía elementos nuevos que enriquecen el desarrollo.
Aprecio mucho a cada lector que se tome el tiempo para leer y ofrecer su opinión, ya que significa mucho para mí compartir este proyecto con ustedes. Sin embargo, debo dejar en claro que no me detendré si no les gusta el contenido o los cambios realizados, y me enfocaré solo en los comentarios respetuosos y constructivos.
Este fanfic es solo para entretenimiento. Los personajes no son de mi autoría (excepto los OC), por lo que no hay necesidad de demandas legales. No recibo nada por escribir esta historia.
Sin más, ¡gracias por leer este disclaimer! Ahora sí, les dejo la historia.
Capítulo 1: Memorias de una noche tormentosa
.- ¡Te ordené que trajeras los 30 sacos de arroz para esta misma tarde! ¡No me vengas con excusas! —se oyó la voz gruesa proveniente de la casa, seguida de un estruendo cuando un niño fue arrojado al patio.
.- Niño insolente... —murmuró el adulto, su voz ahogada por la botella que tenía en las manos.
El niño se incorporó lentamente, su cuerpo claramente agotado por el esfuerzo. Su yukata estaba sucio y rasgado, y su rostro, cubierto de tierra, daba la impresión de que llevaba así mucho tiempo. A pesar de su aspecto, nadie esperaba que fuera capaz de sonreír, pero contra todo pronóstico, lo hizo. Abrió una sonrisa amplia, justo antes de recibir el impacto de la botella que el adulto lanzó hacia su cabeza, derribándolo una vez más al suelo.
.- ¿De qué te ríes? —exigió el hombre, mirando al niño, cuya vista se nublaba por la sangre que se deslizaba por su rostro.
.- Quiero esos sacos de arroz para mañana mismo. Será mejor que empieces. No puedo permitirme retrasos con este pedido.
El niño, con dificultad, recobró fuerzas y se levantó, dirigiéndose hacia el lugar donde debía cumplir con la encomienda de su "hermano" mayor. La tarde ya comenzaba a ceder paso a la noche, y él trataba de calcular cuánto tiempo le tomaría cumplir con la tarea. Tal vez si llevaba dos sacos a la vez, pero eran pesados, casi tan grandes como él, y no le permitían usar ninguna herramienta para hacer el trabajo más fácil. No tenía más opción que seguir adelante. La noche se deslizaba sobre él mientras dejaba uno a uno los sacos en la bodega.
En silencio, se preguntaba por qué había nacido, cuál era su propósito en todo esto. ¿Era acaso un castigo?
Pero sabía que su existencia era el fruto de un amorío: su "padre" había tenido una relación con una mujer prostituta, y la familia Seta jamás se haría cargo de él. Su "pago" por trabajar sin descanso era más que suficiente para ellos: comida, un techo sobre su cabeza. No podía pedir más. No tenía derecho a más.
Así fue: uno a uno.
Procurando no sobrecargar su cuerpo, el niño avanzaba con pasos lentos pero constantes. Cada saco que dejaba en su lugar le resultaba una pequeña victoria, pero, al mismo tiempo, sentía cómo el cansancio acumulado amenazaba con detenerlo. Sin embargo, había algo en su interior que no lo dejaba rendirse. El impulso de terminar lo mantenía en marcha, como si cada saco que movía lo acercara un paso más a la recompensa de un breve descanso. Pensaba en ese momento, en cómo sería cuando finalmente pudiera tumbarse, comer algo sencillo, y quizás limpiarse la cara de toda la suciedad que la cubría. A veces, los movimientos le resultaban más torpes de lo normal. Sus pies resbalaban en el suelo polvoriento, el sudor le nublaba la vista y, en su apuro, sus manos se raspaban con el material áspero de los sacos. Pero ni esos pequeños tropiezos, ni el dolor punzante que sentía al rozar su piel, fueron suficientes para detenerlo.
Cada rasguño, cada nuevo dolor, parecía alimentarlo, empujándolo más allá de sus límites. Era como si fuerzas invisibles lo instaran a seguir, como si el sufrimiento fuera un precio necesario para alcanzar lo que necesitaba hacer. Aunque su cuerpo le rogaba descanso, algo en su mente se aferraba a la idea de que tenía que cumplir con lo que se le había ordenado, no podía fallar.
Cuando finalmente terminó, después de lo que parecieron horas de trabajo implacable, su cuerpo estaba completamente exhausto. Las piernas le temblaban, su respiración era entrecortada, y cada músculo de su cuerpo parecía gritar de dolor. Pero, aun así, arrastró su cuerpo hacia el pozo, como si cada paso le costara una eternidad. Lanzó la cubeta al agua con lo que quedaba de fuerzas, y la subió lentamente, casi sin aliento. El peso del recipiente era como una carga adicional que le doblaba la espalda, pero él no se detuvo. Llenó la cubeta con el agua fresca y se la llevó rápidamente a la cara. Usó un paño arrugado, que parecía más sucio que nunca, para refrescarse. Lo presionó contra su frente, sintiendo el alivio momentáneo del agua fría, pero también el dolor que seguía punzando, más intenso ahora. Se mordió el labio con fuerza, tratando de no dejar escapar un gemido de dolor. El dolor era insoportable, cada movimiento parecía sacarlo de sí mismo, como si su cuerpo estuviera a punto de rendirse, pero su mente se negaba a ceder.
Tomó una pausa y sin querer dejó escapar un suspiro. Parecía que en esa ocasión, su "hermano" se había descargado más que de costumbre. ¿Qué lo había hecho actuar así? ¿Por qué tanto odio, por qué tanto descontrol? Cada golpe y cada palabra cruel parecían más allá de lo que un hermano debería hacer. El niño cerró los ojos con fuerza, deseando poder entender. Su mente intentaba encontrar alguna lógica, alguna razón que justificara esa violencia, pero no la encontraba. Si acaso, la única certeza que tenía era que su existencia en ese hogar estaba marcada por el dolor. ¿Por qué estaba aquí? ¿Para qué vivía? No encontraba respuesta. El peso de esas preguntas lo ahogaba, pero no podía hacer nada con ellas y por lo general evitaba pensarlas. No serviría de nada y lo sabía de sobra.
En la casa, la atmósfera siempre era densa, opresiva pero con él. La madrastra, siempre distante, rara vez intervenía, pues sino se quedarían sin su sirviente. Se limitaba a observar desde su lugar, como si su rol en la familia fuera solo cumplir con las expectativas de un matrimonio forzado. Su "hermana" mayor, parecía disfrutar del dolor que le ocasionaban. A veces le veía como si estuvieran en otro mundo, como si su vida fuera una burbuja protegida de la suya. Se mostraban indiferentes, o al menos eso pensaba él, como si los golpes, las órdenes y las humillaciones que él recibía no tuvieran nada que ver con ella. Los otros hermanos, los que no eran tan cercanos, a menudo desaparecían en sus propios mundos. De vez en cuando, se cruzaba con alguno, pero nunca se detenían a hablar: él es invisible para ellos.
El niño pensaba en todos ellos, pero en realidad no le importaban. Sus hermanos nunca se preocupaban por él, solo por lo que podían sacar de su trabajo. Ellos lo veían como un simple sirviente, alguien a quien podían ordenar y manipular sin sentir remordimiento. Había aprendido, desde muy pequeño, que su valor no era más que el de un par de manos que cumplían con las tareas impuestas. ¿Por qué se molestaba en pensar en ellos? No valía la pena. Lo único que importaba era que cumpliera su rol, y eso lo entendía perfectamente. En silencio, se había resignado a ser invisible para ellos, y ellos, a su vez, a no verlo más allá de un esclavo que debía trabajar sin quejarse.
Lo único que le quedaba era sobrevivir a ese momento, resistir hasta el siguiente. En su mente, sus pensamientos eran oscuros, pero también había una pequeña chispa que lo mantenía en marcha: la esperanza de que, algún día, las cosas cambiarían. Tal vez solo fuera un sueño tonto, pero era lo único que podía aferrarse. Tal vez, en algún lugar, había una vida mejor, algo diferente de esa casa llena de indiferencia y maltrato.
En la quietud de la noche, un sonido distante llegó a sus oídos, como un leve crujido de pasos sobre la tierra seca. Al principio, no supo qué era, pero a medida que los ruidos se acercaban, su corazón comenzó a latir con más fuerza. La oscuridad lo rodeaba por completo, y un nudo de ansiedad se formó en su estómago. ¿Qué más podría pasar? ¿En qué momento su vida se convirtió en una sucesión de momentos llenos de miedo y dolor? Miró al horizonte, buscando algo, pero la noche lo envolvía todo. Desde la esquina de la bodega, observó una figura pequeña que emergía lentamente de la penumbra. ¿Qué podría ser eso? Su mente se llenó de pensamientos oscuros, de escenarios aterradores. Se detuvo en seco, congelado en el lugar. Tal vez un animal, pensó, pero el ruido era más suave, más deliberado. Su mente no podía evitar ir hacia lo peor. ¿Estaba destinado a vivir siempre en ese constante estado de incertidumbre, donde cada ruido, cada sombra, significaba un nuevo peligro?
Se quedó allí, en completo silencio, esperando que el sonido se disipara. Pero no lo hacía. A medida que el sonido se iba haciendo más claro, más nítido, una sensación extraña le recorría la espalda, helándole los huesos. Estaba completamente solo, y la creciente sensación de que algo no estaba bien se apoderó de él. En un impulso, se preparó para huir, pensando que tal vez su hermano o algún miembro de la familia se acercaba, pero algo en el aire lo detuvo. La figura que se acercaba no era alta, o al menos no lo parecía. Con una mezcla de incredulidad y miedo, lo vio con más claridad: era una niña.
Una niña con una vestimenta que nunca había visto antes. No sabía cómo llamarlo exactamente, pero era algo completamente ajeno, como una camisola o una túnica, que le resultaba completamente extraña. Sus ojos, al principio nublados por la oscuridad, se hicieron más evidentes a medida que la figura se acercaba. La niña no llevaba ningún tipo de prenda común, su atuendo parecía de otro tiempo, de otro lugar. Algo completamente fuera de contexto, algo que no encajaba con la realidad que él conocía.
Nunca había visto una prenda así. ¿Quién era? ¿De dónde venía? ¿Qué quería de él? Las preguntas comenzaban a acumularse en su mente, pero las respuestas no llegaban. Solo sentía cómo el miedo lo invadía, un miedo que lo paralizaba. La niña, como si la oscuridad misma la envolviera, seguía acercándose.
A medida que la figura avanzaba bajo la luz plateada de la luna, sus ojos se abrieron aún más al notar que su cabello era inusual. Ondulado, casi como si tuviera vida propia, y de un tono platinado que brillaba con el reflejo lunar. Pero lo que más le sorprendió fueron sus ojos: no eran grises ni azules, como él esperaba, sino de un verde intenso, casi irreal. Y su piel, pálida como porcelana, le dio una sensación extraña, como si fuera algo fuera de lugar en ese mundo.
La niña se acercó más, y con la poca luz que rodeaba el lugar, él pudo ver sus rasgos con más claridad. Un escalofrío recorrió su espalda mientras se preguntaba quién o qué era esa extraña aparición.
.- ¿Estás bien? —le preguntó ella, con una ligera preocupación en su voz, aunque su expresión seguía siendo tranquila, casi como si nada fuera de lo normal.
Él no le respondió. Se quedó paralizado, mirando a la niña con una mezcla de incredulidad y extrañeza. Jamás había visto a esa niña antes, y sus palabras parecían carecer de sentido en su mente embotada por el cansancio. ¿Era real? ¿Estaba soñando despierto? La idea de que todo pudiera ser una ilusión lo asaltó de inmediato, pero era tan absurda que no sabía qué pensar. Tal vez estuviera delirando, como tantas veces antes, cuando las horas interminables de trabajo lo llevaban a un estado de agotamiento profundo, donde la frontera entre la vigilia y el sueño se desdibujaba. La niña frente a él podría ser solo un reflejo de su mente exhausta, un producto de la desesperación y el cansancio extremo que lo arrastraban hacia un sueño que nunca llegaba.
Miró a su alrededor, buscando algún indicio de que lo que veía fuera real. Pero la oscuridad lo envolvía todo, haciendo que todo a su alrededor pareciera borroso y distante, como si no perteneciera a este mundo. El sonido de la respiración de la niña se hacía más nítido, más cercano, y con cada exhalación, todo lo demás se desvanecía, como si el tiempo mismo hubiera dejado de moverse. Sus pensamientos se alzaban como niebla en su mente, sin formar ideas coherentes. No podía evitar preguntarse si aún estaba despierto, si todo esto era producto de la fatiga, si la vida misma estaba jugando con él de alguna manera cruel.
La confusión lo embargaba por completo, y a pesar de la desorientación, una pregunta brotó de su garganta, débil y entrecortada.
.- ¿Quién eres? —logró susurrar, aunque las palabras salieron como un suspiro, perdido entre la confusión de la oscuridad y su mente cansada. La respuesta, sin embargo, fue casi un eco en su mente, como algo tan fuera de lugar que no lo entendía, pero su voz le llegó de nuevo.
.- Me llamo Anna… Algren —respondió la pequeña, acercándose con cautela. Era un poco más baja que él, pero la preocupación en su rostro era tan evidente que la distancia entre ellos se fue acortando poco a poco. Soujiro, con la vista nublada, la observó fijamente. No podía concentrarse bien, pero algo en sus ojos reflejaba una especie de genuina curiosidad, algo que él nunca había experimentado. Ella se acercó más, hasta quedar justo frente a él, y no pudo evitar que su cuerpo reaccionara instintivamente, como si estuviera a punto de apartarse. — ¿Qué te pasó? ¿Estás bien?- le señaló el rostro.
"¿Bien?"… esas palabras, ¿qué significaban? El niño las escuchaba, pero no lograba comprenderlas completamente. Nadie le había preguntado jamás si estaba bien. El concepto le era extraño, como si perteneciera a un mundo diferente, uno donde el sufrimiento no fuera la norma. En su vida, las preguntas siempre habían sido órdenes, nunca preocupaciones. Nadie había parado a mirar realmente cómo estaba él, ni mucho menos a preguntarle por su dolor, físico o emocional. ¿Cómo podía alguien tan ajeno a su sufrimiento, tan alejado de su realidad, dirigirse a él con tanta preocupación?
Las palabras de Anna flotaban en su mente, pero la sensación de vacío no se disipaba. Ni siquiera sabía cómo contestar. ¿Cómo responder a algo que nunca había experimentado? La oscuridad de la noche, la fatiga que lo envolvía, y la duda sobre si estaba soñando o no, hacían que todo se sintiera irreal.
.- ¡Ya sé! Espera, enseguida vuelvo. —dijo la niña de repente, con una energía que le sorprendió. En un parpadeo, se alejó rápidamente, dejándolo atrás en la oscuridad, sin explicaciones. La incomodidad de la situación lo envolvía, pero aún no podía sacudirse la sensación de que todo esto debía ser una ilusión, un sueño delirante.
Con un suspiro profundo, se dejó caer contra la pared, sintiendo que su cuerpo entero protestaba por cada movimiento, por cada respiración que le parecía una carga. Tomó la pañoleta que había dejado en la cubeta y la observó por un instante. Estaba húmeda, pero no importaba. El agua que había bebido no había aliviado del todo el malestar que sentía.
Con el cansancio apoderándose de él de nuevo, y el agotamiento abrazando su cuerpo como una manta pesada, decidió que lo mejor sería irse a descansar, aunque fuera poco lo que pudiera. Necesitaba ese descanso, aunque su mente se resistía. No había muchas opciones en su vida más allá de continuar, de seguir el ciclo sin fin que parecía dictado por otros. El trabajo, la obligación, la necesidad de sobrevivir... todo eso lo había mantenido funcionando hasta ese momento. Quizás, pensó, mañana sería otro día, otro día de agotamiento, otro día sin respuestas, pero de alguna forma tenía que seguir adelante.
Con esa idea rondando en su cabeza, dejó la pañoleta en la cubeta y lentamente, con el peso del cansancio aplastándolo, se retiró a su rincón, dispuesto a dormir lo que fuera posible. Mañana lo esperaría otra jornada, una más de tantas, donde las preguntas seguirían sin respuesta y las horas continuarían arrastrándose como sombras que nunca se disipan.
Pero justo cuando iba a acostarse, unos pasos apresurados rompieron el silencio de la noche. Giró la cabeza con el ceño fruncido, su cuerpo tensándose por reflejo. La niña regresaba, corriendo con algo entre los brazos. Se detuvo frente a él y, sin vacilar, le extendió una pequeña caja de madera.
Soujiro parpadeó, confundido. Nadie le ofrecía nada sin razón. Deslizó la mirada de la niña al objeto, sin mover un solo músculo para tomarlo.
.- Es para ti, ten —insistió ella con una sonrisa ligera, como si fuera lo más natural del mundo—. Debes tener hambre. Esto me lo dio mi nana hace rato. Te aseguro que sabe bien.- le dijo con voz suave.
Él dudó unos segundos antes de alzar las manos y recibir la caja con cuidado, como si temiera que fuera a desvanecerse entre sus dedos. Al levantar la tapa, un suave aroma a arroz y panecillos le golpeó el rostro, y su estómago reaccionó antes que su mente.
Dentro había un cuenco con arroz, panecillos dulces perfectamente dispuestos, un pequeño rollo de vendas limpias y una pañoleta verde doblada con esmero. La tela tenía un bordado extraño, una letra "A" que no parecía japonesa. El niño la rozó con los dedos, sin comprender por qué alguien como ella le estaba dando algo así.
No sabía qué decir. No estaba acostumbrado a recibir nada sin tener que pagarlo con trabajo o con dolor. Una parte de él quería rechazarlo por instinto, pero su cuerpo agotado y hambriento le impedía devolverlo.
.- ¿Ahora sí me dirás cómo te llamas? —preguntó la niña, inclinando la cabeza con curiosidad.
El niño abrió la boca, pero la voz se le atoró en la garganta. Era una pregunta tan simple y, sin embargo, llevaba demasiado tiempo sin que nadie se la hiciera.
.-…Soujiro —murmuró al final, su propia voz sonándole extraña.
La niña sonrió con naturalidad.
.- Un placer, Soujiro-kun-
Su tono despreocupado lo desconcertó, pero no tanto como la pregunta que vino después.
.- ¿Por qué no le dices a tu mamá que te caíste?
Soujiro la miró en silencio, sin saber cómo responder de inmediato. Para ella, los golpes en su cuerpo solo podían ser un accidente.
.-Mi mamá murió… —dijo al fin.
La niña abrió los ojos con sorpresa y se llevó ambas manos a la boca, como si hubiera dicho algo terrible.
.-Oh…- se quedó callada
Hubo un breve silencio antes de que ella insistiera:
.-Entonces, ¿qué te pasó?-
Soujiro no contestó de inmediato. Ahora que la observaba bien, notó que la niña era un poco más pequeña que él, algo en su expresión lo hacía pensar que aún no entendía del todo lo que decía.
.- ¿Cuántos años tienes? —preguntó de repente, cambiando el tema sin darle tregua.
.-Nueve… —respondió él con cautela.
La niña frunció el ceño y murmuró para sí misma, contando en voz baja con los dedos.
.-Ah, ya, nueve. Yo tengo siete… no eres tan grande —dijo con una sonrisa, satisfecha con su conclusión.
Soujiro la observó con atención. Había algo en ella que le parecía extraño. No solo su forma de hablar y comportarse, sino su apariencia. No era de la región, eso estaba claro.
Antes de que pudiera decir algo más, la niña dio un paso atrás y le dirigió una última sonrisa.
.-Debo irme. Luego te veo, Soujiro-kun.-
Y sin más, se marchó. Fue una visita extraña, pero se retiró también a dormir.
Al día siguiente, algo inusual ocurrió: su familia estaba reunida en el patio. Soujiro notó el ambiente tenso mientras fingía barrer, cuidando de no llamar demasiado la atención.
.-Dicen que el asesino anda por estos rumbos. Hay que tener cuidado —mencionó uno de sus hermanos, sosteniendo el periódico con seriedad.
.- Le conviene no acercarse a esta zona —intervino su hermana con desdén—. Es un territorio privado. La policía lo atrapará antes de que siquiera pise un pie aquí.-
Siguió un silencio incómodo. Nadie pareció tener algo más que decir, y pronto la conversación derivó en su propio entretenimiento.
Uno de sus hermanos, orgulloso de su última adquisición en el pueblo, desenvainó una espada nueva y comenzó a alardear. La sostenía con torpeza, pero eso no le impidió presumir con confianza.
.- Si ese asesino aparece por aquí, yo me haré cargo —declaró con arrogancia. Dio un giro innecesario con la espada y, sin medir bien su fuerza, cortó a la mitad un saco de arroz que descansaba cerca. El grano comenzó a desparramarse por el suelo.
Hubo un breve silencio. Entonces, una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.
.- Oh, no… ¡Soujiro ha roto otro saco de arroz! —exclamó con fingida sorpresa.
Las miradas se clavaron en el niño, y un nudo de preocupación se formó en su estómago. No importaba que no fuera su culpa. Ya sabía cómo terminaría aquello.
.- ¿Qué dices? ¡Soujiro! Me las pagarás.-
De un momento a otro, su hermano lo atacó con la escoba que tenía en las manos. Los golpes llovieron sobre él sin piedad. Soujiro se encogió, cubriéndose la cabeza con los brazos y haciéndose un ovillo en el suelo, esperando a que terminara.
.- ¡Escucha! —le escupió su hermano entre golpes—. Si ves o llegas a saber algo de ese asesino, más vale que nos lo digas, ¿entendiste?-
Con una última advertencia, lo dejó allí y se adentró en la casa. Soujiro permaneció inmóvil unos segundos, respirando hondo antes de levantarse. Su cuerpo dolía, pero su rostro volvió a adoptar esa misma sonrisa inalterable.
El resto del día fue inusualmente tranquilo. Nadie le ordenó hacer nada, así que aprovechó la oportunidad para dar una vuelta cerca de la casa. Fue entonces cuando la vio de nuevo.
Allí estaba, en la entrada de la casa de enfrente, la niña de la noche anterior. Había escuchado rumores de que en esa residencia vivía un médico extranjero, pero no sabía mucho más. Esta vez, Anna no se acercó. Estaba con su madre, ocupada en algo, pero aun así, alzó la mano y lo saludó desde lejos.
Soujiro le devolvió el gesto con cierta timidez, pero no se quedó mucho tiempo observándola. Su madre se veía tan diferente a lo que él conocía… tan cálida.
Un extraño sentimiento le recorrió el pecho. No sabía qué era.
Prefirió regresar antes de que lo llamaran para la cena.
Al caer la noche, Soujiro se apresuró a reponer el costal de arroz que su hermano había partido a la mitad. Agradecía que esta vez fuera solo uno y no treinta, como en ocasiones anteriores. El trabajo fue rápido, pero el frío nocturno comenzaba a calar en su piel cuando un sonido inesperado rompió el silencio: el eco metálico de espadas chocando.
Se detuvo. Sus ojos buscaron el origen del ruido. Todo estaba oscuro, las casas dormían bajo la tenue luz de la luna, pero afuera, en la calle desierta, dos siluetas se enfrentaban. Un destello plateado cruzó la noche y, en un parpadeo, los policías cayeron al suelo, sus cuerpos desplomándose sin vida.
Soujiro se quedó inmóvil, impresionado. Frente a él, un hombre cubierto de vendajes sostenía una katana ensangrentada. Su postura relajada contrastaba con la brutalidad de sus movimientos. Había algo fascinante en la escena, algo que despertó en Soujiro una sensación extraña… admiración.
Pero su asombro lo traicionó. Un pequeño movimiento, una respiración demasiado fuerte, y el hombre se giró en su dirección.
.- ¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó con voz grave.
El estómago de Soujiro se encogió. Su mente tardó en procesar la situación. Él. Era él. El asesino del que su hermano había hablado esa mañana.
Intentó hablar, pero las palabras se enredaron en su garganta.
.- ¿Qué… qué…? —balbuceó, incapaz de moverse.
El hombre suspiró, alzando su espada.
.- Lo siento, niño. Pero no debiste ver esto. Vas a morir aquí.-
La hoja se alzó en el aire. Y entonces, Soujiro… rió.
El sonido fue inesperado, ligero, casi burlón. No era la risa de un niño asustado, sino algo más profundo, más perturbador. Como si, en lugar de miedo, sintiera alivio.
El asesino se detuvo.
.-¿Te da risa, niño?-
La risa del niño se hizo más presente, fuera de sí. Por lo que entendió que todo eso pudiera deberse a algo más. El niño no iba a hacerle nada, así que bajó la espada.
.- Te dejaré vivir con una condición. Si me consigues un lugar donde pasar la noche sin que la policía lo sepa y me traes vendajes y algo de comer, te perdono la vida.-
—Sígame, señor —dijo Soujiro con su característica sonrisa, guiando al hombre vendado hacia la granja.
Shishio observó el lugar con calma. Había barriles de arroz apilados por todas partes, formando un refugio improvisado. Se sentó en el sitio que el niño le indicó, intrigado. Aquel chico sonreía con naturalidad, sin mostrar miedo. Shishio no podía descifrarlo. ¿Acaso no entendía la gravedad de la situación? ¿O había aprendido a esconder sus emociones a la perfección?
Soujiro corrió de vuelta a la casa, moviéndose con sigilo. Regresó momentos después con un montón de vendas en los brazos. Sin decir palabra, las dejó junto a Shishio y salió de nuevo. Cuando volvió, traía consigo un pequeño paquete de galletas de arroz.
—Señor… —susurró, tendiéndole la comida.
Shishio tomó una galleta y le dio un mordisco.
—Esto sabe bien… pero descuida, no me quedaré por mucho tiempo.-
—Sí, señor —respondió Soujiro, haciendo una leve reverencia.
Shishio lo miró con curiosidad antes de hablar de nuevo:
—Mi nombre es Makoto Shishio.-
—Sí, señor Makoto —repitió el niño con la misma sonrisa inquebrantable.
El asesino dejó escapar una risa leve.
—Me convenciste. Puedes llamarme señor Shishio, pero hasta ahí. ¿De acuerdo?-
—Sí, señor Shishio.-
La respuesta le arrancó otra sonrisa, una que casi había olvidado cómo se sentía. Ese niño era un enigma.
Al día siguiente, Soujiro había seguido con su rutina, soportando los maltratos de su familia sin decir una palabra. Entre gritos, golpes y tareas interminables, su única escapatoria era la granja, donde su presencia ya no parecía incomodar a Shishio.
Esa noche, después de cargar barriles de arroz, Soujiro encontró al hombre sentado en su escondite habitual. Pero esta vez, Shishio sostenía algo en sus manos: una espada pequeña, hecha a la medida del niño.
.- ¿Señor Shishio? —preguntó Soujiro, sin entender.
.- Es un obsequio por haberme ocultado aquí. Aprecio lo que has hecho por mí… pero me temo que tendré que irme mañana por la noche.
.- ¿Pero señor Shishio…?-
El hombre no lo dejó terminar.
.- Soujiro, ¿por qué permites que te golpeen así?-
El niño bajó la mirada.
.- Yo sé que se enojan y se desquitan conmigo…-
.- ¿Y eso lo hace aceptable? —insistió Shishio.
Soujiro apretó la empuñadura de la espada.
.- Mi sonrisa es mi única protección. Si sigo sonriendo, ellos se cansan. Se hartan más de lo que ya estaban y, tarde o temprano, dejan de golpearme. Por eso… si mantengo esta sonrisa, siempre tendré lo mejor de mí.-
Shishio lo observó en silencio. La lluvia comenzó a caer, el sonido de las gotas llenando el aire. La tenue luz azulada de la noche envolvía la escena.
.- Si hay algo que aprendí en este mundo, Soujiro… es que el más débil muere y el fuerte sobrevive. No dejes que te golpeen cuando quieran sin tu consentimiento. Eres un niño, pero eso no significa que seas un tonto.-
Soujiro no respondió. Solo miró la espada en sus manos, perdido en sus pensamientos.
La lluvia seguía cayendo cuando su familia comenzó a sospechar. Los asesinatos recientes en la región los tenían inquietos. Pero lo que realmente levantó alarmas fue cuando la abuela mencionó algo:
.- Soujiro ha estado tomando vendas de la casa… y no tiene ninguna herida.-
El jefe de la familia se enfureció al escuchar eso.
.- ¡¿Para qué demonios necesita tantas vendas?!-
Enfurecido, lo agarró con fuerza y lo arrojó a la lluvia.
.- No te muevas, Sou. Será mejor que dejes de ser un gasto innecesario —dijo su hermano, pateándolo en el estómago.
Soujiro escupió sangre.
.- Es cierto. Podríamos matarlo de una vez, ¿no lo crees, padre? —dijo otro de sus hermanastros con un tono casual.
Soujiro alzó la mirada, el miedo por primera vez reflejándose en sus ojos.
.- Sí… y de paso, podemos decir que el asesino pasó por aquí. Tal vez hasta nos den una recompensa por la información —añadió su hermanastra con una sonrisa cruel.
El jefe de la familia no lo pensó dos veces.
.- ¡Mátenlo!-
Soujiro comenzó a correr, su corazón latía con fuerza mientras se escondía en un compartimento bajo el suelo, hecho a su medida. Aferraba con firmeza la espada, sus manos temblaban ligeramente, pero en su mente, una única frase resonaba como un mantra:
"El fuerte sobrevive, el débil muere. Tengo que ser fuerte... Soy fuerte... Soy el más fuerte..."
El ruido de la lluvia repiqueteaba sobre la madera y el barro, mezclándose con las voces airadas de su familia. Pero su hermanastro, más atento que los demás, notó algo entre las manos del niño. Con asombro y horror en sus ojos, vio la hoja brillante y afilada que Soujiro sostenía.
Sin dudarlo, Soujiro desenvainó la espada y, con un solo movimiento certero, separó la cabeza de su hermanastro de su cuerpo. La sangre se mezcló con la lluvia y el lodo. Un silencio aterrador se apoderó del lugar antes de que los demás reaccionaran, pero ya era demasiado tarde. Uno a uno, fueron cayendo bajo la espada de aquel niño de sonrisa inquebrantable.
Cuando todo terminó, Shishio salió de la granja. Frente a él, un Soujiro cubierto de sangre permanecía de pie bajo la lluvia, con la espada aún en sus manos. Su expresión, lejos de reflejar miedo o culpa, mostraba una sonrisa peculiar: una mezcla de inocencia y algo más... algo perturbador, como si todo aquello hubiera sido un simple juego.
Con calma, Soujiro envainó su espada y miró a Shishio, quien se acercó con una media sonrisa.
.- ¿De veras quieres seguirme? —preguntó el hombre, estudiando al niño con interés.
.- Sí, quiero ser el más fuerte de todos, señor Shishio —respondió Soujiro con determinación.
.- Está bien. Tal vez en el futuro formes parte de un grupo que estoy pensando crear —comentó Shishio, divertido.
.- ¡Claro! —respondió el niño, aún con su eterna sonrisa.
A lo lejos, unos ojos verdes observaban la escena con el alma hecha pedazos.
Anna estaba allí, de pie en medio del jardín cubierto de sangre, empapada por la lluvia. Su pecho se oprimía mientras veía los cuerpos inertes en el suelo, la vida drenada de ellos como si nunca hubieran existido. El sonido del agua golpeando el lodo era lo único que rompía el silencio sepulcral.
No podía apartar la mirada de su mejor amigo, que se alejaba con el hombre del que tanto se hablaba en la región.
Esto estaba mal.
Pero en lo más profundo de su ser, una pequeña y cruel parte de ella susurró: "Tuvieron su merecido."
¿Era esto lo que Soujiro realmente quería? ¿Era este el niño que ella había conocido, o se estaba convirtiendo en alguien más... en alguien que ya no podía entender?
Fue la última vez que lo vio. Sin un adiós. Sin una despedida. Soujiro se alejó, y Anna no pudo hacer nada más que mirar cómo se desvanecía en la oscuridad de la noche, llevándose consigo lo que quedaba de su alma.
¿En qué se estaba convirtiendo su mejor amigo?
Con una mano sobre su pecho, Anna cerró los ojos, sintiendo el peso de la lluvia y de sus pensamientos. Al abrirlos de nuevo, ya nada sería lo mismo.
Cuando los volvió a abrir….
Fin del primer capítulo.
Notas de la autora:
Si llegaste hasta aquí, quiero agradecerte sinceramente por tomarte el tiempo de leer. Tu comentario o reseña sería muy apreciado, y me ayudaría mucho a saber si todavía hay alguien ahí fuera que sigue este fandom, o si, como parece, Rurouni Kenshin ha quedado atrás. ¿Estás viendo el remake? ¿Qué te ha parecido hasta ahora? Me encantaría conocer tu opinión, ya que eso me motivaría mucho a seguir escribiendo.
Este inicio está inspirado en cómo comienza tanto en el anime como en el manga, pero como podrán ver, mi OC (personaje original) se integra a la historia. Les aseguro que esto es solo el principio, hay mucho más que contar. Mi enfoque tiene historia, drama, política y muchas traiciones. Quiero mantener ese aspecto de incertidumbre que tenía el anime, donde nadie está completamente seguro de las intenciones de los demás.
Cabe mencionar que mi personaje es una OC femenina, y a medida que avanza la historia, ella irá conociendo a cada uno de los personajes y descubriendo por qué algunos son más peligrosos o amables que otros.
En fin, por ahora esto es solo el comienzo. Necesitaba liberar esta historia de mi cabeza. ¡Gracias por leer! Y por favor, no dudes en dejarme tu comentario o tu reseña, ¡estoy ansiosa por saber lo que piensas!
