CAP 21 Oleaje

Ese hombre no tenía remedio, pensó recordando su sueño.

Todos a su alrededor no la veían, ella estaba acostada bajo poderosas lámparas y de todas maneras nadie la veía, sólo era trabajo. Abrir, arreglar, costurar y despertar. No más no menos y lo antes posible. Le hablaron vagamente de lo que harían, el tiempo que tratarían de ocupar (porque la agenda de Sagae Hikari era muy apretada) y demás cosas que ya estaba acostumbrada a escuchar. Empezó a divagar. Algo no tan difícil con aquella mascarilla que la atraía más y más a un sueño profundo, lleno de recuerdos, pensamientos confusos, sueños que no eran sueños o lo contrario. No lo sabía, la anestesia lograba eso, una confusión tan palpable que al despertar sólo conseguías un dolor de cabeza si tratabas de salvar algo de aquella profunda inconciencia.

Ese hombre no tenía remedio, se dijo aquella noche entrando a esa vieja bodega de donde se escuchaban gritos y carcajadas. Un viejo maestro amigo suyo le advirtió que se alejara de aquel malviviente.

"No siempre puedes salvar a las personas, Hikari-chan, los hay que no pueden alejarse de ese ambiente tan falto de propósito. Se reúnen en viejas bodegas abandonadas del sur de la ciudad para pelearse como monos para entretener a otros monos aún más estúpidos. No te traerá nada bueno, oye mi consejo" y lo escuchó, escuchó atenta el lugar donde seguramente se iría aquella noche.

"Tengo que ir a cobrar un dinero que me deben, no tardare o espero no tardar" lo escucho decir tras el casco, su vieja moto hacía escandalo suficiente para atronar los oídos y gritar. No le creyó, varias veces acababa en lo mismo, "voy a cobrar un dinero" en cuanto volvía sin plata y con golpes "no quiso pagarme". Ya era suficiente. Aquella noche tomó un poco del dinero de emergencia, pidió un taxi que le llevara a las bodegas viejas y estuvo dando vueltas hasta que los gritos la atrajeron. Ya no recuerda cómo se hizo camino a codazos y empujones dentro de una masa sudorosa, enajenada y escandalosa de hombres que parecían incitar a dos perros en lugar de dos hombres.

Cuando lo vio, cuando vio lo que le hacían, cómo cada uno de esos golpes sonaban aún más brutales que los que se escuchaban en aquellas películas de acción de las que luego de aquella noche tenía tanta repulsión, ver su cuerpo ser empujado por la fuerza con que conectaban los puñetazos, su cabeza siendo catapultada al borde de un punto peligroso, le dolió. Le dolió en la carne y sintió una furia contra él. Por dejarse hacer eso. Por permitirse llegar tan bajo para ser espectáculo de otros, por autoflagelarse de aquella forma tan brutal. ¿Qué intentaba probar, a quién? ¿Qué culpa trataba de expiar?

¡¿Es a esto por lo que quieres que espere?! ¡No hay nada de respetable en lo que haces! ¡NADA! —y volvió a abrirse paso lejos. Lo escuchó llamarla, no volvió la vista, lo escuchó tratar de alcanzarla y como los cerdos que se apelotonaban gritaban obscenidades de ella. Tenía los ojos anegados en lágrimas cuando alcanzó a entrar al taxi. No recordaba con claridad si pudo darle la indicación de regresarla a casa. Supuso que sí, porque el conductor estuvo por arrancar de no ser por ese tipo que le tapaba el paso subido sobre el auto.

Discutieron. No recordaba ya las palabras, supuso que era normal luego de tantos años en que no pensaba en aquella noche, cuando estás discutiendo no prestas tanta atención a lo que le gritas a la otra persona, sólo tienes una razón por la cual continuar lanzando sin sentidos y es herir. Lo más bajo y profundo tratando de compartir el dolor que esa persona está, directa o indirectamente, provocándote. La mente es humana, y lo quisiera o no, los detalles se hacen más difusos. Un día recuerdas el color de los tenis que llevas y al siguiente no recuerdas ni el clima ni si había o no tráfico. De la misma forma que tuvo una laguna mental del punto en que discutían al que empezaron a besarse sin respirar en el asiento trasero del taxi. Una cosa si era segura, saltó dentro del taxi por la ventana, sonreía de sólo pensar en ese hombre y la forma intensa en que vivía todo, incluida las peleas.

Esa noche hicieron el amor como si jamás fueran a volver a hacerlo en su vida.

No importó si había o no condones, (olvidados en el asiento trasero del taxi, o eso juraba Sato) uno sólo no fuera suficiente, ni dos ni tres. A la mañana siguiente le dolía el cuerpo, las piernas, una sensibilidad en los pechos y algún musculo de sus glúteos. Él tardo un rato en despertar, tenía la cara amoratada y la espalda con surcos. Días después le llamaría su pequeña granjera por el campo de siembra que había dejado en su espalda. Aquella mañana quería estar enojada, lo sabía, quería seguir enojada con él por esa horrible vida que llevaba. Todo ese enojo se fue al garete en cuando él le sonrió y la acercó a él para dormir media hora más en posición de "cucharita".

Él sacó el tema en el desayuno. No tuvo que preguntarle o tener una conversación incomoda que los llevara al inevitable momento de la confrontación. Ella hizo un par de huevos con tocino para cada uno, era una estudiante a la que se le daba ayuda económica no sólo en becas sino en vales de despensa. Él estuvo a punto de quemarse el dorso de las manos por molestarla mientras cocinaba. Se sentaron con una sonrisa que desapareció en cuanto él abrió la boca.

Voy a dejar las peleas callejeras, no soy un perro de la calle y pueden llegar a molestarse conmigo. Además, no me veo tan guapo como esperaba con la cara hinchada. Terminaré mi carrera, a fin de cuentas, ya sólo me queda un año más, viviremos juntos mientras tanto y nos casaremos apenas tenga trabajo. Tú no tendrás que trabajar cuando te embaraces y tendremos 6 hijos, un perro y un gato.

Muy bien planeado ¿Me lo preguntas o sólo es un comentario?

Je lo siento, lo siento, creo que estaba hablando en voz alta―dijo con una sonrisa.

Y así pudo ser…

Pudieron tener niños pelirrojos y morenos…pero el destino no estaba escrito como querían.

Un grito resonó en el hospital. Era una suerte que su seguro de estudiante cubriera un embarazo, por extraño que pareciera. En cuanto lo descubrió, muy a su pesar tiempo después, se soltó al llanto. Postergó todo cuanto pudo para no hacerse la prueba casera y no decirle ni media palabra a Sato. Los hombres a veces se las dan de muy correctos, pero a la hora de la hora una no puede saber su reacción. Y Sato había cumplido al pie de la letra por aquellos meses. No había vuelto a esas peleas, se esforzaba en clase y si aquello que crecía en su vientre no era nada, pronto acabaría su carrera y se casarían. Sí había algo allí, entonces estaba fuera del plan y tal vez con esa variante él ya no quisiera continuar con el resto. Golpes en la puerta interrumpió sus llantos. Era él. Era El momento.

Sintió que su corazón se detendría al tocar la perilla, lo recordaba porque se vio un instante las cutículas, las tenía lastimadas de cuanto se había mordido intentando calmar sus nervios. Miles de pensamientos pesimistas inundando su cabeza…como si fuese una tormenta, todos los futuros sombríos que se reducían a un puñado con esta criaturita en el vientre. Todo ese maremoto de pesares se esfumó con una sonrisa. Una sonrisa de medio lado con un cigarrillo entre los dientes. Y cada vez que aquella tormenta regresaba, él podía ahuyentarla. Era el único que le daba una calma y paz tan profunda con sólo estar en la misma habitación.

Claro que hay momentos en la vida en la que tu pareja no puede ayudar.

¡AAAGGGHHHHH! ―era apenas medio día, los pasillos del hospital estaban inundados por los rayos del sol, prometía ser una tarde calurosa. Aquella mañana muy temprano las contracciones empezaron y no se detuvieron hasta obligarlos a correr a un taxi.

Sato no soltaba su mano, esos dolores que la hacían doblarse parecían penetrar en los oídos del pelirrojo y taladrar su cerebro. Aquel día que debía ser una sucesión de felicidad luego del sufrimiento sólo se prolongaba el sufrimiento, la carretera principal al hospital estaba cerrada. Una enorme carambola de autos en la que por poco se ven ellos también involucrados; recuerda llorar de desesperación, veían poco más adelante el hospital. Ya sentía cerca el parto. Sato la sacó del taxi, apenas le pagó al hombre arrojando un par de papeles y corrió con ella en brazos tratando de hacer el trayecto lo más tranquilo que podía hablándole. Apenas prestaba atención a dos palabras juntas antes de un dolor penetrante la tomara.

Lo que más recordaba era el calor, el calor de los rayos del sol sobre ella y como los sentía incluso dentro del quirófano. Sentía mucho calor, toda la cara sudada, metido entre oleadas de dolor tenía la sensación de sus piernas sudadas escurriendo ¿sudor? No estaba del todo segura, luego de que sus esfínteres se rindieran ya no tenía conciencia de si misma o su apariencia.

Más y más gritos. Ordenes de los doctores, el movimiento de las enfermeras.

Un llanto los calló a todos.

Soltar aquella vida fue lo más difícil que hasta esa fecha había hecho. Las enfermeras tomaron a su bebé, la limpiaron y se la pusieron en brazos. Sato llego a su lado con una enorme sonrisa. Miraron embelesados a la bebé hasta que la llevaron al cunero para que la nueva mamá descansara.

Siguieron buenos días, días tranquilos en los que todo fue felicidad. Sato adoraba a su hija. Le habían llamado Haruki, por aquella mañana tan soleada en la que quiso llegar al mundo. Pero la situación apretaba y la bebé necesitaba comer. Ni Sato ni ella terminaron sus carreras, él empezó a trabajar de cargador, ella en una tienda de conveniencia, Haruki dormía en un pequeño portabebé en la parte de debajo de la caja registradora. No llegaban a fin de mes, con 5 meses Haruki lloraba de hambre hasta quedarse dormida. Sato veía a su Hikari tratar de amamantar sin éxito a su primogénita. Era suficiente.

Hikari está segura que fue aquella noche, su cuerpo ya no podía ofrecerle alimento a su bebé, la mala alimentación le causaba estragos. Haruki no dejaba de llorar y en un momento de debilidad también se le empezaron a escapar lágrimas. Miraba desesperada una, dos, tres veces en el frasco donde tenía la fórmula para ella. Nada, lo comprobaba y volvía a comprobar con la esperanza de que se materializaba, aunque fuera un poco. Al final, Haruki se quedó dormida, con el rostro compungido por el hambre. Sato lo vio todo, el día de ayer gastaron la renta del lugar en pañales para la niña, él debía irse caminando al trabajo y Hikari recibía una pequeña ayuda para comida y transporte de su madre. Ese momento, cuando debían todo y no tenían nada, Sato decidió que era momento de hacer un esfuerzo mayor.

Se enlistó, no al ejército como tal, pero sí a la organización suplente de su fuerza militar.

No quiero que te vayas―recordó decirle. Estaban acostados en el piso con Haruki durmiendo sobre el pecho de su papá, subía y bajaba. Sato tenía una enorme mano sobre su espalda y miraba a su cría con una sonrisa. Tenía el cabello corto, se veía bien, aunque aún prefería aquella melena pelirroja con la que lo conoció. Él se quitó el otro brazo de detrás de la cabeza y le invitó a acurrucarse con él. No le respondió nada. ¿Qué podía decirle? Pasó aquella noche con el corazón sujeto en un puño. Amándolo más que nunca, deseando que nunca se terminara aquel momento.

Se fue una semana después, Hikari pudo pagar las cuentas y vivir tranquila con Haruki por unos pocos meses, tuvieron un par de visitas de Sato…hasta que no volvió más. Cuando aquellos hombres golpearon a su puerta, estaba lloviendo, Haruki estaba pronta a cumplir su primer año y ella, pendiente del teléfono por si aquel pelirrojo llamaba. Haruki empezó a llorar antes de oír los golpes. Minutos después, cuando aquellos hombres se fueron, ella también comenzó a llorar.

Fue una semana difícil, era imposible quedarse en casa, Haruki sólo detenía su llanto para comer, llorar, atragantarse, llorar, dormir y seguir llorando. Años después recordaba esa situación y no supo de donde saco las fuerzas para los años posteriores. Dejó a su pequeña con la vecina, fue a su trabajo, donde se esforzó cuanto podía por dar lo mejor de sí para ella y su niña tan parecida a su padre, hablaba con su compañero de trabajo de toda su situación y luego corría a casa. Se ataba a Haruki a la espalda y limpiaba toda la casa de la vecina, un pequeño precio a pagar por poder ganarse el pan. Alimentaba a su bebé y dormían un poco antes de iniciar nuevamente.

Pasaron los días, estos se volvieron semanas y por más que se esforzaba por permanecer, no podría quedarse en aquella casa y pagar la renta. Su compañero del trabajo le dio la respuesta "me mudaré contigo y pagaré la mitad del alquiler". Eso fue el inicio de sus peores años. La mitad de su vida fue sufrir de allí en adelante. Olyb fue amable al inicio, secaba sus lágrimas en aquellas noches donde debía pagar la renta que se gastó en la fórmula de Haruki. Le prestaba dinero que sabía que no volvería. Sujetaba su mano en esas noches donde se quedaba con la mirada perdida en un calendario sin marcar fecha a la cual esperar. Y poco a poco ella dejó que entrara en su vida de una manera más íntima.

No lo amaba, nunca lo hizo. Pero amaba a su hija y sabía que si quería salir adelante tendría que tener un consorte, un hombre que las cuidara, un apoyo, un padre para su pelirroja, para su rayito de sol.

A Olyb no le desagradaba la idea de ser padre, aunque sus planes no iban a la par de los de ella. Se culparía miles de veces después el no verlo. Quedó embarazada al poco tiempo. No estaban casados, sólo vivían juntos. Olyb estaba contento, feliz, su joven compañero de trabajo fue ascendido al poco tiempo y con la llegada de dinero todo era para la madre y el futuro bebé. Celebración, alcohol en la cena y claro, descuido de la niña que ya empezaba a caminar. Varias veces Hikari llegaba a casa esperando que su querido Olyb tuviera a la niña y debía correr a casa de la vecina porque olvidó pasar a recogerla al regreso de la tienda. Aquello no le daba gracia, pero ¿qué hacer? Para el nacimiento de Fuyuka las cosas sólo comenzaron a mostrarse tal cual serían. Haruki siendo olvidaba por completo por quien se suponía debía fungir como padre. Esto sólo sirvió para hacer más difícil la situación de crianza. Cuando le presentaron a su hermana, puso una cara de desagrado como si estuviera viendo algo sucio que pisó en la calle. Cosa que no le gustó para nada a Hikari, y con el obvio favoritismo de Olyb, las malas situaciones se empezaron a cocinar a fuego lento.

Olyb podía estar para cargar un momento a Fuyuka, tratar de jugar con ella, verla dormir profundamente y alimentarla. Las cosas sencillas de la crianza, más no pedirle que cambiara un pañal, la bañara o se despertara para atenderla por la noche. O que la cargara para que dejara de llorar. Todo eso sólo lo estresaba, venía del trabajo cansado, queriendo encontrar una casa tranquila con la cena en la mesa y la niña bañada y vestida. Claro que eso no era más que una fantasía incumplida con toda la culpa cayendo sobre su esposa. Tenía la costumbre de llamarla esposa para exigirle que actuara como tal, claro que cuando ella le pedía dinero o ayuda en la casa ese título desaparecía al momento de su pensamiento.

Lo que más odiaba Olyb era el llanto de su hija, al que a veces se le unía el de Haruki gritando y los vómitos de madrugada que empezaron sin aviso en Hikari. Un día simplemente empezó a llegar tarde a casa, o con unas cuantas copas de más. Hikari estaba embarazada, por su tercer bebé y el problema de alcoholismo empeoraba en aquella casa. Al sexto mes de gestación los gritos eran diarios, las botellas de alcohol hasta arriba del bote de basura y cuando estas se desbordaron llegó el primer golpe.

Señoras y señores, se imaginaba por las noches, muy entrada la madrugada cuando su cara no dolía tanto y el bebé no pateaba, lo confieso, soy débil, he sido golpeada, los momentos en la cama me saben al preludio de una violación, el llanto arriba cada día sin excepción y soy la única culpable. Confieso mi complicidad con este monstruo en nacimiento, por una casa, por un pan en la mesa y por mis niños.

Esos eran los pensamientos de Hikari, en su mente, o tal vez no en su mente, en su subconsciente, habitaba la idea, la absurda idea que no se atrevía a volverse palpable por lo tomado de los pelos, que, si bien un hijo no ataba a un hombre a su hogar, puede que dos sí lo hicieran y con la llegada de este tercero Olyb tal vez por fin le pidiera que se casaran. Casarse. No se imaginaba feliz de porque él se lo pidiera; su boca, sus labios amanecían lastimados, no por los golpes, por ella misma al no querer gemir mientras lloraba, recordaba aquellos planes que tuvo en su juventud, recordaba a su amado pelirrojo besar su vientre, sonreír al llegar a casa, prepararle un platillo especial y ordenarle que se sentara mientras él hacía la limpieza entera del hogar cuando su niña empezaba a crecer dentro de ella. Sato, lo llamaba, dame fuerzas para lo que se aproxima, cuida a nuestra pequeña, cuida a Fuyuka y cuida a este niño del monstruo en que se está convirtiendo su padre.

Entonces la noticia llegó, su madre, la única persona con la que podía contar, con la que hablaba y le daba fuerzas y aliento para que no se dejara vencer por aquel hombre, murió. Cuando lo escuchó estaba en shock, claramente la imagen de su madre se desvanecía poco a poco en su mente, veía a aquella mujer sonriéndole, pidiendo porque llevara a que conociera a sus nietos, enviándole dinero en un intento porque se fuera de esa casa. Aquella mujer…ya no estaba y no había nada, ni un viaje, ni una llamada, ni palabras que pudieran traerla de vuelta. Empezó a llorar cuando colgó el teléfono, estuvo llorando toda la tarde hasta el momento que llegó su esposo. No quedaba mucho del hombre que la miraba con anhelo en los pasillos de la tienda. Sus ojos ahora se veían de un pigmento amarillento, seguramente de alguna enfermedad venérea, la miró de una forma que no reconoció. Acusatoria. Como si intencionalmente ella hubiera decidido cambiar al paso de los años, alejándose de lo que alguna vez fue esa mujer llena de sueños y vitalidad para la que ahora aparentaba ser cansada, sin esa llama en su mirada, aburrida y rota. Culpable de no darle lo mejor de sí. Y la golpeó. La tiró al suelo, embarazada como estaba, y la abofeteó.

Y ella lo hubiera soportado, tal y como siempre, de no ser por su pequeña Haruki, tan asustada que se había mojado sus shorts y con una de esas mismas botellas que rodaban por allí, lo golpeo con la fuerza que una niña próxima a los tres años, lo suficiente para que por una vez esos ojos la reconocieran, la tomó de su blusita y la arrojó contra un mueble. Hikari no recuerda lo que pasó después. Sólo que Olyb estaba tirado sobre su trasero mirándola en una combinación de miedo y consternación. Tomó las maletas que había hecho para ir al funeral de su madre y en ese momento, con sus hijos, tomó un taxi que la llevaría a un pequeño apartamento que podía costear.

Tal vez los años que siguieron no tuvieron tantos instantes de felicidad, pero al menos no fueron el infierno que creía que podían convertirse. Cuando nació Saburo, el tercer hijo, fue una aventura completa.

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—Sí, aquí estoy…no, diles que no vengan, que no se preocupen… ¿ya vienen en camino? Ugh…de acuerdo. ¿Te quedas con Saburo? Gracias, te llamo después—regresó donde aquel hombre, fumaba un cigarrillo. Lo miró largo rato, mismo que él le sostuvo la mirada, ¿se conocían de alguna forma primal? ¿existía algún lazo que los unía de una manera especial sólo por ser padre e hija? —Mis hermanos vienen en camino.

—Tus nueve hermanos—pisó la colilla.

—No, Fuyuka, Hayaka, Misuki y los gemelos―se apoyó a un metro de él y sacó su caja de pockys tomando uno para sí―. Quisiera que te fueras, no sé cómo reaccionarían ellos con verte. Ni tú tampoco.

No le respondió, sacó otro cigarrillo para prenderlo y quedarse con el encendedor en la mano. Se quedó abriendo y cerrándolo con sonidos metálicos que a él podían tranquilizarlo, pero a ella comenzaba a ponerla de nervios. Se le escapó un pequeño gruñido y le arrebató el encendedor para arrojarlo lo más lejos que sus fuerzas le permitieron.

― ¿Me estás escuchando? Lárgate, mis hermanos vienen y no necesitan saber de ti―silencio, ni una respuesta a su grosero actuar―. Son hijos de otros, los bastardos de otros, no tienen nada que ver contigo―Sato en ese momento le sujetó la camisa, igual que como hizo en el hospital.

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En la familia Sagae llegaron a depender en varias ocasiones de la amabilidad de los desconocidos. Al irse de aquella casa donde fueron sus primeros años de vida la mentalidad de su hija mayor cambió. Ayudaba como podía a su madre. La noche que su hermano nació, la pequeña corría a todos lados buscando lo que su madre iba a necesitar. Le llevó el teléfono y entre contracciones y preocupación le pidió que esperara en casa, con su hermanita. Se fue en un taxi con una lluvia ligera cayendo. Poco después se hizo una tormenta, Haruki apenas la recordaba, Hikari sufría por su bebé en el hospital y los dos pequeños en casa. A la mañana siguiente un mable camillero que vivía cerca de su pequeño apartamento los llevó a casa.

Ven, Haruki, vena conocer a tu nuevo hermanito, Saburo.

Ellos mismos eran todo lo que tenían y puede que todo cuanto necesitaban. Su pequeña tuvo que madurar muy rápido para ayudarla. Ella tomaba todos los trabajos posibles cerca de casa. No había distinción entre sábado y domingo al resto de los días de la semana, todo el tiempo eran días de trabajo.

Volvería a toparse con aquel camillero amable. El corazón de una madre es duro de penetrar para quien no es un hijo. Fue insistente, paciente, incluso atendía o la ayudaba cuando el pequeño Saburo enfermaba, era un pequeño muy enfermizo por lo que pasaba varias noches en el hospital, el joven le llevaba un poco de café caliente, o le daba la confianza de quedarse a cuidarlo cuando ella ya se dormía de pie. Fue insistente sin rayar en lo obsesivo o asfixiante, era paciente, amable con ella y también con sus tres niños. Valiente a sus ojos por el interés en ella con tres criaturas a su costa.

O era lo que aparentaba.

Luego de mucho, ella volvió a sentir aquel viejo golpeteo arrítmico en el corazón. También tenía una apariencia atractiva. Usagi, así se llamaba el joven camillero amable.

Dos años después llegó Hayaka, tan parecida a su madre.

El camillero se volvió pronto en enfermero. Pudo tener el domingo libre cuando él empezó a vivir con ellos. Haruki al fin entró a la escuela, un poco atrasada, pero mostró interés en alcanzar a su generación y superarla.

Al tiempo llega Misuki, el joven enfermero se esforzaba en que no faltara nada para su gran familia, claro con un poco de favoritismo por las niñas y hasta por Saburo. No era extraño, incluso Hikari comprendió aquello, no podía quererlos como suyos, pero al menos no era la bestia con la que tuvieron que tratar, que no quería ni a un hijo ajeno ni propio.

Pronto llegaron los gemelos, siendo la felicidad de la casa, el enfermero empezó a estudiar y sólo llegaba a dormir, comer, bañarse y seguir al trabajo y la escuela. Haruki cuidaba a cada uno de sus hermanos sin distinción, los gemelos pronto se hicieron de su sobrenombre apenas aprendieron a gatear. Cuando no los cuidaba buscaba pequeños trabajos de niñera para ayudar a su mamá. No era extraño que tiempo después fuera tan buena con los niños.

Durante el embarazo de Hana, el hombre llevaba a sus hijos de visita a casa de su familia. Era de una familia que había vivido a expensas del patriarca, un hombre de cierto dinero guardado en el banco, era el único varón de tres hijos que hubo en la familia, y tal como sus hermanas su principal pensamiento era tener más hijos que los que tenían ellas, d respectivamente, todo con la idea de que el padre le dejara a él toda la herencia. Era un secreto a voces que esos eran los planes de aquel hombre, por lo que estar con Hikari era perfecto para él. Claro que esas visitas al "abuelo" acarreaban sus problemas. A ella no le gustaba nada que se fueran hasta por un fin de semana completo. Ella siempre dejó clara su postura, los niños deben estar en su casa, no llegaron a ningún acuerdo.

Se empezaba a ver las nubes tormentosas a lo lejos. Se enteró en aquel entonces de que su hija mayor ya no asistía a la escuela. Los otros niños sin faltar ninguno asistían a clases salvo ella. Sintió que le faltaba a su hija.

Usagi se volvió doctor. Su hija traía a casa dinero que no sabía de donde sacaba. Los gemelos le dejaron secuelas a su cuerpo. El hombre llegaba en madrugadas. Su hija llegaba en madrugadas. Y la pequeña Yuki también llegó en la madrugada.

Hubo un momento en que el ginecólogo le advirtió que ya no debía de tener más hijos o su salud podía pasar de un punto de no retorno. La advertencia también fue para Usagi. Él como doctor debía entenderlo. Mei fue la última de todos y quien mandó a su madre al hospital a visitas de duración indefinidas. Para entonces los años de tranquilidad se enfilaban al fin. Aquel hombre que empezó como un amable camillero, ahora doctor indiferente pero calculador, quería llevarse a los niños con la excusa de que aquella mujer ya no podría cuidarlos. Haruki podía escucharlos. Varias madrugadas que discutían al respecto ella llegaba azotando la puerta. No le dirigía ni una mirada a ninguno. Sin tomar un baño o sacarse la ropa de calle se metía bajo las sábanas.

Posiblemente fueron esas peleas, esos gritos, la intención de separar a su familia lo que penetró en la cabeza de su hija mayor.

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―Son tus hermanos, hijos de tu madre, Hikari. Y no quiero escucharte decirles así. ¿Entendido? ―casi le gritó.

Haruki en su vida hablaría así de ellos. No le importaba sino compartían al padre, no le importaría ni si fueran adoptados. Eran parte de su vida y la daría por ellos sin dudarlo. Lo que quería era probar que tipo de persona es su padre. Sacarle una respuesta, deshacerse de él. Confirmar que aquel hombre no era diferente a los otros. Tal vez de esa forma podía darle el mismo final.

Podía verlo claramente. Trabajando con Kato no pidió un solo favor, salvo una vez, ese hombre, el donador de esperma de dos de sus hermanos. Nadie lo extraño, nadie preguntó por él. Fue sólo un favor sencillo que le costó unas pocas horas extras de entregas. El día que Kato le dijo que todo corrió como esperaba, pudo sacar esas cartas de su mochila. El muy bastardo los encontró y tuvo el descaro de escribirle al enfermero estudiante y a su madre. Se aseguró de que ellos no se enteraran, pero a falta de respuesta a sus solicitudes de un encuentro llegaron las amenazas de presentarse. Y eso ya no podía pasarlo por alto. Su madre nunca se enteró, pero aquel desgraciado no tuvo vergüenza en golpearla cuando no estaba en casa, sin razón, sólo por ser ella la que mejor aguantaba los golpes. Las manos de Haruki se mancharon antes de tiempo. El hombre de su madre no le agradaba, actuaba como si ella y Fuyuka no existieran, y de Saburo sólo pocas miradas o consideraciones, su única diferencia era que no usaba los puños. Era una convivencia meramente tolerable. Hasta que empezaron esos susurros.

― ¡Tú no vas a decirme cómo tratar a mis hermanos!

―Ellos no tienen la culpa, la culpa es mía. Si quieres que alguien te pague por todo, ese soy yo.

―Es todo lo que quería escuchar―arrojó el puño directo a la cara de Sato, siendo sujeto con la surda. Lo obligó a soltarle la camisa con el segundo golpe.

― ¿Esto es lo que necesitas? ¿Golpear al hombre que te llevó cargando del hospital a casa cuando naciste? ¿¡De este mismo hospital!?

― ¡Nos abandonaste! ―un poco de saliva del pelirrojo le cayó en la cara al proferirle una patada. Seguía sin soltarla.

― ¡Llorabas de hambre! ¡Tu madre no podía alimentarte y yo ganaba una misera! ―la jaló a sí mismo en un abrazo forzado del que Haruki trataba de escapar a golpes en las costillas.

― ¡A Oka-san la golpearon! ¡Abusaron de ella! ¡Acabó en el hospital! ¡La encontraba llorando cuando llegaba de la escuela! ―los golpes ya no eran tan fuertes― ¡Me peleaba con cada hijo de puta que llamaba una cualquiera a Oka-san! ¡Un maldito me golpeaba a cambio de no golpear a Fuyuka! ¡Me hizo falta un padre que me quisiera! ―sollozo completamente apoyada en el pecho de Sato. Él la abrazó fuerte, no la soltó cuando sus piernas flaquearon ni cuando un guardia de seguridad se acercó a comprobar que todo estaba en orden― Sólo mamá se preocupaba por mí, y cuando éramos demasiados yo debía ver por todos…hice cosas horribles por ellos.

―Ya no estás sola, nunca más―susurró con un hilo de voz. Acariciando aquel pelo rojo.

― ¿Nee-san? ―escucharon a un lado. Haruki se enderezó viendo a los ojos que antes sólo podía ver en el espejo.

―Fuyuka, Hayaka, Misuki, Akira, Arashi…les presento a mi padre―Sato le puso la mano sobre el hombro y miró a los niños. Los hijos de Hikari. En ninguno vio esos aires desconocidos heredados de su padre, sólo tenía ojos para esos discretos parecidos con aquella mujer dentro del hospital. Una de ellas, la que se llamaba Hayaka era la viva imagen de Hikari. Todos eran sus hijos…y pudieron haber sido también hijos suyos.

Haruki no miró a ninguno de ellos, a su mente llegó el rostro de aquel otro hombre. Compartió el destino con Olyb, claro que su boleto fue dado de primera mano. Aquel tipo estaba decidido a llevarse a cada uno de sus hermanos, salvo por ella misma como Fuyuka. Saburo compartía "la suerte" de los otros niños, para sorpresa de todos. Haruki conservó el hábito de procurar el correo apenas ponía un pie en casa. Fue allí donde los planes de aquel hombre quedaron a la vista. Tenía una cita para comprobar su paternidad en un laboratorio al otro lado de la ciudad, junto con la respuesta de un abogado refiriéndose que con ello daban el primer paso para hacerse de armas, mismas que quería fueran las más posibles con tal de que el pleito legal termine rápido.

La cita era al día siguiente. Había un detalle que en su memoria apenas recordaba, Usagi tenía auto. Su madre no sabía conducir, ella misma tampoco, pero aún sin saber conducir, sabía qué y cómo cortar si necesitaba que pareciera un accidente. Su sangre se sentía fría cuando salió de debajo del auto a altas horas de la madrugada. Se recostó en el sofá fingiendo dormir, escuchaba como se preparaba para trabajar, iba de una habitación a otra, buscando el correo, atareado con a saber cuantas cosas en brazos cerró la puerta sin consideración. Luego de escuchar como el auto encendía y tomaba camino pudo dormir con una sonrisa en la cara que pronto se volvería una mueca de…

De espanto puro, de horror humedeciendo sus ojos. Isuke apagó de inmediato la TV, tomó a la niña en brazos y la llevó hasta el baño donde con un poco de agua le limpió la cara, sin dejar de preguntarle qué tenía, que sentía, porqué de pronto se veía tan asustada, qué había visto. Mei estaba sudando y para sorpresa de Isuke acababa de mojar sus pantaloncitos.

―Es por la película―dijo Saburo a sus espaldas, entra con la ropa de dormir de la pequeña Mei y comienza a desvestirla―. Hace un año el padre de Mei la llevó con él cuando iba al trabajo, o creemos que era al trabajo, tenía la costumbre de llevarlos a casa de su padre cuando Oka-san no estaba en casa. Iban bajando una colina cuando se quedaron sin frenos, el auto quedó estampado contra un camión de construcción. El padre de Mei murió al instante, ella milagrosamente salió de allí sin un rasguño.

―Yo la baño, Isuke aprovecha para bañarse también―la metió en la tina e hizo lo propio, teniendo cuidado de que el agua no subiera demasiado. Empezó a lavarle poco a poco, ¿Cuántas historias como esas tendrían aquella familia? Pensó en Haruki, seguramente muy cansada con todo lo que estaría pasando en su vida. Que curioso que las cosas se manejaran de esa forma, sólo faltaba que su Mama llegara hoy mismo para cerrar con broche de oro la escena. Rio un poco, cosa que contagió a la pequeña Mei que le empezó a tirar agua a la cara, recibiendo un contrataque de Isuke. Ignoraron por completo el sonido de llamada del celular en la habitación que Haruki e Isuke compartían.

De vuelta frente a las puertas del hospital el humor no era tan bueno que en el baño de la casa Sagae, estaba tenso lleno de vergüenza por parte de la pelirroja. Otro más…un padre más ¿debería alejarlo para siempre y estar en igualdad de condiciones de sus hermanos? Después de todo ella era la razón para que ninguno de sus padres tuviera posibilidad de volver. El de ninguno de ellos.

Y faltó poco para que Mei tampoco pudiera volver a casa.

Cuando la noticia llegó a oídos de su madre se desbarató en llanto junto con sus hijos. Tal vez no por Usagi sino por el susto de casi perder a su bebé. Haruki mantuvo la templanza necesaria para empacar las pertenencias de todos y comunicarle a su madre que debían mudarse. Lo hicieron. Ya tenía un lugar listo para su llegada, el mismo donde permanecerían hasta el día de hoy. Toda esa planificación, la coincidencia, no pudo ocultar la verdad y su madre sabía, sabía lo que hizo…o parte de lo que hizo. Más no dijo palabra, le guardó el secreto. Un silencio cómplice.

―Entonces… ¡¿Ahora tenemos papá?! ―preguntaron emocionados los gemelos.

Sin aviso Sato tenía a un gemelo colgado de cada brazo hostigándolo a preguntas. Veía a su hija hablando con las dos chicas mayores, tal vez tratando de explicar la situación. Se acercó a ellas con un niño sin descolgarse.

― ¿Ya cenaron?

Los niños menores empezaron a revolotear a su alrededor contentos. Miro a su hija esperando no haber cometido una imprudencia, pero ella lo miraba sorprendida. De una forma positiva. Todos subieron al auto, dejando el celular de Sato para que llamaran si pasara cualquier cosa, no iban a tardar…pero las cosas pueden pasar en cualquier minuto. A cualquier segundo. Incluso pueden coordinarse. Para cuando los cirujanos comenzaron a notar problemas en el ritmo cardiaco, un hombre se apeaba de un auto rentado al otro lado de la casa Sagae. Al momento que Sato comenzó a hablar acerca de él y Haruki, Isuke salía con una bata de la habitación de los niños luego de arroparlos. Un hombre entró en el complejo de apartamentos a la vez que el electrocardiograma de aquella habitación se disparó. El corazón de Hikari se detuvo a la vez que Isuke escuchaba a alguien llamando a la puerta. Haruki pensó que todo sería mejor desde ese momento en adelante.

Todo puede pasar al mismo latido…o a la falta de él.

*se enciende una cámara frente a una chica con camisa blanca, lentes y el cabello recogido* hola, lector constante. Que alegría verte por aquí nuevamente. Estoy en el trabajo, recién acabo de terminar de escribir y quiero publicar justo este mismo día. Me gustaría darle una leída para saber si tiene coherencia el capítulo, pero creo que pueden perdonarlo, igual déjenme en sus comentarios donde vean faltas de ortografía o preguntas o críticas. Quiero dedicarle este capítulo a una persona muy querida para mí y que ya no está más. Pasen tiempo con sus seres queridos, dejen sus ofrendas en el altar y vivan cuanto tengan que vivir. Yo espero verlos antes que el año se acabe y síganme en Instagram, en mi foto de perfil está el nombre, allí luego publico en lo que estoy trabajando y sería un medio más personal para estar con ustedes. Espero que les guste y los veo en el próximo capítulo. Críticas, comentarios, dudas, preguntas e invitaciones a cenar, abajo en los comentarios. Nos vemos, lector constante *se apaga la cámara*