Sabotaje

―No, rotundamente no, no puedo aceptar eso. Estaré de acuerdo contigo en varias cosas, en otras no tanto, pero aun así las acepto. Pero no esto, esto sí que no, no estoy de acuerdo. Es más, me gusta, ¿te quedó claro? Me gusta―dijo cargando cada palabra de reto, incitándola a alegar en su contra.

―No tienes idea de las cosas buenas. Isuke jura que si te pone en frente un summer pudding y un cono de helado, te manchas la cara con chocolate.

― ¿Qué es un chumer poding? ―Haruki inclino la cabeza y antes de que pudiera advertir la torpeza de su comentario, recibió una palmada en la nuca― ¡Auch! ¿Y ahora que te hice?

―No cabe duda de que eres un caso perdido ¿Cómo puede siquiera gustarte? Isuke está tentada a hacerle pedazos.

―Isuke-sama, por favor. A usted le gustó mientras lo estaba leyendo ¿por qué hacerlo pedazos sólo por el final? En lo personal me gusta mucho porque es lo justo, es lo que Paul merecía.

―No, no, no ―se tapó lo oídos tratando de escapar a esos alegatos, al igual que haría una niña pequeña―Isuke no lo acepta, no lo acepta. Ese tal "King"... Anne daba para mucho más, para lo que nos hizo creer, no para eso. Ella debió vivir y rebanarle la cabeza en el cuarto de hotel como nos lo hizo creer, sería el mejor final que podría haberle dado al libro. ―hacía ademanes con las manos, en un intento de imponer su juicio por sobre el de Haruki y el del propio autor.

―Isuke-sama, estás siendo infantil. King es prácticamente el dios de sus libros y por eso puede hacer lo que quiera con el mundo que creó. Y si él quiere que Paul Sheldon viva, puede hacerlo ―Haruki conservaba la calma, pero la conversación había tardado ya mucho tiempo, una sorpresa para ambas, pero de igual forma aceptado. Ambas disfrutaban debatir, usar la cabeza contra la otra sin llegar a la violencia a la que estaban acostumbradas, expresarse y compartir su forma de pensar y ver las cosas.

―Sigue siendo una pésima conclusión. Isuke sospecha que su idea original era que Paul terminara el libro y usando su piel, Anne haría el encuadernado del libro. Es deliciosamente macabro ¡Un buen final para una historia de terror!

―Quizá tengas razón. Pero puede que mientras el libro avanzaba, Paul "habló" con él, y le dijo que quería vivir. Leí mucho del sufrimiento de Paul, leí hasta la parte que le amputaba el pie y siempre peleo. Me hizo desear que viviera. Y puede que lo mismo haya pasado con el autor.

―Si Paul hubiese muerto, el libro fuera más creíble, finales en los que el bueno gana hay muchos, pero no donde el malo gana, tan crudo como puede ser la vida. Eso es digno de ser el final. Un mundo en donde los buenos siempre ganan y el malo pierde, eso es fantasía.

―Y es precisamente por eso que es un buen final. Es fantasía, los malos ganan lo suficiente en la vida real ―levanto la mano y las señalo a ambas una y otra vez ― ¿Por qué tendría que ser igual en la ficción? Sería aburrido que un libro se apegara mucho a la realidad.

―La rudeza hace un buen libro.

―La justicia hace un buen libro, escuchar al personaje cómo grita y pelea por su vida, le da derecho a sobrevivir.

― ¿Cojo? ―pasó la mano por la espinilla como si esta fuese una afilada hacha.

―Pero está vivo ¿o tú que preferirías? ¿Perder una pierna o morir?

―Conoces el pensamiento de Isuke, primero muerta antes que perder la dignidad~3

―Claro, claro. Es como la jaula con el tigre y la suela con la crema de maní.

Más de una disputa había tenido lugar en la habitación que compartían, algunas inteligentes, como el final del libro Misery. Sus opiniones respecto a este estaban más que nada fundadas en la forma en que cada una veía la vida, dando pie a un debate sobre si era correcto que el personaje principal sobreviviera. Isuke por un lado sostenía el hecho de que era una historia de terror y por ello todo involucrado en ella debía morir por las garras del asesino, pero su opinión era altamente influida por las películas que vio al crecer, cargadas de cliché y finales similares, y por el tipo de vida que hasta ese momento había llevado. Por otro lado Haruki creía más en los finales felices y en las conclusiones justas, a pesar de haber pasado por un estilo de vida similar al de Isuke, esto probablemente provocado por sus hermanos, ya que deseaba algo mejor para ellos que el mundo real.

También existían otras un poco tontas e irracionales, como el que se preferiría hacer, lamer mantequilla de maní de la suela de un zapato o entrar sola a la jaula de un tigre. Temas de conversación no hacían falta pero tampoco los silencios.

―Si conoces a Isuke, no debería sorprenderte mis elecciones―se recargo contra la puerta del baño, tomando un descanso de mantener su postura y acaricio su estómago.

―Siempre me sorprendes con algo nuevo, Isuke-sama ¿Tienes hambre? Fuyuka me dijo que hoy comiste poco, menos de lo usual ―le abrió la puerta para que pasara primero. Hacía poco que Haruki había llegado a casa y terminado de comer. Al término de la cena, se reunió junto con Isuke para leer las últimas páginas del libro compartido; fue como ver una película, ninguna decía palabra, y al pasar al último capítulo Isuke explotó de indignación, soltando injurias a cada párrafo que le disgustaba. Media hora discutiendo-alegando, a veces de forma no muy madura, pero disfrutable por la misma razón. Veía una faceta de ella que sólo se deja ver a puerta cerrada, más relajada y dispuesta a hablar sobre tonterías.

―Isuke no tenía hambre en la tarde ―tomaron asiento en el piso, Haruki en la cabecilla de la mesa e Isuke a su lado.

―Últimamente no lo tienes ¿te pasa algo? Has estado salteándote comidas. Y sabría comprender si me dijeras que es porque no te gusta lo que sirven, pero hasta lo que comías los primeros días lo rechazas.

Era martes por la tarde-noche y el comportamiento extraño de la chica dictaba desde hace varios días. Saltaba los desayunos, comía poco en la hora de la comida o sólo se quedaba acostada cama. La cena era todo lo que comía completo, con Haruki casi obligándola a sentarse y comer lo que había en el plato.

Esta sólo suspiro. Miró en dirección a los niños jugando en la pequeña sala con unos sencillos armables a los que les faltaba piezas. Misuki dormitaba en el mueble y las mayores ya servían la cena en la cocina. Saburo había llegado hace un rato y se había ido a encerrar al cuarto de sus hermanas cuando, al pasar a saludar a su hermana mayor y su huésped, vio que era el final del libro, mismo que había leído lo más pronto posible para alcanzar a Isuke y leer el final juntos.

―Hmmmm ―experimentó una sensación extraña, sentía las palabras trabarse en su lengua, como si se negaran a abandonar sus pensamientos. No estaba acostumbrada a tratar con otros sus malestares, sus preocupaciones, siempre era ella y sus padres en contra de todo lo demás, pero al estar ellos lejos, Haruki se había vuelto ese pilar del cual asirse buscando apoyo―. Mamá no ha llamado, hace mucho que recibimos esa llamada y ya no se ha molestado en depositar a la cuenta…

―E Isuke-sama teme que algo malo le pasara ―la chica no movió un musculo por negar o afirmar aquello, permaneció con la mirada en las hermanas Sagae jugando―. Todo estará bien, estoy segura, no conozco a tu "mamá", pero si él te crio entonces debe ser igual o más tenas que Isuke-sama ―la chica rosa sonrió entre un bufido ―. Seguro no pasa de esta semana sin que nos llegue alguna llamada, debe estar ocupado o algo surgió con tu papá… díos, esto es muy confuso

―Supongo que Isuke puede confiar en eso. Eres una idiota, pero sabes usar la lengua~3

Mientras decían esto las chicas empezaron a llenar la mesa de platos, Isuke ayudó a ponerlos según edades y apetitos, ya conocía donde se sentaba cada uno de los Sagae. En poco tiempo todos empezaron a tomar lugar a la mesa, esperando ansiosos por hincarle el diente a esas empanadillas con carne de cerdo.

―Je, gracias, ahora come ¿sí? Tu "mamá" te dejó a mi cuidado y no quiero que te enfermes.

―Por supuesto que no lo quieres. Sabes que te pasaría algo muy malo si algo le sucede a Isuke.

Le dio una de sus simpáticas sonrisas y empezó a engullir. Lo que no sabía Haruki es que la preocupación de Isuke siempre era menos estando entre ellos, sus hermanos cachorros, siempre ruidosos, siempre molestándola, pero dándole tranquilidad para que se relajase. Su presencia, que desde hace dos días se le hacía más necesaria y anhelante, era lo mejor. Dejó de verlos y detuvo con su tenedor el robo de una de sus empanaditas japonesas.

Era lunes por la noche, los niños se quejaban de sus compañeros de la escuela, de sus mismos hermanos o sólo que la tahúr de la manada y la tormenta acababan con todo en los grandes platos de la mesa. Una noche de lo más normal con cena y todo.

―Gracias por la comida ―y los modales de cierta huésped mejoraron con el tiempo, de sólo pararse e ir directo al cuarto a dar las gracias con educación y dejar su plato en el lavadero. Al último le tocara lavar.

―Espere, Isuke-sama, siéntate un momento, por favor ―dijo Saburo. Isuke volteó a verlo, el resto de los cachorros agachaban la cabeza rehuyendo de su mirada ―, esto…queremos pedirle algo.

― ¿Pedir algo a Isuke? ―volvió a tomar asiento, mirando a todos paso a paso. Cruzo los brazos―¿De qué se trata?

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― ¿En serio no piensas hablar conmigo del viernes? Joder, colorada, creí que éramos amigos ―Haruki abrochó el cinto con la pistolera y el radio en sus compartimientos. Se aseguró que quedaran escondidas con el saco antes de cerrar su casillero.

―Somos algo así como amigos, pero no puedo contarte lo que pasó.

―Correcto. No necesitas decir más ―sacó su propio cinto y lo abrochó sin cuidado, cerrando de golpe el casillero―. Pero no vengas a buscarme cuando necesites hablar con alguien. ¡No me busques! Porque cuando me busques…ya no estaré para ti…―el chico era muy bueno sacando payasadas de la manga.

―El melodrama no es para ti. No dejes tu trabajo ―palmeó su espalda y tomó rumbo a su puesto donde pasaría 4 horas parada. Toboe corrió para alcanzarla.

―Haruki, por favor. Se nota que hubo cosas interesantes el viernes, cuéntame. No le diré a nadie.

El día se fue entre suplicas por un chisme completo, la curiosidad está lejos de ser una necesidad para el hombre, pero se camufla perfecta con palabras escapadas de la boca, preguntas pensadas y berrinches al no obtener la información deseada. Y lo que realmente movía a Toboe, no era que quisiera saber los detalles del ataque del fin de semana, sino escuchar esas palabras "debiste estar allí, nos hiciste falta" era lo único que buscaba. Ayudar un poco a su ego masculino, sentirse indispensable.

― ¿No tienes algún otro asunto pendiente que no sea molestarme?―mordió su pan dulce, aquello era delicioso, frío o caliente. El día anterior había sido su primera paga, la sorpresa era grande y el agradecimiento mayor. La cantidad era suficiente para hacer pequeños banquetes en casa por una semana, aunque la semana faltante comieran atún enlatado; y con lo que había quedado de ver a Kato, podría llevar a Omuro a cenar.

―No, lo siento, mientras Saori-chan no venga a trabajar, te toca soportarme. Hablando de eso ¿Te enteraste lo que le ocurrió?

―No la vi ese día, le pregunté cómo estaba por teléfono pero no me dio detalles.

―Yo pregunté a Ryu-san, me dijo que la dejaron inconsciente el día del asalto. ―volteó a verlo sorprendida― De verdad. Por eso le dieron estos días. Y no sólo a ella, un puñado de guardias están mal heridos, unos pocos no lo contaron, ayer justo murió uno que le dispararon al pecho.

―Vaya… no esperaba eso… no tenía idea…

Pateó una piedra, que botó un par de veces y fue a parar al asfalto. No conocía a ninguno de los hombres que murieron, no sabía de ellos hasta ahora que Toboe le contaba. Pero no le gustaba enterarse de tragedias, no de ese tipo. Se suponía que había escapado de su antigua profesión en un intento de alejarse de la muerte. Entrar a un mundo diferente que la limpiara de todo lo hecho con el pasar de los días, donde fallecer es un hecho aislado que al llegar, no lo hace por sorpresa, sino se va anunciando con tiempo. Pero volvió. Tocando la puerta, sonriendo y afirmando su presencia, pidiendo no ser olvidada, porque ella no se olvida de la pelirroja, quien antes ayudaba en sus labores diarias.

―Oye ¿estás bien? Te quedaste callada.

― ¿Oh? ¿Qué? Ah, sí, estoy bien, malos recuerdos.

― ¿Sabes que puedes hablar conmigo, verdad? Te hare una excepción con eso de molestarte. Soy serio cuando la situación lo requiere ―dijo Toboe con expresión solemne.

―Gracias canario, pero estoy bien de verdad. ―golpeo amistosamente el hombro de Toboe, agradecía de corazón que se ofreciera, pero sabía lo imposible que era hablar con él. No hablaría jamás de lo que hizo. Siempre estaría presente en su mente, pero jamás en sus labios. ―Pero, regresando con Omuro, ¿está de verdad bien? Quizás no me dijo la verdad por teléfono.

―Algo morado en la piel, pero nada grave, salvo por el susto de momento.

―Ya me fijaré si eso es verdad.

― ¿Sabes dónde vive?

―No, pero el jueves saldremos a cenar.

No había terminado de pronunciar palabra y su acompañante ya la sujetaba del cuello de la camisa, sulfurado por lo que había escuchado. Algunas personas que caminaban cerca de ellos se detenían a observar la escena, acalorando las mejillas de Haruki de la vergüenza, reaccionó instintivamente. El día anterior tomaba una lección con Sato, usar el peso del oponente en su contra y reducirlo. Dobló la muñeca del rubio en un ángulo antinatural e inmovilizo su brazo a la espalda. Toboe gruño en respuesta y hasta intentó soltarse, pero era imposible zafarse de ese agarre.

― ¡Me traicionaste, mujer! ¿¡Después de todo lo que he hecho por ti!?

― ¿Eh? ¿Qué has hecho por mí? Y baja la voz, no quiero que me llamen la atención.

― Tú sabes que la secretaria me gusta ¿cómo pudiste hacerme esto?

―No te he hecho nada, sólo saldremos y ya, cuando llegué a la empresa ella fue muy amable conmigo, fue ella la que me llamó cuando me seleccionaron para trabajar aquí, es una muestra de agradecimiento que quiero tener con ella. Cálmate ya, hombre.

Lo empujó lejos de ella, haciendo que el rubio trastabillara. Él se acomodó el saco una vez hubo recuperado el equilibrio.

―No hablare contigo a menos que canceles esa cita.

―No es una cita, me parece agradable y es todo. No tengo ninguna intención de ese tipo.

―Ya lo dije, no hablare contigo hasta que respetes la regla del "yo la vi primero". Y es mi última palabra ―Se fue pisando fuerte, casi arrollándola cuando pasó por su lado. Haruki lo vio alejarse y suspiró.

―Ahora todo el mundo está en contra con que salga con Omuro-san. Sólo me faltaría que Sato-san también se metiera. Canario está celoso, mis hermanos aún están asustados como para que les diga que saldré por la noche e Isuke simplemente no está de acuerdo.

Dejó ir el aire que no sabía que retenía y metiendo la mano en los bolsillos, haciendo que el pantalón se le pegara aún más al trasero, caminó al edificio de oficinas. Meditando las palabras que le diría a ese cabeza hueca que no entendía de razones. Quizás una de esos panes de la máquina expendedora o su café en lata favorito le ganaría su voluble disculpa.

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La luz del sol desaparecía y en consecuencia los focos tomaban la estafeta e iluminaban las esquinas de la ciudad otorgándole al ambiente un tono color naranja neón. Momento de cambio de turno, los nuevos reclutas se retiraban a sus hogares mientras los veteranos cubrían las horas más peligrosas. Otros ,como Sato y Ryu, se encargaban de ambos y otros ,como Haruki, tenían que esperar una hora más antes de retirarse.

―No te esfuerces mucho, pelirroja―se había despedido el canario en medio del patio antes de seguir su camino, comiendo claro un paquete de galletas de la máquina expendedora.

―Ve y disfruta tu tiempo libre, no aguantarías una hora más aquí―se había detenido con las manos en los bolsillos a la espera de que su jefe llegara para entrenarla, mientras el canario avanzaba de espaldas levantando la mano… Cuando este volteó su sonrisa desapareció, se encontró pensando en cuanto le gustaría tener una hora de su tiempo libre.

Iba a ser otra noche calurosa, de eso no había duda, sería un ejercicio pesado e incómodo. Así como lo sería volver a casa vistiendo su camisa blanca y el pantalón de vestir cuando su piel estaba pegajosa y maloliente, porque en las instalaciones no había regaderas para damas. Era un fallo en las reglas de la empresa y las leyes de género; Haruki no podía hacer uso de las duchas por consideración a su condición de mujer y la higiene. Pero el verdadero problema era que los directivos querían ahorrarse cualquier problema que pudiere ocasionarles un mirón entre sus filas.

Estos problemas eran irrisorios para ella. Lo único que le importaba en cuanto higiene era poder retirarse la suciedad. Aparte de eso, podía encargarse perfectamente de cualquier hombre que se atreviera a asomarse por la puerta mientras se duchaba. Pero eran las disposiciones que los ejecutivos de arriba y su jefe directo le habían impuesto. Tenía que hablar con Sato sobre eso, él le había ayudado con el asunto de los vestuarios, podría interceder nuevamente por ella.

― ¿Qué haces ahí parada? ―le llamo Sato en voz alta, interrumpiendo sus pensamientos. Se acercaba caminando a una mayor velocidad de la acostumbrada, era evidente que su cojera estaba sanando.

―Lo esperaba, jefe. Ya sabe, el entrenamiento.

― ¿Qué haces entonces portando el uniforme?

―Bueno…yo, estaba…esperando su orden…

― ¿Necesitas que te diga cuándo debes cambiarte de ropa?

Haruki tragó.

―No señor…―dijo con miedo a estar equivocada. Para Haruki era como estar de vuelta en l a escuela, ya no estaba segura acerca de si su respuesta al profesor era correcta.

―Chica lsita ―le vio sacando de su bolsillo un cigarrillo y ponerlo en su boca―. Ve a cambiarte, no quedan chicos en los vestuarios y mis hombres llegan directo a sus puestos, no quiero verte mancillando más de lo debido el uniforme.

Haruki obediente corrió hasta los vestuarios. Cambio la ropa formal por ropa deportiva, compuesta de un pans, chamarra y camisa sin mangas, regresando con prisa al centro del patio. Sato esperaba con las manos en los bolsillos del chaleco. Estaba mirando hacia la puerta de los vestidores antes de que Haruki saliera por esta, cuando se acercó apago el cigarrillo con un estuche de metal que regresó al bolsillo de su pantalón. Ella temió que estuviera molesto, era un hombre de carácter recio, allegado a la disciplina y puntualidad más que nadie que hubiera conocido, pero, en cuanto más se acercó noto que poseía una mirada estoica e imperturbable.

Por su rostro se deslizaban gotas de sudor, producto de un entrenamiento continuo y sin descanso. Llevaban 20 minutos trabajando sobre la hierba, las pequeñas hojas se habían metido entre las prendas de Haruki, ya le abordaba una comezón casi imposible de ignorar.

Era momento de pasar a las abdominales cuando una ráfaga de viento atravesó el lugar. El césped se movió empujado por el aire, insectos, tierra, polvo, todo volaba en pequeñas cantidades a la vez que el cabello pelirrojo ondeaba en el espacio como una bandera. Su pelo se revolvió salvaje sobre su cara, molestándola y haciendo que se detuviera.

― ¿Por qué llevas el cabello tan largo? En una pelea es una extensión de tu cuerpo completamente inútil y una desventaja explotable por tu oponente ―dijo Sato. Había dejado de ver su cronometro para observar los problemas de Haruki con su cabello.

―Me gusta mi cabello. Me siento bien con él ―retiro las hebras de pelo rojo sobre su rostro usando ambas manos, las tomo dentro de sus palmas y las llevó hacia atrás donde era su lugar―. Aunque debo admitir que es difícil de manejar.

―Puedo notarlo. No te peinas. Usas una liga para contener tu cabello, pero tus rizos desordenados delatan que no eres amiga de los cepillos.

Haruki sonrió como si hubieran descubierto una travesura de su autoría.

―Es difícil de manejar.

―Estoy de acuerdo. No te di permiso de detenerte.

Reanudo el trabajo físico sin darse momento de prepararse. Al instante sus manos volvieron detrás de la cabeza, haciendo lo posible por no jalarse el cabello y ser regañada. Su abdomen se contraía y se estiraba, debajo de las prendas los músculos se marcaban sensualmente por constantes suspiros cuyo sonido se fundía con el anochecer.

― ¿Por qué te gusta conservarlo largo? Es obvio que no es algo cómodo de llevar y no pareces una chica interesada en su aspecto físico.

― ¿Mi aspecto…? ―se detuvo para responder.

―No te detengas ―había vuelto la mirada al cronometro.

― ¡Ah! ¡Lo siento…! Tiene razón… No me preocupo mucho por esas cosas… No soy fanática de los acondicionadores y cremas… Mi cabello esta enredado y con las puntas apuntando a todos lados.

―Y tus manos están llenas de callos, tus uñas sucias y mal cortadas. Eres tosca y ruda pero sin perder lo que te hace una chica ―dijo con tono que denotaba admiración.

―No soy como otras chicas, ya lo sé…pero ¿sabe?... uff, ufff… creo que se ve bastante cool… me gusta mi melena… ―sonrió al decir estas palabras.

―Entonces es cuestión de gustos. A pesar de no ser como otras chicas, sigues teniendo un ego que llenar.

―Bueno…ufff…a mi madre también le gusta.

― ¿Tu madre?

―Ella es… muy importante para mí… ―volteo a verla, como se esforzaba tirada en el pasto, hablando y respirando mientras se ejercitaba ―Pese a todo, siempre se esforzó por cuidar de mí.

Sato despego los ojos del cronometro y de Haruki, dirigiendo su vista al cielo. Era una bonita noche, estrellada, libre de nubes, sería algo más espectacular visto desde el campo, lejos de las luces artificiales de la ciudad. Era una vista poderosa para ancianos como él y entre más envejecía más se hacía susceptible a caer en la melancolía de la soledad al verla. Esta melancolía se atenuaba con mirar como Haruki estaba en sus últimas, dando las ultimas abdominales con esfuerzo, el cual se reflejaba en las cómicas muecas que hacía y en su lento subir.

― ¿Qué me dices del resto de tu familia? Sorprendentemente, los datos de tu solicitud decían que tenías nueve hermanos ―Sato sonrío como si le acabaran de contar un broma ―Me pareció algo irreal cuando lo leí.

―Jeje, pues créalo… tengo nueve hermanitos, seis chicas y tres chicos…

―Igualmente de sorprendente es el hecho de que no figuraba el nombre de una figura paterna. Extraño considerando el número de niños y que todos ellos necesitan comer.

Ella se quedó acostada en el pasto un momento, pensando, esta vez su retraso en la respuesta no se debía al esfuerzo físico. Sato noto esto. Desde el principio sabía que sería una pregunta incómoda para su empleada, puede que hasta difícil de responder. No le dijo nada, no ordeno que prosiguiera con el ejercicio. Espero un par de segundos a que ella reanudara por si misma el entrenamiento y estuviera lista para hablar.

―Disculpe. Pero no es algo de lo que me gustaría hablar. Es personal ―dijo y reanudo las abdominales.

―Está bien. Respeto la privacidad ―le dijo a la chica que de repente parecía afligida ―Debe ser difícil. Tu madre, sola, teniendo que hacerse cargo de todos ustedes. Ahora entiendo que te trajo a nosotros, querías ayudarla con todos los gastos del hogar.

―Mi madre hace mucho que esta indispuesta… Desde hace ya algún tiempo… Soy yo quien se encarga de los gastos del hogar…

― ¿Qué le ocurre a tu madre?

―Ella enfermo… y ha estado en un hospital desde entonces…

―Entonces ¿Eres tú quien se encarga de todo? ¿De tus hermanos y de tu madre? ―se compadeció de la chica que tenía frente a él. Esforzándose cada día para llevar comida a la mesa, esforzándose una hora más en el trabajo para entrenar. Todavía era una chica joven, había tenido que madurar antes de tiempo, volverse una adulta antes de poder disfrutar la vida de una niña. De repente esa chica con el cabello revuelto, de actitud un poco masculina, era alguien más respetable antes sus ojos.

―Esa es la verdad.

―Jaja. Sabes, a pesar de que hace poco dijiste que algo era muy personal para contarlo. Acabas de revelarme cosas importantes acerca de tu vida.

―Je… bueno… Ya llevo aquí casi un mes, trabajando para usted… y me parece una persona de confianza, a la que se le puede… a la que se le puede contar los problemas… bueno, solo algunas cosas ―era grato escuchar una risa de su jefe. Siempre parecía tan serio. Se imaginaba que nunca compartía una risa, ni siquiera con Ryu, al que ya ubicaba como su amigo. La ponía de mejor humor.

―Eso pasa cuando llegas a cierta edad ―dijo y miro el reloj, que ya marcaba casi seis minutos― Alto. Ya es suficiente ―detuvo el correr de las manecillas. Haruki dio su última abdominal, quedando sentada en el césped, recargada sobre sus rodillas, inhalando y exhalando. Sato se acercó a ella y le ofreció su mano. Ella lo miro sorprendida y después de asimilar lo que sucedía, acepto sin problemas.

― ¿Ahora qué jefe? ―dijo una vez arriba, preguntándose aún por el gesto de amabilidad.

―Todos estos días. Creo que ya ha sido suficiente calentamiento.

― ¡¿Eh?! ¿Solo era calentamiento?

―Te dije que te iba a entrenar ―Haruki se sorprendió todavía más cuando lo vio levantar sus brazos, cerrar los puños y tomar una posición con la espalda un poco encorvada, en la que sus brazos protegían su cara y su pecho, parecida a la de un boxeador― y eso voy a hacer.

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En casa, el lugar en el que Haruki gustaría de estar, una chica estaba metida en la cocina. Se encontraba mirando pensativa el refrigerador abierto ¿Qué podía hacer? No podía repetir las brochetas de la vez pasada, los malacostumbraría a comer eso. Pero tampoco algo muy sencillo, sería como empezar con el pie izquierdo su nueva tarea.

― ¿Qué hará Isuke? ―se preguntó la mayor de allí, los niños asistían a la escuela, Saburo y Fuyuka visitaban a alguien, no tenía idea de a quien, y no volverían sino hasta la hora que sus demás hermanos llegasen a casa.

―Isuke no sabe qué preparar.

―A mí me guta el miso―las cachorras más pequeñas jugaban en la cocina, cerca de la mirada vigilante de Isuke. Yuki hacía dibujos y Mei traía en brazos una muñeca de trapo mal hecha.

―Pero no es año nuevo Mei―dijo su hermana mayor sin levantar la vista de la servilleta donde hacía un paisaje.

―Oh…y ¿Cuáto falta para año nuevo?

―Muuuuucho, no podemos comer sopa de miso.

―Entonces, ¿qué comemos cuado no e´ año nuevo?

―Ummmmmm ―presionó su redonda barbilla infantil con el crayón, reflexionando―bueno, a mí me gusta mucho el kabocha.

Era una charla entre niñas pequeñas. Ninguna intentaba dar realmente una idea pero Isuke escuchó eso, y no era mal plan. Podía hacer oniguiris para complementar.

―…pero a Isuke le faltan calabazas.

―No es cierto, señorita chicle, usted tiene calabazas de buen tamaño ―la inocente niña tocó su propio pecho, que no se diferenciaba en nada al de otro niño.

Isuke miro a la niña con incredulidad, sorprendida por lo inocente que era y sin embargo por lo inapropiada que podía llegar a ser. No podía culparla, era una niña que estaba creciendo en un ambiente salvaje y aún no apreciaba cuan inadecuado podrían ser las cosas que dijera. Aun así, resultaba sorprendente escuchar que algo así saliera de su boca.

― ¿Dónde has aprendido eso?― señalo a Mei que sostenía algo inexistente frente a ella. Por lo menos por ahora. La niña parpadeo sin entender a qué se refería.

―Creo que lo saco de los programas que veían mis hermanos en la noche ―hablo Yuki, repitiendo el mismo ademán de hace unos momentos, presionando el crayón contra su barbilla.

― ¿Huh? ¿Qué programas?

―Ummmmm…. Solíamos ver un programa por la noche, no recuerdo como se llamaba, yo estaba más en mis dibujos, aparecían muchas chicas usando traje de baño y un hombre con traje.

Sonaba como uno de esos pésimos programas de concursos que transmitían por televisión abierta. Aquellos que no tenían sentido del ridículo, constantemente abusando de chistes malos y de guarradas sin clase. Isuke entendía que una familia de esa posición social no tuviera acceso a la televisión por cable o internet, y por ende a mejores clases de entretenimiento, e incluso que se enfocaran en lo más bajo de la programación, las familias de clase baja usualmente fijaban su entretenimiento en cosas de baja calidad. Pero no lograba entender que hacía una familia donde la mayoría eran críos viendo tales cosas.

― ¿Cómo es que Haruki les permitía ver eso? Es más ¿Cómo es que Saburo y Fuyuka les permitían ver eso? ―se acarició la frente con la punta las yemas de los dedos, el esmalte rosado brillaba con fuerza al estar tan cerca de la luz.

―Ummmmm…. Haruki-nee llegaba muy noche, Sabu-kun llegaba tarde de estudiar y Fuyuka-nee lavaba los platos y limpiaba la cocina cuando el programa comenzaba.

Isuke suspiro.

―Eso explica muchas cosas… Supongo que no puedo culparlos del todo pero… ― "mierda Haruki, deberías prestar más atención a lo que tus hermanos ven en la televisión, por eso tus hermanos son como son" pensó Isuke mientras contemplaba a los dos pequeñas que parecían las menos dañada de los cachorros ―Mei, hazle un favor a Isuke y no vuelvas a repetir lo que dijiste ―Isuke se cruzó de brazos y levanto la barbilla.

― ¿Eh? ¿Pero que dije? ―pregunto y dejo la boca abierta.

―Hazle caso a Isuke, es algo malo, las niñas pequeñas que hablan así son niñas malas y no merecen que le prepare comida.

―Ah, pero Mei es una niña buena, siempre se porta bien ―Mei bajo la cabeza y en cuestión de milisegundos pudo notarse el temblor de labios que aqueja a un niño cuando está cerca del llanto.

―Oh, oh, creo que va a llorar ―Yuki dejo caer su crayón sobre la hoja de papel y miro con precaución a su hermana. Isuke miro a la pequeña con pena, no había querido decir algo que la dañara, muchos menos hacerla llorar.

―Es verdad, Mei es una buena niña. Es muy linda y siempre se porta bien. Con mayor razón no debe decir esas cosas ―coloco su mano derecha sobre el hombro de la niña, sus facciones se habían suavizado y lucía más como una madre comprensiva que como una hermana estricta ―No es correcto que una pequeña diga cosas como así. Por eso tienes que tener más cuidado en lo que dices, porque eres algo muy lindo. No llores, Isuke te preparara algo de comer.

Recordó la primera vez que aprendió una palabra mal sonante, como se había divertido con ella y como su madre había debatido consigo mismo como corregirla. Ahora que había crecido Isuke recordaba con cariño y gracia como ella no podía decidirse entre ponerle la mano encima por temor a ser demasiado duro con ella, o reprenderla con palabras por no querer ser demasiado suave.

― ¿De verdad? ―Mei se secó las lágrimas que empezaban a surgir de sus ojos, por suerte había sido una pequeña fuga que no llego a más.

―De verdad. Pero con la condición de que no repitas lo que dijiste.

―Lo prometo ―dijo la pequeña.

―Así me gusta ―Isuke se levantó y se dirigió nuevamente hacia el refrigerador para tomar los ingredientes que utilizaría. Ya los tenía en mente gracias a ambas, no sería un gran manjar, pero con lo que tenía podía arreglárselas.

Se preguntó qué diría su madre si la viera. Si acaso se sorprendería tanto como ella por lo amable que era con esa niña, probablemente estaría igual de sorprendido que su hija quien se sentía tan rara y fuera de lugar cuando se expresaba con tanta delicadeza ante una persona, tanto que podría decirse que le tenía repelús y asco a la amabilidad. Si aprobaría o no la forma en que Isuke había reprendido a la pequeña, ¿Lo consideraría muy estricto o poco estricto?, ella había resultado bien después de todo, respetuosa con sus padres y leal a su familia, pero quizá se habría equivocado al educar a Mei.

Sea como sea Isuke era inexperta siendo "madre", y su mentor también lo fue. No se imaginaba como había sido para ambos. El encontrarse de repente, dos personas sin experiencia en el cuidado de los niños, de género masculino, y para colmar más el vaso, con una niña débil y enfermiza. Debió ser una auténtica pesadilla. Su padre era un hombre de negocios altamente versado, seguro de sí mismo y con una lengua que cortaba más que una espada. Su madre era un asesino experimentado, atlético, con nervios de acero y letal en combate. Eran de lo mejor en sus áreas, nunca sentían miedo al desempeñarse en ellas. Pero una niña probamente hizo que se cagaran en sus elegantes pantalones.

― ¿Dónde estarás mamá…? ―dijo en voz baja. Había estado recordando demasiado tiempo y se había quemado.

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Conseguir un arma en Estados Unidos podría considerarse sencillo para cualquiera, pero un asiático puede ser visto con malos ojos. Una llamada y tendría las piernas separadas con las manos apoyadas en la pared, un hombre mal encarado pidiendo su nombre y pasaporte mientras lo maltratan sin derecho a defenderse, nada conveniente. Por lo mismo cuidaría del arma en sus manos. Algo pesada, incluso ostentosa, seguramente empleada sólo para intimidar y muy contadas las veces en que se dispararía. El desastre que provocaba al jalar del gatillo era muy grande para que alguien discreto portara esa escopeta en miniatura con intención de usarla en serio. Pero era la única arma de la que los forenses no tendrían idea que se encontraba allí.

―Kao va a notar esto…demonios…―acaricio su mejilla hinchada, seguramente se veía peor de cómo se sentía. Subió la mano y dio un respingón al sentir una punzada en la cabeza, sintió en la yema de los dedos algo rugoso, sangre seca quizás―y no sé qué diré esta vez por desaparecer tanto tiempo y volver con golpes…―"si es que sigue en el hotel".

Puso aparte esos pensamientos. Miró alrededor sin ver realmente; en base al tiempo en que conoció a Chiko, estaba casi seguro que no enviaría muchos de sus hombres. Le dio la vuelta al tipo tumbado boca abajo, cuidando de no mancharse de sangre, esculco entre las ropas del muerto tratando de dar con su propia arma pero no la encontró. En Japón, Chiko tenía otros asuntos de los cuales encargarse, si insistía en atacarlo era con el propósito de dar mayor seguridad a los movimientos futuros de sus piezas; en la habitación continua el aire acondicionado empezó a sonar estrepitosamente, en aquel ambiente sofocante, Eisuke imaginó una corriente sucia y caliente salir por las ventilas oxidadas. Encontró su celular, cartera y algo de dinero que ahora le pertenecía.

Había estado tomando café. Kao estaba saliendo de una junta, de ser exitosa, quizás de las últimas, con algo de suerte volverían en un par de semanas. Eso estaba muy bien para él, quería regresar con Isuke y contar con terreno conocido para moverse. El café estaba muy dulce, eso lo recordaba bien, no bebió más de un sorbo y pensaba decirle a la chica que se lo cambiara-Divagaba en cuan mal la estaría pasando su heredera. Hablaba por correo con un amigo dentro de la sociedad en la que trabajaba Chiko, según decía, la atención de su excompañero de misiones estaba casi completamente acaparada por una gran empresa a la que envió hombres, buscando dar con un doctor cuya investigación no era conveniente que saliera a luz. No le interesaba, preguntó por su hija, si Chiko conocía su paradero. Allí bajo la guardia. Leía que Chiko tenía voceado con unas cuantas personas el nombre de Isuke pero sin resultados. Al segundo después, hombres lo jalaban de los brazos y un tercero le apuntaba.

Dentro de una camioneta le sacaron el aire de una patada, habían partido su laptop partida a la mitad y dos hombres esculcaban sus ropas. Otro golpe apagó sus luces, y no volvió a abrir los ojos sino hasta verse en aquel asqueroso cuarto de hotel barato, atado de manos y piernas en una esquina. Traía puesta una venda pero oía claramente, quien estuviera a cargo de ese grupo no recibía instrucciones claras de su jefe y ordenaba esperar por nuevas órdenes.

Mantener el temple y la cabeza fría era una constante batalla frente a la incertidumbre de la situación, no se movía de donde estaba, cegado y atado. Los hombres tampoco lo hacían, escuchaba muy pocas veces la puerta principal y muchas discusiones, no llamaba la atención, salvo para lo indispensable de las necesidades humanas. La cabeza le dolía a lo que suponía era la primera mañana. Nunca había estado en una situación ni remotamente parecida, secuestrado en un país que no era el suyo. Si quería escapar esperaría al momento exacto para ello. Ya distinguía la cantidad de personas en la habitación, tres lo habían levantado y un cuarto esperaba en el hotel para cuando llegaron. A la segunda llamada supo que el momento se aproximaría, uno de ellos se había ido.

―Nos necesitan allá, Chiko dice que pronto organizará algo especial para el doc y necesita gente, ustedes quédense, llamaré en cuanto reciba órdenes.

Sin él quedaban tres. La tarde avanzaba y una idea comenzó a maquinarse, sin aviso intentó desatarse, ellos se dieron cuenta y las patadas comenzaron a llegar. Una hora después, con aliento nuevo en los pulmones, comenzó a gritar lo más fuerte que pudo, le dolía cada golpe y a momentos se callaba al no sentir la boca, pero no se detenía, hasta que uno de ellos lo sujeto de cuello cortándole la respiración, forcejeaba tanto como le permitían sus ataduras. En su desesperación por aire, al sentir su pecho a punto de explotar, se preguntó si saldría vivo, si su jugada no había sido incorrecta. El resto pudo quitárselo de encima, hubo otro golpe y le quitaron la venda de los ojos, para que pudiese ver el monstruo de .50 apuntándole, se quedó completamente quieto.

Los hombres de Chiko cambiaron su conducta, veían por las ventanas, el pasillo y se les notaba nerviosos cuando escuchaban algo parecido a una sirena de policía. Eso estaba bien, porque turbados no pensarían claramente. Esa misma noche pidió ir al baño, lo mandaron coloquialmente al carajo. Pero no paró de molestar con eso, temía recibir un disparo, presentía el peligro al que se exponía, jugando con hombres imaginariamente acorralados, pero pedía ir al baño; a media mañana uno de ellos, harto, comenzó a golpearlo, los otros lo detuvieron pero la pelea se redirigió a ellos.

Gritaban, estresados por aquella situación: a la deriva en un país extranjero donde la simple sospecha podía acabar con ellos en una prisión. El que comenzó a golpearlo no lo soportó más. Tomó sus cosas y salió dando un portazo. El aire caldeado le dio la señal, era ahora o nunca. Azorados por la situación, ninguno lo acompaño al baño, lo arrojaron dentro para no pensar en él por un rato. Haciendo fuerza luego de enganchar la cinta adhesiva en una agarradera del baño, libero sus manos, arrancándose bellos y dejando pegamento molesto en la piel. Se quitó la cinta de los pies, entonces fue que golpearon la puerta.

― ¡Apresúrate, marica, termina de cagar y sal de allí!

Acabada su paciencia e importándole poco la dignidad o derecho que un hombre tiene al ocuparse de sus asuntos privados, entró sin esperar respuesta, su semblante cambió a uno de sorpresa, miedo y rabia. Su mano tomó camino a su cadera pero Eisuke lo asió de esta y tapo su boca. La puerta se cerró de un empujón algo fuerte; el piso estaba mojado y sucio, sentía la tierra bajo sus pies cuando trataba de plantarse bien y dominar al tipo que intentaba morderle la mano. Sus fuerzas no eran iguales, el hombre tenía más que él, sin duda, pero el ataque sorpresa lo tenía desbalanceado y resbalaba a cada empujón.

Quizás fue la suerte o sus intentos por inmovilizarlo hasta encontrar un punto de apoyo fiable, pero de pronto, y es que un desliz no puede ocurrir de otra forma, Eisuke resbaló al frente y el hombre de espaldas. Había un borde de concreto, un poco alto para que el agua de la ducha no mojara todo el piso, puesto allí con una mala intención. "Puamp" como si el sonido no quisiera salir del cráneo. Su rodilla palpitaba luego de golpearse contra el retrete. Tomó la pistola de la cadera del tipo; le recordó tantas películas en las que los hombres se metían el arma en la parte trasera de los pantalones, nada menos seguro y cómodo, podía dispararse, atascarse con la tela y no debía sentirse muy seguro allí.

No esperó a que los otros dos llegaran a comprobar porque tanto golpe, cuando uno de ellos llamó por el nombre de quien una vez fue, salió apuntando con el arma y disparó. Vio sus ojos, obligados a entender todo con una mirada a su pecho que parecía haber explotado de adentro hacia afuera y se derrumbó. El otro intentó alcanzar la puerta, ni siquiera trató de sacar su arma y defenderse o vengar a sus compañeros, sólo intentó huir. Una vez escuchó que disparar por la espalda era de cobardes, pero verle el culo intentando escapar le hizo ver a Eisuke que no era un hombre, era una rata y a las ratas podías dispararle como quisieras.

Un tiroteo entre ellos, la historia necesaria para los periódicos amarillistas, el intervalo postmortem no puede calcular minutos exactos. Quitó sus huellas del arma con papel de baño y devolvió la pistola a mano del original para impregnar las de él. La empujó un poco para que pareciera un estúpido accidente, los detalles lo hacían poco creíble pero qué más daba.

Prendió el celular, para su alivio quedaba un tanto de batería, sopeso la idea de llamar a Kao pero no le atraía mucho, quería saber de él, sí, pero de imaginarlo enojado, alterado o parecido… no tenía miedo, más no buscaba dar explicaciones o pelear. Kao no indagaba de más en sus empleos, sabía que algo escondía pero no una infidelidad y con eso le bastaba para acallar sus preguntas. Pese a saber la intranquilidad que pasaba, no llamarle era tranquilidad para él.

Estaba en el noveno piso, un edificio cuadrado de paredes a las que se le caía la pintura y un hedor a trasero de gordo que no se levantaba del sillón. Escaleras de caracol cuadradas al final del tercer pasillo, sin ascensor. Se preguntaba cómo lo habían llevado hasta aquel lugar sin levantar sospechas.

Miró un rato el celular mientras cojeaba por el primer tramo de escaleras, no llamaría a Kao pero tenía que usarlo de todas maneras. Marcó un número aprendido de memoria, no tenía registrado ningún contacto. Esperó tres tonos, cuatro tonos, cinco, se preguntó si los golpes no lo habían afectado de más.

― ¿Hola? Sagae Haruki ―allí estaba, la chica del momento y lugar equivocados; habló unas cuantas veces con ella pero aún no se formaba una verdadera imagen de la muchacha, salvo por las vagas características que le había compartido alguna vez su hija. Fuera de eso, se asemejaba a una voz X de servicio ha cliente. Una persona que no lo es en su mente.

―Sagae-san, llama Inukai.

―Eisuke-san, que bueno escucharlo, desapareció por un rato, Isuke-sama ha estado desanimada por… por su culpa ―su tono de voz era amable y simpático, pero cambio en la última entonación, expresando su desagrado. La chica no tenía pelos en la lengua cuando expresaba su opinión. Eisuke lo dejó pasar.

―Hubo asuntos que no podían esperar. Recientemente logre desocuparme ―se arregló la camisa y entró a uno de los baños en el pasillo. Una mala arquitectura y de mal gusto.

― ¿Está usted bien? Se le escucha agitado.

¿Cómo podía esa simple muchacha saber cómo estaba? No la detestaba ni cosa parecida, pero se ahorraba su voto de confianza, algo en ella lo repelía, era instintivo. Como agua y aceite.

― ¿Dónde está Isuke?

― ¡Oh! Sí, lo siento, usted debe querer hablar con su hija y yo haciéndolo perder el tiempo. Isuke está en la cocina, ayudando a mis hermanos con la cena.

― ¿Isuke? ¿Ayudando? ¿De qué estás hablando Sagae? ― ¿La chica le tomaba el pelo? Su hija cocinaba para ella o ayudaba a su padre, pero no creía que lo hiciera para unos infantes. Isuke siempre se había sentido incomoda cerca de niños, preguntaba siempre la edad de los implicados en una misión, un par de veces se negó a ayudarlo… "jamás tendré la sangre de un niño en mis manos". A su hija le faltaba sangre fría, pero la obtendría con la práctica, él mismo se encargaría de eso.

―Mucho que explicar, no ha estado por un tiempo ¡Isuke-sama, su… "madre" está al teléfono! ―escucho un par de voces y luego como el celular cambiaba de mano―te esperamos para la cena.

― ¿Hola? ¿Mamá, eres tú? ―la angustia y emoción en la voz de su hija lo complació, era volver a ver a esa niña asustada que se colgaba de su pierna mientras le mostraba su nuevo hogar.

―Soy yo hija, ¿Cómo estás? Disculpa a mama por no hablar mucho, pero las cosas acá no han sido fáciles―se notaba que no lo habían estado, tenía ambos ojos morados, uno de ellos inyectado en sangre, el labio partido eh hinchado, sangre seca en la nariz y parte del labio, no le habían reventado los pómulos por suerte pero su frente estaba muy roja y tenía un corte en el nacimiento del cabello. ― ¿Cómo está mi niña? ¿Dime que es eso que te están obligando a hacer?

― ¿Obligando? ¿De qué estás hablando mama?

―Sagae dijo que estabas en la cocina ¿te están obligando a algo, Isuke? Tranquila, no hagas nada, cuando acabemos hablaré con esa chica, me va a escuchar y voy a quitarle dinero por lo que te hace.

―Mama, mama, tranquilo, nadie está obligando a Isuke a hacer nada, le pidieron a Isuke a alimentar a los cachorros e Isuke aceptó. Tranquilo, Isuke está bien, estoy muy feliz de escucharte otra vez.

― ¿Cachorros? ¿Qué, tienen perros?

―No pero se parecen bastante a los perros, Haruki tiene hermanos pequeños, e Isuke les prepara comida cuando Fuyuka no se encuentra. Oh mama, Isuke te había echado de menos, tengo tanto que contarte que no sé por dónde empezar―allí estaba esa pequeña niña que tartamudeaba entre su forma de hablar en primera y tercera persona. Pero había algo distinto, un matiz extra.

La niña que crio a su imagen y semejanza, tímida y reservada, asocial, cerrada para todo el mundo salvo él y su pareja, hablaba de sus días en esa casa, como había ido conociendo a cada "cachorro", los describía y le contaba lo que hacía con ellos a lo largo de la semana ¿qué estaba pasando con su hija? ¿Qué le estaban haciendo en ese lugar? A un punto de la charla Eisuke notó con espanto la manera en que su hija hablaba de ellos, con aprecio en sus palabras, de cada uno de esos mocosos, feliz de vivir con ellos. Frunció la esquina de su labio partido. Su heredera estaba ablandándose.

―Isuke. ―No quería sonar tosco pero no podía aguantar más la forma en que se expresaba.

― ¿Sí mama? ―respondió ella, sorprendida por el tono de voz.

―No estás allí para ser niñera de un montón de niños. Céntrate, no atrofies los músculos, no pierdas el filo y tampoco el tiempo. Estoy pagando a esa chica para que te esconda y eso es todo. No tienes obligación de hacer algo.

―Mama, yo…

―Escucha. Tengo que buscar a papá, tú no lo sabes pero soy yo quien da la cara a los que te buscan, soy yo quien está poniendo el pecho a los golpes. Hija―se pasó la mano mojada por la cara, estaba caliente y palpitando―, la cosa va mal y no me convence para nada que la pases jugando con niños.

―Mamá, pero Isuke no está…

―Un amigo dice que estas en boca de algunos tipos, no salgas de esa casa, y si llegas a notar algo extraño o notas que están allí, vete. Debo llamar a tu padre. No quiero que nada te pase, así que ten cuidado―Isuke imagino a su madre, de sonrisa fría pero ojos expresivos, acariciando su mejilla mientras ella bajaba la cabeza―. Te quiero, Isuke y eres mi heredera. Así que espero que te comportes como tal.

Se escuchó la línea estática de llamada terminada, el único sonido en la soledad de la habitación. Miro el teléfono en su mano y revisó el registro de llamada, "número privado". ¿Había sido reprendida por convivir con los hermanos de Haruki? ¿Qué tenía de malo? No entendía. No lo comprendía para nada. Pero eso no importaba, lo importante era ¿debía obedecer a su madre? Su respuesta debía ser sí, su madre arriesgaba su cuello, debía ser ella la que pagara los errores. Gratitud, por gratitud debía hacerle caso.

"Knoc knoc knoc"

―Isume-sama, la estamos esperando para cenar― el joven entró luego de tocar, con su inseparable sonrisa serena y educada, casi de admiración por ella―. Nee-san quiere probar lo que usted hizo, y yo también, debe estar igual o más rico que las banderillas que preparó.

Se levantó de la cama y se acercó al chico. Hundió la mano en el cabello desordenado, era fino y suave, y cuando frotó un poco el joven le sonrió sonrojado. La miraba con ojos profundos y brillosos. No se equivocaba, eran como cachorros ¿Y quién no se encariñaba con un cachorrito? Le sonrió de vuelta y fueron hasta la mesa donde el resto de la familia esperaba. ¿Cómo no sacarle cariño a toda una manada que le esperaba sonriente?

Ale: Hola chicos, la chica está ausente últimamente. Ya no hay escuela pero ahora se enfrenta a otro monstruo. Así es, trabajo subordinado y remunerado, ese al que tenemos que enfrentarnos en la vida para tener algo de comer. Espero les guste, tiene algunas cosas interesantes aunque opino que es algo suave y obvio la mayoría. Esperamos le guste, ya ha pasado un tiempo y vaya que sí ha sido mucho. Disculpas. La flojera también es una enfermedad que debe ser combatida (al menos de mi parte). No me enrollo más, disfruten de esta presentación, y comenten, critiquen, si dicen que esta mal y que está bien sirve como retroalimentación para mejorar la escritura, desarrollo de personajes, etc. Tengan una bonita tarde y hasta pronto.