Las llamas se elevan

Los adultos son hombres y mujeres que, aún en una situación incómoda o desagradable, no huyen, no escapan, no se niegan a poner cara ni fingen que el problema no existe. Una muestra clara de madurez era tomar esa sensación que jala desde el estómago para correr lo más lejos posible y apretarla tanto que no pudiera moverse. La madurez no es dejar de sentirse inquieto, es dominarse y acatar sus principios. Porque al final del día son estos los que guían por diversos caminos sean buenos o malos, y el ignóralos también puede y los cambiara.

Se sujetó a la honestidad como su mejor carta. Cuando un padre le cuenta a su hijo sobre cómo se fue, dejándolas a ella, su madre y futuro hermano o hermana solos…sin nadie que los cuidara, entonces no hay manera de suavizar la historia sin que se vuelva una mentira. Y ella seguramente estaba cansada de estas.

―Regresé a aquella casa, claro que lo hice, fue lo primero que hice apenas puse un pie de vuelta en Japón. Ya te imaginarás, obviamente no estaban allí. Como si…hubieran tenido que escapar con las pocas cosas que cargaban. Las busqué por mucho tiempo y regresé a aquella casa más veces de las que recuerdo. Yo no soy un hombre que no cumple con su palabra, y quiero creer que fue esa insistencia lo que hizo que el destino al fin nos pusiera a ambos en la misma dirección. La que nos llevó, la que me llevó a encontrarte. Haruki―su voz se quebró al pronunciar su nombre. Ese hombre, a aquel señor que podía partir un hueso con solo un golpe de sus tonfas lo había alcanzado el sentir de ver de nuevo a su hija.

―Entonces, ―al fin escuchó a la pelirroja, se mantuvo callada durante toda la historia; mientras habló ella no dejó que le viera los ojos― se supone que debo ponerme a llorar, correr a tus brazos y gritar "Padre, Padre, al fin te encontré" mientras cierras los ojos, sonríes, nos abrazamos y todos son felices para siempre comiendo helado ¿no? ―la sorna escurrió densa de su boca. En realidad, él vio como la saliva trataba de escaparse de las comisuras de sus labios apretados, recordó la última enfermedad seria que tuvo y como supuraba saliva a grandes cantidades cuando estaba a punto de vomitar. Haruki posiblemente estuviera pasando por lo mismo.

―Hija…yo…

Escuchó el choque antes de ver el puño contra la madera de su escritorio, vio los tendones muy claramente saltando en aquella piel tostada.

―Cuando entré te dije…le dije que mi padre estaba muerto, que se había largado lejos hace años y no había otra persona que se encargara de mi familia―al fin alzó la vista, Sato esperó ver lagrimas fluir de sus ojos, pero lo que vio fue una rabia casi ciega yendo directamente a él. Por un instante no se vio frente a su hija, sino frente a una fiera que saltaría a su cuello a la menor provocación, una fiera herida―sólo yo, mi padre estaba muerto, tratando de dar lo mejor que podía para enviarnos dinero…

―Haruki, yo lo hic…

― ¡Y así se va a quedar! ―deslizó el brazo tirando su laptop, pocos papeles apilados pulcramente en la esquina y el cenicero de vidrio que se hizo trisas esparciendo cenizas por todo el suelo junto con un número preocupante de colillas. Se levantó volcando la silla. Estuvo a punto de tropezar con las patas y caer si Sato no le toma del brazo. Realmente no pensó en sus actos o en si estos traerían consecuencias, sólo reaccionó movida por la necesidad de alejarse todo lo que podía. Arrojó su puñetazo con las pocas fuerzas que pudo reunir sin apuntar o esperando dar a algún punto, sólo quería que la soltara. Sintió como el golpe impactaba, un bajo quejido y en cuanto se sintió libre salió corriendo de aquella oficina.

Las lágrimas ya le impedían ver, además de su intento por mantener lo más gacha la cabeza como podía, sentía vergüenza de estar llorando frente de todo el mundo. Tropezó un par de veces. Todas las lágrimas nacidas de la tristeza y frustración se mantuvieron anestesiada por años con el pensamiento de que no se le podía tener rencor a los muertos, a los que las culpas ya no se les podía achacar. Llego a la zona donde estaban los casilleros y entró al primer servicio que encontró. Se lavó la cara, pero por más que remojaba el rostro en esa frescura no se quitaba aquel temblor en su corazón. Puso las manos para que el agua no escapara por la tubería y con las mangas de la camisa mojada gritó haciendo burbujas, el agua se desbordo salpicándole los zapatos y el pantalón antes que pudiera recomponerse. Tomó tiras y tiras de papel tratando sin éxito de cercarse el cabello y lo que pudiera de su ropa.

La imagen en el espejo era un desastre. Los ojos rojos junto con la nariz, sentía su cara hinchada y si ella lo sentía, entonces las personas podían notarlo. Parte de su ropa se transparentaba haciendo visible su sujetador deportivo, una imagen nada adecuada. Tomó su saco del gabinete asignado y trató de taparse completamente. Ya se sentía lo suficiente vulnerable para querer tener la mirada libidinosa de otros sobre ella.

Su corazón dio un vuelco cuando escuchó personas acercándose, se vio dominada por el impulso de entrar en su casillero y quedarse allí. Y antes que pudiera notarlo, estaba sentada con las rodillas pegadas a la mandíbula, sujetando con la yema de los dedos esas orillas que servían para cerrar con seguro. No podía cerrar, no era una niña de 14 para entrar y que le quedara espacio y por la forma tan apurada de entrar no se acomodó de forma adecuada.

―Le digo que la vi entrar aquí, estoy seguro―era uno de los guardias de seguridad. Venía acompañando a Ryu, ambos la buscaban.

―Si claro, haces que malgaste mi tiempo. Debió correr a los sanitarios ¿qué acaso no sabes nada de mujeres? ―no podía verle la cara, pero estaba segura que el chico se ruborizo. Ella lo estaba con solo escuchar aquello.

Ya no se escuchó más, unos pasos rápidos de alguien saliendo y dejando que la puerta se cerrara. La llave se abrió dejando correr el agua.

―Te ves ridícula allí metida, pelirroja, ―se quedó muy quieta―sal ya. Tengo un par de preguntas para ti.

Se golpeó la cabeza con un suspiro. Pateo la pequeña puerta tratando de salir, consiguiendo que la puertecilla se regresara con la fuerza de la inercia y le golpea en la espinilla. Se puso en pie tratando de dar un chequeo rápido de su persona, sacudiéndose los fondillos de los pantalones y evitando en lo posible la mirada de Ryo reflejada en el espejo.

―Entonces ¿qué está sucediendo? El canario dice que te vio correr y no pudo alcanzarte. Tuvo el acierto de preguntar directamente conmigo si teníamos una situación. No la tenemos, ¿o la tenemos? ―la única respuesta por parte de la chica fue su entrecejo fruncido, junto con la vista de sus manos temblando hechas puño― ¿Qué, te engañó el novio? ¿Tuviste una pelea con tu madre? ¿Te llegó ese día del mes? ¿Sato te hizo una llamada de atención? ―el temblor que le recorrió el cuerpo no pasó desapercibido para Ryu. Aquello honestamente llamó su atención. Barajeo unas pocas cartas en su cabeza, unas que descartaban por lo desagradables que le parecían, sobre lo que pudo pasar. Sato no era un hombre que abusara de su autoridad. Entonces, ¿qué pasaba allí?

―Señor Ryu-san, voy a renunciar, no puedo continuar en esta empresa.

―Ah ¿no puedes? ―tomó unas toallas de papel con que secó a conciencia sus manos.

―No, hay una situación que me supera, no puedo seguir aquí, le dejaré el uniforme mañana en la entrada, pueden o no dejarme mi pago, no importa, pero no puedo pasar otro día aquí.

―Es curioso, Haruki, a muchos de los que se encuentran en esta misma empresa no les pareció gracioso que entraras, recuerdo que al inicio incluso tenías una que otra pelea con ciertas personas. Y sabes, incluso el buen Sato, llegó a poner una cara no muy convencida al ver las pruebas, te respalde. Tal vez Sato te tomó bajo su tutela personal, pero yo soy tu jefe directo ―se sorprendió al sentirse tan molesto ante la pequeña posibilidad de que Haruki, una joven que tuvo que crecer muy rápido y hacerse responsable de su familia, se viera metida en un abuso o acoso. ―Y con eso me refiero a que, si está pasando algo, debes decírmelo y lo escalaremos con quien tengamos que escalarlo.

―No puedo, señor Ryu, yo…yo…él…―a este punto se muerde el labio. El hombre se acerca, ella apenas puede llegar a su pecho, era mucho más alto. Haruki recuerda muchos momentos en su vida en que pasó por dolores monstruosos, por agonías en que casi pierde la vida y en ninguno de esos instantes se sintió tan derrotada, tan indefensa, con tanto dolor en su pecho. El torrente de lágrimas se desató nuevamente. Hizo un intento de hablar, en vano. En un acto infantil, uno muy primario de su niñez, se llevó las manos a los ojos y trato de quitarse las lágrimas.

―Ya, tranquila―en otro tiempo, en otro lugar o incluso con otra persona, Ryu hubiera tomado una servilleta alcanzándosela a Haruki para que tomara un respiro y con eso poder retirarse, en cambio, terminó de acortar el espacio entre ambos y la abrazó. Espero que la chica se quedara tensa o se retirara al instante, contrario a eso fue un derrumbe en segundos, apoyó su peso contra él y enterrando la cara en su pecho desató todo lo que tenía dentro. Se quedaron allí un rato, arruinándose la blanca camisa, pero parecía que la chica lo necesitaba―Muy bien, vamos, vamos a la oficina de Sato.

―No, no puedo―se empujó lejos de la puerta, casi cómicamente inclinada atrás. Él la sujetó del brazo, ya sin entender este sin sentido.

―Escucha, lo que sea que haya pasado, no puedes evitarlo. Ya no, ahora eres una adulta y como tal debes enfrentar esta situación. Entiéndelo, Sagae, este tipo de cosas no desaparecen sólo con renunciar. Eso es una falta a tu carácter, a tu persona.

―Es que…―amenazó con volver a llorar y esta vez Ryu no la toleró.

―Escucha, no más llanto, ya tuviste tu momento de debilidad, es tiempo de que te compongas. Sino quieres seguir en esta empresa, bien, pero vas a ir a dejar tu puesto a la oficina de Sato, yo te acompañaré.

― ¿Haría eso?

―Claro que sí, y si tienes algo que decir antes de que vayamos, este es el momento―Haruki frunció el entrecejo y desvió la mirada, todo estaba por terminar―Muy bien, si así quieres que se haga, vamos de una vez.

Empezaron a caminar, Ryu mantuvo un brazo firme alrededor de Haruki, ella lo usaba de apoyo. Algunas personas se apartaban al verlos avanzar, Haruki no quería ver a nadie a la cara. Quería arrojarse por la ventana o encerrarse en el primer rincón obscuro que encontrara y no salir hasta que del lugar se fuera hasta la última alma. Por el rabillo del ojo pudo ver un rostro que expresaba confusión, y luego los murmullos. Joder. Los murmullos era lo peor, combinado con el silencio de la multitud de aquel piso (que por algún extraño motivo se encontraba completamente lleno aquella placida tarde) todo se volvía casi inaguantable otro paso más.

―Ryu-san, terminaré mi turno, cuando fallen 20 minutos para que acabe iré personalmente a entregar mi puesto. Tengo razones personales para salir—dijo cuando dieron vuelta en un pasillo, faltaba sólo unos pocos pasillos más para llegar a la oficina, a aquella oficina fría y obscura donde se escondía su pa…Sato. SE ESCONDÍA.

―Me parece sensato de tu parte. Más templada.

―Gracias y por favor, no le diga a nadie. No quiero dar explicaciones.

―Por supuesto, Sagae.

―Muchas gracias, Ryu-san. De verdad me acaba de ayudar mucho.

―Estaré fuera de la oficina 20 minutos antes―le dio un apretón en el brazo y la dejó sola en el pasillo, apoyada contra la pared. Era como si fuese una especie de lisiada.

Buscó su pañuelo, se limpió bien los ojos junto con las mejillas. Se sonó la nariz y encaminó a su puesto. Afortunadamente le tocaba guardia en el pasillo que conectan ambos edificios. Pocas veces veía gente por allí que no fueron hombres y mujeres en bata con hora de entrada, pero no de salida. Tomó lugar en una esquina a la entrada del edificio "B", pasaba la mirada por las calles, por las distintas entradas de camiones, pero realmente no veía nada. Luchaba por tener los pensamientos lejos del hombre en aquel edificio al final del pasillo. Un escalofrío le recorrió completa de solo pensar en el final de su turno. Apretó su mano contra el nudo de su estómago, que apretaba más con la sola mirada. Buscó un número en su celular y marcó. Sonó una, dos, tres, cuatro veces, estaba por colgar cuando a la mitad del quinto tono alguien respondió.

― ¿Qué quieres?

—Hola, Isuke-sama, me legra que te encuentres bien ¿qué cómo está mi día? Eres muy amable por preguntar, aunque me gustaría tenerte mejores noticias.

—Isuke ya entendió. Es muy raro que llames, de hecho, nunca lo haces.

—Tendré que empezar a cambiar eso—sonrió un poco, no demasiado. Escuchó movimiento al otro lado de la línea, se acercaba la tarde, sus hermanos ya debían estar en casa. Escuchó una puerta corrediza ser cerrada y luego el sonido de su cama.

— ¿Qué sucedió? ¿estás bien?

— ¿Tan mal se me escucha? ―dio un suspiro―digamos que…un fantasma volvió a la vida—la imagen de una tonta película norteamericana le llegó por un instante a la cabeza. Un doctor en bata en medio de una gran tormenta con un cuerpo mal costurado en la mesa.

— ¿De qué hablas?

—Mi…el marido, el primer hombre de mi madre, está vivo, está aquí en la empresa—nuevamente el sonido de su cama, junto con lo que parecían algunas prendas de ropa siendo puestas en la misma—. Acabo de hablar con él, tuve un pequeño momento en el baño. Estoy un poco…no lo proceso aún.

—Isuke va para allá, sólo necesito cambiarme, dame la dirección.

—No, no te preocupes, no es necesario que vengas. Ya estoy tranquila, quédate con mis hermanos, por favor. Voy a renunciar al final del día e iré directo a casa.

— ¿Estás segura? Se te escucha…asustada.

—En las películas siempre muestran a la protagonista corriendo a brazos de su padre, llorando, recobrando todos esos años perdidos en los que estuvo sola y hablando de lo mucho que le hizo falta su presencia—notó un sudor caliente en las manos, alejarse de esa oficina fue lo más difícil y liberador que hizo, pero el volver, tal vez tomaría todo el valor que pudiera reunir de ese momento a un par de horas—. Creo que me salí del guion.

— ¿Qué pasó? ¿Cómo sabes que es él? No le estás explicando nada a Isuke.

—Te lo contaré apenas llegue a casa.

—De acuerdo…Haruki.

— ¿Hmph?

—Isuke no cree que te hayas salido del guion, sólo improvisaste un poco.

— ¿Segura? Prácticamente le dije al hombre que se fuera al demonio.

—Recuerda que no todas las películas van por el camino que nos gustaría, pero eso no las hace una mala película, el cómo acabe sí puede hacerla mala. Isuke te verá en casa, no te preocupes de más.

—Gracias, Isuke-sama, te veré en casa—te quiero, se mordió la lengua antes del sonido de llamada terminada. Volvió a meter el celular en su pantalón y notó como volvía a respirar con normalidad. Puede que las cosas se estuvieran yendo a la mierda, pero mientras aquella molesta chica se despidiera en la llamada con un "te veo en casa" las cosas podían manejarse. Podía manejarlas—Son las cuatro, el comedor acaba de cerrarse…más buenas noticias—cuando la llamaron se dirigía al comedor de la empresa, al fin puesto en marcha luego de un par de meses. Se dijo que iría a ver a Sato y luego regresaría por algún bocadillo rápido. Se tardó más de lo que esperaba.

Toda promesa se cumple y toda fecha llega, el reloj fue inclemente, cada minuto era una pulgada más apretada en su estómago. Faltando 30 minutos para su salida no lo aguantó más tiempo, se acomodó el sacó, el cabello y caminó a esa oficina. Faltando un solo pasillo vio la puerta abierta y escuchó gritos. Empezó a correr con los puños apretados.

— ¿¡Qué no es mi asunto!? ¡No me tomes de estúpido! ¡Dime qué le hiciste que ahora quiere renunciar! —Ryu gruñía dentro de la oficina, miraba exacerbado a un hombre imperturbable. Estaba casi sobre él, sujetándolo de la camisa con un puño amenazante cerca de su cara. Aquellos ojos (ahora lo notaba) de un brillo opaco pero parecido al suyo, miraron donde estaba ella.

—Es un asunto completamente personal, de lo que ella seguramente no quiere que nadie se entere—en ningún momento le quitó la mirada.

Ryu al fin volteo a verla, una especie de disculpa pintada en los ojos, como si le hubiera fallado como jefe y líder. Ella le sonrió en agradecimiento y entró a la oficina.

—Ryu-san, le agradezco infinitamente su preocupación por mí, la única forma que veo de resarcirle es tomando el asunto por mi cuenta desde aquí. Sa-sawada-san no me ha hecho ningún daño adrede, no pierda su trabajo por esto. Déjenos.

—Estaré fuera—volvió a acomodar su uniforme y salió. No sin una última mirada de advertencia a su amigo y jefe.

—Nunca, desde que hemos trabajado juntos, Ryu estuvo a punto de golpearme, debiste causarle una buena impresión—escucho decir al hombre apoyado contra el escritorio. El lugar tenía aún los papeles esparcidos por el suelo, ahora ambas sillas volcadas y los cristales sin recoger. Al caminar dentro los sintió en la planta de los pies—Entonces quieres renunciar. ¿Es por lo que hablamos o pasó algo luego que saliste de mi oficina que te impide quedarte?

Haruki no respondió.

— ¿Piensas que es una mentira? —nada— No quiero que renuncies, y no voy a permitirlo, deja de llegar si quieres, pero seguirás teniendo dinero en tu cuenta, ya no es igual que antes, Haruki, ya no puedo dejarte sola ahora que sé quien eres y cuanto me necesitan. Vas a seguir trabajando, aquí o en alguna de nuestras sucursales o bodegas, pero vas a seguir trabajando.

—No, no quiero que tengas nada que ver conmigo o mi vida y mucho menos con la de mi madre y hermanos. Tú, un maldito cobarde, no te quiero cerca. Y no seguiré viniendo aquí, porque un día no aguantaré y te mataré—ni una palabra, el celular comenzó a vibra en su bolsillo, no lo atendió—. No sabes el odio que te tengo, no sabes las noches que no hubo para comer, para los medicamentos de mi madre, de mis hermanos, no sabes lo que tuve que hacer para poder ser lo que tú debiste ser, el pilar de la casa—la llamada se paró por un segundo, pero nuevamente vibrando, vibrando—No sabes lo que mi madre tuvo que hacer, no sabes a las necesidades por las que tuvimos que pasar.—a este punto era obvio que la llamaban, las sienes comenzaron a palpitarle—No sabes cuantos huesos se me rompieron por hacer lo que tú debías hacer y que no hiciste. No me importa la situación, nada, ¡nada! Justifica que nos dejaras—y el celular volvía a vibrar, Haruki lo sacó, apenas vio quién llamaba y respondió— ¡¿Qué?!—alguien respondió al otro lado de la línea— Sí, soy su hija, ¿qué pasa? —y todo el enojo se esfumó, la mano le temblaba y toda la desesperanza y miedo barrió sobre su rostro—voy para allá.

—Es tu madre—dijo el hombre adivinando por aquel rostro descompuesto. No perdió tiempo en buscar su saco y su cartera.

—Oka-san, está…ella está…quieren que vaya—no lo vio, empezó a correr fuera de allí con aquel hombre siguiéndola.

Ella empezó a correr camino a la entrada principal hasta que sintió un tirón de su brazo, estuvo a punto de golpear directo a la mejilla de quien estuviera jodiendo cuando vio a Sato arrastrándola al estacionamiento. Sin una sola palabra se dejó llevar a asiento del copiloto de una de las camionetas de la empresa. Lo vio acercarse al vigilante, casi arrebatándole una de las llaves y regresar a medio trote. Ambos entraron, escuchó como chillaron las llantas dando saltos al no disminuir la velocidad en los topes. Si los guardias no hubieran abierto traerían la enrejada de la empresa sobre el capó.

— ¿Qué te dijeron?

— ¿Qué?

— ¿Qué te dijeron de tu madre?

—Se encuentra muy grave, quieren que les firme para una intervención inmediata—se cubrió la boca, el estado de su madre era muy delicado, no tenía ni idea de si sobreviviría a la intervención. El plan al inicio era esperar a que estuviera más estable para poder hacerle aquella operación (y que Haruki consiguiera parte del dinero para que aceptaran en el hospital). Pero ahora todo se había complicado, ella estaba a punto de renunciar, su madre necesitaba esa operación y ella estaba yendo camino al hospital en compañía de él. Y a propósito, damas y caballeros, ella no le había dicho en ningún momento sobre donde estaba su madre internada y de todas formas parecía saber a dónde dirigirse.

Iba serpenteando, insultando a toda persona que condujera más lento que 120 km por hora. Un par de veces estuvo segura que se impactarían con algún vehículo familiar o transporte público.

Su cabeza comenzaba a doler.

—Bájate, estaciono y te busco—se orilló a la entrada del hospital. Ella desabrochó el cinturón de seguridad y gruñó.

—Esto no cambia nada ¡gracias! —bajó corriendo, dos minutos después caminaba por un largo pasillo con puertas a cada lado, siguiendo a un doctor camino a la habitación de su madre.

—Hikari no está todo lo fuerte que nos gustaría, pero no podemos esperar más, su operación dará inicio a las 20:00 horas. ¿Ya firmaste? —era un hombre bajito, delgado con la cara muy marcada por las ojeras, toda su cara eran ojeras.

—Me pidieron que hablara con usted primero.

—Bien, entonces te diriges con la recepcionista, ella te dará los papeles para que los firmes—el hombre se quitó las gafas—también te hablarán del pago. Al ser una operación de emergencia no podrán respetar el precio que hablaron la última vez.

—Si, de eso no hay problema, buscaré la forma—hizo cuentas mentales de cuánto podría tener en la cuenta de emergencia donde depositaban su nómina.

—Perfecto, iré entonces a prepararme y al quirófano. Tienes una hora si quieres hablar con ella.

La dejó frente la habitación de su madre, con el corazón latiendo, un dolor de cabeza más y más fuerte. Sacó su celular y mandó un mensaje. Escuchó los pasos rápidos y sus peores pesadillas se hicieron presentes en el pasillo.

— ¿Para qué hora está programada? ―dijo Sato apenas llegó donde ella.

— ¿Qué demonios haces aquí? ¡Lárgate! ―gritó susurró, no quería que su madre se enterara de él. No sabía cómo podría reaccionar.

—Haruki, no armes una escena. ¿Para qué hora tienen programada a tu madre?

—En una hora entra a quirófano―le gruño.

— ¿Tienes con qué pagar?

—Sato, es mi madre, siempre que ha necesitado de mi allí he estado, para atender todo lo que necesite. No me vuelvas a hacer ese tipo de preguntas—entró cerrándole la puerta en la cara. Estuvo tentada a ponerle seguro. Hace no más de 24 horas no podría ni imaginar en hablarle de esa manera, sin honor ni respeto. Ahora…ni siquiera pensaba en cómo hablarle sin gritos o insultos.

—Hola, ¿ya es fin de semana de visita? —escuchó dentro una voz, amelada pero muy rasposa. Sato cerró los ojos, un nudo en la garganta, las oía hablar de cosas que él no reconocía, de personas que suponía serían los hermanos pequeños, oía a las dos mujeres que fueron su todo.

—Y siguen siéndolo—se dio dos golpes con el puño cerrado en la frente y dio media vuelta por el pasillo.

—Ya casi va a ser hora madre. Vendrán a buscarte y…

—Sí, sí, ya sé como es la rutina. Me vestirán para cortarme en trocitos.

—Jeje no Ka-san, sólo te limpiarán. Ya venía siendo hora—Haruki estaba arrodillada sujetando la mano de Hikari.

—Haruki, ¿cómo vamos a pagarlo?

—Ya te había dicho que no te preocupes de nada de eso.

—Pero…

—Debo irme, te estaré esperando para cuando salgas del quirófano―le dio un beso en la frente y se levantó pensando en buscar a las enfermeras, se estaban tardando.

—Haruki, ¿ha llamado algún hombre extraño a la casa?

— ¿A qué te refieres?

—Sé que casi nunca hablamos de esto, pero…ayer soñé con tu padre…venía a visitarme. Fue muy…—un par de lágrimas se deslizaron por sus ojos hasta acabar en aquella sonrisa de labios partidos—Oh Haruki, si él estuviera aquí…

—Si él estuviera aquí tal vez tú no estarías así.

Hikari la miró comprensiva.

—No podemos juzgar a las personas, hija, nunca porque lo que hagan o dejen de hacer, no sabemos si lo hubiéramos hecho en esa misma situación—le tocó la cara y con el pulgar le masajeo el entrecejo. En aquel momento entraron un par de enfermeras para llevársela. Ya era tiempo—Cuando regrese a casa, quiero que hablemos de él.

Cuando salió de la habitación respiró aliviada de no verlo. Estaba en la recepción, llenando un montón de papeles. Ya lo suponía, aunque esperaba que su excompañera no le dejara las cosas tan fáciles.

— ¿Qué se supone que haces?

—Doy mis datos bancarios para que hagan el cargo completo de la operación.

— ¿Vas a decir que eres un millonario y ahora todo será más fácil? —dijo arrancándole los papeles de las manos. Suficiente.

Sato se levantó tomándola de la camisa, la gente alrededor los miraba.

—Si no quieres que te ayude de nada, no podré impedirlo, pero ahora es tu madre de quién hablamos y no pienso dejarla desamparada, Haruki y si te conoces de algo sabes de lo terca que eres, pues eso lo sacaste de mí, así que vete acostumbrando—la soltó, tomó los papeles y se los entregó a la recepcionista, al volver tomó una bolsa y caminó fuera indicándole que lo siguiera. Se sentaron en una jardinera, ya era de noche—Come, no has comido nada en todo el día—le tendió un paquete de alimento ya preparado. Ella lo aceptó.

—Si quieres seguir haciendo estos sin sentido bien, si quieres estar cerca, bien, pero yo no voy a aceptarte—dijo abriendo su paquete de comida.

—Ese es mi problema, ya sé—dijo bebiendo un café en lata. No volvieron a decir palabra por el tiempo que estuvieron allí fuera.

N/A: *la cámara enciende, mostrando una chica con un pay a medio comer y globos medio desinflados alrededor* oh hola lector constante, sí, sí, ya sé que les había prometido este capítulo para la semana pasada, resulta que se juntaron varias cosas, me tocó vacunarme contra el virus el viernes 6 de agosto, caí con fiebre, escalofríos y dolor de cuerpo, no fue bonito. Y el día que quería publicar pues ya era mi cumpleaños así que apenas pude dedicarle el tiempo que merecía esta historia. ¿qué les parece? Incluso estuve a punto de subirlo sin título (mismo inspirado en Batman The Dark Knight Rise, ayer la vi antes de ir a la cama) Por favor dejen sus opiniones, se acepta de todo, preguntas, dudas, criticas, invitaciones a cenar jeje debo dejar de poner eso último. Gracias por estar aquí y espero seguir el tiempo necesario con ustedes. Nos estamos viendo *la cámara se apaga*