El otro lado
Domingo por la mañana y en la casa Sagae se vivía una paz absurda, al menos lo que para esa familia podía llamarse paz. No serían más de las ocho y la tropa ya se encontraba afuera jugando, desentendidos con las tareas que ya habían hecho o decidieron no hacer. Desde la tormenta hasta la caniche, todos los niños se encontraban frente a su complejo de apartamentos pateando una pelota. Las calles desiertas de su barrio eran el sueño de los niños de antaño, se podía decir sin riesgo a equivocarse que ningún auto transcurría por allí.
La familia Sagae no contaba con recursos para gastar en cosas inútiles, todas sus monedas iban dirigidas a sobrevivir un día más, por ello, sus niños se divertían como hace tiempo solían hacerlos los pequeños del mundo, jugando y riendo fuera de su casa con lo que fuese que llegaran a encontrar tirado u olvidado en algún rincón de la calle. Carritos de supermercado olvidados en callejones o simples palos, usados como armas, provenientes de las ramas de los árboles plantados en terrenos. Los niños Sagae eran un caso particular, su condición social, los hacia sobrevivientes de esa hermosa tradición.
Los domingos se conocen como los días de descanso para algunos, un día a la semana en la que puedes retozar hasta tarde y dedicarte a tu ocio favorito, lo que en una casa llena de críos era casi imposible. Estos se levantaban desde temprano impulsados por una energía que los mayores no comprenderían, pero que de todas formas llegan a sentir en su juventud, y es transferida a quienes los rodean, pues Haruki y Fuyuka fueron arrastradas de sus camas para jugar un pequeño partido de futbol; incluso Isuke despertó, para buena suerte de los pequeños, estos ya estaban fuera para cuando la bestia abrió la puerta de su mazmorra.
Sólo dos personas se exceptuaban de esto. Saburo, que seguía durmiendo en el sillón y Hayaka quien le tocaba el turno de preparar. Isuke los acompañaba, sentada a la mesa de la sala leía lentamente su libro sin moverse demasiado.
― ¿Por cuánto tiempo más seguirás mirando a Isuke…?―dijo con esfuerzo, su garganta seguía en mal estado pero con ligera mejoría gracias a un ungüento con olor a hierba buena que Haruki le untó, luego de mucho jaleo. El día anterior no había hablado mucho y cuando lo hacía, era igual al monstruo que vivía bajo la cama. A Haruki le provocaba risa, pero temía que los pequeños dijeran algo que despertara a un verdadero monstruo, uno que vendría desde los avernos.
―Ya casi―dijo Hayaka, tenía su cara escondida detrás de su libreta de dibujo, sus ojos se asomaban fugazmente a lados de esta para poder observar a Isuke y luego volver con velocidad a la hoja, la pelirosa había inspirado a otro Sagae y esta vez podrían colgar el resultado en una pared. La artista, generalmente tímida e introvertida, tenía un brillito en los ojos producto del orgullo que sentía por hacer lo que le gustaba y por hacerlo bien en su propia opinión.
Isuke había estado posando frente a ella, el sol mañanero caía sobre ella dándole la oportunidad a la joven Picasso de jugar con las sombras. Se sentía inquieta, no era una chica que se quedara en un solo lugar por mucho tiempo, el libro la entretenía pero estaba cansando su vista y su cuello, pero, eran molestias pequeñas, también le llamaba la atención lo que dibujara la niña, si alguien hacía algo tomándola como musa esperaba que fuera algo, como mínimo, bueno, algo digno de Isuke-sama.
―Isuke-chan…―las chicas voltearon a ver al chico, descubriendo que este seguía dormido―eres tan hermosa…―la peli rosa se levantó y camino con curiosidad hasta el chico acostado en el sillón, estaba soñando con ella y eso también le interesaba―te vez muy linda sonrojada…no cubras tu rostro…―se paró frente a él, mirándolo sin ninguna expresión en su rostro―dame un beso, bonita…―un cojín calló con la fuerza que el algodón podía golpear― ¡Ah! ¿¡Qué pasa!?
― ¡Tu! ¡Idiota! ¡¿Qué demonios haces soñando con Isuke?!―dijo queriendo gritar pese al dolor constante de su garganta.
― ¿Oh? ¿Qué dice, Isuke-sama? Apenas puedo oírla.
― Tsk…
Una lluvia de cojinasos cubrió el cuerpo de Saburo, los gritos de protesta del chico llegaron hasta oídos de sus hermanos, que desviaron la mirada hasta el piso más alto de la construcción que constaba con 3. La tormenta pensó que su hermano estaba divirtiéndose con su diosa, despertando la venita de los celos; Yuki imaginó que esa tipa estaba maltratando otra vez a su hermano y envalentonada corrió a la casa para defenderlo. Haruki suspiro, apenas iniciaba la mañana y ya tenía que correr escaleras arriba, se preguntó que habría echo Saburo y esperaba llegar a tiempo para salvarlo. Así iniciaba la mañana en la casa Sagae, así se vivían las cosas de ese lado del mundo.
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Nos ubicamos en otro continente del globo, uno en el que despertaron horas antes que los Sagae. Aquí es otro mundo, uno más violento, caluroso, molesto para un Inukai.
La habitación no estaba nada mal, era uno de los mejores hoteles en esa ciudad y esa era la mejor suite en el mismo, algo un tanto costoso pero nunca se había preocupado por el dinero, eso era algo típico de su hija o Kao, en especial su hija, pues su esposo sabía que cuando faltara dinero sólo tendrían que renunciar a ciertos lujos, no a toda su vida.
Suspiro un poco y se sentó en la cama, el brazo de su pareja se deslizó hasta su estómago, aún faltaba una hora para que el sol subiera de golpe el mercurio clavado en la pared, el ambiente en esa ciudad lo enfermaba, le daba dolores de cabeza terribles desde que llego a ese lugar; coloco su antebrazo desnudo sobre el marco de la ventana, su cuerpo estaba erizado gracias al aire acondicionado del lugar, los pantaloncillos con los que dormía se querían escurrir de sus caderas y Eisuke miraba la ciudad despertando desde la ventana.
El día en ese país era caótico, se quedaba solo desde temprano en la mañana, Kao debía asistir a desayunos, comidas, juntas, pláticas de negocios y en ocasiones hasta cenas, no comprendía mucho de esas cosas, ¿por qué tardaban tanto en decirle sí o no? Sólo él tenía la paciencia de sentarse frente a esos gordos empresarios y hablar por horas de cosas que él no comprendía más que a medias. Mientras estaba solo entrenaba su cuerpo, su trabajo lo requería, estar en forma y tener fuerza, pese a que pocas veces se enfrentaba cuerpo a cuerpo. Bajaba a tomar el desayuno después de la ducha y buscaba información que le fuese de utilidad con todos esos problemas en los que Isuke se había metido, algo difícil estando al otro lado del mundo, llamadas todo el día, amigos, contactos y espías.
Eisuke no era hombre de negocios, era un hombre práctico con una mirada tranquila en el rostro y la capacidad de ser parte de cualquier ambiente, sin pertenecer a él o que fuera de su agrado. Era su manera de disfrazarse, una chaqueta con vaqueros cuando el trabajo era en las calles, un traje de oficina para los peces gordos que se pasaban de listos con las personas equivocadas.
Aquella noche su traje consistía en una chamarra, se la quitó para ponerla alrededor del cuerpo de su heredera, pequeño y frágil luego de esa vida. Temió que callera en un estado catatónico luego de presenciar lo que pasó con sus padres y hermano, el pobre niño…no tenía más de seis años, de cabello rosa o lo que se apreciaba entre la sangre seca, Luca recuerdoba que dijo su hermana cuando lo miró. Decidió rescatarla por tres razones, la primera, su mente no lo dejaría descansar si no hacía algo en cuanto escucho esos horribles gritos de la deplorable casa de junto, dos, la niña estaba desnutrida y sus ojos habían perdido la vitalidad de un niño, los cadáveres que él dejaba tenían más brillo en los ojos y tercero, necesitaba un heredero a quien darle su carrera, alguien en quien pudiera confiar, alguien que le fuera leal hasta las últimas consecuencias y quien le acompañara en las misiones importantes. Pasaron junto a su cuerpo tapado por una manta sucia puesta por él mismo, llevaba en brazos a la pequeña y al salir de esa casa pudo notar lo húmedo en su hombro y luego como esos bracitos se sujetaban con todas sus fuerzas a su cuello, como marinero se aferra al mástil en una tormenta. Si afloja un poco, sólo un poco, la marea se lo llevara.
La marea la había golpeado con toda su furia y ella se aferró hasta que llegó la calma, no volvió a verla llorar, pero si notaba sus mangas humedecidas a la mañana siguiente, sus ojos blancos y brillantes llenos de devoción con esa sonrisa de ángel, pero ese ángel tenía la manga mojada.
Creció, y toda esa fragilidad se vio sumergida bajo capas y capas de acero helado donde los únicos que podían entrar y salir eran él y su papá. Le había enseñado bien, pensó sonriendo al sol que ya se alzaba, cuidar a la familia, cuidar a papá; miro a la cama donde el moreno dormía con una camisa de franela negra, roncaba un poco, su cuerpo poco más grande que el suyo se movía por la respiración tranquila. Ese hombre no sabía a lo que él se dedicaba, jamás tuvo el valor de decírselo, tampoco que había escogido a Isuke como su remplazo futuro. Esa chica era la adoración de Kao, al principio pensó en lo que diría cuando llegara con esa niña en brazos, pero la recibió como una hija y la cuido de igual manera. Era un buen hombre del que no sabía si era merecedor.
―Lamento mucho tener que irme así ¿seguro que no quieres regresar con Isuke? Aún pasare unas semanas aquí―dijo el moreno atando su corbata, hablaban mientras Eisuke hacía flexiones, el calor comenzaba a sentirse pese a la sucia frescura que entraba por la ventana.
―Estoy…bien…Isuke fue a…pasar los días…en casa de una amiga…―iba por las 70 lagartijas, luego de despertar a Kao se calzó las zapatillas deportivas que compró en ese país, no contó con tiempo suficiente para empacar otra cosa que no fuese algo de ropa empujada dentro de una maleta demasiado chica, su atención se centró en el dinero, la computadora y sus armas.
― ¿Amiga? ¿La conoces? ― ¿cómo decirle a tu pareja que su hija se encuentra en casa de una asesina a la que conoció hace unos meses en la academia? No se puede.
―Sí, la conozco, llamo de vez en cuando para saber cómo se encuentra Isuke―se levantó para tomar agua y le ofreció el resto al moreno que asintió en señal de agradecerle―me parece una buena chica, Isuke dijo que tenía una gran familia de hermanos pequeños, imagino que es responsable.
―Me parece bien, pero la próxima vez que le llames avísame, es injusto que sólo hable contigo―dijo sonriéndole, Eisuke asintió en señal de estar de acuerdo―entonces debo irme, llámame por cualquier cosa.
―Anda vete, estaré bien, quizás me quede todo el día en el cuarto―dijo iniciando con sentadillas.
―Te lo compensaré, ¿Qué te parece si te llevo a cenar?―dijo admirando el cuerpo del de cabello rubio ceniza. Pese a no pedirle a su pareja que viniera a acompañarlo, se sentía culpable por dejarlo solo tanto tiempo.
―Je me parece muy bien―dijo parando su ejercicio.
― ¿Es una cita entonces?―dijo Kao ya en la puerta guiñando un ojo.
―Siempre que no me dejes plantado―le sonrió Eisuke viendo como ese hombre cerraba la puerta con una sonrisa de bobo en su rostro, hombres, pensó retomando sus ejercicios.
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Cruzando el gran charco, retrocediendo en el tiempo, volviendo de nuevo hasta el país del sol naciente, la familia Sagae se hallaba de vuelta en casa. La mayoría se congregaba alrededor de la mesa, platos con sobras aun por comer en el mueble de madera. La comida era un recurso importante, pero era domingo por la mañana y sus programas favoritos ya habían comenzado. Ocasionalmente podía verse como levantaban la cuchara para tomar un solo bocado para luego dejarlo caer en su lugar, la televisión tenía la atención de los más pequeños dentro del apartamento.
Aquellos que contaban con la capacidad mágica de resistir al encanto de la tv, la cual se llamaba madurez, tenían su atención en otra cosa igual de nociva que la caja embrutecedora. Dentro de la cocina, Saburo y Hayaka tanteaban en las alacenas buscando los ingredientes para prepararle un plato de Daikon ame a Isuke, una bebida incolora cuyo ingrediente principal eran los nabos, la cual era un remedio natural para la tos y los dolores de garganta.
Era una gran ironía la situación que vivía Isuke en ese momento. Sentía ganas de expresar su rabia y gritarles a aquellas inocentes personas que apuraran a preparar aquella bebida de la que nunca había escuchado hablar, que supuestamente calmaría sus males, pero su propio malestar no la dejaba. Por tanto, el único peligro que representaba Isuke en ese momento era el de romper el primer objeto frágil que tuviera a su alcance, pero Haruki lo sabía, por eso se mantenía a su lado.
―Todo esto es tú culpa…. ―dijo ella sosteniendo su garganta.
― ¿Eh? ¿Mi culpa? Yo no recuerdo haberte dado el dinero para comprar el frappe―no la escuchaba del todo bien, pero con ver sus expresiones era fácil adivinar que quería decirle.
―Dije que es tu culpa… debiste esconde mejor tu dinero Baka, para que no pudiera encontrarlo…
―Tsk tiene razón Isuke-sama, es culpa mía por dejar mis ahorros a su alcance, lo siento ―dijo resignada, discutir con Inukai era caer en el juego de Inukai, y caer en el juego de Inukai era terminar alterado de alguna manera.
― Así me gusta, Baka~3… Cough ―por un momento había alzado la barbilla con orgullo, celebrando su efímera victoria, cuando otra punzada volvió a darle en la garganta.
Aquella mañana sería larga para todos dentro de la casa, principalmente para Haruki, aquel era su último día desempleada. Mañana iniciaba una nueva vida para ella y su familia. Un paquete cuyo interior contenía un traje negro había llegado el día anterior por la tarde, era el uniforme que tendría que usar cuando se presentara a las oficinas al día siguiente y el resto de los días a partir de ese. Aquel era su último día libre de las trabas de un trabajo ¿Y cómo disfrutaba su último día libre? Cuidando de una fiera cuyo intento de acariciarle el lomo resultaba en un arañazo en la mejilla. Sería un día largo. Aunque, la idea de cuidar a Isuke le gustaba. Sentía que de alguna manera aquella chica orgullosa necesitaba de ella.
Lejos de la casa Sagae, en esa misma ciudad, en la cede de los futuros acontecimientos que harían madurar más a Haruki, se hallaba Sato sentado en su oficina. Los días en que el profesor regresara a su hogar, no tenía que seguirlo como si de un perro guardián se tratara, la compañía tenía a una escolta asignada a Haburo para su vigilancia y protección cuando saliera delas instalaciones. Lo escoltaba hasta su hogar donde hacían guardia por la noche hasta que tuvieran que regresar de nuevo a las instalaciones. Ayudaba mucho que el profesor no tuviera familia, salvo algún pariente muy lejano claro está. Era un hombre dedicado a su trabajo, casi rayando en lo obsesivo. No tenía a nadie a quien preocupar en casa y no acostumbraba salir de su ambiente de trabajo.
Esa noche sin embargo el sueño lo había derrotado. Había caído sobre el escritorio con tal fuerza que lo había hecho retumbar. Las primeras veces había sido preocupante, pero Sato ya hace tiempo se había acostumbrado a esto. Sabiendo distinguir los síntomas del doctor, había llamado al personal correspondiente para que vinieran por él y lo llevaran a casa, era tiempo de que tomara una larga siesta.
Y era tiempo para que él disfrutara de un café. Iroshi era como un compañero, la mayoría del tiempo junto, cumpliendo cada uno sus papeles de guardián y protegido. Si Haburo no dormía era el quien pagaba las consecuencias, y como tal, compartía algunas costumbres, como el hecho de dejar que el polvo se acumulara en sus hogares. El edificio dos era como una segunda casa para ambos.
Era tiempo para que se tomara un descanso de las responsabilidades obtenidas por su trabajo, tiempo que no podría pasar en su hogar ni usarlo para ello. A tan solo un día de la llegada de los nuevos reclutas, había que poner cada cosa en su lugar. De los aspirantes que se presentaron, 12 fueron aceptados y habría que repartir a cada uno de ellos a los diferentes sectores de las instalaciones. Era un numero bajo, que aún no cubría los espacios que habían dejado los fallecidos de aquella noche, pero con algo se empezaba. De momento los días y las noches habían pasado con tranquilidad, sin señales de peligro o sujetos sospechosos rondando por el perímetro. La sensación de peligro constante comenzaba desvanecerse como la niebla. Pero era una niebla espesa y Sato lo sabía. El que no hubiera habido señales no aseguraba que las cosas estuvieran en calma. No, la experiencia le decía que un ataque de ese estilo no se detiene así como así, ese había sido el primero y la bestia estaba lamiéndose las heridas.
La joven pelirosa se había colado dentro de las instalaciones y había traído consigo la muerte a sus espaldas. Aún no podía olvidar las voces quebradas de los familiares a quienes había dado personalmente la noticia, teniendo que soportar las lágrimas derramadas al otro lado del teléfono. Parejas y pequeños retoños quedaron abandonados ese día, varios funerales fueron celebrados en los días siguientes y algunos aún estaban anotados en el calendario. La compañía amablemente había cubierto los gastos, como era de esperarse pues no les convenía que las familias indagaran demasiado en lo que ocurría detrás de los muros, pero ni eso cubría el precio de las vidas que habían sido perdidas. El mismo Sato había lamentado la muerte de ellos en silencio. Los conocía a todos ¿Y cómo no hacerlo? Él era su superior y estaba al tanto de sus capacidades y limitaciones, así como estaba a cargo de su seguridad.
Eso era solo el comienzo, aquella mujer era un presagio oscuro de lo que se avecinaba. Ella había sido la primera y siendo solo una había causado un daño tremendo al recurso humano de la compañía. Se había encargado de varios de los suyos y a él le había dejado un recuerdo en la rodilla que limitara su movimiento durante un tiempo. Tenía la habilidad de alguien que se cría desde pequeño para el combate. Aquella amenaza, sin embargo, no asomaría su cara en un largo tiempo. Su tersa bien blanca ahora tendría marcas moradas que adornaran su belleza. La escoria ansiosa por hacer dinero a base de la muerte de otros era mucha, según la opinión de Sato sobra baba en este mundo, alguien más llegaría en su lugar, pero si ella había sido la primera ¿Cómo serían los que le siguieran?
Esas eran las cosas que mantenían su mente ocupada. No tenía la libertad para dormir en ese momento. Las responsabilidades de un líder son mayores cuando sobre ti recae la vida de los demás.
Frente a él había una libreta forrada con cuero color café. Dentro había anotaciones de importancia para su trabajo. Información almacenada, números de telefono, nombres, horarios, etc. En una de sus hojas se hallaban los nombres de los aceptados, junto al horario que les seria asignado, ya todo estaba preparado. El día de mañana trabajarían durante el turno diurno, permitiéndoles familiarizase con las instalaciones y el personal. A partir del siguiente día, sus horarios entrarían en función. Tomo el celular que se hallaba sobre el escritorio.
― ¿Es definitiva tu transferencia al turno nocturno? ―dijo después de marcar un número automático.
―Lo es. La última vez toda la acción sucedía mientras yo dormía junto a mi mujer. Bueno, tuve acción en casa pero no de la clase que me habría permitido…
―No necesitamos que ventiles tus intimidades Ryu, si hiciste algo con tu esposa que se mantenga entre ustedes dos ―las yemas del pulgar y el índice se hallaron sobre sus parpados en un gesto de desesperación
―Lo siento Sato… Estoy decidido, el desastre ocurrió durante la noche, bastante probable es que vuelva a suceder en esa hora y estoy seguro que piensas igual. Si eso llega a suceder, quiero estar ahí.
―Estoy seguro que así será. Hasta donde ellos saben, Iroshi vive en este edificio junto a su investigación como si se tratara de una pareja de casados. Es una hora vulnerable y se precisara del personal más capacitado.
―Has considerado a aquella pelirroja ¿Cómo se llamaba…? Sagae... creo que era… ―las palabras pronunciadas del otro lado de la bocina resonaron en su cabeza. Era una suerte que no hubiera estado cara a cara o Ryu habría visto la consternación en su rostro, teniendo que soportar entonces las preguntas que él le haría.
―La joven pelirroja… Sí, la he considerado para el turno nocturno. Demostró ser bastante diestra en el combate así como un potencial que aún debe explotarse ―recobro la compostura casi al instante, negando cualquier indicio de algo que estuviera fuera de lugar a su compañero. Desde el día en que había visto a la joven chica del mismo color de cabello que el suyo la había tenido en sus pensamientos. Ese día el cansancio y tener un espacio libre fuera del laboratorio habían borrado la existencia de la chica de su mente. Pero ahora volvía a ella y tenía que lidiar con eso.
―Sí, pero ya repetimos mucho por aquí lo impresionados que estamos con ella, espero que al final no sea una decepción y esos dos derribos que vi en primera fila no hayan sido solo suerte.
―Solo el tiempo lo dirá. Sigue con tus labores y ve a casa al terminar. Tengo que trabajar.
―Sí Jefe ―dijo en tono burlón, el respeto a sus superiores no era algo común en Ryu, menos aun cuando su superior directo, de alguna manera, era su amigo y aun así, este amigo no se las tentaba al momento de reprenderlo con trabajo físico.
El teléfono fue colgado y la señal cayó. De nuevo Sato estaba a solas en su oficina con papeles y pensamientos. Pensamientos que iban y venían trayendo consigo las memorias que el ayer había enterrado. Como muertos vivientes volvían a la vida, arremolinándose a su alrededor con la amenaza de consumirlo.
No, no podía dejarse consumir por ellos. Él era un hombre diferente. Recto. Taciturno. Austero. Perspicaz. Así se describía ahora. El hombre de vicios que había sido una vez, cuya fuerza de voluntad era insuficiente para resistirse a la bajeza humana, se había esfumado. Pero ahí estaba, al borde de ceder ante antiguos males para aliviar sus penas. La joven había traído consigo un puñetazo que golpeo preciso en su memoria.
Movió la cabeza en señal de negación. Debía continuar trabajando. No sólo era su responsabilidad, el trabajo lo distraería de sus pensamientos. Había una pila de papeles al costado derecho de su escritorio aún por llenar. Solicitudes de seguro médico, acuerdos de confidencialidad, contratos de trabajo, lo necesario para el día en que llegara la carne fresa. Así que a eso se dedicó.
Termino por caer dormido. A la hora de estar con el papeleo su cabeza choco contra el escritorio de roble. Había una gran carga sobre sus parpados. Muchas noches sin dormir, su rodilla producía un dolor constantes y frente a él la montaña blanca parecía jamás disminuir, el tipo de actos que causan el sueño en el humano común. Y ahí, sobre su escritorio, se sumergió en los sueños que el ayer parecía traerle.
Una bruma mezcla de los colores negros y sepia cubría su mundo. Era como verse hundido en algún lugar recubierto por una intensa neblina que no se alejaba de aquella masa que rodeara. A donde apuntaran sus ojos, nada podía verse con claridad, salvo su propio cuerpo, todo era vagamente deformado por aquella nube que pululaba sobre todo objeto o ser de su mundo onírico. Sus brazos era menos musculosos, su piel tenía menos cicatrices. El traje negro se había ido y en su lugar vestía una playera blanca sin mangas y un par de vaqueros verdes. No portaba calzado. Había cambiado su lujosa oficina por una habitación cuadrada. Era la habitación de una residencia, una residencia bastante humilde y anticuada. Las paredes no estaban muy adornadas y muebles no había en cantidad ni en extravagancia, todo era bastante simple.
Se encontraba sentado frente a una mesa circular, sobre ella, tres tazones repartidos cuyo contenido era arroz blanco. Al lado de su tazón una botella de Sake y una caja de cigarrillos. Aun por la bruma estos objetos eran reconocibles, la escena más que un sueño, era un recuerdo manchado por el tiempo. Al otro lado de la mesa se hallaban dos figuras, claramente femeninas, una más pequeña que la otra. Se encontraban mirándolo fijamente, sin expresar movimiento alguno. Los recipientes de comida no habían sido tocados por ellas. Él tenía ya en su mano izquierda el recipiente y en la otra los palillos. Comía y les devolvía la mirada a las dos figuras.
La más pequeña se levantó de repente y camino hacia él rodeando la mesa. La figura se hayo a su lado en poco tiempo y entonces sus manos bajaron, desapareciendo de la vista. La derecha se dejó caer y la izquierda puso el tazón de nuevo sobre la mesa antes de recorrer, la frente y los cabellos de la pequeña, en una caricia. Revolvió sus cabellos y aunque no podía ver su rostro, sabía que ella sonreía. Su risa se escuchó como un eco lejano que cubría el mundo.
Su mano derecha volvió a aparecer frente a sus ojos. El objeto había cambiado, por uno de naturaleza más siniestra. Naturaleza que no se podía esconder. Además de él, el mundo había hecho otra excepción al cubrir un objeto en tinieblas. El gatillo del arma se hallaba entre sus dedos, tentando al portador a ejercer presión y sentir su poder, su poder de fuego y acero. El cañón se alojó frente al rostro de la niña que aun sonreía mientras lo veía. Su brazo empezó a temblar. Sabía lo que iba a hacer. Intentaba resistirse al llamamiento voraz que daba continuidad, el guion de una película ya había dictaminado el resultado de aquella visión, pero quería oponerse. El temblor se intensifico, intentaba apartar el arma.
Un disparo se oyó, la luz se apagó y en la lejanía se escuchó un grito demasiado agudo como para pertenecer a un hombre.
El escritorio tembló ante su súbito despertar. Jadeante intentaba recuperar el aliento. Las orbitas de sus ojos, completamente contraídas miraban de un lado a otro inquietas en un intento por relacionar objeto y colores. Había despertado. Ya no estaba en la pesadilla.
Pasó su mano húmeda por sus largos cabellos y como pudo, se irguió de nuevo sobre el asiento. Dejo caer entero el peso de su cuerpo en el respaldo. Se encontraba agotado, aún más de lo que había estado antes de caer dormido.
―Sagae… Haruki… ―dijo entre jadeos, su respiración pronto se normalizo, dio un último y profundo respiro por la nariz para finalmente dejarlo salir todo en una exhalación. Había logrado, de nuevo, recuperar parte de su compostura. ―Sagae. Es un apellido que no esperaba volver a oír. ―dejo caer su cuerpo de nueva cuenta sobre el escritorio, pero esta vez apoyando los codos, sosteniendo su rostro ―Bueno, no hay mucho que se pueda hacer. Solo me pregunto jovencita, si tendrás alguna relación con ellas. Je. Mira la idiotez que dices. No hay coincidencia tan grande en el mundo. Pero… más vale asegurarse… más vale…
Cerró la boca. Esta vez dispuesto a descansar. Se dejó caer sobre sus brazos. Cerró los ojos. Los jefes también se merecen un descanso y los días siguientes no serían tranquilos. Una hora o dos no le impedirían hacer su trabajo del día. Para cuando despertar aun sería de tarde. Sato volvió a caer dormido. Pero esta vez no soñó, esta vez no hubo pesadillas.
Sato no estaba tan equivocado, la bestia no asomaría por un tiempo su morro, pero eso no evitaba que mientras se lamia las heridas no pensara en su próxima caza.
Existen organizaciones callejeras como a la que perteneció Sagae Haruki en sus momentos de peor necesidad, dando trabajo a quien se les presentara con el deseo de dinero fácil, llenando los bolsillos de un infeliz que tenía la suerte de que existiera la idiotez y la necesidad en el mundo, y más suerte aún que los hombres que llegaban a él fuesen clientes recurrentes a esas dos cosas. Ese tipo de grupos o "bandas" como ellos mismos se llamaban cuando el alcohol, los narcóticos y el libido se les subía a la cabeza lo suficiente para que suelten de todo tipo de cosas, tenían cierto tipo de peligro si estabas dentro, eran inestables igual que perros hambrientos cuya jerarquía se tambalea con la bajada y subida del sol, podías salir bien librado si eras del agrado del jefe, que era el único que se mantenía siempre de cabecilla, cumpliendo como debe ser sus encargos pagabas una cuota para que te dejaran libre y podías lavarte las manos en la cubeta con agua asquerosa fuera del lugar; o que te siguieran aun después de mucho tiempo que te alejaste del negocio, solo para arruinarte al parecerles desagradable o que lo merecías.
Y qué decir de la clientela que les llegaba, más que eso parecían carne cruda tirada sobre suelo de tierra para una asquerosa bestia que la rasgaba con los dientes entre jadeos pesados y sonidos guturales. El jefe actuaba muy amable y servicial contigo, comprensible de tu situación y te daba el dinero que le pedias, era todo risas y bromas hasta la hora en que debías retirarte. El lugar estaba ubicado en un barrio bajo, una casa con vidrios rotos y olor de orina en cada esquina, justo en la puerta el hombre te tomaba del hombro y te hablaba mirando directo a los ojos que no debías olvidar los plazos para pagar y allí era donde el cliente sabía que estaba jodido, sino pagaba tendría que ver a los muchachos del señor Kato para llegar a un acuerdo sobre el dinero, pero mientras había disfrutado de la compañía del jefe y una que otra chica voluptuosa que se acerba para ofrecer algo de tomar o algún otro tipo de servicios, por supuesto, esos cheques no estaban manchados solo de sangre, también había semen y otros fluidos.
Pero pese a que ese tipo de lugares se ven intimidantes existían otros parecidos pero un tanto muy distintos en el mal sentido. En esos lugares se conservaba llenar los bolsillos del jefe, pero quienes trabajaban también podían llevar a casa una buena suma, la cual no cualquiera podía ganar, cupo limitado, uno de los pocos chistes de allí, existían las vacantes pero no eran llenadas de inmediato, estaban conscientes de la necesidad e idiotez humana, pero no por ello serían tan idiotas para dejar que alguien entrara a la fiesta sin ser invitado por el anfitrión. Ellos cuidaban muy bien quien trabajaba y cómo lo hacía, no querían perros de policía dentro de su casa, eso no le gustaría al jefe.
Gremios, era una forma de llamarlos, grupos de asesinos que tomaban esos trabajos importantes que requerían la política, la milicia y las sociedades económicas, ellos debían mancharse las manos para que sus clientes pudieran avanzar sin problemas de acuerdo al plan. Organizado, era la manera en que podría describirse, primero el jefe y sus allegados, estos tenían a su vez unos pocos hombres de confianza con lo que contaban para los trabajos que el mismo jefe les asignaba. Un cliente, un pago, un grupo con una tarea, era de lo más sencillo si se lo veía de esa forma. Pero no enviaban al otro mundo a cualquier individuo, doctores, directores empresariales, políticos, personas cuya opinión o trabajo representaría un cambio importante pero que no estaba contemplado para sus tan apreciados clientes.
Ellos no eran una bestia hambrienta a la espera de carne. La persona elegida por el jefe se reunía con su cliente en algún elegante restauran, café o un cuarto de hotel, se trataban con la cordialidad que un negocio exigía, discutían los detalles técnicos y el trabajo se daba por hecho, estrechaban sus manos en saludo y despedida. El cliente siempre debía quedar satisfecho, no importando cuantas balas habría que meter en las cabezas de sus objetivos o, en los peores casos, en las cabezas de quienes fallaron en la tarea. No era buena publicidad para el negocio que las personas que quedaron mal se vayan ilesas, en ese sentido, gremios como "Purple Riders" eran peores que los malnacidos que trabajaban para el Kato, estas gentes no se tocaban el corazón al jalar del gatillo.
De ese lugar no te irías, podías tener familia, esposa e hijos pero una vez dentro es casi imposible salir bien librado y no porque no fueras del agrado de tus compañeros de trabajo o del jefe, sino porque los hombres muertos no pueden contar a qué se dedicaban y con quienes laboraban. Eso era una regla general.
Ajusto su cordata, se ahogaba de lo apretada que estaba. Podía sentir como una gota de sudor se deslizaba por su espalda por el nerviosismo que quería hacerse presente. Trago todos esas inquietudes de golpe y se animó para tocar a la puerta de la oficina.
―Adelante, Chiko―dijo con simpleza una voz gruesa.
Dejo salir un suspiro y abrió la puerta.
― ¿Me mandó a llamar? Boss―su expresión amigable y divertida de quien se ríe hasta en las peores situaciones había quedado en el olvido desde el instante en que un compañero llamó para avisar que el jefe quería verlo. Era una oficina elegante, escritorio de madera oscura, tras este un ventanal que daba la vista de un hermoso cielo nocturno; en una pared un estante con muchos libros y una magnifica televisión de pantalla plasma en medio. La silla tras el escritorio era acolchada para la comodidad de su ocupante, era la única silla en la habitación salvo por un elegante sillón de cuero negro en la esquina contraria, el hombre sentado daba la espalda a Chiko y eso sólo acrecentó su nerviosismo, en el reflejo de la ventana se veía claramente el resplandor de la luz que rebotaba contra un arma recién pulida.
― ¿Para qué preguntas algo tan obvio? ¿Por qué Chiko? Te gusta hacer que la gente gaste su tiempo en palabras que sobran, verdad―todas sus palabras iban cargando sarcasmo y tranquilidad, cambio el peso de su cuerpo a la pierna izquierda, la derecha ya comenzaba a temblar.
―Lo siento, quería preguntar porque llamó por mí.
―Y ahora hablas con brusquedad, muchas personas se han ido al otro lado por cosas menos importantes que eso―jamás podían ganarle a ese hombre cuando estaba de espaldas a ti, cerro la boca, no respondería nada más, si el jefe quería decirle algo o hacer algo nada de lo que dijera lo ayudaría, escucho como el hombre exhalaba cansado de ese silencio de miedo―nuestro cliente, tu cliente, está comenzando a molestarme, hace muchas preguntas sobre el avance y tiene parte de razón, te has perdido un tiempo Chiko y tus informes dejaron de llegar una semana atrás ¿Pasó algo de lo que tenga que enterarme?
La chica a la que contrató para que se encargara de ese tipo había fallado y se la tragó la tierra, su cuerpo no había sido encontrado, o eso le habían dicho sus hombres, cuando estos le dijeron el número de muertos y daños a la empresa se alegró pero poco le duro el gusto al no escuchar el nombre del maldito doctor y la chica entre los cuerpos identificados, sabía lo que eso significaba, Eisuke, antiguo compañero suyo en los peores casos en que participo, no lo iba a dejar pasar tan fácil, pero sospechaba que ese hombre ya tenía a su hija a salvo, sólo así se explicaba la desaparición de esa peli rosa y el viaje no visto a estados unidos del rubio cenizo. Lo cual lo dejaba con esos dos cabos por atar, el asunto de la peli rosa junto con su padre y que el viejo doctor siguiera vivo.
―Nada importante, Boss, sólo está tomando más tiempo del que había planeado―nada de todo lo anterior debía saberlo su jefe, se metería una bala en la cabeza en ese mismo instante, no le gustaba que otras personas se metieran en ese tipo de asuntos, estabas o no capacitado para la tarea, así de sencillo. Espero a una respuesta y por cada segundo que pasaba los nervios aumentaban.
―De acuerdo, puedes retirarte―hizo una pequeña reverencia que no vio el hombre y procedió a salir, pensó que se caería o tambalearía por el temblor de sus rodillas pero llego sin problemas a la puerta―y Chiko, espero no uses artimañas para esa tarea otra vez, porque si fue así, ruega por una bala en la cabeza cuando te encargues del trabajo.
No respondió, salió del lugar lo más natural que pudo actuar. Más le valdría cumplir y encargarse de Isuke, Eisuke y quien sea ese hombre que su informante, completamente muerto para entonces, menciono en su última llamada, joder, sabía que Eisuke sería difícil pero no esperaba que tanto. Tendría que intentarlo, de alguna forma, sabía que las probabilidades eran pocas y sólo cuando contempló a Eisuke es que estas aumentaron, pero hizo la mala jugada de confiárselo a su hija, que estúpido fue, la impacienta le jugó chueco.
Ya en el frescor de la noche paso su mano por sus cabellos suspirando. Miro al cielo y sonrío confiado, ¿Por qué se preocupaba? Al final todo encajaría en su lugar, él siempre lograba que todo encajara de una manera u otra, sólo era cuestión de verlo por otro ángulo.
Subió a su auto y arranco, pensaba en ese doctor que trabajaba en no sabía que mierda para contrarrestar un jodido virus militar, tendría que releer el informe para asegurarse, pero a él le daba igual, el cliente lo quería muerto, pues él debía encargarse que el doctorcito se fuera al otro mundo sin boleto de regreso.
La noche se tragaba todo aquello alejado de la oscuridad, era una noche donde la luna sonreía como un gato o eso era lo que le decía Hana a Isuke al mirar por la ventana. Esa noche sólo las niñas comían algo, puede que hicieran la compra de víveres hace poco pero en aquella casa no era raro saltarse la cena o dejar que las más pequeñas se comieran lo poco que quedara en la tarde. Ese trabajo había llegado en el mejor momento.
Aunque, tampoco había mucho espacio en el cual la familia comiera a gusto, el paquete negro que esa mañana había estado en el sofá ahora se había trasladado a la mitad de la pequeña mesa, su dueña lo había estado moviendo todo el día por toda la pequeña casa, no encontrando un lugar seguro en que pudiera estar sin que los curiosos lo abrieran o Isuke lo hiciera a un lado sin delicadeza alguna.
― ¿Por qué no quitas tus trapos de la mesa?~3―dijo la peli rosa arrojando la caja por los aires mientras veía pasar a Haruki, su voz había mejorado al igual que su garganta, lo suficiente para que se escucharan más alto sus quejas.
― ¡Ah! Isuke-sama, por favor no arroje mi uniforme, trabajé duro para que estuviera listo antes de mañana―dijo cogiéndolo al vuelo, se había emocionado en cuanto lo vio, abrió la caja para cerciorarse que todo estaba en orden: el pantalón de vestir negro, camisa blanca manga larga sobre la cual debía ir un chaleco azul oscuro, acabando con un saco negro con un bolcillo donde iba un pañuelo blanco, que iba doblado en una esquina de la caja al igual que la corbata negra, todo pulcramente doblado sobre unos zapatos negros―jamás eh usado ropa de este tipo, estoy ansiosa por que llegue mañana―dijo con una sonrisa sin pocky, los había guardado muy bien queriendo evitar desgracias con sus dulces y el traje, se disponía a cerrar la caja cuando Misuki se la arrebato y en poco los niños la rodearon para ver de cerca la ropa, otra vez.
―Apuesto a que me quedaría mejor a mí―dijo Misuki a la vez que sacaba el chaleco azul de su lugar, Saburo también se acercó tomo la corbata entre sus manos y miro a su hermana que tenía cara de espanto al ver a la tormenta acercarse a la caja.
― ¿Sabes cómo hacer el nudo?―siendo el mayor de lo barones había aprendido a hacer el nudo de la corbata por obligación de la escuela, pero que recordara, su hermana siempre había usado un moño en lugar de corbata.
―No puede ser muy diferente a un moño de escuela.
―Más importante aún, ¿esto te queda?―dijo Misuki que tenía puesto el chaleco, le quedaba muy grande, Haruki se lo quito con cuidado y luego le golpeo en la cabeza.
―Por supuesto que sí y empáquenlo ya, no quiero que este arrugado mañana.
―Quizás debas probártelo Haruki, ¿Qué harás mañana si te lo pones y vez que no te queda bien?―dijo Fuyuka que doblaba todo y lo regresaba a la caja.
― ¿Probármelo?
―Estoy segura que no le diste tu taya a esas personas, es posible que te quede muy grande, recuerda que es para hombres, pruébatelo y si necesita un recorte puedo hacerlo hoy para que esté listo mañana.
―Sí, sí pruébatelo Haruki-nee-chan―corearon los menores; la pelirroja sonrió al verlos tan emocionados.
―Vale vale, tranquilos, me lo probaré, estense tranquilos―entró a su habitación con todas las prendas en la caja y los niños voltearon el sillón para tomar asiento frente a la puerta de su hermana mayor.
La familia entera se reunía ansiosa en el sillón. No querían admitirlo, pero deseaban ver como lucía aquel traje sobre el cuerpo de su hermana. Más aún, querían ver cómo era el traje al completo, en su precaria situación económica nunca habían tenido oportunidad de ver un traje de etiqueta y ahora, como si de una bufonada del destino se tratara, había llegado uno por correo, otro gran acontecimiento. Incluso Isuke sentía curiosidad por ver como lucía la pelirroja con aquellas prendas de etiqueta, pero a diferencia de los demás presentes, su rostro sabía disimular mejor las cosas. Se hallaba sentada en una silla junto a ellos, observando a intervalos la puerta y sus uñas, que empezaban a carecer de esmalte, con rostro indiferente.
Dentro de su espaciosa habitación a comparación con las demás, Haruki se despojó de sus anticuados y roídos ropajes de fin semana, quedando con sus bragas y su sostén blanco al descubierto. Sobre la cama había extendido el conjunto entero, las prendas estaban ya un poco arrugadas, la vestimenta perdería algo de su magnificencia gracias a las travesuras de los pequeños, pero seguía siendo una pieza de envidia, tanto así, que aun siendo innecesario cambiar su ropa interior Haruki sentía el deseo de hacerlo para honrar al traje. Ropa nueva ameritaba ropa interior nueva. Aquella imperiosa necesidad que sienten las personas al momento de estrenar un nuevo conjunto de ropa, en la cual no solo el exterior debe ser nuevo, sino también el interior.
Desde las prendas de Isuke, no había entrado ropa nueva en ese hogar, la ropa interior más reciente de ese hogar eran las prendas de Inukai y esas ya estaban usadas para ese día de la semana. No contaba con eso, pero había ropa interior limpia. Traje nuevo, interiores limpios. Al menos eso podía hacer.
Su joven belleza, adornada con encanto masculino, quedo de nuevo al aire libre, para el gusto del espectador más morboso y cuya imaginación fuera lo bastante fértil como para darle forma.
Por un momento se vio, como la chica que usa la camisa de su pareja después de un encuentro con él. Se hallaba sentada al frente de la cama, deslizando sus brazos a través de los agujeros más grandes de la prenda blanca. El material era algo incómodo, pero terminaría por acostumbrarse, esas camisas siempre eran así pensaba ella. Le siguieron las calcetas color blanco sin imperfecciones, esas cosas debían haber salido directamente desde la fábrica hasta su casa, no había otra manera de explicar la pulcridad de ese blanco se decía a sí misma. Odiaba admitirlo, pero aquel conjunto la tenía tan impresionada a ella como a sus hermanos.
Sus piernas entraron sin esfuerzo dentro del pantalón. Era de un material bastante suave y cómodo. La sensación era ligera, parecía que a cada roce que daba con su piel, recibía un fugaz masaje. Esa camisa era una desgracia a comparación, pero ambas iban a juego ya que tenía que quedar atrapada dentro de la pieza inferior del conjunto, formando más arrugas, de las que ya de por sí tenía, en la zona de la cintura. Hacía falta un cinturón, el pantalón le quedaba justo y no se caería, pero era algo imprescindible para un traje de aquellos, tendría que conseguirlo después, uno cuyo cuero fuera negro como la noche y cuya hebilla resplandeciera como el oro. Lo último fueron el chaleco, el saco y los zapatos. Los primeros dos, resultaron tan suaves al tacto como los pantalones, era una lástima que no pudiera sentirlas pero como consuelo podía pasar sus manos sobre ellas para sentir un poco de esa sensación. Los zapatos no se quedaban atrás. Eran un modelo de agujetas cuyo interior era suave, se amoldaba perfectamente a sus pies. Su hermana se había equivocado. Si les había dado sus medidas, pero no imaginaba que harían un trabajo tan bueno. Casi daba la impresión que un sastre llegó a su casa para tomar cada medida con fineza. Se observó en el espejo de su habitación y sus ojos viajaron directo a su cabello. Habría que hacer algo con esa mata llameante a su espalda.
― ¿Por qué se tarda tanto?―dijo Misuki, tenía medio cuerpo recostado sobre el sofá, en sus manos una baraja vieja e incompleta, aventaba cartas a una mochila abierta en el suelo a un metro de ellos, los niños igual estaban perdiendo la paciencia: los jóvenes tormenta jugaban con sus hermanas menores a la solterona con unas cuantas cartas que Misuki les dio, Fuyuka era más paciente, veía a los niños jugar mientras esperaba a que su hermana saliera del cuarto.
―Se-seguro está arreglándose bien―dijo Hayaka, saca punta a uno de sus lápices para dibujar a su hermana.
―Apuesto a que está batallando con el nudo de la corbata, Nee-san jamás ha usado corbata―dijo el hermano mayor, leía con cuidado sobre el hombro de la peli rosa, esperando que esta no se diera cuenta pero es Inukai Isuke, sabía que el chico leía sobre su hombro pero no le molestaba, últimamente era más tolerante con los niños Sagae.
Pero ser tolerante no es lo mismo a que pierda oportunidad de molestar a Haruki.
―Tarda tanto porque su cuerpo no encaja con un traje como lo es el que llego, ese traje es para gente con dinero, no para alguien que llora por pagar un simple frappe~3―dijo dejando el libro a un lado―esa idiota ni siquiera es digna de servirle a Isuke~3
― ¿¡Qué acabas de decir de Haruki-nee-san!?―saltó Yuki, siempre dispuesta a dar pelea cuando uno de sus hermanos era maltratado por la pelirosa― ¡Haruki-nee-sam no necesita nada de eso para verse bien!
― ¿Por qué tan segura? Hasta donde sabemos, seguro y no puede atarse el nudo de la corbata correctamente―respondió ahora siguiendo el juego de la niña que la veía mostrando los dientes, una cachorra que ladraba pero no mordía―si no puede atarse la corbata entonces ¿cómo quieres que el resto se vea bien?
Ante esas palabras la pequeña no sabía cómo rebatir, tenían sierto tinte de verdad pero ella confiaba en que su hermana sabría cómo lucirse en esas ropas aun sin ser del tipo que acostumbraban en esa casa. Lo más elegante que tenían eran los uniformes que sus hermanos usaban para ir la escuela.
―Vamos, vamos, mejor esperamos pacientes a que Haruki-nee salga y nos muestre que tal se ve en su nuevo uniforme―dijo Fuyuka tratando de bajar la tensión en el ambiente causado por esas dos.
― Hump, Isuke no apuesta por esa idiota―dijo volteando a otro lado ante la mirada furiosa de Yuki.
― ¡Haruki-nee-sam, sal ya, muéstranos qué tal se te ve el traje!―dijo Misuki divertida por la escena de su hermanita y la chica de cabello color chicle.
― ¡Si se te ve muy mal prometemos no tomar foto!―corearon los gemelos haciéndose los graciosos, se escuchó un "¡Oigan!" del interior de la habitación, a lo que estos rieron incluyendo a su diosa, esos dos estaban aprendiendo cosas malas de la persona incorrecta.
―Ya está bien, ya salgo―la puerta se abrió y unos zapatos negros salieron de la oscuridad para que la luz poco a poco subiera por el pantalón, lo botones del chaleco, la blancura de la camisa hasta el cuello del saco. Lo único que se escuchó en la sala fueron los pasos de la pelirroja fuera de la habitación―bueno ¿cómo me veo?―dijo con un casi imperceptible tinte rojo en las mejillas, rascándose la parte trasera del cuello.
Ninguno hablo. Por un momento la seguridad que Haruki tenía en si misma se tambaleo al ver esas caras sorprendidas ¿Se veía muy mal? Ya los imaginaba tratando de darle ánimos por la manera en que tenía que ir vestida a la empresa, y justo en su cuarto se sentía ansiosa de salir para saber lo que pensaran.
―Bueno…si no se ve bien puedo cambiarme y…
― ¡Nee-sam te ves increíble!―dijo Fuyuka con una sonrisa entusiasta, se había olvidado de los apuntes que tenía en las manos, de echo los arrugaba en un puño.
― Wow, ¿esa es nuestra hermana mayor?―dijo la tormenta con una perfecta O en su boca al no poder disimular su asombro.
Sus demás hermanos tenían caras parecidas, las menores sonreían abiertamente al mismo tiempo que alzaban sus pulgares en señal de aprobación, aquello le hizo reír; Saburo tenía una mirada diferente, sonreía pero no con la emoción de los demás, era una sonrisa en la que expresaba su satisfacción, Haruki entendió que para él, ver a su hermana en un traje como ese significaba un cambio verdadero de trabajo, no más preguntas sobre a qué se dedicaba para traer a casa dinero. Y eso ciertamente le reconfortó.
―Je entonces ¿creen que me veo bien?―dijo con una sonrisa.
―Odio admitirlo pero se te ve bien el traje, Haruki―dijo sonriendo Misuki, pasó sus ojos desde las suelas de los zapatos que parecían brillar, el pantalón que se ceñía en la parte correcta de su cadera el chaleco a la medida que mostraba la curva de su cintura pero escondido con el saco, lo que daba un nivel más de elegancia al atuendo, lo único que faltaba es que esa corbata alrededor de su cuello estuviese anudada.
―Es verdad, nuestra familia ahora tiene clase―dijo Arashi rodeando a su hermana.
―Sólo faltan unos lentes negros para completar el conjunto―secundó su hermano haciendo con los dedos lentes alrededor de los ojos para mostrar su punto.
Sonrió al escuchar a sus hermanitos, en verdad les gustaba, pero algo faltaba en esa escena y eran las burlas ingeniosas de Isuke. Volteó a verla y ahora fue Haruki quien se asombró. La mirada de Isuke no era su típico ceño fruncido o esa pose altiva que con una mirada mandaba a volar cualquier auto estima, por más grande que este fuera. Tenía la boca ligeramente abierta, los labios no acababan de despegarse en las esquinas, su rostro apuntaba a la puerta pero sus ojos no perdían detalle de cómo se veía la pelirroja, lucía como una persona completamente diferente, esa mano guardada en el bolsillo del saco en una pose despreocupada pero distinguida invitaba a tomar una copa y sentarse a charlar. Y el caminar seguro con las manos en los bolsillos era la pincelada faltante para ese cuadro. Una de las manos abandono resguardo y se ofreció a ella, los dedos curveados en un abanico como en las películas se muestra a los caballeros invitando a bailar a una dama sentada.
― ¿Me veo bien, Isuke-sama?―dijo sonriendo complacida al tener la atención sincera de esa fiera que parece nada importarle en esa casa.
―Jum―su boca se cerró al igual que sus ojos, hizo un movimiento con los dedos para que se acercara.
― ¿Um? ¿Qué pasa?―se inclinó confundida, vio como Isuke dirigía las manos hacia ella y alzaba el cuello de su camisa, tomaba la corbata y la colocaba con cuidado a lo que le siguió poner el cuello otra vez en su lugar. Aún sin abrir los ojos hizo el nudo de corbata más complicado que había visto, luego un tirón que apretó su cuello más de lo necesario― ¡Gah! Muy ajustado, Isuke-sama, no respiro…
―Ahora Isuke puede llamarte su sirviente~3―dijo sonriendo y tomando una mano de la pelirroja que apuntaba al nudo de la corbata para levantarse―casi luces como una persona decente, Isuke acepta que comienzas a mejorar―y tras decir aquello se metió al cuarto, saciada su curiosidad de verla en traje de etiqueta tenía otros asuntos que atender, cómo un baño. Haruki sonrió al verla irse mientras aflojaba un poco ese nudo, era el primer alago que había conseguido de esa chica tan orgullosa y de expectativas olímpicamente altas.
―Era lo que faltaba―volteó a ver a Hayaka, que dibujaba con una sonrisa en su rostro―la corbata es el último toque que le faltaba a Haruki-nee-san y es un lindo nudo el de Inukai-san.
―Jeje, espero que mañana se levante de buen humor para ayudarme con él y ahora todos a la cama, ya les di gusto ahora a dormir, quiero que nos tomemos una foto antes de irme al trabajo―hubo una queja colectiva pero tras decir que ese traje debía plancharse otra vez y guardarse la fiesta se dio por concluida y todos se enfilaron a su cuarto, los más chicos aun hablando entre ellos sobre cómo se veía su hermana.
―Cuando sea grande quiero usar ropa como esa―escucho decir a Hana, sonrió y también entró a su cuarto, escuchaba el agua del baño y aprovecho para sacarse la ropa con cuidado. La guardó así y se puso una blusa de tirantes negra junto con un short para dormir. Esa noche se asemejaba al último día de vacaciones, todos tempranos en la cama y con las ansias de que llegara el día de mañana. Los días pesados venían en camino.
Todos en esa casa se dijeron buenas noches y en poco abandonaron el mundo de la vigilia para nadar entre algodón o correr un kilómetro en dos zancadas, casarse con una computadora o caminar sobre paredes para pintar una catedral.
Alex: Está grabando? *la chica asiente *se aclara la garganta Hola chicos, por fin son vacaciones y como tal ya podemos trabajar en estas historias que hemos dejado olvidadas. Descuiden, se subirán más regularmente ahora. Ya hay más tiempo y menos obligaciones. Es el paraíso de las jóvenes promesas no creen?
DD: Te refieres a los jóvenes de vacaciones? Ah no importa, pero estoy de acuerdo ya con el tiempo libre que nos deja la escuela podremos estar con más regularidad por aquí, sabemos que lo que traemos es más corto de lo acostumbrado y apuesto que más de uno se adelantara algunas partes pero eso sí esperamos sus sinceras opiniones, en lo personal creo que esta pequeña crece y madura cada vez más y más
Alex: ¿Qué son los jóvenes de vacaciones tengo curiosidad por saber me tienes con la duda.
DD: baka baka pues los estudiantes que salieron de vacaciones, tan desafinado estas?
Alex: Ah! Je, sí. Mira que tenías razón, el sueño me tiene atontado. Vaya, vaya. De igual manera me gustaría escuchar su opinión. Sí esta bien fundamentado o sí es aburrido, sí es interesante o no divierte. Eso ayuda mucho. Ella tiene razón tambien en otra cosa, la pequeña no deja crecer
DD: Bueno entonces dicho esto, los esperamos para el próximo capitulo y también para la presentación de su hermano
Alex: Así es... *bosteza. La pequeña tiene sueño, yo también. Por cierto, lo lamento mucho por esa escena de Yaoi ligero. No se me ocurrió a mi. La chica tiene esa clase de gustos.
DD: una debe ser profesional *se mira las uñas y no es tanto yaoi, apenas y se nota. Aparte, no es que sea o no de mi gusto, simplemente era necesario para que esto continuara, así como la descripcion del traje y la necesidad imperiosa de cambiarse de ropa interior ummm.
Alex: Te gusto, admítelo, tienes tendencias por el Yuri. Y si era necesario para la historia, sino habría mucho espacio vacío
DD: que tiene que ver una por la otra? naa no importa, deliras por el sueño y no piensas claramente pobre está muy cansado, podrías decirme si este paño huele a cloroformo?
Alex: *le da un beso en la mejilla. Descuide my lady, tiene razón, me haría el favor de venir a dormir, le he acomodado la almohada, solo falta usted.
DD: *le tapa la boca con el paño, sip muy cansado, bueno aqui nos decimos buenas noches jovenes, nos veremos pronto *se despide con una sonrisa nerviosa
